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LA ESENCIA DEL PODER y EL CONFLICTO POLITICO (*) archivo del portal de recursos
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Jorge Alfonso V.
Universidad de Tarapacá, Arica, Chile.
Resumen
El artículo intenta definir la esencia del poder y su relación con
el conflicto político. Para hacerlo hace uso de los conceptos de
Guardini, quien advierte que es su sentido político el sentido propio.
A su vez señala que es en la época moderna que se percibe al poder como
un poder anónimo que se sufre como una fatalidad, esto por haberse
transformado en una técnica de dominio ejercida por el Estado moderno.
Dominio acentuado por el sentimiento de falta de dignidad del hombre
moderno. Se contrasta esta visión con la de Hobbes y su idea del
orgullo como fuente del conflicto, en cierta manera afín a la de Ortega
y su Rebelión de las Masas. Para terminar por examinar la posición de
Giannini, quien en su obra La Experiencia Moral determina el conflicto
como producto de la imposibilidad de aceptar en el diálogo moral los
juicios éticos de los otros justa-mente por privamos de la condición de
sujetos de ese mismo diálogo. Finalmente se examina la posibilidad de
terminar con el conflicto de acuerdo a Ricoeur y se concluye que éste
es esencial a la política y que no es acertado querer terminar con él:
el error totalitario.
Abstract
The article attemps to define the essence of power and its
relationship with the political conflict. To this purpose it makes use
of the concepts of Guardini who remarks that its political sense is its
proper sense. At the same time points out that it is in modern times
when power is envisaged as an anonymous power which is suffered as an
ill fate, this for having transformed it in a technic of dominion on
the part of modern State.
Análisis del concepto de poder desde la perspectiva de la filosofía. El artículo intenta definir la esencia del poder y su relación con el conflicto político. Para hacerlo hace uso de los conceptos de Guardini, quien advierte que es su sentido político el sentido propio. A su vez señala que es en la época moderna que se percibe al poder como un poder anónimo que se sufre como una fatalidad, esto por haberse transformado en una técnica de dominio ejercida por el Estado moderno.
1.- La esencia metafísica del poder
Romano Guardini en El Poder (1) realiza un análisis del concepto de
poder desde la perspectiva de la filosofía cristiana, la que como tal
constituye un buen punto de partida para nuestra reflexión. Al tratar
de captar la esencia del poder Guardini advierte que el sentido propio
del término tiene que ver con el poder político, con la facultad que
tienen los gobernantes de obligamos a obedecer. De este sentido
vendrían por analogía los otros, tales como el poder de Dios, el poder
de la naturaleza, el poder del dinero etc. Para entender lo que es el
poder Guardini destaca aquellos rasgos esenciales que lo definen como
tal y que lo distinguen de los otros poderes. Su diferencia específica
se destaca clara-mente cuando se le opone al poder natural. Al respecto
afirma éste: “Al contemplar las fuerzas elementales de la naturaleza,
¿Podemos hablar de poder?, ¿Podemos decir, por ejemplo, que una
tormenta, o una epidemia o un león tienen poder?” (2) Probablemente
todos empleemos el término en estos sentidos metafóricos, sin embargo,
según el pensador italiano: “Es claro que no (se debe emplear), a no
ser en un sentido inexacto, análogo. Existe aquí sin duda algo capaz de
obrar, de producir efectos; pero falta aquello que sin quererlo
pensamos también cuando hablamos del poder: falta la iniciativa. Un
elemento natural tiene -o es- energía, pero no poder” (3). En
consecuencia si es la iniciativa, la in-tención, lo que otorga a la
energía, a la fuerza, el carácter de poder, esto supone una persona
detrás de éste, un sujeto responsable que conscientemente aplique su
voluntad a conducir las energías naturales hacia determinados fines, lo
que precisamente le da al poder su carácter de fenómeno netamente
humano.
Es en definitiva la iniciativa la que le da sentido al poder.
Éste, como tal, siendo en si mismo moralmente neutro puede adquirir un
valor moral de acuerdo al uso que de él se haga. De aquí surge un rasgo
distintivo del poder: del poder se responde como persona, y es por eso
que “No existe ningún poder -según Guardini- del que no hay que
responder. De la energía de la naturaleza nadie es responsable (...).
No actúa en el ámbito de la responsabilidad, sino en el ámbito de la
necesidad natural. Pero no existe un poder humano del que nadie sea
responsable” (4). A pesar de lo cual, sin embargo, muchas veces el
poder parece ser una fuerza anónima, absurda, kafkiana. En estas
situaciones la responsabilidad personal se diluye y todo parece ser
“razón de estado”. En estos casos no es extraño que el hombre se sienta
gobernado por fuerzas ocultas, superiores, omnipresentes que se
perciben como el destino o la fatalidad: “(...) eso ocurre -advierte
Guardini- aunque las cosas humanas estén en tal desorden o en tal falso
orden que no resulte posible nombrar a ningún responsable. Cuando esto
último sucede, cuando a la pregunta ¿Quién ha hecho esto? no responde
ya ningún yo ni un nosotros, es decir, ninguna persona ni una
colectividad, el ejercicio del poder parece convertirse en un efecto de
la naturaleza” (5) y como tal afecta el carácter de lo necesario, de
una realidad que hay que aceptar como tal.
¿Por qué en la época moderna se ha acentuado este rasgo del poder,
al punto de que se le percibe más como una fatalidad que hay que
soportar que como una actividad que hay que llevar acabo en forma
responsable? Al respecto el filósofo haciéndose cargo de algunas
afirmaciones sobre la época moderna afirma que “Se tiene la impresión
que esto ocurre cada vez más frecuentemente, pues en el decurso de la
evolución histórica el ejercicio del poder se hace de día en día más
anónimo. La progresiva estatificación de los acontecimientos sociales,
económicos y técnicos, así como las teorías materialistas que
interpretan la historia como un proceso necesario, significan, desde
nuestra perspectiva, el ensayo de suprimir el carácter de la
responsabilidad, y de desligar el poder de la persona, convirtiendo su
ejercicio en un fenómeno natural” (6). Ciertamente que la
responsabilidad personal desaparece como justificación en una época que
no parece creer ya en el libre albedrío; y también es cierto que el
surgimiento del Estado moderno, tan bien descrito por Hobbes como un
dios mortal, un Leviatán, contribuye a acentuar el carácter opresivo,
todopoderoso del Estado, al cual no hay potencia sobre la tierra que se
le pueda comparar. Sin embargo no es menos cierto también que algunos
rasgos antropológicos y psicológicos pueden explicar el surgimiento del
Estado moderno a partir de la aparición de un tipo definido de hombre.
