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ALGUNAS
NOTAS SOBRE EL BIEN Y EL MAL EN PSICOANÁLISIS archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Pablo Muñoz
Introducción
Propongo en este escrito algunas reflexiones
-producto de la articulación entre Kant, Sade, Freud y Lacan, orientadas por el
escrito de este último: Kant con Sade- en torno del bien y el mal y el lugar que
en tanto analistas debemos darle en nuestra práctica.
Como epígrafe, extracto
una larga pero muy valiosa cita de Freud en El malestar en la cultura: “uno se
siente culpable cuando ha hecho algo que discierne como ‘malo’. Pero enseguida
se advierte lo poco que ayuda semejante respuesta. Acaso, tras vacilar un tanto,
se agregue que puede considerarse culpable también quien no ha hecho nada malo,
pero discierne en sí el mero propósito de obrar de ese modo; y entonces se
preguntará por qué el propósito se considera aquí equivalente a la ejecución. No
obstante, ambos casos presuponen que ya se haya discernido al mal como
reprobable, como algo que no debe ejecutarse. ¿Cómo se llega a esa resolución?
Es lícito desautorizar la existencia de una capacidad originaria, por así decir
natural, de diferenciar el bien del mal. Evidentemente, malo no es lo dañino o
perjudicial para el yo; al contrario, puede serlo también lo que anhela y le
depara contento. Entonces, aquí se manifiesta una influencia ajena; ella
determina lo que debe llamarse malo y bueno. Librado a la espontaneidad de su
sentir, el hombre no habría seguido ese camino; por tanto, ha de tener un motivo
para someterse a ese influjo ajeno. Se lo descubre fácilmente en su
desvalimiento y dependencia de otros; su mejor designación sería: angustia
frente a la pérdida de amor. Si pierde el amor del otro, de quien depende, queda
también desprotegido frente a diversas clases de peligros, y sobre todo frente
al peligro de que este ser hiperpotente le muestre su superioridad en la forma
del castigo. Por consiguiente, lo malo es, en un comienzo, aquello por lo cual
uno es amenazado con la pérdida de amor; y es preciso evitarlo por la angustia
frente a esa pérdida. De acuerdo con ello, importa poco que ya se haya hecho lo
malo, o sólo se lo quiera hacer; en ambos casos, el peligro se cierne solamente
cuando la autoridad lo descubre, y ella se comportaría de manera semejante en
los dos”.
Justamente Freud toca un punto que ha sido el punto de tropiezo de
las éticas tradicionales, en el que se estancan: exactamente donde suponen que
lo bueno es aquello que da placer. Es la noción de Bien lo que trabó las
discusiones éticas.
La ética, lo bueno y lo malo
Freud introduce una cuestión de fondo: que es el
yo quien dice qué es lo bueno y lo malo. Entonces, por un lado hay lo que el yo
puede reconocer como bueno o malo a partir del principio del placer-displacer, y
por otro lo que se puede situar en términos éticos como bueno o malo, que
justamente corresponde a algo que está más allá del principio del placer -en la
medida en que precisamente algo bueno puede ser algo que contradice el principio
del placer.
El punto interesante en esta formulación con respecto al
principio del placer-displacer y, más aún, a aquello que está más allá del
principio del placer, es que no hay un concepto entre las éticas tradicionales
que introduzca la cuestión de que se puede estar bien en el mal. Para este
planteo freudiano, esta concepción de que puede haber felicidad en el mal, el
puntapié inicial -según Lacan- el paso inaugural lo da el Marqués de Sade, que
es quien lo plantea con todas las letras. Dice Lacan: “Aquí Sade es el paso
inaugural de una subversión de la cual, por picante que la cosa parezca ante la
consideración de la frialdad del hombre, Kant es el punto de viraje, y nunca
detectado, que sepamos, como tal”. ¿Por qué? Lo que ocurre es que así como en
este concepto de que se puede estar bien en el mal es impensable lo que Freud
plantea con respecto al principio del placer, del mismo modo es impensable el
planteo sadiano si no se considera un punto de viraje previo: la ética
kantiana.
