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APROXIMACIÓN
A LA FILOSOFÍA DE HEGEL archivo del portal de recursos
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Luis Armando González
Introducción
Con Hegel, el idealismo alemán adquiere su máxima expresión y desarrollo y abre un horizonte de reflexión filosófica que, con su perspectiva y problemática, se arraigó profundamente en el pensamiento filosófico posthegeliano. Indudablemente, Hegel expresa la síntesis última y plena realización conceptual de ese movimiento filosófico que tiene sus raíces en Kant y que continúa ulteriormente en Fichte y Schelling. Esto se puede constatar —sin profundizar desde luego en la cuestión— al analizar los temas mejor logrados en la filosofía hegeliana —una concepción clara de la dialéctica de lo real y una concepción totalizadora del proceso histórico— que, de algún modo, ya se venían prefigurando en la problemática pre-hegeliana, especialmente en los autores mencionados. Como escribe E. Terrón, en el “Prólogo” a la Introducción a la Historia de la filosofía de Hegel: “la filosofía de Hegel es la última gran filosofía especulativa. En ella finalizan y se articulan todos los movimientos del pensamiento del pasado. La filosofía de Hegel contiene todos lo momentos del desarrollo del pensamiento… pero superados y unificados” (1).
Con todo, la importancia de Hegel no se agota ni por expresar el punto más alto de la reflexión idealista alemana ni por estar operante en el pensar filosófico moderno, sino por otros motivos, entre los que sobresalen los siguientes: en primer lugar, con Hegel la sociedad burguesa cobra, en tanto que sociedad burguesa, la más alta comprensión de sí misma; o, mejor aún, en el pensamiento hegeliano se expresa —como quizá en ningún otro pensador anterior o posterior— la visión más elaborada que la modernidad burguesa puede lograr de sí misma. Y, en segundo lugar, el pensamiento teológico hegeliano desarrolla una serie de supuestos que serán claves en la reflexión teológica del XX.
Pasemos, entonces, a la exposición de las tesis básicas de la metafísica hegeliana, haciendo énfasis en sus momentos y aspectos centrales.
1. La metafísica hegeliana
En general, pueden distinguirse tres grandes planos de la reflexión metafísica de Hegel. En primer lugar, está el plano en el que se describe la totalidad de lo real tal como aparece; pero como aparece en y por el hombre. Este es el plano fenomenológico de la metafísica hegeliana. “La phänomenología —dice A. Kojeve— es la ‘Ciencia de las apariciones del espíritu’, es decir, de la totalidad del ser real que se revela a sí mismo por el discurso del hombre que el Ser implica” (2); y que, en tanto que ser real, envuelve como uno de sus momentos básicos al hombre mismo y su praxis.
Pero, en segundo lugar, a Hegel le parece que no basta con la mera descripción fenomenológica de las “apariciones del espíritu” para dar cuenta científica y concretamente de la esencia de lo real. Según él, el filósofo debe preguntarse por cuál deba ser la Realidad-objetiva que últimamente haga posible la aparición de ella misma en tanto que “fenómeno”. Como escribe Kojeve: “el Filósofo todavía se pregunta cuál debe ser la realidad objetiva (...), es decir el mundo real [natural y humano], para poder ‘aparecer’ de la misma manera como ‘parece’ efectivamente en tanto que ‘fenómeno’”. La respuesta a esta pregunta está dada por la metafísica a la cual Hegel llama “Philosophie der natur y Philosophie der Geistes” (3).
En tercer lugar, según Hegel, el nivel de reflexión filosófica anterior es todavía insuficiente —por no transcender hacia la mismidad del ser— para dar cuenta cabal de la esencia de la realidad. esto no puede menos que forzar al filósofo, cree Hegel, hacia un nivel de reflexión en el que la pregunta sea por la índole del propio ser; esto es, a un nivel de reflexión de carácter ontológico.
Como escribe Kojeve: “[superando el plano de la descripción metafísica] el filósofo se eleva al plano ontológico, para responder al interrogante de saber cuál debe ser el propio ser, tomado en tanto que ser, para que pueda realizarse o existir como ese Mundo natural y humano descrito en la metafísica, de la manera descrito en la fenomenología. Y esa descripción de la estructura del Ser en tanto que tal se efectúa en la ontología que Hegel llama Logik” (4).
Por tanto, en la reflexión metafísica hegeliana se encuentran presentes distintos niveles de reflexión sobre la realidad o sobre el ser, los cuales, fundándose uno sobre otro, dan cuenta de la estructura fenomenológica, metafísica y ontológica de lo real. Tomando como punto de partida el esbozo que hemos hecho de esta filosofía podemos intentar exponer más detalladamente los aspectos señalados. En lo que sigue expondremos a grosso modo la lógica de Hegel, la cual trata de ese ser que se realiza y existe como mundo natural y humano, y que, asimismo, cobra consciencia de sí mismo como espíritu.
1.1. La lógica (Ontología)
Ya dijimos que en su reflexión ontológica Hegel pretende dar cuenta de la índole misma de ese ser que se realiza como mundo natural y humano y que, asimismo, cobra consciencia progresiva de sí en el devenir de la historia. Es decir, lo que le interesa es determinar cuál debe ser —como dice Kojeve— el propio ser: el ser que se despliega como naturaleza y como historia. Hegel desarrolla su estudio de la lógica siguiendo un esquema de tríada básico: a) categorías fundamentales del ser; b) categorías fundamentales de la esencia; y c) categorías fundamentales del concepto. Antes de examinar esos temas, hagamos una reflexión previa sobre la lógica, el método y la dialéctica en Hegel.
Lo primero que hay que decir es que la Logik no es para Hegel lo que corrientemente se entiendo por lógica; esto es, no se trata de un problema de las “reglas” del razonamiento verdadero o algo semejante, sino que, en rigor, la lógica es la ciencia del Ser, ciencia que tiene por finalidad revelar su esencia. “La Logik de Hegel —escribe Kojeve— no es una lógica en el sentido corriente del término, ni una gnoseología, sino una ontología o ciencia del ser, tomado en tanto que ser” (4). Lo cual no quiere decir que la “Logik”, como ciencia del ser, no envuelva, de algún modo, un momento discursivo o epistemológico. Por supuesto que sí. Pero este discurso (logos) no tiene en la perspectiva hegeliana por sí mismo importancia; la tiene, sí, en cuanto manifiesta la estructura ontológica del Ser. En este sentido, cuando Hegel escribe en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas que “el hecho lógico presenta, considerado en su forma, tres conceptos: a) el abstracto racional; b) el dialéctico o negativo-racional; c) el especulativo o positivo-racional” (5), se refiere a lo lógico no como el pensamiento lógico considerado en sí mismo, sino más bien al “ser (Sein) revelado (correctamente) en y por el pensamiento o el discurso (Logos). Los tres aspectos de la cuestión son ante todo aspectos del propio Ser: son categorías ontológicas y no lógicas o gnoseológicas y tampoco por cierto simples artificios del método de investigación o de exposición” (6). Por tanto, comprender mediante la Lógica hegeliana implica comprender el carácter de sus tres momentos constitutivos: el aspecto abstracto, el aspecto dialéctico y el aspecto especulativo; que son —como dice Hegel— “elementos- constitutivos (Momente) de toda entidad Lógico-Real, es decir, de todo concepto o de todo lo-que-es-verdad (…) en general” (7).
Por ser lo que son, los momentos de la lógica tienen que ser expresados o expuestos por el logos humano, que precisamente lo único que hace es revelar la estructura ontológica del Ser, de la que es componente esencial. Aquí —antes de proseguir— es preciso detenerse y decir dos palabras sobre la idea que del Método hay en Hegel y sobre el papel que éste le asigna a la dialéctica. Obviamente, son dos cuestiones que, además de estar estrechamente ligadas, son sumamente problemáticas. Pero, por ello, son tema obligado para el propósito de este trabajo. Posteriormente, retomaremos la reflexión sobre los momentos constitutivos del ser.
1.2. Método y dialéctica
En primer lugar, el problema del método. De entrada digamos que en Hegel no hay, en sentido estricto, un método de investigación de lo real; es decir, no hay un sistema, ya sea conceptual o instrumental, de referencia preconcebido, mediante el cual se pretenda reflexionar sobre la realidad desde una posición de independencia con respecto a ella. Esto, para Hegel, es un absurdo que lo único que hace es deformar lo real y dificultar el despliegue de su movimiento propio. “El hombre ingenuo, el sabio vulgar, el filósofo no hegeliano se oponen cada uno a su manera a lo real y lo deforman oponiéndole medios de acción o métodos de pensamiento que les son propios” (8). Y ello, como de suyo es claro para Hegel, además de ser un modo superficial de investigación, es una forma inadecuada de investigación. Lo que se tiene que hacer es acercarse sin ningún tipo de presupuesto a lo real, y convertir así al propio discurso en un fiel reflejo de su estructura; es decir, que lo que se tiene que hacer es describir el ser propio de las cosas.
