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Eduardo Alfonso
EL ORIGEN DEL HOMBRE Y EL ALMA HUMANA
a) Adán era de barro. Darwin y la fe católica. Opinión de Aristóteles y los Escolásticos. Conclusiones sobre la evolución de las formas vivas.
b) El alma humana. Conclusiones del catolicismo. Espíritu, alma y cuerpo. Distintas concepciones del más allá. Transmigración de los espíritus. El alma en el mineral, la planta y el animal. Metempsicosis. Constitución metafísica común a los seres. Los tres ".Yoes" y el alma individual. Reencarnación. Memoria de las vidas anteriores. Las nupcias de "Psiquis y Eros".
c) La Predestinación. El Juicio Final.
EL ORIGEN DEL HOMBRE
El texto hebreo del Génesis dice literalmente: "Y formó Jehová Dios a Adán polvo de la tierra". Y la Vulgata de San Jerónimo lo traduce: "Formó Dios al hombre del barro de la tierra". Es decir, de los elementos químicos del suelo y el agua; cosa que no tiene refutación científica posible.
El Padre Arriaga en su trabajo De opere sex dierum sostiene la opinión de que el cuerpo humano haya podido ser hecho pasando por otros grados organizados de vida vegetativa o sensitiva. De cuya opinión participaron también San Agustín, San Crisóstomo, el Tostado y Alfonso de Castro.
El Padre Suárez abraza, como más probable, la opinión de que el cuerpo de Adán haya sido producido inmediatamente del barro de la tierra.
El Padre Mendive dice que la Biblia "se limita a afirmar que el cuerpo del hombre fue hecho por Dios, no de la nada, sino de la materia preexistente, sin indicar el estado en que se hallaba esta materia antes de ser informada por el alma de Adán. Que haya Dios formado al hombre próximamente del barro de la tierra, o bien de una substancia terrestre cualquiera, dotada de una cierta organización, la verdad teológica siempre quedará intacta".
Santo Tomás afirma que "el hombre en el misma momento de ser producido por Dios, fue perfecto así en el alma como en el cuerpo"
Mivart, el ilustre anatómico que trató de conciliar la evolución darwinista con la fe católica, sostuvo la hipótesis de que el cuerpo de nuestro padre Adán, ya dispuesto para albergar el alma racional, pudo proceder de un mono antropoide por el simple juego de las fuerzas naturales. El Padre Mendive se resuelve contra el aserto diciendo: "Semejante manera de formar al primer hombre desdice por completo de la infinita sabiduría del Creador; y así, no puede por menos de ser rechazada por todo el que conserve todavía algún rastro del buen sentido común impreso por Dios en el ánimo de los mortales". Esto, como se ve, no es un argumento sino una exclamación apasionada. Para juzgar del camino elegido por la infinita sabiduría del Creador, hace falta tener, por lo menos, una sabiduría como la Suya. El citado biólogo, como todos los demás hombres de ciencia, en lugar de poner condiciones a la sabiduría de Dios, se limitó a exponer una hipótesis con arreglo a los principios de razón y discernimiento que el propio Dios le había dado.
Pero es que el mismo padre Mendive va más allá y nos sorprende con la siguiente argumentación:
"¿No pudo Dios haber intervenido sobrenaturalmente en la formación del feto de algún mono, de suerte que, recibiendo este por virtud sobrenatural en el seno de su madre, al tiempo de ser concebido, la forma orgánica de un hombre perfectísimo, quedase, sin embargo, verdadero mono hasta que Dios, por otro acto sobrenatural de su omnipotencia, introdujese en el cuerpo así formado el alma de Adán?
Y sigue diciendo el citado religioso:
"O bien, si se quiere evitar la multiplicidad de actos sobrenaturales, ¿no pudo Dios haber transformado de repente el cuerpo de un mono adulto, haciéndole adquirir en un instante, con la virtud maravillosa de su palabra creadora, la organización del hombre, e introduciendo en él inmediatamente el alma racional creada al efecto? Aun resuelta la cuestión en sentido afirmativo, no por eso sufrirá el más mínimo detrimento la doctrina católica en orden al origen sobrenatural del género humano. La cuestión, pues, estará reducida a saber si el Señor formó a Adán inmediatamente del barro de la tierra, o se sirvió de un organismo cualquiera, inferior en perfección al que por la esencia misma de las cosas corresponde al cuerpo del hombre, disponiéndolo con su infinito poder en la forma conveniente a la naturaleza de nuestra alma".
Darwin no hubiera podido desear más. La discrepancia queda limitada a que, sea cualquiera el origen inmediato del género humano, la religión se aferra a que tiene que ser sobrenatural y los biólogos a que tiene que ser natural. (77)
La biología moderna con sus admirables descubrimientos sobre la herencia, está tan lejos del transformismo darwiniano como del transformismo sobrenatural.
Ya se adelantó Cuvier diciéndonos: "Entre los diversos sistemas relativos al origen de los seres organizados, no hay ninguno menos verosímil que el que hace nacer de la variabilidad dicha, uno tras otro, los diferentes géneros por vía de desenvolvimiento y de metamórfosis graduables'". (Cuvier. "Recherches sur les osemens fossiles". T. III; pág. 297, 3ª edición) .
Santo Tomás dice también: "Todos y cada uno de los seres, llevan en si mismos el deseo natural de conservar su propio ser, lo cual no podrían conseguir si fuesen transformados en otra substancia". Darwin mismo reconoce que la transformación no se realiza en los seres que poseen ya sus caracteres perfectamente determinados, sino en los que no lograron aun sino un cierto estado de transición. Kollmann agrega: "La tenacidad de la sangre de la forma originaria rebrota de nuevo siempre a pesar de todas las anomalías, a pesar de todas las influencias del ambiente y de todos los cruzamientos. El cruzamiento de las razas humanas no produce ninguna nueva variedad y ningún tipo nuevo. Las razas humanas son tipos duraderos variables pero no mudables".
La hibridación infecunda es otro argumento contra el transformismo, ya que el cruzamiento de especies distintas sería el modo más sencillo de transformación específica. Sin embargo, el híbrido, o es infecundo, o se propaga durante tres o cuatro generaciones, tras de las cuales la descendencia vuelve a acoplarse en una de las especies de los padres.
Aristóteles y los Escolásticos opinaban que "la materia no llega al último grado de perfección que puede adquirir bajo el influjo de las diversas formas substanciales ("entelequias", "arquetipos" o "almas vegetativas") sin haber pasado primero ordenadamente por todos los otros inferiores; y que, por consiguiente, en la generación humana, el feto, antes de adquirir definitivamente la vida intelectiva del hombre, ha vivido algún tiempo con sola la vida de las plantas, y más tarde con sola la vida de los animales". Esto, en una palabra, es admitir una evolución especigenética, pero no un transformismo específico. (78)
A esto mismo ha llegado la biología contemporánea. Y como final y resumen, transcribimos las conclusiones de una memoria nuestra hecha a raíz de tres conferencias sobre tan debatido tema.
Conclusiones sobre la evolución de las formas vivas y deducciones subsiguientes.
Iº Es un hecho que toda forma organizada, es el resultado de la evolución de la materia viva, bajo el influjo y dirección de un arquetipo especifico o "entelequia" que se plasma en ella. (Evolución filogénica).
IIº Es un hecho que, dicha forma orgánica, recibe por herencia los caracteres genotípicos de la especie y los fenotípicos de la adaptación al medio.
IIIº Es un hecho que, las modificaciones que pueda aportar la adaptación al medio y la lucha por la existencia, pueden contribuir a la perfección de la especie, pero no pueden cambiar ésta en otra especie. (La herencia mendeliana no crea caracteres si no que los combina).
IVº, La observación de la escala gradual de los seres vivos, nos demuestra que faltan eslabones que permitan asegurar que ciertas especies hayan surgido por transformación de otras; y menos aún que un reino pueda transformarse en otro. Además las especies primordiales son casi tan perfectas como las de ahora.
Deducción 1ª La transformación de una especie en otra, exige el cambio del arquetipo.
Vº La ontogénesis es transformación hacia un fin específico. O sea sucesión de formas para llegar a plasmar un arquetipo previo. (Ejemplo, la evolución del óvulo fecundado de cada individuo).
VIº Las mutaciones específicas, producidas por modificación substancial de los genes, proceden de modificación, no de sustitución, del arquetipo. (79)
VIIº Una acción externa continuada y profunda, puede llegar a modificar, no a sustituir, el arquetipo. (Como toda idea puede modificarse al roce con la realidad tangible).
Deducción 2º. La mutación en último caso, puede suponerse dentro de ciertos limites.
Deducción 3º Se puede admitir una evolución especigenética por mutación de especies originarias más o menos perfectas, que han servido de punto de partida a distintas vías de evolución.
CONCLUSION :
Fueron creadas en un principio, mediante evolución filogénica, de la primera masa viviente, y gracias al influjo plasmogénico de "entelequias" o arquetipos preformados, varias especies originarias, entre ellas el hombre.
De estas especies, por mutaciones genotípicas, pueden haberse derivado otras especies dentro del mismo arquetipo de género, familia o clase. (80)
Los genes son los elementos de las células generativas, portadoras de los caracteres de la especie, localizados en los cromosomas del núcleo.
EL ALMA HUMANA
El alma (llamada psiquis y éidolon por los griegos, ba por los egipcios, mens y ánima por los latinos y manas por los orientales) cuya expresión castellana deriva del ánima latina y del anemos (viento o soplo) helénico, es el elemento metafísico, animador e inmortal, de nuestro ser.
Sócrates murió disertando sobre la inmortalidad del alma. Pitágoras, Platón, Tomás de Kempis, Kant... y otros innumerables hombres ilustres por su mentalidad, creyeron también en la existencia autónoma del alma. ¿Pretenderán los materialistas del día, que niegan la existencia e inmortalidad del alma, tener más capacidad intelectual, más facultades adquisitivas y más razón que aquellos ilustres varones?
