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LA ADOLESCENCIA Y EL COMPORTAMIENTO SUICIDA archivo del portal de recursos
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Resumen
Escribir un
libro sobre el suicidio en la adolescencia destinado a un público
general resulta harto difícil por varias razones: probablemente algunos
pensarán que por qué no se escribe sobre otro tema menos trágico, que
aporte más a este grupo de personas en vez de escribir un libro sobre
suicidio en los adolescentes que pudiera incrementar el riesgo en ellos
y al final un mayor número intente quitarse la vida. Otros considerarán
que el suicidio no es tan frecuente en estas edades, pues la
adolescencia es una etapa de la vida con muchas potencialidades para
desarrollar una existencia creativa y el suicidio, cuando ocurre, debe
ser un acto impulsivo, no bien pensado y por tanto, muy difícil de
evitar, tarea esta que deben abordar los psiquiatras, psicólogos,
suicidólogos, y médicos de la familia, no así otros sectores, que
pudieran empeorar las cosas y demorar la asistencia especializada.
ÍNDICE
Introducción
Generalidades
El comportamiento suicida
Factores de riesgo suicida en la niñez
Factores de riesgo suicida en la adolescencia
Manejo de la crisis suicida del adolescente
Factores protectores del comportamiento suicida
El sobreviviente. Características y terapia
Glosario de términos suicidiológicos
Bibliografía
INTRODUCCIÓN
Escribir un libro sobre el suicidio en la adolescencia destinado a
un público general resulta harto difícil por varias razones:
probablemente algunos pensarán que por qué no se escribe sobre otro
tema menos trágico, que aporte más a este grupo de personas en vez de
escribir un libro sobre suicidio en los adolescentes que pudiera
incrementar el riesgo en ellos y al final un mayor número intente
quitarse la vida. Otros considerarán que el suicidio no es tan
frecuente en estas edades, pues la adolescencia es una etapa de la vida
con muchas potencialidades para desarrollar una existencia creativa y
el suicidio, cuando ocurre, debe ser un acto impulsivo, no bien pensado
y por tanto, muy difícil de evitar, tarea esta que deben abordar los
psiquiatras, psicólogos, suicidólogos, y médicos de la familia, no así
otros sectores, que pudieran empeorar las cosas y demorar la asistencia
especializada.
Cada una de estas razones constituyen mitos relacionados con la
conducta suicida y no reflejan en modo alguno las evidencias del
suicidio en la adolescencia. Aprender a cuidarse la única vida que
tenemos los seres humanos es una cualidad que debe ser desarrollada
desde la más temprana infancia, pues si no se tiene vida no se puede
llevar a cabo proyecto alguno. Aprender a amarse racionalmente
incre-mentará la capacidad de amar a otros, aprender a respetarse hará
que seamos respetados. Enfrentar la vida con soluciones no suicidas
mejorará nuestra calidad de vida.
A pesar nuestro, el suicidio en la adolescencia es una trágica
realidad, ocupando un lugar entre las tres primeras causas de muerte en
la mayoría de los países y en algunos, sólo le supera otro tipo de
muerte violenta: los accidentes de vehículos de motor. Y lo peor es que
la tendencia es a incremen-tarse según los estimados de la Organización
Mundial de la Salud (OMS).
Dotar a los adolescentes de la literatura científica que aborde el
comportamiento suicida y su prevención pudiera ser de una utilidad no
despreciable, pues les pondría en mejores condiciones de ayudarse ellos
mismos y a sus iguales que se encuentren en una situación de crisis
suicida. Similar utilidad tendría para los maestros y profesores, que
estarían más capacitados para detectar prematuramente aquellos
candidatos a la realización de un acto suicida y evitar que ocurra.
Finalmente, este libro podrá contribuir a interpretar el suicidio como
un proceso que tiene su historia y que contrariamente a lo que se
piensa, no ocurre por impulso, sino más bien como una decisión
largamente pensada, analizada, desechada y retomada en múltiples
ocasiones para poner fin a una vida, en la que el suicidio es un
síntoma más, el último síntoma, de una existencia infeliz.
GENERALIDADES
La adolescencia es definida como una etapa del ciclo vital entre la
niñez y la adultez, que se inicia por los cambios puberales y se
caracteriza por profundas transformaciones biológicas, psicológicas y
sociales, muchas de ellas genera-doras de crisis, conflictos y
contradicciones, pero esencialmente positivos.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la adolescencia es
la etapa que transcurre entre los 10 y 19 años, considerándose dos
fases: la adolescencia temprana de 10 a 14 años, y la adolescencia
tardía de 15 a 19 años.
La adolescencia, con independencia de las influencias sociales,
culturales y étnicas, se caracteriza por eventos universales entre los
que se destacan:
–El crecimiento corporal evidenciable en el aumento de peso, estatura y los cambios en las formas y dimensiones corporales.
–El aumento de la masa muscular y de la fuerza muscular, más marcada en
el varón, acompañado de un incremento de la capacidad de transportación
de oxígeno, de los mecanismos amortiguadores de la sangre capaces de
neutralizar de manera más eficiente los productos químicos derivados de
la actividad muscular.
–Incremento y maduración de los pulmones y el corazón, con un mayor
rendimiento y recuperación más rápida frente al ejercicio físico.
–Incremento de la velocidad de crecimiento, los cambios en las formas y
dimensiones corporales, los procesos endocrino metabólicos y la
correspondiente maduración, no siempre ocurren de forma armónica, por
lo que es común que presenten torpeza motora e incoordinación, fatiga
fácil, trastornos del sueño, los que pueden generar trastornos
emocionales y conductuales transitorios.
–Desarrollo y maduración sexual, con la aparición de las
características sexuales secundarias y el inicio de la capacidad
reproductiva
–Los aspectos psicosociales están integrados en una serie de
características y comportamientos que en mayor o menor grado estarán
presentes durante esta etapa de la vida y que pueden resumirse de la
siguiente manera:
· Búsqueda de sí mismo y de su identidad.
· Necesidad de independencia.
· Tendencia grupal.
· Evolución del pensamiento concreto al abstracto.
· Manifestaciones y conductas sexuales con desarrollo de la identidad sexual.
· Relaciones conflictivas con los padres que fluctúan entre la dependencia y la necesidad de separación de los mismos.
· Actividad social reivindicativa, tornándose más analíticos, con
pensamientos simbólicos, en los que formulan sus propias hipótesis y
llegan a conclusiones propias.
· Eligen una ocupación para la que necesitarán adiestramiento y capacitación para llevarla a la práctica.
· Necesidad de asumir un nuevo rol social como partícipe de una cultura o subcultura específica.
No se pretende enumerar todas las características que definen esta
etapa de la vida. Con las hasta aquí abordadas, el lector tendrá
aquellas que constituyen las esenciales de la adolescencia. Pasemos a
continuación a abordar los aspectos más generales relacionados con el
comportamiento suicida, para en los siguientes capítulos, introducirnos
en las especificidades del adolescente suicida.
EL COMPORTAMIENTO SUICIDA
El comportamiento suicida abarca las siguientes manifestaciones:
1- El deseo de morir. Representa la inconformidad e insatisfacción del
sujeto con su modo de vivir en el momento presente y que puede
manifestar en frases como: “la vida no merece la pena vivirla”, “lo que
quisiera es morirme”, “para vivir de esta manera lo mejor es estar
muerto” y otras expresiones similares.
2- La representación suicida. Constituida por imágenes mentales del
suicidio del propio individuo, que también puede expresarse
manifestando que se ha imaginado ahorcado o que se ha pensado ahorcado.
3- Las ideas suicidas. Consisten en pensamientos de terminar con la
propia existencia y que pueden adoptar las siguientes formas de
presentación:
–Idea suicida sin un método específico, pues el sujeto tiene deseos de
matarse pero al preguntarle cómo lo va a llevar a efecto, responde: “no
sé cómo, pero lo voy a hacer”.
–Idea suicida con un método inespecífico o indeterminado en la que el
individuo expone sus deseos de matarse y al preguntarle cómo ha de
hacerlo, usualmente responde: “De cualquier forma, ahorcándome,
quemándome, pegándome un balazo.”
–Idea suicida con un método específico no planificado, en la cual el
sujeto desea suicidarse y ha elegido un método determinado para
llevarlo a cabo, pero aún no ha ideado cuándo lo va a ejecutar, en qué
preciso lugar, ni tampoco ha tenido en consideración las debidas
precauciones que ha de tomar para no ser descubierto y cumplir con sus
propósitos de autodestruirse.
–El plan suicida o idea suicida planificada, en la que el individuo
desea suicidarse, ha elegido un método habitualmente mortal, un lugar
donde lo realizará, el momento oportuno para no ser descubierto, los
motivos que sustentan dicha decisión que ha de realizar con el
propósito de morir.
4- La amenaza suicida. Consiste en la insinuación o afirmación verbal
de las intenciones suicidas, expresada por lo general ante personas
estrechamente vinculadas al sujeto y que harán lo posible por
impedirlo. Debe considerarse como una petición de ayuda.
5- El gesto suicida. Es el ademán de realizar un acto suicida. Mientras
la amenaza es verbal, el gesto suicida incluye el acto, que por lo
general no conlleva lesiones de relevancia para el sujeto, pero que hay
que considerar muy seriamente.
6- El intento suicida, también denominado parasuicidio, tentativa de
suicidio, intento de autoeliminación o autolesión intencionada. Es
aquel acto sin resultado de muerte en el cual un individuo
deliberadamente, se hace daño a sí mismo.
7- El suicidio frustrado. Es aquel acto suicida que, de no mediar
situaciones fortuitas, no esperadas, casuales, hubiera terminado en la
muerte.
8- El suicidio accidental. El realizado con un método del cual se
desconocía su verdadero efecto o con un método conocido, pero que no se
pensó que el desenlace fuera la muerte, no deseada por el sujeto al
llevar a cabo el acto. También se incluyen los casos en los que no se
previeron las complicaciones posibles, como sucede en la población
penal, que se autoagrede sin propósitos de morir, pero las
complicaciones derivadas del acto le privan de la vida (inyección de
petróleo en la pared abdominal, introducción de alambres hasta el
estómago o por la uretra, etc.).
9- Suicidio intencional. Es cualquier lesión autoinfligida
deliberadamente realizada por el sujeto con el propósito de morir y
cuyo resultado es la muerte. En la actualidad aún se debate si es
necesario que el individuo desee morir o no, pues en este último caso
estaríamos ante un suicidio accidental, en el que no existen deseos de
morir, aunque el resultado haya sido la muerte.
De todos los componentes del comportamiento suicida, los más frecuentes
son las ideas suicidas, los intentos de suicidio y el suicidio
consumado, sea accidental o intencional.
Las ideas suicidas son muy frecuentes en la adolescencia sin que ello
constituya un peligro inminente para la vida, si no se planifica o se
asocia a otros factores, llamados de riesgo, en cuyo caso adquieren
carácter mórbido y pueden desembocar en la realización de un acto
suicida.
El intento de suicidio es muy común entre los adolescentes con
predisposición para esta conducta y se considera que por cada
adolescente que comete suicidio, lo intentan cerca de trescientos.
FACTORES DE RIESGO SUICIDA EN LA NIÑEZ
El conocimiento de los factores de riesgo que predisponen la
aparición de determinada condición mórbida es una estrategia válida
para su prevención. Este principio es aplicable a la conducta suicida.
Ante todo hay que considerar que los factores de riesgo suicida son
individuales, pues lo que para algunos es un elemento de riesgo, para
otros puede no representar problema alguno. Además de individuales son
generacionales, ya que los factores de riesgo en la niñez pueden no
serlo en la adolescencia, la adultez o la vejez. Por otra parte son
genéricos, ya que la mujer tendrá factores de riesgo privativos de su
condición y así también lo será para el hombre. Por último, están
condicionados culturalmente, pues los factores de riesgo suicida de
determinadas culturas pueden no serlo para otras.
