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ATÍPICOS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA archivo del portal de recursos
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Oficina de Publicaciones del C.B.C.
Coordinación General: Ernesto Abramoff
Dirección: Darío Sztajnszrajber
Dirección de Arte: María Laura Piaggio
Promoción Institucional: Martín Unzué
Edición al cuidado de la Oficina de Publicaciones del Instituto de Literatura Hispanoamericana:
Sylvia Iparraguirre y Jorge Monteleone (coordinadores), Elsa Noya, Carlos Battilana y María Josefa Barra.
Facultad de Filosofía y Letras - Universidad de Buenos Aires
25 de Mayo 217 3° P - Buenos Aires
Correo electrónico: postmaster@iilham.filo.uha.ar
Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723
Primera edición: Diciembre de 1996.
Reimpresión: Abril de 1997.
© Oficina de Publicaciones del C.B.C.
Universidad de Buenos Aires - Ciudad Universitaria - Pabellón III - P.B.
Buenos Aires. Argentina
Impreso en Argentina
ISBN 950-29-0368-4
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ES PROPIEDAD DEL GOBIERNO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES
DIRECCIÓN de BIBLIOTECAS
Noé Jitrik
COMPILADOR
Instituto de Literatura Hispanoamericana
Facultad de Filosofía y Letras
Oficina de Publicaciones
Ciclo Básico Común
Universidad de Buenos Aires
Índice
Noé Jitrik
Max Nordau o las patologías de la ficción
Gabriela Mogillansky
Sobre Armonía Somers
Elena Pérez de Medina
Soussens Sans Sou
Jorge Monteleone
Literatura y enfermedad en Sólo los elefantes encuentran
mandrágora de armonía somers
Susana Zanetti
Los dramas de qorpo-santo
Mónica Serra
Arturo Cancela: un best-seller olvidado
Ana María Zubieta
Aproximación a Juan Filloy
Amalia Iniesta Cámara
Preguntas y escenas recurrentes en las ficciones narrativas de
Arturo Cerretani
AlfredoV.E Rubione
El espectáculo de la oralidad. Duelos y trucos en
Historia Funambulesca de Arturo Cancela
Cristina Iglesia
Vestidura/escritura/sepultura en la narrativa de Silvina Ocampo
Andrea Ostrov
En nombre de la ley: Juan Filloy y la Década Infame
Sandra Gasparini
Felisberto Hernández: excentricidades al borde del agua
Sonia Romero Gorski
Jaime Saénz o una poética del silencio
Alba María Paz Soldán
Los "cuentos" de Felisberto Hernández: ¿literatura fantástica?
José Pedro Díaz
Los hijos de Osvaldo Lamborghini
Elsa Drucaroff.
Ocio y escritura en la poética del Vizconde de Lascano Tegui
Celina Manzoni
El concepto de experienci a en Flávio de Carvalho
Raúl Antelo
El sitio de Lautréamont. Contramargen.
Herbet Benítez
"Somos geniales, locos y peligrosos": el nadaísmo colombiano
Graciela Gliemmo
Análisis: Lectura e Interpretación
RubenTani
La poesía concreta: El análisis tipográfico
Gonzalo Moisés Aguilar
La poesía de Susana Thénon y su subversión del canon
Ana Marín Barrenechea
Diamela Eltit: la literatura mala
Susana Santos
Antonio Porchia, habitante del Universo
Miguel Espejo
carlos warnes (césar bruto): la letra del humor
¿Quién nos rescatará de la seriedad?
RobertoFerro
Petrona Rosende en el siglo xix: mensaje poético de “safo oriental”
Sylvia Lago
Elena Poniatowska: palabra y silencio. La renovación de la crónica
CarmenPerilli
Atípicos: literatura escritura
Susana Cella
De las musas, Clío. Razones para una lectura inusitada del
novelista Martín Luis Guzmán
Femando Curiel Defossé
Las representaciones de la nada
Lázlo Scholz
Zama, de Antonio Di Benedetto: el narrador y su sombra
Gerardo Mario Goloboff
Una escritura atípica: La escritura en colaboración
Michel Lafon
Sobre El pez de oro, de Gamaliel Churata
Nora Dottori
Transgresión y castigo en la narrativa de Giselda Zani
Laura Fumagalli
Archivo, monumento, vanguardia y periferia
(A propósito de Julio Garmendia)
HugoAchugar
Julio herrera y Reissig: una estética del simulacro
Alberto Mosquera
poesía contra poema.
