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DICCIONARIO DE LA POLITICA - NORBERTO BOBBIO
Estado de bienestar
I. LA REVOLUCION INDUSTRIAL Y LA CUESTION
OBRERA:
El pasaje de un rédito per cápita de subsistencia a un rédito
per cápita en continua expansión, el progreso científico y tecnológico, la
organización racional del trabajo y la explosión demográfica han representado
discontinuidades fundamentales en el desarrollo económico del sistema
occidental. Tales discontinuidades, sintetizadas con la expresión "revolución
industrial", han producido lo que Karl Polanyi ha llamado "la gran
transformación", es decir la transición de la sociedad tradicional de base
agrícola a la moderna sociedad industrial. El impacto de las fuerzas
modernizantes sobre el modo de vida tradicional ha sido trastornante: una
verdadera "catástrofe cultural". El avance del industrialismo y del mercado ha
erosionado y despedazado importantes conjuntos de vínculos sociales, políticos y
económicos; ha debilitado gravemente la cohesión interna de los grupos
primarios; por fin ha trastornado el sistema consolidado de las creencias
religiosas que garantizaba un mínimo de solidaridad entre las clases.
Rápidamente la gran transformación ha generado en su fase inicial un gigantesco
proceso de movilidad social que ha sido también un radical proceso de
desarraigo: millones de individuos han sido arrancados de su hábitat
sociocultural e inducidos en un nuevo sistema de relaciones -el mercado
auto-rregulado- en el cual el sentido de pertenencia comunitaria y de
solidaridad estaba amenazado por la despiadada lógica de la ganancia. El mercado
autorregulado es inhumano: para él no existen hombres, valores morales,
sentimientos, sino sólo mercancías. Por esto en el siglo XIX el avance del
mercado ha coincidido con la agudización de todos los fenómenos patológicos de
la vida social (alienación, anomia, etc.). La Gemeinschaft (comunidad) es
sustituida por la Gesellschaft (sociedad), es decir por un sistema de relaciones
puramente contractual, basado exclusivamente en el cálculo utilitarista de los
costos y de los importes y sordo a cualquier consideración de orden moral. Los
trabajadores comprometidos en el ciclo manufacturero fueron considerados como
mera fuerza productiva , mercancía entre las mercancías. Nació de tal manera el
"proletariado interno" de la civilización capitalista-burguesa; una masa de
individuos despersonaliza-dos, carentes de raíces culturales y abandonados a sí
mismos; una especie de "casta en exilio"; un grupo halógeno que se siente
extraño a la sociedad y siente la sociedad extraña a sus específicas exigencias
materiales y psicológicas. Las raíces profundas de la cuestión obrera se
encuentran en el doloroso sentido de abandono que advierten los trabajadores
comprometidos en el ciclo productivo del factory sistem más que en la penosidad
del trabajo y en los bajos salarios. La nueva clase dominante -la burguesía
capitalista-se desinteresa de la dirección política de las clases subalternas;
ella sólo quiere utilizar su fuerza de trabajo, explotarlas, no ya gobernarlas.
Y exige también que el estado no corrija las leyes del mercado puesto que ve en
cualquier intervención dictada por consideraciones extraeconómicas un atentado a
la "natural armonía" que se determina a través del libre juego de la oferta y la
demanda. La filosofía que expresa la actitud fundamental de la burguesía frente
a los problemas políticos y económicos es el laissez faire. El estado burgués es
un estado que protege desde el exterior el mercado, que garantiza que las normas
esenciales para el funcionamiento del sistema no sean violadas, que se abstiene
de toda acción que pueda perturbar el mecanismo de la competencia. Por esto es
un estado carente de sensibilidad social> los costos de la gran
transformación, que se vuelcan casi exclusivamente sobre la clase obrera, no son
percibidos por él o son percibidos como naturales, inevitables, inmodificables.
De tal modo en el seno de la sociedad capitalista el surco entre las clases
integradas y las masas proletarizadas se hace cada vez más agudo al punto de
preceder a una escisión vertical en el cuerpo social. No es casual que tanto el
revolucionario Marx como el conservador Disraeli vean la crisis de civilización
actuante en el 1800 como el encuentro frontal entre dos ciudades recíprocamente
repulsivas: la de los haves y la de los have-nots.
II. LA REVOLUCION DE LAS EXPECTATIVAS
CRECIENTES:
Esta-dísticas en mano, la historiografía neoliberal ha
tratado de demostrar que la revolución industrial no ha conducido, ni siquiera
en su fase inicial, a un empeoramiento de las condiciones materiales de
existencia de las clases trabajadoras. Sin embargo, es un hecho que la condición
obrera fue vivida por los trabajadores como una intolerable degradación de la
vida humana y que así fue descrita por los observadores de la época. Dos
fenómenos concordaron para determinar eso: el aislamiento moral del
proletariado, que fue abandonado a su destino -ni la burguesía ni es estado se
ocupaban y se preocupaban de sus condiciones exis-tenciales-, y una
transformación de la mentalidad dominante determinada por la difusión del credo
democrático e igualitario. Aquí, un papel decisivo fue desempeñado por la
revolución francesa y por los "inmortales principios". Las clases inferiores en
el siglo XIX comenzaron a reinterpretar su condición existencial a la luz de los
nuevos valores proclamados por la inteliguentsia radical y reclamaron, al
principio confusamente, luego de manera cada vez más clara, la reorganización de
la sociedad. Se sentían excluidas de la ciudad y por eso pretendieron el pleno
derecho de ciudadanía política y moral. Apremiaron a los empleadores, a los
gobernantes, a toda la sociedad para obtener un estatus igual al de los otros
grupos que articulan la comunidad nacional. La protesta obrera, revolucionaria o
refor-mista, nace del resentimiento colectivo contra la sociedad burguesa que no
siente ningún deber frente a las víctimas de la acumulación salvaje y de la
industrialización acelerada.
El fenómeno es contagios. Progresivamente todos los grupos que ocupan una posición periférica en la jerarquía social exigen la plena ciudadanía política y moral. Lo cual produce una fermentación continua de las demandas. Se verifica así el fenómeno que los científicos sociales han bautizado "revolución de las expectativas crecientes". Que nace, justamente, de una reformulación del cuadro de referencia axiológico. Los grupos subalternos ya no perciben como natural e inmodificable su condición de ciudadanos de segunda o tercera categoría, ahora pretenden un status igual al de las clases privilegiadas. Y el instrumento para ejercer una presión eficaz sobre la sociedad para que ésta, mediante sus órganos, satisfaga sus demandas es la protesta. La época contemporánea es la época del progresivo avance del principio socialista de la igualdad a través de la estrategia de la protesta. Ya no se toleran diferencias económicas, sociales o políticas entre los hombres, y las diferencias que, a pesar de todo, permanecen, son percibidas como ilegítimas.
III. DEL MERCADO AUTORRE-GULADO AL CONTROL
SOCIAL DE LA ECONOMIA:
La sociedad europea en el siglo XIX está
caracterizada por un conflicto fundamental: por una parte, existe una
institución -el mercado- que trata de conquistar la plena autonomía respecto de
la política, de la religión, de la moral y en general de cualquier instancia no
estrictamente económica; por la otra un valor -la igualdad- que se difunde
rápidamente en todos los ambientes sociales como un contagio y que, a medida que
las generaciones se suceden, adquiere cada vez más vigor hasta hacerse una
formidable fuerza histórica. Ahora, el mercado autorregulado y el principio de
igualdad tienen exigencias incompatibles entre sí, puesto que el primero exige
la no intervención del estado y el segundo, por el contrario, postula que el
estado debe asumir la carga de eliminar todos los obstáculos que objetivamente
impiden a los ciudadanos menos pudientes gozar de los derechos políticos y
sociales formalmente reconocidos. La sociedad trata de defenderse del mercado
autorregulado, que produce miseria, desigualdad, desocupación y alienación y, a
través de la acción del estado, trata de poner límites precisos al imperialismo
de la lógica capitalista. Las luchas de la clase obrera contra la burguesía y
las alternativas políticas proyectadas por los pensadores socialistas tienen
esto en común: quieren abolir el mercado o, cuando menos, someterlo al control
de la colectividad. La abolición del mercado implica la creación de un sistema
radicalmente distinto: la economía colectivista; el simple control significa el
fin del laissez faire y la creación de una economía mixta, en la cual la lógica
de la ganancia individual sea moderada por la del interés de la colectividad. En
Europa occidental no es la solución radical la que prevalece sino la moderada,
es decir la solución del control social del mercado, el cual no es abolido sino
socializado. De tal modo se verifica, como consecuencia más o menos directa de
las enérgicas presiones ejercidas por los partidos obreros, el pasaje del
capitalismo individualista al capitalismo organizado. El estado ya no se limita
a desempeñar las funciones de guardián de la propiedad privada y de tutor del
orden público, sino que, por el contrario, se hace intérprete de valores -la
justicia distributiva, la seguridad, el pleno empleo, etc.- que el mercado es
hasta incapaz de registrar. Los trabajadores ya no son abandonados a sí mismos
frente a las impersonales leyes de la economía y el estado siente el deber
ético-político de crear una envoltura institucional en el cual ellos estén
adecuadamente protegidos de las perturbaciones que caracterizan la existencia
histórica de la economía capitalista.
Además de la acción de los partidos socialistas, dos fenómenos facilitan el pasaje del estado liberal al estado asistencial: el espectacular crecimiento de la riqueza y la "revolución keyne-siana". El primero ha permitido extender las ventajas materiales del industrialismo a categorías sociales cada vez más amplias, de manera que el capitalismo de economía del ahorro se ha transformado en economía del consumo. Ha nacido así la sociedad opulenta con sus extraordinarias capacidades productivas, las cuales hacen posible que el estado pueda destinar una cuota considerable del rédito nacional a fines sociales.
La revolución keynesiana, por fin, ha conducido a la liquidación de la política del laissez faire y al nacimiento de una nueva política económica basada esencialmente en la intervención sistemática del estado, al que se asigna un papel económico central. A él concierne, en efecto, la tarea de ejercer una función directiva sobre la propensión al consumo a través del instrumento fiscal, la socialización de las inversiones y la política del pleno empleo. En el sistema teórico keynesiano la iniciativa privada, aunque continúa teniendo un papel decisivo, ya no es considerada el único motor del progreso, puesto que el equilibrio general del sistema puede ser garantizado sólo por una política orgánica de intervenciones estatales dirigidas a conjurar las crisis cíclicas. Por esto la obra de Keynes es considerada hoy como la plataforma científica sobre la que se apoya la moderna filosofía occidental del e. de b.
IV. LA POLITICA DEL ESTADO DE
BIENESTAR:
El capitalismo individualista entra en crisis por dos
razones principales: por su orgánica incapacidad de evitar las crisis económicas
y por su insensibilidad frente a las exigencias de las clases sometidas, sin
protección alguna, a la intemperie de la competencia. Para eliminar estos dos
defectos estructurales del capitalismo individualista, la cultura occidental no
ha encontrado otra solución que recurrir a la intervención del estado, al que se
demanda el mantenimiento del equilibrio económico general y la persecución a
fines de justicia social (lucha contra la pobreza, redistribución de la riqueza,
tutela de los grupos sociales más débiles, etc.). De tal manera se ha verificado
espontánea-mente el choque entre la economía keynesiana y la política
socializadora de los partidos socialdemócratas europeos. Lo cual ha conducido al
fin de la era del mercado auto-rregulado y del estado abstencionista y al inicio
de la era del capitalismo organizado y del estado asistencial.
