|
PRAGMATISMO archivo del portal de recursos
para estudiantes |
enlace
de origen
Charles S. Peirce (1907)
Traducción castellana de Sara Barrena (2005)
Este texto corresponde al MS 318, un manuscrito altamente complejo que contiene cinco versiones entremezcladas de un artículo concebido inicialmente como una larga "Carta al editor". El artículo fue rechazado tanto por The Nation como por Atlantic Monthly. Todas las versiones comparten el mismo comienzo: la "Introducción" que se encuentra también en CP 5.11-13 y 464-66. Otras versiones fueron publicadas en CP 1.560-62 y 5.467-96. La "Variante I" es la tercera versión, escrita en marzo-abril de 1907, y la "Variante II" la quinta, escrita pocos meses después. El texto traducido corresponde al que fue publicado en EP 2, 398-433. En este texto Peirce se acerca más que en ningún otro a expresar del todo su idea propia del pragmatismo y a proporcionar una prueba articulada de forma clara. Comienza reafirmando que el pragmatismo (el pragmaticismo) no es una doctrina de metafísica ni tampoco un intento de determinar la verdad de las cosas, sino sólo un método para averiguar los significados de las palabras brutas y de los conceptos abstractos. Para ese momento, Peirce ha integrado completamente su pragmatismo con su semiótica y basa su prueba en su teoría de los signos (más que en su teoría de la percepción, como había hecho para la prueba de 1903 en las "Harvard Lectures"). Su prueba semiótica comienza con la premisa de que cada concepto y cada pensamiento más allá de la percepción inmediata es un signo, y prosigue hasta la proposición de que un interpretante lógico debe ser de la naturaleza de un hábito. "Consecuentemente", concluye Peirce, "la explicación más perfecta de un concepto que pueden proporcionar las palabras consistirá en una descripción del hábito que se calcula que produzcan. Pero, ¿de qué otra manera puede describirse un hábito sino por la descripción de la clase de acción a la que da origen?". Ya que la conclusión de Peirce equivale a una paráfrasis de su definición del pragmatismo, su prueba es completa.
[Introducción]
Sr. Editor:
Las revistas filosóficas de todo el mundo están ahora, como sabe, rebosando de pragmatismo y antipragmatismo. El número de Leonardo que me ha llegado esta mañana contiene un fragmento admirable sobre esta cuestión de un escritor de genio y habilidad literaria, Giovanni Papinii 1. Ayer me llegaron noticias de discusiones en esta misma línea en Nueva Zelanda 2. A menudo, sin embargo, se escuchan expresiones elocuentes pero poco sinceras que traicionan la completa incomprensión de este nuevo ingrediente del pensamiento de nuestro tiempo, de modo que acepto gustosamente su invitación para explicar qué es realmente el pragmatismo, cómo llegó a ser y hacia dónde tiende. Cualquier doctrina filosófica que fuera del todo nueva apenas podría dejar de resultar completamente falsa, pero los riachuelos que caen al río del pragmatismo pueden remontarse fácilmente hasta casi cualquier antigüedad que se desee.
Sócrates se bañó en esas aguas. Aristóteles se regocija cuando puede encontrarlas. Corren, donde uno menos sospecharía, bajo las secas montañas de basura de Spinoza. Las limpias definiciones que cubren las páginas del Essay concerning Humane Understanding 3 (renuncio a cambiar la ortografía) habían sido lavadas en esas mismas fuentes de agua pura. Fue este mismo medio, y no aguas de brea, lo que dio fuerza y salud a las primeras obras de Berkeley, su Theory of Vision y lo que queda de sus Principles 4. De ese medio obtienen las posturas generales de Kant la claridad que poseen. Augusto Comte usó todavía más —mucho más— ese elemento, tanto como vio que podía usarlo. Desafortunadamente, sin embargo, tanto él como Kant, a sus modos bastante opuestos, tenían el hábito de mezclar esas aguas relucientes con cierto sedante mental al que muchos hombres son adictos —los fornidos hombres de negocios muy probablemente en beneficio suyo— pero que causa tristes estragos en la constitución filosófica. Me refiero al hábito de despreciar cuidadosamente el estudio riguroso de la lógica.
Lo mismo sucedía en el pasado. La ascendencia del pragmatismo es
suficientemente respetable, pero su adopción más consciente como lanterna
pedibus 5 en la discusión de cuestiones
oscuras, y su elaboración como método de ayuda para la investigación filosófica
vinieron, en primer lugar, del souche 6
más humilde imaginable. A comienzos de los años setenta un grupo de hombres
jóvenes, que nos llamábamos a nosotros mismos de forma medio irónica, medio
desafiante, "The Metaphysical Club" —pues el agnosticismo cabalgaba entonces su
mejor caballo y estaba desaprobando de forma magnífica toda metafísica—,
solíamos encontrarnos en el viejo Cambridge 7, a
veces en mi estudio, a veces en el de William James. Puede ser que a algunos de
nuestros antiguos cómplices no les interese hoy en día que tales correrías de
juventud se hagan públicas, aunque no tomábamos nada excepto gachas, leche y
azúcar. Creo que el juez Holmes, sin embargo, no se tomara a mal el que estemos
orgullosos de recordar su pertenencia a ese grupo. Ni tampoco lo hará Joseph
Warner. Nicholas St. John Green era uno de los miembros con más interés, un
talentoso y erudito abogado, discípulo de Jeremy Bentham. Su extraordinario
poder de desnudar la cálida y alentadora verdad de los ropajes de fórmulas
largamente vestidas fue lo que atrajo la atención sobre él en todas partes. En
particular, insistió a menudo en la importancia de aplicar la definición de
creencia de Bain 8, como "aquello en base a lo
que un hombre está preparado para actuar". A partir de esta definición, el
pragmatismo apenas es entonces más que un corolario, de modo que estoy dispuesto
a pensar en él como en el abuelo del pragmatismo. Chauncey Wright, que era algo
parecido a una celebridad filosófica en aquellos días, nunca estaba ausente de
nuestros encuentros. Yo casi le llamaba nuestro corifeo, pero se le
describiría mejor como nuestro maestro de boxeo, a quien —yo, particularmente—
solíamos enfrentarnos para ser severamente golpeados. Él había abandonado su
anterior conexión con el hamiltonianismo para acercarse a las doctrinas de Mill,
y a su pariente el agnosticismo, a los que estaba tratando de unir las ideas
ciertamente disonantes de Darwin. John Fiske y, menos frecuentemente, Francis
Ellingwood Abbot estaban a veces presentes, prestando su tolerancia al espíritu
de nuestros empeños, al mismo tiempo que manteniéndose reservados respecto a
cualquier afirmación de sus éxitos. Wright, James y yo éramos hombres de ciencia
que, más que considerar las doctrinas de los metafísicos como muy decisivas
espiritualmente, las examinábamos más bien en su lado científico. El estilo de
nuestro pensamiento era decididamente británico. Entre todos nosotros, sólo yo
había entrado al erial de la filosofía a través de la puerta de Kant, e incluso
mis ideas estaban adquiriendo un acento británico.
Nuestros procedimientos metafísicos habían sido todos en palabras que volaban (y por eso rápidas en su mayor parte) hasta que finalmente, para que el club no se disolviera sin dejar detrás ningún souvenir 9 material, elaboré un pequeño artículo que expresaba algunas de las opiniones que había estado recomendando durante ese tiempo bajo el nombre de pragmatismo 10. Ese artículo fue recibido con una benevolencia tan inesperada que, media docena de años después, fui animado, a raíz de la invitación de un gran editor, el Sr. W. H. Appleton, a incluirlo, algo ampliado, en el Popular Science Monthly de noviembre de 1877 y enero de 1878, aunque sin la aprobación más cálida posible del editor spenceriano, Dr. Edward Youmans. El mismo artículo apareció al año siguiente en versión francesa en la Revue Philosophique 11. En esos tiempos medievales no me atrevía a usar impresa una palabra inglesa para expresar una idea que no estaba relacionada con su significado recibido. La autoridad del Sr. Director Campbell 12 pesaba demasiado sobre mi conciencia. Todavía no había llegado a percibir eso que es tan evidente hoy en día, que si la filosofía ha de situarse alguna vez en el rango de las ciencias, debe sacrificarse la elegancia literaria —como los viejos uniformes brillantes de los soldados— ante las austeras exigencias de la eficiencia, y se le debe animar al filósofo —sí, y requerir— a que acuñe nuevos términos para expresar los conceptos científicos nuevos que pueda descubrir, tal y como se supone que han de hacer sus hermanos de la química y la biología. En efecto, en aquellos días tal hermandad era despreciada, tanto en un lado como en el otro: un estado lamentable pero no sorprendente del sentimiento científico. Hasta 1893, cuando podría haber logrado la inclusión de la palabra pragmatismo en el Century Dictionary, no me pareció que la moda fuera suficiente para garantizar ese paso.
Es ahora el momento oportuno para explicar lo que es el pragmatismo. Debo, sin embargo, introducir esta explicación con una afirmación de lo que no es, ya que muchos escritores, especialmente de la muchedumbre numerosa como las estrellas de la progenie de Kant, a pesar de las declaraciones de los pragmatistas, unánimes, reiteradas y muy explícitas, permanecen todavía incapaces de "captar" a dónde nos estamos dirigiendo, y persisten en retorcer nuestro propósito y nuestra finalidad. Hace tiempo yo mismo me encontraba demasiado dentro de ese marco kantiano para comprender su dificultad. Pero lo abandoné. Baste decir una vez más que el pragmatismo no es en sí mismo una doctrina de metafísica, ni tampoco un intento de determinar la verdad de las cosas, sino sólo un método para averiguar los significados de las palabras brutas y de los conceptos abstractos. Todos los pragmatistas de cualquier clase asentirán cordialmente a esta afirmación. En cuanto a los efectos posteriores e indirectos de practicar el método pragmatista, esa es otra cuestión bastante diferente.
Aún más, todos los pragmatistas estarán de acuerdo en que su método de averiguar el significado de las palabras y los conceptos no es otro que el método experimental por el que todas las ciencias exitosas (entre las que nadie en sus cabales incluiría la metafísica) han alcanzado los grados de certeza que les son respectivamente propios hoy día —no siendo este método experimental en sí mismo nada más que una aplicación particular de una vieja regla lógica, "por sus frutos los conoceréis" 13.
Más allá de estas dos proposiciones ante las que los pragmatistas asienten, nemine discrepante, encontramos unas discrepancias tan pequeñas entre las posturas de aquellos que se adhieren declaradamente como se encuentran en toda escuela de pensamiento saludable y vigorosa en cada división de la investigación. El más importante de nuestros estudiosos y el más respetado, William James, define el pragmatismo como la doctrina de que el "significado" completo de un concepto se expresa a sí mismo o bien en la forma de la conducta que ha de recomendarse o de la experiencia que ha de esperarse 14.
[Variante I]
Entre esta definición y la mía parece haber ciertamente una divergencia teórica nada pequeña que, en su mayor parte, se desvanece en la práctica y, aunque podamos diferir en cuestiones importantes de filosofía —especialmente en lo que respecta al infinito y al absoluto—, me inclino a pensar que las discrepancias residen en otro lugar que en los ingredientes pragmatistas de nuestro pensamiento. Creo que si nunca se hubiera oído acerca del pragmatismo, las opiniones de James por una parte, y las mías por otra, se hubieran desarrollado sustancialmente tal y como lo han hecho, independientemente de nuestras respectivas formas de conectarlas en el presente con nuestra concepción de ese método. El brillante y maravillosamente humano pensador F. C. S. Schiller, que extendió al mundo filosófico una copa de estimulante néctar en su bello Humanismo, parece ocupar un terreno propio, intermedio, respecto a esta cuestión, entre el de James y el mío.
