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FILOSOFÍA, IDEOLOGÍA Y
DOCTRINA EN LA REFLEXIÓN LATINOAMERICANA archivo del portal de recursos
para estudiantes |
María Luisa Rivara de Tuesta
En la reflexión latinoamericana se da una relación
intrínseca entre filosofía y sociedad civil. En el transcurrir
histórico de nuestra filosofía es posible determinar etapas
que están constituidas por la adopción de una determinada
concepción filosófica que al trasladarse o implantarse en
nuestro continente sufre modificaciones transformándose en ideología,
la cual, a su vez, en la medida en que alcanza a las multitudes, queda convertida
en una doctrina.
I
Y es que desde el encuentro del Nuevo Mundo con Occidente la filosofía
ha servido de fundamento a nuestro transcurrir histórico. Nuestro
pensamiento se ha desenvuelto en tres identificables niveles. En primer
lugar como categoría filosófica ya que se transfiere, en forma
y contenido, a las universidades, academias y altos centros de estudios
teológicos, desde donde comienza a expandirse penetrando las altas
esferas políticas e intelectuales. Hemos adoptado y recepcionado
así, con pureza teorética: escolástica, ilustración,
romanticismo, positivismo, filosofía idealista o espiritualista y
materialismo o marxismo, que se constituyen en connotadas etapas de nuestro
pensamiento filosófico. Este nivel filosófico es el punto
de partida de la categoría ideológica.
Entendemos por
ideología aquella expresión de nuestra reflexión que
constituye una modalidad sui generis de nuestro filosofar. En sentido estricto
no es modalidad filosófica ni científica, sino que surge como
una forma de pensamiento tensional debido a que las concepciones filosóficas
al trasladarse a nuestro continente se reconocen o se evidencian como inaccesibles
y hasta incompatibles con nuestra propia tempo-espacialidad. Sin embargo,
son adaptadas y aplicadas como horizonte de pensamiento renovador o como
posible agente de cambio. Podemos, por eso, señalar paralelamente
a las etapas filosóficas un transcurrir ideológico en el que
se evidencia que la filosofía adoptada no es seguida literalmente,
sino que se modifica por el peso que impone la propia realidad pero que
al sufrir esas modificaciones o adaptaciones actuaron sobre ella modificándola.
Las etapas ideológicas pueden ser concretizadas. En efecto,
en la etapa colonial la filosofía escolástica tiene una influencia
determinante en la conceptualización del aborigen surgida de la ideología
humanista reformista, fundamentalmente defensora de la capacidad intelectual
del natural americano. La problemática que se suscita en torno a
esta cuestión es esencialmente antropológica, pues está
referida a la racionalidad y aptitud del indígena para asimilarse
a la cultura occidental. Pero lo importante estriba en el hecho de que los
valores establecidos por las culturas prehispánicas obligaron a un
planteamiento ideológico que en última instancia debía
admitir que hombres extraños al proceso histórico-cultural
occidental, -con sus propias y peculiares formas de pensamiento acerca de
Dios, el mundo y el hombre, habiendo por ende vivido y realizado otra historia-
pudieran ser admitidos e introducidos en el proceso histórico occidental.
Nuestra ideología ilustrada se desenvolvió en un largo proceso
que abarcó la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX.
Lo evidente es que la filosofía ilustrada alentó a nuestros
ideólogos de la emancipación, desde la razón o las
luces, en su afán de cambio, de reformas y de revolución.
La ideología romántica social logró, en pugna con los
conservadores, que se adoptase y luego mantuviese el sistema republicano,
así como también que se decretara la libertad de los esclavos
negros. Los conservadores, siempre atentos a los peligros que implicaba
una plena democracia, la detuvieron a través del caudillaje militar
y las dictaduras.
En la etapa positivista la divisa de «orden
y progreso» es ideologizada, sobre todo en el campo de la política,
para respaldar regímenes dictatoriales.
La nueva etapa ideológica,
inaugurada con la pugna ideológica entre espiritualismo y marxismo,
se prolonga hasta la década del noventa. Con la caída del
socialismo real se adopta la filosofía liberal cuya expresión
ideológica actuante se evidencia en el neo-liberalismo económico,
político y jurídico que pasa a convertirse en la doctrina
imperante.
