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LAS DOLIENTES HIJAS DEL MEDIOEVO archivo del portal de recursos
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de origen
James O. Pellicer
Catedrático de la Universidad de la Ciudad de Nueva York
La mujer en el oscurantismo de la Historia
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Hypatia. Charles William Mitchel. |
El desprecio hacia la mujer pasará a través de los siglos y se hará muy visible en la Edad Media, donde los directores espirituales de Occidente eran los monjes. San Agustín (354-430), considerado Padre de la Iglesia, fue la autoridad máxima del pensamiento cristiano entre los siglos V y XIII. La forma de razonar de este autor era jerárquica, ubicando la condición femenina en un plano inferior respecto al hombre. El profesor James O. Pellicer desarrolla en esta nota la persecución a la mujer iniciada por la Iglesia cuyo poder y dominación se extendía a todos los ordenes de la vida humana.
Ubicación histórica
En
la cultura occidental, se entiende por "Medioevo" o "Edad Media" un
período de unos mil años que se ubica más o menos, entre la caída de
las dos capitales del Imperio Romano, la del oeste, Roma, en el siglo
quinto, año 476 de la era común (E C), con el derrocamiento del último
emperador, Rómulo Augustulo, por las huestes "bárbaras" de Odoacro y la
del este, la Nea Roma de Constantino, conocida después como
Constantinopla, en el año 1453, siglo quince (E.C.), con la derrota y
muerte del último emperador bizantino, Constantino XI, a manos de los
otomanos comandados por Mehmed II. Se la divide generalmente en dos
etapas: la "Alta Edad Media", que llega más o menos hasta el año 1000,
y la "Baja Edad Media", que finaliza en el Renacimiento, más o menos
hacia el 1500 de la Era Común.
La parte occidental de este vasto
territorio es la que interesa aquí y se caracteriza por el lento pero
constante ascenso del Cristianismo que se había oficializado con el
Emperador Constantino I en el siglo IV y se fue convirtiendo después en
la "Iglesia Católica".
Poco antes de la caída de Roma, el 24 de
noviembre de 380, el emperador Teodosio había establecido el
cristianismo como "religio unica" mediante el Edicto de Tesalónica y la
consiguiente destrucción de los templos de los dioses. Justiniano
continuó los despojos. Mientras tanto, en el oeste, se afianzaba la
figura del obispo de Roma quien, a partir de la derrota de la ciudad,
se fue convirtiendo en la autoridad más respetable hasta llegar a ser
la única debido a dos factores sumamente poderosos:
1) la caída en
manos de los musulmanes de todas las otras sedes cristianas originales
(Alejandría, Antioquia, Jerusalén y finalmente la misma
Constantinopla), caída que dejó a la advenediza Roma, sin rivales.
2)
Los Obispos de Roma, ya sin emperadores encima de ellos, crearon su
propia estructura de imperio y se fueron apoderando de todos los
atributos imperiales incluyendo la corona, que se convirtió en la
tiara, que no es sino el huevo de Leda como casco, antiguo signo de
nobleza de la caballería romana1.
Fenómenos que caracterizan el Medioevo
1. El establecimiento de un poder religioso central
El
primer fenómeno que caracteriza la Edad Media es el restablecimiento
del poder de Roma, esta vez, desde el punto de vista de otro poder, el
poder religioso conocido como "catolicismo". Mediante sucesivas
alianzas con los líderes bárbaros, ya "cristianizados", Roma, ahora
"cristiana", logró eliminar sistemáticamente a los adoradores de los
dioses, que empiezan a ser conocidos como "paganos"2
En
el siglo sexto, Clodoveo arremetió contra paganos y cristianos no
católicos en alianza con el Papa Anastasio II. Fue entonces que se
afirmó la creencia de que el emperador gobernaba en nombre de Dios. Más
tarde, en el siglo octavo, Carlomagno generalizó la liquidación de
paganos y cristianos no católicos de acuerdo con el Papa León III. Es
también con Carlomagno que se crea la noción de que es el papa quien
autoriza y corona al emperador. Desde el siglo trece al diez y nueve,
la Inquisición se encargó de liquidar toda disidencia con la muerte
más cruel inventada por los seres humanos: quemar vivos a los pobres
desgraciados que se animaran a pensar independientemente.
2. El monacato
Otro
fenómeno que caracterizó la Edad Media es el afincamiento y el
creciente prestigio de los monjes que llegaron a dominar toda la
iglesia y la cultura. Durante los siglos V a VIII, en Europa se
destacaron dos corrientes monásticas: los monjes celtas irlandeses,
comunitarios y severamente ascéticos, y los que seguían la regla de san
Benito de Nursia. Las órdenes irlandesas estaban muy relacionadas con
las reglas monásticas orientales. San Columbano, en el siglo VI, fue su
principal impulsor, un monje rígido que exigía a sus comunidades que
vivieran con descanso y alimentación mínimos, sometiendo sus cuerpos a
terribles castigos para evitar la sensualidad.
Más aún, dice el
medievalista Jacques Dalarun, anterior director de la Escuela de
Estudios Medievales de Roma y actualmente a cargo del Instituto de
Investigación e Historia de Textos, que inclusive los clérigos se
asimilaron a la vida monacal: "desde el Siglo XI, los clérigos que se
ocupaban del mundo secular se entregaron a la vida inmaculada de los
monjes; todo los alejaba de las mujeres. Tomemos por ejemplo a Guiberto
de Nogent (fallecido en el 1124), oblato, es decir, ofrecido a un
monasterio benedictino cuando era todavía un niño. ¿Qué sabe del otro
sexo, fuera del doloroso recuerdo de una madre casada a los doce años,
a la que él recompone para protegerla de toda 'mancha'? El resto está
en bloque destinado al anatema. Separados de las mujeres por un
celibato que, a partir del Siglo XI se extiende firmemente a todos,
nada saben los clérigos de ellas. Se las imaginan o más bien se la
imaginan; se representan a la Mujer en la distancia, la amenidad y el
temor …"3
Uno de los primeros monjes, San Antonio, es
famoso por sus luchas espirituales contra el Demonio, quien siempre lo
tentó en la forma de una mujer que se le insinuaba; en vano, porque el
santo la rechazaba resistiéndose y luchando valientemente contra las
visiones diabólicas.
Estas comunidades monacales crecían en forma
notable por varias razones, especialmente por la cantidad de niños e
incluso infantes donados a los monasterios. Con tal afluencia de
candidatos, los monjes pronto dominaron las ciudades más importantes
de Europa convirtiéndose sus abades en obispos e incluso en papas que
llevaron el poder católico romano a la cumbre política europea, como el
famoso San Gregorio I Magno entre los siglos sexto y séptimo y Gregorio
VII que en el siglo XI afirmó el poder absoluto de la Iglesia Romana
sobre todo otro poder humano y su total inerrancia. Más tarde, otros
papas surgidos de la nobleza, refrendaron la acción previa de los
monjes en la tarea de someter a las gentes europeas al férreo dominio
de la Roma "cristiana" como opuesta a la antigua Roma pagana. Así
procedieron Inocencio III en el siglo trece y Bonifacio VIII a
comienzos del catorce. De este último, es famosa la bula "Unam Sanctam"
(1302) por la que decretó que fuera de la Iglesia Católica, apostólica
y romana no había salvación alguna y que esta Iglesia tenía el poder de
las dos espadas, la espiritual y la material. Más aún, no ya la Iglesia
tenía ese poder sino él mismo en persona; así lo declaró textualmente:
"Finalmente declaramos, afirmamos y definimos que es necesario para la
salvación que toda criatura humana esté sujeta al Romano Pontífice". El
año anterior (1301), en otro documento oficial, la bula "Ausculta
Fili", había afirmado solemnemente: "Es una necedad pensar que los
reyes, como los demás cristianos, no están sometidos al Sumo Pontífice".
3. La demonización del sexo
Otra de las características más notables de la Edad Media es el haber demonizado el sexo4.
Esta particularidad que fue progresivamente invadiendo Europa es
paralela y también consecuencia del auge del monaquismo. Jacques Dalarun5, menciona este poderoso factor de conducta e ideología en su estudio "La mujer a los ojos de los clérigos", publicado en Historia de las Mujeres - La Edad Media
6.