A estos materialistas les contestaremos combatiéndoles con sus propias armas con la célebre poesía de Bartrina:
ALGO. .
Todo lo sé: del mundo los arcanos
ya no son para mí
lo que llama misterios sobrehumanos
el vulgo baladí.
Solo la ciencia a mi ansiedad responde
y por la ciencia sé
que no existe ese Dios que siempre esconde
el último por qué.
Sé que soy un mamífero bimano,
¡qué no es poco saber!
y sé lo que es el átomo, ese arcano
del ser y del no ser.
Sé que el rubor que encienden las pasiones
es sangre arterial
y que las lágrimas son las secreciones
del saco lagrimal;
que el bien y el mal que al hombre al vicio inclina
solo son
partículas de albúmina y fibrina
en corta proporción;
que el genio no es de Dios sagrado emblema,
¡no señores, no tal!
el genio es el producto del sistema
nerviosocerebral.
Y sus creaciones de sin par belleza
solo están en razón
del fósforo que encierra la cabeza,
no de la inspiración.
Amor, deseo indefinido,
sentimientos, placer,
son palabras vacías de sentido
y sin razón de ser.
Gozar es tener siempre electrizada
la médula espinal;
y en sí el placer es nada o casi nada;
un óxido, una sal.
¡Y aún dirán de la ciencia que es prosaica!
¿Hay nada ¡vive Dios! bello como la fórmula algebraica
C igual a pi erre dos?
Más ¡ay! que cuando exclamo satisfecho ¡todo lo sé!
noto dentro del pecho
un algo... un no sé qué.
Es indudable. que el hombre no ha creado palabras para expresar conceptos vanos; es decir, para expresar cosas que no existen. Si tenemos una palabra, alma o ánima, es por que hay una realidad que expresar con ella; sin prejuzgar la naturaleza de esta realidad.
Alma o ánima es aquello que, coma dice la palabra, produce la animación del cuerpo. Y lo que anima al cuerpo es la vida, la pasión, la emoción, el deseo, el pensamiento. Cuando todo esto falta, se dice, que el cuerpo está inanimado, o sea sin alma. Un cadáver es un cuerpo al cual le falta aquello que le anima. La mens de los latinos identifica el alma con la mente (no olvidemos que man es la raíz sánscrita del verbo pensar y la raíz también de la palabra hombre en muchas lenguas como identificando lo humano con la facultad de pensar; mejor dicho, con el pensador).
Ahora bien, si puede existir el cuerpo integro durante un cierto tiempo, sin aquello que le animaba (caso del cadáver) es por que el alma no es consubstancial con el cuerpo. Por que si fuera consubstancial, la existencia de la materia supondría también la de sus manifestaciones psíquicas.
Los materialistas nos aducen el siguiente argumento: El cuerpo muerto no produce manifestaciones psicológicas ni intelectuales, par que le falta la vida. Y es esta la causa de aquellas manifestaciones.
Admitamos provisional mente la hipótesis de que las manifestaciones del alma son consecuencia o efecto de la vida. Y preguntémonos: ¿es la vida algo consubstancial con el cuerpo? Respondamos negativamente, puesto que el cuerpo puede existir sin vida durante algún tiempo. Y además sabemos que la vida se caracteriza por la posibilidad de mantener la forma corporal a pesar del cambio de materia. Luego aquello que anima al cuerpo no dimana del cuerpo mismo. Y esto lo hemos de razonar dentro del más estricto concepto de causa y efecto.
Efectivamente: ¿Es el cuerpo causa de la vida, o es la vida causa del cuerpo? Si pensamos sobre el hecho evidente de que el cuerpo se desintegra cuando le falta la vida, hemos de admitir que esta es la causa de la forma corporal. 0 lo que es lo mismo, lo contingente (forma) no puede ser causa de lo persistente (materia, energía y vida, que continúan en otras formas). Un cuerpo inanimado es una máquina parada. A la máquina parada no le falta más que el impulso o fuerza que la ponga en movimiento. Pero el impulso no es producido por la máquina, sino algo externa a ella, y por tanto, no consubstancial con ella.
Sin dejar la argumentación positivista (tan cara a la ciencia contemporánea) podemos continuar diciendo que, el impulso vital del cuerpo es producido por el cuerpo de los padres. Pero como la vida de los padres continúa después de habérsela dado a los hijos, deducimos que los padres, al procrear, no han dado todo su impulsa vital, sino parte de él solamente. Esto quiere decir, dentro del más estricto mecanicismo, que el impulso vital dado a los hijos es menor en cantidad que el que poseían ambos padres, puesto que éstas se han quedado con buena parte de él. Sin embargo vemos que esto no es rigurosamente cierto, ya que los hijos pueden tener el mismo impulso vital que los padres, aun en familias numerosísimas; y aun más, que la sucesión indefinida de generaciones no disminuye ni agota el impulso vital, cosa que ocurriría si los hechos se diesen dentro de los más estrictos principios de mecánica. Luego deducimos que, al impulso vital dado por los padres (que es condición específica y cualitativa) se suma otro impulso vital cuantitativo, no inherente al cuerpo (por que es universal) que procede del exterior de la especie y gracias al cual se mantiene el mismo tono vital de los individuos. Si la vida fuese producto o efecto de la organización del cuerpo, esto no ocurriría así y se agotaría en pocas generaciones, por que cada vez sería menor la cantidad de impulso vital transmitido. (81)
Pero aun hay más: La vida corporal surge de una célula (óvulo) según un plan específico, cuando se le ha dado el impulso vital por la fecundación. Este plan específico de desarrollo y organización, por el cual de un óvulo humano no puede salir más que un cuerpo humano, es algo que preexiste como elemento causal. Es el pensamiento generador que en vano ha querido localizarse en los pretendidos bióforos e idioblastos del protoplasma celular.
Impulso vital y plan organizador, son pues, antes que el organismo. O lo que es igual, lo que anima al cuerpo es algo anterior al cuerpo mismo y causa de su formación. Buena prueba de ello es que en el embrión, las células que han de formar el corazón, laten antes de que se forme dicho órgano; que es tanto como decir que la función es antes que el órgano. 0 sea que, la finalidad es causa organizadora.
Si pues estos tres factores: finalidad, plan organizador e impulso vital, son la causa de que el cuerpo se forme, desarrolle y persista, quiere decirse que dichos tres factores constituyen la fuerza animadora específica o alma vegetativa. Lo mismo que en cualquier máquina ideada por el hombre hay una finalidad que cumplir, un pensamiento científico según el cual ha sido construida, y un impulso, fuerza o movimiento que la hace funcionar, representado por el obrero que la maneja. El obrero que maneja la máquina de nuestro organismo es el alma. El cuerpo es el instrumento de esta. Nunca el instrumento puede ser causa del que lo hace o maneja. El obrero no ha sido construido por la máquina.
Pero vamos aun a admitir el absurdo materialista de que las manifestaciones psicológicas y mentales sean un producto del organismo viviente, como la bilis es un producto del hígado o la tiroidina lo es de tiroides. ¿En qué parte del cuerpo cabe preguntarse se segrega o produce el amor de la madre por el hijo o el sentimiento educido por la audición de una sinfonía beethoveniana? Si el cuerpo viviente produce estos frutos de índole espiritual, que no pueden ser captados en un tubo de ensayo ni recogidos por la cámara fotográfica, hay que convenir en que hay cosas transcendentales causadas por un organismo contingente. ¿Pero esto es posible?
Veámoslo. Hemos admitido que el alma especifica o vegetativa es causa del organismo vivo; y que el alma (en todos sus aspectos) no es consubstancial con el cuerpo (como lo demuestra la muerte y aun el sueño) (82) . Si la vida es condición precisa para que en el cuerpo se manifiesten fenómenos psicológicos e intelectuales, esto se debe a que la condición viviente da cualidades de expresividad y persistencia al cuerpo. También una rotativa de imprenta necesita del impulso motor para expresar en repetidas páginas las ideas y pensamientos de la inteligencia. Pero estas ideas y pensamientos no los fabrica la máquina. Esta se limita a hacerlos asequibles a los sentidos.
Además, sí el organismo ha sido construido y organizado por una idea generatriz, claro es que él no puede producir a su vez ideas. Por que esto equivaldría a suponer que un efecto puede convertirse en causa de su propia causa. Y la realidad es que hay una subordinación de categorías, por la cual el efecto es siempre de inferior categoría que la causa, por la sencilla razón de ser parte de ella. Si un hombre tira una piedra, el movimiento de esta con todas sus consecuencias, tiene por causa al hombre. Y aun puede persistir el efecto de la pedrada aun cuando muera el hombre tirador. Pero también es cierto que puede persistir el hombre tirador sin tirar más piedras. Por que la pedrada es lo contingente y el tirador lo persistente, en su grado relativo.
Mas sucede que, el organismo no puede persistir más que breve tiempo a la cesación de la vida en él. (¿Qué mejor prueba de que él no es el productor de su propia vida?). Se desintegra en sus elementos componentes. Pero como el impulso vital que le animó no era consubstancial con él, sino que colaboró en la función vida con aquella cantidad de materia organizada e individualizada, hay que admitir que dicho impulso vital, con su idea rectora y su finalidad o intención, persisten más allá de la manifestación física, como también fueron anteriores a ella. Con harta razón se ha dicho que las ideas y sentimientos no mueren. Sería absurdo, pues, aceptar que un organismo mortal sea causa de una idea inmortal. Repitamos que lo contingente no puede ser causa de lo trascendente.