Entiendo el pragmatismo como un método de averiguar los significados, no de todas las ideas, sino sólo de lo que llamo "conceptos intelectuales", es decir, aquellos sobre cuya estructura pueden girar los argumentos que tienen que ver con el hecho objetivo. Si la luz que provoca en nosotros, tal y como son las cosas, la sensación de azul, provocara siempre la sensación de rojo y viceversa, por más grande que fuera la diferencia que eso pudiera suponer en nuestras sensaciones, no podría suponer diferencia alguna en la fuerza de ningún argumento. A este respecto las cualidades de duro y blando contrastan notablemente con las de rojo y azul, pues mientras que rojo y azul nombran sólo meros sentimientos subjetivos, duro y blando expresan el comportamiento de hecho de la cosa bajo la presión del filo de un cuchillo. (Uso la palabra "duro" en su estricto sentido mineralógico, "resistente al filo de un cuchillo"). Mi pragmatismo, que no tiene nada que ver con cualidades de la sensación, me permite sostener que la predicación de una cualidad tal es justo lo que parece, y no tiene nada que ver con nada más. Por lo tanto, si dos cualidades de sensación en cualquier lugar pudieran intercambiarse, nada sería afectado más que las sensaciones. Esas cualidades no tienen significaciones intrínsecas más allá de ellas mismas. Los conceptos intelectuales, sin embargo —los únicos cargamentos de signos que se denominan propiamente "conceptos"— conllevan esencialmente alguna implicación relativa al comportamiento general, bien de algún ser consciente o bien de algún objeto inanimado, y de ese modo proporcionan más, no meramente que cualquier sensación, sino también más que cualquier hecho existencial, a saber, los "actos posibles" [would-acts] del comportamiento habitual; y ninguna aglomeración de sucesos actuales puede llenar nunca completamente el significado de un "posible" [would-be]. Pero que el significado total de la predicación de un concepto intelectual consiste en afirmar que, bajo todas las circunstancias concebibles de una clase dada, el sujeto de la predicación se comportaría (o no) de una cierta manera, es decir, que sería o no verdadero que bajo circunstancias experienciales dadas (o bajo una proporción dada de ellas, tomadas tal y como ocurrirían en la experiencia) ciertos hechos existirían —tomo esta proposición como el núcleo del pragmatismo. Dicho más simplemente, el significado completo de un predicado intelectual es que ocurrirían ciertas clases de eventos, una vez cada cierto tiempo, en el curso de la experiencia, bajo ciertas clases de circunstancias existenciales.
Pero, ¿cómo se prueba que es verdadero este elocuente principio? Pues parece estar en un violento contraste con lo que uno leerá, por ejemplo, en Appearance and Reality 15 de Mr. Bradley, y en las otras obras de los grandes metafísicos, del mismo modo que entra decididamente en conflicto con las doctrinas más sencillas de Haeckel, Karl Pearson y otros nominalistas. Podría ofrecer media docena de demostraciones diferentes del principio pragmatista, pero incluso las más simples de ellas resultarían técnicas y demasiado extensas. No serían las que podría esperarse que un lector de esta revista, un estudiante de literatura actual, se pusiera a examinar críticamente. A un lector así le gustaría conocer el color del pensamiento que apoya la afirmación positiva del pragmatismo, sin entrar en detalles demasiado minuciosos. Trataré de satisfacer precisamente ese deseo, aunque la cantidad más pequeña de detalle que resulte suficiente ahuyentará a algunos lectores que, si perseveraran, encontrarían interesantes esos detalles.
Para empezar, cada concepto y cada pensamiento más allá de la percepción inmediata es un signo. Eso fue bien vislumbrado por Leibniz, Berkeley y otros hace unos dos siglos. El uso de la palabra "logos" muestra que los griegos, antes del desarrollo de la ciencia de la gramática, apenas eran capaces de pensar en el pensamiento desde otro punto de vista. Dejemos que cualquiera que desee una evidencia de la verdad de lo que estoy diciendo recuerde tan sólo lo que sucedió en su mente durante alguna reciente auto-deliberación sincera y ferviente. Si es bueno para la introspección, señalará que sus deliberaciones tomaron una forma dialógica, el que razona en un momento apelando a la razonabilidad del ego del momento siguiente para su afirmación crítica. Ahora bien, no es necesario decir que la conversación está compuesta de signos. Según eso, encontramos que el tipo de mente que es menos sofisticada y que es más seguro que se revele a sí misma a través de su lenguaje es dada a expresiones tales como "me digo a mí mismo", "digo yo", o incluso a hablar con uno mismo de forma audible, como Launcelot Gobbo 16, de acuerdo con el sutil psicólogo que lo creó. ¡Oh! Confío en que el lector concederá que todo pensamiento es un signo.
Ahora bien, ¿cómo definiría usted, Lector, un signo? No pregunto cómo se usa la palabra ordinariamente. Quiero una definición tal como la que un zoólogo daría de un pez o un químico de un cuerpo graso o de un cuerpo aromático —un análisis de la naturaleza esencial de un signo, si ha de usarse la palabra como aplicable a todo lo que la ciencia más general de la semiótica debe considerar que es su tarea estudiar, sea de la naturaleza de una cualidad significante, o algo que una vez pronunciado se ha ido para siempre, o un modelo permanente, como nuestro único artículo definido; ya pretenda estar por una posibilidad, por una cosa o evento singular, o por una clase de cosas o verdades; ya esté conectado con la cosa que representa, sea verdad o ficción, imitándola, o siendo un efecto de su objeto, o por una convención o hábito; ya haga referencia meramente al sentimiento, como un tono de voz, o a la acción o al pensamiento; ya haga esa referencia por simpatía, por énfasis o por familiaridad; ya sea una sola palabra o una frase, o sea el Decline and Fall de Gibbon 17; ya sea de naturaleza interrogativa, imperativa o asertiva; ya sea de la naturaleza de una broma, o algo sellado o atestiguado, o descanse sobre la fuerza artística; y no me detengo aquí porque se hayan acabado de ninguna manera las variedades de los signos. Tal es el definitum que busco que se ajuste a una definición estructural, racional, comprehensiva, científica, tal y como una que pudiese dar de "telar", "matrimonio", "cadencia musical", apuntando sin embargo menos, déjenme repetir, a lo que el definitum significa convencionalmente que a lo que sería mejor, según la razón, que significara.
Todo el mundo reconoce que este asunto del análisis "faneroscópico" por el que uno formula una definición científica no es un arte insignificante. Tal y como yo lo practico, en esos casos, como el presente, en los que estoy excluido de una referencia directa al principio del pragmatismo, comienzo fijándome en el predicado que parece ser el más característico del definitum, incluso aunque no se aplique completamente a toda la extensión del definitum. Si el predicado es demasiado estrecho, busco después algún ingrediente suyo que sea lo suficientemente amplio para un definitum enmendado y que, al mismo tiempo, sea todavía más científicamente característico de él.
Procediendo de ese modo con nuestro definitum, "signo", nos damos cuenta, como altamente característico, que cada uno de los signos funciona en su mayor parte entre dos mentes, o teatros de consciencia, de las que una es el agente que pronuncia el signo (sea acústicamente, ópticamente o de otra manera), mientras que la otra es la mente paciente que interpreta el signo. Continuando con mi explicación de lo que es característico de un signo, sin tener en cuenta en lo más mínimo los casos excepcionales, señalo por el momento que, antes de que el signo fuera pronunciado, ya estaba virtualmente presente ante la consciencia del que lo pronuncia, en forma de pensamiento. Pero, como ya ha sido señalado, un pensamiento es él mismo un signo, y debería él mismo tener alguien que lo pronuncie (a saber, el ego de un momento previo), ante cuya consciencia debe haber estado ya virtualmente presente, y así sucesivamente. Del mismo modo, después de que un signo haya sido interpretado, permanecerá virtualmente en la consciencia de su intérprete, donde será un signo —quizás una resolución para aplicar el peso del signo comunicado— y como signo debería a su vez tener un intérprete, y así sucesivamente. Ahora bien, innegablemente es concebible que en una serie sin comienzo de usuarios sucesivos de los signos todos hicieran su trabajo en un breve intervalo de tiempo, y que lo mismo haría una serie interminable de intérpretes. Sin embargo, no se negará probablemente que, en algunos casos, ni la serie de usuarios ni la de intérpretes forman una colección infinita. Cuando ese es el caso debe haber un signo sin usuario y un signo sin intérprete. En efecto, hay dos argumentos bastante concluyentes sobre estos puntos que es probable que se le ocurran al lector. Pero, ¿por qué discutir, cuando se emplean a menudo signos sin usuarios? Quiero decir signos tales como los síntomas de una enfermedad, signos del tiempo, grupos de experiencias que sirven como premisas, etc. Los signos sin intérpretes existen, de forma menos manifiesta, pero quizá de forma no menos cierta. Dejemos que se preparen y se inserten las tarjetas para un Jaquard loom 18, de modo que el telar urda una imagen. ¿No son signos esas tarjetas? Proporcionan inteligencia— inteligencia que, considerando su espíritu y su efecto pictórico, no puede ser proporcionada de otra manera. Sin embargo, las imágenes tejidas pueden quemarse y consumirse antes de que nadie las vea. Puede haberse preparado un grupo de esos modelos que los diseñadores de barcos arrastran al agua, y con ese grupo puede haberse hecho un conjunto completo de experimentos, y sus condiciones y resultados pueden haber sido registrados de forma automática. Hay entonces una representación perfecta del comportamiento de una cierta clase de formas. A pesar de todo si nadie se toma la molestia de estudiar el registro, no habrá intérprete. Así, los libros de un banco pueden proporcionar una explicación completa del estado del banco. Sólo falta preparar un balance. Pero si eso no se hace, aunque el signo esté completo, falta el intérprete humano.
Habiendo encontrado entonces que ni un usuario ni quizá tampoco un intérprete son esenciales al signo, siendo como son los dos características de los signos, me veo llevado a investigar si no habrá algún ingrediente del usuario y algún ingrediente del intérprete que sean no sólo esenciales sino incluso más característicos de los signos que el usuario y el intérprete mismos. Comencemos buscando el ingrediente esencial del usuario. Al llamar a este quaesitum un ingrediente del usuario, quiero decir que donde este quaesitum esté ausente, el usuario no podrá estar presente y, más aún, que donde no haya usuario no podrá suceder que esté presente este quaesitum junto con todos los demás ingredientes de cierto cuerpo de "ingredientes". Esta última cláusula, sin embargo, tiene tan poca importancia y es casi tan auto-evidente que no necesito insistir sobre ella. Un hecho que tiene que ver con nuestro quaesitum, y que podemos saber antes de todo estudio, es que, a causa de que este quaesitum funciona como una especie de sustituto para el usuario en caso de que no haya usuario, o en todo caso cumple una función muy parecida pero más esencial, se sigue que, puesto que no es el signo lo que construye o da voz o representa al usuario sino que, por el contrario, es el usuario el que construye, da voz y muestra el signo, por tanto, aunque ex hypothesi el quaesitum es algo bastante indispensable para el funcionamiento del signo, sin embargo no puede ser completamente revelado o sacado a la luz por ningún estudio sólo del signo como tal. Su conocimiento debe venir de alguna fuente previa o colateral. Más aún, ya que se concibe como algo que actúa sobre el signo, debe concebirse como singular, no como general. Pero quizás esto no es muy claro y necesita ser ilustrado.
