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Alumnos implicados en situaciones de violencia
Rosario Ortega Ruiz
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de origen
(Cuadernos de Pedagogía, nº 391 )
El fenómeno
social de la violencia es mucho más amplio que el problema institucional de la
violencia en el centro educativo; la violencia está en la calle, en la vida
doméstica, en el ámbito económico, político y social en general. Lo que ocurre
en los centros escolares no es más que un reflejo de lo que ocurre en la vida
pública y privada en todos sus aspectos. Pero nosotros fijaremos nuestra mirada
dentro de los muros de la institución educativa, para analizar las malas
relaciones y los abusos entre compañeros y compañeras que en ella
acontecen.
Afortunadamente, los niveles de violencia de nuestras
instituciones no son, por el momento, alarmantes, pero sí son lo bastante altos
como para que nos preocupemos de intentar comprender sus causas y sus
consecuencias; especialmente, porque si siguen la tendencia que observamos en
los países que nos preceden en el llamado progreso económico, es de esperar que
los problemas se agraven.
La violencia, que se concreta en malas relaciones
interpersonales, falta de respeto, agresividad injustificada, prepotencia, abuso
y malos tratos de unos hacia otros, es, en sí misma, un fenómeno social y
psicológico: social, porque surge y se desarrolla en un determinado clima de
relaciones humanas, que lo potencia, lo permite o lo tolera; y psicológico,
porque afecta personalmente a los individuos que se ven envueltos en este tipo
de problemas. Consideramos que están envueltos en estos problemas, y que, en
alguna medida, son víctimas de ellos, tanto los chicos y chicas que son cruel e
injustificadamente agresivos con otros, como los que son víctimas directas de la
crueldad y la violencia de los agresores. Asimismo, son víctimas del fenómeno de
la violencia, los chicos y chicas que, sin verse involucrados de forma directa,
lo están de forma indirecta, porque son observadores y sujetos pasivos de la
violencia, al verse obligados a convivir en situaciones sociales donde esos
problemas existen. Finalmente, el profesorado y todas las personas que forman
parte de la comunidad educativa ven alterada su función profesional y social
cuando deben enfrentarse a situaciones que desbordan sus planes y deterioran las
condiciones humanas en las que deben ejercer su actividad.
Ya hemos visto
hasta qué punto el complejo mundo de las relaciones sociales en el centro
educativo, estructurado en microsistemas de influencia mutua, es, de alguna
manera, el ecosistema en el cual debe desarrollarse la función instructiva y
educadora que la institución educativa tiene que realizar. Es evidente que el
microsistema que constituye el profesorado en sí mismo es importante, y en gran
medida, determinante, porque se suele erigir como modelo a imitar por parte del
alumnado. Pero nosotros nos centraremos en el microsistema que forman los
alumnos y alumnas entre ellos: lo que llamaremos, en este contexto, las
relaciones de los iguales.
Cuando el sistema de relaciones de los iguales se
configura bajo unas claves socialmente pervertidas en las que predomina el
esquema dominio-sumisión, las actividades y los hábitos se hacen rituales sobre
la ley del más fuerte. Cuando estos hábitos y rituales se prolongan en el
tiempo, sus efectos se hacen sentir en el desarrollo psicológico, y terminan
siendo verdaderamente negativos para la salud mental de los chicos y chicas
implicados: agresores y agredidos.
En el contexto de las relaciones entre
iguales, pueden aparecer diversos tipos de enfermedades psicosociales, algunas
de las cuales pueden llegar a tener verdadera repercusión en el desarrollo de
los niños y niñas que se ven afectados por ellas. Una de estas enfermedades es
la aparición del abuso y la prepotencia en el conjunto de convenciones que
surgen espontáneamente entre los grupos.
