|
COLOMBIA, ESTA DEMOCRACIA GENOCIDA archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Javier Giraldo M., sj.
El P.
Javier Giraldo, sj. es el secretario ejecutivo de Justicia y Paz de la Conferencia
de Religiosos de Colombia. Colabora en la Liga Internacional por los Derechos
Humanos y la Liberación de los Pueblos.
Sumario
1. Los secretos de la construcción de una imagen
2. Contar muertos: una tarea dolorosa y polémica
3. Pasajes de la guerra sucia
4. La lógica interna de una "democradura"
5. ¿Una sociedad sin alternativa?
6. La impunidad: una clave
7. Apéndice: un llamamiento
apremiante
Cuadro estadístico
1. LOS SECRETOS DE LA CONSTRUCCIÓN DE UNA IMAGEN
En
la Cuaresma de 1986 fui invitado por el Comité Católico contra
el Hambre y por el Desarrollo, de Francia, para participar en la Campaña
de Cuaresma. Cuando me tocaba hablar sobre Colombia, interrogaba en un primer
momento a los asistentes, sobre la imagen que ellos tenían de mi
país. Las respuestas eran invariables. Las imágenes que se
despertaban en sus mentes al mencionar el nombre de Colombia eran estas:
droga, café, ciclistas (que participaban en el Tour de France) y
volcán (pues estaba recién pasada la tragedia de Armero, un
pueblo de Colombia que fue sepultado por una avalancha causada por un volcán).
No
hay duda que el primer referente de la imagen de Colombia en el mundo es
la droga. Algunos atribuyen a los carteles colombianos el 80% del comercio
mundial de cocaína. Creo que el problema ha sido sobredimensionado,
aunque nadie puede negar su magnitud, difícil de medir por su clandestinidad.
Pero esto ha llevado a relacionar la violencia que se da en Colombia con
el comercio de la droga. ¿Habrá aquí una simple pereza
investigativa, o algo más?
Un
hecho me pareció revelador: el 30 de enero de 1993 explotó
un coche bomba en una calle céntrica de Bogotá, causando la
muerte a 20 personas. E1 hecho fue atribuido, no sin fundamentos, a los
carteles de la droga y la noticia recorrió el mundo en muy pocos
minutos, a través de las agencias internacionales de prensa. Durante
ese mismo mes de enero/93 fueron registrados en nuestro banco de datos sobre
derechos humanos 134 casos de asesinato y 16 de desaparición, por
móviles políticos.
• En 25 de esos asesinatos y en 6
de esas desapariciones, todos los indicios conducían a responsabilizar
de los crímenes a agentes del Estado.
•
En otros 89 casos de asesinato y en 10 de desaparición, los indicios
apuntaban a los grupos paramilitares que actúan como auxiliares de
la fuerza pública.
Esto
quiere decir que, mientras aquel crimen del narcotráfico que destruyó
20 vidas humanas fue amplia e inmediatamente conocido en todo el mundo,
las 130 víctimas de agentes del Estado o del para-Estado fueron ignoradas
por los sistemas de información mundial: no existieron. Ciertamente
esos 130 casos no ocurrieron en el mismo día ni en el mismo sitio,
sino distribuidos en el lapso de un mes y esparcidos por la amplia geografía
de Colombia; así no podían entrar, pues, en los parámetros
de la "información" internacional. Pero el contraste entre
lo que se informa y lo que no se informa, explica los mecanismos de construcción
de imágenes falsas.
Organismos
no gubernamentales de Colombia registraron de mayo/89 a junio/90-período
de mayor concentración de atentados terroristas atribuidos al narcotráfico-
227 víctimas fatales, mientras en ese mismo período ocurrieron
2.969 asesinatos por móviles políticos, sin contar las muertes
en combate. Esto representa un 7.69% con respecto a la violencia política.
Entre enero/91 y mayo/92 las muertes violentas relacionadas con el narcotráfico
representaron solo el 0.18% del total de muertes violentas ocurridas en
Colombia.
El
estereotipo que los parámetros de información mundial han
creado sobre Colombia, ha servido también al gobierno colombiano
para lavar su imagen en los foros internacionales, donde se presenta casi
como "víctima" de violencias que están fuera de
su control: el narcotráfico y la guerrilla, ocultando con gran facilidad
los Crímenes de Estado que superan enormemente estos dos tipos de
violencia, pero que, para su fortuna, son encubiertos por los sistemas mundiales
de "información".
La
confrontación armada entre ejército y guerrilla produjo, entre
1988 y 1992, un total de 6.040 muertes violentas, incluyendo militares,
guerrilleros y civiles alcanzados por el cruce de fuegos. Esta cifra corresponde
al 4.7% del total de muertes violentas y al 30.5% de las muertes violentas
que tienen móviles políticos. Hay un 70% de estas últimas
que demandan otra explicación.
2. CONTAR MUERTOS: UNA TAREA DOLOROSA Y POLEMICA
En agosto de 1986
la Asamblea anual de la Conferencia de Superiores Mayores Religiosos de
Colombia, aprobaba como tercera opción prioritaria la siguiente:
"Estimular, apoyar e impulsar los signos proféticos que viven
las comunidades, mediante una Comisión de Justicia y Paz que canalice
y difunda la información y denuncia ante el país,' .
Las directivas de la Conferencia
Episcopal no acogieron bien esta iniciativa y pusieron obstáculos
a su ejecución. Dos años después, un grupo de 25 superiores
provinciales creaba, entonces, bajo su responsabilidad, una Comisión
Intercongregacional de Justicia y Paz, la que más tarde fue asumida
oficialmente por la Conferencia. Su primer proyecto concreto fue canalizar
y difundir la información sobre víctimas de violación
al derecho humano más sagrado: la vida. Se creó, entonces,
un banco de datos para registrar diariamente los casos.
La
primera dificultad fue encontrar categorías que nos permitieran discernir
y medir las diversas violencias que se cruzaban. Convencidos como estamos
de que el término "Derechos Humanos", por razones históricas,
filosóficas, jurídicas, éticas, políticas y
pragmáticas, hace referencia esencial al marco de relaciones: Ciudadanos/Estado,
buscamos clasificar los casos según las responsabilidades directas
o indirectas que cabía atribuir a agentes del Estado. Pero esto no
fue posible. Colombia había entrado desde comienzos de la década
de los 80 en lo que llamamos una "Guerra Sucia". Una inmensa red
de agentes violentos confusos fue substituyendo, en parte, lo que antes
hacían militares y policías plenamente identificados. Y lo
han hecho con métodos cada vez más refinados de clandestinidad
y de confusión, logrando que las víctimas y eventuales testigos
entren en una duda, muchas veces insuperable, sobre la identidad genérica
de los victimarios.
Los
mismos agentes de la fuerza pública comenzaron a ocultar sus placas
de identidad y las de sus vehículos; a utilizar capuchas, trajes
civiles, vehículos particulares y sitios clandestinos de reclusión,
para justificar la ausencia de formalidades legales en capturas que conducen
a desaparición forzada, asesinato, tortura o intimidación.
Esto ha sido complementado con amenazas efectivas a familiares, testigos,
abogados y eventuales denunciantes. En no pocas ocasiones, agentes del Estado
o del paramilitarismo se hacen pasar por ''comandos guerrilleros" al
ejecutar el crimen, dejando comunicados apócrifos en el escenario
del mismo. Por su parte, los medios de ''información" se apoyan
en las versiones oficiales que reproducen y consolidan la desinformación.
Optamos, entonces, por buscar
otras categorías que nos permitieran discernir las violencias, aunque
fuera limitadamente, en el contexto de una Guerra Sucia. Echamos mano de
los móviles que era posible inferir a través de algunas circunstancias
de los crímenes: la región donde ocurren; la coyuntura específica
que allí se vive; las características de las víctimas,
como su participación en organizaciones sindicales, campesinas, comunitarias,
reivindicativas o políticas, o su participación en acciones
de denuncia o de protesta.
_Los
casos en que puede inferirse un móvil político (represión
a posiciones ideológicas, políticas o reivindicativas) los
clasificamos como asesinatos políticos.
_Los
casos en que la información es más precaria pero algunos rasgos
del crimen apuntan a esos móviles, los clasificamos como asesinatos
presumíblemente políticos.
_Muchos
casos quedan en la categoría de oscuros, lo que significa que aún
queda alguna duda sobre su clasificación como hechos de delincuencia
común.
Dada la compleja
geografía de Colombia y la imposibilidad de estar en contacto sistemático
con muchas regiones, utilizamos la lectura de 17 diarios nacionales o regionales,
para extraer de allí noticias
escuetas de muertes violentas, depurando tal información de las interpretaciones
habitualmente falseadas o encubridoras de los periódicos. Una
categoría tuvo que ser puesta aparte, a pesar de la repugnancia que
nos causaba su denominación: las muertes por limpieza social.
La eliminación física
de drogadictos, expresidiarios, delincuentes, raponeros, prostitutas, homosexuales,
mendigos y niños de la calle, se ha ido convirtiendo en una práctica
rutinaria al amparo de la expansión de la violencia desde los años
80. Si bien allí confluyen diversos intereses, los indicios que se
infieren de numerosos casos delatan a la Policía Nacional. Son demasiado
numerosas las anécdotas que revelan un principio de incuestionada
aceptación práctica en la Policía: eliminara estas
personas, pues si son llevadas ante los jueces, rápidamente quedarán
en libertad o no habrá de qué acusarlas en concreto y volverán
a ser nuevamente, en pocos días, un problema policial. Hay allí
una ideología neonazi que legitima, en una institución del
Estado, la negación del derecho a la vida.
Desde
1988 un boletín trimestral comenzó a difundir las dimensiones
de la violencia política así sistematizada. Las cifras fueron
y continúan siendo aterradoras. Una lectura comparativa nos hizo
estremecer en alguna ocasión: la Comisión Verdad y Reconciliación,
de Chile, registró 2.700 casos de asesinatos y desapariciones políticas
en los 17 años de dictadura militar. Esa cifra total, con el horror
que produce, es muy inferior a lo que registramos en un solo año
en Colombia, desde que comenzó nuestro banco de datos.
Algunas
comunidades religiosas se horrorizaban tanto al recibir nuestro boletín,
que nos escribían cartas en las cuales nos pedían nopublicar
más esos listados de muertos, pues ello sólo producía
depresión y desesperanza. No cedimos, sin embargo, a la tentación,
pues creemos que al menos deben quedar constancias históricas de
lo que ocurre y que las víctimas merecen al menos que sus nombres
ocupen un pequeño espacio en algún documento, a pesar de todos
los esfuerzos por hundirlas en el olvido y el silencio. En muchísimos
casos, esas pocas líneas quedan como el único signo material
de su dignidad humana.
Por
otra parte, el Gobierno se muestra cada vez más molesto con nuestros
listados. Durante el tiempo de redacción de este relato (julio/94)
fui llamado por el Consejero para Derechos Humanos de la Presidencia de
la República, para que participara en un Taller de Indicadores "tendiente
a discutir y compartir criterios para la elaboración de estadísticas
sobre Violencia en General, Violencia Política y Violaciones a los
Derechos Humanos". En la parte final del seminario, el Consejero fustigó
duramente, en presencia de delegados de todos los órganos de investigación
del Estado, nuestra lectura de la realidad nacional. Se quejaba, en concreto,
de que tuviéramos en cuenta los "Asesinatos Presumiblemente
Políticos", pues eso llevaba a responsabilizar al Estado de
casos que no eran claros; se quejaba también de que consideráramos
la "Limpieza Social" como una ideología neonazi de instituciones
del Estado, cuando a su juicio se trataba más de una práctica
de agentes aislados; se quejaba de que consideráramos los crímenes
de los paramilitares como parte de la violencia oficial, etc. Para
responder a esas reiteradas acusaciones, yo insistí, en mi exposición,
en que no podíamos limitarnos a registrar los casos comprobados cuando
estábamos frente a una estrategia de Guerra Sucia, que llevaba ya
más de 10 años refinando métodos de clandestinidad,
encubrimiento e impunidad de los victimarios, pues ello equivaldría
a distorsionar profundamente la realidad nacional.