Para
fortalecer su punto, Dalarun introduce en su texto la cita de un monje
benedictino que fue uno de los hombres más distinguidos e influyentes
de Europa entre los siglos XI y XII, Geoffrey Abad de Vendome; tan
importante era la actuación de este monje que fue elevado a la dignidad
cardenalicia por el Papa Urbano II. Refiriéndose al sexo personalizado
en Eva, dice el Abad Geoffrey: "Este sexo ha envenenado a nuestro
primer padre, que era también su marido y su padre; ha decapitado a
Juan Bautista y llevado a la muerte al valiente Sansón. En cierto modo,
también ha matado al Salvador pues, si su falta no se lo hubiera
exigido, nuestro Salvador no habría tenido necesidad de morir. ¡Ay de
ese sexo, en el que no hay temor ni bondad ni amistad y al que más hay
que temer cuando se lo ama que cuando se lo odia!" (p. 34).
Todo
el pensamiento medieval sobre la mujer se apoya principalmente en los
comentarios del fundador de una congregación casi monacal del Siglo IV,
San Agustín7, que escribió extensamente sobre el primer
libro de la Biblia hebrea, el Génesis. San Agustín fue la autoridad
máxima del pensamiento cristiano entre los siglos V y XIII. La forma de
razonar de este autor era jerárquica. Dios creó al hombre varón y mujer
y se compone también de dos partes, el alma y el cuerpo. El alma es
espíritu y es superior al cuerpo que es materia. El alma se compone
también de dos elementos: el masculino y el femenino. En todos los
casos, lo masculino está sobre lo femenino porque se identifica con la
"ratio". La parte femenina es siempre inferior pues se identifica con
la materia. El ser humano está formado por materia y espíritu y éste
prima sobre aquella. El matrimonio se compone de varón y mujer. Esta
es carne, materia y aquél es espíritu. El espíritu se rige por la
sabiduría y está sobre la materia y debe gobernarla; el varón está
sobre la mujer y debe gobernarla: "Ille a sapientia regitur, haec a
viro"8. San Agustín apoya su pensamiento en el Nuevo
Testamento; San Pablo había declarado: "Caput mulieris vir est, cum
caput viri est Christus, qui Sapientia est Dei"9.
Por eso mismo, siendo tan importante la fuente de su pensamiento,
vuelve a insistir."… sicut vir debet feminam regere, nec eam permitiere
dominari in virum; quod ubi contingit, perversa et misera domus est".
Jamás se le podrá permitir dominar en el varón y donde tal ocurriere,
"perversa y mísera será esa casa" (11:15).
El santo doctor pensaba
además que el papel de la mujer en el matrimonio era sólo dar al varón
un vientre, una matriz en donde hacer sus hijos. El mismo se apresura a
explicar que solamente ésa era la "ayuda" que menciona el Génesis y
agrega que si Dios hubiera pensado algo más, por ejemplo una ayuda
intelectual, espiritual, una compañía enriquecedora humanamente, en tal
caso hubiera creado otro varón ya que la mujer no puede ascender a
tales funciones superiores. Que tal era el centro de su pensamiento lo
prueba el hecho de que jamás mencionó a su amante que por diez años lo
asistió y le dio un hijo, Adeodato. Nombró e informó sobre cuanto
personaje apareció en su vida pero de su mujer de diez años no dio ni
siquiera el nombre en los cuarenta y un volúmenes de su obra. Más aún,
simplemente la despidió cuando de acuerdo con su madre, Santa Mónica,
resolvió contraer matrimonio con alguien de cierta altura en la
sociedad romana. Como este enlace se demoraba porque la elegida tenía
sólo doce años de edad, muy naturalmente, tomó otra amante. De él
llega hasta nuestros días el mandamiento católico de que toda actividad
sexual es pecaminosa y sólo se hace lícita si está orientada a la
procreación.
Este desprecio de la mujer pasará a través de los
siglos y se hará muy visible en la Edad Media donde los directores
espirituales de Occidente eran los monjes, que en su mayoría jamás
habían visto una mujer, ni a la madre, ya que muchos de ellos eran
"oblati", niños o infantes donados a los monasterios. Para estos
monjes, la instrucción para la vida se tomaba principalmente de San
Agustín y pasaba a la vida diaria de las poblaciones europeas mediante
las disposiciones tomadas por la creciente autoridad de la Iglesia
Romana.
En su constante propósito de extender su dominio, la Roma
papal logró entre los siglos noveno y décimo, además del celibato de
los ministros, otro de los instrumentos más eficaces para establecer
definitivamente su poder sobre las comunidades europeas: la creación de
lo que vino a llamarse "confesión auricular" y que empezó a practicarse
a partir del siglo décimo para hacerse finalmente obligatoria con el
Papa Inocencio III en el siglo trece.
Varios obispos monjes actuaron intensa y eficazmente en esta tarea de someter a los ahora universalmente católicos.
4. El celibato sacerdotal
La
prohibición del matrimonio para los sacerdotes y obispos del rito
romano de la Iglesia Católica surge de la misma raíz de la que nacieron
los monjes: la demonización del sexo y la mujer. Si bien existen
manifestaciones anteriores, tal práctica se hace ley en el Siglo XI.
Muy fuerte fue el impacto del ingreso del Maniqueísmo en Europa y su
consiguiente demonización de toda actividad sexual. Tan fuerte que se
llegó a establecer exactamente lo contrario del mandato de Dios que
claramente declara: "Pero es necesario que el Obispo ser irreprensible,
marido de una sola mujer… que gobierne bien su casa y tenga sus hijos
en obediencia"..., (I Tim. 3: 3-4), "Marido de una sola mujer, con
hijos creyentes"... (Tit. 1:6) El Nuevo Testamento mismo sugiere que
las mujeres presidían la comida eucarística en la Iglesia primitiva.
Pero en el año 401, San Agustín escribió que “Nada hay tan poderoso
para envilecer el espíritu de un hombre como las caricias de una
mujer”.
En el año 1074, el Papa Gregorio VII estableció que toda
persona que desea ser ordenada debe hacer primero un voto de celibato:
"Los sacerdotes [deben] primero escapar de las garras de sus esposas".
En 1095, el Papa Urbano II hizo vender a las esposas de los sacerdotes
como esclavas y sus hijos, abandonados. Finalmente, en el Siglo XII, en
el año 1123, Papa Calixto II, en el Concilio de Letrán I, decretó que
los matrimonios clericales no eran válidos.
Basta ver todo el bla,
bla, bla, vacío, de cuanto articulito anda por allí sobre "la
espiritualidad" del celibato para descubrir la verdadera blasfemia, la
que hace perversa la obra del buen Dios, tan creador del espíritu como
del cuerpo y del sexo. Y, además, ¿por qué no puede ser "espiritual" un
hombre casado o una mujer en el matrimonio, dedicados cien por cien a
la evangelización, a los estudios o a las ciencias como los hay y los
ha habido siempre? Toda esa monserga barata sobre la espiritualidad del
celibato no sólo es un ejercicio de verbosidad sino que es una prédica
peligrosa porque puede inducir a personas de alma noble a ingresar en
el sacerdocio célibe para convertirse después en la cantidad de
corruptores de menores que aflige al catolicismo internacionalmente o
al suicidio de seres nobles y sinceros como lamentablemente se han dado
entre nosotros.
5. La confesión de los pecados
Lo que hoy día se conoce en los círculos católicos como "confesarse" y "la confesión" fue apareciendo a fines del Siglo X y principios del XI y se fue estableciendo gracias a los libros que enseñaban a manejar esta nueva práctica religiosa. Los monjes fueron quienes se ocuparon de dichas tareas.
Burchard de Worms fue monje en la Abadía de
Lobbes. En 1007 obtuvo el Obispado de Worms en las cercanías de la
actual ciudad alemana de Colonia. Se propuso escribir un tratado que
reuniera las resoluciones que se venían tomando en las diversas
reuniones de obispos de la Iglesia de Occidente. Particularmente, puso
toda su atención en las prescripciones dadas por un elemento nuevo en
la iglesia, los libros penitenciales, que habían comenzado a aparecer a
fines del siglo décimo, junto con el invento de la confesión secreta de
los pecados a un sacerdote en privado. Estos libros contenían la
descripción de todos los posibles pecados, a los que se agregaba la
pena con la que debían redimirse. Dichos textos se venían extendiendo
por todo Occidente y eran de gran utilidad en manos de los jefes
religiosos para prohibir lo que creían inmoral y dotar al mismo tiempo
a la cristiandad de un incipiente código de conducta.
