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FÍSICA VS. METAFÍSICA - LA CONTROVERSIA ENTRE LIEBNIZ Y NEWTON archivo del portal de recursos
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Juan José Ipar
Resumen
Este trabajo examina un momento decisivo en la historia del
pensamiento moderno: la separación incipiente y polémica entre ciencia y
filosofía. Esta separación es, en realidad, una emancipación de la ciencia de la
tutela filosófica y de la racionalidad radical que la filosofía encarna desde
Parménides.
Summary
This work goes over a decisive moment of
the History of Modern thought: the incipient and polemic separation between
science and philosophy. This separation is, in fact, an emancipation of science
from philosophy's tutelage and requirements of the radical rationality
Philosophy incarnates since Parmenides
Entre Descartes y Kant, a los que consideramos como dos
momentos cruciales en el nacimiento de lo que hoy llamamos epistemología (véase
el primer artículo de esta serie), hay un rico período de confrontación en
autores racionalistas, inclinados a dar a la nueva ciencia física una
fundamentación metafísica tal como lo había hecho Descartes, y la vertiente
empirista, que tendía a concentrar sus esfuerzos en la experimentación,
desatendiendo y aún desestimando una exposición sinóptica de sus resultados
adecuadamente fundados según los criterios racionalistas, conforme a los cuales
la ciencia debía ser presentada como un conjunto de deducciones derivadas de
unos pocos principios inmediatamente evidentes.
Nos ocuparemos de la polémica
que separó a dos grandes personajes de fines del siglo XVII y principios del
XVIII: un filósofo -Leibniz- que realizó importantes contribuciones en el campo
de las matemáticas y la lógica, y un científico -Newton que también descolló en
dichas áreas del saber. Ambos tuvieron una excepcional capacidad para recoger y
asimilar en un sistema propio todo lo que la tradición filosófica y científica
de su época podía ofrecerles y si sus resultados difieren y se oponen, ello se
debió seguramente a las diversas motivaciones que cada uno puso en
juego.
Newton
Sir Isaac Newton, nacido en 1642 meses apenas después de
la muerte de Galileo, fue quien realizó la síntesis de las ideas cosmológicas y
físicas de su siglo uniendo los fragmentos elaborados por otros genios
científicos que lo precedieron. En gran medida, nuestra concepción del universo
es la que él esbozó, pese a las correcciones que la teoria de la relatividad y
la mecánica cuántica le impusieron. Así como la cosmología aristotélica
predominó durante casi dos milenios, hasta el siglo XVI, luego de un interregno
de poco más de 50 años en que florecieron filósofos y científicos tales como
Copérnico, Tycho Brae, Kepler, Galileo, Gilbert y Descartes, es la cosmología
newtoniana la que pasa a preponderar hasta la actualidad, aún cuando sufriera
ampliaciones y correcciones de importancia.
Desestimado el geocentrismo
aristotélico, varias teorías competian en la explicación de los fenómenos
físicos y celestes. Un problema a resolver era el de la rotación de los planetas
alrededor del sol. ¿Qué fuerza los impulsaba? Según Galileo, ninguna fuerza los
movia sino que la inercia misma los hacia persistir en sus órbitas circulares.
Para Kepler, en cambio, los planetas se movían en órbitas elípticas (lo cual fue
demostrado matemáticamente) y los impelía una fuerza que surgía de la rotación
del sol, las célebres escobas barredoras.
Otra cuestión era la de la noción
de peso. Se intuía que los planetas y el sol tenían una estructura material de
algún modo semejante a los objetos terrestres y que, por lo tanto, debían tener
algún peso. ¿Cómo entender qué es el peso de un planeta? O, mejor aún, ¿cómo
explicar el peso mismo? Copérnico sostuvo la hipótesis de que: peso «era una
tendencia de la materia a adoptar una forma esférica en torno a un centro",
mientras que Galileo pensaba que el peso de un cuerpo se identificaba con su
inercia y no requería una causa. Kepler fue el primero en entenderlo como la
atracción mutua de dos cuerpos e incluso sostuvo que dos cuerpos libres de toda
influencia tenderían a aproximarse recorriendo cada uno una distancia
inversamente proporcional a su masa. Sin embargo, Kepler retrocede cuando todo
indicaba que debida plantearse una fuerza gravitatoria universal.
El gran
antecedente de la teoria gravitatoria newtoniana fue la teoria del magnetismo de
William Gilbert. Basándose en los fenómenos a distancia que producía la piedra
imán, Gilbert postuló que el sol ejercía sobre los planetas una fuerza magnética
que actuaba a distanda y sin intermediarios.
Merced a esta acción a distanda,
postular el éter "rellenando" el espacio interestelar ya no es necesario.
