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¿QUÉ ES
CONDUCTISMO? LA VIEJA Y LA
NUEVA PSICOLOGÍA EN OPOSICIÓN archivo del portal de recursos
para estudiantes |
J.B. Watson
Traducido por Jorge Campo
Dos criterios distintos imperan aún en el pensamiento
psicológico norteamericano: la psicología introspectiva o subjetivista y el
conductismo o psicología objetiva. Hasta el advenimiento del conductismo, en
1912, la psicología introspectiva dominaba totalmente la vida psicológica de la
universidad norteamericana
Los más destacados representantes de la
psicología introspectiva en la primera década del siglo veinte, fueron E.B.
Titchener, de Cornell y William James, de Harvard. La muerte de James en 1910 y
la de Titchener en 1927, dejaron a la psicología introspectiva huérfana de un
verdadero guía espiritual. Si bien la psicología de Titchener difiere en muchos
puntos de la de William James, los supuestos fundamentales son idénticos. En
primer lugar, los dos eran de origen germánico. En segundo, y esto es más
importante, ambos proclamaban que es la conciencia la materia de estudio de la
psicología. El conductismo sostiene, por el contrario, que es la conducta del
ser humano el objeto de la psicología. Afirma que el concepto de conciencia no
es preciso, ni siquiera utilizable. Habiendo recibido una formación
experimentalista, el conductista entiende, además, que la creencia de que existe
la conciencia se remonta a los antiguos días de la superstición y la
magia.
No obstante su progreso, la gran masa del pueblo ni aún hoy se ha
distanciado mucho de la barbarie: quiere creer en la magia. El salvaje se figura
que los encantamientos pueden traer lluvias, buenas cosechas, abundante caza;
que un hechicero vuduísta enemistado, es capaz de provocar la desgracia de un
individuo o de toda una tribu; que si un enemigo logra adquirir un trozo de uña
o un mechón de pelo de otra persona, podrá embrujarla y gobernarla. Siempre hay
interés y cosas nuevas en la magia. Casi todas las épocas poseyeron su propia
magia negra o blanca, y su propio mago. Moisés tuvo su magia: transformó el agua
en vino y revivió al muerto. Coué tuvo su fórmula. La señora Eddy
también.
La magia jamás perece. Con el paso del tiempo, todas estas
innumerables leyendas, exentas de todo análisis, tejen la tradición popular. La
tradición se constituye en religiones. Las religiones se enredan en las mallas
políticas y económicas del país. Luego se las esgrime como instrumentos. Se
obliga al pueblo a aceptar todas estas fantasías, que más tarde transmite como
evangelio a los hijos de sus hijos.
Es casi increíble hasta qué punto la
mayoría de nosotros está influida por un fondo salvaje. Pocos se libran de esa
influencia. Al parecer ni siquiera la enseñanza escolar suministra un
correctivo. Por el contrario, parece asegurarla en mayor grado todavía, a causa
de que las escuelas están colmadas de maestros con idéntico fondo. Inclusive muy
destacados biólogos, físicos y químicos, saliendo de sus laboratorios, son fácil
presa de la tradición cristalizada en conceptos religiosos. Estos conceptos
—herencia de un temeroso pasado salvaje— han entorpecido enormemente el
nacimiento y desarrollo de la psicología científica.
Ejemplo de tales
conceptos
Uno de los ejemplos de estos conceptos religiosos es el de que
todo individuo posee un alma, separada y distinta del cuerpo, que realmente es
parte del ser humano. Esta vieja doctrina conduce al principio filosófico
llamado “dualismo”. Tal dogma se encuentra en la psicología humana desde la más
remota antigüedad. Nadie ha palpado nunca un alma, o la ha visto en un tubo de
ensayo, o ha entrado de alguna manera en relación con ella, como puede hacerlo
con los otros objetos de su experiencia diaria. A pesar de esto, dudar de su
existencia involucra convertirse en hereje y, en cierta época, hubiera podido
llevar al reo inclusive a la muerte. Todavía hoy, quien desempeña un cargo
público, no osa discutir el punto.
Con el desarrollo de las ciencias
físicas que sobrevino con el Renacimiento, esa asfixiante nebulosa del alma pudo
disiparse en cierta medida. Era posible pensar en la astronomía, en los cuerpos
celestes y sus movimientos, en la gravitación y fenómenos similares, sin aplicar
el alma. Aunque los primeros hombres de ciencia fueron por lo general devotos
cristianos, en sus tubos de ensayo empezaron a prescindir de
ella.
