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VIOLENCIA
Y PAREJA archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Elina Aguiar
La violencia está entre nosotros, y desde hace mucho tiempo. Lentamente
vamos pensando sobre los mitos y los prejuicios que la ocultan. La violencia
está inserta en nuestras instituciones, en nuestra historia, en nuestro contexto
sociocultural... y en la cotidianeidad conyugal y familiar.
Para abordar pareja y violencia, lo haré entonces desde un
eje diacrónico abarcando el pasado -y la violencia transmitida por los
antepasados- , el presente y proyectos futuros, y un eje sincrónico en
el que abarcaré los tres espacios psíquicos: la violencia proveniente del
espacio intrasubjetivo, el intersubjetivo o relacional, y el proveniente del
contexto sociocultural transubjetivo. ¿Cómo interjuegan estos tres espacios
psíquicos con su temporalidad al analizar la violencia de la pareja conyugal?.
Creo necesario acá diferenciar agresión de
violencia. La agresión da cuenta de la capacidad humana para oponer
resistencia a las influencias del medio. Según sea el objeto puede tratarse
de una autoagresión o de una heteroagresión, siempre existe una direccionalidad
y una intencionalidad: la de provocar un daño. El ser humano no reacciona frente
a estímulos, sino frente a la interpretación que hace de ellos. O sea,
según lo que cada estímulo significa para él, puede reaccionar agresivamente o
no.
Antes se adjudicaba el origen de la
agresión a impulsos pero el ser humano construye su realidad, la interpreta y
reacciona agresivamente si percibe al otro, a los otros del vínculo como
amenazantes.
Violencia, en cambio, se
describe en el diccionario como "obligar a alguien utilizando la fuerza y otros
medios a que haga algo en contra de su voluntad". Y también "interpretar el
significado de un texto de un modo falso o arbitrario para darle el sentido que
se pretende". Un sinónimo en este sentido de forzar, forzamiento. Es suprimir la
posibilidad de elegir.
En la violencia como
señala Puget, la opción de decisión es anulada, se manipula al otro para anular
su posibilidad de pensar, creándole un agujero mental. La persona
violentada se aliena; si la violencia es permanente vive en estado de amenaza,
deja de desear. Violencia remite a violación, con todo su sentido metafórico:
provocar un agujero en un espacio que no lo tiene o utilizar los preexistentes
para doblegar y quitarle a la otra persona su opción de dejar entrar o prohibir
entrar. Es la opción de decisión que la violencia y el violador quitan al
violentado.
Narcisismo y violencia
Ya en referencia a los
vínculos, Puget y Berenstein definen la violencia como "un acto vincular cuyo
objetivo es el deseo de matar, eliminar psíquicamente o físicamente a otro
sujeto, o matar el deseo en el otro, lo humano en el otro,
transformándolo en un no sujeto al privarlo de todo posible instrumento de
placer y por ende de existencia. Sólo impera el deseo de uno que se transforme
en soberano. No admite la existencia de otro" (1).
Una conclusión importante de esta
definición es que la violencia anula a un polo del vínculo. Con éste se
suponen dos polos en un intercambio que implica dos direcciones (A B y B A).
Este intercambio y la bidireccionalidad (ida y vuelta) es uno de los elementos
que confiere a las relaciones humanas su potencialidad creadora. Al mismo
tiempo, dado que A no es igual a B, esta situación es generadora de conflicto.
La violencia está signada por: el
desconocimiento del otro como sujeto en su singularidad, el intento de
anularlo es una manifestación del narcisismo.
Definimos como narcisismo la "no diferenciación yo-objeto, yo-otro".
Implica el no reconocimiento de la autonomía del otro.
Quiero referirme a situaciones prototípicas de lo
que he dicho anteriormente: una es la violencia de género. Otra es la violencia
de las instituciones educativas, religiosas, de "seguridad", jurídicas, etc.
Por último la violencia social -
de la cual la historia, la memoria y el presente nos brindan ejemplos claros -
que justifica la tortura, la matanza, el exilio, el hambre, la desocupación y el
genocidio que condena a la marginación y a la exclusión a vastos sectores en
nombre de un supuesto bien superior.
Pareja y vida cotidiana
Vida cotidiana
es un concepto con el que nos aproximamos a lo inmediato, lo vivenciado, a lo
que por obvio nos resulta siempre fácilmente accesible. Se trata de costumbres,
de nuestras prácticas, de nuestras representaciones acerca de lo que sucede. La
vida cotidiana es esencialmente plural y contradictoria, las personas registran
las experiencias de diferente manera según los géneros, el lugar social, las
generaciones, etc. Lo cotidiano es denso y opaco en el sentido de que es una
condensación de lo tradicional, lo nuevo, los valores, los temores, los
prejuicios, etc. (2).
La
vida cotidiana abarca el espacio público y el privado. Transita entre ellos.
Sobre ella recae el impacto de las violencias y transformaciones de lo público.
La vida cotidiana refleja esos cambios, esas violencias. Es el lugar donde se
experimenta la dimensión pública, donde se reproduce. Sobre ella recaen las
violencias de los otros espacios.
Pareja y
vida cotidiana constituyen una dupla inseparable. En nuestra cultura, lo
cotidiano, lo de cada día, es uno de los parámetros que definen a la vida de
pareja, así como lo son las relaciones sexuales, el proyecto en común y en esta
cultura, la tendencia monogámica. (3)
Cotidiano se refiere entonces a lo habitual, lo de
todos los días, pudiendo revestirse de amor y entonces servir de marco estable y
reasegurador o revestirse de odio, tedio malestar y transformarse en fuente
desestabilizadora donde prevalece el sufrimiento y la vivencia de encierro.
Muchos son los factores que pueden alterar la balanza de amor en odio. Cuanto
más estables sean ciertos vínculos como lo son la familia, la pareja y las
instituciones, pareciera que el más mínimo estímulo puede hacer operar el
cambio, pero su comprensión requiere de un análisis multifacético y profundo.