3. PASAJES DE LA GUERRA SUCIA
Sé bien que los análisis globales son siempre fríos, aunque se refieran a dramáticas situaciones humanas, y que es difícil entender una realidad distante mientras ésta no haga referencia a personas, lugares, fechas y circunstancias. Por eso prefiero escoger aquí, entre muchos millares de casos, algunos de aquellos a los cuales me acerqué personalmente, ya sea porque conocí a las mismas víctimas, ya porque seguí de cerca el dolor de familiares, amigos y comunidades enteras durante el proceso de las denuncias y en la búsqueda de una justicia imposible.
Caquetá
Es un departamento
del sur de Colombia, tierra de colonos que han ido ganándole terreno
a la selva amazónica. En los años 70 fue escenario de grandes
luchas agrarias y al final de la década se desarrolló allí
la guerrilla del M-19. Una comunidad femenina misionera durante más
de 10 años se dedicó a la formación de los campesinos
en un proceso de evangelización integral, promoviendo entre ellos
un compromiso de participación y desarrollo comunitario en el
cual se implicó su práctica cristiana. En 1984, para combatir
a la guerrilla, el Ejército instaló en la zona el Comando
Operativo N°. 12, que más tarde se convertiría en la XII
Brigada.
Nunca olvidaré
aquella primera semana que pasé en el Caquetá, en abril de
1982. E1 cúmulo de denuncias que nos llegaban sobre torturas, desapariciones
y muertes, me hizo entrar en contacto directo con la zona. Llegué
un mediodía a la austera vivienda de unas religiosas y les pedí
ponerme en contacto con algunos familiares de las víctimas. Una de
ellas se sonrió y me dijo: "Basta que se siente ahí en
la salita. Aquí no damos abasto para recibir a gente que acude a
nosotras para contarnos lo que han sufrido". Efectivamente, durante
cuatro días no tuve descanso y los pasé tomando notas y grabando
cassettes; solo interrumpí esa tarea para desplazarme a dos pueblitos
cercanos y entrar en contacto con otras víctimas. A1 regresar a Bogotá
llevaba conmigo un macabro dossier con datos sobre 144 asesinatos, algunos
perpetrados con derroche de sevicio, y sobre 240 casos de tortura. En esa
época no quedaban dudas sobre los victimarios. Los militares mataban
y torturaban a la luz del día y en presencia de numerosos testigos.
Sólo era imposible registrar sus nombres, pues para cometer los crímenes
se quitaban las placas que por ley debían llevar para identificarse.
Entre esos centenares de
casos quiero recordar algunos:
•
Una joven respondió a mis preguntas, frente a la grabadora, entre
perpleja y desmoralizada. Había sido obligada a caminar con una patrulla
militar durante 13 días por las montañas, como guía,
cargando los morrales de los soldados. Presenció muchas torturas
e incineración de humildes viviendas campesinas, pero le impactó
terriblemente el cruel asesinato de Jesús Pastrana. A este líder
agrario yo lo había conocido personalmente cuando venía a
Bogotá a los congresos de la ANUC (organización nacional campesina
que tuvo gran fuerza en esa época). Según el relato escalofriante
de esta joven campesina, Chucho murió lentamente, colgado de un árbol,
mientras soldados sicópatas le cercenaban las orejas, los dedos,
las manos, los brazos, los testículos, dándole finalmente
21 tiros de fusil, el 31 de octubre de 1981.
•
Me impresionó terriblemente escuchar a Florentino, un joven campesino
aferrado a la vida, que había escapado casi milagrosamente de su
tumba. A las 9 de la noche, el 6 de diciembre del 81, un grupo de soldados
lo sacó de su vivienda junto con su anciano padre y se los llevaron
a la base militar, con las manos atadas y una venda en la boca para que
no gritaran. En la base ya tenían a otros cuatro campesinos. A la
media noche los condujeron a todos a un sitio en el monte, y junto a una
fosa cavada previamente los hicieron tender en el piso, mientras con cuchillos
y armas de fuego los iban matando. Florentino quedó muy mal herido
en el cuello, pero procuró fingirse muerto antes de que lo remataran.
Los fueron tirando, uno a uno, a la fosa, y los soldados comenzaron a echar
paladas de tierra. En un momento dado, los gritos de otros soldados que
estaban junto al río obligaron a sus sepultureros a abandonar momentáneamente
su tarea y Florentino aprovechó ese momento para huir e internarse
en el bosque, no sin antes buscar a su padre entre los muertos, pero cuando
lo tocó ya frío y sin vida, huyó solo. Momentos después
los soldados regresaron y advirtieron que "un muerto se les había
escapado". En medio de tanta oscuridad no pudieron encontrarlo. Florentino
huyó más tarde, a nado, por el río, hasta encontrar
una vivienda campesina donde le impidieron desangrarse y lo sacaron clandestinamente
hacia Florencia.
• Tampoco
olvidaré los sollozos de aquella catequista mientras me narraba el
martirio de Ernesto, un joven integrante de una comunidad cristiana de base.
Por el solo hecho de haber asistido, casi obligado, a una reunión
del M-l9, Ernesto, como numerosos jóvenes de su pueblo, San José
Del Fragua, fue torturado durante 5 días en la base militar, logrando
salir con vida. Después de la tortura, fue obligado a presentarse
cada semana en la base, donde el Comandante le ofrecía, cada vez
con más presiones, tres alternativas: o se va para la guerrilla donde
tarde o temprano lo mataremos, o trabaja con el Ejército como auxiliar
en un grupo de "Contraguerrilla", o no respondemos por su vida.
Sus amigos le aconsejaron huir, pero él se resistía por no
dejar a su madre y a sus hermanos sin sustento. Con firmeza decía
que jamás colaboraría con el Ejército, pues eso sería
convertirse en asesino, y lo decía con esa expresión proverbial
de nuestros campesinos: "no quiero hacerle mal a nadie".
El
25 de marzo/82 Ernesto debía presentarse nuevamente en la base militar,
pero tuvo miedo. A1 despedirse de su madre, le dijo: "mamá,
déme la bendición, porque creo que me van a matar". En
efecto, el escuadrón "Contraguerrilla" lo esperaba cerca
de su casa. Aquel día desapareció. Su cuerpo, nuevamente torturado,
fue hallado 5 días después.
Alvaro Ulcué Chocué
Era un sacerdote indígena. Cuando se ordenó de sacerdote en 1973 ese acontecimiento fue noticia nacional. Era tan raro, tan excepcional, que un indígena llegara al sacerdocio! Yo estudiaba la Teología en ese entonces y sentí gran alegría, pues sentía especial simpatía por esas etnias del Cauca, como sobrevivientes heroicas de cinco siglos de opresión. Más tarde conocí a Alvaro en reuniones nacionales de grupos cristianos. Era un hombre humilde en todos sus modales, callado, pero plenamente comprometido en la liberación de su raza. Participaba en las organizaciones indígenas; visitaba los territorios de otras etnias y era reconocido como un líder por los suyos.
Rápidamente
Alvaro fue bandera de contradicción. Tomar partido por los suyos
implicaba enfrentarse a los grandes terratenientes del Cauca cuyos intereses
reñían con los intereses de los indígenas. E1 primer
conflicto explotó cuando Alvaro invitó a sus indios a no escoger
más padrinos de bautismo entre los blancos ricos, quienes se consideraban
con derecho a exigir a sus ahijados trabajo gratuito en sus haciendas. Desde
entonces Alvaro fue blanco de las iras de terratenientes y militares.
En adelante se le acusó de liderar todo conflicto en la región,
acusaciones que se formulaban en calumnias como ésta: que él
incitaba a los indios a matar a todos los terratenientes.
Ya
en 1981 el conflicto era intenso. Los terratenientes lo acusaban frecuentemente
ante el Arzobispo y ante los militares y estos últimos multiplicaban
los atropellos contra los indios para provocar sus protestas, las que eran
a su vez respondidas con crecientes intimidaciones. En una de esas ''provocaciones"
su hermana Gloria fue asesinada y sus padres heridos, al ser atacados por
una patrulla militar cuando regresaban de un trabajo comunitario.
A
finales de 1982, un comunicado lanzado a la opinión pública
por los grupos cristianos del Cauca, denunciaba: "Los terratenientes
le han puesto precio a su vida y solo el amor de quienes le rodean lo ha
salvado de ser uno más de los impunemente desaparecidos".
Dos días antes de
su asesinato, Alvaro denunció ante tres Generales del Ejército
los constantes atropellos contra sus hermanos indígenas y exigió
que se sustentaran las calumnias que se habían levantado contra él.
Los Generales escucharon en silencio sus relaciones, pero al final insinuaron
que estaban muy convencidos de que él incitaba a los indios a invadir
tierras.
E1 10 de noviembre
de 1984, dos sicarios en trajes civiles lo asesinaron, cuando se preparaba
para un bautismo en el vecino municipio de Santander de Quilichao.
Un testigo identificaría más tarde a los sicarios como agentes
del F-2 (Servicio de Inteligencia de la Policía), sin embargo ese
testigo fue sometido a amenazas y hostigamientos extremos. E1 mismo expediente
"desapareció" de los archivos de la Procuraduría.
Alguien transcribió
los textos de las decenas de pancartas que fueron llevadas al entierro de
Alvaro. Una de ellas reproducía, un poco libremente, una idea que
solía repetir: "Si he de morir, quisiera que mi cuerpo quedase
amasado en la arcilla de los fuertes, como un cemento vivo arrojado por
Dios entre las piedras de la ciudad nueva".
Nevardo
A1 recordar a
Alvaro Ulcué no puedo dejar de recordar a un joven generoso que inspiró
en él su compromiso con los marginados y con los indígenas
y que pagó también, por ese compromiso, el precio de su sangre.
Nevardo era un joven inquieto.
Hacía poemas y componía canciones. Quiso ser franciscano
pero encontró algunos obstáculos. Pasó dos meses en
el Cauca, junto a Alvaro Ulcué y poco tiempo después suspendió
sus estudios universitarios y se fue a trabajar en barrios marginados de
Neiva, la capital del departamento del Huila. Allí trabajó
como maestro en una escuelita primaria de un barrio marginado; organizó
grupos de teatro; participó en luchas y protestas las que acompañó
siempre con los ritmos de su guitarra. Después de su muerte pudimos
descubrir, a través de las notas de sus agendas y de papelitos dispersos
encontrados entre sus cuadernos y su Biblia, cómo había vivido
todo este compromiso como una búsqueda intensa del sentido de su
vida, confrontándose permanentemente con el Evangelio.
Luz
Stella era una de las jóvenes del barrio que fue participando con
Nevardo en los grupos de teatro y en las catequesis y con él empezó
a amar entrañablemente a una comunidad indígena que había
luchado por recuperar algún pedacito de la tierra que fue de sus
antepasados, en medio de enormes sufrimientos y persecuciones.
Los terratenientes
que exhibían títulos ilegítimos de la tierra que fue
de los indígenas, se habían aliado con la Policía para
hostigar, tanto a la comunidad indígena, como a los grupos que se
iban solidarizando con ella, y habían logrado confinar a los indígenas
en una pequeña isla del río. Magdalena, que se inundaba en
las épocas de lluvia. Detenciones arbitrarias y amenazas se fueron
sucediendo, hasta culminar en desapariciones y muertes.
El
22 de octubre de 1987, el comité que promovía la solidaridad
indígena y popular quiso estrechar sus vínculos con una comunidad
campesina que también luchaba por la tierra en otro pueblo del Huila.
Por eso Carlos y Salvador, miembros de la comunidad indígena y el
primero de ellos su Gobernador, Luz Stella y Nevardo, se dieron cita ese
día para visitar a los campesinos. En el vecino municipio de Campoalegre,
cuando se disponían a tomar otro bus para acercarse a la zona campesina
donde se desarrollaba el conflicto, fueron detenidos por la Policía
del lugar, detención que no fue reconocida ante las comisiones de
búsqueda. En la noche del domingo 25 de octubre, cerca de mil personas
desfilaron precipitadamente hacia el cementerio de Neiva para sepultar aquellos
cuerpos ya en avanzado estado de descomposición, hallados ese día
en un paraje solitario, horrorosamente torturados.