Empero, la psicología y la filosofía, ocupándose de objetos que
consideraban inmateriales, encontraron muy difícil eludir el lenguaje de la
Iglesia; de ahí que el concepto de mente o alma, como algo diverso del cuerpo,
llegase en lo esencial casi intacto hasta las postrimerías del siglo
diecinueve.
Es indiscutible que, en 1879, Wundt, el verdadero padre de la
psicología experimental, quería una psicología científica. Se desenvolvió en
medio de una filosofía dualista del tipo más pronunciado. No pudo discriminar
con claridad el camino de la solución del problema mente–cuerpo. Su psicología,
que ha regido soberana hasta nuestros días, es necesariamente de transacción.
Sustituyó el término alma por el de conciencia. La conciencia no es tan
completamente inobservable como el alma; la observamos al atisbarla de improviso
y, como quien diría, al sorprendería desprevenida (introspección).
Wundt
tuvo enorme cantidad de discípulos. De la misma manera que ahora está en boga ir
a Viena para estudiar psicoanálisis con Freud, hacia 1890 era corriente estudiar
en Leipzig psicología experimental con Wundt. De ahí regresaron los que habrían
de fundar los laboratorios de la Universidad de John Hopkins, las Universidades
de Pennsylvania, Columbia, Clark y Cornell. Todos venían equipados para luchar
con esa cosa esquiva (casi tanto como el alma) llamada conciencia.
Para
demostrar lo anticientífico del concepto básico de esta gran escuela de
psicología germano–americana, basta fijarse un momento en la definición de
psicología que formuló William James: La psicología es la descripción y
explicación de los estados de conciencia en cuanto tales. Partiendo de una
definición que supone lo que pretende demostrar, salva su dificultad con un
argumentum ad hominem. Conciencia; ¡oh sí, todos deben saber lo que es esta
“conciencia”!. Somos conscientes cuando experimentamos la sensación de rojo, una
percepción, un pensamiento, cuando queremos hacer algo.
Los restantes
representantes de la introspección son igualmente ilógicos. En otras palabras:
no nos dicen qué es la conciencia; simplemente, comienzan por introducir cosas
en ella en calidad de supuestos, naturalmente y al analizarla luego, encuentran
lo que en ella pusieron. De esta suerte, en los análisis de la conciencia
realizados por ciertos psicólogos, hallamos elementos tales como las sensaciones
y sus fantasmas, las imágenes. En otros, no sólo encontramos sensaciones, sino
también los denominados elementos afectivos; y más aún, en otros, elementos
tales como la voluntad, designado elemento conativo de la conciencia. Vemos que
por ahí algunos afirman la existencia de cientos de sensaciones de un
determinado tipo, en tanto los de más allá sostienen que hay unas pocas... Y así
adelante. Se han impreso millares de páginas acerca del análisis minucioso de
ese algo intangible llamado conciencia. ¿Y cómo empezar a trabajar sobre ella?
No analizándola como lo haríamos si se tratara de una composición química o del
crecimiento de una planta. No; éstas son cosas materiales. La cosa que llamamos
conciencia únicamente puede examinarse por introspección: una ojeada a lo que
acontece en nuestro interior.
Como resultado de este postulado principal
—de que existe una cosa que llamamos conciencia y que podemos estudiarla por
introspección—, encontramos tantos análisis como psicólogos. No existe modo de
atacar experimentalmente, resolver los problemas psicológicos y establecer
métodos normativos.
Advenimiento del
Conductismo
En 1912, los psicólogos objetivistas arribaron a la
conclusión de que ya no podía satisfacerlos seguir trabajando con las fórmulas
de Wundt. Sentían que los treinta años estériles transcurridos desde el
establecimiento de su laboratorio, habían probado terminantemente que la llamada
psicología introspectiva de Alemania se fundaba sobre hipótesis falsas; que
ninguna psicología que incluyese el problema religioso mente–cuerpo, podría
alcanzar jamás resultados “verificables”. Decidieron que era preciso renunciar a
la psicología o bien transformarla en una ciencia natural. Veían cómo sus
colegas científicos progresaban en la medicina, en la química, en la física.
Todo descubrimiento en esos campos revestía importancia capital; cada nuevo
elemento que se lograba aislar en un laboratorio podía serlo asimismo, en otro;
cada nuevo testimonio: la mención de la radiotelefonía, el radio, la insulina,
la tiroxina. Elementos así aislados y métodos así formulados empezaron a servir
de inmediato en la realización humana.
