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LA VIDA DEL DELITO Y LA PROSTITUCIÓN / 1910 archivo del portal de recursos
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Impresiones médico-literarias
Francisco A. Sicardi (1856-1927)
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de origen
Fuente: Archivos de
psiquiatría y criminología aplicadas a las ciencias afines.
Publicación
bimestral dirigida por el doctor José Ingenieros, Buenos Aires, Talleres
gráficos de la penitenciaría nacional, tomo 2, 1910.
La vida del delito y de la prostitución
He visitado muchas veces, de
noche, las cárceles de la ciudad. Qué sombríos y fríos corredores, en la escasa
luz del gas mortecino. Allí están hacinados los criminales, tirados en el suelo
con las ropas en pedazos y la piel llena de mugre, aceitosos y hediondos, con
los ojos insolentes, abiertos en la penumbra, la boca procaz y blasfema. Los
himnos del cinismo suenan y retumban a lo lejos en las largas casamatas.
Describen los descensos de las juveniles energías y en vez de las frescas
maravillas del alma sana, cuentan facinerosas historias de noches lóbregas, de
brillos de puñales entre la luz sucia de los faroles, de angustias y estertores
de caídos y de gritos de misericordia, historias de corazones de podredumbre,
lamentos interminables de la moral muerta. ¡Y siempre el ataque al hombre, a su
dinero, a su vida y honra, a la casa inviolable! Más que personas, así tirados
sobre los pisos desnudos, buscando el sueño que no llega, o durmiendo
inconscientes sobre sus delitos, parecen espectros con el rostro y el cuerpo
escuálido en sus funestas demacraciones, una legión de larvas que no hubieran
tenido nunca semblanza humana, los deshechos vivientes de un mundo que hubiera
desaparecido, la tétrica concepción de un Dios demente y brutal. Yo he sentido,
visitando esas cárceles, todas las satánicas soberbias. Allí los hombres retan a
duelo las leyes. Han robado y estuprado; son asesinos y tienen las jactancias
insolentes. ¡Contra todo y contra todos! Han perdido la libertad del cuerpo;
pero no se resignan, y saturada de enconos, la mente bebe la ponzoña en los
diabólicos conciliábulos, protesta y amenaza. ¡Ah! de los hombres, el día que el
sol les caliente las carnes. ¡Ah! de ellos ¡el día que hayan roto la cadena y el
aire libre los envuelva! No habrá sido estéril la educación recibida en las
puercas zahúrdas de los presidios, ni los días largos y solitarios, sin familia,
obligados a ver siempre la mueca hostil de los carceleros, sin más melodías que
el paso del centinela cerca de las puertas, el estampido de la culata del fusil
al caer en descanso y el rechinar de los llaveros oxidados. Y han de recordar,
en las horas de libertad, el hielo de los inviernos grises, que filtra apenas a
través de los polvorientos tragaluces, y los eternos silencios de las noches
tenebrosas, llenos de bruscas pavuras y de visiones. Recordarán los pies fríos,
las orejas frías en su incipiente gangrena, la enfermedad sin medicamentos, las
hambres sin más esperanzas que el puchero lardáceo con ascos de carnes y de
legumbres en putrefacción; porque en la cárcel desaparece el hombre y se
transforma en una cosa sin dignidad y sin perdón. Por eso, en ese salvaje
sufrir, las fuerzas del delito se multiplican, las psicologías que llegan
todavía allí con algún rayo de sol de bondad, se entenebran y lo que tal vez
pudo ser corregido y mejorado por las benevolencias, se exacerba por el látigo y
adquiere en la amoratada equimosis del grillete la crueldad incompasible.
Los que castigan son iguales a los que delinquen, porque el hombre ha nacido
para oprimir al hombre. No entusiasman los apóstoles que predican los divinos
problemas de la caridad, el amor a los niños y el respeto por la vejez caduca.