Representaciones
socioculturales
Para poder aproximarnos al estudio de
la pareja como entorno cotidiano real, es necesario tener presentes las
representaciones socioculturales y las nociones míticas que nos han
transmitido y que hemos aprendido, donde la pareja y la familia
aparecen como lugar ideal de realización afectiva, comprensión, seguridad,
sostén y amparo. Sin embargo las estadísticas muestran a la pareja y a la
familia por sus características de porosidad, permeabilidad, intimidad,
privacidad y creciente aislamiento, como una estructura vincular que tiende a
ser conflictiva y núcleo de violencia potencial (el 50% de las familias sufre
alguna forma de violencia considerable). (4)
La violencia de la pareja se extiende a los hijos cuando los
niños son testigos, lo que constituye maltrato infantil y potencial reproductor
de violencia.
La mujer víctima de violencia
física o psíquica por parte de su cónyuge es uno de los casos más frecuentes de
violencia doméstica. En el vínculo asimétrico violento es generalmente la mujer
la que es violentada. Y es ella la que siente culpa y vergüenza por haber sido
violentada, la que calla así como callan su cónyuge y el entorno, lo que
dificulta el pedido de ayuda.
La violencia
en el vínculo de la pareja, la mayoría de las veces es una reproducción del
contexto violento de las familias de origen de cada uno, moldeados por los
arquetipos de género transmitidos.
La
violencia en el vínculo conyugal se apoya en el contexto sociocultural definido
con las características de una sociedad patriarcal, dentro de la cual
el poder del hombre sobre la mujer, de los progenitores hacia sus hijos, es el
eje central que constituye un sistema de creencias. Concepciones acerca del
poder vertical y la obediencia atraviesan también las instituciones.
Desde el discurso del poder también hoy se intenta justificar la violencia (el
despojo del trabajo, por ejemplo), por un supuesto "bien" superior que va más
allá de una vida digna de las personas. Observamos cotidianamente la
legitimación "institucional de la violencia" con su consecuente impunidad.
Un aspecto importante que mencionaré
solamente es la "victimización secundaria": mecanismo mediante el cual
quienes están sometidos a la violencia vuelven a ser victimizados cuando
recurren a quienes debieron protegerlos (contexto familiar ampliado,
instituciones policiales, médicas, educativas, laborales, etc.) y restaurar la
ley quebrada, estas instituciones se hacen cómplices del sistema, no les toman
la denuncia, minimizan el daño sufrido, etc. Esta acusación a la víctima es un
resabio del "algo habrá hecho", "por algo será" de la última dictadura y desde
el genocidio fundacional.
Resumiendo: la violencia conyugal en sus múltiples manifestaciones
siempre es una forma de ejercicio del poder, es un abuso de poder, mediante el
empleo de la fuerza (física, psicológica, política, económica) e implica una
asimetría, un "arriba" y un "abajo" reales o simbólicos que adoptan
habitualmente la forma de polos complementarios (maestro - alumno, patrón -
empleado, médico - paciente, hombre - mujer, etc.).
Una de las formas de violencia es la vigencia de la doble
moral sexual. Por ello al abocarnos al análisis de la violencia conyugal es
importante desentrañar cada vez los siguientes contenido ideológicos que se
reproducen en el seno de la pareja y en el discurso científico: discriminación,
subordinación, sometimiento y silenciamiento de la violencia hacia la mujer. En
el espacio público y en el privado, en la vida cotidiana de las parejas se
despliegan múltiples formas de opresión y marginación para las mujeres, que
marcan a través de las generaciones la constitución de la subjetividad femenina.
Es así que la cotidianeidad de la pareja conocida y esperable, suele no ser
cuestionada, como si correspondiera al ámbito de lo "natural". Muchas veces se
trata de la "naturalización" de violencias invisibles hacia la mujer. (5) Con esta "naturalización" de la violencia se interiorizan las
relaciones de dominación, forman parte del bagaje identificatorio de cada
persona y se transmiten de generación en generación.
Otra violencia que se ejerce sutilmente sobre la pareja y
sobre la comunidad, es la "violencia simbólica", que desde los lugares de poder
le otorga un sentido a los hechos de acuerdo a sus propios intereses.
Cuando se ejerce violencia simbólica sobre
alguien, a esta persona le es difícil cuestionar la autoridad o los contenidos
que esa autoridad transmite.
Postulaciones teóricas acerca de la pareja
Dos de los pilares sobre los cuales se
asienta la pareja humana son el dolor de la mortalidad y la
indefensión del ser humano cuando nace.
Por su parte, la indefensión inaugural del ser humano lo marca a fuego y
para siempre con la dependencia de los vínculos. La presencia del otro será
entonces condición ideal que devendrá en idealizada. Su ausencia llevará el
dolor de la soledad.
La pareja, hoy y en
nuestra cultura, se constituye sobre un hecho inaugural que es el enamoramiento.
Ya en 1914 Freud destacó la relación entre
enamoramiento y narcisismo. Según él "amamos al objeto a causa de las
perfecciones a que hemos aspirado para nuestro propio yo y que procuramos por
este rodeo, para satisfacción de nuestro narcisismo".
Es decir, que la elección de objeto amoroso va a estar
señalada por la idealización. Y éste es un mecanismo que también
conlleva un potencial de violencia, dado que todo lo idealizado corre el riesgo
inevitable de des-idealizarse, de des-ilusionar. Solemos oír frecuentemente la
queja "me equivoqué", o su versión persecutoria "me engañó", "no era lo que yo
pensaba", o "cambió", que aluden a esta situación de ilusión-desilución y su
procesamiento que siempre va a implicar una dosis fuerte de frustración,
potencial de violencia.
Reproche y violencia
El reproche es
una de las formas más comunes de violencia cotidiana en la pareja, que se
emparenta con esta temática del otro doble o como espejo.
Sabemos que el enamoramiento es un sentimiento fugaz y
efímero. En el mejor de los casos, se dará un pasaje gradual al amor, un
sentimiento más complejo y permanente que reconoce lo diferente del otro. Pero
en muchos casos, no se podrá realizar este pasaje y se producirán intentos de
volver al estado inicial. Una de las formas -fallidas por excelencia- de este
intento es el reproche.
Quiero dedicar un
espacio al reproche porque es probablemente la forma más frecuente de la
violencia conyugal. Constituye la psicopatología de la vida cotidiana de la
pareja y todos, en mayor o menor grado, reprochamos y somos reprochados.