Pasemos a enunciar los factores de riesgo suicida en la niñez que
contribuyen a que se desarrolle la conducta suicida en la adolescencia.
Como es conocido, se considera que por debajo de los 5 ó 6 años, los
niños tienen un concepto muy rudimentario de lo que es la muerte o el
morir, por lo que resulta prácticamente improbable que se participe
activamente de la muerte. En esta etapa la muerte se representa,
personifica u objetiviza como una persona con buenas o malas
intenciones, o un lugar desagradable o apacible. También a estas edades
es común que la muerte se asocie a la vejez y a las enfermedades. Por
encima de esta edad, se comienza a considerar la muerte como un suceso
inevitable y universal, llegando el niño o la niña a la conclusión de
que todas las personas, incluyéndolo a él, tienen que morir.
Paralelamente con el concepto de muerte se desarrolla el de suicidio.
Po lo general los niños han tenido alguna experiencia sobre el tema
mediante la visualización de este tipo de acto en la televisión, sea a
través de programaciones para los adultos o dirigidos a los niños y las
niñas (muñequitos o comics). Otras veces, el concepto se va adquiriendo
mediante diálogos con compañeros de su propia edad que han tenido
familiares suicidas o por conversaciones que escuchan a los adultos. En
sus concepciones sobre el suicidio, en el niño se entremezclan
creencias racionales e irracionales, articuladas y lógicas y poco
coherentes y comprensibles.
Hay niños y niñas que adquieren ambos conceptos, muerte y suicidio a
una edad más temprana y otros más tardíamente, creyendo estos últimos
que la muerte es una continuidad de la vida o que es un estado parecido
al sueño del cual es posible ser despertado tal y como ocurre en el
cuento “La Bella Durmiente”.
En la infancia, como es lógico suponer, los factores de riesgo suicida
deben ser detectados principalmente en el medio familiar. Por lo
general, el clima emocional familiar es caótico, pues no hay un
adecuado funcionamiento de sus integrantes y no se respetan los roles
ni las fronteras de sus respectivos miembros. Los padres, cuando
conviven juntos se enrolan en constantes querellas, llegando a la
violencia física entre ellos o dirigiéndolas a los integrantes más
vulnerables, en este caso los más jóvenes, niños y niñas y los más
viejos, ancianos y ancianas.
Es frecuente que los progenitores padezcan alguna enfermedad mental,
entre las que se citan por su frecuencia, el alcoholismo paterno y la
depresión materna. El alcoholismo paterno es sufrido por el resto de la
familia, pues esta toxicomanía involucra a todos los integrantes, sea
por los desórdenes conductuales, por la violencia, los actos suicidas,
los problemas económicos o la incapacidad de cumplir con los roles
asignados al alcohólico y que otros tienen que asumir.
La depresión materna, además del peligro suicida que conlleva se
convierte en un estímulo para el pesimismo, la desesperanza, la
sensación de soledad y la falta de motivación. A ello se añaden las
situaciones de maltrato por no poder la madre, en estas condiciones,
satisfacer las necesidades emocionales y de cuidados del niño o la niña.
Otro factor de riesgo suicida de importancia en la niñez es la
presencia de conducta suicida en alguno de los progenitores. Aunque no
está demostrado que el suicidio esté determinado genéticamente, es un
hecho que el suicidio puede ser imitado, principalmente por las
generaciones más jóvenes, lo cual ha dado origen al término “Efecto
Werther”, por los suicidios ocurridos entre los jóvenes que habían
leído la novela de Goethe Las penas del joven Werther, cuyo
protagonista termina su vida por suicidio con arma de fuego. En
ocasiones este proceso no es plenamente consciente y el suicidio se
produce por un mecanismo de identificación, proceso mediante el cual se
incorporan a la personalidad algunos rasgos de la personalidad o formas
de ser del sujeto identificado.
Otras veces lo que se transmite es la predisposición genética, no para
el suicidio, sino más bien para alguna de las enfermedades en las que
este síntoma es frecuente. Entre estas enfermedades se encuentran las
depresiones y las esquizofrenias en cualquiera de sus formas clínicas.
Ambos trastornos están descritos como uno de los principales factores
de riesgo suicida en la adolescencia.
Las relaciones entre los progenitores y sus hijos puede convertirse en
un factor de riesgo de suicidio cuando están matizadas por situaciones
de maltrato infantil y de abuso sexual, físico o psicológico. La
violencia contra los niños y las niñas en cualquiera de sus formas es
uno de los factores que entorpecen el desarrollo espiritual de la
personalidad, contribuyendo a la aparición de rasgos en ella que
predisponen a la realización de actos suicidas, entre los que se
destacan la propia violencia, la impulsividad, baja autoestima, las
dificultades en las relaciones con personas significativas, la
desconfianza, por sólo citar algunos.
Otras veces las relaciones están caracterizadas por la sobreprotección,
la permisividad y la falta de autoridad, todo lo cual conspira contra
el buen desarrollo de la personalidad de los niños y las niñas, quienes
se tornan caprichosos, demandantes, poco tolerantes a las
frustraciones, manipuladores y egocéntricos, pretendiendo que todos los
seres humanos los traten de la misma manera indulgente que lo hacen los
familiares, lo que provoca diversos problemas de adaptación desde la
más temprana infancia, los que se recrudecen en la adolescencia, cuando
la socialización ocupa un lugar preponderante en la conformación
definitiva de la personalidad.
Los motivos que pueden desencadenar una crisis suicida infantil son
variados y no específicos, pues también se presentan en otros niños que
nunca intentarán contra su vida. Entre los más frecuentes se encuentran:
1- Presenciar acontecimientos dolorosos como el divorcio de los padres,
la muerte de seres queridos, de figuras significativas, el abandono,
etc.
2- Problemas en las relaciones con los progenitores en los que
predomine el maltrato físico, la negligencia, el abuso emocional y el
abuso sexual.
3- Problemas escolares, sea por dificultades del aprendizaje o disciplinarios.
4- Llamadas de atención de carácter humillante por parte de padres,
madres, tutores, maestros o cualquier otra figura significativa, sea en
público o en privado.
5- Búsqueda de atención al no ser escuchadas las peticiones de ayuda en otras formas expresivas.
6- Para agredir a otros con los que se mantienen relaciones disfuncionales, generalmente las madres y los padres.
7- Para reunirse con un ser querido recientemente fallecido y que constituía el principal soporte emocional del niño o la niña.
Obviamente, una crisis suicida infantil surge de la relación del niño o
la niña con su medio familiar y se manifiesta por una serie de señales
en la conducta que se expresan, de manera general, en cambios de todo
tipo. Comienzan a tornarse agresivos o pasivos en su comportamiento en
la casa y en la escuela, cambian sus hábitos de alimentación y de
sueño, pudiendo mostrar inapetencia o por el contrario, un apetito
inusual. En cuanto al hábito del sueño, los cambios pueden consistir en
desvelos o insomnio, terrores nocturnos, en los cuales el niño o la
niña despiertan, al parecer, pues realmente no lo están aún, con los
ojos desmesuradamente abiertos, temerosos, sudorosos y queján-dose de
lo que están visualizando y que les ocasionan el terror que
experimentan. También sufren de pesadillas o malos sueños, así como
enuresis, o lo que es lo mismo, orinarse en las ropas de cama mientras
se está durmiendo. En otras ocasiones lo que pueden presentar es una
somnolencia excesiva, que puede ser un síntoma depresivo a estas edades.
Durante la crisis suicida infantil son comunes los problemas
relacionados con el rendimiento y comportamiento del niño o la niña en
la escuela. Las dificultades académicas, las fugas de la escuela, el
desinterés por las actividades escolares, la rebeldía sin motivo
aparente, la no participación en los juegos habituales con los demás
niños y amigos, la repartición de posesiones valiosas, y hacer notas de
despedidas, son signos que pueden ser observados en una crisis suicida
infantil.
Para el manejo de esta crisis suicida en la infancia es necesaria la
participación de los padres y las madres en la terapia, lo cual no se
logra en muchas ocasiones, pues el niño o la niña provienen de hogares
rotos o con un clima emocional que impide tal procedimiento.
La atención psicoterapéutica a una crisis suicida infantil debe ir
dirigida a la sensibilización de padres o tutores para que tomen
conciencia de los cambios ocurridos en el niño o la niña, que presagian
la ocurrencia de un acto suicida. Hay que insistir con ellos en el
control de los métodos mediante los cuales el niño o la niña puedan
autolesionarse y poner a buen recaudo sogas, cuchillos, armas de fuego,
tabletas de cualquier tipo, combustibles, sustancias tóxicas y otros
venenos, etc.
Si el niño o la niña realizan una tentativa de suicidio hay que
investigar qué intención perseguían con este acto, pues necesariamente
no tiene que ser el deseo de morir el principal móvil, aunque sea el de
mayor gravedad. Los deseos de llamar la atención, la petición de ayuda,
la necesidad de mostrar a otros cuán grandes son sus problemas, pueden
ser algunos de los mensajes enviados con un acto suicida. Se debe
intentar realizar un diagnóstico correcto del cuadro clínico que está
condicionando la crisis suicida, para descartar que este sea el debut
de una enfermedad psiquiátrica mayor, como un trastorno del humor o una
esquizo-frenia, y en ello puede desempeñar un papel muy útil la
observación de sus juegos y la entrevista médica, la cual debe correr a
cargo de un especialista en psiquiatría del niño y el adolescente.
La actitud de la familia ante el intento de suicidio infantil
constituye un dato de suma importancia y cuando sea posible hay que
evaluar la capacidad que tienen los padres y las madres para comprender
y modificar los factores que han predispuesto o precipitado el intento
de suicidio. Es necesario que la familia comprenda que la conducta
suicida siempre indica una adaptación inadecuada y requiere tratamiento
psicológico, psiquiátrico o ambos, según sea la gravedad del caso y
nunca limitarlo a la resolución de la crisis suicida.
Se debe evitar que los padres y las madres se ataquen mutuamente, para
lo cual se le hace entender que ya la familia tiene un problema, que es
el intento suicida del niño o la niña y no se debe sumar uno más, dado
por los continuos ataques mutuos, que lo único que pueden conseguir es
entorpecer el manejo de la crisis o provocar mayor malestar en el
infante que puede sentirse culpable de estas reyertas. Se invitará a
cada progenitor a meditar en lo que cada cual debe comenzar a hacer o
dejar de hacer para que la situación del infante sea aliviada y se
establecerán contratos terapéuticos con cada uno, a ser reevaluados en
próximos encuentros. Si alguno de los progenitores presenta niveles
importantes de psicopatología, se intentará persuadir para recibir la
terapia correspondiente.
Nunca debe transmitirse a los miembros de la familia que este tipo de
acto tiene intenciones de manipularlos y siempre se les debe alertar
sobre aquellas conductas que presagian la realización de un nuevo acto
de suicidio.
La hospitalización del niño o la niña que han intentado contra su vida
puede ser una indicación válida si persisten las ideas suicidas, si el
intento de suicidio es el debut de una enfermedad psiquiátrica grave,
si existe comorbilidad, especialmente el consumo de drogas, alcohol u
otras sustancias adictivas, si los progenitores padecen de trastornos
mentales de importancia o si el clima emocional familiar no constituye
un medio idóneo para que la crisis suicida sea resuelta.
De manera general, se puede dividir la biografía de los futuros adolescentes con conducta suicida en tres momentos.