Durante casi medio siglo se identificó magnetismo y gravedad y hay que decir que
su fascinante misterio no se ha desvanecido hasta nuestros días. Ambos eran
vistos como fuerzas invisibles "que imitan la vida» y pertenecientes a un tiempo
tanto al reino de lo espiritual cuanto al de lo material. El gran químico Robert
Boyle, que tanto influyera sobre Newton, pensaba que la gravedad bien podía
deberse a la emergencia de vapores magnéticos" de la Tierra., Ya vimos que
Descartes, en cambio, no aceptaba la acción a distancia sin intermediarios pues
ello significaba tener que aceptar el vacío, que había sido negado enfáticamente
por toda la tradición desde Perménides y, especialmente, por Aristóteles
(Natura abhorret vacuum) y se veía en la necesidad de imaginar remolinos en
el éter que obligaban a los planetas a girar alrededores del sol, alterando su
inercia rectilínea De todo este pandemoniun de teorías, opiniones y legados de
la tradición Newton fue capaz de extraer elementos y reunirlos en un cuerpo
doctrinario unificado y congruente que, además, se convirtió en la piedra
angular de toda la investigación científica occidental de los siglos XVIII y
XIX. En términos de Kuhn, redondeó científico de la modernidad. El nervio de
este nuevo paradigma es la ley de la gravedad, conforme a la cual la fuerza de
atracción es directamente proporcional a las masas de los cuerpos que se atraen
e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. Es
posible que la fórmula la derivase por analogía con la intensidad de la luz, que
disminuye con el cuadrado de la distancia.
Sin embargo, Newton elude no
sólo dar una definición (expresión escrita de un concepto) sino que renuncia
también a comprender su posibilidad y necesidad. Lo hace en estos términos: "El
que la gravedad deba ser innata, inherente y esencial a la materia, de modo que
un cuerpo pueda actuar sobre otro a distancia, a través del vacío, sin ninguna
mediación que permita que su acción y fuerza se puedan trasladarse uno a otro,
es para mí un absurdo tan grande, que no creo que ningún hombre dotado de una
facultad de pensamiento apta para asuntos filosóficos pueda caer nunca en él. La
gravedad tiene que causarla un agente que actúe constantemente de acuerdo con
ciertas leyes; pero si este agente es material o inmaterial lo dejo a
consideración de mis lectores".
De tal modo, la teoría que presenta
Newton se basa en un concepto (la atracción o gravedad) que es un absurdo, a
saber, la acción a distancia. Y más todavía: hay que esquivar una consecuencia
parejamente absurda: si existe la atracción, ¿qué contrafuerza opera evitando el
colapso del universo en una masa material única? Newton se ve forzado a plantear
un "divino poder" (vide infra el rol de Dios) que contrarreste la acción de la
gravedad. Lo que quedó ya dicho en otra parte: hasta Kant, Dios juega un papel
importante en la física moderna.
Estos dos absurdos son, sin embargo
diferentes. El primero, la acción a distancia, es visible pero no pensable, es
decir, que es algo que se presenta en experimentos como el de la piedra imán,
pero que es conceptual o lógicamente imposible pues la "lógica" de la época
exigía contigüidad o contacto entre la causa y su efecto o entre dos cuerpos que
interactúan. A principios de nuestro siglo, el gran antropólogo Frazer
distinguía ciencia de magia apelando a la contiguidad entre causa y efecto. El
mago pretende operar a distancia: clavar una aguja aquí, producir un síncope
cardíaco allá. La Astrología es excluída del campo científico con idéntico
argumento El segundo absurdo es pensable pero no visible: la lógica exige que el
mundo material se colapse o, al menos, tienda a colapsarse. Pero ello no es algo
que se observe y debe presumirse un "divino poder" más allá de la lógica cuya
actividad explique lo observado.
Basándose en los estudios de Galileo
acerca de los movimientos de los proyectiles, según los cuales si un proyectil
es arrojado con suficiente fuerza desde la cima de una montaña, no sería
desviado hada abajo por la gravedad de la Tierra y retornara al punto de partida
en que fue arrojado (y si se lo disparase sobrepasando ese limite, se alejaría
de la Tierra, escapando a su atracción), y uniéndolos con las leyes de Kepler
del movimiento de los planetas, Newton pudo explicar la mecánica celeste en base
a dos fuerzas interactuantes: la gravedad y la fuerza centrífuga. Una retiene a
planetas y satélites (la luna) en sus órbitas la otra impulsa y les impide
"caer" hacia el sol en el caso de los planetas y hacia los planetas en el de los
satélites. Esta lucha entre ambas fuerzas es la causa de que las órbitas sean
elípticas y no circulares debido a que la fuerza centrífuga es un poco superior
a la de gravedad pero no lo suficiente como para permitirle a un planeta escapar
definitivamente al influjo gravitatorio del sol.
