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CÓMO
DETECTAR LA VIOLENCIA PSICOLÓGICA archivo del portal de recursos
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Ana Martos Rubio
Tomado de: ¡No puedo más! Las mil caras del
maltrato psicológico
¿Qué es la violencia psicológica?
La
violencia psicológica no es una forma de conducta, sino un conjunto heterogéneo
de comportamientos, en todos los cuales se produce una forma de agresión
psicológica.
En todos los casos, es una conducta que causa un perjuicio
a la víctima.
Puede ser intencionada o no intencionada. Es decir, el
agresor puede tener conciencia de que está haciendo daño a su víctima o no
tenerla. Eso es desde el punto de vista psicológico. Desde el punto de vista
jurídico, tiene que existir la intención del agresor de dañar a su víctima.
La amenaza se distingue de la agresión, pero la amenaza es una forma de
agresión psicológica. Cuando la amenaza es dañina o destructiva directamente,
entra dentro del campo de la conducta criminal, la que está penada por la ley.
La violencia psicológica implica una coerción, aunque no haya uso de la
fuerza física. La coacción psicológica es una forma de violencia.
La
violencia psicológica es un anuncio de la violencia física. Peor, muchas veces,
que la violencia física. Porque el anuncio es la amenaza suspendida sobre la
cabeza de la víctima, que no sabe qué clase de violencia va a recibir.
La violencia psicológica no actúa como la violencia física.
La
violencia física produce un traumatismo, una lesión u otro daño y lo produce
inmediatamente. La violencia psicológica, vaya o no acompañada de violencia
física, actúa en el tiempo. Es un daño que se va acentuando y consolidando en el
tiempo. Cuanto más tiempo persista, mayor y más sólido será el daño.
Además, no se puede hablar de maltrato psicológico mientras no se
mantenga durante un plazo de tiempo. Un insulto puntual, un desdén, una palabra
o una mirada ofensivas, comprometedoras o culpabilizadoras son un ataque
psicológico, pero no lo que entendemos por maltrato psicológico.
Para que
el maltrato psicológico se produzca, es preciso, por tanto, tiempo. Tiempo en el
que el verdugo asedie, maltrate o manipule a su víctima y llegue a producirle la
lesión psicológica. Esa lesión, sea cual sea su manifestación, es debida al
desgaste. La violencia, el maltrato, el acoso, la manipulación producen un
desgaste en la víctima que la deja incapacitada para defenderse.
La
violencia psicológica tiene mil caras. Algunas son obvias, otras, prácticamente
imposibles de determinar como tales. Pero todas las formas de maltrato y acoso
psicológico dejan su secuela. Por sus características, pueden agruparse en tres
grandes categorías:
El maltrato psicológico.
Tiene dos facetas
que pueden llamarse maltrato pasivo y maltrato activo.
El maltrato pasivo
es la falta de atención hacia la víctima, cuando ésta depende del agresor, como
sucede con los niños, los ancianos y los discapacitados o cualquier situación de
dependencia de la víctima respecto al agresor.
Hay una forma importante
de maltrato pasivo, que es el abandono emocional. Ancianos, menores o
discapacitados abandonados por sus familias en instituciones que cuidan de
ellos, pero que jamás reciben una visita, una llamada o una
caricia.
Víctimas de abandono emocional son los niños que no reciben
afecto o atención de sus padres, los niños que no tienen cabida en las vidas de
los adultos y cuyas expresiones emocionales de risa o llanto no reciben
respuesta. Son formas de maltrato no reconocido.
El maltrato activo es
un trato degradante continuado que ataca a la dignidad de la persona. Los malos
tratos emocionales son los más difíciles de detectar, porque la víctima muchas
veces no llega a tomar conciencia de que lo es. Otras veces toma conciencia,
pero no se atreve o no puede defenderse y no llega a comunicar su situación o a
pedir ayuda.
El acoso psicológico.
Es una forma de violencia que
se ejerce sobre una persona, con una estrategia, una metodología y un objetivo,
para conseguir el derrumbamiento y la destrucción moral de la víctima. Acosar
psicológicamente a una persona es perseguirla con críticas, amenazas, injurias,
calumnias y acciones que pongan cerco a la actividad de esa persona, de forma
que socaven su seguridad, su autoafirmación y su autoestima e introduzcan en su
mente malestar, preocupación, angustia, inseguridad, duda y culpabilidad.
