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LAS ANTEOJERAS DEL PUEBLO ESTADOUNIDENSE archivo del portal de recursos
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de origen
Howard Zinn
Autor de ''A People's History of the United States''
(Una historia popular de los Estados Unidos) y de ''Voices of a People's History
of the United States'', junto a Anthony Arnove.'
Texto original: http://progressive.org/mag_zinn0406
Traducción del inglés para Rebelión por S. Seguí
17.04.2006
Ahora que la mayor parte de estadounidenses ya no cree en la guerra, ahora
que ya no confían en Bush y su gobierno, ahora que la evidencia del engaño
se ha hecho abrumadora (tan abrumadora que incluso los principales medios de
comunicación, tarde como siempre, han comenzado a mostrar una cierta
indignación), podríamos preguntarnos: ¿cómo ha podido
engañarse a tanta gente durante tanto tiempo?
La pregunta es importante porque podría ayudarnos a comprender porqué
nuestro pueblo, tanto los miembros de los medios de comunicación como
el ciudadano corriente, corrió a manifestar su apoyo a un presidente
que estaba enviando tropas al otro lado del mundo, a Irak.
Un pequeño ejemplo de la inocencia (servilismo, para ser más exactos)
de la prensa es el modo como reaccionó a la presentación de Colin
Powell, en febrero de 2003, en el Consejo de Seguridad, un mes antes de la invasión,
un discurso que puede haber establecido un récord mundial de falsedades
dichas de un tirón. En dicho discurso, Powell enumeró, con toda
confianza, sus ''pruebas'': fotografías tomadas desde satélites,
conversaciones grabadas, informes de espías con estadísticas muy
precisas de cuántos litros de esto y de lo otro había disponibles
para la guerra química. El New York Times se quedó sin aliento
de pura admiración. El editorial del Washington Post consideraba las
pruebas ''irrefutables'' y declaraba tras la charla de Powell: ''Es difícil
imaginar que alguien pueda dudar que Irak posee armas de destrucción
masiva.''
Considero que hay dos razones, profundamente enraizadas en nuestra cultura nacional,
que contribuyen a explicar la vulnerabilidad de la prensa y la ciudadanía
ante este tipo de crudas mentiras cuyas consecuencias han supuesto y suponen
la muerte de decenas de miles de personas. Si somos capaces de comprender estas
razones, podremos protegernos mejor de los engaños.
La primera es la dimensión temporal, es decir, la falta de perspectiva
histórica. La segunda es la dimensión espacial, es decir, una
incapacidad de pensar más allá de los límites del patriotismo.
Estamos encerrados por la arrogante idea de que este país es el centro
del universo, y de que es excepcionalmente virtuoso, admirable y superior.
Si no conocemos la historia, entonces somos presas fáciles de políticos
carnívoros y de los intelectuales y periodistas que les facilitan la
cubertería. Y no hablo aquí de la historia que estudiamos en la
escuela, una historia servil hacia nuestros líderes políticos,
desde los tan admirados Padres Fundadores hasta los presidentes de estos últimos
años. Hablo de una historia que trate con honestidad el pasado. Si no
conocemos esa historia, entonces cualquier presidente puede dirigirse a nosotros
desde una hilera de micrófonos y declarar que debemos ir a la guerra,
y no tendremos fundamento alguno para cuestionarlo. Nos contará que la
patria está en peligro, que la democracia y la libertad están
en juego y que, por consiguiente, debemos enviar buques y aviones para destruir
a nuestro enemigo, y no tendremos razones para no creerlo.
Pero si conocemos la historia, si sabemos cuántas veces otros presidentes
han hecho similares declaraciones al país, y cómo resultaron ser
mentira, entonces no nos van a engañar. Aunque algunos de nosotros podamos
decir con orgullo que no nos hemos dejado engañar nunca, también
podríamos aceptar como deber cívico la responsabilidad de apoyar
a nuestros conciudadanos contra la mendacidad de nuestros más altos funcionarios.
-- Podríamos recordarles que el presidente Polk mintió a la nación
sobre las razones para ir a la guerra con México en 1846. No eran que
éste país hubiera ''derramado sangre estadounidense en nuestro
propio suelo'', sino que Polk, y nuestra aristocracia esclavista, deseaban apoderarse
de la mitad del territorio de México.
-- Podríamos señalar que el presidente McKinley mintió en
1898 sobre las razones para invadir Cuba, diciendo que queríamos liberar
la isla del control de España, cuando la verdad era que efectivamente
queríamos que España abandonara Cuba para poder ofrecérsela
a la United Fruit y otras corporaciones de EE UU. Mintió también
sobre las razones de nuestra guerra en las Filipinas, cuando afirmó que
sólo buscábamos ''civilizar'' a los filipinos, cuando la razón
real era hacerse con un buen pedazo de tierra en el Pacífico occidental,
aunque para ello tuviéramos que matar a miles de filipinos.
