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LA UTOPÍA POLÍTICA DE TOMÁS
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Elena
Diez de la Cortina Montemayor
Utopía es una república ideal, mas posible
históricamente si la política se supedita a la moral, se elimina
la propiedad privada, el ejército y la intolerancia. Utopía
es utópica no por ser irrealizable, sino por no haber sido cumplida
todavía.
Tomas Moro, hijo de una familia "honorable, sin ser ilustre",
nació en Londres en 1478, en una época de tránsito
entre la Edad Media y el Renacimiento. Su padre, Sir Juan Moro, trabajó
en el Alto Tribunal Judicial, oficio que heredaría su hijo, después
de ser entregado como pupilo al Cardenal y Arzobispo Juan Morton, Canciller
de Enrique VII Tudor y de continuar sus estudios en Oxford, entre 1492 y
1494, donde adquirió una vasta cultura humanista, centrada en las
lenguas y literatura grecolatinas (Traducirá a Luciano), la retórica
y la lógica. Allí conocerá a Juan Colet, Guillermo
Linacre, Tomas Latimer, Cuthberto Tunstall y Juan Colt que, junto a Erasmo de Roterdam, al que conoce
en 1499, formarán su círculo de amistades humanistas.
Cuando en 1494 regresa a Londres, Moro se dedica a estudiar leyes,
primero en New Inn y luego en la Lincoln’s Inn, facultad donde su padre
se había graduado. Cuatro años reside en la Cartuja de Londres,
pero abandona la vida monacal para contraer matrimonio con Juana Colt en
1505, con la cual tendrá cuatro hijos. A partir de este momento comienza
su brillante y ascendente carrera. En 1504 es elegido diputado y se especializa
en derecho marítimo y comercial, trabajando para las Livery Companies
y The Merchant Adventures. En torno a 1510, después de la muerte
de su primera esposa (1509) y de contraer segundas nupcias con Alicia Middleton,
Moro es nombrado Under-Sheriff de Londres (cargo judicial y administrativo),
y Juez de Paz de Hampshire.
En 1515 comienza su carrera diplomática
en Flandes, Calais (1517) y en su mismo país. Dos años después,
el día 1 de mayo se produce una revuelta en Londres contra mercaderes
extranjeros, que Moro logra refrenar hábilmente, por lo que el rey
Enrique VIII lo llama a su servicio como Consejero real. En 1520 se le nombra
vice-tesorero del Exchequer, Presidente de los comunes en 1525 y, cuatro
años después, Canciller de Lancaster, puesto del que dimite
en 1532, por su oposición tanto al Acta de Supremacía, mediante
la cual Enrique VIII se convertía en jefe espiritual de la Iglesia
de Inglaterra y como a su divorcio de Catalina de Aragón. Enrique
VIII, que no había tenido hijos varones con Catalina, contrae nuevo
matrimonio con Ana Bolena en 1533. Se decreta un Acta de Sucesión
que declara ilegítimos los hijos de Catalina y legítimos a
los de Ana. Moro abandona sus cargos públicos y se retira a su casa
de Chelsea, pero su persecución no se hace esperar: acusado de traición
es encarcelado en la Torre de Londres, condenado a muerte el 1 de Julio
de 1535 y decapitado el 6 de Julio de ese mismo año.
La Utopía política de Tomas Moro
Pese a que su actividad como escritor y traductor fue abundante
(Epigramas, Diálogos de Luciano, Vida de
Pico de la Mirandola), no cabe duda de que Utopía (1516) es la
obra más importante e influyente de Tomas Moro, escrito en el que
se platea el problema de la legitimidad y la fundamentación del poder
y que inaugura el pensamiento político de la modernidad, junto con
Maquiavelo (El príncipe) y La Boétie (Discurso
de la servidumbre voluntaria).
El proceso
de progresiva secularización de la sociedad, así como la crítica
a la inadecuación de las instituciones políticas y eclesiásticas
que culminaron en la Reforma, exigían una nueva manera de plantearse
el problema de la relación entre lo público y lo privado o,
lo que es lo mismo, la cuestión de la articulación entre la
esfera de la moral y la de la praxis política en la que la primera
ha de tener lugar.
Utopía está dividida en dos partes. En la primera, escrita después
de la segunda, Moro se lanza a una enérgica crítica de la
situación política y social de Europa, centrándose
especialmente en la Inglaterra de mediados del siglo XVI. Todos los males
que acechan al hombre no son producto de un designio divino ni surgen de
su propia naturaleza. En contra de la tesis mantenida por Hobbes (homo homini, lupus),
Moro afirma la bondad e inocencia connaturales al hombre. Todo desorden
y mal moral es siempre fruto de una mala organización y gestión
de lo público. Son las instituciones y organizaciones sociales y
políticas las responsables de la entidad moral de los sujetos que
bajo ellas se desarrollan. Nuestros destinos no dependen de ninguna finalidad
inmanente (formas, esencias, naturalezas) o trascendente (Dios, inmortalidad,
etc.) a nosotros mismos. Antes bien, el bien y el mal morales se juegan
siempre en el tablero de lo histórico, es decir: en lo político
y social mismos.
