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NEGOCIACIÓN, CULPA Y CRUELDAD; DE NIETZSCHE A FREUD archivo del portal de recursos
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ABSTRACT
Se
investigarán los fundamentos y alcances de la afirmación de Freud acerca de la
primacía del impulso de muerte, del impulso thanático o autodestructivo, sobre
las demás pulsiones. Por otra parte se mostrará como tanto en Freud como en
Nietzsche existe una teoría de la culpabilidad que les es común. Dichas teorías
tienen un punto de convergencia en torno al cual se articulará este texto: la
relación entre culpa y deuda, y entre ellos, un tercer término que parece
permear toda la lógica de un particular ejercicio de la justicia: La
crueldad.
I
Freud: teoría de las pulsiones.
Las
miras de un impulso consisten en ser descargado, lo que suele producir placer.
Sin embargo, el impulso sólo está relacionado indirectamente con el placer. En
esas circunstancias, el estímulo principal es la descarga misma, la disolución
del impulso, es decir su muerte. Estos instintos de muerte o impulsos
destructivos parecen estar en oposición con la tendencia de la líbido a buscar
el placer. En su obra, “Más allá del principio del placer”, Freud se pregunta si
el impulso hacia la muerte, autodestructivo, no es acaso el principio
fundamental de todos los demás impulsos y al tender todos hacia la muerte, uno
puede formular la siguiente paradoja:
La vida sólo es una demora de la
muerte. Según Freud, la dinámica de la personalidad resulta del antagonismo
entre el impulso hacia la vida y el impulso hacia la muerte:
¿Qué
representa para Freud la pulsión de la muerte?
Representa la tendencia
irreductible de todo ser vivo a retornar al estado inorgánico. Si admitimos que
el ser vivo vino después del no vivo, y que surgió de el la pulsión de muerte
está perfectamente de acuerdo con la fórmula según la cual una pulsión tiende al
retorno a un estado anterior. Según esta perspectiva “todo ser vivo muere
necesariamente por causas internas”.
La pulsión de agresión.
Los
años de la guerra fueron relativamente improductivos y hubo que esperar hasta
1919-1920 para la redacción de Más alla del principio del placer, en la cual y
por primera vez Freud arriesgó la hipótesis de una pulsión de muerte.
Más
adelante la pulsión de muerte sería designada asimismo con el nombre de Tánatos,
en oposición al “divino Eros”, que representaba a la pulsión de la vida” Excepto
en conversaciones privadas, Freud utilizaba indistintamente los términos de
pulsión de muerte o de pulsión de destrucción; pero en una discusión con
Einstein a propósito de la guerra, establecería una distinción entre ambos. La
pulsión de muerte estaría dirigida contra sí mismo, mientras que la segunda,
derivada de aquélla, estaría dirigida contra el mundo exterior. En 1909 Stekel
había ya utilizado el término de Tánatos para designar un anhelo de muerte, pero
le había de corresponder a Paul Federn la difusión del término en su acepción
presente.”
Es interesante observar que Freud, aun cuando estaba bien impuesto
ya desde el comienzo sobre los aspectos salvajes de la naturaleza humana y sus
impulsos mortíferos, no hubiese reflexionado de cerca antes de 1915 sobre su
aspecto nosológico. Ciertas resistencias relacionadas con su ruptura con Adler
debieron precisamente desempeñar algún papel en eso. Es bien sabido que Adler
postulaba ya desde 1908 la existencia de una pulsión agresiva primaria. Y sin
embargo, según observa Ernest Jones, la concepción de Adler es más sociológica
que psicológica, pues la entendía como una lucha por el poder y con el fin de
garantizarle la superioridad. La concepción freudiana, en cambio, bordea tanto
la biología como la química o la física.
Y por otra parte el propio Freud
reconocía sin problemas que desde siempre había sentido personalmente una cierta
repulsión a aceptar la idea de una pulsión destructora independiente. En El
malestar en la cultura escribió: “No puedo comprender cómo pudimos pasar de
largo ante la universidad de la agresión no erótica y la destrucción, y de qué
modo pudimos omitir concederle la significación a la que tiene pleno derecho en
nuestra interpretación de la vida” Y añade: “Recuerdo mi propia actitud
defensiva, cuando la idea de una pulsión de destrucción apareció por primera vez
en la literatura psicoanalítica, y el tiempo que me fue necesario para que esa
idea se hiciese accesible para mi.”
El concepto de culpa.
¿Qué es
esa cosa oscura que llamamos culpa? ¿Cuál es su origen y su modo de
operar?
Tanto Freud como Nietzsche se han ocupado de la genealogía de
este concepto; cada uno, desde ámbitos distintos, es verdad, pero señalando
elementos que en forma sorprendente confluyen.
