|
POESÍA Y MILITANCIA EN AMÉRICA LATINA archivo del portal de recursos
para estudiantes |
enlace
de origen
ROQUE DALTON
|
|
1
¿Qué es lo que me propongo hacer, trabajando en la poesía? En general,
expresar mi vida, es decir, la vida de la que soy testigo y coautor. Mi
tiempo, sus hombres, el medio que compartimos, con todas sus
interdependencias. Camino para tal intento, desde el hecho aparentemente
simple de ser salvadoreño, o sea, parte de un pueblo latinoamericano
que busca su felicidad luchando contra el imperialismo y la oligarquía
criolla y que, por razones históricas bien concretas, tiene una
tradición cultural sumamente pobre. Tan pobre, que solamente en una
debilísima medida la ha podido incorporar a esa lucha que reclama todas
las armas.
Estos hechos básicos hacen consecuente todo tipo de preocupación por
dotar mi obra de un contenido nacional, o sea, expresivo del pueblo de
El Salvador. Pero al hablar de «pueblo salvadoreño», hablo de los
obreros y de los campesinos, de la clase media y, en general, de todos
los sectores sociales sometidos a la opresión oligárquico-imperialista
cuyos fundamentales intereses comunitarios coinciden con el gran interés
de construir una nación libre, soberana y llena de los mejores
estímulos para el progreso del hombre. Por ello, persigo asimismo una
creación de tendencia democrática.
Lo anterior es un esquema general de mis intenciones poéticas, en el
cual he determinado las necesidades que para desarrollar mi obra he
debido plantear y tratar de satisfacer ante el panorama histórico que
nos muestra mi pueblo, es decir, el medio humano que me dota de raíces,
de asideros reales en el espacio y en el tiempo. Cabría ahora intentar
un enjuiciamiento, breve y general, acerca de las condiciones personales
con que participo en el intento creativo. No por afán de lesionar a la
modestia, sino para darle un respaldo lógico a los planteamientos que
deberé hacer más adelante.
2
Mi actitud ante el contenido ideológico y la trascendencia social de la
obra poética está determinada fundamentalmente -según lo entiendo- por
dos hechos extremos: el de mi larga y profunda formación burguesa y el
de la militancia comunista que mantengo desde hace algunos años.
La práctica en las filas del Partido ha organizado mi preocupación de
siempre por los problemas de la gente que me rodea, del pueblo, en
último grado, y ha ubicado con exactitud ante mi atención las
responsabilidades fundamentales a las cuales deberse, así como la forma
concreta de realizar esos deberes a lo largo de toda la vida. Pero los
largos años en el colegio jesuita, el desarrollo de mi primera juventud
en el seno de la chata burguesía salvadoreña, el apegamiento a formas de
vida irresponsables, alejadas con santo horror del sacrificio o de los
problemas esenciales de la época, han dejado en mí sus marcas, las
cicatrices que aún ahora duelen.
Este último hecho ha llegado a ser consciente en mí, es decir, para los
fines autocríticos generales que todos perseguimos ahora, cuando el
pueblo reclama limpios y claros a sus hijos. Ahora bien, lo que no puedo
hacer a su respecto es borrar los efectos actuales de un plumazo. De
manera que -y por lo menos para el análisis de mis posibilidades
literarias- es mejor aceptarlo como una realidad vigente. De un análisis
serio de mi propia obra poética -que es la que considero más
representativa, la que más me expresa- puedo decir que aún priva sobre
el punto de vista del comunista que ahora soy, la actitud del burgués
que antes fui; sobre las intenciones del comunista, los resultados de
raíz burguesa. En uso de las consideraciones hechas más arriba y
persiguiendo la funcionalidad que la obra de arte debe tener en el medio
concreto de El Salvador (y Centroamérica, en general) creo hacer bien
al preguntar: ¿Es que este punto de vista, burgués, ha agotado ante
nosotros todas sus potencias? Yo en lo personal creo que no y que además
es positivo aprovechar de él todas las posibilidades creadoras,
tendiendo no sólo a dejar atrás sus aspectos negativos fundamentales,
sino a usarlo de instrumento para crear las condiciones ideales de
surgimiento del nuevo arte popular que vendrá, pese a quien le pesare, y
que será reflejo de la nueva vida que sabremos conquistar los
salvadoreños. No se han agotado las posibilidades de la cultura y el
arte burgueses (que por otra parte la oligarquía y el imperialismo han
impuesto al creador y receptor salvadoreños en una forma groseramente
carente de matices) y por ello es positivo que los escritores
revolucionarios iniciemos el camino del futuro arte, de la futura
literatura revolucionaria salvadoreña desde las entrañas mismas de la
cultura burguesa, acelerando al mismo tiempo su propio hundimiento y
descomposición al confrontarla con sus insuperables contradicciones
internas, al ponerla frente a sí misma y frente a las fuentes de su
nacimiento, llevándola, en fin, conscientemente y con santa malicia
popular, al callejón sin salida donde de todas maneras llegaría, si
dejamos que siga desarrollándose apaciblemente en manos de sus creadores
lógicos, los creadores burgueses, los creadores-ideólogos de la
burguesía.
