LYOTARD Y EL METARRELATO MARXISTA
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Ángel Estigarribia
Extractos de la tesis de licenciatura defendida por el autor en la
Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción en abril
de 2003.
Introducción
Jean François Lyotard se propone la deslegitimación del marxismo como
ciencia y como programa de emancipación ubicándolo como uno de los
grandes relatos de la modernidad. En este caso el último relato de
salvación que acaba de morir y que nadie quiere sustituirlo. El balance
lo realiza sobre el resultado de las experiencias de los llamados
“socialismos reales” y como perspectiva de la humanidad nos plantea el
discurso de la diferencia, la no apelación a transformación alguna.
La presente crítica es un extracto de una tesis de licenciatura que
intenta hurgar en el pensamiento de Lyotard para intentar comprender el
giro de su derrotero intelectual y a la vez de mostrar las
consecuencias políticas de su planteamiento.
Lyotard reniega del marxismo
El marxismo, según nuestro autor, ha oscilado entre los dos modos de
legitimación por los metarrelatos. Es decir, entre el modo que tiene
como sujeto a la humanidad o al pueblo y aquel que tiene como sujeto al
espíritu absoluto de la especulación. “El Partido puede ocupar el lugar
de la Universidad, el proletariado el del pueblo o la humanidad, el
materialismo dialéctico el del idealismo especulativo, etc.” De la
segunda forma resulta el stalinismo y su relación con las ciencias como
un apéndice del “metarrelato de la marcha hacia el socialismo.” Del
primer modo del metarrelato, planteado como que “el socialismo no es
más que la constitución del sujeto autónomo” y que se trata de
proporcionar “al sujeto empírico (el proletariado) los medios para su
emancipación con respecto a la alienación y a la representación” ,
participó la escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Marcuse,
Benjamín). Y aunque en este punto no lo menciona expresamente, en otras
partes también Lyotard ubica la lucha del grupo Socialismo o Barbarie
en esta versión.
Para Lyotard no es lo mismo marxismo y comunismo. La caída del Muro de
Berlín es el signo más elocuente de que el comunismo stalinista
totalitario no pasó la prueba de la historia. Las masas movilizadas
irrumpieron en la escena, derribaron a la burocracia, rompieron los
muros y pusieron fin a todo el sistema. Nadie estuvo para la defensa
del antiguo régimen totalitario, todos abrazaron la nueva bandera, tras
la ilusión del capitalismo liberal. El sistema soviético era, no sólo,
opresor y totalitario, sino que había abrumado a su población con
penurias económicas, escasez, desigualdad, corrupción. Tanto es así que
las masas terminaron por desear, aparentemente, aquello contra lo cual
siempre les enseñaron a luchar: el capitalismo de la explotación, la
exclusión, del hambre y del analfabetismo. Pero, lo que las masas
sublevadas, apenas derrotaron a la burocracia comunista, fueron a
buscar es el capitalismo del primer mundo: aquel de las libertades
formales y los supermercados. Lo que las masas desearon conquistar es
el estado de bienestar, que podía gozar una aristocracia obrera en
Europa, sobre la base de que las metrópolis sigan esquilmando al
conjunto de la humanidad.
Es posible buscar muchas explicaciones a este fenómeno. Pero,
definitivamente, junto con Lyotard podemos afirmar que “la crítica
práctica del comunismo es cosa hecha” , entendiendo este comunismo como
la versión del stalinismo totalitario expresado en los regímenes de los
estados que se han dado en llamar del “socialismo realmente existente”
y con lo cual se designaba a los ex-estados no capitalistas del este
europeo, a la exURSS, a la ex-República Popular de Vietnam y los
regímenes de China, Cuba y Corea del Norte. ¿Cuál es la crítica
práctica? En los estados donde se ha dado el derrumbe de los regímenes
totalitarios y en los que aún se mantienen, asistimos a un proceso de
restauración de la economía capitalista con desiguales ritmos y
dinámicas pero que expresan una patente realidad: el sistema
capitalista triunfa y se impone. Es necesario destacar que nunca hubo
dos economías, incluso con la aparición de los estados no capitalistas,
socialistas u obreros -según la corriente marxista que los
denomine-, la economía mundial seguía siendo dominada por el
capitalismo y, más concretamente por los estados de los monopolios
transnacionales o imperialistas.
Por otro lado ¿qué pasa con el otro marxismo? ¿Con el marxismo que ha
venido elaborando una crítica al liberalismo occidental así como al
totalitarismo del este?
Lyotard no confunde marxismo con comunismo, pero en el fondo nuestro
autor rechaza hasta la más independiente crítica marxista. Después de
la caída del Muro de Berlín y ante la consulta de amigos intelectuales
sobre la posibilidad de su participación en la continuidad de una
crítica marxista sostuvo: “Para una mente formada en la tradición del
marxismo radical, esta petición sonaba como una llamada a reemprender
nuestro trabajo de los años cincuenta y sesenta: llevar al frente el
análisis crítico del ‘capitalismo tardío’ y de la pretendida sociedad
comunista. Proyecto ciertamente conmovedor, pero perfectamente inútil”
En su libro “Moralidades posmodernas”, después de enumerar a grandes
rasgos lo que considera los aspectos fundamentales del marxismo,
Lyotard concluye: “Recordando estas grandes líneas de la crítica
marxista, por todos conocidas, experimentamos un sentimiento arcaico y
embarazoso. Influye la manera en que la evoco, pero el verdadero motivo
es que el espectro se ha desvanecido llevándose consigo el último gran
relato crítico, lejos de la escena histórica.”
¿Es el marxismo un cristianismo laico?
Esta era la visión que tenía Lyotard en 1954 cuando publicó “La
phénoménologie”, y cuando aún no pensaba que el marxismo sea un
metarrelato, decía nuestro autor “....para el marxismo el sentido de la
historia únicamente puede leerse a través de las etapas de la lucha de
clases; estas etapas están dialécticamente vinculadas con la conciencia
de sí que cobran las clases en el proceso histórico total. La clase es
definida en último análisis por la situación en las relaciones
objetivas de producción (infraestructura), pero las fluctuaciones de su
volumen y de su combatividad, que reflejan las modificaciones
incesantes de esta infraestructura, están también dialécticamente
ligadas con factores supraestructurales (políticos, religiosos,
jurídicos, ideológicos propiamente dichos). Para que la dialéctica de
la lucha de clases, motor de la historia, sea posible, es necesario que
las superestructuras entren en contradicción con la infraestructura o
producción de la vida material.”
Después del 68, la visión que tiene Lyotard del marxismo es
completamente distinta. La cosmovisión marxista, como una expresión de
la modernidad, es hija del cristianismo por cuanto que aquel, como
producto último del racionalismo ilustrado, no hace sino traducir
racionalmente la esperanza cristiana despojándolo de su cariz religioso
para convertirlo en una teleología laica. Para Lyotard el modernismo
tiene sus primeros rasgos en Pablo de Tarso y Agustín quienes adaptaron
la tradición clásica y pagana a la cristiana.
El sentido de la historia en cuanto tal no proviene del cristianismo,
sino del paganismo. “Los Antiguos inventaron la historia...” y la
enfrentaron a los otros géneros narrativos como el mito y la epopeya.
Además, “junto con Aristóteles, elaboraron el concepto de telos,” el
sentido de finalidad como perfección de la historia, el pensamiento
teleológico. Pero será el cristianismo -que Lyotard identifica con
Pablo de Tarso y Agustín- el que proporciona al pensamiento occidental
el concepto de la escatología propiamente dicha, la cual dominará el
sentido moderno de la historicidad. “La escatología narra la
experiencia de un sujeto afectado por una falta y profetiza que esta
experiencia acabará en los confines de los tiempos con la remisión del
mal, la destrucción de la muerte y la vuelta al hogar del padre, es
decir, con pleno significado” . Lo propio del cristianismo es pues, la
afirmación de la consumación de la historia, la consecución final de la
esperanza humana, la realización de la plenitud escatológica. Es por
eso que Lyotard concluye que, uno de los rasgos fundamentales de la
modernidad, el concepto escatológico de la historicidad no viene
precisamente de la Luces, de la Ilustración sino de los albores del
cristianismo.
El marxismo se propone la salvación humana por la conquista de la
sociedad sin clases, a través de una revolución social realizada por el
proletariado como sujeto social de la transformación de toda la
humanidad. Esta transformación supone el fin de la explotación del
hombre, por el hombre a través de la eliminación de la propiedad
privada y el fin de la alienación producto de la separación del hombre
del fruto de su trabajo, cuya unidad será restituida para el pleno
disfrute del producto social y, a partir de la satisfacción de las
necesidades elementales, quedarán establecidas las bases de un salto
cualitativo del desarrollo de la humanidad.