La crítica de los teóricos del e. de b. (Welfare State) al laissez faire se resume así: El mercado autorregulado no es capaz de registrar y satisfacer ciertas necesidades materiales y morales que además son fundamentales tanto para los individuos en cuanto tales como para la colectividad. En particular el estado liberal deja al "libre" trabajador prácticamente indefenso frente a las exigencias impersonales del mercado y expuesto a todos los golpes de las fluctuaciones económicas. Es necesario, por lo tanto, institucionalizar el principio de la protección social, y esto exige que el sistema económico capitalista sea sometido al control de la sociedad y que la lógica de la oferta y la demanda sea moderada de alguna forma por la lógica de la justicia distributiva. El moderno estado asistencial brota del compromiso político entre los principios del mercado (eficiencia, cálculo riguroso de los costos y de los importes, libre circulación de las mercancías, etc.) y las exigencias de justicia social avanzadas del movimiento obrero europeo. Así, el encuentro entre los liberales y los socialistas que en el siglo XIX parecía imposible, en nuestro siglo se ha realizado a través de una mezcla pragmática de principios que parecían mutuamente excluyentes. El ala socialdemócrata del movimiento obrero ha renunciado a la supresión del mercado, en el cual ha reconocido un instrumento insustituible para realizar el uso racional de los recursos limitados y para estimular al máximo la productividad, pero, al mismo tiempo, ha logrado hacer prevalecer la instancia de regular la distribución de la riqueza según criterios no estrictamente económicos. De tal modo el capitalismo ha sido, al menos parcialmente, socializado, es decir sometido al control de las estructuras imperativas de la comunidad política. En consecuencia, el desarrollo económico ya no se regula exclusivamente por los mecanismos espontáneos del mercado, sino también, y en ciertos casos sobre todo, por las intervenciones económicas y sociales del estado que se han concretado esencialmente en los siguientes puntos:
- expansión progresiva de los servicios públicos como la escuela, la casa, la asistencia médica;
- introducción de un sistema fiscal basado en el principio de la tasación progresiva;
- institucionalización de una disciplina del trabajo orgánica dirigida a tutelar los derechos de los obreros y a mitigar su condición de inferioridad frente a los empleadores;
- redistribución de la riqueza para garantizar a todos los ciudadanos un rédito mínimo;
- erogación a todos los trabajadores ancianos de una pensión para asegurar un rédito de seguridad aún después de la cesación de la relación de trabajo;
- persecución del objetivo del pleno empleo con el fin de garantizar a todos los ciudadanos un trabajo, y por lo tanto una fuente de rédito.
V. PROBLEMAS Y PERSPECTIVAS:
El
Welfare State puede ser concebido como la resultante institucional de una
verdadera revolución cultural, es decir de un profundo cambio de las actitudes y
de las orientaciones ético-políticas de la opinión pública occidental que se ha
manifestado en formas particularmente significativas a partir de la Gran
Depresión. pero es sólo después de la segunda guerra mundial que los principios
del e. de b. se afirman de manera casi irresistible gracias sobre todo a la
programación económica con la cual el sistema de mercado es ulteriormente
socializado.
Sin embargo, a pesar de sus éxitos indiscutibles, la acción de e. de b. es duramente atacada, tanto por la izquierda como por la derecha. Para la izquierda revolucionaria la política del Welfare State y de la programación económica no es más que una racionalización del sistema capitalista y un modo disfrazado para consolidar ulteriormente el dominio de clase de la burguesía. Para los animados defensores del liberalismo individualista (Hayek, Mises, Ropke, Friedman) el estado asistencial corroe en sus raíces las estructuras y los valores de la sociedad libre desarrollando una peligrosa tendencia hacia la burocratización de la vida colectiva y hacia la reglamentación estatalista. Según tales críticos, toda intervención del estado en el mercado es una amenaza a la libertad individual y una peligrosa concesión al colectivismo. Además, el estado asistencial reduce sensiblemente la eficiencia del sistema y frena la expansión económica.
A estas críticas de signo opuesto, los partidarios del Welfare State responden recordando que la solución colectivista impulsada por los marxistas hasta ahora ha llevado al dominio burocrático y totalitario, no ya al mítico reino de la libertad, y que, por otra parte, la economía del laissez faire ya ha cumplido su ciclo, tanto por razones estrictamente económicas, como por razones de índole ético-social. Además la economía liberista genera automáticamente un contraste intolerable entre la opulencia privada y la miseria pública, es decir una incongruencia entre la enorme cantidad de bienes producido y la deficiencia crónica de los servicios sociales. Tal incongruencia en cambio ha sido eliminada o, al menos, sensiblemente reducida, justamente en los países donde los principio del e. de b. han triunfado sobre los del capitalismo individualista. Por fin, y sobre todo, el sistema de mercado abandonado a sus espontáneos mecanismos de desarrollo genera un flujo constante de tensiones sociales que son una amenaza permanente frente a las instituciones y los valores democráticos en la medida en que alimentan orientaciones políticas extremistas, tanto de derecha como de izquierda.
El debate sobre el Welfare State está todavía en curso. Pero una conclusión parece ser cierta: un retorno a una economía autorregulada es imposible, y hasta inimaginable. Las exigencias técnicas y morales adelantadas por las fuerzas políticas y culturales que se remiten a la tradición del Iluminismo reformador ya han echado sólidas raíces en la opinión pública y se han traducido en instituciones que forman un todo con la actual estructura del sistema capitalista mundial.
BIBLIOGRAFIA. W.H.
Beveridge, Full employments in a free society, Londres 1944; A. H. Hansen,
Economic policy and full employment, Nueva York, 1947; H. K. Girvetz, From
wealth to welfare, Nueva York, 1950; A. Friedlander, Introduction to social
welfare, Englwood Cliffs, 1955; G. Myrdal, Beyond the welfare state, New Haven,
1960; M. Bruse, The coming of the welfare state, Londres, 1961; A. G. B. Fisher,
Economic progress and social security, Nueva York, 1961; G. Myrdal, Challenge to
affluence, Nueva York, 1963; J. K. Galbraith, The new industrial state, Boston,
1967; R. Pinker, The idea of welfare, Londres, 1975.
[LUCIANO PELLICANI]
Fascismo
I. DEFINICION Y PREMISA:
El f.
es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de
una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la
movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones
sociales con las reivindicaciones nacionales.
Esta definición exige una demostración que nos preocuparemos de dar precisamente con la plena conciencia de las dificultades que hay que afrontar. El f. es, en efecto, como un iceberg. Emerge la parte histórica, la parte relativa al fenómeno en la era de sus triunfos y de su derrota final. En cambio, en la política actual, sólo desde hace poco tiempo su profundidad ha sido objeto de los primeros escándalos precisamente porque no existe todavía una noción precisa de lo que es verdaderamente.
Por otra parte, ni siquiera los fascistas sabían qué cosa era el f. "Del mismo modo que el f. se jactó desde el principio de no ser un movimiento teórico, afirmando que la acción está por encima del pensamiento, así también le faltó la capacidad de comprenderse e interpretarse a sí mismo. Su camino siempre estuvo sembrado de intentos de interpretación realizados por amigos y enemigos" (Nolte, 1970).
El hecho de que el predominio de la praxis sobre la doctrina sea precisamente una característica de f. no le proporciona, por lo tanto, al juicio externo un paradigma fijo y preciso y le permite a cada uno, en sustancia, inventar su propio f. ya sea positivo o negativo. De tal manera se acepta pacíficamente la etiqueta del f. para regímenes que no tienen nada que ver con el f. (los ordenamientos franquista y salazariano, varios regímenes militares de derecha) y se le niega a otros (el sistema justicialista de Perón, el mismo nacional-socialismo) que reproducen emblemáticamente todas sus modalidades.
La historiografía italiana más inteligente se ha dejado llevar de la dilucidación del fenómeno tal como se produjo en nuestro país a la sobrevaloración de las peculiaridades nacionales, tomándolas casi como circunstancias constitutivas. Cuando mucho se acepta la intencionalidad del fenómeno únicamente dentro del período comprendido entre las dos guerras, partiendo de la crisis de la gran guerra, como presupuesto decisivo y característico. Esta limitación reviste, desde el punto de vista histórico, una utilidad indiscutible, ya que les permite disipar los nubarrones polémicos que una simple admisión de actualidad no podría dejar de acumular, y correría el peligro de extender un certificado de defunción ficticio. Además de esto, si negar la respetabilidad del f. en los países europeos en que nació y se desarrolló constituye, después de todo, un razonamiento correcto y aceptable, negar que éste se haya reproducido en otros países en esta posguerra es por lo menos arriesgado.
La damnatio memoriae que afectó nominalísticamente al f. hizo que ningún movimiento político considerara oportuno (excepción hecha de las asociaciones nostálgicas que, por lo demás, están muy lejos de su esencia auténtica) retomar abiertamente sus insignias. Pero esto significa muy poco. Hasta en las dos décadas comprendidas entre las dos guerras, los movimientos fascistas negaron ser tales: el líder de los "cruces flechadas" húngaras, Ferencz Szalasi, que debía seguir hasta el final la suerte de la Alemania nazi, proclamaba la peculiaridad de su movimiento: "Ni hitleriano, ni f., ni antisemitismo, sino hungarismo". El líder del Rexismo belga, León Degrelle, que terminaría siendo general de las S.S., rechaza con desdén la comparación con Hitler y Mussolini: "Yo no soy ni el uno ni el otro, y no tengo ninguna intención de imitarlos". José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, y Plinio Salgado, líder de la Acción Integrista Brasilera, proclamaban la misma pretensión de originalidad. No sólo: "La afinidad entre los f. no excluye la posibilidad de una aversión recíproca" (Hoepke, 1972). Es obvio que los movimientos en que el nacionalismo constituye un elemento determinante nieguen la paternidad de un movimiento externo. Afirmar lo contrario equivaldría en los años prebélicos a confesar la subordinación política a dos grandes potencias en proceso de expansión agresiva, y en los años pos bélicos a confesar una subordinación ideológica a un sistema derrotado militarmente.
De ahí se deduce la siguiente consideración: si es fácil distinguir los regímenes y los movimientos políticos inspirados en las ideologías corrientes (se trata de un cálculo meramente exterior), en el caso de los regímenes y de los movimientos de tipo f. se requiere una verdadera operación de descifración. Sólo después de aclarar las circunstancias que suelen acompañar el nacimiento y las modalidades propias del fenómeno, es decir sólo después de haber establecido la carta de identidad del f. sería posible catalogar los distintos f. pasados y contemporáneos, reconocer los elementos fascistas existentes en sistemas insospechables y absolver o desenmascarar los falsos f.
Desde ahora se puede anticipar que para los fines del redescubrimiento del f. como fenómeno ideológico-político del mundo actual, es más útil el examen de ciertos f. menores que el desentrañamiento del prototipo italiano. El florecimiento de estudios sobre el f. francés, sobre el falangismo, sobre los f. balcánicos y sobre el integrismo brasilero (la Acción Integrista, con más de un millón de afiliados, es el partido fascista más numeroso del período comprendido entre las dos guerras después del P.N.F. y la N.S.D.A.P.) ayudan a comprender un aspecto plausible y actual del f. sin recurrir de manera resuelta al espejo enceguecedor del f. italiano y de la variante alemana. Al mismo tiempo, una serie de ensayos que relaciona el f. con el proceso de industrialización introduce en el examen del fenómeno un elemento tal vez inquietante, pero despiadadamente realista.
II. LAS INTERPRETACIONES:
Hasta
la década de los '60, las interpretaciones italianas del f. se podían reducir a
dos posiciones. Por un lado se entrevé en el f. "la manifestación de las fuerzas
más restrictivas del país" y el "resultado de todos los males y de todas las
deficiencias de la historia nacional": Es la teoría del f. como "revelación"
sostenida por la evaluación de muchos intelectuales e historiadores
contemporáneos. Por el otro lado, siguiendo a Benedetto Croce, se considera al
f. como un simple paréntesis", un episodio de "extravío doloroso, pero
momentáneo": Es la teoría del "paréntesis" (Casucci, 1962).
La intervención en el problema del f. de varios investigadores extranjeros de diversa extracción política y científica y la necesidad de aislar el fenómeno o bien de extenderlo por encima de sus límites cronológicos y geográficos sugirieron una reagrupación más organizada de las diferentes interpretaciones. De Felice enumera por lo menos seis modelos interpretativos. Está el f. como "enfermedad moral", como lo ve, a través del prisma de un desengaño atónito, la inteligencia liberal europea. Está el f. como "producto lógico e inevitable del desarrollo histórico de algunos países", concepto apreciado por un moralismo polémico de marca radical. Está el f. como "reacción de clase antiproletaria", que es la interpretación marxista ortodoxa. Está el f. como fenómeno totalitario análogo al stalinismo y opuesto, como este último, a la civilización liberal. Está el f. como ideología de la crisis del mundo contemporáneo, ya sea que se sitúe en la línea contrarrevolucionaria, ya sea que se sitúe en la línea jacobina y secularizada como alternativa al leninismo.