El Obispo de
Worms escribió así su “Decretum”, inspirándose y transcribiendo al pie
de la letra muchas veces loa conceptos que habían sido vertidos a
principios de ese siglo décimo por Reginón de Prüm, monje jefe de la
Abadía de Saint Martin, en sus libros "Des causes générales" y "De la
discipline eclesiastique".
El "Decretum" tuvo un éxito notable. Lo
utilizaron todos los obispos del Imperio para enseñarles a los
sacerdotes las normas de cómo debían proceder en la confesión de los
pecados, llamada ahora “confesión auricular", el nuevo instrumento de
que disponía la Iglesia para el control de las comunidades cristianas.
Estas normas se fueron desarrollando paulatinamente. Dice Georges Duby
que "los sacerdotes debían ayudar a los pecadores a purgarse
completamente"(…) los forzaban a confesar y los presionaban a "que
fueran más lejos y examinaran lúcidamente lo más profundo de su alma" 10.
A
continuación, el investigador Duby transcribe párrafos enteros de la
obra del Obispo de Worms: "Quizás, mi querido amigo, no recuerdes todo
lo que has cometido, pero voy a interrogarte, y tú, presta mucha
atención de no ocultar nada a instigación del diablo" (ibid.). "No vais
a prestar juramento frente a un hombre, sino frente a Dios (…) Tratad
de no ocultar nada, de no ser condenados eternamente…" (p.24). Esta
última frase era la palanca que daba fuerza real al ejercicio de poder
y dominación que significaba este nuevo invento: el terror del más
allá. No es extraño pues que, en la época actual, de creciente
descreimiento, el nuevo Papa Benedicto XVI se apresure a recordar al
mundo que existe el diablo.
Gracias a la confesión auricular la
Iglesia logró, a partir del Siglo X, meterse en lo más íntimo de las
familias y controlar la gente, principalmente mediante las mujeres que
vendrían a ser el instrumento principal para apoderarse de toda la
familia. A éstas les manda preguntar el Obispo "si te has fabricado una
máquina de tamaño adecuado para meterla en tu sexo o en el de tus
compañeras o si se juntan con otras mujeres como si pudieran unirse
para apagar el deseo que las atormenta" (p.26). Más inquisitivo aún,
el Obispo pregunta: "¡Has fornicado con tu hijito, quiero decir, lo has
colocado sobre tu sexo e imitado de este modo la fornicación?" Las
preguntas que deben hacer los confesores siguen subiendo de tono: "¿Te
has ofrecido a un animal? ¿Lo has provocado al coito por medio de algún
artificio?" o "has vendido, como las putas, tu cuerpo a amantes para
que estos gocen?"
Todo este cuestionario parece más bien una
exposición de desviaciones sexuales cada vez más álgido y desviado,
destinado a humillar a la mujer de tal manera que le hiciera perder la
noción de respeto de sí misma y convertirla en fácil presa del
prepotente invasor de la inviolable privacidad del ser humano. Sobre
todo, la Iglesia logró meter un cura entre el marido y la mujer y,
mediante esta artimaña, dominar eficazmente al varón, cosa que persiste
hasta hoy. Con increíble desvergüenza, el obispo sigue instruyendo a
los confesores. Deben preguntarles detalladamente a las mujeres: "¿Has
probado el semen de tu hombre para que se consuma de amor por ti o has
¿has mezclado en lo que bebe y en lo que come diabólicos y repugnantes
afrodisíacos, pequeños pescados que maceraste en tu regazo, ese pan que
amasaste sobre tus nalgas desnudas o bien un poco de sangre de tus
menstruos …" (p.27).
Bien podría pensarse que estas instrucciones
episcopales sobre lo que se vendrá a llamar el "sacramento de la
confesión" son los antecedentes de la literatura pornográfica.
6. La demonización de la mujer
Los
sacerdotes estaban convencidos del poder maligno de las mujeres sobre
los varones. Por eso, muchas de las preguntas que debían hacer los
confesores en el confesionario, se refieren a ese poder. Véase la
siguiente: "Has untado de miel tu cuerpo desnudo, colocado trigo sobre
una sábana en el suelo para envolverte en ella, recogido con cuidado
todos los granos pegados a tu cuerpo y, luego, los has molido haciendo
girar la rueda de molino en sentido contrario al sol y con esa harina
has hecho un pan para tu marido con el propósito de que se debilite"
(p.29).
En este tema ya cercano a la magia, loa confesores debían
iniciar otro grupo de preguntas referentes a la brujería. Junto con la
lujuria, la brujería es otro de los grandes temas que la Iglesia
atribuía a las mujeres. Muy poco tiempo después, instituida ya la
Inquisición, cantidad de mujeres irían a la hoguera por el crimen de
practicar la brujería. Véase esta pregunta: "Cuando reposas en el
lecho con tu marido recostado sobre tu pecho, en el silencio de la
noche y con las puertas cerradas, ¿crees poder salir volando por los
aires y recorrer los espacios junto a otras mujeres y matar sin armas
visibles a los varones bautizados y redimidos por la sangre de Cristo,
para luego comer juntas su carne cocida y colocar paja o madera u otra
cosa en el lugar de su corazón y luego volverlos a la vida?"
Más
aún, el Obispo manda investigar a fin de poder descubrir a estas
mujeres y, una vez identificadas las que salían a cabalgar por los
aires en compañía de una multitud de demonios de apariencia femenina,
expulsarlas por todos los medios de la comunidad. En el siglo 13, este
"por todos los medios" se convertiría en quemarlas vivas en las
hogueras de la Inquisición.
Gracias a Burchard se conoce el texto
del juramento que en esa época se les exigía a los cónyuges al contraer
matrimonio. El investigador Duby lo transcribe tomándolo del Libro XI
del Decretum. Los obispos habían establecido que el marido declarara:
"La tendré desde ahora tal como dice el Derecho que un marido debe
tener a su mujer, queriéndola en la disciplina requerida (…)". La
esposa había de jurar: "Desde ahora lo cuidaré y lo rodearé con mis
brazos y a él me someteré; seré obediente y estaré a su servicio con
amor y con temor, tal como el Derecho dice que la esposa debe estar
sometida a su marido"(p. 35). El marido era responsable de los actos y
pensamientos de su esposa y si ella o cualquiera de las otras mujeres
de su casa decían o hacían algo que la Iglesia reprobaba, él debía
castigarlas aun físicamente. Por otra parte, los castigos o penitencias
impuestos oficialmente por la Iglesia a las mujeres eran muchísimo más
severos que los que se aplicaban a los varones.
Otro de estos
obispos escritores fue Étienne de Fougères, Obispo de Rennes a partir
de 1168. Es uno de los mejores exponentes del concepto en que los
altos jefes de la Iglesia tenían a las mujeres. En su libro Livre de manières
(1174) se dirigió a la clase altas, a los cortesanos, a los que
distribuyó en tres partes: primero, los que dominan (los reyes, los
clérigos, los caballeros); después, los dominados (los campesinos, los
burgueses); finalmente y en clase aparte, las mujeres, las que aparecen
en los altos salones. El religioso las veía ociosas, vanidosas,
fáciles, víctimas del Demonio, listas para frustrar los planes de Dios
y engañar a los hombres.
En primer lugar, el libro episcopal se
detiene en los cosméticos (todos los eclesiásticos de la época
fustigaban con vehemencia los cosméticos). Las mujeres, decían, los
usaban para falsificar la realidad de su cuerpo. Declara el obispo
Fougères: "putas, vuélvense vírgenes; de feas y arrugadas, bellas". Uno
de los más graves propósitos que el Prelado atribuye a las mujeres es
tratar de evitar la procreación. Otro de los grandes crímenes
perpetrados por la mujer es embrujar a los hombres dominándolos con
encantamientos e incluso matarlos. Matar a su señor, al marido, a quien
sus padres habían legalmente entregado y a quien debían total
obediencia. Al no tolerar el dominio del marido, pérfidas y rebeldes,
las mujeres intentan deshacerse de él mediante su mejor venganza, el
amante y el adulterio.
Aquí, el Obispo entra en su tema preferido:
la lujuria. Los placeres del sexo son la única preocupación de la
mujer; el deseo las consume. Al negarse al esposo por venganza,
insatisfechas, corren tras los galanes o, peor, se deleitan entre
ellas. Al respecto, Georges Duby declara: “los sacerdotes (…)
consideraban que la raíz del mal (…) era la impetuosa sensualidad de la
que éstas (las mujeres) estaban dotadas por la naturaleza” (p.18).