¿Qué han conseguido? Pasaron sus catilinarias sobre la testuz de los conductores
de pueblos, sin dejar retoños. Estos no se han incomodado, ni acercado siquiera
a lamer las úlceras de los prisioneros para la cicatriz limpia y sana, y aunque
heridos alguna vez por el grito de la justicia, han abierto, a pesar de eso, las
fauces, para precipitarse sobre la desventura delincuente y desgarrarla. Así las
cárceles están llenas de muchachos desamparados, que duermen al lado de los
grandes criminales. Yo los he visto. Uno me cuenta que los padres a bofetadas lo
arrojaron de la casa. Robó un pan para comer. El dueño lo amenazó y él defendía
su pan, cuando le enterraba el cuchillo en el vientre. ¿Quién le enseñó a
trabajar? ¿Alguien le habló de Dios alguna vez? Por años la cárcel se cierra
sobre su cuerpo. Allí nadie le dice que es preciso trabajar. Cuando salga
volverá a tener hambre y a enterrar el cuchillo en otro vientre.
Aquel ha
salido de la inclusa. Está solo en el mundo. Es hijo de los bulevares. Duerme
sobre los umbrales, con los miembros contraídos, hecho una bolsa de trapos, y
camina después a través de las madrugadas de la ciudad y sigue caminando a
través de las calles vagabundas, atónito de hambre y muerto de frío con su
máscara sucia de imbécil. La cárcel se cierra sobre su cuerpo periódicamente y
allí, a tragos intermitentes, bebe las nociones del mal. Ya hombre está
preparado para el delito. Es un galeote. Tal vez termine en el cadalso o
desaparezca para siempre en los húmedos sótanos de un presidio. ¿Le habrán
enseñado a éste la virtud para que sepa practicarla? Aquel me dice que lo
entregaron a una familia. No le daban ropa. La comida era escasa y el trabajo
mucho. No había amanecido y tenía que fregar los patios, barrer y limpiar la
cocina, siempre descalzo y mostrando pedazos de su cuerpo mugriento, a través de
las ropas rotas. Los patrones vivían enojados, porque estaban pobres; pero él
era alegre y juguetón. Tenía una linda voz y cantaba como los pájaros. Había
aprendido a silbar como ellos y se entretenía en llamarlos. Por eso le cruzaban
las espaldas con un rebenque, lo azotaban contra las baldosas, lo herían y
maltrataban, sacándole sangre. Entonces huyó a la carrera, atropellando y
jadeante. Se perdió por ahí de día y de noche. Comía los pastos en las afueras,
porque le habían enseñado a no robar. Una mañana lo encontraron en una zanja,
lívido, y la cárcel cerró sobre el vagabundo. ¡Pobre delincuente! ¿No era mejor
que los mastines de las quintas le hubieran mordido la carótida? Ese otro que he
ido a ver está enfermo en el cuadro. La sífilis le ha llenado de úlceras la
nariz y la boca. Así lo engendraron los padres. Como no traía plata, porque
nadie quería tenerlo, lo echaron a la calle. Entonces se perdió. En la prisión
lo contaminaron. Era instrumento de perversas sexualidades. Está moribundo. Su
destino será fallecer en una cama de hospital, sin haber sido niño siquiera,
arrojado fuera del consorcio humano, siempre solo en el mundo, mirándoles todas
las lacras cenicientas con horror, sin que ningún bálsamo le mitigue el sufrir,
ni palabra alguna endulce sus soledades. Después un cajón de pino sin cepillar,
para la miserable basura de su cuerpo muerto. Así desfilan enflaquecido y
sucios, mezclados en los corredores a los grupos patibularios con la ropa en
andrajos, teniendo algunos de ellos corazones llenos de bondad, ladrones otros,
pervertidos los más, dados al vicio bajo y procaz.
Una vez vi a uno que
estaba enfermo, sentado en el suelo cerca de la pared, donde se apoyaba. Sus
ojos eran azules, rubio el cabello, la piel fina con venas azuladas. Tosía y
tenía fatiga. Todos lo querían en la prisión. No decía blasfemias nunca. Era un
alma dulce y amable. Tendría quince años, y cuando lo interrogué, me dijo que el
padrastro brutal había lastimado a su madre. Entonces él le rompió el pecho de
un tiro y lo dio vuelta. Por eso lo metieron en la cárcel. Lo vi desaparecer
después en una cama del hospital, sereno y sonriente, sin quejarse, rodeado de
enfermos amigos, a quienes él había fascinado con el perfume de su bondad, con
su resignación suavísima de predestinado a morir temprano.
