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SEGUNDA INDEPENDENCIA, Nuevas formas de democracia en América Latina archivo del portal de recursos
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Dina Picotti
Universidad de General Sarmiento
La
historia de nuestros países en América Latina, desde las luchas por sus
independencias y las declaraciones de las mismas hasta el presente se
ha caracterizado, en un sentido original y que permanece latente y
reivindicatorio, por movimientos y figuras libertarios que plantearon
claramente la necesidad de hacer surgir la organización política desde
la índole y exigencias de sus pueblos, a través de instituciones
surgidas de los mismos que canalizaran sus propias necesidades, mas en
otro sentido predominó la asunción de los modelos políticos vigentes en
la modernidad Europea y en la América del Norte, que más bien los
sometieron a intereses ajenos y a los juegos internacionales de poder y
encubrieron las propias falencias de todo tipo. Ello significó
prolongar la colonización bajo una aparente faz independiente, un dar
las espaldas al sentido de la propia historia, con aparente beneficio o
ventaja de las clases gobernantes, y exclusión de la mayoría de la
población, a través de la violencia de formas institucionales
impuestas, de una legalidad que no tuvo que ver con la justicia y del
siniestrismo de una lógica normativa en todos los ámbitos, que de hecho
en gran parte ignora los propios recursos e impide el propio
despliegue.
Las transformaciones que se están verificando en
algunos de dichos países están, sin embargo, mostrando una capacidad
innovadora en materia de configuraciones políticas y sociales, en
variados enfoques que responden a la posibilidad de refundación del
Estado, desde el planteo de un estado plurinacional como en Bolivia, la
posibilidad de radicalización del poder popular a través de las formas
de democracia participativa como en Venezuela, un análisis de la
política gubernamental en clave neodesarrollista como en Ecuador, la
apertura de reales posibilidades para toda la población como en
Paraguay desde la última elección presidencial. En ellos se muestran
los diferentes contornos que asume una transición muchas veces
ambivalente, llena de complejidades y matices nacionales, en la lucha
por instalar una agenda posneoliberal que intenta asumir las propias
exigencias.
La prolongada situación crítica de estar sometidos a
la inaceptable contradicción entre pobreza y exclusión de grandes
mayorías y riqueza de recursos naturales y humanos, y la ineficacia de
los sucesivos gobiernos hasta el presente llevó al surgimiento de
movimientos desde las bases: de indígenas, negros, campesinos y
diferentes otros sectores de la población. Los movimientos sociales
latinoamericanos ocuparon el centro del escenario político en la década
neoliberal de los noventa y hasta los primeros años del nuevo siglo, a
partir de su activa resistencia a las privatizaciones, los programas de
ajuste estructural y el desmontaje de los estados nacionales. El éxito
de esas resistencias, canalizadas a través de amplias movilizaciones,
que a veces derivaron en levantamientos populares o en procesos
electorales que desplazaron a las elites tradicionales de los
gobiernos, fue modificando el escenario político. El ascenso de
gobiernos de signo progresista y de izquierda fue la forma más visible
que asumieron los cambios que se venían gestando en la base de la
sociedad desde comienzos de la década del noventa. Los procesos
electorales registrados desde fines de 2005 profundizaron y
consolidaron los cambios en curso y le dieron a la región una fisonomía
nueva. En efecto, en seis de las once elecciones presidenciales que se
realizaron en ese lapso triunfaron fuerzas que se proclaman
progresistas o de izquierda, en Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador,
Nicaragua y Venezuela; aún en aquellos países donde estas fuerzas no
alcanzaron el triunfo, como Colombia, México y Perú, el significativo
apoyo popular adquirido les permite pasar a jugar un papel decisivo en
los respectivos escenarios nacionales. Estos cambios, generados en gran
medida por la intensa actividad de los movimientos sociales,
contribuyeron también a correrlos del centro del escenario, a tal punto
que a menudo dejaron de ser uno de los factores fundamentales de las
agendas nacionales. A lo largo de 2006 quedó en evidencia que la
confrontación entre los movimientos y los gobiernos conservadores que
había pautado la década anterior, estaba siendo desplazada por la
creciente polarización entre los nuevos gobiernos progresistas y las
derechas refractarias a los cambios, aliadas a la administración del
Presidente George W.Bush. Esto viene sucediendo en Bolivia y Venezuela,
también ahora en Ecuador, pero a menudo se han registrado situaciones
similares en Argentina, Brasil y Uruguay, donde las derechas han sido
capaces de crear circunstancias que fuerzan a los movimientos a
posesionarse a favor de gobiernos con los que tienen coincidencias
apenas puntuales.
Paralelamente, la exitosa resistencia al modelo creó
una nueva relación de fuerzas, en particular en Sudamérica, que llevó a
primer plano la cuestión de la integración regional –con dos proyectos
en disputa, ante la que numerosos movimientos encuentran dificultades a
la hora de fijar posición. Parece evidente que EE.UU. no juega solo en
una Sudamérica que ya no puede ser considerada su ‘patio trasero’ y que
se consolida un cierto multilateralismo impulsado entre otros por la
activa presencia de un país como Brasil, que viene exhibiendo capacidad
de ejercer un peso determinante en la Región. Por último, aparece un
tema nuevo y complejo que ha generado conflictos y divisiones: las
relaciones gobiernos-movimientos en aquellos países dirigidos por
fuerzas progresistas y de izquierda. Los movimientos sociales no
siempre supieron advertir la profundidad de los cambios en marcha y
ubicarse ante escenarios mucho más complejos y contradictorios que no
admiten lecturas simplistas, como bien observa Raúl Zibechi después del
análisis mencionado. Los cambios registrados suponen desafíos no sólo
políticos sino también teóricos, para poder dar cuenta de las nuevas
situaciones. Uno de ellos sería la relación que mantendrán con
gobiernos de signo popular surgidos de los propios movimientos o de
coyunturas creadas por ellos, teniendo en cuenta que los nuevos
escenarios deberían ser comprendidos como el resultado de una
construcción no exenta de dificultades y oposiciones por parte del
modelo vigente, en la que participaron además de los movimientos con
sus resistencias y movilizaciones también las fuerzas políticas y
equipos que hoy integran los gobiernos. Otro desafío que acertadamente
menciona el citado autor son los planes estatales para enfrentar la
pobreza, en tanto si por una parte la alivian, por otra no afectan la
participación en la productividad ni la distribución de la renta y se
restaura una especie de clientelismo que erosiona la autonomía de los
movimientos. Un tercer desafío se ubica en el proceso que se está
desarrollando en la periferia de las grandes ciudades, donde se
disputan el juego los estados, los movimientos y el crimen organizado,
a menudo con preeminencia de este último, lo que amenaza la
consolidación de alternativas al sistema, como en el caso de los planes
sociales. Un último desafío residiría en poder expandir las iniciativas
de producción y reproducción autogestionada que tendrían los
movimientos ante sí, a la vez que el rol de las instituciones sería el
de asumirlos para su consolidación.
Nuevas realidades y nuevos
desafíos son los que afrontan las fuerzas y movimientos populares que
pugnan de un rincón a otro de ‘nuestra América’ por la resistencia y la
construcción de alternativas efectivas al neoliberalismo. Algunas de
las características y mudanzas más importantes que tuvieron lugar en
2006 y que signan el presente escenario político, son los intensos y
profundos procesos sociales, económicos y políticos, que han conmovido
y transformado el escenario latinoamericano y caribeño desde el
nacimiento de esa experiencia altermundista que dio sus primeros pasos
en los inicios de 2001 en la ciudad brasileña de Porto Alegre. Detrás
de un rosario de derrotas de la política estadounidense se encuentra la
resistencia popular al neoliberalismo en diversos rincones del planeta,
ocupando América Latina un lugar prominente como uno de los centros más
activos y movilizados en esas luchas.