Al respecto vale la pena preguntarse ¿por qué obedecemos, por qué
cedemos nuestros derechos, por qué sucede esto cuando pareciera más
útil o hasta más sensato conservar nuestros derechos naturales? Hobbes
advierte que en realidad nadie “cede” sus derechos a otros hombres, lo
que sucede en realidad es que los dejamos hacer, nos apartamos de su
camino, de suerte que no se trata de que ellos tengan más poderes
porque nosotros se los hayamos dado, nadie puede darle a otro hombre
más derechos naturales que los que ya tiene, sino que es su total
libertad, el no encontrar ninguna oposición a sus deseos, lo que les da
su poder, su total libertad para hacer lo que desean. ¿Por qué los
dejamos hacer? Hay varias teorías al respecto. Guardini mismo destaca
un hecho contradictorio: el hombre moderno no tiene conciencia de su
propia dignidad. Contradictorio decimos porque por otra parte Ortega y
Gasset en La Rebelión de las Masas (7) afirma justamente lo contrario,
los hombres actuales tendrían demasiada consciencia de su propia
dignidad, según Ortega sería la época moderna la que habría trasformado
los derechos del hombre de una propuesta teórica, un ideal, en una
creencia, una convicción que nadie discute; al punto de que los hombres
de hoy creen que tienen todos los derechos y ningún deber, lo que
justamente acusaría esta “rebelión de las masas”. ¿Cómo es posible
sostener dos tesis tan opuestas? Pareciera que en el plano teórico
estuviéramos todos conscientes de la dignidad humana pero en el plano
práctico sucediera todo lo contrario, la organización social habría
terminado por hacer muy difícil que el hombre común se sintiera
representado por ella, y de que es más importante acogido, protegido,
por ella. El hombre moderno no se siente al parecer respetado como tal,
se siente parte de un todo inhumano de una superestructura de poder que
lo agobia y que no le sirve, no responde a sus necesidades propiamente
humanas. Guardini piensa que es justamente el carácter secular de la
modernidad, su ateísmo, lo que ha hecho perder al hombre el sentido de
su propia vida y dignidad al abandonar los fundamentos meta-físicos de
su propio existir.
Ahora bien como el poder es más peligroso cuando alguien lo ejerce
es un malvado, las posibilidades de hacer un mal uso, un abuso de
poder, aumentan si el que ejerce el poder no encuentra oposición a sus
deseos, justamente por que además los hombres no poseen un sentimiento
fuerte de su propia dignidad. Cuando esto sucede, cuando el poder se
desata y abarca todos los aspectos de la vida social, es cuando se
vuelve diabólico, es decir cuando conduce a las personas a la violencia
y corrupción. Cuando se llega a esto el poder se hace totalitario, los
gobernados tienen el sentimiento de que quien gobierna más que una
persona determinada, es algo indeterminado, difuso y nebuloso que
interpenetra todas las relaciones sociales y que se percibe como una
especie de destino o fatalidad. Las cosas parecen pasar porque sí, y si
nos afectan o dañan no hay nadie a quien acudir ya que realmente parece
no haber ninguna persona responsable detrás, ni tampoco ninguna
autoridad a quien reclamar nuestros derechos ya que todos parecen
do-minados por el mismo omnipresente poder que una vez fue instituido
por todos los miembros de una comunidad pero que hoy se torna contra
ellos y los domina. Así al dejar hacer al gobernante todo lo que
quiera, al convertirlo en un tirano, al dejarlo en total libertad, su
responsabilidad personal parece desaparecer también, y en total
libertad, con todo el poder, puede resolver los conflictos políticos
por la fuerza, en nombre de entidades difusas tales como la voluntad
general, la salvación de Occidente, la seguridad nacional etc.
Realmente hay que admitirlo, el hombre-masa parece creer que tiene
todos los derechos y ningún deber y en este sentido tiene razón Ortega.
También Guardini se refiere a que para saber mandar hay que saber
obedecer y obedecer es algo que al hombre moderno no le agrada. Sin
embargo la pregunta sigue abierta ¿por qué obedecemos? Es cierto que el
hombre moderno parece ser el pusilánime, el que deja hacer, el que
tiene miedo a la libertad según Fromm, ¿por qué, por qué esta falta de
ánimo, este sentimiento de debilidad, de indefensión frente al poder
político? Al parecer los cambios que trajo la época moderna despojaron
al hombre medieval de su seguridad metafísica de ser hijos de Dios,
como así también de su seguridad terrenal, el sistema feudal. En el
feudalismo la organización social y política parece estar más en
armonía con la vida humana que la actual, al punto que esa organización
es justamente eso orgánica. La sociedad representa un orden natural
donde una persona sabe lo que es, sabe su lugar y obtiene seguridad y
protección en su entramado social -familia, gremio, feudo-por lo que se
puede decir que la organización social está hecha a su medida. Esta
sociedad sería un ejemplo de sociedad humana para Guardini que no niega
que pueda ser además inhumana, la medieval también podía serIo, el
pro-lema es que la actual parece ser no-humana. Lo que ocurre es que la
época moderna sobrepasó al hombre como dueño y señor de su destino
mediante el dominio técnico de la naturaleza, que posteriormente
intentó, intenta aún, dominar la naturaleza humana y ponerla al
servicio del proyecto técnico de dominio universal, lo que hace que
haya una diferencia notoria entre el mundo medieval y el moderno: “La
cultura anterior a la irrupción total de la técnica estaba
caracterizada, advierte Guardini, por el hecho de que el hombre podía
tener también la vivencia personal de lo que conocía teóricamente y
ejecutaba con sus manos (...). De ahí resultaba la armonía peculiar, el
carácter orgánico que define, para nuestro sentimiento, la cultura
anterior a la técnica. Pero ahora la posibilidad de conocer y de actuar
rebasa cada vez más la posibilidad de vivir (8). Es decir la era
técnica que prometía mediante el avance científico traer el progreso y
el desarrollo ha traído junto con eso una sociedad cuya organización no
es funcional a la vida humana y que por lo tanto resulta no-humana. Es
decir una sociedad que no permite al hombre el sentirse seguro,
cobijado. La pérdida de su seguridad vital, existencial, junto con la
pérdida de su fe religiosa, explicaría la especial disposición anímica
de los hombres frente al poder.
Pero no basta con la disposición anímica para explicar este
fenómeno. La disolución de los vínculos personales que se produjo a
fines del medievo, contribuyó a que el Estado comenzara a ser visto
como una estructura ajena ala realidad humana, por lo que Guardini
advierte que “A la di-solución de la creación orgánica corresponde otra
clase de disolución: La de la estructura humana de la vida. La familia
pierde su significación articuladora y ordenadora. El municipio, la
ciudad, el Estado, se sustentan cada vez me-nos en las familias, los
linajes, los grupos de trabajo, las corporaciones etc. Los hombres
aparecen cada vez más como una pluralidad informe en sí misma, que como
una organización con vistas aun fin (9). La destrucción del orden
medieval fue seguido por un intento de establecer un orden secular
producto de la racionalidad instrumental al servicio de la política, el
caso más claro en filosofía es Hobbes y en política Marx. Esto tendría
una influencia decisiva en el establecimiento de un nuevo tipo de
hombre. Al respecto Ignacio Admerich en “Identidad Individual y
Personalidad Jurídica” (10) demuestra cómo este nuevo orden político va
a tener consecuencias tanto en el plano jurídico como social, y lo que
más nos interesa aquí: en el psicológico. Hace mención Aymerich al
hecho de la aparición del Estado moderno y al cambio que esto
significa. El Estado moderno suprime todos los privilegios, todas las
legislaciones dicta-das para los grupos naturales y determina que sólo
el Esta-do mediante concesiones puede reconocer la personalidad ahora
“jurídica” de las distintas agrupaciones sociales, esto en parte porque
la sociedad moderna era ciertamente más compleja que la medieval o al
menos requería de un nuevo ordenamiento. Al respecto afirma que “Este
devenir ha te-nido (...) unas consecuencias básicas en tres ámbitos
diferenciados: en la forma de la auto comprensión de su identidad de
los individuos, en el modo de desarrollo del derecho y en el
crecimiento del instituto estatal. En él primer aspecto, como señala
Norbert Elías, las funciones de protección y control que antes eran
ejercidas sobre los individuos por grupos endógenos más reducidos, como
clanes o comunidades rurales, latifundios, gremios o clases, pasan a
ser ejercidos por agrupaciones estatales altamente centralizadas, con
la que la cohesión de estos grupos se debilita y los individuos
dependen cada vez más de sí mismos y se encuentran ante un mayor margen
de elección” (11). No sólo eso, tienen que elegir, tienen que hacerse
más independientes; el supuesto básico del nuevo orden es que la unidad
de la sociedad no reside en ningún estamento sino en el in-dividuo.