La culpa, ese concepto que
podemos situar tanto en los procesos de justicia entre las comunidades como en
el ámbito de lo psíquico, está en estrecha relación con el concepto de deuda.
Relación que supone un tercer elemento, el cual ha tratado de ser expulsado del
territorio de las leyes, éste es el de la crueldad. Esta premisa será ilustrada
a continuación desde los autores citados anteriormente.
II
En
el texto "La Genealogía de la Moral", Nietzsche propone que el concepto de culpa
procede del concepto "tener deuda". Para explicar dicha proposición, él hace un
recorrido por el desarrollo del sentimiento de justicia en la humanidad.
Recorrido en el que ilustra el tratamiento que la sociedad ha hecho sobre aquel
que infringe la ley.
En principio quien había causado un perjuicio
merecía una pena, un castigo. La severidad de esta pena estaba determinada, por
el grado de cólera que padecía el afectado. Era la cólera, y no la gravedad del
perjuicio, la que determinaba la medida de la sanción. Vemos así que la sanción
era una forma de venganza en la cual no había otra regulación que el monto de
afecto causado. Esta lógica estaba entonces regulada por el capricho entendido
como lo incierto, lo no regulado, lo impredecible.
Esta concepción en el
ejercicio de la justicia se ve sustituida por la búsqueda de una equivalencia
entre perjuicio y castigo. La medida del castigo estaba determinada entonces por
la gravedad del perjuicio. Se nota en este desarrollo del ejercicio de la
justicia, un intento en la humanidad por poner un tercer término que eliminara
el afecto como determinador de la sanción. Lo llamativo de esta equivalencia es
que el castigo puede ser el dolor físico del culpable y no precisamente la
restitución del daño con bienes materiales. El dolor se ofrece como
compensación, como algo que se entrega para pagar o restituir un daño
causado.
Posteriormente se trató de cobrar el perjuicio, ya no con el
dolor, sino con la privación de la libertad, eliminando la posibilidad de
involucrar el cuerpo en el ejercicio de la justicia. Se observa entonces un
esfuerzo en la humanidad por regular algo que circula y que está con relación al
dolor del otro.
En términos generales, se puede observar que en la base
de la justicia opera la idea de intercambiar una cosa por otra, aunque la
naturaleza de los objetos no sea la misma. Es este tipo de intercambio lo que le
hace afirmar a Nietzsche que el origen de la justicia se funda en la relación
entre acreedor y deudor. Esta forma de relación consiste en que alguien da un
bien a otro, quien debe pagar por ese bien recibido. Este deber supone una
promesa, un pacto de restitución entre ambos.
En el marco de esta
relación planteada por Nietzsche, el culpable es un deudor que no restituye la
deuda, que no reembolsa los préstamos, es por tanto un violador de tratados, y
un promotor de rupturas. Es alguien que no paga sus derechos aunque goce de
ellos, razón por la cual se le considera fuera de la ley y merecedor de
castigos. Frases populares como "el que nada debe, nada teme" o "tiene que pagar
la falta", parecen provenir de esta lógica.
Si se aplica este
razonamiento a esa forma primitiva de ejercer la justicia, en la cual el
culpable debe pagar con dolor, nos podemos preguntar: ¿cómo puede el dolor del
culpable tener el poder de restituir un daño? ¿Cómo es que el dolor del otro se
constituye en una compensación para el acreedor? Al respecto Nietzsche
anota:
"En la medida en que hacer - sufrir produce bienestar en sumo
grado, en la medida en que el perjudicado cambiaba el daño, así como el
displacer que éste le producía, por un extraordinario contra - goce: el hacer
sufrir,..." (1)
El acreedor, perjudicado porque no obtuvo pago sobre algo
que entregó, cambia su displacer por un contra - goce. Esta transacción es
posible porque el mayor bienestar que puede obtener un ser humano se deriva del
ejercicio de la crueldad, como lo afirma Nietzsche:
"La crueldad
constituye en alto grado la gran alegría festiva de la humanidad más antigua, e
incluso se halla añadida como ingrediente a casi todas sus
alegrías;..". (2)
"Ver sufrir produce bienestar; hacer sufrir, más
bienestar todavía - ésta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso,
humano - demasiado humano, que, por lo demás, acaso suscribirían ya los monos;
pues se cuenta que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran
medida al hombre y, por así decirlo, lo "preludian". Sin crueldad no hay fiesta:
así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre - !y también en
la pena hay muchos elementos festivos!" (3)
Nos encontramos desde en esta
forma de ejercer la justicia, que el culpable es un deudor que ha violado un
tratado y que debe restituir el daño causado con su propio dolor, compensación
de un perjuicio que se explica por el goce que esto le provee al acreedor. Pero
¿Cuál es la relación con la crueldad que establece el deudor? Dejemos esta
pregunta en suspenso.
