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CONVIVENCIA
ESCOLAR: BUSCANDO SOLUCIONES archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Francisco
Javier Esperanza Casado
Coordinador del Taller de
Experiencias Educativas-REDES (TEE-REDES)
En el presente artículo, primero de una serie de tres, el autor aborda el problema de la convivencia escolar y de la búsqueda de soluciones para su erradicación desde la perspectiva inicial que supone el hecho de enfocar el estado actual de tal cuestión, con la intención expresa de “aportar, desde estas páginas, puntos de vista contemplados de forma ecléctica, abierta y multidisciplinar”, y abrir un espacio de reflexión sobre un tema sin duda candente de nuestra realidad educativa y social.
Una vez
más, la cuestión de conflictividad en las aulas, y aún fuera de ellas, pero establecida entre
miembros de la comunidad escolar, ocupa los titulares de los medios de
comunicación.
En
esta ocasión, se ven proliferar por doquier los casos, a veces, hasta
gráficamente documentados, de episodios de maltrato escolar, o sea, de violencia
entre iguales. ¿Quiere esto decir que la violencia ha aumentado de forma
significativa en los Centros educativos?
Creo que conviene hacer algunas
precisiones al respecto.
Lo primero es que existe una dificultad grande para aseverar esta premisa
desde un punto de vista rigurosamente científico y la razón es muy sencilla: los
estudios de campo sobre este tema son relativamente recientes (el primero, con
ámbito estatal, fue publicado en el 2000: el ya famoso Informe del Defensor del
Pueblo sobre violencia escolar), y en él, ya se apuntaba la dificultad de
establecer comparaciones entre países y sus respectivos estudios estadísticos
debido, fundamentalmente, a las diferentes metodologías aplicadas para obtener
unas cifras de: maltrato verbal, físico, exclusión social, acoso sexual,
amenazas con arma blanca, etcétera, que variaban entre un estudio y otro, con
unas diferencias significativas (podemos poner como ejemplo el trabajo del
Centro Reina Sofía para el estudio de la Violencia de 2005, también de ámbito
estatal, en la difícil comparación con los resultados del estudio citado más
arriba).
Lo que sí
podemos afirmar con rotundidad, es que no nos encontramos en este aspecto, al
menos, con un tema nuevo. El acoso escolar, y sus orígenes, no son novedad, ni
mucho menos. De hecho, el investigador más reconocido internacionalmente en este
campo, Dan Olweus, ya publicó unos primeros trabajos concienzudos sobre la
situación en este tipo de violencia a principios de la década de los 80,
precisamente, a raíz de la alarma social que surgió en Noruega por el suicidio
de un alumno fuertemente estresado a causa de un grave episodio de maltrato
escolar.
Y esta
cuestión tampoco empieza ahí.
Yo recuerdo este tipo de incidentes
en mi Colegio de Primaria y, recientemente, Luís Antonio de Villena, ha
publicado un nuevo libro: “Mi Colegio”, en el que se relata la angustia vivida
por él en la década de los 60 a causa de episodios continuados de acoso, por
parte, de sus compañeros, en un renombrado Colegio madrileño.
En este sentido, la situación sería
enteramente paralela a la generada por la violencia de género. ¿Acaso acaba de
empezar hace unos cuantos años?, o ¿podemos afirmar que el espectacular aumento
de denuncias se corresponde con el incremento de la incidencia del problema?
Rotundamente, no.
Características comunes
En el caso de violencia de género, como en el caso que nos ocupa, o en el
de violencia ejercida contra niños por sus propios familiares, como en el acoso
laboral, hay una característica común: la víctima no comunica su problema a casi
nadie, porque ella misma ¡¡se siente culpable!!. Esa, a mi parecer, constituye
la peor característica de estos procesos de violencia injustificable y eso es lo
que ha mantenido las cifras tan bajas en cuanto a denuncias; no en cuanto a
casuística e incidencia real.
Resulta, por tanto, sumamente
arriesgado, afirmar que el maltrato escolar ha aumentado espectacularmente en
los últimos años. Lo que es evidente es que hoy nos encontramos con un problema
real, ante el cuál, la sociedad puede y debe reaccionar, tanto más cuando
sabemos muy bien el efecto que las situaciones de dominio-sumisión producen en
las víctimas, en los agresores e, incluso, en los espectadores. Resulta digno de
tener en cuenta que todos los estudios coincidan en señalar que prácticamente
el 100% de los estudiantes de los últimos cursos de Primaria y los primeros de
Secundaria estén incluidos en alguna de estas tres categorías. El efecto “menos
grave”, que correspondería al alumnado espectador, es la generación de
indiferencia ante la violencia ejercida contra compañeros; y ese efecto
“menos grave” resulta ya aterrador.
Este hecho, junto con el cruel
escenario de la violencia infantil y la violencia de género que, además, tiene
graves efectos sobre los hijos de la pareja, dibujan un panorama alarmante
añadido, que, según varios estudios longitudinales, está en la base de una gran
parte de los episodios posteriores de violencia adulta. En consecuencia, desde
ahí, se ha ido comprobando que la mayor parte de adultos en situación de
reclusión penal tuviese antecedentes de alguno de los tipos de violencia
anteriormente citados, bien cómo agresor, víctima o espectador de alguna o
algunas de las formas de violencia antes reseñadas.
No podemos dejar de mencionar la
creciente amenaza de violencia de origen xenófobo e, incluso, racista, cuyo
riesgo se incrementa, tanto por el aumento de la población inmigrante en nuestro
país, como por el hecho de que algunos dirigentes políticos y medios de
comunicación, conscientes de que el “problema” de la inmigración va subiendo
puestos en el ranking de temas que más preocupan a los españoles, están
dispuestos a arañar votos e influencia a costa de un irresponsable uso de
mensajes de tipo xenófobo.
Se debe tomar conciencia y, evidentemente, tenerla, debiendo frenar “ipso
facto” el enorme potencial de peligrosidad que encierra el fomento de cualquier
enfrentamiento en lugar del fomento de la convivencia interétnica o
intercultural. Consideremos que, en este país, la población inmigrante
probablemente alcance en los próximos años, cotas próximas al 20% del total del
censo nacional.
Confrontación
Esta apuesta por la confrontación ya ha sido ensayada en Francia, por el
actual ministro del Interior, que, por cierto, es de origen inmigrante. Sabemos
a lo que ha conducido, hace unos meses, en los barrios marginales de las
principales ciudades del vecino país y algunos preferimos no extrapolar a dónde
nos puede conducir esta cuestión en un futuro.
En el momento de escribir este
artículo el ultraderechista Le Pen se acercaba al 17% en los sondeos de
intención de voto para las próximas elecciones en Francia en base a la agitación
del los fantasmas del miedo, un nacionalismo mal entendido y un rechazo
injustificado e injustificable ante la población refugiada o
inmigrante.
El
fomento de la xenofobia llamémosla “interna” a través de enfrentamientos
continuos entre diferentes territorios del Estado Español, atizada por ultra
nacionalistas, por un lado, y por ultra centralistas, por otro, constituye otro
peligro potencial, y desgraciadamente real: terrorismo de ETA, enfrentamientos
civiles, insolidaridad, etc.
En conclusión, enfrentamientos
continuados que contribuyen a configurar un mapa poco esperanzador, tanto para
la convivencia, la cultura de paz, el diálogo y, obviamente, la erradicación de
la violencia como forma de “resolver” los diferentes conflictos que acontecen a
cualquier agrupación social.
Sinceramente, considero que el
tratamiento separado de todos los tipos de violencia e inflexibilidad, sería un
grave error tanto metodológico como conceptual. El motivo es que éstos están más
estrechamente vinculados de lo que, en un principio, se pudiera pensar. Por otra
parte, es importante considerar que en estos tipos de violencia, explicitados
anteriormente, no están comprendidas todas las casuísticas. Nos quedan, sin
duda, todas las formas de violencia estructural, tales como: la marginación, la
exclusión social y educativa, el paro selectivo, algunas condiciones
laborales... etc.
Fenómenos preocupantes
Además podemos destacar ciertos fenómenos que están creciendo de forma
alarmante:
- La
ridiculización de determinados alumnos y alumnas (no de sus conductas) por una
parte minoritaria del profesorado y de los equipos directivos, discriminación
(inconsciente en su mayor parte) en las interacciones positivas
profesorado-alumnado, marginación...
- La disrupción e indisciplina en
las aulas
- Las
agresiones (especialmente verbales) contra el profesorado, por una parte
minoritaria del alumnado, aunque muy activa.
- Las agresiones, verbales y
físicas, de un sector igualmente minoritario de padres y madres de alumnos y
dirigidas contra el profesorado y/o los equipos directivos.