Por este motivo Utopía, término originalmente acuñado por Moro, designa
un "no-lugar" o un "lugar ilocalizable en ningún sitio"
por cuanto es un ideal, un horizonte futuro, aunque razonablemente posible
y realizable a través de la praxis política. Esto implica
la aceptación por parte de Tomas Moro de la posibilidad histórica
de un progreso de la
humanidad. Utopía no
es una fábula ni un mero divertimento literario del autor. Utopía es el límite
que se ha de hallar presente en nuestra mirada si lo que queremos es construir
un mundo en el que todos los males (morales, políticos, religiosos)
sean erradicados por completo.
Ahora bien, desvinculado el mal de sus
raíces trascendentes y naturales, Moro llevará a cabo un exhaustivo
análisis social que deje translucir su génesis. El origen
del mal se halla vinculado a dos fenómenos: por un lado la propiedad privada, tesis que más
tarde recogerá el ilustrado Jean-Jacques
Rousseau, y por otro lado la
guerra a la que se prestan por pura ambición
los gobernantes europeos (ejemplo de ella fue la mantenida por Enrique VIII
contra Francia, contienda a la que Moro era contrario).
La división
entre ricos y pobres, opresores y oprimidos surge de un desigual reparto
de la riqueza, desigualdad que genera no sólo una fractura entre
dos clases en pugna, sino un sinfín de rivalidades y desórdenes
sociales (revoluciones y levantamientos de los más pobres, miseria,
delincuencia, ociosidad impúdica de nobles y clérigos) que
normalmente termina justificando el mantenimiento de un ejército
permanente muy costoso económicamente y peligroso en épocas
de estabilidad.
La modernidad del pensamiento de Moro se deja notar
en su critica a la sociedad estamental: la división platónica entre guardianes y trabajadores
ha de ser suprimida por una República en la que todos los hombres,
cualquiera que sea su condición y profesión, están
obligados a trabajar en vistas al bien común. Esto es posible únicamente
si se elimina la propiedad privada:
"el
solo y único camino hacia el bienestar público está
en declarar la comunidad de bienes, y esto no sé si se podrá
guardar donde lo que posee cada uno es su propiedad"
(Utopía, Libro
I).
"Por eso, cuando contemplo y
medito sobre todas esas repúblicas que hoy florecen por ahí,
no se me ofrece otra cosa, séame Dios propicio, que una cierta conspiración
de los ricos que tratan de sus intereses bajo el nombre y título
de república. Y discurren e inventan todos los modos y artes para,
en primer lugar, retener sin miedo de perderlo lo que acumularon con malas
artes; después de esto, para adquirirlo con el trabajo y fatigas
de todos los pobres por el mínimo precio; y para abusar de ellos.
Estas maquinaciones, tan pronto que los ricos han decretado que se observen
en nombre del pueblo, esto es, también de los pobres, se hacen ya
leyes" (Utopía, Libro II).
En el segundo libro de Utopía, Rafael Hythlodaeo nos describe la isla de los utopienses: una
comunidad de trabajadores que, gobernados por los más sabios, actúan
con vistas al bien común. En ella no existe la propiedad privada,
sino que todos producen, participan y disfrutan de los bienes, por lo que
la miseria y las revueltas y revoluciones asociadas a ella desaparecen:
"Pues la realidad misma enseña
que se engañan de medio a medio quienes opinan que la indigencia
del pueblo es la garantía de la paz. En efecto, ¿dónde
hallas más pendencias que entre los mendigos?. ¿Quién
se aplica con más ahínco a transformar las cosas sino a quien
la situación presente no agrada lo más mínimo? ¿O
quien, finalmente, está poseído de una furia más audaz
para subvertir todo con la esperanza de lograr algo de donde sea, sino quien
ya no posee nada que pueda perder?" (Utopía, Libro I).
La utopía de Moro, no es revolucionaria; antes bien, legitima y justifica
el poder absoluto del gobernante o monarca. Todo está sujeto a un
orden inexorable. Los delitos se castigan con la esclavitud, no con la pena
de muerte, y el ocio y el vicio se previenen mediante un trabajo y una cultura
dirigidos. No hay penosas diferencias sociales, pero la libertad se halla
constantemente vigilada para que nadie sobrepase los límites de la
"corrección moral". Nuestros modernos Estados heredaron
muchos de los postulados utópicos de Tomás Moro, y su enorme
influencia se rastrea en los hospitales para pobres creados en Europa, las reservas para indios en América
o en el pensamiento de los socialistas utópicos y del marxismo.
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