El rígido esquema de
dominio-sumisión que adopta a veces el modelo social en los grupos de escolares
se caracteriza por que en él una persona es dominante y otra es dominada; una
controla y otra es controlada; una ejerce un poder abusivo y la otra debe
someterse. Se trata de una relación de prepotencia que termina conduciendo, en
poco tiempo, a una relación de violencia. Un tipo de vinculación social
claramente dañina que podemos denominar maltrato. El maltrato entre
iguales se ha descrito como «un comportamiento prolongado de insulto verbal,
rechazo social, intimidación psicológica y agresividad física de unos niños
hacia otros que se convierten, de esta forma, en víctimas de sus compañeros»
(Olweus, 1993).
La microcultura de los iguales contiene algunas de las claves
para que se realice este aprendizaje de selección y fijación de las actitudes y
los valores morales, que contribuirán a construir el autoconcepto y la
autoestima, paralelamente a la capacidad de comprender y estimar a los demás.
Dentro de los sistemas de iguales se sacralizan estilos de ser, de sentir y de
actuar, con matices que proporcionan una fuerza cohesionadora especial a los que
se crían y se educan juntos. Sin embargo, si la microcultura de los iguales
incluye claves simbólicas de dominio y sumisión interpersonal, y la realidad
cotidiana de la relación incluye el desprecio, la falta de consideración y,
finalmente, los malos tratos, el grupo de iguales pasa de ser un espejo en el
cual ir observando el crecimiento de uno mismo, a convertirse en un espejo roto
en mil pedazos, en el cual se aparece desfigurado y fragmentado en la identidad
propia y dañado en la autoestima, existiendo riesgo de enfermedad
psicológica.
Los vínculos interpersonales que crea el alumnado entre sí
contribuyen a la construcción del concepto de sí mismo o autoconcepto, y a la
valoración personal que se hace de él o autoestima. Cuando un chico o una chica
son obligados a tener experiencias de victimización se deteriora su imagen de sí
mismos y se daña su autoestima personal. Igualmente, cuando permitimos que un
chico se convierta en un abusón permanente, en alguien sin escrúpulos morales
que consigue amedrentar a otro, estamos permitiendo que se cree una imagen de sí
mismo como un ser impune y amoral. Ambos son riesgos graves para el desarrollo
social y moral.
La violencia tiene consecuencias perniciosas para
todos
La violencia entre iguales se ve favorecida por el aislamiento
en el que se desenvuelve el propio sistema de compañeros y compañeras, y tiene,
en la tolerancia del entorno inmediato, un factor añadido que aumenta el riesgo
de daño psicológico. Porque más allá del episodio agresivo, la víctima se
atemoriza cuando compara su propia indefensión con el comportamiento general de
los chicos y chicas. Para ciertos procesos, el grupo de iguales se convierte en
un escenario cerrado y clandestino, no sólo porque los protagonistas directos
ocultan estos asuntos a sus profesores y padres, sino porque el resto de los
escolares, los espectadores, con frecuencia también callan.
Para las víctimas
puede resultar terrorífico ser objeto de abuso, no sólo por lo que supone de
daño físico y psicológico, sino también por el daño moral que les provoca la
humillación de ser considerado un estúpido, un débil y un marginado social. La
víctima, llena de temores, que intenta contener y disimular, por un sentimiento
de vergüenza, suele percibir su situación causada por su propia debilidad social
y su escasa capacidad para afrontar las relaciones interpersonales; sin
contemplar que éstas son especialmente injustas y duras para cada persona. Su
autoestima se devalúa y la imagen de sí misma se deteriora, lo que la aísla cada
vez más y termina afectando gravemente a su rendimiento académico.
Algunas
víctimas del maltrato de sus iguales, cuando se perciben sin recursos para salir
de esa situación, terminan aprendiendo –también se aprende lo malo– que la única
forma de sobrevivir es convertirse, a su vez, en violentos y desarrollar
actitudes maltratadoras hacia otros. Los violentos, ante la indefensión de la
víctima y la pasividad de los espectadores, refuerzan sus actitudes abusivas y
transfieren estos comportamientos a otras situaciones sociales. El problema se
agrava, adquiere una dinámica de incontrolabilidad y aparece la falsa creencia
de que la violencia es inevitable, lo que, desde una posición teórica rigurosa,
debemos negar.