Así desfilan con
el cuello partido por las cicatrices de la escrófula, con la nariz roja de
alcoholistas precoces, éstos que fueron vagabundos de los figones y de los
sucios lupanares, sin más techo que un tramo de cielo, sin más habitación segura
que los esfácelos de un pudridero. Y los conductores no ven nada, ni se puede
exigir transformaciones a inteligencias sibaritas. Es inútil enojarse, inútil el
anatema. Las cárceles son oscuras y escuelas de vicios, y la niñez sin amparo
-los pobres pequeños, que no tienen la culpa del crimen, seguirán entrando y
saliendo de los mechinales estrechos, para recomenzar la eterna y desolada
historia de la tierra baja, donde hay muchos tristes y muchos abandonados. No
hay que enojarse ni pensar en mejorar a los otros. No se puede modificar la
bestia. La niñez ha de ser ultrajada, porque no puede defenderse. La inclusa
tendrá noche a noche sus párvulos y la cárcel seguirá cerrándose sobre los
pequeños cuerpos, macilentos de hambre, desazonados por el desamor humano,
inquietas moléculas, destinadas a desparecer, sin conmiseraciones, con sus
alegres almas muertas por el salvaje cinismo.
Las cárceles encierran
muchas mujeres. Están allí en montón, como los hombres, sobre el piso sucio,
entre el aire confinado, ojerosas de insomnio y de cóleras sordas, mezcladas las
sedas de la señora delincuente con las zarazas de las callejeras empedernidas.
Es un ejército vocinglero y procaz, inquieto el día entero, narrando sus
desvergüenzas y sus vagabundas lascivias. Hay hermosos y juveniles rostros y
ojos azules que han perdido el candor; tormentosas fisonomías con chispeante y
oblicuo mirar y pieles terrosas de largas inaniciones y rojas efigies de
alcoholistas, que ha dormido mal, con la pesadumbre pavorosa de las nocturnas
visiones. Entre ellas, alegres cantoras de quince años, flores de la depravación
temprana, que tienen gentil la persona, la voz fresca y la pequeña alma
contaminada, ángeles de alas rotas, destinadas a barrer el lodo de los barrios
oscuros. Ellas cantan, asimismo, en las crujías, las oscuras baladas del burdel
y la brama de las orgías desnudas y cruzan, a través de la atmósfera encerrada,
los gritos de la bacanal. Cantan la carcajada perpetua y la inconsciente
hilaridad del mal, los fantasmas de las borracheras festivas y las sordinas
delirantes de los tálamos convulsos y venales. En ese hacinamiento hay la
historia de muchas inocencias mancilladas y rotas por la violencia, después de
largas horas de resistir al cinismo lujurioso, cediendo al fin en los abandonos
sin amparo, bajo la máscara torva y bestial del hombre. Hay odiseas penosas en
pos del pan que falta, hediondeces de cuerpos, amontonados en los tugurios y que
no duermen de frío, muchachas que disparan y manos desesperadas, abiertas,
implorando en las esquinas al caminante corrompido que da dinero para quitar
honra, mientras otras cuentan que el padre borracho las violó una noche y ellas
cedieron sofocadas y tiritando de miedo. Aquellas no saben como fue. Se
enamoraron, hasta que un día, la luz demasiado cercana les quemó las alas y el
polvo de oro desapareció en aquel última día virginal, en el último beso
inocente. Allá en un rincón, bajo aquellos vidrios sucios, mientras los
carceleros pasan y distribuyen pan negro y carnes verdosas, están reunidas las
que salieron a la calle a buscar hombres, azotadas a la ventura por el fuego
sensual, una cohorte de locuelas precoces, que no supieron rezar y que no
aprendieron virtud. Entregaron el cuerpo a cualquiera en la irresistible
violencia de la carne joven y los hombres las despedazaron como furias y las
precipitaron en la vida con la sangre contaminada. En la frente se les una
corona. La sífilis la buriló con colores cobrizos y bajo las sedas manchadas de