La difícil articulación
entre las luchas sociales y su desemboque en alternativas políticas se
fue transformando en la cuestión central de la izquierda
latinoamericana y de las fuerzas anti-neoliberales en general. De allí,
entre otras razones, la importancia del proceso boliviano, en el que
los movimientos sociales articularon su propio partido político, el
MAS, y consiguieron una importante victoria electoral. Conseguida ésta
el nuevo gobierno se lanzó inmediatamente a la refundación del Estado,
en base a la multiculturalidad y multinacionalidad. Otro país que
produjo una de las mayores movilizaciones del período es Ecuador;
después de haber sufrido fisuras por la fracasada participación en la
experiencia de Gobierno de Lucio Gutiérrez, consiguió elegir un
candidato que reivindica las banderas históricas de los movimientos
sociales, Rafael Correa, aún no contando con el apoyo directo de la
totalidad de los movimientos sociales. Se inscribe en una dinámica
similar a la boliviana, inclusive orientándose a la convocatoria de una
asamblea constituyente, además de afirmar la decisión de terminar con
el modelo neoliberal e integrarse al Mercosur.
En el nuevo marco
producido por el largo ciclo electoral se presentan otras perspectivas
para el continente: se fortalece el proceso de integración regional con
la incorporación de Venezuela como miembro pleno, Bolivia y Ecuador,
además de la aproximación de Cuba y posiblemente de Nicaragua. La
reelección de Lula, H.Chavez y N.Kirchner-Cristina Fernández puede
consolidar y ampliar el proceso de integración. Por otra parte, el
proceso boliviano apunta hacia una vía que adaptada a cada situación
nacional, articula por primera vez una estrategia que reúne el
fortalecimiento de la ciudadanía y la capacidad de regulación estatal,
refundación del Estado y nuevo modelo económico. Esos dos factores
afectan directamente dos de los tres ejes fundamentales de poder en el
mundo, el monopolio de las armas y el monopolio del dinero, para que la
lucha de América Latina y el Caribe pueda construir una estrategia
global de construcción de mundo posneoliberal, de necesaria autonomía
en relación con la hegemonía imperial, con políticas centradas en la
esfera pública y no en la mercantil y con profunda democratización de
los procesos de comunicación. Estos criterios servirán para medir los
grados de avance que podrá concretar a partir de resultados electorales
positivos.
Todas estas transformaciones llevan necesariamente a
una idea consecuente de estado, que un buen observador de la región,
Boaventura Souza dos Santos, califica de plurinacional, intercultural y
poscolonial, expresándose en un constitucionalismo que intenta erigirse
sobre el reconocimiento recíproco, la continuidad histórica y el
consenso y formas propias de democracia, es d. de participación y
deliberación, derechos colectivos, diversas formas de identidad,
territorialidad y autonomías, aunque sobre la idea de una solidaridad
nacional. Lo cual implica, teniendo en cuenta la situación presente y
las dificultades que entraña, un largo proceso.
El caso de
Venezuela y las transformaciones que se vienen operando desde el Estado
representa sin duda alguna otro intento importante, junto al boliviano
y precediéndole, de nuevas formas de democracia en América Latina, y de
los desafíos y dificultades que implica.
Son muchos los cambios
que se han producido en los últimos años en el papel del Estado y en
sus modalidades organizativas, aunque no sea posible todavía realizar
una presentación que dé cuenta en forma sintética y unitaria de estas
transformaciones, ni presentar las características del modelo de Estado
que se está conformando en el país. Porque a lo largo de 8 años de
gobierno del actual Presidente Hugo Chávez se han producido
desplazamientos muy significativos en los proyectos de cambio en
relación al papel del Estado y su conformación, con cambios importantes
tanto desde el punto de vista económico como político; también porque
algunas de las transformaciones más significativas ocurridas no son el
resultado de un modelo teórico preconcebido, no correspondieron a un
plan estratégico ni a una concepción doctrinaria precisa, sino que han
sido el resultado de decisiones tomadas en los diferentes momentos de
las confrontaciones políticas producidas en estos años y de las
respuestas coyunturales, a veces improvisadas, que se han venido dando
en la búsqueda de adecuar las estructuras estatales a las exigencias de
las políticas públicas y los cambios que se propone realizar el
gobierno, decisiones que en sus tensiones, contradicciones y
experimentaciones no expresan una concepción unitaria sobre cómo
debería ser el estado; además porque en 2007 estaban por definirse las
transformaciones del Estado del Socialismo del siglo XXI, en parte por
no haberse adoptado aún muchas definiciones básicas y no haberse
tampoco producido un debate público, abierto, sobre el conjunto de
transformaciones que el gobierno se propone implementar
Entre los
aspectos más significativos desde el punto de vista político y de las
nuevas modalidades de participación se encuentran:
1. El Estado en
el proyecto bolivariano: a pesar de que el proyecto de cambio en un
comienzo no se diferenciaba significativamente del modelo
socialdemócrata definido en la constitución de 1961, se cuestionan
radicalmente las reformas neoliberales en la industria petrolera y se
proponen cambios significativos en el ámbito de la participación
democrática. En la Agenda alternativa bolivariana de 1996 se definen
cinco sectores productivos para caracterizar un modelo económico mixto,
público-privado: a) las empresas básicas y estratégicas, de propiedad
estatal, que incluye al sector petrolero, la minería y alta tecnología
militar; 2)los bienes de consumo esenciales, de propiedad mixta, que
incluyen la industria de la construcción, la agroindustria, la pequeña
y mediana industria y el turismo; 3) los servicios esenciales y de
gobierno, de propiedad mixta, que abarcan la educación y la salud,
además de un sector no productivo del gobierno, generador de servicios
esenciales no transables; 4)la banca y las finazas, de propiedad mixta
pero regulada y controlada por el Estado; 5) la gran industria,
fundamentalmente la gran industria importadora, generadora de bienes y
servicios no esenciales y sobre todo de carácter privado. La
Constitución de 1999 reitera lo fundamental de esta visión, el Estado
garantiza la propiedad y la iniciativa privada, reservándose la
actividad petrolera y otras industrias, explotaciones, servicios y
bienes de interés público y de carácter estratégico.
Si bien no se
introducen cambios en la organización político territorial del Estado,
dado que se preservan los estados y municipios en los que está dividido
el país y se mantiene la estructura liberal clásica de separación de
poderes, se introducen sin embargo cambios muy significativos en áreas
que tienen que ver con los objetivos de ampliación de la democracia,
siendo los más importantes los referidos a la manera de ejercicio de la
participación y a la ampliación de los derechos de los ciudadanos. Se
introducen en la Constitución modalidades de participación que sin
sustituir a las instancias representativas buscan profundizar la
democracia, a partir de un cuestionamiento a los límites formales de la
democracia representativa y en particular a la forma en la que había
operado en el país.
La participación de las comunidades
organizadas y de los pueblos indígenas en la planificación y gestión
pública está prevista en los Consejos de Planificación y Coordinación
de Políticas Públicas. El art.184 establece una gama muy amplia de
asuntos que pueden serles transferidos Contra las tendencias
neoliberales dominantes en ese momento en todo el continente, la
Constitución de 1999 no sólo reafirma sino profundiza una amplia gama
de derechos sociales, económicos y culturales: la obligación que tiene
el Estado de garantizar el derecho universal y gratuito de todos los
ciudadanos a la educación, la salud y la seguridad social, y se
garantiza constitucionalmente por primera vez en la historia del país
los derechos de los pueblos indígenas, comenzando por la definición de
Venezuela en el Preámbulo como “una sociedad democrática, participativa
y protagónica, multiétnica y pluricultural”
2. Nuevas modalidades
de gestión pública: el gobierno halló en todos los terrenos enormes
dificultades en sus intentos de reorientar la gestión pública a través
de las organizaciones administrativas existentes, encontrándose con
estructuras estatales ineficientes desvalorizadas y deslegitimadas
entre otros motivos por los bajos salarios, el poco prestigio, la
limitada formación profesional, amplia extensión del clientelismo y la
corrupción. Encontró además resistencia por parte de la burocracia
estatal a muchas de las nuevas políticas, y hegemonía de los viejos
partidos en los sindicatos de la administración pública. El gobierno
decide impulsar y acelerar una nueva orientación de políticas sociales
universalistas y paternalistas, por políticas públicas basadas en la
participación, orientadas al fortalecimiento del tejido asociativo de
las comunidades y a la creación de la ciudadanía política efectiva, lo
que no parecía posible con las estructuras administrativas heredadas.
