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Tomás Eloy Martínez
Periodista y escritor
(1934-2010)
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Hace ya casi cuatro décadas, el 1 de enero de 1953, un joven periodista
colombiano desembarcó en Maiquetía, el aeropuerto de Caracas, después
de tres años de escribir en Roma sobre los ataques de hipo de Pío XII y
de terminar los originales de su segunda novela en el invierno
implacable de París. De la mano de dos colegas fraternales entró en
Caracas, atravesó el fulgor de las autopistas y se emocionó ante los
reflejos malvas que exhalaba el Avila en ese momento del crepúsculo.
Antes de que pudiera disipar los sopores del viaje en avión por el
Atlántico, fue abandonado en una sala de redacción sin ventanas,
iluminada por sucios tubos de neón, donde un hombre flaco, nervioso,
con anteojos oscuros, daba órdenes frenéticas y a menudo
contradictorias a un par de vascos que se afanaban sobre una mesa de
dibujo.
En
la mitología que cada quien crea para su uso personal, ése ha sido para
mí el instante en que nació en América Latina lo que se conocería
después como «nuevo periodismo» o «periodismo literario», y el punto de
partida del moderno periodismo cultural. La sala de redacción, ubicada
en una casa desvencijada de San Bernardino, pertenecía a la revista
semanal Momento. El joven colombiano se llamaba, como tal vez ustedes
ya lo han adivinado, Gabriel García Márquez. Uno de los colegas que le
habla dando la bienvenida en Maiquetía era Plinio Apuleyo Mendoza, jefe
de redacción de Momento. Quien estaba con él era su hermana Soledad,
que más tarde en la vida también dirigiría en este país revistas y
suplementos. Aquellos vascos de la mesa de dibujo se llamaban --me han
dicho-- Karmele Leizaola y Paul de Garat. Y al hombre de anteojos
oscuros, Carlos Ramírez Mac Gregor, se lo conocía entonces en Caracas
como «el loco», porque se había echado sobre las espaldas la
irresponsable misión de editar una revista donde la realidad se parecía
a las novelas.
Esa fundación mítica del periodismo cultural es un
apólogo con tantos significados que aún ahora, treinta y siete años
después, se puede leer como si fuera una noticia del periódico de
mañana. Primero, porque la época en que sucedía esa historia coincidía
con el nacimiento de la democracia, que se le había negado a Venezuela
durante todo el siglo --con el fugaz intervalo de la presidencia de
Rómulo Gallegos--, y que al fin era conquistada con un alto precio de
sangre, torturas, exilios y cárceles. Y también porque en la redacción
de Momento confluían hombres de otros rincones de la lengua española,
aventados de sus patrias por las desventuras de la persecución política
y de las guerras.
Las grandes crónicas de aquellos años
fundacionales nacieron al amparo de una realidad que se iba creando a
medida que se la escribía. Estaba a punto de secarse el dique de La
Mariposa, y en vez de decirlo así, con esas palabras de álgebra, García
Márquez inventaba a un personaje que para poder afeitarse en la ciudad
sin agua se mojaba la cara con jugo de duraznos. Se caía a pedazos la
dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y para no contar la historia como en
los telegramas de las agencias de noticias, el joven narrador de La hojarasca
explicaba que, a los hombres de la resistencia, «los días les estaban
quedando cortos». Enriquecido por un lenguaje de novela, transfigurado
en literatura, el periodismo desplegaba ante los ojos del lector una
realidad aún más viva que la del cine. Todo parecía tan nuevo como si,
al cabo de un largo olvido, las cosas pudieran ser nombradas por
primera vez. ¿De dónde sino de ese instante salió el afán de ir
inscribiendo el nombre verdadero de los objetos y las funciones para
las que sirven, como se lee en Cien años de soledad?