En cuanto a los esquemas de juicio ela-borados por las ciencias sociales, éstos se van multiplicando. Desde el punto de vista psicosocial, Fromm encuentra la explicación del fenómeno tanto en la estructura del carácter de los que se sintieron atraídos por él como en los aspectos psicológicos de la ideología, que ofrece un refugio al individuo atomizado y a la inseguridad de las clases medias. Algunos sociólogos, en cambio, dan más importancia a la relación entre la ideología fascista y el sector social en ascenso (los grupos intelectuales revolucionarios de Mannheim, los grupos tecnócratas de Gurvitch, la clase media que protesta de Lipset, las claves disponibles para la movilización de Germani y, se podría añadir, los managers, de James Burhham). De Felice agrupa en esta categoría las teorías que consideran el f. como una política de la industrialización relacionada íntimamente con una etapa determinada del desarrollo económico (De Felice, 1969).
Tal vez una nueva clasificación debería partir de una premisa discriminante: la negación o afirmación de la supervivencia del f., de su existencia actual y de su reproducibilidad. O sea, por una parte, si alinearían las interpretaciones que consideran el f. como un episodio histórico bien delimitado en el tiempo, precisamente en el período comprendido entre las dos guerras mundiales; por la otra parte, aquellas interpretaciones que consideran el f.como una ideología, como un modelo político vigente.
Una distinción semejante no rescata la dicotomía revelación-paréntesis, ya superada. La teoría de la supervivencia del f. debe considerarse desde el punto de vista ideológico-político. De ninguna manera se puede admitir, siguiendo un juicio "revelativo", la condena moralista y apriorista de la historia de algunos países como "fascista" o "tendencialmente fascista".
Dicho esto, hay que agregar que la teoría negativa sobre la supervivencia del f. en el plano histórico impecable, se encuentra en dificultades particulares respecto de la definición del fenómeno en relación con el cual sufre una especie de presbicia, dadas las dimensiones desproporcionadas que adquieren en su análisis las formas históricas del f. italiano.
La segunda interpretación, que supone la supervivencia o posibilidad virtual del f., ha propuesto últimamente definiciones sugestivas. Para Gregor por ejemplo, el f. fue "el primer régimen revolucionario de masa que inspiró la utilización de la totalidad de los recursos humanos y naturales de una comunidad histórica en el desarrollo nacional" y sería todavía "una dictadura para el desarrollo adecuado a comunidades nacionales parcialmente desarrolladas, y en consecuencia carentes de estatus, en un período de intensa competencia internacional para alcanzar una ubicación y un estatus" (Gregor, 1969). Pero si para toda una serie de autores, desde Germani hasta Organski, la vigencia del modelo fascista está circunscrita a un conjunto de países en vías de desarrollo, a la época de la industrialización, a las sociedades en transición, hay quienes definen el f. como "la utopía de la sociedad industrial absoluta" (Plumyéne-Lasierra, 1963).
Estas versiones se contradicen sólo aparentemente y, precisamente, a través de ellas, se delinea una definición válida y omnicomprensiva del f.
III. LA TIPOLOGIA:
Nolte trata
de reducir a la unidad los diversos f., encontrando en ellos las siguientes
características comunes: La ubicación de una trayectoria que, de acuerdo con el
modo en que se ejerce el poder, va desde el autoritarismo hasta el
totalitarismo, la combinación de un motivo nacionalista con un motivo
socialista, el racismo (existente con diferentes grados de intensidad en todos
los f.), la coexistencia contradictoria de una tendencia particular y de una
tendencia universal, el sustrato social proporcionado por la clase media (con
excepción del peronismo) y al mismo tiempo la aparición de dirigentes
relativamente sin pertenencia de clase.
El objetivo se modula de diversas maneras alrededor del concepto de consolidación nacional: el kemalismo es "una dictadura de defensa y de desarrollo nacional"; el f. italiano, "dictadura de desarrollo y al final despotismo imperialista"; el nacional-socialismo se presentaba al mismo tiempo "como dictadura de reintegración nacional, despotismo impe-rialista y despotismo orientado a la salvación del mundo". Desde el punto de vista teleológico, Nolte pone de manifiesto el antimarxismo del f., un antimar-xismo que no excluye ciertas afinidades ideológicas y el uso de métodos casi idénticos (Nolte, 1966).
De Felice distingue una tipología de los países en que se consolidó el f. y una tipología del poder fascista. El f. se consolidó, particularmente, en los países caracterizados por una aceleración del proceso de movilidad social, por el predominio de una economía agraria-latifundista o por residuos de la misma no integrados a la economía nacional, por la existencia o por la falta de superación de una crisis económica, por un proceso confuso de crisis y de transformación de los valores morales tradicionales, por una crisis del sistema parlamentario que ponía en tela de juicio la legitimidad del sistema y daba crédito a la idea de una falta de alternativas de gobierno válidas, por la falta de solución, a través de la guerra, de problemas nacionales o coloniales. En esos países, el f. se consolidó a través de una concepción de la política y, más en general, de la vida de tipo místico basada en el primado del activismo irracional y en el desprecio del individuo ordinario al que se contraponía la exaltación de la colectividad nacional y de las personalidades extraordinarias (élites y super-hombre) así como el mito del jefe: un régimen político de masa (en el sentido de una movilización continua de las masas y de una relación directa jefe-masa sin intermediarios) basado en el sistema del partido único y de la milicia de partido y realizado a través de un régimen policíaco y un control de todas las fuentes informativas; un revolucionarismo verbal y un conservadurismo sustancial mitigado por una serie de concesiones sociales de tipo asistencial; el intento de crear una nueva clase dirigente, expresión del partido, y a través de este último, expresión, sobre todo, de la pequeña y mediana burguesía; la creación y la valorización de un fuerte aparato militar; un régimen económico privatista, caracterizado por una tendencia a la expansión de la iniciativa pública, a la transición de la dirección económica de los capitalistas y de los empresarios a los altos funcionarios del estado y al control de las grandes líneas de la política económica así como de la adopción por parte del estado del papel de mediador en las controversias laborales (corporativismo) y por una orientación autárquica (De Felice, 1969).
Considerando en cambio las características del f. como ideología de la industrialización, se pueden establecer una serie de condiciones predisponentes: 1] el dualismo; 2] la humillación nacional; 3] la industrialización tardía (como factor que predispone a la radicalización política); 4] la disgregación nacional (la crisis); 5] el evento (o sea, el elemento deflagrador de la crisis). Estas circunstancias predisponen mas no son constitutivas en el sentido de que facilitan el triunfo de f. sobre las demás ideologías y los demás modelos políticos. Después de llegar al poder, el f. se caracteriza por las siguientes modalidades: 1] la exigencia unitaria; 2] la llegada al poder de una generación nueva; 3] la llegada al poder de una personalidad carismática; 4] la llegada al poder de una nueva clase dirigente; 5] el intento de integración de las masas dentro del estado nacional; 6] el eclecticismo doctrinal; 7] la promoción del desarrollo industrial; 8] el empleo de fórmulas dirigistas; 9] la adopción de una política y de una economía autárquica (nacionalismo y proteccionismo); 10] la propuesta de un estilo de vida peculiar; 11] el recurso a la violencia contra toda fuerza nacional centrífuga y conflictiva.
Los últimos datos expuestos se refieren al f. triunfante. Sin embargo, la tipología no sería completa si no abarcara todos los f., tomando en cuenta la definición inicial y los demás elementos característicos ya enunciados. La clasificación se puede elaborar fijándose en la relación entre el f. y el ordenamiento socio-político al que se contrapone.
Primer caso: el sistema existente está atrasado, ha empezado apenas su transformación, o bien consiste en la superposición de estructuras modernas a una sociedad tradicional. El f. se presenta como una ideología de ruptura, como una contestación absoluta acompañada de un fuerte componente teórico. Es un movimiento de salvación con un contenido espiritualista o religioso acentuado (la religión en una sociedad arcaica es el factor unitario primigenio), con tendencias románticas y algunas veces ferozmente racistas; se opone a las tendencias cosmopolitas en que se inspira el proceso de modernización. Al presentarse, no obstante su apelación unitaria, como un factor más de fragmentación política, el f. es descartado en esta fase o está precedido de fuerzas capaces de llevara cabo el reordenamiento unitario del país en el plano coercitivo-represivo sin movilización de masa (por ejemplo, España, Portugal, así como Rumania y Hungría en el período comprendido entre las dos guerras).
Segundo caso: el sistema existente ya ha entrado en una fase de descomposición. El f. llega al poder como una ideología cicatrizante y establece un nuevo sistema que incorpora los residuos del viejo. La hegemonía del nuevo sistema es clara, pero el dualismo no queda completamente eliminado sino resuelto con un compromiso, con una especie de duopolio político, de ahí el carácter sin-crético y bipolar del sistema de poder fascista (monarquía y fascismo en Italia, ejército y peronismo en la Argentina), aun a nivel personal (el rey y el "duce", Perón y Eva Duarte). En la ideología el elemento ecléctico y pragmático predomina sobre el de la teoría.
Tercer caso: el sistema existente ha superado la crisis de la industrialización, pero se ve sorprendido por una crisis económica y moral sin precedentes que se prolonga y abre profundas grietas en las estructuras políticas y sociales. El f. se presenta nuevamente como contestación absoluta, como un sistema totalmente nuevo con un fuerte componente teórico, místico, romántico y racista, capaz de movilizar a las masas con la fórmula del pleno empleo material, y emotivo (en esa fase se puede definir el f. como una ideología total del pleno empleo). A pesar de llegar al poder por el camino de un compromiso con parte del establishment, el f. instaura una supremacía absoluta, es decir el totalitarismo (Alemania nacional-socialismo).
IV. EL FASCISMO COMO FENOMENO
INTERNACIONAL:
Los casos descritos anteriormente permiten enmarcar
claramente los distintos f. históricos. La Guardia de Hierro rumana. las Cruces
Flechada húngaras, la Acción Integrista Brasilera, los movimientos
revolucionarios bolivianos de los años '30, en nacional-sindicalismo portugués,
la Falange y las JONS españolas son fascismos del primer tipo. Hay que señalar
que todos han sido bloqueados por seudofascismos, por regímenes
contra-revolucionarios que utilizaron unas veces el ritualismo fascista, pero
que no llevaron a cabo la unidad del sistema a través de una movilización de
masa. Esto significa negar cualquier auten-ticidad "fascista" a los regímenes
del rey Carol de Rumania y posteriormente de Antonescu, a la regencia de Horthy,
al régimen de Salazar, al sistema polaco prebélico, al movimiento lappista
finlandés, al franquismo. Más dudosa es la clasificación del Estado Novo de
Vargas, un caso de "oportunismo populista".
El prototipo del segundo f. es el f.italiano. El peronismo puede incluirse tranquilamente en esta categoría. La repugnancia que encuentran algunos a considerar fascista un movimiento que tuvo y sigue teniendo una amplia base obrera carece de fundamentos. Se puede decir si acaso que por algunas circunstancias históricas propias de Argentina y sobre todo por demérito de las organizaciones sindicales tradicionales, Perón logró polarizar una fidelidad obrera mejor que el sindicalismo fascista italiano. Por lo demás, Perón no introdujo cambios substanciales en el ordenamiento jurídico de la propiedad (hizo falta hasta una reforma agraria), varias veces afirmó la exigencia de la colaboración de las clases y en el ejercicio del poder se apoyó más que en los cuadros sindicales en los cuerpos oficiales, o sea en la pequeña burguesía armada: cuando trató de prescindir del apoyo de esta última fue derrocado. Se puede en cambio excluir la existencia de un f. japonés, por lo menos a nivel del régimen (la sociedad japonesa no se ha desunido nunca, siempre ha permanecido compacta).
El tercer f. tuvo una realización única: el
nacionalismo-socialismo. Aunque en períodos de crisis surgieron en distintos
países industrializados movimientos análogos como el New Party of Mosley en Gran
Bretaña, el P.P.F. de Jacques Doriot, el Partido Nacional Socialista holandés de
Mussert, la Nasjonal Samling de Quisling, el Rex de León Degrelle en Bélgica. Se
pueden inscribir en la misma categoría el P.F.R. (Partido Fascista Republicano)
y la efímera experiencia de la República Social italiana. Se trata de
movimientos minoritarios aunque con una fórmula unitaria semimística que en
tiempos de crisis puede dar lugar a una alucinación colectiva y arrastrar a
minorías consistentes aun intelectuales. Una fórmula de este género es
particularmente atractiva, en efecto, para las élites juveniles de la pequeña
burguesía insatisfecha de la alienación tecnocrática y para ciertos sectores
proletarios impacientes, disgustados por la integración en el establishment de
las burocracias obreras.
