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GUERRA EN ORIENTE MEDIO :
LAS CONSECUENCIAS DE LA OFENSIVA ISRAELI archivo del portal de recursos
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Abono para futuras explosiones
de odio
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de origen
Oscar Raúl Cardoso
Pocas cosas hay peores que errar y que a uno lo amodorre
en ese error la complacencia de otros. Es lo que le pasa hoy al gobierno del
primer ministro Ehud Olmert respecto del pantano político y humanitario que está
creando con su ofensiva militar contra el Líbano; mucho —no todo por cierto— de
lo que se le dice a Israel desde la gran prensa internacional es precisamente lo
que no precisa oír.
Tres ejemplos sirven para graficar esta definición.
En su sitio de Internet, el diario The New York Times publicó ayer un
despacho firmado por Steve Erlanger desde Jerusalén en el que se afirma que "la
incursión en el Líbano le ha dado consenso político más profundo, permitiéndole
proseguir una guerra que es ampliamente apoyada por el pueblo israelí", concepto
que también se sintetiza en el título ("La guerra da capital político al líder
israelí").
Puede ser esta una definición indiscutible —o no— pero ¿por
qué en el mismo artículo se mencionan las crecientes críti cas que recibe Olmert
y su "inexperto ministro de Defensa Amir Peretz" por la ineficacia de casi tres
semanas de las operaciones militares anteriores en Gaza? ¿Por qué el texto alude
a la incertidumbre al decir "nadie sabe cuándo el gobierno comenzará a ser
criticado" sobre todo si aumentan las víctimas civiles?
Título y párrafo
inicial son concesiones a la necesidad de no aparecer demasiado crítico con
Israel, de apaciguarlo por adelantado. Lo mismo puede sostenerse —segundo
ejemplo— de la edición de papel de ayer del mismo diario; un editorial ("Jugando
el juego de Hamas") advierte que las decisiones militares israelíes pueden
servir para potenciar las agendas más radicales de Hamas y Hezbollah. A esta
altura de la destrucción esta es una verdad auto evidente. Pero, aquí también
hay un diezmo anticipado al apaciguamiento. En el segundo párrafo y al mencionar
los ataques se incluye la siguiente definición: "Son moral y legalmente
justificados".
Error: si algo está claro es que para lo que Israel
inició en el Líbano no hay justificación legal posible en el derecho
internacional (comenzó una guerra no declarada contra un Estado soberano que
no presentaba peligro alguno, por las agresiones de un agente subestatal,
Hezbollah). En cuanto a lo moral está claro que la muerte de civiles y la
destrucción de infraestructura no bélica es contraria hasta con la tradición
judeocristiana en materia de ética de la guerra. Que varios líderes israelíes
hayan asegurado que "le están haciendo un favor a los libaneses" solo destaca el
escarnio de la situación.
El tercer ejemplo es similar. The Washington
Post publicó ayer un análisis diciendo que la ofensiva israelí "precisaba
tiempo" para apreciar sus resultados, aunque en el mismo texto se dudaba de su
eficacia. Error otra vez: lo que precisa es detenerse para evitar más daño
futuro a la propia seguridad de Israel, no ya sólo a la población no combatiente
que sufre sus ataques.
Está abonando futuras "retroexplosiones" de
odio y resentimiento, tal y como lo está hace la coalición
anglo-estadounidense en Irak, donde ayer mismo algunos líderes religiosos
dijeron que los iraquíes no podían permanecer en silencio frente a los del
Líbano. El problema aquí es que Israel —su seguridad como estado cuya existencia
es justa y necesaria— merece hoy una clase de amor más duro que el que está
acostumbrado a recibir.
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