Esta idea tan familiar ahora es totalmente nueva para su época, es
justamente nueva, moderna; antes en la Antigüedad a nadie se le habría
ocurrido pensar que la más importante de la sociedad fuera el
individuo, la parte, y no el todo, la polis. Este individuo tiene
entonces que decidir por sí mismo donde antes decidía la comunidad, el
gremio, o se hacía la acostumbrado, la tradicional. Sólo en este
contexto puede darse aquel miedo a la libertad del que habla Fromm y es
comprensible que el mundo moderno comience a hacerse más difícil para
el hombre común. Como a su vez el Estado se transforma en una
institución artificial, una creación de la razón para los nuevos
tiempos pero que amenaza con suprimir el sujeto por eso el individuo
comienza a aislarse de él, a querer reservarse un ámbito de
re-soluciones en las que el Estado no tenga injerencia; no es de
extrañar entonces que junto al totalitarismo se encuentre el
liberalismo como una forma de defensa frente al estado todopoderoso.
Esta deshumanización de la sociedad es producto del dominio de la
técnica moderna empleada como instrumento al servicio de la comodidad
de la vida humana como ya lo advertía Hobbes. Es paradojal que la
técnica, mero instrumento y por lo tanto supuestamente al servicio del
hombre, se haya transformado en un fin en sí misma. Para entender esto
habría que abandonar el sentido antropológico de la técnica como lo
advierte Heidegger, aquel que cree que la técnica es sólo un
instrumento al servicio del hombre y que por lo tanto su buen o mal uso
depende de cómo se la emplee, para captar aquel sentido latente pero
esencial que Heidegger desoculta en todo lo que tiene de destinal para
Occidente: su esencial cupiditas dominandi, su afán de poder. Este
dominio de la técnica moderna se ha transformado en nuestra cosmovisión
a partir del momento en que dejó de ser un mero instrumento para
convertirse en nuestra manera de ver las cosas, al punto que el Ser se
nos presenta hoy, se nos descubre sólo en este modo, el técnico.
Sin embargo lo realmente preocupante es que el hombre también ha
dejado de ser el sujeto del dominio técnico para ser el objeto de él.
Al querer explicar las cosas humanas como si fueran naturales era obvio
que tendrían que ser reducidas al esquema técnico, es decir ser
consideradas como un objeto medible, calculable. Ahora bien la
extensión del dominio técnico a las cosas humanas desde una perspectiva
puramente naturalista transformó al hombre en objeto de estudio
científico y trajo como consecuencia su posterior instrumentalización
al servicio del Estado. Esto implica el abandono de un tipo de vida
realmente humana y la dedicación al trabajo sin tomar en cuenta los
sentimientos personales, plegándose así cada uno al proyecto universal
de dominio técnico de la naturaleza. No es extraño entonces que esta
época creara su propia ética del deber por el deber, la deontología
kantiana.
Todo apunta a que, en la época moderna, la vida humana, aquella
ligada al corazón y la mente, tuvo que dejar paso a una vida donde sólo
la razón impere. Es por eso que el hombre moderno -admite Guardini-
siente pudor frente a los demás; los sentimientos no son ya necesarios
para hacer lo que se debe hacer, y es así que éste se ha acostumbrado a
no tener sentimientos y ha sustituido los sentimientos por las
sensaciones, de las que el cine y la televisión sacan tanto provecho
hoy en día. Todo esto contribuye a que el moderno pierda sus antiguas
seguridades y su identidad personal. Al respecto el pensador italiano
advierte que en cuanto a los pueblos, se mantienen, sin duda, en primer
lugar esos gran-des grupos humanos determinados por la región, la raza,
y la cultura que en otros tiempos daban la impresión de ser
individualidades colectivas no intercambiables, pero que en cambio en
la actualidad se aproximan cada vez más entre sí y mientras las
diferencias recíprocas, económicas y políticas se hacen mayores,
paradojalmente el modo de vestir y de vivir se vuelve cada vez más
parecido. Como así también las formas de estructuras y de
comportamiento del Estado pueden en gran medida intercambiarse (12). Un
hecho paradójico más, de esta época paradójica, es el hecho de que
mientras el mundo se acerca cada vez más y parece ya una aldea global,
como una especie de reacción ante la uniformidad, surgen los
nacionalismos como una manera de recuperar el sentido comunitario y de
identidad perdidos; más aún como una forma de sobrevivir en un mundo
que bajo el pretexto de la igualdad sacrifica todo aquello que una vez
ha servido para darle sentido a la vida: tradición, cultura, costumbres
etc. En este plano también en lo político, el Estado moderno, no
corresponde a una organización natural, es más bien un puro artificio
de la razón.
No es raro entonces que las personas perciban al Estado como una
convención útil, un contrato social revocable, que se mantiene vigente
mientras sirve a quienes lo han instituido. Ingenua creencia ésta
porque el Estado moderno, hijo de la técnica moderna, ha terminado por
imponerse a los hombres al punto que, como expresa Guardini, “También
él pierde sus vinculaciones orgánicas y se convierte cada vez más en un
sistema de funciones determinantes. El hombre vivo retrocede, el
aparato administrativo gana terreno. Una técnica cada vez más refinada,
de inventario, de comprensión, organizadora y de administración
oficial, y para decirlo claramente un modo cada vez más extendido de
entender al hombre, como un factor económico, tienden a tratar a los
hombres de la misma manera que las máquinas tratan la materia prima con
que fabrican un producto (13).
Podría argüirse que todos estos fenómenos tienen causas históricas
que explicarían por qué la época moderna es como es -querer una
explicación “causal” de un fenómeno humano ya es algo moderno, querer
una explicación “histórica”, lo es aún más. En realidad frente ala
aparición de la modernidad y su voluntad de dominio no queda sino
hablar de destino como lo hace Heidegger. Por eso no basta con
determinar supuestas causas históricas para pensar en modificar estas
condiciones: nadie puede escapar al Destino, sólo se puede corresponder
a él. En todo caso para nuestra reflexión es importante destacar cómo
la técnica moderna influye en la concepción del Estado moderno y como
éste se constituye sobre la base de hombre “Light”, flexible, que se
adapta a todo porque ha perdido las directrices de su propia dignidad.
Guardini en una referencia a la planificación global reconoce que en
estos fenómenos hay algo más que causas históricas: “ A esta
planificación impulsan razones importantes: necesidades políticas,
crecimiento de la población, limitación de lo bienes económicos y
exigencias de distribuir los bienes, magnitud de la tarea que hay que
realizar, etc. Pero detrás de todo esto no se encuentran motivos
prácticos, sino espirituales, un estado de espíritu que se siente
justificado y obligado a proponer un objetivo ala obra humana ya usar
para este fin como material todo lo que está dado (14) y todo lo que
está dado es “naturaleza”, tanto natural como humana; Por esto es que
el proyecto de dominio universal de la técnica es tan peligroso; ha ido
más allá del dominio sobre la tierra y sus criaturas, ha extendido su
poder a las cosas humanas y sociales en la creencia de que es posible
establecer el cielo en la tierra, ensueño gnóstico que aspira a hacer
inminente la escatología cristiana mediante la razón y la ciencia
moderna como también lo demuestra Vogelin. Ya sabemos que esto en la
práctica ha significado entre otras cosas la aparición del Estado
totalitario como proyecto de salvación.
¿Qué se puede hacer frente a tan negativa visión de las cosas?