Otro
importante texto de enseñanza "religiosa" de la época es el escrito por
Marbode, conocido simplemente como “Marbode Obispo de Rennes",
fallecido en 1123. Compuso un libro, el Livre des dix chapitres, de gran influencia en su época, especialmente en sus sucesores en el Obispado de Rennes.
Se
refiere a “la prostituida”, Eva, convencida por el Demonio para que
probara lo prohibido; “es la enemiga del género masculino”. Sólo sabe
crear escándalos, riñas y sediciones; es pendenciera, avara, ligera,
celosa. El Obispo se vale de un antiguo símbolo, la Quimera. Cabeza de
león con cola de dragón; envolvente, carnicera, viscosa, sembradora de
muerte y condenación eterna. Pide que nadie sueñe con detener a
semejante monstruo porque su fuerza es invencible; sólo se debe huir de
él, de inmediato. ¡Huir de la mujer!, concepto que ciertamente no han
abandonado11. La mujer es siempre la culpable y eso en múltiples grados; el varón sólo pecó por consentir, quizás por ser generoso
Muchos
otros escritores han poblado la Edad Media con documentos referentes a
la mujer. En mayor o menor escala, todos ellos coinciden y dependen del
pensamiento de San Agustín. Parten de la exposición del capítulo
segundo del Génesis; es decir, el segundo relato de la creación en el
que Dios no crea a la mujer directamente sino que la saca de una
costilla del varón. El investigador Georges Duby los estudia y resume
sus textos en varios capítulos de su libro ya citado. Aquí se
mencionarán sólo algunos de los nombres más conocidos, como Rupert de
Liège, Abelardo12, Pierre le Mangeur, Hugues de Saint
Victor, André de Saint Victor, quienes a su vez citaban a escritores
anteriores tales como Beda el Venerable, a comienzos del Siglo VIII,
Alcuino a fines de ese mismo siglo y Raban Maur del Siglo IX. Al
respecto, concluye Duby: "… en el mundo monástico, la cuestión está
clara: el pecado es la mujer; el sexo, el fruto prohibido"(p. 65), un
fruto prohibido que se está siempre ofreciendo. Los varones son sólo
víctimas, quizás por débiles, quizás por demasiado generosos.
A
propósito, Duby trae una anécdota que tomó a su vez del cronista inglés
Raoul de Coggeshall. Alrededor de 1180, dice el cronista, un canónigo
–Gervais de Tilbury– huésped del Arzobispo de Reims, se paseaba por los
viñedos de Champaña cuando repentinamente se topó con una joven cuya
belleza lo impactó profundamente. Le hizo conocer sus intenciones pero
la muchacha lo rechazó diciendo: "Si pierdo mi virginidad, me
condeno". El religioso se asombró. ¿Cómo alguien podía resistírsele?
"No hay duda, pensó, esa mujer no es normal; es una hereje, una de esas
cátaras13 que se obstinan en considerar diabólica toda
copulación". Trató de hacerla razonar y al no lograrlo, la denunció a
la Inquisición. Fue arrestada y juzgada; la prueba era irrefutable; se
trataría sin duda de una cátara obstinada. La pobre muchacha acabó
quemada viva en la hoguera (Duby, p. 75).
Uno de los géneros
literarios más cultivados en la Edad Media fue el epistolar. Se
conservan grandes cantidades de cartas escritas principalmente por
abades y monjes, dirigidas a damas de alto vuelo social, esposas de
importantes dignatarios o viudas de caballeros o guerreros de fama. No
faltan, por otra parte, las escritas para las vírgenes consagradas a
Dios en los monasterios. Son generalmente epístolas preparadas con gran
cuidado y elegancia literaria que serían leídas luego en público ya sea
en la mansión señorial, en hogares privados o en el monasterio. Las
oirían tanto los miembros de la mansión como el pueblo en general o el
personal de servicio en el monasterio o el castillo. El estudioso Duby
las comenta largamente citando una larga lista de escritores. Para este
trabajo, se han seleccionado algunos ejemplos: Adam, Abad de Perseigne
a Blanca de Champaña, Hugues de Fleury a Adèle Condesa de Blois, el
Obispo Ives de Chartres a Matilde Reina de Inglaterra. En todos ellos
se ve la imagen que los sacerdotes tenían de las mujeres, pecadoras que
ellos debían rescatar del dominio del demonio.
Adam la emprende
contra la ropa; dice que el vestido destaca lo que hay de perturbador
en el cuerpo femenino. Esos atuendos lujosos son imagen del peso carnal
que conduce a la inmundicia. Es absurdo adornar el jarrón de
excrementos que es el cuerpo, esa carne que hay que castigar y
mortificar en vez de engalanar.
Hugues de Fleury declara que dos son
las características principales de la naturaleza femenina: la
"infirmitas", la debilidad que las hace frágiles y la "carnalitas", el
peso de lo carnal que las empuja hacia abajo. Si alguna mujer posee
alguna característica de fortaleza, se debe a la bondad de Dios que le
ha dado algo de virilidad.
El Obispo Yves alaba a la Reina Matilde
porque "Dios puso fuerza viril en su pecho de mujer". Comenta Duby que
"los sacerdotes deducen de todo eso que la mujer debe estar
constantemente bajo la tutela masculina" (86).
7. La deificación de la mujer
Otra
característica sumamente típica de la Edad Media fue la deificación de
la mujer. Aunque parezca contradictorio, este rasgo medieval es muy
importante en comparación con los anteriores. Es como su antípoda y
aparece en toda su fuerza en dos aspectos de la realidad medieval: el
culto religioso a la Virgen María, manifestado en todas las prácticas
de devoción, en la poesía, en el arte y la arquitectura en toda Europa
y el culto secular a la dama en las tradiciones de la nobleza y de la
caballería
En contraposición a la general condenación del sexo
femenino, esta actitud contraria significa la más exitosa exaltación de
la mujer. Para entender esta aparente contradicción es necesario
examinar la dicotomía que fue apareciendo ya en primeros siglos del
cristianismo: la primera Eva vs. la nueva Eva. Especialmente en los
comienzos del catolicismo surge un coro de maldiciones a la primera
mujer, Eva; poco a poco, fue creciendo la imagen contraria: la nueva
Eva, la Eva sin pecado y también sin sexo y sin feminidad. Con este
ascenso de la mujer sin sexo, tenemos entonces en el Medioevo dos
figuras de mujer:
la "sin sexo", triunfante, prácticamente
deificada, y la "con sexo", humillada, de rodillas, pidiendo perdón con
lágrimas y arrepentimiento.
A mediados del siglo quinto, los
concilios de Éfeso y Calcedonia, habían dejado establecido el título de
"Madre de Dios" y "Virgen y Madre" para la madre de Jesucristo. Al ir
avanzando la Edad Media, todas la ciudades europeas van dedicando sus
catedrales y principales iglesias a "Nuestra Señora". Sin embargo, al
principio no fue así. Dice Guy Bechtel en Las cuatro mujeres de Dios 14:
En la Biblia no aparecen muchas santas. La Virgen María todavía no lo
era puesto que no era perfecta e incluso alguna vez llegó a dudar. A
veces exasperaba a Jesús, como sus otros hijos. Es evidente que no
comprendió el excepcional destino del Mesías. Sabemos que, a su vez, él
la dispensó de la tarea de difundir su mensaje (p. 200).15
En
el Siglo V, el Papa León I afirmaba que "Cristo solamente fue inocente
porque él sólo había sido concebido sin la suciedad y la concupiscencia
de la carne" (Op.T, p. 78). La fuente de toda la teología católica,
Santo Tomás de Aquino, en el Siglo XIII todavía declaraba que María
había sido concebida en pecado (Summa Theologica, Part 3, p.65).
Sin
embargo, a medida que pasaron los años se le dedicaron cantidad de
obras literarias y musicales, estatuas y advocaciones sin fin. Se le
atribuyeron asombrosos milagros y apariciones. El culto llamado
"mariano" dominó de tal manera que cuanta catedral apareció en la Edad
Media se dedicó a "Notre Dame". Las primeras manifestaciones de la
lírica culta española están dedicadas a ella. Los milagros de Nuestra Señora,
de Gonzalo de Berceo, proclaman en el mismo Siglo XIII inclusive
horribles batallas contra el infierno ganadas por la Virgen María. Se
le atribuyeron calidades míticas tales como "Reina del Cielo", "Reina
de la Mañana", "Mediadora Universal", "Madre de la Humanidad",
"Estrella del Mar", "Puerta del Cielo"; la mayor parte de las cuales
pertenecían a diosas de la antigüedad, tales como Asherah, la Reina del
Cielo, según el testimonio del Profeta Jeremías (cap. 44, vers. 17), o
Isis, la diosa virgen y madre de los egipcios, que no dejaba de ser
virgen por ser madre16.
