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TEORÍA POLÍTICA Y PRÁCTICA
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Armando R. Poratti
“Tutte le vie portano a...” a quale città? Questione delicata
...
Amo credere che cammina cammina cammina cammina,
finalmente
questa città sarà Platonopolis”.
J. H. Weinschenk, “Epigrammi”,
Filosofia, XXV (1974) p. 294
El Lógos como condición
existencial de la Pólis
Nuestras representaciones
usuales responden a la palabra pólis, o bien con un vacío
que la hace sinónimo de ‘organización política’ en
general, o posiblemente con la imagen de una comunidad armoniosa y libre,
donde Estado, pueblo e individuo coinciden en una vida bella. No es difícil
detectar tras esta imagen la “bella eticidad” de la Fenomenología
del Espíritu (aquel lugar donde todavía no ha estallado la
distinción entre el individuo y la ciudad, entre lo público
y lo privado). Esa idealización formó parte, antes y más
allá de Hegel, del imaginario de una Alemania en busca de su organización,
y su inclusión en la gran filosofía del Idealismo le valió
el pasaporte a nuestro trasfondo cultural. Ese producto alemán es
engañoso, no sólo porque pone en juego paradigmas políticos
modernos, sino sobre todo porque tiende a dar la idea de una sociedad que
exporta la violencia hacia sus relaciones con las otras. Pero la violencia
interna está en la raíz de la pólis, si bien no tiene
las mezquinas formas de la sociedad civil.
La pólis fue la matriz
que posibilitó el período griego propiamente creador, no el
que usualmente tenemos a la vista, el clásico (siglos V-IV), sino
el arcaico (siglos VIII-VI). Pero “la pólis” no es un concepto sino
el resultado de un proceso, o este proceso mismo, cuyas raíces se
hunden por detrás de la misma Grecia histórica en la gran
civilización de la Edad del bronce que conocemos como cultura micénica.
Ésta –producto de la fusión de elementos mediterráneos
e indoeuropeos, que habla griego y entre cuyos dioses podemos reconocer
a casi todo el futuro panteón olímpico- es una civilización
“palacial”: pequeños territorios alrededor de un centro, el Palacio,
habitado por el ‘rey’ (wánax, = homérico ánax, ‘señor’),
y organizados mediante una compleja burocracia (de la que se han salvado
y descifrado algunos archivos), que aparecen como un perfecto ejemplo de
economía “redistributiva” 1. Naturalmente esta centralización no se limitaría
al aspecto económico.
El Palacio constituye un centro de poder
sobresaturado. Cuando hacia el 1200 aparecen en escena nuevos migrantes
(tradicionalmente conocidos como “los dorios”, aunque se trata de complejos
reflejos de un vasto movimiento de pueblos, conjugados con vacíos
de poder en los palacios), la civilización micénica colapsa,
o por lo menos los palacios y su organización- y se da paso a la
llamada Edad Oscura con la que empezaría la historia de Grecia propiamente
dicha. El telón vuelve a levantarse hacia el s. VIII, con la reapertura
del Mediterráneo a la navegación griega, que supone el pasaje
de la economía agraria de subsistencia al comercio y la producción
de exportación con el fenómeno complementario de la fundación
de colonias en Sicilia e Italia y el Mar Negro, la organización definitiva
de los poemas homéricos, la reinoducción de la escritura ahora
con el alfabeto fenicio, e indicios de la emergencia de la polis.
¿Cuáles
son esos indicios? Por supuesto, pólis no se confunde con el núcleo
urbano como tal (ásty). En Homero, la palabra pólis designa
la ciudadela, que luego será llamada acrópolis. En las ciudades
micénicas, ése solía ser el lugar del Palacio. Desaparecido
el rey micénico, el lugar -el Centro- queda simbólica y muchas
veces físicamente vacío. Y no va a surgir ningún poder
que vuelva a llenarlo. Los poderosos van configurando una cultura aristocrática
tejida por las relaciones, muchas veces ‘internacionales’, de amistad y
de competencia a la vez (agôn). El conflicto aparecerá cuando
el crecimiento de la población y las nuevas perspectivas económicas
pongan en crisis a la sociedad agrícola tradicional y los campesinos
se enfrenten a los terratenientes nobles. Esto llevará a sacar a
luz aquello que los señores detentan en función de un cierto
carácter sacro: el conocimiento del derecho tradicional que los habilita
para tomar decisiones judiciales (thémistai, díkai), y la
titularidad de los cultos, como cultos del clan o familia, génos.
Ahora las fórmulas jurídicas tradicionales se pondrán
por escrito, y la ley así establecida valdrá por sí
misma como ley de la Ciudad con independencia de cualquier autoridad personal
o familiar: nace el estado de derecho. El ídolo del culto familiar,
guardado en la casa, se convertirá en la diosa o el dios de la ciudad,
que se abre a ella en el templo. Y el templo se abre al espacio dejado por
el Palacio, en el cual también se expondrán públicamente
las leyes, grabadas en tablas. El lugar pasará a llamarse agorá,
palabra que no significa originariamente un lugar (y menos el mercado),
sino la institución que en Homero era la discusión solemne
de los jefes en presencia del ejército, en la cual el que hablaba
estaba religiosamente protegido por la sustentación del cetro: transposición
regulada, pues, del conflicto a la palabra. Este juego, llevado a cabo ahora
por las clases, partes y partidos que se enfrentan en la ciudad, respaldado
y regulado por la ley escrita e impersonal, será el que ocupe el
lugar vacío del Centro 2. Y con ello tenemos la Ciudad. El conflicto llevado a la palabra
sobre el fondo de la ley será la condición de posibilidad
del lógos. Unos siglos después Aristóteles conectará
esencialmente el zôon politikón, el ser vivo a cuya naturaleza
corresponde vivir en polis, con el zôon lógon ékhon,
aquél a cuya naturaleza corresponde el lógos, como la misma
definición.
Pero el lógos tiene originariamente las huellas
del conflicto. En el pensamiento religioso-político de Solón
de Atenas, y luego en el que llegaría a ser clasificado como filosófico
de Anaximandro, díke, “justicia”, es el ritmo por el que un exceso
injusto es castigado y compensado por otro exceso. Con Heráclito
aparece por primera vez en el lenguaje del pensamiento la palabra lógos,
que significa tanto la inteligibilidad que hay en la realidad como la posibilidad
humana de captarla y de decirla. Ahora bien, el logos heraclíteo,
en tanto estructura o ley del acontecer, es nuevamente esta dinámica
de los opuestos, el conflicto que anida en la justicia misma y la constituye
(B80, “Hay que saber que la guerra es común y la justicia discordia
y todo sucede según la discordia y necesariamente”). B114 expresa
lo que podríamos llamar la metafísica del conflicto político:
según este fragmento, la inteligencia y el lenguaje del hombre están
respaldados por “lo común” de todas las cosas (esto es, el lógos,
cf. B2), así como la ley, que es lo común político,
respalda a la ciudad. Más aún, “todas las leyes humanas se
alimentan de uno, lo divino” (o “de una ley, la divina”): es decir, la ley
política misma, equilibrio de un conflicto, es como un arroyo que
procede directamente de esa esencia conflictiva y a la vez ocultamente armoniosa
que rige todo. La armonía es el ritmo del conflicto, que es raigal
e inextirpable. La justicia arcaica es trágica.
Este tenso equilibrio
de los conflictos internos constituye la primera madurez de la pólis.
Las Guerras Médicas, a comienzos del s. V, en que la Hélade
vence por dos veces a los invasores persas, fueron su gran prueba y su momento
más alto. Pero también echaron las bases para su crisis. Esparta
y Atenas surgen de la guerra como las potencias preponderantes, y la tensión
intrapolítica se transforma en conflicto expansivo. Esparta se consolida
como potencia militar terrestre y establece su hegemonía en el Peloponeso,
y Atenas, dueña de los mares, a la cabeza de la Liga de Delos, en
la que muchas ciudades son forzadas a entrar o permanecer, ingresa en su
cenit como potencia imperialista. Los tributos de la Liga asegurarán
su prosperidad durante el apogeo, conocido como “siglo de Pericles”. En
este contexto, el éthos de la polis arcaica se quiebra. El mismo
auge de Atenas, basado en el éxito económico y militar, es
ya una crisis si se entiende por crisis no tanto un estado caótico
cuanto una quiebra de los fundamentos tradicionales que no son reemplazados
sino por ese mismo éxito.
