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EL
ANARQUISMO EPISTEMOLÓGICO DE PAUL FEYERABEND archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Lic. Alberto Fortes
Universidad de
Málaga.
El presente texto debería ser una
pequeña reseña, más simbólica que científica, sobre el Tratado contra el método
de Paul Feyerabend 1. Pero es que se trata de Feyerabend, el anarquista
epistemológico, o “el peor enemigo de la ciencia” como lo han tachado otros. Su
prosa amable, llena de sátiras y tintes cínicos, es sin duda una de las
críticas, si no la mejor, a la metodología científica.
La epistemología de Feyerabend
desplaza la atención centrada en la dimensión racional de la ciencia para
enfocarla en el contexto histórico y sociocultural. Su trabajo da -a veces- la
impresión de un análisis ejecutado por un etnógrafo que se afana en comprender
los elementos simbólicos y -en general- la forma de vida que han desarrollado
los nativos del mundo occidental en la estructuración de una peculiar
cosmovisión.
Antes de comenzar quiero dejar claros
mis compromisos epistemológicos y cognitivos.
1. – Aquí cabe aclarar de partida que
si bien creo que la ciencia no está libre de notas irracionales (como toda
empresa humana salvo quizá las ciencias formales), sí considero el peso de la
racionalidad mayor y más concluyente en lo que a la ciencia se
refiere.
2. – La discusión entre lo que
debería ser la ciencia y lo que efectivamente es y/o ha sido, creo que deberían
ser consideradas como dos dominios distintos. Una visión sobre el cómo debería
ser pertenece al ámbito lógico y metodológico, es una discusión atemporal y
cuasimetafísica (e incluso algo utópica) y es sostenida generalmente por lógicos
y filósofos de la ciencia. Mientras que lo que ha sido y es la ciencia es una
postura histórica y antropológica, atiende pues a la historia de la humanidad
(que también podría denominarse como la historia de los grandes errores y los
pocos aciertos del hombre), y por eso mismo lo que halla sido la ciencia, aunque
tenga todas las papeletas para ello, no tiene porque ser o parecerse a lo que
será. Por lo tanto acepto la distinción entre epistemologías prescriptivas y
descriptivas, cosa que Feyerabend niega.
Sin duda con esto se debe ver claro
que no soy ningún anarquista epistemológico. Pero si se le debe reconocer a
Feyerabend que en su dominio (historia y sociología de la ciencia) ha sabido
criticar, quizá acertadamente, la práctica científica, y que su defensa del todo
vale como el único método respetado por todos los científicos en la historia de
la ciencia parece congruente. Si a esto le uno que según mi punto de vista, la
filosofía ha de ser ante todo crítica de lo criticable (y criticable es toda
obra humana), y mi gusto por el humor y la sátira, queda clara mi simpatía por
la figura y el estilo del físico y filósofo dadaísta.
Dejando de lado este paréntesis que
me he permitido, estructuraré el artículo sobre Feyerabend en cuatro puntos: el
pluralismo metodológico, la oposición a la razón como fuente de progreso, la
inconmensurabilidad, y la crítica del criterio de demarcación
científico.
1. El pluralismo
metodológico.
En el prólogo a la edición castellana
de su Tratado contra el método (TCM), Feyerabend afirma que uno de los problemas
capitales sobre la ciencia es saber cual es su estructura, cómo se construye y
evoluciona.
Aquí es rotundo: la ciencia no
presenta una estructura, no existen unos elementos que se presenten en cada
desarrallo científico. O sea, que no hay elementos que se den en toda
investigación científica y que no aparezcan en otros dominios. Al tratar de
resolver un problema los científicos usan indistintamente un método u otro, no
existe una racionalidad que guíe la investigación científica. Al contrario, el
científico hará uso de fuentes muy diversas que le vengan al caso para apoyar su
investigación: sugerencias heurísticas, concepciones del mundo, disparates
metafísicos, y otros medios muy dispares.
Ya aquí se apunta el problema del
método científico, y la conclusión que se sigue es que no tiene sentido formular
de una forma general, cuestiones tales como qué criterio seguiría para preferir
una teoría a otra. Dicho más claro, la investigación con éxito no obedece a
estándares generales: ya se apoya en una regla, ya en otra, y no siempre se
conocen explícitamente los movimientos que la hacen avanzar. La consecuencia es
drástica: se va a pique cualquier intento de formular una metodología
racionalista de la ciencia, y nos encontramos con que la ciencia se encuentra
mucho más cerca de las artes de lo que nos pensabamos (este punto se
desarrollará en el último epígrafe de este texto).
Como mantiene Javier Echeverría,
entre otros, la idea de un método preciso y común a las ciencias adviene con la
modernidad. Recordemos, al margen, que Aristóteles en su Metafísica y en otros
tantos escritos no se cansó nunca de repetir que no existe un único método
correcto en las ciencias y mucho menos que el hipotético deductivo sea el
superior o más científico, sino que es el objeto de una ciencia el que determina
el método apropiado o correcto en dicha disciplina.
