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LA CONTINUIDAD DE LA VIOLENCIA COMO RESULTADO DE LA INDIFERENCIA SOCIAL. archivo del portal de recursos
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JORGE EDWARD OCAMPO SUAREZ
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“Aquellos que pueden renunciar a la libertad esencial
para obtener una pequeña seguridad temporal, no merecen
ni la libertad ni la seguridad”
Benjamín Franklin
“Girardot, mayo 30 de 2008. Steven* corría alegre por el campo aquella mañana hasta que su risa se apagó. Cuando lo encontraron, se supo que una mina antipersona había acabado con su felicidad. Hoy, por las calles de su pueblo, sólo se le ve ir a la iglesia, acompañado de sus padres, en una silla de ruedas; porque sus pies ya no son parte de él”.
* El verdadero fue alterado para respetar la identidad del protagonista.
Cuando se leyó la noticia en la cartelera de la Universidad, todos, después de una hojeada, pasaron de largo, ni su mirada se entristeció, ni hubo ningún gesto extraño en su rostro. La realidad siguió siendo la misma y nadie le importo. A partir de ese momento, entonces, volví a preguntarme a que causas se debía la indiferencia de todos frente a una noticia de esta magnitud que había dejado frustrado a un niño de por vida.
Y entonces, teniendo presente la necesidad de escribir un ensayo referente a la violencia, que tal vez, creo podría resultar extravagante (después de estar un semestre escuchando a Natalia hablar de Violencia Política en Colombia) seguirlo haciendo; por el contrario y como una forma de encontrar respuestas, me di a la tarea de construir varias teorías como posible respuesta a la actitud asumida por los compañeros y por el pueblo en general ante la violencia actual del país, respuesta que no se ha dado porque puede ser que nunca han tenido la pregunta frente a sus ojos o simplemente es que alimentan el idealismo esperando soluciones mágicas, para tal cometido mi primera acción será dejar a un lado de antemano, claro está, aquella teoría que en el bachillerato esbozaba mi maestro de filosofía {que no comparto en absoluto y que ahora en retrospectiva me da un poco de vergüenza} acerca de que todos los hombres, en la medida en que vamos creciendo, perdemos nuestra capacidad de asombro.
La primera teoría consiste en que como no a todos los colombianos ha tocado de manera directa la violencia, entonces les importa poco lo que sucede a su alrededor o los problemas en que puedan verse envueltos los demás integrantes de la sociedad; la segunda, por su parte, radica en que como los ciudadanos ven que ante sus quejas no se hace nada ni se brinda ninguna solución, prefieren quedarse parados frente a una realidad atroz antes que perder su tiempo acudiendo a quien a quien no hará nada (como ellos), traduciéndose entonces en una especie de falta de credibilidad en el Estado.
Sin embargo, tomar partido por una de ellas es una difícil tarea, que requiere de estudios complejos sobre el tema y el análisis de tesis de expertos que se han dedicado a ello, siendo apenas el presente una aproximación a un resultado más personal que documental, pero no por ello falto de objetividad, y como ensayo, trata de reunir sus principales características.
La verdad es que resulta sorprendente que frente a noticias sobre muertes, desaparecimientos, secuestros y tragedias de toda índole, el pueblo en general no actúe en forma proporcional y deje pasar estos acontecimientos sin pena ni gloria, como si se tratara de algo a lo que no vale la pena dedicar un minuto al día.
Inútil seria plantear soluciones inmediatas en tratándose del primer caso, en el que la indiferencia se debe a que como la violencia no los ha tocado de manera directa {pero, ¿a quién no ha tocado la violencia si ella repercute en todos los ámbitos –sociales, económicos, culturales, políticos, etc…?} a nadie le importa lo que sucede a su alrededor; este compromete a inconscientes sociales que creen que en un país como Colombia no estar directamente afectados por la violencia es una especie de victoria o salvación a una tragedia y en ese orden de ideas podría verse como el inicio de un caos que se aproxima.
Las personas que hacen parte de esta categoría no viven en sintonía con los demás seres que componen la sociedad: son personas que a pesar de vivir en sociedad, están al margen de ella, no importándoles el entorno social en el que realizan su vida. Podría llamársele una especie de anemia social, que hace a la persona indiferente a cuento sucede en su entorno, bueno o malo, pues no es capaz de prestarse para hacer algún bien cuando las necesidades de quienes viven a su alrededor lo están pidiendo.