Es un proceso de deificación de
la mujer sin sexo que cobra cada vez más vuelo. Tanto que en el Siglo
XVIII, un escritor famoso, San Alfonso María de Ligorio, llega hasta
declarar que "seremos más rápidamente oídos por Dios y salvados
acudiendo a María e invocando su santo nombre que el de nuestro
Salvador, Jesús" (Las glorias de María, pag. 82). Lo interesante del
caso es que Jesucristo mismo lo había prohibido, según se lee en el
Evangelio de San Lucas, cap. 11, vers. 27. Frente a la mujer que
celebró un inspirado discurso de Jesús con aquella exclamación:
"Bienaventurado el vientre que te llevó", Jesús mismo respondió: "Más
bien bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan".
Este
renacimiento de la diosa, "la Reina poderosa" que cantaba Berceo, se da
también fuera del ámbito religioso. Es característico del Medioevo el
caballero que lucha por su dama a quien le dedica todas sus victorias.
Es una dama purísima, inalcanzable e intocable a la que jura una
fidelidad incondicional, la cual lo lleva a la purificación total. Para
entregarse a ella se hace "cruzado". ¿Qué diferencia hay entre esta
dama ideal que purifica y consagra al caballero y la Virgen María
predicada por el Abad del Císter, San Bernardo de Clairvaux, al
promocionar la Orden de los Caballeros Templarios?: "Dios ha puesto la
totalidad de todos los bienes en María y quiere que la honremos pues si
nos queda alguna esperanza de salvación, sólo de ella nos viene".
Incluso Cervantes, en la obra que dio por terminada la novela de caballería, El Quijote, con
su burla cruel del caballero ideal, deja bien parada a la dama, una
humilde campesina idealizada con el nombre de Dulcinea, que recuerda
una de las celebraciones más famosas de la Virgen María, lograda
precisamente por España en el año 1513, el Dulce Nombre de María17.
Para
concluir estas consideraciones sobre este doble aspecto de la mujer,
quizás lo más adecuado sea ver la cuestión a través de un documento del
Siglo XX, Carta a las mujeres, del Papa Juan Pablo II con motivo de la
Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer, celebrada en Beijing en
septiembre de 1995. El papa declara que su intención es celebrar el
"genio de la mujer" e identifica este genio femenino con la disposición
de "servir" y dice textualmente que "la más alta expresión del genio
femenino es la Virgen María". De inmediato agrega citando el Evangelio
de San Lucas (1:38) que la esencia misma de María es ser "la sirvienta
del Señor", que se puso a sí misma como servidora de Dios y de los
demás. Recuerda el Papa a continuación que no en vano es ella llamada
"Reina del Cielo y de la tierra" porque "su reinar es servir". Se apura
el Papa a terminar su carta recordando que este servicio no es el
ministerial, ya que el servicio ministerial sólo les pertenece a los
varones debido a su sublime grandeza.
Quizás estemos otra vez al
principio, que la condición esencial de la inferioridad femenina hace
que la mujer sólo se redima siendo "la esclava" (Lucas 1: 38)
Esta
progresiva divinización de una mujer surge paralelamente al
envilecimiento y difamación de la mujer en general. Es la nueva "madre
de los vivientes", la nueva Eva. Todos los predicadores y escritores
medievales se encantan ante la antinomia de Eva y María y producen
innumerables escritos al respecto. Dice Jacques Dalarun, citando al
Abad de Vendome: "La buena María ha dado a luz a Cristo y, en Cristo,
ha dado a luz a los cristianos". Ella es "la madre de todos los que
viven por la gracia en oposición a Eva, madre de todos los que mueren
por la naturaleza" (p. 41).
Se puede afirmar pues que esta
divinización de la mujer ideal resulta directamente en la depreciación
de la mujer en general. Un ejemplo de esta afirmación está ocurriendo
ahora mismo en nuestros días. La muy famosa novela actual de Dan
Brown, El código Da Vinci, popularizó la vieja creencia de que María
Magdalena era la esposa de Jesucristo. ¿Qué es lo que dicen
espontáneamente cuantos obispos o laicos se han explayado sobre el
tema? ¡Blasfemia! ¿Blasfemia? ¿Qué Jesucristo, digamos debidamente
casado, haya tocado mujer, es blasfemia? Pero ¿No hizo Dios mismo el
sexo? ¿No hizo Dios el matrimonio? ¿No es Jesucristo verdadero hombre,
según todos los escritores católicos? ?No es el sexo parte esencial del
ser humano, más aún, de la creación entera? Blasfemia más bien parece
lo contrario, el que no haya tocado mujer. De todos modos, la prueba
máxima de que la demonización de la mujer todavía opera en la
subconsciencia de los países dominados por el catolicismo, la tenemos
hoy día palpable y evidente; es el mismo maniqueísmo18 de San Agustín, perpetuado hasta nuestros días.
8. La mujer bruja
En
el Antiguo Testamento, Dios mandaba matar a las mujeres dedicadas a la
brujería: “A la bruja (hechicera) no la dejarás con vida” dice el libro
del Éxodo (22:18). No había brujos, sólo brujas19. De todos
modos, las persecuciones de brujas no se tornaron tan violentas como
otras matanzas mencionadas por la Biblia y la historia, excepto el caso
de la famosa astrónoma, profesora de matemáticas, Hypatía, directora
de la Escuela de Alejandría. Monjes, secuaces del Obispo San Cirilo de
Alejandría, la asaltaron, la arrastraron por las calles, le arrancaron
la piel y la quemaron. Esta horrible muerte se destinaba a las brujas.
Parecería que la profesión de la astronomía les sonaba a estos
religiosos algo así como brujería. Además, las matemáticas eran mal
vistas en los ambientes cristianos de la época.
Se entendía por
“bruja” una mujer que supuestamente se ponía en tratos con el demonio.
Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, siguiendo a San Agustín (siglo
IV) había estudiado cuidadosamente las relaciones de los seres humanos
con los demonios y había logrado descubrir que éstos, para adquirir
poder sobre la humanidad, “intervienen secretamente y anuncian sucesos
futuros que ellos conocen”. (Summa Theologica 2-2, q. 95)
Sin
embargo, es recién a fines de la Edad Media y en los albores de la Edad
Moderna que recrudece y se generaliza la persecución de las mujeres
bajo la acusación de brujería. Durante la época del auge de la
Inquisición, siglos XV al XVII, fueron oficialmente asesinadas más
mujeres que hombres. Con gran frecuencia, las mujeres eran acusadas de
ser brujas, endemoniadas o de mantener relaciones sexuales con el
demonio. Más aún, con admirable conocimiento, los clérigos clasificaban
a los demonios según prefirieran estar encima o debajo, con los
títulos de “incubus” o “succubus”, siendo éste último un demonio hembra.
Constantemente
sufrieron las parteras la posibilidad de morir quemadas, especialmente
si el feto nacía muerto porque se las acusaba de ser agentes de Satanás
para poblar el Infierno con niños no bautizados. Típico es el caso de
la partera licenciada Walpurga Hausmännin, quemada viva atada a una
estaca en Haugsburg en 1587. Aunque se defendió proclamando su
inocencia, al fin y bajo la fuerza de horribles torturas, confesó toda
clase de tratos con el demonio según el gusto de sus jueces y acusadores20.
Según
el estudio del Prof. Carl Sagan, de Harvard University, la impunidad
con que operaban los religiosos inquisidores llevó a la muerte más
cruel a elevado número de personas. Las cifras son asombrosas. Según la
investigación más reciente, se calcula que hubo cerca de 100.000 causas
de brujería en Europa; de las cuales, unas 50.000 personas acabaron en
la hoguera. La fuerza de las persecuciones varió mucho de país a país.
La mitad de las quemas de brujas ocurrieron en las naciones germánicas,
donde fueron ejecutadas 25.000 personas 21.