El estado de cosas deriva hacia el
mundo del puro poder, que se produce y se sustenta a sí mismo. Tucídides,
historiador de la guerra a que esto conduce, y junto con su traductor Hobbes
uno de los pensadores más descarnados y lúcidos del fenómeno
del poder, dará testimonio de las circunstancias espirituales que
la acompañan: la democracia imperialista de Atenas ejerce un poder
que quizás por única vez en la historia se presenta sin justificaciones
ideológicas. El dêmos lleva adelante una política de
puro poder y es capaz de hacerse cargo de ella también moralmente
3. Por
eso se vuelve necesario llevar a la consciencia explícita las condiciones
de la construcción del poder, al que se reconoce como producto de
una
técnica racional. Y las instituciones democráticas
han determinado que su instrumento, que hacia el exterior puede ser la fuerza
declarada, en el juego político interno siga siendo el lógos,
el lenguaje y la argumentación persuasiva. La sofística dará
a la vez la teoría y la técnica que las condiciones reclaman.
La lógica socrática
Los múltiples intereses de los sofistas
confluyen en la capacitación política de ciudadanos selectos.
Pero esta tarea está unida a un problema de fondo, concentrado en
una palabra que a través de ellos va a conducir al primer filósofo
ateniense, Sócrates: areté. La traducción usual por
nuestra palabra “virtud”, cargada de resonancias cristianas y modernas,
despista. Areté es lo propio del “bueno” (agathós) y del “muy
bueno” (áristos, con el que está etimológicamente
relacionada). Significa “excelencia” en el ejercicio de una función
o capacidad socialmente valorada, en especial aquélla que da acceso
al poder, como lo era en Homero la función guerrera. La educación
sofística ofrece adquirir o ejercitar la areté mediante la
politiké tékhne (cf. Platón, Protágoras 319a).
Sócrates, en los diálogos juveniles de Platón, no discute
la “virtud”, sino aquello que capacita para dirigir y cuya posesión
reconocida otorga legitimidad al ejercicio del poder político. Por
eso es fundamental la cuestión de si la areté es innata -como
sostienen los aristócratas, a través de voceros como el poeta
Píndaro- o si se puede adquirir y enseñar -como sostienen
los sofistas y Sócrates, ligándola al saber.
El siglo
V avanzado ve las consecuencias de la polarización del poder: la
guerra fría entre Esparta y Atenas termina calentándose. La
Guerra del Peloponeso, que ocupa el final del siglo, tiene una duración
de 30 años con intervalos, y al cabo de ella Atenas sucumbe frente
a Esparta. Pero la derrotada no es Atenas, sino el mundo de la polis clásica,
que queda herido de muerte. El siglo IV, con la hegemonía que pasa
de Esparta a Tebas, sólo postergará su final a manos de Macedonia.
Durante la guerra (en 411), Atenas ha sufrido una revolución exitosa
de los aristócratas, conocida como Tiranía de los 400, que
dura unos meses. Después de la derrota los aristócratas retornados
instauran, respaldados por Esparta, una tiranía atroz -los Treinta
Tiranos- que también dura sólo meses. Atenas queda pues sometida
sólo por poco tiempo, y se restaura la demcracia pero sin su base
imperialista. Esta democracia restaurada será el gobierno que condena
a Sócrates.
La Guerra del Peloponeso no es la crisis de la polis
tradicional 4,
cuyo fundamento político-religioso ya se había quebrado con
el imperio, sino del sistema del puro poder: sus ruinas -no las del mundo
tradicional- es lo que va a contemplar Platón. Quebrado este mundo
del poder que se sustentaba en su propio éxito, vuelve a necesitarse
un fundamento, cuya ausencia se siente dolorosamente: es la crisis de la
crisis, y su consciencia -la consciencia de que el fundamento está
destruido- se llamará Sócrates.
En este contexto hay que
situar a la teoría política platónica. De todos modos,
la suerte inmediata del gran experimento político griego ya estaba
echada. La tradición que ha hecho de Platón y Aristóteles
nuestros clásicos políticos nos los pone en una perspectiva
falsa. Platón es el pensador de una crisis terminal, aunque él
no lo sepa o trate desesperadamente de negarlo. Aristóteles trazará
el balance final de la experiencia de la polis en el mismo momento en que
su ex-discípulo Alejandro, hacindo todo lo contrario de lo que él
pudo haberle enseñado, abre un mundo histórico nuevo.
Platón es un determinado desarrollo de lo que él mismo nos
transmite en el gran mito filosófico que pone bajo el nombre de Sócrates
5. En el
episodio del oráculo, en la Apología de Sócrates, Apolo
pone a Sócrates como el más sabio porque, a diferencia de
los demás, sabe que no sabe. Pero el verdadero sabio es Apolo. Esto
constituye una indicación esencial del lugar del hombre con respecto
a la verdad. Apolo, caracterizado por el texto como el que constitutivamente
no puede mentir, es acá un nombre mítico para la Verdad misma.
La verdad se ha retirado de la realidad y ha desamparado a los hombres,
pero desde su ausencia les hace señas para que la busquen. No se
puede volver al viejo fundamento ya quebrado, pero tampoco se dispone sin
más de una nueva verdad. La verdad se hace presente como ausencia
y reclamo, y hay que buscarla. La búsqueda socrática está
inagurando el horizonte de (digámoslo con una palabra anacrónica)
lo absoluto: ante el fracaso de las verdades inmediatas, se quiere encontrar
la Verdad misma. Más todavía: secretamente, se va a exigir
a la verdad, si se la encuentra, que dé cuenta de sí, no sea
que la aceptemos y después se nos quiebre de nuevo. Se pretende ni
más ni menos que apresar a Apolo para que demuestre que es verdaderamente
Apolo, y no un dios falso; que aquello sobre lo cual vamos a poner nuestra
vida individual y política es verdaderamente la verdad. Pero Sócrates
no la sabe, no dispone de un Logos con mayúscula como el de Heráclito.
Desde los sofistas, el logos es sólo el lenguaje humano. Por eso
tiene que buscar la verdad a partir de y en el seno de este lenguaje falible;
por eso realmente no sabe, y no enseña ni enuncia, sino que sólo
anda a través del logos, estos, de las enunciaciones de los hombres,
poniéndolas a prueba: dia-loga.
La primera respuesta a la pregunta
de Sócrates es la Idea platónica. Es usual la lectura de la
llamada teoría de las Ideas como una realidad escindida en dos planos,
uno de los cuales aparece como más valioso y verdaderamente real.
Una lectura estrictamente dualista de Platón es discutible, pero
sea como fuere, con Platón no se trata de irse de este mundo a otro,
de abandonar sin más lo sensible y lo inmediato por un plano superior.
Platón, que nace y se cría durante la guerra y vive la decadencia
de lo que fue la grandeza del siglo anterior, sufrió toda su vida
la crisis de la ciudad. En ella la realidad aparece injusta, sin sentido,
aunque algunas acciones de los hombres nos permitan vislumbrar todavía
ecos de la justicia, algo que queda como rastro del sentido en la práctica
y en las palabras. ¿Cómo salvar esos vestigios de racionalidad,
cómo reencontrarle un sentido a lo que lo ha perdido? Esos vestigios
dejan pensar que en el fondo la realidad tiene una estructura inteligible.
Pero justamente porque ‘aquí’ la verdad de la realidad no está
presente, hay que retrotraerla a otro plano ontológico, para que
desde ‘allá’ pueda respaldar y salvar lo salvable aquí. Las
Ideas son instancias objetivas donde se da la plenitud de lo que en el mundo
sensible aparece como imperfecto. Escolarmente presentadas como un mero
más allá, no están ‘afuera’ de la realidad, sino que
pueden ser pensadas como una tensión hacia la perfección que
funda el ser de lo que es. Cada cosa y todo aspira dramáticamente
a su propia plenitud, aunque no la logre. Sobre este esquema, la pasión
política de toda la vida impulsó al filósofo a tratar
de ampliar la presencia de la verdad en el mundo con acciones muy concretas.