Ejemplo 1. Supongamos que casualmente acierto a oír en un club que un hombre le dice a otro "Ralph Pepperill se ha comprado esa yegua, Pee Dee Kew". Como nunca antes había oído hablar de Ralph Pepperill ni de Pee Dee Kew, sólo significa para mí que un hombre ha comprado un famoso caballo de carreras y, puesto que ya sabía que algunos hombres hacen esas adquisiciones, no me interesa. Pero al día siguiente oigo a alguien que pregunta dónde puede encontrar una copia de la edición de Platón de Steven 19, a lo que le responden que Ralph Pepperill dice que él tiene una copia. Ahora bien, aunque nunca había tenido conocimiento conscientemente de ningún comprador de caballos de carreras de primera categoría, sin embargo, nunca habría supuesto que tal persona sería consciente de poseer una antigua edición de Platón cuyo principal valor se debe a la circunstancia de que las citas modernas de los Diálogos se refieren normalmente a ella. Después de eso, comienzo a prestar atención a lo que oigo acerca de Ralph Pepperill, hasta que finalmente aquello que el nombre representa para mí probablemente representa con bastante justicia lo que significaría para un conocido del hombre. Esto comunica, no meramente un interés, sino también un significado a cada pequeño fragmento de nueva información sobre él —descartar eso no hubiera proporcionado ninguna información, si hubieran introducido primero su nombre en mis oídos. Sin embargo, el nombre en sí mismo seguirá siendo una designación desprovista de significación esencial, y mucha de la significación accidental que puede haber adquirido en cualquier momento no habrá sido derivada, por más que sea en pequeña medida, del usuario de alguna frase que pueda estar dotada de interés informativo, al menos no de él en su capacidad como usuario de esa frase.
Ejemplo 2. Recuerdo que un brillante mediodía de julio a principios de los sesenta, un compañero del laboratorio químico en cuya compañía estaba cruzando el "College Yard" de Harvard, mientras la hierba brillaba como esmeraldas y los edificios de ladrillo rojo, no lo suficientemente rojos por naturaleza para el encargado de mantenimiento, estaban brillando con una fresca capa de un color parecido al bermellón, señaló casualmente la agradable armonía de color entre la hierba, el follaje y los edificios. Con mis ojos sintiéndose como si sus globos estuvieran siendo retorcidos por algún inquisidor, entendí primero la observación como una pobre broma, como las mofas de algún cautivo indio ante la falta de habilidad de sus atormentadores. Pero pronto comprendí que era la expresión de un sentimiento sincero y luego, a través de una serie de preguntas, descubrí que mi amigo era ciego al elemento rojo del color. Un hombre puede haber aprendido que es ciego para el color, pero es imposible que sea consciente del enorme abismo entre sus impresiones cromáticas y las de los hombres ordinarios, aunque sea necesario tomar eso en cuenta en todas las interpretaciones de lo que él pueda decir acerca de los colores. En el curso de mi examen de ese joven caballero, que me llevó varios días, aprendí una lección más general, por la que mereció mucho la pena el tiempo que me quitó para el laboratorio.
Ejemplo 3. Hacia el final de una tarde sofocante, tres jóvenes caballeros están todavía holgazaneando juntos, uno en una gran silla, el otro en posición supina en un diván, el tercero en la ventana abierta desde el séptimo piso sobre la Piazza di Spagna 20 vista desde su lado pinciano, y parece estar medio mirando el periódico que le acaban de llevar. Él es una de esas naturalezas que habitualmente se contienen dentro de los límites de una calma extrema, porque conocen bien el terrible gasto si se permiten a sí mismos agitarse. Pocos momentos después, rompe el silencio con las palabras, "verdaderamente es un fuego terrible". ¿Qué quiere decir? Los otros dos son demasiado perezosos para preguntar. El que está en la gran silla piensa que el que lo dice estaba mirando el periódico cuando hizo esa exclamación, y concluye que ha habido un incendio en Teherán, en Sydney, o en algún lugar así, lo suficientemente espantoso para que sea noticia en todo el globo. Pero el hombre del sillón piensa que el que lo dice estaba mirando por la ventana, y que debe haber fuego abajo en el Corso, o en esa dirección. Éste es otro caso en el que toda la carga del signo debe averiguarse no por un examen atento del uso sino por una observación colateral del usuario.
Ejemplo 4. Encuentro entre mis libros (supongamos), un libro en cuarto entre cuyas hojas se ha sujetado una vieja carta manuscrita que da algunos detalles sobre un fuego —aparentemente un incendio considerable, ya que el autor habla de él como "el fuego", como si aquel al que se dirige no pudiera posiblemente confundirse al identificarlo y ya que se menciona como pequeños detalles que se consumieron diferentes casas. Si se refiere al gran incendio de Londres 21, es ciertamente de notable interés. Pero, ¿cómo voy a saber si es así o no? No necesito decir que el encuadernador ha cortado la fecha al cortar los bordes, ya que el juramento de su profesión, parecería, debe obligar a hacer eso cuando los márgenes contienen algún asunto de especial interés. Por lo tanto sólo puedo presentar el manuscrito a algunos expertos en asuntos diplomáticos que puedan pronunciarse sobre la fecha del escrito y del papel. En este caso, otra vez, toda la significación del signo depende de la observación colateral.
Ejemplo 5. Los pronombres son palabras cuyo objeto completo es indicar qué clase de observación colateral debe hacerse para determinar la significación de alguna parte de la frase. "El cual" nos dirige a buscar el quaesitum en el contexto anterior; los pronombres personales a observar quién es el que habla, quién el que escucha, etc. Los pronombres demostrativos normalmente dirigen esa clase de observación a las circunstancias del uso (quizás a la forma en que un dedo señala) más que a las palabras.
Ya que las mentes más agudas, al tratar con conceptos que no les son familiares, meterán la pata en formas que asombrarán a aquellos que están habituados a tratar con ellos, propondré como ejemplo adicional el de una veleta. Ahora bien, una veleta es uno de esos signos naturales, como un signo del tiempo, que depende de la conexión física entre el signo y aquello de lo que es signo. Pero la veleta, al haber sido ideada, como todo el mundo sabe, para mostrar en qué dirección sopla el viento, significa en sí misma aquello a lo que se refiere y en consecuencia puede argumentarse que no se necesita ninguna observación colateral para completar su significado. Pero este razonamiento incurre en dos fallos. En primer lugar, confunde dos formas incompatibles de concebir una veleta: como signo natural, y por tanto sin tener un usuario, y como una invención humana para mostrar la dirección del viento y, como tal, usada por su inventor original (pues hablo de la veleta como tipo, no como caso individual). En segundo lugar, el razonamiento pasa por alto la verdad obvia de que cuando los pensamientos son determinados o revelados por un signo, el signo existe primero (al menos virtualmente), y los pensamientos posteriormente. Por tanto, los pensamientos aplicados a idear una veleta no pueden ser revelados por la veleta, sino que están bajo el encabezamiento de información "previa o colateral". A esta respuesta del todo suficiente puede añadirse, a modo de añadido, que las personas prudentes, al consultar una veleta, cuidan de ver si gira, como un seguridad en contra de la posibilidad de que esté atascada por el óxido o por algún otro motivo, y contra la posibilidad de que esté desviada por alguna otra fuerza distinta de la del viento.
Resulta fácil ver ahora que el requaesitum que hemos estado buscando es simplemente aquello "por lo que el signo está", o la idea de aquello que está calculado para despertar. Ahora tenemos una idea del requaesitum más clara que la que teníamos, en primer lugar, del "objeto del signo". Nuestras observaciones pueden considerarse como intentos de analizar la idea de "estar por" o "representar". El requaesitum, cuando hay tanto un usuario como un intérprete, es aquello que el primero tiene en mente, pero que no se le ocurre expresar porque sabe bien que el intérprete entenderá que se refiere a eso sin decirlo. Estoy hablando de casos en los que el signo está solo, sin ningún contexto. Pero si el usuario dice "¡buen día!", no sueña con ninguna posibilidad de que el intérprete piense en algún mero deseo de tener un buen día que un finlandés de Cabo Norte pudiera haber tenido el 19 de abril de 1776. Pretende, por supuesto, referirse al tiempo actual, ahí y ahora, donde él y el intérprete están igualmente influidos por el buen tiempo, y lo tienen cerca de la superficie de sus consciencias comunes. Los fósiles marinos encontrados en una montaña, considerados como un signo de que el nivel del mar había sido más alto que los niveles de depósito de esos fósiles, se refieren a una fecha distante pero indefinida. Aquí no hay usuario, pero eso sería lo que podría haber permanecido inexpresado en la mente del usuario, aunque fuese esencial para el significado del signo, si el signo hubiera sido ideado y construido para dar a la raza humana una primera lección de geología. Donde el signo es sólo una parte de otro signo, de modo que hay un contexto, es en ese contexto donde el requaesitum es probable que se encuentre, al menos en parte, aunque no es absolutamente necesario que se encuentre en alguna parte del signo.
A este requaesitum le llamo Objeto del signo —objeto inmediato, si es la idea sobre la que el signo está construido; objeto real, si es esa cosa o circunstancia real sobre la que esa idea está fundada, como sobre un cimiento.
El Objeto de un Signo, entonces, es necesariamente inexpresado en el signo, tomado por sí mismo. En efecto, pronto veremos que cualquier cosa así expresada viene bajo una categoría bastante diferente. Pero los ejemplos anteriores muestran que esa idea, que aunque es esencial para el funcionamiento del signo sólo puede obtenerse por observación colateral, es la idea de una cosa estrictamente individual, o de una colección individual, o de una serie, o de un evento individual, o de un ens rationis individual. Esto prueba suficientemente la verdad de la proposición. Hay razones causativas más profundas que no pueden darse aquí. La proposición no equivale a tanto como tiene aires de hacer, ya que cualquier cosa que existe actualmente es un individuo, pues un plural finito no es sino el singular de un nombre colectivo indefinido, mientras que lo interminable de una colección infinita es de una naturaleza hipotética o ideal y carece de existencia completa. El objeto de un signo, aunque singular, puede sin embargo ser múltiple, y puede incluso ser infinitamente así. Tomemos un verbo en modo indicativo fuera de su contexto y, ¿cuál es su objeto? ¿Cuál es, por ejemplo, el objeto de "corre"? Respuesta: es algo, un corredor. ¿Cuál es el objeto de "asesina"? Respuesta: es un par de individuos no designados, uno un asesino, el otro asesinado por él. De modo que "da" tiene por objeto un terceto de singulares no designados relacionados, alguien que da, un don, y alguien que recibe el don del que da. "Compra" se predica de un cuarteto compuesto por el vendedor, el comprador, el derecho legal que se transfiere del primero al segundo y el precio. Los diferentes miembros del conjunto que constituye el objeto de un verbo —sus objetos parciales, tal y como pueden denominarse— tienen a menudo características distintivas que son las mismas para un gran número de verbos. De este modo los objetos parciales de un verbo transitivo ordinario son un agente y un paciente. Estas características distintivas no tienen nada que ver con la forma de un verbo, como signo, sino que se derivan de la forma del hecho significado. Tomando nota de esto uno puede evitar cierta perplejidad cuando el verbo mismo expresa el funcionamiento de un signo. Por ejemplo, uno de los objetos parciales del verbo "expresa" es por supuesto la cosa expresada, que en algún momento de modorra podría parecer un caso que refuta el principio de que el objeto de un signo no puede ser expresado por el signo mismo. Para evitar el dilema, uno no necesita sino darse cuenta de que el verbo "expresa" no sólo es un signo y expresa algo, sino que también significa la acción de un signo, o expresa su expresar algo. Su acusativo es el objeto del signo exterior pero no del otro signo, interior, que este signo exterior implica.