Consiste en exigirle al otro que sea como
uno quiere, que dé lo que no puede dar, que se comporte como no puede o
no quiere comportarse. Tiene una cualidad rígida, repetitiva y estereotipada. Es
un mecanismo violento -aunque no requiera de agresión explícita- porque
desconoce al otro tal cual es y le sobreimpone cómo "debería ser". Intenta
transformar al otro según un modelo. Tiene un estilo que fija al cónyuge en un
estado determinado, ya que maneja categorías de "siempre" y "nunca". Es
acusatorio. Es habitual en la pareja y esto es lógico: si cuesta tanto
renunciar al enamoramiento, en determinado momento va a haber una queja por esta
situación y se acusará al otro por el estado de cosas. Es como si le dijera al
objeto de amor: "no sos como te soñé".
El sujeto hace al cónyuge responsable de algún malestar, dolor o
infortunio y le adjudica cierta omnipotencia en su posibilidad de reparar
todo lo que lo hace sufrir. Es una conducta basada en el mecanismo de proyección
que consiste en adjudicar a otro algo que no se tolera de sí mismo. Tiene una
cualidad expulsiva, evacuativa, de ahí deriva el alivio momentáneo que
proporciona.
En algunas parejas, la vida
entera de cada uno de sus miembros parece centrarse en el otro, pero para
reprochar. Todo se entiende en forma autorreferencial: "lo hace para molestarme,
para herirme, para provocarme". Llamamos a éstas, las parejas de los reproches
eternos, o del enamoramiento negativo... porque es una forma de estar pendiente,
tan pendiente como los enamorados pero para criticar mutuamente sus defectos,
sus faltas, en resumen, sus diferencias. Podemos decir, a partir de lo anterior,
que en este caso circula una dosis importante de violencia -a veces acompañada
de agresión física, otras veces no- porque la autonomía y singularidad del otro
quedan totalmente opacadas. Intenta, en una suerte de pensamiento delirante que
el otro ocupe rígidamente un lugar que se le asignó.
Quiero diferenciar el reproche del reclamo, porque son
distintos, responden a mecanismos diferentes y producen efectos también
diferentes. El reclamo consiste en expresar al otro lo que se quiere, se desea,
se espera. Busca una respuesta adecuada. Puede promover cambios. Muchas veces el
reclamo no se intenta o no se acepta porque va en contra de la fantasía de
adivinarse sin palabras.
La aceptación de
las diferencias de una pareja con menor nivel de violencia, no implica la idea
de la felicidad conyugal como un continuo. Por lo contrario, no poder renunciar
a la felicidad continua, es una de las fuentes de patología y violencia conyugal
(6)
El autoritarismo en la
pareja está muy emparentado con narcisismo y violencia, pero adopta una forma
particular que es la del ejercicio del poder. Eso lo diferencia, por ejemplo,
del reproche. Frente a este autoritarismo puede aparecer la queja como un
intento de contrarrestarlo, "como un modo de contraviolencia que algunas
personas ejercen (mujeres, ancianos) ante la dificultad de hallar modos
alternativos para modificar condiciones de vida opresivas". Diferencio así queja
como expresión de malestar, del reproche y del reclamo. (7).
Supuestos
vinculares de la violencia conyugal.
Podemos hacer algunos supuestos de lo que subyace a estos
vínculos cuando sobre ellos recae y se genera la violencia, según las
teorizaciones de J. Puget e I. Berenstein.
Parejas que funcionan con una complementaridad entre el deseo de ser
sostenido y de sostener. En ellos los abrazos y las caricias son frecuentemente
significadas como una función sostén (sos-tén: una relación asimétrica entre un
yo erigido en sostenedor y otro yo sostenido; sos deriva de sub, o sea posición
equivalente a debajo). Sostén entre uno que se ubica en frágil y otro
en potente.
La relación de sostén puede
desdibujarse (el sostenido sufre un desplazamiento a mantenido de su
complementario, de mantenido puede pasar a dominado) y transformarse de
"sostenedor-sostenido" a un derivado de la relación de poder "amo-esclavo".
Cuando la relación se tiñe de violencia,
llegan a transformarse los abrazos y caricias en golpes o contactos corporales
violentos. Allí la voz del otro se va degradando: de voz del sostenedor
a la del amo, apareciendo como descalificaciones, una irrupción imposible de
controlar, como los gritos, insultos, acusaciones, que penetran en la otra
persona y generan paralización y desorganización importantes en su pensamiento.
La voz golpea, el golpeador pega. Pegados el uno al otro en su necesidad de
sostén.
El que pega necesita de su víctima
para sentirse potente, para reafirmar ilusoriamente su identidad. Identidad no
cuestionada por la víctima también heredera de los estereotipos socioculturales
transmitidos y vigentes. Estas personas frágiles establecen un vínculo
ilusoriamente amparador-amparado con una total exigencia del uno hacia el otro.
Ante tal exigencia la cotidianeidad se convierte poco a poco en cercenante. La
complementariedad fracasa y surge el temor a la autonomía y abandono; la
autonomía de la otra persona es interpretada como abandono. El que controla y
daña, lo hace como manera de anular la autonomía, a la otra persona.
"Le pego porque no me comprende", aducen,
"yo no quería hacerle daño, sólo quería que me entienda". En este caso "que me
entienda" es sinónimo de que me obedezca, que no sea autónoma. Que uno se
someta, se doblegue y se subordine a proyecto y al deseo del otro. El proyecto
vital "de dos" se reduce finalmente al de uno solo (8).
En estas parejas no hay conflicto cuando se
ha transformado al otro en complemento al paralizar su capacidad de pensar. El
otro - temiendo el desamparo, el no ser nadie -, se somete. ¿Mantiene así una
ilusoria pertenencia a la conyugalidad, a su género y a los mandatos
familiares?.
Cuando este acuerdo de sostén
resulta insatisfactorio, se le puede devolver al otro la imagen de enloquecedor
y se genera un funcionamiento enloquecedor - enloquecido. Así se tejen las
certezas de que es el otro el que "provoca" la situación violenta. "Ella me
provocó, yo no quería pegarle".