vino, serpean las úlceras, llenas de pus y de ponzoñas. En ese grupo de ojos
procaces y lenguas desventuradas, cuentan ellas las anécdotas de la ignominia y
escriben la historia monstruosa de las más bajas aberraciones, los descensos
morales de los pseudo-hombres, entregados a los bestiales cultos y a las
afrodisias infames y narran la vida de una cantidad de elegantes degenerados. Es
un grupo locuaz. Divierten a las silenciosas con el madrigal chabacano. Son las
sacerdotisas del carnaval lujurioso e impenitente y hablan todas las insolencias
del vicio gárrulo. Se imaginará que alguna vez en las horas aburridas, ellas
pueden pensar en una vida más sana, que quieran vivir una semana siquiera en el
sol puro, en la divina consagración de una virtud cualquiera, que sean capaces
de comparar sus turbulencias enfermizas con la robusta marca de la mujer
honesta. No es así. Ellas no saben sino aquello y no podrán sentir estas
nostalgias; saldrán a la calle, enloquecidas en la libertad recuperada, siempre
buscando hombres para caer de nuevo, una noche cualquiera, bajo las bóvedas
sombrías de la cárcel, salir de nuevo y volver a entrar y durante muchos años,
hasta que la sífilis o la tuberculosis les gangrene las vísceras y las mate.
Mientras tanto han diseminado por la ciudad gérmenes mortales. Han depravado a
muchos, en las tristes correrías nocturnas, trabajando siempre para los
proxenetas, que las esperan en las esquinas para robarlas. Así esas sedas,
manchadas de vicio y de lujurias, fascinan al pasar con el brillo enfermo y esas
psicologías dejan aquí y allí un reguero malsano, que corrompe inocencias y
pudre organismos. Pero todo es inútil. Alguna cosa fatal cruza el camino de esas
sombrías viajeras y las arrebata. Inútil es contraponerse. Los compasivos que
trataran desviarlas serían mirados con extrañeza. ¿Acaso han aprendido ellas una
vida mejor?
Sigamos. Por eso muchas casas de trabajadores se han vuelto
lóbregas. Una noche faltó la muchacha y en la mesa quedó un asiento vacío. Los
hermanos con los puños crispados miran los platos sin comer. En un rincón llora
la madre y el viejo sacude desesperadamente la cabeza como si el trabajo y los
ahorros de toda la vida resultaran inútiles. El tubo de la lámpara a kerosene se
ha ennegrecido en su base. Parece un carbón luminoso en aquella penumbra triste.
Tal vez es un hogar detenido. El alcohol, que consuela quebrantos, arrojará a
los hermanos en banda, de vereda a vereda, y el padre se morirá de pena,
arrugado y sucio en un rincón cualquiera. En otras partes seguirán comiendo.
Para que eso sucediera la habían educado. El marido era un blasfemo; la mujer
una libidinosa. Creció entre el ejemplo deshonesto y nadie sufrió en aquella
casa el día del abandono. Así rueda el mundo. El estrépito de las ciudades se
dilata y oculta los gemidos anónimos. ¿Quién va a saber que hay un hogar que
sufre, quién a señalar con el dedo una deshonra más? Apenas si, de cuando en
cuando, en el subir constante de la marea contaminada, el miedo a la asfixia
reúne a los hombres para deliberar. Los ecos de la orgía golpean las puertas y
pasan zumbando por los balcones, donde están las jóvenes inocentes. ¡A reprimir
pues! Los lupanares se cierran y vuelve la cárcel a estar llena de locas
desarrapadas. ¡Inútil todo! Germinan a los lejos, retoñan y saltan de nuevo a la
luz del sol, brillantes, fascinadores y obscenos y el mundo sigue rodando con
las mismas formas y con los mismos estrépitos. ¡Inútil todo! El cuerpo muere por
enfermedad y las sociedades por contaminaciones colectivas. Así como hay fuerzas
y virtudes inconscientes que empujan los pueblos a la grandeza, así hay
degeneraciones posteriores que los precipitan. No tienen mérito cuando
ascienden, ni son criminales cuando caen. El instinto produce los dos fenómenos.