En el extremo, pero formando parte de un perverso vínculo
psicosocial, están los violentos. El chico o la chica que es prepotente con el
compañero que encuentra más débil o con menos capacidad de respuesta a sus
agresiones, se justifica acusando de provocación a la víctima o afirmando que se
trata de una broma. El abusón busca la complicidad de otros y consigue la
tolerancia de los adultos mediante la minimización de la intencionalidad de
herir.
El chico que agrede impunemente a otro se socializa con una conciencia
de clandestinidad que afecta gravemente a su desarrollo sociopersonal; se va
convirtiendo, poco a poco, en un chico o una chica que creen que las normas
están para saltárselas y que no cumplirlas puede llegar a proporcionar un cierto
prestigio social. Todo ello resulta dañino para su autoimagen y su valoración
moral; así se va deteriorando su desarrollo moral y aumentando el riesgo de
acercamiento a la precriminalidad, si no encuentra a tiempo elementos educativos
de corrección que reconduzcan su comportamiento antisocial.
Desgraciadamente,
esta dañina relación de abuso y maltrato entre iguales suele producir una
vinculación patológica amparada en el secreto, la dependencia y el miedo al
ridículo por parte de la víctima, así como en la impunidad del agresor o
agresores, y en la pasividad de los demás compañeros, espectadores de la
crueldad de unos hacia otros.
La escasez de habilidades sociales de la
víctima o la brutalidad de los agresores son responsables de que algunos
escolares permanezcan en una situación social que termina siendo devastadora
para ambos, pero también tremendamente negativa para los espectadores. Un hecho
relevante del fenómeno es el que se refiere a la influencia que este tipo de
problemas tiene sobre la generalidad de los chicos y chicas durante la
escolaridad obligatoria.
Los espectadores valoran el fenómeno de la violencia
escolar como algo grave y frecuente (Ortega, 1997), lo que nos lleva a pensar
que esta dañina relación provoca escándalo y miedo en los chicos y chicas,
aunque no se vean involucrados en ella. El temor difuso a llegar a ser objeto de
violencia es muy negativo desde el punto de vista psicológico y moral; se
aprende a no implicarse, a pasar por alto estos injustos sucesos y a callar ante
el dolor ajeno. Pero los efectos del silencio no siempre dejan dormir tranquilo
a quien sabe que es inmoral lo que sucede; junto al miedo, aparece el
sentimiento de culpabilidad, y es que los efectos del abuso y la violencia se
extienden más allá de sus protagonistas.
Aprender que la vida social funciona
con la ley del más fuerte puede ser muy peligroso, tanto para los que se colocan
en el lugar del fuerte, como para los que no saben cómo salir del papel de débil
que la estructura de la relación les asigna, especialmente si esto ocurre cuando
se está construyendo la personalidad. Las investigaciones longitudinales
(Olweus, 1993) señalan que el abuso y la victimización pueden tener efectos a
largo plazo. Por eso es tan importante eliminar de los centros educativos el
abuso y la doble moral, si queremos invertir en una sociedad más sana y
justa.
Sabemos que la integración social no depende sólo de la educación
formal y que otros ámbitos de análisis, como el referido a los medios de
comunicación, con frecuencia generadores de mensajes violentos, deben ser
tenidos muy en cuenta; pero, en todo caso, para prevenir la enfermedad
psicosocial de la violencia, hay que ayudar a los chicos y chicas a que aprendan
a convivir de forma democrática y a resolver sus conflictos de forma pacífica,
haciendo frente a las tensiones sociales, mediante la utilización del diálogo y
la negociación.
También será necesario que los que se sientan en posición de
desventaja, menor fuerza física o recursos psicológicos aprendan a enfrentarse a
la prepotencia de sus agresores con confianza y seguridad en sí mismos,
valorando sus propios recursos personales y negándose, activamente, a entrar en
el esquema de dominio-sumisión que se les presenta como inevitable. El problema
de las víctimas y de los agresores es llegar a serlo; hay que educar en el
respeto y la convivencia pacífica, para que los alumnos no lleguen a ser ni lo
uno ni lo otro. Para ello, resulta imprescindible que los adultos nos
interesemos por la vida social de los chicos y chicas, donde suceden problemas
que no siempre pueden resolver por sí mismos.