Si
aquellas crónicas revolucionarias fluyeron con naturalidad en la
Caracas tempestuosa e incierta de 1958 fue porque habla una larga
tradición que la hizo posible. El terreno había sido antes fecundado
por José Martí en sus escritos para La Opinión Nacional durante los
años de Guzmán Blanco, por los estremecedores relatos de Canudos que
Euclides da Cunha compiló en Os Sertoés, por los cronistas
apasionados del modernismo --Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera,
Julián del Casal-- y por los escritores testigos de la Revolución
Mexicana. A esa tradición se incorporaron más tarde los reportajes
políticos que César Vallejo escribió para la revista Germinal, las
reseñas sobre cine y libros de Jorge Luis Borges, los aguafuertes de
Roberto Arlt, los medallones literarios de Alfonso Reyes en La Pluma,
los editoriales de Augusto Roa Bastos en El País de Asunción. los
cables delirantes que Juan Carlos Onetti escribía para la agencia
Reuter, las minuciosas columnas barrocas de Alejo Carpentier y las
crónicas sociales del mexicano Salvador Novo.
Todos, absolutamente
todos los grandes escritores de América Latina fueron alguna vez
periodistas. Y a la inversa: casi todos los grandes periodistas se
convirtieron, tarde o temprano, en grandes escritores. Esa mutua
fecundación fue posible porque, para los escritores verdaderos, el
periodismo nunca fue un mero modo de ganarse la vida sino un recurso
providencial para ganar la vida. En cada una de sus crónicas, aun en
aquellas que nacieron bajo él apremio de las horas de cierre, los
maestros de la literatura latinoamericana comprometieron el propio ser
tan a fondo como en el más decisivo de sus libros. Sabían que, si
traicionaban a la palabra hasta en el más anónimo de los boletines de
prensa, estaban traicionando lo mejor de sí mismos. Un hombre no puede
dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce
de la noche y el gacetillero indolente que deja caer las palabras sobre
las mesas de redacción como si fueran granos de maíz. El compromiso con
la palabra es a tiempo completo, a vida completa. Puede que un
periodista convencional no lo piense así. Pero un periodista de veras
no tiene otra salida que pensar así. El periodismo no es algo que uno
se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con
nosotros, que respira y ama con nuestras mismas vísceras y nuestros
mismos sentimientos.
Aunque los Estados Unidos han reivindicado para
sí la invención o el descubrimiento del periodismo literario, de las
factions o de las «novelas de la vida real», como suelen denominarse
allí los escritos de Truman Capote, Norman Mailer y Joan Didion, es en
América Latina donde nació el género y donde alcanzó su genuina
grandeza.
El periodismo encuentra su sistema actual de
representación y la verdad de su lenguaje en el momento en que se
impone una nueva ética. Según esa ética, el periodista no es un agente
pasivo que observa la realidad y la comunica; no es una mera polea de
transmisión entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a
través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones
y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para
qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está
viendo por primera vez.
Siempre que las sociedades han estado a
punto de cambiar de piel, los primeros síntomas de ese cambio han
aparecido en la cultura. Piénsese en las canciones de los Beatles o en
las novelas «del camino» de Jack Kerouac y se encontrará prefiguradas
en ellas la rebeldía, la avidez mística y el heroísmo anárquico de las
dos décadas que siguieron. Piénsese en la soledad escéptica de los
personajes que aparecen en las novelas que Raymond Carver o Paul Auster
escribieron en los años 80 y se obtendrá un retrato cabal de las
reivindicaciones capitalistas de este final de siglo. En la cultura es
posible descubrir los modelos de realidad que se avecinan y que aún no
han sido formulados de manera consiente.
Imagínense cuánta
responsabilidad entraña dar cuenta de eso. No sería posible cumplir
cabalmente con semejante misión si cada quien, ante la hoja o la
pantalla en blanco, no se repitiera una vez y otra: «Lo que escribo es
lo que soy, y si no soy fiel a mi mismo no puedo ser fiel a quienes me
lean». Sólo de esa fidelidad nace la verdad, aunque de esa verdad nacen
siempre los riesgos.