Inútiles
fueron las investigaciones que exigimos a las diversas instancias de la
justicia. En una cita con el Procurador General en Bogotá, ofrecimos
constituir un grupo de apoyo para esclarecer los hechos. Ante nosotros logramos
esclarecerlos plenamente y reconstruir, paso a paso, la secuencia del crimen.
Sin embargo, unos meses después el mismo Procurador era asesinado
y otros meses después las investigaciones eran "archivadas".
Nunca olvidaré a un adolescente que asistió a las primeras
reuniones en la Procuraduría, desplazándose desde Neiva. Con
su lenguaje carente de toda comprensión de lo jurídico, se
negaba a dar por concluidas las reuniones hasta que no se le prometiera
un siguiente paso bien concreto. Era Aldemar, amigo entrañable de
Nevardo. Algunos años después, cuando su cadáver torturado
y descompuesto fue hallado en las aguas del río Cauca, cerca de Cali,
me impresionó profundamente reconstruir su acelerada trayectoria
de radicalización espiritual y política, a través de
sus humildes libretas de agenda. Aldemar había sido impactado por
el testimonio de Nevardo y muy pronto lo siguió en el martirio. Fue
desaparecido en Cali, el 15 de abril de 1992, en compañía
de otros 5 líderes de movimientos populares de base. Sus cuerpos
fueron hallados en los días siguientes horriblemente torturados.
Tampoco podré olvidar
aquel domingo de octubre de 1991, cuando trataba de rescatar los restos
de Nevardo, a ruegos de su madre. Todo había sido intentado para
hacer desaparecer su tumba. Seis horas de rudo trabajo para construir un
túnel debajo de otra sepultura que habían dispuesto encima
de la suya, nos dieron finalmente acceso a sus restos. Allí pudimos
constatar la crueldad de la tortura. Su cráneo había sido
completamente destrozado y en sus ropas se apreciaban todavía enormes
manchones de sangre.
Lucho
Un día
de 1989, en Bucaramanga, capital del departamento de Santander, un grupo
de sindicalistas me entregó a un joven campesino a quien habían
logrado sacar clandestinamente del vecino departamento del Cesar. La apariencia
de aquel muchacho era normal. Tenía sentido del humor y en un rato
de conversación con él nadie descubriría su tragedia.
A1 acercarse más
a su vida, uno se enteraba de sus continuas pesadillas nocturnas que hacían
despertar sobresaltados a sus compañeros de dormitorio; de sus
múltiples desarreglos de salud; de su rodilla desenencajada; de su
continua y desesperante cefalea.
No
era un sindicalista, pues siempre había trabajado como jornalero
agrícola en el Cesar, pero era amigo de algunos sindicalistas y departía
con ellos en la sede social del sindicato después del trabajo. Su
sola presencia en esa sede social hizo que los militares lo señalaran
como "enlace de la guerrilla,'.
Aquella
tarde de noviembre del 88, Lucho quería llegar temprano a su casa.
Salió de la sede social del sindicato con un amigo, pero junto a
una tienda del pueblo los esperaba un grupo de jornaleros que ellos conocían
y los invitaron a tomar una cerveza. Lucho y su amigo bebieron rápido
la cerveza porque llevaban prisa, pero el grupo insistía en retenerlos
allí y les ofreció otra cerveza. De repente se vieron envueltos
en un cerco militar, sin manera de escapar. E1 grupo que los había
invitado se transformó súbitamente en sus verdugos. Todo estaba
planeado y había sonado la hora cero para actuar.
La
tienda de la trampa estaba ubicada frente a la casa de un parlamentario
a donde fueron introducidos brutalmente. Allí descubrieron que
la casa del parlamentario era a la vez una escuela de sicarios, un centro
de torturas y un campamento del Ejército. La noche había caído
ya y para estos dos jóvenes se anunciaba una noche más profunda.
Les quitaron primero sus
documentos de identidad. Se sucedieron golpes y torturas hasta hacerles
perder el sentido por unos momentos. Un militar que vigilaba las torturas
dijo que de allí no podrían salir vivos, pues ya habían
conocido el lugar.
Hacia
la media noche les anunciaron que morirían crucificados. En una camioneta,
propiedad de la familia del parlamentario, comenzaron a montar grandes
troncos de madera y puntillones gigantes, de los utilizados para las grandes
cercas. Luego los obligaron a subir a la camioneta atados el uno al otro.
Ambos se hablaron al oído y decidieron intentar el escape a
la primera oportunidad, pues la muerte a bala sería de todos modos
preferible a la crucifixión.
Era
la una de la madrugada cuando atravesaron el poblado. En la parte de atrás
comenzó a producirse el forcejeo. E1 conductor, inquieto con lo que
pasaba, miró hacia atrás descuidando el timón y el
coche se estrelló contra las barandas de un puente. Esta circunstancia
fue aprovechada por las víctimas para lanzarse a tierra. Uno de los
sicarios disparó su arma y Antonino murió enseguida, mientras
lucho se lanzó del puente y escapó en la oscuridad vomitando
sangre. Las luces de las viviendas del vecindario comenzaron a encenderse
y algunas personas comenzaron a asomarse por las ventanas. Los sicarios
temieron ser descubiertos y entonces pasaron el coche por encima del cadáver
de Antonino y huyeron.
E1
fantasma del compañero muerto se convirtió para Lucho en una
constante pesadilla que no lo abandona. A ese fantasma se sumó luego
el de uno de los sicarios, muerto posteriormente en otros hechos violentos.
La congestión de las grandes ciudades no ha podido disolver esos
fantasmas. A la entrada de los grandes almacenes parece descubrir con vida
a esos muertos que lo buscan y que frecuentemente malogran sus horas de
sueño, donde la realidad y la fantasía se confunden dañinamente.
Pero más que los muertos, ese escuadrón confuso de militares
y paramilitares busca su paradero. Su delito: haber sido candidato a la
crucifixión y haber conocido, traumáticamente, lo que se escondía
tras la puerta de la casa de aquel parlamentario.
Alfonso
A Luis, un campesino
de esos que llamamos ''duros", fogueado en numerosas luchas y conflictos,
se le quebró la voz cuando me dijo que en aquella ocasión
había llorado. Me impresionó mucho escucharle aquel relato
que le salía del fondo del alma. Y creo que él lloró
no sólo por su amigo, a quien ayudó a rescatar de las puertas
de la muerte, sino por el ejemplo que vivenció en aquella comunidad
campesina, donde la solidaridad era alma que convocaba, fuerza que actuaba
y construía, y que por eso era capaz de arrebatar vidas humanas de
los umbrales de la muerte. Luis era muy consciente, en el momento en que
me hablaba, de que esa solidaridad iba también retrocediendo y desapareciendo
ante la fuerza contundente del terror.
Aquello
sucedió en 1989. Alfonso era la persona que todos daban por muerto.
Había caído en manos de una patrulla del Ejército y
su tienda (centro de reunión y de amistad de aquella vereda) había
sido saqueada y arrasada por los soldados. Unos días antes, el Ejército
había detenido a un homónimo suyo y lo había torturado
durante 12 horas hasta descubrir que ése no era el que buscaban.
Cuando capturaron al segundo Alfonso, todo presagiaba que su muerte era
inevitable, pues así lo disponían las reglas implícitas
de la Guerra Sucia.
Las
primeras gestiones legales para rescatarlo dieron como resultado: desaparición.
Esto quería decir que su captura no era reconocida por el Ejército
y que en adelante habría que estar atentos a cualquier concentración
inhabitual de aves de rapiña que delatara la presencia de algún
cadáver expósito.
Aquella
comunidad, aterrorizada, no se resignaba, sin embargo, a abandonar a su
suerte a uno de los suyos. Cerca de cien personas de la vereda partieron
en éxodo hacia Barrancabermeja y se tomaron las oficinas de la Procuraduría.
Obligaron a los funcionarios a dar parte de lo ocurrido al Procurador General,
en Bogotá, y a otros altos oficiales del Estado, hasta que estos
no tuvieron otra salida que pedir explicaciones a la alta cúpula
militar. Finalmente los militares aceptaron entregarlo. Una comisión
de funcionarios y campesinos se desplazó hasta una montaña
para recibirlo. Tras 10 días de torturas, Alfonso estaba más
cerca de la muerte que de la vida.
Años
más tarde encontré personalmente a Alfonso quien me narró
los pormenores de aquel infierno. Sacado a rastras de su casa en la forma
más humillante, fue llevado, atado de pies y manos, a un lugar lejano
en la montaña; golpeado en todo su cuerpo; le introdujeron en la
boca una camisa entera, hundiéndosela hasta la garganta; se la empujaban
a golpes y puños hasta destrozarle los dientes, uno de los cuales
le fue arrancado brutalmente desde la raíz; le quemaron los ojos
con cigarrillos encendidos; le echaron agua con sal por la nariz hasta impedirle
totalmente la respiración, lo que le hizo perder la consciencia;
fue molido a golpes en el tórax, en el abdomen y en las piernas,
produciéndole hemorragias internas e inflamación de varios
órganos. Toda esa orgía de crueldad solo era pensable como
antesala de la muerte.
Quienes
lo rescataron tuvieron que conducirlo inmediatamente a un hospital, donde
fue sometido a un tratamiento de muchos meses. El Alcalde de Barrancabermeja
costeó los gastos médicos y hospitalarios para evitar más
escándalos.
Alfonso
conserva en su cuerpo y en su alma las huellas de tan horribles torturas.
Pero la zozobra no ha terminado. En los últimos meses (julio/agosto-94)
militares y paramilitares han vuelto a hostigarlo. Lo he acompañado
a recorrer despachos de Ministros, Consejeros y Procuradores, sin lograr
un compromiso efectivo en la defensa de su vida. La zona donde él
vive ha sido escogida como zona de expansión de uno de los proyectos
paramilitares más tozudos y ya la solidaridad de aquella comunidad
ha sido en gran medida neutralizada por el terror. Mientras escribo estas
líneas me he enterado de que varios de sus vecinos buscan afanosamente
para dónde irse, antes que sea demasiado tarde.
Una religiosa del Casanare
El relato de una
religiosa que venía del Casanare, un territorio del oriente del país
convertido recientemente en departamento, era tan patético, que quisiera
transmitir sus mismos sentimientos:
En
aquellas exequias, según ella, los sentimientos de terror, de indignación
y de impotencia, parecían sobrepasar el de tristeza. E1 espectador
difícilmente podía distinguir entre las escenas de guerra
y las de la liturgia fúnebre. Por la puerta del templo de ese pequeño
pueblo salía un cortejo que acompañaba los féretros
de dos jóvenes, mientras alrededor formaban en fila dos escuadrones
del Ejército con sus ametralladoras apuntadas contra los asistentes.
Todo había comenzado
cuando la guerrilla hizo una incursión en el pueblo y mató
a un soldado. Muy pronto llegó un contingente de 120 efectivos del
Ejército y anunció que por lo menos 120 personas del pueblo
debían morir para pagar la vida del militar sacrificado. La mayoría
de las casas fueron allanadas y casi todos los jóvenes del pueblo
tuvieron que pasar por la experiencia de la tortura.
Una
tarde el Ejército dio una orden extraña: nadie podía
salir de su casa después de las 6 de la tarde.
Uno
de los hermanos se apresuró a ir al restaurante donde solía
cenar, pero mientras cenaba fue capturado por un grupo de soldados. Su hermano
había llegado ya a la casa, pero pronto sintió que golpeaban
la puerta. Su hermana le dijo: "no salga, hermano", pero él
respondió: "Yo no debo nada, por eso no tengo nada que temer"
y abrió la puerta. Los soldados lo sacaron violentamente y se lo
llevaron. Ya era de noche.
Al
día siguiente, los cuerpos de los dos hermanos fueron hallados sin
vida y con señas de crueles torturas.
¿Cómo
no velarlos en el colegio? Eran alumnos queridos por todos los estudiantes.
No se podía ceder ante el ambiente de terror que se había
apoderado del pueblo ni ante quienes parecían señalarlos como
"delincuentes" sin fórmula de juicio, con la más
absoluta arbitrariedad. Era preciso demostrar con algún signo la
fe en la dignidad humana y en la justicia, aún frente a las bocas
amenazantes de las ametralladoras.