Por consiguiente, las manifestaciones psicológicas individuales (pasiones, emociones, pensamientos, sentimientos), que no hay que confundir con las manifestaciones del alma específica preexistente, se realizan en el plano de lo metafísico en función conjugada con el organismo corporal. El organismo se limita a ser instrumento de relación y de crecimiento anímico. El alma específica, al ponerse en contacto, por medio de los sentidos, con lo contingente y tangible, va acrecentando el caudal de intelección y conciencia con aportaciones individuales que van, poco a poco, formando una individualidad trascendente que es el Yo. De que este Yo se ponga a tono con el orden universal o no, depende lo que, en términos figurados, se ha llamado la salvación o la condenación, de cuyo problema ya hemos tratado en el capítulo VI.
El organismo que es una unidad concreta, puesto que es forma tangible, se nos presenta como el único medio por el cual el alma especifica va creando un alma individual. Hace falta la separatividad de las formas, para experimentar las reacciones consiguientes con otras formas, y de este modo educir una conciencia individual. En resumen: Hay distintos factores que animan al organismo y que constituyen por tanto su alma:
Factores específicos Finalidad (o voluntad de vida)
Idea generatriz
Impulso vital
Factores individuales Intenciones
Ideas
Pensamientos
Emociones
Pasiones
Sentimientos
Lo específico preexiste a la forma corporal puesto que pertenece al plan universal de la creación. Lo individual subsiste o sobrevive a la destrucción de la forma corporal, en todo aquello que está acorde con el orden universal.
Esto último quiere decir (como ya hemos visto y aun volveremos a ver bajo otros puntos de vista) que hay un alma inmortal y un alma mortal. 0 por mejor decir, algo del alma que se conserva individualizado y algo que se disgrega tras de la muerte física. 5e disgrega todo aquello del alma que pertenece a la esfera de lo concreto o personal (sentimientos, emociones, pasiones v pensamientos) en oposición a lo individual o abstracto (ideas, intenciones, estados de conciencia) que sobrevive como entidad trascendental en el mundo de las causas, indefinidamente, puesto que no perteneciendo al mundo de las formas no está sometido a la ley de destrucción. (Cosa clara para el que ha meditado sobre el cuadro sinoptico del cap V).
Todas las cosas materiales (plantas, animales, hombres, piedras, astros... ), son contingentes; cambian, mudan, se transforman y desaparecen un día. Su existencia material es pura ilusión de los sentidos; por lo menos es una realidad efímera, tras de la cual queda un vacío.
Pero detrás de esa máscara o apariencia de lo contingente y perecedero, está la "causa" que lo ha producido. Causa metafísica que ha producido el efecto físico, y que, por ser metafísica, no vemos.
Esa causa metafísica existe en nosotros, los seres humanos, igual que en los demás seres de la creación, y se nos muestra de una manera evidente y de la más incontrovertible realidad, como "conciencia" y "pensamiento". Igual podría decir una planta si fuese capaz de hablar. La "potencia" metafísica que nos ha producido a todos los seres (idea o imagen y voluntad de existencia) está detrás del "velo" de lo fenoménico.
Cuando desaparezca por la muerte el "fenómeno" de nuestra existencia física, nuestra conciencia se hallará en el plano de las "causas" con las "otras causas" que producen a los demás seres; con la misma certeza con que hoy estamos con los demás seres en el plano "de los efectos" y los percibimos en este plano.
Nuestras potencias objetivas (que pertenecen a la entidad metafísica que llamamos alma) perciben a través de nuestros ojos físicos la existencia física de las cosas y de los seres que nos rodean. Cuando cese la existencia física, dichas potencias percibirán la existencia metafísica que produce los fenómenos de la vida material.
Es necesario convencerse de que el ojo ve pero no percibe, parque solamente es un órgano o instrumento de que se valen las potencias cíe nuestra alma para captar imágenes del plano físico. Lo mismo podemos decir de los demás sentidos.
Pensar que pueda no sobrevivir algo de nuestro ser después de haber cesado el fenómeno de nuestra vida material, es suponer que nuestra vida ha sido "un efecto sin causa". ¿Es esto posible dentro de las determinantes de la vida universal y dentro de las leyes lógicas del conocimiento? La contestación es de una evidencia imperiosa: ¡No!
En el esquema del capítulo V hemos expuesto y analizado la constitución del alma. En el capitulo VI hemos tratado de su destino. En este vamos a hacer una somera revisión comparada de las hipótesis religiosas que tratan de explicar su origen y la vida del más allá.
Por lo que respecta a la teología católica, es sabido que acepta la existencia de un alma espiritual inmortal que, tras de la muerte del cuerpo, pasa al cielo siendo glorificada eternamente si ha sido en vida sabia y virtuosa, o pasa al infierno por toda la eternidad si fue débil, ignorante o perversa.
Esta hipótesis, en opinión de muchas gentes, pone en tela de juicio la justicia y la bondad de Dios, por cuanto cabe en su omnipotencia hacer a todas las almas con virtud y facultades suficientes para ganar el cielo. Algunos de los primeros padres de la Iglesia católica, especialmente de la escuela neoplatónica, como San Clemente de Alejandría y Orígenes entre ellos, no opinaron de aquel modo; pero en el siglo VI, el quinto concilio universal católico, condenó la doctrina pitagórica de la transmigración de las almas profesada por los origenistas.
El IV concilio Lateranense colocó al hombre en una esfera intermedia entre la substancia corporal y la angélica, atribuyendo al alma humana una aptitud natural para informar su cuerpo; propiedad de que carecen los espíritus.
En el concilio Vienense se afirmó que el alma intelectiva o racional informa el cuerpo en virtud de su propia naturaleza.
León X en la Bula Apostolici regiminis, afirmó que cada hombre posee un alma racional suya propia, y no común al alma de los demás, e inmortal por naturaleza; para combatir la hipótesis de Averroes, forjada sobre una idea de Aristóteles (83) por la cual "todo el género humano piensa con una misma alma racional e incorruptible; pero las almas propias de cada uno de los hombres son naturalmente mortales y corruptibles". Cosa a la que no falta algo de razón, si se piensa en la destructibilidad del alma animal y por otra parte en la universalidad del conocimiento abstracto adquirido por la razón discursiva, como vimos en capítulos anteriores.
Sigue diciendo León X que, "el alma racional del hombre es forma substancial del cuerpo humano, multiplicable y multiplicada en cada uno de los individuos, y producida, por consiguiente, cada vez que viene a la existencia una persona particular".
El padre Mendive, interpretando la doctrina escolástica, dice por su parte: "El estado de separación es tan natural a nuestro espíritu, como la unión con el cuerpo" ... "Lo natural es que cada uno de los elementos que constituían al hombre antes de la unión, siga después de ella existiendo en el modo que le es propio"... "Lo que exige, si, la naturaleza del alma, por razón de ser una substancia incompleta y verdadera forma substancial del cuerpo humano, es que no comience a existir sino cuando su unión es reclamada por las condiciones preexistentes de la materia generativa". . . "El estado de separación es en nuestra alma una consecuencia espontánea de la misma corruptibilidad del compuesto humano. Mas el alma no deja de animar al cuerpo por la fuerza de la misma naturaleza, sino a causa de impedimentos accidentales de los agentes del Universo, que originan la muerte". . . "No es conforme a la sabiduría divina poner desde un principio a las almas de los hombres en el estado que adquieren después de la disolución del cuerpo: por que la sabiduría dicta hacer que las cosas comiencen a ser por aquel modo que más les corresponde; y el alma, como parte que es de un todo, más le corresponde estar en el todo que fuera de él".
Este último argumento se basa en el error de confundir la "forma substancial" o "alma vegetativa" con el "alma individual" y tiene el vicio original de pretender interpretar la sabiduría de Dios; cuando lo único que podemos pretender los hombres es interpretar los hechos naturales con arreglo a nuestro propio y leal saber y entender.
He aquí, en fin, las conclusiones de los teólogos católicos en cuanto al alma humana se refieren:
1º) El alma humana no es una porción de la substancia divina (84)
2º) El alma humana no es traspasada del padre al hijo por generación, sino que es producida por creación; ni puede perecer por corrupción, sino solamente por aniquilamiento (85)
3°) El alma humana con la separación del cuerpo no es aniquilada, sino conservada en su ser para que viva perpetuamente.
4º) El alma humana no pasa por diversas reencarnaciones, sino que permanece sola hasta el día de la resurrección universal.
Prohibida por el V concilio universal católico la doctrina de la metempsicosis, es natural que la teología católica se haya pronunciado con arreglo a las precedentes conclusiones. Pero nosotros vamos a discurrir con la misma libertad que lo hicieron Orígenes y San Clemente antes de dicho concilio. Para lo cual no está de más hacer reseña de estas últimas afirmaciones de la doctrina católica: "Otra cosa sería si se tratase de dar a las almas un cuerpo mejor acondicionado que el que poseemos en la actualidad: entonces la nueva unión no sería una simple repetición de lo pasado, sino un verdadero progreso en el camino de la vida. Un estado de esta especie ya es de suyo apetecible al alma separada; por que sin privarla de su libertad adquirida, la habilita para el ejercicio de sus potencias sensitivas, que cíe lo contrario habían de quedar inactivas en el estado cíe separación por toda la eternidad. De aquí el dogma de la resurrección universal profesado por la Religión Católica. Las almas entonces serán unidas a los mismos cuerpos que antes tuvieron; pero estos cuerpos se hallarán revestidos de las cualidades convenientes al estado de término que nos está reservado en la otra vida". "Las almas bienaventuradas recibirán un cuerpo glorioso. A las almas de los condenados será dado un cuerpo pasible e imperecedero, conforme al estado de degradación en que ellos se colocaron en este mundo con su libre albedrío". (P. Mendive).