Estos son tiempos de dispersión y de
desencuentro para la cultura de América Latina. El continente que hasta
hace apenas un cuarto de siglo parecía férreamente unido exhibe ahora
graves signos de intolerancia e incomunicación. Desde la metrópoli nos
anunciaron que había llegado el fin de la historia --lo que también
significa el fin de las utopías-- y nos vaticinaron una era de bonanza
bajo el modelo triunfante del neoliberalismo. La mayoría de nuestros
gobiernos democráticos han aceptado ese credo, con la certeza de que
las miserias actuales afrontadas por los pueblos latinoamericanos serán
compensadas por las abundancias del futuro. «Para que haya menos pobres
es necesario que, antes, los ricos sean mucho más ricos», afirma la
doctrina neoliberal. Ese mandato de resignación se asemeja al de las
religiones fatalistas: «Para entrar en el reino de los cielos es
necesario ser antes humillado y ofendido». Los vaticinios han sido
errados, no porque nuestros pueblos sean impacientes o insensatos, sino
porque la resignación termina donde empieza la voluntad de sobrevivir.
Es
en el orden de la cultura donde el neoliberalismo ha resultado más
pernicioso en América Latina. Esperábamos que las consignas de libertad
sirvieran para derribar muros, fronteras, y para fortalecer la unidad
de nuestras naciones a la sombra de un proyecto de bien común. Por lo
contrario, estamos más divididos que nunca: hemos dejado de leer nos
los unos a los otros, porque las incesantes convulsiones de la realidad
y la necesidad imperiosa de sobrevivir en un afuera siempre hostil nos
consumen las energías y los sueños. Hemos dejado de vernos, de oírnos,
de conocernos. El modelo neoliberal ha tornado tan alto el precio de
cualquier conocimiento que todo lo que podríamos ser se nos escapa de
las manos día tras día. Se han acentuado los nacionalismos, los
regionalismos, los fanatismos y todas esas odiosas vallas que tanto
empobrecen la condición humana. Somos más débiles como naciones, porque
ya no podemos negociar unidos con los poderes de las metrópolis, sino
que debemos hacer todo por separado y a espaldas los unos de los otros.
Hubo
momentos de la historia en que América Latina alzó la voz como si su
inteligencia, sus emociones y su lengua fueran una sola. Cada vez que
el continente podía hablar al unísono, despuntaba en la cultura una
nueva edad de oro. Sucedió en las décadas de lucha por la
Independencia. Sucedió en los años del primer centenario de las
revoluciones nacionales (que fueron también los años de la revolución
mexicana), cuando los grandes poetas de América acudían a Buenos Aires
para celebrar la inminente grandeza de nuestras naciones; también
sucedió en los años 60, cuando la revolución cubana nos encendió el
espíritu y La Habana se convirtió en el viento que parecía poner fin a
todas las mordazas de la inteligencia. Y también, aunque de un modo más
desordenado y clandestino, sucedió en los aciagos 70, cuando las
dictaduras militares arrojaron su sombra sobre todos nosotros y sólo la
conciencia de que estábamos juntos nos ayudaba a resistir.
Una de
las secretas fuerzas del periodismo de buena ley es su capacidad para
fortalecerse en la adversidad, para soslayar las censuras y las
mordazas, para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptible e
insumisa cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen.
Se han probado ya las más diversas armas para acallar su voz incómoda:
se lo ha reprimido con la prisión, con el cepo, con la hoguera; se lo
ha tratado de espantar con bombas a medianoche y asesinatos en el
resguardo de las redacciones; se han probado el soborno, la seducción
de los premios y de los honores, el hospicio, las amenazas de muerte,
el exilio, sin conseguir que el periodismo sepulte o domestique sus
verdades. Una de las últimas estrategias del Poder fue simular
indiferencia. Cada vez que el periodismo alzaba su voz, el Poder no
oía. La sordera, los desaparecidos y la simulación de ignorancia ante
los crímenes del Estado fueron las grandes contribuciones de las
dictaduras militares del Cono Sur a la historia política. Cuando el
Poder se declara iletrado, cuando el Poder no lee, la escritura no lo
lastima. Algunas democracias neoliberales han asimilado esa lección.
Hasta
hace cuatro décadas, las páginas culturales eran el único espacio de
libertad en los medios. Los empresarios menos conformistas acuñaron por
entonces un precepto que pronto se convirtió en patrón de conducta:
según esa regla de oro, los periódicos debían ser independientes en sus
informaciones políticas y conservadores en las secciones económicas.