Debería mencionarse que, aunque un signo no puede expresar a su Objeto, puede describir, o indicar de otro modo, la clase de observación colateral por la que ese Objeto ha de encontrarse. De este modo, una proposición cuyo sujeto es distributivamente universal (no plural o colectivamente universal de otra manera), tal como "Todo hombre morirá", permite al intérprete, después de que la observación colateral ha revelado qué universo singular es significado, tomar cualquier individuo de ese universo como Objeto de la proposición, proporcionando, en el ejemplo anterior, el equivalente "si tomas cualquier individuo que quieras del universo de cosas existentes, y si ese individuo es un hombre, morirá". Si la proposición hubiera sido "Algún carácter del Antiguo Testamento fue traducido", la indicación hubiera sido que el individuo debe ser seleccionado de forma adecuada, mientras que se hubiera dejado que el intérprete se las arreglara por sí mismo para identificar al individuo.
Ahora que hemos obtenido, tú y yo, Lector, una noción bastante clara de lo que, estrictamente hablando, debe entenderse por el Objeto de un signo, se hace pertinente investigar hasta qué punto ese rigor del lenguaje es practicable y conveniente. De los dos términos sinónimos de forma imprecisa, "individual" y "singular", el primero traduce el το ατομον de Aristóteles, el segundo su το καθ'εκαστον 22. "Individual" es normalmente bien definido como aquello que es absolutamente determinado; lo "singular" es aquello que es absolutamente determinado en tanto que lo es el tiempo o, para generalizar esta definición, es variable sólo en dos formas de variación precisamente opuestas y contrarias. Ahora bien, es bastante imposible que ninguna observación colateral, ya haya sido proporcionada por la imaginación o por el pensamiento, se aproxime alguna vez a una idea positiva de un singular, y no digamos de un individuo, esto es, que en realidad deberíamos pensarlo como determinado en cada uno de los más de millones de aspectos en que las cosas pueden variar. Supongamos, por ejemplo, que es visible, y consideremos sólo el esbozo de un único aspecto suyo. Aunque este esbozo se restringiera a ser de la familia de las curvas, digamos elipses, las diferentes formas posibles entre dos formas cualesquiera que limitan son más que innumerables, pues hay un continuo de ellas. Sería imposible completar nuestra observación colateral, aunque fuera ayudada por la imaginación y el pensamiento, ni siquiera en este único y casi insignificante aspecto. Es evidentemente imposible, por lo tanto, restringir el significado del término "objeto de un signo" al Objeto estrictamente así llamado.
Pues, después de todo, la observación colateral, ayudada por la imaginación y el pensamiento, resultará normalmente en alguna idea, aunque ésta no necesita ser particularmente determinada, sino que puede ser indefinida en algunos aspectos y general en otros. Una comprensión tal, que se aproxima aunque sea de forma distante a la del Objeto estrictamente así llamado, debería ser denominada, y normalmente lo es, "objeto inmediato" del signo en la intención del usuario. Puede ser que no haya tal cosa o hecho en la existencia, o en ningún otro modo de realidad, pero seguramente no negaremos el nombre de "signo" a la pintura usual de un fénix o a la figura de la verdad desnuda en el pozo 23, simplemente porque el pájaro sea una ficción y la Verdad un ens rationis.
Si hay algo real (esto es, algo cuyas características sean verdaderas de él independientemente de si tú o yo, o cualquier hombre o número de hombres las pensamos como siendo características suyas o no) que se corresponda suficientemente con el objeto inmediato (el cual, puesto que es una comprensión, no es real), entonces, ya sea identificable con el Objeto estrictamente así llamado o no, debería denominarse, y normalmente se denomina, "objeto real" del signo. Por alguna clase de causación o influencia debe haber determinado el carácter significante del signo.
Lo mismo para el objeto, o aquello por lo que el signo es esencialmente determinado en sus características significantes en la mente del usuario. Hay algo correspondiente a él que el signo en su función significante determina esencialmente en su interprete. Lo denomino "interpretante" del signo. En todos los casos, incluye sentimientos, pues debe haber, por lo menos, un sentido de comprender el significado del signo. Si incluye más que mero sentimiento, debe evocar alguna clase de esfuerzo. Puede incluir algo más que, por el momento, puede denominarse vagamente "pensamiento". Denomino a estas tres clases de interpretantes "emocional", "energético" y "lógico".
Si un signo no tiene intérprete, su interpretante es una "posibilidad" [would be], esto es, es lo que determinaría en el intérprete si hubiera uno. En su naturaleza general, el interpretante es mucho más rápidamente inteligible que el objeto, ya que incluye todo lo que el signo expresa o significa de sí mismo. Pero hay alguna dificultad para definir las tres clases de interpretantes. Puede ser posiblemente, por ejemplo, que yo esté tomando una concepción del signo en general demasiado estrecha al decir que su efecto inicial debe ser de la naturaleza del sentimiento, ya que puede ser que haya agentes que debieran clasificarse junto con los signos y que sin embargo al principio comiencen a actuar de forma bastante inconsciente. Pero ya que este error, si lo hay, no parece tener nada que ver con la cuestión del pragmatismo, no me detengo ahora a considerarlo. Una cuestión mucho más seria, especialmente en la presente conexión, es la de la naturaleza de ese interpretante lógico, el pensamiento expresado, que nos aseguramos fácilmente a nosotros mismos que algunos signos tienen, aunque no discernimos directamente en qué consiste.
Estoy preparado ahora para atreverme a intentar una definición de signo —ya que en la investigación científica, como en otras empresas, la máxima afirma que sin riesgo no hay ganancia. Diré que un signo es algo, de cualquier modo de ser, que media entre un objeto y un interpretante, ya que es determinado por el objeto en relación al interpretante, y determina a su vez al interpretante en referencia al objeto, de tal modo como para hacer que el interpretante sea determinado por el objeto a través de la mediación de ese "signo".
El objeto y el interpretante, por tanto, son meramente los dos correlatos del signo, el uno antecedente y el otro consecuente. Más aún, siendo el signo definido en términos de esos correlatos correlativos, puede esperarse confiadamente que el objeto y el interpretante se correspondan de forma precisa el uno al otro. De hecho, encontramos que el objeto inmediato y el interpretante emocional se corresponden, siendo ambos comprensiones, o que son "subjetivos"; ambos, también, pertenecen a todos los signos sin excepción. El objeto real y el interpretante energético también se corresponden, siendo ambos cosas o hechos reales. Pero para nuestra sorpresa encontramos que el interpretante lógico no se corresponde con ninguna clase de objeto. Esta falta de correspondencia entre objeto e interpretante debe estar enraizada en la diferencia esencial que hay entre la naturaleza de un objeto y la de un interpretante, que es que el primero antecede al signo, mientras que el segundo lo sucede. El interpretante lógico, por lo tanto, debe estar en un tiempo relativamente futuro.
A esto puede añadirse la consideración de que no todos los signos tienen interpretantes lógicos, sino sólo los conceptos intelectuales y parecidos, y todos esos o bien son generales o bien están íntimamente conectados con los generales, me parece. Esto muestra que la especie del tiempo futuro del interpretante lógico es la del modo condicional, la "posibilidad" [would be].
Cuando originalmente estaba tratando de resolver el enigma de la naturaleza del interpretante lógico, y había alcanzado casi esa etapa en la que la discusión está ahora, se me ocurrió, estando en un dilema, que si pudiera tan sólo encontrar un número moderado de conceptos que fueran al mismo tiempo altamente abstractos y abstrusos, y que sin embargo la naturaleza completa de sus significados fuera del todo incuestionable, un estudio de ellos avanzaría mucho en el camino de mostrarme cómo y por qué el interpretante lógico debería ser en todos los casos un futuro condicional. Tan pronto como llegué a un deseo definido de tales conceptos, percibí que en matemáticas son tan numerosos como las moras 24. Comencé al instante a repasar las explicaciones de esos conceptos, y encontré que todos tomaban la siguiente forma: procede de acuerdo a tales y tales reglas generales. Después, si tal y tal concepto es aplicable a tal y tal objeto, la operación tendrá tal y tal resultado general, y a la inversa. De este modo, por tomar un caso extremadamente simple, si dos figuras geométricas de dimensión N fueran iguales en todas sus partes, una regla fácil de construcción determinaría, en un espacio de dimensión N que contenga a ambas figuras, un eje de rotación tal que, si un cuerpo rígido que llenara no sólo ese espacio sino también un espacio de dimensión N+1 que contuviera al espacio anterior, girara alrededor de ese eje llevando a una de las figuras con él mientras la otra permanece quieta, la rotación llevaría a la figura que se mueve de vuelta a su espacio original de dimensión N, y cuando ese evento ocurra la figura que se mueve coincidirá exactamente con la que no se mueve, en todas sus partes, mientras que si las dos figuras no fueran tan iguales eso nunca ocurriría.
Aquí había ciertamente un gran paso hacia la solución del enigma. Pues tratar una gran cantidad de conceptos intelectuales según ese modelo, siendo sólo unos pocos de ellos matemáticos, me parecía que era un éxito tan brillante como para convencerme plenamente de que predicar cualquier concepto tal de un objeto real o imaginario es equivalente a declarar que, si se realiza sobre el objeto una cierta operación, correspondiente al concepto, se seguiría (cierta, o probable o posiblemente, según el modo de predicación) un resultado de una descripción general definida.
Sin embargo, esto no termina de decirnos exactamente cuál es la naturaleza del efecto esencial sobre el intérprete, producido por la semiosis del signo, que constituye el interpretante lógico. (Es importante comprender lo que entiendo por semiosis. Toda acción dinámica, o acción de fuerza bruta, física o psíquica, o bien tiene lugar entre dos sujetos —ya reaccionen igualmente uno sobre otro, o sea uno el agente y otro el paciente, completa o parcialmente— o al menos es un resultado de tales acciones entre pares. Pero por "semiosis" entiendo, por el contrario, una acción o influencia, que es, o implica, una cooperación de tres sujetos, tales como un signo, su objeto y su interpretante, no siendo disoluble de ninguna manera esta influencia tri-relativa en acciones entre pares. Σημειωσισ, en griego del periodo romano, de una época tan temprana como la de Cicerón, significa, si recuerdo correctamente, la acción de casi cualquier clase de signo, y mi definición confiere a cualquier cosa que actúe así el título de "signo" 25).