No entra en ellos ni la razón, ni la voluntad. Por consiguiente es menester
guardar los panegíricos y las anatemas y creer que, a pesar de los siglos, el
fatum las arrastra. No son tranquilas. Encuentran aburrida la vida del
hogar quieto y los elocuentes silencios del hombre que trabaja. No han nacido
para estar contentas, en la dulce y amable poesía que canta el amor de las cunas
y narra la historia de la familia, que conversa en la noche, reunida alrededor
de la mesa, en el alma augusta del comedor tibio. Los aromas de los floreros no
tienen perfumes, ni el helecho del centro de mesa tiembla, en sus exquisitas
fragilidades verdes. El dormitorio está allí con su gran cama de caoba y el que
llega es siempre el mismo, un trabajador sudoroso y un neurasténico debilitado.
El abrazo es frío; el espasmo es convencional. La inquieta piensa en el placer
acre y violento que hace estremecer sus carnes de elegante delincuente, en la
fuga hacia las posadas oscuras, a través de las trepidaciones de las calles
luminosas, o en los crepúsculos vespertinos de las alcobas escondidas para el
pecado, abrigadas con alfombras de Esmirna y cortinados de terciopelo rojo. Así
algunas usan la complicidad de los sirvientes. Carta va y carta viene. Viven
subyugadas con la obligación del silencio, con el miedo de la delación canalla,
en el peligro constante, y cuando se apoderan del macho, después de muchas horas
de deseo enfermo, se entregan con toda la rabio del espasmo lúbrico, escribiendo
su cuarto de hora de furias dementes. Llega entonces el odio al marido, a esa
cosa tonta, que se mueve e incomoda en la casa y no ve la silueta del corrompido
que pasa por la acera de enfrente, arrastrando por el suelo su honra, hasta que
llega un día en que él sabe y ella huye o la precipitan en una mazmorra. Y así
va rodando el mundo, entre hogares que se forman y hogares que se deshacen, en
una interminable marcha de creaciones y de ruinas, contestando al epitalamio que
canta el perfume de los azahares y el pudor del velo nupcial, con los gritos de
la naturaleza bruta, que quiere las embriagadoras fecundidades, con el marco de
las fragancias del polen, el único dios del Universo, lleno de zumos, de carpos
húmedos y de cortezas, de troncos y hojas calientes, a través de cuyos vasos
narra la linfa el poema de la necesidad sexual. ¡Paso pues! ¿A qué viene la ley?
¿Por qué no impiden que en pleno sol, bajo el infinito cielo, la semilla se
rompa en el humus para entregarle sus carnes virginales? Así también podría
decirse a la tierra que no las fecundara entre su negra cuajada. ¿Por qué lo
hacen? ¿Por qué no impiden que las fieras se desgarren en las noches desiertas y
manchen con sangre las arenas, y que las aves se cubran para esconder sus besos
en las espesuras fragantes? Pero entonces sobre la ley, sobre los decretos,
desde que han querido con el matrimonio circunscribir el derecho de las
criaturas, la naturaleza vencedora, a pesar de todo, escribirá las sinfonías de
las libres procreaciones, el zumbar de las selvas abrasadas en el himeneo
gigantesco, los gemidos de la madre tierra, hinchada para parir. Y sobre las
hipocresías de una virtud que necesita códigos, la gran sinceridad de la
naturaleza vencedora ha de establecer en los tiempos que el hombre, que no es
sino una de sus formas, como las demás formas, tiene el derecho a los libres
espasmos, buscando a la mujer donde quiera que esté para fecundarla, como los
átomos todos buscan a las átomas en el eterno vértigo de metamorfosis. Y porque
la ley es artificiosa se producen los adulterios, que son sus desviaciones, que
no resultan sino vasallajes a las leyes naturales. El mundo está enfermo, por el
exceso de reglamentos. Todo cae bajo la acción de los virtuosos y de los sabios,
un gremio perjudicial, que ha destruido la sinceridad pretendiendo establecerla,
y que obliga a los humanos a vivir de la mentira y en la astucia hipócrita. ¿Por
qué ha de ocultarse la mujer que ama a otro hombre que no es su marido? ¿Acaso
porque se oculta no se produce lo que los virtuosos llaman delito? Con estas
teorías, se contesta, todo se lo lleva el diablo. Puedo asegurar que así como
están las cosas, hace rato que el diablo se lo está llevando todo.