El comunismo primitivo, que reinó al principio de la humanidad, será
restablecido en el comunismo superador del capitalismo. Estructurado en
el pleno desarrollo técnico-científico posibilitará la satisfacción
plena de las necesidades vitales elementales y, dentro de una
planificación racional de la producción y del consumo, la preocupación
por la sobrevivencia dejará de ser tal. El ser humano se habrá liberado
de ella y podrá ocuparse de asuntos mucho más importantes que pondrá en
marcha la aceleración de toda la inventiva y genialidad de la raza
humana al servicio de ella misma. Esta etapa supone, no sólo la
reconciliación del hombre con el hombre, sino también la reconciliación
del hombre con la naturaleza. Básicamente este es un resumen del
objetivo marxista.
Esta concepción, al igual que los demás relatos modernos, es la
continuación laica de la escatología cristiana para Lyotard. “El relato
de las luces, la dialéctica romántica o especulativa y el relato
marxista despliegan la misma historicidad que el cristianismo, porque
conservan el principio escatológico.” Al final de la historia, en la
consumación escatológica, será restablecida la plenitud original que
reinó al principio “ley de Dios en el paraíso cristiano, ley de la
Naturaleza en el derecho natural divagado por Rousseau, sociedad sin
clases, antes que la familia, la propiedad y el Estado, imaginado por
Engels” . Por consiguiente, para Lyotard, todos los relatos de la
modernidad comparten ese sentido de esperanza cristiana, cuyo común
denominador es que lo prometido para el futuro y fin último de plenitud
es el pasado inmemorial que resultó perdido. El sentido de la historia
transcurre desde la plenitud original a la plenitud final. El fin
supone el principio. “La escatología exige una arqueología” . Pero
también, el principio espera un final. De esta manera, para nuestro
autor, este
circuito imaginario del acontecer histórico se convierte en un círculo
hermenéutico de la historicidad occidental. Dicho de otro modo, la
comprensión del proceso histórico en la modernidad se realiza en el
marco de esta relación interpretativa o, si podemos llamarlo, desde
este fundamento exegético.
Lyotard no es original al adjudicar a los discursos de la modernidad el
carácter de una traducción secularizada del cristianismo. En el relato
de nuestro autor las coincidencias son sugestivas, pero existen
notables diferencias. La ilustración no funda la posibilidad de la
emancipación humana en una intervención externa como lo hace el
cristianismo, sino en la propia humanidad y su racionalidad. La
realización final de la escatología cristiana no depende del hombre
sino de los designios de Dios. Todos los discursos de la ilustración se
fundan en la libertad del hombre y en su poder de lograr el progreso
autónomamente.
El marxismo en particular no sostiene, salvo algunos fundamentalistas,
que el socialismo o sociedad sin clases sea un destino inexorable para
la humanidad, como sí lo es la redención cristiana. Por otro lado, los
procesos de conformación de sociedades y clases sociales en la
historia, incluyendo el comunismo primitivo, son verificables
científicamente. No esta basado en leyendas religiosas. Por el
contrario, los estudiosos modernos de la Biblia descubrieron que el
contenido de los libros no son sino relatos que, por mucho tiempo,
estuvieron en la tradición oral de los pueblos y que constituyen
maneras primitivas de narrar la historia y explicarse los fenómenos de
la naturaleza. Casi todas las culturas tienen en versión religiosa un
relato que cuenta un pasado primigenio de la comunidad sin conflicto,
seguido de situaciones de guerra y enemistad, cambio que se explican
causadas por el pecado o por la ira de algún Dios. Es decir, el hecho
precede al relato.
El marxismo remite a la constatación de los procesos históricos que se
dieron: las sociedades primitivas tal como la estudiaron los
antropólogos, las sociedades esclavistas, asiáticas, la sociedad feudal
y la sociedad burguesa-capitalista. ¿Es la interpretación marxista una
laicización del cristianismo? ¿No tiene fundamento en la realidad? A
nuestro entender no basta hacer un paralelismo entre la narración
cristiana y el discurso marxista para descalificar a éste como religión
sin Dios. Habrá que deslegitimarlo criticando su análisis, sus
fundamentos teóricos y su método, cosa que falta completamente en
Lyotard. ¿La lucha de clases es un simple relato? ¿O es apenas un
aspecto marginal dentro de los innumerables conflictos humanos?
Para Marx el socialismo no sería realizable con independencia del ser
humano. Tampoco sería inevitable. No constituye una fatalidad y con
esto pierde todo fundamento la comparación con el cristianismo. El
socialismo es la superación de la sociedad basada en la propiedad
privada y la explotación del hombre por el hombre, pero no es un paso
necesario en sentido determinista. Marx y los marxistas revolucionarios
recalcaron que la lucha de clases no necesariamente iba a desembocar en
la supresión revolucionaria de las clases sociales. También podría
terminar en la eliminación mutua de los contrincantes, lo que Rosa
Luxemburgo denominó barbarie, que no es sino la descomposición social y
la regresión histórica, algo peor que el peor de los capitalismos.
Es necesario un balance teórico
La modernidad no es solamente fuente de sabiduría, luces, ruptura con
el pensamiento religioso y desarrollo del pensamiento científico y
crítico. Es también dominio, explotación, negación del otro. Y, como
dice Dussel, en América Latina, “Nunca fuimos ‘modernos’: siempre
sufrimos la ‘modernidad’” . La historia de la modernidad no es la del
simple juego de narraciones, de la disputa entre diversos discursos de
emancipación. Ha sido también la historia de la lucha entre la vida y
la muerte, entre la liberación y la opresión, de la opresión en nombre
de la liberación y de la explotación en nombre de la justicia. Como
decía Chomsky refiriéndose al período de 500 años de conquista de
América: “El tema principal de este viejo orden mundial será la
confrontación, a escala planetaria, entre conquistadores y pueblos
conquistados. Esta confrontación ha tenido formas diversas y ha
recibido diferentes nombres: imperialismo, neo-colonialismo, conflicto
Norte-Sur, centro contra periferia; G-7 (grupo de los 7 países más
industrializados) y sus satélites contra el resto del mundo. O,
simplemente aun, la conquista del mundo por Europa.” . En el transcurso
de la modernidad se pusieron a prueba dos grandes proyectos de
emancipación de la sociedad: la burguesa y la marxista. La racionalidad
burguesa y la racionalidad socialista. Tenemos que evaluar ambos, los
400 años o más de capitalismo y los 60 de un ensayo totalitario de
socialismo.
La propiedad privada es el fundamento del modo de producción
capitalista. ¿Es posible un modo de producción no basada en la
propiedad privada? Los estados no capitalistas que sobrevinieron a
partir de la revolución bolchevique de 1917 demostraron que es posible
organizar la sociedad y la producción sobre la base de la propiedad
estatal, no privada y que es posible que no sea el lucro privado el
motor de la economía. ¿Qué hubiera pasado si este tipo de experiencia
se hubiera realizado no en la Rusia atrasada y campesina sino en los
países de mayor desarrollo capitalista como lo esperaba Marx?
Indudablemente la crítica al marxismo no puede hacerse simplemente en
el marco del análisis y comparación de los relatos de la ilustración
occidentales, sino que supone un balance político de las experiencias
de convivencia en las sociedades no mercantilistas. Esas experiencias
fueron concretas. La predicción marxista, de que es posible una
revolución social que desaloje del poder a la burguesía y suprima la
propiedad privada, se demostró en los hechos, no fue un relato. La
predicción de Marx de que el socialismo sólo puede ser a escala mundial
y significa la superación de la sociedad capitalista no ha sido
demostrada aun en los hechos. Pero nadie puede decir que no sea
posible, tampoco nadie puede decir que sea inexorable.
Marxismo como callejón sin salida
“Los pasos prometidos por las grandes síntesis doctrinales terminan en
sangrientos callejones sin salida. De ahí la pesadumbre de los
espectadores en el final de este siglo XX.” El marxismo es para nuestro
autor una de las grandes síntesis doctrinales, el último producto de la
modernidad que degeneró y se volatilizó, no sin antes conducir a un
gran sector de la humanidad a la alienación y la opresión.