Feyerabend, deudor de las tesis
kuhnianas y de la historia de la ciencia, mantendrá que “la idea de un método
que contenga principios firmes, inalterables y absolutamente obligatorios que
rijan el quehacer científico tropieza con dificultades considerables al ser
confrontada con los resultados de la investigación histórica. Es más, no hay una
sóla regla, por plausible que sea, y por firmemente basada que esté en la
epistemología, que no sea infringida en una ocasión o en otra”.
Afirma a continuación que estas
infracciones, lejos de ser accidentales, son necesarias para el progreso. La
violación de las reglas metodológicas, o incluso adoptar la opuesta son siempre
aconsejables en una determinada situación. Así a veces es aconsejable elaborar e
introducir hipótesis ad hoc, otras que contradicen resultados experimentales,
etc. En suma, esta práctica liberal es razonable y absolutamente necesaria para
el desarrollo del conocimiento.
Es más, el atomismo antiguo, la
revolución copernicana, o la teoría ondulatoria de la luz surgieron de la
violación de reglas metodológicas bien asentadas. Con esto se quiere
ejemplificar que las revoluciones científicas generalmente han traído con ellas
cambios metodológicos importantes, de ahí que “la idea de un método fijo, o la
idea de una teoría fija de la racionalidad, descansa sobre una concepción
excesivamente ingenua del hombre y de su entorno social”.
Al encontrarse con esto, Feyerabend
se cobija en el anarquismo (epistemológico), y más concretamente con el
liberalismo anarquista, concebido como un intento de aumentar la libertad, y el
correspondiente intento de descubrir los secretos de la naturaleza y del hombre,
por tanto el rechazo de criterios universales y de todas las tradiciones rígidas
(que implicaría el rechazo de una gran parte de la ciencia
contemporánea).
El anarquista epistemológico se
opondrá entonces a todo tipo de restricción de su libertad (en el quehacer
científico y metodológico), y mantendrán siempre la abolición de toda ley,
obligación o deber. Su actitud será totalmente libre ante el juego científico.
No obstante el término anarquista está cargado de connotaciones políticas
demasiado pesadas, y además no se encuadra debidamente en lo que Feyerabend
quería señalar. De manera que posteriormente preferirá el calificativo de
dadaísta para su metodología: espero, dice en la introducción de su TCM, que
tras la lectura del presente panfleto, el lector me recuerde como un frívolo
dadaísta, y no como un anarquista serio.
El término dadaísta sin duda es más
acertado, lejos de las connotaciones puritanas del anarquista, el dadaísta está
convencido de que la vida sólo empezará a merecer la pena cuando nos tomemos las
cosas a la ligera, cuando eliminemos del lenguaje los significados putrefactos
acumulados durante siglos. Un dadaísta no sólo no tiene ningún programa, sino
que está en contra de todos los programas, e incluso para ser un buen dadaísta
se ha de ser también un antidadaísta.
Pues bien, a la vista de todo lo
anterior, y tras un minucioso análisis de la historia de la ciencia, Feyerabend
afirmará que no hay ninguna regla, por muy fundamental o necesaria que sea para
la ciencia, que no haya sido violada. Si ha esto le unimos, como hemos visto
anteriormente, que esta continua infracción metodológica es totalmente necesaria
para el progreso, se sigue facilmente que el único principio que no inhibe el
progreso es: todo sirve. Tal sería el único principio defendible (o sea el único
que ha sido respetado universalmente) bajo cualquier circunstancia y etapa del
desarrollo de la humanidad.
Pero conviene matizar este principio.
En Adios a la Razón, advierte que este principio puede leerse de dos maneras muy
distintas. Una vendría a decir: yo (o sea, Feyerabend) adopto dicho lema y
sugiero que se use como base del pensamiento; y la otra: yo no la adopto, pero
describo simplemente el destino de un amante de los principios que toma en
consideración la historia: el único principio que le queda será el todo sirve.
Feyerabend acusa de falta de pensamiento claro a los críticos irritados, que
desgraciadamente no han sido bendecidos con un exceso de inteligencia, ya que
sólo han sabido leer el principio de la primera manera, cuando lo que se decía
explícitamente era lo segundo. Y de hecho remite a un pasaje de su TCM donde
dice claramente: “mi intención no es sustituir un conjunto de reglas generales
por otro conjunto; por el contrario, mi intención es convencer al lector de que
todas las metodologías, incluidas las más obvias, tienen sus límites (...) e
incluso de la irracionalidad de alguna de las reglas que la metodología
considera básicas. De hecho el argumento de la contrainducción es una parte de
la crítica de métodos tradicionales, no el punto de partida de una nueva
metodología como parecen suponer muchos críticos”.
Por lo tanto para matizar y examinar
esta tesis fuerte, Feyerabend tiene que analizar el desarrollo del advenimiento
de las teorías científicas, y ello le conduce en primer lugar a otra de sus
tesis radicales: la contrainducción.
