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IGUALDAD
Y DIFERENCIA EN LA POLÍTICA FEMINISTA archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Cecilia Inés Luque y Liliana Beatriz Fedullo
Introducción
En Argentina, la sanción en 1991 de la ley
24.012, que garantizó un cupo mínimo de mujeres en las listas de candidatos para
elecciones nacionales, reinstaló la polémica acerca de la relación entre las
mujeres y la política y entre las mujeres y el poder. Las preguntas que
suscitaron la polémica fueron: "mujeres en política, ¿para qué? ¿Aportarán algo
específico, 'diferente', por esencia o por cultura, al campo de la política ( .
. . )? Las mujeres, ¿representan a mujeres? ¿Las elegidas por la ley de cupos
deberían asumir un compromiso especial con las políticas de género?" (Nari 36).
Como bien señala Marcela Nari, las diversas aristas del debate fueron planteadas
en términos del paradigma de la “diferencia sexual”.
En las últimas décadas
la política feminista se ha visto movilizada alrededor de lo que podemos llamar
"el dilema de la diferencia”. La polémica acerca de igualdad o diferencia se
centra en la necesidad de crear una teoría que pueda analizar el funcionamiento
del patriarcado en todas sus expresiones subjetivas, organizativas,
institucionales e ideológicas a lo largo de la historia. La teoría tendría que
romper con las estructuras hegemónicas de unidad, universalidad e identidad del
pensamiento patriarcal y con sus prerrogativas en todos los órdenes para poder
elaborar un sistema conceptual útil para la práctica política feminista.
Uno
de los aspectos de la polémica es saber si hay una esencia femenina universal o
diversas variantes socio-históricas de lo femenino, y en este caso, dilucidar
las formas de opresión que intervienen en los procesos de constitución de la
subjetividad femenina en las diferentes sociedades patriarcales. En el campo de
la política, esto plantea el problema concreto de cómo construir la
representación política de las mujeres y cómo elaborar proyectos que
reivindiquen y pongan en práctica los derechos de las mujeres en tanto grupo
social. La insistente búsqueda de un sujeto adecuado que exprese el sentir de
todas promovió una cantidad y variedad importantes de teorías feministas, por lo
que hoy no podemos decir que hay un feminismo sino feminismos; pero esta
diversidad por momentos nos deja sin políticas específicas a la hora de acordar
estrategias de acción en conjunto. En Argentina, durante la década de los '90,
el "crecimiento del feminismo y del movimiento de mujeres, la conversión de
muchos grupos en organizaciones no gubernamentales, las alianzas, los subsidios
y la penetración en instituciones, insospechadas décadas atrás, han generado una
mayor difusión social de ideas y prácticas que cuestionan la subordinación de
las mujeres," (Nari 37), pero paradójicamente tal difusión ha diluído su fuerza
política: las entidades que representan el colectivo se han multiplicado, y sus
intervenciones en el campo de la política se han vuelto demasiado puntuales y
esporádicas como para canalizar una praxis realmente significativa en el marco
de la fragmentación social.
El objetivo de este trabajo es explorar las
estrategias posibles que permitan formular políticas de acción conjunta de los
feminismos. Para ello reformularemos los pares igualdad/diferencia,
identidad/diversidad en las relaciones sociales concretas. La reformulación se
haría en el contexto del diálogo, desde una posición de sujeto constituida por
la inestabilidad, la alteración, la discontinuidad y la contingencia de tales
pares; y que tendría como fin ulterior hacer reconocer la diferencia sin anular
la necesaria igualdad de derechos de las diferentes.
El
postestructuralismo y el dilema de la diferencia
En un interesante artículo
de 1988 Joan Scott examina ciertas herramientas teóricas del postestructuralismo
que pueden resultar útiles y relevantes para la practica política del feminismo,
tales como la noción de la naturaleza discursiva de la realidad, el concepto de
diferencia y los procedimientos deconstructivos.
La noción del carácter
discursivo de la realidad surge de una reconceptualización filosófica de la
índole del lenguaje y del "giro hacia lo lingüístico" de las ciencias sociales.