- Las agresiones, verbales y
físicas, de algunos alumnos y alumnas contra sus padres y madres
- La alta y creciente desmotivación,
tanto por parte del profesorado como del alumnado, conllevando a situaciones
indeseables, las cuales canalizan su proceso de retroalimentación en forma
circular.
- El
consecuente deterioro de los profesionales, por lo expuesto en el punto
anterior, así como por las condiciones de trabajo de éstos, especialmente los
que practican su ejercicio en la ESO, hacen que, muchos de ellos, vean dañada su
propia dignidad (repercusión: personal y social). Esta lógica incidencia sobre
la salud laboral del profesorado ha llegado al punto en que, algunos de ellos
sólo se sienten “sobrevivir”.
- El aumento del sufrido problema,
más que sensación, por parte del profesorado, de estar solo e indefenso, ante el
actual estado de cosas, hace que éste detecte la gran brecha existente entre la
situación y la efectividad real de las medidas tomadas por las Administraciones
Educativas.
El
conjunto de estos apartados, unido al estado sobre la situación actual de las
otras problemáticas, ya expuestas, permiten visualizar el turbio panorama que
cubre el futuro de la convivencia.
A pesar de ello, soy consciente de
que existen otros países de nuestro entorno, que viven situaciones
convivenciales peores y niveles de conciencia social inferiores al del nuestro.
El deterioro del clima escolar no es en modo alguno un problema exclusivo de
España. Nuestro país no es, de momento al menos, el que peor situación
convivencial tiene por mucho que algunos traten de agitar esta bandera en la
“lógica” del “todo vale” tan irresponsablemente utilizada
últimamente.
No
trato de exponer un panorama catastrofista, sino de explicitar una situación
real y de creciente dificultad desde hace varios años. No podemos estar a
expensas de la atención que los medios de comunicación nos presten con toda su
buena voluntad, lo cual no pongo en duda. En cualquier momento, este problema es
susceptible de verse desplazado del centro de interés informativo hacia otros
lugares; y resulta evidente que la puesta en marcha de medidas urgentes no puede
depender del grado, mayor o menor, en cualquier caso fluctuante, de la alarma
social.
Crisis social global
Debemos ponernos (en algunos casos continuar, en otros, empezar) a
trabajar en esta cuestión de forma inmediata, seria y científica, con la
necesaria implicación de enfoques multidisciplinares. No estamos ante un
problema exclusivamente penal, ni solo pedagógico, ni organizativo, ni de
formación, etc. aunque todos estos aspectos deben ser reformados. Estamos ante
una crisis social global que tiene, como todas las crisis sociales, una especial
incidencia en nuestra población infantil y adolescente y en las Instituciones y
currícula educativos obsoletos, al menos en parte.
En este país, es tiempo de recuperar
prácticas ya experimentadas, retomando fórmulas, estrategias y programas de
intervención educativa, suficientemente contrastados en la práctica, con la
vista puesta en la mejora de la convivencia escolar y social. Tenemos grandes
equipos de profesionales, tanto en el ámbito universitario, como en el de los
propios Centros educativos, comparables, a nuestro favor, con los del resto de
los países europeos. Por tanto, no debemos comenzar NADA NUEVO, sino aplicar,
sin dejar de investigar e innovar, las fórmulas ya existentes, que además,
funcionan en la propia realidad de los procesos de mejora de la convivencia en
multitud de Centros educativos.
Es vano partir de “cero”,
reiteradamente, o emplear esfuerzo y tiempo en tratar de inventar lo
“inventado”, de la misma forma que la cuestión no pasa necesariamente por
elaboración de múltiples estudios de diagnóstico de la situación, cuando ya hay
muchos y algunos muy buenos. Es dilatar la toma de decisiones inaplazables
ya.
También es
necesaria una mayor coordinación entre políticas de prevención y mejora de la
convivencia escolar entre las diferentes Administraciones educativas, instancias
jurídicas, Oficinas de Defensor del Menor, Organizaciones con o sin ánimo de
lucro,... que en estos momentos se superponen, contradiciéndose en algunas
ocasiones.
Esto nos
lleva a un gasto superfluo de recursos que se duplican en algunas ocasiones
mientras que en otras no existen.
Nos gustaría desde la práctica
acumulada por los profesionales que componemos la Asociación que represento
aportar desde estas páginas puntos de vista contemplados de forma ecléctica,
abierta y multidisciplinar. Hacer una aportación más sobre el abordaje de los
problemas aludidos, al menos los más relevantes. De ahí, que este artículo lleve
el número (I). No es nuestra pretensión la reiteración “machacona” de la
problemática actualmente existente. Ese era el objetivo de este artículo y el
de la gran cantidad de estudios y encuestas generados en el último lustro. Se
trata de exponer puntos de vista que, al lado de otros, contribuyan a una puesta
en marcha de los procesos de prevención o intervención educativas, que conduzcan
a una mejora sustancial de la convivencia escolar en el seno de una sana
convivencia social.
Convivencia escolar: buscando soluciones (II)
En el presente artículo, segundo de una serie de tres, el autor afronta el problema de la convivencia escolar y de la búsqueda de soluciones para su erradicación desde el plano de las posibilidades y opciones que pueden plantearse, y adoptarse, para la mejora en este ámbito de la realidad educativa, y reserva el tercer y último capítulo de la colaboración, para precisar una serie de reflexiones sobre los principales ejes de actuación sobre los que basar una intervención en este área.
Recientemente,
el fiscal general del Estado anunció su intención de reforzar las medidas de defensa
de la integridad física, psíquica y moral del profesorado a través de la
aplicación más rigurosa de una figura jurídica ya existente en el Código Penal:
la agresión a funcionario público, que está castigada, en nuestro ordenamiento
jurídico, con penas de hasta tres años de prisión. De hecho la conducción de una
denuncia a través del Código Penal ya se ha producido recientemente por un
juzgado a causa de la agresión física a una profesora a manos de la madre de una
alumna en un centro educativo andaluz. Este refuerzo (que no reforma) de la
aplicación de la legislación vigente es una antigua reivindicación del
profesorado y sus organizaciones, y sobre ella sólo cabe decir que, aunque
tarde, ha llegado y debemos, todos, felicitarnos por ello. Es previsible que su
mera contemplación inhiba conductas violentas hacia el profesorado y otros
trabajadores de los centros docentes.
También hay que decir que la
aplicación de estas medidas debería ir más encaminada a la reconducción de
conductas de esa parte minoritaria de las familias que consideran al profesorado
cómo unos empleados para todo, a los que cabe exigir casi cualquier cosa
y de cualquier manera, incluida la violenta.
También se habla en varias
Comunidades Autónomas acerca de la agilización (con las debidas garantías para
todos) de los procesos de sanción, especialmente en casos de agresión o falta
grave de indisciplina en el alumnado en el transcurso de la vida escolar, lo que
en la LOE ya se contempla. Se trata de aplicar un principio psicopedagógico
elemental: la aplicación de una sanción, cuando ha transcurrido un tiempo
excesivo de la falta que la provoca, surte unos efectos correctores muy débiles
y precisamente de corregir (o poner límites) se trata. Y ello en la línea de
coherencia y dentro de un plan educativo global y no meramente
restablecedor de la dignidad del profesor a la que, por otra parte, tenemos
perfecto derecho.
La sanción es necesaria
La sanción es necesaria. Y no solamente como medida de protección del
profesorado, sino como medio para atajar la violencia escolar y preparar a los
futuros hombres y mujeres en una adecuada autorregulación, en una adecuada
proporción entre sus derechos y sus deberes. Se trata de situar la cuestión en
sus justos términos. Ni la escuela autoritaria del franquismo, ni la escuela del
“alumno emperador” que le siguió en una casi inevitable reacción pendular.
Está demostrado por algunos estudios recientes que la impunidad en la
comisión de agresiones en la esfera del maltrato escolar provoca dos efectos
indeseables. El primero, la indefensión de la víctima ante la pasividad (muchas
veces por desconocimiento, no lo olvidemos) de las autoridades e instituciones
educativas, que conduce a reforzar sus sentimientos de culpabilidad, miedo,
aislamiento y la erosión de su autoestima. El segundo, igualmente grave, es el
refuerzo positivo indirecto que recibe el agresor o agresores (el maltrato suele
adoptar formas grupales) cuando comprueba que su conducta no es castigada y que
provoca en él un sentimiento de “todo vale” que le conduce a “paladear” el sabor
del uso de la fuerza como medio de reafirmación personal y de “resolución”
rápida de conflictos.