Con la cultura se podía ser osado, utópico, rebelde o «de izquierda»,
como solía decirse entonces. A la cultura nadie le prestaba demasiada
atención. La cultura era la loca de la casa.
El advenimiento de la
revolución cubana alteró esos códigos de comportamiento, porque la
cultura comenzó a convertirse en un espacio incontrolable de debate
político. En el siglo XIX, el Poder podía enmendar o tomar a la ligera
los testimonios del periodista. Un ejemplo memorable de ese desdén fue
la actitud que asumió el editor del diario La Nación de Buenos Aires,
Bartolomé Mitre, cuando José Martí envió desde Estados unidos una
crónica sobre las elecciones presidenciales de 1880. Como lo que Martí
relataba era un proceso democrático, Mitre neutralizó la información
con un título que la negaba como verdad: «Narraciones fantásticas».
Inseguro de la eficacia de su advertencia, añadió esta aclaraci6n:
«Martí ha querido darnos una prueba del poder creador de su
privilegiada imaginación enviándonos una fantasía que, por lo ingenioso
del animado y pintoresco del desarrollo escénico, se impone al interés
del lector. Solamente a José Martí, el escritor original y siempre
nuevo, podría ocurrírsele pintar a un pueblo, en los días adelantados
que alcanzamos, entregado a las ridículas funciones electorales...»
En
la segunda mitad de este siglo, en cambio, la amplitud y celeridad de
los mecanismos informativos impidió que los textos quedaran sometidos a
las manipulaciones que padeció Martí. Los escritores entablaron un
diálogo de igual a igual con el Poder, y las crónicas de los
corresponsales-escritores dejaron de tener la función inocua e
inofensiva que se les había adjudicado.
Hacia atrás, a lo largo de
todo el pasado, el Poder había podido imponer su voluntad impunemente.
La escritura de la historia era, en última instancia, la escritura del
Poder. Cuando la escritura transgredía las conveniencias del Poder, se
la suprimía, se la vetaba, se la silenciaba. A sor Juana Inés de la
Cruz le vetaron el saber y el decir. Se lo vetaron por mujer, porque
una mujer no podía saber. Y se lo vetaron por monja, porque una monja
no tenía derecho a decir. A fray Servando Teresa de Mier le prohibieron
los sermones y a Simón Rodríguez le censuraron las enseñanzas porque en
ambos las palabras eran como una llama sin freno: quemaban todo lo que
tocaban. Se les llamó locos, porque la transgresi6n y el coraje han
sido siempre para el Poder lenguajes de locura, como bien lo supieron
las Madres de la Plaza de Mayo --«las locas»-- cada vez que alzaron la
voz.
No bien la escritura se dio cuenta de que podía entablar un
diálogo de igual con el Poder, se multiplicaron las estrategias para
cerrarle el camino. En un libro memorable, Idea de la Historia,
el filósofo inglés Robin George Collingwood advirtió que «sólo lo que
se escribe es histórico», sólo lo que ha sido escrito permanece. En el
pasado, bastaba con prohibir o excomulgar: la amenaza del patíbulo
garantizaba el silencio de los insumisos. Pero ahora, ¿qué podía hacer
el Poder? Se imaginaron diversos recursos: las asfixias económicas, los
vetos publicitarios, la suspensión, el cierre o la mera compra de los
medios, las coimas, mordidas o palangres, las ofertas de cargos
públicos, para citar sólo aquellos recursos que parecen más
civilizados. Una forma sutil y sinuosa de neutralizar el vigor de la
palabra fue apagar ese vigor desde su propio nacimiento. Para lograrlo,
se incitó al escritor a que descuidara su instrumento. A un escritor
que desafina nadie lo lee.