3
Ampliando más la consideración y yendo por lo tanto más allá de lo que
toca a mi propia obra individual, cabría hacer las siguientes preguntas:
¿En qué medida ha sido expresada la nación en la literatura que se ha
hecho hasta ahora en El Salvador? La historia de la literatura
salvadoreña, ¿es capaz de darnos una visión de conjunto de nuestro
desarrollo social, de la lucha de clases que ha impulsado ese
desarrollo? Parece ser que no. Pero si lo más importante de esa
literatura se ha producido en los últimos cincuenta o sesenta años, es
decir, el lapso en que nuestro país ha llegado a ser un yermo semifeudal
y dominado por el imperialismo norteamericano, con una gran masa
campesina desposeída por un lado, una voraz oligarquía terrateniente por
el otro y en el medio una incipiente y débil clase obrera, una pequeña
burguesía enajenada y un germen de burguesía nacional sin expectativas
de desarrollo, ¿podemos seguir en nuestra literatura la pista de las
expresiones de algunas o cada una de esas clases y definirlas como
auténticas con respecto a ellas? ¿O es debido a las deformaciones
económicas, políticas y sociales -y por lo tanto culturales- que en
nuestro desarrollo implica la dominación imperialista, deformación que
impide el ascenso clásico de las diversas clases sociales a una toma de
conciencia particular sobre sí mismas, hay que plantear todos los
problemas de la superestructura artística como respondiendo a una sola,
básica y general contradicción, o sea, la existente entre el pueblo, la
nación por un lado, y el imperialismo y sus intermediarios por el otro?
Porque de ser así, todas las preguntas anteriores podrían irse
contestando sobre la base de dividir nuestra literatura en dos partes;
la que en general responde, o no se opone, a los intereses del «monstruo
bifronte» dominante y la que, también en general, ha pretendido ser la
expresión del pueblo, de su vida, sus problemas, sus luchas y sus
esperanzas. Pero sospecho que la cuestión no es tan simple.
4
De esas dos consideraciones: las necesidades de la literatura
salvadoreña y mis propias condiciones personales ante el trabajo
creativo, surgió en mí el afán de ordenar la labor cultural en pos de
los siguientes objetivos generales que, por supuesto, estoy muy lejos de
cumplir aún: 1) Luchar porque la obra de los escritores y artistas
salvadoreños de mi generación se nutra de la realidad nacional con el
fin de transformarla revolucionariamente. 2) Dilucidar en una forma
definitiva el problema de la tradición cultural salvadoreña para
incorporarla a nuestras obras con un nuevo sentido del desarrollo
cultural. Es decir, entre otras cosas, fijar sus constantes principales,
sus alcances en el plano universal, lo vivo y lo muerto, lo útil y lo
inútil, para ir dando a la dispersa cultura salvadoreña la
característica principal de cualquier cultura: la unidad orgánica, la
interconexión, base de la existencia particularizada e integral. Y, en
consecuencia con el primer objetivo general, 3) Propugnar el
conocimiento científico de nuestra realidad (aplicando el método
marxista-leninista) y respaldar la labor creadora con una actividad
militante dentro de las filas de la Revolución, gran objetivo de toda
literatura o arte modernos a la altura del hombre.
