|
LAS PASIONES DE LOS ADULTOS Y SU INFLUENCIA SOBRE EL DESARROLLO DEL CARÁCTER Y DE LA SEXUALIDAD DEL NIÑO archivo del portal de recursos
para estudiantes |
enlace
de origen
Sandor Ferenczi
Conferencia pronunciada en el XII Congreso Internacional de Psicoanálisis
en Wiesbaden en septiembre de 1932.
Sería un error querer introducir a la fuerza, en un informe al Congreso,
el amplio tema del origen exterior de la formación del carácter
y de la neurosis. Por ello me contentaré con ofrecer un extracto de lo
que hubiera querido decir. Hubiera sido útil indicar primero cómo
me he planteado el problema formulado en el título. Durante mi conferencia
pronunciada en la Sociedad Vienesa de Psicoanálisis, con ocasión
del sesenta y cinco aniversario del profesor Freud, hablé de una regresión
en la técnica (y también en parte en la teoría de las neurosis)
que se me impuso por determinados fracasos o resultados terapéuticos
incompletos. Entiendo por ello la importancia atribuida recientemente al factor
traumático tan injustamente olvidado en los últimos tiempos al
tratar la patogénesis de las neurosis. El hecho de no profundizar lo
suficiente en su origen externo supone un peligro, el de recurrir a explicaciones
apresuradas relativas a la predisposición y a la constitución.
Las manifestaciones que yo calificaría de impresionantes, las repeticiones
casi alucinatorias de sucesos traumáticos que comenzaban a acumularse
en mi práctica, autorizaban la esperanza de que, gracias a tal abreacción,
importantes cantidades de afectos rechazados se impusieran en la vida afectiva
conciente y pusieran pronto fin a la aparición de los síntomas;
sobre todo cuando la superestructura de los afectos ha sido lo suficientemente
dulcificada por el trabajo analítico.
Desgraciadamente esta esperanza sólo se ha realizado de manera imperfecta,
y en muchos casos ha tropezado con grandes dificultades. La repetición,
estimulada por el análisis, había resultado demasiado bien.
Podía constatarse sin duda una mejoría sensible de determinados
síntomas, pero los pacientes comenzaban a quejarse de estados de angustia
nocturna y sufrían incluso penosas pesadillas; la sesión de análisis
solía degenerar en una crisis de angustia histérica. Esto, igual
que la sintomatología que parecía alarmante, fue analizada de
una forma concienzuda, lo cual convenció y tranquilizó aparentemente
a los pacientes: el resultado, que se esperaba duradero, no lo era sin embargo
y a la mañana siguiente el enfermo volvía a quejarse de una noche
terrible, siendo la sesión de análisis una nueva repetición
del trauma. Durante cierto tiempo me consolé diciéndome que el
paciente ofrecía grandes resistencias o que sufría un rechazo
del que no podía tomar conciencia para descargarse en sucesivas etapas.
Al no apreciar ninguna modificación esencial tras una pausa bastante
grande tuve que proceder una vez más a mi autocrítica. Yo aguzaba
el oído cuando los pacientes me acusaban de ser insensible, frío,
y hasta cruel, y cuando me reprochaban ser egoísta, sin corazón
y presuntuoso; también cuando me gritaban: “ Por favor, ayúdeme
rápido, no me deje morir en la desesperación... ”. Hice
mi examen de conciencia para ver si a pesar de mi buena voluntad, eran ciertas
sus acusaciones. Debo decir que tales explosiones de cólera y de furor
sólo ocurrían excepcionalmente; a menudo, mis interpretaciones
eran aceptadas por el paciente al fin de la sesión con una docilidad
llamativa, incluso con desconcierto. A pesar de ser una inversión fugaz,
me hizo sospechar que estos pacientes dóciles experimentaban en secreto
impulsos de odio y de cólera, de modo que les invité a que abandonaran
cualquier consideración respecto de mí. Tal oferta tuvo poco éxito
y la mayoría rehusaron enérgicamente aceptar esta demanda excesiva,
a pesar de que fue suficientemente apoyada por el material analítico.
Llegué poco a poco a la convicción de que los pacientes percibían
con mucha finura las tendencias, las simpatías y antipatías, y
el humor del analista, incluso cuando éste era inconsciente de ellas.