En opinión de Kojeve, el sabio, el que tiene la capacidad suficiente para indagar sobre el ser, no tiene otra alternativa que confiar enteramente en lo real, sin oponer resistencias de ninguna índole a sus manifestaciones. “Su papel —insiste Kojeve— es el de un espejo perfectamente plano y definitivamente extendido: no refleja lo Real; lo Real se refleja en él; se refleja en su consciencia y se revela en su propia estructura dialéctica por el discurso del sabio que la describe sin deformarlo” (9), cosa que no puede ser de otro modo, dada la unidad existente entre el sabio y lo Real.
Por lo cual se puede decir que en Hegel no hay, en sentido estricto, un método de investigación de la estructura del Ser y la Realidad. Lo que hay en Hegel es una descripción positiva de lo Real. Una descripción empírica que, a diferencia de la ciencia-técnica —sólo que busca conocer y transformar la naturaleza y la sociedad en función de los intereses del hombre—, no tiene mayor finalidad que revelar la realidad sin modificarla o perturbarla, es decir, revelarla con absoluta fidelidad. La experiencia hegeliana, escribe Kojeve, “revela la Realidad concreta, y la revela sin modificarla o ‘perturbarla’. Por eso cuando describe verbalmente esa experiencia, representa una Verdad en el sentido estricto del término. Y por ello no tiene un método específico que le sea propio en tanto que experiencia, pensamiento o descripción verbal, y que no sea al mismo tiempo una estructura ‘objetiva’ de la misma Realidad concreta que revela describiéndola” (10).
En esta perspectiva no hay una separación tajante, ni tan siquiera insinuada, entre el sujeto que estudia lo real y lo Real mismo: lo que se da es la unidad indisoluble de la realidad, del Ser, con el Sujeto que la describe; la unidad de lo Real y el discurso positivo que la revela. “Lo real concreto —escribe Kojeve— es a la vez Realidad-revelada-por-un-discurso, y Discurso-que-revela-una-realidad. Y la experiencia hegeliana no se relaciona ni con lo real, ni con el discurso revelador, ella misma es un aspecto de lo Real concreto que describe. No aporta nada de afuera y el pensamiento o el discurso que nacen de ella no son sino una reflexión sobre la realidad: es la realidad misma que reflexiona o se refleja en el discurso o en tanto que pensamiento” (11).
En resumen, en el pensamiento hegeliano no hay un método de investigación en el sentido corriente del término. Con un método de investigación se deformaría lo Real, alterando su estructura o atribuyéndole caracteres que no le son propios. Por ello, y para no deformar la índole propia del verdadero Ser, el sabio en vez de acercarse a lo Real con un método debe hacerlo sólo con sus sentidos, dejándose interpelar por la realidad y revelando, por medio de su discurso, lo que esta Realidad Es. Ello es posible no solamente porque el Sabio es un momento de la totalidad de lo Real, sino porque también el Sabio, por ser tal, se halla reconciliado teóricamente con esa Realidad de la cual pretende dar cuenta. Se trata de una reconciliación en la cual el Discurso revelador de lo Real no es más que la Realidad misma reflejándose en el Discurso.
La Realidad, sin ese Discurso revelador de sí misma —que no es más que su propia toma de consciencia— no alcanza su grado mayor de desarrollo; el Discurso Teórico, sin ese despliegue precedente de lo Real, no puede convertirse en su revelador. Sólo tomados a una, Discurso teórico y Realidad, se puede hablar en sentido estricto de Verdadero Ser o de Verdadera Realidad. En otras palabras, si a lo Real le compete como uno de sus momentos constitutivos revelarse a través de un Discurso, cualquier metodología o sistema de hipótesis que pretendan dar cuenta de la esencia de la realidad lo único que harán es dificultar la manifestación plena de él. Lo Real, pues, se expresará de manera plena solamente cuando el Sabio se convierta en un mediador entre la Realidad en devenir y el pensamiento en el que esta cobra conciencia de sí mismas. Este pensamiento no es otra cosa que lo Real mismo en un nivel superior de desarrollo.
En segundo lugar, el problema de la dialéctica. Este tema es central en la reflexión filosófica hegeliana. Se trata de un tema de significación altamente polémica y polivalente. Ante todo, apuntaremos que para Hegel la realidad es dialéctica, pero a quien compete por excelencia este carácter es a la realidad histórica. Y ello, aún con todas las polémicas que ha suscitado y pueda seguir suscitando, es un hecho innegable en el pensamiento hegeliano. Incluso, para hablar con exactitud, se puede decir que la realidad natural no posee estrictamente una dimensión dialéctica tal como la que corresponde al ámbito histórico-social. Porque a la sociedad y la historia les es propio el momento dialéctico en razón justamente del elemento humano que las constituye, lo cual no sucede en la naturaleza, puesto que el factor humano está ausente.
No es el factor humano considerado de cualquier modo al que compete un carácter dialéctico, sino considerado como Trabajo, es decir, como actividad negadora de lo dado. Como escribe Kojeve: “el trabajo es pues una negación real de lo dado. El ser que existe en tanto que un mundo donde se trabaja implica pues un elemento negativo o negador” (12). Y el momento central de la dialéctica hegeliana lo constituye la negatividad que le es esencial al trabajo humano. Dicho más claramente: “esta negación activa o Real de lo dado —como apunta Kojeve—, que se efectúa en la Lucha y por el Trabajo, constituye el elemento negativo o negador que determina la estructura dialéctica de lo Real y del Ser. Trátase pues de lo real dialéctico y de una dialéctica Real” (13). Así pues, el elemento negativo por excelencia, el elemento dialéctico por antonomasia, lo constituye el trabajo; en sentido amplio, la praxis humana transformadora de lo Real, que, a la vez que determina la estructura dialéctica de la Realidad histórica se realiza, en tanto que praxis, de modo asimismo dialéctico, conformando ambos aspectos un solo y único proceso de desarrollo.
Por tanto, no se puede hablar en Hegel de una Dialéctica de la Naturaleza sin incurrir en una grave deformación de su pensamiento. La dialéctica es, para él, algo que compete propiamente al trabajo humano y, en consecuencia, a la historia y la sociedad. Mas aún, es algo que compete a la totalidad de la realidad —natural e histórica— solo por haber devenido en humanidad. Esto nos lleva a dos aspectos centrales en el planteamiento filosófico hegeliano: a) nos permite hacer una consideración unitaria y estructural de naturaleza e historia, en la cual es imposible tomar por separado cualquiera de ambos elementos y creerlos la verdadera realidad, así como también nos evita darles igual rango de realidad: la historia es más real que lo natural; y b) nos conduce a valorar adecuadamente la índole del pensamiento a través del cual se expresa la estructura de la realidad.
Para Hegel, la naturaleza y la historia forman una unidad que es la Realidad; de ésta sólo puede hablarse una vez que los dos momentos mencionados se han hecho presentes en su pleno desarrollo. Una vez dados, se fundamentan reciproca y mutuamente, puesto que, en el proceso de su devenir, el uno sin el otro no adquieren ni adquirirían una real concreción. Por otro lado, sobre la índole del pensamiento que expresa la estructura dialéctica de lo real (naturaleza e historia) se tiene que decir que, en tanto que pensamiento, no le corresponde de suyo tener un carácter dialéctico. Si lo tiene, es únicamente porque la realidad expresada es en sí misma dialéctica. Como apunta Kojeve: “en Hegel hay una dialéctica real, pero el método filosófico es el de una simple y pura descripción, sólo dialéctica en el sentido en que describe una dialéctica de la realidad” (14): este es el caso de la filosofía hegeliana, cuya finalidad expresa es exponer conceptualmente la dialéctica de lo real, su estructura lógica interna, la cual por ser dialéctica —negativa— obliga a una conceptualización igualmente dialéctica o negativa.
Resumamos la idea de la dialéctica que maneja Hegel. Para este autor, la estructura de la realidad histórica —su estructura intrínseca— es dialéctica en virtud de la praxis humana. Así, hablar de una dialéctica de la naturaleza se vuelve problemático. Para comprender a cabalidad lo anterior, remitámonos a un texto de Hegel sobre el tema: “la naturaleza es como ella es; y sus cambios son, por el contrario, solamente repeticiones, su movimiento solamente un curso circular. Inmediatamente su acción [la del espíritu] es conocerla” (15), conocerla en su mecanicidad y circularidad repetitivas. Lo contrario sucede en la Historia, con el espíritu, como diría Hegel, en donde la negatividad y la innovación son lo más esencial. A continuación del texto citado se puede leer lo siguiente: “Yo soy; pero, inmediatamente [como naturaleza], existo en tanto que organismo viviente solamente; como espíritu, existo sólo en tanto que me conozco… conócete a ti mismo, la inscripción sobre el templo del Dios sapiente de Delfos es el mandamiento absoluto, que se expresa la naturaleza del espíritu.