En este contexto se inicia el programa Barrio adentro: ante las
dificultades encontradas para una transformación sustancial del modelo
médico-asistencial, tanto por parte del personal médico como por la
burocracia del Ministerio respectivo, se decide un acelerado proceso de
instalación de módulos de salud en las comunidades populares de todo el
país para la transformación del modelo médico curativo–hospitalario en
un modelo preventivo de medicina social que opere con la participación
de las comunidades mediante la creación de Comités de salud locales; la
gran mayoría del personal estuvo constituida por médicos y médicas
cubanos; en pocos meses comenzó a cambiar para millones de personas su
relación con el sistema público de salud, al margen de las
instituciones de salud pública existentes.
Este programa se
convierte en el modelo a partir del cual se impulsan sucesivamente
nuevas políticas sociales en diferentes ámbitos que reciben el nombre
de Misiones. Inicialmente la Misión Robinson para la alfabetización,
Misión Robinson II para que los alfabetizados realicen estudios de
escuela primaria, Misión Ribas para realizar o culminar estudios
secundarios, Misión Sucre para incorporar sectores de clase media baja
y los más pobres a los estudios universitarios. Luego se van
estableciendo para cada una de las áreas de las políticas sociales:
Misión Vuelvan Caracas para la capacitación en el trabajo y generación
de empleo, Misión Zamora para la entrega de tierra y apoyo a los
campesinos, Misión Mercal como sistema nacional público de entrega de
alimentos a bajo precio, Misión cultura en el campo cultural, Misión
ciencia en el ámbito de la ciencia y la tecnología, Misión identidad
para el registro de la población no documentada, Misión milagro que
posibilita operaciones para la recuperación de la vista, Misión árbol
en el ámbito ecológico ambiental, Misión Negra Hipólita que ofrece
atención directa de los sectores más excluidos, Misión Guaicaipuro
dedicada a los pueblos indígenas, Misión sonrisa que ofrece atención
odontológica, Misión Madres del Barrio para la atención de las madres
más pobres, Misión Revolución energética para la política energética,
Misión Villanueva para la vivienda y redistribución territorial. Las
virtudes principales de las Misiones residen en su capacidad para
superar obstáculos burocráticos llegando en forma directa y rápida a
los sectores más excluidos de la población, y en la promoción de
procesos organizativos en las comunidades como parte de su diseño y
ejecución, por lo que han tenido gran impacto en ambos sentidos. Aún no
queda claro en qué medida las Misiones constituyen el modelo de
organización de la administración pública del nuevo Estado que podría
reemplazar a las estructuras burocráticas anteriores, porque en algunos
casos operan al margen como por ej. Barrio adentro, en otros son los
ministerios del área correspondiente o nuevos ministerios creados para
tal fin los encargados de realizarlas; cuando existe una doble
institucionalidad su financiamiento representa más carga financiera y
por otra parte su limitado grado de institucionalidad que les permite
llegar de manera rápida y directa es también una fuente de debilidad
que se expresa en la falta de procedimientos claros, de normas
administrativas de gestión de los recursos para limitar el clientelismo
y la corrupción, ya denunciados por las propias organizaciones; la
dependencia de muchos de estos procesos organizativos populares de las
iniciativas y el financiamiento de las políticas públicas dificulta la
generación de experiencias organizativas autónomas. Es una de las
tensiones principales del Estado venezolano con los sectores populares,
y del modo en que éstas se procesen dependerá el tipo de democracia que
se pueda construir.
3. El impulso de la democracia participativa:
las experiencias organizativas populares a partir del impulso de las
políticas públicas son necesariamente desiguales, desde algunas en las
que están más presentes el clientelismo y el paternalismo, hasta otras
en las que se ha logrado gestar niveles mayores de autonomía de las
organizaciones y comunidades en relación con los organismos públicos
que impulsan dichas políticas, como tendencias a la democratización en
las propias instancias públicas. Es particularmente rica en este
sentido la experiencia de las empresas públicas del agua a partir de la
creación de Gerencias Comunitarias destinadas a lograr, con la
participación de las comunidades organizadas, la gestión democrática
del agua: iniciada esta política en 1999 con una de estas empresas,
Hidrocapital, se extendió a un amplio proceso organizativo a escala
nacional con Mesas Técnicas de Agua y Consejos Comunitarios de Agua,
que han ido involucrando a las comunidades desde sus preocupaciones
iniciales sobre asuntos estrictamente locales, referidos al acceso de
agua a sus viviendas y comunidades, hasta abarcar las relaciones entre
los acueductos formales e informales, las negociaciones entre
diferentes comunidades por el acceso al agua, el establecimiento de
prioridades de inversión, la participación en las decisiones referidas
no sólo al acueducto y al sistema de procesamiento de aguas residuales
en su conjunto sino también a la cuenca de la cual depende el acceso al
agua. Procesos que implicaron de forma paralela transformaciones
democráticas de estas empresas públicas, pasos en el cambio de una
cultura tecnocrática, que veía el tema del agua como asunto de
experticia ingenieril, hacia una práctica de convertir el diálogo con
las comunidades y la participación de éstas en el diagnóstico y
solución de los problemas en la norma de su funcionamiento.
En los
últimos años se buscó de diversas formas llevar a la práctica los
lineamientos constitucionales en relación con la democracia
participativa. Una de ellas, para la transferencia de recursos del
gobierno central a las gobernaciones y alcaldías es la Ley de
Asignaciones Económicas Especiales para los Estados y el Distrito
Metropolitano de Caracas derivadas de Minas e Hidrocarburos, que regula
la distribución a organizaciones sociales de un determinado porcentaje
del ingreso nacional procedente de las minas e hidrocarburos. Otra es
el Decreto con fuerza de ley orgánica de Planificación, que establece
que los órganos y entes de la Administración pública promoverán la
participación ciudadana en la planificación, por la que las personas
directamente o a través de las comunidades organizadas o las
organizaciones públicas no estatales legalmente constituidas podrán
presentar propuestas y formar opiniones. Asimismo la Ley de los
Consejos Locales de Planificación Pública, con el fin de promover la
participación de las comunidades organizadas en la planificación y
gestión pública y conforme a lo previsto en la Constitución sobre los
Consejos de Planificación y Coordinación de Políticas Públicas,
establece que las instancias de planificación local estarán
constituidas por el alcalde/esa, los consejales/as del Municipio, los
presidentes/as de las Juntas parroquiales, el/los representantes de
Organizaciones vecinales de las parroquias, de las Organizaciones de la
sociedad organizada y de las Comunidades o pueblos indígenas. Estos
Consejos tienen una amplia gama de competencias. En general fue poco lo
que se avanzó en el establecimiento de estos Consejos puesto que ello
exigía una profunda transformación de los gobiernos municipales, había
poca experiencia organizativa y de gestión pública en las comunidades
locales, a la vez que hubo resistencia de las autoridades municipales a
compartir el poder de toma de decisiones y de manejo de los recursos
públicos. En 2006 se aprueba una nueva norma legal, la Ley de Consejos
Comunales, que son según el art.2 “instancias de participación,
articulación e integración entre las diversas organizaciones
comunitarias, grupos sociales y los ciudadanos y ciudadanas…”; están
claramente concebidos en relación directa entre la organización en el
ámbito comunitario y la Presidencia de la República mediante comisiones
presidenciales a niveles estaduales y locales; la transferencia de
recursos financieros se hace a través de las unidades de gestión
financiera creadas por los Consejos comunales, sus fondos proceden
además de los que provienen de la República, los estados y los
municipios, del Fondo Intergubernamental para la Descentralización
(FIDES) y la Ley de Asignaciones Económicas Especiales derivadas de
Minas e Hidrocarburos (LAEE), así como de instituciones financieras del
Poder Ejecutivo; se crea asimismo mediante esta ley el Fondo Nacional
de Consejos Comunales que tiene por objeto “financiar los proyectos
comunitarios, sociales y productivos presentados por la Comisión
Nacional Presidencial del Poder Popular. A diferencia de los Consejos
Locales de Planificación Pública, a partir de la aprobación de esta ley
se conformaron Consejos Estaduales Presidenciales del Poder Comunal en
todos los estados y se crearon aceleradamente miles de Consejos
Comunales en todo el país, generándose en pocos meses una dinámica de
cambios y expectativas de importante efecto organizativo y movilizador,
aún en sectores de clase media de Caracas; tanto los mecanismos para su
constitución como los trámites para la formulación de proyectos y
obtención de recursos fueron simples y fluidos, con pocas mediaciones
burocráticas; se otorgaron montos significativos de recursos a los
Bancos Comunales y se aceleraron los procesos organizativos locales,
las experiencias de diagnóstico y el establecimiento de prioridades,
así como la elaboración y gestión de proyectos de acuerdo a las
necesidades definidas por las propias comunidades. De esta manera se ha
fortalecido el tejido social en las comunidades y la cultura política
de la participación, aunque tropiece con dificultades por diversos
motivos como la celeridad con que se conforman estos Consejos, la falta
de apoyo y asesoramiento para un buen empleo de los recursos, la
dificultad en asumir problemas que abarcan una dimensión territorial
mayor, algunas experiencias clientelares o de aprovechamiento privado,
solapamiento de funciones con las estructuras municipales por ser
autónomos a su respecto, dificultades de relación con las
organizaciones sociales preexistentes.