1- Infancia problemática, caracterizada por un elevado número de
eventos vitales negativos, tales como abandono paterno, hogar roto,
muerte de seres queridos por conducta suicida, alcoholismo paterno,
depresión materna, dificultades socioeconómicas, abuso sexual, maltrato
físico o psicológico, etc.
2- Recrudecimiento de los problemas previos con la incorporación de los
propios de la edad, como son las preocupaciones sexuales, los cambios
somáticos, los nuevos retos en las relaciones sociales, la
independencia, la vocación, etc.
3- Etapa previa al acto de suicidio que se caracteriza por la ruptura
de una relación valiosa o un cambio inesperado de su rutina cotidiana,
a la cual le es imposible adaptarse de una manera creativa, apareciendo
los mecanismos autodestructivos.
Una vez conocidos los factores de riesgo suicida infantil, pasemos a
mencionar los que suelen aparecer en la adolescencia o recrudecerse en
ella.
FACTORES DE RIESGO SUICIDA EN LA ADOLESCENCIA
Los adolescentes que intentan el suicidio o se suicidarán se
caracterizan por tener diversos factores de riesgo para esta conducta,
entre los que se encuentran:
–Provenir de medios familiares con desventaja social y pobreza educacional
–Estar más expuestos a situaciones familiares adversas que condicionan una niñez infeliz.
–Presentar mayor psicopatología, incluyendo depresión, abuso de
sustancias y conducta disocial así como baja autoestima, impulsividad,
desesperanza y rigidez cognitiva.
–Mayor exposición a situaciones de riesgo suicida o eventos vitales
suicidógenos como las relaciones humanas tumultuosas, los amores
contrariados o problemas con las autoridades policiales.
Intentaré desarrollar cada uno de estos aspectos por separado para que el lector pueda conocerlos en detalle.
I- Factores culturales y sociodemográficos
Los problemas socioeconómicos, los bajos niveles educacionales y el
desempleo son factores de riesgo para el comportamiento suicida pues
limitan la participación social activa del adolescente, impiden la
satisfacción de las necesidades más elementales y coartan la libertad
de quienes los padecen.
Los factores asociados a la cultura adquieren una importancia capital
en la conducta suicida entre las minorías étnicas, quienes se ven
sometidos a un proceso de coloniaje cultural con pérdida de la
identidad y sus costumbres y también se hace patente entre los
inmigrantes. Oberg fue el primero en utilizar el término “shock
cultural” para referirse al proceso de adaptación del inmigrante, el
cual se caracteriza por:
–Esfuerzos constantes por lograr adaptarse a la nueva cultura.
–Sentimientos de pérdida y pena, motivados por los recuerdos de los
amigos, familiares, la profesión, las posesiones y cuanto se ha dejado
atrás.
–Sentimientos de ser rechazado por los miembros de la nueva cultura.
–Confusión en el rol, las expectativas, los valores y la identidad ante la nueva cultura.
–Sorpresa, angustia, disgusto e indignación ante las diferencias culturales a las que debe adaptarse.
–Sentimientos de no ser capaz de adaptarse a la nueva cultura.
Entre las razones que pueden contribuir al suicidio de los adolescentes
de estos grupos poblacionales se encuentran extrañar la tierra natal y
sus costumbres, problemas con la pareja, infelicidad, baja autoestima,
carencia de amigos o familiares, el aislamiento social y la falta de
comunicación por las barreras que impone el idioma en caso que el país
receptor difiera del natal.
Un proceso de este tipo, aunque con menos diferencias, puede
desencadenarse en el curso de migraciones internas, cuando se trasladan
las familias, en busca de oportunidades, desde las zonas rurales a las
urbanas o de las provincias o departamentos a las capitales. La mudanza
o migración interna, puede ser un factor de riesgo de suicidio de
importancia en la adolescencia, principalmente cuando no se logra la
adaptación creativa al nuevo entorno.
II- Situación familiar y eventos vitales adversos.
La situación de la familia del adolescente suicida garantiza su infelicidad e impide su crecimiento emocional, pues son comunes:
–Presencia de padres con trastornos mentales.
–Consumo excesivo de alcohol, abuso de sustancias y otras conductas disociales en algunos de sus miembros.
–Antecedentes familiares de suicidio o intentos de suicidio y
permisividad o aceptación de esta conducta como forma de afrontamiento.
–Violencia familiar entre sus miembros, incluyendo el abuso físico y sexual.
–Pobre comunicación entre los integrantes de la familia.
–Dificultades para prodigar cuidados a los que los requieren.
–Frecuentes riñas, querellas y otras manifestaciones de agresividad en
las que se involucran los miembros de la familia, convirtiéndose en
generadores de tensión y agresividad.
–Separación de los progenitores por muerte, separación o divorcio.
–Frecuentes cambios de domicilio a diferentes áreas.
–Rigidez familiar, con dificultades para intercambiar criterios con las generaciones más jóvenes.
–Situación de hacinamiento, lo que en ocasiones se traduce por la
convivencia de varias generaciones en un breve espacio, lo cual impide
la intimidad y la soledad creativa de sus miembros.
–Dificultades para demostrar afectos en forma de caricias, besos, abrazos y otras manifestaciones de ternura.
–Autoritarismo o pérdida de la autoridad entre los progenitores.
–Inconsistencia de la autoridad, permitiendo conductas que han sido anteriormente reprobadas.
–Incapacidad de los progenitores para escuchar las inquietudes del
adolescente y desconocimiento de las necesidades biopsicosociales.
–Incapacidad de apoyar plena y adecuadamente a sus miembros en situaciones de estrés.
–Exigencias desmedidas o total falta de exigencia con las generaciones más jóvenes.
–Llamadas de atención al adolescente que generalmente adquieren un carácter humillante.
–Si los padres están divorciados pero conviven en el mismo domicilio,
el adolescente es utilizado como punta de lanza de uno de ellos contra
el otro y se le trata de crear una imagen desfavorable del progenitor
en contra de quien se ha realizado la alianza.
–Incapacidad para abordar los temas relacionados con la sexualidad del
adolescente, la selección vocacional y las necesidades de independencia.
Los elementos abordados con anterioridad son muy frecuentes en las
familias de los adolescentes con riesgo suicida, pero no son los
únicos. Es muy posible que usted pueda incrementar esta lista con
experiencias conocidas.
III- Psicopatología del adolescente que constituye una predisposición a cometer suicidio.
Se considera que casi la totalidad de las personas que se suicidan
son portadores de una enfermedad mental diagnosticable, lo cual ha sido
ampliamente abordado en las investigaciones realizadas mediante las
autopsias psicológicas. En los adolescentes este postulado también se
cumple y se considera que la mayoría de los que se suicidan pudieron
haber padecido algunas de las siguientes enfermedades:
–Depresión.
–Trastornos de Ansiedad.
–Abuso de alcohol.
–Abuso de drogas.
–Trastornos incipientes de la personalidad.
–Trastorno Esquizofrénico.
Pasemos a describir dichos trastornos, lo cual facilitará el
reconocimiento de los mismos por parte de los padres, las madres, los
abuelos y abuelas, maestros y maestras, amigos y cualquier otra persona
que esté en contacto directo con los adolescentes, lo que les permitirá
detectar precozmente los sutiles cambios en la conducta, las relaciones
humanas, la afectividad y los hábitos que sugieren la presencia de uno
de estos trastornos.
Depresión. Es una enfermedad del estado de ánimo, muy frecuente, la
cual afecta al ser humano en su totalidad, ya sea física y
emocionalmente, con repercusión social debido a la merma de la voluntad
para satisfacer las demandas habituales de la vida de forma óptima.
Entre los síntomas más frecuentes observados en los adolescentes
deprimidos se encuentran los siguientes:
–Tristeza, aburrimiento, tedio y fastidio.
–Pérdida de los intereses y del placer en las actividades que anteriormente lo despertaban.
–Trastornos del hábito de sueño, con insomnio o hipersomnia.
–Intranquilidad.
–Falta de concentración.
–Irritabilidad, disforia, malhumor.
–Pérdida de la energía para emprender las tareas cotidianas.
–Sentimientos de cansancio y agotamiento.
–Preocupaciones reiteradas con la música, libros, y juegos relacionados con el tema de la muerte o el suicidio.
–Manifestar deseos de morir.
–Sentirse físicamente enfermos, sin tener una enfermedad orgánica alguna.
–Incremento del uso del alcohol y las drogas.
–Falta de apetito o apetito exagerado.
–Conducta rebelde sin una causa que lo determine.
–Expresar ideas suicidas o elaborar un plan suicida.
–Planificar actos en los que no se calculen de forma realista, las probabilidades de morir.
–Llanto sin motivo aparente.
–Aislamiento social evitando las compañías de amigos y familiares.
–Pesimismo, desesperanza y culpabilidad.
La Asociación Psiquiátrica Americana (APA) en su clasificación de
enfermedades mentales DSM-IV-R considera que para realizar el
diagnóstico de un Trastorno Depresivo Mayor se requieren cinco o más de
los siguientes síntomas, los que deben estar presentes por al menos dos
semanas de duración y que ello representa un cambio en el
funcionamiento habitual del sujeto:
–Ánimo deprimido la mayor parte del día durante todos los días.
–Marcada reducción del placer o el interés en todas o la mayoría de las actividades diarias.
–Disminución de peso sin someterse a dieta o ganancia de peso (del orden de un 5%).
–Insomnio o hipersomnia diarios.
–Agitación psíquica y motora o retardo psicomotor.
–Fatiga o pérdida de energía diariamente.
–Sentimientos de culpa inapropiados, que pueden conducir a delirios de culpa.
–Disminución de la capacidad para pensar o concentrarse e indecisión la mayor parte del día.
–Pensamientos recurrentes de muerte o de suicidio.
Estos síntomas no deben ser ocasionados por una enfermedad física o por abuso de sustancias.
Es de suma importancia el reconocimiento de la depresión en el
adolescente, pues son más proclives a realizar intentos de suicidio que
los adultos en condiciones similares.
Algunas particularidades de los cuadros depresivos en los adolescentes son los siguientes:
· Se manifiestan con más frecuencia irritables que tristes.
· Las fluctuaciones del afecto y la labilidad son más frecuentes que en
el adulto, quien tiene mayor uniformidad en sus expresiones anímicas.
· Los adolescentes tienen la tendencia a presentar más frecuentemente exceso de sueño o hipersomnia que insomnio.
· Tienen mayores posibilidades de manifestar quejas físicas al sentirse deprimidos.
· Muestran episodios de violencia y conductas disociales como
manifestación de dicho trastorno anímico con más frecuencia que en el
adulto.
· Pueden asumir conductas de riesgo como abuso de alcohol y drogas,
conducir vehículos a altas velocidades, sobrios o en estado de
embriaguez.
Trastornos de Ansiedad. Diversas investigaciones han demostrado la
correlación existente entre los trastornos de ansiedad y el intento de
suicidio en adolescentes varones, no así entre los adultos. Se trata de
un estado emocional en el que se experimenta una sensación desagradable
de peligro inminente para la integridad física o psicológica del
sujeto, quien puede temer a volverse loco, perder la razón o morir de
un ataque cardíaco. Si no es diagnosticado y tratado oportunamente este
trastorno, puede comprometer las habilidades del sujeto para realizar
sus actividades cotidianas.
Las manifestaciones del Trastorno de Ansiedad son las siguientes:
–Manifestaciones físicas que incluyen pulso acelerado, palidez facial o
rubor, incremento de la frecuencia respiratoria y sensación de falta de
aire, sudoración de manos y pies, temblor, tensión muscular
generalizada, saltos musculares, dolor de cabeza, nauseas, dolores
abdominales, diarreas, micciones u orinas frecuentes, salto de
estómago, piel de gallina, frialdad de manos y pies, etc.