Según esta reconceptualización, el lenguaje es algo más que un conjunto de
reglas gramaticales usadas para construir mensajes: cualquier lenguaje (verbal o
gestual, oral o escrito) constituye significados que organizan las prácticas
culturales mediante las cuales las personas comprenden, interpretan y dan
sentido a su mundo. El postestructuralismo señaló que las palabras y los textos
no tienen un significado único e inmutable, pues no hay una correspondencia
evidente, transparente ni esencial entre lenguaje y mundo: los discursos median
entre las ideas y las cosas. Los discursos son –según Foucault- estructuras
históricas, sociales e institucionales específicas en el seno de las cuales se
desarrollan enunciados, términos, categorías y creencias. La elaboración de
significados implica el establecimiento de relaciones de poder, pues lo que en
cada sociedad y período histórico se considera como saber legitima lo que en ese
contexto se entiende por verdad, y estas dos entidades (saber, verdad) autorizan
a su vez a establecer normativas que regulen las instituciones y disciplinen las
relaciones sociales y los placeres. El develar la arqueología del saber permitió
desnaturalizar las verdades dominantes o hegemónicas, y volver evidente la
función reguladora de estos constructos discursivos en las relaciones humanas y
en la construcción de subjetividades. Para muchas feministas, el pensamiento de
Foucault ofreció una forma de analizar los significados asignados socialmente a
igualdad y diferencia en función de elaborar principios organizadores de acción
política.
Para Scott otra contribución importante del postestructuralismo es
la deconstrucción propuesta por Derrida, la cual ha permitido a las feministas
ser críticas de las formas, las ideas, los discursos que usamos para expresar
nuestros objetivos políticos. Para este pensador, cualquier concepto unitario
contiene material reprimido o negado construido en oposición jerárquica a otro
concepto: uno de los términos es considerado principal y dominante, mientras que
el otro aparece como secundario y subordinado al primero. De este modo se
construyen pares de oposiciones binarias -unidad/diversidad,
identidad/diferencia, presencia/ausencia, universalidad/particularidad-;
cualquier análisis de tales conceptos implica desmenuzar las negaciones,
oposiciones y jerarquizaciones que operaron en su construcción. Los
procedimientos deconstructivos invierten y desplazan los elementos significantes
que constituyen estas oposiciones binarias, revelando la interdependencia de
términos que aparentemente se excluyen mutuamente, y mostrando la diferente
carga semántica que cada uno de ellos asume en contextos históricos específicos
y en relación con objetivos particulares. De esta manera la deconstrucción
desnaturaliza las operaciones de diferencia con las cuales los discursos
patriarcales modernos hacen trabajar los significados.
Una de las
oposiciones binarias que las feministas han deconstruido para trazar estrategias
políticas es la de igualdad/ diferencia; este proceso semiótico da lugar al
“dilema de la diferencia”. Para Scott la resolución de tal dilema no sería
ignorar o asumir la diferencia sino examinar deconstructivamente cómo ésta ha
sido constituida, contextualizar socio-históricamente la oposición
igualdad/diferencia para luego desmenuzar sus negaciones y jerarquizaciones. Si
deconstruyéramos los términos y sus significados, la diferencia ya no excluiría
a la igualdad y la igualdad ya no se opondría a la diferencia ni la negaría.
Entonces, lo que Scott propone es una crítica de dos tiempos: uno, examinar
sistemáticamente las operaciones de diferenciación categórica que producen
inclusiones y exclusiones; el otro, construir una noción de igualdad que se
apoye en la diferencia para alejarse de su sentido actual monológico y
excluyente.