Parafraseando a Hegel y su famosa tesis del Prefacio a la Filosofía del
Derecho “Todo lo que es real es racional, todo lo que es racional es
real”, Lyotard reflexiona acerca del marxismo, específicamente sobre
los hechos producidos en los estados llamados comunistas: “Todo lo que
es proletario es comunista, todo lo que es comunista es proletario,
pero Berlín de 1953, Budapest de 1956, Checoslovaquia de 1968, Polonia
de 1980 (y no digo más) refutan la doctrina del materialismo histórico:
los trabajadores se levantan contra el Partido.” La conclusión que
podemos sacar de éste párrafo no es que Lyotard confunda marxismo en
general con comunismo stalinista. Hemos demostrado que no es así, que
por los menos identifica dos grandes corrientes del marxismo: la
stalinista y la que propugnaba la escuela de Frankfurt y su propio
ex-grupo Socialismo o Barbarie. Se trata del abandono del pensamiento
dialéctico y la decidida simplificación del pensamiento marxista.
El sentido de la reflexión de Hegel es tomado por el marxismo en
contraposición a la lógica formal y a la concepción estática del
conocimiento y de la sociedad. “De este modo, la tesis de Hegel se
torna, por la propia dialéctica hegeliana, en su reverso: todo lo que
es real, dentro de los dominios de la historia humana, se convierte con
el tiempo en irracional; lo es ya, de consiguiente, por su destino,
lleva en si de antemano el germen de lo irracional; y todo lo que es
racional en la cabeza del hombre se halla destinado a ser un día real,
por mucho que hoy choque todavía con la aparente realidad existente. La
tesis de que todo lo real es racional, se resuelve, siguiendo todas las
reglas del método discursivo hegeliano, en esta otra: todo lo que
existe merece perecer.”
Lo que el marxismo reconoce a la filosofía hegeliana es precisamente
“en que daba al traste para siempre con el carácter definitivo de todos
los resultados del pensamiento y la acción del hombre.” De modo que,
los levantamientos obreros de Checoslovaquia, Bulgaria y Polonia contra
el totalitarismo stalinista, contra el régimen de partido único
comunista, al tiempo que era condenado por los seguidores del comunismo
soviético, era celebrado por otro gran sector del marxismo (escuela de
Frankfurt, Socialismo o Barbarie, la mayoría de las corrientes e
intelectuales trotskistas) como la autoafirmación del proletariado como
sujeto social de la revolución socialista, en el pleno ejercicio de su
rol histórico a la vanguardia de la revolución antiburocrática contra
el régimen de partido único. En otras palabras, esos levantamientos
antiburocráticos, para un gran sector marxista no stalinista, no niegan
el marxismo, ni el materialismo histórico. Niegan el totalitarismo
stalinista que, a su vez, es la negación del marxismo de Marx y Engels,
fundada en la lucha de clases a escala del mundo.
Los levantamientos mencionados prueban no que el proletariado rechaza
el Partido. Prueban que el Partido no es del proletariado, le es
extraño, hostil. No prueban que las masas rechazan el socialismo.
Prueban que ese engendro totalitario se ha autodenominado vanguardia de
los trabajadores y gestores del socialismo. La crisis de los estados
llamados socialistas corroboran lo que aseveró Marx: el socialismo es
una etapa superior, más allá del capitalismo. Se instituye una vez
eliminado el sistema capitalista, jamás puede convivir con él. No es
posible la “coexistencia pacífica” entre capitalismo y socialismo
(bandera del stalinismo por décadas). Esta, no es sino la negación de
la lucha de clases, el punto neurálgico del marxismo reconocido por
todas sus corrientes.
De la crítica al stalinismo a la descalificación de la lucha de clases
La sustentación de que la lucha de clases ha perdido su carácter
fundamental porque el sujeto social se ha disuelto proviene de dos
partes. Hace mucho tiempo Marcuse y otros sostuvieron el supuesto
aburguesamiento de la clase obrera, convertida en aristocracia obrera
merced al estado de bienestar, perdiendo su perfil revolucionario. Y
más recientemente, los teóricos del postindustrialismo pronosticaron la
paulatina desaparición del proletariado en virtud del desarrollo
tecnológico y el advenimiento de la era de la información. “Durante la
práctica totalidad de la era moderna el valor de las personas se ha
medido por el rendimiento que produce su trabajo. Ahora que
progresivamente el valor del producto hecho por el hombre tiende a ser
más insignificante e irrelevante, en un mundo cada vez más
automatizado, se deberán explorar nuevas formas de definir el valor de
la persona y las relaciones humanas”.
La interpretación de la realidad, a los ojos del marxismo -una labor
teórica- también está enmarcada por la lucha de clases. Lyotard es
testigo de la ofensiva ideológica y política del sistema contra el
movimiento teórico marxista. La misma teoría revolucionaria se
encuentra muchas veces constreñida por las ideas dominantes de cada
época, que son como decía Marx, las ideas de la clase dominante. “La
ruptura de la sociedad en clases sociales es también la ruptura de la
práctica, es decir de la transformación silenciosa de las relaciones
sociales, con la teoría.” De esta manera la teoría está expuesta al
error, a la mistificación. La relación entre la teoría y el sujeto
social del marxismo no viene de manera sencilla, sino contradictoria.
El proletariado “no puede tener acceso espontáneo al lenguaje y a la
articulación, a la teoría y a la organización.” Este acceso no está
fuera de la lucha de clases, sino que hace parte de la misma. Así la
teoría está constantemente amenazada por su posición social como
ideología, en este caso como ideología de una clase sometida y
vulnerable en busca de su emancipación.
El marxismo se ve amenazado “no por traiciones, como dicen los
maniqueos, sino desde el interior, por la caída en lo ya pensado, por
la degeneración en lo establecido.” El capitalismo no es un campo
separado. El capitalismo dominante se desliza en medio de la relación
de los hombres entre sí, de los hombres y su praxis, de los hombres y
la superestructura ideológica. Por consiguiente, “este capitalismo no
sería difícil encontrarlo, en cuanto reificación, como decía Lukács, en
pleno centro del marxismo oficial.”
Una gran parte del marxismo, el oficial, que es una de las
denominaciones que da Lyotard al stalinismo, dejó de ser una amenaza
para el capitalismo. Por el contrario, el capitalismo se ha deslizado
en él y lo ha inoculado. La prueba más fehaciente de ello es que el
marxismo oficial dejó de ser un factor revolucionario. Más bien terminó
siendo el correlato burocrático del sistema capitalista para el status
quo del mundo, en el marco de la “guerra fría.” La división del mundo
en bloques hegemónicos y el compromiso de no agresión y no subversión
al sistema a través del establecimiento del acuerdo de la coexistencia
pacífica, es la negación política del fundamento teórico del marxismo:
la lucha de clases a escala internacional, a escala de la sociedad
humana.
Fácilmente puede colegirse de esto la descalificación del stalinismo
como marxismo. Pero Lyotard va en otra dirección, descalifica la lucha
de clases como instrumento de comprensión y de transformación de la
sociedad. Y, por supuesto, descalifica la revolución. De la crítica al
stalinismo infiere de manera improcedente la descalificación de la
lucha de clases y, con ella las bases del marxismo.
¿Cuáles son para el marxismo las premisas de la sociedad humana, los
fundamentos de la producción humana y la relación de la sociedad con
los modos de producción? Esta pregunta es la que trata de responder
Marx y Engels en la Ideología Alemana:
“Podemos distinguir los hombres de los animales por la conciencia, por
la religión o por lo que se quiera. Pero los hombres mismos comienzan a
ver la diferencia entre ellos y los animales tan pronto comienzan a
producir sus medios de vida, paso este que se halla condicionado por su
organización corpórea. Al producir sus medios de vida, el hombre
produce indirectamente su propia vida material” .
Desde esta antropogénesis los fundadores del materialismo histórico nos
proporcionan las coordenadas para la comprensión del desarrollo
histórico. El modo de producción no es una mera exterioridad del ser
humano y de los grupos humanos, sino que coincide con el ser mismo.
“Este modo de producción no debe considerarse solamente en el sentido
de la reproducción de la existencia física de los individuos. Es ya,
más bien, un determinado modo de la actividad de estos individuos, un
determinado modo de manifestar su vida, un determinado modo de vida de
los mismos. Los individuos son tal y como manifiestan su vida. Lo que
son coincide, por consiguiente, con su producción, tanto con lo que
producen como con el modo de cómo producen. Lo que los individuos son
depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción” .
Estas condiciones son relativas a la infraestructura, la tecnología y
también al modo de relacionarse socialmente para producir, las clases
sociales. El hombre es tal como produce y como se relaciona para
producir sus medios de vida.