Su exposición comienza con la
afirmación de que se puede hacer avanzar la ciencia procediendo
contrainductivamente. Si partimos de la regla de la contrastación, que mide el
éxito de las teorías según el acuerdo entre la teoría y los datos que favorecen
a la misma, nos percatamos de que constituye la esencia del empirismo y de las
teorías de la confirmación y de la corroboración. Pero si hacemos caso de la
contrarregla que nos dice que es aconsejable o necesaria para la ciencia, no
sólo ignorar las reglas, sino adoptar las opuestas, debemos pues, introducir y
elaborar hipótesis que sean inconsistentes con las teorías y/o hechos bien
establecidos, esto es, debemos proceder contrainductivamente (además de
inductivamente, señala en su Contra el Método). Esto por dos
razones:
En primer lugar un científico debe
adoptar una metodología pluralista, debiendo comparar sus ideas con otras ideas,
en vez de con la experiencia. Dicho de otra manera, la evidencia relevante para
la contrastación de una teoría T a menudo sólo puede ser sacada a la luz con la
ayuda de otra teoría T' incompatible con T.
Y ello porque el conocimiento no
consiste en una serie de teorías autoconsistentes que tiende a converger en una
perspectiva ideal; no consiste en un acercamiento gradual a la verdad. Por el
contrario, el conocimiento es un océano, siempre en aumento, de alternativas
incompatibles entre sí (y tal vez inconmensurables).
La segunda contrarregla en favor de
la contrainducción viene dada por el hecho de que no existe una sola teoría
interesante que concuerde con todos los hechos de su dominio.
Aquí habrá que señalar que ninguna
experiencia, que ningún experimento está libre de teoría. Es decir, todo
enunciado factual está contaminado de una serie de supuestos ontológicos o
metodológicos que vician la vara de medir. El supuesto empirista, que podemos
remontar a la Metafísica de Aristóteles, de que los sentidos son capaces de ver
el mundo tal y como es, estaría (desde esta perspectiva dadaísta) a años luz de
acercarse a la verdadera situación del hombre en el mundo.
De acuerdo con Hume, afirma
Feyerabend, “las teorías no pueden derivarse de los hechos”. El requisito de
aceptar sólo aquellas teorías que se sigan de los hechos nos deja sin ninguna
teoría. De aquí que la ciencia, tal y como la conocemos, sólo puede existir si
abandonamos este requisito y revisamos nuestra metodología. Es más: casi ninguna
teoría es consistente con los hechos.
A la luz de la fisiología, se
advierte que la impresión sensorial se da en la medida en que existe un órgano
receptor capaz de registrarla. Esto muestra que la impresión es un acto
subjetivo, sin ningún correlato objetivo. Por otra parte, como ya se ha
señalado, el examen histórico nos enseña que toda evidencia está contaminada de
supuestos teóricos.
Todo este carácter
histórico-fisiológico de la evidencia, le permite mantener que el hecho no
describe meramente un estado de cosas objetivo, sino que también expresa un
punto de vista subjetivo y mítico que concierne a este estado de cosas, lo que
nos obliga a echar una ojeada nueva a la metodología. Por tanto, sería
extremadamente imprudente dejar que la evidencia juzgue directamente nuestras
teorías sin mediación ninguna. Un juicio directo e indiscriminado de las teorías
por los hechos está sujeto a eliminar ideas simplemente porque no se ajusten al
sistema de alguna cosmología más antigua.
De todo esto se deduce (como segunda
regla contrametodológica) que hay que buscar sistemas conceptuales que choquen
con los datos experimentales aceptados, e incluso que propongan nuevas formas de
percepción del mundo, hasta entonces ignoradas. Actuando así, se procede
contrainductivamente. En lugar de inferir hipótesis y leyes inductivamente a
partir de las observaciones contrastadas, el científico progresista actúa a la
inversa.
Feyerabend emplea varios capítulos a
la tarea de ejemplificar este supuesto mediante el argumento de la torre. En
semejante análisis (que va desde los capítulos 6 al 16) se tocan además del
problema de las interpretaciones naturales (que es lo que ahora viene al caso),
el problema de la irracionalidad en la ciencia, y el de la inconmensurabilidad
entre las teorías, que serán desarrollados en epígrafes separados.
En cuanto al tema de la contrastación
de las teorías, que como hemos visto hace proponer a la epistemología dadaísta
las reglas contrainductivas, se dedica el análisis histórico del argumento de la
torre que emplearon los aristotélicos para refutar las teorías
copernicanas.
Este argumento involucra, en palabras
del propio Feyerabend, interpretaciones naturales, que servirán para ilustrar
tanto la tesis del “todo vale”, como de la necesidad de proceder
contrainductivamente como requisito necesario para el progreso
científico.
Repetimos: la naturaleza del fenómeno
es apariencia más enunciado. No se trataría de dos actos distintos, uno
consistente en una evidencia, un dato objetivo, y otro en su expresión mediante
un lenguaje observacional que implicaría cierta cosmología, sino de un sólo
acto. Esta unidad sería el resultado de un proceso de aprendizaje que daría
forma al fenómeno, dando la impresión de que los hechos hablan por sí mismos.
Pero como ya hemos advertido, eso no es cierto ya que los fenómenos son lo que
los enunciados afirman que son.
En consecuencia, estas operaciones
mentales que están tan conectadas a las sensaciones serán lo que Feyerabend
llamará interpretaciones naturales. Es más, hablando en boca de Galileo, estas
serían necesarias ya que los sentidos por sí solos sin la ayuda de la razón no
pueden darnos una descripción verdadera de la naturaleza. Y lo que es todavía
más rotundo, es imposible eliminar, ni siquiera parcialmente, el manojo de las
interpretaciones naturales.