Por otro lado, desde un
punto de vista estrictamente gravitatorio, todo cuerpo atrae a otros tal como si
toda su masa estuviese concentrada en un solo punto, precisamente su "centro de
gravedad». Esta conversión de los cuerpos en puntos permite una geometrización
de la física y una reducción a fórmulas matemáticas de todos los fenómenos y sus
relaciones. Con todos estos elementos reunidos, la cosmología y la física pasan
a ser ciencias «disciplinadas». El mundo consta de átomos materiales, vacío y
atracción, todo cambio es un cambio de lugar y puede ser explicado a partir de
cuatro leyes sencillas: la ley de inercia, la de aceleración, la de acción y
reacción y la de gravedad.
Leibniz
Vivió entre 1646 y 1716. Desde
1661, estudió en Leipzig; en cuya Universidad se doctoró en Filosofía luego de
formarse unos años con Weigel en Jena. Mas tarde se doctoró en jurisprudencia en
la Universidad de Altdorf, donde se le ofreció enseguida una cátedra, aunque
poco después renunció para siempre a la carrera académica, cosa que posiblemente
le haya permitido desarrollar una riquísima vida intelectual sin las ataduras
que ésta impone.
"Fue un genio universal como acaso no hubo otro" dijo de él
W. Windelband con justicia. Al servido del Elector de Maguncia primero (1668) y
del de Hannover posteriormente como consejero y bibliotecario, pudo desplegar su
actividad en campos tan disímiles como la diplomada, la jurisprudencia, la
química, las matemáticas, la mecánica, la minería, la numismática, la historia y
hasta presentó ante la Academia londinense una máquina de calcular de su
invención en 1673. En el campo político, sus intereses principales fueron el de
proteger al descalabrado Imperio Germánico de las ambiciones de Luis X[V, el
entendimiento general de todas las confesiones cristianas (vieja preocupación de
Spinoza) y el apaciguamiento de la rivalidad entre las casas de Hannover y
Brandeburgo, los dos mayores estados de Alemania Septentrional.
No fue un
estudioso solitario al modo de Descartes o Spinoza sino un diplomático audaz que
supo manejarse con sagacidad en medio de las intrigas cortesanas del momento.
Ello hizo que su obra, tan rica y variada, carezca de un texto que contenga una
exposición completa y ordenada de sus ideas.
Sus escritos filosóficos son
en su mayor parte opúsculos de ocasión, artículos para revistas científicas o,
simplemente, esbozos sobre algunas cuestiones puntuales. Su correspondencia es
muy importante, especialmente la que sostuvo con Clarke, Bayle y des Brosses.
Publicó dos obras importantes hacia el final de su vida: en 1710 su Essai de
théodiicee y en 1714 su Monadología, pequeño escrito ofrecido al Príncipe
Eugenio como resumen de su sistema. Su obra principal, los Nouveaux Essails sur
l'entendement humain, aquella en que su pensamiento gnoseológico es expuesto con
detalle, tuvo un curioso destino. Fue terminado hada 1704, año de la muerte de
Locke, a cuyo Tratado sobre el entendimiento humano era una respuesta crítica
demoledora.
Leibniz prefirió postergar su publicación por este motivo y
también a causa de la virulenta disputa con los newtonianos -de la cual nos
ocupamos más adelante- por la primacía en el descubrimiento del cálculo
infinitesimal. La obra quedó inédita y recién fue publicada póstumamente en 1765
junto con otros manuscritos por Raspe, ejerciendo una notable influencia sobre
Kant, quien toma de ella la famosa distinción entre fenómeno y cosa en si
(noúmeno).
El sistema leibniziano abreva en casi todos los sistemas que
lo precedieron tanto de la Antigüedad como del Medioevo. Conocía acaso como
ningún otro contemporáneo suyo la escolástica y tenía sólida formación en
Humanidades. Solía decir que aprobaba casi todo lo que leía, lo cual permitía
incorporarlo al circulo de sus ideas y apropiárselo sin caer en un eclecticismo
variopinto. Un mérito de Leibniz es el de haber ensayado por primera vez una
síntesis entre empirismo y racionalismo, bien que una tal síntesis era todavía
prematura por dos motivos: el primer lugar, el empirismo no había llegado a su
radicalización (escepticismo) teórica con Berkeley y, sobre todo, con Hume; y en
segundo lugar, la cercanía e influencia del cartesianismo, que estaba en su
esplendor. Como dijimos, para Leibniz el empirismo es el de John Locke, que
estaba fuertemente influido por Descartes.