Hay varias diferencias en lo que promueve Kant como Ley moral con
respecto a lo que era la ética antigua, pero hay una diferencia que es capital:
Kant introduce lo que se conoce como “el universal kantiano”: el “para todos”.
La formulación textual, el pilar de lo que es la ética según Kant es: “Obra de
tal modo según una máxima tal, que puedas querer al mismo tiempo que se torne
ley universal”. Este “para todos” en Kant toma la forma de una ley a la que
todos deben quedar sujetos; cuestión no articulada en la ética antigua porque
son éticas de lo particular, como las griegas y romanas. Buen ejemplo de ello es
la ética de Aristóteles, donde el bien del individuo está subordinado al bien de
la comunidad, por tanto, la ética forma parte de la política (léase Aristóteles:
“Política”). Lo cual no impide considerar la ética aristotélica como ética de lo
particular puesto que, como cualquier ética griega, no funciona para todos sino
fundamentalmente para la sociedad de amos que constituye la clase gobernante. Es
decir que son éticas parciales que de algún modo regulan el andar bien con uno
mismo.
La ética de Kant se constituye contra el principio del placer
porque arrasa con todo lo relacionado con el bien individual. La prueba a la que
somete Kant a todo acto es la posibilidad de ser universalizable. Es decir que
cuando un sujeto piensa en hacer algo, si eso se puede elevar a la categoría de
universal, entonces será un acto moral -“moral” en el sentido de poder sostener
una ley que valga para todos, una ley casi natural. Veamos un ejemplo que
trabaja Kant: si opera como una máxima individual el hecho de amasar una
fortuna, a condición de obtener préstamos pero que jamás se devolverán, de
acuerdo a la máxima planteada en términos subjetivos de generar fortuna, eso
funciona; pero elevado al rango de ley universal sucede que todo préstamo no
será devuelto, lo cual concluye con la destrucción de la estructura misma del
préstamo de dinero. Por muy banales que puedan parecer, en este tipo de ejemplos
se basa Kant para construir una ética que dependa de la “Razón pura”. Por esto
mismo la ética kantiana no está en el orden del placer-displacer, tiene otro
registro que es el de la razón pura, radicalmente contraria a la ética de la
antigüedad donde el placer conduce al bien, ya que en Kant el placer no sólo no
está en juego sino que además molesta. Molesta porque introduce el orden de lo
individual; así, hay tanto placer en juego, tantos objetos que pueden dar
placer, que no hay posibilidad por la vía del placer-displacer de elevar esto al
rango de un universal. Kant dice que “ese principio jamás podrá dar una ley
práctica”. Lo que a uno le da placer no está sometido a la prueba de la razón
pura que lo pueda transformar en algo que funcione para todos.
El planteo de
universalizar la moral, de lo que está bien o mal, lo introduce indudablemente
Kant; en las éticas antiguas no es tan radical el planteo del mal o el bien como
concepto abstracto. En ese sentido es que va más allá del confort, más allá del
más allá del principio del placer. Es más radical el planteo kantiano en la
medida en que si algo funciona en términos universales, no importa nada la
compasión, la piedad, el temor, el dolor o el placer: lo nodal es que la regla
que rige la acción sea universal. En ese sentido, la apuesta de Kant es mucho
mayor porque no se trata del “amor” universal sino de la “razón” universal que
es la que puede barrer con el amor universal, con el dolor, con la compasión, la
piedad, en aras de instalar una máxima que funcione “para todos”.
En
este sentido, por esta vía, Kant está mucho más cerca del planteo del
psicoanálisis. La ética kantiana, en este punto, está más cerca -aunque tiene
diferencias pues no es lo mismo Kant que Freud o Lacan- en el sentido de que es
una ética construida más allá del principio del placer. Kant se ocupa muy bien
de aclarar que en términos de una ética que funciona de algún modo como una
representación mental, la ley que se eleva al estatuto de universal, a lo sumo
puede dar la representación mental de un funcionamiento natural. La ley moral no
depende del placer-displacer, no depende de apetencias individuales, por lo
tanto, tampoco depende del objeto -sometido a las diferencias individuales. En
efecto, ¿cuál es el objeto del deseo? Su diversidad depende de la diversidad de
sujetos en juego. Por tanto, hay un punto de gran similitud entre el planteo
kantiano y el del psicoanálisis en términos éticos, al menos en cuanto a que no
depende del bienestar, del confort individual. La ética en psicoanálisis, el
acto ético, se afirma a contrapelo del principio del placer, implica justamente
ir más allá. Dice Lacan: “El principio del placer es la ley del bien [...],
digamos el bienestar”. Es decir que en el campo del placer se trata del confort,
del anhelo consciente. Pero el acto ético no se agota en ello, implica lo que
tiene que ver con el deseo, que no tiene relación alguna con el placer. Esa es
la gran paradoja.