Platón fracasa -iba a fracasar necesariamente- en este propósito,
pero su fracaso tuvo el resultado inesperado de abrir, a larguísimo
plazo, el horizonte ontológico de Occidente. En el plano en que puso
a las Ideas se puso luego, a lo largo de las épocas, a Dios, a la
subjetividad. Todavía estamos dentro de ese horizonte, ocupados con
su quiebra.
El periplo platónico
La
biografía de Platón no es anecdótica con respecto al
tema. Nace en 428, poco después del estallido de la Guerra del Peloponeso
en 431: es contemporáneo absoluto de la época de crisis. Gran
aristócrata, está naturalmente llamado a la participación
en los asuntos de la ciudad. A los 20 años conoce a Sócrates,
a quien trata hasta su ejecución en 399, ocho años después.
Los socráticos se refugian entonces con su compañero Euclides
en Megara. Al parecer Platón emprende luego viajes que lo llevan
a Creta y Egipto. Hacia el 396 retorna a Atenas.
Su experiencia de los
acontecimientos está documentada en un importante documento, la Carta
VII 6,
que comienza recordando cómo desde joven Platón proyecta dedicarse
a la política. En 404, cuando tiene 24 años, toman el poder
en la derrotada Atenas los aristócratas recalcitrantes excluidos
durante el largo período democrático, a través de la
tiranía de los Treinta a cuya cabeza está Critias, brillante
pensador de corte sofístico y tío de Platón. Los Treinta
no tardan en cometer toda clase de crímenes, provocando en el joven
-a quien habían convocado, pero que queda a la expectativa- la primera
decepción. Restaurada al poco tiempo la democracia Platón
admite la moderación del régimen, pero es el que condena a
Sócrates. Las decepciones, la imposibilidad de encontrar compañeros
adecuados (el ‘partido’ o secta), la mutación de las costumbres,
y la corrupción y multiplicación de las leyes hacen que la
vida política le parezca “presa de vértigo”. Convencido de
que todos los gobiernos existentes son malos, renuncia a la intervención
activa inmediata, aunque no a la reflexión política ni a la
ambiciosísima pretensión de procurar la gran reforma necesaria.
Y ésta sólo podrá plantearse desde la “recta filosofía”,
de la que depende el conocimiento verdadero de lo justo: los males del género
humano se remediarán sólo con el gobierno de los filósofos.
Platón se convertirá en consejero y formador de dirigentes.
Alrededor de sus 40 años este cambio de perspectiva produce una torsión
en su vida y obra. Hacia 387 Platón viaja a Italia, donde se encuentra
con Arquitas de Tarento, filósofo y matemático pitagórico
que a la vez está al frente de su polis (una suerte de gobernante
filósofo), e inicia con él y con su círculo una perdurable
amistad. Influencias pitagóricas irán a injertarse en la cepa
socrática de su pensamiento. El viaje continúa a Sicilia,
a la corte del tirano Dionisio I de Siracusa. El acontecimiento decisivo,
preñado de destino, es el conocimiento del joven Dion, cuñado
de Dionisio, de unos 20 años, con quien estrecha una amistad apasionada
y en quien encuentra el perfecto discípulo para sus concepciones
filosóficas, políticas y morales. Aunque la Carta VII no dice
nada, Platón no debió de haberle caido bien al tirano, a quien
habría intentado atraer a su filosofía. Una leyenda posterior,
tal vez cierta, afirma que fue capturado o hasta vendido como esclavo por
Dionisio mismo, y rescatado por un conocido cuando era subastado en la isla
de Egina.
Tras el intento de convertir a un tirano, hacia 387 se funda
la escuela de formación de dirigentes La Academia, que no es en rigor
el primer intento en ese sentido después de la enseñanza asistemática
de los sofistas. Ya hacía unos años que Isócrates -logógrafo,
esto es, escritor de alegatos judiciales, que luego profundizaría
su injerencia en la gran política a través de discursos escritos-
había abierto una escuela de dirigentes que recoge de la sofística
la orientación retórica y pragmática. Lo que Isócrates
enseña y llama philosophía es una retórica con fundamento
moral, pero no metafísico. La Academia ofrece una enseñanza
con la misma finalidad, pero de base metafísico-científica.
En conexión con ella hay que pensar la publicación de República,
que funciona como su manifiesto y como presentación del programa
de estudios. La Academia no debe ser pensada como una escuela platónica
en la que se juraba por el maestro, sino como un centro de investigación
donde la discusión era muy viva. El presupuesto ‘platónico’
común y mínimo sería en todo caso la convicción
filosófica de que la realidad tiene a la base una estructura inteligible,
cuyo conocimiento es condición necesaria de la acción, que
sin ello es ciega. La interpretación platónica de esa estructura
son las Ideas, pero no hace falta compartir ni el modo en que Platón
las presenta, ni la doctrina misma. Por el contrario, en sus mismos diálogos
(especialmente el Parménides) queda la huella de las fuertes discusiones
a que era sometida esta doctrina central.
La finalidad manifiesta de
la Academia es la formación de asesores políticos. Las cartas
mencionan a Erasto y Corisco, que vuelven a legislar a su ciudad, Escepcis
en la Tróade (Asia Menor), y se vinculan con Hermias, tirano de la
cercana Atarneo. Hermias, ‘convertido’ por ellos, representa un experimento
exitoso, en pequeña escala, del gobernante filósofo. A la
muerte de Platón, Aristóteles y otros académicos irán
a su corte. El mismo Aristóteles es convocado para educar a Alejandro
como especialista, egresado de la Academia 7. Pero el campo principal de las aventuras
políticas de Platón seguirá siendo Sicilia. La isla
había conocido un fenómeno de concentración del poder
semejante al de las potencias metropolitanas, pero por motivos geopolíticos
distintos: la necesidad de enfrentar a Cartago. Hacia fines del siglo V
los cartagineses vuelven a avanzar sobre la isla, y de esta crisis surge
el joven general Dionisio como tirano de Siracusa, quien incrementa su poder
concentrando la población y a lo largo de 40 años logra tener
a raya al enemigo.
Platón vuelve dos veces más a Sicilia,
donde en 367 ha accedido al poder el hijo o sobrino de Dionisio, del mismo
nombre. La primera vez llamado por Dion, que lo entusiasma con que el joven
tiene inclinaciones filosóficas y puede convertirse en el gobernante
con que sueña la Academia. Pero las aficiones filosóficas
de Dionisio II resultan superficiales para el gusto de Platón, que
siente que el joven tirano lo quiere sólo para prestigiarse. Además,
Dionisio está celoso de Dion, a quien expulsa, reteniendo al filósofo.
Unos cuatro años más tarde Platón, que queda envuelto
en las intrigas de Dion, hace un último viaje con la promesa del
tirano de salvar la situación de éste a cambio de su visita,
pero Dionisio no cumple y Platón tiene que ser rescatado por sus
amigos de Tarento. Platón no vuelve más a Sicilia, pero Dion,
con una blanda desaprobación del viejo filósofo 8, organiza desde la Academia, junto
a otros compañeros, una expedición armada para derrocar a
Dionisio II, y de hecho logran tomar el poder. Siguen años confusos,
en los que Dion enfrenta un retorno de Dionisio y a sus propios secuaces,
hasta que es él mismo asesinado por un ateniense. Todos los personajes
de este drama un tanto sórdido están en conexión con
Platón, quien dirige las Cartas VII y VIII a los partidarios de Dion,
que han recuperado el mando, casi como una explicación. La historia
siciliana seguirá su curso. Dion y Platón no lograron instaurar
un gobierno filosófico, pero sí liquidar el polo de poder
de los tiranos de Siracusa, tal vez poco de acuerdo con las sublimes exigencias
ético-políticas del filósofo pero efectivo, y que de
perdurar hubiera quizás permitido a los griegos de Sicilia y al mundo
griego en general una oportunidad distinta frente al horizonte en el cual
aparecería finalmente Roma.