5
Habiendo dicho, pues, algunas cosas definitivas, es menester comenzar a
hacer algunas particularizaciones y separaciones. He dicho que soy un
poeta que en lo referente a la militancia política, actúo dentro de las
filas del Partido Comunista. Pero este hecho indica solamente que existe
en mí una preocupación social, al tiempo que evidencia el contacto
directo con la organización que en forma más satisfactoria interpreta
los fenómenos sociales. De todo ello me nace una responsabilidad ante la
lucha de los hombres. Mas esta responsabilidad la cumplo principalmente
en el trabajo específico del Partido, en las acciones concretas de la
Revolución. Mi poesía, además de salvar esa responsabilidad con sus
medios particulares, persigue otros fines, se convierte en otra cosa
diferente a un mero instrumento ético, desde que la fuerza de la
imaginación, entre otras cosas, interviene. La imaginación, por ejemplo,
hace que la realidad se vea enriquecida y en esas circunstancias su
expresión debe ser en alguna medida más valiosa para los hombres, a que
no solamente les otorga un conocimiento primario de lo real -que podría
bastar para su lucha por la libertad- sino que los pone en contacto con
los aspectos verdaderamente trascendentes, podríamos decir, eternos, de
esa realidad. Aquí cabría apuntar además la función de «hacer mejor al
hombre y la naturaleza» que tiene el arte y la literatura. No hay que
olvidar por otra parte que inclusive para perseguir el fin político
(logro de la toma de conciencia sobre sí mismo y sus necesidades por
parte del pueblo) la poesía o el arte debe hacerlo con sus medios
particulares, es decir, artísticos, más eficaces en cuanto
artísticamente capten mejor la realidad que se necesita expresar.
6
Por eso vengo diciendo desde hace algún tiempo que el gran poeta de hoy
debe tener para construir su obra dos puntos de partida necesarios: el
profundo conocimiento de la vida y su propia libertad imaginativa. Así,
deberá haber vivido intensamente, en el centro de lo humano y la
naturaleza, haber descendido a las terribles concavidades del fuego
interno y ascendido a los esplendorosos dramas populares, haber sido
testigos de la desnudez de los insectos y de las catástrofes de la
orografía. Sobre esta experiencia adquirida a través de los años, en
duro y maravilloso trajinar cotidiano, la imaginación, con sus
instrumentos expresivos (estilos, géneros artísticos), podrá trabajar
para construir la gran obra de arte, si su dueño tiene una clara
concepción de la libertad creadora y de sus responsabilidades ante la
belleza. En ese camino hay muchos medios materiales que ayudan: la
incorporación (asimilación crítica) de la tradición cultural de la
humanidad a la obra del creador moderno, el trato adecuado de los mitos,
la utilización del símbolo con sentido apropiado a cada época.
7
El poeta debe ser fundamentalmente fiel con la poesía, con la belleza.
Dentro del caudal de lo bello debe sumergir el contenido que su actitud
ante la vida y los hombres le imponga como gran responsabilidad de
convivencia. Y aquí no caben los subterfugios ni la inversión de los
términos. El poeta es tal porque hace poesía, es decir, porque crea una
obra bella. Mientras haga otra cosa será todo lo que se quiera, menos un
poeta. Lo cual, por supuesto, no implica con respecto al poeta una
privilegiada situación entre los hombres, sino tan sólo una exacta
ubicación entre los mismos y una rigurosa limitación de su actividad,
que también sería eficaz en el caso de particularizar la calidad de los
médicos, los carpinteros, los soldados o los criminales.
8
¿También el poeta es comunista? -me preguntan por ahí. Para contestar,
yo comenzaría por repetir lo ya dicho: el gran deber del poeta
-comunista o no- se refiere a la esencia misma de la poesía, a la
belleza. Esto supuesto -como suelen decir los profesores de álgebra- su
propia responsabilidad, o si se prefiere, su grado de conciencia
revolucionaria ante las necesidades concretas del tiempo en que ejerce
su creación le indicarán las tendencias temáticas -por ejemplo- que
sería correcto preferir. Y ya que hablamos de la temática, he de agregar
que en este terreno tengo un viejo postulado, al que considero lleno de
honestidad: todo lo que cabe en la vida cabe en la poesía. El poeta -y
por lo tanto el poeta comunista- deberá expresar toda la vida: la lucha
del proletariado, la belleza de las catedrales que nos dejó la Colonia
española, la maravilla del acto sexual, los cuentos temblorosos que
llenaron nuestra niñez, las profecías sobre el futuro feraz que nos
anuncian los grandes símbolos del día.