El
colegio, la parroquia y la población rindieron homenaje a aquellos
cuerpos sin vida, en un gesto que las circunstancias hicieron heroico.
Ese gesto exacerbó
a los militares, que con su peculiar lenguaje habían ordenado arrasar
su dignidad humana y sus derechos más sagrados, así no hubiese
de por medio ni delitos, ni acusaciones, ni pruebas ni razones, sino la
urgencia de saciar un absurdo sentimiento de venganza.
Nervios
crispados; puños cerrados; palabras y gritos que se agolpaban en
las gargantas buscando imposibles salidas; lágrimas que provenían
simultáneamente del dolor, de la indignación y de la impotencia,
como densas concentraciones de amargura; todo ello hacía de aquel
espectáculo un homenaje heroico a la vida y a la dignidad humanas,
expresado en aquel cortejo fúnebre que salía del templo, silencioso!
escoltado por numerosos cañones de ametralladoras.
San Vicente de Chucuri
Era el 21 de febrero
de 1990. Varios campesinos habían llegado hasta Barrancabermeja,
huyendo de los bombardeos que se producían, desde helicópteros
y aviones militares, en una zona rural del municipio de San Vicente de Cuculí.
Yo me encontraba en Barranca y, junto con miembros del Comité local
de Derechos Humanos, decidimos acercarnos a la zona, pues los campesinos
desplazados aseguraban que había heridos sin atender y cadáveres
sin identificar.
E1
paisaje era precioso, pero cuando escalamos el Cerro de la Aurora, comenzamos
a ver manchas de sangre reseca por el camino, cráteres abiertos por
las bombas y numerosos cartuchos de proyectiles. Los relatos de los pocos
campesinos que no habían huido, eran escalofriantes: a un muchacho
lo habían detenido ante un gran número de testigos a quienes
obligaron a encerrarse en una alcoba, lo que no les impidió ver cuando
llegó el helicóptero militar en el cual se lo llevaron. Ocho
días después, un montón de tierra removida en la vereda
vecina alertó a los campesinos. Allí encontraron su cadáver
partido en pequeños trozos. Tuvieron que recogerlo en dos recipientes
de plástico. Cerca de allí, dos ancianos sordomudos que no
escucharon el ruido de las bombas y quizás por eso no huyeron, fueron
salvajemente torturados y asesinados en su paupérrima vivienda. Cuando
entramos en ella, había aún allí un charco de sangre
líquida en medio de sus humildes enseres desordenados.
Una
mujer campesina nos impresionó por su firmeza y su fina observación.
''Padrecito -me dijo- de algo sirve vivir cincuenta años en estas
montañas; yo sé distinguir desde lejos el olor de un animal
muerto y el de un cristiano". Con ella descendimos unos sesenta metros,
alejándonos del camino, esquivando helechos y bejucos, por entre
una arboleda. El olor a cadáver descompuesto se hacía cada
vez más insoportable. Todos contuvimos la respiración ante
el espectáculo macabro, mientras en el alma se estrellaban sentimientos
de todo orden. Por todos los lados aparecían restos de vituallas
del Ejército, lo que evidenciaba un campamento militar recién
levantado. Con las manos extendidas y abiertas, aquel cuerpo destrozado
tenía el aspecto de un crucificado. Por entre las ramas de los árboles
se filtraban algunos rayos de sol de las primeras horas de la tarde, mientras
contemplábamos aquel cadáver en un tenso silencio. La plegaria
del ''Requiem aeternam" me salió del fondo del alma, lo mismo
que aquellos versículos del capítulo 19 de Job, que la tradición
cristiana ha pronunciado sobre millones de sarcófagos: ''Yo sé
que está vivo mi vengador y que al final se alzará sobre el
polvo; después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré
a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo mirarán."
E1 cráneo, ya sin
piel, dejaba ver varios impactos de balas. La piel de las manos se había
conservado para denunciar que éstas habían sido quemadas en
una hoguera cuyas cenizas encontramos cerca. Los pies estaban atados con
cuerdas, lo que hacía presumir que había sido arrastrado hasta
allí violentamente. La fina observación de la campesina que
nos guiaba nos hizo ver que ese cuerpo no era de un campesino; así
lo revelaban sus manos y sus pies no encallecidos.
Esa
misma noche llegó a la zona una comisión investigadora de
la Procuraduría y ordenó su inhumación, no sin antes
cortarle los pulpejos de los dedos para tratar de establecer su identidad.
Dos años después supe que un investigador había probado
plenamente que se trataba del médico Juan Fernando Porras, capturado
clandestinamente en Bucaramanga unos días antes, por el servicio
de inteligencia del Ejército: el B-2.
Se
le acusaba de colaborar con la guerrilla. Testigos que estuvieron detenidos
por esos días en los calabozos de la Quinta Brigada del Ejército,
confirmaron su presencia, sometida a extremas medidas de seguridad, en esos
mismos calabozos.
El Alberge Campesino
El Magdalena Medio
es la región bañada por el río Magdalena en su recorrido
intermedio, antes de acercarse a los departamentos de la costa para desembocar
en el Mar Caribe. Dicha región comprende zonas de S departamentos.
Es tierra agrícola de alta calidad y encierra muchos otros recursos
naturales, pero también diversas violencias han arraigado allí:
varias organizaciones guerrilleras acantonaron en sus montañas desde
los años 60; las tropas regulares que allí se establecieron
ensayaron los métodos de guerra más brutales y más
tarde refinaron allí la estrategia de la Guerra Sucia; el paramilitarismo,
surgido en los años 80, hizo de esa región uno de sus más
privilegiados laboratorios. La ciudad de Barrancabermeja (popularmente llamada
"Barranca") es epicentro importante de la región.
En
septiembre de 1988 se realizó en Barranca un Foro sobre Derechos
Humanos al cual fui invitado. Cuando terminábamos las exposiciones,
se presentó un grupo de familias para denunciar su desplazamiento
forzado, a causa de un bombardeo del Ejército en zonas rurales del
vecino municipio de Simacota. Pedían ayuda para ''refugiarse"
en Barranca.
Unos meses
antes yo había visitado un refugio cerca de San Salvador y allí
mismo había pensado que esa solución provisoria era ya urgente
para nosotros en Colombia. Aquel grupo de familias desamparadas hizo que
lo intentáramos. Concretar la idea no fue fácil. Las mismas
organizaciones populares, la Iglesia y muchos campesinos la contemplaban
con temor. ¿No sería aquel sitio un blanco más preciso
para la represión? Pero era válido intentarlo. La historia
nos daría la respuesta.
En
abril de 1989 se inauguró el Albergue Campesino. Fueron inútiles
los esfuerzos para que el gobierno local nos cediera un terreno baldío
en préstamo, pero la solidaridad internacional nos permitió
comprar las instalaciones de una fábrica de materiales de construcción
que sus dueños habían decidido trasladar.
Durante
los dos primeros meses, el terrorismo telefónico se ensañó
contra los albergados. Fue necesario organizar turnos de guardia en las
noches para alertar sobre algún ataque sorpresivo. Nuevamente la
solidaridad internacional, mediante una campaña de cartas al Gobierno,
en las cuales se mencionaban al menos los ''alias,, de los victimarios,
que habían sido identificados como miembros del servicio de inteligencia
del Ejército (el B-2), logró que el Albergue entrara en una
relativa calma.
A mediados
de 1991, sin embargo, la persecución se reanudó en forma más
contundente. En junio/91 los muros del Albergue fueron blanco de ráfagas
de ametralladoras dos noches consecutivas. En octubre/91 fueron perpetradas
dos masacres casi en las puertas del Albergue, y aunque no hicieron
blanco en los albergados, llamadas telefónicas posteriores anunciaban
que: "si se escaparon esta vez, la próxima no". En marzo/92
un grupo paramilitar se introdujo en el Albergue a las 9 de la noche y mantuvo
encañonados a los albergados durante tres horas. En mayo/92 una joven
que había visitado repetidas veces el Albergue en búsqueda
de informaciones sospechosas, al verse descubierta, confesó que era
enviada por una organización paramilitar coordinada por la XIV Brigada
del Ejército; esta joven había sido obligada, bajo chantaje,
a trabajar para dicha estructura criminal; según ella, ése
grupo preparaba un nuevo atentado contra el Albergue; dos días después,
su cadáver desfigurado era hallado en una carretera cercana
a Barranca.
Entre abril/92
y mayo/93 fue necesario cerrar el Albergue. Se decidió un cierre
temporal y activo, mientras se desarrollaban las investigaciones penales
y disciplinarias que solicitamos en forma apremiante.
Largas
reuniones en la Procuraduría, en la Consejería Presidencial
para los Derechos Humanos y en la Fiscalía General, me confirmaron
cada vez más los férreos mecanismos vigentes de impunidad,
cuya savia nutricia es una absoluta falta de voluntad política para
frenar el paramilitarismo y la Guerra Sucia, lo que revierte en el más
eficaz aval a los crímenes del Estado y del para-Estado.
Finalmente,
en febrero/93, el Fiscal General me convocó para un "diálogo"
con el Ministro de Defensa, en su presencia, con miras a llegar a un acuerdo
informal sobre el Albergue. E1 Ministro se negó rotundamente a aceptar
responsabilidad alguna de las Fuerzas Armadas, a pesar del amplio dossier
de pruebas ya existente, y prometió enviar algunas "directrices',
a la fuerza pública de la región para que se respetara
el Albergue. Esta precaria promesa y la presión de muchas familias
campesinas para que se reanudara ese servicio humanitario, nos llevó
a reabrir el Albergue. Sin embargo, en la noche del 21 de marzo/94 el Albergue
fue nuevamente atacado por una patrulla militar que quiso ocuparlo violentamente
y disparó un proyectil hacia su interior. Nuevamente la solidaridad
internacional se expresó en fuertes reclamos al Gobierno, lo que
permitió restablecer una relativa calma, aunque la impunidad siguió
campeando en forma desafiante.
Acercarse
a cualquiera de los centenares de personas que han pasado por el Albergue,
es asomarse a profundas tragedias humanas. Allí se palpan, en realidades
muy concretas, las dimensiones aterradoras del crimen que significan los
desplazamientos forzados, las desapariciones, los bombardeos, el paramilitarismo,
así como los alcances horrorosos de la impunidad imperante.
El Carmen de Chucuri
Una mañana
del mes de octubre de 1990 llegó a nuestra oficina de Justicia y
Paz un grupo de personas provenientes de El Carmen de Cuculí, otro
municipio del Magdalena Medio. Entre ellos venían el Párroco,
Padre Bernardo Marín, y el Personero del municipio. Habían
escapado a un atentado contra sus vidas y todo aconsejaba que jamás
volvieran a su pueblo.
Aunque
ya habíamos recibido muchas denuncias sobre un peculiar proyecto
paramilitar que hacía carrera en esa zona, el largo recorrido que
hice por los diversos despachos de la justicia, acompañando a estos
sobrevivientes en su denuncia, me fue revelando las características
de esa estructura criminal.
En
El Carmen había tenido un cierto influjo la guerrilla del Ejército
de Liberación Nacional. Cerca de allí había muerto
en combate, en 1966, el sacerdote guerrillero Camilo Torres. Desde entonces
muchos campesinos simpatizaban con la guerrilla y otros habían llegado
a convivir con la situación, lo que le daba un cierto poder social
a la guerrilla, que a veces empleaba para imponer sus decisiones. Para el
Ejército esta era una zona que se proponía someter a sangre
y fuego y para ello diseñó "un remedio peor que la enfermedad".
Se propuso involucrar compulsivamente a toda la población en la lucha
contrainsurgente, exterminando a quienes no quisieran someterse.
Ya
desde 1981 el Ejército había creado un centro de entrenamiento
de sicarios en una aldea vecina y los fue dotando de armamentos. Ese grupo
fue punta de lanza para implantar el proyecto en la región. A medida
que avanzaban, reunían a las comunidades rurales y les proponían
tres alternativas: o someterse a las reglas de juego que ellos imponían,
o abandonar la región, o morir.
Rápidamente
la población comprendió que el proyecto tenía el respaldo
del Estado, desde sus más altos niveles. Las bases paramilitares
se fueron construyendo junto a las bases militares; las reuniones las convocaban
los militares y las presidían los paramilitares o viceversa; datos
de censos, empadronamientos o listados de pobladores elaborados por los
militares, aparecían en las manos de los paramilitares; personas
que eran retenidas por los militares, eran entregadas luego a los paramilitares.