Programa del Conductismo
El
conductista pregunta: ¿Por qué no hacer lo que podemos observar el verdadero
campo de la psicología? Limitémonos a lo observable, y formulemos leyes sólo
relativas a estas cosas. Ahora bien: ¿qué es lo que podemos observar? Podemos
observar la conducta —lo que el organismo hace o dice. Y apresurémonos a señalar
que hablar es hacer, esto es, comportarse. El hablar explícito o con nosotros
mismos (pensar) representa un tipo de conducta exactamente tan objetiva como el
béisbol.
La regla o cartabón que el conductista jamás pierde de vista es:
¿puedo describir la conducta que veo, en términos de “estímulo y respuesta”?
Entendemos por estímulo cualquier objeto externo o cualquier cambio en los
tejidos mismos debidos a la condición fisiológica del animal; tal como el que
observamos cuando impedimos a un animal su actividad sexual, le privamos de
alimento, no le dejamos construir el nido. Entendemos por respuesta todo lo que
el animal hace, como volverse hacia o en dirección opuesta a la luz, saltar al
oír un sonido, o las actividades más altamente organizadas, por ejemplo,
edificar un rascacielos, dibujar planos, tener familia, escribir libros,
etc.
Algunos problemas específicos del Conductismo
Es bueno
advertir, pues, que el conductista trabaja como cualquier otro hombre de
ciencia. Su único objeto es reunir hechos tocantes a la conducta —verificar sus
datos—, someterlos al examen de la lógica y de la matemática (los instrumentos
propios de todo científico). Lleva al recién nacido a su “nursery” experimental
y empieza a plantear problemas: ¿qué hace ahora el niño? ¿Cuál es el estímulo
que lo indique a comportarse así? Encuentra que el estímulo de los cosquilleos
en la mejilla provoca la respuesta de hacerle volver la boca hacia el lado
estimulado. El estímulo del pezón, la succión. El estímulo de una vara sobre la
palma de la mano, el cierre de la mano; y si se levanta la vara, la suspensión
de todo el cuerpo por ésta y el brazo. Si estimulamos al niño haciendo pasar
rápidamente una sombra delante de sus ojos, no provocaremos su parpadeo hasta
que tenga sesenta y cinco días de vida. Si lo estimulamos con una manzana, un
caramelo o cualquier otro objeto, no hará tentativa alguna de alcanzarlos hasta
aproximadamente los ciento veinte días de existencia. Si a un niño correctamente
criado, cualquiera sea su edad, lo estimulamos con serpientes, peces, oscuridad,
papel encendido, pájaros, gatos, perros, monos, no conseguimos suscitar el tipo
de respuesta que llamamos “miedo” (y a la cual para ser objetivos podríamos
designar reacción X), que se manifiesta en detenimiento de la respiración,
rigidez de todo el cuerpo y desvío de la fuente de estímulo: un correr o gatear
para alejarse de ella.
Por otra parte, existen con toda exactitud dos
estímulos que indefectiblemente promueven la respuesta de miedo: un sonido
fuerte y la pérdida de base de sustentación.
Ahora bien, por la
observación de niños criados fuera de los parvularios, el conductista sabe que
centenares de cosas despiertan respuestas de miedo, surge pues esta cuestión
científica; si al nacer, únicamente dos estímulos provocan el miedo, ¿cómo es
posible que esas otras cosas logren producirlo? Adviértase que la pregunta no es
de índole especulativa. Cabe satisfacerla mediante experimentos; los
experimentos son susceptibles de reiterarse, y si la observación original es
correcta se obtendrán iguales resultados en cualquier otro laboratorio. Con un
sencillo ensayo se puede comprobar.
Si se muestra una serpiente, un ratón
o un perro a una criatura que nunca haya visto estos objetos ni se le haya
atemorizado de otra manera, empezará a tocarlo apretando esta o aquella parte.
Repítase esta prueba durante diez días hasta obtener una razonable seguridad de
que la criatura se acercará siempre al perro, que nunca huirá de él (reacción
positiva) y de que éste jamás provocará una respuesta de miedo. En estas
condiciones se toma una barra de acero a espaldas del niño y se golpea
fuertemente. De inmediato aparecerán las manifestaciones de miedo. Entonces,
pruébese lo siguiente: en el momento en que se le enseña el animal, y justamente
cuando empieza a aproximarse, golpéese de nuevo la barra del mismo modo.
Repítase el experimento tres o cuatro veces. Se manifestará un cambio novedoso e
importante; ahora, el animal provoca la misma respuesta que la barra de acero
—una respuesta de miedo. En el conductismo denominamos este hecho respuesta
emocional condicionada, una forma de reflejo condicionado.