III
Ahora pasemos a los desarrollos que
Freud hace sobre la culpa. Para este autor un individuo es culpable en tanto
esté preso de un afecto, el cual es una "variedad tópica de la angustia"
(4).
Este afecto es llamado en principio "Conciencia de Culpa" y posteriormente
"Sentimiento de Culpa", el cual se activa gracias a un juicio que en principio
proviene de los progenitores y posteriormente de una instancia psíquica que hace
las veces de juez.
La conciencia de culpa, a juicio de Freud, es más que
todo una "angustia social" (5), una angustia frente a la pérdida de amor, la cual
emerge en un individuo cuando éste es sorprendido realizando un acto prohibido
por los progenitores. Desde esta lógica sólo es culpable quien es descubierto en
el acto.
Pero ¿qué es lo que activa esa modalidad de la culpa? Los
progenitores le exigen al pequeño una transacción: recibirá el amor de ellos a
cambio de que renuncie a la satisfacción pulsional. El individuo en consecuencia
se debate entre dos bienes: el amor y la satisfacción de la pulsión. Tener uno
implica renunciar al otro. Es así como se le exige al sujeto pagar con la
renuncia a la satisfacción pulsional, para obtener a cambio el amor del otro. La
culpa, en este contexto, es el dolor psíquico que se impone el individuo por
haber traicionado al otro y por poner en riesgo su amor. Es así como en este
primer tiempo culpa, amor y pulsión se encuentran en estrecha
relación.
En un segundo momento este afecto adquiere otra nominación:
Sentimiento de culpa, el cual a juicio de Freud es "el problema mas importante
del desarrollo cultural,...el precio del progreso cultural debe pagarse con el
déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de
culpa" (6)
Este afecto, que le resta dicha al sujeto, es el resultado de
la tensión entre el yo y una instancia psíquica que hace las veces de autoridad:
el superyo. Esto supone que el sentimiento de culpa es el resultado del
sepultamiento del Edipo, lo que lo hace particular y lo relaciona con nuevos
elementos, como lo podremos observar más adelante.
Si en un principio la
culpa era la expresión de un conflicto entre la satisfacción pulsional y el amor
del otro, ahora es el resultado del conflicto entre la satisfacción pulsional y
el amor del superyo. Para que el yo obtenga el beneplácito de esta instancia
psíquica debe igualmente renunciar y acogerse a un pacto, exigencia que ya no
proviene de un agente externo sino de una figura psíquica.
Esta exigencia
superyoica de renunciar a las pulsiones para recibir a cambio el amor de esta
instancia, tiene en su fundamento dos imperativos que adquieren carácter de
pacto. El primero le dicta al sujeto la sentencia: "Así como el padre debes
ser". Y el segundo dice: "Así como el padre no te es lícito ser, esto es, no
puedes hacer todo lo que él hace, muchas cosas le están reservadas" (7)
El
primer dictado le exige al sujeto convertir al padre en un ideal, y en
consecuencias tenerlo como modelo para la constitución del ser. Es un pacto en
el cual el sujeto podrá ser como el padre, gozar de sus derechos, si renuncia a
su deseo de eliminarlo. Deseo que se haya instituido en el Complejo de Edipo
cuando el padre hace de obstáculo para la satisfacción de los deseos
incestuosos. Ese pacto implica entonces, un tener derecho a gozar de privilegios
a cambio de una renuncia pulsional. Si el individuo no quiere pagar ese costo,
si en este punto se instituye en deudor y violador de tratados, vendrá en
consecuencia la furia del superyo y su derivado, el sentimiento de culpa. Este
sentimiento de culpa, asociado al incumplimiento de los ideales, será
consciente, es decir, estará acompañado de representación - palabra. Al respecto
Freud afirma:
"El sentimiento de culpa normal, consciente, no ofrece
dificultad a la interpretación; descansa en la tensión entre el yo y el ideal
del yo. Es la condena del yo por su instancia crítica. Quizás no diverja mucho
de el notorio sentimiento de inferioridad de los neuróticos" (8)
La
segunda sentencia, la cual dicta un: "Así como el padre no te es lícito ser,
esto es, no puedes hacer todo lo que él hace, muchas cosas le están
reservadas" (9). Y bien, ¿qué le están reservados al padre? La respuesta se
orienta a la madre en tanto objeto del deseo del padre. Esta prohibición le dice
al individuo: Serás como tu padre a cambio de que renuncies a tu madre. Relación
de intercambio, relación entre un acreedor que tiene el objeto del deseo y un
sujeto que debe pagar su derecho a gozar como su padre renunciando al incesto.
Esta es una ley que obliga a pasar el goce por la aceptación de una ley, de un
tratado El acreedor pide a cambio de los derechos que otorga, una renuncia, con
lo cual instaura un pacto con el otro, una ley que prohíbe pero que igual da
derecho a gozar.