En los tiempos en que Collingwood publicó su Idea de la historia,
se dividieron las aguas de la inteligencia. Algunos creadores se decla
raron impotentes ante la barbarie del poder y partieron al exilio, para
salvar la dignidad o, en los casos extremos, para salvar la vida. Es el
camino que emprendieron Thomas Mann, Fritz Lang, Bela Bartok, Hermann
Broch. Otros inclinaron la cerviz y se entregaron, como parece haber
sucedido con Heidegger y con Richard Strauss. Otros supusieron
erradamente que debían sacrificar lo que pensaban o callar lo que veían
en nombre de un proyecto político superior. A esa tentación cedieron
miles de los mejores intelectuales de Occidente, seducidos por los
espejismos del «padrecito Stalin», con excepciones tan honrosas y
singulares como la de André Gide. Se creía entonces que era preciso
callar en nombre de cierta conveniencia política, de cierto futuro, sin
advertir que no hay modo más brutal de enajenar el propio futuro que el
silencio, puesto que el silencio siempre acaba convirtiéndose en
complicidad.
Es verdad que, en algunos casos, la brutalidad del
Poder impone la retórica excluyente del silencio. Para poder hablar
después hay que sobrevivir ahora. Ésa fue la desgarradora alternativa
que afrontaron los internados de los campos de concentración, donde
quiera existieron esos campos: en Auschwitz, en la isla Dawson, en las
«peceras» de Buenos Aires. ¿Enfrentarse al Poder con la certeza de la
derrota o fingir resignación ante el Poder para dar luego testimonio de
la ignominia? Pero cuando el silencio dura demasiado tiempo, la palabra
corre el riesgo de contaminarse, de volverse cómplice. Para hablar hace
falta valor, y para tener valor hace falta tener valores. Sin valores,
más vale callar.
Hace poco más de diez años, a medida que se iba
reconquistando la democracia en Brasil, Uruguay, Argentina, Chile o
Bolivia, algunos periodistas pensaron que debían callar los errores de
la democracia porque la sombra de las dictaduras militares todavía se
alzaba en el horizonte y señalar los tropiezos de algo por lo que tanto
se había luchado y que era tan fresco aún, tan inmaduro, equivalía a
una traición. Para cuidar la democracia, se pensaba, era preciso
disimular los pasos en falso de la democracia. Y sin embargo, nada es
menos democrático que callar. ¿Qué sentido tendría proteger a la
democracia privándola de su razón de ser: la libertad de pensar, de
expresar, de saber? ¿Para qué queremos la democracia si no nos
atrevemos a vivirla?
Hay que cuidar las formas, me repetía un jefe
de redacción en el diario donde me inicié cuando era adolescente. Hay
que conciliar, me decía, hay que entender el juego del Poder. Esa fue
la primera enseñanza contra la cual me sublevé. Siempre he pensado (y
éste es un tema para discutir largamente) que el periodismo no tiene
sino dos formas que cuidar: la de su herramienta --el lenguaje--; y la
de su ética, que no responde a otro interés que el de la verdad. No
tiene por qué conciliar, con nada ni con nadie. Su misión es en eso
idéntica a la del artista: revelar los abismos y las luces más secretos
del hombre, agitar las aguas, estimular la imaginación, provocar el
cambio, luchar sin sosiego para que las perezas y los conformismos que
adormecen la inteligencia sean derribadas con el mismo estrépito
liberador que hace tres milenios hizo caer las murallas de Jericó.
Si
el periodista concilia, si transa con el Poder, si se vuelve cómplice
de la mentira y de la injusticia, no sólo está traicionándose a sí
mismo. Traiciona, sobre todo, la fe que el lector ha puesto en él, y
con eso destroza el mejor argumento de su legitimidad y el único escudo
de su fortaleza.
Entre la misión del artista y la del periodista
hay, sin embargo, una diferencia esencial: la naturaleza del diálogo
que cada uno de ellos establece con el público. Para el artista, crear
pensando sólo en el éxito es algo suicida, porque cuando el arte trata
de satisfacer a todo el mundo termina por no satisfacer a nadie. El
diálogo entre la obra de arte y el público nace sólo cuando la obra ya
está terminada. Hasta ese momento, nada debe contar para el artista: ni
la música de los aplausos ni los halagos de lo que está de moda. Lo
único que importa en el momento de la creación es la fidelidad del
artista a lo que él es.