En la clasificación hemos dejado fuera a propósito
los sistemas como el stalinismo, el castrismo, el maoísmo, aunque, según
algunos, estos regímenes a pesar de rechazar dogmática-mente la ideología
fascista se adaptan a la misma algunas veces en los módulos operativos. Es
necesario reconocerles a estos sistemas, por otra parte, los cambios
introducidos en el contexto jurídico-económico. El juicio sigue en suspenso para
varios sistemas políticos que están llevándose a cabo en países del Tercer
Mundo. El socialismo islámico reproduce indudablemente el f. y las analogías
entre el Baas y ciertos f. balcánicos son sorprendentes. La ideología
nacional-populista, que se difundió por América Latina y que tiene encarnaciones
concretas en determinados países, no es más que una denominación ulterior del f.
dualista que reproduce fielmente el itinerario básico.
V. LA ORGANIZACION DEL ESTADO FASCISTA ITALIANO:
En la
construcción del régimen fascista italiano se pueden distinguir diversas fases.
En un primer momento el f. en el poder colabora con las demás fuerzas políticas
y no modifica sustancialmente el ordena-miento vigente, limitándose a retoques
destinados a suavizar ciertas estructuras y ciertos mecanismos administrativos y
a plantear alguna veleidad tecnocrática. Las únicas disposiciones innovadoras
son la creación de la milicia voluntaria para la seguridad nacional y la ley
electoral con premio a la mayoría (ley Acerbo). En un segundo período, una vez
terminada con el crimen Matteoti la fase en que la represión de la oposición
estuvo confiada a fuerzas extralegales, empieza el desmantelamiento del sistema
pluralista representativo que se realiza prácticamente en el transcurso de dos
años (1925 y 1926); se limita la libertad de asociación (26 de noviembre de
1925); se le quita al parlamento el control del ejecutivo (24 de diciembre de
1925); se le asigna al ejecutivo la facultad de emitir normas jurídicas (31 de
enero de 1936); se suprime el autogobierno de los municipios y de las provincias
ampliando los poderes de los prefectos y sometiendo los municipios a
"potestades" nombradas por el gobierno (4 de febrero de 1926, 6 de abril de 1926
y 3 de setiembre de 1926); se establece el confinamiento policíaco de los
elementos de oposición (6 de noviembre de 1926); se instituye el Tribunal
Especial para la Defensa del Estado y se restablece la pena de muerte (25 de
noviembre de 1926). El 9 de noviembre de 1926 se termina prácticamente la
actividad legal de la oposición mediante la expulsión de la Cámara de Diputados
de los parlamentarios que se habían adherido a la secesión del Aventino. Al
final del mismo año dejan de existir los partidos incluyendo los
colaboracionistas.
La tercera fase es la de la "fascistiza-ción" del estado. El régimen trata de establecer para sí mismo instituciones originales. Estas últimas no se apoyan por otra parte en el partido al que se le aplican las mismas reglas autoritarias adoptadas en el país. La inspiración de la "fascistización" es la estadista concen-tradora del ministro Gurdasellos Alfredo Rocco, proveniente de las filas nacionalistas. El totalitarismo fascista no se traduciría en la transformación del estado sino en la acumulación de nuevas funciones dentro del estado tradicional. "El estado fascista", se ha dicho justamente, "se proclamó constantemente y con gran exhube-rancia de tonos, estado totalitario, aunque siguió siendo hasta el último también un estado dinástico y católico, y por lo tanto no totalitario en sentido fascista". "Bajo el f., el estado totalitario en cuanto integración sin residuos de la sociedad dentro del estado no logró nunca ser verdaderamente tal" (Aquarone, 1965). La misma inspiración meramente autoritaria y burocrática del poder que daría muerte al partido sin lograr hacer del estado un organismo capaz de promover la movilización social, comprimiría y daría muerte a las corporaciones con las que debería articularse la relación entre el régimen y las fuerzas productivas (v. corporativismo).
En el período 1927-1930 se configura de algún modo la apariencia del estado fascista: se aprueba la Carta de Trabajo (1927) y se instituye la Magistratura del Trabajo (1928), se fija la competencia del Gran Consejo del f. en cuestiones institucionales y constitucionales (1928 y 1929); el Consejo Nacional de las Corporaciones se incorpora a los órganos del estado (1930). Por regio decreto n. 504 del 11 de abril de 1929 se incluye el Fascio en el escudo de armas del estado.
Los años que van desde 1930 hasta 1935 son los "años de efervescencia" del régimen. Ya que el partido, bajo la guía del secretario general Aquiles Starace, a pesar de sus crecientes ramificaciones en todos los sectores de la vida nacional, se manifestó cada vez menos capaz de realizar una movilización de masa, una serie de iniciativas clamorosas (desde la primacía de los aviadores hasta las bonificaciones agrícolas y determinadas obras públicas), el uso adecuado de los modernos medios de propaganda masiva, le permiten al régimen con ocasión de la guerra de Etiopía (1935-1936), maximizar y casi unanimizar el consenso del país. las carencias del partido como órgano de movilización, el carácter subalterno de los poderes intermedios como las corporaciones se presentarán, sin embargo, en toda su gravedad durante el período de 1937-1940 para explotar durante el conflicto mundial hasta el derrumbe del 25 de julio de 1943.
En síntesis, en la década 1930-1940, el régimen experimentó una serie de fórmulas desde el totalitarismo hasta el corporativismo y el dirigismo económico, ninguna de las cuales se aplicó a fondo. El resultado de los modelos innovadores haría que en el momento del desastre la sucesión fuera recibida por el elemento tradicional del sistema, por el elemento "dinástico" y "católico".
Sólo desde hace poco el balance global de la experiencia del régimen fascista es objeto de juicios críticos meditados. Se acepta que en el plano económico el régimen logró crear un parque industrial diferenciado, un sector público robusto y dinámico, preparando además una gama de instrumentos de intervención de tipo dirigista que se utilizarían plenamente en la posguerra. En el plano social, el régimen aceleró, o por lo menos no se opuso, al ascenso de las clases emergentes y al acantonamiento de las viejas gerencias. Respecto de las clases subordinadas, a pesar de no haberse propuesto una política de bienestar, se trazaron los primeros lineamientos de un Welfare State, sobre todo gracias a una avanzada legislación asistencial. Son más oscilantes las decisiones del régimen en materia de salarios reales y de pleno empleo, debido también al estado de recesión en que se encontraba el mercado de trabajo italiano después de la clausura de las corrientes migratorias. En la política agraria y meridio-nalista el concepto de la "bonificación integral" elaborado por Arrigo Serpieri, después de un principio de actuaciones brillantes en el Campo Pontino, sufrió oposiciones y hasta la ley para la colonización del latifundio siciliano (1940) que debería marcar la recuperación.
La política militar y la diplomacia del régimen fueron catastróficas. En el campo militar se utilizó el personal y hasta los implementos prefascistas sin introducir ninguna innovación técnica digna de tomarse en cuenta. En el campo de las relaciones internacionales, el régimen exasperó los elementos básicos de la diplomacia tradicional sin el correctivo de la desprejuiciada flexibilidad que le había permitido a esta última evitar los cambios de rumbo trágicos.
El régimen fascista italiano se caracteriza fundamentalmente por un ejercicio del poder marcado por un pragmatismo absoluto:; obedeciendo a este impulso dinámico, a esta obsesión realizadora que no sólo es la "polilla" de los f., como afirma Camillo Pellizi, sino la auténtica razón de vida, se dispersó en todas direcciones como un torrente de lava, deteniéndose donde encontraba resistencia y lanzándose hacia adelante donde no la había. El partido, el sistema totalitario y las corporaciones fueron encontrando, a su turno, su punto de detención. Y siempre, por último, quedó solo el estado, el viejo estado, con sus sedimentaciones tradicionales, obligado a adoptar el papel revolucionario ya que, en realidad, su expansión parecía la menos temida y, en último análisis, seguía siendo el único punto de apoyo indiscutible de una unidad de emergencia. El uso revolucionario de un estado tradicional, de un ejército tradicional, de una diplomacia tradicional, determinan el resquebrajamiento del régimen al que, por otra parte, debido al proceso de despolitización que se lleva a cabo en el país desde 1937, a la desmovilización emotiva de las dirigencias y de las masas, a la transformación del régimen en "dirección", de acuerdo con la afortunada expresión de Bottai, no le queda otra cosa que el dilema entre un autoritarismo estático, o sea el no f., y el verdadero f., o sea la marcha ininterrumpida, el dinamismo aun nihilista.
VI. LA IDEOLOGIA DEL
FASCISMO:
"Los prejuicios son mallas de hierro o de oropel. No tenemos
el prejuicio republicano, ni el monárquico, no tenemos el prejuicio católico,
socialista o antisocialista. Somos cuestionadores, activistas, realizadores",
declara Mussolini en una entrevista al Giornale d'Italia después de la fundación
del Fascio de combate de Milán. Missiroli llama al f. "herejía de todos los
partidos". En el preámbulo doctrinal del estatuto del PNF de 1938, Mussolini
afirma: "El f. rescata de los escombros de las doctrinas liberales, socialistas
y democráticas, los elementos que todavía tienen un valor vital. Mantiene los
que se podrían llamar hechos adquiridos de la historia, y rechaza todo lo demás,
es decir el concepto de una doctrina buena para todas las épocas y para todos
los pueblos".
El posibilismo ideológico está ligado a la subordinación de las ideas a la acción. Diez años después de su asentamiento en el poder, Mussolini le dirá a Ludwig: "Me he convencido de que la primacía le corresponde a la acción, aun cuando esté equivocada. Lo negativo, el eterno inmóvil es condenación. Yo estoy de parte del movimiento. Yo soy un marchista". En todos los f. existe un florilegio de declaraciones semejantes: "Debéis caminar, debéis dejaros arrastrar por la corriente [...] debéis actuar. Lo demás llega por sí solo", exhorta León Degrelle, "No nos preguntaréis primero -escribe Drieu la Rochelle- cuál es nuestro programa sino cuál es nuestra mentalidad. El espíritu del PPF es un espíritu de vida, de acción, de velocidad". "Perón me ha enseñado -proclama Eva Duarte- que para conseguir algo no es necesario, como cree la mayor parte de la gente, hacer grandes planes. Si los planes existen tanto mejor, pero si no existen, no importa: lo que importa es comenzar a actuar. Los planes vendrán después". Y Oswald Mosley afirma por su parte: "Un gran hombre de acción observó: `el que sabe exactamente a donde se dirige no llega muy lejos'". Para Hitler, el nacional-socialismo era un "socialismo potencial que no se realizaría nunca porque estaba en una condición de cambio continuo". Plinio Salgado, que no obstante trata de darle al inte-grismo un contenido doctrinal preciso, habla de "una concepción integral de la idea, del hecho y del movimiento", atribuyéndole a este último "una importancia fundamental". Weber habla del f. como de un "activismo oportunista inspirado en la insatisfacción producida por el ordenamiento vigente, sin la intención o la capacidad de proclamar una doctrina propia y más bien con la tendencia a destacar la idea del cambio y la conquista del poder" (Weber, 1964).
Respecto de la primacía de la acción, las mismas teorías que se van incorporando poco a poco a la doctrina fascista, como el corporativismo, el; sindicalismo, el totalitarismo, el dirigismo económico, doctrinas que por otra parte se contradicen entre sí desde sus premisas, aparecen como meros ejercicios abstractos que sólo han influido marginalmente en el desarrollo del movimiento. En ese sentido es explicable que el f. no logre negar o rechazar in toto las demás ideologías, incluso el comunismo: tiende más bien a conciliarlas, a servirse de ellas una después de la otra de acuerdo con las circunstancias. El f. húngaro (las Cruces Flechadas) aceptará los votos comunistas, Mussolini restablecerá las relaciones con la Rusia de los Soviets, los fascistas españoles siguiendo a la izquierda italiana, alabarán simultáneamente la revolución de octubre y la revolución fascista, Hitler no dudará en pensar en una división del mundo con Stalin, las relaciones entre los actuales sistemas nacional-populistas y los partidos comunistas locales son demasiado ambiguas.