La estrategia del inacabamiento en Juan Gelman
Daniel Freidemberg
Narrativa policial entre dos orillas
Jorge Lafforgue
Disputas y debates en torno a un poema:
la Argentina de Barco Centenera
Silvia Tieffemberg
Crónica de un encubrimiento:
la Argentina de Martín del Barco Centenera
Rosalba Campra
El paisano ensimismado o La tenebrosa sexualidad del gaucho
Nicolás Rosa
Tradición atípica en la poesía uruguaya
Nicteroy Argañaraz
La letra amordazada:
autobiografía de un esclavo de Juan Francisco Manzano
Beatriz Colomb
Noé Jitrik
La expresión, o la consigna -uso esta palabra para dar gusto al politizado lenguaje del que los argentinos solemos jactarnos- Atípicos, que convoca este encuentro, no dejó de provocar cierta extrañeza en espíritus a quienes repugnan, sanamente diría yo, las etiquetas mediante las cuales se suelen zanjar problemas de comprensión en literatura. Con bastante razón porque, si se la acepta, habría que tener por lo menos una respuesta a una pregunta que va de suyo: si se trata de "atípicos", ¿cuáles serán los "típicos"? Autor de esa convocatoria, pero con muchos cómplices, lo que me hace menos responsable, confieso que no podría responder con comodidad y que, por ello, puedo pagar un elevado precio por actuar con supuestos que distan de ser universalmente compartidos. También mis cómplices, compañeros queridos, por haber aceptado sin resistencia una propuesta acaso más estruendosa que bien fundada.
Pero hoy, a punto de comenzar el trabajo, me atrevería a decir que no es para tanto; supongo, por un lado, que todos los que están aquí lo entendieron, sino no habrían aceptado participar, sin duda en virtud de un saber de experiencia acerca de lo que es típico y de lo que no lo es y, en su fuero íntimo, como gente que sabe administrar bien sus ideologías, cada uno, creyendo no equivocarse, debe haber redefinido el concepto, aunque, sometido cada uno a una pregunta policial como la anterior, habría tenido quizás las mismas dificultades que tuve yo para responder. Tal redefinición le ha dado, por añadidura, la oportunidad única de rescatar a su atípico preferido que, por serlo, había padecido olvido; o ninguno y, en consecuencia, todos los aquí intervinientes han podido o podrán en estos días enriquecer su personal inventario de buenas obras que, se sabe bien, no son muy fáciles de realizar en el campo literario: la crítica es una actividad feroz y desgastante, nadie la agradece aunque se conoce y a regañadientes se admite la importancia de su función social.
No obstante, por otra parte, sigue siendo complicado decir qué es un "atípico", escritor, obra o situación; no ocurre lo mismo con el concepto contrario; creo que todos sabemos de qué se trata y hasta nos atreveríamos, a su vez, a tipificarlo. Se diría, por empezar, que el típico posee cierto carácter de "representante", su función sería hacerse cargo de algo que no es, estrictamente hablando, literario, como cuando se dice que tal manifestación es "típica de" una época, una clase, una persona o un discurso y otras, en cambio, no lo son, por lo general porque no llegan a serlo, lo cual no les da por fuerza el carácter de "atípicas" en el sentido que se va insinuando; luego, en el alcance que por lo común se le da, también se reconocerían como típicos a escritores, obras o situaciones cuya obediencia a determinados códigos semióticos preestablecidos constituye el fundamento de su identidad; por último -pero estas tres acepciones no agotan los rasgos de lo típico- podemos considerar que son típicas aquellas obras o escritores alojados en lugares consagrados de la literatura, lo que es decir, también, de la historia de la literatura, a veces con consecuencias pedagógicas y por lo tanto culturales, como ocurre en nuestro ámbito con Don Segundo Sombra por ejemplo, gracias a una reconocible y admitida relación con fenómenos sociales, gracias igualmente a lo que la crítica ha visto y depositado en ello.
Los "atípicos", en consecuencia, podrían ser buscados y hallados a partir de los rasgos que caracterizan la tipicidad aunque, por cierto, refinando los criterios para reconocerlos como tales. Tomemos, rápidamente y en primer lugar, la idea de la obediencia a códigos semióticos preestablecidos; serían, en esa perspectiva, atípicos los escritores de ruptura. Pero no todos sino sólo aquellos cuya tentativa no ha sido aceptada y que, por lo tanto, residen en el sistema literario como tumores enquistados, como indigeribles o inasimilables manifestaciones de rechazo o como existencias paralelas de cuya validez y valor crítico respecto del sistema literario sólo tienen conocimiento quienes no se satisfacen con la mera aceptación de lo consagrado. De ahí que hablar de atípicos implica una labor de rescate. Para mencionar un único y muy sentido ejemplo, diría que si por un lado nadie duda de que las sugerencias de Macedonio Fernández constituyen un elevado momento crítico del sistema, por el otro a pocos se les ocurriría considerarlo un escritor "típico", todavía está en una especie de limbo, retaceado en su conocimiento aunque celebrado en su extravagancia.