Un chico que tiene miedo a ir
al colegio, que se levanta angustiado por temor a encontrarse en el pasillo, o
en el mismo pupitre, a un energúmeno que le amenaza, le extorsiona, se ríe de él
o le insulta injustificadamente, enfermará con más frecuencia que otros, tendrá
problemas de sueño o de alimentación y, finalmente, si no se modifica la
situación, puede caer en la enfermedad psicológica.
Por todo ello, es
necesario que los agentes e instituciones educativas conozcan mejor los
complejos procesos de relaciones interpersonales que viven los alumnos e
incluyan entre sus objetivos y actividades la prevención de la violencia,
mediante la mejora de la convivencia.
Perfiles psicológicos de
víctimas, agresores y espectadores
Las víctimas. El alumno o
alumna que es víctima de sus compañeros no tiene características homogéneas.
Puede ser un estudiante de buenos, malos o medianos rendimientos académicos.
Casi siempre con escasas habilidades sociales, aunque no siempre es tímido ni
reservado. A continuación, vamos a ver algunos tipos de personalidad que, por
uno u otro motivo, son susceptibles de tener problemas de victimización.
Se
ha descrito un tipo de personalidad paradójica de chico y chica muy
interactivos, que se implican en conversaciones de otros grupos, sin haber sido
invitados, que cometen torpezas sociales que la inmensa mayoría de los chicos y
chicas evitarían: son las llamadas víctimas provocadoras. Su torpeza
suele ser excusa para los agresores, que justificarán su comportamiento con
argumentos de reciprocidad, cuando está claro que sus respectivas capacidades de
gestión de la propia vida social no son comparables.
Con frecuencia, las
víctimas de burlas, marginación social y bromas pesadas son escolares bien
integrados en el sistema educativo, especialmente en las relaciones con los
adultos; atienden al profesor, son muy sensibles a las recompensas en cuanto a
sus tareas académicas y provocan envidia y celos entre los otros. Pero nunca es
un solo factor el desencadenante, ni el responsable. Hay muy buenos alumnos que
también son muy hábiles socialmente y aprenden a ocultar sus intereses
académicos, a silenciar sus motivos y a seguir la corriente al grupo de
matoncillos; éstos no tienen problemas, e incluso algunos pueden formar parte
del grupo sin ser molestados. Conseguir evitar ser objeto de un grupo de
prepotentes es una habilidad social, que no necesariamente acompaña a los que
disponen de buenas habilidades cognitivas.
A veces, la víctima de sus
compañeros resulta ser un chico o una chica cuya debilidad social proviene de no
haber tenido experiencias previas de confrontación agresiva. Chicos y chicas
sobreprotegidos o, simplemente, educados en un ambiente familiar tolerante y
responsable, exhiben una gran dificultad para hacer frente a retos de
prepotencia o abuso. Se sienten débiles e inseguros cuando tienen que hacer uso
de una asertividad con claras connotaciones agresivas. Estos chicos sufren mucho
y tienden a autoprotegerse encerrándose en un mundo social más seguro, como es
su relación familiar. Son chicos y chicas a los que les da miedo la pandilla de
prepotentes y tienden a refugiarse en un reducido número de amigos íntimos,
fuera de los cuales se sienten perdidos. Este tipo de chicos es, a veces, objeto
de abuso por parte de grupos de avasalladores.
Muchas víctimas son,
simplemente, chicos y chicas diferentes por tener una deficiencia física o
psíquica. Chicos y chicas con dificultades de desarrollo, trastornos en su
trayectoria de aprendizaje y que son objeto de programas especiales dada su
situación; son, con más frecuencia que otros, víctimas de sus iguales. Pero no
es necesario ser un chico o una chica especial; a veces, sólo ser poseedor de
una característica especial (usar gafas, tener orejas grandes, pequeñas o
despegadas, una nariz demasiado grande, ser algo obeso o muy delgado, pequeño o
grande para su edad, etc.) puede ser excusa para convertirse en objeto de
burlas, desprecio, chistes, motes o agresión física. No olvidemos que el
problema de la violencia es siempre un problema de crueldad y no sólo de
conflicto.