Hemos subrayado adrede, para hacerlo resaltar, lo que se refiere a la necesidad de que el alma adquiera un nuevo cuerpo, con objeto de que no queden inactivas sus potencias sensitivas. Como también las objetivas añadiremos nosotros. Y la solución verdaderamente filosófica de este problema está vinculada a la finalidad que demos a dichas potencias.
Para esto hemos de establecer, siguiendo el concepto de San Pablo, que el hombre ¡lo se compone solamente de cuerpo y alma, sino de cuerpo, alma y espíritu, que varios a definir en conformidad con lo expuesto en el capitulo V, de la manera siguiente:
El Espíritu es aquel elemento, causa de manifestación, que actúa como fuerza proyectiva de la esencia (el YO) en la existencia por medio de intención y volición.
El alma es aquel elemento de nuestro ser, órgano del sentimiento y de la inteligencia, donde asientan y se elaboran los medios de manifestación representados por pasiones, deseos, emociones, pensamientos e ideas.
El cuerpo es la forma densa y tangible que obra como instrumento de manifestación, por medio de actos en el mundo material. Ahora bien: Cada uno de estos tres elementos tiene un proceso de desarrollo o perfeccionamiento, de acuerdo con sus funciones, sus fines y su categoría; que podemos sintetizar de la siguiente manera:
1º) Nuestra esencia espiritual tiene una evolución hacia la omnisciencia y la voluntad divina, por asimilación de las posibilidades que la proporcionan el alma y el arquetipo específico, en forma de conocimiento abstracto y amor. (86)
2º) El alma tiene una evolución por experiencias de conocimiento, sentimiento y manifestación en las formas materiales, hasta agotar las posibilidades de estas.
3º) El cuerpo, como ya dijimos, evoluciona dentro de ciertos límites por impulso especigenético o por adaptaciones fenotípicas. Existe una evolución conjugada de los tres elementos, cuya finalidad es el incremento del Yo con todo el contenido, siempre acrecentable, del alma espiritual. La meditación del esquema del capítulo V y de su explicación, facilitará la comprensión de las precedentes afirmaciones.
Planteado así e1 problema, veamos el apoyo que pueden dar a nuestra tesis las distintas concepciones religiosas del más allá.
La religión católica, limita las posibilidades del alma a lo que puede conseguir en esta vida terrenal, concediendo a todas las que no caigan en los abismos infernales, la dicha de sentarse a la diestra del Padre para disfrutar de su gloria celestial.
El mahometismo participa de análoga opinión, con la diferencia de ofrecer un Paraíso, lleno de delicias casi terrenales, a las almas bienaventuradas.
Las mitologías populares de la antigua Grecia, Egipto, Caldea, Asiria, Persia, Escandinavia; etc., aparte de ligeros atisbos de metempsícosis, no pasan del mismo concepto. El infierno y el cielo son los dos extremos a que cabe optar. La virtud y la conducta no tienen otros estímulos más que el castigo del infierno o el premio del cielo. ¿Es qué no cabe la religión del bien por el bien mismo? ¡Si qué cabe!:
No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido,
para dejar por ello de ofenderte.
uéveme tu, mi Dios, muéveme el verte,
clavado en esa Cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
évenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme tu, mi Dios, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
que aunque no hubiera infierno, te temiera;
no tienes que me dar por que te quiera;
que cuando lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero, te quisiera.
escribió una pluma cristiana por un ideal de amor y de sacrificio. Y si esto escribiese por la vivencia del Cristo crucificado, ¡qué no sería por la vivencia del Cristo vivo en el propio corazón!
Y aquí está el problema: ¿No tiene el alma en sí y por sí misma el impulso de lo superior? Evidentemente. Por esto pedimos un poco menos de mitología y un poco más de filosofía.
Las antiquísimas doctrinas esotéricas de los misterios herméticos, órficos, délficos, eleusinos, etc., aparte las pitagóricas y platónicas recogidas más modernamente por los rosacruces, concibieron el problema de la vida del alma, más a fonda e integralmente. Lo natural en la vida del alma es su existencia celeste o metafísica. La vida terrenal no es más que un accidente transitorio, aunque importante, en el que la divina "psiquis" desciende y se crucifica en las limitaciones de la materia, para cosechar experiencias objetivas y sensitivas, con las cuales ascender acrecentada para unirse con el radiante "Eros", el espíritu inmortal que la cobija.
Pero ninguna doctrina religiosa ha superado en filosofía, a las más antiguas aun, védicas, brahmánicas y buddhistas, de la India misteriosa, cuna del conocimiento filosófico y cuyo idioma, el sánskrito, es la lengua más rica del mundo para expresar matices y conceptos de la vida espiritual.
Dice una máxima de la sabiduría oriental: "Dios duerme en el mineral, sueña en la planta, despierta en el animal y vive en el hombre". Esto no es más que una síntesis de la evolución del principio espiritual de los seres.
Si, como dice Santo Tomás, toda esencia proviene de Dios, conviene meditar en que estriba la diferencia de la esencia en los distintos seres. La mística de Oriente llega a identificar en un solo principio, llamado Atman, la esencia de todas las criaturas finitas y la del Ser Universal. La de aquellas no sería más que una "divina chispa" emanada de Este. Concepto que concuerda con el expuesto por San Pablo en la 1°~ Epístola a los Corintios (III, 16; VI, 20, etc.) cuando dice: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" T. Glorificad pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu...".
Según esta concepción las "chispas divinas" o "Jivatmas" (“espíritus vírginales" de los rosacruces), pasarían primero por toda la gama del reino mineral, nutriendo su conciencia en los proteismos de la vida química y en las delicadas manifestaciones del electromagnetismo. Seguidamente pasarían al reino vegetal, es el cual se ampliaría el horizonte de su conciencia con las primeras manifestaciones del desarrollo biológico, de las atracciones electivas y de la "psiquis" primaria (87) , Luego discurrirían progresivamente por toda la Escala animal, en la cual habrían de captar todo el conocimiento que dimana de los deseos, las pasiones, la lucha por la existencia, la atracción sexual, los sentimientos de maternidad y afecto, el instinto y el pensamiento simple. Por fin entrarían en el reino humano, donde sus facultades de conciencia y senciencia oscilarían entre las manifestaciones psicológicas casi animales del salvaje o del hombre rupestre, hasta las subliminales espirituales del sabio. Siempre en un impulso de ascenso infinito, de querer más, haciendo buena la frase de Gratry: "El deseo es la raíz del alma, su fuente, su primera fuerza... La búsqueda, el deseo, la inquietud, la esperanza, son aquí abajo el fundamento de nuestra vida".
En esta teoría de la "transmigración de los espíritus" (más bien que de las almas), encontramos el fundamento de un orden lógico original, fecundo en consecuencias.
Claro es que un mineral no tiene alma individual. Tampoco la tiene una planta. Pero no dejan de tener ambos el "arquetipo" o "forma substancial que es el pensamiento divino, atisbado por Aristóteles en su "entelequia", por virtud del cual cristaliza el primero según forma y ley geométrica, y desarrolla la segunda sus flores y su tallo según modelo específico predeterminado y sus primordiales facultades de reacción psíquica, que constituyen ya un atisbo del alma del reino vegetal.
En los animales existe ya con claridad manifiesta un "alma específica" o "alma grupo” donde reside el origen de sus sentimientos y pensamientos. La cual no es confundible con el arquetipo susodicho o "alma vegetativa". En los animales superiores, como el perro, caballo, gato, etc., sobre todo si viven en contacto con el hombre, se observa ya un comienzo de individualización, que se manifiesta por sentimientos y pensamientos propios, más o menos intensos, destacados sobre las reacciones psíquicas comunes a la especie.
En el hombre, el alma está totalmente individualizada. No obstante, toda forma de agrupación humana, llámese tribu, familia, asociación ideológica, nación, región, etc., constituye una expresión de "afina colectiva" que se cierne como una limitación (a veces ventajosa) sobre la perfecta individualidad del hombre libre.
El conocimiento captado por los distintos seres, especies y reinos, se va sumando como un contenido abstracto a la consciencia espiritual, ampliando progresivamente sus capacidades de saber, querer y sentir. (Véase la figura 10).
No son pues las almas las que transmigran. Las almas no cambian de reino o de especie. Transmigran en ese proceso llamado metempsicosis, las esencias, espíritus o principios de vida, con todo el bagaje que han podido asimilarse del alma que cobijaron durante la vida física.
Una vez que las esencias agotaron las posibilidades de conocimiento en el reino animal (pongamos por caso) se proyectan en el género humano, donde ya cuentan con la posibilidad de un alma espiritual de gran contenido gnóstico y sentimental. Pasan de los animales más Elevados a los hombres más salvajes o primitivos (cuya diferencia con los animales superiores es escasa aunque fundamental); para elevarse en virtud y conocimiento hasta esas cumbres en que el hombre se hace consciente de su naturaleza divina.
Así pues el alma es un instrumento metafísica de la esencia; y el cuerpo es el instrumento físico del alma.
Esta última se va forjando por la acción de la esencia sobre el cuerpo a través del arquetipo y por las reacciones del cuerpo sobre la esencia. En realidad el alma individual es el producto sublimado de la vida del cuerpo, de acuerdo con el antiguo concepto de la "psiquis" griega y con el moderno de ciertos filósofos, como Maine de Biran cuando afirma que "el yo (individual) llega a ser por el esfuerzo ante el mundo exterior y no tiene el carácter de una "cosa" ya hecha e independiente"; o el ya expuesto en la antes citada frase de Gratry.
fig. 10

Tal aserto, como lo que hasta aquí llevamos dicho a este respecto, quedará definitivamente aclarado con el siguiente esquema sintético:
Todos los seres creados, desde el mineral hasta el hombre, tienen una constitución común, representada por una esencia, un arquetipo y una forma corporal (Atman, manas, y rupa, de los filósofos indostánicos; Nous, psique y soma, de los neoplatónicos; Espíritu, forma substancial y cuerpo, de los escolásticos).