"Los juicios entablados contra las brujas fueron comunes en los siglos XVI y XVII"22,
afirma la autorizada Kate Ravilious en sus escritos sobre ciencia en
York, Inglaterra. En su análisis de los juicios contra las brujas de
Cornwall, dice que "un simple comentario era suficiente para llevar a
alguien a la horca" y agrega que "durante el año 1650, más de
veinticinco personas fueron enviadas a la prisión de Launceston Gaol en
Cornwall, después de que una mujer fue acusada por sus vecinos de ser
bruja". La escritora continúa su exposición citando a Jason Semmens,
Curador Asistente del Museo Horsham, en Sussex, experto en casos de
brujería en Cornwall, durante el Siglo XVII. Semmens dice que "la
acusada prontamente implicaba a otras mujeres en su alegada práctica de
las artes oscuras, alguna de las cuales ciertamente era ejecutada"
(pag. 41).
"No obstante la persecución, la brujería siguió siendo
popular" declara Marion Gibson, de la Universidad de Exeter,
especialista en ideas no cristianas durante los siglos XVI y XVII.
Dice: "Cada pequeña aldea tenía personas con fama de ser hábiles en
artes mágicas y, con un motivo u otro, la gente de la zona iba a ellas
en busca de sus servicios especializados, tal como hoy vamos al abogado
o al plomero"23. Sin embargo, tanto los que practicaban las
artes mágicas como los que las recibían operaban en el máximo secreto
por temor a los posibles castigos e incluso la muerte.
La escritora
Ravilious comenta que, "a lo largo de los siglos, mucha gente en las
islas británicas, ha apelado a las brujas en tiempos de necesidad para
curar de un dolor de muelas o preparar una bebida que indujera el amor
o para dañar a un vecino" y explica que "se consideraba la brujería y
los rituales de muchos sistemas paganos como el control del mundo
mediante ritos y encantamientos" (p. 42).
Lo que la escritora
Ravilious afirma de las islas británicas puede decirse de todo el
mundo. Pocos o ningunos documentos escritos se hallan de esta práctica
debido al estricto secreto con que se rodeaba en círculos cerrados que
jamás permitían que dichos rituales cayeran en manos de personas no
iniciadas.
9. La persecución de la mujer
Según
el parecer de la mayoría de los estudiosos, fue un documento emitido
por el pontífice romano Inocencio VIII, la Bula “Summis Desiderantes
Affectibus” (“Deseando con ardiente anhelo”) del 5 de diciembre de
1484, el que desató la obsesión de espiar la vida de las mujeres para
detectar posibles brujas encubiertas lanzando así la más despiadada
persecución de la mujeres en la cultura occidental. Aunque la imagen
contemporánea de la bruja es una anciana de aspecto repugnante, las así
llamadas brujas casi siempre fueron mujeres jóvenes, doncellas o
esposas, en nada diferentes del resto de la comunidad.
No se puede
afirmar que el Papa Inocencio VIII haya lanzado esta persecución por
razones de misoginia o celo religioso. Él mismo tuvo varias amantes e
hijos ilegítimos y bastardos, a uno de los cuales –Franceschetto- casó
con Magdalena de Medici para encumbrar su oscura familia mediante la
alianza con los poderosos florentinos. Él era un mero Juan Bautista
Cibo, sin alcurnia alguna. Más aún, en 1488, hizo cardenal a Giovanni
de Medici, de sólo 14 años de edad, el futuro Papa León X. También le
otorgó el cardenalato a Lorenzo Cibo, hijo ilegítimo de su hermano. Es
extraño que este Papa haya puesto tanto celo para tratar de los
demonios como el que puso para prohibir el Primer Congreso de
Filosofía, propuesto por los sabios de la época encabezados por el
admirable Pico della Mirandola.
Dejando de lado el estudio de las
razones por las cuales Inocencio VIII haya desatado tan tremenda
persecución contra las mujeres, es importante conocer aquí algunos de
los términos principales de la bula papal. Dice el documento que,
habiendo llegado a sus oídos -no sin gran pena- que en ciertas partes
del norte de Alemania y otras provincias, muchas personas se entregan
a demonios masculinos o femeninos y mediante sus encantamientos y
conjuros y otros abominables sortilegios, ofensas y crímenes, impiden
la procreación de los seres humanos y los animales, arruinan las
cosechas, los ganados y los frutos de la tierra y afligen con gran pena
a la gente, ha decidido nombrar a Heinrich Kramer y a Jacob Sprenger,
de la Orden de los Padres Dominicos, para que “sin limitaciones o
impedimentos y en total libertad” procedan a castigar, aprisionar y
corregir a las personas que ejerzan los crímenes de brujería y pactos
con el demonio.
La primera medida que tomaron los inquisidores fue
escribir un manual que sirviera de guía para detectar, enjuiciar y
terminar de una vez por todas el trato con Satanás, especialmente el
ejercicio del sexo con los demonios ya que "tal práctica causaba el
nacimiento de monstruos y otros seres execrables que luego merodean por
los pueblos aterrorizando y causando serios daños". Dicho manual lleva
el título de “Malleus maleficarum” (Martillo de las brujas), de 1486.
Esta
obra se convirtió en la regla de todas las actividades contra las
mujeres acusadas de mantener relaciones sexuales con Satanás en los
diversos países dominados por el catolicismo y más tarde también entre
los protestantes. Diversos autores han querido ver el “Martillo” como
el ejemplo máximo del antifeminismo. Sin embargo, Walter Stephens,
profesor de Johns Hopkins University , en su obra Demon Lovers Witchcraft, Sex and the Crisis of Belief
(Amantes de los demonios. Brujería, sexo y crisis de las creencias), si
bien admite que la sección sexta de la primera parte es definidamente
misógina, todo el libro no lo es ya que la finalidad primordial del
libro es demostrar la existencia del demonio y su constante actividad
contra los seres humanos.
En la sección sexta del Malleus, los
religiosos inquisidores Kramer y Sprenger declaran que las “mujeres
hacen todas las cosas a causa de sus deseos carnales, insaciables en
ellas. Por tal razón y para satisfacer su lujuria las mujeres llegan
hasta tratar con los demonios” (pag. 34). El trato diabólico es
esencial en la brujería; los inquisidores afirman que todas las brujas
experimentan sexualmente con el demonio y que necesariamente las
mujeres “se regodean en inmundicias diabólicas mediante la copulación
carnal con diablos íncubos y súcubos y se consagran completamente a
ellos”.
A pesar de estas afirmaciones, la verdadera finalidad de
esta obra capital en la literatura católica de los comienzos de la era
moderna fue probar que los demonios no eran imaginarios y que la prueba
de su existencia real era la unión carnal con mujeres. Según los
mencionados religiosos, el hecho de que la brujería tenga que ver
principalmente con el sexo femenino surge de la naturaleza psicológica
y física de la mujer, que la hace naturalmente socia y compañera ideal
de los diablos, declaran los inquisidores. (Los subrayados son nuestros)
Según
Stephens, el mismo Pico della Mirandola, citado anteriormente, se
convirtió en gran entusiasta del Malleus declarando en 1523 que el
Malleus no era en realidad contra las brujas sino contra los que no
creían en los demonios y sus actividades con los seres humanos (sic)24.
10. Pornografía metafísica
Un
efecto lateral de toda esta acción persecutoria fue el nacimiento de
una pornografía metafísica o teológica. Cantidad de pinturas y
panfletos de la época pintan gráficamente los encuentros de hermosas
muchachas en su relación con diablos en diversas y atrevidas posturas.
Baste para ejemplo el grabado del artista Hans Baldung Grien en el año
1515, presentado por Stephens en su obra arriba citada, en que un
demonio en figura de dragón introduce una larga lengua en las partes
privadas de una bella joven vista lateralmente (p. 109)
Avanzando el
tiempo, esta persecución a la mujer pasa a América. Ya casi en las
puertas del siglo XVIII, en Diciembre de 1692, se desató en Salem,
Massachussets, la más espantosa caza de brujas que llevó a cantidad de
mujeres a la horca o a la cárcel.
Lo más interesante en este tema
del demonio y su relación con los seres humanos es el anuncio aparecido
en el New York Times, el 15 de septiembre de 2005, que informa sobre un
congreso de exorcistas25 realizado en Roma. El Papa
Benedicto XVI les expresó sus mejores deseos y los animó a “llevar
adelante su importante trabajo en el servicio de la Iglesia”. Informa
el periódico que no se hicieron públicas las conclusiones ni los temas
de dicha convención pero que era evidente que el exorcismo iba ganando
un papel cada vez más prominente en la Iglesia Católica. El Papa Juan
Pablo II, antes de morir, se había estado ocupando personalmente de la
revisión del Manual para los Exorcismos y, según se informó, él mismo
tomó parte en un exorcismo contra Satanás, celebrado en el año 2000.