–Manifestaciones psicológicas entre las que sobresalen el temor, la
tensión, el nerviosismo, la sensación de estar esperando una mala
noticia, la incapacidad para mantenerse quieto en un lugar y de
relajarse.
–Manifestaciones conductuales consistentes en timidez, aislamiento,
evitación de aglomeraciones y actividades sociales, dependencia,
intranquilidad motora, hiperactividad afanosa o necesidad de mantenerse
ocupado
Las manifestaciones señaladas con anterioridad son universales, es
decir, caracterizan a la ansiedad como trastorno o cortejo sintomático,
pero es conveniente señalar que existen formas particulares de este
trastorno, con síntomas específicos que relacionaremos a continuación:
Ataques de Pánico. Manifestación extrema de la ansiedad con
aceleración del pulso, hiperventilación o respiración rápida y
superficial, miedo a perder el control y sensación de muerte inminente.
Fobia simple. Miedo exagerado a objetos o situaciones que no
representan peligro alguno para la mayoría de los individuos. Un
ejemplo es el temor a los espacios cerrados o claustrofobia.
Fobia social. Esta fobia es incapacitante para quien la
presenta, pues el sujeto evita cualquier situación que signifique
interactuar con otras personas por el temor a quedar mal paradas, a
hacer el ridículo, a hablar en público o mostrarse incapaz de responder
preguntas en un auditorio.
Ansiedad de separación. Para su diagnóstico se requieren al menos tres o más de los siguientes síntomas:
–Preocupación y malestar excesivos al separarse del hogar o de las figuras vinculares principales.
–Miedo a perder a los padres o a que les pase algo malo.
–Miedo a ser secuestrado o a extraviarse.
–No poder ir a la escuela o a cualquier otro sitio.
–No poder quedarse sólo en casa.
–No poder dormir alejado de los padres o fuera de la casa.
–Tener pesadillas recurrentes de secuestros. Accidentes, etc.
–Manifestar diversas quejas físicas como dolor de cabeza, vómitos,
dolor abdominal antes de salir del hogar hacia la escuela u otro lugar
alejado
Estos síntomas deben estar presentes por un período de por lo menos cuatro semanas e iniciarse antes de los 18 años.
Fobia escolar. Consiste en un temor a la escuela que ocasiona un
ausentismo total o parcial, lo que se expresa en diversos síntomas
físicos, imposibilidad de levantarse de la cama, náuseas, cólicos, etc.
Afecta a los niños y las niñas en la adolescencia temprana, entre los
11 a 13 años.
Trastorno Obsesivo Compulsivo. Condición mórbida caracterizada
por necesidad de realizar actos repetitivos o rituales de complejidad
variada para mitigar la angustia surgida por la intrusión de
pensamientos desagradables, persistentes a pesar de los esfuerzos del
sujeto por desembarazarse de ellos y cuyo contenido es muy desagradable
o absurdo, como por ejemplo estar contaminado, padecer una enfermedad,
la muerte de un ser querido, profanación de imágenes religiosas,
pensamientos de contenido sexual intolerables, etc.
Trastorno de Estrés Postraumático. Es un trastorno que ha
cobrado interés en los últimos años y es ocasionado por un
acontecimiento o situación traumática no habitual y de gran intensidad
y que se caracteriza por la re-experimentación del trauma, por la
aparición de conductas de evitación de situaciones en relación con
dicho acontecimiento y por un aumento de síntomas neurovegetativos.
En la adolescencia son frecuentes los sentimientos de culpabilidad,
tendencia a mantener en secreto lo ocurrido, cuando esto es posible,
conducta oscilante entre agresividad, violencia y deseos de venganza,
actitudes de inhibición, pasividad y excesiva complacencia ante el
medio ambiente y en ocasiones, episodios de aparente repetición del
trauma con ilusiones, alucinaciones y episodios disociativos con
lagunas de memoria.
Además de los trastornos depresivos y de ansiedad, el abuso de alcohol
constituye un importante factor de riesgo de suicidio en la
adolescencia, pues se estima que uno de cada cuatro adolescentes que
cometen suicidio lo realizan bajo los efectos del alcohol u otra droga
o la combinación de ambos.
En la adolescencia la vía más socorrida para abusar del alcohol es la
denominada sociocultural, la cual es el producto de las costumbres,
tradiciones, y convenciones de las diferentes culturas, y se relaciona
íntimamente con la presión ejercida por los grupos humanos grandes o
pequeños. Se ejemplifica con el adolescente que se inicia en el consumo
de cualquier sustancia adictiva para demostrar hombría, audacia ante
sus iguales que lo subvalora sino sigue las reglas del grupo.
Por lo antes referido, será de suma importancia que el adolescente sepa
que en la medida en que se ponga en contacto con cualquier sustancia
adictiva, con una mayor frecuencia y por un período de tiempo más
prolongado, tendrá mayores posibilidades de desarrollar una toxicomanía
o dependencia de sustancias.
Abuso de Alcohol. La característica esencial del abuso de alcohol o de
otra sustancia cualquiera, consiste en un patrón desadaptativo de
consumo de dichas sustancias, manifestado por consecuencias adversas,
significativas y recurrentes relacionadas con su consumo repetido.
Puede darse el incumplimiento de obligaciones importantes, consumo
repetido en situaciones en que hacerlo es físicamente peligroso y
dañino, pudiendo llevar a problemas legales, sociales e interpersonales
recurrentes. Estos problemas pueden manifestarse repetidamente durante
un período continuado de doce meses.
Los criterios diagnósticos para el abuso de sustancias son los siguientes:
–Un patrón desadaptativo de consumo de sustancia que conlleva un
deterioro o malestar clínicamente significativo, expresado por uno o
más de los siguientes síntomas durante un período de un año:
· Consumo recurrente de la sustancia que da lugar al incumplimiento de
las obligaciones en el trabajo, la escuela o la casa ( ausencias
repetidas o pobre rendimiento académico, suspensiones o expulsiones de
la escuela, descuido de las obligaciones en la casa, etc.).
· Consumo recurrente de la sustancia en situaciones donde hacerlo es
físicamente peligroso (conducir un automóvil o accionar máquinas bajo
el efecto de la sustancia).
· Problemas legales repetidos relacionados con la sustancia (arrestos por escándalo público debido a la sustancia).
· Consumo continuado de la sustancia a pesar de tener problemas
sociales continuos o recurrentes o tener problemas interpersonales
causados o exacerbados por los efectos de la sustancia (discusiones con
la esposa, violencia física, etc.).
· Los síntomas no han cumplido nunca los criterios para la dependencia de sustancia.
Existen determinadas señales de peligro que deben hacer pensar a los
padres, madres, tutores, maestros y médicos de la familia, que un
adolescente está consumiendo drogas y son los siguientes:
–Cambios bruscos de amistades.
–Cambios en la manera de vestir y de hablar, utilizando la jerga propia de los toxicómanos.
–Disminución del rendimiento académico y repetidas ausencias
injustificadas a la escuela, sin que se conozca en qué ha empleado el
tiempo.
–Cambios en su comportamiento habitual en el hogar, tornándose
irritables, aislados, huraños y sin deseos de compartir con el resto de
la familia.
–Realiza hurtos en el propio domicilio, o en el de otros familiares,
amigos o vecinos para venderlos y adquirir el dinero con que comprará
la droga. En ocasiones roban importantes sumas de dinero a los padres o
les mienten sobre supuestas compras de artículos deseados pero
inexistentes.
–Cambios en los horarios de las actividades, predominando las que
realiza en horarios nocturnos, lo cual altera su ritmo de sueño y
alimentación.
–Señales de quemaduras en las ropas, manchas de sangre, señales de pinchazos en antebrazos o resto de drogas en los bolsillos.
Como se ha hecho evidente, el abuso de sustancias conlleva una serie de
comportamientos comunes encaminados a la búsqueda de la sustancia, su
consumo y restablecimiento de sus efectos nocivos, variando, como es
lógico suponer, las manifestaciones clínicas de cada una de ellas.
Trastorno Disocial de la Personalidad. Es otro factor de riesgo de
suicidio entre los adolescentes, que por sus rasgos clínicos tiene una
elevada propensión al suicidio y a la realización de daños
autoinfligidos. Sobresalen en este trastorno las siguientes
características:
–Un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que se
violan los derechos básicos de otras personas o normas sociales
importantes, propios de la edad, manifestándose por la presencia de los
siguientes criterios durante los últimos doce meses y por lo menos de
un criterio durante los últimos seis meses:
· Agresión a personas y animales: con frecuencia fanfarronea, amenaza e
intimida a otros, a menudo inicia agresiones físicas, ha utilizado un
arma que puede causar daño físico grave a otras personas (bate de
béisbol, ladrillo, botella, navaja, pistola, cuchillo, etc.), ha
manifestado crueldad física con personas y animales, ha robado
enfrentándose a la víctima (ataque con violencia, arrebatar bolsos,
robo a mano armada), ha forzado a alguien a una actividad sexual.
· Destrucción de la propiedad social: ha provocado deliberadamente
incendios con la intención de causar daños graves, ha destruido
deliberadamente propiedades de otras personas.
· Fraudulencia o robo: ha violentado la casa o el automóvil de otras
personas, a menudo miente para obtener bienes o favores o para evitar
obligaciones, ha robado objetos de cierto valor sin enfrentamiento a la
víctima (robos en tiendas, falsificaciones de documentos)
· Violaciones graves de normas: a menudo permanece fuera del hogar de
noche a pesar de las prohibiciones paternas, iniciando este
comportamiento antes de los trece años, se ha escapado durante la noche
por lo menos en dos ocasiones, viviendo en la casa de sus padres o en
un hogar sustituto, suele tener ausencias a la escuela, iniciando esta
práctica.
El trastorno disocial de la personalidad provoca
deterioro significativo de la actividad social, académica y laboral.
Con suma frecuencia desarrolla abuso de sustancias y dependencia de
ellas, pero no por la vía sociocultural expuesta anteriormente, sino
por la llamada hedónica, en la que la motivación más importante es la
búsqueda de “placer artificial”.
Trastorno de la Alimentación. En la cultura contemporánea
los medios de difusión masivos han globalizado un modelo de belleza
femenina que en muchas ocasiones se convierte en un objetivo imitativo
inalcanzable, este trastorno puede enmascararse detrás de esta
propuesta de belleza y se caracteriza por un severo trastorno de la
conducta alimentaria que puede adquirir las siguientes formas clínicas:
1- Anorexia nerviosa en la que se presentan los siguientes síntomas:
–Rechazo manifiesto a mantener el peso corporal mínimo.
–Un miedo intenso a ganar de peso o a convertirse en obeso, incluso cuando se está por debajo del peso ideal para la talla.
–Alteración de la propia percepción del peso o de la silueta corporal, creándose una imagen negativa de sí mismo.
2- Bulimia nerviosa que se caracteriza por:
–Atracones recurrentes, en los que el sujeto ingiere en un corto tiempo
una cantidad superior de alimentos a los que ingeriría la mayor
cantidad de personas en un tiempo similar y en similares circunstancias.
–Sensación de pérdida de control sobre la ingesta de alimentos.
–Conductas compensatorias inapropiadas, repetitivas, con la finalidad
de no ganar peso, como son la provocación del vómito, el uso excesivo
de laxantes, enemas, ayunos y ejercicios descontrolados.
–Los atracones y las conductas compensatorias ocurren al menos dos veces por semana durante un período de tres meses.
La autoevaluación esta principalmente influida por el peso corporal del adolescente.
Trastorno esquizofrénico. Enfermedad devastadora que puede en
su debut, tener como primer y único síntoma evidente el suicidio del
adolescente. Se piensa que la asistencia al derrumbe psicológico, a las
diversas sensaciones y percepciones anómalas, el cambio del mundo
circundante y del propio Yo, cuando aún se conserva algún lazo con el
mundo no esquizofrénico, explicaría este desenlace en un adolescente
“aparentemente normal”.