Pero la conciencia contiene esencialmente esto, que yo soy por mí, que soy objeto para mí. Con este juicio absoluto, con la distinción de mi yo de mí mismo, el espíritu se convierte en existencia actual, se pone como exterioridad, que es precisamente el modo universal diferenciador de la existencia de la Naturaleza” (16). Justamente, este ponerse como exterioridad, este ponerme como objeto para mí mismo, para poder así conocerme totalmente, no puede ser logrado si no es por el trabajo y la negatividad que le es consustancial; por la praxis humano-social que consiste radicalmente en un salir de mí mismo, hacia la exterioridad de las propias producciones, para poder luego —a través de esas exteriorizaciones— cobrar una conciencia más plena de sí mismo, de la propia naturaleza. Por tanto, no es errado decir que para Hegel la Dialéctica más real cobra vigencia en la historia, en y por el trabajo humano, en y por la producción de objetos en los que el espíritu humano se aliena a sí mismo, pero que, sin embargo, constituyen la posibilidad absoluta para que el mismo se recupere plenamente, es decir, para que cobre una consciencia más plena de sí.
En resumen, para Hegel es la negatividad propia del trabajo humano la que introduce el fenómeno dialéctico en la realidad, específicamente en la Realidad Histórica. Por ello, es a ésta y no a la Realidad Natural a la que tal carácter compete. La Realidad Natural, nos dice Hegel, es mecánica y repetitiva, no dialéctica e innovadora. Dicho esto, volvamos al problema central de esta parte del trabajo: la Lógica.
Recapitulemos algo de lo dicho anteriormente. Señalamos que la lógica de Hegel pretende dar cuenta de la estructura metafísica de la realidad, mejor dicho, de su estructura Ontológica. La Lógica es la expresión teórica de la estructura de la realidad —no es lo mismo que la lógica como sistema o conjunto de leyes y normas de razonamiento; ni tampoco es el resultado de una investigación a partir de métodos científicos, cuyos presupuestos de indagación sobre lo real son las hipótesis y las teorías—. Así pues, la Lógica, la Ciencia de la Lógica, es la Realidad, el Ser, manifestando su esencia en y a través de la inteligencia del hombre, en y a través del discurso filosófico elaborado por el propio Hegel.
Además, para Hegel, es en la Historia en donde se expresa la máxima Realidad del Ser, del absoluto; es justamente en la Historia en donde éste se expande y se autorreconoce más plenamente; en donde cobra plena autoconsciencia de sí. Ello es posible por la dialecticidad que le compete preferentemente a la historia en virtud del Trabajo del hombre y, correlativamente, por las distintas y diversas producciones en las que el espíritu humano se objetiva y se autorreconoce; entre ellas, le corresponde a la Filosofía (hegeliana) el lugar privilegiado. Este privilegio es doble: el hombre se conoce a sí mismo en ella y, al mismo tiempo, capta en su historicidad la lógica intrínseca de la realidad, capta al absoluto realizándose y conociéndose en y por la historia de la humanidad, en y por la historia de la filosofía. Por ello, la Lógica de Hegel no puede ser un conjunto de normas o reglas de razonamiento: es la expresión pensada de la esencia ontológica de lo real, abstraída del devenir histórico-real del espíritu por el pensar filosófico que no es otra cosa que el absoluto manifestándose y cobrando consciencia plena de sí mismo.
Es indudable que para Hegel lo más real de la realidad, su lógica interna, en donde se manifiesta más plenamente es en el ámbito de la historia de la filosofía; y es justo de ahí desde donde el filósofo y la filosofía —tal como lo entiende Hegel— elabora conceptualmente esta Lógica de la Realidad: en la Lógica de Hegel se expresa la lógica de la realidad, su racionalidad, la cual se hace presente a través del Discurso del Filósofo. Como dice Hegel en La introducción a la historia de la filosofía, “es el tema y el menester de la Filosofía misma exponer el único modo de este surgir, la derivación de las formas, la necesidad pensada, conocida, de las determinaciones; y mientras que la idea pura, de la que se trata aquí, no es aún la forma muy particularizada de la mima como naturaleza y como espíritu, entonces es aquella representación principalmente el tema y el menester de la filosofía lógica” (16).
Pero, por otro lado, las distintas formas y determinaciones del Absoluto no aparecen en la realidad en el estado puro en que son expuestas por el filósofo, sino que, aun guardando un rango entitativo propio, aparecen revestidas de un contexto histórico que es justo al que se remite el teórico para poder dar cuenta de la esencia lógica de lo Real. Como señala Hegel, “por el otro modo es que las distintas etapas y momentos del desarrollo en el tiempo se destacan en la manera de suceder y en este lugar especial, en este o aquel pueblo, en estas circunstancias políticas y bajo las complicaciones de las mismas; en resumen: bajo esta forma empírica; éste es el drama que nos muestra la historia de la filosofía” (17). Es a ella a donde debe remitirse el filósofo para determinar la Estructura Lógica de la Realidad, cuyas categorías fundamentales, así como la sucesión entre las mismas, guardan una relación estrecha con la historia del pensamiento filosófico, con la continuidad y ruptura dialéctica que se da entre los distintos sistemas filosóficos.
“De acuerdo con esta idea —dice Hegel—, afirmo ahora que la sucesión de los sistemas de filosofía en la historia de la misma es como la sucesión en la derivación lógica de las determinaciones conceptuales de la idea. Afirmo que, cuando se trata de los conceptos fundamentales de los sistemas aparecidos en la historia de la filosofía, de los que se despoja en cuanto a su forma exterior, a su aplicación a lo particular, etc., entonces se conservan las diversas etapas en la determinación de la idea misma en su concepto lógico. Por el contrario, tomado por sólo el progreso lógico, se tiene en él, de acuerdo con sus momentos principales, el progreso de los fenómenos históricos; pero, indudablemente, hay que reconocer estos conceptos puros en el contenido de su forma histórica” (18). Por tanto, el filósofo, en su búsqueda de la esencia metafísica de la realidad, debe remitirse a la máxima densidad Real, a la Historia de la humanidad, y, dentro de ella, a la historia de la filosofía; es en ésta en donde aquélla se manifiesta más plenamente; se manifiesta cobrando consciencia de sí misma en y a través de la filosofía, en y a través de la Historia de la Filosofía. De aquí que, con toda justicia, se puede decir que la Lógica, la Filosofía, además de representar la conceptualización más acabada de la esencia del Ser, de su estructura íntima, representa, asimismo, el grado más alto de autoconciencia, de autoconocimiento, que el absoluto puede lograr de sí mismo. Son dos asuntos que se codeterminan mutuamente.
Pues bien, hemos dicho que la lógica la extrae Hegel preferentemente de la Historia de la Filosofía; y que ella manifiesta ensimismados caras de un mismo proceso metafísico; por el lado del Absoluto, la lógica representa al conocimiento o, mejor dicho, autoconocimiento más profundo que éste puede lograr de sí mismo; por el lado del hombre, representa el conocimiento más elevado que éste puede lograr de sí y del Absoluto. Momentos que son, por tanto, congéneres y unitarios. Por otra parte, la Lógica, en cuanto autoconsciencia plena del propio Absoluto y en cuanto autoconocimiento de él en y por la Historia de la Filosofía, se identifica con ésta: la Lógica es, en tanto que filosofía, Historia de la Filosofía: es en ésta en donde el hombre se conoce más plenamente a sí mismo y al Absoluto y en donde éste se explaya a plenitud cobrando una consciencia plena de sí a través del conocimiento filosófico del hombre. Por ello, no es casual que Hegel escriba refiriéndose a las filósofos: “su hazaña es solamente ésta: que han sacado a la luz del día la racional en sí del pozo del Espíritu” (19); es decir, que han sacado la estructura lógica esencial de la realidad en la Historia del pensar filosófico humano, de la historia de la filosofía. Y esto porque, en último término, “la historia de la filosofía —como dice Hegel— se ocupa de lo que no envejece, de lo actualmente vivo”( 20), del Absoluto que dinamiza la historia de la humanidad que se realiza en ella. Por ello es que la Logik no es un conocimiento apriorístico de la realidad con el que luego el filósofo aborda los distintos problemas, sino que es fruto de todo un largo proceso de estudio y reflexión sobre la historia humano-social. Es de ella, especialmente de la historia de la filosofía de donde se extrae esa estructura esencial la Lógica de Hegel. Luego, a la luz de ella, se expone conceptualmente el devenir de lo real bajo una nueva perspectiva: la de su lógica interna. La de su racional dialéctica intrínseca; la racionalidad por la cual “la idea produce la Naturaleza que es lo otro de sí misma. Y solamente a través de su opuesto de la naturaleza, de la exteriorización de su esencia, llega a la consciencia de sí misma: este proceso es la historia completa del mundo” (21).