En suma, estas herramientas teóricas postestructuralistas han
servido a las feministas para examinar la manera en que los significados
contribuyen a la construcción de la subjetividad, y específicamente, los
procesos de autorrepresentación que predican características femeninas al
sujeto. Sin embargo, pensadoras feministas como Teresa de Lauretis son
conscientes de los peligros que implica para el imperativo político de los
feminismos llevar los principios postestructuralistas al extremo. Uno de esos
peligros estriba en considerar que el sujeto "está atrapado para siempre en la
telaraña del sentido ficticio, en las cadenas de significado, en las que el
sujeto es simplemente otra posición en el lenguaje," (Jane Flax, cit. en
Benhabib 22). Esta noción de subjetividad implica renunciar a los conceptos de
intencionalidad, responsabilidad, reflexividad y autonomía del sujeto, conceptos
todos fundamentales para plantear una praxis de cambio filosófico, social y
político.
Para las feministas que adoptan el postestructuralismo con estos
reparos -tales como Teresa de Lauretis, Linda Alcoff , Françoise Collin y otras-
la predicación de las características del sujeto es un proceso semiótico
simultáneamente pasivo y activo: Es pasivo porque los múltiples y heterogéneos
discursos sociales que preexisten al sujeto y en los cuales éste se inserta
median la conceptualización que el yo hace de la vivencia de su propia
subjetividad; en este sentido, el proceso queda fuera del control del individuo.
Pero por otra parte, la predicación también es un proceso activo de
resignificación subjetiva, en el cual el compromiso personal del sujeto en las
actividades, discursos e instituciones de su mundo dotan a los acontecimientos
de valor, significado y relevancia afectiva; esta capacidad de reinterpretación
crítica de lo dado otorga al sujeto un margen de maniobra hermenéutico y
pragmático que hace posible una praxis de cambios. Mediante este doble
movimiento el sujeto - producto y productor de sentidos a la vez- se ubica en
una cierta posición dentro de la red de relaciones de su sociedad, la cual le
permite un cierto grado de participación en las acciones sociales y ejercer un
cierto grado de poder.
Por ende, una línea de acción ineludible de la
política feminista es producir modificaciones sobre las posiciones asignadas a
los sujetos femeninos en un contexto socio-histórico dado para eliminar las
relaciones de sujeción inherentes a las mismas. Tales cambios se operarían
mediante dos movimientos complementarios: El primero sería, como señala Butler,
interpelar los discursos normativos reguladores de las definiciones
falogocéntricas de lo femenino, para producir un efecto de subversión y
desplazamiento de las nociones naturalizadas de género sexual y subjetividad en
las que se apoyan la hegemonía masculina y el poder heterosexista. Esta
interpelación volvería problemática la misma noción de género sexual,
produciendo una subversiva proliferación de las categorías constitutivas de la
subjetividad. El segundo movimiento de cambio sería, como señala de Lauretis,
reflexionar sobre la especificidad de las prácticas sociales y la experiencia de
las mujeres, produciendo modificaciones sobre los significados que las
interpretan, organizan y constituyen.
Igualdad que no se confunde con
identidad
En el marco de los sistemas cognoscitivos y políticos
falogocéntricos que han dominado las culturas occidentales desde el inicio de la
Modernidad, "la igualdad se confunde con la identidad. Ser iguales significa ser
idénticos. Ser diferente significa necesariamente ser desiguales. . . . no se
puede ser Hombre más que de una sola manera," (Collin 9). La igualdad implica un
movimiento obligatorio y unidireccional de identificación con un único modelo de
subjetividad -el Hombre, con mayúsculas, representación de la esencia humana, en
quien encarnan el Logos y el Falo-. El feminismo de la diferencia, a través de
la deconstrucción de la categoría moderna de Sujeto, demostró que el humanismo
falogocentrista constituía la subjetividad privilegiando la ontologización de
atributos genéricos masculinos y haciendo caso omiso de la inscripción de la
diferencia de los sexos ( en lo corporal, lo social, lo histórico, lo cultural,
lo político). De este modo, se pusieron en evidencia tanto las características
sexistas masculinistas de este modelo como las limitaciones que éste imponía a
la subjetivación de las mujeres.