No es difícil concluir que de la impunidad del maltrato escolar surge una
parte nada desdeñable de las conductas violentas, incluso delictivas graves, en
la edad adulta. Una vez más, la educación, superando el ámbito de la mera
instrucción, se convierte en una herramienta de primera categoría en la
formación integral de los ciudadanos y ciudadanas del futuro, desde los oficios
más humildes hasta los puestos de liderazgo social, económico y político más
considerados socialmente. Además, es una pieza clave en la prevención temprana
de conductas futuras indeseables que van desde la delincuencia común hasta el
autoritarismo, la prepotencia y el abuso de poder.
Por otra parte, llama mucho la
atención el hecho de que en los aún escasos estudios basados en encuestas donde
se recaba la opinión el alumnado (¿por qué tan escasos...?), figuren ellos como
perfectamente conscientes de la frecuencia del comportamiento inadecuado de una
parte de ellos y recaben la necesidad de más consistencia y menos vacilación a
la hora de aplicar medidas correctoras. La explicación requiere admitir algo ya
conocido: los niños y adolescentes necesitan límites, límites cuya ausencia
definida provoca (¿es acaso una paradoja?) un componente importante -no el
único, por supuesto- en algunas conductas disruptivas o de
indisciplina.
¿No
hemos observado en clase que cuando adoptamos una postura firme, dentro de la
coherencia, la justicia y la serenidad, una gran parte del alumnado -incluido el
o los amonestados/sancionados- están totalmente de acuerdo? Se restablece una
condición imprescindible en el aula para la estabilidad emocional del alumnado
y, por supuesto, del profesorado: la seguridad y tranquilidad en el clima
escolar. Esta situación, deseable en todo caso, resulta también un factor de
primer orden en la obtención de cotas más elevadas de eficiencia curricular
(Informe PISA 2003).
Pero para ello no vale la aplicación de cualquier tipo de medida ante
cualquier situación y de todas las formas. Las interacciones en el aula son de
un carácter sumamente complejo o, mejor, delicado.
En este sentido, trascribo
textualmente la valoración de Xesús Jares cuando delimita el concepto que tiene
para él la llamada disciplina democrática “(...) que se asienta en los
valores del respeto mutuo -clave en toda convivencia, de los derechos y de los
deberes- (...) desde el punto de vista de los procedimientos, este modelo de
disciplina está asentado en el diálogo, en el razonamiento, en la negociación y
en la persuasión”.
Es decir, estamos hablando de establecer un clima de mutua confianza
donde la autoridad del profesorado se base en la confianza y respeto mutuos y
que tiene por final la elaboración conjunta de normas de aula, procedimientos
conciliadores de sanción (cómo los vigentes en la legislación educativa de la
Comunidad Autónoma canaria), la aplicación de la negociación y la mediación, la
implementación de Comisiones de Convivencia, Consejos de Aula y otras formas que
se decidan con el fin de crear un buen clima escolar.
Normas de convivencia
María José Díaz-Aguado constataba, ya en 1996, que la elaboración
consensuada de normas de convivencia, y de las sanciones que su incumplimiento
puede conllevar, conducía al alumnado a una identificación con ellas, llegando a
sentirse culpables de la trasgresión de un protocolo en el que él/ella había
participado activamente. Por supuesto, el profesorado también debe aceptar
formar parte de ese consenso. No podemos caer en la tentación de apelar a sus
deberes sin aludir a los nuestros, respetando, por supuesto, que el marco
disciplinario del profesorado está claramente explicitado a través de la
legislación específica vigente.
Hablamos, por ejemplo, de la
incongruencia de penalizar los retrasos en clase quedando los nuestros exentos
de cualquier explicación. Admitir ante nuestros alumnos que somos también
objetos de deberes, lejos de hacernos más vulnerables, más “débiles”, no hace
sino reforzar nuestra autoridad moral en un entorno educativo y coherente.
Disciplina democrática, una vez más.
Todos sabemos, y lo reflejan las
encuestas, que la aplicación de la solución punitiva-sancionadora de forma
inadecuada no soluciona los problemas sino a muy corto plazo, reforzando en
ocasiones la conducta indisciplinada en algunos casos en los que se camina hacia
un “enquistamiento” del problema, toda vez que el alumno o alumna es
“categorizado” cómo un alumno-problema y rechazado por la mayoría del
profesorado. A partir de que ellos asumen ese papel de alumno conflictivo,
las posibilidades de reintegrarlo al aula disminuyen drásticamente, mientras
que las sanciones dejan de ejercer efecto corrector alguno, más bien al
contrario. Sobre los efectos negativos de una mal aplicada escala punitiva o
sobre una utilización en exclusiva de estos métodos, son muy explícitos los
trabajos empíricos de Isabel Fernández, Rosa I. Rodríguez y Plaza del Río, entre
otros autores.
En
resumen: las sanciones son necesarias (en la escuela y fuera de ella, para los
adolescentes y para los adultos) pero no de cualquier forma y aplicadas cómo la
única solución. Son una herramienta útil pero, afortunadamente, no la
única.
Entonces
¿cuáles son las demás soluciones?. No es fácil contestar a esta pregunta y no lo
es, precisamente, porque la respuesta sea especialmente complicada o muy
técnica... sino precisamente por todo lo contrario.
Estrategias educativas y convivenciales
La solución o la mejora de la convivencia en cualquier entorno es amplia,
resultado de la aplicación adecuada de estrategias educativas y
convivenciales, acordes con las características específicas de cada centro
(y, por tanto, no exportables mecánicamente a cualquier otro), secuenciadas en
el tiempo (no todo a la vez), consensuadas (que no vayan más allá de lo que el
equipo profesional del centro pueda asumir en un momento determinado)... pero
sobre todo, y ahí viene lo difícil, protagonizada por el propio equipo
docente y pedagógico.
Podemos alegar, especialmente entre el profesorado de Secundaria, al cual
pertenezco, que no se nos ha preparado ni exigido para otra cosa que no sea la
instrucción, y dentro de la instrucción estamos especializados en nuestra
materia. Que no estamos preparados para ejercer una labor educativa más
amplia, ni para establecer estrategias motivadoras o generadoras de cohesión de
grupo o de atención a la diversidad. Mucho menos en el ejercicio eficaz y no
protocolario de las labores de tutoría, ni de recabar la ayuda de las familias
más allá de unos principios de consenso con el centro (el concurso activo de las
familias en la educación de sus hijos es un preeditor positivo de éxito escolar
sumamente importante).
Todo eso es cierto y por esta razón no hay solución de los problemas de
convivencia sin una reforma adecuada y urgente de la formación inicial y
permanente del profesorado, así cómo de un enfoque muy diferente en los
procesos de acceso del profesorado y de la organización escolar a tiempos,
espacios, currículum...
Mientras tanto, los problemas crecen y nos desbordan. Los profesores
experimentamos impotencia, incomprensión. Y eso a pesar de que la mayoría
ponemos mucho de nuestra parte. Pero el problema no es solo ese, sino que
alguien nos tiene que enseñar a poner ese “mucho”, o quizá no tanto, y obtener
resultados. Resultados académicos, por supuesto, pero también tenemos
derecho y necesidad de un buen clima escolar, imprescindible para nuestra
motivación y la de nuestro alumnado. La frustración, el fracaso docente, que
viene a ser hermano mayor del llamado fracaso escolar, la desmotivación
creciente, el continuo ping-pong entre profesores-padres-administraciones
educativas conduce al enfrentamiento y a la ineficacia.
La percepción de nuestro alumnado
como el culpable de nuestros problemas, el enfrentamiento continuo
entre enseñantes y enseñados no se soluciona con la imposición de formas de
autoridad coercitiva que ya no sirven (y es bueno reflexionar que
no sólo en las aulas, sino en la familia, en la sociedad...). Más correcto
parece enfocar el tema cómo un problema común (aunque en ocasiones resulte muy
difícil). El problema es global, afecta a la escuela, a la familia y a la
sociedad entera (¿o acaso sólo hay violencia en las aulas?) y sólo de forma
global (holística) se puede encontrar solución a corto, pero, sobre todo, no nos
engañemos, a medio y largo plazo.
La falacia de las comparaciones
Tenemos otra sociedad, otros ¿valores?, una diversidad mucho más amplia
(no es metodológicamente correcto establecer comparaciones entre un sistema
educativo con obligatoriedad hasta los 16 años, con el que estudiamos nosotros,
donde ésta alcanzaba los 14 años y en cuyos Institutos de Bachillerato entraba
una muestra preseleccionada). La falacia de las comparaciones de situaciones no
homologables es tanto mayor cuanto más lejos nos remontamos en el
tiempo.