El fenómeno de adaptación de un horizonte filosófico
de naturaleza tempo-espacial diferente es lo que va constituyendo las categorías
ideológicas. Como categoría doctrinal paulatinamente impregna
las áreas de la cultura, se difunde y expande a través de
aforismos o conceptualizaciones abreviadas o simplificadas de la filosofía
que fue su punto de partida.
Hasta la década del 40 la modalidad
ideológico-doctrinal que hemos descrito ha caracterizado nuestro
proceso histórico-filosófico, es decir, que partiendo de concepciones
filosóficas hemos transitado y seguimos transitando por adaptaciones
ideológicas que han dado lugar a movimientos de expansión
caracterizados por su divulgación doctrinal.
En la medida en
que la divulgación, sea ideológica o doctrinal, ha logrado
penetrar las esferas económicas y políticas se infiltra también
en el derecho y a través del cual se cambian las Constituciones.
Las instituciones jurídicas son las que, en última instancia,
han elaborado el cuerpo jurídico o constitucional, herramienta de
praxis, que proyecta sus dictámenes con exigencia de cumplimiento
por parte de la sociedad civil.
II
Es sabido que la filosofía, disciplina esencialmente crítica,
atraviesa por un proceso de revaluación de los valores más
significativos de la cultura occidental, entre los cuales la Declaración
Universal de los Derechos Humanos ocupa el centro. Toda la carta puede condensarse
en una sola frase: el hombre debe ser considerado como un fin en sí
y no como un medio o instrumento. La dignidad humana es el valor central
de la acción económica, política y jurídica,
por lo tanto, toda acción que no tome en cuenta la dignidad humana
carece de valor.
La actual revaluación no se plantea única
y exclusivamente en los centros tradicionales del quehacer filosófico,
sino que desbordándolos y en una especie de sincronización,
curiosamente no planificada, se ha venido dando también desde la
periferia, es decir, desde el llamado Tercer Mundo, dentro del cual están
incorporados los países latinoamericanos.
¿Desde cuándo
y por qué la filosofía de nuestra América interviene
en esta revaluación de la civilización que no sólo
se había superpuesto a las nativas sino que le había inspirado
y transmitido su racionalidad, su ética y el carácter humanista
de su filosofar?
Es al inicio de la Segunda Guerra Mundial, en setiembre
de 1939, que se hace evidente, en los hechos mismos de esa contienda, que
la cultura parece haber desaparecido en todo el continente europeo. Se piensa
entonces, desde América, en la necesidad de un programa de reafirmación
y continuidad de los valores de la filosofía occidental y, al mismo
tiempo, en un proyecto de praxis de teorías postuladas desde nuestra
auténtica reflexión, es decir, crear, frente a las problemáticas
de nuestra realidad, respuestas desde la filosofía y no seguir sujetos
a la continua adopción y adaptación de filosofías que
sólo expresan la subordinación del americano frente al pensamiento
europeo.
Para los filósofos latinoamericanos se plantea la urgencia
de decidir si tienen que esperar nuevas producciones filosóficas
desde Occidente, seguir repitiendo en condición de epígono
las existentes, o si tienen que empezar a hablar por sí mismos.
Esta situación es la que, según Francisco Miró Quesada,
origina la bifurcación de nuestro filosofar en cuanto el filósofo
latinoamericano, frente a la crisis, decida: la respuesta asuntiva que consiste
en proseguir la actitud teórica, poniendo el sentido de la autenticidad
de su quehacer en la creación de ideas originales en el tratamiento
de los grandes problemas del pensamiento occidental, o la respuesta afirmativa
que consiste en ver en el filosofar algo más significativo: crear
una auténtica y original reflexión desde la circunstancia
histórico-geográfica y cultural que es América.
