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El caso Dora le plantea a Freud no sólo la confirmación de la importancia de la realidad psíquica por sobre la realidad material, aquella de la carta a Fliess del “ya no creo en mi neurótica”, sino que además lo deja perplejo cuando Dora lo abandona. En aquella primera oportunidad accedió a la caída de la teoría de la seducción en la histeria entrevista ya en 1895, y que fuera la puerta de entrada de fecundos descubrimientos. En la oportunidad del abandono de Dora  se da cuenta de que “no había logrado dominar oportunamente la transferencia”, había olvidado prestar atención a los primeros signos de la transferencia, como dice en el Epílogo del caso.

Corría el año 1902 y en esa época empezaba Freud a comprender la ligazón afectiva entre paciente y analista .Cuando el caso Dora concluyó, recién clarificó más la problemática. Dice Freud en sus conclusiones al caso: "de ese modo Dora activó una parte esencial de sus recuerdos y fantasías en lugar de reproducirlas en el tratamiento”, lo cual indujo a su fracaso.

Lo que tampoco vio Freud en ese momento fue su propia contratransferencia sobre Dora, o la “transferencia concordante”, como la llamó, y que fuera definida posteriormente de la siguiente manera: “la influencia del paciente en los sentimientos inconcientes del analista”.

En 1910, en el "Porvenir de la terapia psicoanalítica",  Freud agregó la importancia de poder reconocerla y dominarla, afirmando a la vez que ”ninguno puede ir más allá de lo que le permiten sus propios complejos inconcientes y resistencias internas”.

De allí la necesidad del análisis del terapeuta como parte del trípode de formación, postulado recién en 1920 por las instituciones psicoanalíticas y que, por cierto, en esos tiempos no se daba. Freud mismo estaba escasamente conectado con su autoanálisis y las dificultades que éste le ocasionaba.

Curiosamente sobre el mismo caso de Dora, decía Freud el famoso “quien tenga ojos para ver y oídos para oír se convence de que los mortales no pueden guardar ningún secreto. Si la boca está en silencio murmuran con la punta de los dedos; la traición se abre camino por todos los poros de su piel”; dicho relativo al momento en que Dora jugaba con el monedero, abriendo y cerrándolo, cosa que interpretó como una confesión de masturbación.

Desde el punto de vista clínico, observamos una transferencia positiva en tanto reviste al analista de autoridad y presta creencia a sus interpretaciones. Diremos que ésta es necesaria para la cura, como así también que deberá ser deshecha en las postrimerías del tratamiento en tanto la cualidad de transferencia idealizada presta servicio durante un tiempo pero el paciente necesita  liberarse de ella para disponer de su ideal dentro de sí mismo y retirar dicha transferencia de la persona del médico. Se da también la transferencia negativa cuando el paciente ni siquiera escucha al terapeuta o se despliega sobre él el par ambivalente de la hostilidad.

Dicha transferencia negativa deberá ser igualmente interpretada como la repetición en el aquí y ahora con el analista de vínculos tempranos ambivalentes con los objetos primarios.

Siendo la transferencia misma un fenómeno narcisista agrupado en Psicología de las masas y análisis del yo (1922) junto al enamoramiento y la hipnosis, es indudable que la idealización del terapeuta como quien detenta el lugar supuesto del saber (la autoridad del médico, así lo llamó Freud) dentro de la cura, recibe la transferencia del ideal del yo del paciente, al igual que el líder recibe esa identificación en la masa.

 

La asunción temporaria de ese lugar permite al analista la colaboración del paciente con sus asociaciones y el cuidado por su tratamiento (la alianza terapéutica), pero entronca un doble peligro. Para el paciente: el sometimiento “enamorado” a la persona sobre la que se externalizó esa instancia que marca el “como yo deberás ser”. .Para el terapeuta: el peligro de encarnarla sin decodificar dicha transferencia y  arremeter con el “furor curandi” como en realidad le ocurriera a Freud con Dora tratando de meter a la fuerza interpretaciones que la paciente no aceptaba, una vez que había visto el éxito de la desaparición de la tos a una interpretación que le hiciera.

Para el analista también implica el riesgo de un goce omnipotente y omnisciente (cualquier omni es narcisista), y la fantasía de hacer al paciente a su imagen y semejanza como advierte Freud. Por ello, la disolución de la transferencia hacia el final de la cura es un proceso necesario y doloroso  de pérdida para ambos participantes.

Un caso especial de transferencia negativa u obstáculo y resistencia a la cura es el del amor de transferencia, donde el paciente no quiere saber nada del trabajo analítico y sólo pretende ser amado y poseer al terapeuta como objeto sexual.

La primera historia que Freud registra sobre el amor de transferencia es la situación que se le plantea a Breuer con su paciente Ana O.  (1882), cuando esta situación lo lleva a él a la casi disolución de su matrimonio y a la paciente, una histeria florida,  a la fantasía de embarazo del Dr. Breuer. A partir de la consulta del caso con Freud, Breuer deja de atender a la paciente y se va de segunda luna de miel con su esposa.