Es notable ver como algunos pensadores cristianos contemporáneos
reivindican los ejes críticos del marxismo. En el presente trabajo
hemos citado dos autores: Dussel y Mardones. Dussel, sin ser marxista,
reivindica por ejemplo el Tomo I del Capital como la más profunda y
radical antropología y Mardones, un teólogo español, dice lo siguiente:
“No hay una mente que refleje sin más la realidad. El conocimiento
humano refleja las condiciones sociales del proceso de producción” . El
proceso de producción en el sistema capitalista se basa en las
relaciones capitalistas, en la propiedad privada. Las condiciones
sociales provocadas por el sistema es la estratificación social fundada
precisamente en el modo de producción, de ahí las clases sociales.
Estas clases sociales no constituyen un todo funcional, armónico, sino
hacen parte de una totalidad contradictoria. Los intereses de las
clases sociales son antagónicas y esto se refleja necesariamente en la
superestructura, esto es, la filosofía, la teoría política, la ciencia,
la cultura, etc. “Después de Marx no se puede aclarar el conocimiento
sin explicar la sociedad” . A Lyotard le falta explicar la sociedad,
después de negar la lucha de clases, ¿Concibe la sociedad como una
relación de solidaridad? ¿O concibe las relaciones sociales por fuera
de las relaciones de producción? ¿Qué relación tiene la producción
teórica y filosófica con las condiciones sociales? Si las relaciones
sociales de producción no son determinantes para un cambio social y el
devenir histórico, ¿cuál es el factor determinante? ¿Las ideas? ¿El
Espíritu absoluto?. No son preguntas artificiales. Lyotard dio por
muerto al marxismo y con él sus contenidos fundamentales. Lyotard
edifica una critica total contra el modo de comprensión de la historia
marxista, lo engloba en el conjunto de los demás metarrelatos de la
modernidad. Y la explicación que nos propone son los juegos de lenguaje
en un mundo de ocurrencias. Los regímenes de frases en capas
superpuestas. “El único obstáculo insuperable con el que choca la
hegemonía del género económico es la heterogeneidad de los regímenes de
frases y la de los géneros de discurso, es el hecho de que no existe
‘el lenguaje’ y no existe ‘el ser’ sino que sólo hay sucesos que
ocurren” Al principio nuestra sospecha era que Lyotard se deslizaba del
nihilismo al idealismo. Sin embargo, los componentes de su pensamiento
tienen rasgos cada vez más premodernos.
La irracionalidad del entusiasmo revolucionario
En “El entusiasmo”, Lyotard expone su crítica de la historia y de la
revolución basándose para ello en los textos histórico-políticos de
Kant.
Lyotard establece analogías entre las familias de proposiciones y las
distintas facultades que Kant establece en sus tres críticas. Kant
compara las distintas facultades con un archipiélago, en donde cada una
de las facultades es una isla y la facultad del juicio la encargada de
establecer puentes o pasos entre las islas del archipiélago. Cada
facultad tiene su propio territorio, es decir, su propio objeto. En el
esquema de los juegos del lenguaje wittgesteiniano de Lyotard, cada
isla constituye una familia de proposiciones o frases. Mientras que
cada facultad juzga la validez dentro de su propio territorio, en el
archipiélago hay un juez que juzga y determina los puentes que se
establecen entre las distintas islas. Este juez es la facultad de
conocer en general y comprende “el entendimiento, la facultad de juzgar
y la razón” . Es decir, es el filósofo y la filosofía el tribunal desde
el cual enjuicia. Es preciso hacer notar que, tanto en el pensamiento
de Kant tal como lo formula Lyotard, como en el de éste mismo, no
existe una sola facultad para juzgar todos los hechos de la realidad.
Así tampoco existe una explicación única, un relato único que actúe
como fundamentación última de todas las realidades. ¿Cómo entonces
juzga el juicio crítico de la razón? ¿Cómo determina los distintos
tipos de relaciones o puentes entre las distintas islas o territorios?
¿Con qué regla? Lyotard nos contesta: mediante la transacción, el
tráfico o el conflicto: “dicha facultad fue la que permitió delimitar
los territorios y los dominios que estableció la autoridad de cada
familia en su isla. Y sólo pudo hacerlo gracias al comercio o a la
guerra que mantiene entre ellas.” Esta aseveración lo hace nuestro
autor en su tratamiento del hecho histórico-político. De esta manera,
lo histórico-político no es juzgado desde una facultad única, sino a
través de varias aproximaciones de relaciones entre facultades, donde
el eje sobre el cual gira el proceso de comprensión lo establece la
transacción, “el comercio o la guerra”. Lo histórico-político no es un
objeto de la facultad del entendimiento. El sujeto puede aprehenderlo,
de algún modo, sólo apelando a las relaciones de aproximación de varias
facultades organizadas, guiadas y pontificadas por el juicio crítico de
la razón. Pero tampoco puede juzgar su validez o no. La razón no es su
facultad y aquello no es su objeto.
Uno de los temas fundamentales que desarrolla Lyotard en “El
entusiasmo” es la crítica de la revolución. Este hecho
histórico-político es desmenuzado por nuestro autor desde el patrón
crítico anterior. Es decir, adoptando el criterio de Kant, de que aquél
no constituye un objeto de una sola facultad, no está determinado, no
tiene una forma única, es informe. Para ello se vale del análisis que
Kant hace de lo sublime y del entusiasmo. El sentimiento sublime surge
precisamente ante lo informe, indeterminado, ilimitado de la
naturaleza. Pero hay también acontecimientos históricos, ante los
cuales surge este sentimiento. La revolución es un hecho
histórico-político que provoca entusiasmo, éste es el sentimiento
sublime que surge ante los informes acontecimientos históricos. Lo
sublime funciona en la ética y la estética como símbolo. Lo sublime
como sentimiento de respeto, sentimiento éste que Kant considera como
el fundamental de la moral. Kant piensa que el ser humano también
experimenta el sentimiento sublime frente a su perfectibilidad o
progreso indefinido en la historia. En ello hay también una estética,
lo sublime como símbolo que provoca el entusiasmo ante la
perfectibilidad histórica. La revolución se constituye en un símbolo
porque amalgama las aspiraciones de cambio, progreso y perfectibilidad.
La idea del progreso en la historia no tiene las características de un
pensamiento racional. Está más bien en el campo de lo sublime y, por lo
tanto, tampoco es "presentable" para Lyotard desde el punto de vista de
la razón, de la razón kantiana, es a lo sumo una idea estética. Lo
sublime funge sólo a manera de signo, símbolo, pues no se puede
presentar pruebas racionales de ello. La idea de que "hay progreso" es
nuevamente fruto del entusiasmo de los pueblos. Por la misma razón, la
idea de que la revolución cambia o trae aparejado progreso y novedad,
es un producto estético, simbólico y sublime pero no racional. El juez
crítico –la filosofía según Kant- sólo puede validar este enunciado
cuando encuentra "signos" que la confirmen. La revolución francesa
puede ser uno de esos signos, pero no se podría reconocer la idea de la
república en un mero dato empírico “informe” como constituye la
revolución.
“Como acontecimiento dado en la naturaleza histórica de la humanidad,
la revolución francesa pertenece a ese residuo de datos, a ese resto de
singularidades y de existencias que está a la espera de enunciaciones
una vez que la proposición cognitiva se hizo cargo (en la forma de
presentación de ejemplos) de lo que le corresponde en las intuiciones
que ella pueda subsumir bajo regularidades. Ese resto espera la
proposición teleológica y sin embargo, su falta de forma parece
destinarlo al fracaso absoluto.”
Y Lyotard concluye: “Lo histórico-político sólo se presenta a la
aserción por casos y estos operan no como ejemplos y menos aun como
esquemas” . La revolución no es aprehensible por la razón crítica. Su
carácter informe lo hace irracional. Por lo tanto, mucho menos podrá
inferirse de un hecho histórico-político como éste coordenadas que
ubiquen racionalmente al conjunto de la humanidad ni que proporcionen
guías para la consecución de su fin. A lo sumo puede tener validez
simbólica. Pero, por su condición irracional, puede desembocar en lo
patológico, como veremos más adelante.