Luego la única manera de eliminar un
determinado punto de vista del dominio de la observación, es proceder
contrainductivamente y emplear otras interpretaciones y ver lo que pasa. Y
precisamente esto es lo que ocurrió con la discusión entre Galileo y los
aristotélicos, ya que este introdujo un nuevo lenguaje observacional, que le
permitió reinterpretar las observaciones y llevárselas a su terreno. Creo que no
hace falta decir que gracias a este proceso contrainductivo hubo cierto
progreso.
Por si queda alguna duda, para
Feyerabend, el procedimiento de Galileo es totalmente legítimo. Entonces es
completamente razonable introducir lenguajes observacionales alternativos y
compararlos, tanto con el idioma original como con la teoría bajo examen.
Procediendo de esta forma podemos estar seguros de que la comparación es
correcta.
Pero acabar aquí el análisis
histórico, y mantener que la teoría heliocéntrica salió adelante gracias, tan
solo, al proceso contrainductivo es dejar las cosas a medias. Si Galileo tuvo
éxito fue gracias a que utilizó la propaganda y otros trucos. Con esto entramos
con la crítica de la racionalidad.
2. La oposición a la razón
como fuente de progreso.
Comencemos por el problema de la
'adhoccidad'. Para la mayoría de los filósofos de la ciencia (como Popper y
Lakatos), sostener y aceptar teorías ad hoc resulta siempre irracional. Es
habitual sostener, dice Feyerabend, que los buenos científicos deben rehusar a
hacer hipótesis de tal tipo. No obstante mantienen que es necesario que estas se
insinúen de vez en cuando, aunque halla que oponerse a ellas y mantenerlas bajo
control (Popper), o que la adhoccidad ni es despreciable ni está ausente del
juego científico (Lakatos). Ambos coinciden en las nuevas ideas, al ir más allá
de la evidencia disponible, son comúnmente ad hoc e incluso, dice Lakatos, no
puede ser de otra forma.
Para Lakatos, los científicos que
defienden una teoría siempre tratan de preservar de la refutación a su centro
firme, y para ello construyen en su torno un cinturón protector de hipótesis
auxiliares, cambios de significado de los términos, etc. Esta actitud en algunos
casos puede ser perfectamente racional.
Feyerabend, tras el análisis
histórico, añade que se puede dar total apoyo a Lakatos sin ninguna ambigüedad.
Yo me permitiría añadir, que podría existir una diferencia entre ambos
planteamientos, en la cita anterior, salvo que Javier Echeverría quiera
engañarnos, cosa que dudo, Lakatos estaría (cerca del planteamiento de Laudan,
aunque desde otra perspectiva) dispuesto a permitir cierta racionalidad en la
adhocidad. Por el contrario Feyerabend no puede admitir esto, ya que el problema
de las hipótesis ad hoc es uno de los frentes de batalla para postular su
oposición a la razón como fuente de progreso.
Elucubraciones aparte, lo que
sostiene Feyerabend es que la adhocidad es mirada con malos ojos por la mayoría
de los epistemólogos racionalistas, mientras que el cree que es una buena
estrategia liberadora, estimulante y progresista, y que ya que no se puede
evitar ser ad hoc es mejor serlo respecto a una teoría nueva.
De hecho el análisis histórico nos
muestra que Galileo usó hipótesis ad hoc para salirse con la suya y convertir el
argumento de la torre de una refutación de Copérnico a una
confirmación.
Pero los métodos que utiliza Galileo
para imponer sus ideas no se limitan al uso de la adhocidad, sino que pasa por
un elenco de medios irracionales, tales como la propaganda, la persuasión, o la
utilización de una lengua vulgar (el italiano) en vez del latín para sus
escritos.
El copernicanismo estaba amenazado
por eventos observables, pero Galileo, sin tapujos, para eliminar el peligro
introdujo obstáculos con la ayuda de hipótesis ad hoc, considerándolas como
tendencias definidas por la obvia discrepancia que existe entre hechos y teoría.
(...) las refutaciones se hicieron ineficaces por medio de hipótesis ad hoc y de
hábiles técnicas de persuasión.
Pero este no es el caso tan sólo de
Galileo, sino que la historia de la ciencia nos hace generalizar y afirmar que
la lealtad a las nuevas ideas tendrá que conseguirse por medios irracionales
tales como la propaganda, sensibilidad, hipótesis ad hoc y apelación a los
prejuicios de todas clases. Necesitamos estos medios irracionales para defender
lo que no es otra cosa que una fe ciega, hasta que hayamos descubierto las
ciencias auxiliares, los hechos, los argumentos que conviertan la fe en puro
conocimiento.
Por lo tanto el progreso en la
ciencia surge gracias a que la razón es dejada de lado.
Pero yendo más allá, la argumentación
necesaria para desarrollar esta tesis, muestra que es aconsejable suprimir la
distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación y
prescindir de la distinción afín entre términos observacionales y términos
teóricos. Ya que ninguna de estas distinciones desempeña papel alguno en la
práctica científica.
Como hemos visto la fase de
descubrimiento puede ser, y a menudo lo es, irracional, e incluso estar en
oposición a las reconstrucciones racionales que suelen hacer los epistemólogos.