La agresión
acá es un método para implementar la violencia que apunta a exterminar a aquel
que piensa por separado. Se busca hacer desaparecer las diferencias. Borrar la
diferencia lleva al enloquecimiento y a la violencia. La pareja no comenta sobre
su violencia, no reflexionan, no tratan de entender qué les pasó. La violencia
de la pareja no traspone los límites del afuera del hogar conyugal y es también
desmentida desde el universo relacional, institucional y contextual de la
pareja, o sea se intenta hacer desaparecer también todo rastro físico y mental
de la violencia. Se toma como natural y se niega la violencia doméstica contra
mujeres, niños, ancianos.
Si se trata de
relaciones familiares es notorio que salvo en casos extremos, sea factible
convivir con la violencia, como si se creyera que ciertas organizaciones
vinculares fueran indestructibles. En ellas pareciera que la ilusión de
indestructibilidad puede permitir el despliegue de violencia como si la pareja y
la familia fueran un marco que existe más allá de las personas que la componen y
tuviera una cualidad de indestructibilidad que se contrapone a la
destructibilidad de la violencia. En los vínculos familiares en la mayoría de
los casos, la violencia no rompe el vínculo y sólo lleva las actuaciones hasta
un punto más allá del cual perdería el marco estable y habitual y por tanto no
habría retorno. Incluso más, se hacen notorios esfuerzos por mantener un vínculo
productor de una situación de malestar no explicable para un observador de
afuera. En él es posible reconocer diferentes cualidades de la violencia en
función del tipo de vínculo que en ellas predomina. Esto sucede cuando se
organizan vínculos violentos es relaciones pasionales, en relaciones
enloquecedoras y en relaciones perversas, donde en todas ellas el uno potencia
al otro siendo potenciados también desde el contexto social y sus instituciones.
Transmisión y
violencia.
La violencia en la pareja muchas veces
es una repetición de los distintos tipos de violencias padecidas por sus
antepasados que vienen a re-presentarse, que se vuelven a presentar, en el
vínculo de la pareja con distintos matices, según las peculiaridades de esa
transmisión psíquica.
¿Cómo se transmite a
las generaciones, por ejemplo la violencia social padecida y cuáles son sus
posibilidades de elaboración, transformación o repetición en el presente?
En "Tótem y Tabú" (9), Freud sostiene que no es lícito suponer que ninguna generación
sea capaz de ocultar a la que le sigue sus procesos anímicos de mayor
sustantividad.
Hay en los hombres una
pulsión a transmitir (10), en ese sentido estamos "condenados
a transmitir". En cuestiones de transmisión nada se pierde. En efecto, el tiempo
psíquico de la historia se hace presente a través de las generaciones al
conformarse una cadena grupal transgeneracional. (11). Se
puede transmitir con palabras, ideas, representaciones, aquello que ha quedado
pensado y representado. Pero ¿cómo se transmite lo que quedó sin palabras? ¿lo
que fue pensado y luego dejado de lado? ¿Y lo que nunca fue consciente? ¿Qué
sucede en situaciones de violencia?.
Parto
de la hipótesis de que la transmisión de la violencia padecida y los distintos
tipos de pérdida y duelos que ella conlleva se hará bajo diferentes y a veces
ocultas formas de repetición en las generaciones nuevas, en la medida en que
conserva su carga traumática o en la medida en que no fue posible compartirla,
pensarla y metabolizarla.
La pareja es
entonces portadora de historias de violencias: social, familiar, de género,
institucional. Con antepasados testigos, actores o víctimas de distintos tipos
de violencia. Estas parejas advienen al vínculo conyugal con historias confusas,
no pensables o no pensadas que quedan como agujeros en sus memorias. Lo
mortífero aquí se presenta como repeticiones de violencias que ellos han vivido
"en el olvido", en la negación de sus antepasados. Esta violencia los hace
marginales de una historia de la cual no pueden apropiarse y se ven compelidos a
repetir y transmitir a su vez en un tiempo circular y repetitivo (12).
Para analizar la
transmisión del dolor, los ataques y las pérdidas violentas sufridas por los
antepasados, voy a señalar las dos modalidades de duelos transgeneracionales
ligados a escisiones del yo, rígidos y durables que N. Abraham y M. Torok (1985)
estudiaron como inclusiones y criptas, producto de los "fantasmas" en
el sentido psicológico.
Desde la antigüedad
los fantasmas son aquellos que han muerto pero no pueden morir y retornan. Son
las "almas en pena". Si el muerto "no descansa en paz", existe la creencia en
todas las civilizaciones, que el espíritu de los muertos puede volver entre los
vivos para inducirlos a caer en trampas trágicas. Hay fantasmas que vuelven para
perseguir a los vivos, como en el caso de los difuntos que mientras estaban
vivos sufrieron infamias o que llevaron consigo a la tumba inconfesables
secretos. Se trata de almas errantes que fueron víctimas de rechazos o de
violencias sociales y familiares, violencias inconfesables y es por ello que
estos muertos no hallan paz ni aun de muertos: aparecen como fantasmas. (Torok -
Abraham).
¿Cómo transmite la pareja de
generación en generación lo inconfesable? Lo transmite a través de los
fantasmas, pero estos fantasmas son una invención de los vivos: "expresión de la
lengua creada por el ocultamiento de una parte de la vida del antepasado". Lo
que nos persigue no son los fantasmas, sino las lagunas dejadas por los
secretos de los otros. El fantasma es un hecho psicológico que vuelve a
través de las generaciones en síntomas. Es un incosciente que nunca fue
consciente y que pasa bajo distintas formas de padres a hijos. Estos fantasmas
son objeto de perpetua resignificación. En este sentido, como el trauma, los
fantasmas necesitan ser repensados, se necesita buscarle una y otra vez los
sentidos que tuvo, que sigue teniendo, para que no se convierta en una
permanente amenaza para la integridad física y psíquica de los descendientes.
Por ejemplo las vivencias de horror no
vividas por la pareja sino por sus padres o abuelos, pero presentes en ellos
como telón de fondo desde siempre. Este horror, creo que se puede transmitir por
síntomas, donde el cuerpo y la violencia juegan un papel de repetición de aquel
pasado.