El activismo no es incompatible con el nacionalismo sino encuentra en este último el instrumento más adecuado, no entendiéndolo en el sentido de la conservación tradicional sino de la consolidación dinámica y de la expansión permanente de la comunidad nacional. No obstante, respecto del dinamismo, el nacionalismo es un elemento subordinado. Algunos f. aceptan concientemente la hegemonía alemana. El último f. italiano, el de 1945-1946, evocará en el Manifiesto de Verona la idea de la comunidad europea. Los nazis se consideran a sí mismos defensores de Europa. La concepción dinámica de la nación y el "orden europeo" explica la catástrofe diplomática y militar de los regímenes fascistas que, no obstante, en el plano económico y en parte en el plano social, lograron éxitos efectivos.
Una característica peculiar del f. es la percepción de la crisis. Este no cuaja como una ideología de emergencia con un programa de inmovilización y de hibernación de la sociedad enferma (no lo hacen en cambio, los sistemas de tipo militar) sino de huida hacia adelante. La unidad propuesta por el f. no es estática sino dinámica.
El f., por lo tanto, "vive y lucha en una atmósfera de crisis". "Todos los f. se consideran como el último recurso; todos están amenazados por un mundo hostil, en un estado de sitio en que la autosuficiencia material e ideológica es la única esperanza" (Weber, 1964). En 1929, Gregor Strasser proclama: "Nosotros llevamos adelante una política de catástrofe porque sólo la catástrofe, es decir el derrumbe del sistema liberal nos allanará el camino para la construcción del nuevo edificio que llamamos nacional-socialismo". La revista Die Komenden, órgano de un grupúsculo nazi, afirma en el mismo período: "Deseamos el caos porque lo dominaremos". Antes de la intervención de 1915, Mussolini plantea el dilema: "Guerra o revolución".
VII. CONCLUSION:
El f. es pues
una ideología de crisis. Nace como respuesta a una crisis a la que Talcott
Parsons llama el incremento de las anomias, o sea "la falta de integración, bajo
diversos aspectos, entre muchos individuos y los modelos institucionales
constituidos" (Talcott Parsons, 1956). La crisis puede estar relacionada con un
evento determinado (una guerra o una desocupación masiva), pero es necesario
tomar en cuenta que el evento revela la crisis, no la provoca. El sistema
democrático-liberal italiano ya se había derrumbado en 1915 antes del ingreso a
la guerra.
La crisis se manifiesta principalmente a través de la disgregación del ordenamiento existente. Un caso típico de crisis es el del dualismo de la sociedad en vías de industrialización (v.). El contenido de la respuesta fascista a la crisis es la unidad. El concepto de unidad está implícito en la denominación: Fascio. El autoritarismo, la violencia, el racismo, el totalitarismo son derivaciones y algunas veces desviaciones del principio unitario.
La unidad sigue siendo el dato prioritario y esencial. La apelación a la unidad atrae de manera particular a la juventud y a las clases medias que se consideran, dentro de la escala social, en una posición de equidistancia de los extremos y, por lo tanto, de interclasismo. Bajo este aspecto, el f. se adapta a las clases medias de tal manera que se puede definir tendencialmente como la ideología típica de las clases medias y sobre todo como la ideología de las élites juveniles de la clase media. Esto no excluye que el f. adquiera un consenso masivo aún dentro del proletariado y en ciertos sectores del establishment. Su sustrato social típico es la pequeña burguesía de origen proletario que tiene cualidades de combatividad y de agresividad desconocidas para la burguesía tradicional (las investigaciones recientes sobre los cuadros del integrismo brasilero demuestran su ubicación dentro del sector social en ascenso; la proveniencia de los jefes fascistas italianos y nazis, en su mayoría de la izquierda política o de lo que se podría llamar "la izquierda social", es conocida). En este sentido el f. es una ideología de clases que está emergiendo, radical más bien que revolucionaria. Tiene por objeto el trastocamiento del establishment (Carsen, 1970).
La conexión entre f. e industrialización está ya manifiesta en la conexión entre f. y crisis. En efecto, el recurso a sistemas de tipo fascista o influidos por el f. es casi recurrente en el período de la industrialización. La subordinación de las reivindicaciones sociales a las reivindicaciones nacionales se presenta como el instrumento más eficaz para proponerse a las masas la prórroga de la era del bienestar. También los sistemas populistas revolucionarios toman esta característica del f.
¿Cómo tiende el f. a superar la crisis? Se puede decir que trata de domarla mas no de anularla. El f. es un organizador de la tensión. La tensión es su combustible. Esta le permite mantener la movilización permanente de las masas bajo una disciplina de tipo más bélico que militar. El dinamismo fascista es un germen negativo del sistema, un detonador que tarde o temprano provoca su explosión. La conciencia de la tragedia final está presente en el sistema fascista aún en el momento del triunfo, y de ella se deriva un sentimiento de religiosidad negativa, el pesimismo activista que impresiona a Malraux en el hombre fascista, el romanticismo desesperado que aflora tarde o temprano de manera inevitable en todo f., en sus ritos desde las reuniones de Núremberg hasta la "Noche de los Tambores Silenciosos" de los integristas brasileros. Este pesimismo se pone de manifiesto, dentro de la simbología fascista, en el color "negro", en la evocación obsesiva de la muerte y en el lugar que ésta ocupa en la iconografía fascista. El decálogo del fascio turinés proclama la fe en el éxito de las "minorías de voluntad y muerte". La agonía del f. está rodeada de alusiones a la "muerte bella", a la "belleza de morir". La desesperación se contrapone a la esperanza como un elemento activo. La desesperación se sublima como activismo absoluto. La Disperata es el nombre de una escuadra de acción florentina. Por esto, también el f. triunfante se presenta al conservador Rauschning como "la revolución del nihilismo".
El dinamismo distingue claramente al f., como se ha señalado, de los demás sistemas de tipomilitar que cuando mucho podrían definirse, con una distorsión sustancial del término, como "f. estáticos".
El hecho de que se proponga resolver la crisis, aunque se alimente simultáneamente de la crisis, distingue al f. aún más de los sistemas populistas revolucionarios, que son capaces de sobrevivir precisamente por su activismo optimista. Talcott Parsons habla, a propósito del f., de una "reacción a la ideología de la racionalización de la sociedad", y en ese sentido éste se contrapone al radicalismo de izquierda y se clasifica como "un radicalismo de derecha". Aunque, a su manera, también el f. es un intento de racionalizar la sociedad, apoyándose en el factor dinámico y aplicándole a la sociedad un esquema de evolucionismo político. Racionalizando en cierto sentido el pesimismo, o haciéndolo trascender en el tema de la fe y de la muerte, propone la utopía del fuego y del peligro.
El f. queda fuera, por lo tanto, de la rígida dicotomía
derecha-izquierda. Unas veces minoritarios y otras mayoritario, pequeñoburgués o
proletario, siempre plebeyo e interclasista, dispuesto a no apelar a la
uniformidad de las condiciones sino a la igualdad y a la unidad de los
sentimientos, se le presenta a la sociedad en crisis como una alternativa
mesiánica.
BIBLIOGRAFIA. T.
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1954; C. Casucci, Il fascismo. Antologia si scritti critici, Bolonia, 1962; J.
Plumyene-R. La Sierra. Les fascismes français 1923-1963, París, 1963; E. Weber,
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E. Nolte, Die Krise des liberalsen System un die faschistischen Bewegungwn,
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interpretazioni dei contemporanei e degli storici, Bari, 1970; N. Poulantzas,
Fascismo y dictadura, México, Siglo XXI, 1971.
[LUDOVICO INCISA]
Legitimidad:
I. DEFINICION GENERAL:
En el
lenguaje ordinario el término l. tiene dos significados: uno genérico y uno
específico. En el significado genérico, l. es casi sinónimo de justicia o de
razonabilidad (se habla de l. de una decisión, de una actitud, etc.). El
significado específico aparece a menudo en el lenguaje político. En este
contexto, el referente más frecuente del concepto es el estado. Naturalmente
aquí nos ocupamos del significado específico.
En una primera aproximación se puede definir la l. como el atributo del estado que consiste en la existencia en una parte relevante de la población de un grado de consenso tal que asegure la obediencia sin que sea necesario, salvo en casos marginales, recurrir a la fuerza. Por lo tanto, todo poder trata de ganarse el consenso para que se le reconozca como legítimo, transformando la obediencia en adhesión. la creencia en la l. es, pues, el elemento integrante de las relaciones de poder que se desarrollan en el ámbito estatal.
II. LOS NIVELES DEL PROCESO DE
LEGITIMACION:
Ahora bien, si se considera el estado desde el punto de
vista sociológico y no jurídico, se comprueba que el proceso de legitimación no
tiene como punto de referencia al estado en su conjunto sino sus diversos
aspectos: la comunidad política, el régimen, el gobierno y, cuando el estado no
es independiente, el estado hegemónico al que está subordinado. Por lo tanto, la
legitimación del estado es el resultado de una serie de elementos dispuestos a
niveles crecientes, cada uno de los cuales concurre en modo relativamente
independiente a determinarla. Es necesario, por lo tanto, examinar separadamente
las características de estos elementos que constituyen el punto de referencia de
la creencia en la l.
a] La comunidad política es el grupo social
con base territorial que reúne a los individuos ligados por la división del
trabajo político. Este aspecto del estado es objeto de la creencia en la l.
cuando en la población se han difundido sentimientos de identificación con la
comunidad política. En el estado nacional la creencia en la l. se configura
predominantemente en términos de fidelidad a la comunidad política y de lealtad
nacional.
b] El régimen es el conjunto de instituciones
que regulan la lucha por el poder y el ejercicio del poder y de los valores que
animan la vida de esas instituciones. Los principios monárquicos, democrático,
socialista, fascista, etc., definen algunos tipos de instituciones y de valores
correspondientes, en los que se basa la l. del régimen. La característica
fundamental de la adhesión al régimen, sobre todo cuando ésta se basa en la fe
en la legalidad, consiste en el hecho de que los gobernantes y su política son
aceptados en cuanto están legitimados los aspectos fundamentales del régimen,
prescindiendo de las distintas personas y de las distintas decisiones políticas.
De ahí que el que legitima el poder debe aceptar también el gobierno que se
forme y actúe en conformidad con las normas y con los valores del régimen, a
pesar de que no lo apruebe y hasta se oponga al mismo o a su política. Esto
depende del hecho de que existe un interés concreto que mancomuna las fuerzas
que aceptan el régimen: la conservación de las instituciones que rigen la lucha
por el poder. El fundamento de esta convergencia de intereses consiste en el
hecho de que se adopta el régimen como plataforma común de lucha entre los
grupos políticos, ya que estos últimos lo consideran como una situación que
ofrece condiciones favorables para la conservación de su poder, para la
conquista del gobierno y para la realización parcial o total de los propios
objetivos políticos.
c] El gobierno es el conjunto de funciones en que se concreta el ejercicio del poder político. Se ha visto que normalmente, es decir cuando la fuerza del gobierno descansa en la determinación institucional del poder, para que se califique como legítimo basta que este último se haya formado en conformidad con las normas del régimen, y que ejerza el poder de acuerdo con esas normas, de tal manera que se respeten determinados valores fundamentales de la vida política. Puede suceder, sin embargo, que la persona que es jefe del gobierno sea directamente objeto de la ordenanza en la legitimidad. en el estado moderno ocurre esto cuando las instituciones políticas están en crisis y los únicos fundamentos de l. del poder son el ascendiente, el prestigio y las cualidades personales del hombre puesto en el vértice de la jerarquía estatal. En todos los regímenes existe, aunque en diversa medida, una dosis de personalización del poder, como consecuencia de la cual los hombres no olvidan nunca las cualidades personales de los jefes bajo la función que ejercen. Pero lo que es esencial para distinguir el poder legal y el tradicional del poder personal o carismático (esta célebre división es de Max Weber) es que la l. del primero se basa en la creencia en la legalidad de las normas del régimen, estatuidas ex profeso y de modo racional, y del derecho de mandar de los que detentan el poder basado en tales normas; la l. del segundo tipo se apoya en el respeto a las instituciones consagradas por la tradición y a la persona (o a las personas) que detentan el poder, cuyo derecho de mando se atribuye a la tradición; la l. del tercer tipo se funda sustancialmente en las cualidades personales del jefe, y en forma subordinada en las instituciones. Este tipo de l., al estar ligado a la persona del jefe, tiene una existencia efímera, porque no resuelve el problema fundamental del que depende la continuidad de las instituciones políticas , o sea el problema de la transmisión del poder.
d] Queda todavía por examinar el caso del estado que, al no ser independiente, no es capaz de desempeñar la tarea fundamental de garantizar la seguridad de los ciudadanos (o, algunas veces, ni siquiera el desarrollo económico). No se trata, pues, de un estado en el verdadero sentido de la palabra sino de un país conquistado, de una colonia, de un protectorado o de un satélite de una po-tencia imperial o hegemónica. Una comunidad política que se halla en esas condiciones encuentra muchas dificultades para despertar la lealtad de los ciudadanos, porque no es un centro de decisiones autónomas. En consecuencia, su lealtad debe basarse completamente o en parte en la del sistema hegemónico o imperial del que forma parte. El punto de referencia de la cre-encia en la l. será, entonces, total o parcialmente la potencia hegemónica o imperial.