La
observación va a dar la prueba de esto. Se ven muchas cosas caminando por la
ciudad. Yo no puedo olvidar su hora vespertina. La penumbra cae y todo lo
invade, mientras el dilatado zumbido diurno se va desvaneciendo. Hay cuadras muy
oscuras, rincones tenebrosos, que sirven para citas de amantes y mientras las
campanas de las iglesias avisan que el Ángelus reza la oración del perdón para
todos, las adúlteras pasan, entre la luz escasa, como sombras agitadas. Es la
hora peligrosa. Las penumbras siguen cayendo y se amontonan en todas partes,
mientras aquí y allá se iluminan los negocios. Aparecen después los faroles con
luz y se agitan sobre el piso sus siluetas. Pasan debajo los coches y los
tranvías se deslizan zumbando sobre los rieles. La noche del cielo está muy
oscura. Las estrellas tardan en brillar, como si no sirvieran para nada en la
vida de la ciudad, como si hubieran sido creadas solamente para alegrar las
soledades de los campos, veladoras de la infinita paz nocturna. Poco tienen que
hacer, porque las adúlteras que se arrugan en el fondo de los carruajes con
cortinas bajas, no asoman para mirarlas. En esa hora han muerto muchas honras y
se han satisfecho muchas lascivias en las posadas oscuras. Las rufianas acechan
y arrancan a las niñas del conventillo y de la casa pobre para precipitarlas en
el abismo. Es una triste procesión infantil, es un dolor que marcha hacia la
infamia. La piedad cristiana no las ve pasar y no las salva. Sirven a las
lujurias más desventuradas, sin perder muchas la flor de la inocencia, tan niñas
son, mientras las más vuelven a sus casas con todos los candores marchitos. Por
todas partes donde se sospeche una pobreza y donde los padres no cuiden
demasiado a sus hijas, se siente el ojo malsano de los buitres dispuestos a
desgarrarlas. Por eso hay tanta chicuela de mirada cínica y de rostro procaz.
Son las que devuelven a la calle zaguanes oscuros. Cuando crecen, después,
siguen despeñándose. Caen en manos de los mercaderes miserables. Tienen un
precio distinto. En los clubes que éstos poseen en la ciudad, se rematan sus
cuerpos y ser transforman en moradores de las casas obscenas, para servir al
ludibrio entre las bofetadas y el escarnio. Vendidas como esclavas, ya son
cosas. Instrumentos del vil negocio, valen por lo que pueden producir, mientras
el club prospera y se enriquece con esas que poco a poco van muriendo, mordidas
por todos los cuervos, los que sacian sus lubricidades y los que sacian sus
avaricias, blancas osamentas arrojadas en inmunda sentina y dilaceradas en vida.