Platón vivirá todavía
hasta el 347. A su muerte, a los 81 años, está trabajando
en Las Leyes, su último gran intento de reformular el problema de
la Ciudad, que lo obsesionara toda su vida.
Si una exposición
de la teoría política de Platón nos remite a los grandes
textos en que esto es tema explícito, como República o Leyes,
el problema no puede menos que abarcar, al menos como trasfondo, la totalidad
de la obra. Lo político y lo metafísico atraviesan la vida
misma de Platón, y su metafísica tiene raíces políticas.
Y la exposición central de su teoría política en República
lo obliga a dibujar, así sea en esbozo, la totalidad de su metafísica
madura.
Con el genial escritor y dramaturgo que es Platón hay
que atender a los personajes y a la situación dramática. Para
un diálogo en que se debatirán los problemas de fondo de la
política, escrito en, si no para, una ciudad que ha pasado por lo
peor, podríamos imaginar un marco donde se sintiera la presencia
de la diosa de la ciudad y un elenco de reposados varones dispuestos a hacer
la crítica de toda la experiencia del siglo V y ansiosos por reafirmar
la pátrios politeía, la (supuesta) constitución tradicional.
Nos encontramos en cambio con un Sócrates que baja al Pireo para
participar en un festival nuevo, dedicado a Bendis, una forma tracia de
Ártemis. Allí es retenido en casa de Céfalo, rico meteco
llamado a Atenas por Pericles, y la concurrencia incluye a los hermanos
de Platón, Glaucón y Adimanto; a Nicerato (hijo de Nicias,
respetado general ateniense que será deshecho en Siracusa), quien
será condenado por los 30; a los hijos de Céfalo, Polemarco
y Lisias, luego célebre orador, y al sofista Trasímaco de
Calcedonia. Los personajes mezclan, pues, jóvenes aristócratas
con ricos metecos y los que podríamos llamar representantes de la
nueva cultura, y encarnan más de una alusión a acontecimientos
que, en la fecha dramática, están en el futuro. El escenario
por detrás, el Pireo, ámbito de la democracia orientada al
mar, opuesto al agro aristocrático y conservador, lugar de las glorias
del imperio y de su desastre (la expedición a Sicilia organizada
por Alcibíades) y de la resistencia armada a la tiranía oligárquica
de los Treinta, está, sobre todo, cargado de sentido. El Pireo representa,
en el drama político ateniense, todo lo que pudo verse como apertura
e impulso o bien como elemento de disolución. Y al transfondo marinero,
plebeyo y democrático, se agrega aún el elemento semibárbaro:
el diálogo no está puesto bajo la advocación de Atenea
sino de Ártemis, en una forma bárbara al parecer recién
introducida. Ártemis misma es diosa de las fronteras, de los espacios
de transición entre la ciudad y el bosque. Como si se mirara a la
Ciudad desde sus bordes, en donde pasa a disolverse en lo otro. Sócrates
baja al Pireo y se mezcla con la multitud portuaria de pireenses y forasteros
en fiesta: los bordes, míticos y políticos, no son ignorados.
Al contrario, son el dato y el punto de partida 9.
La construcción política platónica: la
problemática de la justicia
República
contiene el tronco de la teoría política platónica
y también su trasfondo no explícito. Es un obvio texto de
base, aunque hay que complementarlo con una mirada a los otros diálogos
en que se replantea el problema. Para tratar de entender su sentido tenemos
que buscar en el texto los pasos manifiestos y disimulados de la construcción
política platónica y el estatuto de su propuesta política.
Los primeros tramos, que pueden ser un buen ejemplo de la metodología
‘socrática’ habitual en los diálogos, tienen un lugar necesario
en la economía del diálogo. Sócrates inicia la conversación
con el dueño de casa, Céfalo, acerca de la aceptación
de la vejez y la utilidad de las riquezas, que sirven para no engañar
ni mentir, y ante la cercanía de la muerte, para pagar deudas a hombres
y dioses (justamente, Céfalo está llevando a cabo un sacrificio),
y así se orienta hacia una primera definición de lo que será
el tema explícito del diálogo, la justicia, como “decir la
verdad y devolver a cada uno lo que de él hemos recibido” (331c)
10. La
‘definición’ no deja de ser una ejemplificación de acciones
justas, procedimiento típico de la consciencia común, que
supone que basta con la mera exhibición de lo dado para que esto
se explique por sí mismo, y da lugar fácilmente a los contraejemplos:
en el caso, decir la verdad o devolver un arma al amigo que ha enloquecido.
Céfalo es pronto substituido por su hijo Polemarco, quien invocando
al poeta Simónides retoma la fórmula ‘la justicia es devolver
a cada uno lo suyo’, entendiendo esto como ‘darle lo apropiado para él,
o lo que conviene darle’, y rápidamente la traduce com ‘hay que hacer
siempre el bien y nunca el mal a los amigos y a los enemigos devolverles
el mal’ (331e-332a).
Metodológicamente, este segundo paso logra
generalizar la idea y supera la mera ejemplificación. En realidad,
se está enunciando la concepción más básica
de la justicia presente en la moral tradicional: la interpretación
de la fórmula refleja la concepción ‘homérica’, ‘heroica’,
de la moral como afirmación de sí. La venganza no sólo
era socialmente aceptada y exigida, sino que podía llegar a constituir
una auténtica obligación religiosa 11. Es una buena carta en el juego:
el sentido común la admitiría sin más como verdad.
A nosotros, con siglos de moral evangélica a cuestas –y además
depreciada como lugar común- nos es difícil calibrar la profundidad
–y el escándalo- de la revolución moral socrática,
que reflejan justamente textos como éste, donde se va a establecer
la obligación de hacer el bien en todos los casos.
El desmenuzamiento
dialéctico de la fórmula conduce a resultados paradójicos:
la justicia aparece como inútil, o como un arte de robar en beneficio
de los amigos y perjuicio de los enemigos, y los amigos pueden ser o sólo
parecer buenos. Esta discusión es posible a partir de la comparación
de la justicia con las ac
tividades técnicas (tékhnai), como la medicina y
la cocina (que ‘dan’ ciertas cosas a quienes conviene), la navegación
y la guerra, etc. Esa comparación también rige la pregunta
de si el justo puede hacer mal a alguien (a los enemigos). La areté
de los animales, es decir, la capacidad para realizar su función,
(de los caballos y los perros el correr o la vigilancia, por ej.) resulta
perjudicada cuando se les hace daño: se los hace peores. Lo mismo
sucede con el hombre. Y si la justicia es una areté humana, dañar
al hombre es hacerlo menos justo. A diferencia de otros técnicos,
el justo ejercitaría su areté en hacer malo a otro. Pero lo
bueno no puede hace mal, como lo caliente no puede enfriar o lo seco mojar.
Por lo tanto, dañar es propio de lo injusto, y la máxima tradicional
habría sido dicha en realidad por un tirano. La cuestión queda
para ser replanteada.
En este primerísimo tramo, al que no se
suele prestar mucha atención, se ha decidido algo esencial: la posición
de la justicia en el ámbito de las técnicas u oficios útiles,
con comparaciones más que usuales en el Sócrates de los diálogos.
La base de las argumentaciones –que al lector de una traducción pueden
parecer algo incoherentes- son dos términos intraducibles, tékhne
y areté, cuyas versiones usuales dicen justamente lo que no son.
Tékhne no es ‘técnica’ en el sentido moderno, ligado al desarrollo
mecánico y a la apropiación de la naturaleza, ni ‘arte’, ligado
a las ‘bellas artes’. Una tékhne –noción que se opone a la
mera empirie- es un conjunto de reglas para obtener ciertos resultados o
ejercer determinada actividad, reglas que a su vez se basan en el conocimiento
(hay que subrayar este momento intelectual) del sector de la realidad en
cuestión. La medicina, la agricultura o la navegación son
ejemplos obvios. La época de la sofística, que cultivará
sobre todo la tékhne retórica, promoverá a este campo
otras actividades, inclusive la cocina o la lucha. Ya indicamos que la otra
noción, areté, resulta ininteligible desde su usual traducción
como ‘virtud’. Areté es lo propio de quien es ‘muy bueno’ en alguna
capacidad: tékhne y areté juegan en el mismo ámbito.