El grupo que asume esta segunda actitud es poco numeroso, pero compacto
y unitario, ha ido modelando su esencia en México y caracteriza a
la filosofía mexicana en una actitud de afirmación de sus
más profundas esencias como lo hace Leopoldo Zea y, desde esa nación,
influye decididamente en filósofos latinoamericanos como Augusto
Salazar Bondy, Francisco Miró Quesada, Arturo Ardao, Joâo Cruz
Costa, Ernesto Mayz Vallenilla, Risieri Frondizi, Arturo Andrés Roig,
Enrique Dussel, Horacio Cerutti, y otros mexicanos como Fernando Salmerón,
Luis Villoro y Abelardo Villegas. Muchos de los mencionados se dedicaron
y se dedican a la historia de las ideas, a la filosofía de la historia
americana y, por último, han intervenido en la postulación
de la denominada filosofía de la liberación latinoamericana.
Como consecuencia de esta actividad en el campo de la historia de las ideas,
la filosofía de la historia americana y la filosofía de la
liberación se dan dos aportes muy significativos. Desde la disciplina
sociológica, surge la teoría de la dependencia y, desde el
marco religioso, la teología de la liberación. Sería
muy largo referirnos al quehacer y aporte de este denominado grupo afirmativo
de filósofos latinoamericanos; sólo queremos enfatizar que
han dado un giro distinto, singular, en cuanto postulan la cancelación
del proceso vertical (filosofía, ideología y doctrina) de
nuestro filosofar para reemplazarlo por una relación horizontal de
hombres entre hombres, de pueblos entre pueblos. La necesidad de cancelación
del proceso vertical del actuar de la filosofía sobre nuestra sociedad
civil se hace evidente y claro cuando nos planteamos el problema indígena
en nuestro continente.
III
Es imposible negar la escisión cultural que existe y se
mantiene por más de quinientos años entre los que estamos
inmersos en la cultura occidental y los actuales descendientes de las poblaciones
prehispánicas mayas, nahuatls, e incas. ¿Por qué no
se ha logrado hasta el presente una armoniosa síntesis entre ambas
culturas? ¿Dónde está más patente el incumplimiento
de la Declaración Universal de los Derechos Humanos? ¿Dónde
se infringe más el principio de que la dignidad humana es el valor
central de la acción económica, política y jurídica?
Nuestro proceso filosófico, ideológico y doctrinal, visto
desde la problemática indígena, evidencia que no ha podido
lograrse todavía, a través de la reflexión, una síntesis
cultural armoniosa que exprese los legados culturales indígena y
occidental.
Es verdad que tanto la filosofía inculturada como
la filosofía de la liberación, por sus postulados teóricos
y de praxis, aspiran a esa anhelada síntesis cultural en razón
del reconocimiento a la plena humanidad e igualdad de todos los hombres
y la apertura a la cultura a la que pertenecen.
Por otro lado, es verdad
también que la filosofía liberal y la ideología neo-liberal
a ultranza, que se imponen actualmente como doctrina o pensamiento dominador
desde la esfera económico-política y jurídica, harán
sentir sus efectos devastadores y acentuarán aún más
la condición infra-humana de estas nuestras gentes y aumentarán
cada día más su condición de extrema pobreza.
Postulamos
por eso, aquí y ahora, que cuando se acepta esta realidad de la extrema
pobreza como la mostración más evidente de nuestro subdesarrollo,
es posible cuestionar el hecho de la transposición filosófica;
pues ésta, iniciada hace más de quinientos años, no
ha logrado desterrar por completo lo ancestral. El hecho es que el habernos
impuesto, o haber elegido, ser prolongación del hombre por excelencia,
el occidental, e integrarnos a su historia, cultura y crisis, ha implicado
una amputación de la cultura indígena. Esto, que ha constituido
y constituye una expresión apremiante y asfixiante de la realidad
de nuestra sociedad civil, se ha reflejado una y otra vez como la problemática
más constante en su historia y en su reflexión. Queda sobre
todo establecida una distinción, que aún subsiste, entre el
pensamiento anterior a la conquista española y el que le sucede,
correspondiente a nuestro ingreso a la cultura occidental y a su filosofía.
Hay que recordar y relevar aquí que con el trasfondo de la problemática
indígena, con el encubrimiento del otro (el indígena), se
inicia en América la transculturación filosófica occidental.
¿En qué principio podría fundamentarse un desarrollo
que armonizase la escisión cultural, más aún teniendo
en consideración el avance científico y tecnológico
actual?