A toda la población se le obligó a pagar impuestos especiales
para sostener lo que se llamó "la autodefensa"; a participar
en turnos de patrullajes armados; a financiar sus propias armas de obligatoria
tenencia y control por el grupo, y a entregar a sus hijos jóvenes
para entrenamientos y patrullajes de varios meses.
Nuestra
Comisión fue sistematizando las denuncias recibidas y publicó
dos extensos informes sobre este proyecto criminal. Según esos datos,
desde 1987 más de 300 personas, que no se quisieron someter al grupo
ni abandonar la zona, fueron asesinadas. Otros numerosos actos de barbarie
fueron denunciados con fechas y lugares precisos, tales como torturas, desapariciones,
extorsiones, violaciones carnales, expropiaciones, saqueos, destrucción
de viviendas y cultivos. Varios miles de personas fueron al exilio y se
han dispersado por todas las regiones del país, donde sobreviven
en condiciones de miseria.
El
Padre Marín, que había estructurado su Parroquia como red
de comunidades de base conformadas en las diversas veredas, fue percibiendo
en sus visitas lo que se estaba montando y por ello alertó valientemente
a sus feligreses sobre este proyecto criminal, invitándolos a resistir.
En una reunión realizada en la vereda Islanda, en 1987, militares
y paramilitares afirmaron que la toma de E1 Carmen tendría como prerrequisito
quitar de en medio al Padre Marín y a otras tantas personas que tenían
influjo en la población; por ello decidieron eliminarlos. El
4 de octubre de 1990, el Comandante de la base militar de El Carmen dio
la orden al Comandante de la Policía de allí mismo, de acuartelar
a todos sus agentes al anochecer. Dos sicarios que prepararon el plan
durante 20 días debían ejecutarlo esa noche. Llegada la hora
cero, el Comandante de la Policía decidió, más bien,
acatar la orden de su conciencia, y llegó con sus agentes al sitio
donde debía comenzar la matanza, con el fin de defender a las víctimas.
E1 plan fue, entonces, frustrado, pero el Comandante de la Policía
fue "trasladado" a otra región esa misma semana. Antes
de irse suplicó a las víctimas que huyeran, pues ya no quedaba
quien pudiera defenderlos de una sentencia inapelable de muerte. Así
lo hicieron, agradecidos.
Nuestras
denuncias llegaron a impresionar, en un momento dado, a algunos altos funcionarios
judiciales quienes levantaron un grueso expediente y ordenaron capturar
a los principales responsables civiles, el 29 de marzo de 1992. Pero una
asonada, incentivada por los militares, frustró esa acción
judicial que se intentó hacer con una flotilla de helicópteros,
y poco faltó para que jueces y auxiliares salieran del intento sin
vida. E1 escándalo producido llevó enseguida el problema a
las esferas de la opinión pública. Desde allí fue más
fácil neutralizar la "Justicia", pues "había
llegado demasiado lejos".
Se
iniciaron, entonces, los ataques por los Mass Media. Los dueños de
éstos cerraron filas alrededor del Ejército, acusando a todos
los denunciantes de "colaboradores de la guerrilla". Durante más
de seis meses fuimos víctimas de esa intensa campaña.
Entre
tanto los militares, al no poder eliminar físicamente al Padre Marín,
optaron por destruirlo moralmente, mediante montajes infames, recurriendo
al método de ''testigos secretos" que lo acusaran, incluso,
de "haber llevado cajas de munición a la guerrilla',. La ''Justicia
Sin Rostro" que se implantó en Colombia en el último
período, en la cual son válidos testigos secretos, jueces
secretos, pruebas secretas y ''delaciones,, pagadas con altas sumas de dinero,
es un medio excelente para este tipo de montajes, aún más
cuando se ha otorgado a los militares amplísimos poderes para manipular
las pruebas que desencadenan el proceso.
Daniel
Fue
un paramilitar. Nacido en una familia pobre, en el departamento del Valle,
prestó su servicio militar en el Batallón San Mateo, en la
ciudad de Pereira. A1 terminar su servicio, fue invitado a trabajar como
"informante" del Ejército, oficio que aceptó gustoso
y que desarrolló muchas veces ejerciendo como conductor de vehículos.
Su hermano Rubiel había sido asesinado mientras se desempeñaba
en un oficio similar
En
marzo de 1990 le fueron asignadas tareas de inteligencia en una zona rural
del municipio de Trujillo. Allí hizo seguimientos a un grupo guerrillero,
detectando algunas viviendas donde los guerrilleros entraban. De todo esto
le rindió informes a un Mayor del Ejército, quien comandaba
allí los operativos contrainsurgentes.
Entre
el 31 de marzo y el 1 de abril del 90, Daniel quedó estremecido con
el fruto de sus informes. En un fuerte operativo militar/paramilitar, sacaron
de sus viviendas, a la media noche, a un nutrido grupo de campesinos y los
condujeron a la hacienda de un conocido narcotraficante de la región,
donde los sometieron a una orgía inimaginable de sevicio para luego
despedazarlos con una motosierra. El Mayor del Ejército se reservaba
para él los tormentos más crueles. E1 último servicio
de Daniel fue llevar sus cuerpos desmembrados en una volqueta, para arrojarlos
al río Cauca. Luego huyó. Mientras presenciaba esa barbarie,
supo que una de las siguientes víctimas sería el Párroco
de Trujillo, el Padre Tiberio Fernández.
Cerca
de un año después, en una conversación con él,
Daniel me confesaba que aquello lo había dejado perplejo. Estaba
convencido que combatir a la guerrilla era prestar un servicio a la patria.
Ahora se preguntaba: "¿quiénes son, entonces, los malos?"
Su perplejidad lo había llevado a buscar refugio en un campamento
guerrillero en proceso de desmovilización, después que un
organismo civil de seguridad del Estado, el DAS, le había anunciado
que ya no podía protegerlo más. Daniel había denunciado
ante la Procuraduría y ante los jueces, con minucia de detalles,
los horrores que presenció. E15 de mayo de 1991, cuando imprudentemente
regresó a Trujillo para visitar a su padre, Daniel fue "desaparecido".
No quiero reproducir aquí
los relatos que Daniel hizo, con enorme precisión y coherencia, ante
diferentes instancias de investigación, incluyendo misiones humanitarias
internacionales. No los cito porque hieren demasiado cualquier sensibilidad
humana, a causa de su crueldad. Solo puedo decir que las torturas allí
practicadas se inspiraron en las más extremas manifestaciones de
la barbarie que la historia registra en sus más morbosos anales.
Víctima de esa crueldad
fue el Párroco de Trujillo, el Padre Tiberio Fernández, cuyo
cadáver horriblemente mutilado fue rescatado del río Cauca
el 24 de abril de 1990. Tiberio era de origen campesino y en su juventud
fue un líder agrario y uno de los primeros alumnos de la Universidad
Campesina, fundada por la Compañía de Jesús en Buga.
Allí nació su entusiasmo por el cooperativismo. A1 asumir
su Parroquia de Trujillo, promovió 20 empresas comunitarias, entre
rurales y urbanas. Muchos de los trabajadores de esas empresas fueron descuartizados,
como él, pues para el Ejército y los narcotraficantes de la
región, toda organización popular no es más que "fachada
de la guerrilla".
Actualmente
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la OEA, examina
esta masacre, que alcanzó a más de 60 víctimas. E1
Gobierno colombiano ha respondido que ya los tribunales nacionales y la
Procuraduría absolvieron a los presuntos culpables, dado que el Instituto
de Medicina Legal declaró "perturbado mental" a Daniel,
que fue "el único testigo presencial,,. Ni jueces ni procuradores
examinaron la coherencia total que se descubre entre los relatos de Daniel
y las declaraciones de los numerosos familiares de las víctimas,
quienes solo presenciaron los momentos de las capturas, pues no pudieron
entrar a la hacienda de los suplicios. Tampoco se tomaron el trabajo de
examinar la coherencia entre esos relatos y el estado material de los cadáveres
que pudieron ser rescatados del río. Solo se aferraron al veredicto
de un psiquiatra oficial, que se atrevió audazmente a presentar como
"diagnóstico de personalidad" un interrogatorio que escasamente
superó una hora, sin preguntarse siquiera si algunos desajustes menores
del paciente podrían explicarse por los horrores que presenció.
Largo sería explicar
en detalle estas piezas de antología de la impunidad, que la historia
clasificará seguramente entre las más aberrantes.
El cadáver destrozado
de Tiberio nunca será posible separarlo mentalmente de esa montaña
de cadáveres de feligreses suyos, que exhibieron en su humanidad
las más aterradoras huellas de la barbarie. En ellos la dignidad
humana fue negada y aplastada; en ellos los derechos más sagrados
del ser humano fueron desconocidos y su clamor por ellos ahogado en sangre
y en tormentos; en ellos las utopías de justicia fueron castigadas
con sevicio.
El Putumayo
Es otro departamento
del sur, que hace frontera con Ecuador. También es zona de colononización
donde la selva ha ido retrocediendo ante el lento avance de pequeños
poblados y cultivos. En 1990 varios párrocos de la región
me insistieron en hacer visitas para recoger denuncias sobre hechos
atroces que no debían quedar en el silencio. Varias veces estuve
allí y regresé con sentimientos de total frustración.
Tal era el terror, que nadie quería hablar. "Aquí el
que abra la boca es hombre muerto", me dijeron muchos campesinos.
Sin embargo, en la Semana
Santa del 91 "la tasa se llenó',, según expresión
de uno de los párrocos quien me pidió insistentemente regresar.
Era cierto. Incluso una nutrida manifestación por las calles del
pueblo el miércoles santo, era un signo evidente de que ya no querían
silenciar por más tiempo tan terrible baño de sangre.
La Unidad de Policía
Antinarcóticos que tenía establecida allí una gran
base, ayudada por una amplia red de paramilitares, había llevado
a extremos inconcebibles la Guerra Sucia. Tener entre 15 y 30 años
era, para ellos, signo evidente de "ser guerrillero', y por lo tanto
objetivó lícito de desaparición y muerte.
E1
examen del Libro de Defunciones de una de las parroquias me permitió
hacer un listado de 280 asesinados con armas de fuego en los últimos
S años, el 70% de los cuales eran menores de 30 años. Todo
el mundo me aseguraba que por cada muerto que registraban los libros de
la Parroquia había mucho más de 10 que se enterraban informal
y clandestinamente.
Aquel
Viernes Santo el pueblo entero se volcó a las calles para participar
en el largo y extenuante Via Crucis bajo un sol calcinante. Un campesino
me había anunciado que pasaría en una moto, durante el Via
Crucis, para llevarme al río, aprovechando la ausencia de patrullajes
militares por el río en esos momentos.
La
canoa enrutó río arriba y el campesino me fue señalando
los sitios donde habían encontrado cadáveres, muchos de los
cuales eran sepultados inmediatamente junto al río. Si hubieran colocado
cruces para marcar esos sitios, las riveras del río hubieran quedado
demasiado cortas. Yo no podía evitar un estremecimiento interior
al recorrer aquel móvil y silencioso sepulcro de tantas vidas humanas
en aquel caluroso Viernes Santo.
A1
llegar a un sitio del río, un pescador nos reveló lo que él
observaba furtivamente en las noches desde su modesta cabaña: cerca
de allí, en un sitio estratégico, llegaba siempre hacia la
media noche un coche blanco de donde hacían descender a las víctimas;
les disparaban un tiro en la frente; les abrían las entrañas
con un cuchillo y les introducían piedras; luego los sumergían
en el río. E1 pescador nos dio algunas pistas, con gran sigilo, para
encontrar a un sobreviviente de una de esas rutinarias masacres nocturnas.
Nos internamos en el monte
y llegamos finalmente a una humilde cabaña donde localizamos a aquel
joven que nos narró su tragedia. Había sido detenido, sin
ninguna acusación, cuando pasaba frente a la base de la Policía
Antinarcóticos. Lo introdujeron en una especie de calabozo, donde
más tarde llevaron a otros jóvenes. Cuando ya estaban dormidos
sobre el piso, hacia la media noche, los despertaron a golpes y los introdujeron
en el fatídico coche blanco. Los llevaron al sitio acostumbrado junto
al río y, uno a uno, los iban matando y arrojando en el río.