Pero eso no significa malestar sino mucho trabajo, pues
tener cierta coherencia con el deseo propio no es sencillo, diría Perogrullo que
hay que transpirar la camiseta. Lo confortable, la más de las veces, es lo que
nos detiene antes del más allá, impide justamente la realización de un acto
ético que involucre de alguna manera al deseo. Freud mostraba cómo sus pacientes
obsesivos se debatían en pensamientos y cavilaciones postergando los actos, así
enseña que mientras uno piensa, no arriesga nada. El Hombre de las ratas es
paradigmático en este punto. Este es otro de los límites del más acá del
principio del placer. Romper esa inercia, ir más allá supone un movimiento donde
están implicadas cuestiones éticas. El marco del confort no es el más allá del
principio del placer. El acto ético supone trasponer esa barrera del más allá
del principio del placer-displacer, que no es sin trabajo, no es sin pérdida...
de goce. Atravesado eso, las formas de satisfacción son otras pero ya no tienen
que ver con el malestar, porque el “deber hacer” es una cara del superyó, es el
goce superyoico. Por eso, esta dimensión de la ética está absolutamente a
contramano del principio del placer. Y en ese sentido, nos emparienta con
Kant.
Pero debemos hacer una distinción para no confundir los campos.
Cuando Kant intenta despojar a la ética de objetos, habla de objetos de la
realidad. Los objetos kantianos no tienen nada que ver con las
conceptualizaciones del objeto en psicoanálisis sino que son objetos que pueden
dar placer o dolor pero en la realidad. Su originalidad, la de Kant, es que
cuando articula que alguien se puede instalar cómodamente en el mal, todo el
planteo de la ética tradicional cae. Que alguien se pueda instalar en el mal es
lo que contempló para despojar a una ley moral de cualquier referencia empírica
porque es lo que necesariamente se traba en este devaneo circular de lo que es
placer y displacer. Lo cual nos introduce directamente a la posición de
Sade.
La ética sadiana
Comúnmente se supone que la lectura de Sade
divierte. Nada de eso: en mi opinión Sade aburre, primero produce cierto efecto
de diversión pero rápidamente puede verse que es todo lo mismo y que sólo
cambian las figuras y posiciones en una larga serie de escenas.
En Franceses:
un esfuerzo más para ser republicanos formula una moral que es absolutamente
homologable al planteo de Kant pero con signo invertido. Cuando Sade plantea que
lo que hay que hacer es “gozar del cuerpo del otro de todas las formas posibles
sin restricciones”, usurpar el cuerpo del otro, que cada uno pueda disponer del
cuerpo del otro a su antojo, de este modo lo eleva al rango de ley universal. Y
al seguir el recorrido de la ética en Kant, se verá que su sistema también
pretende universalizarlo.
Planteo urticante que nos resta un dejo de
desagrado. Justamente de esto es de lo que Kant dice que hay que despojarse para
poder considerar una ley moral en términos universales: despojarse del placer,
del displacer, del asco, de la culpa, de todo lo que él señala como
“sentimientos patológicos” en relación con la ley moral. Por tanto, la moral
sadiana, por más provocadora que parezca, no es sino el correlato perfecto de la
moral kantiana. Y por eso en Kant con Sade Lacan articula la Crítica de la razón
práctica con La filosofía en el tocador mostrando que el primero tiene su
correlato en el segundo. Afirma que: “La filosofía en el tocador viene ocho años
después de la Crítica de la razón práctica. Si, después de haber visto que
concuerda con ella, demostramos que la completa, diremos que da la verdad de la
Crítica”. Y si lo que viene a darle verdad a la ética kantiana es La filosofía
en el tocador no es sino porque se trata también en Sade de una máxima moral. Y
ya escucho vuestras exclamaciones: “¿MORAL? ¿Sade moralista? Qué
despropósito!!”. Pues refuto: no. Podrán constatar que tanto Kant como Sade son
profundamente moralistas, aunque debemos aclarar que si bien Sade plantea todo
en términos de un universal, ya que los axiomas en Sade no contemplan ni un
objeto particular ni un sentimiento particular, lo hace con un signo invertido
al de Kant.