Esta enfermedad no tiene un cuadro clínico homogéneo, pero algunos
síntomas deben hacer que se piense en ella. Entre estos, los siguientes
son los más comunes:
–Pensamiento sonoro, eco, robo, inserción o difusión de los pensamientos del sujeto.
–Alucinaciones auditivas que comentan la actividad que realiza el individuo.
–Ideas delirantes de ser controlado, de ser influido en las acciones, emociones o pensamientos desde el exterior.
–Alucinaciones auditivas que comentan la actividad que la persona realiza.
–Ideas de tener poderes sobrenaturales y sobrehumanos.
–Invención de palabras nuevas que no tienen significado alguno para quienes le escuchan.
–Asumir posturas corporales extrañas mantenidas o no realizar movimiento alguno.
–Apatía marcada, pérdida de la voluntad, empobrecimiento del lenguaje o respuesta emocional inadecuada a los estímulos.
–Pérdida de intereses, falta de objetivos, ociosidad y aislamiento social.
–Lenguaje incapaz de servir de comunicación con los demás.
–La vida laboral, las relaciones sociales y el cuidado personal están gravemente comprometidos.
Se han mencionado y descrito las enfermedades mentales que
frecuentemente conllevan suicidio entre los adolescentes, pero sería de
inapreciable utilidad detallar los rasgos o atributos de la
personalidad del adolescente que pueden facilitar la eclosión de
salidas suicidas emergentes frente a situaciones de riesgo, las que
serán abordadas más adelante.
Los siguientes rasgos o atributos de la personalidad del adolescente
que se convierten en factores de riesgo para cometer suicidio son:
· Inestabilidad del ánimo.
· Conducta agresiva.
· Conducta disocial.
· Elevada impulsividad.
· Rigidez de pensamiento y terquedad de la conducta.
· Pobres habilidades para resolver problemas.
· Incapacidad para pensar realistamente.
· Fantasías de grandiosidad alternando con sentimientos de inferioridad.
· Sentimientos de frustración.
· Manifestaciones de angustia ante pequeñas contrariedades.
· Elevada autoexigencia que rebasa los límites razonables.
· Sentimientos de ser rechazado por los demás, incluyendo los padres u otras figuras significativas.
· Vaga identificación genérica y orientación sexual deficiente.
· Relación ambivalente con los progenitores, otros adultos y amigos.
· Antecedentes de haber realizado una tentativa de suicidio.
· Frecuentes sentimientos de desamparo y desesperanza.
· Frecuentemente se sienten heridos con la más mínima crítica.
Estos son algunos de los rasgos que predominan entre los adolescentes
que al estar sometidos a las llamadas situaciones de riesgo pueden
presentar una conducta suicida. Como es conocido, ellos se ven
involucrados en mayor número de eventos vitales desfavorables que sus
pares no suicidas.
Enunciaremos seguidamente aquellas situaciones en las que los adolescentes vulnerables pueden desembocar en una crisis suicida:
–Situaciones que pueden ser interpretadas a través del prisma del
adolescente como dañinas, peligrosas, conflictivas en extremo, sin que
necesariamente concuerde con la realidad, lo cual significa que hechos
triviales para adolescentes normales, pueden tornarse potencialmente
suicidógenos en adolescentes vulnerables, quienes los perciben como una
amenaza directa a la autoimagen o a su dignidad.
–Los problemas familiares que como es reconocido, se constituyen en uno
de los motivos fundamentales de la realización de un acto suicida.
–Separación de amigos, compañeros de clases, novios y novias.
–Muerte de un ser querido u otra persona significativa.
–Conflictos interpersonales o pérdida de relaciones valiosas.
–Problemas disciplinarios en la escuela o situaciones legales por las que debe responder el adolescente.
–Aceptación del suicidio como forma de resolución de problemas entre los amigos o grupo de pertenencia.
–Presión del grupo a cometer suicidio bajo determinadas circunstancias y ante determinadas situaciones.
–Situación de tortura o victimización.
–Fracaso en el desempeño escolar.
–Exigencia elevada de padres y maestros durante el período de exámenes.
–Embarazo no deseado y embarazo oculto.
–Infección con VIH o padecer una infección de transmisión sexual.
–Padecer una enfermedad física grave.
–Ser víctima de desastres naturales.
–Violación o abuso sexual, con mayor peligrosidad si se trata de familiares.
–Estar sometido a amenazas de muerte o golpizas.
–Estar involucrado en una situación de trajín-trajinador en una situación de régimen interno (escuelas, servicio militar).
–Incumplir con las expectativas depositadas por los padres, maestros, u
otras figuras significativas y asumidas por el adolescente como metas
alcanzables.
No se pretende agotar todas las situaciones que son de riesgo para que
un adolescente intente contra su vida, pero sin lugar a dudas se han
mencionado las más comunes.
Una vez que un adolescente vulnerable ante una situación
psico-traumática inicia una crisis suicida, es necesario actuar con
rapidez y asumir una postura muy directiva, ya que la característica
principal de este tipo de crisis es que existe la posibilidad que el
individuo intente afrontar la situación problemática mediante la
autoagresión. Al existir esta posibilidad tangible el enfrentamiento a
la crisis suicida tendrá como objetivo primordial mantener a la persona
con vida mientras dure dicha crisis.
MANEJO DE LA CRISIS SUICIDA DEL ADOLESCENTE
Ante una crisis suicida en el adolescente es de suma utilidad observar los siguientes principios:
1- Tratarlo con respeto.
2- Tomarlo en serio.
3- Creer lo que nos manifiesta.
4- Escucharle con genuino interés.
5- Permitirle expresar sus sentimientos (llanto, ira, disgusto).
6- Preguntar sobre la idea suicida, para lo cual se sugiere las siguientes posibilidades:
Primera variante: ¿Cómo piensa usted resolver su actual situación?
Segunda variante: Usted me ha dicho que apenas duerme y desearía saber ¿en qué piensa cuando está insomne?
Tercera variante: ¿Usted ha tenido pensamientos malos? ¿Cuáles?
Cuarta variante: ¿En su familia alguien se ha suicidado o ha
intentado el suicidio? (Esperar respuesta). Y usted ¿lo ha intentado o
lo ha pensado últimamente?
¿Cuándo fue la última vez que lo pensó?
Quinta variante: ¿Usted ha pensado suicidarse?
Sexta variante: ¿Usted ha pensado en matarse?
Si el adolescente manifiesta que ha pensado suicidarse es necesario
realizar una secuencia de preguntas para determinar la planificación
suicida, lo que incrementa notablemente el peligro de suicidio. Esta
secuencia es la siguiente:
¿Cómo ha pensado suicidarse?
¿Cuándo ha pensado suicidarse?
¿Dónde ha pensado suicidarse?
¿Por qué ha pensado suicidarse?
¿Para qué ha pensado suicidarse?
Para poder obtener una respuesta que permita conocer cómo piensa el
adolescente se deben evitar las preguntas que puedan ser respondidas
con monosílabos, lo cual lo impediría.
7- Responsabilizar al adolescente con su propia vida, siempre que ello sea posible.
8- Trabajar juntos en encontrar soluciones no suicidas, por lo que
deben explorarse soluciones alternativas al problema que ha
desencadenado la crisis suicida.
9- Establecer un pacto no suicida siempre que el estado del adolescente
lo permita. Para ello se le compromete a no autolesionarse durante la
crisis.
10- Pedir permiso para involucrar a otros miembros de la familia,
amigos y cuantas personas sea necesario para apoyar al adolescente.
11- Garantizar varias opciones para contactar con la persona que presta
la ayuda psicológica, sean los padres y las madres, los maestros,
tutores, médicos, suicidólogos, etc.
12- No juzgarlo, comprometiéndonos a guardar secreto de todas las confesiones que haga el adolescente.
13- Ser directivo, con el suficiente tacto como para no parecerlo.
Una vez considerados estos principios se debe tener una idea del riesgo
de suicidio del adolescente. Si ello no se ha conseguido, le sugiero
realizar la siguiente secuencia de preguntas sobre la idea suicida, que
ya enunciamos con antelación pero que en esta oportunidad ampliamos:
Pregunta: ¿Cómo ha pensado suicidarse?
Esta pregunta intenta descubrir el método suicida. Cualquier método
puede ser mortal. Se incrementa el peligro suicida si está disponible y
existe experiencia familiar previa de suicidios con dicho método. Se
incrementa el peligro si se trata de repetidores que incrementan la
letalidad de los métodos utilizados para cometer suicidio. Es de vital
importancia en la prevención del suicidio evitar la disponibilidad y el
acceso a los métodos mediante los cuales se pueda lesionar el sujeto.
Pregunta: ¿Cuándo ha pensado suicidarse?
Esta pregunta no trata de averiguar una fecha específica para
cometer suicidio sino más bien determinar si el adolescente está
poniendo las cosas en orden, haciendo testamento, dejando notas de
despedida, regalando posesiones valiosas, si espera la ocurrencia de un
hecho significativo como la ruptura de una relación valiosa, la muerte
de un ser querido, etc. Permanecer a solas es el mejor momento para
cometer suicidio, por tanto, debe estar acompañado hasta que el riesgo
desaparezca.
Pregunta: ¿Dónde ha pensado suicidarse?
Mediante esta pregunta se intenta descubrir el lugar en que se
piensa realizar el acto suicida. Por lo general los suicidios ocurren
en los lugares frecuentados por el suicida, principalmente el hogar y
la escuela o casa de familiares y amigos. Los lugares apartados y de
difícil acceso, con pocas probabilidades de ser descubierto, y los
elegidos por otros suicidas, conllevan un riesgo elevado.
Pregunta: ¿Por qué ha pensado suicidarse?
Con esta interrogante se pretende descubrir el motivo por el cual
se pretende realizar el acto suicida. Los amores contrariados, la
pérdida de una relación valiosa, las dificultades académicas o las
llamadas de atención de carácter humillante se sitúan entre los más
frecuentes. Los motivos nunca deben ser evaluados a través de la
experiencia del entrevistador y siempre considerarlos significativos
para el suicida.
Pregunta: ¿Para qué ha pensado suicidarse?
Se intenta descubrir el significado del acto suicida. El deseo de
morir es el más peligroso pero no es el único, pues pueden referirse
otras como reclamar atención, expresar rabia, manifestar a otros cuán
grande son los problemas, como una petición de ayuda, para expresar
frustración, para agredir a otros, etc.
Mientras más planificada está la idea suicida, el riesgo de cometer suicidio se incrementa considerablemente.
Hay que observar y neutralizar determinadas distorsiones cognitivas muy
comunes entre los adolescentes suicidas como son las siguientes:
–Inferencia arbitraria mediante la cual el sujeto llega a conclusiones
determinadas sin poseer pruebas evidentes para ellas, como por ejemplo
pensar que en el futuro las cosas le saldrán mal, pues en el pasado eso
fue lo que ocurrió. En este caso el adolescente infiere el futuro en
función del pasado, lo cual condiciona una actitud pesimista, de
perdedor y con predisposición al fracaso.
–Abstracción selectiva en la que el adolescente intenta arribar a
conclusiones teniendo en consideración solamente un aspecto de la
realidad como puede ocurrir en los adolescentes deprimidos que
recuerdan principalmente sus fracasos cuando son sometidos a pruebas de
ensayo y error.
–Sobregeneralización cuando el sujeto, a partir de un dato particular
llega a conclusiones generales, como por ejemplo, considerar que es un
“incompetente que está perdiendo facultades” por haber salido mal en
una evaluación parcial de sus estudios.