El pluralismo metodológico nos muestra que el descubrimiento científico no está
sujeto a un método fijo y en cambio si esta fundamentado en un elenco de
creencias y esperanzas. Por otra parte la ciencia sólo puede existir si se
emplean estas artimañas y se deja de lado la razón (o el contexto de
justificación). De manera que a la vista de las cosas la distinción debe ser
abandonada.
De la misma manera la distinción
entre términos observacionales y términos teóricos ha de ser rechazada a la luz
del análisis que se ha llevado a cabo. Ya ha quedado claro que el aprendizaje no
va desde la observación a la teoría sino que implica ambos elementos. De ahí que
tanto las teorías como las observaciones pueden ser rechazadas, las teorías por
estar en conflicto con las observaciones, pero también las observaciones pueden
ser abandonadas por razones teóricas. La experiencia surge siempre junto con las
suposiciones teóricas, no antes que ellas, y una experiencia sin teoría es tan
incomprensible como lo es una teoría sin experiencia, y continúa, eliminad parte
del conocimiento teórico de un sujeto inteligente y tendréis una persona
completamente desorientada e incapaz de realizar la acción más
simple.
Pues bien, con todo esto queda
seriamente tocada cualquier consideración meramente racional de la empresa
científica, y por si fuera poco, con esta última tesis sobre la percepción y su
ligazón al esquema conceptual se abre el camino al problema de la
inconmensurabilidad, uno de los puntos más importantes de su crítica a la
metodología racionalista de la ciencia.
3. La inconmensurabilidad de
las teorías científicas.
Comencemos por el principio. El
término inconmensurabilidad quiere decir, literalmente, imposibilidad de
relacionar con la misma medida magnitudes diversas. En filosofía de la ciencia,
se refiere a la afirmación de que no es posible establecer relaciones y
comparaciones entre diversas teorías científicas -sean producto de la evolución
del conocimiento científico, sean simples teorías rivales- para decidir cuál de
ellas es más verosímil, o para reducirlas o traducirlas unas a otras, cuando se
presenten como maneras de hablar distintas acerca de lo mismo.
Pues bien, quienes se niegan a
admitir, comenta Echeverría, que los científicos usan teorías inconmensurables
lo hacen para mantener el primado de la razón en la actividad científica. Y si
bien Feyerabend no negó que la ciencia tenga componentes racionales, en cambio
no aceptó que la ciencia sea sólo racional.
Como sabemos el TCM es un extenso
diálogo entre Lakatos y el propio Feyerabend, el apéndice 3 da buena cuenta de
ello y del intento de Lakatos por mantener o restaurar la racionalidad en la
actividad científica, no obstante el anarquismo epistemológico intenta desterrar
por varias vías esta concepción racionalista. Uno de estos caminos es el de la
inconmensurabilidad, que Feyerabend manifiesta al final de dicho apéndice: el
fenómeno de la inconmensurabilidad en mi opinión plantea problemas a todas las
teorías de la racionalidad, incluida la metodología de programas de
investigación. La metodología de programas de investigación asume que las
teorías rivales y los programas de investigación rivales pueden compararse
siempre haciendo referencia a su contenido. El fenómeno de la
inconmensurabilidad parece implicar que éste no es el caso.
Las tesis de la inconmensurabilidad
de las teorías científicas fue formulada por Kuhn y Feyerabend el mismo año de
1962, y ya contaba con antecedentes históricos como las tesis de Quine, sobre la
imposibilidad de someter a contrastación hipótesis aisladas; las tesis de la
carga teórica de toda observación (aceptadas por Popper y Hanson); y sobre todo
las tesis de Quine sobre la indeterminación de la traducción y la
inescrutabilidad de la referencia.
No obstante Kuhn y Feyerabend usaron
el término de la inconmensurabilidad con independencia, el primero lo aplicaba a
los problemas, métodos y normas científicas, mientras que el segundo hacía de él
un uso más restringido (lo aplicaba sólo al lenguaje), a la vez que más radical
(afectaba a todos los términos primitivos de las teorías rivales, y no sólo a
unos pocos.
Existe un telón de fondo que lleva a
ambos a mantener esta tesis. Se trata de que ambos se consideran relativistas
epistemológicos en el sentido de niegan que exista una verdad externa a la que
los conceptos y teorías científicas se acerquen cada vez más. No se trata de
negar el progreso, se trata de negar que existan verdades universales
independientemente de la apreciación del sujeto. La inconmensurabilidad se
trataría entonces en un fuerte ataque contra el realismo, adoptando una
concepción relativista de la verdad en la que esta sólo adquiere sentido dentro
de cada uno de esos marcos conceptuales.
De hecho, para fundamentar su tesis
de la inconmensurabilidad, Feyerabend remite a la hipótesis Sapir-Whorf y a la
psicogénesis piagetiana. Trabajos consagrados que recalcan la relatividad de la
conceptualización de la experiencia del mundo según la cultura, que crea
conceptos y concepciones del mundo inconmensurables (Whorf) y las estructuras
lógicas (y prelógicas) del desarrollo de la inteligencia (Piaget).