"En cuanto a la filosofía de la historia, de la cual ni siquiera podrá
hablarse en un pensamiento crítico, es una ilusión nacida de la
apariencia de que los signos son ejemplos o esquemas". El marxismo, si
asumimos que conlleva una filosofía de la historia, hizo de casos,
ejemplos y de éstos, esquemas. La revolución francesa fue un modelo que
sirvió para estudiar todos los procesos revolucionarios siguientes. Por
ejemplo, Marx estudió en ella el papel de las clases sociales y le
sirvió para profundizar después en su análisis de la Comuna de París y
de la revolución alemana de 1848. Fue a partir de los ejemplos
revolucionarios concretos que Marx y el marxismo establecieron los
esquemas de análisis, fundamentalmente el materialismo histórico.
Dentro de este reconocido esquema de interpretación de los hechos
históricos, el marxismo estableció que los fundamentos económicos o la
infraestructura productiva y su combinación con las relaciones sociales
de producción existentes son las que establecen las bases materiales de
una revolución. Los acontecimientos histórico-políticos pueden preverse
en cuanto a su eclosión, no así su desenlace final. Así mismo Marx,
después de estudiar estos procesos revolucionarios en el marco de las
contradicciones de clase, estableció la existencia de sujetos sociales
de dichas revoluciones y de una relación dialéctica con las tareas
históricas que cumple.
Evidentemente, Marx no sólo tomó las revoluciones como casos, sino como
casos paradigmáticos, convirtiéndolos en ejemplos de hechos que siguen
un determinado derrotero: el marcado por la lucha de clases en el
complejo esquema del materialismo histórico, que constituye el núcleo
del metarrelato marxista para Lyotard. En el esquema del pensamiento
lyotardiano sólo es asequible a la aserción los casos
histórico-políticos. Deducir sus relaciones, antecedentes y
proyecciones no es posible a la razón crítica. A lo sumo son volutas
mentales realizadas por el entusiasmo que despiertan tales
acontecimientos. La revolución no es sino conjunto de datos informes de
casos. Ver en ello un cambio o el nacimiento de algo nuevo no es
producto de la razón sino de la ilusión sublime alimentada por el sueño
teleológico que podrá actuar como símbolo mas, no podrá arrogarse el
estatuto de racionalidad.
Nuestro autor, que pretende edificar un nuevo discurso superador de la
modernidad, vuelve a Kant para desarrollar su propio relato de la
irracionalidad de la revolución. Lyotard elabora su discurso kantiano,
después de romper con el marxismo y su dialéctica y en la búsqueda de
una justificación teórica. Es fácil juzgar si esto constituye un paso
adelante o un paso atrás. Pero sobre todo si esto constituye un nuevo
discurso postilustración o postmoderno, una elaboración filosófica
superadora de la modernidad.
La aspiración revolucionaria es una patología
El objeto histórico-político no tiene realidad como tal para Lyotard,
según lo hemos visto. A lo sumo, son varias realidades, si se lo puede
denominar así. En los términos de Lyotard, el objeto histórico-político
constituye un conjunto de datos, de casos, pero que no llega a
investirse como un objeto de la razón crítica, sino que se enmarca en
el campo de lo sublime y, por ello, de lo estético. Pero, he aquí que
sucede un choque entre la realidad percibida y las ideas de la razón.
La humanidad asiste al hecho informe de los datos inconexos de lo
histórico-político, inaprehensible para la razón, por lo cual tampoco
puede inferir de ello conclusiones y consecuencias. En la confrontación
con las ideas de la razón, se produce un conflicto que desemboca en la
actitud demencial. “La demencia del entusiasmo en el caso de la
revolución francesa y en favor del partido revolucionario atestigua la
extrema tensión que experimenta la humanidad espectadora entre la
‘nulidad’ de lo que le es presentado y las ideas de la razón, aquí la
idea de república a la que va unida la idea de autonomía del pueblo y
la idea de paz entre los estados”
Kant analizó la revolución francesa y la influencia optimista que tuvo
en la Europa de entonces. A este optimismo calificó como demencial.
Apoyándose en este razonamiento, con lo cual Lyotard abona sus
argumentos para teorizar sobre su propia desilusión con la revolución
socialista, sostiene que el entusiasmo por la revolución es un
sentimiento sublime pero patológico. "El entusiasmo histórico-político
está pues al borde de la demencia, es un acceso patológico y, como tal
no tiene validez ética puesto que la ética exige la liberación de todo
pathos motivador; la ética sólo permite ese pathos apático que acompaña
a la obligación y que es el respeto." Y culmina con la lógica
deslegitimación de la revolución como motivación del ethos de la
humanidad, pues el pathos demencial que conlleva le impide imprimir a
la praxis una validez ética.
La revolución no es creíble. No puede verse en los datos de los hechos
revolucionarios el perfil de una nueva y mejor sociedad. Y, por eso
mismo, no puede realizar la emancipación de la humanidad. Si alguien lo
ve de esta manera es porque se ve comprimido entre la nula aprehensión
racional de los datos histórico-políticos y las ideas de libertad,
igualdad, justicia y fraternidad de la razón. La revolución actúa
simbólicamente despertando, en virtud de este conflicto entre
percepción y racionalidad y para colmo, guiado por un sentido de
finalidad entusiasta, una ilusión sublime y enfermiza: la plenitud de
la realización humana.
Esta argumentación nos explica que la revolución es irracional y
patológica y, por consiguiente, no puede plantear una ética válida. Y
esto tiene consecuencias filosóficas y políticas. La aspiración del
cambio revolucionario, en este caso, es peor que una utopía. Es peor
que una ilusión motivante. Es peor que una fantasía. No sólo constituye
una empresa en este tiempo –quizás- cada vez más difícil o tal vez no
realizable. No sólo ha perdido su potencial simbólico, sino que terminó
adquiriendo un carácter completamente irracional. Y más aún, su
fisonomía ilustra la deformidad de lo patológico. Como motivación de la
acción de la humanidad sólo puede conducir a la demencia. La aspiración
revolucionaria no tiene razón de ser. No es sano ser revolucionario. Y
consecuentemente, el revolucionario es más que un trasgresor. Es más
que un iluso o un utópico. Es un enfermo, candidato a la camisa de
fuerza o a la lobotomía.
Imposibilidad de un discurso universal
La tesis central de la que parte Lyotard al plantear que nos hemos
situado en una “Condición postmoderna” es que existe un pluralismo
irreductible de los juegos del lenguaje y que el saber posee un
carácter irreductiblemente local. Brinda singularmente una despedida al
universalismo y a la concepción totalizante. Lyotard toma de
Wittgenstein el argumento de los juegos del lenguaje. Esta categoría en
Wittgenstein no expresa relaciones convencionales simplemente, sino
toda la complejidad de la vida. Los juegos del lenguaje ejemplifican
que el individuo no nombra las cosas. No es el factor de denominaciones
sino que se inscribe en una comunidad en cuyo contexto y con sus reglas
las palabras cobran significado. Fuera de ella ninguna palabra tiene
sentido. El gran aporte de Wittgenstein es, precisamente la
demostración del carácter objetivo, fuera del sujeto, de las palabras y
la dependencia del significado de los juegos del lenguaje, de las
reglas intrínsecas a dicho juego.
Lyotard monta su estructura discursiva en los juegos de lenguaje para
inferir que todo discurso, todo saber es irreductiblemente local,
adscripto a los actores concretos, dentro del contexto de determinadas
reglas de juego. Ahora bien, el contexto de todo juego de lenguaje no
es el lenguaje mismo sino, como apunta Wittgenstein, la vida. Son las
relaciones sociales, las relaciones de vida. Estas relaciones de vida
no son precisamente lúdicas. Engels por ejemplo ya sostenía que el
lenguaje se desarrolló como un instrumento al servicio de lo más
primitivo y elemental de los grupos humanos: la comunicación para la
producción de los medios de vida y la defensa de las tribus primitivas.
El lenguaje en su desarrollo fue haciéndose parte de contextos
distintos, no determinados por el lenguaje sino por las condiciones de
vida.
Las condiciones elementales de la vida de una comunidad las determina
la producción de sus medios de vida. Esta producción está
indisolublemente ligada a las condiciones sociales de producción de
esos medios de vida. En el mundo actual, el modo de producción
dominante es el capitalista. Lyotard llama de manera más general
“sistema”, basado en la propiedad privada de los medios de producción y
en la apropiación privada del producto social. Este modo de producción
es, universalmente, dominante y, por lo tanto, es el sustrato
fundamental de toda sociedad humana, de toda comunidad local.
Oponer al sistema totalitario y universal un recurso local es el camino
para adaptarse a el. La historia de la filosofía nos muestra que
enfrentar una racionalidad no es posible con la sola crítica, es
inherente a la deslegitimación la propuesta de una alternativa que
intente una superación. El mismo Nietzsche que combatió toda
metafísica, toda pretensión de encontrar una estructura fundante que
garantice un pensar y actuar verdaderos, tuvo la necesidad de
constituir un punto de partida cero, una plataforma, una base segura,
esta fundación primordial lo encontró en la “voluntad de poder”.