Concuerda con la premisa
empirista pero le impone un limite. Al conocido Principio Empirista Nihil est in
intellectu quod paus non fuerit in sensu (nada hay en el intelecto que antes no
haya estado en los sentidos) le agrega un nisi intellectus ipse (excepto el
intelecto mismo) que lo restringe. Acepta con los empiristas que la idea debe
ser precedida por la sensación pero no admite que ésta sea una impresión
procedente del exterior pues las mónadas -únicas realidades, de carácter
espiritual- "carecen de ventanas" al exterior. La sensación procede del "fondo"
de cada mónada, las cuales son justamente lo contrario de una tabula rasa como
pretendían los empiristas. Coincide con los cartesianos en que ciertas ideas son
innatas y es imposible derivarlas por inducción de la experiencia (por ejemplo,
las proposiciones matemáticas y la idea de Dios), las llama verdades de razón y
postula que están en el alma como "preformadas" desde su comienzo y no pueden
dejar de ser deducidas. Pero, como vimos, Leibniz extiende el innatismo a las
percepciones que cada mónada tiene de lo que ocurre en las otras mónadas, que
denomina verdades de hecho, pues cada una tiene inscripto en su fondo todo el
detalle del devenir.
Por eso, Leibniz las llama "espejos vivientes del
universo". Ninguna impresión, pues, llega a nuestra alma; todo lo extrae de su
propio fondo. La percepción que cotidianamente tenemos de mundo físico es
ilusoria, aunque se trate de una ilusión bien estructurada y la percepción misma
no es sino intelección confusa.
Decir que las verdades de razón y las
verdades de hecho son innatas es lo mismo que afirmar que cada mónada posee
originalmente todo el conocimiento, tal como Platón hablaba de una visión
prenatal del mundo de las ideas. Pero, según Leibniz, cada mónada -excepto la
Mónada increada- sólo llega percibir una fracción de lo que Dios ha inscripto en
su fondo. Las que únicamente tienen unas pocas percepciones, es decir, las más
alertargadas, son las que van a formar el mundo material, de allí que la materia
se nos aparezca como algo engañosamente inerte. Hay mónadas que además de
percibir tienen apercepción, esto es, condenda de si y de su actividad. Leibniz
las llama espíritus y tal son las almas de los humanos. Y como somos creaturas-
y, por tanto, imperfectos- para nosotros sólo resultan evidentes las verdades de
razón y no tenemos modo de conocer a priori, es dedr, sin recurrir a la
experiencia, las de hechos. Dios es una mente infinita que en una solo acto
intuye la totalidad de lo real y conoce en forma inmediata todo el detalle del
devenir. Para El, se desvanece la distinción entre verdades de hecho y de razón,
pero para el hombre, a causa de su finitud, la oposición es válida y genera una
diferendación entre ciencias matemáticas, que operan con juicios analíticos en
los que el predicado está contenido en el sujeto (praedicatum inest subjecto) y
sólo necesitan del principio de no contradicción, y ciencias fácticas que operan
con juicios sintéticos, aquellos en los que el predicado dice algo que no
aparece en el análisis conceptual del sujeto y necesitan, además, del principio
de razón suficiente según el cual todo tiene su causa.
Con las primeras,
Leibniz conforma al racionalismo, que exige que el conocimiento sea deducido sin
contradicción si aspira a la evidencia, y con las segundas al empirismo, que
pide ir de los hechos a sus causas, o bien, de lo particular a lo general. Se ve
claro que Leibniz se limita a acercar ambas posiciones sin lograr una fusión
integradora.
La controversia del cálculo infinitesimal
Es que
cronológicamente la primera, la que generó las polémicas más encendidas y
aquella en ninguno de los dos sabios salió bien parado. Vista desde el momento
actual, la disputa por la primacía en el descubrimiento del cálculo
infinitesimal no debió haber existido pues, examinando los progresos de las
matemáticas a lo largo del siglo XVII, hay que admitir que la integración y
resolución de problemas infnitesimales "estaba en el aire" y pudo haber
germinado perfectamente la" misma intuición en dos mentes especialmente
dotadas.
En 1671, Newton escribe un pequeño tratado que incluye soluciones a
problemas infinitesimales y, al año siguiente, escribe una celebre carta a
Leibniz en la cual redacta un complicado anagrama en el que enunciaba la
solución de algunas cuestiones infinitesimales, aunque no constaba la
demostración explícita de las mismas. Paralelamente, las consideraciones
infinitesimales de Leibniz se remontan a manuscritos de 1673 y ya hacia 1676
está en posesión de las reglas y fórmulas más sencillas. En 1684, hace su
primera publicación formal, una memoria de apenas seis páginas, en la que emplea
la nomenclatura que todavía hoy se utiliza para las diferenciales y en ese mismo
año completa el trabajo anterior con otro refendo a integrales.
Cuando Newton
publica sus Prinicipia en 1687, cita al eminente matemático G. W. Leibniz",
devela el misterio de su anagrama y declara que su método y el de Leibniz no
difieren «más que en las palabras y la notación.
Pero Leibniz, por su parte,
no menciona a Newton en un trabaJo sobre mecánica de 1689, aún cuando las
investigaciones del inglés eran bien conocidas en el ambiente
científico.