Arturo, aterrorizado, fingiendo una extrema ingenuidad, suplicó
que no lo tiraran al río, pues no sabía nadar. Sus verdugos
quisieron quizás tortúrarlo con un intento de ahogamiento
antes de darle el tiro de gracia, pero Arturo se hundió por sus propias
fuerzas en lo profundo del río y nadó hondo hasta alcanzar
la otra orilla. Las ráfagas de las ametralladoras disparadas sobre
el río no lo alcanzaron y así pudo sobrevivir. E1 armazón
de un pequeño barco, anclado en la otra orilla, le sirvió
de protección para sacar la cabeza y respirar, y para observar a
sus verdugos sin ser visto por ellos.
Sacar
a este joven hasta la capital, para que su denuncia, llevada a altas instancias,
intentara frenar ese baño de sangre, fue tarea difícil y riesgosa.
Los controles militares por el río, las carreteras y el aeropuerto
eran extremos. Aunque la denuncia se hizo con riqueza de detalles, la justicia
nunca llegó. El Director Nacional de la Policía solo prometió
''trasladar" a los agentes y oficiales que estaban allí, y lo
hizo. ¿No irían luego a desarrollar su estrategia en otras
regiones? La impunidad en que aún quedan todos estos crímenes
es absoluta.
Riofrío
En la noche del
5 de octubre de 1993, los noticieros de televisión transmitieron
imágenes y declaraciones de altos oficiales del Ejército,
acerca de un exitoso operativo contrainsurgente que había concluido
con la muerte de " 13 guerrilleros", en la vereda El Bosque, del
municipio de Riofrío, del departamento del Valle. Los grandes medios
escritos destacaron al día siguiente la noticia.
Pocos
días después entramos en contacto directo con los sobrevivientes.
Una comisión, en la cual participó un delegado del Episcopado
y otros de organizaciones no gubernamentales de derechos humanos, viajó
a la zona, inspeccionó el escenario del crimen y entrevistó
a numerosos testigos. Algunos de estos rindieron declaraciones ante instancias
oficiales; otros se negaron a hacerlo y solo hicieron sus relatos, bajo
estricta confidencia y reserva de sus nombres, a los miembros de la comisión
no gubernamental. La información recopilada ponía al descubierto
la monstruosa capacidad de mentira de los militares y el papel encubridor
de los Mass Media.
Aquellos
"13 guerrilleros" eran miembros de dos familias campesinas que
habían construido durante años una comunidad veredal unida
y progresista, con un elevado sentido comunitario. Nuevamente la doctrina
de la ''responsabilidad colectiva,, explicaba otro horrendo crimen: puesto
que por allí pasaban, de tarde en tarde, los miembros de un frente
guerrillero, los "culpables" eran los visitados por ellos y por
eso había que eliminarlos sin contemplación alguna; además,
esas tierras eran codiciadas por un narcotraficante menor del Cartel de
Cali y había que allanar toda resistencia a su proyecto de apoderarse
de ellas; en fin, toda comunidad bien organizada y que lucha por su bienestar
colectivo, es sospechosa de esconder estrechas relaciones con la guerrilla.
Al amanecer del S de octubre,
los miembros de las familias Ladino y Molina, líderes de aquella
vereda, fueron sorprendidos por un grupo armado que vestía una mezcla
de prendas militares y civiles; fueron sacados violentamente de sus casas
y conducidos a la casa de uno de los Ladino, que estaba deshabitada ese
día, ya que habían ido a otro pueblo para una diligencia.
Allí fue la masacre, precedida de violaciones y torturas.
Varios
sobrevivientes, unos escondidos entre el monte y otros (mujeres y niños)
encerrados por los victimarios en sus alcobas, pudieron observar, hacia
el medio día, que tropas del Ejército relevaban al misterioso
grupo del amanecer, coincidiendo ambos, por algunos momentos, en el escenario
del crimen. La madre de algunas de las víctimas fue visitada por
varios oficiales del Ejército luego del relevo, pero cuando ella
alzó la vista para observarlos, reconoció a uno de ellos como
integrante destacado del grupo del amanecer.
El
Coronel Becerra, Comandante del Batallón Palacé, reivindicó
por todos los medios de prensa hablados y escritos la masacre, presentándola
como un "combate" con una peligrosísima célula guerrillera;
combate que estuvo precedido por cuidadosas labores de "inteligencia"
y que había culminado "dando de baja a 13 guerrilleros".
A pesar de su reconocimiento explícito y público, avalado
en los días siguientes por los Generales de Brigada y División
que oficiaban como sus superiores, La Procuraduría solo lo acusaría
después por "encubrir" a un misterioso grupo armado que
habría llegado al amanecer y habría perpetrado la masacre.
E1 Coronel Becerra tenía
una historia tormentosa. Cuando en 1988 fue vinculado judicialmente, con
orden de captura, como presunto responsable de la masacre de 20 trabajadores
de haciendas bananeras en la región de Urabá, sus superiores
lo enviaron a un curso de ascenso en los Estados Unidos. Vigente aún
la orden de captura, regresó a Colombia y fue ascendido a Teniente
Coronel por la Junta Asesora del Ministerio de Defensa, compuesta por 26
Generales.
Cuando solicitamos
al Procurador General una explicación de todas estas burlas a la
justicia, nos respondió que: en la investigación disciplinaria
por su participación en la masacre de las haciendas bananeras, se
había decretado "la prescripción" el 20 de abril
de 1992, y que contra los Generales de la Junta Asesora que habían
aprobado su ascenso a Coronel, obraba una "investigación preliminar"
(a cuatro años y medio del hecho, o sea, que prescribirá en
6 meses).
4. LA LÓGICA INTERNA DE UNA "DEMOCRADURA"
El término
''democradura,' es del escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien no encontró
en el diccionario una palabra adecuada para expresar la combinación
extraña de formalidades democráticas con rasgos de dictadura.
Colombia, en el último
medio siglo solo pasó por una dictadura militar de 4 años,
entre 1953 y 1957, y por ello se presenta como una democracia "de las
más sólidas" de América Latina, sobre todo por
haber escapado a la era de las dictaduras de "Seguridad Nacional',
que inundaron el continente en los años 60 y 70. Sin embargo, sus
niveles de violencia política superan con creces los de la mayoría
de los otros países.
Quizás
algunos elementos de su historia política expliquen este modelo particular
de Estado, que pudo asimilar profundamente los principios de la Doctrina
de Seguridad Nacional bajo los formalismos de la democracia. Algunos rasgos
del modelo se podrían describir así:
1)
El campo de lo político se fue dividiendo en dos ámbitos compartimentados:
uno, constituido por el poder burocrático/administrativo, donde siguió
vigente el libre juego de los partidos y donde el botín burocrático
y presupuestal siguió alimentando los ciclos de la corrupción;
el otro, el del conflicto social, fue dejado al manejo de las fuerzas armadas,
para lo cual se las dotó de una copiosa legislación represiva
amparada en la figura constitucional del Estado de Sitio casi permanente,
pero cuyo principal instrumento fue el privilegio de juzgarse a sí
mismas en los tribunales castrenses, donde la impunidad es férreamente
protegida.
2)
Sin embargo, una acción bélica prolongada difícilmente
subsiste sin un marco de legitimación social. E1 desarrollo de 8
organizaciones guerrilleras en las últimas tres décadas creó
un marco de ''conflicto interno,, que se extrapoló fácilmente
al conflicto entre los bloques hemisféricos de poder. Así,
el guerrillero devino "enemigo interior" que representaba el poder
del bloque contrario, y por eso se consideró legítimo desconocerle
cualquier derecho. Los Mass Media se encargaron de imponerle a la opinión
pública la legitimidad de su muerte fuera de combate, o de convertirlo
en objetivo lícito de desaparición, tortura o tratos degradantes,
negándole, incluso, los derechos procesales, no a través del
discurso directo, sino a través de los discursos subliminales del
silencio, la distorsión o el discreto aval.
Una
vez legitimado lo anterior, fue fácil extender esas legitimaciones
a los "colaboradores de la guerrilla", calificación que
se adjudicó con extrema generosidad a las diversas facetas del movimiento
popular y de la oposición política. Con mayor facilidad se
extendieron esas legitimaciones a los moradores de zonas de conflicto, donde
se aplicó y se aplica la doctrina más concreta de la ''responsabilidad
colectiva,,, según la cual, campesinos, indígenas y pobladores
que habiten en zonas frecuentadas por la guerrilla, o son sus militantes,
o al menos responsables de su presencia y por tanto blancos legítimos
de la acción bélica contrainsurgente .
3)
Los años 80 produjeron crisis en el modelo, en dos aspectos: por
la consciencia creciente de los derechos humanos y por el derrumbe progresivo
del "comunismo internacional" que dejaba sin piso uno de los pilares
ideológicos de la Doctrina de Seguridad Nacional.
Frente
a lo primero, se diseñó la estrategia paramilitar, que buscó
limpiar al Estado de responsabilidades en un alto porcentaje de crímenes,
trasladando su autoría directa a cuerpos de civiles armados, clandestinamente
coordinados por la fuerza pública. Pero, además, la conquista
de un sector del narcotráfico para apoyar el paramilitarismo, facilitó
la confusión y ofreció la posibilidad de atribuir todo crimen
a "autores desconocidos" que gozan de una calculada neutralidad
y se denominan "narcoterroristas".
Frente
a lo segundo, se reclasificó al "enemigo interior" como
"terrorista,,, y para ello se tipificó el terrorismo en el Código
Penal con la más extrema ambigüedad, con el fin de poder aplicarlo
a cualquier expresión del movimiento popular y de la oposición
política.
4)
Sin embargo, tanto la estrategia paramilitar de Guerra Sucia, como la estrategia
de penalización (léase "terrorización") de
la protesta social, dejan escapes gaseosos que pueden explotar en el ámbito
de la justicia. De allí que fuera necesario judicializar el conflicto.
Para ello, la nueva Constitución de 1991 diseñó un
modelo de justicia altamente politizado, al permitir la injerencia
del Ejecutivo en los nombramientos claves del ramo, especialmente en
el del Fiscal General, en el cual concentró enormes poderes discrecionales.
A1 mismo tiempo confeccionó una justicia paralela para la oposición
política, adscribiéndola a la rama de la "justicia
ordinaria", donde dio cabida a las aberrantes figuras de: jueces secretos,
testigos secretos, pruebas secretas, "delaciones" pagadas,
capturas previas a toda investigación, validación de "informes
de inteligencia militares", alargamiento de términos de detención
sin pruebas sustentables, etc. Esta combinación de arbitrariedad
e impunidad, llegó a ser, en la coyuntura actual, elemento clave
del modelo.
5)
Por último, es difícil ocultar tantas muertes sin dar la impresión
de que el Estado es culpable de algo, al menos por omisión. Además,
la comunidad internacional no puede dejar de mirar con preocupación
a un país que exhibe los más altos índices de violencia
en el mundo en la última década. Frente a esto, era necesario
asumir el discurso de los derechos humanos como discurso oficial explícito,
y dar la impresión ante el mundo de que se hacen esfuerzos supremos
para protegerlos. La nueva Constitución fue en esto magistral: incorporó
en su texto casi todas las declaraciones internacionales de derechos humanos
(que desde hacía muchos años habían sido firmadas y
ratificadas por Colombia) y además creó nuevas instituciones
protectoras. Por su parte, el Gobierno multiplicó comités
y organismos oficiales de defensa de los derechos humanos. Solamente quienes
recorremos a diario todas esas entidades, podemos constatar que todas ellas
se sienten con plenas atribuciones para remitirse, unas a otras, las denuncias
y los problemas, en un interminable ir y venir de sobres lacrados y membreteados
de una oficina a otra, pero ninguna de ellas dice tener atribución
alguna para resolver los problemas. Sin embargo, el frondoso organigrama
de instituciones protectoras de los derechos humanos remata admirablemente,
y con grandes efectos cosméticos, el modelo de democradura.