Guardini se margina de los habituales discursos sobre la decadencia de
Occidente. El poder proviene de Dios y está en las manos del hombre el
hacer un buen uso de él; habernos dado cuenta de que el poder es el
problema central de nuestra época ya indica al menos que estamos
saliendo de una época que defendió la autonomía de la política. El
poder puede ser usado para el bien como para el mal, por eso es que es
tan importante no dejarlo librado a las leyes del mercado o a su
particular ética del poder. Este debe recuperar su relación de
subordinación a la ética y la única doctrina que somete el poder a la
ética es la cristiana. Por eso es que las palabras de Václav Hável
respecto a la necesidad de abolir la mentira de la política, a
recuperar la consciencia, la responsabilidad ante el poder (15), suenan
hoy a un nuevo comienzo, que recuerda la doctrina de los dos poderes de
San Agustín o a la doctrina de las dos espadas de Gelasio. Sin embargo
no podemos volver atrás, no podemos volver a la Edad Media como algunos
conservadores quisieran, de lo que se trata más bien es de recuperar
los antiguos ideales para aplicarlos a un nuevo contexto histórico.
2.- La época moderna y el poder
Para entender qué es lo que rechazamos de la época moderna hay que
tratar de comprenderla. Para eso nada mejor que estudiar la filosofía
de Thomas Hobbes como paradigma de la modernidad. En ella veremos cómo
se concibe al poder en una filosofía que sólo atiende a la superficie
de las cosas justamente porque es lo medible, lo calculable pero que
resulta insuficiente para entender el alma humana. Dentro del esquema
materialista y ateo de Hobbes el hombre es visto como un ente natural
más sometido a la mismas leyes naturales y al principio último, el
movimiento universal, causa de todas las causas. El punto de encuentro
entre la física hobbesiana y el hombre está en las pasiones; principio
in-terno de los movimientos voluntarios. Las pasiones son nuestras
reacciones a las impresiones sensoriales que cuan-do son favorables a
los movimientos vitales producen una atracción hacia las cosas que nos
conmueven o cuando no lo son, una aversión hacia ellas. Como producto
de este sensualismo hobbesiano el hombre considera que lo que de-sea es
bueno y que lo que odia malo, no habiendo nada absolutamente así,
ningún valor objetivo, ya que todo depende del individuo donde no hay
Estado o del Estado donde éste haya sido establecido. Este particular
fisio-psicologismo determina el relativismo moral tan criticado en
Hobbes.
Sin embargo lo que nos concierne ahora no es la ética de Hobbes
sino su teoría del poder. La idea del poder de Hobbes tiene un claro
tinte sociológico porque es en la sociedad donde se ejerce. Esto es
algo peculiar en este filósofo, pues para él la naturaleza humana como
tal no es social. Sin embargo de acuerdo al hedonismo hobbesiano si el
hombre busca el poder será para obtener algún bien para sí mismo, de
ahí que se hable del egoísmo hobbesiano. La definición del poder de
Hobbes tiene el mérito de ser bastante amplia ya que en ella el poder
no se refiere sólo al poder político sino que a partir de los
individuos en sociedad va ir derivando la noción de poder político.
Afirma Hobbes “El poder de un hombre (universalmente considerado)
consiste en sus medios presentes para obtener algún bien manifiesto
futuro. Puede ser original (natural) o instrumental (adquirido ). Poder
natural es la eminencia de las facultades del cuerpo o de la
inteligencia, tales como una fuerza, belleza, prudencia, aptitud,
elocuencia, liberalidad, nobleza extraordinaria. Son instrumentales
aquellos poderes que se adquieren mediante los antedichos o por
fortuna, y sirven como medios o instrumentos para adquirir más como la
riqueza, la reputación, los amigos y los secretos designios de Dios, lo
que los hombres llaman buena suerte (16). El poder de un hombre
consiste entonces en sus medios presentes para obtener un bien futuro:
se entiende poderes reconocidos socialmente, poderes “eminentes” que se
destacan en sociedad y que más adelante veremos tendrán un “valor de
mercado”. Se ha dicho que esta concepción del poder corresponde a la
aparición de la sociedad burguesa o a la sociedad de mercado de la
Inglaterra del siglo XVII, lo que explicaría su carácter mercantil,
pero nadie puede negar que las relaciones entre los hombres en nuestra
sociedad también exhiben este carácter.
El hombre en sociedad además de sus poderes naturales puede
adquirir otros (fama, dinero, influencia etc.) para así adquirir aún
más poder. ¿Por qué este afán de poder? Porque mientras más poder
tiene un hombre más bienes pude adquirir y obtener bienes, el éxito
continuo en ello, corresponde a la idea de felicidad hobbesiana,
felicidad en esta tierra se entiende. Si a esto se suma que la libertad
en Hobbes es la ausencia de obstáculos a los deseos, se entiende que
mientras más libertad más posibilidades de obtener lo que se desea y
por lo tanto más posibilidades de ser feliz. Por eso es que el poder
se confunde con la libertad. Los hombres según Hobbes cuando luchan por
la libertad en realidad lo que quieren es más poder. Sobre todo cuando
la razón está al servicio de las pasiones como plantea éste.
El poder, sin embargo, para ser eficaz tiene que ser reconocido
socialmente y requerido por los otros. Por eso es que el honor es tan
importante, para Hobbes el honor no es sino el reconocimiento del
poder, por eso que “honorable es cualquier género de posición, acción o
calidad que constituye argumento o signo de poder” (17). Lo que importa
políticamente es lo que se percibe del poder, lo que se destaca: la
política se desarrolla a nivel de apariencias, lo que importa es lo que
la gente cree ver en los otros; no es extraña entonces la importancia
que adquiere en nuestra época la imagen pública. Al punto que el valor
de un hombre ya no consiste en un atributo intrínseco que le pertenece
como persona sino en su valor o precio. “El valor O estimación de un
hombre -advierte Hobbes es como el de todas las demás cosas su precio;
es decir tanto como sería dado por el uso de su poder. Por consiguiente
no es absoluto, sino una con-secuencia de la necesidad y del juicio de
otro (...) no es el vendedor sino el comprador quien determina el
precio (...) (18). No hay entonces un valor absoluto, intrínseco en la
persona humana todo depende del valor de mercado de sus atributos
naturales o adquiridos. Es así que en nuestra sociedad ningún hombre
vale como tal: todos valen de acuerdo a sus poderes eminentes. No es
nada raro entonces que los hombres disputen por fama, riqueza o
influencia, pode-res que puedan aumentar los suyos y por ende su propia
va-lía. Como importa más el tener que el ser, nadie puede sentirse
totalmente seguro de su dignidad ya que ésta de-pende de los otros, del
mercado y ¡nada más veleidoso que el mercado! De esta forma se
constituye un especie de círculo vicioso, si queremos ser valorados
tenemos que adquirir más poder y si somos valorados podemos así
adquirir más poder. ¿Qué sucede por otra parte si no tenemos pode-res
eminentes? Sencillamente no valemos nada, no tenemos importancia, somos
menos que nada. El drama del hombre actual consistiría en desear tanto
el poder, otorgarle tanta importancia que a su vez está a su merced
puesto que sólo él puede darle la seguridad que anhela.
Por otra parte no todos los hombres según Hobbes desean el poder.
El talento político no es otra cosa que una mayor ambición de poder. En
cambio la mayor parte de los hombres son sensuales y sólo aspiran a una
vida tranquila en la cual puedan por medio de su trabajo conseguir lo
que desean. Son estos hombres pusilánimes los que dejan hacer, los que
se apartan de los políticos y le “ceden sus derechos”, Pero como los
que se afanan por el poder tarde o temprano desearán más poder, querrán
el mayor de todos, el Estado, puesto que como lo expresa Hobbes: “El
mayor de los poderes humanos es el que se integra con los poderes de
varios hombres reunidos por el consentimiento en una persona natural o
civil, tal es el poder de un Estado (...) (19).