-- Nuestro presidente Thomas Woodrow Wilson con tanta frecuencia calificado
en nuestros libros de historia de ''idealista'' mintió sobre nuestras
razones para entrar en la I Guerra Mundial, afirmando que era una guerra para
''hacer el mundo seguro para la democracia'', cuando realmente era una guerra
para hacer el mundo seguro para los poderes imperiales occidentales.
-- Harry Truman mintió cuando dijo que la bomba atómica fue lanzada
sobre Hiroshima porque esta ciudad era ''un objetivo militar''.
-- Todos mintieron sobre Vietnam: Kennedy sobre la magnitud de nuestra implicación,
Johnson sobre el incidente del Golfo de Tonkín, Nixon sobre el bombardeo
secreto de Camboya, todos ellos asegurando que se trataba de mantener Vietnam
del Sur libre de comunismo, cuando lo que realmente querían era mantener
ese país como avanzadilla estadounidense en el confín del continente
asiático.
-- Reagan mintió sobre la invasión de Grenada, afirmando, falsamente,
que era una amenaza para nuestro país.
-- Bush padre mintió sobre la invasión de Panamá, que tuvo
como consecuencia la muerte de miles de civiles de ese país. Luego volvió
a mentir sobre la razón para atacar Irak en 1991: no se trataba de defender
la integridad de Kuwait ¿es alguien capaz de imaginar a Bush afligido
por la invasión de este país por Irak? sino de afirmar
el poder de EE UU en un Oriente Próximo rico en petróleo.
Teniendo en cuenta este abrumador récord de mentiras destinadas a justificar
guerras, ¿cómo se puede creer al joven Bush cuando expone sus
razones para invadir Irak? ¿No deberíamos rebelarnos, instintivamente,
contra el sacrificio de nuestras vidas a cambio de petróleo?
Una lectura atenta de la historia podría darlos otros elementos de protección
contra la mentira. Podríamos entender que siempre ha habido, y sigue
habiendo, un profundo conflicto de intereses entre el gobierno y el pueblo de
los Estados Unidos. Este pensamiento resulta perturbador para una mayoría
de personas, por cuanto va en contra de todo lo que nos han enseñado.
Se nos ha inducido a creer que, desde el principio, tal como nuestros Padres
Fundadores inscribieron en el Preámbulo de la Constitución, éramos
''nosotros, el pueblo'' quienes establecimos el nuevo gobierno tras la Revolución.
Cuando el eminente historiador Charles Beard sugirió, hace ya cien años,
que la Constitución representaba no al pueblo trabajador, no a los esclavos,
sino a los esclavistas, a los mercaderes y los rentistas, fue objeto de un editorial
indignado en el New York Times.
Nuestra cultura exige, en su lenguaje mismo, que aceptemos la comunidad de intereses
que nos une los unos a los otros. No debemos hablar de clases. Sólo los
marxistas lo hacen, aunque James Madison, ''Padre de la Constitución'',
afirmara ya, treinta años antes del nacimiento de Karl Marx, que había
un conflicto inevitable en la sociedad entre aquellos que eran propietarios
y los que no lo eran.
Nuestros actuales líderes no son tan francos. Nos bombardean con términos
como ''interés nacional'' ''seguridad nacional'' y ''defensa nacional''
como si todos estos conceptos se aplicasen de la misma manera a todos nosotros,
blancos o negros, ricos o pobres; o como si General Motors y Halliburton tuvieran
los mismos intereses que el resto de nosotros, o como si los de George Bush
fueran los mismos que los de los jóvenes que envía a la guerra.
No cabe duda de que, de todas las mentiras dirigidas a nuestro pueblo, esta
es la mayor. En la historia de los secretos escondidos al pueblo estadounidense,
este es el mayor de ellos: que hay clases sociales que tienen diferentes intereses.
Ignorarlo desconocer que la historia de nuestro país es la historia
del propietario de esclavos contra el esclavo, del propietario contra el inquilino,
de la corporación contra el trabajador, del rico contra el pobre
es dejarnos desarmados ante todas las mentiras menores que nos cuenta la gente
que detenta el poder.
Si nosotros como ciudadanos partimos del entendimiento de que esa gente de arriba
el presidente, el Congreso, el Tribunal Supremo, todas esas instituciones
que se supone que garantizar el ''equilibrio de poder'' no está
pensando en nuestros intereses, entonces estaremos en el buen camino hacia la
verdad. Desconocer esto es dejarnos a nosotros mismos desarmados ante una serie
de mentirosos a plena dedicación.
La creencia tan firmemente imbuida no desde nuestro nacimiento, pero
sí por medio del sistema educativo y de nuestra cultura en general
de que Estados Unidos es una nación particularmente virtuosa, nos deja
particularmente vulnerables ante los engaños de nuestro gobierno. Los
engaños comienzan pronto, en el primer curso de educación básica,
cuando nos obligan a ''jurar fidelidad'' (antes incluso de que sepamos qué
quiere decir esa palabra), y nos fuerzan a proclamar que ésta es una
nación con ''libertad y justicia para todos''.