Para poder hablar de acoso tiene que haber un continuo y una estrategia
de violencia psicológica encaminados a lograr que la víctima caiga en un estado
de desesperación, malestar, desorientación y depresión, para que abandone el
ejercicio de un derecho. Hay que poner de relieve que una de las estrategias del
acosador es hacer que la víctima se crea culpable de la situación y, por
supuesto, que así lo crean todos los posibles testigos.
La segunda
condición imprescindible para que se produzca el acoso moral es la complicidad
implícita o el consentimiento del resto del grupo, que, o bien colaboran, o bien
son testigos silenciosos de la injusticia, pero callan por temor a represalias,
por satisfacción íntima o simplemente por egoísmo: "mientras no me toque a mí".
En muchas ocasiones, la víctima apenas tiene conciencia de que lo es y
ni siquiera es capaz de verbalizar lo que está sucediendo. Solamente percibe una
sensación desagradable, insuficiente para ella como para calificar el caso de
acoso.
La intimidación se da en estas condiciones:
— Que exista
una víctima indefensa que reciba la violencia del matón, en una relación de
poder y fuerza de arriba abajo, es decir, que el agresor tenga más fuerza física
o mando, aunque se trate de compañeros de clase.
— Que se produzca de
forma repetida y durante un período de tiempo, como mínimo, de un mes.
—
Que la agresión sea verbal, física o psicológica.
— Pueden existir
también amenazas y chantajes.
Ya sabemos que siempre surgen problemas,
que todos hemos de hacernos un lugar en la sociedad a base de discusiones,
tropezones, zancadillas y luchas y que la escuela no es más que un reflejo de la
sociedad, pero el acoso escolar no es cuestión de discusiones, tropezones y
zancadillas, sino de una situación de abuso continuado con el visto bueno (o la
vista gorda) de personas que podrían remediarlo o, al menos, denunciarlo.
Es importante no confundir los problemas a que todo menor o mayor ha de
enfrentarse durante su acceso y su permanencia en la sociedad con el acoso
escolar. Ni hay que llevar a los tribunales los casos de peleas, discusiones,
tropezones o zancadillas, ni hay que dejar pasar los casos de acoso escolar como
"cosas de niños". Aunque se trate de jóvenes, de igual a igual, de entorno
escolar, sigue siendo acoso y sigue siendo un ataque a la dignidad y a la
integridad moral de la persona. Y los menores tienen derechos a respetar y a
hacer respetar.
El acoso afectivo
Dentro del acoso psicológico,
hay que hablar del acoso afectivo, que es una conducta de dependencia en la que
el acosador depende emocionalmente de su víctima hasta el punto de hacerle la
vida imposible. El acosador devora el tiempo de su víctima o bien la devora con
sus manifestaciones continuas y exageradas de afecto y sus demandas de afecto.
En cualquiera de los casos, el acosar le roba a su víctima la intimidad,
la tranquilidad y el tiempo para realizar sus tareas o para llevar a cabo sus
actividades, porque el acosador la interrumpe constantemente con sus demandas y,
apenas la deja respirar entre petición y petición, pero siempre con mimos, con
arrumacos y con caricias inoportunos y agobiantes.
Si la víctima rechaza
someterse a esta forma de acoso, el verdugo se queja, llora, se desespera,
implora, amenaza con retirarle su afecto o con "cometer una tontería", llegando
incluso a intentos de suicidio y a explosiones realmente espectaculares que
justifica diciendo que todo lo hace por cariño. Esto supone añadir el chantaje
afectivo a la estrategia de acoso.
Las secuelas de la violencia
psicológica
La violencia psicológica es más difícil de demostrar que la
violencia física, porque las huellas que quedan en el psiquismo no son visibles
para el profano. Además, en los casos de violencia psicológica, el maltratador
suele manipular a su víctima para que llegue a creer que todo son exageraciones
suyas que tiene la culpa de lo que sucede. Lo mismo suele hacer con su entorno,
de manera que todo el mundo opine que es un excelente cónyuge, compañero o amigo
y que la otra persona se queja por quejarse. En el supuesto de que se queje.