Como a su vez el Estado proviene de un pacto realizado para evitar
un mal mayor, la muerte en el estado natural, el temor a este mal es el
que dispone a los hombres a obedecer. Así un contrato que se supone es
libre y voluntario,
aceptado por los mutuos beneficios que otorga, en realidad no es
sino un arreglo conveniente mediante el cual los pusilánimes obtienen
lo que tanto desean, una vida tranquila y protegida, y los ambiciosos,
lo que ellos tanto buscan, el
poder total. No es de extrañar entonces que el poder sea visto hoy
como un privilegio de los poderosos; las personas al renunciar a su
propia dignidad han terminado por aceptar una nueva forma de
servidumbre.
Recapitulemos, tenemos por una parte una concepción trascendente
del poder como viniendo de Dios -nada malo puede venir de EI- en esta
concepción será la intención moral la que le dará una dirección a las
fuerzas naturales o humanas. Por otra parte tenemos la concepción
moderna de Hobbes en la cual el poder es inmanente a la vida social,
¿entre estas dos visiones cuál será el justo me-dio? En principio
creemos que si bien las dos parecen tener parte de razón, parecen
descubrir aspectos de su ser, el punto central hoy día parece ser el de
volver a considerar el poder no ya como un hecho sino como un ideal que
imponer a la realidad. ¿Será posible esto? El poder actual parece tan
refractario al cambio ya su vez tan impersonal que la propuesta parece
bastante utópica -no hay nada malo en las utopías siempre que sean
racionales, ésta es otra paradoja-. Sin embargo el tema del poder es
central en esta época de nuevos conflictos políticos por eso es
necesario reflexionar sobre él.
3.- El conflicto, sus bases sociales y humanas
La existencia del conflicto en política nos sorprende a diario, ¿por qué es tan virulento, por qué parece tan irradicadle de la política, por qué cuesta tanto vivir en sociedad si el hombre es el ser social? La vida social o política con sus obligaciones es aceptada según Hobbes porque es una suerte de contrato comercial mediante el cual las personas obtienen un beneficio mutuo. Sin embargo ya pesar de ser un buen acuerdo ¿por qué surge el conflicto? Tal vez Hobbes nos ayude a encontrar una explicación. “Señalodvierte en primer lugar, como inclinación general de la humanidad entera, un perpetuo e incesante afán de poder, que cesa solamente con la muerte. y la causa de esto no siempre es que un hombre espere un placer más intenso del que ha alcanzado; o que no llegue a satisfacerse con un moderado poder, sino que no puede asegurar su poderío y los fundamentos de su bienestar actual, sino adquiriendo otro nuevo( ...) La pugna por riquezas, placeres, honores u otras formas de poder inclinan a la lucha, a la enemistad ya la guerra” (20). Sin embargo como hemos visto no todos los hombres desean el poder. ¿Por qué entonces surge el conflicto si la vida en sociedad parece un buen acuerdo? Los hombres disputan hasta por cosas tan nimias como una mi-rada o una sonrisa que pueda significar un signo de desprecio, mayor razón si se trata de una opinión política. Preguntémonos entonces por lo que tiene de especial el fenómeno político.
En verdad de lo que se trata es explicar por qué el discurso
político, el diálogo sobre temas políticos, el dar cada cual su opinión
sobre la marcha del país, se transforma a menudo en causa de malos
entendidos y de querellas. Al respecto Hobbes señala que en el juicio
político o en cualquier conducta que pueda ser entendida como
expresando un juicio político, cada individuo expresa su opinión sobre
lo que pasa en su sociedad, pero como cada cual es juez en sus propios
asuntos y además tiene una elevada opinión de su propia sabiduría, cada
cual piensa que su visión de las cosas es la correcta. Si cada
ciudadano piensa que es el más sabio, el único que ve las cosas como
son, es lógico que piense que su idea del buen gobierno es la única
correcta simplemente porque es la suya. De esta forma el consenso es
imposible y el conflicto natural. Hobbes lo expresa muy bien cuando
afirma que son los hombres que tienen una firme opinión de su propia
sabiduría los que, en materia de gobierno, son propensos a la ambición,
porque el honor, el reconocimiento, de la sabiduría se pierde si no
existe empleo público. Especialmente porque de todos los posibles
poderes la sabiduría como tal no es ningún poder, la tienen pocos y en
pocas cosas como expresa Hobbes y el vulgo por lo demás la desprecia;
sin embargo cada uno tiene una alta opinión de sí mismo y de su propia
sabiduría, quizá por eso el orgullo sea el pecado original también en
política.
Sin embargo como una sociedad no se puede mantener sin el
consenso, Hobbes se aplica a demostrar que es necesario doblegar al
orgulloso; primero por la vía de la persuasión racional, luego por el
temor a Dios y por último por la fuerza. Por eso es que el poder del
gran Leviatán de-be ser uno, absoluto y todopoderoso, no debe haber
nadie que pueda oponérsele. De una u otra forma debe conseguir que los
hombres depongan las armas y acepten el juicio del Estado en cuestiones
espirituales y temporales. No hay otra forma de oponerse a quienes no
están dispuestos a aceptar otro juez del bien y del mal que su propia
visión de las cosas.
El conflicto político resulta así imposible de erradicar porque
hunde sus raíces profundamente en la naturaleza humana, siendo el
orgullo la cara visible de impulsos vitales que llevan a esta
situación. Recordemos que este orgullo se constituye sobre la base del
sensualismo hobbesiano en el cual nuestras pasiones son las reacciones
a las impresiones de nuestros sentidos y el bien y el mal se asocian a
nuestros deseos y temores. Por lo mismo lo Único que se puede hacer es
poner obstáculos a la libre realización de los deseos de los hombres,
limitando su poder. Tendrán los hombres que sacrificar parte de su
libertad natural a todas las cosas para poder vivir en sociedad. y para
aquellos que pidan una explicación habrá que demostrarles los
beneficios que se obtienen al vivir en un estado de derecho.
¿Estará la clave del conflicto en el orgullo, en el creer cada uno
que es el único juez en sus propios asuntos, la so-lución estará sólo
en levantar este dios mortal, el Estado moderno? Quisiéramos explorar
otra alternativa. Humberto Giannini en La Experiencia Moral (21)
manifiesta una opinión diferente que vamos atraer a colación porque a
pesar de que se refiere al ámbito moral sus conclusiones son aplicables
al político.
La obra de Giannini representa un constante esfuerzo por traer la
filosofía del plano del ser, de la metafísica, al plano de la reflexión
cotidiana. Intenta Giannini fijarse en lo más próximo, en lo que nos
pasa día a día en el diálogo con los otros ya que la experiencia del
ser -¿hay experiencia del ser?- nos es tan lejana. En la reflexión
cotidiana retornamos cada día a lo propio, nuestro ser-en-el-mundo se
re-trae a su domicilio. Ahora bien la experiencia del pasar, de que nos
pasen cosas, no es ni la epifanía del ser, ni un fenómeno objetivo o
científico, lo que nos pasa, nos pasa a nosotros y lo único que se
puede decir es que es nuestro. Por otra parte para que algo nos pase
suponemos que tiene que haber algo que se nos presente como aquello que
hay que entender, un mundo, un cúmulo de referencias comunes. Por eso
es que no se puede separar al sujeto del diálogo del plano del ser que
se hace presente en el diálogo. Por eso el “pasar” sucede en el mundo y
en nuestro mundo, en la sociedad o en el espacio civil de que habla
Giannini.