La Universidad Vaticana Regina Apostolorum ofrece este año un curso
especial sobre exorcismos, destinado a sacerdotes. El mismo curso, el
año pasado resultó ser sumamente exitoso.
11. La demonización de la mujer pasa a la literatura
Los
lectores de literatura española, conocen una obra del Siglo XIV,
“Libro de buen amor”, compuesto por el sacerdote Juan Ruiz, conocido
como el “Arcipreste de Hita”.Según dice el crítico José García López,
este autor “es sin disputa el más alto poeta de nuestra literatura
medieval”. Es interesante leer allí el elogio de las mujeres pequeñas.
Dice: “Siempre quise mujer chica más que grande o mayor; no es malo
huir de un mal grande. Del mal tomar lo menor, dice el sabio. Por eso,
de las mujeres, la mejor es la menor.” 26
Alrededor de 1499 apareció La Celestina, que es probablemente el primer documento feminista de la civilización occidental. Su anónimo autor27, obviamente cansado de tanta estupidez publicada por los frailes y los predicadores contra las mujeres28,
resume las absurdas doctrinas antifeministas proclamadas desde el
principio de la cultura occidental. Pone en boca de un sirviente,
Sempronio, toda esa información, dirigida a su amo, Calisto, que
acababa de enamorarse de tal manera que no hacía otra cosa que
proclamar a los cuatro vientos la excelencia de su amada Melibea. El
propósito del criado era convencer a su Señor de que no debía amar a la
mujer sino simplemente usarla ya que el ser superior (el varón) no
debía rebajarse a querer lo inferior, según había enseñado el Filósofo.
La obra concluye castigando con la muerte a todos los que habían
participado en dicha doctrina: la alcahueta Celestina acaba asesinada
por los sirvientes de Calisto y éstos, ejecutados por la Justicia. La
muerte más estúpida la recibe el mismo Calisto por haberse prestado a
tales creencias (torpemente tropieza y se cae de lo alto de una torre).
El final más digno lo tiene Melibea que trágicamente se suicida. La
obra termina con el llanto del padre de la joven que ve la existencia
humana como juguete del absurdo.
El fragmento en cuestión dice así:
Sempronio: Lee
los historiales, estudia los filósofos, mira los poetas. Llenos están
los libros de sus viles y malos ejemplos (de las mujeres) y de las
caídas que llevaron los que en algo, como tú, las reputaron. Oye a
Salomón, donde dice que las mujeres y el vino hacen a los hombres
renegar. Aconséjate con Séneca y verás en qué las tiene. Escucha a
Aristóteles, mira a Bernardo. Gentiles, judíos, cristianos y moros,
todos en esta concordia están. (…) ¿Quién te contará sus mentiras, sus
tráfagos, sus cambios, su liviandad, sus lagrimillas, sus alteraciones,
sus osadías? Que todo lo que piensan, osan sin deliberar. ¿Sus
disimulaciones, su lengua, su engaño, su olvido, su desamor, su
ingratitud, su inconstancia, su testimoniar, su negar, su revolver, su
presunción, su vanagloria, su abatimiento, su locura, su desdén, su
soberbia, su sujeción, su parlería, su golosina, su lujuria y su
suciedad, su miedo, su atrevimiento, sus hechicerías, su manera de
embaucar, sus escarnios, su deslenguamiento, su desvergüenza, su
alcahuetería? Considera ¡qué sesito está debajo de aquellas grandes y
delgadas tocas! ¡Qué pensamiento bajo aquellas gorgueras, bajo aquel
fausto, bajo aquellas largas y autorizantes ropas! ¡Qué imperfección!
¡Qué albañales debajo de templos pintados! Por ellas es dicho: arma del
diablo, cabeza de pecado, destrucción del paraíso. ¿No has rezado en la
festividad de San Juan, donde dice: ‘Las mujeres y el vino hacen a los
hombres renegar’; donde dice: ‘Esta es la mujer, antigua malicia que a
Adán echó de los deleites del paraíso, ésta metió en el Infierno el
linaje humano; a ésta menospreció Elías profeta’, etc.
Calisto: Di,
pues, ese Adán, ese Salomón, ese David, ese Aristóteles, ese Virgilio,
esos que dices, ¿cómo se sometieron a ellas? ¿Soy más que ellos?
Sempronio:
A los que las vencieron querría que imitases y no, a los que de ellas
fueron vencidos. ¡Huye de sus engaños! ¿Sabes que hacen cosas que son
difíciles de entender? No tienen moderación, ni razón, ni intención.
Por costumbre comienzan el ofrecimiento que de sí hacen. A los que
introducen ocultamente, insultan luego en la calle. Convidan y
despiden, llaman y niegan, declaran amor y pronuncian enemistad, se
enfurecen pronto y se apaciguan luego. Quieren que adivines lo que
quieren.
¡Oh qué plaga! ¡Qué enojo! ¡Oh qué hastío es conferir con ellas más de aquel breve tiempo que son aparejadas al deleite!
Vale la pena mencionar aquí la obra que posiblemente pudo haber influido en la creación de La Celestina, arriba citada, El Corbacho.
Escrito por el Arcipreste de Talavera, Alfonso Martínez de Toledo, este
tratado apareció sin título alguno en 1498. Se lo reconocía por el
encabezamiento que se iniciaba con las siguientes palabras: “El
Arcipreste de Talavera que fabla de los vicios de las malas mujeres…”.
Su título de “Corbacho” le vino por una asociación muy posterior que se
hizo con el libro de otro famoso antifeminista Giovanni Boccaccio,
aunque la obra española nada tenga que ver con la italiana.
El
estudio del Arcipreste de Talavera consta de cuatro partes; la primera
es un tratado moral contra el sexo y la sexualidad; la segunda y la más
importante consiste en una sátira contra “los vicios, tachas e malas
condiciones de las perversas mujeres” y contra sus tretas y sus artes
de seducción. En las siguientes partes, sigue el Arcipreste con
disquisiciones sobre el orden moral.
Ya que se ha mencionado al escritor italiano, Boccaccio, corresponde citar su famoso Corbaccio,
escrito hacia 1354 y cuyo título incierto pudo provenir del español
“corbacho”, látigo, que después daría título al libro del Arcipreste de
Talavera.
Lejos de la simpatía de sus narraciones anteriores, el
Corbaccio se mueve por una agria censura a las mujeres y se enlaza con
la más dura tradición misógina, a través de una trama artificiosa de
realidad y sueño en el que se aparece al autor la sombra del marido de
la viuda para incitarlo a la censura femenina.
Así como del
Corbaccio pudo haber surgido el Talavera y de él La Celestina, así de
ella han nacido cantidad de posiciones que llegan hasta el presente.
Obviamente hay otros muchos aspectos y otros campos de la actividad
humana que no se han tocado aquí. Quedan para otros estudiosos.
En
fin, en este largo repaso de la imagen de la mujer en la Edad Media, se
han hecho necesarias incursiones en otros siglos, anteriores o
posteriores, más bien con la intención de conectar los tiempos con sus
causas y orígenes y sus derivaciones. Toda idea o movimiento, crece y
se desarrolla originando a su vez otras realidades, buenas, mejores o
peores, que vienen a ser hijas o nietas de aquellas…
Este hilvanar
de ideas medievales ha querido concentrarse en la mujer debido a la
centralidad e importancia de este punto de vista sobre otros aspectos
que nos afligen hoy día, como se ha mencionado, entre líneas, en el
presente estudio.
Notas
1 Júpiter convirtió a Leda (la hija
del Rey Thestius) en cisne hembra y él como cisne macho la fecundó. Del
huevo puesto por ella, nacieron mellizos, los héroes Cástor y Pólux
-los Gémini- que se convirtieron después en patronos de la caballería
romana, quienes adoptaron como casco -en homenaje a su madre- la forma
de un huevo cortado por la mitad.
2 Es decir "campesinos" porque
los adoradores de los dioses fueron siendo relegados al campo ya que
las autoridades y el núcleo de las ciudades eran ahora cristianos.