1.3. Momentos lógicos del discurso
Tres son estos momentos: a) el aspecto abstracto o accesible al entendimiento; b) aspecto dialéctico o negativamente racional; y c) el aspecto especulativo o positivamente racional (22).
En primer lugar, el momento abstracto o accesible al entendimiento. Este momento lógico (que expresa, repitámoslo una vez más, un momento esencial de la realidad) es definido así por Hegel en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas: “el pensamiento, como intelecto se cierra a la determinación rígida y a la diferencia de esta con otras; tal producto abstracto y limitado vale para el intelecto como existente y subsistente por sí” (23). Eso se puede dividir en dos cosas fundamentales. Primero, que visto el elemento abstracto desde el entendimiento, lo que se tiene es una captación unilateral, estrecha y limitada de las determinaciones de lo real, las cuales no son aprehendidas en cuanto tales determinaciones, sino rígidamente y desconectadas de las demás. Segundo, que tomado el pensamiento como un momento de la realidad, de la totalidad, él mismo atraviesa por esa etapa. El pensamiento mismo, en los estadios iniciales de su desarrollo, es un producto abstracto y unilateral, y es justo de esta experiencia de donde se extrae, en lo fundamental, la estructura de la lógica hegeliana.
Lo dicho anteriormente vale para cualquier fenómeno o hecho de la Realidad. Ya sea que sea vista por separado o que se la considere en su conjunto: los fenómenos particulares, sean plantas, animales, hombres o sociedades. Así como la Totalidad de la Realidad entera (naturaleza-hombre-sociedad), atraviesa en los momentos iniciales de su desarrollo y de su devenir por esta fase del En Sí, es decir, por la fase de la unilateralidad y la abstracción: sus elementos son, en su despliegue inicial, un “producto” abstracto. En la Doctrina del Ser, siempre en la Enciclopedia, Hegel puntualiza aún más esta idea del momento abstracto. “El puro ser —escribe— marca el inicio, porque tanto es pensamiento puro como a la vez el elemento inmediato, simple e indeterminado; y el primer comienzo no puede ser nada de mediato ni de más precisamente determinado” (24). Es eso lo que Hegel en tantos de sus escritos llama "Ser en Sí" o, mejor dicho, momento del En sí; que es el que envuelve la totalidad de potencialidades a desarrollar en una realidad determinada; el estado que Hegel caracteriza como abstracto. Un texto de la Introducción a la historia de la filosofía complementa al ya citado de la Enciclopedia.
En ese texto dice Hegel: “pero lo que es en sí, no es aún la verdadera, sino lo abstracto; es el germen de lo verdadero, la aptitud, el ser en sí de la verdadera”(24); es, asimismo, lo que contiene todas las potencialidades de desarrollo de la cosa, todas las cualidades de lo “múltiple en sí”. Son esas internas posibilidades las que han de mostrarse en el devenir tanto de las cosas particulares como de la totalidad del Ser. El Ser en Sí es justamente abstracto y unilateral porque no se ha enriquecido todavía en el proceso de desarrollo; aunque, sin embargo, contenga la totalidad de posibilidades y potencialidades de las cosas. Pero sin ese despliegue —es decir, manteniéndose la cosa como ser en sí— su realidad es una realidad abstracta, simple, indeterminada. Y este momento es propio de toda realidad particular (como “pensamiento puro” y como elemento simple), así como la Totalidad de ella en los estadios iniciales de su desarrollo.
El primer momento de la estructura lógica de la realidad —e igualmente de la Lógica como exposición teórica de la misma— lo constituye el aspecto abstracto. Por otro lado, lo abstracto no se agota solamente en ser un momento inicial de lo lógico–Real ni en ser un elemento de la exposición de esa lógica de la Realidad, sino que —y ello es lo que le interesa últimamente a Hegel— ese momento abstracto–unilateral expresa una etapa inicial del despliegue del absoluto hacia la plena y total autoconsciencia de sí.
En segundo lugar, el aspecto dialéctico o negativamente racional. Este momento es, de algún modo, central para lograr una correcta interpretación de la Lógica de Hegel y, más en general, de toda su filosofía. Este momento es un paso ulterior al momento abstracto y consiste, en lo fundamental, en la supresión de la unilateralidad y la limitación de aquel momento por la puesta en marcha de determinaciones opuestas. Hegel caracteriza de esta manera el momento que tratamos: “el momento dialéctico es el suprimirse por sí dichas determinaciones finitas y su paso a las opuestas... En su carácter peculiar, lo dialéctico es... la propia y verdadera naturaleza de las determinaciones intelectuales de las cosas y de lo finito en general... La dialéctica es... esta resolución inmanente, en la cual la unilateralidad y limitación de las determinaciones intelectuales se expresan como lo que ella es, o sea como su negación. Todo lo finito tiene esta propiedad, que es suprimirse a sí mismo” (25). Y es por esta negatividad intrínseca a los fenómenos finitos por lo que éstos pueden desarrollares y explayar su naturaleza propia a lo largo de un proceso de desarrollo. La fuerza motriz de este proceso en devenir es la dialéctica interna que lo rige; su negatividad intrínseca.
Pero recordemos la parte dedicada a la dialéctica páginas atrás; en ella quedó establecido que la negatividad por antonomasia se encuentra en la historia social de la humanidad, en virtud, claro está, del elemento trabajo-praxis sobre el que aquélla se asienta. Sólo por este elemento se puede hablar de negatividad, de dialéctica, en sentido estricto. Cuando Hegel piensa en lo finito, piensa en lo finito histórico; en lo finito histórico que consiste en una multiplicidad de fenómenos y hechos empíricos, que van desde la praxis productiva, pasando por el arte y la religión, hasta la filosofía. A todos ellos, parcialmente o como totalidad, les es inherente la negatividad. Es de ellos, especialmente de los hechos histórico–filosófico, de donde Hegel extrae los momentos esenciales de la lógica.
El propio Hegel ilustra este momento negativo-racional refiriéndose al progreso científico. Escribe al respecto: “la dialéctica forma, pues, el alma motriz del progreso científico, y es el principio por el cual solamente la conexión inmanente y la necesidad entran en el contenido de la ciencia; así como en ella, sobre todo, está la verdadera, y no exterior elevación sobre lo finito” (26). Porque la ciencia, tal como Hegel la entiende, es el conocimiento más elevado y profundo que de la necesidad o racionalidad intrínseca de las cosas finitas puede alcanzar el intelecto humano, así como la más verdadera interiorización en la estructura de lo finito. Pero este conocimiento cierto de la racionalidad interna de lo finito–real no puede lograrlo la ciencia sin ella misma no haber recorrido el camino de la negatividad; ella misma, en tanto que hecho histórico–finito, debe pasar (y pasa) por el rodeo de la negatividad (así como por el de la simplicidad) para poder dar cuenta más cabalmente en épocas histórica superiores, en el caso que se trate de la ciencia histórica, de la necesidad inmanente al proceso histórico, y desde él a la Realidad en su Totalidad.
No es otra cosa lo que le sucede a Hegel con su Ciencia de la Lógica. Para intentar exponer en ella la racionalidad interna de la realidad, su lógica intrínseca, hubo que esperar, y asumir, todo ese largo camino de la historia de la filosofía que precedió a la filosofía hegeliana. Por tanto, el conocimiento científico —en tanto que fenómeno histórico— tiene como su fuerza motriz intrínseca la negatividad, la dialéctica. Pero ello es sólo un ejemplo. Es el ejemplo de la Ciencia hegeliana que “describe esa dialéctica real en su totalidad, así como la serie de filosofías consecutivas que corresponden a esa realidad dialéctica” (26), siendo movida a ella misma por la negatividad y siendo ésta la condición que hace posible tal conocimiento de la totalidad real. Con todo, si nos referimos a la historia real de la humanidad encontramos que ella se mueve no a fuerza de argumentos verbales, “sino a golpe de cachiporras y de espadas o de cañones por una parte, y de hoces y de martillos por otra... Es esa dialéctica histórica real la que se refleja en la historia de la filosofía” (27). Esa es la única manera de superar sus estadios iniciales; de superar su simplicidad y unilateralidad. Y la misma negatividad esencial se encuentra al estudiar cualquier hecho histórico.