¿Se pueden
comparar de forma científica los resultados académicos o de cualquier otro tipo
de hace 20 años con los de 2006? No, rotundamente no y, sin embargo, se está
haciendo constantemente.
Entonces, si tenemos otra realidad educativa y social, deberemos
replantearnos muchas cosas. No se puede poner una locomotora de vapor para
alcanzar la velocidad de un AVE. Esta obviedad no se aplica, sin embargo, a la
educación. No podemos pretender que una población escolarizada al 100% hasta los
16 años, que vive en el seno de una sociedad competitiva, de difícil acceso a un
puesto de trabajo joven en condiciones dignas, donde se asiste a una
desvalorización de las titulaciones académicas (cuya obtención constituía hace
años la principal motivación hacia el estudio) y donde las formas “fáciles y
rápidas” de obtener dinero rondan a las mismas puertas de los centros, trabaje
con el mismo currículum y la misma organización de espacios y tiempos,
permanezca en silencio pasivo durante varias horas seguidas y acepte con
sinceridad la autoridad indiscutible. Es sencillamente
anacrónico.
Se podrá
aducir que este artículo se va alejando poco a poco del tema que nos ocupa: la
convivencia. Pienso que no. La solución de los graves problemas que aquejan a
nuestros centros docentes pasa necesariamente por un replanteamiento en
profundidad del sistema educativo: de sus paradigmas; de sus objetivos; del
carácter inaplazable de establecimiento de criterios de adaptación a la
diversidad, sin que por ello se recurra a soluciones segregadoras (el Informe
PISA ha establecido de forma contundente el fracaso académico de los sistemas de
“separación por vías” de forma temprana, constituyendo los malos resultados del
sistema alemán el ejemplo más paradigmático); la importancia de una selección
del profesorado con criterios no estrictamente académicos; la formación del
profesorado; la mayor autonomía pedagógica y organizativa de los centros
docentes; la implicación del profesorado en procesos de mejora colaborativos;
la necesidad de la disminución de las ratios; la incorporación a los centros
de nuevos perfiles profesionales...
Todo esto y mucho más ha sido puesto
de manifiesto en las dos últimas Jornadas (2005 y 2006) que se han celebrado en
la Fundación Santillana, y que se han basado en las conclusiones de los Informes
PISA de la OCDE. Conviene recordar que los Informes PISA han sido elaborados
sobre la base de estudios de campo de un rigor incuestionable con muestras de
varios centenares de miles de alumnos y alumnas de algunas decenas de países de
todo el mundo.
De
esta manera ya estoy apuntando lo que para nosotros (TEE-REDES) constituye el
eje central de nuestra concepción: la intervención global e integrada
(holística).
Prevención
Para facilitar la comunicación esquemática de ésta propuesta apuntaré: la
prevención e intervención en la mejora de la convivencia escolar debe ser
consecuente con el principio de que a un origen multicausal de una problemática
le corresponde una respuesta holística. Este principio nos hace descartar las
prácticas de recetas de valor universal por excesivamente simplificadoras. Es
decir la utilización de técnicas o estrategias (habilidades sociales, mediación
escolar, etc.). Por sí solas no constituyen normalmente una solución a los
problemas de convivencia. Son, desde luego, importantes herramientas que
utilizadas en un Plan de Convivencia de Centro son de una gran efectividad. De
la misma forma los manuales de mejora de la convivencia constituyen un elemento
igualmente importante para guiar el trabajo del Grupo de Trabajo del Centro, más
no lo sustituye en ningún caso. Las “didácticas” de la mejora de la convivencia
elaboradas, sin duda, con la mejor intención pueden conducir, y de hecho
conducen, a intervenciones cortas, intensivas, con aplicación de muchas medidas
en breve plazo, implementadas de forma estandarizada y, en ese caso, lo que
hemos ganado en simplificar la solución lo perdemos cuando no aparecen síntomas
reales de mejora del clima escolar. Este hecho puede llevar, finalmente, a la
frustración del proyecto de mejora y a la generación de la sensación de que
“esto no tiene solución”. Por eso creo que conviene, desde un principio, dejar
claro que la metodología que, a mí forma de ver, tiene mayores probabilidades de
éxito y continuidad parte de que los llamados procesos de cambio y mejora
deben ser protagonizados por los Grupos de Intervención constituidos en torno a
la convicción de que los protagonistas del cambio educativo deben ser los
propios componentes de la comunidad del Centro: profesionales, alumnado y
familias, por este orden.
Estos procesos de cambio y mejora de la convivencia parecen obedecer a
unas características comunes que deben partir de la existencia de una motivación
para el cambio en, al menos, una parte de los profesionales del centro. Poco
importa que esa motivación provenga del entusiasmo espontáneo o de la percepción
de la necesidad de hacer algo para “sobrevivir”. Sin conciencia de la necesidad
de cambiar, poco se puede hacer “desde fuera”.
Asumir la responsabilidad
Una vez tomada la decisión de “hacer algo”, conviene realizar un análisis
pormenorizado de la situación del centro: profesorado, Departamento de
Orientación, recursos internos y externos, características de entorno del
centro, población escolar, nivel de implicación real o potencial de las
familias, diagnóstico de la situación convivencial y educativa.
Es importante que el Grupo de
Trabajo tome conciencia de que son ellos los verdaderos motores del proceso, de
que no hay expertos que puedan hacer algo sin su complicidad y convencimiento.
Eso no descarta en absoluto la necesidad del apoyo de asesores externos y
ponentes, que propongan soluciones o aclaren dudas allí donde el Grupo haya
detectado necesidades. Es decir, los planes de formación en centros, así como de
asesoramiento externo, van acoplados a la pauta que el Grupo haya decidido y no
al contrario.
Los
procesos de cambio y mejora son altamente específicos en concordancia con su
singular problemática y características, es decir, el Plan que ha convertido un
centro en un lugar más agradable y educativamente más eficaz no tiene que ser
(no suele ser) el mismo que el del centro de al lado.
El abordaje de la resolución de
problemas de convivencia escolar no se limita a la utilización de técnicas de
mejora de la convivencia escolar. Es decir, partimos de la base de que tanto la
disrupción, cómo la indisciplina e incluso la violencia son consecuencia de unas
condiciones muy variadas que comienzan, desde luego, en la falta de integración
del alumnado en la escuela y de la escuela en el alumnado. Es imprescindible,
por tanto, la extensión de la inclusividad que no es otra cosa que la ampliación
del éxito escolar para el mayor número de alumnos y alumnas, partiendo de la
base de que en etapas de escolarización obligatoria todos pueden alcanzar los
objetivos de escolarización a través de caminos diversos. Para ello, es
imprescindible partir de la base de que el éxito escolar no constituye otra cosa
que el reconocimiento de las capacidades (recordemos los 7 tipos de
inteligencias de Gardner) específicas. Actualmente, el sistema escolar más
clásico sólo contempla la competencia curricular en dos: la lógico-matemática y
la lingüística. Nos quedan cinco y es hecho demostrado que cada uno de nosotros
somos especialmente competentes en dos o tres de ellas. Conviene no olvidar que
estamos hablando de las etapas obligatorias. En cualquier caso el tratamiento de
la diversidad nunca puede ser excluyente para aquel alumnado que transcurre por
la ruta curricular generalmente admitida como estrictamente académica. La
diversidad bien entendida comprende, cómo no, la excelencia y la sobredotación
intelectual. La experiencia nos indica que abordar la problemática convivencial
sin tener en cuenta la situación académica conduce a callejones sin salida por
cuanto las conductas que más perturban la vida escolar tienen parte de su origen
en la frustración y la desmotivación de una parte del alumnado para el cual la
experiencia escolar ha sido muy poco (a veces nada) gratificante desde la
Escuela Primaria. Cuando ese alumnado va alcanzando niveles más elevados y,
sobre todo, en su entrada en la ESO manifiesta una desmotivación
desafiante, cuando no una abierta hostilidad, hacia las aulas y sus
actividades.
Una vez
explicitadas las premisas sobre las que se asienta, a nuestra manera de ver, el
establecimiento de un Plan de Mejora de la Convivencia podemos pasar a las
estrategias que lo configuran. Dada la extensión de esta serie de tres artículos
y las limitaciones que cualquier equipo multidisciplinar de profesionales tiene
en cuanto a “tener la solución” paso a explicitar de forma sucinta las que
podrían ser unas reflexiones sobre los principales ejes de actuación sobre los
que basar una intervención, en términos generales.
Pero eso será ya en el próximo y
último artículo (y III). Pasaremos a una mayor concreción en un trabajo en el
que intentaremos resumir de forma colectiva nuestras aportaciones para acometer
un Plan de prevención y/o intervención holística a través de un enfoque
multidisciplinar.