También es un ejemplo el caso que le relata Jung, el de una paciente con su terapeuta sin decirle que se trata de él con su analizada Sabina Spielrein. Más tarde, Freud se entera por ella cuando acude a verlo y le cuenta que ha sido su amante. Igual situación (comenta Jones) ocurre con Ferenczi y quien era su paciente y fuera más tarde su hijastra, y seguramente otros muchos casos en esos tempranos momentos del psicoanálisis.

Dice Jones que, cuando Freud le comenta a su mujer Martha lo ocurrido a Breuer con Ana O., ella se identifica inmediatamente con la mujer de Breuer “intuyendo” la universalidad de la transferencia y le dice que ojalá a ella no le pase lo mismo con él.

Es que más tarde Freud comprende que, lejos de haberse tratado esas situaciones de casos únicos, eran más bien una regla que una excepción.

En su artículo "El amor de transferencia", de 1915, Freud describe tres posibles resultados para ese suceder: “una unión legítima y duradera, un abandono del tratamiento o una relación amorosa ilegítima”. Otra posibilidad que enuncia es, por cierto la acertada, que el analista pueda comprender que no es su persona sino la relación analítica la desencadenante de ese amor y que insista en que ella debe ser interpretada y analizada como una repetición en lugar de un recuerdo.

 

En Más allá del principio de placer, en 1920, Freud destaca esta repetición del deseo de amor por el terapeuta como las repeticiones que nunca fueron placenteras y sin embargo se repiten recogiendo la misma frustración que se diera en la ocasión del requerimiento de amor edípico. Dice respecto de las mujeres que demandan ese amor, que llevan al terapeuta a tratarlas mal o frustrarlas tal como en su sexualidad infantil ocurrió, y sin embargo se repite con ese mecanismo de repetición que a la altura de 1920 se ve como una compulsión del aparato y que en 1926 se menciona como la resistencia del ello, entre las cinco resistencias del yo, el superyó y el ello.

Sin embargo, en 1915 quedaba planteada como la resistencia que aparece en la cura cuando se está a punto de lograr un levantamiento de una represión.

Esta temática lleva a que Freud se pregunte también sobre las relaciones entre el amor real y el de transferencia, admitiendo que tienen un mismo origen o vienen de una misma fuente, de lo infantil, y que por lo tanto es un amor real pero es falsa la conexión e imposible de satisfacer ya que no es la persona misma sino el lugar o la función del analista el que lo despierta

De ahí surgen la neutralidad del analista y la regla de abstinencia, que forman parte de los consejos al médico que trata psicoanaliticamente.

Dice Wilheim Eickhoff  (como paráfrasis al consejo de Freud) en su trabajo Observaciones sobre el amor de transferencia, una relectura de 1992: “El analista tiene el deber de no corresponder al amor que se le ofrece y esto por motivos de técnica analítica –a saber–, la necesidad de considerar la situación como 'algo irreal', de comprender e interpretar la transferencia como algo virtual”.

El tema de la contratransferencia tiene la misma validez que lo dicho para la transferencia del paciente. Ya sabemos que el analista trabaja con su aparato psíquico y, por ende, con sus vivencias y sistema representacional.

Lo que el paciente presenta como material se enlaza con experiencias recientes o antiguas del terapeuta, y puede establecer en él tanto una contratransferencia empática, positiva, cuanto una contratransferencia hostil.

De acuerdo con lo que el analista disponga de su propio análisis y también de su teoría y de su experiencia de supervisión, el trípode de formación, será la mayor o menor capacidad de reconocer su contratransferencia y no actuarla, sino servirse de ella para comprender mejor el material del paciente.

Esta temática necesita posiblemente un espacio más específico para ser desarrollada ya que hoy nos ocupamos del concepto de transferencia.

 

BIBLIOGRAFÍA

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—(1900): La interpretación de los sueños, O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

—(1902): "Fragmento de análisis de un caso de histeria. Caso Dora", O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

—(1910): "El porvenir de la terapia psicoanalítica", O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

—(1912): "Dinámica de la transferencia", O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

—(1914): "Recuerdo, repetición y elaboración", O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

—(1915): "Observaciones sobre el amor de transferencia", O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

—(1917): "Conferencia Nº 27: La transferencia", O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

—(1920): Más allá del principio de placer, O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

—!921): Psicología de las masas y análisis del yo, O. C., Buenos Aires, Amorrortu..

Gay, P.:  Freud, una vida de nuestro tiempo. Buenos Aires, Paidós, 1989.

Avenburg, R.:  Psicoanálisis, perspectivas teóricas y clínicas, Buenos Aires, Publicar, 1998

Jones, E.:  Vida y obra de Freud, Tomo II, 1978.

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Eickhoff , W.: "Observaciones sobre el amor de transferencia. En Entorno a Freud", Cuaderno de la  IPA, IPA,1998.