La polémica se agrava hacia 1699, año en que un matemático
suizo reivindica la prioridad de Newton en el descubrimiento del cálculo
infinitesimal, lo cual provoca una airada respuesta de Leibniz. En 1711, la
Royal Society, a cuya cabeza estaba Nenvton, nombra una comisión para que
estudie el tema y la conclusión consigna que Newton fue el «primer» inventor del
nuevo cálculo; al menos, no negaba a Leibniz el rango de «inventor".
A pesar
del dictamen en favor de Newton, lo cierto es que la discusión siguió aún
después de la muerte de ambos «inventores". Sin embargo, en algo «ganó" Leibniz:
como el mismo Newton lo había reconocido, sólo sus nociones eran diferentes, y
en eso la notación leibniziana era claramente superior, a punto tal que cuando
en 1813 jóvenes matemáticos ingleses tales como Charles Babbage, George Peacock
y John Herschel, entre otros, fundan la Analytical Society la adoptan en
sustitución de la newtoniana. A fin de cuentas, Leibniz, como buen filósofo,
tenSa una mente más simbólica y acostumbrada al empleo de signos y
abstracciones, y contrastaba en ese aspecto con Newton, un científico más
apegado a lo empírico.
La pelea de fondo
Eran, como se ve, dos
modalidades o disposiciones mentales contrapuestas, tenían dos modos de enfocar
el problema del conocimiento de lo real desde ángulos o perspectivas
antitéticas. ¿qué es lo real para un filósofo y para un científico? Para un
filósofo lo real es algo a pensar, algo que se presenta ante el pensamiento
pidiendo ser entendido y conocer lo real es para Leibniz explicitarlo que el
concepto del ente a conocer contiene. El análisis conceptual es el prototipo del
conocimiento (cfr. La dialéctica platónica): interesa más el concepto del ente
que el ente mismo, cosa que se relaciona con el aislamiento de las mónadas que
señalamos más arriba: estas no pueden contener en su «fondo» los entes sino sus
conceptos, que no son sino esos entes en tanto que representados.
En cambio,
el análisis conceptual, como mera ascesis intelectual, no tiene valor para un
científico: para él, lo real es eso que transcurre en sus experimentos, algo
esencialmente perceptible o registrable. El carácter ficcional o hipotético de
la ciencia aún no es plenamente sospechado por Newton y sus contemporáneos, por
más que examinando hoy sus escritos, la artificialidad de sus investigaciones
nos resulte manifiesta. Eso es un efecto a posterior: para Newton, no hay gran
diferencia entre un cuerpo y el punto al que lo reduce al considerarlo como
fuerza gravitatoria.
Veamos nuevamente la critica que hace Leibniz a la
noción cartesiana (y newtoniana) de materia y su propia noción de phaenomenum
bene fundatum.
¿Qué es el mundo según Newton? Simplemente un conjunto de
átomos moviéndose en el vacío, a los que les atribuye una fuerza misteriosa y
comprobable, la gravedad. Esto es imposible, según Leibniz. De acuerdo con su
definición, un átomo es indivisible: átomo es lo sin corte, lo que no se puede
cortar.
Ya los atomistas de la Antigüedad vacilaban cuando querían justificar
la indivisibilidad de los átomos. Por su pequeñez o por su dureza,
arriesgaban.
Pero Leibniz razona: si los átomos son extensos -pues la
materia se puede reducir a o identificar con el espacio que ocupa- y el espacio
es infinitamente divisible, entonces, entonces por pequeño que sea un átomo,
será forzosamente divisible ad infinitum. Por consiguiente, no hay elemento El
mismo material.. Lo simple no puede, por ende, ser de índole material Los átomos
materiales son conceptual y lógicamente imposibles, pero sí son posibles los
átomos espirituales y esto es lo que son las mónadas leibnizianas.
Ni
Descartes, ni Leibniz, ni Newton diferenciaban el espacio físico del espacio
geométrico tal como lo concibió Euclides (espacio infinitamente divisible, punto
inextenso, etc.) y éste es el gran paso que dan los modernos, geometrizar la
Naturaleza, cosa que permite confeccionar una ciencia exacta de ella. Y sigue
Leibniz razonando: también es imposible que los átomos sean idénticos entre sí y
sólo difieran entre sí por el espacio que ocupan (las mónadas, entretanto, son
todas diferentes en un gradiente infinito de variedades) en virtud del Principio
de Identidad de los indiscernibles, según el cual no hay dos cosas completamente
iguales y si dos conceptos contienen los mismos caracteres o rasgos, entonces
pertenecen a un mismo y único objeto.
Monadología versus Atomística,
separación independiente entre ciencia y filosofía. La ciencia teoriza sólo en
tanto se ve obligada a encuadrar los resultados de sus experimentos en un
sistema coherente necesitando de un fundamento inobservable. Su apego al
testimonio de los sentidos será en adelante su característica más sobresaliente.