Otro tipo de víctimas son las que pertenecen a grupos sociales
diferenciados, como puede ser el caso de los gitanos en centros de mayoría paya
o viceversa. Este tipo de violencia tiene una clara definición en el concepto de
racismo. El maltrato entre escolares de diferentes grupos culturales es racismo
y cursa, igual que cualquier otro tipo de abuso de poder, con prepotencia por
parte del agresor e indefensión por parte de la víctima.
No siempre el chico
o chica víctima de sus iguales es una víctima pura. Con frecuencia, aquellos que
han tenido una experiencia relativamente larga de ser victimizados se convierten
a su vez en agresores. Puede pasar que, durante un tiempo, se comporten con
ambos papeles: ser victimizado y victimizar a otro, con lo que se da así lugar
a una especie de espiral de violencia que resulta ser uno de los focos del clima
disruptivo del centro. Por eso es tan importante prevenir y controlar la
violencia entre iguales.
Se suele decir que debajo de cada verdugo hay una
víctima, y en parte puede ser así. Muchos chicos y chicas señalados por otros
como los agresores, son chicos y chicas que han sufrido previamente la violencia
de adultos o de otros compañeros, y han realizado ya un aprendizaje social que
les empuja a comportarse despiadadamente con aquellos otros que perciben como
más débiles.
Los agresores. El chico o chica que abusa de los demás
rara vez es un alumno o alumna académicamente brillante. Más bien suele estar en
el grupo de los que no obtienen buenos resultados, cosa que no parece importar
mucho al grupo de iguales. Es curioso observar que el alumnado no utiliza los
criterios de excelencia que los adultos utilizamos para enjuiciar a sus
compañeros. Chicos y chicas de desastrosos rendimientos académicos, de pobre
inteligencia para enfrentarse a tareas cognitivas, pueden gozar de prestigio
social basándose en sus habilidades en juegos y actividades no académicas.
El
chico o chica que es prepotente o abusador con otros suele ser muy hábil para
ciertas conductas sociales, como las que aprenden a desplegar ante las
recriminaciones de los adultos; parece haber aprendido las claves para hacer
daño y evitar el castigo, e, incluso, evitar ser descubierto. Siempre tiene una
excusa o una explicación más o menos rocambolesca para justificar sus burlas, su
hostigamiento o su persecución hacia otro u otra. Capea la situación de forma
virtuosista; nunca ha sido él; siempre es capaz de demostrar que otro empezó
primero y que él no tuvo más remedio que intervenir; otras veces, alude,
claramente, a que fue provocado por la víctima.
A veces los argumentos del
que está ejerciendo una presión agresiva, prepotente o claramente abusiva a su
compañero o compañera es cínico: “él se lo ha buscado, al venir vestido así”,
puede argumentar, refiriéndose a la ropa del chico del cual se acaba de mofar.
Insistimos en que estamos hablando de un comportamiento despiadado y cruel, y no
de un conflicto entre iguales que tienen un nivel semejante de capacidad de
gestión de sus enfrentamientos o diferencia de intereses.
Con frecuencia, son
chicos o chicas populares y, a veces, muy simpáticos ante los adultos, a los que
aprenden a adular. Es verdaderamente paradójico hasta qué punto adultos muy
sensatos se dejan engañar con las gracias y los chistes de estos chicos y
chicas, que son capaces de mantener un muro de silencio entre su vida social con
sus iguales y sus relaciones directas con profesores y padres. Un grado de
cinismo más o menos disimulado puede acompañar a este tipo de personalidades
juveniles.