El fantasma aquí se corporiza, él
nos remite a cuerpos ultrajados, violentados, testimonio de muertos errantes
anclados en los sobrevivientes, en los descendientes. Es un muerto enterrado en
otro que continúa su trabajo corrosivo. (13).
Recalco los dos tipos de duelos que trabajan M. Torok y N.
Abraham, como productores de efectos mortíferos, que permanecen rígidos y
heredables de forma transgeneracional. Las inclusiones mortíferas son aquellas
en relación con un duelo difícil de soportar, ya sea por la edad del sujeto o
por las circunstancias familiares o sociales que impiden el trabajo del duelo
(Holocausto, Terrorismo de Estado, violencia doméstica, maltrato infantil y
abuso sexual).
Las criptas son el
resultado, una pérdida de alguien, de la imagen que se tenía de ese alguien
indispensable y que no se puede confesar a causa de un secreto. Se puede ampliar
la definición a los efectos en la descendencia de un duelo no hecho por los
antepasados, incluso en ausencia de un secreto inconfesable. Dado que ese duelo
no hecho, con el correr del tiempo se transforma en un secreto para los
descendientes, deviene una "cripta", para un conjunto social, para una pareja,
para una familia.
La violencia otras veces
es reprimida y se transmite condensada y desplazada, deformándose y
transformándose. Se trataría de una transmisión intergeneracional de la
violencia. Esto se debe al mayor acceso a la posibilidad de pensar y de pensar
con otros que pudieron conformar una representación de acontecimientos violentos
que no dejaron una brecha sin nombre. Fueron generadores de memoria y olvido.
Memoria colectiva. ¿Cómo podrá la pareja
permitir la elaboración y transmisión de las herencias negativas legadas por sus
antepasados? ¿Y cómo podrá metabolizar los elementos traumáticos sufridos en el
curso de su historia? Según Granjon (10), Kaës (11) y Enriquez (14) gracias a las capacidades
de continencia, significación e intercambio con el contexto social.
El contexto social puede servir entonces de
ordenador, de dador de sentido de aquello que ha quedado vacío de significado en
la familia. La representación de esto en el imaginario social son las leyes, los
monumentos, los dichos, las leyendas, los recordatorios y todos aquellos
testimonios del pasado que dan cuenta de la trama de una historia social tejida
con el tiempo.
La memoria colectiva puede
ser el soporte , el continente, que viene a significar lo que ha quedado vacío
en la memoria individual. Se expresa buscando causalidades y sentidos,
representándolos de distintas maneras. Es por ello que los mecanismos de la
memoria individual están en interrelación constante con los de la memoria
colectiva sin los cuales no podrían funcionar (14) y los
agujeros en la memoria colectiva desencadenan violencia y alienación en los
sujetos, en sus parejas y familias.
Violencia social, trauma y pareja
La violencia es traumática porque está ligada a la relación con un otro
(social, familiar) que violenta el espacio social, mental, corporal e
intersubjetivo. Quizás la violencia traumática pueda formularse en la siguiente
pregunta: ¿qué quiere el otro (social, familiar) de mi? Si tiene deseos de
muerte (real o simbólica) la constitución subjetiva se ve amenazada. Lo
traumático está entonces ligado a un vínculo que viola el espacio mental,
relacional y social. Lo traumático es vincular y se transmite en el vínculo a
las generaciones siguientes si no puede ser metabolizado (15).
Decía Freud "... lo que es eficaz para el
síntoma es el afecto de terror". (17) Esto es lo que hace de
un acontecimiento un trauma. La primera forma de angustia traumática es asociada
a inermidad. Inermidad que vivenciamos ante los hechos de violencia en la
historia social expuestos indefensos ante el deseo de muerte de otro. Identidad
de uno / desidentidad del otro. Ser reconocidos como sujeto: en ello está tanto
la posibilidad de construir el propio narcisismo, cuerpo erógeno, soporte
indispensable de la estructuración subjetiva, así como la posibilidad de su
abolición como sujeto. (15)
Angustia traumática es asociada con desamparo, inermidad, que como señaló
Stoffels (18)puede repararse o reforzarse de acuerdo a la
respuesta del entorno social, cuando el trauma fue provocado por humanos contra
humanos. (Por ello la importancia de los organismos de Derechos Humanos, de las
marchas, de las marchas de silencio que dicen a viva voz lo que se quiere
acallar desde el poder).
Las huellas, los
fantasmas que quedan de esos traumas tienden a repetirse, a salir de nuevo.
Estas huellas se tejen y destejen de a dos, en un vínculo. Es por ello que la
relación con otros permitirá la permanente historización y re-historización de
esos vínculos para poder acceder a ser soporte de nuevas organizaciones
vinculares.
La pareja, como lugar de
anclaje y de elaboración podrá una y otra vez resignificar los traumas de las
generaciones pasadas, de su propio pasado reciente y los provocados por las
situaciones traumáticas del contexto social actual. La violencia de la ley, la
violencia a la ley, ataca el pensamiento, produce sumisión o anestesia, o
conformismo ante la voluntad de otro. Se requiere entonces de un pensamiento
crítico constante.
En los lazos sociales
todos los actores están implicados, son soportes, agentes, objetos de prácticas
socioculturales que transmiten mandatos, y en esos vínculos ofrecen
representaciones que hacen eco en las otras representaciones de los sujetos. Es
un constante ida y vuelta de representaciones.
"Pero cuando el agente de la violencia es a la vez condición para
sobrevivir (trauma sexual precoz o trauma histórico), el deseo de muerte
psíquica o material pesa como sentencia: ... el destino será autodestructivo o
destructor". (16).
En ese
sentido he estudiado los efectos de la violencia social en el vínculo de pareja,
analizando parejas que sufrieron en forma directa el terrorismo de Estado, el
atentado de la AMIA, y las distintas sumatorias traumáticas de origen social. En
efecto, las experiencias traumáticas padecidas por estas parejas determinaron la
manera como se constituyó y a veces disolvió el vínculo, dándoles
características especiales.
Las brutales
pérdidas y separaciones sufridas en tanto enquistadas y no elaboradas,
produjeron nuevas pérdidas: repitiendo el desarraigo, la inestabilidad y la
falta de proyectos. Tienden a repetir simbólicamente las vivencias traumáticas.