En cambio, en el campo estrictamente filosófico priva la exigencia racional: la
ciencia debe ser deductiva, lo real debe ser antes que nada posible, la
contradicción debe ser excluída.
Este será posteriormente un tema kantiano:
el de la razón legisladora: la razón impone a los fenómenos su forma y a la
Naturaleza sus leyes. La exigencia racional es preferida al testimonio de los
sentidos. Descartes decía respecto de estos últimos que no es bueno confiar en
quien nos ha engañado alguna vez. La razón o el buen sentido, en contraste, no
sólo es lo mejor repartido (cfr. La escena de Sócrates con el esclavo en el
Menón), sino que, bien guiada, es infalible. La filosofía misma nace en la
medida en que el alejamiento de- los datos de la percepción es posible: el Ser
de Parménides no es un ente empírico, sino uno ideal y se lo caracteriza como
uno, homogéneo, eterno, inengendrado, etc. siguiendo una rigurosa exigencia
racional. El eléata partía de un principio; el de que "lo mismo es ser y
conocer" (noein, conocer y pensar), esto es, que el Ser se capta con el
pensamiento porque hay entre ellos afinidad y aún identidad. Lo que se capta con
los sentidos no es más que vana apariencia donde se entremezclan ser o no ser y
de ello no se deriva más que una simple opinión (doxa) y nunca un conocimiento
firme e inmutable (episteme). Solamente el vulgo, es decir, aquellos que no
recibieron una educación esmerada, se deja arrastrar por lo que oye o lo que ve;
el sabio actúa conforme a principios y los principios no son algo que se deduzca
de la simple percepción sino que son hallados por la actividad del
pensamiento.
En el fragmento que citamos, Newton se da perfecta cuenta de
que lo que ocurre en sus experimentos e investigaciones -la acción a distancia -
es un absurdo que ningún filósofo («ningún hombre dotado de una facultad apta
para asuntos filosóficos) podría respaldar. Un filósofo retrocedería ante el
absurdo (la contradicción); el científico puede esperar a que la contradicción
se resuelva o se confirme merced a nuevas y mas amplias
investigaciones.
Como Parménides, como Platón, Leibniz ve en la realidad
corpórea una apariencia, bien que no caprichosa sino estructurada con arte y eso
es lo que él llama pahenomenum bene fundatum (fenómeno bien fundado). Desde
Homero, cuando menos, existe la idea de que la apariencias la imagen es lo mismo
que la cosa pero sin el ser, tal como el "eidolos" de Patroclo que se le aparece
a Aquiles en sueños y lo insta a volver al combate. Aquiles lo ve y lo oye pero
al querer abrazarlo, el fantasma se disipa. La materia se desvanece en forma
semejante al querer captarla racionalmente.
El hombre común, que
únicamente puede aspirar a la sensatez -lo cual no es poca cosa ni fácil-
retrocede ante una negación de la realidad perceptible tal como la ensaya
Leibniz. Afirmar que el mundo material es una apariencia -apariencia suena a
alucinación- parece mucho, parece loco, porque la materia se nos aparece
comúnmente como contundente, impenetrable e inerte y es para todos nosotros lo
más real. Leibniz sin duda sonreiría en su tumba si se enterase de que, tal vez
como la concibe la ciencia actual, la materia es casi toda ella vacío con
corpúsculos moviéndose con presteza en él. Consideremos un átomo de hidrógeno,
el más simple, que consta apenas de un protón central y un electrón girando a su
alrededor. Si el protón tuviera el tamaño de un balón de football, el electrón
se hallaría en una órbita de 35 km. de distancia; el resto es vacío. Y decir que
un electrón es un trocito de materia que porta una carga eléctrica no es más que
un modus dicendi. Qué sea la masa de una partícula subatómica es todavía un
misterio irresuelto.
Dijimos que un filósofo retrocede ante la
contradicción -hasta Hegel esto es sostenible-, el hombre vulgar retrocede ante
lo que se presente como complicado, lo que se aleje de la percepción inmediata y
requiera un esfuerzo mental. El científico aparenta poseer una intrepidez a la
que nada arredra; solamente teme las teorizaciones excesivas y, como el hombre
vulgar, prefiere atenerse al dictamen de los sentidos y evitar cuanto pueda las
construcciones del pensamiento. En esta direccción apuntan los dos célebres
dichos de Newton: "física cuídate de la metafísica" y aquel otro "Hypotheses non
fingo» (hipótesis no finjo, no construyo). Metafísica e hipótesis aqui se
aproximan. Metafisica es literalmente un saber acerca de lo metaempírico, del
mundo no visible (aóratos) del que hablaba Platón. E hipótesis, el mismo Newton
lo aclara, es "todo lo que no puede derivarse de los sentidos»; hay, por lo
demás, hipótesis Físicas y metafísicas y éstas últimas "no tienen lugar en una
filosofía experimental». Pese a todo a Sir Isaac le gustaba considerarse un
filósofo.