Lyotard también encuentra su punto de partida en lo fragmentario, en lo
discontinuo, en los juegos de lenguaje local. Su modelo de legitimación
es “el de la diferencia comprendida como paralogía” . Esta no debe
entenderse como innovación que es controlada por el sistema. La
paralogía es una jugada. Las investigaciones que se hacen en el marco
de un paradigma son estables. La ciencia guiada por la paralogía busca
discontinuidades, inestabilidades, instituye nuevos juegos del
lenguaje, desordena y desestabiliza las viejas formas de explicar los
hechos. “En sí mismo no carece de reglas.......pero su determinación es
siempre local” . Los grandes relatos ya no constituyen un recurso
válido, La alternativa posmoderna lyotardiana está en “el pequeño
relato” local, que se circunscribe al tratamiento de eventos aislados y
fragmentarios, sucesos.
La micrología es a lo que hay que aferrarse una vez desechado el hilo
conductor y una comprensión unitaria y totalizante de los hechos. La
historia pasa a ser una sucesión interminable de episodios fortuitos,
un cúmulo de eventos locales con mini relatos que la explican y
legitiman. Del fin de los grandes relatos legitimadores, pasamos a la
emergencia de los pequeños relatos de legitimación, lo que configura la
nueva condición postmoderna de la humanidad. Los grandes relatos que se
habían constituido en metarrelatos, han sido subvertidos por la guerra
de guerrillas de los mini relatos.
El nuevo saber se funda en inestabilidades, opera por la paralogía,
tiene validez local, se legitima por el relato ad hoc. El pequeño
relato es “la forma por excelencia que toma la invención imaginativa,
y, desde luego, la ciencia” . Este es el nuevo metadiscurso que nos
propone Lyotard, lo único valido es la discontinuidad, la paralogía.
Fuera de ella todo es fábula, ilusión, presupuestos sin legitimación,
paradigmas que controlan pero sin fundamento. Para que el conocimiento
y la acción política tengan validez no deben intentar siquiera
preocuparse más allá del horizonte local. El mundo es el pequeño
mundo regional, nacional, grupal, sectorial, donde opera la misma regla
del juego del lenguaje adoptado por el acuerdo local. La relación entre
los diversos juegos de lenguaje constituye un nuevo juego. Estos juegos
operan como capas superpuestas, como las interfaces de los programas
informáticos.
La antitotalidad exime de cualquier consideración del régimen
capitalista en su conjunto. No es necesario abrir un juicio favorable o
desfavorable, pues tal categoría no es viable. La filosofía postmoderna
de Lyotard nos conduce a una aceptación resignada del orden social
imperante. Excluida una perspectiva general para la actividad humana,
la acción política se circunscribe a modestos objetivos locales.
Los contenidos y valores de validez universal, la compresión de las
cosas y los hechos desde y en la totalidad, el discurso de emancipación
de la sociedad en su conjunto, han sido derrotados. ¿Quién gana? El
sistema capitalista de dominación universal, con su lógica de la
performatividad, con su ética de explotación del mundo entero y su
autolegitimacion por la eficacia. “La superioridad del sistema
capitalista ya no se cuestiona” . De su crítica revolucionaria desde el
marxismo, el desencantado Lyotard pasa a la crítica de toda pretensión
de emancipación, para finalizar en una adaptación sin más al sistema,
al que en el fondo considera casi inmutable.
¿Micropolítica o adaptación política?
A la filosofía postmoderna puede ser que no reconozcamos un sistema
coherente. O ni siquiera un sistema. Y a Lyotard que le critiquemos su
oscuridad y el cúmulo de contradicciones, pero no podemos ignorar la
gran influencia de esta forma de pensar en el mundo entero, en las
últimas décadas. Las consecuencias del postmodernismo son enormes.
Además, la coincidencia histórica con hechos de gran relevancia como la
caída del Muro de Berlín y el fin del Pacto de Varsovia, convirtieron
los discursos postmodernos en las consignas políticas que pregonan
desde el fin de la historia, el fin de la tradicional manera de acción
política hasta el advenimiento de nuevos sujetos sociales, nuevas
formas de organización y nuevos discursos para la praxis política y
social.
Lyotard nos describe así el nuevo escenario: “En la política y la
guerra de los Modernos se oponían dos principios de legitimación, Dios
y la República, la Raza y el Hombre universal, el Proletariado y el
Ciudadano. El conflicto por la legitimidad tomaba siempre, ya fuera
nacional o internacional, el cariz de una guerra civil y total. Las
políticas posmodernas son estrategias de gestión; las guerras,
operaciones de la policía” .
Pero también veamos, por ejemplo el discurso de la nueva izquierda y su
concepción de la nueva política en el mundo actual. En el prefacio del
libro “Rivoluzione addio” nos dice Furio Colombo: “Desde los Estados
Unidos, entiéndase bien, yo creo, en qué modo se debe transformar (o
traducir) la tesis de Fukuyama sobre ‘el fin de la historia’. Estamos
en presencia de un fenómeno inesperado, que nadie había previsto como
consecuencia del derrumbe del Muro: el fin de la política. El fenómeno
del cual estamos hablando se manifiesta de esta manera: la progresiva
desactivación de la política exterior y de su instrumento y mecanismo”.
“El fin de la política internacional, por otro lado, posibilitaría dar
un nuevo impulso y nueva vida a la política en cada país”. 108
Con un sólo vistazo al mundo, podemos reparar en lo equivocado de esta
apreciación. No sólo la política internacional sigue dominando la vida
del mundo y sigue determinando, además de las políticas nacionales y
parciales, la vida de las personas y sus ámbitos concretos, sino que el
ejercicio de la política en estos momentos se realiza en su forma más
brutal y primitiva: la guerra y el chantaje económico. El mecanismo de
la política no ha cambiado en lo fundamental, tampoco sus instrumentos.
Así mismo, si bien los discursos universales de emancipación fundados
en la racionalidad están en crisis, lo que subyace en los conflictos
mundiales no son pequeños relatos locales, ni nuevos grandes relatos.
Más bien lo que sucede es que asistimos al retroceso oscurantista de la
“guerra entre el bien y el mal”, entre cristianos occidentales y “las
huestes musulmanas”, entre “ciudadanos civilizados” y “terroristas
fundamentalistas”, entre “Dios y Satán”. Estos conflictos no son
locales, el escenario es el mundo entero. Muy parecidos a las disputas
de las grandes multinacionales para controlar los mercados mundiales y
los recursos naturales estratégicos de la tierra.
La contienda es universal porque está en juego el dominio mundial, por
eso la racionalidad dirigente, el estatuto en que se funda la nueva
alianza político-militar dominante es la lucha contra el terrorismo que
permite la intervención en cualquier parte del mundo.
Lo que nos sugiere la ideología subyacente en el concepto de “fin de la
política” es que la desactivación de la política internacional dará
lugar a la vitalización de la política en cada país, a la política
local. La desaparición de los mecanismos tradicionales de la política
dará lugar a nuevos métodos inmersos en la esfera micropolítica. En la
perspectiva de un mundo “post-político”, la acción humana deberá
inscribirse fundamentalmente en el plano nacional, local y, mejor aún,
en el marco de lo que se llama “política de identidades”: la defensa
contra la opresión de género, la lucha contra la discriminación racial,
el derecho a la existencia de las minorías sexuales. Sin ninguna
aspiración de totalidad, de emancipación del conjunto de la humanidad.
Sin ninguna intención de configurar respuestas globales.
En la visión de la nueva izquierda postmoderna “La situación del mundo
post-político está repleta de trampas y de peligros. El terreno
pantanoso de democracia incierta, ambigua y casi inexistente (en muchos
países de América Latina), hace aquellas trampas todavía más
insidiosas. Pero como se ve, también el terreno de Europa se hace
difícil. Quizá, sin embargo, nació un tiempo en que la calidad técnica
del conocimiento adquiere un valor esencial” . He aquí la ideología: la
incertidumbre y los peligros son productos de la nueva situación
post-política. En este nuevo tiempo el conocimiento más que la política
ocupa un lugar fundamental. Sin embargo, las invasiones armadas, la
imposición de políticas económicas a todo el mundo por parte de las
potencias, la explotación del resto del mundo en favor de unos pocos
estados sedes de grandes monopolios capitalistas, no ha cambiado. Y
este es el centro de la política mundial, cuya acción todavía provoca
reacciones defensivas -y hoy muy debilitadas- pero con el mismo sentido
de hace más de cien años. En cuanto a la perspectiva: su incertidumbre
no viene del supuesto hecho de una nueva era post-política. Viene de un
proceso de deterioro de las condiciones de vida de la humanidad bajo el
capitalismo. Las invenciones, el progreso tecnológico y las novedades
científicas no logran frenar ni aminorar dicho deterioro, al contrario.