Pero hay otro rasgo de gran importancia de esta determinación lógica que merece ser destacada aquí. Este rasgo es el carácter de fuerza motriz del desarrollo de los fenómenos que le compete al momento dialéctico–negativo. Este carácter de fuerza motriz del elemento negativo es el que posibilita la evolución, el desarrollo, de la cosa hacia su plenitud, hacia la diversidad de sus aspectos. Como escribe Hegel, “lo segundo es que lo en sí, lo simple, lo envuelto, se desarrolla, se desenvuelve. Desenvolverse quiere decir: ponerse, entrar a la existencia, existir como algo distinto ... lo segundo es también que la existencia está en relación con otras cosas, que existe como algo diferente” (28); evoluciona, se enriquece, se hace más real. Este es el otro rasgo de la negatividad: ser una negatividad que enriquece. Pero es menester aclarar que este segundo momento, el momento negativo, no añade nada, por así decirlo, a lo real abstracto, es decir, el primer momento lógico: lo único que hace es abrir la realidad de éste a toda la riqueza de sus manifestaciones contenidas; mejor aún, ese momento negativo no es más que lo abstracto e indeterminado dinamizándose desde sí mimo a otro distinto de sí, pero ya contenido como posibilidad interna.
Esto es lo que quiere decir Hegel cuando anota que lo devenido en otro por la negatividad “es una y la misma cosa o más bien uno por el mismo contenido, ya exista en sí, envuelta [como cosa indeterminada], o como algo desarrollado. Es solamente una diferencia de la forma, pero de esta diferencia depende todo” (29); de ella depende todo el ulterior despliegue y planificación de la cosa real. En el caso de la Historia Humana en general, sólo por esa dialéctica que le es intrínseca puede el hombre, en el ámbito específico de la Historia de la Filosofía, alcanzar su máxima plenificación, el máximo conocimiento de sí y, con ella, el máximo grado de realidad. Igualmente, por la dialecticidad de la historia puede el Absoluto explayarse a plenitud y autoconocerse radicalmente en y por el conocimiento que el hombre logra de sí mismo, en y por el conocimiento que logra de la estructura Lógica de la Realidad y de sí en la filosofía y en su Historia. Como puede verse, la negatividad racional de la realidad es un momento ontológico y gnoseológico de gran importancia para Hegel.
Ontológicamente, le permite conceptuar un momento por el cual lo real-histórico deviene, se desarrolla y evoluciona hacia la plenitud concreta de sus múltiples determinaciones; y hacia la plena y total consciencia de sí del Hombre y del Absoluto a través del primero. Gnoseológicamente, es el momento posiblitante de la total apropiación conceptual por parte del hombre de la estructura Lógica Esencial de la realidad que, en cuanto hecho histórico–real, se desenvuelve dialécticamente. En fin, esta racionalidad negativa es además que momento de lo Real–histórico condición de posibilidad de su conocimiento y autoconocimiento pleno. Es, además que momento del despliegue del absoluto, condición para que éste se autoposea plenamente. Se trata de dos procesos que, a una, constituyen el devenir de la Totalidad Real. “Así la historia de la filosofía y de la ‘cultura’ es en general un ‘movimiento dialéctico’, pero es un movimiento secundario y derivado” (30) del movimiento de la historia real de los pueblos; que son, asimismo, movimientos fundados en los movimientos lógicos del Absoluto. Sin embargo, es su unidad total la que da pleno sentido a la realidad y, por derivación, a la metafísica hegeliana.
En tercer lugar, el aspecto especulativo o positivamente racional. Este es otro momento importante tanto para conocer y conceptuar esencialmente la estructura de lo real como para aprehender la marcha misma del conocer humano hacia ella. Del lado de la Realidad, expresa un más alto grado de desarrollo, la culminación de su proceso evolutivo en una etapa superior de desarrollo, la síntesis de las determinaciones contrapuestas (dialéctica) del estadio anterior y la puesta en marcha, en un plano superior, de nuevas contradicciones y nuevos dinamismos. Del lado del conocimiento humano, expresa una etapa más elevada en la conceptualización de la estructura de la realidad y en el propio conocimiento que el hombre logra de sí y del lado del autoconocimiento y devenir del Absoluto expresa grados más altos de realización y de autoconciencia.
Hegel, en la Enciclopedia, caracteriza de este modo el momento especulativo: “el momento especulativo o el positivo racional, concibe la unidad de las determinaciones en su oposición; y es lo que allí hay de afirmativo en su solución y en su superación” (31); por lo cual representa un momento más rico del devenir de lo Real, ya que implica una superación de los opuestos, así como la conservación de lo más positivo de ambos, y un momento más rico en lo que respecta al conocimiento que el hombre pueda tener sobre ello; en ese caso se aprehende mayor densidad de realidad. Por tanto, este momento especulativo racional lleva inscritos dos aspectos esenciales que expresan su riqueza Ontológico-Gnoseológica: expresa mayor densidad de realidad en cada nuevo plano superior de síntesis y expresa un conocimiento más profundo de la realidad, un conocimiento más radical y último.
Como dice Hegel, “este racional es, por lo tanto, aún siendo algo pensado y abstracto, a la vez algo concreto, porque no es unidad simple y formal, sino unidad de determinaciones diversas” (32); y por ser un pensamiento que manifiesta esa unidad de determinaciones en la que se sintetizan las contradicciones es un pensamiento Concreto. Es decir, un pensamiento que expone, luego de haberla extraído del devenir real-histórico, la estructura lógico-racional de esa realidad en devenir. La categoría expuesta es, en este sentido, un pensamiento concreto. Expresa doblemente mayor riqueza de realidad y un conocimiento más total de la misma. Y este vale para cualquier realidad, ya sea en su especificidad o ya sea en su totalidad. Las cosas particulares, en sus momentos de síntesis, se enriquecen mucho más (aunque sean síntesis transitorias y perecederas) al alcanzar niveles de desarrollo más elevados; la totalidad de la realidad, igualmente, en su proceso de desarrollo se eleva a planos superiores en cada momento en que se sintetizan sus contradicciones, en cada momento de “superación” y de “conservación” de sus opuestos.
Paralelamente, el conocimiento humano cada vez que capta y conceptúa esos momentos de síntesis, capta y conceptúa mayor realidad; capta y conceptúa mayor esencialidad real y, consiguientemente, mayor conocimiento de sí mismo y del absoluto. Si se ve esto desde el absoluto, hay que decir que éste, en las fases de Aufheben, de superación-que-conserva, logra mayor concreción, mayor realización y, por tanto, mayor conocimiento de sí. Metafísicamente, Hegel —para destacar el rango de realidad que manifiesta ese momento positivo-racional— lo llama Ser Para Sí, el ser de una realidad en planos superiores de desarrollo y autoposesión; en planos de desarrollo más concretos y multideterminados; en planos, en fin, en los que se hayan subsumidos los momentos anteriores. Juntando los tres momentos que hemos analizado (lo abstracto, lo negativo y lo racional) y caracterizando al tercero de ellos, escribe Hegel: “el primer momento era lo en sí de la realización, lo en sí del germen, etc.; el segundo es la existencia (Dasein), aquello que resulta; así, es el tercero la identidad de ambos, más precisamente, ahora, el fruto de la evolución, el resultado de todo este movimiento; y a todo eso llamo yo abstractamente, el Ser por sí [el Ser para sí]” (33).
El Ser para sí es, por tanto, la totalidad de determinaciones de un hecho real-histórico, sintetizadas procesualmente desde un ser abstracto, en sí, pasando por un ser en otro, la negatividad, la existencia, hasta su recuperación como un ser para sí, su autoposesión. Y esto, siendo propio de la Historia Universal en su conjunto, encuentra su manifestación por excelencia en la historia del pensamiento filosófico, que es de donde, en lo fundamental, han sido extraídos los momentos lógicos señalados. Como escribe Hegel, el ser para sí “es el ser por sí del hombre, del espíritu mismo; pues la planta no tiene ser por sí (ser para sí), sino en tanto que hablamos un lenguaje que se refiere a la conciencia. Solamente el espíritu llega a ser verdadero por sí, idéntico consigo mismo” (34); solamente en la historia humana —más precisamente en la historia de la filosofía— se llega a manifestar propiamente lo para sí.
Pero también este momento especulativo racional tiene una dimensión Gnoseológica que es preciso destacar. Y es que para Hegel ese momento de lo real-histórico sólo puede ser captado por un conocimiento superior, es decir, por el conocimiento filosófico. Mejor aun, no solamente puede ser captado por el pensar filosófico-racional, sino que su exposición misma como momento lógico, como categoría Lógica, corre por cuenta de la filosofía. El momento especulativo-racional es aprehendido y expuesto por la filosofía. Como dice Hegel, “en la lógica especulativa está contenida la mera lógica del intelecto que puede ser sacada de aquélla; no hay que hacer otra cosa que dejar caer el elemento dialéctico y el racional; así llega a ser lo que es la lógica ordinaria: una historia, o sea una descripción de varias determinaciones del pensamiento puestas juntas, y que en su finitud se toman por algo infinito” (35). En otro texto, insiste Hegel: “es un concepto especulativo, esta unidad de lo diferente, del germen y de lo desarrollado; esas cosas son dos y, sin embargo, una. Es un concepto de la razón; por eso sólo las otras determinaciones son inteligibles. Pero el entendimiento abstracto no puede concebir esto; el entendimiento se queda con las diferencias, solo puede comprender abstracciones, no lo concreto, ni el concepto” (36).