La palabra areté, por supuesto, será la clave de la ética,
o mejor de las éticas griegas filosóficas, pero antes que
nada de la moral prefilosófica. Originariamente propia de la más
alta valoración social (y en esta dirección se relaciona con
la aptitud para el mando), va a difundirse para indicar más en general
las capacidades humanas, y por último –como al final de este mismo
libro I de Rep.- las ‘excelencias’ y capacidades de animales y aún
de cosas o instrumentos.
Una violenta intromisión de Trasímaco
provoca un pequeño drama metodológico: el sofista quiere impedir
la sinuosa dialéctica socrática, exigiendo una respuesta proposicional
y precisa y no “lo conveniente, útil, ventajoso, lucrativo o provechoso”,
y termina dándola él mismo, con gran satisfacción y
no sin anticipar que cobrará por ella. Según Trasímaco,
entonces, (338 c), la justicia es lo que conviene al más fuerte.
Y apurado por Sócrates, que no se guarda una broma (¿sería
justo entonces que comamos la comida que aprovecha a los atletas campeones?),
explicita la fórmula: en las ciudades, sea que estén regidas
por una tiranía, democracia o aristocracia, en cada caso el gobierno
tiene la fuerza y dicta las leyes que le convienen: democráticas,
tiránicas, etc. Y demuestra que son justas de facto, castigando a
quienes las violan como culpables
de injusticia. La justicia, pues,
es la conveniencia del gobierno establecido, sea cual fuere, ya que tiene
la fuerza y el poder. Algo más abajo, la discusión definirá
al gobernante stricto sensu como aquel que es tal sólo en tanto y
en cuanto no se equivoca acerca de su conveniencia.
La postura de Trasímaco
ha sido aproximada a la que en el Gorgias expone el extraordinario personaje
Calicles, una suerte de sostenedor por anticipado del superhombre. La existencia
histórica de Calicles tiende a negarse; está dibujado con
tanta pasión, que se ha sugerido que Platón proyectó
en él lo que hubiera sido él mismo sin la influencia de Sócrates.
Calicles distingue entre lo justo por convención (o ‘por ley’, nómo(i)),
esto es, la igualdad y la fealdad de cometer injusticia, y lo justo por
naturaleza (physei) 12, la dominación del fuerte sobre el débil. La ley
es sólo la red que los débiles arrojan sobre el león
para impedirle moverse. Si la felicidad consiste en el placer, sostiene
Calicles, y el placer es la satisfacción de los instintos, el fuerte
tiene que ampliar sus instintos lo más posible y tiene derecho a
satisfacerlos, y esto sería la justicia. Lo natural y lo justo no
es pues una igualdad o hermandad, sino el derecho del más fuerte
(482e-484c; 491e-492c). El Trasímaco de Rep., partiendo también
de la fuerza, vuelve a unir ley y naturaleza. Poseemos del auténtico
Trasímaco algún fragmento donde la alusión convencional
a la ‘justicia’ se contradice con el personaje platónico. Pero éste
está ofreciendo en realidad un enunciado descriptivo, no normativo.
La diferencia con Calicles es no sólo que ‘el fuerte’ es quienquiera
ejerza el gobierno (y así no caería en las dificultades de
Calicles cuando se le hace notar que es la multitud la que manda), sino
que no se trata de ningún ‘derecho de naturaleza’, sino del mero
hecho del poder.
Trasímaco, mezclando por cierto el sentido que
ha dado a ‘justo’ e ‘injusto’ y el usual, concluye que al justo siempre
le va peor que al injusto. La injusticia llevada a cierto punto, es ‘más
fuerte, libre, poderosa que la justicia’. Sócrates, frente al ejemplo
del pastor que cuida el rebaño para su provecho, muestra que las
técnicas en sí mismas tienden al bien de aquello a lo que
se aplican. El beneficio para el técnico es paralelo y depende del
‘arte del asalariado’. Los gobernantes, en consecuencia, gobiernan en beneficio
del más débil y obtienen a cambio recompensas, honores, o
el no ser gobernados por inferiores. Pero esto queda para otra ocasión.
Lo que se va a discutir, en un enfoque que organizará toda la arquitectura
del diálogo, es si la vida del injusto es mejor que la del justo.
De acuerdo al terreno en que se ha puesto la cuestión, es un problema
técnico: hay que decidir si es la justicia o la injusticia la que
es areté y sophía, capacidad ejercida de acuerdo a un saber,
que nos permite obtener lo útil o ventajoso en la vida. Poner la
justicia en el ámbito de las tékhnai supone pues que hay un
‘arte’ o ‘técnica’ de vivir y un conocimiento del fin de la vida,
y una capacidad (areté) para alcanzarlo 13. La tarea o función (érgon)
propia de cada cosa (‘del caballo o de lo que sea’) es lo que se puede hacer:
a. o sólo con eso (oír con los oídos, ver con los ojos),
b. o del mejor modo con eso (cortar los sarmientos de la vid con varios
instrumentos, pero mejor con la podadera).
Ninguna cosa podría
realizar bien su función propia si substituimos a la areté
propia de ella la correspondiente kakía (no ‘maldad’ ni ‘vicio’ sino
deficiencia o disfunción: la ausencia de sentido ‘moral’ en areté
y su contrario es evidente en los ejemplos dados). Hay una función
de la psykhé (demos a la palabra su traducción usual de ‘alma’,
pero entrecomillada) que ningún otro ente puede hacer, como cuidar,
mandar, deliberar; y en primer término vivir (tò zên),
su función principal. La psykhé tiene cierta areté.
Si se la quitan, hace mal sus funciones y se convierte en una ‘mala’ psykhé.
Y, termina rápidamente el argumento, en una conclusión provisoria
que tendrá que ser retomada a lo largo de todo el diálogo,
como la justicia era una areté del alma y la injusticia una deficiencia,
la psykhé justa, o el hombre justo, vive bien y el injusto mal. De
allí se derian felicidad e infelicidad. Es ventajoso ser feliz, y
entonces la justicia es más ventajosa.
v
La psykhé
-a la que se empieza adjudicando ciertas funciones que llamaríamos
‘psíquicas’, pero que tienen neto alcance ético-político-
tiene como función más propia y general ‘vivir’. Esto está
sostenido por la semántica usual y arcaica de psykhé, aquello
cuya presencia en el hombre permite la vida, o mejor, cuya partida determina
la muerte. Pero -al menos desde Sócrates, o desde el Sócrates
platónico (Critón 48b) hasta Aristóteles (Política
1252b30), vivir, zên, sólo se completa como eu zên, ‘vivir
bien’, fórmula que equivale a la buena vida política, la cual
frente al mero vivir biológico, zên, da la plena dimensión
de la vida humana. La justicia aparece aquí como una areté
junto a otras. Sin embargo, en ese mismo transfondo está la idea
expresada por un proverbio, “la justicia es la suma de todas las virtudes”
14. En el
desarrollo del diálogo, la justicia aparecerá en cierto modo
como la condición de posibilidad de las otras virtudes.
Al no
haberse respondido a la pregunta inicial por la justicia misma, los resultados
del libro I 15
son dados como no válidos. Pero el camino hecho ha servido para poner
en cuestión tanto las concepciones tradicionales como las teorías
sofísticas del poder: ambos momentos están envueltos en una
misma crisis, y tienen que ser superados juntos. Y se aporta todavía
un elemento más. Ya en el libro II, el diálogo substituye
la interlocución de Trasímaco, que en adelante apenas dará
señales de vida, por la de los hermanos de Platón, Glaucón
y Adimanto. El primero adelanta, esperando ser refutado, una tercera concepción
de la justicia que se mantiene fuera de la pregunta por su ‘esencia’ y en
el ámbito de su utilidad. Se distingue entre bienes que se agotan
en el goce que proporcionan, bienes agradables y además queridos
por sus consecuencias, y bienes penosos, queridos sólo por sus consecuencias.