3 Jacques Dalarun. Historia de las mujeres - La Edad Media. Madrid: Taurus, 1992. (Pag. 29).
4
Al estudiar una cultura, es siempre muy importante considerar cómo se
relaciona dicha cultura con el cuerpo y el sexo. Baste para ejemplo el
caso de la India donde la belleza y la voluptuosidad de los cuerpos de
sus diosas exponen claramente una relación positiva y favorable.
Obsérvese, por otra parte, la misma relación en sus invasores, los
musulmanes; es obvio que están en las antípodas con la consiguiente
incapacidad de combinación. El judaísmo no tenía una disposición
negativa para sexo. La prueba está en que el simbolismo de las
relaciones de Yahvé con su pueblo Israel se basaba en la imagen del
matrimonio. De allí que la palabra "adulterio" y "fornicación" en la
Biblia se refieran frecuentemente a la idolatría. Tampoco la tenía el
Cristianismo. como derivado de aquél, ni las religiones europeas.
5
Jacques Dalarun es sumamente meritorio en los estudios medievales
debido a sus profundos estudios sobre Robert d'Arbrissel, el monje que
a principios del Siglo XII fundó un monasterio para varones y mujeres
y, a su vez, sobre las profundas convulsiones que levantó tal
fundación.
6 Editorial Taurus, Madrid España, 1992.
7Aurelius
Augustinus nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, hoy Souk
Ahras, Argelia, en el norte de África, dentro del grupo étnico conocido
como "berebere". Cursó estudios de retórica en Cartago y en el año 383
decidió ir a Roma para triunfar en su carrera y ser más romano que los
romanos penetrando en el centro de la cultura de la que se sentía ajeno
por su nacimiento provinciano. Gracias a la influencia de un pagano
ilustre, Symmacus, encargado de conseguir un profesor de retórica para
la Corte Imperial, residente entonces en Milán, logró emplearse como
tal y partió hacia allá, en compañía de su madre. Pertenecía a una
secta religiosa no cristiana, llamada Maniqueísmo; no obstante, decidió
asistir a los sermones del obispo católico de dicha ciudad, San
Ambrosio. Quedó tan impresionado por él, que resolvió hacerse católico
y recibió el bautismo de manos del mismo Ambrosio. Gracias a este
obispo aprendió a utilizar la alegoría para estudiar la Biblia. Esta
forma de leer las Escrituras de los judíos le entusiasmó y la adoptó.
Se pueden encontrar muchísimos ejemplos de su aplicación de la alegoría
repasando sus comentarios al Génesis, citados aquí. Por ejemplo: de los
cuatro ríos que bañaban el paraíso terrenal, según el relato bíblico,
San Agustín interpreta que significan "las cuatro virtudes cardinales:
prudencia, fortaleza, temperancia y justicia". Así, el río que baña la
región sumamente calurosa de Etiopía simboliza la fortaleza, con la que
se tolera la difícil y dura acción del calor. (De Genesi, 10:13 y 14);
todo lo cual muestra su gran capacidad de imaginación que, unida a su
vocación retórica, lo llevaron a multiplicar el libro único de la
Biblia en los cuarenta y un volúmenes de sus obras completas. Después
de bautizado llegó a ser obispo de Hipona (Hippo Regius, hoy Annaba,
también en Argelia, importante ciudad de África romana) desde donde
iluminó al mundo con sus extensas disquisiciones. Murió allí mismo, a
unos noventa kilómetros del lugar de su nacimiento, a los 76 años de
edad, mientras los Vándalos asaltaban la ciudad.
8 De Genesi contra Manichaeos Libri II, 11: 15 y 16.
9 I Cor. 11:3 "La cabeza de la mujer es el varón y la cabeza del varón es Cristo, que es la Sabiduría de Dios".
10 Georges Duby, Damas del Siglo XII, Madrid: Alianza Editorial, 1996
11
Gracias a esta estupidez, la Iglesia desvió la atención del pueblo
cristiano de aquello que, sí, era verdadero pecado y crimen, el abuso
de los pobres y la injusticia social, para ponerla en el sexo. Por eso,
muy pocos años después, nadie se espantó de que una nación sedicente
cristiana, invadiera, despojara, cometiera genocidio y destruyera
varias civilizaciones bajo la bendición de obispos y papas y todavía
hoy el Papa Benedicto visitara Brasil este año del 2007 y tuviera
palabras de encomio para la "colonización".
12 Abelardo creía que
solamente el varón estaba hecho a la imagen de Dios; la mujer sólo se
le parece; es apenas un reflejo de la imagen de Dios.
13"Cátaros" o albigenses, son una especie de puritanos franceses del Siglo XIII.
14 Bechtel, Guy. Las cuatro mujeres de Dios: la puta, la bruja, la santa y la tonta. Barcelona: Ediciones B, 2001
15
Véase al respecto la respuesta que Jesús le da a la gente que le dice
que su madre y sus hermanos están afuera esperándolo: "¿quiénes son mi
madre y mis hermanos? Luego, mirando a los que estaban sentados a su
alrededor, añadio: Estos son mi madre y mis hermanos pues cualquiera
que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre"
(Marcos 3:31-35)
16 Nótese que ni los griegos ni los romanos tenían
diosas vírgenes que no dejaban de serlo al convertirse en madres.
Solamente los egipcios la tenían en la persona de Isis cuya imagen en
el Siglo I la mostraba ya en Roma con su hijo Horus sobre la falda. Es
interesante verificar que precisamente un egipcio, Cirilo, Patriarca de
Alejandría es el que propuso declarar a María, Virgen y Madre de Dios y
lo realizó en el Concilio de Éfeso en el año 531, con el consiguiente
asombro de Nestorio, Patriarca de la Iglesia de Constantinopla, la
capital del Imperio, al que Cirilo hizo destronar mediante intrigas en
la Corte Imperial.
17 Luego, el 25 de noviembre de 1683, el Papa
Inocencio XI la impuso a toda la Iglesia universal mandando que el 12
de septiembre se celebrara la fiesta del Dulce Nombre para celebrar la
victoria de los cruzados que derrotaron a los turcos en la Batalla de
Viena, a las órdenes del devoto Rey de Polonia, Jan III Sobieski.
18
San Agustín del Siglo IV, era maniqueo antes de convertirse al
Cristianismo. El maniqueísmo era una doctrina gnóstica que provenía de
la región que hoy es Irak, que explicaba la existencia del mal
enseñando que había no un sólo Dios, sino dos seres omnipotentes, uno
del Bien y el otro del Mal en eterna lucha. El Bien creaba seres
espirituales y el Mal les ponía cuerpos para destruir la obra del Bien.
Ser perfecto o santo consistía en liberarse de todo lo físico o
corpóreo. Consecuentemente, iba a aparecer y apareció dentro del
Cristianismo el concepto de la "virginidad" -monjas y monjes- concepto
que no era cristiano, sino pagano; no había "vírgenes" en la religión
judía y su derivada la cristiana. En cambio, sí las había dentro de las
religiones paganas tanto europeas como americanas.
19 Nótese que
cuando se trata de varones que hacen prodigios, como en el caso de
Moisés y el Faraón (Éxodo 7:11), no se utiliza el término (brujo o
hechicero) y se sobreentiende que realizan asombrosas proezas pero,
cuando se condena, el texto hebreo utiliza expresamente el género
femenino como en el versículo 18 arriba citado.
20 Stephens, Walter. Demon Lovers. Chicago: The University of Chicago Press, 2002. (p. 1)
21 Carl Sagan. The Demon-haunted World, NY: Random House, 1995.
22 Ravilious, Kate. "Witches of Cornwal". Archaeology, Nov.-Dec., 2008, pp. 42-45, pag. 44.
23 Citado por Kate Ravilious, p. 44.
24
Con respecto a esta obsesión de descubrir seres humanos en tratos con
demonios, el Papa actual Benedicto XVI acaba de manifestarse a favor
de los estudios sobre el exorcismo, que recomienda decididamente.
25 Exorcistas son los religiosos que se dedican a echar a la calle a los demonios que se han alojado dentro de algunas personas.
26 Pérez Rioja, p. 73 (adaptado).
27
Preferimos aceptar el testimonio del mismo Fernando de Rojas de que él
no escribió sino que continuó el texto de la obra que constaba entonces
sólo del primer acto.
28 Véase como ejemplo principal El Corbacho,
del Arcipreste Alfonso Martínez de Toledo, escrito treinta años antes,
de donde la obra toma los datos referentes a la mujer. Este religioso
escribió para denunciar “los vicios, tachas e malas condiciones de las
perversas e viciosas mujeres
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