–Magnificación mediante la cual el adolescente evalúa de forma
distorsionada un suceso, incrementa sus efectos y consecuencias. Es el
caso de un sujeto que considera cualquier evento desagradable como “una
tragedia”, “una catástrofe”, “lo peor que podía haberle ocurrido”.
–Minimización, mecanismo inverso al anterior en el que el adolescente
evalúa de forma distorsionada sus potencialidades y habilidades,
restándose sus méritos y cualidades positivas. Es el caso del
adolescente que ante un éxito frente a un examen difícil, que sólo él
ha pasado, considera que cualquiera pudo haberlo hecho, incluso mejor
que él.
–Pensamiento polarizado mediante el cual el adolescente evalúa la
realidad en “blanco y negro”, “todo o nada”, “siempre o nunca”, “bueno
o malo”, “perfecto o imperfecto”, etc. Por tanto son frecuentes las
frases siguientes: “Nada me sale bien”, “todo me sale mal”, “siempre
fracaso”, “nunca acierto” y otras similares, sin cerciorarse que en la
realidad ninguna situación es completamente mala o buena, sino que se
nos muestra con diversos matices y una persona puede ser torpe en una
tarea y muy eficiente en otras, por solo citar un ejemplo.
–Personalización que es el mecanismo mediante el cual el adolescente
considera cualquier situación o hecho, como referido a sí mismo, aunque
no exista conexión alguna. Así, si no es saludado en la mañana por
alguien conocido, puede pensar que eso ha ocurrido porque la persona
está molesta con él o ella, o que no le han querido tener en cuenta,
etc.
El manejo de las distorsiones cognitivas señaladas con anterioridad
constituye un recurso válido para evitar que el adolescente se evalúe
de forma anómala y ello le reste posibilidades de lograr una adaptación
armónica al entorno.
Otras veces es de mucha utilidad fomentar una terapia de relación con
el adolescente, lo cual disminuye la vulnerabilidad a las presiones
externas. Este tipo de terapia contiene fuertes elementos de las
terapias de apoyo y para algunos autores es una forma prolongada de
estas. Así se trata de establecer con el adolescente en riesgo de
suicidio una relación amistosa, no autoritaria, que aunque no juzga, se
muestra firme e impone ciertas limitaciones, asume una actitud flexible
y ofrece al adolescente nuevas opciones de ajuste para identificarse
con una figura paterna sustitutiva diferente a la del progenitor
biológico.
Si el riesgo suicida del adolescente no es elevado, la terapia de apoyo
puede ser un valioso recurso. Una relación armónica, basada en una
dirección cordial y enérgica, que gratifique las sanas necesidades de
dependencia, que fomente una legítima independencia y sirva para
canalizar adecuadamente la agresividad y la hostilidad hacia formas no
destructivas del comportamiento, pueden ser una ayuda eficaz para
cualquier adolescente, y más aún para aquellos que presentan factores
de riesgo suicida. La orientación al descanso para recuperar las
energías perdidas, la diversión, la práctica de deportes y de
ejercicios físicos, una alimentación adecuada, evitar el consumo
perjudicial de alcohol, no utilizar drogas, tabaco, café y sustancias
adictivas pueden ser orientaciones beneficiosas para brindar apoyo.
Utilizar técnicas de relajación y otras similares que contribuyan a
suprimir o atenuar los síntomas más molestos, así como el uso de
psicofár-macos con similar propósito durante breves períodos de tiempo
harán que el adolescente se sienta más seguro, aceptado, protegido,
alentado y menos sólo. El cambio de medio cuando los factores
ambientales son considerados muy estresantes para un adolescente
vulnerable puede ser un magnífico recurso para evitar una conducta
autodestructiva.
Si en la crisis suicida del adolescente están jugando un papel
predominante los rasgos pasivos, dependientes y la timidez, una técnica
que puede ser empleada en estos casos es el entrenamiento asertivo, que
busca como objetivo cardinal, el hacerse valer, evitando ser manipulado
por los demás. Para ello se sugieren seis modos de conducta los cuales
se mencionan a continuación:
I- Se debe intentar exteriorizar los sentimientos mediante la
verbalización de las emociones que son sentidas espontáneamente, lo
cual se hace muy difícil en los adolescentes suicidas, los que
presentan dificultades con la expresividad de estas últimas.
II- Debe aprender a discrepar, sin fingir que se está de acuerdo sin
estarlo. Este aspecto tiene mucho valor si se tiene en consideración
que el suicidio es una situación diádica en la que se involucran el
adolescente y alguna otra persona significativa y muy vinculada
emocionalmente con él, como la novia o el novio, la madre o el padre,
el maestro o el amigo, etc, con la cual se han tenido recientes o
acumulativas dificultades interpersonales.
III- Se le debe enseñar a utilizar el pronombre personal YO, de modo
que el adolescente se involucre en su conducta y aprenda a responder
por las consecuencias de la misma.
IV- Debe aprender a mostrar las emociones con el rostro y los
movimientos, lo cual le permitirá aprender a exteriorizar la
afectividad y modularla según el contexto de la situación.
V- Debe ser capaz de estar de acuerdo cuando se le elogia y practicar
el autoelogio de forma razonable, pues ambos aspectos refuerzan el YO
de manera positiva.
VI- Debe aprender a improvisar, a dar respuestas espontáneas a
estímulos inmediatos, lo cual le facilitará otras opciones que no sean
el miedo a hacer el ridículo o simplemente no saber qué hacer.
Otras posibilidades a utilizar con el adolescente potencialmente
suicida es revisar sus metas y objetivos para hacerlos más realistas de
acuerdo a las potencialidades del sujeto y por tanto, disminuir las
posibilidades de fracasos y frustraciones, enseñarles a desarrollar el
autodominio, el autocontrol, incrementando el repertorio general de
actividades para que existan mayores opciones de éxito y ade-cuarlas a
sus atribuciones reales (inteligencia, aptitudes para la actividad).
Otra forma de ayudar al adolescente que ya ha realizado una tentativa
de suicidio es invitarle a que descubra las diversas dificultades que
un acto de este tipo pudiera ocasionarle en su vida y en sus relaciones
sociales. Sin asumir una postura moralista, se le invita a reflexionar
sobre la opinión que él tendría de alguien conocido que intenta poner
fin a su vida, si él considerase que es un sujeto que goza de una
excelente salud mental o por el contrario si piensa que algo no está
funcionando bien en el cerebro de esa persona (por lo general responden
teniendo en cuenta esta última posibilidad. Una vez obtenida la
referida respuesta se le asegura que probablemente eso también sea lo
que los demás piensan de él y hay que trabajar juntos para modificar
esta realidad.
Se le pregunta también sobre los sentimientos que le provocaría un
sujeto cualquiera que intente contra su vida (la compasión, la lástima,
la rabia, la desconfianza o el miedo) y se le invita a reflexionar si
son estas las emociones que él pretende despertar en sus relaciones con
los demás, pues no son las que más aprecian los seres humanos.
Otra forma de abordar al adolescente en situación de crisis suicida es
mediante la llamada Primera Ayuda Psicológica, que consta de cinco
etapas, las que se describen a continuación:
Primera etapa. Establecimiento del contacto
Lo que se debe hacer es escuchar detenidamente, reflejar sentimientos,
aceptar las razones que esgrime el sujeto y creerle, sin juzgarle.
Lo que no se debe hacer es restarle importancia a lo que nos expresa el
sujeto, ignorar los sentimientos, impedir que el individuo exprese sus
sufrimientos y contar nuestra historia en situaciones conflictivas.
Segunda etapa. Conocer la dimensión del problema.
Lo que se debe hacer es formular preguntas abiertas que permitan
conocer cómo piensa el adolescente y facilitar la expresión de
sentimientos. Explorar siempre la presencia de pensamientos suicidas.
Lo que no se debe hacer es atenerse a realizar preguntas que sean
respondidas con monosílabos (sí o no) o evaluar el discurso del
adolescente a través de la experiencia propia, que no es válida para
otros.
Tercera etapa. Posibles soluciones.
Lo que se debe hacer es establecer prioridades de solu-ciones,
abordando directamente los posibles obstáculos para su consecución y
desaprobar la solución suicida como forma de afrontar situaciones
problemáticas. Reforzar el concepto de que el suicidio es una solución
definitiva a problemas que usualmente son temporales.
Lo que no se debe hacer es permitir que el adolescente continúe sin
ensanchar su visión en túnel que es la que únicamente le deja ver la
opción suicida. Tampoco deben dejar de explorarse los obstáculos de
manera realista para evitar nuevos fracasos y que se agrave la crisis
suicida.
Cuarta etapa. Acción concreta.
Lo que se debe hacer es tomar una medida a tiempo (involucrar a otros
familiares, acercar a las fuentes de salud mental, imponer tratamiento,
realizar hospitalización, etc.) Se debe ser directivo y confrontar
cuando la situación lo requiera. Nunca debe dejarse sólo a un sujeto en
crisis suicida.
Lo que no se debe hacer es ser tímido, indeciso, no tomar una decisión
a tiempo, dejar solo al adolescente en riesgo de cometer suicidio o
retraerse de asumir responsabilidades.
Quinta etapa. Seguimiento.
Lo que se debe hacer es realizar el recontacto para evaluar los
progresos o retrocesos del adolescente en su sintoma-tología suicida.
Lo que no se debe hacer es dejar la evaluación a otra persona que
desconozca del caso y le sea imposible establecer una comparación con
su estado inicial.
Este sencillo recurso puede ser utilizado por cualquier persona,
siempre y cuando evite hacer lo que no se debe hacer e investigue la
presencia de las ideas suicidas y si estas están presentes, nunca
dejarlo sólo y acercarlo a las fuentes de salud mental como el médico
de la familia, el psicólogo, el psiquiatra y los servicios de urgencias
médicas y psiquiátricas.
Hay quienes consideran que abordar a un adolescente en riesgo de
suicidio sin preparación para ello, sólo mediante el sentido común,
puede ser peligroso. Esto no es cierto, si el sentido común nos hace
asumir los siguientes principios:
–Escuchar con atención.
–Facilitar el desahogo.
–Durante el diálogo con el adolescente se deben utilizar frases cortas
que les sirvan para continuar exponiendo sus dificultades, como por
ejemplo: “me imagino”, “entiendo”, “es lógico”, “no es para menos”,
“claro está”, “te comprendo”. Estas frases además de facilitar la
expresividad le hará sentir que le comprendemos y tomamos en serio.
–Reformular lo que nos ha dicho, haciendo breves resúmenes que le
ratifiquen nuestra capacidad de escucha atenta y genuina de sus
dificultades.
–Preguntar siempre sobre la presencia de ideas suicidas .
–Ayudar al adolescente a que él descubra otras alternativas que no sea
la autodestrucción, sin confíar en aquellas que no pueda realizar
inmediatamente. Por ejemplo: “voy a irme de la casa” (sin tener otro
lugar adonde ir), “me voy a olvidar de él” (como si la memoria fuera
una pizarra que se puede borrar en un momento y no dejar huellas de lo
escrito.
–No dejar nunca a solas a la persona en crisis suicida y hacer todos los esfuerzos por atraerla a los profesionales de la salud.
Si estas premisas son utilizadas por el llamado sentido común, un
gran número de los adolescentes que hoy intentan el suicidio o se
suicidan, no lo harían.
Otra probabilidad de abordaje del adolescente que ha realizado un
intento de suicidio es preguntar: “¿Para qué usted intentó contra su
vida?”, con lo cual se puede determinar el significado del acto suicida
del adolescente y hacer una interpretación racional de dicho
significado. En ocasiones, el intento de suicidio ha sido realizado
para agredir a otros y en esos casos le invitamos a reflexionar sobre
las ventajas que la agresividad tiene en determinadas situaciones, como
por ejemplo, los deportistas de disciplinas de combate, como el judo,
el pugilismo, la lucha en sus diversas modalidades, kárate, etc, pero
no en otras, como lo son las relaciones familiares. Si se trata de una
tentativa de suicidio por miedo, hay que analizar que esta emoción es
muy normal ante situaciones específicas, que lo experimentan la mayor
parte de los individuos, pero también puede ser una emoción muy
personal, porque solamente lo manifiestan determinados sujetos ante
situaciones que habitualmente no provocan temor en la mayoría de la
población.
