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MARTIRIZAR ANIMALES, UN DEPORTE DE LO MÁS HUMANO archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Orca asesina. Así se tituló, desde las portadas, al ejemplar macho
llamado Tilikum que el 24 de febrero arrastró del pelo a su entrenadora
durante 16 años, Dawn Brancheau -de 40 años-, en uno de los piletones
de un parque acuático en Orlando, ahogándola.
Es difícil sino
imposible pensar a un animal como asesino. Lo cual, desde luego, no
implica que los animales no maten. Pero imaginar premeditación y
alevosía en una muerte causada por un bicho se le hace un poco cuesta
arriba a la lógica. En general, los animales más feroces no son los
depredadores más feroces sino aquellos entrenados por el hombre para
ser muy feroces.
Probablemente Tilikum hundió a Brancheau porque
se asustó o se enfureció o váyase a saber qué. Porque a esta bestia de
4.478 kilos, que hace 30 años se la mantiene en el suplicio del
cautiverio, se la ha obligado a hacer cantidad de piruetas pero no se
la ha estudiado lo suficiente.
En realidad lo de "Orca asesina"
sirve de coartada -como lo sirvió en su momento la genial novela Moby
Dick- para seguir capturando, abusando, maltratando, torturando y
masacrando animales de a millones y millones sin que por eso el
mamífero bípedo e implume autor de estos espantos sienta mayor
responsabilidad o alguna levísima culpa.
Los que "crían" para
mandar al matadero -no sin antes, en muchos casos martirizar a los
pobres bichos para lograr determinado peso, volumen o altura-, entrenan
a gallos o perros de pelea, encierran a animales en zoológicos o los
exhiben en circos suelen ser lo suficientemente escasos de entendederas
como para adorar a sus mascotas. Porque si poco y nada se sabe sobre la
inteligencia animal, cabe coincidir con Einstein: "Hay dos cosas
infinitas: el universo y la estupidez humana; y sobre el universo no
estoy seguro".
Es decir, que los que pueden comprobar con sus
perros que son seres capaces del afecto, la sensibilidad y el dolor, no
pocas veces son los mismos que trituran a otros animales sin que les
tiemble una pestaña.
Por estos días en España se desarrolla una
discusión que hace estallar pasiones: el Parlamento catalán debate si
hay que prohibir las corridas de toros. Ante el "peligro", la
presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, se apresuró a
declarar la "fiesta" taurina como Bien de Interés Cultural. Es decir
que para ella -y para millones de españoles-, una de las más refinadas
forma de tortura a un animal es un "bien" propio de la cultura.
A
miles de kilómetros, otra española, la científica Carmen Vidal, vive
desde hace años en el Congo, en el corazón de una de las guerras más
sangrientas -la interétnica, iniciada en 1994 en la vecina Ruanda-,
dedicada a salvar a primates en peligro de extinción. Lo hace en medio
de periódicas masacres y los siempre inimaginables horrores ideados por
el hombre.
Seguramente Vidal, desde su riesgosa soledad, hace
mucho más por el honor del género humano que sus cultivados
compatriotas que defienden la cavernícola cultura de la crueldad.
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