Infortunadamente no son pocos los que padecen esta enfermedad social que convierte a las personas en perezosas, indolentes y socialmente negativas, olvidándoseles que en la sociedad nada se construye con personas aisladas; el concurso de todas sus partes se requiere para la construcción de la misma, porque es allí; cuando sus miembros son activos, dinámicos y ejecutivos cuando avanza, se desarrolla y progresa, porque con componentes de la sociedad anémicos nada se construye para el bien social.
En el segundo de los casos, igualmente vamos viendo la entrada a un túnel oscuro y sin salida, porque si creemos desde ya que no hay solución en tanto el órgano estatal no la brinda, estamos condenados a la perdición, como si estas personas, invocando el espíritu de adaptación aprendieran a vivir en medio de las balas, muchos de ellos seguramente se enorgullecen de no leer prensa, ni ver las noticias en televisión ¿para qué hacerlo?, ¿para ver lo que hicieron esos terroristas hoy?..... ¡de todos modos ya esta hecho! que le vamos a hacer… entonces estamos construyendo una realidad que no es la nuestra y que no tiene ningún norte.
Lo cierto es que la indiferencia, en cualquiera de las dos teorías apostadas, implica acostumbrarse a que nada pasa y a que nada sucede y permite que las riendas de los sucesos comunitarios y mundiales sean dominados por los que son menos [¡¡¡¡somos más los indiferentes!!!!]. E incluso después de analizar ambas teorías y concluir que nada novedoso arrojan, me aventuro por una teoría matemática en la que posiblemente ambas convergen: entre menos se ahonda en la realidad y entre menos se penetra en el mundo, mayor es la indiferencia:
- realidad + - penetración en el mundo real = MAYOR INDIFERENCIA.
Porque la indiferencia es, en algunos, un síntoma, y en los más afectados, una enfermedad: enfermedad del individuo y en ocasiones de la sociedad. Resulta también ser un fantasma moderno que recorre no solamente nuestro país sino además el mundo entero. Que lo recorre y lo asfixia y que ha alejado al ser humano del mismo ser humano; es un mal social porque apela a la neutralidad en tiempos donde ésta no puede existir.
Quizá yendo un poco más allá, podemos apostar por otra teoría, que en el camino resulta ser una opción, y que como tal puede ser destruida: La indiferencia se nutre de la tecnología, de muchas propagandas publicitarias y del constante ruido al que esta sometida la población que vive rodeada de algunos bienes de la modernidad; por ello, al nutrirse de esas fuentes, el desapego social se incrementa al igual que el interés por el medio circundante. Todo un círculo: de la indiferencia al desapego; del silencio a la injusticia. Así lo consideró Tadeusz Borowski, confinado en Auschwitz como preso político y no como judío: “Mirad en que mundo tan original vivimos: ¡que pocos hombres quedan en Europa que no hayan matado a otros! ¡Y que pocos hombres quedan a los que otros no quieran matar!”.[1] El mensaje es claro: la injusticia es directamente proporcional, entre otras circunstancias, al grado de indiferencia. Y he aquí de nuevo la matemática Pitagórica en todo su expresión, donde el número es la base de todo.
Y si nos vamos a la definición a partir de la palabra, podremos encontrar mayores sorpresas, pues la indiferencia puede tener muchas acepciones. Algunos la consideran como la base del libre albedrío; otros, un estado síquico que hace imposible tomar decisiones, y hay quienes consideran que lo indiferente es lo que no pertenece ni a la virtud ni al vicio, pero para el caso que nos ocupa, parece más conveniente la siguiente: “…. temple de ánimo que cubre todas las cosas con un velo que las hace parecer iguales”.[2]
En tiempos como estos, esa ausencia de ánimo y de movimiento, se nutre, apostando por aquella teoría, de la parafernalia encargada de distraer al ser humano y de minimizar el poder de la voluntad. Y justamente la indiferencia es un estado que impide pensar, que evita el compromiso, que aleja, es una forma de despersonalización, fruto de las vías insanas que ejercen algunos medios de comunicación y del exceso de propaganda y de ruido. El suicidio de Borowski –se había decepcionado, en la posguerra, del Partido Comunista Polaco- y sus palabras, son un ejemplo brutal del inmenso poder de la indiferencia.