El periodista, en cambio, está obligado a
pensar todo el tiempo en su lector, porque si no supiera cómo es ese
lector, ¿de qué manera podría responder a sus preguntas? En el
periodista, entonces, hay una alianza de fidelidades: fidelidad a la
propia conciencia, fidelidad al lector y fidelidad a la verdad. El
lector es siempre un factor mucho más activo y exigente de lo que
algunos empresarios suelen suponer. A la avidez de conocimiento del
lector no se la sacia con el escándalo sino con la investigación
honesta, no se le aplaca con golpes de efecto sino con la narración de
cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se
lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se
desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la información
precisa. Cada vez que un periodista arroja leña en el fuego fatuo del
escándalo está apagando con cenizas el fuego genuino de la información.
El periodismo no es un circo para exhibirse, sino un instrumento para
pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una
vida más digna y menos injusta.
Porque, a semejanza del artista, el
periodista es también un productor de pensamiento. En este fin de siglo
neoliberal tan orgulloso de sus certezas, tan convencido de que ya
hemos llegado al «fin de la historia», la cultura tiene la misión de
ver la realidad como una enorme interrogación, como una perpetua duda,
y de imaginar el futuro como una incesante utopía. El hombre se ha
movido en las oscuridades de la historia a golpes de utopía, y la
utopía es lo que ha permitido al hombre seguir teniendo fe en la
historia.
En casi cada país de América Latina que he visitado me
dicen que estos son los tiempos más difíciles que se han vivido.
¿Alguna vez, sin embargo, nuestros tiempos han sido de otro modo? Los
tiempos difíciles suelen ser aquéllos en que uno se formula las
preguntas importantes y en que, para sobrevivir, necesita contestar a
esas preguntas lo antes posible. Cuando Atenas produjo las bases de la
civilización, afrontaba conflictos políticos y padecía a líderes
demagógicos semejantes a muchos de los que hoy se ven por estas
latitudes. Y sin embargo, Arist6teles imaginó las premisas de la
democracia a partir de los rasgos que tenía entonces Atenas. En el
siglo XVII nadie podía imaginar tampoco hacia dónde se encaminaba
Inglaterra. Se sucedían las guerras de religión y de conquista, los
reyes iban y venían del cadalso, pero del magma de esas convulsiones
brotaron las grandes preguntas de la modernidad y las geniales
respuestas de Locke, de Hume, de Francis Bacon, de Newton, de Leibniz y
de Berkeley. Del caos de aquellos años nacieron las luces de los tres
siglos siguientes.
Algo semejante está sucediendo ahora en América
Latina. Cuando más afuera de la historia parecemos, más sumidos estamos
--sin embargo-- en el corazón mismo de los grandes procesos de cambio.
En tanto periodistas, en tanto intelectuales, nuestro papel, como
siempre, es el de testigos. Somos testigos privilegiados. Por eso es
tan importante conservar la calma y abrir los ojos: porque somos los
sismógrafos de un temblor cuya fuerza viene de los pueblos.
Hacia
dónde nos están llevando los vientos de la historia es algo difícil de
ver o predecir ahora. Sólo sé que en este confuso filo del milenio,
tenemos que ponernos a pensar juntos. Es preciso renovar las utopías
que languidecen en el cansado corazón del hombre. Una de las peores
afrentas a la inteligencia humana es que sigamos siendo incapaces la
libertad y en la justicia. No me resigno a que se hable de libertad
afirmando que para tenerla debemos sacrificar la justicia, ni que se
prometa justicia admitiendo que para alcanzarla hay que amordazar la
libertad. El hombre, que ha encontrado respuesta para los más complejos
enigmas de la naturaleza no puede fracasar ante ese problema de sentido
común.
Ya que fue cerca de aquí, en Caracas, donde el periodismo
latinoamericano tomó conciencia por primera vez, hace treinta y siete
años, de que podíamos narrar el mundo a nuestra manera, con un lenguaje
que no se parecía a ningún otro, me parece justo que sea aquí, en
Cartagena donde al fin de cuentas empezó esa historia) donde afirmemos
nuestro derecho a reclamar un mundo que no se parezca a ningún otro, y
que pongamos nuestra palabra de pie para ayudar a crearlo.
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