Aunque la definición no requiere que el interpretante lógico (ni, para esa cuestión, ninguno de los otros dos interpretantes) sea una modificación de la consciencia, sin embargo nuestra falta de experiencia de alguna semiosis en la que ese no sea el caso no nos deja alternativa para comenzar nuestra investigación sobre su naturaleza general que asumir provisionalmente que el interpretante es al menos, en todos los casos, un análogo a una modificación de consciencia lo suficientemente cercano para que nuestra conclusión esté bastante cerca de la verdad general. Sólo podemos esperar que, una vez que se alcance la conclusión, sea susceptible de una generalización tal que elimine cualquier posible error debido a la falsedad de esa asunción. El lector puede bien preguntarse por qué simplemente no limito mi investigación a la semiosis psíquica, ya que ninguna otra parece tener tanta importancia. Mi razón es que la práctica, demasiado frecuente por parte de esos lógicos que no van a trabajar sin algún método, de basar proposiciones de la ciencia de la lógica sobre resultados de la ciencia de la psicología —como contradistinguidas de las observaciones del sentido común relativas a las obras de la mente, observaciones bien hechas incluso aunque sean poco tenidas en cuenta, de todos los hombres y mujeres adultos que tengan mentes bien fundamentadas— esa práctica es según la entiendo tan poco fundamentada e insegura como lo era ese puente en la novela de Kenilworth que, estando por completo sin ninguna clase de apoyo, envió a la condesa Amy a su destrucción 26, viendo que, para el firme establecimiento de las verdades de la ciencia de la psicología, es peculiarmente indispensable acudir casi incesantemente a los resultados de la ciencia de la lógica —como contradistinguida de las percepciones naturales de que una relación evidentemente implica otra. Esos lógicos confunden continuamente las verdades psíquicas con las verdades psicológicas, aunque la distinción entre ellas es de esa clase que prima sobre todas las demás en tanto que pide el respeto de cualquiera que pise la estrecha y angosta carretera que conduce a la verdad exacta.
Haciendo esa suposición provisional, entonces, me pregunto a mí mismo, puesto que ya hemos visto que el interpretante lógico es general en sus posibilidades de referencia (esto es, se refiere o está relacionado con cualquier cosa de una cierta descripción que pueda haber), qué categorías de hechos mentales puede haber que sean de referencia general. Sólo puedo encontrar estas cuatro: concepciones, deseos (incluyendo esperanzas, miedos, etc.), expectativas y hábitos. Confío en no haber hecho ninguna omisión importante. Ahora bien, no es ninguna explicación de la naturaleza del interpretante lógico (que, como ya sabemos, es un concepto) decir que es un concepto. Esa objeción se aplica también al deseo y a la expectativa, como explicaciones del mismo interpretante, ya que ninguno de ellos es general de otra manera más que a través de la conexión con un concepto. Además, en cuanto al deseo, sería fácil mostrar (si mereciera el espacio) que el interpretante lógico es un efecto del interpretante energético, en el sentido en el que éste último es un efecto del interpretante emocional. El deseo, sin embargo, es causa del esfuerzo, no efecto suyo. En cuanto a la expectativa, es excluida por el hecho de que no es condicional. Pues eso que podría ser erróneo para una expectativa condicional no es sino un juicio que, bajo ciertas condiciones, sería una expectativa: no hay condicionalidad en la expectativa misma, tal y como la hay en el interpretante lógico después de que es realmente producido. Por lo tanto sólo el hábito permanece como esencia del interpretante lógico.
Veamos, entonces, cómo se produce ese hábito exactamente, de acuerdo con la regla derivada de conceptos matemáticos (y confirmado por otros), y qué clase de hábito es. Para que esa deducción pueda hacerse correctamente, se necesitará la siguiente observación. No es resultado de una psicología científica, sino que es simplemente un poco del católico e innegable sentido común de la humanidad, sin ninguna otra modificación que una ligera acentuación de ciertas características.
Cada persona cuerda vive en un doble mundo, el mundo exterior y el mundo interior, el mundo de las percepciones y el mundo de las fantasías. Lo que hace principalmente que estos no se confundan (además de ciertas marcas que tienen) es que todo el mundo sabe bien que las fantasías pueden ser ampliamente modificadas por un cierto esfuerzo no-muscular, mientras que sólo el esfuerzo muscular (sea "voluntario", esto es, propuesto, o sea la inhibición de una acción muscular todo el esfuerzo que se pretende, como cuando uno enrojece o cuando una acción peristáltica se produce en una experiencia de peligro de una persona) puede, hasta algún grado que pueda notarse, modificar las percepciones. Un hombre puede ser afectado de forma duradera por sus percepciones y por sus fantasías. La forma en que le afectan tenderá a depender de su disposición personal interna y de sus hábitos. Los hábitos difieren de las disposiciones en haber sido adquiridos como consecuencia del principio, virtualmente bien conocido incluso por aquellos cuyos poderes de reflexión son insuficientes para su formulación, que multiplica la conducta reiterada de la misma clase; bajo combinaciones similares de percepciones y fantasías, produce una tendencia —el hábito— a comportarse realmente de una forma similar bajo circunstancias similares en el futuro. Más aún —aquí está la cuestión—cada hombre ejerce más o menos control sobre sí mismo modificando sus propios hábitos, y la forma en la que trabaja para producir ese efecto en los casos en los que las circunstancias no le permiten practicar en el mundo exterior repeticiones de la clase de conducta deseada muestra que virtualmente conoce bien el importante principio de que las repeticiones en el mundo interno —repeticiones imaginadas—, si son bien intensificadas por el esfuerzo directo, producen hábitos, del mismo modo que lo hacen las repeticiones en el mundo externo; y esos hábitos tendrán el poder de influir en el comportamiento real en el mundo externo, especialmente si cada repetición va acompañada de un fuerte esfuerzo peculiar que se compara normalmente a dar una orden al propio yo futuro 27.
(Debo aquí una confesión a mi paciente lector. Esa confesión es que, cuando decía que esos signos que tienen un interpretante lógico o bien son generales o están íntimamente conectados con los generales, no era un resultado científico, sino sólo una fuerte impresión debida a una vida entera dedicada al estudio de la naturaleza de los signos. Mi excusa para no responder científicamente a la cuestión es que soy, hasta donde conozco, un pionero, o más bien un hombre de los bosques, en la tarea de empezar y clarificar lo que llamo semiótica, esto es, la doctrina de la naturaleza esencial y de las variedades fundamentales de posibles semiosis. Y me parece que el campo es demasiado vasto y la tarea demasiado grande para alguien que llega por primera vez. En consecuencia, estoy obligado a limitarme a las cuestiones más importantes. Las cuestiones del mismo tipo particular que la que respondo sobre la base de una impresión, que tienen más o menos la misma importancia, sobrepasan en número las cuatrocientas, y son todas delicadas y difíciles, requiriendo cada una de ellas mucha búsqueda y mucho cuidado. Al mismo tiempo están muy lejos de situarse entre las más importantes de las cuestiones de la semiótica. Incluso aunque mi respuesta no sea exactamente correcta no puede llevar a ningún error grande sobre la naturaleza del interpretante lógico. Aquí está mi disculpa, tal y como debe ser juzgada).
No ha de suponerse que en cada presentación de un signo capaz de producir un interpretante lógico, tal interpretante se produzca realmente. La ocasión puede ocurrir demasiado pronto o demasiado tarde. Si es demasiado pronto, la semiosis no se llevará hasta tan lejos, siendo suficientes los otros interpretantes para las rudas funciones para las que se usa el signo. Por otra parte, la ocasión vendrá demasiado tarde si al intérprete ya le es familiar el interpretante lógico, ya que entonces será traído a su mente por un proceso que no proporciona ninguna pista de cómo se produjo originalmente. Más aún, la gran mayoría de casos en los que tienen lugar formaciones de interpretantes lógicos son muy inadecuados para servir como ilustraciones del proceso, porque en ellos lo esencial de la semiosis está enterrado bajo masas de semiosis accidentales y apenas relevantes que están mezcladas con la anterior. La mejor manera con la que he sido capaz de dar para simplificar el ejemplo ilustrativo que ha de servir como materia sobre la que experimentar y observar es suponer que un hombre ya habilidoso para manejar un signo dado (que tiene un interpretante lógico) comience ahora ante nuestra mirada interior a investigar seriamente por primera vez qué es ese interpretante. Será necesario ampliar esa hipótesis mediante una especificación de cuál se supone que es su interés en la cuestión. Al hacerlo, de ninguna manera sigo la lógica humanista 28, brillante y seductora, del Sr. Schiller, según la cual es apropiado tomar en cuenta toda la situación personal en las investigaciones lógicas, pues sostengo que es un procedimiento malo y dañino introducir en la investigación científica una hipótesis sin fundamento, sin ninguna perspectiva definida de que acelere nuestro descubrimiento de la verdad. Ahora bien, me parece, con mis luces actuales, que la regla del Sr. Schiller es una hipótesis tal. Ha dado una cantidad de razones para ella, pero, según estimo, parecen ser de esa cualidad que está bien calculada para dar lugar a discusiones interesantes, y en consecuencia para ser recomendada a aquellos que pretenden seguir el estudio de la filosofía como ejercicio de entretenimiento para el intelecto, pero que es despreciable para alguien cuyo propósito serio sea hacer lo que esté en su mano para producir una metamorfosis de la filosofía en una ciencia genuina. No puedo apartarme del encantador camino del Sr. Schiller. Cuando pregunto cuál es el interés en la búsqueda por descubrir un interpretante lógico, lo que me mueve no es mi afición a pasearme por caminos donde pueda estudiar las variedades de la humanidad, sino la reflexión definida de que a menos de que nuestra hipótesis se considere específica respecto a ese interés, será imposible averiguar sus consecuencias lógicas, ya que la forma en que el intérprete conducirá la investigación dependerá en gran medida de la naturaleza de su interés en ella.
Supondré entonces que el intérprete no está particularmente interesado en la teoría de la lógica, que a través de ejemplos puede juzgar que es inútil, pero supondré que ha embarcado una gran parte de los tesoros de su vida en la tarea de perfeccionar un cierto invento y que, para ese fin, le parece extremadamente deseable adquirir un conocimiento demostrativo de la solución de un cierto problema de razonamiento. En cuanto a ese problema mismo, supondré que no cae dentro de ninguna clase para la que se conozca algún método general de manejarlo, y que en efecto es indefinido en cada aspecto que pudiera proporcionar alguna forma familiar de manejarlo por la que alguna imagen que lo representara con justicia pudiera tenerse firmemente ante la mente y examinarse, de modo que, en breve, parece eludir la aplicación de la razón o escaparse de su comprensión.
Podrían darse ejemplos de varios problemas que respondieran a esa descripción, pero para fijar nuestras ideas especificaré uno de ellos y supondré que ese es precisamente el que nuestro inventor imaginario desea resolver. Será el siguiente "problema del mapa de los colores": dejemos que un cuerpo globular sea perforado con dos grandes agujeros y, aunque sea innecesario, que el borde en el final de cada túnel sea suavemente redondeado. El problema entonces es, suponiendo que el que lo formula es libre para dividir toda la superficie de ese cuerpo —incluyendo las superficies de los orificios—en regiones de la forma que él quiera (sin que ninguna región consista de trozos separados) y suponiendo que dependerá entonces del intérprete el colorear toda el área de cada región de un color, pero sin dar nunca a dos regiones que sean contiguas y separadas por una línea común el mismo color. Se necesita averiguar cuál será el número menor de colores diferentes que será siempre suficiente, sin importar cómo haya sido dividida la superficie.