Nuestros
estudios acerca de los reflejos condicionados nos permiten explicar el temor de
la criatura al perro sobre la base de una ciencia completamente natural, sin
apelar a la conciencia ni a ninguno de los denominados procesos mentales. Un
perro se aproxima con rapidez al niño, le salta encima, lo derriba y al mismo
tiempo ladra fuertemente. A menudo, basta una combinación de esta índole para
que la criatura huya del animal apenas lo vea.
Hay muchos otros tipos de
respuestas emocionales condicionadas, como las que se relacionan con el amor,
cuando la madre al acariciar a su niño, al arrullarlo, al estimular sus órganos
sexuales durante el baño, y mediante otras operaciones similares, provoca el
abrazo y el gorjeo como una respuesta original no aprendida. Pronto esta
reacción se torna condicionada. La mera visión de la madre produce la misma
clase de respuesta que el contacto físico real. En la ira tenemos una serie de
hechos análogos. El impedir los movimientos de los miembros del niño, provoca la
respuesta originaria no aprendida que llamamos “ira”. No tarda en ocurrir que la
mera presencia de una niñera que lo trate con brusquedad baste para suscitar un
acceso de cólera. Es posible comprobar pues, cuán relativamente simples son al
principio nuestras respuestas emocionales, y cuán terriblemente las complica
pronto la vida del hogar.
El conductista tiene asimismo sus problemas en
lo tocante al adulto. ¿Qué métodos hemos de utilizar sistemáticamente a fin de
condicionar al adulto? ¿Por ejemplo, para enseñarle hábitos de trabajo, hábitos
científicos? Ambas categorías, los manuales (técnica y habilidad) y los
laríngeos (hábitos de hablar y pensar) habrán de establecerse y relacionarse
antes que se complete el aprendizaje. Una vez formados estos hábitos de trabajo,
¿con qué sistema de estímulos variables debemos rodearlo si queremos mantener el
nivel de eficiencia y su aumento constante?
Además del problema de los
hábitos profesionales, se plantea el de su vida emocional. ¿Cuál es la parte que
trasciende su infancia? ¿Cuál estorba su adaptación actual? ¿Cómo podemos hacer
para que la elimine? Es decir: ¿desacondicionarlo cuando ello resulte necesario,
o condicionarlo cuando el condicionamiento lo sea? En verdad, sabemos muy poco
acerca de la cantidad y calidad de los hábitos emocionales o, mejor, viscerales
(con este término entendemos que el estómago, los intestinos, la respiración y
la circulación se condicionan, forman hábitos), que debieran crearse. Sabemos
que existe gran número y que son importantes.
Probablemente la mayoría de
los adultos de este mundo nuestro, sufre vicisitudes en su vida familiar y en
sus negocios que se deben más a pobres e insuficientes hábitos viscerales que a
la falta de técnica y habilidad en sus actividades manuales y verbales. En el
presente, uno de los relevantes problemas en las grandes organizaciones es el de
“la adaptación de la personalidad”. Al ingresar en las organizaciones
comerciales, los jóvenes de ambos sexos tienen adecuada capacidad para
desempeñar sus tareas, mas fracasan por no adaptarse a los
demás.
¿Excluye esa orientación algo propio de la
psicología?
Después de este breve examen de la orientación conductista en
lo tocante a los problemas de la psicología, podría decirse: “Bien, vale la pena
estudiar la conducta humana de esta manera, pero el estudio de la conducta no es
toda la psicología. Omite demasiado. ¿Acaso no tengo sensaciones, percepciones,
conceptos? ¿No olvido y recuerdo cosas e imagino otras? ¿No tengo imágenes
visuales y auditivas de cosas anteriormente vistas u oídas? ¿No veo y oigo cosas
que nunca he visto ni oído en la naturaleza? ¿No puedo estar atento o desatento,
según la circunstancia? ¿Algunas cosas no despiertan en mí placer, y disgusto
otras? El conductismo pretende privarnos de todo cuanto desde la más tierna
infancia ha constituido para nosotros un artículo de fe”.
A causa de la
formación en psicología introspectiva, según acontece con la mayoría, es lógico
que se planteen estas consideraciones y se encuentre difícil apartarse del
antiguo vocabulario para empezar a delinear una nueva vida psicológica en los
términos del conductismo. El conductismo es vino nuevo y no puede entrar en
odres viejos. Momentáneamente convendrá apaciguar el natural antagonismo y
aceptar el programa conductista, por lo menos hasta compenetrarse con mayor
profundidad en esta ciencia. Entonces notará que ha progresado tanto en el
conductismo que las preguntas que ahora formula se contestarán por sí mismas de
una manera perfectamente satisfactoria y científica. A continuación debemos
agregar que si el conductista se le interroga qué entiende por los términos
subjetivos que empleamos habitualmente, caería en un mar de contradicciones.