Convivencia escolar: buscando soluciones ( III)
Esther
Alcalá, María Conde, Montserrat Monrás y Francisco Javier Esperanza
Taller de
Experiencias Educativas-REDES (TEE-REDES)
Corresponde ahora, según los autores de la presente colaboración y de acuerdo con las premisas que se han ido desgranando en los artículos I y II, pasar a concretar qué cuestiones se plantean para la prevención y, en su caso, la mejora del clima escolar, y con él de los procesos educativos que acompañan a dicha variable, que comprenden casi su totalidad, en especial aquellos que afectan al nivel de inclusividad y éxito escolar.
Planteamos
que un enfoque holístico de la educación parte de un origen multicausal de los problemas
entendiendo, por tanto, que su solución requiere de la intervención de múltiples
factores. Vano sería pretender que los conflictos debidos a un origen
psicológico, familiar, social, de contexto, con factores que se derivan de la
dificultad creciente del sistema educativo de adaptarse a los cambios profundos
que acontecen en todos los niveles, tuvieran su solución en un solo marco: la
Escuela.
Este modelo
de escuelas isla, cuya función es educar inmersas en un contexto social
que apunta a menudo en sentido totalmente contrario a lo que se pretende
inculcar al alumnado, constituye, creemos, uno de los principales problemas, a
saber, la incoherencia entre “lo que se dice que hay que hacer” y “lo que se ve
que realmente se hace”, no sólo en la violencia de algunas películas o
videojuegos, sino en la propia realidad de los telediarios. No sólo se hacen
películas violentas cuyo contenido hay que dosificar a los jóvenes. El problema
es que vivimos en una sociedad violenta, donde la resolución de conflictos no
pasa por el diálogo o la empatía sino que se va convirtiendo en “normal” una
escalada que no excluye el insulto, la descalificación del contrario con
argumentos que no merecen tal nombre hasta llegar a la mismísima confrontación
armada.
Partimos,
entonces, de la base de que sólo una sociedad equitativa y acorde con los
principios de cooperación y reconocimiento y valoración de la diversidad en un
sentido amplio (desde la étnica a la política pasando por la de orientación
sexual, etc.) puede servir de adecuado sustrato para una Educación que merezca
ese nombre. Es toda la tribu la que educa apuntaba José A. Marina y no se
puede encomendar a la Escuela (en exclusiva) la responsabilidad de hacerlo. Ni
siquiera a la “mejor escuela del mundo”. Sencillamente sería partir de un error
conceptual.
Deseamos
hacer constar como punto de partida que, a partir de esa premisa, sólo nos cabe
hablar de procesos de mejora, no de soluciones definitivas e inmutables.
Proponer estas últimas creemos que sería auto-engañarnos y engañar a la
comunidad educativa (prácticamente todo el país somos alumnos, familias de
alumnos o profesionales de la educación). Pero se puede mejorar, y mucho, si
aplicamos una serie de medidas, contrastadas ya por la práctica educativa, desde
el primer momento de la vida escolar.
Líneas básicas de actuación
Pasamos, pues, a exponerlas de manera esquemática y sucinta en forma de
siete líneas básicas de actuación:
1. Acciones a favor de la inclusión
escolar, especialmente en las Etapas obligatorias y en la Educación Infantil: el
éxito escolar es un derecho.
Detección temprana de problemas de
conducta y estilos de aprendizaje a cargo de Equipos de profesionales
especializados, reforzando los actualmente existentes. Según F. Cerezo (U. de
Murcia), especialista en Psicología Evolutiva, el 4,5 % del alumnado de
Educación Infantil manifiesta, de forma detectable, problemas en relación con
conductas agresivas. Estas conductas, que entrarían más propiamente dentro de la
psicopatología, son tanto más tratables cuanto más precozmente son
diagnosticadas. De no ser así nos podemos encontrar con que estamos tratando con
un alumno con déficit de control de la impulsividad o una psicosis importante
usando para ello las pautas y protocolos habituales para conductas disruptivas
y/o indisciplinadas.
De la misma forma y aquí nos situamos ya muy lejos de cualquier forma de
patología, sabemos que cada uno de nosotros aprende a un ritmo, de una forma y
con unas motivaciones diferentes, a través de la combinación única de siete
formas de inteligencia diversas (Gardner) sin que ello deba de servir de base a
una “jerarquización” de las mismas.
Establecimiento de Planes para la
Atención a la Diversidad. Consecuencia del punto anterior, y de otros factores,
es la necesidad de caminar hacia una enseñanza que parta del alumno contemplado
en su totalidad: estilo de aprendizaje, situación familiar, social y de
contexto, particularidades derivadas de su comunidad cultural, grupo étnico,
creencias, afinidades, sociabilidad y estado emocional, entre otras. Después ese
alumnado se distribuye en grupos-clases, ciclos y etapas, correspondiendo a cada
uno de estos escalones un tratamiento diferenciado y variable en cada curso
académico que, de no tenerse en cuenta, nos conduce a la consideración de los
procesos educativos cómo algo estático, cuándo, bien lo sabemos, son
permanentemente cambiantes.
Un buen Plan de Atención a la Diversidad contempla todos estos aspectos
(y a veces aún más). Se podrá aducir que estamos soñando, pero afortunadamente
no es así, pues en TEE-REDES tenemos como rutina no establecer propuestas que no
hayan sido contrastadas con la práctica educativa. Lo que aquí se propone es la
práctica habitual en varios países nórdicos y en numerosos Centros educativos
españoles. De entre ellos citaremos tan sólo el CP Cervantes de Bunyol
(Valencia) y el IES Fernando de los Ríos en Fuente Vaqueros (Granada), pidiendo
disculpas a otros muchos colegios o institutos en los que esta práctica de
auténtica excelencia educativa está normalizada y
protocolizada.
Se
hace necesaria la incorporación de nuevos perfiles profesionales que faciliten
todas las medidas que anteceden y buena parte de las que siguen. Sin ellas el
trabajo que se plantea resultará muy difícil y, en algunos casos, imposible. Nos
referimos a educadores sociales, trabajadores sociales, mediadores
socioculturales y familiares, profesorado de apoyo especializado, etc. En muchos
casos se hace necesario, además, el refuerzo de los perfiles ya existentes
dentro de los Departamentos de Orientación.
Medidas de refuerzo de la autonomía
de los Centros (organizativa, pedagógica y presupuestaria). Esta medida es una
de las que mejores resultados académicos da de acuerdo con las conclusiones
extraídas en los Informes PISA de la OCDE (2000 y 2003).
Refuerzo de la coordinación
horizontal sobre la base de reuniones operativas del profesorado del grupo,
nivel y etapa y establecimiento de coordinadores de cada uno con la
correspondiente liberación de carga lectiva. Una experiencia realizada en ocho
Institutos del País Valenciano a cargo de Juli Pascual (IES Historiador Chavás)
demuestra la relación existente entre las reuniones periódicas de los profesores
de grupo, el rendimiento escolar y la mejora de los indicadores de buen clima
escolar. En estas reuniones se gestiona, además del análisis individual, la
coordinación en metodologías, contenidos, ritmos, criterios de evaluación,
etc.
A pesar de los
esfuerzos ya realizados se puede atenuar aún más el tránsito entre etapas (sobre
todo entre Primaria y ESO) y ciclos (primer y segundo ciclos de la ESO) buscando
la optimización de medidas educativas. Se puede evitar la disparidad de
criterios demasiado acentuada así como tender a una mayor globalización
curricular y disminución del número de profesores por grupo de acuerdo con el
excelente resultado que ha tenido la introducción de los ámbitos en los
Programas de Diversificación Curricular, donde titula más del 80% del
alumnado.
Disminución de las ratios
Está demostrado por numerosos estudios que la disminución de las ratios
mejora el rendimiento escolar debido, entre otras causas, al aumento de las
interacciones positivas alumno-profesor-alumno.
Es importante resaltar que es
fundamental aumentar las cuotas del protagonismo del alumnado en su propio
aprendizaje. Esta propuesta es muy importante pues, cómo demuestra María
José Díaz-Aguado (U. Complutense de Madrid) en varios trabajos, de esta forma se
incrementa significativamente la motivación para el aprendizaje, factor
de primera magnitud para lograr la inclusividad, toda vez que ésta no ha llegado
ni llegará nunca de la mano de enunciados abstractos (cultura del esfuerzo y
otros) por mucho que figuren en los Preámbulos de Leyes u otras disposiciones
legislativas, estatales o autonómicas. Entre los métodos que incrementan ese
protagonismo conviene destacar el Aprendizaje Cooperativo en Grupos
Heterogéneos, que después de más de tres décadas de aplicación en todo el mundo
ha demostrado, entre otras muchas ventajas, aumentar el rendimiento académico
de forma importante por medio de la interacción entre
iguales.