Y pareciera que al interior de la familia no se está haciendo mucho por cambiar este oscuro panorama, porque el diálogo importa poco y los hogares disgregados van siendo una constante. Es evidente que desde la más pequeña edad, debe la familia formar a sus miembros, con el sentido de servir socialmente en el medio en que viven y hacer reflexionar a los niños y jóvenes del bien que reciben por pertenecer a determinado grupo social en que desarrollan su vida, hacerles ver todo el bien que reciben por vivir en sociedad, y darles a conocer de cuantos beneficios se privarían si no vivieran en sociedad, porque de ella reciben un sinnúmero de servicios tanto del orden civil como del orden público, pues sociedad y gobierno están siempre en una actitud de servicio.
Pero como queda dicho, este es un punto de educación social que lamentablemente a veces se descuida, y en la escuela se forma o instruye a quienes dirigirán el mañana, en toda clase de materias que parecieran más importantes, pero no así en los deberes sociales para con los demás como respuesta a los bienes que recibimos de los conciudadanos. Por eso se hace indispensable que desde temprana edad la familia sea una escuela de formación de sus miembros, porque cada hogar, cada familia, es una escuela de formación social ya que normalmente la escuela a la que van los miembros de la familia desde su infancia solamente instruye en diversas materias, que como dije parecieran más importantes, no desconociendo su valor, utilidad y necesidad de aprenderlas, pero no forma, no educa, no prepara para la vida social; instruye en muchos temas pero no forma, en general, para la vivencia social, por eso el papel de esta formación ocupa un lugar primordial en el seno de la familia; de ahí que la familia se transforme en una escuela de formación social en la que el centro de la misma sea la persona humana con todos sus derechos y deberes.
Solamente a partir de la formación direccionada en este sentido, afianzaremos en la solidaridad (en oposición a al indiferencia), que debe permitir un encuentro transparente entre todos, en un camino que nos permita actuar juntos como artesanos de la vida.
Hay poema de Carlos Pezoa Véliz, de chile, titulado “Nada”, que se me ocurre transcribir para ilustrar el tema, ya que resalta la miseria de los marginales y la indiferencia social frente a ellos:
“Era un pobre diablo que siempre venía cerca de un gran pueblo donde yo vivía; joven rubio y flaco, sucio y mal vestido, siempre cabizbajo..... ¡Tal vez un perdido! Un día de invierno lo encontramos muerto dentro de un arroyo próximo a mi huerto, varios cazadores que con sus lebreles cantando marchaban..... Entre sus papeles no se encontró nada..... Los jueces de turno hicieron preguntas al guardián nocturno: éste no sabía nada del extinto; ni el vecino Perez, ni el vecino Pinto.
Una chica dijo que sería un loco o algún vagabundo que comía poco, y un chusco que oía las conversaciones se tentó de risa.... ¡Vaya unos simplones!.
Una paletada le echó el panteonero; luego lió un cigarro, se caló el sombrero y emprendió la vuelta.... Tras la paletada, nada dijo nada, nadie dijo nada....”.
Entonces, si la indiferencia social no permite avanzar en una dirección hacia el futuro, hay que comenzar a ser conscientes de que nuestra realidad puede ser cambiada, porque realmente la indiferencia social por las condiciones de realización del progreso en la sociedad supone el comienzo de la crisis del Estado y revela el fracaso de su modelo de gobernabilidad.
Así, en nombre del progreso, el Estado resulta una fuerza dominadora en la sociedad, privando al individuo de toda soberanía efectiva; y es en nombre de éste último, el individuo, de sus exigencias inmediatas, atracciones y rechazos, que la reconstrucción de la sociedad, reintroduce la responsabilidad de cada uno y la voluntad de todos por determinar el movimiento de la sociedad.
¿Podemos cambiar el destino? ¿Podemos, desde hoy, comenzar a escribir las páginas del futuro?
¡¡¡¡ HABRÁ QUE APOSTAR POR ELLO !!!!!.
[1] Borowski acabó siendo victima de su propio compromiso hacia el otro. Fue victima de su lucha contra la indiferencia. Se suicidó con el gas de la cocina de su casa; se suicido como tantos otros que finalmente son victimas de la indiferencia. Por eso la indiferencia es una enfermedad que mata…. Permite que unos fallezcan por el silencio de otros y lleva a la muerte, o a alguna forma de patología a quienes se comprometen y luchan contra la indiferencia.
[2] Cfr. José Ferrater Mora. Diccionario de Filosofía, Editorial Ariel, 1994
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