Todos los índices de calidad de vida del conjunto de la humanidad van
en retroceso y, peor aún, las amenazas crecientes de eliminación de la
mayor parte de la vida vegetal y animal del plantea como consecuencia
del progresivo deterioro ambiental y la posibilidad de una
conflagración nuclear es tan cierta e inmediata que la perspectiva
general del mundo es que está al borde de la barbarie.
Ante el pequeño relato, la totalidad concreta
La crítica postmoderna a la modernidad no es la primera crítica, ni la
más profunda. Al contrario, es insuficiente y no logra más que
constituirse en una filosofía, publicitada y de moda. No por eso deja
de ser de suma importancia su estudio y crítica. El pensamiento
postmodernista asume muchas veces una posición anti moderna y peor aún,
por sus consecuencias conlleva fuertes elementos pre modernos. La
influencia postmodernista es grande en los nuevos movimientos
religiosos, en la extendida actividad de los cultos satánicos, en la
nueva cultura del rock pesado o duro, en las corrientes que propugnan
aquellos actos masivos religiosos o musicales que cultivan la histeria
colectiva, las nuevas expresiones de izquierda, segmentada en las
políticas de identidades, despreocupadas de la sociedad en su conjunto.
Las grandes contradicciones de la humanidad no están en el plano de las
ideas sino en el nivel más elemental, de las relaciones sociales. Las
ideas intentan explicar estas contradicciones o intentan legitimarlas,
unas o subvertirlas, otras. Intentan encontrar la etiología de la
situación actual, descubrir sus leyes y a partir de estas bases
pronosticar el futuro, o por el contrario, no se proponen estudiar la
causas profundas ni mucho menos transformarlas. Más bien hacen parte de
juegos, sofisticaciones, una línea de huida de la realidad acercándose
velozmente a una pre moderna escolástica del pensamiento.
El postmodernismo renuncia al intento de búsqueda de una salida
racional a las principales contradicciones de la humanidad. Niega y
reniega de todo intento de construir y desarrollar un discurso
universal por fútil y utópico. Se oculta en los mini relatos y detrás
de “los actores concretos” que no son otra cosa que la suprema
dispersión y, al fin de cuentas, inofensiva abstracción. Las
catástrofes ecológicas no van a parar simplemente plantando arbolitos
en una ciudad. La hambruna de grandes sectores del mundo no se va a
detener con asistenciales programas contra el hambre. El peligro de
guerra no se frena con objeciones de conciencia de grupos determinados.
La racionalidad de la explotación mundial no se supera con
emprendimientos cooperativos locales.
El mundo en que vivimos es una totalidad. El sistema lingüístico, al
que tanta importancia le da el postmodernismo, es una totalidad cuyas
partes no tienen sentido fuera del sistema. A su vez, esa totalidad
hace parte de una totalidad más amplia de sistemas de un mundo bien
concreto. Por eso, entre otras cosas, los lenguajes son traducibles.
Las multiplicidades de los juegos de lenguaje, el consenso sobre
determinadas reglas de juego, los pequeños relatos para los actores
concretos de los ámbitos locales -que nos propone Lyotard- están
ubicados en un todo. No por la arbitrariedad de un pensamiento
totalizante sino porque son parte de una realidad y la realidad no es
parcial ni abstracta. Lo parcial es justamente lo abstracto, porque es
fruto de un recurso del pensamiento que divide y separa. A su vez lo
“pequeño” y “local” lo son por una relativa consideración mental y
abstracta en relación al conjunto, a la totalidad real.
El mundo en que vivimos es una “totalidad concreta” en el sentido en
que genialmente desarrolla Karel Kosik y que fielmente lo traduce
Dussel: “Lo concreto es la totalidad que comprende a los entes, los
objetos, las cosas; por ejemplo el capitalismo o el mercado mundial
como totalidad. Lo abstracto son los mismos entes, los objetos, las
cosas que son ‘parte’ de los todos enunciados, pero que son analizados
‘como todos’. En la realidad la ‘mesa’ es parte del ‘aula
universitaria’ -la mesa del profesor-. Pero como ‘mesa’ en cuanto tal
es abstracta; es abstraída de la totalidad en la que es ‘parte’ y es
considerada por la inteligencia representativa en su esencia (Wesen).
La mesa en cuanto tal es abstracta; el aula que determina la forma de
la mesa del profesor (y es el aula como totalidad pedagógica la que
diferencia dicha mesa del carpintero, del carnicero, de operaciones,
etc.) es lo concreto” .
Nuestro mundo es una “totalidad concreta”, es la totalidad del sistema
capitalista. Fuera de este sistema es imposible entender los
conflictos, las ideas, la ciencia, las contradicciones, los progresos y
las miserias. El principio absoluto de esta totalidad es la mercancía,
concepto que reduce las cosas materiales y no materiales en objetos de
compra y venta. Con esta categoría es posible también entender al
hombre moderno: es una mercancía, porque la actividad fundamental que
lo humaniza, que lo diferencia de los otros animales, ésto es, el
trabajo, en la totalidad del sistema capitalista es una mercancía.
La totalidad no significa la reunión de todos los hechos sino la
concepción de la realidad como un todo estructurado y dialéctico. Sólo
dentro de ésta totalidad se comprende racionalmente un determinado
hecho. Un hecho constituye conocimiento de la realidad si es
comprendido como hecho de un todo dialéctico. Esto quiere decir que un
hecho no puede se considerado como átomo inmutable e indivisibles, sino
que debe ser concebido como parte estructural del todo.
La totalidad concreta no es, por consiguiente, la suma de todos los
hechos, el conjunto de ellos, el agrupamiento o la reunión de todos los
aspectos, cosas y relaciones, ya que en este agrupamiento no tiene lo
esencial: la totalidad y la concreción. Sin la comprensión de que la
realidad es totalidad concreta que se convierte en estructura
significativa para cada hecho o conjunto de hechos, el conocimiento de
la realidad concreta no pasa de ser algo místico.
La realidad es un conjunto dialéctico y estructurado, totalidad
concreta. El conocimiento concreto de ésta realidad consiste, no en la
suma de unos hechos a otros o de unos conceptos a otros, sino en un
proceso de concretización, que procede del todo a las partes y de las
partes al todo; del fenómeno a la esencia y de la esencia al fenómeno;
de la totalidad a las contradicciones y de las contradicciones a la
totalidad. La relación al interior de la totalidad es dialéctica. La
concreción se alcanza en este proceso de correlación, en el que todos
los conceptos entran en movimiento recíproco y se iluminan mutuamente.
La interdependencia y mediación de la parte y del todo significa
asimismo que los hechos aislados son abstracciónes, que sólo la
totalidad como tal es concreta.
El capital, en la época del capitalismo, se convierte en una estructura
significativa, que determina el contenido interno y el sentido. Esta
totalidad está marcada por la explotación del hombre por el hombre, las
guerras, las paradojas del hambre y la opulencia. En el marco de este
sistema, después de siglos de experiencia no hemos podido lograr la
aspiración suprema del hombre: la libertad. En su sentido más radical:
la liberación de la esclavitud social, del sometimiento al trabajo
socialmente necesario, al ídolo del capital que todavía hoy, más que
nunca, sigue inmolando en su altar sangriento a la amplísima mayoría de
la humanidad.
Por oro lado, la totalidad de base y supraestructura es abstracta si no
se demuestra que es el hombre, como sujeto histórico real, quien crea
en el proceso de producción y reproducción social la base y la
supraestructura, conforma la realidad social como totalidad de las
relaciones sociales, instituciones e ideas, y en esta creación de la
realidad objetiva social se crea al mismo tiempo a sí mismo como ser
histórico y social, y realiza el proceso de humanización del hombre.