Pero ¿cuál es el destino de los deseos incestuosos a los
cuales se renuncia? Al respecto Freud afirma que el complejo de Edipo, el cual
pone en escena los deseos incestuosos, no se elimina, no se disuelve, sino que
se sepulta. Y si tomamos esta palabra en su literalidad, podemos decir que de él
quedan restos que permanecen guardados en el inconsciente. Cuando estos restos
retornan emerge un sentimiento de culpa que pone de manifiesto su existencia;
culpa que no tendrá representación palabra que le acompañe manifestándose en la
clínica como "reacción terapéutica negativa". Al respecto Freud
afirma:
"No es fácil para el analista luchar contra el obstáculo del
sentimiento inconsciente de culpa. De manera directa no se puede hacer nada; e
indirectamente, nada más que poner poco a poco en descubierto sus fundamentos
reprimidos inconscientes, con lo cual va mudándose en un sentimiento consciente
de culpa. Un particular chance de influir sobre él se tiene cuando ese
sentimiento icc de culpa es prestado, vale decir, el resultado de la
identificación con otra persona que antaño fue objeto de una investidura
erótica. Esa asunción del sentimiento de culpa es a menudo el único resto,
difícil de reconocer, del vínculo amoroso resignado". (10)
Lo anterior
indica que el sujeto estará siempre en deuda con el padre, porque nunca
renunciará completamente a los deseos incestuosos que lo ligan al objeto
prohibido. Habrá siempre en él un empuje a violar ese tratado fundamental y esto
lo hará siempre culpable.
Como puede observarse, existe una analogía
entre la proposición de Nietzsche y Freud relativa a la relación entre la culpa
y la deuda. En Freud nos encontramos con un individuo que debe pagar su derecho
al amor y su derecho al goce acogiéndose a una ley que le exige la renuncia a
las pulsiones, tratado que al ser violado pone en escena la culpa como el dolor
moral que se debe pagar por dicha transgresión.
Pero ¿por qué el
individuo debe pagar con un dolor psíquico el no estar a la altura de los
ideales y el retorno de los deseos incestuosos?
En Nietzsche el dolor que
debía padecer el culpable se constituye en una compensación para el acreedor
quien ha sufrido un perjuicio; compensación porque la crueldad se constituye en
la gran alegría de la humanidad, por tanto en el supremo bien al cual todos
quieren acceder, aunque sea a nombre de la justicia.
En Freud esta
propuesta tiene igualmente su lugar. En este juicio psíquico nos encontramos
también con un extraño bienestar en el hacer sufrir, satisfacción pulsional en
aquel que hace las veces de juez. Al respecto Freud anota:
"De acuerdo
con nuestra concepción del sadismo, diríamos que el componente destructivo se ha
depositado en el superyo y se ha vuelto hacia el yo. Lo que ahora gobierna al
superyo es como un cultivo de la pulsión de muerte, que a menudo logra
efectivamente empujar al yo a la muerte" (11)
Esta exigencia superyoica de
renunciar a las pulsiones, de pagar un derecho con un deber, no está desprovista
de crueldad. Este juicio también esta al servicio de la pulsión cuando el
superyo encuentra compensación en el dolor moral del yo.
Es así como la
ganancia psíquica del sentimiento de culpa se tramita en términos pulsionales. A
nombre de la ley se ejerce un "derecho a la crueldad", como diría
Nietzsche.
Con relación a la pregunta que se había dejado planteada sobre
la relación posible entre el deudor con la crueldad, desde el psicoanálisis se
podría afirmar que en el hecho de recibir castigo puede haber también una suerte
de goce, pero a modo masoquista. A nivel psíquico el yo deviene masoquista
frente a un superyo sádico.
Para terminar se podría afirmar que existe
una forma primitiva de ejercer la justicia, la cual se evidencia tanto en el
terrenos de lo psíquico como en el de las relaciones entre los semejantes, en la
cual hay una gran dosis de crueldad; la cual es, como lo afirma Nietzsche "la
gran alegría festiva de la
humanidad" (12)
Notas y
Referencias.
1 NIETZSCHE, Friedrich. La genealogía de la Moral. P.p
75
2 Ibid. P.p 75
3 Ibid. P.p 76
4 FREUD, Sigmund. El Malestar en la
Cultura> Obras completas. Tomo XXI. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1979.
P.p 131
5 Ibid. P.p 121
6 Ibid. P.p 130
7 FREUD. Sigmund. El Yo y el
Ello Obras completas. Tomo XIX. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1979. P.p
36
8 Ibid, p.p 51
9 Ibid. P.p 36
10 Ibid. Pag. 51
11 Ibid. P.p
53
12 Op. Cit. La Genealogía de la Moral. P.p 75