Y luego están las innumerables ceremonias, en parques o recintos cerrados,
en las que se supone que debemos ponernos de pie y agachar la cabeza mientras
suena nuestro himno nacional, que anuncia que somos ''la tierra de los libres,
el hogar de los valientes''. Y hay también el himno oficioso ''Dios bendiga
a América'', y la gente te mira con mala cara si te atreves a preguntar
porqué Dios debería escoger a esta nación en particular
el 5% de la población mundial para bendecirla con su gracia.
Si partimos de este punto de vista en la evaluación del mundo, es decir,
del firme convencimiento de que este país ha sido dotado por la Providencia
de cualidades únicas que lo hacen moralmente superior a todos los demás
sobre la Tierra, entonces no es probable que cuestionemos al presidente cuando
nos comunica que enviaremos a nuestras tropas a este o aquel país, o
que bombardearemos por aquí o por allá, a fin de extender nuestras
virtudes la democracia, la libertad y, no lo olvidemos, la libre empresa
a cualquier lugar del mundo literalmente dejado de la mano de Dios.
En ese momento, es preciso, si queremos protegernos a nosotros mismos y a nuestros
conciudadanos contra políticas que son desastrosas no solo para otros
pueblos sino también para el nuestro, que tengamos a mano los datos que
ponen en cuestión la idea de una nación virtuosa como ninguna.
Los datos son perturbadores, pero debemos asumirlos si queremos ser honestos.
Debemos asumir nuestra larga historia de limpieza étnica, en la que millones
de indios fueron arrojados de sus tierras por medio de matanzas y deportaciones
forzadas. Y nuestra larga historia, que no hemos dejado aún atrás,
de esclavismo, segregación y racismo. Debemos tener presente nuestra
larga tradición de conquistas imperiales, en el Caribe y en el Pacífico,
nuestras vergonzosas guerras contra países de tamaño inferior
a una décima parte del nuestro: Vietnam, Grenada, Panamá, Afganistán,
Irak. Y la permanente memoria de Hiroshima y Nagasaki. No es una historia de
la que podamos estar orgullosos.
Nuestros líderes han dado por sentado, y han implantado esta creencia
en las mentes de mucha gente, que tenemos derecho, por nuestra superioridad
moral, a dominar el mundo. Al finalizar la II Guerra Mundial, Henry Luce, con
una arrogancia apropiada a su figura de propietario de las revistas Time, Life
y Fortune, acuñó el término de ''el siglo americano'',
con lo que quería decir que la victoria en la guerra daba a Estados Unidos
derecho a ''ejercer sobre el mundo toda la fuerza de su influencia, para los
fines que creamos convenientes y por los medios que creamos convenientes.''
Tanto el partido republicano como el demócrata han hecho suya esta idea.
George Bush, en su discurso de toma de posesión, el 20 de enero de 2005,
afirmó que difundir la libertad por todo el mundo era la ''exigencia
de nuestro tiempo''. Años antes, en 1993, Bill Clinton, hablando en una
ceremonia de entrega de diplomas en la academia militar de West Point, declaró:
''Los valores que han aprendido ustedes aquí (...) podrán difundirlos
por todo nuestro país y por todo el mundo, y dar a otras personas la
posibilidad de vivir como ustedes han vivido y desarrollar las capacidades que
Dios les ha concedido.''
¿En qué se basa la idea de nuestra superioridad moral? Sin duda,
no en nuestro comportamiento hacia otros pueblos en otros lugares del mundo.
¿Se basa entonces en el alto nivel de vida de la gente en Estados Unidos?
En 2000 la Organización Mundial de la Salud publicó su clasificación
de países en términos de situación sanitaria general, y
EE UU ocupaba el lugar 37 de la lista, aunque gasta más dinero por persona
en cuidados de salud que cualquier otro país del mundo. Uno de cada cinco
niños de este país, el más rico del mundo, nace en la pobreza.
Hay más de cuarenta países que tienen una mortalidad infantil
más reducida, entre ellos Cuba. Y hay otro signo evidente de enfermedad
social: tenemos la mayor población reclusa del mundo, más de dos
millones de personas.
Una estimación más honesta de nosotros mismos como pueblo podría
prepararnos para la próxima batería de mentiras que acompañará
a la próxima propuesta de imponer nuestro poderío en algún
otro lugar del mundo. También podría inspirarnos la elaboración
de una historia diferente de nosotros mismos, arrancar nuestro país de
las manos de los mentirosos y asesinos que lo gobiernan, y mediante el
rechazo del nacionalismo arrogante unirnos al resto de países
de la raza humana en la causa común de paz y justicia.
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