El agresor de sus compañeros es un chico o chica con una
personalidad problemática. Muchas veces, debido a sus experiencias previas de
haber sido victimizado por adultos, criado en un clima de abandono o de
inestabilidad emocional, los chicos y chicas prepotentes o abusones deberían ser
considerados como alumnos con necesidades educativas especiales. La
configuración de su personalidad suele incluir rasgos tendentes a la psicopatía
que pueden ir corrigiéndose si se actúa tanto de forma preventiva como
directa.
Con frecuencia, los abusones y maltratadores de otros son chicos o
chicas que han sufrido o están sufriendo problemas de malos tratos por parte de
adultos; muchas veces son víctimas del abandono, la crueldad o directamente el
abuso de personas cercanas a su vida familiar.
El ámbito de la vida doméstica
ha sido, hasta hace muy poco, un escenario cerrado, regido por una rígida moral
de lo privado. Algunos chicos y chicas que son objeto de una disciplina dura que
incluye el castigo físico o la permanente humillación y desprecio por parte de
sus familiares, trasladan esa forma de trato, de la que ellos son objeto, a los
que son sus compañeros y deberían ser sus amigos; simplemente, el respeto no
forma parte de su moral cotidiana y así lo reproducen con sus iguales.
Todo
ello los convierte en verdugos y víctimas; en personas que se están socializando
a partir de unas actitudes y unos comportamientos que les dificultan la
comprensión de los sentimientos de los otros, porque viven la experiencia
cotidiana de que sus propios sentimientos son ignorados, cuando no directamente
agredidos. Por todo ello, es muy necesario considerar el problema social de los
chicos y chicas que son violentos con los demás como un problema grave que
aqueja a unas personas todavía lo suficientemente inmaduras como para no poder
asumir la complejidad psicológica de su situación. Sin embargo, esta
consideración no debe significar tolerancia hacia sus conductas, sino
comprensión y afecto hacia sus personas.
Los chicos y chicas que tienen un
comportamiento injustificadamente violento o cruel con otros están necesitando
tanta o más ayuda que los que son víctimas de sus compañeros. Ambos grupos de
alumnos, especialmente cuando viven este tipo de experiencias de forma
prolongada, deberían ser considerados chicos y chicas con necesidades educativas
especiales.
Los espectadores. El alumnado está bien informado sobre la
existencia de problemas de malos tratos entre compañeros. Es decir, aunque no
todos participan, conocen bien en qué consiste el problema, quiénes son los
chicos y chicas prepotentes y abusivos con los otros, quiénes son objeto de
abuso e intimidación, dónde tienen lugar los malos tratos y hasta dónde pueden
llegar. ¿Qué hacen los adolescentes con esta abundante y abrumadora información
que tienen? Es difícil saberlo. Sin embargo, es sencillo entender que estos
conocimientos y estas experiencias pueden afectar a su sistema de creencias, ya
que, aunque las situaciones violentas no les toquen personalmente, el
intercambio de afectos y sentimientos que se dan en ellas puede llegar a ser
devastador y cruel.
Cuando un chico o una chica insulta, humilla, intimida o
agrede a otro en presencia de terceros, sin ahorrar el espectáculo a los que
pueden estar mirando e incluso piden su complaciente asentimiento, está
provocando en la mente del espectador un problema de disonancia moral y de
culpabilidad, porque le está pidiendo que aplauda, o al menos ignore, una
crueldad de la que el espectador no es responsable como agente, pero sí como
consentidor.
El espectador del abuso entre compañeros puede también verse
moralmente implicado, cuando participa de convenciones y falsas normas referidas
a la necesidad de callar: es la ley del silencio.
La ley del
silencio
El alumno o alumna que es obligado, directa o
indirectamente, a callar e ignorar la violencia que un tercero ejerce sobre otro
compañero, está siendo instado a asumir un cierto grado de culpabilidad cómplice
de la que ninguno de los protagonistas puede olvidarse. El agresor, porque
recibe una especie de consentimiento que puede interpretar como aprobación. La
víctima, porque puede sentir que no es sólo la crueldad del agresor o agresores
lo que le está atacando, sino también la de sus compañeros, que optan por la vía
del silencio. Finalmente, para el chico o chica espectador, ser consentidor
puede ser interpretado como ser, en alguna medida, cómplice, ya que su silencio
puede estar dificultando la intervención del profesorado o las familias y la
finalización de la situación.