Es así que el feminismo de la diferencia
replantea el problema de la construcción de subjetividades a partir de la
consideración de los hombres y de las mujeres como grupos social e
históricamente constituidos, y privilegia el aspecto político de la
subjetividad. Según Françoise Collin, el sujeto es quien tiene derecho de
participar en el mundo (tanto público como privado) mediante sus acciones y sus
palabras; según Rosi Braidotti, la subjetividad es un conjunto de formas
materiales y discursivas de autoridad para ejercer ciertas prácticas en una
situación social determinada.
Para Teresa de Lauretis la subjetividad se
construye en la interacción semiótica entre la realidad exterior al sujeto y su
realidad interior, en los procesos significantes y valorativos por los cuales el
sujeto asigna importancia a los acontecimientos de su mundo. Ella llama
experiencia a tal interacción semiótica, y señala que "si es esa experiencia,
ese complejo de hábitos, disposiciones, asociaciones y percepciones, lo que
engendra a una como femenina, entonces eso es lo que debe analizar, comprender,
articular la teoría feminista” (289), para dar luego lugar a una praxis política
transformadora.
En este contexto, las diversas prácticas de dominación se
entienden como manifestaciones empíricas de la operación del binomio igualdad y
diferencia sobre las relaciones sociales.
Al aplicar estas nociones de
subjetividad y diferencia a la praxis política, surge para los feminismos un
nuevo dilema: ¿Cómo construir a las mujeres como sujetos políticos, sujetos de
derechos, sin homogeneizar otra vez sus diferencias en la constitución de la
identidad colectiva necesaria para fundar la agencia política? ¿Cómo fundar la
representatividad política del sujeto mujer sin caer en las trampas de la
igualdad? Para escapar a estos nuevos reduccionismos, Françoise Collin propone
recurrir a la interpelación del otro en el diálogo: si la dominación
falogocéntrica se basaba en hablar al otro, en asignarle una definición y un
lugar, en convertirlo en un sujeto alienado, privado de autodeterminación; la
política feminista deberá basarse en la interlocución, en dialogar con el otro,
en negociar constantemente las respectivas definiciones y lugares de los
interlocutores, en construir sujetos interlocuados, cuyo derecho de
autodeterminación no se basa en la alienación del otro sino en el respeto de su
alteridad. De este modo la política no será la tiranía de la igualdad sino el
ejercicio de la diferencia en igualdad de derechos.
Diferencia y
representatividad política en contextos socio-históricos
Si bien una de las
facetas del problema de la representatividad del sujeto político mujer es
construir una identidad colectiva que incluya las diferencias, otra igualmente
espinosa faceta es la de abrazar las diferencias sin caer en atomizaciones
contraproducentes y potencialmente neutralizadoras de la acción política. No
obstante estas acciones se formulan en contextos socio-históricos específicos de
discriminación social.
Las nuevas y complejas formas de discriminación bajo
el Neoliberalismo han complicado las caracterizaciones de subalternidad de las
minorías. Para Alberto Binder, la fragmentación de la sociedad en numerosos
grupos minoritarios aislados que se enfrenten entre sí es una estrategia del
poder dominante para afectar su capacidad de disputarle la hegemonía política;
de esta manera logran un control social horizontal. El proceso se desarrolla en
tres etapas: Primero, la atomización de la sociedad en grupos con escasa
capacidad de poder; luego, la orientación de los grupos hacia fines exclusivos y
parciales, que no suscitan adhesión del resto de la población; y finalmente la
anulación de la capacidad negociadora de cada grupo para celebrar pactos. Los
mecanismos de atomización de los que se valen los grupos dominantes son, según
el autor, varios: Por un lado está la predicación de la muerte de las
ideologías, que busca deslegitimar todo proyecto cuyo objetivo final se parezca
incluso levemente a una utopía social. Por otro lado tenemos el milenarismo, la
creencia en que "todo tiempo pasado fue mejor" y que, en consecuencia, no tiene
sentido propender al cambio. En tercer lugar están los discursos que asemejan el
cuerpo social a un cuerpo biológico, e identifican la ideología, los proyectos y
las demandas de grupos opositores con una peste que enferma el cuerpo social.