El maltrato psicológico, por sutil e insospechado que sea, siempre deja
secuelas. Existen casos en que la agresión es tan sutil y sofisticada que parece
casi imposible detectarla. Pero deja marcas indelebles en el organismo de la
víctima. En su cuerpo o en su psiquismo, porque el cuerpo y el psiquismo
interactúan y forman una unidad psicosomática.
Las secuelas de los malos
tratos psíquicos provocan, según distintos estudios, el desarrollo de
personalidades adictivas, psicóticas o violentas. Si un niño maltratado
desarrolla una personalidad de maltratador, es más que probable que a su vez
engendre hijos que también serán maltratados y, de adultos, maltratadores, por
lo que el patrón de conducta agresiva se va repitiendo hasta que alguna
circunstancia favorable rompa la cadena.
Detectar la violencia
psicológica
La violencia psicológica se ha de detectar desde tres
perspectivas:
— La violencia que padecemos nosotros mismos como víctimas.
— La violencia que padecen otras personas como víctimas.
— La
violencia que podemos ejercer nosotros mismos como verdugos.
Cuando
somos la víctima
Desde la posición de víctima, a veces es difícil
detectar el padecimiento de violencia psicológica, porque en estas situaciones a
menudo desarrollamos mecanismos psicológicos que ocultan la realidad cuando
resulta excesivamente desagradable.
Nuestros mecanismos de defensa
tienen la finalidad de preservarnos de la angustia y el hecho de aceptar que
somos víctimas de una situación reiterada de maltrato psicológico, probablemente
por parte de una persona a quien estimamos, supone una enorme carga de angustia
que no es fácil digerir.
Por eso nuestro psiquismo nos ofrece todos esos
psicodinamismos, para que echemos mano de ellos y nos defendamos de la angustia,
negando la situación en que nos encontramos. Así aprendemos a negar y a
intelectualizar la violencia de la que somos víctimas. Buscamos justificación
para la actitud del agresor, para la actitud de quienes admiten o colaboran con
su violencia y buscamos casos similares en nuestro entorno para comparar el
nuestro y llegar a la conclusión de que no es una situación anómala, sino común
y corriente e, incluso, de que hay situaciones muchísimo peores que la nuestra.
Otras veces recurrimos a un mecanismo mucho más nocivo que la negación o
la intelectualización. Y otras veces recurrimos a culparnos de lo que sucede y
buscamos en nuestras actitudes pasadas y presentes el motivo del maltrato.
Recorremos una a una nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras acciones y
nuestros resultados, para localizar la causa de la violencia que, según
entendemos, hemos provocado.
Si esto te sucede, ya tienes un indicio
clarísimo de que eres una víctima de la violencia psicológica.
— Si das
vueltas a situaciones incomprensibles que te producen padecimiento o malestar,
intentando averiguar el porqué, no tengas duda de que eres una víctima de la
violencia psicológica.
— Si sufres en silencio una situación dolorosa y
esperas que las cosas se solucionen por sí mismas, que tu verdugo o verdugos
depongan espontáneamente su actitud, que alguien acuda en tu ayuda porque se dé
cuenta de tu situación, no te quepa ninguna duda de que eres una víctima de la
violencia psicológica.
— Si te sorprendes a ti mismo haciendo algo que
no quieres hacer o que va contra tus principios o que te repugna, considera que
eres víctima de manipulación mental, que es una forma de violencia psicológica.
— Si te sorprendes haciendo algo que no quieres y te sientes incapaz de
negarte a hacerlo, intelectualizando y justificando de mil maneras tu
sometimiento, no lo dudes, eres una víctima de la violencia psicológica.
— Si haces cosas que no quieres y no puedes evitar hacerlas porque
entrarías en pánico, porque te aterra negarte o porque algo te conduce a
hacerlo, sabe que eres una víctima de manipulación mental.
— Si has
llegado a la conclusión de que la situación dolorosa que sufres no tiene
solución porque te lo mereces, porque te lo has buscado, porque las cosas son
así y no se pueden cambiar, porque no se puede hacer nada, porque es
irremediable, no lo dudes ni un solo instante, eres una víctima de la violencia
psicológica.