Esta
importante estrategia es, asimismo, de una importancia vital en la eliminación
de las barreras artificiales creadas entre grupos étnicos, comunidades
culturales, géneros, etc., ayudando con ello a la mejora muy significativa del
nivel relacional y convivencial dentro del aula.
Por otra parte reconvierte la labor
docente, caminando desde la lección magistral (necesaria en algunas
ocasiones, pero no cómo único método) hacia un reparto del poder en el
aula que, lejos de disminuir la importancia del profesorado, la
incrementa a través de la sustitución de una autoridad indiscutible, por
otra basada en el ejercicio de una labor de coordinación de Grupos de trabajo,
mucho más acorde con la estructura social colaborativa que sería deseable
inculcar por su eficacia en el rendimiento académico y la mejora de la
convivencia entre alumnado-alumnado y profesorado-alumnado.
Las experiencias de
autorregulación en el aprendizaje y gestión cooperativa del aula
tal y como se aplican, por poner sólo un ejemplo, en la Ikastola Arizmendi del
Valle del Alto Deba (Guipúzcoa) están demostrando una gran eficacia académica y
en el desarrollo de hábitos de convivencia y trabajo en grupo. De la misma forma
la aplicación de los proyectos de ayuda entre iguales (donde el alumnado
más avanzado académicamente ayuda a quienes tienen más dificultades en el
aula) están dando unos excelentes resultados tanto académicos cómo en el ámbito
relacional , incluso, sin cambio metodológico alguno
Son asimismo pasos importantes
los cambios metodológicos que implican mutaciones conceptuales básicas y
afectan, incluso, a algunos paradigmas educativos clásicos, los cuales se
sustituyen por otros mucho más acordes con la sociedad y los entornos actuales.
La incorporación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC),
más allá de la informatización de los Centros, permite ajustar aún
más la vida escolar con las formas de comunicación y búsqueda-procesamiento de
la información presentes en el ámbito actual del medio donde se desenvuelven
nuestros jóvenes. Hoy en día ya está claro que Internet, lejos de ser una moda y
con todos los inconvenientes que puede presentar su uso inadecuado, constituye
otra forma de aprender y comunicarse que no tiene marcha
atrás.
Interculturalidad
2. Tratamiento de la diversidad desde una
óptica libre de estereotipos. El modelo educativo integrador o de la
interculturalidad puede proporcionar una medida crucial en los procesos de
mejora del clima escolar. Desde el enfoque holístico que caracteriza el trabajo
de TEE-Redes, la interculturalidad dentro del escenario educativo se podría
definir como aquella trama de interacciones que se da entre todos los miembros
de la comunidad que actúa en dicho escenario. Ahora bien, esas interacciones al
menos se caracterizan: por darse en contextos de multiculturalidad
significativa, esto es, en aquellos contextos en los que la diversidad
cultural, presente entre los miembros de la comunidad escolar, juega un papel
relevante en el establecimiento y desarrollo de las relaciones; por ser
incluyentes e inclusivas o, dicho de otro modo, no ser relaciones
excluyentes ni exclusivas en todos los sentidos; porque permiten negociar y
consensuar con todos los miembros de la comunidad escolar las pautas y
normas que regirán dichas relaciones, teniendo siempre en cuenta las
modificaciones y ajustes que cada nueva realidad pueda necesitar, puesto que la
realidad y las relaciones son dinámicas y están en constante cambio
porque
tratan de equilibrar las relaciones de poder establecidas en cualquier
marco institucional respetando todas las identidades, y porque ofrecen a cada
actor la posibilidad de ser y sentirse responsable de sus propias
acciones y posiciones, y de las consecuencias –tanto positivas como negativas-
en que éstas derivan.
Los protagonistas en la interculturalidad son todas y cada una de las
personas que se encuentran en ese espacio y comparten, así, un tiempo, unas
actividades, unos recursos. De esta comunidad escolar, algunas personas que
proceden de contextos muy diversos han vivido al menos una parte significativa
de su experiencia vital en uno o varios ámbitos de socialización diferentes a
aquel en el que se encuentran en ese momento. El aprovechamiento de estas
experiencias, de esta diversidad en la actividad pedagógica cotidiana del Centro
puede abrir unas posibilidades educativas enormes.
Nuestro desconocimiento e
indiferencia ante la diversidad, a menudo inconsciente, pueden, sin embargo,
convertir a las personas que la aportan (que al fin y al cabo somos todas) en un
obstáculo permanente que no hace más que generar problemas e incomprensión.
Entramos, de esta manera, en la dinámica de culpar a la víctima (ellos) o
de hacernos las víctimas (yo o nosotros); es decir, de establecer
relaciones enfrentadas, asimétricas.
Cuando somos conscientes de que es
en la interacción cotidiana en la que construimos, negociamos, cuestionamos o,
incluso, echamos por tierra fronteras (sociales, geopolíticas, ideológicas…),
estereotipos y prejuicios, nuestra visión del asunto varía, lo cual nos permite
posicionarnos y actuar en base a nuestra responsabilidad, toda vez que los
profesionales de la educación tenemos mayor influencia de la que a veces
pensamos.
La
construcción, tanto discursiva como material, de una realidad (excluyente) u
otra (inclusiva, integradora e intercultural) está en nuestras manos, en las
manos de todos los miembros que constituimos la comunidad escolar. Debemos ser
conscientes y consecuentes con nuestra acción y sus repercusiones.
Cambios educativos
3. Introducción de los cambios educativos necesarios que tengan en cuenta
la situación relacional y emocional en el aula.
La Educación en la actualidad no
puede plantearse capacitar y formar personas tan solo desde un punto de vista
académico ignorando los aspectos emocionales.
La Educación Emocional es una
herramienta útil para el quehacer educativo. Sus principios constituyen en sí un
enfoque pedagógico excelente, fácilmente aplicable en el marco
educativo.
Es
importante desarrollar el crecimiento social y emocional de los niños y
adolescentes, mejorando aptitudes para la relación interpersonal y creando
auto-aceptación, autoestima, y auto-eficacia. Está demostrado que todo
aprendizaje es posible y más efectivo en personas emocionalmente
equilibradas.
De
acuerdo con lo dicho anteriormente planteamos la necesidad de aplicar los
principios de la Educación Emocional para conseguir:
- Mayor conciencia de las emociones,
los pensamientos y la forma en que se relacionan entre ellos.
- El incremento del vocabulario
emocional.
- El
proceso de cambio, de emociones disfuncionales a emociones más funcionales o
armónicas.
- El
proceso de auto-aceptación como persona.
- El estilo de comunicación
asertiva.
- Nuevas
conductas para aprender a tomar decisiones más armónicas y
positivas.
- La
valorización de los logros y las posibilidades de cada uno.
Ya que la Educación Emocional
aporta:
- En el
aspecto disciplinario:
porque enfatiza la responsabilidad de los propios actos pensamientos y
emociones.
- Como
filosofía moral:
porque favorece la aceptación personal y de los otros disminuyendo por ejemplo
la vergüenza y la discriminación.
- En el aspecto académico: porque favorece
la formación del pensamiento científico y objetivo.
- En las relaciones sociales: porque mejora
la capacidad personal y grupal en el respeto a los derechos propios y ajenos, el
manejo eficaz de las relaciones sociales y la resolución de
problemas.
- Como
sistema de valores:
porque prepara a los niños y jóvenes para afrontar retos y compromisos con
responsabilidad, mejorando la tolerancia a la frustración.
Y estas propuestas de cambio deben
ser aplicadas también a los docentes ya que de esta forma:
- Proporcionamos los elementos que
aporta la Educación Emocional como instrumentos de aplicación práctica que
posibiliten el mejor desarrollo de las tareas del docente en el
aula.
- Aplicamos
sus técnicas de forma preventiva y en la resolución de problemáticas específicas
y candentes de los grupos escolares, tales como: falta de interés, problemas de
integración, problemas de violencia, baja tolerancia a la frustración,
etc.
En cuanto a la
Educación Emocional aplicada al ámbito del bienestar docente, nos extendemos más
en el apartado siguiente.
Medidas preventivas
4. Establecimiento de medidas preventivas
para evitar el deterioro de las condiciones relativas a la salud laboral
(especialmente psicológica) del profesorado.