Si el intento suicida se realiza para morir, no es aconsejable
reflexionar acerca de las supuestas bondades y ventajas que nos depara
la vida, porque eso es, precisamente, lo que el adolescente no percibe.
Este significado – el de morir– es el que entraña mayor peligro para la
vida del adolescente, por lo cual se debe tratar de que sea evaluado,
en el más breve tiempo posible, por un especialista en Psiquiatría
infanto-juvenil.
Cualquiera de las técnicas para abordar el adolescente con riesgo de
suicidio que se han ofrecido al lector, pueden tener similares
resultados, siempre que usted escoja aquellas que más se adapten a sus
características personales, que le sea de más fácil aplicación y en la
que usted se sienta más cómodo y auténtico.
Hasta aquí se han expuesto los factores de riesgo suicida del
adolescente, las situaciones que incrementan dicho riesgo, las
enfermedades que lo pueden conllevar y diversas técnicas para abordar
la crisis suicida en esta etapa de la vida.
Pasemos a brindar los factores protectores de la conducta suicida, los
que deben ser desarrollados desde la infancia y en la adolescencia por
el padre, la madre, y otras figuras significativas en el hogar y por
los maestros y profesores, así como todos los que tengan la
responsabilidad de educarlos y conformarles una personalidad con
características antisuicidales.
FACTORES PROTECTORES DEL COMPORTAMIENTO SUICIDA
Entre los factores protectores del suicidio se encuentran los siguientes:
1- Poseer habilidades sociales que le permitan integrarse a los grupos
propios de la adolescencia en la escuela y la comunidad de forma
positiva
2- Poseer confianza en sí mismo, para lo cual debe ser educado
destacando sus éxitos, sacando experiencias positivas de los fracasos,
no humillarlos ni crearles sentimientos de inseguridad.
3- Tener habilidades para enfrentar situaciones de acuerdo a sus
posibilidades, lo cual les evitará someterse a eventos y contingencias
ambientales en las que probablemente fracasará, reservando las energías
para abordar aquellas empresas en las que salga triunfador.
4- Tener capacidad de autocontrol sobre su propio “des-tino”, como
dijera el poeta chileno Pablo Neruda, cuando expresó: “Tú eres el
resultado de ti mismo”.
5- Poseer y desarrollar una buena adaptabilidad, responsabilidad,
persistencia, perseverancia, razonable calidad de ánimo y de los
niveles de actividad.
6- Aprender a perseverar cuando la ocasión lo requiera y a renunciar cuando sea necesario.
7- Tener buena autoestima, autoimagen y suficiencia.
8- Desarrollar inteligencia y habilidades para resolver problemas.
9- Saber buscar ayuda en momentos de dificultades, acercándose a la
madre, el padre, los abuelos, otros familiares, un buen amigo, los
maestros, el médico, el sacerdote o el pastor.
10- Saber pedir consejos ante decisiones relevantes y saber elegir la persona más adecuada para brindarlos.
11- Ser receptivo a las experiencias ajenas y sus soluciones, principalmente aquellas que han tenido exitoso desenvolvimiento.
12- Ser receptivo ante las nuevas evidencias y conoci-mientos para incorporarlos a su repertorio.
13- Estar integrado socialmente y tener criterio de pertenencia.
14- Mantener buenas relaciones interpersonales con compañeros de
estudio o trabajo, amigos, maestros y otras figuras significativas.
15- Tener apoyo de los familiares y sentir que se le ama, se le acepta y apoya.
16- Lograr una auténtica identidad cultural.
17- Poseer habilidades para emplear adecuada y sanamente el tiempo libre.
18- Evitar el consumo de sustancias adictivas ( café, al-cohol, drogas, tabaco, fármacos, etc.)
19- Aprender a posponer las gratificaciones inmediatas por aquellas a largo plazo que arrojen resultados duraderos.
20- Desarrollar una variedad de intereses extrahogareños que le permitan equilibrar las dificultades en el hogar si las tuviera.
21- Saber expresar a personas confiables aquellos pensamientos
dolorosos, desagradables y muy molestos, incluyendo las ideas suicidas
u otras, por muy descabelladas que pudieran parecer.
A estos factores habría que añadir la capacidad para hacer utilización
de las fuentes que brindan salud mental, como las consultas de
consejería, de psicología o psiquiatría, las unidades de intervención
en crisis, los servicios médicos de urgencia, los médicos de la
familia, agencias de voluntarios en la prevención del suicidio, etc. Se
debe educar a los adolescentes en el aprovechamiento de la fuentes de
salud mental existentes en la comunidad, cuándo hacer uso de ellas, qué
beneficios se pueden obtener, qué servicios o posibilidades
terapéuticas se les puede brindar y favorecer con ello que se haga un
uso racional de las mismas.
En esta propia vertiente se debe comenzar un sistemático esfuerzo para
educar a los adolescentes en la tolerancia hacia los enfermos mentales
y la aceptación de la enfermedad mental como un tipo de trastorno
similar a otras afecciones crónicas no transmisibles, evitando la
estigmatización y las actitudes de rechazo hacia quienes las padecen,
lo cual incrementará las probabilidades futuras de aceptarlas en caso
de padecerlas y buscar ayuda para recibir tratamiento especializado,
disminuyendo las posibilidades de cometer suicidio si se tiene en
consideración que padecer una enfermedad mental es un factor de riesgo
suicida comprobado, y si no se la trata, peor aún.
Se puede contribuir a modificar las actitudes peyorativas hacia los
enfermos mentales evitando utilizar calificativos tales como
“anormales”, “tarados”, “locos”, y modificando las interpretaciones del
sufrimiento emocional al considerarlo como una “cobardía”, “una
incapacidad”, “una blan-denguería” y otras calificaciones que inhiben
las posibilidades de buscar apoyo en quienes las padezcan.
EL SOBREVIVIENTE. CARACTERÍSTICAS Y TERAPIA
Si a pesar de todos los esfuerzos realizados ocurre el suicidio de
un adolescente, son necesarias determinadas medidas a tener en cuenta
para el manejo de la familia y de los compañeros de estudio o amigos de
la víctima. Los cuales se con-sideran sobrevivientes, término que
designa aquellas personas muy vinculadas afectivamente a una persona
que fallece por suicidio, entre los que se incluyen los familiares,
amigos, compañeros e incluso el médico, psiquiatra u otro terapeuta que
la asistía. El vocablo “survivor” proviene del inglés y su traducción
puede ser el de superviviente, que es el que sobrevive y es también
sinónimo de sobreviviente, que significa vivir uno después de la muerte
del otro. Aunque esta palabra es muy utilizada en la terminología
suici-dológica, no sólo son sobrevivientes o supervivientes los que
sobreviven a un suicidio, sino que lo son también aquellos que
sobreviven después de la muerte de un ser querido por una causa
cualquiera, sea natural, por accidente u homicidio.
Son conocidas las reacciones que presentan los seres humanos ante la
pérdida de seres queridos, las que reciben el nombre de duelo, y que
está constituido por diversas etapas:
La negación, rabia, regateo, depresión y aceptación como las etapas del
duelo normal. A continuación serán descritas brevemente cada una de
ellas.
La negación, como su nombre indica es aquella reacción mediante la cual
el sujeto no acepta la realidad tal cual es, la niega, no la reconoce
como que ha sucedido y son muy frecuentes las siguientes expresiones:
“no puedo creerlo”, “no puede ser”, “no me digas que ha muerto”, “es
imposible” y otras similares. En esta etapa el sobreviviente siente que
la persona fallecida aún permanece con vida, que lo ocurrido no es
cierto. Frecuentemente se acompaña de una tendencia al aislamiento, se
evitan las relaciones interpersonales, prefiriendo el sujeto estar
solo, aislado, a tener que dialogar o recibir visitas.
La rabia es la etapa que continúa a la negación y en ella los
familiares del fallecido experimentan diversas emociones desagradables
como son la ira, el odio, la rabia propiamente dicha, irritabilidad
desmedida que puede llegar a la agresividad física o verbal hacia los
otros familiares, el personal médico tratante, las enfermeras, al
hospital, etc. En esta etapa se pueden establecer querellas en contra
de los profesionales que atendieron el caso o contra la institución.
También pueden suceder disputas entre los miembros de la propia familia
y en no pocas ocasiones esta hostilidad puede ser dirigida hacia el
fallecido mediante expresiones como: “por qué se fue y me dejó”, “por
qué me abandonas ” y otras similares, llegando incluso a golpear el
cadáver, sacudirlo, blasfemar contra el occiso, etc. Todas estas
emociones desagradables son expresión de un profundo desconsuelo, de
una pena insoportable y nunca deben ser personalizadas, pues esta rabia
es parte integrante de la reacción normal de duelo y responder
defensivamente o con hostilidad, además de no ser lo correcto,
demostrará un total desconocimiento de este tipo de reacción y sólo
conseguirá incrementarla. Permitirla, aceptarla, comprenderla es el
mejor tratamiento para esta etapa.
El regateo es la etapa que continúa en el duelo normal, la cual es
breve y se trata, como su nombre indica, de un arreglo pactado, de
manera simbólica, entre el superviviente o sobreviviente y el
fallecido. El regateo se expresa mediante determinadas conductas, como
puede ser la realización de determinados ritos religiosos para el
descanso del fallecido y la paz de los familiares.
La depresión es una de las etapas más dolorosas del duelo, con mayor
intensidad durante las dos primeras semanas, en las que las personas
sienten una profunda tristeza, llanto, poco o ningún deseo de
comunicarse con otras personas ajenas a los familiares más cercanos,
trastornos del sueño, anorexia y sentimientos de culpa, los cuales se
expresan por constantes cuestionamientos de la conducta seguida con el
fallecido: “si lo hubiera ingresado en tal hospital en vez de en ese
(la institución en la que falleció)”, “si yo me hubiera dado cuenta
antes, eso no hubiera ocurrido” y otros reproches similares. No es
infrecuente que en esta etapa se piense que realmente no se hizo todo
lo que se debía haber hecho.
La aceptación es la próxima y última etapa del duelo normal. Significa
admitir responsable y libremente que la vida y la muerte son un par
dialéctico inseparable y que el morir es consustancial a la vida. En la
aceptación, el familiar incorpora la muerte del ser querido como un
episodio necesario, irreversible, universal, definitivo y no un mero
accidente. La muerte es entendida como una parte inevitable de la vida.
Es por ello, que en esta etapa, el familiar experimenta una sensación
interna de paz, de tranquilidad, de haber cumplido con el fallecido en
vida, de no tener pendientes. Se recuerda al ser querido fallecido de
manera realista, con sus virtudes y defectos, pero con indulgencia.
Estas fases del duelo normal no tienen una evolución similar en todos
los tipos de fallecimientos. Se considera que las muertes inesperadas
ocasionan mayores dificultades en la elaboración del duelo que aquellas
muertes esperadas, anticipadas. El duelo en las muertes inesperadas se
asocian con manifestaciones depresivas más intensas y duraderas, de
enfermedades pre-existentes o el debut de nuevos padecimientos, así
como la asunción de conductas de riesgo para la salud como el consumo
excesivo de alcohol, cigarros o psicofármacos. Entre las muertes
inesperadas se incluyen las provocadas por accidentes, homicidios, las
muertes súbitas por infarto cardíaco o hemorragia cerebral, así como el
suicidio, aunque, mediante el método de las autopsias psicológicas se
ha probado que una gran cantidad de suicidas mostraron manifestaciones
depresivas, habían realizado amenazas y gestos suicidas o habían
expresado sus deseos de terminar con sus vida. Por otra parte, muchos
de los sobrevivientes reconocieron que ellos sabían el riesgo suicida
de esas personas, por lo que no era una muerte súbita, inesperada, sino
anunciada por el propio suicida desde mucho tiempo antes del desenlace
fatal.