En particular, el trabajo de Whorf
muestra que la gramática de los lenguajes contiene una cosmología, una
concepción comprehensiva del mundo, de la sociedad y de la situación humana.
Pues de la misma manera en que los lenguajes naturales no se limitan a
reproducir ideas o eventos, sino que conforman los hechos y los estados de
cosas, también las teorías científicas conllevan concepciones del mundo. Por eso
mismo hay inconmensurabilidad entre ellas, en el sentido de que no pueden ser
interrelacionadas por medio de las relaciones lógicas ususales: inclusión,
exclusión, solapamiento, etc. También las percepciones pueden ser
inconmensurables entre sí (como muestra la Gestalt).
Con esto tocamos un punto crucial ya
que en una obra posterior a su TCM, quizá para distanciarse del sentido de
inconmensurabilidad dado por Kuhn, quizá para suavizar su propia tesis,
manifiesta que al usar el término inconmensurable siempre quiso decir
desconexión deductiva y nada más. Lo cual no deja de ser algo casi trivial. No
obstante aquí señalaremos sus primeras definiciones de la inconmensurabilidad,
sin los matices posteriores.
En TCM expone tres tesis sobre la
inconmensurabilidad (pág. 267, 269 y 270):
A) La primera tesis es que existen
sistemas de pensamiento (acción, representación) que son
inconmensurables.
Se trata de una tesis histórica
(antropológica) que debe apoyarse en evidencia histórica (antropológica).
B) El desarrollo de la percepción y
del pensamiento en el individuo pasa por etapas que son inconmensurables entre
sí.
C) Mi tercera tesis afirma que los
puntos de vista sobre materias básicas, son a menudo tan diferentes unos de
otros como lo son las ideologías subyacentes a las distintas culturas. Más aún:
existen teorías científicas que son mutuamente inconmensurables aunque en
apariencia se ocupen del mismo objeto. No todas las teorías rivales tienen esta
propiedad y aquellas que tienen la propiedad, sólo la tienen mientras sean
interpretadas de una forma especial, por ejemplo, sin hacer referencia a un
lenguaje de observación independiente.
Este es en grosso modo el sentido de
inconmensurabilidad entre teorías que defiende Feyerabend en su TCM. Ejemplos de
teorías inconmensurables entre sí serían el materialismo frente al dualismo
mente/cuerpo o la teoría cuántica frente a la mecánica clásica.
4. La crítica del criterio de
demarcación.
Frente al demarcacionismo, Feyerabend
trató de aproximar el conocimiento científico a otras formas del saber. La
ciencia, comenta, es mucho más semejante al mito que cualquier filosofía
científica está dispuesta a reconocer. La ciencia constituye una de las formas
de pensamiento desarrolladas por el hombre, pero no necesariamente la
mejor.
La ciencia posee un completo sistema
de creencias que son defendidos a capa y espada por los científicos adscritos a
ese paradigma. Es más, como hemos visto hasta ahora la ausencia de un método
científico es la norma (pluralismo metodológico), y en la práctica científica el
progreso acaece gracias a métodos irracionales y acientíficos (todo sirve). De
manera que la ciencia es un mito, un dogma al que un científico se aferra, es
más el dogmatismo desempeña una función importante. La ciencia sería imposible
sin él.
Por tanto como toda secta o religión,
sus acérrimos creyentes creen en su ciencia por encima de todas las cosas. No se
trata de que la ciencia sea el mejor tipo de conocimiento dotado con el mejor
método, sino que los científicos o los sectarios cientificistas creen que es el
modo más elevado de conocimiento, porque así han sido adoctrinados.
Así pues la ciencia se ha impuesto
por la fuerza y no por el convencimiento. La ciencia no sería más que una
ideología, y como tal ha de ser tratada. Así pues, si en una sociedad
democrática la separación Estado-Iglesia es un hecho, debe complementarse con la
separación entre Ciencia y Estado.
Mientras un americano puede elegir
hoy la religión que prefiera, todavía no le está permitido exigir que sus hijos
aprendan en la escuela magia en lugar de ciencia. Existe una separación entre
estado e iglesia, pero no separación entre estado y ciencia.
Otra vez más, la historia nos muestra
un exceso de racionalismo, y esta vez viene de la mano del criterio de
demarcación. En numerosas ocasiones la ciencia ha adoptado métodos,
conocimientos, etc. de saberes considerados como pseudocientíficos. Así, la
astrología sacó provecho del pitagorismo, y la medicina actual de la antigua
medicina china (acupuntura, diagnóstico por el iris, etc.).
Combinando esta observación con la
idea de que la ciencia no posee ningún método particular, llegamos a la
conclusión de que la separación de ciencia y no ciencia no sólo es artificial,
sino que va en prejuicio del avance del conocimiento.
Así acaba prácticamente el Tratado
contra el método, no sin antes lanzar una última exclamación, claro que
exagerada también para que no desentone con el resto de la obra: liberemos a la
sociedad de la sofocante custodia de una ciencia ideológicamente
petrificada.
Licenciado en
filosofía.
Becario de investigación Departamento
de de lógica y filosofía de ciencia.
Universidad de Málaga.