5. ¿UNA SOCIEDAD SIN ALTERNATIVA?
Lo que han dejado
las décadas de sufrimiento en muchos países de América
Latina tiene profundidades que a veces son difíciles de discernir,
ya por la congestión de denuncias que hay que tramitar; ya por la
angustia de encontrar soluciones a situaciones apremiantes; ya por la euforia
de pequeñas conquistas, o por las luchas desesperadas para lograrlas,
o por las esperanzas, que a veces nos invitan a dormir sobre utopías
imposibles, como mecanismos de defensa frente a las frustraciones.
Ya
se ha vuelto una exigencia social que toda exposición oral o escrita
sobre situaciones deplorables, debe terminar anunciando alguna salida esperanzadora.
También la sociedad tiene mecanismos de defensa frente a la desesperanza.
Sin embargo, antes de esbozar
cualquier salida, quisiera sacar a la superficie ciertos sedimentos angustiantes
que van dejando todas estas oleadas de tragedia.
Una
escena que se ha vuelto rutinaria en mi oficina, ha sido el forcejeo de
argumentos para que no sean las mismas víctimas las primeras
promotoras de la impunidad. En todas ellas prima, evidentemente, el afán
por la supervivencia. Si lograron salvar algunas vidas, no quieren arriesgarlas
más con la denuncia o la exigencia de justicia. Tienen sobrada razón.
Pero justamente eso ha hecho intocables a los victimarios. E1 discurso sobre
la necesidad de luchar contra la impunidad los entusiasma y les hace
brillar los ojos por momentos, pero cuando se llega al momento de tomar
decisiones prácticas que los implican, todo se desvanece. Parecen
responder con su mirada, tocada de penoso escepticismo: "Ojalá
tenga éxito en su lucha. Yo llegué hasta aquí".
Muy doloroso ha sido ver
a parejas disolverse, porque una u otro ya no soportan por más tiempo
la zozobra o la tensión de una búsqueda de justicia, o porque
miran con angustia el futuro de unos hijos por cuya sobrevivencia deben
responder.
Me impresionó
hondamente ver llorar un día en mi oficina a un trabajador de las
bananeras, testigo de muertes, torturas y amenazas que él había
denunciado con valor, pero por ello se vio obligado a dejar su trabajo y
a alejarse de la región. La única alternativa para no ser
abandonado por su esposa y su madre, era renunciar a toda lucha, a toda
denuncia y a pertenecer en adelante a cualquier organización, para
no atraer más desgracias sobre la familia. Esa decisión le
costó abundante llanto.
No
dejo de recordar frecuentemente otra escena que me dejó profundos
interrogantes e impresiones: estando en un curso con obreros en Barrancabermeja,
un campesino me confió una dura decisión que había
tomado pero que aún le oprimía en su interior y quería
desahogarse. En su vereda se había instalado un retén
militar que los sometía casi diariamente a requisas y controles.
Cuando salían a traer su mercado, les destruían o arrebataban
la mayor parte, con la excusa de que "esa es comida para la guerrilla".
Durante varios meses organizaron sigilosamente un éxodo hacia Barrancabermeja
y se tomaron una iglesia para protestar. E1 Gobierno central envió
a un delegado suyo, el cual comprendió la situación de los
campesinos y rápidamente suscribió un acuerdo con ellos, asegurando
que el Gobierno no permitiría más ese tipo de requisas y saqueos.
Cuando regresaron a la vereda, eufóricos con su triunfo, los militares
los sometieron nuevamente a la requisa expoliadora, y al mostrarles el texto
del acuerdo, les respondieron entre carcajadas: "Esos señores
mandan en Bogotá. Aquí mandamos nosotros,,. Aquel campesino
me dijo que desde ese momento su fe en las instituciones se había
derrumbado y que había tomado la decisión irreversible de
sumarse a la guerrilla. Un nudo en la garganta me impidió responderle
por un buen rato. Me encontraba ante un hombre que había pagado elevadas
cuotas de sacrificio para demostrar el valor de las luchas no violentas,
pero ahora su esperanza estaba destrozada. ¿Qué alternativa
presentarle de lucha, que él ya no hubiera intentado con resultados
frustrantes? Quise hacerle ver que tampoco en la guerrilla iba a experimentar
éxito alguno y más bien le esperarían profundos sufrimientos
y sinsabores. E1 me respondió que eso bien lo sabía, pero
que sólo buscaba morir con dignidad, pues de todas maneras lo iban
a matar. Me pregunté, entonces, si muchos combatientes no se embarcarán,
a plena consciencia, en una lucha sin esperanza, pero encontrándole
algún sentido extremo a ese luchar sin esperanza.
Frecuentemente
recuerdo un diálogo con las Madres de la Plaza de Mayo en Buenos
Aires. E1 cuadro político de Argentina parecía evidenciar
que los años de la dictadura, con su represión brutal, habían
logrado exterminar, exitosamente, a toda una generación ideológica,
y condicionar por el terror a la generación siguiente. Una opción
implícita pero férrea parecía adivinarse en la
nueva generación: nunca jamás transitar por los caminos ideológicos
por donde transitaron los desaparecidos, los torturados, los masacrados.
Es su tributo subconsciente al deseo de vivir.
Recordé
mucho ese diálogo al leer un día a uno de los columnistas
habituales de un diario nacional. ¿Por qué nos oponemos -se
preguntaba- a que ciertos movimientos políticos de izquierda participen
en el Parlamento? ¿No son, acaso, una minoría controlable?
¿Qué significan 10 ó 20 votos frente a más de
un centenar de los partidos tradicionales? ¿No le da eso, acaso,
una buena imagen al Congreso, como Congreso democrático, pluralista,
que respeta todas las opiniones? Habría motivos de preocupación
y alarma si esa minoría se creciera.
E1
desenfado de esas reflexiones me confirmaba en conclusiones similares a
las de las Madres de la Plaza. La democracia y el respeto a los derechos
humanos fundamentales tienen un precio: no buscarle alternativas al sistema
imperante.
Cuando en
Colombia los Consejeros del Presidente declaran ante la prensa: "se
ha producido una mejoría notable en la situación de los derechos
humanos", y señalan disminuciones en 100 o 200 casos, en las
cifras de víctimas que suman varios millares, muchos nos preguntamos
cuál habrá sido el precio de esa disminución. ¿Será
que va quedando menos gente para matar de la que había que matar?
¿No será que hay menos campesinos dispuestos a participar
en una marcha reivindicativa? ¿o menos trabajadores dispuestos a
participar en una huelga o a afiliarse a un sindicato? ¿No será
que hay menos personas dispuestas a exigir justicia o a denunciar a sus
victimarios?
Con todos
estos recuerdos y reflexiones solo quiero señalar con el dedo una
dimensión de la represión que pocas veces se toma en cuenta:
la destrucción de la conciencia moral.
Cuando
el instinto de conservación se pone en dilema con opciones éticas
que tocan los modelos, los comportamientos, las estructuras sociales, se
está destruyendo, en niveles muy profundos, la consciencia moral
de la sociedad.
6. LA IMPUNIDAD: UNA CLAVE
Muchos sociólogos
afirman que no se da relación estrecha entre situaciones de pobreza
y violencia, o sea que la violación generalizada de los derechos
económicos no produce, ordinariamente, reacciones violentas. Algunos
dicen que éstas son mucho más probables cuando existen muy
fuertes contrastes entre ricos y pobres y son percibidos muy sensiblemente.
Hay una relación
más estrecha entre la violación de los derechos civiles y
políticos y la violencia. E1 cierre de espacios políticos
de participación genera, con mayores probabilidades, formas de insurgencia
armada. E1 espacio político en Colombia, hasta finales de los años
70 fue un espacio bastante cerrado, dominado por dos partidos tradicionales
en forma excluyente, manteniendo en la ilegalidad a toda fuerza alternativa,
mucho más si ésta era ''socializante", la que entonces
era perseguida con múltiples formas de violencia estatal y mediante
campañas de deslegitimación ideológica o "demonización"
a través de todo aparato superestructural. Quizás esto explica
la conformación de 8 organizaciones guerrilleras (y otras más
fugaces) desde los años 60.
Ciertamente
la Constitución del 91 tiene otras filosofía. Es de inspiración
liberal, aunque no escapó a fuertes condicionamientos antidemocráticos
que dejaron en ellas sus huellas profundas, como: el sistema de justicia,
el Fuero militar; los estados de excepción, además de un artículo
transitorio que permitió convertir en leyes permanentes todos los
decretos de Estado de Sitio expedidos entre 1984 y 1991.
El
problema colombiano se sitúa cada vez menos en un campo legal. Yo
recuerdo los primeros Foros de Derechos Humanos realizados a comienzos y
mediados de los años 80; en las conclusiones y manifiestos finales
planteábamos, por ejemplo: la abolición de la justicia castrense
para los civiles; el levantamiento del Estado de Sitio, que era permanente,
y de numerosos decretos aberrantes emitidos bajo su cobertura, como el "Estatuto
de Seguridad" (1978); la derogatoria de los supuestos fundamentos legales
del paramilitarismo (Ley 48/68); el nombramiento de un Procurador Delegado
para las Fuerzas Militares y de un Ministro de Defensa civiles; la firma
y ratificación de ciertos convenios internacionales de derechos humanos,
etc. Todo esto se ha ido consiguiendo, pero la violencia ha continuado en
forma alarmante. E1 problema se sitúa ciertamente en terrenos más
prácticos.
Los
"procesos de paz", o diálogos entre el Gobierno y la guerrilla,
desde la administración Betancur (1986- 1990) nos han enseñado
mucho. Betancur hizo aprobar una Ley de Amnistía para los guerrilleros
que decidieran optar por las vías legales de lucha (Ley 35/92) pero
pocos meses bastaron para descubrir la trampa: un alto porcentaje de los
amnistiados fueron asesinados, muchos de ellos a pocas horas de legalizar
su situación. E1 partido político Unión Patriótica,
fruto también de ese primer "proceso de paz,,, ha sufrido, desde
su fundación en noviembre de 1985, el asesinato de un militante cada
53 horas. En los cuatro primeros años esa frecuencia fue más
intensa: un militante muerto cada 39 horas, y en los períodos preelectorales
aún más: un militante muerto cada 26 horas. Mientras escribía
este relato, contemplé el funeral del último senador de la
U.P., asesinado el 9 de agosto/94. E1 cortejo fúnebre era ya muy
reducido. Para muchos, militar en la U.P. es llevar una sentencia de muerte
implacable, escrita en gruesos caracteres sobre el pecho. E1 año
pasado, el Defensor del Pueblo, a petición de la Corte Constitucional,
hizo una revisión de las "investigaciones" que cursan por
asesinatos de militantes de la U.P. Solo revisó 717 casos (cerca
de una tercera parte, pues los demás parece que ni merecieron un
proceso) y descubrió que solo en 10 casos hubo sentencia, ó
de ellas absolutorias.
Muchas
veces hemos puesto nuestra confianza en la administración de justicia,
como posible eje de una salida. Si la Justicia funcionara -pensamos-quizás
los victimarios no actuarían con tanto desenfreno.
Los
últimos gobiernos han prometido "fortalecer la justicia,' como
solución a los problemas de violencia e impunidad. Los gobiernos
de los Estados Unidos y de la Unión Europea han aportado grandes
sumas para ese objetivo. Sin embargo, la impunidad campea a niveles escandalosos:
al finalizar la administración Gaviría, el Director Nacional
de Planeación reveló (abril 94) que de 100 delitos que se
cometen en Colombia, sólo 21 son denunciados, y que de éstos,
14 prescriben por diferentes razones y sólo 3 terminan en sentencia,
lo que arroja un índice de impunidad total del 97%. Y si miramos
el problema desde la Procuraduría, que es el organismo que vigila
a los funcionarios del Estado y solo produce sanciones de tipo administrativo
(no penas), el último Informe del Procurador sobre las situación
de los derechos humanos (junio/93) reconocía que menos del 10% de
las quejas recibidas (que se colocan bien pocas) son investigadas, y que
de éstas, solo el 21% culminan en un fallo, y que de ésos
fallos, en el caso de los militares, el 56% son absolutorios.