La correspondencia Leibniz - Clarke
De la increíblemente
abundante correspondencia que Leibniz sostuvo con casi todos los intelectuales y
personajes importantes de la política de-su época, la mayor parte aún inédita,
extraeremos solamente las pocas cartas (diez en total) que cruzó en 1715 y 1716
con Clarke y que éste último publicara-en Londres en 1717, un año después de la
muerte de Leibniz.
A pesar de que Newton había dedicado en 1687 sus Principia
al Estuardo Jacobo II, que pretendía reintroducir el catolicismo en Inglaterra,
su ciencia física fue aclamada y utilizada por la Iglesia Anglicana y, más
específicamente, por la facción de los latitudinarios. Se trataba de un grupo de
altos prelados anglicanos que tuvo su origen junto a los llamados "platónicos"
de Cambridge (Roberto Boyle, Henry Moore, John Wilkins, Isaac Barrow, etc.),
quienes tenían en común la idea de crear un sistema mecánico de la Naturaleza
que incluyese la actividad de Dios en los fenómenos naturales, como contestación
a la explicación mecánica y materialista planteada por Hobbes. La revolución de
1688 suprime a los Estuardo y consagra los intereses protestantes de Inglaterra;
lo que se buscaba era mostrar que el nuevo orden que los sucedía contrastaba con
los años de desorden y caos religioso y social de la Restauración. Desde esa
base, los latitudinarios necesitaban demostrar que no sólo hay un orden en el
mundo sino que es un "buen" orden, tema cuya exposición supone una imbricación
profunda entre ciencia física y teología natural.
Como en Howes, la fe y
la inspiración no desempeñan papel alguno en este proyecto. "La razón debe ser
nuestro juez y nuestro guía en todo", decía Locke. Todo el problema moderno es,
justamente, decir qué es la razón y mostrar su funcionamiento. Pero Locke
entendía por razón lo que le resultaba sensato y razonable a un hombre ilustrado
como él, y, puesto que la razón no estaba "obviamente" al alcance de todos, el
rol de la iglesia era acercársela a las clases sociales inferiores. Cuando no se
puede saber, hay que conformarse con creer. Por otro lado, era urgente contar
con un cuerpo doctrinal más o menos coherente que reemplazase la teología
protestante, que había sido completamente destruida tras cincuenta años de
tolerancia religiosa bajo Crownwell y la Restauración de los Estuardo, y
reconstruir una Cristiandad anglicana que se opusiese tanto a la proliferación
de sectas disidentes cuanto a los intentos del catolidsmo.
Sin caer en el
extremo de pretender que la obra de Newton sea un efecto coyuntural del
movimiento latitudinario, hay que ubicarla entre sus filas necesariamente. Su
negación de la Trinidad ("quimera papista") en favor de una creencia unitaria y
su idea de una sociedad de corte aristocrático conforme a la razón hablan de su
filiación latitudinaria. La física newtoniana fue el eje teórico de una teología
natural según la cual el pueblo inglés había sido elegido por Dios para
restaurar el orden mundano amenazado por la Bestia, es decir, el papismo. Vale
recordar que en 1685, Luis XIV había derogado el Edicto de Nantes y expulsó de
Francia a los hugonotes.
Este es a grandes trazos el ambiente en que Clarke
defendió las ideas de Newton de la crítica racionalista de Leibniz. Un Dios
eterno, infinito, omnipresente e inmóvil que gobierna todo cambio y funda un
orden natural cuyas leyes físicas deben ser el modelo de las leyes del mundo
social y ético. Clarke ingresó al grupo de los newtonianos alrededor de 1690.
Cuando fue presentado por Whiston al obispo de Norwich, aunque a partir de 1697
tuvo trato personal con Newton. Conoció sin duda profundamente la obra de su
maestro y fue el editor y traductor de la versión latina de la Optica que
apareció en 1706. Fue elegido por la Princesa Carolina (esposa del Príncipe de
Gales) para responder a una carta de Leibniz (la primera de las cinco que
escribiera, a cada una de las cuales sigue una respuesta de Clarke), quedando
ella como intermediaria. Parece que Newton colaboró en las "respuestas" de
Clarke, según confesión de la princesa a Leibniz.
Los puntos principales
de la polémica los desarrolla Leibniz en la primera carta: acusa a Newton de
exponer una filosofía materialista en sus Principia. "Unos hacen a las almas
corporales. Otros hacen a Dios mismo material". Se refiere en primer lugar a
Locke y luego a Newton, y agrega que éste último ha dicho (en su Optica) que "el
espacio es el órgano de que se sirve Dios para conocer las cosas" (de ello se
deduciría la índole material de Dios). Y, también, critica Leibniz a los
newtonianos el afirmar que Dios "necesita de cuando en cuando reparar su Reloj
De Creación)", opinión que se opone diametralmente a la idea leibniziana de que
éste es el mejor de los mundos posibles, razón ésta por la cual Dios lo ha
elegido para existir de entre los infinitos mundos posibles.