— Y si te sientes mal frente a una persona, si te produce
malestar, inseguridad, miedo, emociones intensas injustificadas, un apego o un
afecto que no tiene justificación, una ternura que se contradice con la realidad
de esa persona, si te sientes poca cosa, inútil, indefenso o tonto delante de
esa persona, ya has identificado a tu agresor.
Ahora que lo sabes, sabe
también que tienes que actuar. Y que no estas solo. Que has dado los primeros
pasos al tomar conciencia de tu situación y al identificar la agresión de que
eres objeto y la persona del agresor o agresores. Que el siguiente paso es pedir
ayuda.
Cuando la víctima es otra persona
Detectar la violencia
psicológica que sufre otra persona es más fácil generalmente que detectarla
cuando tú eres la víctima, porque desde fuera, las cosas se ven con mucha más
claridad. Pero, muchas veces, la violencia psicológica es transparente y
solamente la siente la víctima sin que la situación trascienda.
Ése es
muchas veces el caso de los niños o de los ancianos. De las personas más débiles
que sufren violencia psicológica por parte de alguien de quien dependen y a
quien no se atreven a delatar por temor a empeorar la situación.
Ése es
muchas veces el caso de personas que han aprendido a no defenderse y a aceptar
la situación como algo no solamente normal, sino deseable. La víctima aprende a
no defenderse cuando sabe positivamente que no tiene defensa.
Que, haga
lo que haga, va a recibir un castigo. Y que, haga lo que haga, nadie la va a
defender. Así, la persona maltratada desarrolla una sensación de continuo
fracaso y, sobre todo, de impotencia, que la lleva a una actitud de pasividad, a
dejar de reaccionar o controlar lo que sucede. Y así aprende a no hacer nada
frente a lo que ocurre.
Desde fuera, parece una postura de indolencia,
de pasividad o de indiferencia. Una especie de apatía o de sometimiento. Pero
hay un deterioro íntimo y secreto que va erosionando su
personalidad.
Otra causa de la indefensión aprendida es la esperanza
mágica de que las cosas se van a solucionar por sí mismas, de que algo va a
suceder para que el agresor deje de agredir. Es un mecanismo de la víctima de la
violencia, física o psicológica, que la exime de la responsabilidad de buscar
una solución para algo que aparentemente no la tiene.
Una vez convencida
de que su caso no tiene solución, la persona víctima del maltrato, del acoso o
de la manipulación psicológica desarrolla mecanismos de defensa para adaptarse a
la situación. Entre ellos está el síndrome de renuncia del prisionero, en que la
víctima renuncia a sus propios pensamientos, ideas y deseos, para someterse
absolutamente a las exigencias de su agresor. Es una especie de autómata que
solamente vive para plegarse a los deseos de su captor.
Todo ello es un
método, inconsciente y mecánico, de supervivencia, como lo es el síndrome de
Estocolmo, que se presenta cuando la víctima percibe una amenaza para su
supervivencia física o psicológica, está convencida de que el agresor va a
cumplir esa amenaza y se siente incapaz de escapar, pero percibe un atisbo de
amabilidad por parte de su agresor y eso la hace volcarse hacia él como hacia su
única fuente de supervivencia.
Podemos detectar la violencia psicológica
en estos casos, porque existen varios indicadores. La víctima se comporta de la
forma siguiente:
— Mantiene una relación con su agresor, al que agradece
intensamente sus pequeñas amabilidades.
— Niega que haya violencia
contra ella y, si la admite, la justifica.
— Niega que sienta ira o
malestar hacia el agresor.
— Está siempre dispuesta para tener contento
al agresor. Intentando averiguar lo que piensa y desea. Así llega a
identificarse con él.
— Cree que las personas que desean ayudarla están
equivocadas y que su agresor tiene la razón.
— Siente que el agresor la
protege.
— Le resulta difícil abandonar al agresor aún después de tener
el camino libre.
— Tiene miedo a que el agresor regrese por ella aun
cuando esté muerto o en la cárcel.
Otro mecanismo de defensa que la
víctima puede desarrollar para sobrevivir es el que se llama identificación con
el agresor. Este mecanismo se produce en tres etapas:
— Sometimiento
mental al agresor. Ese sometimiento permite a la víctima averiguar lo que su
agresor está pensando en cada momento.