Siguiendo a Enrique Dussel, que ha desarrollado desde su perspectiva
cristiana una relectura de los manuscritos de Carlos Marx, podemos
decir que la liberación del reino de la necesidad es una aspiración
universal, de todo hombre, comunidad y grupo humano. Esta liberación es
posible sólo superando la totalidad capitalista, que determina que la
actividad humana fundamental en el mundo sea el trabajo alienante
orientado a la producción de mercancías, convirtiendo al propio sujeto
en mercancía. En virtud de esta totalidad es que el conjunto del
pensamiento, aún con sus excepciones rebeldes, está orientado a
producir ganancia al menor costo.
Las bases materiales para la liberación del reino de la necesidad, con
el nivel de desarrollo de la técnica, ya están establecidas. El
problema actual de la humanidad no es técnico-científico sino
ético-político. Dussel nos muestra una línea ético-política: la
tecnología al servicio del hombre. Esta línea hace parte de un discurso
universalista y de un proyecto emancipador.
La superación del reino de la necesidad supone una ruptura radical con
la totalidad capitalista. No se trata de buscar su mejoramiento. No
tiene sentido limar sus aristas. El objetivo no puede ser introducir
reformas ni mucho menos adaptarse a ella para sobrevivir. Es fundar una
nueva verdadera racionalidad, donde el mundo racionalmente organice y
oriente sus recursos a la satisfacción de las necesidades de la
población humana, donde el trabajo socialmente necesario, el reino de
la necesidad se reduzca a su mínima expresión. El trabajo socialmente
necesario, el que se hace imprescindible para la satisfacción de las
necesidades elementales del ser humano, se reducirá en virtud de la
socialización y porque ya no estará al servicio de la producción de
ganancia sino al servicio de la humanidad en su conjunto. A partir de
aquí podrá emerger absolutamente el despliegue de las libertades
humanas, pues el trabajo humano ya no será mercancía. Ni será extraña
al hombre, sino fuente de libertades creativas. Y el hombre volverá a
reconciliarse con su propia creación.
Esto supone la superación de la ficción micropolítica postmoderna como
instancia de la acción ético-política y la reinvención del proyecto de
emancipación de la raza humana, a partir de la intervención concreta en
la esfera de la contradicción fundamental de la sociedad:
racionalidad-irracionalidad; capital-trabajo, proyecto
emancipador-discurso dominador. Las herramientas filosóficas y teóricas
fundamentales están aún en el marco de la modernidad pero no se
confunde con ella.
Aunque no compartimos la posición de Dussel sobre una perspectiva
latinoamericana para su proyecto de emancipación, es importante mostrar
que, en su intento de construir una respuesta de liberación –en cierta
medida- asume la posición de Habermas. Propone una respuesta no
afincada en la premodernidad, ni en la postmodernidad, “ya que nuestra
situación política, económica y cultural nos libra de tales juegos de
pensamiento, cuando son meramente nihilistas o escépticos, propios de
la sofisticación de una civilización de la abundancia y sin claras
alternativas” . Plantea la “realización de la modernidad”, pero al
mismo tiempo rechaza lo que llama la falacia desarrollista, ya que
Dussel -parafraseando a Hegel- dice “por más que el esclavo trabajara,
nunca llegará a ser señor libre” sino que se trata de realizar un
cambio revolucionario y un proyecto de liberación .
Dussel no niega la realidad de los juegos de lenguaje ni la esfera de
la comunidad de comunicación tan afín a los filósofos postmodernos.
Pero afirma que la comunidad de comunicación real “no puede dejar de
determinar y ser determinado por y en la ‘comunidad de vida real’. Pero
la reflexión filosófica de dicha ‘comunidad de vida’ exige categorías
que no pueden ya ser aportadas sólo por una filosofía del lenguaje.
Aquí las categorías construidas por Marx son todavía insustituibles” .
Es que la filosofía puede sufrir muchos cambios en el curso de la
historia. Así también, en su derrotero se nutre de un gran bagaje de
aportes que ya se constituyen en un momento dado en su patrimonio
insoslayable: el sentido de universalidad, racionalidad, totalidad,
dialéctica son inevitables en filosofía. Desde Marx es inevitable la
lectura de toda filosofía como transida por ideología y el tratamiento
en casi toda reflexión de la relación dialéctica conciencia-existencia,
de las categorías como la lucha de clases, la superestructura, la
totalidad concreta.
La totalidad concreta del sistema capitalista no podrá ser superado
desde fuera, porque no existe fuera. Tampoco negándolo de manera
abstracta. Mucho menos refugiándonos en las esferas micropolíticas, que
es una manera de negar la totalidad ideológicamente, sino desde las
propias contradicciones de esta totalidad, desde su negación radical,
es decir, superación dialéctica. Esto conlleva el enfrentamiento
fundante del trabajo al servicio del capital versus el trabajo al
servicio del hombre. Y, consecuentemente, esta disputa global y
concreta se desdobla, superestructuralmente, en la lucha de la
racionalidad-irracionalidad, discurso de legitimación de esta
totalidad-discurso de transformación revolucionaria, proyecto
conservador-proyecto emancipador, discurso contemplativo-discurso
transformador. En este conflicto expresado en su suprema radicalidad y
contradicción, el pensamiento filosófico también se inscribe en el
dilema de explicar el mundo o transformarlo.
Conclusión
Como todo discurso filosófico, no puede dejar de tener un fundamento y
en el caso de Lyotard también se convierte en legitimación última. Los
metarrelatos devienen pequeños relatos. El universalismo deviene
singularismo, el discurso de emancipación de la humanidad deviene
discurso de validez local. El paradigma universal deviene paralogía,
diferencia. Al fin y al cabo el discurso de nuestro autor tiene una
pretensión: superar los discursos ligados a los metarrelatos,
deslegitimarlos y constituirse en la nueva forma universal de
elaboración científica y filosófica.
La crisis del marxismo ha abierto una serie de interrogantes sobre el
conjunto de los discursos de emancipación del hombre. Lyotard, quien
fue marxista y como todo intelectual ex-revolucionario adopta un
discurso que sirve de balsa para la nueva travesía y este discurso está
lleno de contradicciones y de confusiones. Aunque aparece como
progresista, contestatario y como una reescritura crítica de la vieja
modernidad, para nosotros elabora una línea de pensamiento que más bien
indica un retroceso del pensamiento humano.
El marxismo es una línea de crítica radical a la modernidad, que funda
su discurso en la denuncia de la irracionalidad del sistema
capitalista, que produce la alienación del hombre. La racionalidad
superadora de Marx no es extraña a la modernidad, sino todo lo
contrario, proviene de sus entrañas: el materialismo histórico, la
hermenéutica de la historia como lucha de clases. Y, consecuentemente,
la posibilidad de emancipación de la humanidad entera, a partir de dos
premisas: el desarrollo técnico y científico ha ubicado a la humanidad
en los umbrales de la satisfacción completa de sus necesidades
elementales y el capitalismo ha concentrado y simplificado la sociedad
mundial en dos clases fundamentales, la burguesa y la proletaria. El
proletariado sólo podrá lograr su emancipación a condición de emancipar
al conjunto de la sociedad. El desarrollo tecnológico estará al
servicio del hombre y de su desarrollo a condición de ser dirigido y
organizado racionalmente en una sociedad orientada al hombre, una vez
superado el reino de la irracionalidad. El proceso de superación
planteado por Marx tiene una racionalidad, un sujeto social y una
finalidad. Lyotard niega los tres aspectos.
La versión stalinista del marxismo, la caída estrepitosa de los
llamados socialismos reales, la huida de los intelectuales de izquierda
con sus discursos del “fin de la historia”, fundado en un real y masivo
sentimiento de perplejidad, hastío, desesperanza y derrota, llevó a los
filósofos de la postmodernidad a sostener que nada puede hacerse fuera
del sistema, que la alternativa única es deslegitimar todos los
discursos de la modernidad y comenzar de nuevo, una reescritura sin
ambición unificadora sino desplegada en la pluralidad de contextos, sin
objetivo totalizante sino orientado a presentar la discontinuidad y la
diferencia.
La filosofía postmodernista de Lyotard es mucho más que desconfianza
hacia los proyectos de la modernidad. Es mucho más que una lectura
crítica de la racionalidad occidental. Es la desesperanza, pero sobre
todo, es el vehículo teórico de adaptación al sistema que antes
combatía.
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Madrid, BAC, 1988. 2ª ed.
Historia de la Filosofía VII. Siglo XX: Filosofía de las ciencias, neopositivismo y filosofía analítica.
Madrid, BAC, 1998, 2ª ed.
Historia de la Filosofía VIII. Neomarxismos. Estructuralismo. Filosofía de inspiración cristiana.
Madrid, BAC, 1997, 2ª ed.
Publicado en Antroposmoderno el 16/08/08
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