4) Estado y participación
en el socialismo del siglo XXI: a partir de la reelección de Hugo
Chávez en diciembre de 2006 se inició una nueva fase en el proceso
político venezolano. En las semanas siguientes el Presidente hizo un
conjunto de anuncios en torno a las tareas de la construcción del
socialismo del siglo XXI, destacando como asuntos prioritarios la
creación de un partido que agrupara a todas las fuerzas políticas que
apoyan al gobierno, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y
lo que denomina los cinco grandes motores: la Ley habilitante, la
reforma socialista de la Constitución, la educación popular, una nueva
geometría del poder y la explosión revolucionaria del poder comunal:
los Consejos comunales, que según expresiones del propio Presidente
apunta a trascender lo local, creando una especie de confederación de
Consejos Comunales, hacia la conformación de un Estado comunal,
socialista, bolivariano, que trascienda al viejo estado burgués. En el
mismo mes se crea el Consejo Presidencial para el Poder comunal.
Algunos
analistas como E. Lander, aún valorando todos estos intentos
participativos, conideran que no queda claro hasta hoy, al menos en el
debate público, cuál es ese modo de Estado, puesto que aparecen
visiones bastantes diferentes a propósito de algunos asuntos medulares,
tales como si reemplazarán o no a la actual estructura política y en
qué grado, de qué modo es concebido el ámbito de participación, si
abierto o no a toda la sociedad, lo que incluiría el alto porcentaje de
oposición y la confrontación entre visiones y proyectos sociales y
políticos diferentes, o como ámbito de la revolución; es igualmente
fundamental el papel que se atribuya a los Consejos Comunales en
calidad de ámbito de participación política en asuntos de carácter
global, referidos al presente y futuro de toda la sociedad. Según
algunas visiones que se debaten, el proceso de construcción del nuevo
Estado y de la democracia socialista se caracterizaría por una
estructura piramidal desde bajo hacia arriba, en la que la
representación política de la población se daría a través de algunos
representantes de cada instancia, desde la base o Consejo Comunal hacia
la instancia superior siguiente hasta el nivel nacional; es un modelo
político que privilegia algunos aspectos muy importantes de la
participación pero subestima otros que son vitales para la democracia,
tiende a negar la representación proporcional haciendo muy difícil la
representación de las minorías, lo que dificulta ámbitos de democracia
deliberativa en los que sea posible dar a conocer, debatir y tomar
decisiones sobre asuntos locales, parciales y sobre todo el conjunto de
la sociedad, sin lo cual no se puede construir una democracia completa.
La forma en que se están dando los procesos de toma de decisiones se
convierte en obstáculos que limitan las condiciones de este debate, por
ej. el no haber enviado a la Asamblea Nacional los cambios propuestos
para promover debates nacionales sobre los mismos; dado que los
parlamentarios pertenecen a partidos que forman parte de la coalición
gubernamental con seguridad la Asamblea los habría asumido en términos
muy favorables, se optó sin embargo por la solicitud de una ley
habilitante de poderes extraordinarios que autoriza al Presidente que
en Consejo de ministros dicte Decretos abarcando un espectro muy amplio
de asuntos de la vida pública. Igualmente con respecto a la reforma
constitucional, dada la profunda polarización existente en el país se
convirtió en un referéndum a favor o en contra de Chávez, lo que
contribuye poco a la construcción de una cultura democrática. Como
inevitablemente ocurre en todo proceso de cambio la dinámica de la
sociedad venezolana actual presenta grandes diversidades, procesos de
experimentación y aprendizaje, rupturas y continuidades, un Estado que
impulsa pero también frena la participación, genuinos procesos
democráticos de participación popular en frecuente tensión con
estructuras institucionales y dinámicas políticas, tensiones entre la
concentración y una distribución amplia del poder en la sociedad, lo
que hace pensar que del modo en que se resuelvan estas tensiones
dependerá el carácter más o menos democrático del Estado y de la
sociedad que se están construyendo en Venezuela.
No menos
paradigmático resulta el caso de Bolivia y la zona andina. Por tercera
vez en la historia del país, 1937-1969-2006 se decretó la
nacionalización de sus recursos naturales. La medida tendrá ya un
impacto económico significativo en el caso del gas natural, puesto que
detenta las segundas mayores reservas del continente. Cualquier
demócrata en serio ha de saludar esta medida, por tres razones
principales, afirma con convicción Boaventura de Souza Santos: en
primer lugar por haber sido una de las promesas electorales de Evo
Morales que lo llevaron al poder, que de no ser cumplida, lo cual ha
sido recurrente en el continente dañando seriamente a la democracia,
sería particularmente grave dado que los bolivianos mostraron, hasta
con el sacrificio de la vida en varias ocasiones en los últimos
tiempos, su determinación en poner fin al pillaje de sus recursos:
protestas masivas entre 2000 y 2005 que llevaron a renunciar a dos
presidentes, terminando con el referéndum vinculante en julio de 2005
en que el 89% de los participantes se pronunció a favor de la
nacionalización de los hidrocarburos. Una segunda razón reposaría en el
hecho de que la democracia no es sustentable más allá de cierto límite
de exclusión social y Bolivia está cerca del mismo, ya que cerca de la
mitad de la población vive con menos de un euro y medio por día; el
empobrecimiento se agravó en las dos últimas décadas con el
neoliberalismo, y la reciente firma de los tratados bilaterales de
libre comercio de los EE.UU. con Colombia y Perú, que acabará con la
exportación de productos agrícolas, sobre todo soja, a los países
vecinos; la nacionalización, para ser efectiva, deberá complementarse
con una política de redistribución social, de inversión en la salud, la
educación, las infraestructuras básicas, la seguridad social; en ese
caso se produciría un inmejorable contexto para la nacionalización, a
causa del aumento de precio de los recursos energéticos, siendo
inaceptable que las empresas energéticas alcancen grandes ganancias
-vendiendo el barril de petróleo a más de 70 dólares en base a
contratos de exploración en que el precio de referencia es muy inferior
a 20 dólares-, mientras el pueblo muere de hambre y de dolencias
curables. La tercera razón es que se trata de una nacionalización
moderada, que no implica expropiación e intenta reponer la seguridad
jurídica, uno de los pilares de la democracia, mientras las
privatizaciones de la década del 90 además de haber sido ruinosas para
el país fueron ilegales, como acaban de declararlo los tribunales, ya
que los contratos de exploración no fueron aprobados por el Poder
Legislativo, conforme ordena la Constitución; en términos jurídicos, la
nacionalización resulta ser condición mínima para que el Gobierno de
Bolivia pueda renegociar los contratos con las empresas energéticas de
modo más justo, renunciando éstas a una ganancia excesiva para que el
pueblo empobrecido pueda vivir mejor.