Fig. 11. Esquema de la constitución general de los seres.
La diferencia fundamental entre unos seres y otros estriba precisamente en el alma. Ya hemos visto que los minerales, vegetales y animales carecen de alma individualizada; pero que estos últimos tienen un alma específica.
Solamente el hombre tiene un alma individual que va nutriendo y formando de los contenidos de pensamiento y sentimiento expuestos en nuestro esquema del capítulo V. Cuando este contenido logra, por la virtud y el recto pensar, incorporarse a la esencia inmortal, el alma se salva, como ya explicamos en el mismo capítulo. Este alma individual es el único tesoro propio de cada ser humano. La esencia pertenece a Dios y el cuerpo vuelve a la tierra. ("Terra tegit carnem; tumulus circunvolat umbra; orcus habet manes; spiritus, astra petit” que dice el ocultista verso latino). A lo que debemos agregar este simbólico párrafo de Plutarco: "Yerran grandemente las que confunden al Nous con la Psiquis. No menos yerran los que confunden asimismo la Psiquis con el Soma. De la unión del Nous con la Psiquis nace la Razón, y de la unión de la Psiquis con el Cuerpo nace la Pasión. De estos tres elementos, la Tierra nos ha dado el cuerpo„ la Luna nos ha dado el alma, y el Sol nos ha dado el espíritu, por lo cual bien puede decirse sin engaño que aun durante esta vida física el hombre verdaderamente puro es a la vez un habitante de la Tierra, de la Luna y del Sol, como unánimemente sostienen los que son verdaderos sabios".
Otro esquema completará nuestra idea:
Esencia = YO SUPERIOR
Alma individual = YO INDIVIDUAL
Forma corporal = YO INFERIOR O PERSONAL
Fig. 12. Esquema de los tres Yoes.
El YO superior o substancial es nuestro elemento divino. El Yo o alma individual es el elemento auténticamente humano de nuestro ser. El yo personal formado por el cuerpo, apetitos, deseos, instintos y pasiones, es el factor egoísta: la personalidad o máscara tras de la cual se encubre la pepita de oro de nuestra espiritualidad; y contra la cual tenemos que sostener durante la vida ese duro combate, cuya victoria y cuyo premio es la conciencia celeste.
El alma individual es lo que reencarna; si admitimos la teoría de la reencarnación de las almas o de la "resurrección en la carne", fundamental en el credo de la religión buddhista. Y a la cual se refirió Ricardo Wagner en carta a Augusto Roeckel, fechada en 1855, diciendo: "En las enseñanzas buddhistas puras y primitivas es de especial importancia 1a doctrina de la trasmigración de las almas, como base de una vida verdaderamente humana".
Como el alma no puede en una vida terrena agotar todas las posibilidades de perfección apetecibles, para adquirir la conciencia de todo 1o que la rodea, físico y metafísico, vuelve tras de un cierto tiempo a tomar cuerpo en una nueva personalidad, que la sirve de instrumento de nuevas experiencias.
Tras de la muerte del cuerpo y una vez desprendida de las escorias del yo personal por esa operación de "catarsis" expuesta en el capítulo VI, el alma mora, durante un lapso variable, en el estado de conciencia abstracto o celestial, que los buddhistas llaman el Devakhan (o morada de los dioses), los griegos llamaron Campos Eliseos, los mahometanos el Paraíso, los egipcios el Amenti, los escandinavos la Walhalla y el Gimle, y los cristianos, en fin, el Cielo. (Véase el cuadro sinoptico cap. V).
Durante esta existencia celeste„ la "entidad devakhánica" asimila el contenido esencial de las experiencias de la vida terrena, en forma de potencias objetivas y sensitivas que se han de manifestar en virtudes, vocaciones y aptitudes. Esto explica por que las almas que vienen a este mundo, presentan tan notables diferencias en el saber, querer y obrar. No es Dios quien crea para cada cuerpo un alma sabia o ignorante, perversa o virtuosa, puesto que según la Revelación dejó de crear al 7º día. No; cada alma es el resultado de una evolución natural, en la que se limita a recoger lo que ha sembrado. Si a la muerte se la representa con una guadaña y un reloj de arena, es como símbolo de esta verdad que se cumple con exactitud cronométrica a lo largo de dicha evolución. (88)
Una vez que al alma le ha llegado el momento de realizar nueva vida concreta, involuciona o desciende al plano físico, se sume otra vez en la manifestación de lo fenoménico, torna a la ilusión de lo cambiante y personal, infundiéndose en el cuerpo de tina criatura que se desarrolla en el vientre de una madre. Y esto lo hace casi desde el momento mismo de la concepción. (89)
El "noumeno" ha vuelto a ser "fenómeno". Ha comenzado para la "divina Psiquis" una nueva peregrinación por tierra extraña y va a olvidarse de su elevada condición por unos años, durante los cuales tendrá, indudablemente, destellos, ansias, luchas, dolores y arranques sublimes, añorando la felicidad perdida de los cielos junto a su excelso "Eros" que, en el fondo, será por siempre la meta oculta tras de la cual marchará por estas regiones inferiores (tantas veces infernales) de la vida terrenal.
La "Escala de Jacob" por donde subían y bajaban los ángeles, no es si no un símbolo de este ascenso y descenso, de esta involución y evolución en la que, cíclicamente, las almas van de lo material a lo espiritual y viceversa. Cada muerte es una evolución; cada nacimiento es una involución.
La doctrina de la reencarnación tiene, sobre otras, la superioridad filosófica de explicar los hechos siguientes:
1°) La diferencia intelectual, sentimental y espiritual de los hombres sin la intervención directa de Dios.
2º) La diferencia del Destino (o "Karma") de las criaturas, como justísimo resultado de sus obras, intenciones, pensamientos y palabras, en existencias físicas anteriores.
3º) El empleo de las potencias sensitivas y objetivas del alma, que no tendría efecto si fuese interrumpida su acción en un estado eterno de gloria o de infierno.
4°) La aparición en la humanidad de grandes talentos y genios, como fruto sazonado de una larga evolución de las almas.
5º) La posibilidad de que toda alma pueda rectificar sus errores, dándola nuevas oportunidades de progreso para su "salvación". Lo cual es justo.
La ausencia del recuerda de vidas anteriores, ha sido explicada por la destrucción de toda clase de memoria concreta (cerebral, etérea y mental) de las cuales solamente perdura una reminiscencia o memoria abstracta, concretable en determinadas circunstancias, bien patente en muchas personas. Pero los magníficos experimentos modernos de "regresión de la memoria" expuestos por De Rochas en sus obras "Vidas sucesivas", "El alma humana" y "Tratado de hipnosis y magnetología", así como los de Lancelin mencionados en su obra "El alma humana", y los de otros investigadores, constituyen hasta ahora la más decisiva prueba de la vida pasada del alma en distintas personalidades. El hecho es que, las "personalidades yacentes" de Lancelin, al ser desdobladas del sujeto en estado de hipnosis profunda, presentan cada una sus caracteres y sus recuerdos bien diferenciados; y un sujeto al que se le produce la "regresión de memoria", olvida su vida actual y se expresa con recuerdos y carácter que revelan otra u otras personalidades yacentes perfectamente destacadas. (90)
El término de la evolución del alma, según la religión buddhista, sería la consecución del Nirvana (equivalente a la Gloria cristiana y a la Apoteosis griega) tras de haber trascendido los —cielos de Necesidad" o de reencarnación, a los cuales se hallan atadas las almas mientras no hayan sido capaces de extirpar "el Deseo y toda raíz de egoísmo".
El Nirvana que, como la Gloria, no es más que el estado de conciencia divino, no supone el aniquilamiento, como tantas veces, por error o mala fe, se ha dicho (91) ; sino la definitiva unión del alma con su esencia inmortal (el "yoga", "yugum" o "estado unitivo"), simbolizado por los griegos de la antigüedad en las nupcias sublimes de Psiquis y Eros (el Amor) a que tantas veces nos hemos referido, y recogida luego en la Edad Media por la leyenda de 'Tristán e Isolda cual se conserva en castellano un imperfecto pero expresivo romance, que estuvo de moda en el repertorio de canciones de la corte de Isabel la Católica.
Juzgando sin prejuicios y desapasionadamente todas las teorías que se han expuesto para explicar los misterios del más allá, lo sensato y prudente en recta teoría del conocimiento, es quedarse con aquella que más cantidad de problemas puede resolvernos y de hechos puede explicarnos.
LA PREDESTINACION Y EL JUICIO FINAL
El concepto de predestinación no puede ser absoluto. Cierta es que nuestro Destino no puede salirse del mecanismo de las leyes naturales; y en este sentido, se halla confinado dentro de ciertos límites estatuidos por el Creador. Pero también es cierto que nosotros poseemos la iniciativa de nuestros actos, aunque no el poder de determinar sus consecuencias. Estas las determina automáticamente la ley.
Así por ejemplo: Un hombre puede o no, por propia decisión, tirarse a un estanque. Pero si se tira, ya no está de su mano el impedir que su cuerpo reaccione (según ley de acción y reacción) al frío del agua y fluctúe, según ley de gravedad que le arrastra al fondo y según ley de flotación que le impulsa hacia la superficie, y se ahogue o no, según leyes fisiológicas de respiración, etc. Es decir que, el hombre causa un acto, y la ley determina sus efectos. Verdad que ha sido sintetizada sabiamente en aquella sentencia que dice: "El hombre propone y Dios dispone".