El tema de fondo
es la decadencia o debilitamiento de la religión natural debida, según Leibniz,
a la física newtoniana porque ella resulta insuficiente para explicar la
naturaleza de Dios y de su acción mundana. Aunque sea capaz de explicar la
mecánica planetaria y una cantidad de fenómenos físicos, la nueva ciencia
expuesta por Newton no puede dar cuenta adecuadamente del fundamento (Dios) y,
cosa que escandaliza a Leibniz, prefiere renunciar a intentarlo, limitándose a
una exposición fragmentaria y tentativa de sus resultados, que repugna al
espíritu sistemático del filósofo.
El tema de los "retoques" que la
maquinaria mundana necesitaría cada tanto lo trata Newton en la Cuestión 28 de
los Principia: Allí afirma que "debido a la tenacidad de los fluidos, al
rozamiento de su partes y a la debilidad de la elasticidad de los cuerpos, el
movimiento es mucho más proclive a perder que a ganarse y siempre está
extinguiéndose". El mundo va "enlenteciendo" y es, por consiguiente, menester
que Dios lo impulse periódicamente. Para Leibniz, en cambio, Dios opera milagros
no para "mantener las necesidades de la naturaleza sino las de la Gracia". Toda
intervención de Dios posterior a la Creación tiene por escenario el mundo
humano, la Historia, pero nunca la pura y simple Naturaleza, pues ésta, según
Leibniz es la mejor posible. Todo el tema del espacio como sensorium Dei y los
ajustes periódicos al mundo mellan la sabiduría y poder infinitos de Dios. Desde
luego, ni Newton ni ninguno de sus seguidores afirma taxativamente que Dios es
de índole material, lo que Leibmz quiere remarcar es que ello se dejaría deducir
de sus afirmaciones.
Otro punto es la gravedad: para Leibniz la
dificultad radica en que debe considerársela o bien una cualidad oculta de la
materia o bien un milagro continuo (# 19 de la Teodicea). No habría pues, un
modo "lógico" de entenderla. Del otro lado, a pesar de que algunos newtonianos
buscaban para dicha fuerza real una causa igualmente real, Newton mismo evitaba
escrupulosamente pronunciarse al respecto y en la edición de 1717 de la Optica
confiesa que "lo que denomino atracción puede realizarse mediante un impulso o
cualesquiera otros medios que me resultan desconocidos". La interpretación y
alcance que tiene el Principio de Razón Suficiente enunciado por Leibniz es
también objeto de polémica. Para Leibniz es principio para las creaturas y
también es principio ante Denm, esto es, es un principio que vale para la
creación del mundo. Hay una razón suficiente por la que Dios creó este mundo: el
hecho de que es el mejor mundo posible. Por el principio de Conveniencia, Dios
lo ha seleccionado para existir. Para los newtonianos el Principio de Razón
Suficiente sólo es principio ex Deo (a partir de Dios, fuera de Dios). Mientras
que para Leibniz el mundo es como debe ser, para los newtonianos debe ser como
Dios quiera. Para uno, lo importante es que la elección de Dios será racional
(elegir lo mejor) y para los otros, lo fundamental es no poner límites al antojo
divino (elemento típicamente protestante).
Podríamos pasar revista de
esta manera a todos los problemas fundamentales de la ciencia moderna vistos por
un gran filósofo y por un gran científico: el espacio, el tiempo, el vacío, el
principio de la identidad de los indescernibles, etc. Lo que hemos querido
resaltar es esta acaso primera disputa entre filósofos y científicos en una
época en la que los filósofos se dedicaban positivamente a la ciencia y los
científicos cultivaban la filosofía y todos incursionaban en el campo religioso
y político. La especialización, la división del ser en esferas particulares
inabarcables y la imposibilidad de estar actualizados en los principales campos
del saber vendrían luego.
La oposición ciencia-filosofía se basa en una
contraposición de íntimas necesidades que cada una de ellas tiene. La exigencia
racional (logicidad) heredada de Parménides se enfrenta a la obsenación critica
de la ciencia, que también es vieja como el hombre. Ambas luchan contra lo que
Descartes llamó "prevención y precipitación, es decir los prejuicios y lo que
podríamos denominar furor cognoscendi, análogo a aquel curandi del que hablaba
Freud, que conspiraba contra la labor psicoanalítica. El filósofo y el
científico tienen como tarea aprender a esperar (la patientia de los latinos,
que es asimismo capacidad de soportar el sufrimiento) tanto como poner en
cuestión sus más reconocidos y "obvios" preconceptos.