Cuando se ha llegado a la etapa de producir conceptos, el hombre está a las puertas de conocer plenamente la realidad, de conocer al Absoluto, de conocerse a sí mismo y, finalmente, de convertirse en una realidad para sí plena. El Absoluto, en esta línea de reflexión, a medida que se lleva a cabo el proceso descrito hacia el para sí humano, gana en auto posesión y autoconciencia de sí; se vuelve él también realidad para sí en y para el ser para sí del hombre, del espíritu .
Hemos visto los momentos fundamentales del discurso lógico. Queda por examinar las categorías lógicas (ontológicas) que dan mayor sentido teórico y real a los momentos ya explicados. De manera global, expondremos las categorías fundamentales de la Lógica, dividida por Hegel en tres partes: la Doctrina del Ser, la Doctrina de la Esencia y la doctrina del concepto. Pero antes volvamos una vez más, al carácter de la Logik. Para ello veamos el siguiente texto de Hegel. “Por lo tanto —nos dice—, hay que concebir la Lógica como el sistema de la razón pura, como el reino del pensamiento puro. Este reino es la verdad, tal como ella es, sin velo, en sí y para sí y para sí misma. Puede, por lo tanto, decirse que este contenido es la manifestación de Dios, tal como él es en su eterna esencia, antes de la creación de la naturaleza y de un espíritu finito” (37).
Pero, hay que repetirlo una vez mas es el sistema de la razón pura abstraído del devenir de la totalidad real; luego de haber estudiado todo su proceso de desarrollo. Un sistema que si bien expresa conceptualmente lo esencial de la realidad anteriormente a todo desarrollo empírico no se hubiese constituido como tal sistema sino por el despliegue y la explanación de esa realidad esencial bajo una forma empírico-concreta.
2. Estructura de la Lógica
A. Categorías fundamentales del ser: cualidad, cantidad y medida
En la primera sección de la lógica, titulada la Doctrina del ser, aparecen tres categorías básicas y fundamentales sobre el mismo. La cualidad, la cantidad y la medida. Examinémoslas someramente.
a) Cualidad. Esta categoría está conformada, por así decirlo, por las subcategorías de ser en sí, ser determinado (Dasein) y ser para sí. De alguna manera, en lo dicho páginas atrás ha quedado bastante claro el significado de cada una de esas subcategorías. Lo que pretendemos ahora es puntualizar el carácter unitario de esos tres momentos en la categoría de cualidad. Pues bien, para Hegel la cualidad, siendo la unidad de esos tres momentos, es lo que determina el carácter de una realidad dada como distinta radicalmente a otra. Es en la acepción más rigurosa del vocablo “ser para sí”. Expresa la realización más plena de una determinada realidad; esa realidad ha alcanzado un perfil propio relativo a las demás cosas y a sí misma. Como escribe Hegel: “El ser para sí, como relación consigo mismo, es inmediatividad, y como relación de lo negativo consigo mismo, es lo que es para sí lo uno; lo que por ser diferenciado en sí mismo excluye lo otro” (38). Es justo esta diferenciación de sí respecto de lo otro, así como la propia inmediatez, lo que hace a una realidad cualitativamente distinta de otra; radicalmente distinta de ella. Y, recordémoslo, una determinada realidad sólo alcanza la plenitud de sí —el desarrollo pleno de sus determinaciones, su máxima concreción Ontológica—, cuando ha alcanzado el estadio de realidad para sí. Es en ese momento cuando la cosa se constituye como Una; como una cosa diferenciada y contradistinta de las demás. Ser una realidad Propia, Unitaria, es la que cualifica a una realidad. Por ello, la categoría de Cualidad es, más que expresión teórica (lógica) de la Realidad, del Ser, un momento constitutivo del mismo: el momento por el cual una realidad es esta y no otra; es el Ser para Sí de ella internamente cualificado y especificado.
b) Cantidad. Esta es la segunda categoría Lógica-Ontológica constitutiva a la que el filósofo tiene que remitirse para dar cuenta de la estructura del Ser. Ella permite caracterizar al Ser como cantidad; como ocupando un lugar espacio temporal, con unas determinadas dimensiones. Su rasgo esencial es que, dentro de unos límites, sus modificaciones no alteran la estructura cualitativa del ser de lo real. Tal es el caso de la Magnitud. Esta propiedad cuantitativa de lo real —cuantitativa porque hace referencia a un aspecto puramente físico— es la que sirve a Hegel para aclarar su idea de lo que es la categoría de cantidad. En la Enciclopedia señala: “la matemática suele definir la magnitud como lo que puede ser aumentado y disminuido… la determinación de la magnitud es tal, que es puesta como mudable e indiferente, de modo que, no obstante sus mutaciones, un aumento de intensidad o de extensión, la cosa, por ejemplo, una cosa o el color rojo, etc., no deja de ser una casa o color rojo” (39). Es decir, la magnitud física de una realidad, no obstante sus mutaciones ya sean en intensidad o extensión —y dentro de unos limites físicos precisos— no altera su carácter cualitativo. Este aspecto físico medido como magnitud es justamente la cantidad de una cosa, su momento cuantitativo.
Sin embargo, la cantidad no se agota ni mucho menos con lo dicho. En ella, Hegel distingue tres momentos básicos y constituyentes, a saber: la cantidad pura, el cuanto y el grado. Describámoslo brevemente.
En primer lugar, la cantidad pura. Este momento cuantitativo es, de algún modo, el que caracteriza al momento cualitativo del ser en sí. Y consiste en una indeterminación de la magnitud física en cualquiera de sus aspectos. “Lo absoluto —escribe Hegel— es pura cantidad: este punto de vista coincide en general con aquello que da a lo absoluto la determinación de materia, en la cual existe ciertamente la forma, pero es una determinación indiferente. También la cantidad constituye la determinación fundamental de lo absoluto cuando es concebida de modo que en él, en lo absolutamente indiferente, toda diferencia es sólo cuantitativa. Por lo demás, el espacio puro, el tiempo, etc., pueden ser tomados como ejemplos de la cantidad, si lo real es concebido como llenando indiferentemente el espacio y el tiempo” (40). Es decir, que tomado lo real en su indiferenciación cualitativa, como ser en sí, se tiene, igualmente, una cantidad indiferenciada e indeterminada; una cantidad pura. Hegel escribe al respecto: “la cantidad es el puro ser en quien la determinación es puesta, no ya como una con el ser mismo, sino como superada e indiferente” (41). Esta determinación cuantitativa “indiferente” (y, por tanto, estrictamente indeterminada) es la cantidad pura, que, como tal, se identifica con lo Absoluto indiferenciado: se trata del puro ser, que es igual a la pura cantidad.
En segundo lugar, el cuanto. Este momento cuantitativo hace referencia a una magnitud ya no indiferente —como era el caso de la cantidad pura—, sino una magnitud discreta, finita, limitada. “La cantidad puesta esencialmente con la determinación exclusiva que en ella está contenida —dice Hegel—, es el cuanto, la cantidad limitada” (42). Esto es, que la realidad adquiere estatus físico de cuanto, solamente cuando sus magnitudes físicas propias han comenzado a diferenciarse; cuando la cantidad en ella contenida ha mostrado sus determinaciones. En ese momento, en el momento en que la propiedad cuantitativa de una realidad se determina y diferencia, es cuando la cantidad se vuelve cuanto: se vuelve una cantidad limitada. Los números, cree Hegel, son la determinación y desenvolvimiento de este elemento de la cantidad. “El cuanto —dice Hegel— tiene su desenvolvimiento y su completa determinación en el número, que teniendo como elemento propio lo uno, contiene en sí… la multitud o número particular… [y] la unidad que son los elementos cualitativos de lo uno” (43). Por otro lado, no hay que dejar de decir que, de alguna manera, este momento de cuantificación de la cantidad corresponde al momento cualitativo del ser determinado. Porque sólo cuando una realidad ha mostrado en el proceso de su desarrollo sus internas determinaciones, en virtud de la negatividad, se puede encontrar en ella (porque ella lo muestra) su momento cuántico. Por tal razón hay que afirmar que el momento Lógico-Ontológico del ser determinado del cuanto está en unidad indisoluble con el momento Lógico-Ontológico del Ser determinado; igualmente, están en unidad inseparable la Cantidad Pura y el Ser en Sí; y, en general, tal como están en unidad lo cuantitativo y lo cualitativo.