La culpa por sobrevivir y la culpa inducida desde el contexto social, les hace
sentirse sin derecho a vivir y conservar lo propio. La violencia simbólica
proveniente del poder opera sobre ellos en forma arrasante. Se trata de una
nueva victimización, "victimización" secundaria.
Ante experiencias extremas que pueden provocar desestructuración, se
defienden re-negando, escindiendo, repitiendo en el seno del vínculo las
violencias sufridas, y ocasionando con ello una constricción o embotamiento de
su vida afectiva, de su capacidad vincular. Tienden a paralizarse y
automarginarse.
Es de destacar que durante
el tratamiento de pareja o en el trabajo con los grupos de Derechos Humanos,
paulatinamente pueden empezar a: discriminar las culpas, conectarse con estas
experiencias extremas significándolas en un contexto familiar y social. Se
insertan de a poco grupos de pertenencia.
El reconocerse como parte de un vínculo donde prima el deseo de vida de
otro/s, y una ley común compartida permite tomar lugar en la cadena de
generaciones y en la diferencia de sexos.
Un acto violento en el espacio conyugal puede tener origen en el espacio
institucional, laboral, etc. Las tensiones actuales creadas por la crisis
económica y social tienen inmediata repercusión en la pareja y la familia,
creyendo los miembros de las mismas ser los actores cuando son tan sólo los
receptores pasivos de la crisis. Pero a veces parece más tranquilizante creerse
actor que mero receptor. Devuelve una falsa potencia que anula un sentimiento de
impotencia aterrador.
Ahora puntualizo
solamente tres temas que me parecen de suma importancia y sobre los que no me
puedo explayar por falta de tiempo.
No
siempre el que manifiesta agresión en la pareja es el único o el más violento. A
veces lo es el que presenta una violencia más solapada. Lo anterior no debe
confundirse -como se lo hace a menudo- con la culpabilización de la víctima.
La sexualidad es un campo donde a menudo se
manifiesta la violencia. En el hombre a través de la fuerza y agresión sexual
con su cónyuge ("violación doméstica") y el uso de la doble moral sexual. En la
mujer, a través de la negativa de mantener relaciones sexuales. Debe acotarse
sin embargo que la falta de deseo sexual es a veces la única forma de decir
"no", accesible a las mujeres.
Sobre lo
cotidiano es donde recaen tensiones provenientes de todos los espacios en los
que transcurre nuestra vida, transformándose en un eje que parece ser el
generador de violencia cuando a veces no es más que el receptor.
Quiero decir con esto que el análisis de la
violencia no deberá recaer sólo sobre el hecho en sí, sino buscar la cadena
causal, porque el lugar de donde proviene puede a veces ser alejado del punto
sobre el cual recae. Probablemente sobre el espacio familiar y de pareja es
donde más se sufren los efectos de la violencia social y de la violencia
corporal. En muchos casos hay que buscar la causa de la violencia, no donde se
manifiesta sino en otro espacio.
Los vínculos familiares y de pareja en los que transcurre la violencia,
se modifican paulatinamente con la intervención de un tercero capaz de recrear
un espacio vincular donde se instala una función reflexiva. También los grupos
de reflexión de mujeres golpeadas o de hombres golpeadores, facilitan el
pensamiento y la reflexión sobre los condicionantes de género y
socio-culturales. Se tratará de transformar un accionar, una descarga motora
brusca, en un accionar donde medie el pensamiento y la palabra. Donde palabra y
acción vuelvan a tener una cualidad de diálogo. La intervención de un tercero,
de afuera, permite interrumpir el círculo vicioso y devolver al vínculo su
cualidad enriquecedora.
Pareja y desocupación
En las actuales
circunstancias creo útil detenerme en los efectos de la desocupación en la
pareja. El trabajo es asimilado como derecho, derecho a la vida y su pérdida
implica diversas formas de muerte. El quedar sin trabajo y la amenaza de quedar
sin trabajo, remite a angustia de muerte, de muerte física, psíquica y social.
Remite a desamparo. Según el Breve Diccionario Etimológico de la Lengua
Castellana, desamparo proviene de amparo y éste del latín vulgar anteparare: o
"prevenir de antemano". No se puede prevenir, anticiparse, hacer proyectos. El
proyecto de vida, el proyecto vital compartido de la pareja queda así cercenado.
El único proyecto seguro en la incertidumbre.
La alteración del proyecto les impide ubicarse en una temporalidad, en
una representación de futuro. La desocupación los ubica frente a lo
catastrófico, a la pérdida de noción de futuro. Futuro para el desocupado remite
a desesperanza, angustia catastrófica. Tambalea el marco estable sobre el que se
apoyaba la pareja.
La desocupación
desencadena una situación traumática que ataca los tres espacios psíquicos de
las personas desocupadas o amenazadas por la desocupación. La desocupación
margina socialmente, genera profundas crisis personales y familiares, repercute
corporalmente en accidentes y enfermedades psicosomáticas, dado que genera una
carga de tensiones y violencia que se manifiestan contra los otros o contra sí
mismo, de efectos impredecibles.
Desde el
espacio social, el trabajo ubica a las personas en un lugar reconocido. En el
ser reconocidos como sujetos está la posibilidad para los humanos de construir
el propio yo, su autoestima, su cuerpo erógeno, soportes indispensables de la
estructuración subjetiva, y en el no ser reconocidos está la base de la
abolición como sujetos. Así como se sienten tratados en el trabajo se sienten
tratados por la sociedad. "La sociedad ya no tiene un lugar para nosotros", "ya
no somos nada", son sentimientos que inundan a quienes perdieron el trabajo o
están en condiciones laborales degradantes y precarias. "Ya no importamos",
"Nuestra generación ha sufrido un doble genocidio", dice una persona de 40 años
que es rechazado por ser demasiado viejo.
