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LA
GUERRA EN IRAK Y LA SECUELA archivo del portal de recursos
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Noam Chomsky
Noam Chomsky es profesor de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge, y autor del libro Hegemony or Survival: América's Quest for Global Dominance (Hegemonía o sobrevivencia: la búsqueda estadunidense de dominio global).
Cualquiera que haya sido su fuente,
los monstruosos ataques con bomba en Madrid resuenan con mayor estruendo y mayor
pesar cuando se ha cumplido un año de la invasión a Irak que Estados Unidos
encabezó en supuesta reacción al ataque terrorista del 11 de septiembre de
2001.
Durante el año que ha transcurrido desde el principio de la guerra,
las predicciones de muchos analistas han resultado acertadas, en particular las
referentes a las consecuencias de un ciclo de violencia que genera violencia.
Otros efectos parecen del todo sorprendentes. Una mirada hacia atrás puede
proporcionar una guía hacia tiempos menos atroces y más democráticos.
La
guerra contra Irak encabezada por Washington se emprendió con el reconocimiento
general de que bien podría conducir a la proliferación de armas de destrucción
masiva y del terror, riesgos que el gobierno de Bush, en apariencia, consideró
insignificantes en comparación con el prospecto de ganar control sobre Irak,
establecer con firmeza la norma de la guerra preventiva y fortalecer su asidero
del poder en lo interno.
En reacción a la acelerada militarización
estadunidense, Rusia ha incrementado de manera drástica sus fuerzas militares
ofensivas, mientras otros que se ven como blancos potenciales reaccionan con los
medios a su alcance: el terrorismo, por venganza o disuasión, y esfuerzos por
desarrollar armas de destrucción masiva, como es el caso de los programas
sospechosos de Irán y Corea del Norte. Junto con Madrid, la letanía del terror
del 11 de septiembre de 2001 en adelante abarca Bagdad, Bali, Casablanca,
Estambul, Jerusalén, Mombasa, Moscú, Riad y Yakarta. Tarde o temprano el terror
y las armas de destrucción masiva se mezclarán en las mismas manos, con
consecuencias estremecedoras.
Los supuestos vínculos de Irak con Al Qaeda
fueron descartados por analistas serios y no se ha hallado evidencia creíble de
ellos. Pero ahora está fuera de disputa el hecho de que Irak se ha vuelto, por
primera vez, un "paraíso de terroristas", como Jessica Stern, especialista de la
Universidad de Harvard en el tema de terrorismo, lo describió en un ensayo
publicado en The New York Times después del ataque con bombas a la sede de la
Organización de Naciones Unidas en Bagdad, en agosto del año
pasado.
Guerra preventiva no es sino un eufemismo de agresión a voluntad.
Fue esta doctrina, no sólo su aplicación en Irak, lo que motivó las vastas e
inéditas protestas contra la invasión. Esta reacción, sin duda, ha elevado las
probabilidades de que se recurra de nuevo a esa doctrina anunciada.
Se
derrocó a un tirano brutal, y se puso fin a las asesinas sanciones que obligaban
a los iraquíes a confiar en él para sobrevivir. La investigación realizada por
David Kay, además de socavar las acusaciones referentes a las armas de
destrucción masiva que supuestamente poseía Irak, revelaron lo frágil que era el
asidero del poder de Saddam Hussein en los últimos años. Añadió peso, por
consiguiente, a la opinión de los occidentales que mejor conocían Irak -los
coordinadores humanitarios de Naciones Unidas Denis Halliday y Hans van Sponeck-
de que, si las sanciones no hubieran tomado como objetivo a la población civil,
bien podrían los propios iraquíes haber derrocado al dictador.
En abril
pasado, según mostraron las encuestas, los estadunidenses creían que la ONU, no
Estados Unidos, debería tener la responsabilidad primaria de la reconstrucción
política y económica de Irak en el periodo de posguerra. El fracaso de la
ocupación estadunidense de Irak es sorprendente, si se consideran el poderío y
los recursos que Washington tiene a su disposición, el término de las sanciones
y el derrocamiento del tirano, así como la falta de un apoyo externo
significativo a la resistencia. En parte por este fracaso el gobierno de Bush ha
reculado y pedido apoyo a Naciones Unidas. Sin embargo, aún está en duda que
Irak pueda volverse algo más que un Estado cliente de Washington.
El
gobierno de Bush construye en Irak la misión diplomática más grande del mundo,
la cual tendrá 3 mil empleados, según informó Robin Wright en enero en The
Washington Post: claro indicio de que se pretende que la transferencia de
soberanía sea limitada. Esta conclusión se ve reforzada por la insistencia de
Washington en su derecho a mantener bases militares y fuerzas en el país, y por
órdenes del procónsul Paul Bremer de que la economía debe estar abierta a una
virtual apropiación extranjera, condición que ningún Estado soberano
aceptaría.
Por supuesto, la pérdida de control sobre la economía reduce
de manera drástica la soberanía política, así como los prospectos de un
desarrollo económico sano, lo cual es una de las lecciones más claras de la
historia económica. Las enérgicas demandas iraquíes de democracia y de una
soberanía que no sea de nombre han obstruido los esfuerzos de Washington por
imponer un gobierno que pueda controlar; incluso los avances logrados en
establecer una constitución formal no han puesto fin a ese conflicto.
El
cambio de gobierno en España después de los bombazos en Madrid refleja en parte
el repudio del pueblo español a la estrategia de Bush-Blair-Aznar de combatir el
terrorismo mediante la ocupación de Irak. En diciembre, una encuesta de
PIPA/Knowledge Networks mostró que la población estadunidense, en general,
ofrece poco apoyo a los esfuerzos de su gobierno por mantener una presencia
militar y diplomática permanente y poderosa en Irak. En Estados Unidos, las
preocupaciones populares por la guerra y la ocupación pueden relacionarse en
esencia con la desconfianza en la justicia de la causa.
El punto de
quiebre puede venir con la elección presidencial. El espectro político
estadunidense es sumamente estrecho y la gente sabe que las elecciones son
compradas en su mayor parte. A John Kerry se le describe con acierto como un
Bush light. Sin embargo, a veces la opción entre las dos facciones de lo que se
ha dado en llamar el partido empresarial estadunidense puede significar una
diferencia y puede ocurrir en esta elección como en la de 2000.
Esto vale
tanto para los asuntos nacionales como para los internacionales. Las personas
que rodean a Bush están comprometidas a fondo en revertir los logros de las
luchas populares del siglo pasado. Una pequeña lista de sus objetivos comprende
la atención a la salud, la seguridad en el empleo y los impuestos progresivos.
El prospecto de un gobierno que sirva a los intereses populares se está
desmantelando.
Desde el principio de la guerra en Irak, el mundo se ha
vuelto un lugar aún más precario. La elección estadunidense representa una
encrucijada. En este sistema de inmenso poder, las pequeñas diferencias pueden
traducirse en grandes resultados con impacto de largo alcance.