Esta unidad, en tercer lugar, se expresa en el grado. Este es el otro momento de la cantidad al que hay que prestar atención. En él se hayan ligados unitariamente los momentos cualitativos y cuantitativo de la realidad. Claramente lo apunta Hegel cuando dice que “en él [en el grado] se hayan reunidos la exterioridad, es decir, lo cuantitativo y el ser para sí, es decir, lo cualitativo” (44). Por tanto, en el momento Lógico-Ontológico de grado lo que se tiene es la unidad del Ser para Sí (la cualidad de la cosa realizada plenamente) y de la exterioridad (lo cuantitativo bien determinado). Y para articular lo que estamos diciendo con lo anterior, anotemos que el grado es la exterioridad del Cuanto, pero una exterioridad cualificada. Es por ello por lo que se puede expresar la unidad de lo cualitativo y de lo cuantitativo en este momento de grado. Como escribe Hegel, “esta exterioridad del cuanto en su determinación, determinabilidad en sí mismo, constituye su cualidad; esta exterioridad es precisamente lo que es y está en relación consigo mismo” (45). Es en este sentido que el grado muestra y, mejor aún, constituye la unidad cantidad-cualidad. Manifiesta, por esto, tanto el nivel más elevado de la cantidad, como el nivel más elevado de la cualidad, en una síntesis que los asume y supera.
En resumen, entre cantidad y cualidad (ambos momentos ontológicos y lógicos de lo real) hay una unidad intrínseca que se expresa en las conexiones que se dan entre ambas categorías. Así, hay una correspondencia entre Ser en sí y Cantidad pura, entre Ser determinado y Cuanto y entre Ser para sí y Grado. Pero, en general, el vínculo estructural que los une es lo cuantitativo y lo cualitativo tomados como totalidad. El grado es expresión de esta unidad. Sin embargo, la expresión más acabada de dicha unidad se capta en la tercera Categoría del Ser que señalamos antes: la Medida.
c) Medida. De entrada, en la Enciclopedia, Hegel define lo que es la medida. Al respecto escribe: “la medida es el cuanto cualitativo, primero como inmediato, un cuanto al cual está ligado un ser determinado o una cualidad” (46); cosa que se parece mucho a lo que ya hemos dicho sobre el grado, Y no es por casualidad. De hecho, la categoría de medida subsume dentro de sí al momento de grado; por lo cual es en ella en donde aparece con mayor nitidez el vínculo unitario entre lo cuantitativo y lo cualitativo. Pero la medida no es sólo un cuanto cualificado, ni tampoco es sólo la unidad inmediata de cualidad y cantidad. Lo más propio de ella consiste en que expresa los límites cuantitativos —en cambios y modificaciones— que una realidad internamente cualificada puede soportar y seguir siendo la misma realidad.
No es otra cosa lo que Hegel quiere decir cuando escribe que “el cuanto específico [la magnitud cuantitativa determinada de una cosa] es, por consiguiente, en parte un simple cuanto; y el ser determinado capaz de aumento y disminución, sin que la medida, la cual es una regla, sea por esto suprimida; pero, en parte, el cambio del cuanto es también un cambio de la cualidad” (47). ¿Qué está diciendo Hegel en estas líneas? Está diciendo dos cosas, en lo fundamental.
Primero, que la medida es una regla; una regla que limita y que registra los cambios cuantitativos que una cualidad determinada puede aceptar (dicho antropomórficamente) y seguir siendo esa misma cualidad; una regla que mide, que mensura, las posibilidades de cambio cuantitativo de una determinada estructura cualitativa, que al ser sobrepasado daría paso a otra cualidad radicalmente distinta, así como a otra medida, a otra regla, que correspondería a la nueva estructura cualitativo-cuantitativa instaurada. Segundo, está diciendo, también, que de algún modo las variaciones cuantitativas que admiten una cualidad dada conllevan un cambio sobre ésta; aunque no radical. O sea, pues, que la cualidad propia de una cantidad no es estática, sino que es dinámica, marcando la pauta de estos dinamismos los cambios cuantitativos, tanto dentro de una misma cualidad como de cualidad a cualidad.
Por otra parte, además de los puntos extraídos de la cita de Hegel, podemos dejar apuntadas dos ideas que nos salen al paso. En primer lugar, que la Realidad, el Ser, es para Hegel intrínsecamente dinámico; cosa ya admitida a propósito de la dialéctica hegeliana. En segundo lugar, que para Hegel la realidad en su totalidad, así como en sus momentos particulares, está conformada estructuralmente. Lo cuantitativo y lo cualitativo, como momentos de lo real, no son más que expresión físico-material (la primera) y organizativa-específica (la segunda) de esa estructuración. Más aún, una cantidad y una cualidad determinadas, además de corresponderse recíprocamente en una determinada realidad, son la cantidad y la cualidad de esa realidad, y no de otra.
Con lo dicho hemos caracterizado a grandes rasgos las tres categorías fundamentales del Ser: la cualidad, la cantidad y la medida. Son tres categorías esenciales de la estructura lógica de lo real y de la conceptualización teórica de la misma. Son, por ello, tres momentos Lógico-Ontológicos de la Realidad, del Ser. Son, Asimismo, tres momentos unitaria y dinámicamente estructurados en orden a la procesualidad de lo real, y juntos caracterizan lo que Hegel llama el Ser: el En sí, el Ser determinado y el Ser para sí. Para finalizar, citemos el texto de Hegel con el que inicia la primera sección de la Lógica, ya que en el mismo se sintetiza lo que venimos apuntando. “El Ser es el concepto puramente en sí; las determinaciones del ser, en cuanto son (Seiende) y en su distinción opuestas a otras; su determinación ulterior (la forma de la dialéctica) es un pasar a otras. Esta ulterior determinación es, a la vez, un ponerse exteriormente, y con ello un desarrollarse del concepto que era primero en sí (des an sich seinenden Begriffs) y a la vez el ir así (Insichgehen) del ser, un sumergirse de éste en sí mismo. El desarrollo del concepto en la esfera del ser se hace la totalidad del ser; al mismo tiempo la inmediatividad del ser o la forma del ser, como tal, es suprimida (aufgeheben)” (48). La cantidad, la cualidad y la media son tres momentos esenciales de ese desarrollo del ser, como concepto, en la esfera de la totalidad del ser. El En sí, el Ser determinado y el Ser para sí son los tres estadios cualificantes del ser, a través de los cuales éste marcha hacia su plena realización.
Por tanto: Cualidad, Cantidad y Medida, por un lado, y Ser en sí, Ser determinado y Ser para sí, por otro, son determinaciones momentuales del Concepto de Ser abstraídas del desarrollo Histórico-Real y expuestas, como determinaciones conceptuales, por el intelecto filosófico, al igual que el propio concepto del Ser. Este no es otra cosa que un momento esencial de la totalidad de lo real captado en y a través del desarrollo empírico de esta totalidad, que es expuesto por el filósofo desde su despliegue inicial, pero en su movimiento puro, como concepto. De más está decir que, en su despliegue real y efectivo, el Ser está recubierto de las formas empíricas más variadas; y que su movimiento de Puro ser a Ser empírico ha sido dinamizado por el antagonismo Nada-Ser. Justamente por ello la tarea del filósofo consiste, y ha consistido —según Hegel— en descubrir ese movimiento lógico-esencial del Concepto bajo su caparazón empírica-accidental y exponerlo tal y como subyace en el fondo de los procesos concretos-empíricos. Claro está, ello sólo es posible en la culminación dialéctica de los procesos.
B. Categorías fundamentales de la esencia: existencia, fenómeno y realidad
En la segunda sección de la lógica, llamada la Doctrina de la esencia, Hegel se propone estudiar las llamadas por él categorías de la reflexión. Apuntemos rápidamente lo que Hegel entiende por esencia y por reflexión, y luego presentemos las categorías señaladas.
Para Findlay, “la esencia es la antítesis de lo que en ella salta inmediatamente a la vista: es algo que se encuentra detrás o dentro de la superficie inmediata de la apariencia, y que sólo se alcanza cuando de penetra por debajo de ésta” (49). Es decir, que esencia es lo que está tras la apariencia, tras lo que aparece. Ahora, hay que preguntarse por el carácter mismo de la penetración mencionada: la misma consiste en Reflexionar. “Tal penetración —nos dice Findlay— es reflexiva, y los objetos hasta los cuales penetra son postulados o puestos, inferidos y mediados, más bien que dados” (50). Esto es, la reflexión penetra hacia un ámbito (el esencial) oculto, no dado exteriormente, y que sólo puede ser aprehendido en cuanto a través de mediaciones. “La esencia —dice Hegel— es el concepto en cuanto concepto puesto... Le esencia, como el ser mediado consigo mismo por la negación de sí mismo, es la referencia a sí mismo en cuanto referencia a otro; pero este otro, no como siendo inmediatamente, sino como algo puesto y mediado… La esencia es, por tanto, como un aparecer en sí mismo” (51); como un aparecer en sí mismo del ser. Un aparecer en sí que, por la dialéctica propia que le compete al ser, no es un salir fuera de él. Muy por el contrario implica un subsumirse dentro de sí.