El hombre es libre coma agente causal e iniciador, pero los efectos de sus actos san necesarias según determinación de la ley; aunque estos efectos puedan ser conmutados dentro siempre del mecanismo de las leyes de la Naturaleza. No hay pues fatalismo ni predestinación, ni en ninguna parte está escrito él sino de las criaturas. Este se le van forjando ellas mismas de acuerdo con el determinismo consiguiente a la ley de Causa y Efecto.
Claro es que las criaturas, incluyendo al hombre, actúan según posibilidades limitadas, definidas par el orden universal de la Creación; y en este sentido están predestinadas a vivir enmarcadas en un recinto de iniciativas. Un hombre quiere pero no puede ir a la estrella Sirio. O no es capaz de concebir nada que sea ajeno a las posibilidades de la mente humana. Esto es evidente. Sin duda puede considerarse como predestinación en un sentido muy relativo. Más bien como limitación del Destino.
Es más; la mayor parte de las veces, los hombres actúan, no con verdadera libertad de iniciativa, sino consecuentemente con los mecanismos psicomentales propios de su contextura anímica e intelectual, y aún de su temperamento y constitución física; que dan, en cada uno, un automatismo, todo lo elevado que se quiera, pero de un orden subconsciente. Nuestras supuestas iniciativas, son así, en general, reacciones individuales a los estímulos psicofísicos del mundo que nos rodea, de los cuales parte en realidad la iniciativa de nuestros actos. Es decir que, la mayor parte de las veces el hombre reacciona pero no acciona.
Por ejemplo: Un sujeto de mal genio se enfada ante cualquier molestia que se le origina. El día en que, a pesar de la molestia, reprima su enfado y responda con una actitud correcta y benévola, ese día podrá decirse que ha obrado con verdadera iniciativa; por que habrá obrado conscientemente, no automáticamente. Y en esto estriba el libre albedrío, en obrar en conciencia de lo que se hace, y no por el determinismo de nuestra constitución personal. Colígese de esto cuan pocas veces obramos con libertad de albedrío.
En realidad el libre albedrío supone el dominio de nuestra naturaleza inferior por motivos de nuestra naturaleza espiritual; y por eso se da en tan pocas personas, y dentro de éstas, en tan pocos casos. Para obrar con libre albedrío hay que tener el espíritu a flor; es decir, poner a contribución las facultades más elevadas: consciencia y razón. Solamente esto puede superar al determinismo subconsciente.
La vida en general discurre por el cómodo camino de nuestras reacciones instintivas y de nuestras habituales maneras de tomar las cosas. Todo es resultado de una educación, cuando no de un hábito o de una costumbre. O lo que es lo mismo, todo depende de un carácter forjado con más o menos elementos externos. Pero el móvil interno que impulsa a la acción libre, se da muy pocas veces.
Por esto se ve, que el Destino de cada uno no se hila con rígida fatalidad ni según un cliché preformado, sino que se forja con las determinantes generales que enlazan causas y efectos, salpicadas aquí y allá por chispazos de epigénesis o creación de nuevas causas, que es donde se demuestra la libertad de iniciativa. Por esto se dice con harta razón que "El hombre es superior a su Destino".
Esto nos lleva irremisiblemente al tema del Juicio Final. La creencia en un juicio postrero, en el cual las almas reciban la sanción que corresponde a sus aciertos o sus errores, es universal. Pero las religiones admiten un "Juicio inmediato" o postmortem (Destino, Karma o Némesis) y un "Juicio Final" o de evolución. La existencia de este último es la mejor prueba de que las sentencias con premio de cielo o pena de infierno, del juicio inmediato, no tienen nada de definitivas; por que si así fuese, sobraría el juicio final. Pero como todos los asuntos que tocan las religiones positivas, se nos ha transmitido convertido en un mito.

El Juicio inmediato de la religión cristiana tiene sus precedentes en el Juicio de Osiris o peso de las almas en la balanza manejada por Anubis (el dios de cabeza de perro) y Thuth, el escriba celestial, del antiguo Egipto; en la psicostasia (o peso de almas) en la balanza de Zeus que, referente a la antigua Grecia, nos describe Homero en la "Aliada"; en el juicio de Minos en el Hades, también citado por Homero en la "Odisea", en el otro juicio helénico de Minos y Radamante, referido en el Gorgias" de Platón, en el cual los castigados iban al Tártaro y los premiados a las Islas Afortunadas, también citado por Virgilio en la "Eneida" con la única variante de ser los Campos Elíseos el lugar a donde eran destinadas las almas virtuosas; en el juicio de Mithra del puente Cinvat creado por Mazda, según la tradición persa del "Avesta", recogida por los árabes en la suya del puente Sirath y reproducida por el benedictino Mateo de París en su relato del "Purgatorio de San Patricio" con perspectivas cristianas (92) , tras de cuyo paso por el puente, pesa Rashnu en la "balanza de oro" las acciones del muerto y es después juzgado por Sraosha antes de pasar por el purgatorio; en el juicio de Yama del "RigVeda", cuyos mensajeros en forma de perros (recordando al Anubis egipcio) van a buscar a los que mueren, y en el cual Varuna es el encargado de los castigos; en la justicia inmanente o Karma y la liberación o Nirvana de los textos búddhicos; y, en fin, tiene su consecuencia en el juicio final del mahometismo, por medio de la balanza, que no es otra sino la misma balanza del arcángel Miguel que nos muestra la figura adjunta, y en la cual observamos la curiosa "coincidencia" de estar representado el corazón del difunto sobre el platillo que desciende, por medio de la figura de una vasija, que es la misma vasija con que los egipcios de, la antigüedad representaban en la escritura Jeroglífica el corazón (ab) del difunto a quien se juzgaba. (93)
En cuanto al juicio Final, responde a un fondo común, atisbado más filosóficamente por las religiones de la India (94) . El resumen es el siguiente: El Universo tiene un período de reabsorción o Pralaya, en el seno de Brahma. El periodo de manifestación, en el cual nos hallamos, se realiza mediante ciclos de ciclos (nebulares, estelares, solares, planetarios. . .) entre los cuales se verifican los ciclos de Necesidad de las almas, en sus distintas fases de vida, muerte y reencarnación. Al final del período de manifestación, cada alma ocupará el peldaño evolutivo correspondiente, según sus esfuerzos y merecimientos, corriendo la suerte que corresponda a su grado. Todo el Universo será absorbido o aniquilado, salvándose lo que haya podido incorporarse a la Esencia Divina, eterna e inmutable (idea sostenida también por Orígenes dentro de la Iglesia Católica). Las afinas rezagadas habrán perdido la oportunidad de gozar del Nirvana en el seno de Brahma.
He aquí el juicio Final. ¿Y después? La inteligencia humana no ha podido sondar un problema que excede al tiempo y al espacio. Pero se admite que la Divinidad después de este Mahapralaya, vuelve a manifestarse en nuevos Manvantaras o ciclos de actividad.
LA SOCIOLOGIA, LA MORAL Y LA JUSTICIA
a) La sociología y la democracia religiosa. Paz con todos.
b) La Moral religiosa. El Decálogo. La moral babilónica. Los cuarenta y dos preceptos egipcios. El Código del Manú. Las reglas del Buddhismo. Los Versos dorados de Pitágoras. La moral sufista islámica. Código masónico. El Sermón del Monte. c) El problema práctico de la moral.
d) La justicia humana y la justicia divina.
e) Las herejías. Utilidad de una religión. Arrio, Macedonio Nestorio, y Eutiques. Los Monotelistas, los Iconoclastas y Focio. Los ocho concilios griegos y los trece latinos. Prisciliano y Santiago de Compostela. Enrique VIII y la iglesia anglicana.
f) La coeducactión de ambos sexos. Invertidos y psicópatas. Moral sexual: onanismo y celibato.
La doctrina católica aboga teóricamente por un régimen social democrático. He aquí las opiniones de sus más insignes teólogos en lo que a esta materia se refiere.
"El establecimiento de la ley pertenece a toda la multitud o a la persona pública que tiene el cuidado de la multitud entera, porque lo ordinario y constante en todos los seres es que la ordenación de los medios al fin corresponda a aquel mismo cuyo es este fin". (Santo Tomás, 1 2, q. 90, art. 3).
"La autoridad viene de Dios de un modo mediato por intermedio de la nación que se la cede". Así opina Suárez, que llama a esta afirmación, "egregio axioma de teología",
"Ningún particular puede venir a ser dueño legitimo de cualquier derecho de mandar sino con el consentimiento, tácito o expreso, de la nación misma, y queriendo ella estar desposeída de este mismo derecho". (Doctrina escolástica).
"Como Dios es el autor del derecho natural, la potestad de gobernar viene de Dios inmediatamente, porque a él corresponde dar forma y ser a la naturaleza, si bien el reunirse los hombres en cuerpo de nación es una condición sin la cual la tal potestad no resultaría". (Victoria. "Relectione de potestate civili).
"Puede hacerse un soberano, pero no se hace la soberanía; y como no hay verdadero soberano sin soberanía, se está en el caso, o de no tener sino un jefe de aventura, de sorpresa o de fuerza, sin raíces ni autoridad, a quién el movimiento facticio o tumultuoso que lo ha elevado no cesa de amenazar hasta que lo arrebata, y el cual necesita hacerse tirano para resistir a él, o bien de: volver al principio superior de la soberanía verdadera, proveniente de la naturaleza divina, por medio del cual puede constituirse un legítimo y sólido gobierno". (Augusto Nicolás).
"El derecho divino es mediato, en cuanto es la nación quien lo confiere; divino en cuanto es constituido sobre las leyes naturales y fundamentales de las sociedades, de que es autor Dios, y de cuya inviolabilidad participa. El hombre planta el árbol, pero Dios suministra la virtud que hace que el árbol prenda. El hombre coopera, pero Dios es quien opera". (Aug. Nicolás).