Apéndice
La Epistemología como Etnografía
Cognitiva 2
En la perspectiva de Feyerabend la
ciencia es concebida como un estilo cognitivo coexistente con otras formas de
comprender o pensar la realidad, que cuentan, igualmente, con originales
modalidades de corroboración y ostentan idéntico rango epistemológico que la
ciencia, porque -a su juicio- ningún estilo cognitivo posee superioridad
intrínseca sobre sus rivales; sólo se podría adjudicar una calidad superior si
arbitrariamente se opta por las pautas de evaluación de uno de ellos y, a
continuación, se aplican tales criterios a los estilos alternativos. Obviamente
el procedimiento garantizaría el triunfo del modo de conocer que se ha
privilegiado, es decir: del que avala el poder y que, no necesariamente, es
verdadero. Ciertamente esta posibilidad relatada tan esquemáticamente resulta
algo burda, no obstante en eso consiste el etnocentrismo del que la práctica
científica, según su opinión, no es ajena.
El grado de éxito o fracaso de un
estilo cognitivo sólo se puede establecer en función de sus propios parámetros y
no existe ningún metacriterio "objetivo" (externo a los estilos) que permita
evaluarlos. Lo que puede ser el éxito para un indígena que adhiere al animismo o
para un gnóstico cuya convicción de que la materia es mera apariencia y el alma
es auténtica realidad, sin duda diferirá mucho de la opinión que cifra el éxito
en el afán de conquista que puede ir desde el dominio de la naturaleza hasta el
sometimiento de sus semejantes. En palabras de Feyerabend: "La elección de un
estilo (cognitivo), de una realidad, de una forma de verdad, incluyendo
criterios de realidad y de racionalidad es la elección de un producto humano. Es
un acto social, depende de la situación histórica"(9). Al interior de la cultura
occidental la oposición de estilos se da, por ejemplo, entre ciencia, arte y
religión; frente a otras culturas se verifica entre ciencia, chamanismo o
animismo (que -de acuerdo al epistemólogo- no carecen de lógica como han
pretendido sus detractores).
Feyerabend caracteriza el estilo
cognitivo como una racionalidad especifica, históricamente identificable y
definible por sus supuestos, su noción de verdad y realidad, su concepto del
conocimiento posible, sus criterios de validación y sus mecanismos de
adquisición y procesamiento de la información. En general -cada estilo
cognitivo- tiene la pretensión de que la suya es la forma correcta de
representar la realidad y esto se transparenta en la diversidad de significados
que se puede encontrar para el uso de términos claves como "verdad" o
"realidad", cuya acepción especifica es parte de sus fundamentos subyacentes; de
manera que la idea de la verdad prevalente orienta al investigador respecto de
lo que hay que buscar por tal, e incluye los requisitos de su
comprobación.
Este enfoque, el de la etnografía
cognitiva utiliza la noción de estilo cognitivo para referirse a los métodos que
utilizan los diversos grupos humanos en el procesamiento y la organización de la
información disponible de acuerdo a sus necesidades y en correspondencia con las
acciones que debe ejecutar sobre el medio ambiente. Las preguntas que debe
resolver el etnógrafo cuando indaga sobre alguno de estos estilos son del
siguiente tenor ¿Cómo piensan los hombres de esa cultura? ¿Cómo organizan la
información que le llega bajo la forma de estimulaciones sensoriales? ¿Qué tipos
de sucesos significativos, tales como pensamientos, imágenes, huellas mnémicas,
llegan a elaborar? En la medida que los sujetos de una cultura comparten
experiencias y educación, sus interpretaciones y elaboraciones mentales son
similares y tienden a desarrollar estructuras cognitivas semejantes; una
estructura cognitiva bien afiatada recibe la denominación de
paradigma 3.
Notas
1.- Paul Feyerabend (1924-1994) nació
en Viena, en su juventud estudió teatro e historia, luego retoma su interés por
las ciencias naturales y realiza estudios de Física y Astronomía, doctorándose,
finalmente, en Física. En escritos de corte autobiográfico el epistemólogo
rememora que ya en su temprana época de estudiante de ciencias la filosofía tuvo
un lugar entre sus preocupaciones, aunque en competencia con otras que atraían
su juvenil interés quizás con mayor preferencia: "En la Viena de 1947 los
estudiantes de ciencias se interesaban por las ciencias naturales y las chicas,
el positivismo y las chicas, la religión, la política y las chicas. Solíamos
asistir a clases de filosofía, nos aburríamos y pronto nos expulsaron porque
planteábamos preguntas y hacíamos observaciones sarcásticas. Pero no desistimos
y pronto formamos nuestro propio grupo de trabajos filosóficos con Víctor Kraft
a la cabeza".
A Víctor Kraft le atribuye una gran
influencia en su pensamiento ulterior, aunque también admite deuda intelectual
con una amplia variedad de personajes asociados a tendencias filosóficas
disímiles, entre ellos figuran Hugo Dingles, Körner, Bohm y Watkins, a
Hollitscher le agradece haber inducido su conversión de "positivista cabezota a
realista algo menos cabezota". En EEUU se vinculó al circulo de Freige donde
colaboraban Hempel, Nagel y Puntman, entre otras figuras. Estudió seriamente a
Wittgenstein y mantuvo encuentros con Elizabeth Anscombe quien lo orientó en
esas lecturas. Cultivó una fructífera camaradería no exenta de crítica y debate
con Imre Lakatos y discutió asiduamente con Thomas Khun. De su periodo formativo
comenta lacónicamente: "A veces creía que tenia ideas propias; alguna vez todos
somos víctimas de tales ilusiones".