En lugar de contradecirle y acusarle de flaquezas o de cometer errores, los
pacientes se identificaban con él. Sólo en momentos excepcionales
de excitación histérica, es decir en un estado casi inconsciente,
podían reunir los pacientes suficiente coraje para protestar. Habitualmente
no se permiten ninguna crítica respecto a nosotros; ni siquiera les viene
a la mente, como no reciban nuestro permiso expreso o nuestro ánimo directo.
Por ello no solo debemos aprender a adivinar a partir de las asociaciones de
los enfermos los hechos desagradables de su pasado sino que también hemos
de averiguar las críticas rechazadas o reprimidas que nos dirigen.
Aquí chocamos con importantes resistencias, no ya las del paciente, sino
las nuestras. Ante todo debemos ser analizados y conocer a fondo nuestros rasgos
de carácter desagradable, tanto exteriores como interiores, a fin de
aceptar lo que las asociaciones de nuestros pacientes pueden contener de odio
o de desprecio oculto.
Esto nos lleva al problema de saber hasta dónde debe llegar el análisis
del analista, asunto cada vez más importante. No hay que olvidar que
el análisis en profundidad de una neurosis exige casi siempre muchos
años, mientras que el análisis didáctico habitual sólo
dura algunos meses, o a lo sumo año y medio, lo cual puede llegar a crear
la imposible situación de que nuestros pacientes estén poco a
poco mejor analizados que nosotros. Al menos pueden presentar síntomas
de tal superioridad, que son incapaces de expresarlos verbalmente. Caen en una
extremada sumisión, a consecuencia de su incapacidad o del temor de desagradarnos
al criticarnos.
Gran parte de la crítica rechazada se refiere a lo que podríamos
llamar la hipocresía profesional. Acogemos cortésmente
al paciente cuando entra, le pedimos que nos comunique sus asociaciones, y le
prometemos escucharle atentamente y consagrar todo nuestro empeño a su
bienestar y al trabajo de aclarar su estado. En realidad puede ocurrir que algunos
rasgos, internos o externos del paciente, nos sean difícilmente soportables,
o incluso que sintamos que la sesión de análisis aporta una perturbación
desagradable a una preocupación profesional más importante o a
un problema íntimo. Aquí no veo otra salida que tomar conciencia
de nuestro propio problema y comentarlo con el paciente, admitiéndolo
no sólo como posibilidad sino también como hecho real.
He de insistir en que esta renuncia a la “hipocresía profesional”,
considerada hasta ahora como inevitable, en lugar de herir al paciente le aporta
un notable consuelo. Aunque estalle la crisis traumática histérica,
lo hace sin tanta violencia; resulta posible reproducir mediante el pensamiento
los sucesos trágicos del pasado sin que tal reproducción suponga
una nueva pérdida del equilibrio psíquico; parece incluso que
se eleva el nivel de la personalidad del paciente. ¿Qué ha conducido
a este estado de cosas? En la relación entre el médico y el enfermo
existía falta de sinceridad, algo que no se había dicho y que
al explicarlo liberaba la lengua del paciente. Admitir un error conseguía
para el analista la confianza del paciente. Puede tenerse la impresión
de que entonces sería útil cometer errores, para confesarlos a
continuación al paciente, pero esto resultaría superfluo. Cometemos
los suficientes errores de forma espontánea y tuve un paciente inteligente
que se indignaba con justicia a este respecto diciéndome: “Mejor
sería que evitara usted cualquier error, su vanidad saldría beneficiada
si aprovechara sus fallos....”.
El solucionar este problema puramente técnico me hizo acceder a un material
oculto al que había atribuido hasta entonces poca atención. La
situación analítica, esa fría reserva, la hipocresía
profesional y la antipatía respecto al paciente que se oculta tras ella
y que el enfermo capta con todo su ser, no difiere demasiado de las cosas que
anteriormente, es decir en la infancia, le hicieron enfermar. En este momento
de la situación analítica, si empujamos al enfermo a la reproducción
del trauma, su estado se hace insoportable; por ello no hay que extrañarse
de conseguir una situación similar, ni mejor, ni diferente, a la del
trauma primitivo. Pero la capacidad de admitir nuestros errores y de renunciar
a ellos, así como la autorización de las críticas, nos
hacen ganar la confianza del paciente. Esta confianza es algo que establece
el contraste entre el presente y un pasado insoportable y traumático.