Ellas pagan los anillos que los leones llevan en los dedos; el alfiler de
brillantes que adorna sus corbatas y el champagne de las orgías bulliciosas. Por
otra parte, mientras tengan ellas vestidura juvenil y lozana serán esclavas. No
pueden huir, ni amar, ni arrepentirse. El terror las tiene encerradas; el
desprecio de todos y el abandono las hace vivir en un inmenso desierto, sin
oasis y sin aguas cristalinas. Jesús perdería aquí su tiempo. Las Magdalenas que
pudiera encontrar serían las que ellos arrojaran a la calle, con la piel lívida
y el cuerpo encorvado en las decrepitudes prematuras. ¡Ay de la que busque
independencia! Los leones reunidos decretan su ruina. Las acosan, las ultrajan,
las comprometen en todas las formas. Les incendian las casas y las abofetean
hasta que la pobreza y la cárcel las reducen de nueva a las más sombrías
humillaciones. Entonces, vuelven a la liga tenebrosa, a pagar de nuevo el
champagne de la orgía o desaparecen para siempre. ¡Y este es el siglo de la
libertad y así Jesús perdió su tiempo, queriendo dar a la mujer persona, sin
darle al mismo tiempo la fuerza que es necesaria para imponer respeto! ¡Oh, yo
puedo contar muchas historias! He visto mujeres con pasiones salvajes implorar
la libertad a gritos. Abrazadas del hombre, adorado hasta el frenesí, enfermas
de ese amor imposible, trenzadas con él, entre besos y sollozos, ellas serán
cualquier cosa, esclavas y bestias de carga, la sumisión sin palabras, un ser
atónito y dócil y le entregarán su cuerpo para que se atore en sus bramas de
animal, con la única condición de salir de allí ¡de salir de allí! De esa
atmósfera fría de crimen, lejos de la mirada oblicua y sucia de la barragana,
que ha adivinado su pasión. Es entonces que el rufián pasa con su torva y
siniestra psicología, en momentos en que el macho le ha abofeteado la mejilla y
la hace rodar como un fardo sobre las alfombras, con un hielo de osario en el
corazón, con una infinita soledad de muerte en todo su cuerpo. Es inútil. Por
una Magdalena de éstas, cien más permanecen abyectas, mancebas de esos harems
inconfesables. Y sobre todo, es necesario que los miembros del club sean ricos,
que beban champagne y tengan orgías, enfrente de las sociedades civiles y a
pesar de ellas que buscan para la vida las alegrías honestas. ¿Hay acaso alguna
ley que los moleste? Si la hay, no se cumple. Entonces ellos siguen vendiendo y
comprando esclavas y éstas derrumbándose de burdel en burdel, hasta que llegan
al fin a las sucias zahúrdas, a los pisos de ladrillos, a los cuartos sin
cielo-rasos y sin ventanas, transformados en un miserable andrajo para los
soldados noctámbulos y borrachos.
Todo termina al fin. La vejez sacude
los cimientos de los lupanares. Estos crujen, se destartalan y empiezan la danza
macabra hacia el abismo. Es un rechinar de honras rotas, una larga lamentación
de juventudes marchitas y una horrible sinfonía de lascivias y de dolores
sordos. Zumban en el aire y van pasando las sedas podridas, los encajes
deshilvanados, los terciopelos desteñidos y un enjambre de miserias paralelas,
que acompañan a las diosas envejecidas y enfermas, y desparraman en el camino
tufos de cuartos húmedos y alientos de roñas vetustas. Y sobre las orgías
pasadas, la crucifixión de las pobrezas presentes. Y detrás de los días alegres,
¡las sombras de las noches sin fuego y sin luz! Así viven, rezando funerales a
las embriagueces que ya no vuelven. Es una desventurada procesión. Los ojos no
tienen brillo; las carnes están flacas y arrugadas, la piel llena de úlceras y
de costras. Tosen. Se fatigan. Algunos enormes vientres de yeguas hidrópicas se
balancean en las filas. Otras marchan sobre angarilla. Las compañeras las llevan
a pulso. Son paralíticas. De cuando en cuando el grito estridente de alguna
loca, los temblores y el vómito hediondo de las borrachas de vino y de caña.
Aquí y allá, en el seno de la siniestra cohorte, caminan las niñas, que van a
ser corrompidas, para alimentar las vejeces de las rameras decadentes, frescas
flores ya manchadas en el lodazal. ¡Y blasfemias, rugidos, carcajadas! Una horda
cínica desfila, cantando las baladas lúbricas e infames con estertores salvajes,
donde suenan todavía las imprecaciones de las últimas y moribundas lujurias.