Inclusive podría convencerle de que lo ignora. Los aplicaba sin analizarlos;
integraba su tradición social y literaria.
Para comprender el
Conductismo es necesario comenzar por la observación de la gente
Este es
el punto de partida fundamental del conductismo. Muy pronto se descubrirá que la
auto-observación, además de no ser la manera más fácil y natural de estudiar
psicología, resulta simplemente imposible. Dentro de nosotros mismos sólo
podemos comprobar las formas más elementales de respuesta. Por el contrario,
cuando empezamos a estudiar lo que hacen nuestros vecinos advertimos que
rápidamente adquirimos experiencia para clasificar su conducta y crear
situaciones (presentar estímulos) que lo harán comportarse de una manera
previsible para nosotros.
Definición del Conductismo
En el
presente, las definiciones no son tan populares como lo fueron en otras épocas.
La definición de cada ciencia, de la física, por ejemplo, necesariamente tendría
que incluir la de todas las demás. Esto mismo vale respecto del conductismo.
Todo cuanto en la actualidad podemos hacer para definir una ciencia es, casi,
describir un círculo alrededor de aquel sector de la ciencia natural que
reclamamos de nuestro dominio.
El conductismo —según queda entendido a
través de nuestra exposición preliminar—, es, pues, una ciencia natural que se
arroga todo el campo de las adaptaciones humanas. Su compañera más íntima es la
fisiología. En efecto, conforme avancemos en este sentido, podríamos llegar a
preguntarnos si es posible diferenciar el conductismo de esa ciencia. En
realidad, sólo difiere de la fisiología en el ordenamiento de sus problemas; no
en sus principios fundamentales ni en su punto de vista central. La fisiología
se interesa especialmente en el funcionamiento de las partes del animal; por
ejemplo, el sistema digestivo, circulatorio, nervioso, los sistemas secretorios,
la mecánica de las reacciones nerviosas y musculares. En cambio, aunque muy
interesado en el funcionamiento de dichas partes, al conductismo le importa
intrínsecamente lo que el animal —como un todo— hace desde la mañana hasta la
noche y desde la noche hasta la mañana.
El interés del conductista en las
acciones humanas significa algo más que el del mero espectador; desea controlar
las reacciones del hombre, del mismo modo como en la física los hombres de
ciencia desean examinar y manejar otros fenómenos naturales. Corresponde a la
psicología conductista poder anticipar y fiscalizar la actividad humana. A fin
de conseguirlo, debe reunir datos científicos mediante procedimientos
experimentales. Sólo entonces al conductista experto le será posible inferir,
dados los estímulos, cuál será la reacción; o, dada la reacción, cuál ha sido la
situación o estímulo que la ha provocado.
Examinaremos por un momento más
de cerca estos dos términos: estímulo y respuesta.
¿Qué es un
estímulo?
Si, de improviso, dirijo al ojo una luz intensa, la pupila se
contraerá rápidamente. Si, de improviso, apagara toda la iluminación de un
cuarto en el que se encuentra una persona, sus pupilas comenzarían a dilatarse.
Si, de improviso, a sus espaldas disparara un tiro de pistola, daría un sacudida
y probablemente volvería la cabeza. Si, de improviso, se soltara sulfito de
hidrógeno en un ambiente cerrado, las personas que estuviesen en él se
apresurarían a taparse la nariz y acaso también tratarían de huir. Si, de
improviso, aumentara en forma sensible la temperatura de un ambiente, quienes se
encontraran en él empezarían a desabrocharse la ropa y a transpirar. Si, de
improviso, la hiciera bajar de súbito, provocaría una reacción
diferente.
Además, en nuestro interior tenemos un campo igualmente vasto
en el que los estímulos pueden ejercer su efecto. Por ejemplo, momentos antes de
comer, los músculos del estómago comienzan a contraerse y a dilatarse
rítmicamente por la carencia de alimento. En cuanto se ingiere, las
contracciones cesan. Tragando un pequeño globo y comunicándolo con un
instrumento registrador, podemos determinar con facilidad la reacción del
estómago a la falta de alimento y la ausencia de reacción en presencia del
mismo. En el macho, de todos modos, la presión de ciertos fluidos (semen) es
susceptible de conducir a la actividad sexual. En el caso de la hembra, la
presencia de ciertos cuerpos químicos también puede fácilmente provocar una
manifestación sexual explícita. Los músculos de nuestros brazos, piernas y busto
no sólo están sujetos a los estímulos procedentes de la sangre; asimismo son
estimulados por sus propias reacciones, o sea, el músculo se encuentra en estado
de constante tensión; cualquier aumento de ésta, verbigracia, al realizarse un
movimiento, despierta un estímulo y motiva otra reacción en ese músculo o en
otro ubicado en alguna parte distante del cuerpo; cualquier disminución de dicha
tensión, como cuando el músculo se relaja, constituye análogamente un
estímulo.