III. LEGITIMACION E IMPUGNACION DE LA
LEGITIMIDAD:
Los diversos niveles del proceso de l. definen otros
tantos elementos que representan el punto de referencia obligado hacia el cual
se orientan los individuos y los grupos en el contexto político. Si analizamos
la acción de estos últimos, desde este punto de vista podemos descubrir dos
tipos fundamentales de comportamiento. Si determinados individuos o grupos se
dan cuenta de que el fundamento y los fines del poder son compatibles o están en
armonía con su propio sistema de creencias y actúan en pro de la conservación de
los aspectos básicos de la vida política, su comportamiento se podrá definir
como legitimación. En cambio, si el estado es considerado en su estructura y en
sus fines como contradictorio con el propio sistema de creencias, y este juicio
negativo se traduce en una acción orientada a transformar los aspectos básicos
de la vida política, este comportamiento podrá definirse como impugnación de la
l.
El comportamiento de legitimación no caracteriza solamente a las fuerzas que sostienen el gobierno sino también a las que se oponen al mismo, en cuanto no tengan el propósito de cambiar también el régimen o la comunidad política. La aceptación de las "reglas del juego", en particular, o sea de las normas en que se basa el régimen, no entraña solamente, como ya se ha señalado, la aceptación del gobierno y de sus mandatos, en cuanto estén conformes con el régimen, sino también la legítima expectativa, para la oposición, de transformarse en gobierno.
La diferencia entre oposición del gobierno e impugnación de la l. en ciertos aspectos corresponde a la que existe entre política reformista y política revolucionaria. El primer tipo de lucha tiende a lograr innovaciones -conservando las estructuras políticas existentes-, combate al gobierno pero no a las estructuras que condicionan su acción y propone un modo distinto de administrar el sistema constituido. El segundo tipo de lucha está dirigido contra el orden constituido y tiene por objeto modificar sustancialmente algunos de sus aspectos fundamentales; no combate únicamente al gobierno sino también al sistema de gobierno, o sea a las estructuras del que éste es expresión.
Con esto hemos pasado ya a examinar el comportamiento impugnador de la l. En este sector hay que distinguir dos actitudes: la de rebelión y la revolucionaria. La actitud de rebelión se limita a la simple negación, al rechazo abstracto de la realidad social, sin determinar históricamente la propia negación y el propio rechazo. En consecuencia, no es capaz de reconocer el movimiento histórico de la sociedad, ni de encontrar objetivos de lucha concretos, y termina siendo prisionero de la realidad que no logra cambiar. La actitud revolucionaria lleva a cabo, en cambio, una negación determinada históricamente de la realidad social. Su problema consiste siempre en descubrir la lucha concreta, puesta de manifiesto por el movimiento histórico real que permita realizar las transformaciones posibles de la sociedad. Esto significa que la acción revolucionaria no tiene nunca como objetivo cambiar radicalmente la sociedad sino derribar las instituciones políticas que impiden el desarrollo y crear otras nuevas capaces de liberar las tendencias que han madurado en la sociedad hacia formas de convivencia más elevadas. Por lo que respecta, luego, a la elección del método legal o ilegal para realizar los objetivos revolucionarios, se trata de un problema que se resuelve en las diferentes fases de la lucha en función de la utilidad y de la eficacia de cada una de las acciones relacionadas con el fin. La estrategia debe, en efecto, adaptarse a las circunstancias en que se desarrolla la lucha, que no pueden ser elegidas.
IV. ESTRUCTURA POLITICA Y SOCIAL,
CREENCIAS EN LA LEGITIMIDAD E IDEOLOGIA:
El influjo del consenso de
los diferentes miembros de una comunidad política en la legitimación de
cualquier estado, aun del más democrático, no es de hecho equivalente. El pueblo
no es una suma abstracta de individuos, cada uno de los cuales participa
directamente con igual cuota de poder en el control del gobierno y en el proceso
de formación de las decisiones políticas, como aparece a través de la ficción
jurídica de la ideología democrática. Las relaciones sociales no subsisten entre
individuos absolutamente autónomos sino entre individuos situados que ocupan un
papel definitivo en la división social del trabajo. Ahora bien, la división del
trabajo y la lucha social y política que se deriva de aquélla hacen que la
sociedad no se considere nunca a través de representaciones conformes con la
realidad sino con una imagen deformada de los intereses de los protagonistas de
esa lucha (ideología) cuya función consiste en legitimar el poder constituido.
Se trata de un representación completamente fantástica de la realidad y no de
una simple mentira. Cada ideología, cada principio de l. del poder, para
desarrollarse con eficacia, debe, en efecto, contener también elementos
descriptivos que lo hagan creíble y, en consecuencia, idóneo para producir el
fenómeno del consenso. Por este motivo, cuando las creencias en que se basa el
poder no corresponden ya a la realidad social, se abandonan y se asiste al
cambio histórico de ideologías.
Cuando el poder es estable y es capaz de cumplir de manera progresista o conservadora sus propias funciones esenciales (defensa, desarrollo económico, etc.), esto hace valer simultáneamente la justificación de su propia existencia, apelando a determinadas exigencias latentes en las masas, y con la potencia de su propia positividad se crea el consenso necesario. En los períodos de estabilidad política y social el influjo sobre la formación de la conciencia social de los que la división del trabajo ha colocado en el vértice de la sociedad es decisiva, porque es capaz de condicionar en forma relevante el comportamiento de los que no ocupan papeles privilegiados. A estos últimos les parece tan importante la realidad del estado que tienen la sensación de encontrarse frente a una fuerza natural o condiciones necesarias e inmutables de la existencia asociada. Por otra parte, para adaptarse a la dura realidad de su condición social, el hombre ordinario se ve llevado a idealizar su pasividad y sus sacrificios en nombre de principios absolutos capaces de hacer realidad el deseo y de convertir en verdad su esperanza.
En cambio, cuando el poder está en crisis, porque su estructura ha entrado en contradicción con el desarrollo de la sociedad, entra tambien en crisis el principio de l. que lo justifica. Ocurre esto porque en las fases revolucionarias, o sea cuando el aparato del poder se deshace, caen también los velos ideológicos que lo ocultaban a la población y se manifiesta a plena luz su incapacidad de resolver los problemas que van madurando en la sociedad. Entonces la conciencia de las masas entra en contradicción con la estructura política de la sociedad; todos se vuelven políticamente activos, porque las decisiones son simples y comprometen directamente al hombre ordinario; el poder de decisión está realmente en manos de todos. Naturalmente estos fenómenos ocurren mientras no se haya formado otro poder y, en consecuencia, otro principio de l. La experiencia histórica demuestra, en efecto, que a todo tipo de estado le corresponde un tipo distinto de l., o sea a cada forma de lucha por el poder le corresponde una ideologia dominante distinta.
V. EL ASPECTO DE VALOR DE LA
LEGITIMIDAD.
El consenso hacia el estado no ha sido nunca (y no es)
libre sino siempre, por lo menos en parte, forzado y manipulado. la legitimación
se presenta de ordinario como una necesidad, cualquiera que sea la forma del
estado. Numerosas investigaciones sociológicas han probado, por ejemplo, que el
fenómeno de la manipulación del consenso existe también en los regímenes
democráticos. Ahora bien, como el poder determina siempre, por lo menos en
parte, el contenido del consenso, que puede ser, por consiguiente, más o menos
libre o más o menos forzado, no parece lícito darle el atributo de legítimo
tanto a un estado democrático como a un estado tiránico por el solo hecho de que
en ambos se manifiesta la aceptación del sistema.
Si nos limitamos a definir como legítimo un estado del que se aceptan los valores y las estructuras fundamentales, esta formulación termina incluyendo también lo opuesto de lo que comúnmente se entiende por consenso: el consenso impuesto y el carácter ideológico de su contenido. La definición propuesta al principio se ha manifestado, por lo tanto, insatisfactoria, porque es compatible con cualquier contenido. Para superar esta incongruencia, que parece invalidar la misma exactitud semántica de la definición descriptiva, hay que poner en evidencia una característica que el termino l. tiene en común con muchos otros términos del lenguaje político (libertad, democracia, justicia, etc.): designa al mismo tiempo una situación y un valor de la convivencia social. La situación que designa este término consiste en la aceptación del estado por parte de una fracción relevante de la población; el valor es el consenso libremente manifestado por una comunidad de hombres autónomos y conscientes. El sentido de la palabra l. no es estático sino dinámico; es una unidad abierta, de la que se presupone un cumplimiento posible en un futuro indefinido y cuya realidad actual es sólo un asomo. En cualquier manifestación histórica de la l. brilla siempre la promesa, presentada hasta ahora como irrealizada, de una sociedad justa en que el consenso, que constituye su esencia, pueda manifestarse libremente sin interferencia del poder y de la manipulación y sin mistificaciones ideológicas. Con esto hemos adelantado cuáles son las condiciones sociales que permitirían aproximarse a la plena realización del valor incorporado en el concepto de l.: la desaparición tendencial del poder en las relaciones sociales y del elemento psicológico que está ligado a ellas: la ideología.
Ahora bien, el criterio que permite discriminar los diversos tipos de consenso parece consistir en el distinto grado de deformación ideológica a que está sometida la creencia en la l. y en el distinto grado de manipulación correspondiente a que se sujeta dicha creencia. de acuerdo con este criterio se podría demostrar que no todos los tipos de consenso son iguales y que sería más legítimo el estado en que el consenso pudiera expresarse más libremente y en el que fuera menor la intervención del poder y de la manipulación y, por lo tanto, menor el grado de deformación ideológica de la realidad social en la mente de los individuos. Por tanto, cuanto más forzado sea el consenso y más tenga un carácter ideológico, tanto más será aparente. De acuerdo con esto se puede formular una nueva definición de l. que permita superar las limitaciones y las incongruencias de la propuesta al principio. Se trata en esencia de integrar en la definición el aspecto de valor, que es un elemento constitutivo del fenómeno. Por consiguiente se podrá decir que la l. del estado es una situación que no se realiza nunca en la historia, sino como aspiración, y que, por consiguiente, un estado será más o menos legítimo en la medida en que realice el valor de un consenso manifestado libremente por parte de una comunidad de hombres autónomos y conscientes, o sea en la medida en que se acerque a las idea-límite de la eliminación del poder y de la ideología en las relaciones sociales.
BIBLIOGRAFIA. M. Weber, Wirtschaft und Gesellschaft, Tubinga, 1922; C. Schmitt, Legalitat und Legitimitat, Munich- Leipzig, 1932; G. Ferrero, Potere, 1942; D. Easton, A systems analysis of political life, Nueva York, 1965; AA.VV., L'idée de légitimité, París, 1967. [LUCIO LEVI]
Partidos políticos
I. DEFINICION:
Dar una
definición de p.p. no es simple porque este fenómeno se ha presentado y se
presenta con características notablemente diferentes tanto desde el punto de
vista de las actividades concretas que ha desarrollado en lugares y tiempos
distintos como en términos de estructuración organizativa que el mismo ha
asumido y asume. Según la famosa definición de Weber el p. es "una asociación
[...] dirigida a un fin deliberado, ya sea éste 'objetivo' como la realización
de un programa que tiene finalidades materiales o ideales, o 'personal', es
decir tendiente a obtener beneficios, poder y honor para los jefes y secuaces o
si no tendiente a todos estos fines conjuntamente". Sin embargo, no obstante el
hecho de que desde la antigüedad han existido grupos de personas que siguiendo a
un jefe luchaban con todos los medios para la obtención del poder político, es
una opinión compartida por los estudiosos de política la de considerar como p.
verdaderos las organizaciones que surgen cuando el sistema político ha alcanzado
un cierto grado de autonomía estructural, de complejidad interna y división del
trabajo que signifique, por un lado un proceso de formación de las decisiones
políticas en la que participan varias partes del sistema, y por otro lado que
entre estas partes estén comprendidos, teórica y efectivamente, los
representantes de aquellos a los que se refieren las decisiones políticas. De lo
cual deriva que en la noción de p. entran todas aquellas organizaciones de la
sociedad civil que surgen en el momento en el que se reconoce, teórica o
prácticamente, al pueblo el derecho de participar en la gestión de poder
político y que con este fin se organizan y actúan.