Estos discursos tienden a infundir miedo a la sociedad, al tiempo que
naturalizan los intereses opositores (son fruto de mentes enfermas) y generan
divisiones internas entre la población (los contaminados, los contaminables y
los incontaminables). Finalmente, tenemos la cultura del naufragio: ya que las
utopías sociales y los proyectos colectivos han naufragado, sólo le queda a la
persona volver al individualismo, ocuparse de sí misma y cuidar sólo sus propios
intereses. Para esta cultura la solución a los problemas sociales es por
definición un esfuerzo individual basado en el propio interés, y cualquier
proyecto de solución colectiva no es política sino filantropía.
Los
feminismos no son inmunes a estas estrategias de fragmentación: hay oposiciones
e incluso confrontaciones entre grupos que sustentan ideologías y marcos
teóricos no coincidentes, los cuales tienden a veces a conformarse en posiciones
únicas y excluyentes -académicas versus militantes populares; orígenes
universales de la opresión femenina versus causas históricas; afiliaciones
genéricas complicadas por afiliaciones clasistas, raciales, étnicas, etáreas,
religiosas, de orientación sexual, etc..., etc.... Aparece entonces el estigma
de la peste -si no estas en el ámbito de mi conocimiento y reconocimiento no
formas parte del nosotras-. Recordamos la disputa que se sostuvo en el encuentro
feminista de Río Ceballos: el transgénero enriqueció en ocasiones el debate,
pero en otras produjo un quiebre que separó a compañeras de las filas del
feminismo por un proceso de paulatino desgaste. La cultura del naufragio está
también en las famosas “quintitas” ONG, grupos, agrupaciones, que se disputan el
derecho de actuar en pequeñas áreas del campo social o se separan por no acordar
estrategias comunes de acción, y pierden de vista los objetivos políticos
ulteriores del feminismo. La representación resulta una cuestión de sujeto
político, ¿cuál sujeto? Si hay muchos no hay ninguno, por lo tanto resulta
difícil el encuentro, los pactos y las alianzas. No es un alegre pluralismo lo
que necesitamos, porque nos puede dejar sin políticas de acción.
Posible
salida
Chantal Mouffe teoriza sobre cómo hacer política feminista en el
contexto de la multiplicidad de relaciones de subordinación. Para ello comienza
descartando la estabilidad apriorística de la identidad de los individuos: ella
niega que haya un centro esencial de subjetividad que preceda las
identificaciones del sujeto y que funcione como eje alrededor del cual tales
identificaciones se fijan total y definitivamente. Mouffe prefiere manejarse con
la categoría de agente social, el cual es una entidad constituida por un
conjunto de posiciones subjetivas o fijaciones parciales, construidas por una
diversidad de discursos entre los cuales hay un movimiento constante de
desplazamiento y sobredeterminación. La subjetividad de tal agente ya no es
homogénea sino múltiple y contradictoria, y su identidad resulta entonces una
construcción “siempre contingente y precaria, fijada temporalmente en la
intersección de las posiciones de sujeto y dependiente de formas especificas de
identificación,” (Mouffe 111).
Una de esas posiciones de sujeto es la del
género sexual y sus atributos, que según Linda Alcoff, son términos relacionales
identificables sólo dentro de un contexto en constante movimiento –el discurso
social, lo dado-. Por ende, las categorías “mujer” y “femenino”, junto con sus
respectivas atribuciones, también son términos relacionales que no tienen
contenidos fijos y estables. Quien asume dichos términos se ubica en una
posición dentro de un sistema o campo determinado (social, político, simbólico),
en un contexto y una situación dialógica determinada, desde los cuales
interpreta y (re)construye los significados que permiten pensar la experiencia
de lo real y de su propia subjetividad. "Visto así, ser una ‘mujer’ es tomar una
posición dentro de un contexto histórico en movimiento” (Alcoff, cit. en
Fletcher. 25); y por lo tanto, “el falso dilema de la igualdad versus la
diferencia se derrumba desde el momento que no tenemos una entidad homogénea
'mujer' enfrentada con otra entidad homogénea 'varón', sino una multiplicidad de
relaciones sociales en las cuales la diferencia sexual está construida siempre
de muy diversos modos," (Mouffe 112).