Comprobamos pues, que el organismo se halla de continuo
sometido a la acción de los estímulos —que llegan por la vista, el oído, la
nariz y la boca— los denominados objetos de nuestro medio; al mismo tiempo,
también el interior de nuestro cuerpo se halla en cada instante sometido a la
acción de estímulos nacidos de los cambios en los tejidos mismos. ¡Por favor, no
se piense que en su interior el cuerpo es distinto o más misterioso que en su
exterior!
A través del proceso de la evolución humana los seres han
desarrollado órganos sensoriales —áreas especializadas como los ojos, orejas,
nariz, lengua, epidermis y conductos semicirculares en la que determinados tipos
de estímulos son sumamente efectivos. A éstos hay que agregar todo el sistema
muscular, los músculos estriados (por ejemplo, los largos músculos rojos de los
brazos, piernas y busto), y lisos (por ejemplo, los que participan en la
estructura hueca, semejante a un tubo, del estómago, intestinos y vasos
sanguíneos). Los músculos no son, pues, órganos de reacción únicamente, sino
también sensoriales. Luego veremos que los dos últimos sistemas ejercen enorme
influencia en la conducta humana. Muchas de nuestras reacciones más íntimas y
personales se deben a los estímulos creados por cambios en el tejido de nuestros
músculos estriados y vísceras.
Cómo el aprendizaje multiplica los
estímulos
Uno de los problemas del conductismo es el que cabría denominar
“la multiplicación continua de los estímulos”, a los cuales responde el
individuo. En verdad, esta cuestión es tan compleja que, a primera vista,
podríamos sentirnos tentados a dudar de lo aseverado más arriba: que es posible
prever la reacción. Si se vigila el crecimiento y el desarrollo del ser humano,
se observará que si bien gran cantidad de estímulos provocan reacciones en el
recién nacido, muchos otros no despiertan ninguna. Sea como fuere, no determinan
una reacción igual a la que promueven más tarde. Por ejemplo, no se consigue
mucho enseñando a un infante un lápiz, un papel o la partitura de una sinfonía
de Beethoven. En otras personas, antes de que ciertos estímulos puedan ejercer
su influencia es indispensable que se forme un hábito. Luego trataremos el
procedimiento mediante el cual nos es posible lograr que estímulos comúnmente
sin reacciones, las provoquen. El término que de ordinario empleamos para
describir este procedimiento es “condicionamiento”. En el capítulo II hablaremos
con mayor extensión de las “reacciones condicionadas”.
Es el
condicionamiento, desde la más tierna infancia, lo que dificulta tanto al
conductista poder anticipar cuál será una determinada reacción. Por lo regular,
la vista de un caballo no suscita una reacción de miedo y, sin embargo, en un
grupo de 30 a 40 personas casi siempre se encuentra alguna que caminará un
bloque de edificios de más a fin de eludirlo. El estudio del conductismo nunca
facultará a sus seguidores para denunciar la existencia de tal estado de cosas
con sólo mirar a una persona. No obstante, si el conductista advierte esta
reacción, es muy fácil para él señalar aproximadamente qué situación de la
primera infancia del sujeto pudo provocar ese tipo de reacción poco frecuente en
el adulto. A pesar de lo arduo que resulta predecir en sus detalles cuáles serán
las reacciones, insistimos, en general, en la teoría de que nos es dado anunciar
con antelación qué hará nuestro vecino. Es la única base sobre la cual nos es
posible alternar con el prójimo.
¿Qué entiende el Conductismo por
respuesta?
Hemos puesto ya de relieve que, desde el nacimiento hasta la
muerte, el organismo es atacado por estímulos en su parte exterior y por
estímulos, engendrados en el cuerpo mismo. Responde. Se mueve. La respuesta
puede ser tan leve que únicamente sea susceptible de observarla mediante
instrumentos. Podrá limitarse a un mero cambio en la respiración, o a un aumento
o disminución de la presión arterial. Acaso no suscite más que un movimiento del
ojo. Empero, las reacciones más comúnmente observadas son los movimientos de
todo el cuerpo, de los brazos, piernas, tronco o combinaciones de todas las
partes movibles.