En esta acepción los p. aparecen por primera vez en aquellos países que fueron los primeros en adoptar la forma de gobierno representativo. Esto no significa que los p. nacen automáticamente con el gobierno representativo sino más bien que los procesos políticos y sociales que llevaron a esta forma de gobierno, que preveía una gestión del poder por parte de los "representantes del pueblo", más adelante en el tiempo han llevado a una progresiva democratización de la vida política y a la inserción de sectores cada vez más amplios de la sociedad civil en el sistema político. En términos generales puede decirse que el nacimiento y el desarrollo de los p. está vinculado al problema de la participación, es decir al progresivo aumento de la demanda de participar en el proceso de formación de las decisiones políticas por parte de clases y estratos diversos de la sociedad. Esta demanda de participación se presenta de manera más intensa en los momentos de grandes transformaciones económicas y sociales que trastornan la estructura tradicional de la sociedad y amenazan con modificar sus relaciones de poder: es en estas situaciones cuando surgen grupos más o menos grandes y más o menos organizados que se proponen actuar por una ampliación de la gestión del poder político a sectores de la sociedad que anteriormente estaban excluidos o que proponen una distinta estructuración política y social de la misma sociedad. Naturalmente el tipo de movilización y los estratos sociales que están implicados, además de la organizacion política de cada país, determinan en gran parte las características distintivas de los grupos políticos que se forman de este modo.
II. EL PARTIDO DE
NOTABLES:
Históricamente el origen de los p. se puede hacer remontar a
la primera mitad del siglo XIX, en Europa y en los Estados Unidos. Es el momento
de la afirmación del poder de la clase burguesa y, desde un punto de vista
político, es el momento de la difusión de las instituciones parlamentarias o de
la batalla política por su constitución. En Inglaterra, el país de tradiciones
parlamentarias más largas, los p. hacen su aparición con el Reform Act de 1832
que, ampliando el sufragio, permitió que los estratos industriales y comerciales
del país participaran junto a la aristocracia en la gestión de los negocios
públicos. Antes de esa fecha no puede hablarse en Inglaterra de p.p. propiamente
dichos: los dos grandes p. de la aristocracia, surgidos desde el siglo XVIII y
presentes desde entonces en el parlamento, no tenían fuera del mismo ninguna
relevancia y ningún tipo de organización; se trataba de simples etiquetas detrás
de las cuales estaban los representantes de un estrato homogéneo, no dividido
por conflictos de interés o diferencias ideológicas sustanciales, que adherían a
uno o al otro grupo sobre todo por tradiciones locales o familiares. Como afirma
Weber, no eran más que séquitos de poderosas familias aristocráticas tanto que
"cada vez que un Lord, por cualquier motivo, cambiaba p., todo lo que de él
dependía pasaba contemporáneamente al p. opuesto".
Después del Reform Act comenzaron a surgir en el país algunas estructuras organizativas que tenían el objetivo de ocuparse de los cumplimientos previstos por la ley para la elección del parlamento y de recoger votos a favor de este o aquel candidato. Se trataba de asociaciones locales promovidas por candidatos al parlamento, o por grupos de notables que habían combatido por la ampliación del sufragio, o algunas veces por grupos de interés. Estos círculos agrupaban un número más bien restringido de personas, funcionaban casi exclusivamente durante los períodos electorales y estaban guiados por notables locales -aristócratas o granburgueses- que elegían los candidatos y suministraban el financiamiento de la actividad electoral. Entre los círculos locales no existía ningún tipo de vínculo organizativo ni en sentido vertical ni en sentido horizontal. La identidad partidaria de los mismos, así como su expresión nacional, se encontraba en el parlamento; era la fracción parlamentaria del p. la que tenía el deber de preparar los programas electorales y elegir a su vez los líderes del p. El poder de la fracción parlamentaria del p., además, lo aumentaba el hecho de que los diputados tenían un mandato absolutamente libre: de su acción política no eran responsables ni frente a la organización que había contribuido a su elección ni frente a los electores sino, como entonces se afirmaba, ellos eran responsables "sólo frente a la propia conciencia".
Este tipo de p. que en la literatura socio-lógica se llama p.
de "notables" haciendo referencia a su composición social o p. de "comité" en
consideración a su estructura organizativa o de "representación individual" por
el género de representación que expresaba es el que prevalece durante todo el
siglo XIX en la mayor parte de los países europeos. Hay, obviamente, diferencias
de un país a otro, ya sea porque en algunos países los p. surgieron mucho más
tarde (en Alemania, por ejemplo, sólo se puede hablar de p. después de la
revolución de 1848 con la formación de los p. liberales de la burguesía, y en
Italia solamente después de la unificación nacional) o ya sea porque las
condiciones sociales y políticas que llevaron a su constitución fueron
parcialmente distintas de las inglesas. Sin embargo puede afirmarse en general
que la entrada de la burguesía en la vida política estuvo signada por el
desarrollo de una organización partidaria basada en el comité y que mientras el
sufragio fue limitado y la actividad política fue casi exclusivamente una
actividad parlamentaria de la burguesía, no hubo cambios en la estructura
partidaria.
III. EL PARTIDO DE APARATO:
En las décadas que precedieron y que siguieron la terminación del
siglo XIX la situación comenzó a cambiar como consecuencia del desarrollo del
movimiento obrero. Las transformaciones económicas y sociales producidas por el
proceso de industrialización llevaron a la escena política a las masas populares
cuyas reivindicaciones se expresaron inicialmente en movimientos espontáneos de
protesta, encontrando luego canales organizativos cada vez más complejos hasta
la creación de los p. de trabajadores. Es justamente con el surgimiento de los
p. socialistas -en Alemania en 1875, en Italia en 1892, en Inglaterra en 1900,
en Francia en 1905- que los p. asumen connotaciones absolutamente nuevas: un
séquito de masas, una organización difundida y estable con un cuerpo de
funcionarios retribuidos expresamente por desarrollar actividad política y un
programa político sistemático.
Estas características respondían a exigencias específicas de los p. de trabajadores, ya sea por los objetivos políticos que éstos se proponían, ya sea por las condiciones sociales y económicas de las masas a las cuales se dirigían. Los movimientos socialistas habían nacido con el programa de promover un nuevo modo de convivencia civil, de la que habrían sido los creadores las clases subalternas emancipadas social y políticamente. Con ese fin era necesario educar a las masas, hacerlas políticamente activas y conscientes de su propio papel. Para lograr esto no era suficiente una genérica agitación política en la ocasión que representaban las elecciones ni asumía una gran importancia la actividad parlamentaria. Era necesario que en el país se desarrollara una estructura organizativa estable y articulada, capaz de realizar una acción política continua que implicara el mayor número posible de trabajadores y que tocase todas las esferas de su vida social. Además era necesario que a la actividad de educación y propaganda y al trabajo organizativo se dedicaran completamente personas calificadas, correspondientemente retribuidas por esto, ya que no era posible que los trabajadores, con duros horarios de trabajo y bajos salarios, dedicaran a la actividad políticas más que algún recorte de su tiempo libre, ni que abandonasen el trabajo para dedicarse a la política a simple título honorario. Se presentaba también el problema del financiamiento del p.: al faltar los "notables" que financiaban la actividad y la organización política, se introdujo el sistema de las "cuotas" es decir las contribuciones periódicas que cada miembro debe dar al partido.
La estructura que se desarrolló de ese modo tuvo una configuración de tipo piramidal. En la base estaban las uniones locales -círculos o secciones- con la tarea de encuadrar todos los miembros del p. pertenecientes a un determinado ámbito territorial (ciudad, barrio o pueblo). Las secciones tenían reuniones periódicas en las que se discutían los principales problemas políticos y organizativos del momento, se ocupaban de la actividad de propaganda y proselitismo y elegían los propios órganos directivos internos además de los propios representantes en los niveles superiores del partido. A su vez las secciones estaban organizadas a nivel de circunscripción electoral o a nivel provincial o regional en federaciones, que constituían los órganos intermedios del p. con funciones predominantemente de coordinación. Finalmente, el vértice estaba constituido por la dirección central elegida por los delegados enviados por las secciones al congreso nacional que era el máximo órgano deliberante del p., el que establecía la línea política a la cual debían someterse todas las instancias del p., desde las secciones hasta la dirección central. Todas las posiciones de responsabilidad tenían carácter electivo, así como era obligación de las asambleas del p. elegir los candidatos a las elecciones. Estos últimos, una vez elegidos, tenían un mandato imperativo y estaban obligados en consecuencia a mantener una rígida disciplina de p. en su actividad parlamentaria.
Junto con la estructura partidaria propiamente dicha, los p. socialistas podían contar con una gran red de organizaciones económicas, sociales y culturales -sindicatos, cooperativas, organizaciones de asistencia para los trabajadores y sus familias, círculos de difusión, periódicos e imprentas- que actuaban como instrumentos de integración social y contribuían en el reforzamiento de la identidad política y de los valores que el p. proponía. Esas organizaciones en general habían nacido antes que el partido y habían contribuido a su fundación: sin embargo el p. se preocupaba por reforzarlas y por crear otras nuevas con el fin, justamente, de ampliar la propia presencia social.
La extensión y la complejidad de esta red organizativa indica cómo los p. socialistas, por lo menos en las primeras décadas de su historia, se preocuparon sobre todo de la movilización permanente de sus adherentes y de la conquista de nuevos espacios de influencia, cada vez más grandes, en el interior de la sociedad civil, en el intento de agrandar la intensidad de la adhesión a su proyecto de gestión de la sociedad. El momento electoral y la conquista de los puestos en el parlamento era importante sobre todo como ocasión ulterior para signar la propia presencia entre las masas y como ulterior instrumento de la propia batalla política, pero no constituía el objetivo principal del partido. Más aún con mucha frecuencia el parlamento era considerado con una cierta desconfianza y el grupo parlamentario del p. era sujeto de una particular vigilancia para que su comportamiento respondiese a la línea política decidida por los congresos nacionales y hecha respetar por la dirección.
Este modelo, denominado "p. de aparato" o "p. organizativo de
masa", se aplica sobre todo al p. socialdemócrata alemán en el período de su
línea revolucionaria, pero caracteriza en cierta medida también los p.
socialistas franceses e italiano. Este último, aun contando con una estructura
organizativa difundida en casi todo el país y con una serie de organizaciones de
apoyo como las cámaras de trabajo, las cooperativas y las casas rurales tenían
vínculos organizati-vos verticales bastante frágiles y su grupo parlamentario
estaba dotado de una notable autonomía. Esto se debía al hecho de que el p.
socialista italiano era la expresión de sectores heterogéneos de las clases
subalternas, carecía de un fuerte núcleo obrero ya que el desarrollo capitalista
italiano estaba apenas en sus comienzos y, en consecuencia, en el mismo
coexistían líneas políticas diferentes que impedían la construcción de una
"máquina" partidaria racionalmente organizada y políticamente homogénea. En las
primeras décadas del siglo XX el p. socialista italiano acentuó su
características de p. organizativo de masa, pero en Italia el modelo más
completo de ese p.se producirá después de la segunda guerra mundial con el
desarrollo del p. comunista.
IV. EL PARTIDO
ELECTORAL DE MASAS:
La rápida expansión de los p. obreros estaba
destinada a producir cambios graduales también en los p. de la burguesía,
especialmente luego de la introducción del sufragio universal y de la
integración parcial o total de los p. obreros en el sistema político. Al
comienzo los notables no se mostraron muy favorables a la formación de p. de
masas: había habido progresivas ampliaciones de la participación en los círculos
y en los comités electorales, y también se había tratado de unificar a nivel
nacional el trabajo electoral y potenciarlo a través del empleo de personal
político de tiempo completo; sin embargo el miedo de ver amenazada la propia
función de preeminencia por una democratización de sus p. o de ver cuestionada
la propia concepción de la política o los propios criterios de gestión del poder
produjeron en los notables una acentuada hostilidad respecto de los p. de masas.