Quizás lo interesante es que ninguna de las dos obras se pudo
establecer como marco para que una sociedad funcione. Y más interesante aún es
que Sade opera una inversión del decálogo de mandamientos cristianos, los da
vuelta absolutamente, entonces es bueno robar, mentir y sobre todo acostarse con
la mujer del prójimo. En ese sentido es que para Lacan Sade es una subversión de
la moral cristiana. Tomemos uno de los diez mandamientos: “No robarás”. Si
hiciésemos del robo una ley universal y entonces robar vale para todos, a lo
sumo se destruye la propiedad privada; no estamos ante graves consecuencias, por
lo menos en términos conceptuales lo pensaron muchos. Es como el ejemplo de
Kant: si nadie devuelve los préstamos se termina con la abolición del sistema de
préstamos. Si el universal es robar, el robo deja de funcionar en su estructura:
si todos robamos, entonces nadie roba: ya no se puede robar porque nada es de
nadie. Esto expresa claramente la lógica kantiana del universal.
Todo lo cual
de ninguna manera quiere decir que en Sade no haya límite: “Si algo de él se
dejó retener en la ley, por encontrar en ella la ocasión, [...] de ser
desmesuradamente pecador, ¿quién le arrojaría la primera piedra?”. Para Lacan
Sade retrocede ante el mandamiento cristiano “No matarás”, ahí Sade también se
detiene, también frena pues gozar del cuerpo del otro sin límites no incluye la
muerte porque sino se destruye todo. Lo cual nos permite medir la relación del
perverso a la ley. Vemos así que no es que el perverso no tenga relación alguna
a la ley -eso es un fantasma neurótico-. “En Sade, vemos el test de esto -dice
Lacan-, crucial a nuestros ojos, en su rechazo de la pena de muerte. [Es decir
que] Sade se detuvo pues allí, en el punto en que se anuda el deseo a la ley”.
Es decir que la operatoria sadiana es la operación por la que el perverso hace
del deseo la ley del goce o del goce la ley del deseo.
Es notable que cuando
se rastrea en el texto de Sade su relación a la ley, el único momento en que
podemos sostener que hay en el perverso una relación a la ley es el “No
matarás”; y digo sostener no sólo en el sentido de mantener con firmeza,
conclusivamente, una proposición sino -sobre todo- en el sentido de defenderla,
puesto que sus escritos con insistencia nos remiten a una ausencia de legalidad,
a un desorden “caligulezco” -si se me permite la expresión- y se requiere de un
esfuerzo importante para que tal proposición no sucumba ante lo imaginario del
desbarajuste exhibido.
Lo cual explica por qué Freud habla de “renegación” y
no de castración, no es que la castración no se inscriba sino que se reniega en
un segundo momento; no es que no haya inscripción de la ley, es que después se
desmiente; no es que al Otro no le falte sino que después se obtura... En ese
sentido, Lacan muestra que en relación a la ley del lenguaje, en relación a la
ley de prohibición del incesto, en la perversión hay una ligazón esencial de un
apego fundamental, que es lo que no hay en la psicosis.
El psicoanálisis no es… ni bueno ni malo
La diferencia fundamental del psicoanálisis con el
planteo sadiano y con lo que es la moral kantiana es que no se puede restituir
ningún bien. Kant, aunque despega de todos los bienes, piensa que hay un Bien
-tal como lo planteaba la moral en la antigüedad- que se puede restablecer, que
está en el orden de la razón. Finalmente aparece la buena voluntad guiada por la
razón. En la medida en que se vuelve a soldar esta ligazón entre lo que es el
placer, lo que es el deseo y la razón, por ahí vamos mal. Pero estamos de
acuerdo en el punto donde despojados de todo objeto, ahí nos encontramos con la
ley; despojados del placer y más allá del dolor, ahí nos encontramos con el
deseo. Que es muy diferente a regodearse en el dolor.