Y es que la negación de sí del ser en que consiste la esencia, la negación de sí como algo dado, no es algo exterior al ser mismo, sino que constituye su propia dialéctica, su verdad. Es por ello que la esencia no solamente es una conceptualización de carácter teórico añadida a la Realidad, sino que es un momento ontológico de ella; un momento ontológico que se muestra sólo por la reflexión, es decir, que se distingue del ser inmediato, con el que forma una unidad, por la reflexión que es la determinación de la esencia misma. Para Hegel, “la negatividad no es exterior al ser, sino que constituye su propia dialéctica, es, por tanto su verdad, la esencia como el ser que ha penetrado en sí mismo o que es en sí mismo; su distinción del ser inmediato está constituida por aquella reflexión, por su aparecer en sí mismo y ella es la propia determinación de la esencia misma” (52).
En suma, para Hegel, la Reflexión y la Esencia son dos momentos indisolublemente ligados; con lo que nos sale otra vez el tema de la unidad entre lo lógico y ontológico. La esencia, como momento fundamental de lo real y como momento expresado por el intelecto reflexivo, muestra palmariamente dicha unidad. Las categorías de la esencia que a continuación trataremos son, a la vez que momentos del ser, momentos de la reflexión; momentos de los que ésta se vale para exponer lo esencial-lógico de la realidad en su estado puro.
Categorías de la esencia: 1) existencia (compuesta por los siguientes momentos: identidad, diferencia, semejanza, oposición y contradicción); 2) fenómeno (compuesta por los siguientes momentos: mundo del fenómeno, contenido y forma, y relación); y 3) realidad (compuesta por los siguientes momentos: lo real, lo posible, lo contingente y lo necesario) (53).
i) La existencia
La categoría de Existencia consta de los momentos que a continuación expondremos.
a) Identidad. Esta categoría tiene para Hegel el mismo rango ontológico que tiene respecto del Ser la categoría de Puro Ser. “Identidad es la noción inmediata —escribe Findlay—, no desarrollada, de lo que es esencial, lo mismo que el ser puro es la forma inmediata a partir de la cual se desarrollan luego Cantidad y Cualidad” (54). O, como dice el propio Hegel, “esta identidad es identidad formal o sea del intelecto, en cuanto se detiene en ella y se abstrae de la diferencia, o más bien, la abstracción es el poner esta identidad formal, la transformación de una cosa en sí concreta en esta forma de la simplicidad, ya que se prescinde de lo múltiple existentes en concreto...; ya sea que, abandonado sus variedades, se reúnan en una de los múltiples determinaciones” (55). Porque, en definitiva, cuando Hegel habla de la esencia piensa en ella como en una realidad “elaborada” por la reflexión. El texto citado lo que hace es destacar esa problemática. Por ello dice Hegel que la “identidad” es una identidad del intelecto; es, si se quiere, una fase, inicial por cierto, de la marcha del intelecto reflexivo hacia la esencia; una fase en la que se simplifica la realidad obviando la totalidad de sus determinaciones, y reduciéndola a una determinación concreta.
b) Diferencia. Este momento constituye un segundo aspecto de la reflexión, que está inseparablemente ligado al concepto de la identidad. Desde el punto de vista de la cosa real, la Diferencia es un momento de ella situado a un nivel menos profundo que el momento de Identidad. Es decir, la identidad toca más de cerca la estructura íntima de la cosa real. Como apunta Finlday, “esta diferencia es, en primer lugar, una diferencia de la superficie, así como la identidad es una identidad a nivel más profundo. Es obvio que las cosas sólo pueden ser idénticas en esencia si pueden ser superficialmente diferentes, y viceversa” (56).
El problema de la diferencia, por otro lado, también se puede ver desde la reflexión. Y visto desde ella, la Diferencia es una diferencia de esencia, y no simplemente una diferencia superficial. “Desde el concepto reflexivo de Identidad —nos dice Findlay—, Hegel avanza dialécticamente el concepto reflexivo de Diferencia (Unterschied), que no es, sin embargo, la diferencia superficial antes considerada, sino una diferencia de esencia” (57). Y Hegel, en la Enciclopedia, hace justo la distinción que nosotros, con Findlay, hemos hecho. En las cosas reales, dice Hegel “la Diferencia es: Diferencia inmediata, la diversidad en la cual los distintos son cada uno de por sí lo que son, y son indiferentes en su referencia a otros, referencia que por lo mismo es extraña a ello... Esta diferencia exterior, como identidad de lo referido, es igualdad; como no identidad es desigualdad” (58). De cara a la reflexión, la Diferencia ya no es propiamente una Diferencia Inmediata, sino una Diferencia de Esencia, una diferencia negativa. Como escribe Hegel: “la diferencia en sí es la diferencia esencial, lo positivo y lo negativo: lo positivo es la relación idéntica a sí misma de modo que no es lo negativo, y esto es lo diferente por sí, de modo que no es lo positivo” (59). Más clara es aún la caracterización de la diferencia de cara a la reflexión: “la diferencia de la esencia es, por tanto, la contraposición, según la cual lo diferente no tiene frente así un otro en general, sino su otro; esto es, cada uno tiene su propia determinación sólo en relación con el otro; es reflejado en sí sólo en cuanto es reflejado en el otro, e igualmente el otro; cada uno es, de este modo, su otro del otro” (60). Este “otro”, en el que cada uno encuentra su propia determinación, por contraposicón reflexiva, nos da la diferencia esencial de la cosa contrapuesta; es, en este sentido, una diferencia esencial de índole intelectual-reflexivo, pero fundada en una diferencia real.
c) Semejanza-Desemejanza. Estos dos conceptos son claves en lo que toca al problema de la esencia y sus categorías. Para Findlay, el concepto de Semejanza significa identidad precisa en algún carácter más bien que mera similitud (61); por lo que, de alguna manera, la categoría de semejanza nos remite a la de Identidad. Y es que como anota el autor citado, “la semejanza es una identidad atenuada puesta sólo en una reflexión externa sobre cosas intrínsecamente indiferentes” (62). Lo mismo dígase de la categoría de Desemejanza; ella remite a la diferencia. “La desemejanza es, asimismo —apunta Findlay—, una diferencia externa, no idéntica con la esencial ‘Diferencia’ que es la fuente del ser distintivo de una cosa” (63). Por tanto, Semejanza y Desemejanza hacen referencia a dos momentos de la exterioridad de una cosa real en el ámbito de su esencia. La Semejanza es una Identidad ‘atenuada’, es decir, una identidad insinuada, no realizada ya que en tal caso sería plena identidad. La Desemejanza es una Diferencia igualmente ‘atenuada’, porque en caso de ser una Diferencia plena, es decir, una diferencia esencial, sería la fuente del ser distintivo de una cosa; y la desemejanza no llega a eso: es solamente una diferencia Externa, no interna.
Por ello, si hay coincidencias entre Semejanza e Identidad y entre Desemejanza y Diferencia, son solamente coincidencias exteriores: a lo sumo, coincidencias derivadas de la relación de fundamentación en que se encuentran las categorías de identidad y diferencia respecto a las de semejanza y desemejanza. Lo que sin embargo es cierto es que cada una de ella expresa niveles distintos de reflexión esencial. Incluso, entre las de semejanza y desemejanza se da una precisa articulación en orden a la reflexión. Según Findlay, Hegel inicia el profundo y obvio ensamblaje de estas dos últimas nociones, cómo la posición de Semejanza sólo tiene lugar significativamente sobre el fondo de la Desemejanza, y viceversa (64)
d) Oposición. Este momento, llamado también Oposición Polar, no recibe en la Enciclopedia un tratamiento detallado. Por ello nos centraremos en las ideas que Findlay plantea en su libro Reexamen de Hegel, desde el cual caracterizaremos el concepto mencionado. Para Findlay, en la Ciencia de la Lógica, Hegel explica el carácter de esta Oposición Polar. En esta obra, “Hegel indica cómo el entendimiento trata de convertir Semejanza y Desemejaza en Identidades y Diversidades absolutas… Así congeladas, Semejanza y Desemejanza pierden su esencial pertinencia mutua, que les da color y sign