Es necesario, eso sí, hacer algunas precisiones que nos permitan
captar lo que Giannini propone. Lo primero que hay que advertir es cómo
el mundo en que somos o ha-bitamos es un mundo que se constituye en una
relación Comunicativa. Mundo, espacio civil, son términos que designan
la estructura de relaciones posibles en palabras de Giannini. En este
mundo de significaciones no somos con los otros simplemente sino que
juntos en una relación comunicativa generamos el mundo. Y en este mundo
nos movemos y expresamos; por lo mismo, según Giannini:
“Dentro de este paisaje cerrado por intereses vitales pro-puestos
por la percepción misma, movimiento humano pro-piamente humano es aquel
que expresa y significa algo. Y esto (...) es un modo de relacionarse
del sujeto hombre con su mundo o espacio civil: de habitarlo, de
sentirlo, de enfrentarlo, de evadirlo, etc. (...). Ahora bien,
comprender la conducta ajena equivale a coger el sentido de esos
movimientos que percibimos, a leerlos como signos visibles, como
significantes de la relación determinada en que se encuentra un hombre
con algo que pasa en su mundo o con el mundo mismo, como referencia
total” (22). Apreciamos en Giannini una afinidad con Hobbes en cuanto a
reconocer la influencia de la experiencia en la determinación de lo
bueno o lo malo para nosotros; pero es notorio el cambio desde una
perspectiva individualista como la hobbesiana a otra comunitaria propia
de esta época postmoderna que asume que el yo se constituye con los
otros y que así juntos establecen consensuadamente la estructura de
referencias comunes de su mundo. Queda abierto todavía el tema de los
valores objetivos que no sabemos aún si el esquema de Giannini puede
explicar o justificar .
Otra precisión importante, importantísima, porque permite escapar
del esquema moderno de la razón técnica, es el carácter no fenoménico
de la experiencia vital, humana; de lo que nos pasa cuando nos abrimos
al mundo. Al no ser sólo una apariencia, un objeto externo que
contemplar, lo que nos afecta en el diálogo -que como tal es subjetivo
y objetivo a la vez, o mejor es una participación en una comunidad de
sentido- la experiencia humana básica, en lo que tiene de propia, es
subjetiva, por eso es que Giannini advierte que “Llamamos significado
actos tales como el deseo de algo, la duda, la tristeza con que
amanecemos inadvertidamente una mañana, la angustia y en otras
palabras, todo lo que se denomina habitualmente fenómeno psíquico, Esta
expresión fenómeno, trunca por lo demás con que se ha venido
describiendo el mundo físico -o de los físicos- ha sido trasladada
ilegítimamente a la subjetividad. Las conductas no expresan fenómenos
sino significados” (23). Es así que sólo la conducta humana puede ser y
es propiamente significativa, las cosas no tienen sentido: es el hombre
el otorgador de sentido.
Este carácter inobjetable de la experiencia vital se añade al
carácter global que tiene nuestra relación con el todo que es nuestro
mundo y con la consiguiente insuficiencia del esquema causal para dar
cuenta de nuestro ser . En consecuencia, como lo expresa Giannini:
“Por lo que respecta a la conducta humana, ni antecedentes iguales por
hipótesis (cada biografía es única) ni fines concordes, también por
hipótesis, aseguran conductas cualitativamente uniformes y constantes
(...) la conducta es un movimiento que se conecta globalmente a una
situación y no a la suma de los antecedentes físicos que la componen, y
que un análisis puede aislar y enumerar” (24). La determinación del
significado de los movimientos, de los gestos, no es causal. Para
describir lo que nos pasa y lo que le hacemos pasar a los otros, para
expresar esta transferencia de mundo, y de ser, que sucede en el
espacio civil en que la comunicación se realiza habría que recurrir,
por ejemplo, a las acciones transitivas de algunos verbos. Pero no sólo
hacemos saber a otros lo que somos o queremos, sino lo que opinamos
sobre la base de nuestra experiencia de forma tal que el diálogo moral
no sólo refleja lo que hemos llegado a entender de la vida, una
experiencia cognoscitiva, sino que además y por lo mismo un intento de
enjuiciamiento de la realidad: y es aquí donde comienzan los problemas.
Pero antes de tratar lo propiamente ético (y político ) hay que
demostrar por qué este aspecto cognoscitivo con-lleva siempre la
posibilidad del juicio ético y por qué encierra en sí el germen del
conflicto. Al respecto Giannini afirma que “En su significado básico
comunicar corresponde al acto de hacer común algo que era propio de
uno(s) y no de otros, producir algo de sí en otros. y en este sentido,
se puede hablar de comunicación del calor, del movimiento, etc. dentro
y fuera del espacio civil. Pero en un sentido más estricto la
comunicación implica el saberse sujeto de esa recepción que lo
cualifica y lo dispone de cierta manera respecto del ser de algo o de
alguien” (25). El saberse sujeto de una recepción que lo cualifica y
dispone de una cierta manera es el comienzo del darse cuenta de que se
es un yo, un sujeto abierto al mundo y determinado por éste. Implica
ser una consciencia receptiva pero que a su vez se manifiesta y es en
la medida de que lo hace. Ahora bien la experiencia común no es
sinónimo de consenso sino al contrario, es la experiencia de un
conflicto permanente. Si intentamos comunicarnos es porque nuestras
visiones de las cosas no coinciden y es por eso que muchas veces se
oponen: no es extraño entonces que el conflicto sea consubstancial al
hecho de querer comunicarnos, de querer disminuir la distancia que nos
separa de los otros, de disminuir en el fondo nuestra soledad.
La experiencia común es entonces la manifestación de un conflicto
siempre renovado: un anhelo de aclaración nunca satisfecho. ¿El
conflicto brota entonces de no poder encontrar el consenso? , ¿y éste
de no poder entendemos?