Entonces, si la diferencia sexual es
una construcción contingente e inestable, la lucha en contra de la subordinación
que aquella legitima tiene que plantearse en formas específicas y contextuales.
Es desde esta perspectiva que Mouffe examina las propuestas de políticas
feministas de otras pensadoras y señala sus puntos débiles. Con respecto a los
modelos sexualmente diferenciados de ciudadanía, en los que las tareas
específicas de hombres y mujeres son valoradas con equidad, y en los cuales se
afirma predominantemente el valor político de la maternidad, Mouffe señala como
defecto los efectos neo-esencialistas que éstos producen, ya que parten de la
base de que las mujeres como grupo tienen identidades, capacidades e intereses
pre-constituidos a los que la política debe reconocer, y así refuerzan la
oposición básica entre los sexos. Con respecto a los proyectos políticos basados
en procedimientos destotalizantes y descentralizadores, la autora señala que
tales procedimientos producen efectos exagerados de dispersión de las posiciones
de sujeto que resultan en separaciones efectivas. En suma, Chantal Mouffe
critica que estas formas de encarar la política se limiten meramente a
"encontrar caminos para satisfacer las demandas de las diferentes partes de una
manera aceptable para todas" (123) en vez de intentar construir agencias
sociales nuevas en las cuales la categoría mujer no implique subordinación.
En este sentido, Mouffe advierte que la descontrucción de las identidades
esenciales y el concomitante reconocimiento de la contingencia y ambigüedad de
toda identidad convierte la acción política en un imposible para algunas
feministas, pero para ella este doble movimiento es condición necesaria para el
establecimiento de una democracia radical, puesto que provee una adecuada
compresión de la variedad de relaciones sociales. Ella sostiene que la
inexistencia de un vínculo necesario a priori entre posiciones de sujeto no
impide establecer entre ellas articulaciones históricas, contingentes y
variables, que fijen parcialmente las identidades y construyan agentes sociales
políticamente eficaces, pero igualmente contingentes y variables.
La
ciudadanía sería una de esas articulaciones, que en una democracia radical
vincularía las diferentes posiciones de sujeto del agente social al tiempo que
le permitiría mantener una pluralidad simultánea de lealtades específicas a
diferentes grupos (las mujeres, los trabajadores, los negros, etc...) y
respetaría su libertad individual de decidir los compromisos a asumir. El
nosotros construido por esta noción radical de ciudadanía sería una identidad
política colectiva pero inestable y contingente: esto significa, como dice Toril
Moi, que "a veces una mujer es una mujer y, a veces, lo es mucho menos," (14); y
que es perfectamente legítimo y políticamente aceptable que algunas mujeres se
identifiquen más con varones que con otras mujeres y que incluso se alíen con
ellos respecto de cuestiones políticas específicas, como en el caso de
activistas lesbianas y varones gays en las luchas por los derechos queer.
Además, la identidad colectiva construida por la ciudadanía radical estaría
articulada no ya en base a la igualdad -lo uno que excluye lo otro- sino
mediante el principio democrático de equivalencia, el cual implica lo uno y lo
otro, es decir, la aceptación de las diferencias en igualdad de derechos, o en
otras palabras, el igual valor de las diferencias. De esta manera Chantal Mouffe
plantea una noción de ciudadanía que reformula la distinción público/privado en
que se basa el liberalismo, la cual relegó toda particularidad y diferencia al
ámbito de lo privado y apolítico.