El duelo por un suicida presenta determinadas características que lo
diferencia del resto de los duelos. Los sobrevivientes experimentan un
conjunto de emociones que no se encuentran con la misma frecuencia en
otras causas de muerte y están más expuestos al desarrollo de
psicopatologías como los trastornos de ansiedad, el trastorno de estrés
post-traumático y episodios depresivos mayores.
Es imposible presentar un cuadro clínico típico del sobreviviente de un
suicidio, pero son comunes algunos de ellos como los intensos
sentimientos de pérdida acompañados de pena y tristeza, rabia por
hacerle responsable, en cierta medida de lo sucedido, sentimientos de
distanciamiento, ansiedad, culpabilidad, estigmatización, etc. También
puede manifestarse el horror por el posible arrepentimiento tardío,
cuando ya las fuerzas flaquearon lo suficiente para evitar la muerte y
no poder evitarla deseándolo en esos últimos instantes. El miedo es una
emoción presente en la casi totalidad de los familiares del suicida y
está referido a sí mismo, a su posible vulnerabilidad de cometer
suicidio o a padecer una enfermedad mental que lo conlleve. Este temor
se extiende a los más jóvenes, a los que pueden comenzar a
sobreprotegerse con la esperanza de evitar que ellos también cometan un
acto suicida.
La culpabilidad es otra manifestación que frecuentemente se observa en
los familiares del suicida y se explica por la imposibilidad de evitar
la muerte del ser querido, por no haber detectado oportunamente las
señales que presagiaban lo que ocurriría, por no atender las llamadas
de atención del sujeto, las que habitualmente consisten en amenazas,
gestos o intentos suicidas previos, así como no haber logrado la
confianza del sujeto para que les manifestara sus ideas suicidas. Otras
veces la culpabilidad la ocasiona el no haber tomado una medida a
tiempo, a pesar de reconocer las manifestaciones de un deterioro de la
salud mental que podían terminar en un acto de suicidio. Cuando la
culpabilidad es insoportable, el familiar también puede realizar un
acto suicida para expiar dicha culpa.
Durante el primer año del duelo el sujeto es más vulnerable a padecer
problemas somáticos y emocionales. Entre estos tenemos un conjunto de
síntomas físicos como taquicardia, artritis, migraña, alergia, asma y
tics. Entre los síntomas psicopatológicos se pueden observar
sentimientos de soledad, desesperanza, pobre autoestima y rumiación
obsesiva de la búsqueda del por qué.
La búsqueda del por qué, principalmente en los padres y entre ellos en la madre, persiste por varios años.
Otra manifestación del duelo por el suicidio presente en el
sobreviviente es la conjunción de emociones encontradas como puede ser
la agresividad y el alivio, este último experimentado como alivio
personal al fallecer la persona cuyos problemas le afectaban y por el
fallecido que ha cesado de soportar sus problemas emocionales. Terminar
una vida problemática y difícil se percibe como un alivio para muchos
familiares de suicidas.
Estas manifestaciones que acompañan al duelo por un suicida no son
privativas de los parientes biológicos muy vinculados afectivamente con
el occiso, sino que también se las puede encontrar y de hecho ocurre,
en los amigos, compañeros de trabajo o escuela, maestros, otros
pacientes en el caso de un suicidio en una institución, médicos,
psicoterapeutas, enfermeras, consejeros, psiquiatras, psicólogos y toda
persona que estuvo vinculada estrechamente con el suicida.
Hay investigadores que no han encontrado diferencias en la evolución de
los duelos independientemente de la causa que haya provocado la muerte,
otros por el contrario han encontrado diferencias entre las muertes por
suicidio, por accidentes y las muertes naturales en cuanto a las
reacciones de duelo en los sobrevivientes.
La muerte por suicidio conlleva mayor estigmatización que el resto, más
sentimientos de culpa, menos deseos de discutir sobre la muerte y mayor
cuestionamiento sobre lo que se podía haber hecho. Las muertes por
accidente conllevan más reacciones de aniversario, mayores comentarios
de lo sucedido, mayor incapacidad de entender lo ocurrido entre los
amigos y compañeros del accidentado y menos deseos de hablar con los
demás.
Por tanto para el mejor manejo del duelo por un suicida hay que conocer
todas estas manifestaciones, lo cual facilitará la evolución de sus
diversas etapas y evitará el desarrollo de duelos patológicos.
No hay método universal para el tratamiento de esta contingencia, pues
será diferente para los hijos del suicida, o su pareja, o sus padres, o
sus hermanos.
Si se trata de un suicidio entre varios hermanos, estos pueden
experimentar cambios en todos o casi todos los aspectos de sus vidas.
Como todos tienen una infancia común con experiencias más o menos
similares, una de las tareas que hay que enfrentar es evitar la
identificación con el hermano suicida, proporcionando otras opciones
para resolver problemas que no sean autolasivas. En ocasiones los
hermanos pueden referir que ven al hermano suicida en el domicilio, o
que le escuchan hablar o que les llama. Estas manifestaciones no deben
ser consideradas como una pérdida de la salud mental de carácter grave,
sino, que en ese contexto, deben ser aceptadas dentro de los límites
normales para estos casos, por lo que adoptar la postura de ignorar
síntomas y actitudes de este tipo puede ser de gran beneficio.
Siempre deben explorarse las ideas suicidas en los sobrevivientes y en
los hermanos de los suicidas niños o adolescentes, más aún, si se
presentan en alguno de ellos, se impone la evaluación del riesgo de
suicidio y el grado de afectación psicológica y tomar una medida a
tiempo para evitar un acto suicida.
Si el suicidio lo ha realizado uno de los padres, los niños tienen una
reacción típica consistente en negar lo ocurrido, mostrarse llorones e
irritables, con cambios bruscos del estado anímico y dificultades con
el sueño, pérdida del apetito e intentos suicidas cuya significación es
reunirse con el fallecido, aunque también pueden existir deseos de
morir. Presentan alteraciones perceptivas como escuchar voces dentro de
la cabeza y ver el fantasma de la madre o el padre fallecido.
También pueden tener pensamientos de haber sido el causante de la
muerte o sentir agresividad hacia el progenitor suicida por estar
ausente definitivamente. En estos casos, la familia debe decir la
verdad de lo sucedido al niño o niña, con un lenguaje claro y sencillo,
accesible y comprensible por él o ella y prestar soporte emocional de
parte de una figura sustitutiva, como puede ser un hermano mayor, un
tío o tía según sea el caso. En ocasiones, sobre todo para los hijos
adolescentes, explicar la muerte por suicidio como un síntoma de una
enfermedad mental grave puede disminuir el riesgo de la imitación, pues
la enfermedad mental es rechazada por la inmensa mayoría de las
personas.
Cuando el suicidio de un adolescente ocurre en la escuela se deben tomar las siguientes medidas:
1- Evitar las explicaciones simplistas del hecho ocurrido
2- Evitar que el suicidio sea presentado como un acto heroico,
romántico, fascinante, o como una salida probable ante determinadas
situaciones.
3- Identificar los problemas de la salud mental de la víctima y
correlacionarlos con la conducta suicida, especialmente si era portador
de una enfermedad reconocible.
4- Brindar ejemplos de otros estudiantes, que en similares situaciones,
en peores condiciones y con motivos parecidos, buscaron otras
soluciones no destructivas para adaptarse.
5- Lograr que los estudiantes identifiquen otras salidas ante los problemas que conllevaron el suicidio del compañero.
6- Lograr que identifiquen aquellos factores protectores que hubieran podido evitar el suicidio del compañero.
Los maestros y profesores, con un mínimo de entrenamiento en la
prevención del suicidio, pueden prestar una valiosa ayuda en la
disminución de esta causa de muerte entre sus estudiantes,
principalmente erradicando en ellos y en los padres y madres de los
estudiantes, los criterios erróneos relacionados con el comportamiento
suicida:
I- Criterio erróneo. El que se quiere matar no lo dice.
Criterio científico. De cada diez personas que se suicidan, nueve de
ellas dijeron claramente sus intenciones suicidas y la otra la dejó
entrever.
II- Criterio erróneo. El que lo dice no lo hace
Criterio científico. Todo suicida expresó con palabras, amenazas,
gestos o cambios de su comportamiento, lo que habría de suceder.
III- Criterio erróneo. Los que intentan el suicidio no desean morir, sólo hacen el alarde.
Criterio científico. Aunque no siempre los que intentan el suicidio
desean morir, es un grave error tildarlos de alardosos, pues son
personas a las que les han fallado sus mecanismos útiles de adaptación
y no encuentran alternativas adecuadas de afrontamiento.
IV- Criterio erróneo. Todo el que intenta contra su vida morirá por suicidio.
Criterio científico. Entre el 1% y 2% de los que intentan el suicidio
se suicidan durante el primer año de cometida la tentativa de
autoeliminación, y entre el 10% y 20% se suicidarán en el resto de sus
vidas.
V- Criterio erróneo. El suicidio se hereda
Criterio científico. Aún no ha sido demostrado el carácter genético del
suicidio, aunque se puede encontrar en varios miembros de una familia
este tipo de conducta autodes-tructiva, lo que se ha interpretado como
una predisposición genética a padecer determinada enfermedad mental en
la que el suicidio es un síntoma principal.
VI- Criterio erróneo. Todo el que se suicida está deprimido.
Criterio científico. La depresión puede ser una de las causas de
suicidio pero no es la única ya que otras condiciones también lo pueden
conllevar como las esquizofrenias y la dependencia de sustancias,
principalmente alcohol y drogas (éxtasis, cocaína, barbitúricos).
VII- Criterio erróneo. El suicidio no puede ser evitado porque ocurre por impulso.
Criterio científico. Toda persona antes de cometer suicidio evidencia
una serie de síntomas que han sido definidos como Síndrome Presuicidal,
consistente en constricción del intelecto, inhibición de la
agresividad, la cual ya no es dirigida hacia otras personas,
reservándola para sí, y la existencia de fantasías y representaciones
suicidas, todo lo cual puede ser detectado y con ello evitar que la
persona lleve a cabo sus intenciones suicidas.
VIII- Criterio erróneo. Si se le pregunta a una persona en riesgo
suicida si ha pensado matarse, se le puede incitar a que lo ejecute.
Criterio científico. Está demostrado que hablar sobre el suicidio con
una persona en riesgo en lugar de incitarlo, provocarlo, inducirlo, o
introducirle en su cabeza esa idea, se reduce el riesgo de cometerlo ya
que puede ser la única y última posibilidad que ofrezca el individuo
para que conozcamos cómo pensaba.
IX- Criterio erróneo. Sólo los psiquiatras y psicólogos pueden prevenir el suicidio.
Criterio científico. Cualquier sujeto interesado en ayudar a evitar el
suicidio de otra persona puede ser un valioso colaborador, porque la
prevención del suicidio es tarea de quien se encuentre más cerca de la
persona en crisis suicida y sepa qué hacer en ese momento.
X- Criterio erróneo. Usted no puede evitar que otra persona se suicide.
Criterio científico. Si usted se ha interesado por leer este libro, ha
dado su primer paso en la prevención del suicidio. Si lo que ha leído
le permite evitar un suicidio, considere que ya es un colaborador.
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