Se van viendo, quizás, las posibilidades que abre esta designación o convocatoria que es, también, no se podría negar, una provocación porque si los típicos logran abundantes respuestas típicas, o sea acercamientos críticos seguros y redundantes de lo que son, los atípicos deberían ser tratados con consideraciones análogamente atípicas, lo que debe ser sin duda un desafío a lo que podemos llamar la "razón crítica", a la crítica lisa y llana que si por un lado registra refinamientos en sí misma, no los quiero llamar "progresos", bien puede, por el otro, dejarlos guardados cuando se entabla con los textos y regresar, con parsimonia, a lo que cree que es seguro o que da seguridad y por lo tanto legitima las acciones que emprende. Esto quiere decir que, al convocar a una reflexión sobre escritores, obras y situaciones teóricamente extravagantes estamos incitando no sólo a una recuperación sino también a que los críticos encuentren la ocasión de poner a punto sus instrumentos de modo tal que estas sesiones no sean sólo un acto de justicia porque se habla de alguien a quien el tipismo había menoscabado sino porque se lo hace con la frescura de una creencia en un instrumento joven, feroz quizás, si así lo requiere la verdad, pero renovado, modelizador, enérgico y vivaz.
Pero, también hay que decir, en segundo lugar, que como consecuencia de ese saber por experiencia acerca de qué es lo típico y qué es lo atípico habrá quienes quieran interpretar que lo que nos proponemos es una labor de redistribución respecto de una distribución anterior en dos recintos separados, algo así como purgatorio y olimpo, o como averno y cielo, si la mezcla de cosmogonías está permitida: la atipicidad estaría en el campo de la desdicha, de las almas que vagan en espera de un consuelo, y los típicos en el sitio de la fácil felicidad de las consagraciones y la circulación masiva. Si fuera así, este coloquio tendría por objeto hacer justicia y, dando vuelta las cosas, colocar arriba lo que estaba abajo, a la manera en que adjetivan nuestros periódicos favoritos, "gran escritor olvidado es el antecedente de gran escritor siempre invocado", "Macedonio Fernández maestro de Borges", "Juan Filloy el amigo de Cortázar", etc. Desde luego, no se trata de esto, no disponemos de una idea de un valor que haya que reubicar, no sabemos a esta altura si la tipicidad responde a una armonía entre una estética y un gusto o a cierta capacidad que tienen determinados escritores de respetar las normas o de dar garantías simbólicas al respetable público y si, enfrente, la atipicidad resulta necesariamente de una voluntad de rebeldía respecto de convenciones que, sólo por serlo, serían asfixiantes, estrechamente académicas y, por ello, productoras de consagración.
Lo que hemos querido, y ha llegado el momento de decirlo, se sitúa en dos campos; el primero es el de las intenciones, el segundo afecta criterios de historia de la literatura. En cuanto a aquéllas, se trata con esta convocatoria de salir un poco de la atmósfera de homenajes en que fatalmente suelen convertirse los encuentros académicos de tipo monográfico, no porque ciertos escritores u obras no los merezcan, sino tan sólo porque es necesario abrir un poco el horizonte y dejar entrar temas y métodos desaparecidos -valga la palabra, muy del momento- por la rutina y la coerción a que se ven sometidos los objetos literarios. En la universidad el hecho de que un texto sea difícil de obtener suele ser una poderosa razón para ignorarlo, el hecho de que los suplementos literarios de los grandes diarios suelan responder a políticas exitistas, justifica el olvido, la problematización, elimina la curiosidad y, por fin, determina los apoyos económicos que se puedan obtener para la investigación. Todos conocen este aspecto del asunto de modo que queda claro que no se trata de revalorizar sino de poner en escena, en la esperanza de que criterios intelectualmente más rigurosos favorezcan renovaciones, hagan la existencia universitaria más animada y alegre.