Bajo el gran estímulo de su interés en este problema, y con esa destreza práctica que hemos supuesto que posee para colorear mapas sin verse obligado frecuentemente a volver y cambiar los colores que había asignado a regiones dadas, no necesitamos dudar de que nuestro investigador será arrojado a un estado de gran actividad en el mundo de las fantasías, experimentando con el colorear mapas y tratando de averiguar qué regla subconsciente le guía y le permite tener el éxito que normalmente tiene, y tratando, además, de descubrir qué regla había violado en cada caso en que su primera coloración había de ser cambiada. Esta actividad es, lógicamente, un interpretante energético del interrogatorio al que él mismo se somete. Si de esa manera lograra averiguar una regla determinada para colorear cada mapa en la superficie con dos túneles (o, lo que es lo mismo, con dos puentes) ilimitada por todas partes con el menor número posible de colores, habría una buena esperanza de que una demostración pudiera pisarle los talones a esa regla, en cuyo caso el problema se resolvería de la forma más conveniente. Pero mientras que muy probablemente él puede arreglárselas para formular su manera habitualmente exitosa de colorear los mapas, es muy improbable que obtenga una regla para hacerlo que no falle. Pues después de que algunos de los primeros matemáticos de Europa se hubieran encontrado a sí mismos perplejos por un problema mucho más simple, el de probar que todo mapa sobre un papel ordinario puede colorearse con cuatro colores, uno de los primeros lógico-matemáticos de nuestra época, el Sr. Alfred B. Kempe, propuso una prueba algo parecida, aunque no exactamente de la misma clase que la que se propone nuestro inventor imaginario. Sin embargo, estoy informado de que muchos años después se descubrió un defecto fatal en la prueba del Sr. Kempe 29. No recuerdo si alguna vez supe cuál era la falacia. Podemos asumir entonces confiadamente que nuestro intérprete imaginario llegará, finalmente, a una desesperanza de resolver el problema de esa manera. ¿Qué manera imaginaré que intenta después?
Será muy natural para él pasar de intentar definir una regla de procedimiento uniformemente exitosa a intentar o bien, primero, definir las condiciones corrientes bajo las cuales dos regiones diferentes deben colorearse de la misma manera, si los colores no deben exceder un número dado, por lo que deducirá las condiciones bajo las cuales dos regiones que no son contiguas deben colorearse de forma diferente, o bien tratará primero de definir las condiciones bajo las cuales dos regiones no pueden, extendiéndolas, ser puestas en contigüidad a lo largo de un límite, y de este modo definir las condiciones bajo las cuales dos regiones deben colorearse de la misma manera. Ninguno de estos dos métodos es más prometedor que aquel con el que empezamos y, sin embargo, si alguno fuera capaz de ser perfeccionado sin alguna aperçu 30 peculiar, la tarea más fácil de demostrar que cuatro colores son suficientes para todo mapa sobre una hoja limitada ordinariamente o sobre una superficie globular debería haberse completado hace tiempo, lo que nunca se ha conseguido, creo, publicar. Podemos asumir, entonces, que a la larga llegará a abandonar todo método tal. Mientras tanto no puede haber dejado de darse cuenta de varias proposiciones obvias que serán útiles en sus investigaciones posteriores. Una de ellas será que mediante alteraciones mínimas de los límites entre las regiones, alteraciones que no pueden disminuir ni incrementar el número de colores que serán justo suficientes en todos los casos, puede librarse de todos los puntos donde concurren cuatro o más regiones, y así hacer que el número de puntos de concurrencia sean dos tercios tan numerosos como el número de límites, de modo que este último número sea divisible entre tres y el primero entre dos, a menos que se requieran menos colores de los que son generalmente necesarios. También habrá notado que para cada color debe haber al menos una región de ese color que sea contigua con regiones de todos los demás colores, que para cada uno de esos otros colores debe haber al menos una región que además de ser contigua con la primera región sea contigua con regiones de todos los colores restantes, etc.
Supondré que ahora se le ocurre que no sólo no hace diferencia cuáles sean las dimensiones proporcionadas, bien de toda la superficie o de alguna de las regiones, sino que es igualmente indiferente que alguna parte de la superficie completa sea plana, convexa, cóncava, curvada, partida por ángulos, o si algunos límites son rectos, curvos o partidos por ángulos o son cóncavos o convexos para cualquiera de las regiones que limitan. De aquí se seguirá que el problema no pertenece ni a la Geometría Métrica ni a la Gráfica (o Proyectiva), sino a la Geometría Tópica. Ésta es la división de la geometría más fundamental y, sin duda, en su propia naturaleza, la más fácil de las tres divisiones de la geometría. Pues así como la métrica no es sino un problema especial de la gráfica, que es más fácil, tal y como Cayley mostró 31, de forma igualmente obvia la gráfica es un problema especial de la tópica, que es más fácil. Pues no hay otro modo posible de definir planos y rayas ilimitadas que a través de la afirmación tópica (que no las define completamente) de que los planos ilimitados son una familia de las superficies en el espacio tri-dimensional de las cuales dos cualesquiera contienen sólo una línea común, que es una raya, y de las cuales tres cualesquiera que no contienen en absoluto una raya común tienen un punto y sólo un punto en común; y, más aún, dos puntos cualesquiera están contenidos en una raya y sólo en una, mientras que tres puntos no todos en una raya están contenidos en un plano ilimitado y sólo en uno 32.
Pero aunque la tópica sea la clase más fácil de geometría, sin embargo los geómetras estaban tan acostumbrados a apoyarse en consideraciones de medidas y de planos que, cuando se vieron privados de eso, no supieron cómo manejar los problemas; de modo que, aparte de las meras enumeraciones de formas, como los nudos, sólo estamos en posesión todavía de un teorema general de la tópica, el teorema del censo de Listing 33. En consecuencia, nuestro investigador imaginado, tan pronto como observe que tiene ante él un problema de geometría tópica, inferirá que debe utilizar ese único teorema de tópica conocido, aunque es bastante obvio que ese teorema por sí mismo no es adecuado para proporcionar una solución a su problema. Explicaré el teorema del censo de Listing con algún sacrificio de exactitud por la perspicuidad, en tanto que se aplica al problema de colorear los mapas. La superficie que se divide en regiones puede estar limitada por una línea o no estar limitada. Si está ilimitada y separa un sólido en dos partes, le llamo artíada [artiad], si no le llamo perísida [perissid]. La cíclosis [ciclosy], o anularidad [ringiness], de la superficie de un cuerpo no perforado por ningún túnel (esto es, no cruzado por ningún puente ilimitado) es cero, y cada túnel a través del cuerpo añade dos a la cíclosis de su superficie. La cíclosis de la superficie perísida más simple, tal como un plano ilimitado, es uno, y cada túnel que conecta dos partes de ella de una forma adicional (o cada puente cilíndrico, que será un túnel en el otro lado de la superficie) añade dos a la cíclosis. Una región, o un límite ininterrumpido que no vuelve a sí mismo (como asumiré que es el caso de todas las regiones y límites entre dos regiones) tiene cíclosis cero. Asumiré además que hay más de una región en la superficie. Bajo esas circunstancias el teorema del censo toma esta forma, suponiendo que todos los puntos de concurrencia de las regiones son puntos donde tres regiones y no más se unen: un tercio del número de límites desde un punto de concurrencia al siguiente menos el número de regiones es igual a uno menos que la cíclosis de toda la superficie, si ésta es limitada, o a dos menos que la cíclosis, si la superficie es ilimitada. En el caso de la superficie de un cuerpo perforado por dos túneles, la superficie es ilimitada y su cíclosis es 4. El investigador verá al instante que el número de colores debe ser al menos siete, y es probable que sea más. Pues si el cuerpo está perforado sólo por un túnel, dejemos que el número de regiones de las que cada una es continua con todo el resto sea x. Entonces el número de límites sería 1/2 x (x-1), y el teorema del censo aplicado a este caso sería 1/6x (x-1)-x = 2-2. Esto es, x –7x = 0, ó x =7. Ya que, entonces, incluso con un único túnel se requerirían siete colores, se requeriría al menos ese número para el caso de los dos túneles. Por otra parte, si se hicieran dos túneles en un plano proyectivo, donde la cíclosis fuera 5, en lugar de 4, sólo nueve regiones podrían tocar a otra, de modo que es probable que para una superficie de cíclosis 4, el número de colores requerido sea menor que nueve. El investigador, por tanto, sólo tendrá que averiguar si se requieren ocho colores y si es así si se requieren nueve. No está todavía muy cerca de su solución, pero no está desesperanzadamente lejos de ella.
En todo caso, después de algunos preliminares, la actividad toma la forma de experimentación en el mundo interior, y la conclusión (si llega a una conclusión definida) es que bajo condiciones dadas, el intérprete habrá formado el hábito de actuar de una forma dada, siempre que desee una clase dada de resultado. La conclusión real, lógica y viva es ese hábito; la formulación verbal meramente lo expresa.
No niego que un concepto, proposición o argumento pueda ser un interpretante lógico. Sólo insisto en que no puede ser el interpretante lógico final, por la razón de que es en sí mismo un signo de esa misma clase que tiene él mismo un interpretante lógico. El hábito solo, aunque puede ser un signo de alguna otra manera, no es un signo de esa manera en la que el signo del que es el interpretante lógico sea un signo. El hábito unido al motivo y a las condiciones tiene a la acción como su interpretante energético, pero la acción no puede ser un interpretante lógico porque carece de generalidad. El concepto que es un interpretante lógico lo es sólo imperfectamente. De alguna manera participa de la naturaleza de una definición verbal, y es tan inferior al hábito, y de forma muy parecida, como una definición verbal es inferior a la definición real. El hábito deliberadamente formado, auto-analizante —auto-analizante porque es formado mediante la ayuda del análisis de los ejercicios que lo sustentan— es la definición viva, el interpretante lógico verdadero y final. En consecuencia, la explicación más perfecta de un concepto que las palabras pueden transmitir consistirá en una descripción del hábito que se calcula que ese concepto producirá. Pero, ¿de qué otra manera puede ser descrito un hábito más que a través de una descripción de la clase de acción a la que da lugar, con la especificación de las condiciones y del motivo?
Si volvemos ahora a la suposición psicológica hecha originalmente veremos que ya ha sido ampliamente eliminada por la consideración de que el hábito no es de ninguna manera exclusivamente un hecho mental. Empíricamente, encontramos que algunas plantas tienen hábitos. La corriente de agua que hace un cauce por sí misma está formando un hábito. Todo aquel que excava zanjas lo cree así. Volviendo al aspecto racional de la cuestión, la excelente definición actual de hábito, debida, supongo, a algún fisiólogo (si puedo recordar sin mirar mis lecturas de pasada durante casi medio siglo, Brown-Sequard insistió mucho en ello en su libro sobre la médula espinal 34), no dice una sola palabra sobre la mente. Y, ¿por qué debería hacerlo, si los hábitos en sí mismos son completamente inconscientes, aunque los sentimientos puedan ser síntomas suyos, y si sólo la consciencia—esto es, el sentimiento—es el único atributo distintivo de la mente?