Revisando nuestra historia, remontándonos a lo prehispánico,
podemos encontrar en ella alguna idea que pueda constituirse en idea directriz,
algo permanente, con carácter de continuidad exitosa en todo el proceso
histórico y que, simultáneamente, no esté reñida
con los anhelos del hombre contemporáneo de aplicar en nuestro continente
y en nuestro país los avances científicos y tecnológicos,
a fin de lograr la gran meta de enfrentarnos a la aguda pobreza.
Es
necesario que ésta no continúe incrementándose, que
se detenga y que en el futuro inmediato esa idea directriz pueda constituirse
en una forma de conocimiento y una firme creencia de que su formulación
técnica y su éxito surgen de una modalidad original, sui generis,
creada en esta parte del universo, modalidad que ha venido acompañando
continuamente al hombre peruano en sus pequeñas y grandes realizaciones.
Constatamos que esta modalidad sui generis se practica actualmente
en las zonas rurales, opera también, silenciosamente, en las zonas
llamadas marginales y, por lo tanto, su existencia y permanencia como idea
atraviesa a manera de columna incólume, sana y sin lesión
todo nuestro proceso histórico.
Resistió al sistema económico
mercantilista colonial, subsistió frente a los cambios de los distintos
regímenes que se han sucedido bajo el sistema republicano -en democracia
y en dictaduras- y actualmente se enfrenta a las posibilidades de anulación
bajo los imperativos categóricos del llamado neo-liberalismo económico.
Si el propósito es pensar en un concepto antitético del concepto
pobreza, y si esta pobreza se patentiza en el medio rural y en los barrios
marginales -núcleos humanos que buscan en los centros urbanos mejores
condiciones de vida y de trabajo- y si además debemos concebir un
eje particularmente adecuado a nuestra realidad frente a la idea «importada
y hasta impuesta» de desarrollo, entonces debemos, necesariamente,
recurrir a esa columna incólume que atraviesa erguida nuestro proceso
histórico y que es una forma de trabajo propia a la ancestral organización
de nuestros pueblos.
¿Por qué no podría hacerse
de esa idea el eje de un nuevo sistema con miras a la cancelación
de la pobreza en nuestros países, sobre todo los que aún mantienen
núcleos indígenas?
Se trataría de racionalizar,
o de elevar a la categoría de conocimiento científico y de
profunda creencia el sistema ancestral de trabajo comunitario llamado en
el antiguo Perú minka y ayni, aún presente como forma de trabajo
propia a la organización social de nuestros pueblos peruanos.
Forma de trabajo que siempre requiere el concurso de todos los componentes
del grupo, ya sea en forma parcial, cuando se trata por turno del cultivo
de sus respectivas parcelas, o del sistema de cooperación total del
grupo, cuando se trata de obras comunales, de todos modos trabajo colectivo
que significa solidaridad y cooperación, ya que es sobre la base
de estos dos sentimientos altamente sociales como funcionan las comunidades
que son las células del gran organismo rural y que ahora están
más cerca, objetivamente visibles, en las barriadas citadinas.
Esta idea, que ha brotado de las circunstancias del acontecer histórico
y que sigue inserta en él, podría ser la palanca que permita
el despegue hacia la cancelación de la pobreza. Porque bajo el imperio
de la idea liberal de desarrollo se ha pretendido cancelar la pobreza, los
distintos regímenes políticos han utilizado, en términos
muy vagos y hasta contradictorios la idea de desarrollo como la palanca
que permitiría a nuestro continente salir del estado de depresión
y subdesarrollo en el que estábamos y continuamos inmersos. Sin embargo
el resultado, hasta hoy, ha sido y seguirá siendo acumulado en términos
de endeudamiento que se ha ido incrementando y seguirá creciendo
en la medida en que la idea de desarrollo siga utilizándose sin adecuarla
convenientemente a nuestra realidad socio-cultural y económica.
Para concluir queremos reafirmar la necesidad de cancelar el proceso histórico
vertical de difusión filosófica para reemplazarlo por una
nueva concepción horizontal donde apliquemos auténticamente
los principios o valores más elevados de nuestros legados culturales:
del indígena, el trabajo con sentido comunitario, y del occidental,
la ciencia y la tecnología adecuadas. Sólo así nuestra
sociedad civil, que constituye la base de la pirámide social, podrá
lograr una existencia más digna y justa.