Es necesario que
la famosa frase “lo urgente impide hacer lo importante” vuelva a ser objeto de
reflexión a la hora de relacionarnos con nuestros alumnos y compañeros de
claustro. Generalmente, a través del desempeño de lo cotidiano, los
profesionales de la educación entramos en una vorágine, en la que el conseguir
los objetivos marcados por las asignaturas impartidas se nos presenta como
prioritario y, al no llegar, nos angustiamos entrando en una dinámica de estrés
y de agobio que nos deja exhaustos. El resultado final es una persona agotada,
desmotivada y mucho más peligroso: desencantada y
quemada.
Si a esto le sumamos algunos aspectos de disrupción en
el aula, podremos entender que el clima que se establece diariamente viene a ser
muy parecido a un campeonato de boxeo en el que gana el más fuerte y, con un
grupo de adolescentes y un profesor desconectado de sí mismo, lo más fácil y
habitual es que gane el grupo. La situación es triste porque en la educación no
se trata de ganar o perder, sino de aprender juntos.
Esta carrera enloquecida comienza a
cobrar factura, primero lentamente y después a un compás vertiginoso, en nuestro
cuerpo, en la forma de pensar y en nuestro estado emocional.
La reflexión, la
observación y el dejar un lugar y un espacio de tiempo para situarnos y retomar
el hecho de que estamos tratando con personas por partida doble (ellos y
nosotros) desaparecen, dejando, a cambio, la consecución de los objetivos
marcados como única meta.
Es importante comenzar a observar
determinados síntomas que nos van dando pautas sobre el tramo de carrera en el
que nos encontramos.
Mensajes o código corporal
Nuestro cuerpo, nos envía señales que nos van advirtiendo sobre aspectos
no procesados correctamente. Cuando hacemos caso omiso de las mismas, o bien
actuamos “callándolo” (tomando calmantes…), termina hablando más alto y
enfermamos. Algunas de estas señales iniciales son las
siguientes:
- No respirar en profundidad.
- Mandíbulas
tensas.
- Problemas de boca.
- Problemas de
intestinos.
- Comer cuando se está
alterado.
- Picotear o fumar a menudo.
- Dolores en todo
el cuerpo sobre todo en hombros, cervicales y piernas.
- Insomnio.
Resulta
interesante realizar un autochequeo en diferentes aspectos del estado de
nuestros pensamientos y emociones, fundamentados en nuestras creencias y
valores.
En el primero de los aspectos sería interesante
trabajar partiendo de la Programación
Neurolingüística (PNL) pensamientos tales como:
“siempre me pasa lo mismo”, “este trabajo es muy duro”, “no llego, estoy
agotado”, “esta clase es terrible”, “lo he intentado todo”… Y esto para evitar
caer en pautas de comportamiento que se han revelado ineficaces y que, a falta
de otras, repetimos una y otra vez, con el mismo resultado negativo. Pensamos
que la PNL, está aún insuficientemente aplicada en el ámbito
educativo.
En
esta línea y en cuanto al aspecto emocional, debemos tener en cuenta (ver Anexo 1) que un cambio en nuestras emociones supone
elaborar todo un nuevo circuito neural que implica un cambio de creencias y
valores, capacidades, identidad y comportamiento. Dicho así, nos puede parecer
inabordable; pero debemos tener en cuenta que los grandes cambios, los enormes
edificios, se construyen a base de ladrillos. En este caso, cada ladrillo
supondría un plan de acción en lo cotidiano: se trata de hacer pequeños ensayos
en aquellos espacios de interrelación más sencillos para nosotros y, así, poder
posteriormente aplicarlo en otros más costosos.
Ante cualquiera de estas señales lo
más sensato sería tomarse un momento al día para descargar tensiones acumuladas
y dejar en vacío nuestra mente. Existen técnicas que nos facilitan vaciar la
mente de pensamientos repetitivos, ya que estos conectan con una emoción
negativa y entramos directamente en el circuito del estrés.
Todo lo expuesto
hasta aquí se refiere al profesional de la educación como individuo,
pero es importante, también, contemplar la posibilidad, en nuestro entorno y con
los compañeros que trabajamos, de establecer relaciones positivas, colaborativas
con nuestros compañeros en la línea de establecer Grupos de Apoyo en el marco
del Centro.
Democratización de la vida en el Centro
5.Democratización de la vida en el Centro.
Este proceso o, mejor, la iniciación del mismo en muchos casos, responde a
varias necesidades. La coherencia entre los valores que se pretenden inculcar y
las estructuras del Centro educativo y en ese aspecto estamos planeando la
participación efectiva de toda la comunidad escolar, especialmente del alumnado.
En cualquier caso este planteamiento comprende, aunque va más allá de la
existencia de Consejos Escolares. En este sentido citaremos a Cruz Pérez (U. de
Valencia) y sus trabajos y experiencias sobre este tema, especialmente en lo
referido a las Asambleas de Aula.
De aquí se infiere en primer lugar
la negociación de las normativas de aula así como de otros documentos de Centro
(Reglamento de Régimen Interno). Una vez más nos encontramos con que la
negociación y el diálogo, especialmente con el alumnado, suponen mucho más un
refuerzo de los lazos de convivencia que la aparición de síntomas de una
debilidad mal entendida.
Por último con este proceso en
avance se nota una mejora casi inmediata del bienestar en el Centro y de los
factores que configuran un buen clima escolar, creando lo que se han
denominado Centros dialogantes versus Centros
autoritarios.
Técnicas de Resolución Pacífica de Conflictos
6. Técnicas de Resolución Pacífica de Conflictos. ¿Qué es un
conflicto? Los conflictos son situaciones dentro de un proceso
interrelacional que nace, crece, se desarrolla y puede, a veces, transformarse y
desaparecer, y otras permanecer relativamente estacionario. Los conflictos son
situaciones en las que dos o más personas entran en oposición o desacuerdo; en
el que predominan las interacciones antagónicas, porque sus posiciones,
intereses, necesidades, deseos o valores son incompatibles o bien son percibidos
por las partes como incompatibles; interacciones en las que las personas que
intervienen lo hacen como seres totales, donde juegan un papel muy importante
las emociones y los sentimientos; que algunas veces, pero no siempre, pueden ser
procesos conflictivos agresivos; que se caracterizan por ser procesos
co-construidos por las partes, y donde las relaciones entre las partes en
conflicto puede salir robustecidas o deterioradas en función de cómo se
desarrolle el proceso de resolución.
Por todo esto podemos decir que el
conflicto es un proceso complejo y, por tanto, no puede ser totalmente abarcado
en una definición, pues siempre quedan elementos fuera.
Canalizar conflictos
¿Debemos prevenir los conflictos o debemos enseñar a canalizarlos y
manejarlos de forma constructiva?
"Para que la civilización sobreviva
debe cultivar la ciencia de las relaciones humanas, la capacidad de todas las
personas de toda clase para convivir juntas, en el mismo mundo y en paz". (Franklin Delano Roosevelt).
Los conflictos se producen
continuamente. Son una parte normal e inevitable de la vida. Lo que determina
que los conflictos sean destructivos o constructivos no es su existencia, sino
el modo en que se los maneja.
Hay escuelas que desestiman, ocultan
o niegan el conflicto, lo manejan de forma burocrática y/o improvisada. Las
escuelas que valoran el conflicto lo manejan de forma constructiva y tratan de
buscar soluciones satisfactorias para todas las partes
implicadas.
Las
escuelas que desestiman el conflicto suponen que todos los conflictos son
negativos y carecen de valor y, en consecuencia, la meta es eliminarlos,
suprimirlos, evitarlos y negar su existencia. Cuando se encuentran arrinconados
en un conflicto, los participantes tratan de ganar. Por lo tanto para ellos los
conflictos son una fuente de problemas que les producen temor, angustia,
inseguridad. Estas escuelas no enseñan (ni a los alumnos, ni a los docentes)
cómo hay que manejar los conflictos.
Las escuelas que valoran el
conflicto reconocen que los conflictos son inevitables, intrínsecos a las
relaciones interpersonales pudiendo constituir una experiencia de aprendizaje.
Los conflictos no son problemas son parte de las soluciones. Estas escuelas
organizan a los alumnos en grupos de aprendizaje cooperativo y a los docentes en
equipos de enseñanza.