Esto no quiere decir que la noción de
ciudadanía radical proponga construir una comunidad política completamente
inclusiva: Por un lado, la propia Mouffe señala la imposibilidad de semejante
entidad, pues siempre hay un afuera constitutivo que es condición necesaria de
su existencia; por otro lado, Rita Felski señala que “solamente en el contexto
de premisas, creencias y vocabulario compartidos el disenso es posible” (43)
pues el horizonte común de significados establece valores y normas que funcionan
como principios de articulación entre los agentes sociales y pone coto al
"alegre pluralismo" políticamente inviable del que hablábamos antes. Al
respecto, Felski sostiene que la diferencia sin calificaciones no puede ser un
valor en sí mismo: Por un lado, hay diferencias y antagonismos que representan
un peligro real para la supervivencia de otras formas de vida y otras prácticas
culturales, como las encarnadas por movimientos racistas o sexistas. Por otro
lado, en la benevolente apariencia del pluralismo acecha la posibilidad de
reproducir la lógica jerarquizante de la igualdad, la cual aborda la diferencia
absorbiéndola en una comunidad ya existente (aquella a la cual pertenece el yo)
y sometiendo sin cuestionamientos a los 'otros' a sus formas de sentir, pensar y
actuar, las cuales son tomadas naturalmente como normales, correctas o
deseables. Es por esto que Felski recalca que no todas las diferencias son
benévolas, y distingue entre una diferencia significativa o valorativa -la que
articula posiciones políticas de acuerdo con un horizonte compartido de valores
y normas- y una diferencia negativa o destructiva -la que reduce al otro a una
alteridad absoluta, y perpetúa las desigualdades sistemáticas en el acceso a los
recursos materiales, al conocimiento y al poder-.
Creemos, como señala Nari,
que las feministas argentinas compartimos un horizonte de significados (la
injusticia de la subordinación social y subjetiva de las mujeres), pero que éste
resulta aún demasiado exiguo en la presente coyuntura para producir
articulaciones entre agentes sociales cuyos compromisos con otros grupos
específicos parecieran ser más fuertes. Por ejemplo, el establecimiento de
derechos reproductivos y la despenalización del aborto son una de las luchas de
mayor consenso en los últimos años, pero "este consenso no indica ningún tipo de
homogeneidad teórica, política o filosófica al respecto," (Nari 37). En cuanto a
otras cuestiones "macro" que definen nuestros límites de acción y alianza, tales
como la función y el financiamiento de los organismos no gubernamentales, el rol
social de las universidades, la participación en el Estado y en el poder, la
familia, el varón, la sexualidad, y un largo etcétera, respecto de estas
cuestiones no hay vislumbres de coincidencias. Por otra parte, los intentos de
alianzas con varones, lesbianas, travestis y transgéneros feministas nos han
obligado a replantear el previo acuerdo que habíamos alcanzado respecto de
quiénes integran la comunidad desde la cual nos posicionamos como agentes
sociales; esta situación quedó muy clara en el encuentro feminista de Río
Ceballos.
Ante esta situación, hemos tratado de imaginar posibles modos de
establecer articulaciones de equivalencia y de elaborar agendas sociopolíticas
comunes, para concretizar en la Argentina del siglo XXI una ciudadanía radical
como la que propone Mouffe. Reconocemos que esto no es fácil, porque exige una
reconstrucción de hábitos mentales profundamente arraigados, reconstrucción que
consiste en abandonar la ilusión de las subjetividades homogéneas, apriorísticas
y estables para abrazar la precariedad, la heterogeneidad contradictoria y la
inestabilidad. De todos modos, pensamos que un primer paso ineludible hacia el
establecimiento de articulaciones de equivalencia es cambiar el objetivo del
diálogo político con los otros: olvidarnos - como dice Mouffe- de tratar de
satisfacer aceptablemente las demandas de las diferentes partes y concentrarnos
en negociar las respectivas definiciones y lugares de los sujetos interlocuados.
Sólo de este modo podremos construir agencias sociales nuevas y contingentes en
las cuales la categoría mujer no implique subordinación, y podremos replantear
la lucha contra la subordinación de los femeninos (o l@s femenin@s) en formas
políticas específicas, contextuales y coyunturales.
Bibliografía selecta
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Fernández y Silvia Vicente. "Las desventuras del género". Feminaria año
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Benhabib, Seyla. "Feminismo y posmodernidad: una
difícil alianza". Feminaria año VIII, nº 14. 22-28.
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