Reivindica también otras influencias
más distantes en el tiempo pero igualmente poderosas, que arrojan luz respecto
de su accidentado derrotero epistemológico: "He aprendido de Kierkegaard que
elaboró excelentes argumentos contra cualquier filosofía de resultados y contra
cualquier forma de racionalismo basada en el progreso en el campo de los
resultados. He aprendido de Helmholtz, Maxwell, Boltzman y Mach, que hace ya
tiempo pusieron en claro que el cambio científico puede derribar cualquier pauta
aunque sea ‘racional’ sin tener que terminar en el caos. He aprendido de
Aristóteles que las fantasías abstractas cuentan poco cuando se las compara con
los elementos de las formas de vida de donde surgieron. Estos y muchos
escritores han sido mis maestros".
A comienzos de la década del 50 viaja
a Inglaterra para estudiar Filosofía de la Ciencia en la London School of
Economics donde enseñaba Karl Popper (1902-1994), a quién había conocido en
1947, en Viena. Asistió regularmente al seminario que este dirigía y dados los
requisitos de su condición de becario le correspondió colaborar cercanamente con
Popper y en ocasiones visitaba su residencia. Del estilo pedagógico de Popper
recuerda: "cuando un estudiante nuevo, alentado por el caos aparente, se atrevía
a abrir la boca, inmediatamente se le hacia ver con toda claridad que no estaba
en condiciones ni de entender el pensamiento más sencillo. Se solía proseguir
con este tratamiento durante semanas hasta que un buen día, si es que el
estudiante todavía seguía yendo al seminario y atreviéndose a abrir la boca,
Popper, con acento de curiosidad, decía: ‘Esta es una idea muy interesante’, y
entonces le dedicaba un buen rato, a veces incluso hasta una hora, a sacar a la
luz las ideas profundas contenidas en algo que muchas veces no era más que una
observación casual".
A fines del año 1953 Popper le
ofreció convertirse en su ayudante, privilegio que Feyerabend declinó porque
-según dice- quería mantener su independencia de pensamiento, no obstante admite
que un par de años más tarde, obtuvo el puesto de Profesor de Teoría de la
Ciencia en la Universidad de Bristol gracias a los buenos oficios de Popper y
Schrödinger. Consta que hasta comienzo de los años setenta Feyerabend se mantuvo
intelectualmente cercano a Popper y a la escuela racionalista crítica e incluso
fue uno de sus fervientes impulsores. Por esa época su amigo y colega Imre
Lakatos deja constancia del giro epistemológico: "Feyerabend quien probablemente
contribuyó más que nadie a la difusión de las ideas de Popper, parece que ahora
se ha pasado al bando enemigo". Lakatos (1922-1974) opina que el tránsito del
Feyerabend racionalista al Feyerabend anarquista se originó a partir de una
lectura exigente y radical de la lógica científica propuesta por Popper,
acentuando los elementos escépticos que se deslizan en ella o que se pueden
derivar de ella. No obstante se debe tener presente que la Epistemología de
Feyerabend igualmente recoge importantes elementos provenientes del razonamiento
socio-histórico que sobre la ciencia ha desarrollado Thomas Khun (1922-1996),
por tanto no es exagerado sostener que, complementariamente a la raíz
Popperiana, el pensamiento de Feyerabend se constituye en una continuación
rigurosa de esta otra vertiente, de la cual extrae sus consecuencias extremas
que coteja constantemente con las posiciones racionalistas.
Su carrera académica la continuó en
la Universidad de California, en Berkeley, donde se desempeñó como Profesor de
filosofía de la ciencia y al mismo tiempo estuvo a cargo de una cátedra similar
en la Universidad de Zurich; a fines de la década de los años 70 emigra a Italia
y se retira de la actividad docente a causa de una enfermedad, pero sin restarse
del debate continúa su trabajo intelectual produciendo artículos y libros.
Fallece el mismo año del desaparecimiento de Popper a la edad de 70
años..
2.- Ulises Toledo N., Doctor (c) en
Filosofía. Profesor Universidad San Sebastián. Concepción.
3.- La cultura es una forma de vida
fundada en diseños ideacionales, representaciones colectivas y sistemas de
lenguaje y significados compartidos, desarrollados en relación con los estilos y
paradigmas cognitivos. Por lo tanto una cultura dada tiende a consolidar la
validez de sus estilos y paradigma al tiempo que estos tienden a ratificar y
legitimar su cultura. En síntesis: estilos y paradigma constituyen la dimensión
cognitiva de la cultura. Sin embargo, la cultura como forma de vida, es más
amplia que la dimensión cognitiva y abarca instituciones, ritos, normas de
conducta individual y colectiva, de relaciones interpersonales, de intercambios
de mercancías, de técnicas diversas.
Editor: Adolfo Vásquez Rocca | Revista Observaciones Filosóficas © 2005 DanoEX