Genocidio, desocupación, masa sobrante, somos números, son expresiones
que aluden a Terrorismo de Estado. En efecto, así como en la última dictadura
los ciudadanos perseguidos y castigados por el terrorismo de Estado, fueron
estigmatizados para justificar sus violaciones - "por algo será, algo habrán
hecho"- lo mismo sucede con los desocupados víctimas de estas dictaduras
económico - financieras; son estigmatizados, se los acusa y se los trata de
expulsar, se convierten en "desaparecidos sociales" que mueren de muerte lenta:
por desnutrición, suicidios, mayor incidencia de morbilidad y exclusión
social.-"¿A quién le importamos?"-, es una vivencia generalizada de quienes han
sido despojados de su trabajo. No se sienten reconocidos. No son reconocidos.
Y es justamente este no reconocimiento y
este maltrato el que recae en el seno de la pareja, que se encuentra en
situación de desorganización e incertidumbre ante la desocupación de uno de sus
integrantes.
El vaciado de los lugares que
ocuparon como trabajador/a hace que emerja una vivencia de vacío. Esta vivencia
de vacío se liga a ansiedades primitivas de desamparo y abandono que se
reactualizan y se transforman en factor de desequilibrio en la pareja conyugal.
Quienes pasaron por la experiencia de
desocupación, sus parejas y sus familias quedan de ahí en más con una marca de
ese acontecimiento traumático. Marca un antes y un después, y así vuelvan a
encontrar trabajo, su posicionamiento laboral ya no será el mismo. El que esta
marca se convierta en estigma depende en gran medida de la respuesta continente
de su entorno, sus grupos de referencia, su familia, su pareja.
En la medida en que desde los estamentos del poder la
sociedad no se hace cargo de los despojados de trabajo, esta sobrecarga recae
sobre la pareja, la familia y la escuela. Sobrecarga imposible de cargar para
una pareja.
A la pareja ante la
desocupación se le pide un trabajo difícil de realizar: contener las ansiedades
primitivas y no sucumbir ante la falta de proyectos: -¿Qué proyectos son
posibles entonces?.
Ante el no
reconocimiento en el área laboral, la pareja y la familia se ven re-cargados en
su función de reconocer y valorar al otro. A falta de un espejo reconocedor
desde lo laboral, se le pide al otro de la pareja que le devuelva una imagen de
sí mismo valorada. Imagen perturbada a nivel de la autoestima.
Con la desocupación se trastocan los modelos familiares
propuestos desde las respectivas familias, desde el contexto (hombre trabajando,
mujer haciéndose cargo de los hijos). Los trabajos domésticos son poco
valorados, y el hombre que se ocupa de ellos ve disminuida su imagen e incluso
su autoridad frente a la mujer, los hijos, los amigos. Los prejuicios acerca de
qué es ser hombre o mujer emergen bruscamente. Será la oportunidad para
cuestionar los estereotipos de género.
En
las familias más tradicionales, la desocupación del hombre puede llevar a graves
conflictos en la pareja. La pareja conyugal se movía con acuerdos hablados,
tácitos e inconscientes acerca de qué roles cumplen unos y otros. Debido a la
pérdida de trabajo del hombre, la mujer sale a trabajar, el hombre queda en la
casa. Las mujeres pasan a ser la única fuente de ingreso; los hijos, aun los de
baja edad salen a trabajar y su educación pasa a un segundo plano
El hombre se ocupa de las tareas domésticas
y sienten que está realizando una tarea subalterna.
Si bien la salida obligada de esas mujeres al área laboral
es un apoyo económico, se espera de la mujer que sea ella un apoyo y sostén
emocional. Entonces la salida de la mujer al ámbito laboral en las familias
patriarcales, es vivida como traición y abandono. Las tareas domésticas se
reparten o siguen quedando a cargo de la mujer sobrecargada y sobreexigida. A
veces son los hijos los que se sobreadaptan, y con una pseudo-madurez se hacen
cargo del sostén afectivo y/o económico de los progenitores. Las diferencias
genealógicas se borran, los niños son pseudo-adultos, o sea niños desamparados.
Los hijos al no considerar más a su padre
como figura dadora de seguridad y la inestabilidad laboral, social y familiar
les acarrea una serie de síntomas.
La
pareja tiene así un equilibrio precario. Pasan por momentos de renovada cohesión
ente la adversidad y otros en los que se puede ir instalando una apatía,
resignación y restricción cercenantes y una restricción de sus relaciones
sociales. Al ser marginados se automarginan y el entorno les huye como si
temieran "contaminarse".
La cotidianeidad
de la pareja se modifica dado que el trabajo impone una estructuración del
tiempo y de los ritmos, hábitos y costumbres que servían de marco contenedor y
regulador a la pareja.
La desocupación
significa una persona arrancada de su lugar, de su grupo de pertenencia y
referencia, de su cotidianeidad, de la vida de relación laboral, de códigos
compartidos. Genera vivencias de desarraigo, ¿Quién soy yo y para quién?. Estas
vivencias se transfieren a la pareja, a quien se le pide sea un punto de
referencia y sostén.
Ambos de la pareja son
llevados a revisar sus modelos identificatorios, sus modos de inserción
familiar, laboral, social. Sin embargo muchas veces esta reflexión no es posible
por el alto monto de frustración y desesperanza que se puede transformar en
violencia contra los más débiles o contra sí mismo (paralización, accidentes,
adicciones). El círculo desesperanza, frustración, no proyecto, alcoholismo,
violencia, se renueva una y otra vez.
Cuando digo que la desocupación ataca la pertenencia del sujeto, la
distingo del sentimiento de identidad.
Según Puget y col. (1) en este concepto está incluida la
idea de tributo como algo a lo que se renuncia y que es impuesto para ocupar un
lugar. "Serle atribuido y atribuirse lo dado posibilita aceptar la posición que
se le atribuye y atribuírsela". Es imposible no tener un lugar, sí es posible no
apropiárselo. El sujeto puede elegir cómo ocupar el lugar. El desocupado pierde
su posibilidad de elección.
El desocupado
ve atacado su lugar, su pertenencia, pero al mismo tiempo aquélla se entrelaza
con su pertenencia familiar y los mandatos de los antepasados. Entonces al
atacar su pertenencia social se vulnera los otros espacios de distintas maneras.