Tal contraste es indispensable para reavivar el pasado, no tanto como reproducción
alucinatoria sino más bien en cuanto recuerdo objetivo. La crítica
latente expresada por mis pacientes descubría, con agudeza, los rasgos
agresivos de mi terapéutica activa, la hipocresía profesional,
para forzar la relajación del paciente, y me enseñaba a reconocer
y dominar las exageraciones en ambos sentidos. Estoy también reconocido
a los pacientes que me han enseñado que tenemos excesiva tendencia a
mantener determinadas construcciones teóricas y a dejar de lado hechos
que quebrantarían nuestra seguridad y nuestra autoridad. En cualquier
caso he podido saber por qué somos incapaces de operar sobre los accesos
histéricos, y de este modo he podido finalmente triunfar. Me hallaba
en la misma situación que aquella dama espiritual quien, ante una de
sus amigas en estado narcoléptico, no pudiendo socorrerla ni con sacudidas
ni con gritos, tuvo repentinamente la idea de hablarle de manera mimosa, como
a un niño: “Vamos, querida, revuélcate por la tierra”.
Hablamos mucho en el análisis de regresión a la infancia, pero
evidentemente no sabemos hasta qué punto tenemos razón. Hablamos
mucho de división de la personalidad, pero parece que no conocemos en
su justa medida la profundidad de este fenómeno. Si guardamos una actitud
fría y pedagógica en presencia de un paciente afectado de opistótonos,
rompemos el último vínculo que nos une a él. El paciente
sin conocimiento es como un niño que ya no es sensible al razonamiento,
sino a lo más a la benevolencia materna.
Si falta esta benevolencia se halla solo y abandonado en la más profunda
desesperación, es decir justamente en la misma situación insoportable,
que, en determinado momento, le condujo a la ruptura psíquica, y luego
a la enfermedad. No es sorprendente que el paciente solo pueda repetir de modo
exacto, como cuando se instaló en él la enfermedad, la formación
de los síntomas desatados por la conmoción psíquica.
Los pacientes no se sienten afectados por una muestra teatral de piedad, sino
tan sólo por una auténtica simpatía. No sé si la
reconocen en el tono de nuestra voz, en los términos que utilizamos,
o de otra forma; de cualquier modo, adivinan, de forma casi extralúcida,
los pensamientos y las emociones del analista. Me parece casi imposible engañar
al enfermo en este punto, y las consecuencias de cualquier tentativa de engaño
serían nefastas. Permítanme que les insista en que esta relación
íntima con el paciente me ha dado importantes niveles de comprensión.
En principio he podido confirmar la hipótesis ya enunciada de que nunca
se insistirá bastante sobre la importancia del traumatismo y en particular
del traumatismo sexual como factor patógeno. Incluso los niños
de familias honorables de tradición puritana son víctimas de violencias
y de violaciones mucho más a menudo de lo que se cree. Bien son los padres
que buscan un sustituto a sus insatisfacciones de forma patológica, o
bien son personas de confianza de la familia (tíos, abuelos), o bien
los preceptores y el personal doméstico quienes abusan de la ignorancia
y de la inocencia de los niños. La objeción de que se trata de
fantasías de los niños, es decir de mentiras histéricas,
pierde toda su fuerza al saber la cantidad de pacientes que confiesan en el
análisis sus propias culpas sobre los niños. No me sorprendí
cuando, hace poco, un pedagogo de espíritu filantrópico vino a
verme con gran desesperación y me confió su descubrimiento, ya
por quinta vez, de que en una familia de buena sociedad la gobernanta mantenía
con muchachos de nueve a once años una auténtica vida conyugal.
Las seducciones incestuosas se producen habitualmente de este modo: un adulto
y un niño se aman; el niño tiene fantasías lúdicas,
como por ejemplo desempeñar un papel maternal respecto al adulto. Este
juego puede tomar una forma erótica, pero permanece siempre en el ámbito
de la ternura. No ocurre lo mismo en los adultos que tienen predisposiciones
psicopatológicas, sobre todo si su equilibrio y su control personal están
perturbados por alguna desgracia, por el uso de estupefacientes o de sustancias
tóxicas. Confunden los juegos de los niños con los deseos de una
persona madura sexualmente, y se dejan arrastrar a actos sexuales sin pensar
en las consecuencias. De esta manera son frecuentes verdaderas violaciones de
muchachitas apenas salidas de la infancia, lo mismo que relaciones sexuales
entre mujeres maduras y muchachos jóvenes, o actos sexuales impuestos
de carácter homosexual.