El triunfo electoral de Evo
Morales Ayma el 18 de diciembre de 2005 dio inicio a una profunda
reconfiguración del bloque sociopolítico gobernante, afirma Pablo
Stefanoni. Mediante la combinación de formas de lucha institucionales y
extrainstitucionales, el movimiento indígena popular logró a través de
su instrumento político desplazar a las elites neoliberales que
monopolizaron el poder y la palabra en las últimas dos décadas e
inaugurar una nueva hegemonía indígena popular, obteniendo una
legitimidad político electoral sin precedentes, la mayoría absoluta de
los votos de 53,7%, sobre todo si se tiene en cuenta que desde la
restauración de la democracia en 1982 ningún partido alcanzó el
gobierno por la sola fuerza del voto popular sin acudir a poco
transparentes pactos políticos en el Parlamento para habilitar mayorías
que la ciudadanía no había convalidado en las urnas, dado que en
Bolivia si ninguna fórmula obtiene más del 50% de los votos el
presidente es elegido entre los dos binomios más votados por el
Congreso reunido en Asamblea legislativa.
A diferencia de las
experiencias anteriores –entronque histórico con el nacionalismo
militar de las décadas del treinta y del cuarenta, con la Revolución
nacional de 1952 y con el breve ciclo de nacionalismo obrero-militar de
la década del setenta, una de cuyas expresiones fue la Asamblea popular
durante el corto gobierno del general Juan José Torres (1970-71)- este
nuevo nacionalismo no es articulado por las Fuerzas Armadas ni por las
clases medias urbanas, sino por las masas indígena-mestizas que han
recuperado parcialmente las reivindicaciones propias del viejo
nacionalismo boliviano de lucha entre la nación y la anti-nación,
anti-imperialismo y demanda de nacionalización de la economía y del
estado, pero incorporando un novedoso componente étnico-cultural y de
auto-representación social en la construcción de una identidad
colectiva popular atravesada por múltiples identificaciones
sindical-corporativas.
La experiencia político estatal del
Movimiento al Socialismo-Intrumento Político por la Soberanía de los
Pueblos (MAS-IPSP) plantea nuevos desafíos acerca de sus posibilidades
democratizadoras y su capacidad para potenciar procesos de
empoderamiento social y construcción de poder ‘desde abajo’. Los
primeros meses de gestión parecen avalar una respuesta en parte
positiva y en parte negativa: por una parte la fragmentación actual de
los movimientos sociales y los conflictos internos al interior del
MAS_IPSP dieron lugar a un modelo ultra centralizado de toma de
decisiones corporizado en Evo Morales, por otra las determinaciones
gubernamentales son consultadas a las direcciones de los principales
movimientos sociales del país; aunque la dificultad reside en que éstos
están lejos de una imagen idealizada que ha construido una frontera
entre lo político y lo social, muchas de las organizaciones realmente
existentes conciben a la política más como clientelismo popular, acceso
prebendal a las estructuras estatales, que en su dimensión
emancipatoria. En un contexto en el que la identidad de los actores
políticos y sociales tiene un fuerte componente corporativo, el momento
de la universalidad, la visión de conjunto, recae en Evo Morales, quien
intenta consolidar al pueblo como sujeto político, opina Stefanoni, por
encima de la multiplicidad visualizada por los teóricos de la multitud,
en una operación similar a la descripta por E. Laclau en sus análisis
de las formas articulatorias populistas, basadas en la equivalencia
contingente de un conjunto de demandas populares. El liderazgo de Evo
Morales toma mucho de la figura del líder carismático, se habla ya del
‘evismo’ y no resultaría claro hasta el momento cómo garantizar un
mayor debate público y la participación social en un proceso de
democratización desde abajo, que desde el gobierno se percibe y
promueve como una ‘revolución democrática y cultural’; ello podría
visualizarse en la apatía social que habría acompañado a la
convocatoria de la Asamblea Constituyente elegida el 2 de julio de
2006, principal consigna de los movimientos sociales en los últimos
años, concebida como espacio para debatir y concretar la refundación de
Bolivia dejando atrás el colonialismo interno y nacionalizando
efectivamente al Estado boliviano. Hoy existe una clara delegación de
poder en el Ejecutivo; entre los movimientos sociales se escucha la
frase “-si ya somos gobierno para qué queremos la Asamblea
Constituyente?, aunque también hay otras voces. Y desde el propio
gobierno no se la percibiría como ‘poder constituyente de la multitud’,
con independencia del Estado, sino como una instancia de
‘constitucionalización’ de los cambios en marcha y la recuperación de
los recursos naturales. En este sentido está la experiencia venezolana
de transformar la actual iniciativa política de la izquierda
nacionalista en una hegemonía de largo aliento. Sin embargo, no debe
perderse de vista que a diferencia del populismo clásico en que la
relación entre el líder y las masas es directa o al menos se presenta
como tal, el liderazgo de Morales está mediado por una multiplicidad de
organizaciones corporativas y movimientos sociales ante los cuales debe
rendir cuentas, en una versión boliviana del ‘mandar obedeciendo’ de
los zapatistas mexicanos.
Tampoco resulta un dato menor que Morales
haya aceptado la reelección como presidente de las seis federaciones
cocaleras del Chapare para no quebrar los lazos con los movimientos
sociales que dieron lugar al instrumento político. Es así cómo en
momentos importantes baja a las bases para retomar la relación cara a
cara que define y revalida su liderazgo, en un contexto de
modernización incompleta, vinculada al desarrollo trunco del proceso de
industrialización en Bolivia; los viajes diarios de Evo Morales a
congresos sindicales o a reuniones campesinas indígenas tienen la
función de renovar y fortalecer este vínculo carismático; en este
ámbito cuenta con un alto grado de autoridad, pero no con un cheque en
blanco que le permita autonomizarse de los movimientos sindicales que
dieron origen al ‘instrumento político’ y eso puede verse en cada
ampliado del MAS en el que el Presidente boliviano sigue con atención
las propuestas de sus bases. Pero un dato a tener en cuenta es que las
líneas ideológicas en este partido de sindicatos no se expresan como
corrientes internas sino como posiciones ‘personales’ de sus dirigentes
y es sintomático que en los congresos masistas cada delegado exponga su
posición sin polemizar con las otras y no se desarrolle un verdadero
debate político-ideológico. Este tipo de articulación política no está
exenta de tensiones; hasta ahora el gobierno se mostró firme tanto
frente a los reclamos sindicales como ante conflictos de carácter
empresarial y ha manifestado defender los intereses del Estado frente a
los intereses sectoriales expresados en múltiples particularismos,
vinculados en gran medida a la captación de la renta de los recursos
naturales; por ello algunos análisis liberales hablan de una mentalidad
rentista que atraviesa la historia de Bolivia y que hoy se
reactualizaría en las expectativas de despegue nacional que genera la
nacionalización de los hidrocarburos. El corporativismo, que A.Gramsci
guzgaba como tendencias conservadoras del campo popular, es una de las
dificultades presentes en la consolidación del actual proceso de cambio
como proceso contrahegemónico; éstas también se presentan en la difícil
articulación entre el movimiento social emergente y los intelectuales.