¡Por todas partes el mal, la enfermedad y el asco! A medida que avanzan hacia la
sombra, acompañadas por el estruendo de los prostíbulos fracturados y el volar
horrísono de las alcobas pecaminosas, arrancadas de cuajo y azotadas hacia el
abismo, a medida que avanzan, se oyen los llantos y las desesperaciones de los
hijos abandonados y el chasquear de las placentas empapadas de sangre y de
estiércol en los abortos criminales. ¡Por todas partes el mal, la enfermedad, el
asco! Así, a medida que se despeñan, se van alojando en la cama de los
hospitales, donde pasan la noche lóbrega o duermen en los conventillos, donde
las gentes les conocen la dolorosa historia o se desparraman en los cafetines
inmundos de la ribera y se acuestan en los más bajos tramos de la inmundicia.
Después mueren esas pobres solitarias y las arrojan sin ataúd, patas arriba,
entre las carnes gangrenadas del osario. Allí amontonan la podredumbre, que
contiene fétido aliento, entre los músculos corrompidos, al lado dela papilla
negra formada de harapos y líquidos mefíticos. Una oleada malsana salta fuera de
la inmunda huaca, como una lúgubre protesta de muerte, como una sombría
bofetada. Parece que en aquel silencio se agitaran las manos sin carnes,
buscando culpables para estrujarles la mejilla y mientras el esfacelo roe los
huesos, los gusanos se alimentan y engordan sus carnes nacaradas, resbalando
apurados los unos sobre los otros, serpeando y deslizándose, bajando y subiendo
en un hambriento frenesí de lascivia procreadora que los destruye en el barro
común, ¡en la hedionda y fúnebre sima! ¡Al fin la paz! ¡Al fin el descanso de la
vida vagabunda sin dolor, sin hambres y sin crueles inviernos! ¡Al fin las
flores enfermas encontraron la tiniebla para marchitarse y morir, mientras otras
siguen retoñando detrás de ellas! Vestirán los hombres de seda sus cuerpos
juveniles, para desflorarlos y manchar hasta la muerte la piel fresca. ¡La orgía
os espera infortunadas hetairas! El mundo quiere las precoces extenuaciones,
quiere mataros pronto, para recomenzar los lúbricos homicidios. En rededor de
esa cohorte en marcha, los leones muestran los dineros ganados en las bacanales
y caminan ellos también hacia el abismo, con sus máscaras truhanescas de
delincuentes enflaquecidos en los garitos nocturnos. Estos sultanes del
prostíbulo van dejando en el sendero sus oropeles y se transforman, bajo las
imprecaciones d e las rameras moribundas, en una legión de enconados, que
arrastran el hocico en el fango, donde terminan las vidas miserables, en el
siniestro y frío silencio, donde desaparecen las almas canallas. En esa odisea
se confunden con sus víctimas, heridos por ellas a zarpazos en el rostro, de
donde manan podridas linfas, asfixiados por el vaho mefítico, dentro de ese
turbión humano, que gira y gira hacia el pudridero de donde ya no se vuelve.
Alrededor de ellos el estridente ulular de los ladrones, que bailan la danza
macabra y la sombría guiñada del asesino hercúleo. Se mueven en sus cárceles,
dando tumbos y meditan el delito en la hora postrera, sin conocer el mal que han
hecho, frías, inconscientes, mal vestidas por el andrajo, las carnes flacas,
llenando los senderos de purulencias tuberculosas. Borrachos e idiotas, estos
onanistas caminan hacia la muerte, cantando los himnos de la perversión de
Sodoma, un ejército degenerado que deja un reguero malsano. Aquí y allá, por
todas partes, la tierra baja confunde, en el supremo estertor, las casas
abyectadas con las inmundas crujías y la gangrena devora a estos hermanos del
delito, y rameras, ladrones, rufianes, falsarios, adúlteros, arteros y asesinos,
toda la hediondez humana escribe capítulos feroces y muere. Al fin la tierra
baja y contamina todo al morir -acostada la persona llena de úlceras saniosas,
con la calavera tirada de través en su mueca pavorosa.