Un placer más acá,
goce más allá. Pensemos en un ejemplo que la clínica de nuestros días nos
presenta cotidianamente: un adicto grave que estando en muy mal estado,
destruido, sigue aspirando cocaína. Eso es goce puro, y el goce puro desbocado
es justamente lo que puede consumir el cuerpo porque es la satisfacción
pulsional ahí, a flor de piel – si se puede decir así. La neurosis permite
tramitar el goce vía el fantasma. Este se interpone entre ese goce que barre con
el cuerpo y con todo -entonces podemos anhelar o fantasear algo- hasta hacer de
eso algo placentero. Estamos distinguiendo así que lo que ese fantasma perverso
del neurótico fantasea, el perverso lo actúa. Por eso, al neurótico, la puesta
así al desnudo de la perversión lo angustia porque es el punto donde -se podría
decir- se “desinfla” el fantasma: es lo que con Lacan podemos situar como
“realización del fantasma”.
La diferencia entre el goce al que invita el
superyó y el armado del cuerpo teórico kantiano con su imperativo categórico es
absoluta, lo de Kant no tiene que ver con el goce; basta ver lo que Kant produce
para darse cuenta que no es el goce idiótico que se produce a expensas de uno y
que es justamente lo que impide producir cualquier cosa. Lacan dice en El
Seminario 10 que el Goza! Goza! del superyó funciona al modo del imperativo
categórico kantiano, pero me parece que se puede establecer una diferencia
radical entre lo que es el goce del superyó y otros imperativos categóricos como
el kantiano, que es producto de un esfuerzo monumental de la razón pura. Claro
está que para Lacan están íntimamente ligados el imperativo categórico con el
superyó, por lo menos en el sentido de esta invitación al goce. Pero la
articulación que hace al cruzar Kant con Sade muestra cómo Sade pone de relieve
qué puede pasar al establecer una moral universal como la kantiana. Es decir que
Lacan patea el tablero de la filosofía y revela nuestros prejuicios, pues es
como si nos dijera: “Ustedes creían tan santito a Kant, ¡miren lo que se puede
hacer con él: Sade! La filosofía en el tocador corrobora la verdad de la moral
kantiana; su lado oscuro: anverso y reverso.
El Marqués de Sade pasó 25 años
encarcelado por haber hecho algunas de las cosas que escribió. Pero el goce en
determinado contexto borra al sujeto. Efectivamente podemos afirmar el
borramiento de Sade en tanto sujeto, pues de Sade no hay ni siquiera un
cuadrito, el borramiento del sujeto es justamente lo que vuelve a la perversión
en aras del objeto ofrecido al Otro que goza, es la consecuencia inevitable que
el sujeto desaparezca convencido que sostiene su deseo, pero es el punto máximo
de ofrecimiento a ese Otro que goza.
Kant dice que en la medida en que no se
puede establecer un Bien, pues los bienes varían de acuerdo a la capacidad de
los sujetos para recibir placer o displacer, en la medida en que los bienes
responden a la subjetividad de cada cual, no hay forma de definir a partir del
Bien lo que es la ley moral. Allí Kant apela a la construcción del universal. Si
Kant se preguntaba cuáles son los principios que rigen la voluntad, la respuesta
sería que son aquellos que funcionan como leyes objetivas: aquellos principios
que se instalan como imperativos inconscientes en la medida en que rigen para
todos. La ley universal implica que las cosas, para que sean buenas -para
decirlo de algún modo- deben funcionar de acuerdo a esta máxima
universal.
Pero en la clínica psicoanalítica encontramos cotidianamente
sujetos que pueden estar bien cuando están mal.
Referencias
Bibliográficas
FREUD, S.: “El malestar en la cultura”.
LACAN,
J.: “Kant con Sade”.
“El seminario. Libro 7”.
“El
seminario. Libro 10”.
MARQUÉS DE SADE: “Franceses, un esfuerzo más para ser
republicanos".
“La filosofía en el tocador”.
KANT, I: “Crítica de la
razón práctica”.