En cuanto a la historia de la literatura, es casi imposible dejarla de lado porque es la materialización del aspecto institucional de la literatura. Se podrá estudiar y hacer estudiar de acuerdo con sus sanciones pero eso no agota la cuestión, siempre se puede reflexionar acerca de los criterios según los cuales se ha configurado. Así planteado el tema se advierte, en seguida, que existen muchos textos de tal historia y que cada uno de ellos lucha en cierto modo contra los otros en virtud de la idea que cada uno tiene acerca de la institución. En los últimos tiempos, todas las historias, sean cuales fueren sus peculiaridades, están en descrédito; habría que ver porqué y si hay alguna redención para ellas; se podría decir, en todo caso, que tal desdichada situación debe estar vinculada con el papel que se le atribuye a la historia misma y que si una parte sufre es porque el todo debe estar padeciendo. También sucede que si tales textos son vistos como excesivos y limitados al mismo tiempo, no es fácil, se diría que imposible, deshacerse de la idea que los conforma; en otras palabras, que el fin de la historia es un modo tal vez voluble de decir y que esa historia de la literatura, como lo que define un proceso que no concluye, se sigue escribiendo implícitamente, se sigue integrando, hay un apetito de coherencia, intacto, que recibe su ración de manos de la crítica así sea porque se sigue tratando de distinguir en lo que se ve la trama de lo oculto, siempre abierta, siempre es posible hacerlo porque existe una semiosis a la que nadie de nosotros llamaría a renunciar.
En esta red problemática se sitúa la idea de los "atípicos": algunos de los que yacen en ese recinto han logrado conmover el edificio de las historias de la literatura; otros tal vez no, pero eso es menos importante que el principio: constituyen el fundamento, en ellos aletea lo que luego se tipifica y es exhibido, ellos son el laboratorio de la significación, en ellos triunfa la escritura si la escritura es el riesgo extremo y no sólo el utilitarismo de la transcripción. En su novela La obra, Zola relata las desventuras de un pintor que quiso representar una mujer desnuda entre hombres elegantemente vestidos, en el marco lujurioso de un jardín; alude quizás a Cezanne aunque en versión naturalista; la academia no tolera esa iniciativa, lo marca como un atípico pero, luego, cuando Renoir se apropia de la idea esa combinación se consagra, nadie excluiría a Dejeuner sur l'herbe de la historia de la pintura. Creo que se entiende lo que quiero decir. En el mismo sentido, se entiende de qué modo una tela de Xul Solar, pintor atípico y mitológico, guardado en el desván de las grandes audacias argentinas, ilustra el cartel que convoca a estas Jornadas.
La realización de este encuentro ha sido posible tanto por el apoyo que nos ha brindado la Facultad de Filosofía y Letras en la persona de su Decano así como en la comprensión del Consejo Directivo que nos ha acordado fondos en cantidad que no favorece el vicio de la dilapidación; los agradecemos calurosamente, porque con ellos hemos podido llegar al día de la realización así como la excelente disposición de quienes aceptaron el compromiso, sin que mediara lo que en el Primer Mundo parece un dato indiscutible de la realidad, o sea pasajes, honorarios y todo lo que se supone que implica un justo reconocimiento del trabajo intelectual. Por supuesto que no pudimos integrar a todos los que hubiéramos querido y nos fue imposible hacer una convocatoria de tipo "congreso": ni poseíamos la estructura ni el tema lo autorizaba y, quizás, tampoco la creencia en los congresos. Pese a las dificultades presupuestarias de la universidad argentina, que todos conocen, hemos llegado al momento inicial de las II Jornadas -cabe aquí recordar las primeras, realizadas en el Uruguay- y podemos inagurar estas sesiones. Incluso, en un derroche de imaginación dictado por la carencia, hemos logrado de parte de pequeñas y medianas empresas, para emplear un término que indica situación de grave riesgo, un apoyo que nos permitirá hacer un poco más agradable el marco general del encuentro. Fue eficientísimo el desempeño de la Comisión organizadora, Roberto Ferro, Elena Pérez de Medina, Lucila Pagliai, Sylvia Iparraguirre y muy solidario el apoyo del personal del Instituto, Elsa Noya, Ernesto Provitilo, Luciano Ciarlotti y Nicolás Lucero. También hay que agradecer a los dioses que crearon el sistema del Fax y el Correo electrónico, porque, sin protesta, consolidaron la comunicación a toda hora y en todo momento.
En fin, espero que estas palabras hagan justicia a todos los que facilitaron la realización de estas segundas Jornadas, tras las cuales trataremos de que vengan otras, esta vez con Brasil y luego con Chile, con Paraguay y Bolivia, o sea el Mercosur de la literatura y luego, porqué no, la integración latinoamericana. Con ellas quiero dar una amistosa y fraternal bienvenida a todos y permitir que, de una buena vez, el Señor Decano de la Facultad las declare formalmente inauguradas.