Mientras la persona tenga establecido y afianzado un circuito neuronal en
donde primen creencias de violencia como defensa del propio individuo, éste
seguirá funcionando más o menos “educadamente”, pero desde un volcán en erupción
en estado latente. La violencia y la agresividad se van consolidando a lo largo
de la vida de la persona, en un “riego por goteo” en el que intervienen las
gotas de: la Sociedad (como comentábamos en el anterior artículo), la
publicidad, los juegos, la familia, el grupo de iguales… donde cada experiencia
en la que se obtiene un beneficio (usando la fuerza, o constituyéndose en foco
de atención permanente, etc) refuerza la creencia que la sustenta. Dado que
este asentamiento o incorporación de la violencia y la agresividad es otra vez
multifactorial, desde el Centro educativo pueden realizarse actuaciones con
grupos de iguales que faciliten una mejor resolución de conflictos utilizando la
Mediación, los Programas de Competencia Social o cualquier otra
técnica; pero sin olvidar que, sea cual sea la que utilicemos, tiene que
contemplar un cambio de creencias respecto al hecho que se ha producido; de lo
contrario, opinamos sería quedarse en la superficie.
Se
hace necesario caminar hacia escuelas que valoren el conflicto, lo que es el
conflicto, el valor del conflicto y la necesidad de un programa de resolución de
conflictos (ver Anexo 2).
Los conflictos manejados de forma
positiva ayudan a madurar: asumir la perspectiva de otra persona ayuda al
adolescente a ser menos egocéntrico y adquirir conocimientos sobre sí mismo: qué
es lo que le enfada, qué es lo que le asusta, qué es lo importante para
él.
La confianza en
sus habilidades le alienta a ser más cooperativo y, cuanto mejor aprende el
enfoque cooperativo del manejo de los conflictos, más sano tenderá a ser desde
el punto de vista psicológico y más capaz de trabajar con la tensión y la
adversidad.
Durante
algún tiempo, se han llevado a cabo en la enseñanza grupos de Habilidades
Sociales, con el fin de establecer nuevos comportamientos que faciliten la
interrelación. Este tipo de actuación puede ayudar, que duda cabe; pero si tan
sólo ponemos el acento en esta forma de trabajo, podemos estar formando
(dependiendo de las creencias y estadios morales) delincuentes de guante blanco,
como bien dice Manuel Segura. Por esta razón, los Programas de Competencia
Social desarrollados por Segura en España introducen las habilidades cognitivas
“enseñar a pensar” y la evolución moral desde el egocentrismo más absoluto hacia
formas mas relacionales en sentido positivo.
Contexto comunitario
7. Progresiva inserción de los procesos educativos en un contexto
comunitario amplio dentro del marco de su entorno más próximo. Se trata de
establecer la implicación de todos los sectores y factores sociales posibles
dentro del marco de la acción educativa. Conviene dejar claro que el primer
encuentro ha de producirse con las familias. Y esto desde un punto de vista no
sólo participativo-democrático, sino por criterios de eficacia. Es imposible
continuar con ese “pasar la pelota” entre profesorado y familias. Sencillamente
porque no genera más que grietas por donde se diluye la coherencia necesaria
para una acción tanto educativa-académica, como de mejora de la convivencia. Se
trata de cerrar esa culpabilización mutua que existe en ocasiones y que destruye
los cimientos de una acción común para el diálogo en el planteamiento de
normas, la exigencia de límites y la educación en valores. Conviene deshacer al
falso dilema ¿es la familia o la Escuela la que educa? Es
importante revitalizar las Escuelas de Padres y Madres desde una perspectiva
colaborativa y no en una única dirección:
Centro-Familias.
Se
trata de aprovechar la experiencia de los planes de absentismo más eficaces
puestos en marcha en los cuales es imprescindible la relación
Centro-Familia.
Merecen mención en este punto las Comunidades de Aprendizaje que
incorporan las familias a la propia aula (abuelos inclusive), aprovechando de
ellos habilidades y experiencias.
Optimización de recursos
Desde otro punto de vista, hay que caminar hacia una optimización de
todos los recursos educativos que tiene la comunidad rural o urbana donde está
asentado el Centro: Servicios Sociales municipales, Sanidad, Centros Culturales,
Bibliotecas, exposiciones, ONG’s, Asociaciones de Vecinos, etc.: “la tribu que
educa” a la que aludíamos anteriormente.
En este sentido sería muy útil
caminar hacia los Planes Educativos de Ciudad (PEC) desarrollados hace ya
algunos años en Barcelona (Proyecto Éxito), por ejemplo, así cómo los municipios
integrados en la Red de Ciudades Educadoras que, en esta misma línea, se
vienen reuniendo en distintas capitales europeas, ensayando e intercambiando
propuestas.
¿Es
posible, por poner un ejemplo llamativo, proceder a una adecuada respuesta a la
diversidad en el caso de la población inmigrante de reciente llegada a España
sin contemplar al/a la alumn@ en una perspectiva sociofamiliar
integrada?
Al
principio del artículo citábamos una serie de líneas principales de actuación,
ya expuestas más arriba, y también una serie de medidas generales que
constituyen un marco para su aplicación:
- Consideramos el Centro educativo y
su comunidad escolar como los protagonistas del cambio. Ahora queda más claro
que ser protagonistas no significa estar solos ante los procesos, sino
establecer los tiempos, las medidas, el orden, el ritmo del proceso,
etc.
- Participamos
de la idea de que la mejora de la convivencia es inseparable de la mejora del
resto de procesos educativos de los que forma parte y que éstos pueden
distribuirse a corto, medio y largo plazo, obteniéndose mejores resultados
cuanto más sostenidos estén en el tiempo (Escuelas que
aprenden)
- Se
hace necesario un replanteamiento y mejor coordinación entre las distintas redes
de formación del profesorado, a favor de los procesos de formación en Centros y
apoyo externo (asesoría) en procesos de mejora a los Grupos de Trabajo de que se
doten. También es importante implantar un proceso de formación tutorizada del
profesorado de nueva incorporación, así como Planes de formación específicos
dirigidos a colectivos singularizados: equipos directivos, Departamentos de
Orientación, etc.
-
Para el avance, es importante la creación de diferentes formas de acceso al
intercambio de experiencias educativas. Este fue el origen de nuestro
Taller, que preconiza la creación de Redes de Centros que
intercambian experiencias (Proyecto enRed).
- Partimos de la base de que los
Programas de Convivencia establecidos en el ámbito estatal, autonómico y de
Centro partan de la idea de que la prevención o, en su caso, la intervención es
más eficaz cuanto más temprana (Infantil y Primaria) sea su puesta en
marcha.
La
inestabilidad de las plantillas está suponiendo en la práctica de muchos Centros
un serio inconveniente para el mantenimiento de Programas de mejora sostenidos
en el tiempo. Pensamos que este problema, junto con la incentivación de l@s
profesionales que participan en tareas de innovación o puestos de difícil
desempeño constituye el objeto de un debate ya inaplazable.
|
¿Estoy siendo coherente conmigo? |
Digo que sí para quedar bien, sin tener en cuenta si me tensa llevarlo a cabo |
¿Como ando de autoestima? |
¿Me estoy comparando con los demás? |
Dejar
responsabilidades. |
¿Soy capaz de delegar realmente, sin intervenir, aunque el otro lo haga mal? |
Acepto el cambio |
¿Me sitúo en el recuerdo? ¿Me estoy dando mensajes de cómo deben de ser las cosas o personas en lugar de admitir como son para intervenir eficazmente? |
¿Cómo está mi espacio emocional? |
¿Me estoy dando un tiempo para relajarme y conectarme conmigo mismo/a? ¿Soy capaz de diferenciarme emocionalmente de lo que le pasa al otro? ¿Me siento juzgad@ y observad@? ¿Tengo la capacidad de dar un No por respuesta, o de expresar lo que necesito sin tener en cuenta lo que puede opinar el otro? |
¿Cómo voy con “el pedir apoyos”? |
¿Soy capaz de reconocer que me hace falta información, otro punto de vista? ¿Sería capaz de pedir un testigo en mi clase para que me dé una opinión externa sobre mis fallos y aciertos? |
¿Cómo anda mi foco de atención? |
¿Me fijo sobre todo en lo que falta? ¿Focalizo en lo que hay? ¿Me sitúo, mitad/mitad? |
¿Como anda mi perfeccionismo? |
¿Me gusta dejarlo todo atado y bien atado? ¿Me obsesiono con lo que me ocurre? |
¿Cómo esta mi acción? |
¿No paro en todo el día y el tiempo no me llega? |
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MANEJO DESTRUCTIVO (CONFLICTO) |
MANEJO CONSTRUCTIVO (CONFLICTO) |
Un participante gana a expensas del otro. Los participantes se sienten heridos, resentidos, coléricos y desconfiados. Disminuye la posibilidad de resolver constructivamente los conflictos futuros. |
Todos los participantes logran metas. Los participantes se respetan más y se tienen más confianza recíproca. Aumenta el potencial para resolver constructivamente los conflictos futuros. |