Lo que sea necesario más allá de esto para vaciar al signo de sus asociaciones mentales es proporcionado por generalizaciones demasiado fáciles para prestarles atención aquí, ya que nada sino el sentimiento es exclusivamente mental. Pero cuando digo esto, no debe inferirse que considero la consciencia como un mero "epifenómeno", aunque estoy completamente de acuerdo con que la hipótesis de que lo es ha hecho un buen servicio a la ciencia. Según entiendo, la consciencia puede definirse como ese agregado de predicados no relativos que varían mucho en cualidad y en intensidad, y que son sintomáticos de la interacción del mundo externo —el mundo de esas causas que son extremadamente compulsivas sobre los modos de consciencia, con una alteración general que a veces equivale al shock y sobre las que se actúa sólo ligeramente, y sólo a través de una clase especial de esfuerzo, esfuerzo muscular— y del mundo interno, derivado aparentemente del externo y dispuesto para esfuerzos directos de varias clases con reacciones débiles, consistiendo la interacción de esos dos mundos principalmente en una acción directa del mundo externo sobre el interno y en una acción indirecta del mundo interno sobre el externo a través de la operación de los hábitos. Si ésta es una explicación correcta de la consciencia, esto es, de los agregados de sentimientos, me parece que ejerce una función real en el auto-control, ya que sin él, o al menos sin aquello de lo que es sintomático, las resoluciones y ejercicios del mundo interno no podrían afectar a las determinaciones reales y a los hábitos del mundo. Afirmo que estos pertenecen al mundo externo porque no son meras fantasías sino agentes reales.
He esbozado ahora mi propia forma de pragmatismo, pero hay otras formas ligeramente diferentes de considerar lo que es prácticamente el mismo método de obtener concepciones vitalmente definidas, y debería protestar desde las profundidades del alma en contra de que estén separadas. En primer lugar, está el pragmatismo de James, cuya definición 35 difiere de la mía sólo en que no restringe el “significado”, esto es, el interpretante lógico último, a un hábito, tal y como yo hago, sino que permite que las percepciones, esto es, los sentimientos complejos dotados de compulsividad, lo sean. Si quiere hacer eso, no acabo de ver por qué necesita dar algún espacio al hábito. Pero pienso que en la práctica su postura y la mía deben coincidir, excepto allí donde permite que consideraciones en absoluto pragmáticas tengan algún peso. Después está Schiller, quien ofrece no menos de siete definiciones alternativas de pragmatismo 36. La primera es que el pragmatismo es la doctrina de que “las verdades son valores lógicos”. A primera vista, esto parece demasiado amplio, pues, ¿quién, sea pragmatista o absolutista, puede no preferir la verdad a la ficción? Pero sin duda lo que quiere decir es que la objetividad de la verdad consiste realmente en el hecho de que, al final, todo investigador sincero será llevado a abrazarla y, si no fuera sincero, el efecto irresistible de la investigación a la luz de la experiencia será hacerle así. Me parece que esta doctrina es, después de una sustracción, un corolario del pragmatismo. La puse bajo una fuerte luz en mi presentación original del método 37.Llamo a mi forma de él "idealismo condicional". Es decir, sostengo que la independencia de la verdad de las opiniones individuales es debida (hasta donde hay alguna "verdad") a que es el resultado predestinado al que una investigación suficiente finalmente conduciría. Mi única objeción es que, como el mismo Sr. Schiller parece a veces decir, no hay la menor chispa de justificación lógica para ninguna afirmación de que una clase dada de resultado, de hecho, llegará a pasar siempre o no pasará nunca, y en consecuencia no podemos saber si hay alguna verdad relativa a una cuestión dada. Y esto, creo, coincide con la opinión de Henri Poincaré 38, excepto en que él parece insistir en la no-existencia de ninguna verdad absoluta para todas las cuestiones, lo que es simplemente caer precisamente en el mismo error en el lado opuesto. Pero, en la práctica, sabemos que las cuestiones generalmente llegan a establecerse a tiempo, cuando se investigan científicamente, y eso es práctica y pragmáticamente suficiente. La segunda definición del Sr. Schiller es la del Capitán Bunsby de que "la 'verdad' de una afirmación depende de suaplicación" 39, lo que me parece el resultado de un análisis débil. Su tercera definición es que el pragmatismo es la doctrina de que "el significado de una regla reside en su aplicación" 40, lo que haría que el "significado" consistiera en el interpretante energético e ignoraría al interpretante lógico; otro análisis débil. Su cuarta definición es que el pragmatismo es la doctrina de que "todo significado depende del propósito". Pienso que hay mucho que decir a favor de esto, lo que, sin embargo, haría pragmatistas a muchos pensadores que no se consideran a sí mismos como pertenecientes a nuestra escuela de pensamiento. Sus relaciones con nosotros son, sin embargo, innegables. Su quinta definición es que el pragmatismo es la doctrina de que "toda vida mental tiene un propósito". Su sexta definición es que el pragmatismo es "una protesta sistemática contra toda la ignorancia de la intencionalidad del conocimiento real". El Sr. Schiller parece usar habitualmente la palabra "real" en un sentido peculiar. Su séptima definición es que el pragmatismo es "una aplicación consciente a la epistemología (o lógica) de una psicología teleológica, que implica, finalmente, una metafísica voluntarista". Suponiendo que por "psicología" no entiende la ciencia que se llama así, sino una aceptación crítica de un sentido común de la humanidad tamizado respecto a los fenómenos mentales, podría suscribirme a eso. Yo mismo he llamado al pragmatismo "doctrina crítica del sentido común" [critical common-sensism], pero por supuesto con eso no quería significar una definición estricta 41.
El Sr. Giovanni Papini da un paso más allá que el Sr. Schiller al sostener que el pragmatismo es indefinible, pero me parece que eso es una frase literaria 42. En su mayor parte, admiro mucho la presentación de Papini de esta cuestión.
Hay ciertas cuestiones reconocidas comúnmente como metafísicas, y que ciertamente lo son, si por metafísica entendemos ontología, que tan pronto como el pragmatismo se acepta sinceramente de una vez no pueden oponerse lógicamente a ser establecidas. Esas cuestiones son, por ejemplo, ¿qué es la realidad? ¿Son la necesidad y la contingencia modos de ser? ¿Son reales las leyes de la naturaleza? ¿Puede suponerse que son inmutables o son presumiblemente resultados de la evolución? ¿Hay algún azar real o desviación de la ley real? Pero, al examinarlas, si entendemos por metafísica las verdades positivas más amplias del universo psico-físico —positivas en el sentido de no ser reducibles a fórmulas lógicas— entonces el mismo hecho de que esos problemas puedan resolverse a través de una máxima lógica es prueba suficiente de que no pertenecen a la metafísica sino a la "epistemología" —una traducción atroz de Erkenntnislehre. Cuando pasamos a considerar la naturaleza del Tiempo, parece que el pragmatismo es de ayuda, pero no proporciona por sí mismo una solución. Cuando continuamos con la naturaleza del espacio, afirmo atrevidamente que la postura de Newton de que es una entidad real es sólo lógicamente sostenible y que deja cuestiones posteriores tales como, ¿por qué debería el espacio tener tres dimensiones?, del todo sin respuesta por el momento. Esa, sin embargo, es una cuestión puramente especulativa sin mucho interés humano. (Por supuesto, sería absurdo decir que la tridimensionalidad no tiene consecuencias prácticas). Respecto a esas cuestiones metafísicas que tienen tal interés —la cuestión de una vida futura y especialmente la de un Dios Inaprehensible, pero Personal, no inmanente en el universo, pero creándolo— admito sinceramente de inmediato que un Humanismo que no pretenda ser una ciencia sino sólo un instinto, como el poder de volar de un pájaro, aunque purificado por la meditación, es la contribución más valiosa que se ha hecho a la filosofía durante mucho tiempo.
[Variante II]
Si esta definición se interpretara como deberían interpretarse las mismas palabras si vinieran de mí, ciertamente diría que el término “pragmatismo” tiene una marcada diferencia de significado para él y para mí 43. Pero aunque apenas soy capaz de atribuir una significación muy determinada a alguna afirmación del Profesor James, menos aun en filosofía, sin embargo, he estudiado suficientemente el, para mí, tan difícil dialecto de su pensamiento para estar convencido de que el análisis minucioso de una definición formal no es la forma correcta de averiguar lo que él quiere decir. Sin ser capaz de entender exactamente lo que entiende por "pragmatismo", pienso que existe la mejor de las evidencias, en las principales aplicaciones que hace de él, de que no difiere mucho de la significación que yo le atribuyo a la misma palabra. Incluso cuando él deduce de su pragmatismo consecuencias muy diferentes de las que yo sacaría del mío, no se sigue de ninguna manera que eso se deba a alguna divergencia en nuestra fe pragmatista. Fui criado en una atmósfera científica y, particularmente, matemática. Insisto en comenzar a partir de conceptos definidos y en obtener afirmaciones que sigan estrictamente las reglas de la gramática y de la lógica, haciendo sitio, sin embargo, para metáforas familiares y para generalizaciones tan grandes como los físicos y, más todavía los matemáticos, están acostumbrados a hacer. Sé muy bien que una cosa tal como un concepto absolutamente definido está más allá del poder de la mente humana, pero insisto en hacer los conceptos iniciales tan definidos como se pueda. Por otra parte, no puedo pretender decir cómo comulga el Profesor James consigo mismo. Sólo puedo decir que por procedimientos que no puedo comprender llega a casi las mismas conclusiones prácticas a las que yo llegaría. La elocuencia del Profesor James y su reconocida eminencia como psicólogo han hecho que la palabra "pragmatismo" se identifique con interpretaciones tales como las que se han hecho sobre sus doctrinas, y la consecuencia ha sido que muchos pensadores a los que yo incluiría entre los pragmatistas han aparecido como oponentes del pragmatismo.
Trataré primero de dar una idea del pragmatismo tal y como yo lo entiendo, y haré después algunas breves observaciones sobre las doctrinas de otros pragmatistas declarados.
Entiendo el pragmatismo como un método de averiguar los significados, no de todas las ideas, sino sólo de aquellas como las que denomino “conceptos intelectuales”, es decir, de aquellas sobre cuya estructura pueden girar los argumentos relativos al hecho objetivo. Pero un ejemplo responderá mejor que esta definición confusa y no del todo exacta. Si la luz con la longitud de onda que provoca en nuestra consciencia, tal y como son las cosas realmente, la sensación de azul, tuviera la propiedad de provocar en nosotros, en la misma medida, la sensación de rojo en lugar de la de azul, y viceversa, por grande que fuera la diferencia que pudiera hacer en nuestras sensaciones, no podría hacer ninguna en la fuerza de ningún argumento que no estuviera relacionado con la sensación. En este aspecto las cualidades de duro y blando contrastan sorprendentemente con las de rojo y azul, pues mientras que rojo y azul no significan nada sino sensaciones subjetivas, duro (tomando el término en el sentido estrictamente mineralógico de ser capaz de resistir al filo de un cuchillo), que es contrario a blando, expresa el comportamiento de hecho de superficies materiales. El pragmatismo, o en todo caso mi variedad de él, no tiene nada que decir respecto a meras cualidades de sensación, y por tanto me deja sin impedimento para sostener, como hago, que la realidad de una cualidad tal es exactamente la que parece ser, sin impedir que otros sostengan (con Locke, si recuerdo correctamente 44) que esas cualidades llamadas "secundarias" son falsas apariencias o que bloqueen la cuestión diciendo simplemente que son relativas al sentido humano. Pero los argumentos pueden depender de una cualidad tal como la dureza, por la razón de que su significado tiene estructura. Implica que sus fuerzas de elasticidad y cohesión no se rompen bajo una fuerza tan externa y pequeña como lo hacen la de los cuerpos blandos; de modo que puede argumentarse, por ejemplo, que los cuerpos expandidos por el calor serán, siendo otras cosas iguales, más blandos que los mismos cuerpos a una temperatura más baja, y que la capa externa de un cuerpo llevado por refrigeración y contracción al estado sólido, ya que se congelará más fácilmente que el interior y será de ese modo dilatada, será más dura que sus partes internas. Según eso, dos cualidades tales, por ejemplo, como la dureza y el calor específico, no podrían intercambiarse, tal y como hemos supuesto que se intercambiarían las sensaciones de azul y rojo, sin una perturbación considerable (en verdad sin una perturbación enorme) de la condición general de la naturaleza, así como sin una revolución de la física química y de otras teorías físicas.