— Adivinar los deseos del
agresor. Esto permite a la víctima anticiparse a lo que su agresor va a hacer
para tratar de ponerse a salvo.
— Actuar para salvarse. Ponerse a salvo
significa complacer al agresor, no aumentar su ira, sino tratar de aplacarla con
esa sumisión que reduce a la víctima a nada para convertirla en parte del
agresor.
Pero la identificación con el agresor va más allá de quitarse
de en medio, porque lo que trata la víctima es de seducir a su agresor para
desarmarle. El niño maltratado desarrolla una sensibilidad y una inteligencia
especiales que le permitan evaluar su entorno y sobrevivir. Trata de conocer al
agresor "desde dentro", para apaciguarle y desarmarle.
Es posible,
incluso, que la víctima llegue a sentir lo que el agresor quiere que sienta o
que llegue a sentir lo que siente el mismo agresor y eso incluye hacerse tan
sensible a las emociones del verdugo que llegue a sentirlos como propios. Este
proceso llega a convertir el miedo en adoración. Es el mecanismo propio de
ideologías como el movimiento nazi.
Finalmente, hay que tener en cuenta
un mecanismo neurológico que todos tenemos y que se llama habituación. La
habituación consiste en que el sistema nervioso deja de responder a un estímulo
cuando éste se produce continuamente. Cuando vemos por primera vez una escena de
guerra en la televisión, nos produce malestar y angustia.
Pero cuando la
misma escena o escenas similares se repiten una y otra vez, deja de producirnos
malestar porque nuestro mecanismo de habituación funciona y nuestro cerebro deja
de responder.
Este mecanismo desempeña un papel muy importante en la
violencia psicológica, porque la víctima llega a aceptar su situación como algo
totalmente normal y la incorpora a su vida como una faceta más. El niño que
crece en un entorno de malos tratos, palabrotas y violencia, los acepta como
otros aceptan un entorno en el que los domingos se come paella en el campo o se
visita a los abuelos. Es un hábito.
Las situaciones familiares,
sociales, laborales, en que se produce la agresión insospechada pasan de largo
para los observadores, porque son tan sutiles o tan habituales que no llaman la
atención. En cuanto a la persona que las sufre, ni siquiera llega a considerarse
una víctima, sino que se acostumbra a esa situación como a algo normal. Tal
sucede, por ejemplo, con las amas de casa que trabajan, además, fuera. Toda la
familia entiende que la madre es responsable de la ropa de los demás, de la
limpieza de la casa, de la compra, de la comida y de mil detalles. Y lo toman
como algo natural, empezando por la propia ama de casa, que sacrifica todos los
momentos de su vida para satisfacer las demandas y exigencias de su familia. Los
demás se arrogan el derecho a increparla, a exigirle y a verla afanarse sin
descanso dentro y fuera del hogar. Es una situación clara de violencia
psicológica de género de la que casi nadie toma conciencia.
Hemos
mencionado antes el acoso escolar, en el que un cabecilla o incluso un profesor
hostigan y maltratan a la víctima que suele ser un niño distinto, bien por ser
más débil, más listo, más gordo o por cualquier característica que le hace
víctima de los otros. El problema es que los niños no lo comunican a su familia
por vergüenza y por temor.
No resulta fácil averiguar la existencia de
un caso de intimidación, porque la víctima normalmente lo oculta por vergüenza,
pero sí hay una sintomatología clara. Cuando un niño o un adolescente rehúsa
asistir al colegio o ir al deportivo o al centro social en que se reúne
habitualmente, sin existir motivo aparente alguno, conviene indagar. Si los
padres insisten, en lugar de declararlo, finge enfermedades y busca
subterfugios. Declararlo es cosa de cobardes, de "niñas" o de "mariquitas".
Pero, aunque las víctimas del acoso escolar suelen sufrir en silencio,
hay casi siempre alguna manifestación del malestar en forma de rechazo a ir a la
escuela, de cambio en los hábitos alimenticios, insomnio o pesadillas. Lo mejor
es que los padres traten de mantener una relación de intimidad y confianza con
sus hijos, porque los niños suelen contarlo en primer lugar a sus compañeros,
luego a los padres y después a los profesores.