Además, teniendo en sus manos los principales resortes del poder político y
pudiendo accionar sobre el ejército y la burocracia, los p. de la burguesía
pudieron impedir por un cierto período la integración política de los p. de
trabajadores y neutralizar en consecuencia su competencia en el mercado
político. Solamente en Inglaterra, donde el p. laborista fue rápidamente
aceptado como legítimo aspirante al poder gubernativo, el p. conservador comenzó
desde la terminación de la primera guerra mundial su conversión en p. con
participación de masa. En la Europa continental este proceso se produjo en
general sólo después de la segunda guerra mundial, cuando la mayor parte de los
p. de comité estuvieron obligados a darse un aparato estable para una eficaz
actividad de propaganda, buscar un séquito de masas y vinculaciones con grupos y
asociaciones de la sociedad civil capaz de dar al p. una base estable de
consenso.
Sin embargo, a diferencia de los p. de trabajadores, estos p. han tenido y tienen como característica distintiva la movilización de los electores más que de los inscriptos. Dotados con una organización parcialmente calcada de los p. obreros -con secciones, federaciones, dirección centralizada y personal político empleado a tiempo completo- los p. electorales de masas en general no se dirigen a una clase o estrato particular sino que tratan de obtener la confianza de los estratos más diversos de la población, proponiendo en plataformas amplias y flexibles, además de suficientemente vagas, la satisfacción del mayor número de exigencias y la solución de los más diferentes problemas sociales. Justamente por sus objetivos esencialmente electorales, la participación de los inscriptos a la formulación de las plataformas políticas de los p. es de naturaleza puramente formal: más que el debate político de base, la actividad más importante del p. es la elección de los candidatos a las elecciones, que deben cumplir toda una serie de requisitos idóneos para el aumento del potencial electoral del p. Por esta razón asumen todavía importancia los notables, que por el hecho de ocupar posiciones claves en la sociedad civil, pueden procurar al p. vastas clientelas y suministrar parte de los medios económicos necesarios para la financiación de la actividad electoral. En este tipo de p. no existe, o existe en un modo muy contrastado, una disciplina de p. o una acción política unitaria: es muy frecuente, en efecto, que el p. presente rostros diferentes según los sectores y las zonas geográficas a los cuales se dirige, y sucede también con frecuencia que su línea política sufre variaciones "tácticas", inclusive notables, vinculadas con momentos políticos particulares. Por este conjunto de características el p. electoral de masas ha sido también definido p. atrapatodo.
El p. atrapatodo es el último en aparecer en la escena política europea y en un cierto sentido concluye la historia así como se ha desarrollado hasta ahora. Hay que repetir que se trata de una "historia" que prescinde en gran parte de los acontecimientos específicos de los estados particulares ya que las características sociales y políticas de los distintos estados europeos han influido tanto sobre la fecha de nacimiento del sistema político como sobre el período de constitución de este o de aquel p., o de p. con características "mixtas". Además, si bien entre los p. que acabamos de describir existe un orden de sucesión, en el sentido de que históricamente han aparecido en el orden señalado, no existe entre los mismos una relación evolutiva necesaria: en efecto, no es cierto que un tipo de p. produzca inevitablemente otro, con la consecuente desaparición del precedente. Más bien causas sociales o políticas específicas llevan al surgimiento de una determinada configuración partidaria que puede durar por un cierto tiempo, luego modificarse y finalmente asumir características absolutamente nuevas. Esto significa, entre otras cosas, que distintos tipos de p. pueden coexistir en el mismo sistema partidario: en efecto, si bien la mayor parte de los p. burgueses se ha transformado en p. electorales de masas, existen todavía pequeños p. de notables, de la misma forma como en algunos países existen contemporánea-mente p. electorales de masas y p. de aparato (v. sistemas de partido).
V. TRANSFORMACION DEL PARTIDO DE
APARATO:
Lo que se ha dicho hasta el momento sobre las modificaciones
que pueden intervenir en una determinada configuración partidaria lo demuestran
las transfor-maciones que sufre el p. de aparato. Este es el p. que suscitado
mayor interés en la literatura y en las publicaciones sociológicas y políticas:
algunos lo juzgan como el que mejor permite la participación política a los
ciudadanos, otros lo consideran una estructura antidemocrática, dominada por los
aparatos y por lo tanto instrumento de manipulación de las masas. Sin embargo es
considerado unánimemente el p. "moderno" por excelencia, consecuencia necesaria
o inevitable de la democracia de masas, destinado a tomar el lugar de todos los
otros. Hubo inclusive intentos de transformar algunos p. electorales de masas en
p. de aparato (por ejemplo, en Italia existió en 1954-1958 la tentativa de
Fanfani de transformar en este sentido la estructura de la DC), y muchas voces
expresaron los augurios por una transformación de todos los p. en esta
dirección.
Sin embargo estas tentativas y estos deseos non se realizaron jamás totalmente, mientras que por otro lado, se ha verificado una progresiva modificación de los p. de aparato. En particular éstos han ido perdiendo algunas de sus características distintivas, como la alta participación de la base en la vida del p., la continua obra de educación intelectual y moral de las masas, la precisión del programa político y la apelación a la transformación de la sociedad. Por el contrario, se ha acentuado su orientación electoral y en consecuencia el empleo de un esfuerzo cada vez mayor para aumentar su influencia más allá de la propia base tradicional y la importancia siempre creciente de la actividad parlamentaria. Es decir que se asistiría a un proceso de homogeneización de los p. tendientes a convertirse en su totalidad en p. "atrapatodo".
Las razones que están en la base de esta tendencia son de orden social y político conjuntamente. En los principales países europeos, después del período de veloz y desordenado desarrollo económico posterior a la segunda guerra mundial y que se postergó hasta casi los comienzos de la década de 1960, se ha asistido a un progresivo ajuste social que ha visto el logro de un mínimo de seguridad social y económica de amplios sectores de la población, la disminución de la perceptibilidad de las diferencias de clase y un cierto cambio de las orientaciones básicas de la población a favor de una genérica orientación de tipo escolar y privado. Es decir que se ha pasado de un período de movilización social que provocaba transformaciones en el sistema de estratificación social de la sociedad -situación que en general provoca un alto grado de participación política a causa de la necesidad que se siente de tomar parte en la redefinición del sistema social y por lo tanto favorable al nacimiento o al potencia-miento de los p. de aparato- a un período de relativa estabilización de las relaciones sociales y a una definición más o menos estable de las reglas de convivencia civil, con la consecuente caída de la participación política de las masas.
Además, más o menos en el mismo período, ha terminado, por lo menos formalmente, el proceso de integración de las masas populares en el sistema político: los p. de origen obrero han sido reconocidos en casi todas partes como legítimos competidores en el mercado político -especialmente aquellos que han abandonado completamente toda referencia a una transformación radical de la sociedad- y, por lo tanto, como posibles detentadores del poder político. Esto ha sido favorecido entre otras cosas por la intervención cada vez mayor del estado en los sectores más distintos de la sociedad y en consecuencia por la necesidad de una planificación económica y social que necesita la colabo-ración, expresa o tácita, de los p. obreros, especialmente cuando éstos pueden contar con el apoyo de las organizaciones sindicales más fuertes que existen en el país.
Entonces, la posibilidad actual o potencial de administrar el poder político, además de la estabilización de la situación social con la caída de la participación política de las masas, conlleva la necesidad para estos p. de atenuar los requerimientos de clase para favorecer una imagen de sí que encuentre el consentimiento de distintos sectores de la sociedad: es decir que no se habla más de las instancias y de los intereses de una determinada clase sino que se hace referencia al interés "nacional" y alas instancias generales de la sociedad. Todo esto tiene naturalmente consecuencias a nivel de estructura organizativa. Ya no es necesario solicitar la participación a nivel de base más que para fines de propaganda electoral, de la misma forma que resulta superflua la obra de educación moral y política de las masas. Por el contrario, se hace más importante desarrollar el profesionalismo político en los niveles medio-altos del p., cooptar "expertos" y ser capaces de enfrentar una actividad política cada vez más compleja y recurrir a los notables para aumentar las propias posibilidades electorales.
Excepción hecha de los p. comunista francés e italiano, que también están sometidos a presión en este sentido, este proceso de transformación parece afectar a los principales p. de aparato europeos. Obviamente los p. pueden encontrar límites, más o menos rígidos, a sus propias tendencias "atrapatodo": ciertos intereses en evidente contraste con los de la propia base tradicional no pueden ser representados, si no se quiere incurrir en una defección electoral de la misma base así como persistentes tradiciones políticas de clase pueden desaconsejar una propaganda intercla-sista muy fuerte. En general, sin embargo, los p. superan estos obstáculos evitando tomar posiciones netas sobre problemas capaces de crear divisiones y conflictos en el interior del país y compiten por la conquista del poder político con plataformas electorales y sistemas de gestión del propio potencial político que no presentan substanciales diferencias con las de los otros p. sino que más bien son bastante similares entre sí.
En síntesis, podría decirse que la persistencia de los p. "atrapatodo" parece vinculada a un cierto grado de estabilidad del sistema social y a la capacidad del sistema político de suscitar un consenso generalizado sobre algunos temas y problemas básicos: en el momento en el cual, por cualquier motivo de orden interno o internacional, surgieran crisis capaces de cuestionar las relaciones sociales existentes y naciera la necesidad de una restauración del sistema con probabilidad se produciría un "retorno" de los viejos p. de aparato a sus características originales y una correlativa transformación de los otros p. presentes en el sistema.
VI. FUNCIONES DE LOS PARTIDOS.
La aparición de los p. de masa, ya sea bajo forma de p. de aparato como en
la de p. electoral, ha convertido en crucial un problema que en la literatura
sociológica y política ha sido muy debatido desde la aparición de los p., vale
decir el problema de sus funciones. Con esta expresión se indican en general
todas aquellas actividades de los p. que producen consecuencias más o menos
relevantes en el sistema político y social. Especialmente en el momento en el
cual los p. se difundieron en gran parte de mundo y asumieron un gran relieve en
la vida política, el problema de sus funciones se ha convertido no sólo en una
cuestión teórica sino también y sobre todo, en una cuestión política que
inevitablemente ha suscitado respuesta contrastantes y con frecuencia
polémicas.
Al analizar el desarrollo de los p. se ha visto como éstos han
sido un instrumento importante, si no el principal, a través de los cuales
grupos sociales siempre en aumento se han introducido en el sistema político y
cómo, sobre todo por medio de los p., esos grupos han podido expresar de manera
más o menos completa sus reivindicaciones y sus necesidades y participar, de
manera más o menos eficaz en la formación de las decisiones políticas. Que los
p. transmiten lo que en la literatura sociológica y política se llama la
"demanda política" de la sociedad y que a través de los p. las masas participen
en el proceso de formación de las decisiones políticas, significa el
cumplimiento de las dos funciones que se le reconocen unánimemente a los p.p. A
la función de transmisión de la demanda política pertenecen todas aquellas
actividades de los p. que tienen como finalidad lograr que a nivel decisional
sean tomadas en consideración ciertas exigencias y ciertas necesidades de la
sociedad. Al momento de la participación en el proceso político pertenecen actos
como la organización de las elecciones, el nombramiento del personal político,
etc., a través del cual el p. se constituye como sujeto de acción política, es
decir que viene delegado para actuar en el sistema con la finalidad de
conquistar el poder, y en consecuencia gobernar.
Es evidente que si se hace
referencia a los viejos p. de notables no existen al respecto muchos problemas;
éstos, en efecto, reunían un estrato homogéneo y no dividido por fuertes
contrastes de principios o de intereses y no tenían necesidad de una
organización ni de procedimientos muy complicados para transmitir la demanda
política de su base social y para el nombramiento y control de sus
representantes oficiales; estos últimos podían fácilmente actuar para la
satisfacción de las exigencias de la base que los había expresado, y a la que
pertenecía orgánicamente, es decir hacia la mantención y la protección de sus
mismos privilegios de clase.
Con los p. de masa por el contrario, que con frecuencia organizan millones de personas, que pueden expresar demandas diferentes, de tipo sectorial como de tipo general, entre ellas homogéneas o contrastantes, y que preven complicados procedimientos para el nombramiento y el control de los sujetos que en el sistema político actúan en nombre y por cuenta de estos centenares de miles o millones de personas, la situación es diferente y de necesidades muy complejas. ¿Cuáles son las demandas que los p. transmiten preferentemente? ¿Reflejan efectivamente las exigencias más ampl