Hemos destacado la existencia de un espacio civil, donde la comunicación crea un mundo, pero a su vez, como ésta es siempre una comunicación insuficiente siempre habrá malos entendidos y por lo mismo conflictos. Por otra parte lo que plantea Giannini va más allá de una mera falta de comunicación. Para comprender su posición con más precisión habrá que examinar lo que se nos presenta como estando en el fondo del conflicto ético, para eso habrá que prestar atención de nuevo a lo que planteábamos respecto del mundo de las cosas y el mundo de los seres humanos, La diferencia entre el espacio “real” que abre la ciencia y el espacio “civil” que hace posible la comunicación personal, reside en que en el real las cosas están definidas tal como son o como se nos presentan, en cambio en el civil se trata de capturar las cosas en sus mutuas relaciones y especialmente en su relación con nosotros. Nuestra percepción es cualitativa, percibimos colores, formas y figuras pero al mismo tiempo apreciamos si nos atraen o repelen, si nos son agradables o despreciables. En este sentido Hobbes tiene razón -lo que no podemos aceptar es su renuncia a una vida desde el espíritu y no desde las cosas-. Pero sigamos; de este ámbito de preferencias brota la experiencia moral que constituye a la ética como su ciencia. ¿Cuál es su carácter específico, qué la distingue dentro del ámbito de las cosas de la cuales hablamos? Giannini se refiere a un privilegio de este campo y al respecto comenta que “(...) estos rasgos generales de sistematicidad y de organicidad racionales propios de cualquier disciplina científica, también los presenta la ética, disciplina cuyo interés específico consistiría en investigar objetivamente los principios -que más adelante llamaremos dignidades- por lo que una conducta luce cierta cualidad o, por el contrario, denuncia cierta deuda de ser determinada. En otras palabras: lo bueno y lo malo de las acciones por las que. el ciudadano muestra su modo de habitar el mundo y de recoger su propio ser de él” (26). Pero justamente lo científico de la ética no es ético, la esencia de la experiencia moral no es nada como las leyes naturales, las realidades objetivas, las causas y los efectos: es otra cosa. Lo que sucede en el espacio civil y que uno llamaría una diferencia de opinión o una discusión de carácter moral no tiene nada de objetivo: es un conflicto entre dos sujetos que no se ponen de acuerdo, que no desean ponerse de acuerdo, en última instancia que no pueden poner-se de acuerdo. ¿Por qué sucede esto, por qué surge el conflicto moral si existe un espacio civil creado por los mismos interlocutores? , ¿Se trata de algo de carácter cognoscitivo, de que uno sepa más que el otro? ¿o se trata de que uno “cree” saber más que el otro, una cuestión de orgullo? La respuesta a estas preguntas nos lleva al centro de nuestro tema y permitirá a Giannini hacemos comprender un interesante aspecto de su posición; se trataría de las consecuencias éticas del carácter no-objetivo del que participa en dicho diálogo moral: “Supongamos por un momento la existencia de un saber objetivo acerca de la existencia humana. Esto equivaldría a afirmar que contamos con alguna pocas personalidades sabias y expertas en asuntos de la vida, así como existen algunos pocos expertos en biología molecular u otros, en egiptología, u otros -ya en el campo de las derivaciones- experto en el manejo de instrumentos de alta precisión, a los que hay que acudir toda vez que se deben salvar cuestiones difíciles en una u otra materia. Pero esta hipótesis lleva a uno de los conflictos crónicos e insolubles entre teoría y práctica, entre el ámbito de las razones especulativas el de las convicciones operantes. Entre filosofía y vida” (27). Si en cuestiones éticas nadie acude a un experto, ¿es porque nadie lo necesita? , ¿somos autosuficientes en el ámbito moral? Lo que ocurre en este punto es que como lo advierte Giannini “(...) el hombre común que reverencia a veces hasta niveles desmedidos la autoridad de los sabios, de los expertos, apenas el conocimiento de éstos roza ciertos puntos neurálgicos de su propia realidad personal, entonces, dando un paso atrás, se pone en guardia contra las razones, por muy bien fundadas que sean, y contra las observaciones rigurosas de los fenómenos y no reconocen ventaja alguna al juicio científico, respecto del valor de sus propias opiniones” ¿Por qué esta reverencia por sus propias opiniones, no es acaso esto otra forma de orgullo hobbesiano? No, no se trata aquí de una cuestión de orgullo o de vanidad, se trata según el filósofo de una condición cuasi-óntica, decimos cuasi-óntica porque no estamos totalmente ciertos de que realmente lo sea, más adelante nos referiremos a ello. Esta condición tiene que ver con el carácter no-objetivo del sujeto que participa en el diálogo moral. Este percibe su ser propio como el único capaz de determinar lo bueno y lo malo; ésa es su particular dignidad, su derecho. ¿Qué ocurre entonces cuando surge el conflicto? Que, como afirma Giannini, “(...) en este territorio nadie estará dispuesto a renunciar a lo que su experiencia dictamine o a lo que su vidas le ha enseñado como bueno o como malo, como justo o injusto, a despecho de cualquier simple teoría. Este es el reducto intransable de la experiencia” (29). La ética tiene que ver, entonces, con el campo de la experiencias personal; a la ética no le sirve la visión objetiva, no se le puede hablar de cosas abstractas o lejanas como se hace en las teorías científicas. ¿Quiere decir esto que no hay un saber objetivo en ética? No es eso lo que plantea Giannini, de hecho los que trabajamos en este campo sabemos que lo hay, lo que se discute aquí es su relevancia para explicar la experiencia moral y el porqué del conflicto. Ya este respecto parece ser que de hecho el sujeto que participa en el diálogo moral verá todo intento por opinar en vez de él como un intento por quitarle su mayor dignidad, su condición de persona responsable de sus actos. Un sujeto moral no puede ni delegar en otros, ni renunciar a su deber como tal; hacerlo sería ver-se reducido a una cosa, aun objeto incapaz de pensar por sí mismo y manipulable por los demás.
Sin embargo nos parece que el conflicto no sólo se debe al hecho de
que cualquier discusión ética deba comen-zar por reconocer en los
participantes a interlocutores válidos. El diálogo moral está signado
por el desajuste y la incomprensión. Los otros nos molestan porque no
les en-tendemos, porque se recluyen en sí mismos o porque presentan
muchas veces una imagen falsa de sí. Por eso estamos condenados a vivir
día a día leyendo los gestos y signos de los otros.
Esta condición óntica de ser extraños unos a otros y que nos hace
estar en permanente estado de atención frente a los significados de las
acciones de los demás se complica aún más en el plano político. Porque
en éste tampoco hay una verdad objetiva que pudieran determinar algunos
expertos y que a su vez pudiera poner fin a los conflictos, basta ver
las interminables disputas, aun con estadísticas en manos, de las
distintas visiones de la realidad política. En el espacio político de
lo que se trata no es de verdades objetivas que la ciencia pudiera
establecer sino de derechos. El diálogo moral en política por lo tanto
se carga de intenciones, de juicios. La justificación de los actos
ajenos, lo que pueda o no explicarnos la validez de una conducta es
todo lo que requiere el diálogo moral para existir como tal y abrir, en
el plano del ser, el plano del deber ser. Si esto se toma conflictivo
es porque antes de dialogar tenemos ya una idea del ser (o deber ser)
con la que enjuiciamos la conducta ajena. Esta condición pre-moral o
pre-política es el origen del conflicto social: todos ya sabemos lo que
es bueno o malo, nos lo ha enseñado la experiencia. Ahora bien,
ciertamente que el conflicto se hará más grave si creemos ser los
únicos jueces posibles del bien y del mal como plantea Hobbes. Sin
embargo Giannini por el contrario acepta que se pueda encontrar una
verdad si no objetiva al menos transubjetiva convincente, sin ella el
diálogo parece no tener sentido ¿para qué dialogar si la verdad depende
de lo que cada uno piense? Esta posibilidad es condición del diálogo,
diálogo continuo que no es sino la manifestación de la experiencia
moral constituyéndose como tal. Diálogo que en política trata no de
cualquier conducta sino de aquella que tiene que ver especialmente con
el buen o mal gobierno, por eso lo que diferencia el diálogo moral del
político parece ser sólo su temática, dándose en ambos casos los
.rasgos que define Giannini.
En el diálogo moral se da entonces una constante tensión entre el
ser y el deber ser, en parte porque nadie puede renunciar a su
condición de sujeto moral. Sin embargo nos preguntamos si sólo por eso
el diálogo moral es conflictivo. Es cierto que nos molesta que alguien
se entrometa en nuestro asuntos ¿pero es eso todo ? Pensamos que
también influyen otros factores. Uno importante y que está en alguna
manera relacionado con el que estamos discutiendo es el hecho de que a
nadie le gusta que lo enjuicien. ¿Será esto orgullo? , ¿será esa alta
opinión que tenemos de nuestra propia sabiduría? , ¿o lo que nos
molesta de la crítica no sólo es que sea ajena sino que puede
mostrarnos como realmente somos? Aún más, puede ser que la crítica nos
moleste porque nos confina en el fondo que nuestro ser depende de la
opinión de los demás. Sin embargo creemos que hay otro hecho
importante, el diálogo moral nos revela en nuestra condición de seres
humanos cuyo modo de ser es la existencia en constante participación en
el ser justamente por no tener un ser dado una vez para siempre y tener
que esforzarnos por llegar a ser lo que debemos ser. En consecuencia
ésta sería la real condición óntica que nos impone el esforzarnos por
llegar a ser lo que nos corresponde ser y en ese intento tratar de
cambiar el mundo para que corresponda mejor a nuestros anhelos aunque
esto implique entrar en conflicto con los otros.