El triángulo formado por agresor, víctima y
espectador, con distinto grado de responsabilidad en el fenómeno de la
violencia, es un esquema que se repite en todo fenómeno de prepotencia y abuso
de poder. Tanto el llamado maltrato infantil, como la violencia doméstica, como
el maltrato entre iguales, tienen implícito este triángulo infernal. No estamos
afirmando que el espectador de la violencia entre compañeros sea en sí culpable;
estamos insistiendo en los efectos negativos para su desarrollo social en
distintas áreas, pero, especialmente, en el conjunto de creencias sobre sí
mismo, del que se alimentará su autoconcepto y su autoestima. El chico que
contempla, asustado o complacido, la violencia de los otros recibe un mensaje
incoherente con los principios morales, a partir de los cuales está tratando de
organizar sus actitudes y comportamientos. No es nada saludable que aprenda
decir “No es mi problema”, porque sí está siendo un problema para él: el
referente externo de lo que está bien y lo que está mal se está desequilibrando
a favor de la paradoja y el cinismo, lo que no es asimilable a la imagen
razonablemente buena de sí mismo, que necesita para equilibrar su autoconcepto y
su autoestima.
Víctimas y agresores necesitan ayuda
Cuando
un chico o una chica vive, durante un tiempo relativamente prolongado, sometido
a maltrato por otro chico o chica o grupo de chicos, se deteriora de forma grave
su autoestima personal, lo que le va provocando una progresiva inseguridad en sí
mismo, una falta de atención a las tareas escolares y, finalmente, unos
trastornos de conducta que no siempre son fáciles de relacionar con el problema
que está padeciendo, porque éste suele permanecer oculto.
Algunos chicos y
chicas, y no siempre por razones personales, no se integran bien en la vida
social de la escuela. Son objeto de burlas, insultos, rumores o agresiones
físicas y psicológicas por parte de otros chicos y chicas, que abusan de su
fuerza o de su popularidad para someter e intimidar a otros. Los abusones y
bravucones tampoco son chicos bien integrados, pero se envalentonan cuando
encuentran un coro de seguidores que les ríen las gracias, y pueden llegar a ser
verdaderamente crueles.
Los chicos y chicas que maltratan a sus compañeros se
acostumbran a vivir abusando de los demás. Si no se controla a tiempo, pueden
trasladar ese comportamiento, despiadado y cruel, a otros lugares de convivencia
y a otras relaciones sociales, lo que termina acarreándoles graves trastornos de
integración social. Este comportamiento antisocial es destructivo no sólo para
las víctimas y para los escolares en general, sino para el propio chico
violento.
Un chico asustado, intimidado, no está en condiciones de aprender,
pero tampoco un chico violento puede concentrar su atención en las actividades
de enseñanza y aprendizaje, lo que suele provocar tensiones, indisciplina y
disrupciones en la dinámica de la actividad escolar. El maltrato entre
escolares, al que no siempre resulta fácil acceder, crea un clima de malas
relaciones que dificulta muy gravemente la acción educativa.
La violencia
entre escolares es nefasta y destructiva para todos. Para los violentos, porque
les hace creer que gozan de impunidad ante hechos inmorales y destruye sus
posibilidades de integración social. Para las víctimas, porque afecta gravemente
al desarrollo de su personalidad. Para el resto de los escolares, porque se
socializan en un clima de temor e injusticia y terminan creyendo en la ley del
más fuerte. Para el profesorado, porque dificulta nuestra labor educativa y nos
desanima como profesionales.
Por todo esto, la intervención que se programe
para abordar los problemas de violencia entre iguales en los centros educativos
no debe estar dirigida exclusivamente a las víctimas, sino también a los
agresores y a los espectadores, porque todos están implicados y para todos
tienen consecuencias negativas. Es importante tener claro que todos los
protagonistas del problema necesitan nuestra ayuda profesional para salir de él,
porque solos no lo conseguirán.