La justicia, que debería estar en la segunda clase, es vista por
la mayoría en la tercera. La injusticia sí sería un
bien, pero padecerla constituye un mal mayor que el bien que supone cometerla.
Los hombres, no pudiendo evitar la injusticia ni cometerla impunemente,
convinieron en que era
preferible no hacer ni padecer injusticias. Éste
es el origen de la ley y las convenciones, a
partir de las cuales se designa ahora a lo legítimo
y justo. La justicia no es un bien, sino un término medio entre el
mayor bien (cometer injusticia) y el mayor mal (no poder vengarse de la
injusticia). Pero el más justo de los hombres, si pudiera obrar como
quisiera (como en la leyenda del anillo de Giges, que volvía invisible
a quien lo llevara), cedería al deseo de tener más que los
otros (pleonexía), ‘que toda naturaleza busca como lo bueno’, y que
la ley reprime por la fuerza para preservar la igualdad.
Estamos aquí
ante una teoría del origen convencional de la ley y la justicia,
que en cierto modo resulta un Hobbes a mitad de camino: el pacto de no agresión
que funda lo legal parece sostenerse sin necesidad de la constitución
del Leviatán. Pero esto es así porque, a diferencia del hombre
natural hobbesiano, cuya fuerza o astucia pueden siempre rehabilitarlo para
la guerra, los actores de este pacto son esencialmente impotentes. Glaucón
expone ‘lo que se dice’, lo aceptado por la opinión general. Se trata
del hombre común y mediocre, que quiere y no puede ser injusto. Lejos
de Calicles y su superhombre, acá primiedo: el perfecto injusto es
inalcanzable.
an la sordidez y m
El otro interlocutor, Adimanto,
completa la vuelta de tuerca. Padres y poetas sólo recomiendan la
justicia por sus consecuencias, y se considera que hasta los dioses ayudarían
a los injustos, ya que sus sanciones pueden ser negociadas mediante ofrendas
y ritos pagados con los productos mismos de la injusticia. Entonces es ésta
la que en realidad resulta preferible por sus consecuencias, y todo inclina
a los jóvenes hacia ella. La defensa de la justicia no podrá
tener en cuenta, pues, las consecuencias externas, sino sus efectos en el
alma, único modo de mostrar que es ventajoso poseerla por ella misma.
El problema tiene que ser estrictamente planteado en condiciones límite:
un hombre injusto, capaz de realizar la injusticia como un perfecto artista,
y que lleva una vida feliz aún con respecto a los dioses, y un justo
al que se despoja de todo, hasta de la apariencia de ser justo, y acumula
sobre su cabeza todos los males, hasta una muerte entre suplicios, conservando
sólo la justicia. Al fin de la vida, se tratará de ver cuál
ha sido feliz.
En este punto termina la primera parte y puede comenzar
la etapa constructiva del diálogo. Hasta aquí se ha pasado
revista a la actitud inmediata, que supone sólo la existencia de
cosas empíricas cuya ejemplificación y exhibición bastaría
(Céfalo); a la moral ‘heroica’ tradicional (Polemarco); a las concepciones
de cuño sofístico (Trasímaco); y por último,
a la actitud prudente y cobarde del hombre común (Glaucón).
Es decir, se ha dado cuenta de ‘lo que se dice’, de los diversos estratos
dóxicos acerca de la justicia que circulan en la polis. El ámbito
de esta primera etapa del diálogo es el de las sombras proyectadas
en el fondo de la caverna. En adelante empezamos a ascender hacia las cosas
que las proyectan.
Se ha discutido la condición del individuo
justo. La búsqueda propuesta comienza substituyéndolo por
la ciudad, sin más justificación que la imagen (368d) de la
lectura, más cómoda, en caracteres grandes, a comparar con
los pequeños para ver si son las mismas letras. La homología
estructural entre el alma y la ciudad sólo se justificará
al exponerse la tripartición del alma, cuyas ‘partes’ o funciones
se corresponderán con los estamentos funcionales de la ciudad, en
el libro IV. Fedón había puesto en juego una psykhé
que consistía sólo en la pura actividad intelectual, a la
que se oponían, como sôma, los aspectos ‘psíquicos’
que corresponden a la sensibilidad y las pasiones. República incorporará
estos elementos al ‘alma’, y esta multiplicidad, que interioriza en ella
el conflicto, permite explicar cómo una virtud de relación
a otro como la justicia puede darse y ejercerse en el ámbito interno
del individuo 16.
Génesis y esencia de la ciudad
Queda claro desde el comienzo
el carácter no empírico ni histórico, sino lógico,
teórico y constructivo de la indagación. ‘Si examinamos con
el lógos una ciudad que surge, conoceríamos cómo surgen
su justicia e injusticia’, propone Sócrates. El procedimiento para
descubrirla será genético y analítico: el desarrollo
de la ciudad se proyectará a partir de sus elementos mínimos
necesarios. Y el elemento propiamente dicho es el individuo. La familia,
entendida como célula biológica y dispositivo de procreación
y crianza, está simplemente ignorada. En este primer germen de ciudad
está ignorado, inclusive, el sexo. Las condiciones de la reproducción
sólo serán tratadas en relación a los guardianes, como
una técnica altamente artificial y en el marco de las exigencias
de la alta política. La Ciudad se origina, se deduce, sólo
de la incapacidad del individuo para bastarse a sí mismo. Cada necesidad
lleva a un hombre a unirse con el que puede satisfacerla, y la variedad
de necesidades da lugar a una multiplicidad de hombres –esto es, de funciones-
reunidos en un lugar para ayudarse entre sí. Y este intercambio se
supone llevado a cabo en interés propio. La usual adjudicación
a los griegos de una concepción donde la comunidad política
funciona como dato primario no se comprueba en este texto decisivo. No hay
instinto gregario ni necesidad de compañía que lleve a los
hombres a agruparse, y menos la unidad y concordia cívica en la que
más adelante Platón pondrá tanto énfasis. La
sociedad se origina sólo por necesidades económicas 17.
La Ciudad, además, no
se propone la satisfacción de otras necesidades más que las
básicas: la alimentación de la que depende la vida, habitación
y vestido. En el libro I se había planteado la cuestión de
la justicia en el marco de una ‘técnica de la vida’. Este marco continúa
en los análisis presentes. Se trata del vivir en el sentido estrictamente
biológico de las
condiciones y medios de la supervivencia. Para
satisfacerlos harán falta un labrador, albañil, tejedor, zapatero:
la ciudad estará compuesta necesariamente por cuatro o cinco hombres.
Éstos podrían procurarse todo por sí mismos, haciendo
todos los trabajos, pero del supuesto de la no autosuficiencia del individuo
se deriva el de la división del trabajo: cada uno producirá
un solo tipo de bienes. En una comunidad dispuesta para la satisfacción
de necesidades elementales, esto atiende sólo a la facilidad inmediata
de la realización del trabajo, y en todo caso a la calidad del producto.
En este contexto, el principio moderno de la productividad no tiene sentido
18. Pero detrás
de ello hay más, mucho más: con la adopción aparentemente
inocente del principio de la división del trabajo, en un marco en
que resulta casi obvio (todo se hace más fácil, cada uno tiene
aptitudes diferentes, el trabajador tiene que estar disponible en el momento
oportuno), se ha sentado una pauta básica que se extrapolará
a las más importantes construcciones políticas de Rep. y regirá
opciones doctrinarias e ideológicas decisivas.
Por de pronto,
los cuatro ciudadanos que producen los insumos básicos requerirán
quién les fabrique sus herramientas: harán falta carpinteros,
herreros, quienes críen ganado para las necesidades de la agricultura,
el acarreo y la provisión de materias primas (pero no para comer:
esta gente es vegetariana). La ciudad, que ya no es tan pequeña,
seguramente deberá importar algo, y por lo tanto producir bienes
de exportación, lo que supone artesanos, comerciantes y marineros.