4.- La solución del conflicto ¿posible, deseable?
Al acercarnos al término de esta reflexión quisiéramos plantear no
ya el conflicto sino la solución de éste, ¿será posible, será
conveniente? El conflicto parece ser consubstancial a la política, ya
hemos visto cuán arraigado está en la condición humana. Por otra parte
todo intento por erradicarlo puede llevar a la dictadura que no
resuelve el conflicto sino que sólo lo oculta. Sin embargo la tentación
del orden existe, quizá por eso Hobbes se empeña en demostrar que la
única salida al conflicto es el Estado todopoderoso. Por otro lado una
solución puramente política no parece suficiente para tratar con algo
que parece ser nuestra constitución óntica; siempre, eso sí, que
aceptemos que la negativa a abandonar nuestra posición de sujeto
responsable sea eso y no una determinante puramente histórica,
circunstancial. Al respecto no nos parece que corresponda a la
percepción de sí mismo del ciudadano griego o al medieval por ejemplo.
Lo que nos hace dudar además es lo que expresa Ortega y Gasset en La
Rebelión de las Masas y que ya hemos mencionado. En la subida de tono
que ha significado en el plano histórico la irrupción de las masas se
ha producido un fenómeno notable: los hombres comunes y corrientes, las
mayorías no selectas, han comenzado a tener ideas, cuando antes sólo
tenían costumbres, hábitos. y entre esas ideas una idea de su propia
valía que como les ha resultado tan conveniente se ha transformado en
un tópico, un lugar común, que se acepta sin más: el de ser sujetos de
derechos. Esto ha producido una revolución de las expectativas; los
sujetos creen tener todos los derechos y ninguna obligación.
Quizá sea discutible si el origen de esta mentalidad está en el
racionalismo o proviene del cristianismo medieval -que hoy, al no
existir como imagen del mundo habría producido según Guardini el
sentimiento de no valer nada frente al Estado. Al respecto vale la pena
recordar con Ortega que “En el siglo diecisiete ciertas minorías
descubrieron que todo individuo humano por el hecho de nacer, y sin
necesidad de cualificación especial alguna poseía derechos políticos
fundamentales, los llamados derechos del hombre y del ciudadano y que
en rigor estos derechos comunes a todos son los únicos existentes(...).
Fue esto, primero un puro teorema e idea de unos pocos, luego esos
pocos comenzaron a usar prácticamente de esa idea, a imponerla y
reclamarla (...). La soberanía del individuo no cualificado, del
individuo humano genérico y como tal ha pasado, de idea a ideal
jurídico que era, a ser un estado psicológico constitutivo del hombre
medio” (30). Extraña paradoja ésta de nuestro siglo, después de la
efectiva prédica sobre la dignidad humana, nos encontramos con una
población de sujetos ingobernables, pero ¿podemos quejarnos de eso?
Según Ortega no, ya que “(...) el sentido de aquellos derechos no era
otro que sacar las almas humanas de su interna servidumbre y proclamar
dentro de ellas, una cierta conciencia de señorío y dignidad. ¿No era
esto lo que se quería: que el hombre medio se sintiese amo, dueño,
señor de sí mismo y de su vida? Ya está logrado. ¿Por qué se quejan los
libera-les, los demócratas, los progresistas (...)? ¿Es que como los
niños, quieren una cosa, pero no sus consecuencias?” (31). Lo expuesto
nos revela la condición de nuestra realidad social, tan fuerte y tan
débil ¿no es acaso paradojal? La realización de un ideal de bondad se
ha transformado en un problema social. ¿Cómo salir de esta aporía?
Al concluir quisiéramos volver a preguntarnos por el poder y el
conflicto. ¿El poder tiene una base metafísica, viene de Dios o sólo
proviene del hombre y sus necesidades? , ¿tiene sólo un valor social
como plantea Hobbes? , ¿se ha tornado el poder un medio para obtener
más poder, el conflicto moral y el político se han vuelto irradicables
porque nadie está dispuesto a que alguien más sabio pueda dictar lo que
es lo mejor, lo más conveniente? No es fácil responder estas preguntas,
justamente porque también en este diálogo filosófico no hay certezas, y
quizá sea mejor que no las haya. En realidad si la reflexión política
no puede ya ser una mera descripción de hechos es porque justa-mente es
el deber ser el tema de discusión. Por lo mismo no se pude dejar de
lado la perspectiva metafísica. Sólo en ella, y desde ella, el poder no
es sólo de los hombres, o de un hombre en articular , sino que es una
condición de nuestra naturaleza. Esta nos impone el deber de hacer un
buen uso de él, coincidimos con Guardini en esto; sin embargo, no es
menos cierto, que como Giannini observa el diálogo moral es de por sí
conflictivo, y -añadimos nosotros- debe seguir siéndolo ya que es la
posibilidad de este diálogo lo que permite la existencia de una
conciencia ética. Todo intento por abolir el conflicto y traer la paz a
este mundo termina por traer sólo desolación. La aparición de los
regímenes totalitarios en este siglo no sería sino la señal de la
incapacidad de algunas personas, cegadas por la pasión política, de
aceptar la realidad tal como es. Esto no es algo que se perciba
fácilmente, los prepotentes creen ser los únicos que ven las cosas como
son y saben lo que hay que hacer al respecto, cuando en realidad
manifiestan el pecado capital de la modernidad: haberse apartado de la
realidad.
*Este artículo corresponde al resultado de una investigación realizada en la Universidad de Tarapacá : El Poder, Enfoque Filosófico y Psicológico, 1995. El artículo corresponde al análisis filosófico.
(1) Guardini, R., El Poder, Madrid, Ediciones Cristiandad, 1980.
(2) Guardini, ibid., p. 13.
(3) Guardini, ibid., p. 13.
(4) Guardini, ibid., p. 13.
(5) Guardini, ibid., p. 16.
(6) Guardini, ibid., p. 17.
(7) Ortega y Gasset. J.. La Rebelión de las Masas, Lima. Editorial Universo,
1975.
(8) Guardini, op. cit., p. 54.
(9) Guardini, op. cit., p. 59.
(10) Aymerich, I., “Identidad Individual y Personalidad Jurídica”, Anuario Filo-
sófico, vol.16, 1993, Universidad de Navarra.
(11) Ayrnerich. ibid., p. 399.
(12) Guardini, op. Cit., 60-1.
(13) Guardini, op. cit. p. 60
(14) Guardini, op cit. p. 66-7
(15) Hável, V., La Responsabilidad como Destino, México, F. C. E., 1991.
(16) Hobbes, T., “Leviathan”, Molesworth (ed.), English Works, vol. 3, p. 69.
(17) Hobbes, ibid., p. 75.
(18) Hobbes, ibid., p. 76.
(19) Hobbes, ibid., p. 69.
(20) Hobbes, vol. 3, po 80.
(21) Giannini, H., La Experiencia Moral, Santiago, Editorial Universitaria, 1992.
(22) giannini, ibid., p. 42
(23) Giannini, ibid, p. 42
(24) Giannini, ibid, p. 43-4
(25) Giannini, ibid., p. 49
(26) Giannini, ibid, p. 75
(27) Giannini, ibid, p. 75
(28) Giannini, ibid, p. 75-6
(29) Giannini, ibid, p. 76
(30) Ortega, op. cit., p. 58.
(31) Ortega, op. cit., p. 59.
Fuente: Analogía Filosófica. Revista de Filosofía. Investigación y difusión. Año 13 – México, D.F., No. 1