En ausencia de estructuras institucionales que permitan articular a los
técnicos con las organizaciones sociales, esta tarea recae en el
liderazgo del propio Evo Morales, quien corrientemente considera sus
intuiciones como tanto o más válidas que los sofisticados análisis
intelectualizados, y en gran medida la historia reciente parece darle
razón; la estrategia que lo llevó a la Presidencia no fue una
elaboración teórica sino una serie de decisiones guiadas por la razón
práctica adquirida en las trincheras del sindicalismo campesino. El
desafío del gobierno de la izquierda indígena es convertir esas
intuiciones en una eficaz gestión con capacidad para reconstruir el
Estado y transformar las condiciones materiales de vida de los
bolivianos, principal demanda de la sociedad, es d. articularlas en
institución. Pero es interesante señalar que justamente éste es nuestro
desafío en América Latina, construir la organización política a través
de instituciones generadas en los modos y exigencias de los cuerpos
comunitarios, frente a modelos que siguen siendo canales de
colonización.
El 1° de mayo de 2006, a dos días de cumplir los 100
días de gobierno, el presidente boliviano tomó la medida más esperada
por los movimientos sociales que conforman la base del Movimiento del
MAS-IPSP, la nacionalización de los hidrocarburos. Lejos de la
nacionalización ‘light’ pronosticada por sus críticos de izquierda, el
mandatario boliviano optó por un decreto duro, militarizó los campos
petroleros y proclamó el control estatal del negocio hidrocarburífero
en el país. El decreto 28.701 denominado “Héroes del Chaco” en
referencia a la cruenta guerra con el Paraguay (1932-35) restituye al
Estado la propiedad, posesión y control total del gas y del petróleo: a
partir de la fecha del decreto las petroleras están obligadas a
entregar al Estado toda su producción, que será comercializada por la
empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB),
quien determina las condiciones de venta -precios y volúmenes- tanto en
el mercado interno como externo; las empresas deberán firmar en un
lapso de 180 días nuevos contratos acordes con la nueva estructura
legal nacionalizada, en caso de resistencia YPFB tomará a su cargo la
operación de sus campos. El Estado retomó también la mayoría de las
acciones en las empresas capitalizadas o privatizadas en la década del
noventa mediante la recuperación de las acciones de los ciudadanos en
manos de las administradoras de fondos de pensión AFPs y según el
decreto se nacionalizarán las acciones necesarias para garantizar el
control estatal de por lo menos el 50%+1 de las acciones de refinerías,
ductos y centros de almacenaje. Asimismo hubo fuertes cambios
impositivos. Mientras en los últimos años dos gobiernos fueron
expulsados del poder por la demanda de nacionalización del gas y del
petróleo, hoy los sectores populares se entusiasman con la posibilidad
de un despegue económico de este país históricamente postergado, cuyos
recursos naturales terminaron siempre en manos de pequeñas elites
aliadas al capital extranjero. Los riesgos políticos y económicos no
son pocos. La escenificación de la nacionalización mediante la
ocupación militar de los pozos petroleros puso de relieve los vínculos
del nuevo nacionalismo indígena con el viejo nacionalismo boliviano, un
renovado pacto militar-campesino pero no como instrumento de las
Fuerzas Armadas para cooptar al campesinado, al estilo del impulsado
por el General René Barrientos después del golpe de 1964, sino
articulado desde un gobierno indígena-popular que incorpora las FF.AA.
al actual proceso nacionalista . Según algunos observadores, el devenir
del proceso político boliviano ha dejado en claro que las corrientes
socialistas resultan minoritarias y marginales, que la mayoría de los
movimientos sociales promueve una perspectiva de reformas en el marco
de un ´capitalismo de Estado’, y que luego de cada crisis se produce un
repliegue defensivo hacia lo sindical-corporativo. En este contexto el
gobierno está promoviendo reformas que contrastan con otras
experiencias de izquierda o centroizquierda en la región y ensayando
los primeros pasos para poner en marcha un proyecto posneoliberal.
El
evismo es fundamentalmente una estrategia de poder, explica el
Vicepresidente Álvaro García Linera con buen conocimiento de causa, que
ha transitado principalmente por tres etapas: la resistencia local en
sus inicios 1987-1995, la expansión en la búqueda de alianzas
1995-2001, la consolidación en el poder e iniciativa ofensiva por
llegar al poder 2001-2006. Aunque en su núcleo fuerte parta de una
persona, es un hecho colectivo revelado como una práctica política que
para avanzar en estas tres etapas fue incorporando una serie de
componentes:1) uno central es una estrategia de lucha por el poder
fundada en los movimientos sociales, rompiendo con las estrategias
previas de la historia política boliviana y en buena parte continental,
que en tanto estrategias de los subalternos estaban construidas a la
manera de una vanguardia política cohesionada que lograba construir
movimientos en calidad de base social, como es el caso de muchos países
centroamericanos, Chile y en parte Brasil, o bien en otros casos se
trató de una vanguardia política democrática legal o armada que lograba
arrastrar o empalmarse con movimientos sociales que la catapultaban,
como ocurrió en distintos momentos en Perú o Colombia. El evismo
modifica este debate al plantearse la posibilidad de que el acceso a
niveles de decisión del Estado lo puedan hacer los propios movimientos
sociales; ya no hace una lectura de la representación de lo político a
través de la delegación de poderes, sino es una proyección que busca de
manera casi absoluta la auto-representación de los propios movimientos
sociales; este horizonte en el que los sindicatos campesinos optan por
la auto-representación rompiendo sus vínculos con los viejos partidos
no nace de una propuesta teórica definida sino se va implementando en
la práctica desde mediados de la década del noventa con la fundación
del Instrumento Por la Soberanía de los Pueblos (IPSP) en 1995, sigla
con la que Evo Morales y el movimiento campesino entran en la vida
política con perspectivas emancipadoras. Es entonces una forma de
auto-representación político-estatal de la sociedad plebeya, una veta
muy importante para el debate neomarxista: movimientos sociales ya no
como base sino como actores directos que avanzan de la resistencia
hacia la expansión y el control de puestos en el Estado. 2) Un segundo
componente central que lo caracteriza notoriamente reside en que el
núcleo articulador de esta estrategia es el discurso de la identidad y
la presencia indígena: siendo que la identidad no es natural ni
perpetua sino construida, el evismo es una forma de reconstrucción
contemporánea de la misma; se puede ver claramente en el movimiento
cocalero que pasa del discurso plenamente campesinista de la década del
ochenta a otro claramente indígena en la década del 90, que se extendió
en todos los sindicatos campesinos en diversos momentos. Esta
reconstrucción coincide, además, con un develamiento general que
también se da en la sociedad boliviana en estos últimos veinte años y
que promueve el MAS aprovechando las luchas que le antecedieron: el
katarismo de las décadas del 70 y del 80, el indianismo radical de
Felipe Quispe en la década del 90 e incluso el katarismo moderado de
Víctor H. Cárdenas. Esta identidad indianista que se intenta
reconstruir es flexible, hereda los discursos de los sindicatos
indígenas y de los ayllus del Altiplano y se matiza con el indianismo
más negociador de las comunidades indígenas de tierras bajas; de modo
que mientras el indianismo radical aymara termina proponiéndose como
excluyente con respecto a cualquier otra forma de entender la
indianitud y su horizonte es centralmente político, el que aquí se
propone es ante todo cultural y por ello puede convocar sectores más
amplios de la nación para incluirlos en un proyecto renovador; puede
abrirse a los mestizos, a los blancos o a quien fuera, pero bajo la
premisa de organizar un nuevo proyecto que tenga como base otra vez la
nación aunque de un modo distinto con respecto a la idea que proponía
el nacionalismo revolucionario en 1952, puesto que el núcleo unificador
de lo social y promovedor de la idea de la nación es el indio, que
procede de los sindicatos agrarios y campesinos, mientras en aquél eran
las clases medias letradas; mientras la revolución del 52 despertaba el
inicio a la ciudadanía, pero diluyéndola en un mestizaje marcado por la
hegemonía de la blanquitud de las elites y no dándole más posibilidades
de desarrollo político, en esta nueva etapa, medio siglo después, el
indio es un sujeto político autónomo que propone un nuevo modelo de
nacionalismo expansivo, una nación multicultural que respalda la
‘unidad en la diversidad’, como lo repitió tantas veces Evo Morales en
sus campañas electorales. Las bases económicas de este proyecto parten
de la recuperación de los recursos naturales, la nacionalización y la
atención especial que pone el programa del MAS en la pequeña producción
individual, familiar, comunitaria, que es la que se ha rebelado en este
tiempo –los cooperativistas, los cocaleros, los microempresarios, las
fejuves-, pero de modo inclusivo, incorporando a la gran producción
extranjera, tratando de dialogar con el mundo globalizado, aunque a la
vez girando en torno al núcleo indígena en términos políticos y a la
pequeña producción familiar y comunal en términos económicos,
visibilizando así más de un modo de producción y múltiples
modernidades, una múltiple temporalidad, por lo que puede entusiasmar a
las clases medias urbanas, cosa que por ej. no obtuvo el indianismo más
radical.