Es difícil adivinar el comportamiento y los sentimientos de los niños
tras esos sucesos. Su primera reacción será de rechazo, de odio,
de desagrado, y opondrán una violenta resistencia: “ ¡No,
no quiero, me haces mal, déjame!”. Ésta, o alguna similar,
sería La reacción inmediata si no estuviera inhibida por un temor
intenso. Los niños se sienten física y moralmente indefensos,
sus personalidades aún débil para protestar, incluso mentalmente,
la fuerza y la autoridad aplastante de los adultos los dejan mudos, e incluso
pueden hacerles perder la conciencia. Pero cuando este temor alcanza su
punto culminante, les obliga a someterse automáticamente a la voluntad
del agresor, a adivinar su menor deseo, a obedecer olvidándose
totalmente de sí e identificándose por completo con el agresor.
Por identificación, digamos que por introyección del agresor,
éste desaparece en cuanto realidad exterior, y se hace intrapsíquico;
pero lo que es intrapsíquico va a quedar sometido, en un estado próximo
al sueño- como lo es el trance traumático- al proceso primario,
es decir que lo que es intrapsíquico puede ser modelado y transformado
de una manera alucinatoria, positiva o negativa, siguiendo el principio de placer.
En cualquier caso la agresión cesa de existir en cuanto realidad exterior
y, en el transcurso del trance traumático, el niño consigue mantener
la situación de ternura anterior.
Pero el cambio significativo provocado en el espíritu infantil por la
identificación ansiosa con su pareja adulta es la introyección
del sentimiento de culpabilidad del adulto: el juego hasta entonces anodino
aparece ahora como un acto que merece castigo.
Si el niño se recupera de la agresión, siente una confusión
enorme; a decir verdad ya está dividido, es a la vez inocente y culpable,
y se ha roto su confianza en el testimonio de sus propios sentidos. A ello se
añade el comportamiento grosero del adulto, aún más irritado
y atormentado por el remordimiento, lo que hace al niño más conciente
de su falta y más vergonzoso. Casi siempre el agresor se comporta como
si nada ocurriera y se consuela con la idea: “Va, no es más que
un niño, aún no sabe nada, lo olvidará todo pronto”.
Tras un hecho de esta naturaleza no es raro ver al seductor adherirse a una
moral rígida o a principios religiosos, esforzándose con su severidad
por salvar el alma del niño. En general, las relaciones con una segunda
persona de confianza, por ejemplo la madre, no son lo suficientemente íntimas
para que el niño pueda hallar ayuda en ella; algunas débiles tentativas
en este sentido son rechazadas por la madre calificándolas de tonterías.
El niño del que se ha abusado se convierte en un ser que obedece mecánicamente
o que se obstina; pero no puede darse cuenta de las razones de esta actitud.
Su vida sexual no se desarrolla, o adquiere formas perversas; no hablaré
de las neurosis y de las psicosis que pueden resultar en estos casos. Lo que
importa desde el punto de vista científico en esta observación
es la hipótesis de que la personalidad aún débilmente
desarrollada reacciona al desagrado brusco no mediante la defensa sino con una
identificación ansiosa y con la introyección de lo que la amenaza
o la agrede. Ahora comprendo porqué mis pacientes rehúsan
seguir mi consejo de reaccionar frente al desagrado con odio o con movimientos
defensivos, como yo hubiera esperado. Una parte de su personalidad, el núcleo
mismo de ella, ha quedado fijado a un determinado momento y a un nivel en que
las reacciones aloplásticas eran aún imposibles y donde, debido
a una especie de mimetismo, se reacciona de forma autoplástica. Se llega
así a un tipo de personalidad constituido únicamente por el Ello
y el Super-Ego que, en consecuencia, es incapaz de afirmarse en casos de desagrado;
del mismo modo un niño que aún no ha alcanzado pleno desarrollo
es incapaz de soportar la soledad si carece de protección maternal y
de una fuerte dosis de ternura. Vamos a referirnos ahora a las ideas desarrolladas
por Freud desde hace tiempo cuando señalaba que la capacidad de experimentar
un amor objetal iba precedida de un estadio de identificación. Calificaré
tal estadio como el del amor objetal pasivo, o estadio de la ternura. Pueden
aparecer rasgos de amor objetal pero sólo en cuanto fantasías,
de manera más bien lúdica. De esta forma, casi todos los niños
juegan con la idea de ocupar el lugar del progenitor del mismo sexo para convertirse
en pareja del otro, aunque sólo sea de forma imaginaria. En realidad
ni querrían ni podrían pasar de la ternura, y sobre todo de la
ternura maternal. Si en el momento de esta fase de ternura se impone a los niños
más amor o un amor diferente al que desean, pueden ocasionárseles
las mismas consecuencias patógenas que la privación de amor hasta
ahora aludida. Esto nos llevaría muy lejos al hablar de todas las neurosis
y consecuencias caracterológicas que pueden resultar de la apertura precoz
a formas de amor apasionado, teñido de sentimientos de culpabilidad en
un ser inmaduro e inocente. La consecuencia no puede ser otra que la confusión
de lenguas a la que aludo con el título de esta conferencia.