Desde que quedó sin trabajo ya tiene un
lugar en lo social, el lugar estigmatizado del "desocupado". Según sus otros
apuntalamientos sociales, sus otras pertenencias, podrá correrse del lugar
excluido. Al perder el lugar, se puede aferrar excesivamente a la pareja,
demandándole sostén, seguridad, valoración... en fin, todo aquello de lo que
está privado con la desocupación. Sobre ella recae principalmente este trabajo
psíquico de apuntalamiento. La pareja es a su vez lugar de pertenencia y
reconocimiento y los cónyuges se piden el uno al otro mutuo reconocimiento. En
la situación de desocupación, este pedido se duplica y es difícil de satisfacer,
con su consecuente circuito de frustración, paralización, reproche o violencias.
La pareja tiene que habérselas con
distintos modos de enfrentar las crisis evolutivas esperables y además el corte
abrupto provocado por la desocupación. Con modos que pueden ir del mutuo sostén
al mutuo enloquecimiento, o de la anulación de uno a expensas del otro.
Quiero recalcar la importancia de la
respuesta del entorno social a la desocupación, en el modo en el que la pareja
tramitará esta situación traumática. Su desvalimiento y aislamiento al ser
contenidos por una estructura más amplia se aminoran, pasando a insertarse y ser
reconocidos en otros estamentos sociales. La desocupación nos hace pensar que la
socialización es un proceso constante y estructurante del psiquismo a lo largo
de la vida de las personas. La subjetividad social se construye y deconstruye
permanentemente.
Un psicoanalista alemán H.
Stoffels (18), refiriéndose a las consecuencias del
Holocausto, considera que es de gran importancia para la salud mental, tanto la
incidencia de la situación previa al trauma sufrido, como la situación del
trauma mismo, así como el apoyo familiar y el reconocimiento social para la
situación post - traumática. Estos mismos conceptos se aplican al analizar los
efectos de la situación traumática generada por la desocupación. Cómo son
contenidos y cómo se reinsertan los desocupados, es esencial porque la pareja y
la familia aislados no pueden tramitar esta situación. Quedarse solos es una
manera de acoplarse a los mandatos de sumisión, aislamiento e individualismo
propuestos desde los estamentos del poder.
Cuando, como recalca H. Stoffels: "justamente la dimensión decisiva de la
superación del trauma es... la experiencia de estar en condiciones de entregar
algo a otros seres" en un acto creativo y social. Entonces cuando el ataque
provino del entorno social, es a ese nivel que se puede ir restaurando la
herida.
La inserción social y laboral es
esencial para "la salud mental producto de las relaciones sociales y su
evolución histórica, de la capacidad de desarrollar una perspectiva integradora
de la realidad... y construir con ésta vínculos activos, transformadores".
..."Por eso la importancia para la salud mental de un pueblo de aquellos
acontecimientos que afectan sustancialmente las relaciones humanas. (19).
Las personas y sus
familias ante la desocupación necesitan emprender una lucha contra la
alienación, un proceso de desalienación, dado que el desempleo es una táctica de
control social.
Como decía el torturador en
el Sr. Galindez de Pavlovsky, "Por cada uno que tocamos, mil paralizados de
miedo. Nosotros actuamos por irradiación". Por cada desocupado ¿Cuánto terreno
fértil para aterrorizar?, según esta lógica.
La institucionalización del desempleo promueve la
resignación, el conformismo y la aceptación de condiciones de trabajo y de vida
no dignas.
La impunidad con la que sigue
ocurriendo el desempleo amenaza nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestras
relaciones sociales. Para no convertirnos en "población en riesgo", al estar
expuestos a una sobrecarga adicional, creo que es necesario agruparnos,
re-pensar juntos alternativas, propuestas y buscar los focos resistenciales que
operan en los intersticios más inesperados de cada uno, de cada pareja, de cada
familia y del entramado social.
Notas:
1. Puget J. y col.-
"El status psicoanalítico de la violencia social". 38th International
psychoanalytic Congress. Amsterdam, Julio 1993.
2. Villavicencio S.- Relato en encuentro "Más que
memoria". Fac, de Derecho. Bs. As. 1996.
3. Puget, J. Y Berestein, I.- "Psicoanálisis de la
pareja matrimonial", Ed. Paidós, Bs. As., 1988.
4. Corsi, J.- "Violencia familiar". Ed. Paidós. 1994
5. Giberti, E.; Fernandez
A.M. (comp). La mujer y la violencia invisible. Bs. As. Ed.
Sudamericana. 1989
6. Barros
de Mendilaharzu, G.- "Pareja y violencia ¿un problema sin solución?". Ficha. Bs.
As. 1993.
7. Moncarz, E. "La
violencia en la vida cotidiana de las mujeres" Rev. Apertura. N°2. Bs. As. 1988.
8. Corsi, J.- "Violencia
masculina en la pareja". Bs. As. Ed. Paidós. 1995.
9. Freud, S.- "Tótem y Tabú" T. III. Ed. Biblioteca
Nueva. Madrid, 1968.
10.
Granjon, E.- "Lettre Ouverture". Rev. Dialogue, N° 98. Paris. 1986.
11. Kaës R. Y col.- "Transmisión de la
vida psíquica a través de las generaciones". Ed. Dunod. Paris. 1992.
12. Faimberg, H.- "El
telescopaje de generaciones: la genealogía de ciertas identificaciones". Rev. de
Psicoanálisis. TXLII, Bs. As., 1985.
13. Torok M. y Abraham N.- "L'ecorce et le noyeau". Ed. Flammarion.
Paris, 1987.
14. Enriquez
M.- "L'enveloppe de memoire et ses trous" en Les enveloppes psychiques. Ed.
Dunos. Paris, 1987.
15.
García Reinoso, G. "Clínica Psicoanalítica, Malestares y Porvenir", Revista Zona
Erógena N° 22, 1994, Bs. As.
16. García Reinoso, G. "Comentarios al trabajo sobre Trauma Psíquico
de D. Anzieu", Revista Topia, Bs. As., 1995.
17. Freud, S.- "Moisés y el monoteísmo" T. III. Ed.
Biblioteca Nueva.
18.
Stoffels, H. : "Efectos psicológicos de la impunidad de la represión política en
América Latina y Alemania", Ed.
19. Bermann S.- Trabajo precario y salud mental. Ed. Narvaja.
Córdoba, 1995.