Y la división del trabajo requiere intercambio, un mercado y moneda.
Esta intermediación estará a cargo de los más enfermizos.
Los que sólo poseen fuerza física, la venden como asalariados.
‘La ciudad ha crecido hasta ser perfecta’ declara un Sócrates satisfecho.
Pero la justicia y la injusticia no surgen de lo examinado, salvo tal vez
que –como sugiere el interlocutor- se den en las relaciones mutuas que crea
la necesidad. Para ceñir más de cerca el problema, Sócrates
hace una descripción memorable del género de vida de estas
gentes: producirán granos, vino, vestidos y calzado. Construirán
sus casas, trabajarán desnudos en verano y abrigados en invierno.
“Se alimentarán con harina de trigo o cebada, tras amasarla y cocerla,
servirán ricas tortas y panes sobre juncos o sobre hojas limpias,
recostados en lechos formados por hojas desparramadas de neuza y mirto;
festejarán ellos y sus hijos bebiendo vino con las cabezas coronadas
y cantando himnos a los dioses (...). No tendrán hijos por encima
de sus recursos, para precaverse de la pobreza o de la guerra.” Podrán
comer con el pan sal, aceitunas y queso, cebollas y legumbres hervidas,
higos, guisantes, bellotas. “De este modo, pasarán la vida en paz
y con salud, y será natural que lleguen a la vejez y transmitan a
su descendencia una manera de vivir semejante” (372a-d). La réplica
del interlocutor cae como un balde de agua sobre este idílico entusiasmo
y parece condenar al fracaso todo el esfuerzo hecho: “Si organizaras una
ciudad de cerdos, Sócrates, ¿les darías de comer otras
cosas que ésas?” Nunca se enfatizará lo suficiente la necesidad
de leer a Platón teniendo en cuenta su ironía que, como en
estaescripción de la Edad de Oro, puede llegar a ser muy dura 19.
Los presupuestos a partir de
los que se proyectó esta ciudad, coherentemente desarrollados, dan
como resultado una sociedad bastante compleja, en la que existen inclusive
el comercio internacional y la moneda aunque no se habla del régimen
de propiedad. Y sin embargo se supone una simplicidad que no requiere ni
coerción ni defensa ni gobierno 20. La ciudad resultante está dirigida a satisfacer solamente
las necesidades elementales. Es, pues, una ciudad ‘gástrica’, reducida
a una sola de las funciones que se atribuirán al alma y al segundo
modelo de ciudad: el elemento apetitivo-productivo, que resultará
inferior al energético-militar y al racional-dirigente. Pero estos
últimos están acá ausentes por innecesarios. Por eso
la justicia –que será una cierta relación entre las ‘partes’
del alma y de la ciudad- no puede encontrarse aquí.
¿Creía
Platón en la posibilidad o en la realidad histórica de una
comunidad de este tipo? Es más que dudoso. En todo caso, su pesada
ironía indica que no la consideraba deseable. La ciudad gástrica
sólo desarrolla una de las funciones humanas, la inferior. Pero esta
comunidad idílica y satisfecha se cierra sobre sí misma, y
no podría ni querría superar su felicidad animal. Para pasar
a lo que provisoriamente podríamos llamar ‘cultura’, es decir, a
la emergencia de las funciones ‘superiores’ y por lo tanto al desarrollo
de las más altas ‘virtudes’- hay que admitir un impulso que podría
venir del exterior -lo que no está en las reglas- o redefinir la
comunidad para que contenga en sí ese impulso. Pero si se ha descrito
una comunidad ‘buena’ y ‘perfecta’, satisfecha, ese impulso sólo
puede venir de un elemento negativo. Los interlocutores tendrán que
cambiar su comunidad inocente por otra corrupta. Platón tiene que
proceder a la peligrosa operación de inocular gérmenes patógenos
en la comunidad sana y enfermarla, volverla ‘febriculosa’ o ‘inflamada’
(phlegmainoûsa, 373a), y dedicar todo el largo proceso siguiente a
curar esa enfermedad. Pero ese proceso es también, en principio,
la emergencia de más altas posibilidades de realización humana.
En otras palabras: si la ‘inocencia’ no existe ni es deseable, toda virtud
y ciencia tiene que ser ganada a partir de la corrupción, que entonces
aparece ambiguamente como un dato imposible de suprimir y necesario, y si
se quiere, benéfico.
Para seguir buscando la justicia, entonces,
hay que dejar aquella ciudad en sus comienzos y considerar una ‘con toda
clase de comodidades’. Pero estas comodidades son ‘recostarse en lechos
y comer en mesas, disfrutando de manjares y postres’: no se incorpora nada
nuevo, sino sólo los refinamientos innecesarios de la satisfacción
de las mismas necesidades; en realidad, de la más básica,
la alimentación, pues todo lo que se agregue –desde los lujos y las
prostitutas hasta el arte- está en función del banquete, tal
como más o menos podía haberlo conocido Platón en Sicilia
21. Estamos
siempre en el modelo de la ciudad ‘gástrica’, pero esta vez ‘malsana’.
No suele ser advertido que ésta es la ciudad que se convertirá
en el ‘modelo’, la presunta ‘ciudad ideal’ de Rep. En el momento de ser
introducido, este célebre modelo es presentado como una ciudad enferma
y decadente.
La ciudad deberá ampliarse para incluir a quienes
satisfarán los deseos no necesarios: cazadores, artistas –pintores,
músicos, poetas, rapsodas, actores y bailarines-, orfebres y fabricantes
de adornos femeninos, servidores, animales para comer y quienes los crían,
y como corresponde en una ciudad ella misma enferma, médicos. Esto
ha sido interpretado como “ansia de posesiones privadas... la fuente principal
de todos los males sociales” 22. Sin embargo, esto no es del todo correcto. El ‘ansia de poseer’
no es acá un ansia de acumular: se desean los bienes para su uso
y goce. La posesión no nace obviamente del trabajo ascético
que da lugar a la acumulación, de acuerdo al modelo weberiano de
la moral puritana, sino al contrario, al mejor estilo Calicles, de la expansión
de los deseos y satisfacciones sensibles y corpóreos (comida y sexo)
propios del ‘vientre’, como puede esperarse de la índole propia de
esta ciudad gástrica. En la raíz no está el afán
de poseer, sino el afán de gozar.
La clave está en ese
“afán ilimitado de posesión de riquezas, sobrepasando el límite
de las necesidades” (373d), y la consecuencia será que el país
no será suficiente y deberá extenderse sobre el vecino (y
viceversa, si la disposición de éste es la misma). Se produce
la guerra, y podemos decir que hemos descubierto su origen en esa pasión
de poseer. Estamos así ante la necesidad de un ejército completo,
capaz de defender las riquezas y la población. Y aquí el sencillo
principio de división del trabajo comienza a operar en gran escala
y en forma poco ingenua. El tradicional ejército de ciudadanos –la
ecuación ciudadano-soldado, vigente desde la revolución hoplítica
del siglo VII- es reemplazado en su nombre (y en la importancia del comtido)
por un ejército profesional. Así se cierra lo que parece una
secuencia deductiva.
e
Pero no hemos salido de la dinámica
de los instintos egoístas dados por supuesto desde el inicio, y no
hay ningún motivo para que éstos dejen de jugar en los soldados.
Establecida la necesidad de un ejército profesional, Platón
ve (cf. 416a-b) que la clase militar -distinta ahora del resto de la población-
se haría necesariamente con el poder en beneficio propio. El tronco
de la organización política que va a proponerse tenderá
justamente a impedir que esto suceda. Como obviamente no puede haber un
poder coercitivo superior a quienes detentan la fuerza, la solución
tendrá que ser su educación. Esta paideia estará encaminada
a hacerles aceptar un modo de vida que ahogue la tendencia a la apropiación
para el goce egoísta. Hay que suprimir pues el núcleo mismo
desde el cual es posible decir ‘mío’. Esto llevará a la supresión
de lo privado, tanto de la propiedad como de la familia.