Los padres y los adultos debieran aprender a reconocer, como los analistas,
tras el amor de transferencia la sumisión o la duración de nuestros
hijos, de nuestros pacientes o de nuestros alumnos, un deseo nostálgico
de liberarse de este amor opresivo. Si se ayuda al niño, al paciente
o al alumno a abandonar esta identificación y a defenderse de esta transferencia
fuerte, puede decirse que se ha conseguido elevar a la personalidad a un nivel
superior. Quisiera explicarles brevemente algunos descubrimientos suplementarios
a los que nos conducen esta serie de observaciones. Sabemos desde hace tiempo
que el amor forzado, lo mismo que las medidas punitivas insoportables, tienen
un efecto de fijación. Posiblemente es más fácil comprender
esta reacción en apariencia insólita, refiriéndonos a lo
que acabamos de decir. Los delitos que el niño comete, como si jugara,
son llevados a la realidad por los castigos pasionales que reciben de los adultos
curiosos, encolerizados, lo que supone para un niño hasta entonces no
culpable, todas las consecuencias de la depresión. Un examen detallado
de los procesos del trance analítico, nos enseña que no existe
choque ni temor sin un anuncio de la división de la personalidad. La
personalidad regresa hacia una beatitud pretraumática, intenta creer
que nada ha sucedido, y esto no sorprenderá a ningún analista.
Es más extraño ver operar, durante la identificación, un
segundo mecanismo del que yo, al menos, sabía bien poco. Deseo hablar
de la eclosión repentina y sorprendente, como surgida tras un golpe de
varita mágica, de las nuevas facultades que aparecen a consecuencia de
un choque. Esto hace pensar en los juegos de prestidigitación de los
faquires quienes, a partir de una semilla, hacen crecer ante nuestros ojos una
planta con sus hojas, su tallo y sus flores. Un enorme sufrimiento y, sobre
todo, la angustia de la muerte, parecen tener el poder de despertar y de activar
súbitamente determinadas disposiciones latentes, aún no desarrolladas,
que aguardan su maduración en absoluta quietud. El niño que ha
sufrido una agresión sexual puede desplegar repentinamente, bajo la presión
de la urgencia traumática, todas las emociones de un adulto maduro, las
facultades potenciales para el matrimonio, la paternidad o la maternidad, facultades
que se hallan virtualmente preformadas en él. Puede entonces hablarse
simplemente, oponiéndola a la regresión a la que tan a menudo
nos referimos, de progresión traumática, (patológica)
o de premaduración (patológica). Podemos pensar en los frutos
que maduran enseguida cuando los hiere el pico de un pájaro, y también
en la temprana madurez de un fruto agusanado.
En el plano no sólo emocional sino también intelectual, el choque
puede permitir a una parte de la persona madurar súbitamente. Les recordaré
el sueño típico del “bebé sabio” que aislé
hace tantos años, en el que un recién nacido, un niño todavía
en su cuna, se pone a hablar súbitamente e incluso enseña con
sabiduría a toda su familia. El miedo ante los adultos exaltados, locos
en cierto modo, transforma por así decir al niño en psiquiatra;
para protegerse del peligro que representan los adultos sin control, tiene que
identificarse completamente con ellos. Es increíble lo que podemos aprender
de nuestros “niños sabios”, los neuróticos.