El evismo transita más bien la vertiente de lo nacional
popular, discierne García Linera, a diferencia de la vieja ideología
del nacionalismo revolucionario; su filo es todavía más revolucionario
y sus raíces pueden rastrearse en Bolivia en el despertar de las masas
promovido por Belzu en el siglo XIX, incorporando fácilmente otras
experiencias emancipatorias como el zapatismo –mandaré obedeciendo
prometió Evo en su discurso de asunción-, o las luchas de líderes
influidos por las ideas marxistas como el Che Guevara o Marcelo Quiroga
Santa Cruz. También dialoga con la antigua izquierda en la dimensión
nacional popular, haciéndose cargo de los múltiples marxismos que
todavía existen en el espacio político nacional, pero subordinándolos
al proyecto indianista. El componente antiimperialista del discurso
procede de la praxis de resistencia que tuvieron los sindicatos
cocaleros desde fines de la década del 80 y durante la del 90; el
Chapare fue el epicentro de una gran lucha en torno al cultivo de la
coca, que potenció un discurso radicalmente antiimperialista porque los
distintos gobiernos neoliberales actuaban contra los cocaleros
presionados y apoyados militarmente por EE.UU. Otra vertiente
importante es el sindicalismo, que retrotrae a la fundación del IPSP,
momento en que el sindicalismo cobista recibe quizás el primer revés
histórico en tanto los campesinos, cansados de la actitud clientelar y
pactista , organizan una nueva coordinadora de sindicatos, el IPSP, con
fines emancipatorios, que tanto como el MAS luego asimila la disciplina
sindical de organización y movilización efectiva y un sinnúmero de
simbolismos de la vieja COB pero en un proyecto de auto-representación
política. Lo interesante es ver cómo a partir del indianismo, lo
nacional-popular, el sindicalismo y el marxismo, E.Morales ha podido
convertir el MAS en una maquinaria de poder que en esos años logró
controlar el Estado, para desde allí atreverse a emprender la
construcción de un modelo posneoliberal, de posible irradiación
continental y mundial, constituyendo el único ejemplo mundial en que
los movimientos sociales han llegado a tomar el Estado. El propio Evo
Morales ha conceptualizado el proceso que encabeza como una revolución
democrática cultural o descolonizadora, que modifica las estructuras de
poder, la composición de las elites del poder y los derechos y con eso
las Instituciones del Estado, lo que tiene efectos en la estructura
económica, porque toda ampliación de derechos significa la
redistribución de la riqueza. El evismo es el tercer gran intento
histórico de los pueblos indígenas: el movimiento indígena se ha
abierto varias veces al diálogo con los otros sectores y cuerpos
sociales: Katari y la propuesta de ayllu de blancos, Zárate Wilka al
luchar contra los conservadores junto a los federales, pero duraron
poco tiempo a causa de la traición de los mestizos, de las clases
medias que rompen esas estrategias de diálogo y obligan a una
confrontación brutal entre indios y blancos; su duración dependerá en
gran medida de las clases medias, y aunque se construye hoy con otras
virtualidades y en un escenario en que las elites blancas –a excepción
del Oriente- han aceptado anticipadamente su derrota, habrá que
trabajar arduamente para no asistir a una repetición trágica de la
historia.
En el caso de Ecuador, Alejandro Moreano señala que
la gran movilización de la Confederación de Nacionalidades Indígenas
del Ecuador (CONAIE) de abril de 2006 en contra de la firma del Tratado
de Libre Comercio (TLC) y por la caducidad de los contratos con la
empresa petrolera Occidental OXY, tuvo la virtud no sólo de romper el
silencio de las negociaciones sino también de ubicar la dinámica
política de Ecuador en su justo sitio y lanzar a la escena pública a
múltiples fuerzas propiciando su reagrupamiento. Las necesidades que
dominan la escena de la actual coyuntura no son la lucha contra la
corrupción, sino lo que tiene referencia a la problemática petrolera,
en particular el conflicto con la OXY, la firma del TLC y la ubicación
de Ecuador en el juego de fuerzas que se libra en América, la
integración Sudamericana, la Comunidad Andina de Naciones CAN y en
particular el Plan Colombia. Mientras en Bolivia las mayorías indias y
populares lograron imponer los problemas centrales, no en Ecuador, pero
la acción de la CONAIE comenzó a cambiar las cosas, modificó la agenda
y colocó en su centro a los principales problemas del país, revelando
además la naturaleza de la crisis que éste vive: la llamada lucha
contra la corrupción fue en la última década la gran estratagema para
obliterar en el debate y la acción pública los temas fundamentales del
país; el Coronel Gutiérrez logró disolver la amplia movilización social
por el derrocamiento de Jamil Mahuad en el imaginario de la lucha
contra la corrupción y su propio derrocamiento en las acciones de abril
2005 corrió la misma suerte, dado que el movimiento de los forajidos
que precipitó su caída sintetizó la lucha social en un difuso moralismo
político y en la consigna puramente ideológica de ‘se vayan todos’, que
nunca logró expresar sus contenidos en una reforma política por medio
de una Asamblea Constituyente, cuya tesis asumió el gobierno de Palacio
como mera maniobra de supervivencia. Por lo que es dado preguntarse,
según el mencionado autor, si todo ello no actuaba como una cortina de
humo para pasar por debajo de la manga la firma del TLC, la ‘mejora’ de
relaciones con el presidente colombiano Uribe y la renovación del
contrato con la OXY.
Es indudable que nos encontramos con una
crisis política que va madurando con varios niveles de determinación.
El primero es el agotamiento del neoliberalismo: el alineamiento de
fuerzas y los intereses que salieron a flote durante la movilización de
la CONAIE mostraron que las elites dominantes han perdido la capacidad
de construir un país. La única conquista que ha generado el ‘libre
comercio’ gracias al Tratado de Preferencias Arancelarias Andinas y
Erradicación de la Droga (ATPDEA) es el desarrollo de pequeños nuevos
productos de exportación , que representan menos del 5% del valor de
las exportaciones; los empresarios de dichos productos pusieron el
grito en el cielo ante una eventual suspensión del TLC y movilizaron a
sus trabajadores, a quienes sin embargo impiden sindicalizarse, y el
debate demostró que el así llamado ‘sacrificio fiscal’ que hace EE.UU.
con el ATPDEA suma no más de 25.000.000 de dólares anuales, que bien
pueden ser subsidiados por el Estado sin mayor esfuerzo. A cambio del
mismo, el programa neoliberal significó el retroceso industrial del
Ecuador, la reducción de los gastos en salud, educación, vivienda,
bienestar social a porcentajes irrisorios, entre los más bajos de
Latinoamérica, desempleo y migración forzosa, la entrega de los
recursos naturales a las corporaciones multinacionales y alarmantes
índices de pobreza y desigualdad: entre 1990 y 2004 el desempleo subió
del 6% al 11% y el índice de Gini del 0,461 al 0,513. La continuidad y
profundización del modelo neoliberal con la vigencia del TLC implicaría
la ruina de miles y aún millones de campesinos que siembran maíz suave
y duro y papas, un 57% del valor bruto de la producción de unidades
campesinas, arroz, fríjol, soja, carne vacuna, quesos y cítricos.