Por lo regular, aunque no siempre, la respuesta del
organismo al estímulo trae aparejada una adaptación. Por adaptación sólo
entendemos que el organismo, al moverse, altera su estado fisiológico de tal
manera que el estímulo no provoca ya reacciones. Este concepto acaso parezca un
tanto complicado, pero algunos ejemplos lo aclaran. En la persona hambrienta las
contracciones del estómago la estimulan a andar incesantemente de un lado a
otro. Si mientras se mueve sin descanso, divisa manzanas en un árbol, trepa a él
de inmediato, las tantea y empieza a comerlas. Cuando está harta, las
contracciones cesarán, y aunque a su alrededor cuelguen otras manzanas no las
tomará. Otro ejemplo: el aire frío me estimula. Me muevo de un lado a otro hasta
conseguir resguardarme del viento. En campo abierto, quizá podría cavar un hoyo.
Una vez guarecido, el viento ya no provoca en mi reacción alguna. Bajo la
excitación sexual, el macho puede hacer cualquier cosa para capturar una hembra
complaciente. Satisfecha ya la actividad sexual, el incansable movimiento de
búsqueda concluye. La hembra deja de estimular al macho.
A menudo se ha
criticado al conductista el énfasis que pone en la respuesta. A lo que parece,
algunos psicólogos creen que el conductista está exclusivamente interesado en
registrar íntimas respuestas musculares. Nada más erróneo. Insisto en que al
conductista le importa primordialmente la conducta del hombre como un todo. Lo
vigila de la mañana a la noche en el desempeño de sus tareas diarias. Si está
poniendo ladrillos, desearía contar el número que es capaz de colocar en
diferentes condiciones; determinar hasta cuándo podría seguir sin rendirse de
cansancio; cuánto tiempo emplea para aprender su tarea; la posibilidad de
acrecentar su eficacia u obtener que realice idéntica cantidad de trabajo en
menor tiempo. En otras palabras, la contestación que importa al conductista se
sintetiza en la sensata solución a este problema: ¿qué ésta haciendo y por qué
lo está haciendo? Tras esta enunciación, seguramente nadie podrá desvirtuar el
programa del conductista hasta el punto de permitirse sostener que es un mero
fisiólogo del músculo.
El conductista afirma que todo estímulo efectivo
tiene su respuesta, y que ella es inmediata. Por estímulo efectivo entendemos el
estímulo suficientemente fuerte para vencer la normal resistencia al pase del
impulso sensorial desde los órganos de los sentidos a los músculos. En este
punto es preciso no confundirse por lo que suelen decir el psicólogo y el
psicoanalista. Si leemos sus exposiciones, cabría suponer que el estímulo puede
aplicarse hoy y provocar su efecto tal vez mañana, o quizá en los próximos meses
o años. El conductista no cree en estas concepciones mitológicas. Es cierto que
podrá presentarse un estímulo verbal como éste: “Nos encontraremos mañana a la
una en el Ritz para almorzar”. La contestación inmediata es: “De acuerdo; no
faltaré”. Ahora bien, ¿qué sucede luego? Es preferible no intentar aún avanzar
sobre este punto difícil, pero séanos permitido señalar que en nuestros hábitos
verbales existe un mecanismo en virtud del cual el estímulo se renueva de
momento en momento hasta tanto ocurra la reacción final: “Ir al Ritz al día
siguiente a la una”.
Clasificación general de la respuesta
Las dos
clasificaciones sensatas de la respuesta son: “externa” “interna” —o acaso sean
mejores las teorías “abierta” (explícita) e “implícita”. Entendemos por
respuestas externas o explícitas los actos ordinarios del ser humano: inclinarse
para alzar una pelota de tenis, escribir una carta, entrar en un auto y comenzar
a manejar, cavar un hoyo en la tierra, sentarse a preparar una conferencia,
bailar, flirtear con una mujer, hacerle el amor a la esposa. Para efectuar estas
observaciones no necesitamos instrumentos. Más las respuestas pueden hallarse
completamente confinadas en los sistemas musculares y glandulares del interior
del cuerpo. Supongamos un niño o una persona mayor con hambre que se encuentra
de pie, inmóvil delante de una vidriera repleta de confituras. La primera
observación de quien lo mire, podrá ser; “¡No hace nada!” o “simplemente mira
las confituras”. Un instrumento demostraría que sus glándulas salivales
segregan, que su estómago se contrae y dilata rítmicamente, y que se están
produciendo notables cambios en la presión arterial —que las glándulas
endocrinas están vertiendo sustancias en el torrente sanguíneo. Las respuestas
internas o implícitas son arduas de observar, no porque ellas sean esencialmente
distintas de las exteriores o explícitas, sino sólo a causa de que están ocultas
a la mirada.