Dice también Suárez: "No es licito al pueblo, una vez que se halle puesto debajo de la obediencia, restringir la potestad del rey más de lo que haya sido restringida al tiempo de comunicársela. Ni aun siquiera las leyes justas del príncipe puede el pueblo abrogar apoyado en su propia autoridad, sino solamente confiado en el consentimiento tácito o expreso del mismo príncipe, como lo notó Santo Tomás".
"Algunos filósofos cristianos han opinado que la autoridad política es la forma substancial, el alma misma de la nación. Pero otros opinan que la autoridad no es la esencia de la sociedad, sino un atributo emanado de esta esencia. Por esto los escolásticos sostienen que el sujeto natural del poder civil no es alguna persona determinada sino el cuerpo entero de la nación. Y por esto la autoridad ha de dirigir todos sus actos al bien de la sociedad".
"El oficio propio de la autoridad no es producir la unión de las inteligencias y de las voluntades de los hombres (que esto es un hecho natural consecuente con la tendencia instintiva a la sociabilidad), sino idear los medios prácticos con que conviene tender de hecho a la prosecución de dicho fin, e intimar a los ciudadanos para que los ejecuten. La autoridad pertenece al orden ejecutivo y no al intentivo. Produce armonía y orden en los actos prácticos de la vida política, pero no en la vida misma substancial y anterior a estas acciones".
"La autoridad es una fuerza, y ninguna fuerza es elemento constitutivo de un ser. Las fuerzas emanan de la esencia. Esta es la fuerza primera de toda actividad. Cada uno advierte en su propia conciencia que, si tiene obligación de vivir reunido con otros de su misma especie, no es por que lo mande la autoridad, sino por la sola ley natural fundada en la necesidad de la vida social".
"La autoridad en la república no tiene el lugar que en el hombre físico ocupa el alma o la forma substancial, sino otra más inferior. Por que no está esencialmente difundida por todo el cuerpo social; no es lo más noble, a cuyo fin hayan de encaminarse todos los actos ciudadanos; no es formalmente inactiva; no es fuente y origen de las fuerzas sociales llamadas derechos. Solamente es el instrumento que utiliza para la ordenada prosecución de su fin".
"El alma social, difundida por todos sus miembros, es la voluntad general de vida social".
"Pertenece a la sociedad el derecho de ceder la autoridad a uno de sus miembros. Como un hombre tiene el derecho de ceder su independencia y subordinarse a otro si así 1o juzga oportuno. El derecho de gobernarse a sí mismo (autonomía) puede ponerse bajo la dependencia de otro que gobierne o dirija según razón". (Mendive).
"La autoridad debe procurar el bien general de la nación, no el particular suyo propio o de algunas personas determinadas, con lo cual quedan condenadas la arbitrariedad y la tiranía de los gobernantes".
"Así cuando dicen los católicos ser la autoridad civil de origen divino, no pretenden significar con esto otra cosa sino que se halla contenida en el mismo orden natural, en términos que no es licito a los hombres el destruirla. y vivir en sociedad sustraidos a su benéfica influencia, cual si no fuera uno de los elementos sociales este principio ordenador a cuyo cargo se halla encomendada la guarda del bien público". Mendive).
He aquí pues los principios básicos de convivencia civil defendidos por los teólogos católicos:
"1º) El hombre por su naturaleza está inclinado a vivir en sociedad. Esta es una creación divina, un ser natural, encerrado en el plan de la Providencia de la misma manera que los demás seres naturales del Universo".
"2°) La autoridad civil es una propiedad natural e innata de este ser colectivo, y por consiguiente entra también en el plan divino, juntamente con el ser a que pertenece".
Hasta aquí los teólogos de la iglesia católica.
Por nuestra parte no tenemos la menor objeción que hacer a estos principios de convivencia humana, ni a las razones con que son apoyados por los insignes teólogos citados.
La arbitrariedad, la injusticia y la tiranía no pueden ejercerse en nombre de Dios ni de la Religión. "Hombres muy piadosos dice San Justino mártir en su "Apología" han creído que todos aquellos que siguiesen la sabiduría o la razón, podían ser mirados, en cierto modo, como muy religiosos, aunque fuesen ateos". Opinión reforzada por Pío VII en el siguiente párrafo de una de sus cartas a Napoleón: "No es nuestra voluntad sino la de Dios, a quién representamos en la tierra, la que nos prescribe el deber de conservar la paz con todos; sin distinción de católicos y de herejes, de los que están cerca y de los que están lejos, de aquello de quienes esperamos bien, y de aquellos de quienes esperamos mal". (95)
¿Porqué entonces la Inquisición? ¿Porqué entonces las religiones positivas, con todo su poder y organización, se han mostrado intolerantes y se han puesto en contra de la auténtica soberanía de las naciones y en favor de los tiranos?
Dice el Barón de Halbach en su "Moral Universal": "Un Dios infinitamente justo, sabio y poderoso, que permite que los mortales yerren y se extravíen en sus pensamientos y opiniones, no puede aprobar que se les atormente a causa de unos pensamientos y dictámenes que no dependen de su voluntad. De donde se sigue que la religión, de acuerdo con la Moral, prohibe el maltratar a los hambres por sus opiniones religiosas".
"Ni el mismo Júpiter decía Plutarco tiene derecho a ser injusto". "Dios exclamaba Cicerón dejaría de ser Dios, si desagradase u ofendiese al hombre". "La Ley es para guardar la Libertad", enseñaba Pitágoras".
Pero es que, como escribe el padre Emilio Moreno: "Aun los monarcas que de católicos se precian, dejan de oír los paternales consejos del más pacifico de los soberanos, cuando conviene a sus miras". Y por su parte, las iglesias y órdenes de casi todas las religiones del planeta, se olvidan demasiado de su misión espiritual de amor y tolerancia para ocuparse de los negocios del mundo.
"El pontífice Pío V extinguió y abolió la orden regular de frailes humildes, creada antes del concilio de Letrán, por haber los individuos de esas órdenes desobedecido los decretos apostólicos, haberse entregado a disensiones domésticas y públicas, porque no daban indicios de portarse mejor en lo sucesivo, y porque muchos de ellos habían tenido la perversidad de querer dar la muerte a San Carlos Borromeo, cardenal de la Santa Iglesia Romana y visitador apostólico de dicha orden". (Del "Breve" expedido por el papa Clemente XIV en 21 de julio de 1773) . (96)
"Urbano VIII abolió la congregación de frailes conventuales reformados, por no producir frutos espirituales provechosos a la Iglesia de Dios, y por haber originado contiendas entre los indicados frailes". (Del mismo "Breve").
"Gregorio X prohibió además severamente fundar nuevas órdenes y usar los distintivos de un nuevo instituto, y en suma prohibió para siempre todos los institutos religiosos y las órdenes mendicantes creadas después del IV Concilio general de Letrán, sin haber obtenido la confirmación de la Sede Apostólica". (Del mismo "Breve") (97)
Salvando a todos los que de buena fe profesan una religión cualquiera (y a todas las creemos necesarias por ahora dentro del orden social), es indudable que ningún credo religioso inmuniza contra las debilidades humanas. "Muchos son las llamados y pocos los escogidos", decía Jesús.
Los árabes, "bismi Allahi errahmani errahimi" (en el nombre de Dios clemente y misericordioso) arremetieron sin clemencia ni misericordia contra el mundo entero, en los siglos VII y VIII, para imponer su manera de pensar y sentir en materia religiosa. ¡La guerra santa! ¿Es qué puede haber alguna guerra santa?
No hablemos de los sacrificios humanos practicados por ciertas religiones de la antigüedad en nombre de sus dioses, ni de las hogueras con que otras más modernas han tratado de purificar a las almas en nombre de Dios. (98) Todavía la historia no ha logrado ver realizado el sueño de Platón: "Las naciones y los hombres, no se verán libres de sus males hasta que, por un favor del cielo, reunidos el soberano poder y la filosofía en un mismo hombre, logren que la virtud triunfe del vicio".
La moral (de mos, moris, costumbre; del sánscrito ma, medir) es un sistema de costumbres ordenado hacia un fin de convivencia humana.
La moral se ordena y practica según tres puntos de vista: religioso, social e individual.
La moral religiosa o teológico, se basa en cumplir la voluntad de Dios o sea dirigir los actos humanos de acuerdo con la ordenación universal.
La moral social consiste en realizar todo aquello que redunde en beneficio de la colectividad y de su armonía.
La moral individual tiene su fuente en el deber y la razón; por tanto en la conciencia.
Las tres formas de moral con compatibles y deben ir de acuerdo; pero sus principios varían con los tiempos, los pueblos y las religiones, dentro de ciertos límites. No obstante, existen ciertos principios de moral universal que constituyen una especie de código aceptado por el consenso de toda la humanidad.
El "sentido moral" de que hablaba Hutcheson, es común a todos los hombres.
El ejemplo típico de esta colección de máximas, principios o mandatos morales, le constituye el "Decálogo" mosaico, que forma la base de la moral cristiana.
I. Amar a Dios.
II. No blasfemar ni jurar en su Nombre.
III. Santificar las fiestas.
IV. Honrar al padre y a la madre.
V. No matar.
VI. No cometer adulterio.
VII. No robar.
VIII. No calumniar ni mentir.
IX. No desear la mujer del prójimo.
X. No codiciar los bienes ajenos.
Esto sin contar el maravilloso Sermón del Monte, de Jesucristo, que es la pieza príncipe de todas las doctrinas morales de la humanidad, y el más perfecto código de convivencia humana; aunque tiene escasa viabilidad entre los hombres.
Véase ahora esta serie de preguntas de una tableta del Museo Británico, que constituyen, a modo de examen de conciencia, la base de la antiquísima moral religiosa babilónica:
"¿He ofendido a mi padre o a mi hijo, a mi hermana o a mi hermano?".