Conllevaría además la privatización de los servicios públicos, el
tratamiento preferencial para las inversiones provenientes de los
EE.UU, mayores beneficios para las empresas farmacéuticas
estadounienses, prohibición de los controles sobre el movimiento de
capitales y sometimiento de los conflictos a tribunales internacionales
con el consecuente debilitamiento de la capacidad de toma de decisiones
en política económica y por ende de la soberanía estatal. Contribuiría
a enterrar la integración subregional andina y las relaciones
económicas con Latinoamérica. Todo ello forma parte del Plan Colombia,
que pretende convertir a la Comunidad Andina en parte de la estrategia
militar de los EE.UU. La propuesta de los partidarios del TLC
–empresarios, publicistas abogados y representantes de las empresas
petroleras- para los campesinos afectados no ha sido otra que la
‘reconversión productiva’, que trae a memoria los grandes dolores de la
década del 60; pero es además la mirada superficial de un capitalismo
sin raíces frente a las tradiciones milenarias de cultivos como el
maíz, la papa, el arroz; manifestación de una burguesía que no logró
construir una identidad ni una tradición productiva y que a la primera
dificultad abandona todo proyecto nacional; desde hace 20 años los
industriales golpeados por la globalización han reaccionado
reorientando sus negocios a las importaciones, burguesía de
distribuidores que ha sido en todas partes el puente para la dominación
imperial.
En el caso de Paraguay nos encontramos con otro
proceso por demás interesante. La victoria del candidato de la Alianza
Patriótica para el Cambio, el ex Obispo Fernando Lugo, en las
elecciones del 20 de abril tendrá, como diversas voces lo han
expresado, efectos en todo el continente. Las primeras llamadas
telefónicas de algunos mandatarios de la región proyectaban con notable
nitidez la guerra de posiciones que se está desarrollando en el tablero
político latinoamericano; las rápidas felicitaciones de los ejecutivos
de Uruguay, Argentina, Bolivia e, incluso, Chile reflejaban con
bastante precisión la política de alianzas estratégicas y tácticas -no
exenta de contradicciones- que está operando al sur del continente. La
llamada del presidente venezolano Hugo Chávez fue quizás la de mayor
calado político por su claro objetivo de iniciar cuanto antes un
trabajo común estrecho, tanto a nivel bilateral como regional; el jefe
de Estado bolivariano expresó a Lugo su deseo de reunirse « lo más
pronto posible » para impulsar planes de « cooperación y
complementariedad » entre las dos naciones; además, ambos coincidieron
en la necesidad de seguir construyendo la « Unión de Naciones
Sudamericanas » (UNASUR), herramienta estratégica en la dinámica de
integración regional. La conformación de un Gobierno de «
centro-izquierda » en Paraguay va a posibilitar el fortalecimiento de
la orientación integracionista latinoamericana, relativamente soberana
de la influencia de Washington. Las dos nuevas propuestas que se han
realizado recientemente por parte de Brasil (Consejo de Seguridad
Latinoamericano) y de Ecuador (Organización de Estados
Latinoamericanos), que han generado preocupación en la Casa Blanca,
contarán probablemente con el apoyo del gobierno paraguayo. Y éstos no
son asuntos de segundo orden, porque vislumbran la crisis de
legitimidad de estructuras hemisféricas impuestas por los Estados
Unidos en el último medio siglo, como el Tratado Interamericano de
Asistencia Recíproca (TIAR), y la Organización de Estados Americanos
(OEA). Sin embargo, la postura geopolítica que adopte la nueva
administración paraguaya, va a depender no sólo de la voluntad política
de la Alianza Patriótica, sino en gran medida, del papel que estén
dispuestos a jugar los dos países de peso que le rodean, Brasil y
Argentina. Las nuevas relaciones en el ámbito hidroeléctrico, en
concreto, y en el seno del MERCOSUR, en términos más generales, van a
ser cruciales. Debemos recordar que las presas de Itaipú y de Yaciretá,
están suministrando energía a precios de costo a Brasil y Argentina,
respectivamente. Esto significa que el segundo país más empobrecido de
Sudamérica está subsidiando a dos naciones económicamente más sólidas.
El precedente de las negociaciones en torno al gas boliviano enviado a
Brasil y Argentina, no es muy halagüeño, ya que altos funcionarios de
Petrobras reprodujeron actitudes propias del denominado «
sub-imperialismo » brasileño. La posición más equilibrada del
presidente Lula permitió mejorar las condiciones de venta del gas de
Bolivia, a pesar de que todavía se sigue transfiriendo por debajo de
precios justos, fundamentales para impulsar el desarrollo del país más
pobre del subcontinente. Por ello, la aplicación de precios más acordes
a los del mercado, será un asunto fundamental en los intercambios de
Paraguay con sus dos vecinos. Pero donde mayores concesiones deberían
hacer Brasil y Argentina es al interior del MERCOSUR, si pretenden
fortalecer dicha institución. Las asimetrías del Mercado Común del Sur
son notables desde su nacimiento en 1991, y han provocado constantes
reclamaciones de los dos socios menores (Paraguay y Uruguay). Este
último, debido al permanente desequilibrio, y a pesar de contar con un
gobierno teóricamente de centro-izquierda, ha coqueteado en los últimos
tiempos con los Estados Unidos, firmando un Tratado Bilateral de
Inversión, y amenazando con un TLC si no se redimensiona el MERCOSUR.
De cualquier manera, la entrada reciente de Venezuela en el organismo,
y las propuestas de Chávez pueden resultar trascendentales para el
reacomodo de Paraguay y Uruguay. Otro asunto de vital importancia va a
ser la posición que asuma la administración Lugo ante la Casa Blanca, y
más específicamente ante dos ejes de intervención. El primero es la
presencia de tropas estadounidenses en la base aérea Mariscal
Estigarribia, a 200 kilómetros de Argentina y 300 de Brasil. Con la
excusa de la presencia de grupos terroristas islámicos en la triple
frontera, Estados Unidos presionará para seguir teniendo presencia en
la zona, con el objetivo oculto de establecer una base militar que
controle el sur del continente. Si al anuncio por parte de Ecuador de
retirar a las tropas estadounidenses de la base de Manta en 2009, se
une la negativa del gobierno paraguayo a la presencia de militares
estadounidenses, los niveles de nerviosismo en Washington pueden tocar
extremos. El otro eje es la pretensión de Estados Unidos de apropiarse
del Acuífero Guaraní, una de las reservas de agua dulce más grandes del
mundo, y por tanto hacerse con el control del recurso natural por el
que se desencadenarán los conflictos bélicos del futuro. Se prevé que
Lugo adopte posiciones soberanas en torno a este tema. En definitiva,
los resultados electorales paraguayos, como expresan algunos analistas,
hay que interpretarlos como un tanto más para el conjunto formado por
la alianza entre el bloque rojo y el bloque rosa de la región, frente a
los peones más representativos del eje del mal (Colombia, Perú,
México), liderado por Estados Unidos. Sin embargo, dos interrogantes de
gran trascendencia surgen en relación con Brasil y Argentina, acerca de
si tendrán la suficiente capacidad para priorizar una visión
estratégica regional a largo plazo, y si mostrarán la valentía
requerida para enfrentar los bloqueos internos.
La consideración
de estos casos concretos muestra las esperables dificultades internas y
externas que desafían a estos procesos políticos de contramarcha, en
pos de una genuina organización política desde las exigencias de las
comunidades frente a una ya larga postergación, por y para ellas.
Requerirá la decisión de saber asumir sus históricas reivindicaciones,
con entereza, honestidad y competencia, con la sabiduría que requiere
la razón práctica y la prudencia y el tino pero también las firmes
convicciones que demanda el arte de lo posible, la política, y el
respaldo de una política regional que sepa reunir los proyectos y
fuerzas comunes de lo que Martí elocuentemente llamaba “nuestra
América”.
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