¿Cómo ha de probarse la verdad de la doctrina del pragmatismo? Dos cuerpos distintos de pensadores afirman estar en contra de ella. Uno es el ejército de los llamados absolutistas, los Bradleys y los Taylors 45, hacia cuya proposición principal de una totalidad unitaria en el universo me inclino decididamente, aunque pienso que la reputación de los representantes actuales de esa escuela, aunque por supuesto han corregido algunos de los errores de sus predecesores, es algo exagerada y que en cuanto al poder real del pensamiento están muy por debajo de algunos representantes de la llamada escuela romántica alemana. Por otra parte, algunos nominalistas positivistas se oponen al pragmatismo, Haeckel y Karl Pearson 46, que, en mi propia estimación, tienen una posición bastante más alta que los absolutistas actuales en tanto que son, hasta cierto punto, hombres de ciencia solventes y valiosos, aunque no tengo la misma disposición que tengo en el caso de los absolutistas a encontrar verdad en sus posiciones filosóficas. ¿Qué ha de decirse, que tenga peso real decisivo, a favor de ese pragmatismo que encuentra negación y desprecio en dos lados tan opuestos? Si me resultara satisfactorio traer en contra de esos dos cuerpos de argumentos contra-argumentos honestos y libres de falacias, y bastante más fuertes y más eficaces que ellos, me felicitaría a mí mismo si mis lectores estuvieran bien satisfechos y vieran la razón en el lado del pragmatismo. Pero tengo un escrúpulo que lo prohíbe.
La gran mayoría de aquellos que se interesan en la "filosofía", como ahora se llama, "filosofía moral", como solía llamarse cuando la física y la química se incluían entre las ramas de la filosofía, son (supongo, pues no tengo estadísticas que apoyen esta premisa) de dos clases. Tomo la mayor como aquella que consiste en aquellos que estudian filosofía con la esperanza de encontrar así apoyo para la religión, sin darse cuenta de qué pobre debe ser una religión que descanse en el débil y frío apoyo de la metafísica. A esos el pragmatismo no les puede atraer porque debe reconocer honestamente lo incierto de la doctrina metafísica, mientras que la religión pide una creencia completa de toda el alma. No puede descansar en la metafísica sin una completa falsificación de la seguridad del argumento metafísico, a la que el pragmatismo rechaza totalmente prestarse. (A propósito, ruego que se me deje decir, que yo mismo soy un miserable e indigno seguidor de Jesús, y que estoy lejos de aprobar ninguna religión que descanse en el mero sentimentalismo). La otra y más pequeña de las dos clases principales de estudiosos de filosofía se compone, según yo imagino, de aquellos que leen ética, "epistemología" (traducción atroz de Erkenntnislehre) y otras ramas de la filosofía, no porque anticipen de sus estudios alguna ganancia extraordinaria de fuerza moral o mental, sino porque encuentran la sutil esgrima de la razón extraordinariamente entretenida, como ciertamente lo es, y porque la consideran en todas sus formas como una diversión instructiva, en lo que coincido. Imagino que es insignificante el número de aquellos que, como yo mismo, están tan profundamente interesados en hacer lo que esté en su mano para convertir a la filosofía en verdaderamente científica, que no quieren tomar parte en ninguna de las controversias según el espíritu de la controversia (aunque confieso con vergüenza que en un artículo, hace muchos años, provoqué demasiado de esto) 47 o proporcionar argumentos, excepto aquellos que atraerían a un investigador sincero de la verdad.
Incluso de argumentos a favor del pragmatismo de esta clase fría y desinteresada, y que me parece que sean concluyentes, sólo conozco dos o tres. Descansan en su mayor parte sobre las mismas consideraciones, aunque son argumentos independientes. Desafortunadamente, son todos y cada uno de una estructura bastante intrincada, tanto por ejemplo como lo es la de Euclides para su proposición 47 (el teorema pitagórico) y, lo que es peor, son indudablemente “técnicos”, es decir, requieren un pensamiento tan exacto como el promedio de los principales teoremas de matemáticas, a los que en algunos aspectos se parecen considerablemente. Además de ese inconveniente, el más breve de ellos es intolerablemente largo. Es innecesario decir que son, todos y cada uno, completamente inadecuados para presentarlos en una revista literaria y, por esa razón, la escritura de esta carta se ha interrumpido en este punto durante varios meses 48, mientras hacía experimentos sobre esto y la manera de continuarlo. Finalmente he decidido que la mejor manera es no tratar de presentar una parte considerable del argumento mismo, sino simplemente dar un esbozo a grandes líneas de cómo yo mismo fui llevado a una convicción de la verdad del pragmatismo.
Antes de que yo llegara al estado de hombre mi padre, que era un matemático eminente y que estaba grandemente impresionado con la Crítica de la razón pura de Kant, me señaló lagunas en el razonamiento de Kant que probablemente no habría descubierto de otro modo. A partir de Kant, fui llevado a un admirado estudio de Locke, Berkeley y Hume, y al del Organon de Aristóteles, Metafísica y tratados psicológicos, y algo más tarde obtuve el mayor beneficio de una lectura profundamente meditada de algunas de las obras de los pensadores medievales, San Agustín, Abelardo y Juan de Salisbury, con fragmentos relacionados de Santo Tomás de Aquino, muy especialmente de Juan de Duns, Escoto (siendo Duns el nombre de un lugar bastante importante en East Lothian en aquel entonces), y de Guillermo de Ockham. Hasta donde un moderno hombre de ciencia puede compartir las ideas de aquellos teólogos medievales, finalmente llegué a aprobar las opiniones de Duns, aunque pienso que se inclina demasiado hacia el nominalismo. En mis estudios de la gran Crítica de Kant, que me sabía casi de memoria, me sorprendió mucho el hecho de que, aunque según su propia explicación de la cuestión toda su filosofía descansa sobre las "funciones del juicio" o las divisiones lógicas de las proposiciones, y sobre la relación de sus "categorías" con ellas, sin embargo, su examen de ellas es muy precipitado, superficial, trivial e incluso insignificante, mientras que a lo largo de todas sus obras, repletas como están de evidencias de su genio lógico, se pone de manifiesto la ignorancia más asombrosa de la lógica tradicional, incluso de las mismas Summulae logicales, el manual elemental en el tiempo de los Plantagenet. Ahora bien, aunque una superficialidad terrible y una falta de pensamiento generalizante se extiende como un manto sobre los escritos de los maestros de lógica escolásticos, sin embargo la meticulosidad minuciosa con la que examinaban cada problema con el que topaban hace difícil concebir en este siglo XX cómo un estudioso realmente serio, incitado al estudio de la lógica por la importancia decisiva que Kant atribuyó a sus detalles, podría haberse resignado a tratarla de la forma elegante dégagé 49 que él hizo. De este modo fui animado a una investigación independiente sobre el apoyo lógico de los conceptos fundamentales llamados categorías.
La primera cuestión, y era una cuestión de suprema importancia que requería no sólo un completo abandono de toda parcialidad, sino también la búsqueda más cuidadosa, aunque vigorosamente activa, era si las categorías fundamentales del pensamiento tienen o no esa clase de dependencia de la lógica formal que Kant afirmaba. Llegué a convencerme del todo de que una relación tal realmente existe y debe existir. Después de una serie de investigaciones llegué a ver que Kant no debería haberse limitado a las divisiones de las proposiciones, o "juicios", como los alemanes las llaman confundiendo la cuestión, sino que debería haber tenido en cuenta todas las diferencias de forma elementales y significativas entre signos de todas clases y, por encima de todo, no debería haber dejado fuera de consideración formas fundamentales de razonamiento. Por fin, después de los dos años del trabajo mental más duro que nunca he hecho en mi vida, me encontré con un único resultado seguro de alguna importancia positiva. Ese era que no hay sino tres formas elementales de predicación o significación, que tal y como las denominé originalmente (aunque con adiciones entre corchetes que hago ahora para hacer los términos más comprensibles) eran Cualidades [de sentimiento], Relaciones [diádicas] y [predicaciones de] Representaciones. Debió de ser en 1866 cuando el Profesor De Morgan hizo el honor al desconocido principiante en filosofía que yo era entonces (pues sólo la había estudiado seriamente durante algo más de diez años, que es un corto aprendizaje para la más difícil de las materias) de enviarle una copia de su memoria “Sobre la lógica de relaciones, etc." 50. Inmediatamente empecé a trabajar y en pocas semanas había llegado a ver en ella, como De Morgan ya había visto, una iluminación brillante y asombrosa de cada esquina y de cada vista de la lógica. Permítanme detenerme a decir que nunca se ha hecho a De Morgan ningún parecido decente a la justicia, debido a que no llevó nada a su forma final. Incluso sus estudiantes personales, reverentes como forzosamente eran, nunca comprendieron suficientemente que el suyo era el trabajo de una expedición exploradora, que cada día llega a nuevas formas para cuyo estudio carece por el momento de tiempo porque otras novedades están llegando y requieren que se señalen. En efecto, estaba como Aladino (o quienquiera que fuera) contemplando las abrumadoras riquezas de la cueva de Alí Babá, apenas capaz de hacer un somero inventario de ellas 51. Pero lo que De Morgan logró realmente, con su método estrictamente matemático e incuestionable, en el camino del examen de todas las formas extrañas con las que él había enriquecido la ciencia de la lógica no fue poco, y fue llevado a cabo con un espíritu genuinamente científico animado por un genio verdadero. Fue unos veinticinco años antes de que mis estudios de todo ello alcanzaran lo que puede llamarse una aproximación cercana a un resultado provisionalmente final (no siendo nunca presumible una finalidad absoluta en ninguna ciencia universal), pero bastó poco tiempo para proporcionarme una demostración matemática de que los predicados indescomponibles son de tres clases; primero, aquellos que, como los verbos neutros, se aplican sólo a un sujeto; en segundo lugar, aquellos que, como los verbos transitivos simples tienen dos sujetos cada uno, llamados en la nomenclatura tradicional de la gramática (generalmente menos filosófica que la de la lógica) el "sujeto nominativo" y el "objeto acusativo", aunque la perfecta equivalencia de significado entre "A afecta a B" y "B es afectado por A" muestra claramente que en la afirmación se refieren igualmente a las dos cosas que denotan; y, en tercer lugar, aquellos predicados que tienen tres sujetos tales, o correlatos. Es