Otra clasificación general es la de respuestas aprendidas y
no aprendidas. He mencionado antes el hecho de que la serie de estímulos ante
los cuales reaccionamos aumenta incesantemente. Merced a su estudio, el
conductista ha descubierto que la mayoría de los actos que vemos cumplir al
adulto son realmente aprendidos. Solíamos pensar que muchos de ellos eran
“instintivos”, es decir, “no aprendidos” —pero ahora nos encontramos a punto de
desechar la palabra “instinto”—. Sin embargo, llevamos a cabo muchas cosas sin
necesidad de aprenderlas: transpirar, respirar, hacer que nuestro corazón
palpite, que nuestra digestión se efectúe, que nuestros ojos se dirijan a una
fuente de luz, que las pupilas se contraigan, manifestar miedo ante un sonido
fuerte. Conservemos pues, como segunda clasificación: “respuestas aprendidas”
—suponiendo que incluyen todos nuestros hábitos complicados y todas nuestras
respuestas condicionadas—; y respuestas “no aprendidas”, entendiendo por ellas
cuantas ya realizamos en la primera infancia antes que el proceso de
condicionamiento y la formación de hábitos predominen.
Otra manera,
puramente lógica, de clasificar las respuestas es la de caracterizarlas por el
órgano sensorial que las origina. Así, verbigracia, tenemos una respuesta visual
no aprendida —por ejemplo, el pequeño que al nacer dirige la vista a una fuente
luminosa—. Opuesta a ella, una respuesta visual aprendida: la respuesta a una
pieza musical impresa o a una palabra. Podría, además, darse una respuesta
kinestésica no aprendida; el niño que reacciona llorando a causa de haber tenido
un brazo torcido durante un largo rato. Estaríamos frente a una respuesta
kinestésica aprendida si manipulamos un objeto delicado en la oscuridad, o
caminamos por un laberinto. Asimismo, podemos tener una respuesta visceral no
aprendida; el llanto provocado en una criatura de tres días por las
contracciones del estómago debidas a falta de alimento. Comparémosla con la
respuesta visceral aprendida o condicionada; la visión de pasteles en la
vidriera de una confitería que le hace agua la boca a un estudiante
hambriento.
Esta disgresión acerca del estímulo y la respuesta suministra
una idea del material con que hemos de trabajar en psicología conductista, y por
qué ésta se propone como meta el que dado el estímulo, poder predecir la
respuesta o, viendo qué reacción tiene lugar, inferir cuál es el estímulo que la
ha provocado.
¿Es el conductismo una mera orientación metodológica en el
estudio de los problemas psicológicos, o constituye un verdadero sistema de
psicología?
Si —puesto que no haya un testimonio objetivo de su
existencia— la psicología deja de lado los términos “mente” y “conciencia”, ¿qué
sería de la filosofía y de las llamadas ciencias sociales que actualmente se
asientan sobre esos conceptos? Casi a diario se interroga en este sentido al
conductista; a veces en forma de amistosa averiguación, otras, no tan
cordialmente. Cuando el conductismo luchaba por su supervivencia, temía
contestar dicha pregunta. Sus concepciones eran sobradamente novedosas; sus
campos harto vírgenes para permitirse siquiera pensar que algún día podría
erguirse y decir a la filosofía y a las ciencias sociales que también ellas
debían revisar sus premisas. Por ello, cuando así se le preguntaba, la única
réplica de que disponía el conductista era ésta: “Ahora no puedo preocuparme de
tales cuestiones. El conductismo es en la actualidad una vía satisfactoria para
arribar a la solución de problemas psicológicos”. En el presente el conductismo
está fuertemente atrincherado. Encuentra que su modo de encarar el estudio de
los problemas psicológicos, así como el de la formulación de sus resultados se
tornan cada vez más adecuados.
Acaso nunca pretenda constituir un
sistema. Realmente, en todos los campos científicos los sistemas son
anacrónicos. Reunimos nuestros hechos de observación, y de tiempo en tiempo
seleccionamos un grupo y extraemos ciertas conclusiones generales. En unos pocos
años, al acumular nuevos hechos de experiencia con mejores métodos, también
habrá que modificar estas conclusiones generales de ensayo. Todo campo
científico —la zoología, la fisiología, la química y la física—, se encuentra en
estado de flujo. La técnica y la tentativa de consolidarlos en una teoría o en
una hipótesis, describen nuestro procedimiento científico. Juzgado sobre esta
base, el conductismo constituye una verdadera ciencia natural.
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