9
Ahora bien, ¿de qué belleza hablamos, a qué nos referimos al enunciar
«lo bello»? Advertimos claramente el peligro de trabajar con términos
que ha tratado de reivindicar para sí el idealismo. Desde Platón hasta
los modernos suspirantes que se aferran a eso que nunca dejó de ser una
idiotez, la concepción del «arte por el arte», algunas palabras han sido
manipuladas con tal sentido desconcertante, que ahora es bien difícil
para un revolucionario utilizarlas sin hacerse sospechoso de posiciones
que marcan el otro polo filosófico. Como se hace evidente en nuestras
expresiones de más arriba, al hablar de la belleza y de lo bello, no
hemos abandonado un solo instante los territorios de la forma. Ahora
bien, la forma y el contenido componen la unidad inseparable que
configuran la obra de arte. Por ello en ese sentido es que decimos que
la belleza es cuestión de la esencia misma de la poesía. Además,
consideramos el concepto de la belleza y de lo bello como realidades
culturales, dotadas de ámbito histórico y de raíz social.
10
-¿Y las formas «feístas» de la poesía, del Arte?- me preguntan de nuevo.
Este no es un argumento válido contra la esencialidad bella de la
poesía. En las llamadas formas «feístas» sucede o bien que la belleza
está más oculta de lo que se acostumbra (por los medios no tradicionales
con que se transmite) o bien que surge por contraste.
11
La labor creadora del poeta comunista, creo que es evidente, tiene
varios niveles. Según las necesidades cotidianas de la lucha, el poeta
sumergido en el partido de los trabajadores y de los campesinos tendrá
que elaborar ágiles consignas de agitación, coplas satíricas, poemas que
inciten a elevar la rebeldía contra la opresión antipopular. ¿Hasta
dónde el resultado de esta labor es poesía? Hay casos extraordinarios,
pero en general el resultado suele ser desde el punto de la forma
sumamente pobre, aunque en el terreno histórico- político puede llegar a
ser, según las circunstancias, de inmenso valor.
12
El Partido debe formar al poeta como buen militante comunista, como un
cuadro valioso para la acción revolucionaria popular. El poeta, el
creador artístico, debe contribuir en el más alto grado a la formación
cultural de todos los miembros del Partido. El Partido, en concreto,
debe ayudarle al poeta a realizarse como un agitador eficaz, un soldado
de buena puntería, un cuadro idóneo, en una palabra. El poeta debe hacer
que todos los camaradas conozcan a Nazim Hikmet o a Pablo Neruda y
tengan un claro concepto del papel del trabajo cultural dentro de la
actividad general revolucionaria. E inclusive debe hacer que el
Secretario de Organización del Comité Central, por ejemplo, ame a San
Juan de la Cruz, a Henri Michaux o a Saint-John Perse.
13
Hay que desterrar esa concepción falsa, mecánica y dañina según la cual
el poeta comprometido con su pueblo y con su tiempo es un individuo
iracundo o excesivamente dolido que se pasa la vida diciendo, sin más ni
más, que la burguesía es asquerosa, que lo más bello del mundo es una
asamblea sindical y que el socialismo es un jardín de rosas bajo un sol
especialmente tierno. La vida no es tan simple y la sensibilidad que
necesita un marxista para ser verdaderamente tal, lo debe captar
perfectamente. Es deber del poeta luchar contra el esquematismo
mecanicista. Este método impide el desarrollo de la poesía -que como la
conquista del Cosmos debe conservar siempre fresca su sed aventurera- y
lesiona el posible contenido conceptual positivo.
14
Alguien definió al poeta como una persona que no vive normalmente si se
le impide escribir. La construcción de ese concepto es similar a la de
un sentimiento que desde hace ya mucho tiempo siento arraigado en mí: el
de la imposibilidad de ejercer la labor creadora fuera de las filas de
la revolución. Si la revolución, o sea, la lucha de mi pueblo, mi
partido, mi teoría revolucionaria, son los pilares fundamentales en que
quiero basar mi vida y si considero la vida en toda su intensidad como
el gran origen y el gran contenido de la poesía, ¿qué sentido tiene
pensar en la creación cuando se abandonan los deberes de hombre y de
militante? Indudablemente que ningún sentido. Y esto, cabe ser aclarado
aquí, tampoco tiene nada que ver con la «forma expresiva» (y se
perdonará la redundancia) con que la poesía misma debe responder ante
los deberes civiles, por así decirlo.
