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LAS
LECCIONES DE LA GUERRA archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Buenos Aires- Argentina
Publicado en el periódico Página 12 el 26/4/2004
Después
de un año de lucha en Irak y de una ocupación matizada por la
violencia, sería prudente decir, debido el fiasco sobre la ausencia de
las “armas de destrucción masiva”, que como regla general cualquier motivo
o justificación oficial para ir a la guerra debe ser recibida con escepticismo.
Este comportamiento sería un punto de partida saludable considerando
las tendencias del Congreso y de los grandes medios de información de
asumir, como ocurrió antes del comienzo de la guerra contra Irak, que
el gobierno dice la verdad. Tal escepticismo representaría indudablemente
un enfoque prudente ante cualquier supuesta franqueza proveniente de las conferencias
de prensa presidenciales, en medio de una campaña electoral.
Si a un ser humano que está siendo juzgado no puede condenárselo
a muerte siempre que exista una “duda razonable”, entonces este criterio debe
ser aplicado con más razón cuando la vida de miles de personas
está en juego. La decisión de ir a la guerra contra Irak debió
haber sido cuestionada en dos direcciones.
En primer lugar, que las tan temidas armas que supuestamente Irak poseía
no habían sido encontradas a pesar del trabajo que durante meses realizó
allí un equipo de inspectores de Naciones Unidas con acceso ilimitado.
En segundo lugar, el sentido común indicaba que una nación de
25 millones de personas, devastada por dos guerras y 10 años de sanciones
económicas, sin siquiera un arma nuclear, rodeada de enemigos mucho mejor
armados, no podía representar una amenaza inminente para la máquina
militar más poderosa de la historia.
No sólo el presidente engañó al público y llevó
al país a la guerra con argumentos que desafiaban la lógica, sino
que el Congreso y la prensa, al estar de acuerdo, se convirtieron en cómplices
del engaño.
Un poco de historia hubiese aconsejado un poco de escepticismo. Podría
haberse recordado que el presidente James Polk nos llevó a la guerra
contra México en 1846, que William McKinley nos condujo a un enfrentamiento
contra España en 1898 y que el Congreso autorizó la guerra en
Vietnam en 1964, en todos los casos con engaños.
¿No deberíamos, después de los terribles acontecimientos
del 11 de septiembre, haber actuado de manera más inteligente y enfocada
contra el terrorismo, buscando las causas principales, en lugar de ir dando
golpes a ciegas contra todo lo que nos pareciera un blanco fácil –Afganistán,
Irak–? ¿No deberíamos haber pensado que esas acciones militares
podrían fomentar el terrorismo en lugar de disminuirlo?
Cuando los argumentos para la guerra son débiles, ¿no deberíamos
preguntarnos cuál es el verdadero motivo de una intervención militar?
La historia pude ser útil aquí. ¿Sería muy vergonzoso
sugerir que el petróleo es la razón principal de prácticamente
todo lo que Estados Unidos ha hecho en Medio Oriente? La verdadera razón
de la guerra contra México fue apoderarse de casi la mitad de su territorio.
La verdadera razón para la guerra contra Cuba fue sustituir el control
español sobre la isla por el de Estados Unidos. La verdadera razón
de la guerra contra Filipinas fue el mercado chino. La verdadera razón
de la guerra contra Vietnam era apoderarse de otra propiedad en el juego de
Monopolio de la Guerra Fría con la Unión Soviética.
Otro principio general apoyado por la historia: las intervenciones militares
y las ocupaciones no llevan a la democracia. Podría citar las largas
ocupaciones de Filipinas, Haití y República Dominicana. También
podríamos hablar de la acción militar contra Vietnam, en nombre
de un gobierno corrupto y dictatorial, y de las muchas acciones encubiertas
– Irán, Guatemala, Chile– que llevaron a brutales dictaduras.
Más conclusiones sacadas de la historia y de nuestra experiencia en Irak:
todas las guerras tienen consecuencias no intencionales, usualmente malas. Las
ocupaciones militares corrompen a los ocupados y a los ocupantes; las bajas
de una aventura militar no son sólo las que ocurren inmediatamente, sino
que continúan en el futuro.
Recordemos las decenas de miles de suicidios de veteranos de Vietnam o las 160
mil bajas médicas durante la guerra del golfo Pérsico.
Una última lección del pasado y del presente: el público
estadounidense no puede depender de nuestro sobreestimado sistema de “controles
y balances” para evitar una guerra innecesaria y costosa. El Congreso y la Corte
Suprema han demostrado no ser el control necesario para un Poder Ejecutivo belicista.
Sólo una ciudadanía despierta puede ser ese control al poder desenfrenado
que una democracia necesita.
* Profesor emérito de la Universidad de Boston
y autor de La historia popular de Estados Unidos.
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