"¿No he dado libertad al esclavo, o al que estaba en la cárcel, o perdonado al deudor?".
"¿He resistido a la voluntad de mi dios o desagradado a mi diosa?".
"¿He tomado territorio que no fuese mío, o entrado con malas intenciones en la casa de mi prójimo?".
"¿He intentado acercarme a la mujer del prójimo?".
"¿He derramado sangre humana o le he robado alguna vestidura a cualquiera de mis semejantes?".
Puede notarse el evidente parentesco con el Decálogo mosaico. Ambas cosas tienen su precedente indiscutible en los siguientes cuarenta y dos preceptos de la antigua moral egipcia, dentro de la cual se educó Moisés, y cuyo cumplimiento (expuesto en una confesión negativa durante el "juicio de Osiris") era indispensable para entrar en el Paraíso (99)
No he hecho el mal; no he cometido violencia; no he robado; no he hecho matar a un hombre a traición; no he disminuido las ofrendas a los dioses; no he dicho mentira; no he hecho llorar; no he sido impuro; no he matado a los animales sagrados; no he estropeado las tierras cultivadas; no he sido calumniador; no me he encolerizado; no he sido adúltero; no he rehusado oír las palabras de verdad; no he cometido maleficios contra el rey ni contra mi padre; no he desperdiciado el agua; no he hecho maltratar al esclavo por su amo; no he jurado en vano; no he falseado la oscilación de la balanza; no he quitado la leche de la boca del lactante; no he apresado en la red los pájaros de los dioses; no he rechazado el agua en su estación; no he cortado una reguera a su paso; no he extinguido el fuego en su hora; no he despreciado a Dios en mi corazón. ¡Soy puro, soy puro, soy puro!
Cotéjese todo esto con algunos de los muchos principios morales del Código de Manú o Manava Dharma Sastra, escrito en la India hacia el siglo XIII antes de la Era cristiana,
"No se halague a un enemigo, al amigo de un enemigo, a un hombre perverso, a un ladrón, a la mujer de otro".
"Pues nada hay en el mundo que más se oponga a la prolongación de la vida que cortejar a la mujer de otra persona". (Libro IV).
"Aquel que despliega el estandarte de su virtud, que es siempre ávido, que usa de fraudes, que engaña a las gentes por su mala fe, que es cruel y calumnia a todo el mundo, se le considera como el que tiene las costumbres del gato".
"Del Dwidja que tiene siempre baja la mirada, cuyo natural es perverso, que piensa únicamente en su propio provecho, que es pérfido y afecta la apariencia de la virtud„ se dice que tiene las maneras de la garza".
"Los que obran como la garza y los que tienen las costumbres del gato„ son precipitados al infierno, llamado Anddhatamisra, en castigo de esta mala conducta". (Libro IV).
"La resignación, el acto de devolver bien por mal, la temperancia, la probidad, la pureza, la represión de los sentidos, el conocimiento de los sastras (versículos de las Escrituras), el del Alma Suprema, la veracidad y la abstinencia de cólera: tales son las diez virtudes en que consiste el deber".
"La ociosidad en divulgar el mal, la violencia, el acto de dañar en secreto, la envidia, la calumnia, el acto de apropiarse el bien ajeno, el de injuriar o de golpear a alguien, componen la serie de los ocho vicios que engendra la cólera".
"Que considere siempre el acto de golpear, el de injuriar, y el de dañar al bien ajeno, como las tres cosas más perniciosas en la serie de los vicios producidos por la cólera". (Libro VII).
"Todo el bien que has podido hacer desde tu nacimiento, ¡oh hombre honrado! la habrás perdido enteramente y pasará a los perros si dices otra cosa que la verdad". (Libro VIII).
"Será precipitado de cabeza en los abismos más tenebrosos del infierno, el insensato que interrogada en una información judicial hace una falsa exposición". (Libro VIII).
"Pues del adulterio es de donde nace en este mundo la mezcla de clases, y de la mezcla de clases proviene la violación de deberes destructora de la raza humana, y que causa la ruina del universo". (Libro VIII).
"Una mujer infiel a su marido está expuesta a la ignominia aquí abajo; después de su muerte renace en el vientre de un chacal o sufre de elefantiasis y de consunción pulmonar" (100)
Los versículos en los cuales se previene y asusta contra los peligros del adulterio, son numerosísimos en los diversos libros de este Código.
"Por el contrario, la que no falta a su marido y cuyos pensamientos, palabras y cuerpo son puros, obtiene la misma mansión celeste que su esposo y está llamada por las gentes de bien mujer virtuosa". (Libro V).
"El juego y las apuestas son robos manifiestos; por eso el rey debe hacer todo esfuerzo por impedirlos".
"El hombre cuerdo no debe dedicarse al juego, ni aún para divertirse". (Libro IX).
"Matar un insecto, un gusano, un pájaro, comer lo que ha sido traído en el mismo canasto que un licor espirituoso, robar fruta, madera o flores y ser pusilánime, son faltas que manchan". (Libro XI).
"El vivo arrepentimiento y la intención de enmienda, purifican". (Libro XI).
Veamos a continuación los preceptos morales del Buddhismo: Los Diez mandamientos. (De una "Suttva" en 42 artículos, 4).
El Buddha dijo: "Diez cosas hacen malas todas las acciones de los seres vivos, y sus actos se tornan buenos cuando las evitan. Estas cosas son: tres pecados del cuerpo, cuatro pecados de la lengua y tres pecados del espíritu".
"Los tres pecados del cuerpo son: el crimen, el robo y el adulterio. Los cuatro pecados de la lengua son: mentir, calumniar, injuriar y hablar inútilmente. Los tres pecados del espíritu son: la avaricia, el odio y el error".
"Por esto os doy estos mandamientos: "
"l. No matéis; tened respeto par la vida".
"II. No robéis, ni hurtéis; ayudad a cada uno a poseer los frutos de su trabajo".
"III. Evitad toda impureza y llevad una vida casta".
"IV. No mintáis; sed verídicos y decid la verdad con discreción, no de modo que dañe, sino con ternura y prudencia".
"V. No inventéis malos informes, ni los repitáis. No os querelléis, ved la parte buena de nuestros hermanos de modo que podáis defenderlos con sinceridad contra sus enemigos".
"VI. No juréis; hablad con decencia y dignidad.
"VII. No perdáis el tiempo en palabras vacías de sentido; hablad de intento o callad".
"VIII. No tengáis codicia, ni envidia; regocijaos de la dicha de otro".
"IX. Purificad vuestro corazón de la malicia; arrojad lejos de vosotros la ira, el despecho y las malas disposiciones; no cultivéis el odio, ni aún contra los que os calumnien, ni contra los que os hagan mal. Sed para los seres vivos bondad y benevolencia".
"X. Libertar vuestro espíritu de la ignorancia y desear aprender la verdad sobre todo es la única cosa indispensable, por miedo a ser presa del escepticismo o del error. El escepticismo os volverá indiferentes y el error os desviará de suerte que no encontraréis el excelente camino que conduce a la vida eterna".
Ahora, como ejemplo de la moral teológica de los griegos de la antigüedad, veamos los magníficos "Versos Dorados" de Pitágoras:
"Honra primeramente a los dioses inmortales, según están establecidos u ordenados por la ley".
"Respeta el juramento con toda suerte de religión. Honra después a los genios de bondad y de luz".
"Respeta también a los "daimones" terrestres (101) , rindiéndoles el culto que legítimamente se les debe".
"No los admires enseguida ni los aceptes tampoco".
"Honra también a tu padre, a tu madre y a tus próximos parientes".
"Escoge por amigo entre los hombres, al que se distingue por su virtud".
"Cede siempre a sus dulces advertencias y a sus acciones honestas y útiles".
"Y no llegues a odiarle por una ligera falta, mientras puedas". "Pues el poder habita cerca de la necesidad".
"Sabe que todas estas cosas son así; luego acostúmbrate a sobreponer y vencer estas pasiones".
"En primer lugar, la gula, la pereza, la lujuria y la cólera". "No cometas jamás ninguna acción vergonzosa, ni con los demás".
"Ni contigo en particular, y sobre todo respétate a ti mismo". "Luego observa la justicia en tus actos y en tus palabras". "Y no te acostumbres a hacer la menor cosa sin regla ni razón".
"Haz siempre esta reflexión: que por el Destino está ordenado a todos los hombres el morir".
"Y que los bienes de la fortuna son inciertos, y así como se les adquiere se les puede perder".
"En todos los dolores que los hombres sufren por la divina fortuna".
"Soporta dulcemente he suerte tal como es, y no te enojes por ello".
"Trata, sin embargo, de remediarla en cuanto puedas".
"Y piensa que el Destino no envía la mayor parte de esos males a las gentes de bien".
"Se hacen entre los hombres muchas clases de razonamientos buenos y malos".
"Pero si avanzan las falsedades; cede dulcemente, y ármate de paciencia".
"Observa en toda ocasión lo que voy a decirte: "
"Que nadie., ni por sus palabras ni por sus hechos, te seduzca jamás".
"Llevándote a hacer o a decir lo que no es útil para ti". "Consulta y delibera antes de obrar, a fin de que no hagas acciones locas".
"Porque es de un miserable el hablar y obrar sin razón ni reflexión".
"Haz, pues, todo lo que por consiguiente no te aflija y te obligue luego a arrepentimiento".
"No hagas ninguna cosa que no sepas".
"Pero aprende todo lo que es preciso saber, y por ese medio llevarás una vida dichosísima".
"No hay que descuidar de ningún modo la salud del cuerpo". "Así se le ha de dar con mesura de comer y de beber y los ejercicios que necesite".