Este sentimiento al que me refiero tiene respaldo firme en verdades
objetivas. Ilustraré este punto con una líneas de Roger Garaudy,
escritas para hacer un recuento de las conclusiones a que llegó la
«Primera Semana del Pensamiento Marxista» celebrada en París el año
pasado, que señalan sintética y nítidamente los elementos fundamentales
que la posición revolucionaria incorpora a nuestra vida: «El
marxismo-leninismo -dice el sabio profesor francés- nos permite pensar y
vivir las tres fuerzas más grandes que hoy accionan en el mundo, en el
trabajo maravilloso del alumbramiento: el humanismo más completo, la
concepción que más exalta al hombre, con sus horizontes sin fin; el
método científico más seguro, el que se desprende del materialismo
dialéctico; la fuerza más grande para poner en acción esta ciencia y
este humanismo: el proletariado revolucionario.» Amor a la humanidad, el
mejor método para llegar a la verdad y una fuerza que asegura la
realización de la esperanza: ¿se puede concebir otra base mejor para la
poesía?
15
El revolucionario es, entre otras cosas, el hombre más útil de su época.
Porque vive para realizar fines que significan los más altos intereses
de la humanidad. Ello es válido para el poeta revolucionario, en cuanto
revolucionario y en cuanto poeta, puesto que desde que publica su
primera palabra está dirigiéndose a todos los hombres, en defensa de los
más altos anhelos de los mismos. Por lo tanto es una tontería discutir
tan siquiera con quienes afirman que la función social y la actitud
humanística en la poesía son elementos al menos extrapoéticos. Tontería,
principalmente, porque tal discusión implica de por sí un
renunciamiento a priori a la universalidad de la poesía.
16
Es hermoso considerar al poeta como un profeta. En sí tal consideración
es un acto poético en que el creador de los poemas se nos aparece
oteando desde los altos montes el porvenir de la humanidad y señalando
los grandes caminos. Yo prefiero sin embargo ubicar al poeta más como
escudriñador de su propio tiempo que el futuro, porque, quiérase o no,
al insistir demasiado en lo que vendrá perdemos en algún nivel las
perspectivas inmediatas y corremos el riesgo de no ser entendidos por
todos los hombres que se encuentran sumergidos en lo cotidiano. El mismo
problema de la Revolución merece ser enfocado -dentro del quehacer
poético- desde ese punto de vista. Para el caso y por ejemplo ¿debemos
los poetas revolucionarios latinoamericanos centrar nuestra labor en el
anunciamiento de la sociedad socialista antes de elevar a la categoría
del material poético las contradicciones, desastres, taras, costumbres y
luchas de nuestra sociedad actual? Yo, sinceramente, creo que no.
Considero que el lector promedio del mundo capitalista, para convencerse
de la necesidad de la Revolución, deberá entre otras cosas conocer la
estructura de los bajos esquemas mentales de la burguesía, la sordidez
de los hechos individuales en su submundo capitalista, el choque entre
los nobles sentimientos humanísticos y la chatura del ambiente surgido
de la explotación. Además, entiendo que al lector debe dársele la
oportunidad de conocer nuevos puntos de vista sobre la vida,
acontecimientos y personajes, por ejemplo, de la vida nacional, sobre la
cual se le ha impuesto una versión expurgada por parte de las clases
dominantes que la literatura, por sus medios específicos, tendría muy
poca dificultada en combatir. Sólo después de una labor tal, que implica
-no lo ignoro- una gran parte de acción destructiva, es posible
comenzar a edificar, sin rémoras mayores, el anunciamiento del futuro. Y
hay que advertir un punto de vista esencial; a esta tesis le otorgo
validez en la etapa insurrecional y en la etapa de triunfo de cualquiera
revolución latinoamericana. E incluso cuando esa revolución haya tomado
ya el camino de la construcción del socialismo. Aunque en este último
caso, evidentemente, seguiría teniendo tan sólo una vigencia parcial.
17
Honor del poeta revolucionario: convencer a su generación de la
necesidad de ser revolucionario hoy, en la época dura, la única que da
posibilidades de ser sujeto de epopeya. Ser revolucionario cuando la
revolución ha eliminado a sus enemigos y se ha consolidado en todos los
sentidos puede ser, sin lugar a dudas, más o menos glorioso y heroico.
Pero serlo cuando la calidad de revolucionario se suele premiar con la
muerte es lo verdaderamente digno de la poesía. El poeta toma entonces
la poesía de su generación y la entrega a la historia.
ROQUE DALTON
"Poesía y militancia en América Latina", en Casa de las Américas, 3.20 (La Habana, Cuba, 1963).
|
Tus compras en |
||||
|
Argentina |
Brasil |
Colombia |
México |
Venezuela |
| |