¿Por
qué no funciona la Justicia? La mayoría de la gente ya no
cree en ella justamente porque no funciona (¿un círculo vicioso?)
y prefiere buscar formas de justicia privada o se resigna a la impunidad.
Frente a los Crímenes de Estado es extremadamente difícil
convencer a una víctima, a un familiar o a un testigo para que rinda
una declaración acusatoria o se constituya en Parte Civil dentro
del proceso que le concierne, pues están convencidos de que con ello
firman su sentencia de muerte o atraerán una cadena infinita de persecuciones
y desgracias sobre sí y sobre su familia. ¿Cómo darles
confianza, mientras el número de denunciantes asesinados o desaparecidos
crece?
A pesar de todo,
hay minorías valientes que no se resignan a la impunidad y rinden
sus declaraciones. Son casos realmente excepcionales, pero no por ello dejan
de estrellarse contra la muralla inexpugnable de la impunidad. Cuando las
pruebas son insoslayables, el caso pasa a Jurisdicción Penal Militar,
donde los militares se juzgan a sí mismos en tribunales donde se
fusiona la autoridad institucional con la judicial, produciendo figuras
como ésta, que no pocas veces se ha repetido: el que dio la orden
de cometer el crimen actuando como presidente del jurado que juzga a los
que la obedecieron. Cuando el caso escapa a la "justicia" castrense
o se ventila solamente en la Procuraduría, los métodos de
la Guerra Sucia, con sus refinados mecanismos de clandestinidad y de confusión,
rara vez permiten que los expedientes salgan de ese "Limbo" que
se denomina "Investigaciones
Preliminares",
donde realmente se abusa del término "investigación".
Si la víctima, sus familiares o alguna organización no gubernamental
no hacen ellos mismos la investigación y aportan las pruebas a funcionarios
que rara vez salen de sus escritorios, el expediente será archivado
luego de un tiempo prudencial.
Pero
¿qué pruebas pueden aportar las víctimas o sus familiares?
Solamente testimonios de quienes presenciaron furtivamente el crimen o alguno
de sus momentos secuenciales y no tienen mucho miedo a las represalias.
Sin embargo, el testimonio ha sido progresivamente envilecido. Unas veces
se le niega toda credibilidad arbitrariamente, como en el caso del asesinato
de la misionera suiza Hildegard Feldmann (sep. 9 de 1990), en el cual la
Procuraduría rechazó 24 testimonios coincidentes, tomados
por diferentes funcionarios, en distintas fechas y en diversos lugares,
y solo aceptó la versión de 4 militares, 3 de ellos incursos
en el crimen y uno que no fue testigo, con el absurdo argumento que: "el
interés del ofendido lo puede llevar a distorsionar la verdad".
Otras veces se busca invalidarlo mediante "testimonios" opuestos
que digan lo contrario, como sucedió en el caso del proyecto paramilitar
de E1 Carmen de Cuculí, sin que los investigadores se tomen el trabajo
de comprobar los hechos objetivos a que aluden los testimonios (en el caso
de E1 Carmen de Cuculí bien hubieran podido revisar más de
300 actas de defunción, pero no lo hicieron). E1 actual régimen
de "Justicia Secreta" se presta admirablemente para comprar testimonios
tendientes a invalidar otros (fuera de los que se compran para acusar falsamente
de "guerrilleros" o "terroristas" a quienes reclaman
justicia o a quienes ponen las denuncias, como en el caso del Párroco
de E1 Carmen de Cuculí).
¿Qué
hacer, entonces? De todas maneras la impunidad sigue siendo la clave fundamental
del modelo y sus consecuencias desastrosas para la sociedad:
• deja intactas las estructuras y asiente implícitamente a las conductas
que hicieron posibles los crímenes, allanando el camino para que
se continúen perpetrando;
• legitima ante la sociedad conductas
que destruyen radicalmente la convivencia humana civilizada;
• atenta
contra las leyes que tipifican esos crímenes invalidándolas
en su dimensión operativa;
• destruye la confianza en el sistema
de justicia y deja desprotegidos a los ciudadanos frente al crimen;
• estimula la búsqueda de formas de justicia privada y el desarrollo
de múltiples formas de violencia;
• constituye una nueva afrenta
para las víctimas, para sus familiares y para todos los que comparten
moralmente los efectos del crimen;
• atenta contra la credibilidad de
las instituciones, sobre todo de aquellas más involucradas en la
perpetración de los crímenes y en la complicidad o tolerancia
de los mismos;
• destruye la base fundamental del Estado de Derecho;
• crea en la sociedad un ambiente de aceptación fatal del crimen
de Estado que lleva a considerar como altamente riesgoso el ejercicio de
determinados derechos civiles, políticos y sociales, haciéndolos
efectivamente nugatorios y destruyendo la conciencia moral de la sociedad;
• condiciona o determina las conductas sociales y las posiciones i
deológicas con censuras subliminales a toda exigencia
de justicia o a toda posición favorable a una sociedad alternativa.
La impunidad se escuda en
los numerosos vacíos e ineficiencias de la justicia; en la omisión
culpable de todos los poderes; en el celestina de los medios de "información";
en la manipulación sentimental de la opinión pública;
en las intimidaciones y chantajes de los victimarios.
A
veces se la legitima con tesis que no resisten ningún análisis
ético, como la de la licitud de combatir crimen con crimen, absolviendo
por principio y de antemano a quienes lo hacen desde el Estado; o la de
equilibrar las amnistías e indultos otorgadas a grupos insurgentes
con amnistías e indultos a los culpables de Crímenes de Lesa
Humanidad desde el Estado, reivindicando para los victimarios el imposible
''derecho de perdonarse a sí mismos".
Pero
también la impunidad ha buscado legitimaciones religiosas, a través
de un recurso ilegítimo a la veta reconciliatoria del Cristianismo,
desnaturalizando el valor cristiano del perdón. Se ha querido extraer
el perdón de su ámbito propio de las relaciones interpersonales,
donde se realiza su valor cristiano como acto creador, gratuito, libre y
riesgoso, que busca superar situaciones límite de ruptura mediante
una fe activa en el ofensor, reconstruyéndolo como hermano, y trasladar
ese perdón al ámbito de las relaciones jurídico políticas,
donde las relaciones humanas son mediadas por estructuras que eluden las
dimensiones de gratuidad, creatividad y libertad en que se nutre esencialmente
el valor del perdón.
Lamentablemente
el discurso del ''perdón y olvido", asumido incluso por
algunos episcopados, no hace siquiera alusión a lo que la tradición
teológica cristiana dejó en los grandes catecismos, cuando
se esforzó por traducir al ámbito de lo masivo el valor cristiano
del perdón y formuló sus 5 condiciones clásicas de
autenticidad: examen de conciencia, arrepentimiento, propósito de
enmienda, confesión y reparación del daño.
Un
esfuerzo similar se impone para traducir el valor de la reconciliación
cristiana al ámbito de las relaciones jurídico políticas.
Allí no podría soslayarse un esclarecimiento público
de la culpabilidad, ni la condena explícita de los mecanismos, estructuras
y doctrinas que posibilitaron los crímenes, ni medidas correctivas
que cierren el camino a la reiteración de los mismos, ni la reparación
a las víctimas y a la sociedad. La naturaleza misma de una comunidad
política hace que, si no existe una sanción social explícita
y profunda que repercuta en la memoria social, los crímenes no son
deslegitimados. De lo contrario, el valor cristiano del perdón puede
alcanzar su máxima perversión: pasar de ser un acto creador
de fraternidad a ser un acto encubridor de la institucionalización
del crimen y destructor de las barreras protectoras de la dignidad
humana.
7. APÉNDICE: UN LLAMAMIENTO APREMIANTE
Las organizaciones
no gubernamentales de derechos humanos en Colombia creemos que la lucha
contra la impunidad, como lucha fundamental para detener el baño
de sangre y la violación sistemática de los derechos fundamentales,
demanda en esta coyuntura una solidaridad y una intervención especial
de la comunidad internacional.
El
programa de la campaña: "Colombia, derechos humanos ya",
que se inició a mediados de 1994, contempla estos 6 puntos:
1)
Propender por la inclusión de Colombia en el punto de la agenda de
trabajo de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas,
relativo a la ''Cuestión de violaciones de derechos humanos en cualquier
parte del mundo", y por el nombramiento de un relator especial de Naciones
Unidas para Colombia, que supervise la situación de los derechos
humanos.
2)
Persecución y disolución de los grupos paramilitares o escuadrones
de la muerte.
3)
Restricción del fuero militar al juzgamiento de los delitos típicamente
militares con exclusión de los actos violatorios de los derechos
humanos; creación de una comisión independiente de investigación
y esclarecimiento de graves violaciones a los derechos humanos; juicio y
sanción a los autores de tales violaciones- restablecimiento del
derecho y reparación a las víctimas.
4)
Derogatoria de la jurisdicción regional (jueces secretos) y adopción
de una reforma judicial que asegure la independencia de los jueces y garantice
los derechos de las partes.
5)
Garantía de las condiciones de seguridad para el regreso voluntario
de los desplazados a las regiones de origen, restitución de la posesión
de sus tierras e indemnización del daño sufrido.
6)
Compromiso de las partes por la humanización del conflieto armado
interno y búsqueda de una solución negociada del mismo.
Hago, pues, un llamamiento
a los grupos de solidaridad con Colombia para que soliciten a sus Gobiernos,
Ministros de la Relaciones Exteriores y Embajadores ante la ONU, votar en
favor de un relator especial para Colombia en la Comisión de Derechos
Humanos y para que exijan al Gobierno colombiano la creación de una
comisión independiente de investigación y esclarecimiento
de los crímenes de lesa humanidad, con participación de entidades
internacionales.
Al
mismo tiempo, mediante campañas de cartas, visitas a las embajadas
de Colombia en los diversos países, etc., nos pueden ayudar a urgir
las medidas internas más necesarias:
• disolución
de los grupos paramilitares;
•
abolición del fuero militar para delitos comunes y especialmente
para crímenes de lesa humanidad;
•
derogación de la ''Justicia Sin Rostro";
•
garantías de retorno e indemnización para los desplazados;
• solución política
al conflicto armado.
El
Crimen de Lesa Humanidad no es tal porque viole determinado orden jurídico,
así sea internacional, sino porque lesiona y ofende a la familia
humana como tal. Ninguna soberanía nacional puede alegarse para impedir
que personas u organismos de cualquier nacionalidad, raza, lengua o condición
intervengan en defensa de la vida y dignidad humanas o para denunciar y
sancionar moralmente lo que nunca debió haber ocurrido, con el fin
de que nunca más vuelva a ocurrir.
MODALIDAD 1988 p/mes 1989 p/mes 1990 p/mes 1991 p/mes 1992 p/mes 1993 p/mes 1994 p/mes Total
Asesinatos políticos 953 79,4 463 38,6 313 26,1 560 46,7 1.252 104,3 972 81,0 320 53,3 4.833
Ases. presum. políticos 1.785 148,8 1.515 126,3 1.654 137,8 1.269 105,8 1.087 90,6 1.468 122,3 500 83,3 9.278
A. presum por limp. social 273 22,8 364 30,3 267 22,3 369 30,8 532 44,3 199 16,6 173 28,8 2.177
Muert.en accione bélicas 1.083 90,3 732 61,0 1.229 102,4 1.363 113,7 1.623 135,3 1.128 94,0 559 93,2 7.718
Desapariciones forzadas 210 17,5 137 11,4 217 18,1 180 15,0 247 20,6 179 14,9 35 5,8 1.205
SUBTOTALES 4.304 358,7 3.211 267,6 3.680 306,7 3.742 311,8 4.741 395,1 3.946 328,8 1.587 264,5 25.211
Asesinatos oscuros 3.952 329,3 4.035 336,3 4.585 382,1 5.909 492,4 5.734 477,8 5.121 426,8 2.049 341,5 31.385
TOTALES 8.256 688,0 7.246 603,8 8.265 688,8 9.651 804,3 10.475 872,9 9.067 755,6 3.636 606,0 56.596
-------------------------------------------------------------------------
© Cristianisme i Justícia, Roger de Llúria
13, 08010 Barcelona
Telf: 93 317 23 38;Fax: 93 317 10 94;
correu-e:
espinal@redestb.es; http://www.fespinal.com