Si los choques se suceden durante el desarrollo, el número y la variedad
de los fragmentos divididos aumenta, y se nos hace difícil mantener el
contacto con ellos, sin caer en la confusión, ya que se comportan como
personalidades distintas que no se conocen entre sí. Esto puede determinar
un estado que se designaría atomización, si no se admite la imagen
de la fragmentación; y es necesario mucho optimismo para no arredrarse
frente a tal estado. Espero sin embargo que puedan hallarse caminos para unir
entre sí los diversos fragmentos resultantes.
Al lado del amor apasionado y de los castigos pasionales, existe un tercer medio
de dominar a un niño, y es el terrorismo del sufrimiento. Los
niños se ven obligados a soportar todo tipo de conflictos familiares
y llevan sobre sus débiles espaldas el pesado fardo de los restantes
miembros de la familia. No lo hacen puro desinterés, sino para poder
disfrutar nuevamente de la paz desaparecida y de la ternura que se deriva de
ella. Una madre que se lamenta continuamente de sus sufrimientos puede transformar
a su hijo en una ayuda cuidadosa, es decir convertirlo en un verdadero sustituto
maternal, sin tener en cuenta los intereses del niño.
Si todo esto se confirmara, nos veríamos obligados a revisar algunos
capítulos de la teoría sexual y genital. Por ejemplo, las perversiones
no son infantiles más que si permanecen en el ámbito de la ternura;
cuando se cargan de pasión y de culpabilidad conscientes, testimonian
posiblemente una estimulación exógena, y una exageración
neurótica secundaria. En mi propia teoría de la genitalidad yo
no había tenido en cuenta hasta ahora la diferencia entre la fase de
la ternura y la fase de la pasión. ¿Qué parte de sadomasoquismo
está condicionada por la cultura (es decir nace del sentimiento de culpabilidad
introyectado) en la sexualidad de nuestra época, y qué parte,
mantenida autóctona, se desarrolla como una fase de organización
propia? Esto se aclarará posteriores investigaciones.
Me sentiría dichoso si ustedes consiguieran verificar todo esto en el
plano de la práctica y en el plano de la reflexión; también
me agradaría que a partir de ahora concedieran más importancia
a la manera de pensar y de hablar de sus niños, de sus pacientes y de
sus alumnos, tras los cuales se ocultan críticas, de forma que pudieran
aclarar la confusión de lenguas y aprovecharan la ocasión para
aprender cosas.
Post-
Scriptum
Esta serie de reflexiones sólo ha tratado de abordar de forma descriptiva
lo que hay de tierno en el erotismo infantil y lo que hay de apasionado en el
erotismo adulto; deja en suspenso el problema de la esencia misma de su diferencia.
El psicoanálisis puede mantener el concepto cartesiano que convierte
a las pasiones en producto del sufrimiento, pero posiblemente pueda también
responder a la cuestión de saber lo que introduce, en la satisfacción
lúdica de la ternura, el elemento de sufrimiento, o sea el sadomasoquismo.
Estas contradicciones nos hacen presentir entre otras cosas que, en el erotismo
del adulto, el sentimiento de culpabilidad transforma el objeto amoroso
en un objeto de odio y de afección, es decir en un objeto ambivalente.
Esta dualidad falta aún en el niño en el estadio de la ternura,
y es justamente este odio el que sorprende, espanta y traumatiza al niño
amado por un adulto. Este odio transforma a un ser que juega espontáneamente,
con la mayor inocencia, en un autómata, culpable del amor, que, imitando
ansiosamente al adulto, se olvida de sí mismo. Este sentimiento de culpabilidad
y el odio contra el seductor es el que confiere a las relaciones amorosas de
los adultos el aspecto de una lucha terrible para el niño, escena primitiva
que termina en el momento del orgasmo; el erotismo infantil, en ausencia de
la “lucha de sexo”, permanece al nivel de los juegos sexuales preliminares,
y no conoce otras satisfacciones que las de la saciedad, siendo para él
ajenas las que proporciona el sentimiento de anulación del orgasmo. La
teoría de la genitalidad que trata de dar una explicación de orden
filogenético a la lucha de sexos, tendrá que tener en cuenta esta
diferencia entre las satisfacciones eróticas infantiles y el amor, impregnado
de odio, de la copulación del adulto.