El texto produjo
una inflación ‘malsana’ de la ciudad hasta llegar a la necesidad
de un ejército profesional, que se ha deducido de las necesidades
de la clase de los productores-gozadores. A partir de este punto se da una
inflexión, y el establecimiento del duro modo de vida del estamento
militar es considerado como una operación de purga de la ciudad toda
(cf. 399e). La clase de los productores es dejada aquí, y el texto
no volverá a ocuparse de ella. No se dice si la purga del modelo
la alcanza también a ella. Sería inconcebible que permaneciera
envuelta en refinamiento y lujuria y los ascéticos soldados aceptaran
defenderla. Las pocas alusiones posteriores hacen suponer lo contrario.
Pero es posiblemente falso el preconcepto, teñido de proyecciones
modernas, que nos la hace sentir como oprimida y miserable, ‘proletaria’.
En todo caso, a la vista del régimen de vida de los guardianes, nuestra
contextura pequeño-burguesa nos la haría seguramente preferible.
Seguirá siendo el ámbito de la propiedad y la familia, pero
no se dice cómo se las regularía. También queda en
la penumbra, para discusión de la crítica, la existencia de
esclavos y su condición. Establecida la necesidad del estamento militar,
el texto se concentra en adelante en ella. Las dos cuestiones decisivas,
que ocuparán casi todo el esbozo de organización, serán
cómo elegirlos y cómo educarlos.
El estamento de los guardianes
La elección de los jóvenes soldados hace aparecer por primera
vez una de las constantes del pensamiento político platónico,
que volverá en otros lugares del texto y adquirirá una dimensión
decisiva en Político: el problema de la armonización de los
elementos fogosos y los mansos y reflexivos. Todas las cualidades militares
podrían conducir a la agresión mutua y por lo tanto a la destrucción
de ellos y de la ciudad que deben defender, a manos propias o de otros.
Pero las referencias a la areté de los animales no han sido en vano.
Una comparación o comprobación zoológica permite reconocer
que esa coincidencia de opuestos existe, y no se pide algo contrario a la
naturaleza. Las aptitudes naturales en base a las cuales habrá que
elegir a los soldados (sagacidad, velocidad, fuerza, valentía), se
encuentran en los perros guardianes, que darán su nombre a la clase.
Sobre todo, los perros son mansos con los de la casa y agresivos con los
desconocidos. Esto lleva a apuntar otra cualidad necesaria a este perro
guardián humano, que será el germen de su conversión
en gobernante: el ser “filósofo por naturaleza”. La indicación
es esencial, pero está sellada con otro de los trozos maestros de
la ironía platónica, aplicada ahora a su propia construcción:
el perro gruñe al desconocido, aunque nunca le haya hecho daño,
y les
hace fiestas a los conocidos aunque nunca le hayan hecho ningún
bien. La pauta de discriminación es el conocimiento, y esto indica
deseos de aprender: el perro es filósofo. Lo mismo habrá que
buscar en los hombres.
La segunda cuestión será cómo
criarlos y educarlos 23. La base es la tradicional educación griega en música
y gimnasia, que la paideia de los guardianes recoge. “Música” (de
“musas”), en griego, comprende tanto la poesía como la música
propiamente dicha. Su enseñanza consiste en el canto y memorización
de los poetas, con Homero a la cabeza, los cuales, en ausencia de un texto
sagrado u otra forma consagrada de autoridad, sustentan el saber colectivo
como depositarios y transmisores de las concepciones religioso-políticas
tradicionales sobre las que se basa la vida ciudadana. Platón incluye
en ella también los cuentos de la primera infancia. Ese momento tempranísimo
donde el carácter es maleable al máximo, fue siempre visto
por Platón como decisivo y peligroso, y como una de las claves de
la estabilidad política. Este momento prepaidético de la crianza
(trophé) es el momento ontológicamente decisivo de la apertura
al mundo. Esto corresponde al decir comunitario del m^ythos, las narraciones
en que la comunidad nombra a los dioses, narra sus hechos y ubica al hombre
en relación a ellos. Pero en Grecia el mito lleva los nombres propios
de Homero y Hesíodo (377c, cf. Heródoto II 53), y este mismo
carácter no anónimo indica que ya no es, o mejor, que en Grecia
nunca fue (como en los pueblos ‘antropológicos’) un discurso cerrado
sobre sí, capaz de instaurar y conservar el mundo de una sociedad
tradicional. A la altura histórica de Platón, esas narraciones
hace mucho que han sido cuestionadas, y es justamente en sus textos donde
aparece la contraposición mito-logos. Pero el escepticismo de los
intelectuales no quita al mito su enorme potencia organizadora. Por ello
los dirigentes asumen el control político de la mitopoíesis.
La posición de sí misma de una comunidad en sus mitos y la
espontaneidad de la creación anónima o colectiva quedan reemplazadas
por la introducción desde arriba, deliberada y consciente de mitos
fabricados o modificados en función de la organización política
y el manejo del poder: hay que seleccionar los mitos y no tolerar los que
se opongan al proyecto, vigilar a quienes los componen, convencer a madres
y nodrizas. Nos encontramos aquí con un procedimiento que reaparecerá
en diversas instancias. No se trata de la imposición inquisitorial
y externa de creencias, que Platón sabe muy bien que no funcionaría.
Nuestro filósofo es más bien el inventor genial de las técnicas
de inducción de creencias en niveles sub-racionales y sub-conscientes.
Técnicas diferentes por cierto de la persuasión sofística,
en parte sostenida por una racionalidad de la negociación y el acuerdo,
y que siempre se desarrolla en el nivel consciente del habla y la escucha
atenta. La misma objetividad del fundamento que pretende para sí
la filosofía platónica le permite, como se indicará
al cerrar la discusión sobre la música, introducir afectivamente
‘verdades’ que más adelante serán ‘reconocidas’ por la razón.
Es fácil encontrar paralelos en los estados totalitarios y las contra-utopías
del siglo XX, pero también en las sociedades democrático-capitalistas,
movilizadas por la publicidad.
La expurgación de las fábulas
a partir de los “mitos mayores” (377c) de Homero y Hesíodo, a veces
denominada la “teología” de Rep., se propone depurar la concepción
popular de los dioses. La crítica, en principio de carácter
moral, abarca los abundantes aspectos de la mitología que a una lectura
racionalizada parecen escandalosos y que pueden afectar las actitudes de
los guardianes. Como fundadores y legisladores, a Sócrates y sus
interlocutores compete no crear fábulas sino dictar normas para quienes
las crean. El principio será ‘representar a la divinidad como es’.
Detrás de las pautas éticas y de conveniencia política
están los principios de la ontología platónica. Los
guardianes no son, como tales, filósofos, y su educación les
proporciona no un verdadero saber sino sólo una ‘opinión correcta’:
si nos volvemos a remitir a la alegoría de la caverna, alcanzan sólo
el segundo nivel, el del fuego, pero no salen de ella. Los mitos que se
les cuenten reproducirán, en lenguaje figurado y como gestas divinas,
los caracteres del verdadero ser, las Ideas, calificadas en Fedón
80b como ‘lo divino’, en neutro. La divinidad tal como es es “buena”, y
lo bueno no puede hacer mal. La primera ley para los poetas sería
pues que ‘la divinidad no es causa de todo, sino sólo del bien’.
La segunda ley parte de las transformaciones y metamorfosis mitológicas
–donde el ser de lo divino decae en apariencias cambiantes, fantasmas y
engaños- para contraponerles el ser simple, que no se aparta de su
forma (idéa) propia. Fedón 79a ss. justamente subraya la simplicidad
y la permanencia en su identidad de lo que verdaderamente es. La divinidad,
lo más excelente, no podría ser alterada desde afuera y menos
desde ella misma, que siendo bella y buena sólo podría cambiar
para peor, ni podría hacernos creer en transformaciones que en realidad
no suceden, lo que sería mentir. Bondad, permanencia en el propio
ser, veracidad, son los atributos ético-ontológicos de los
dioses, a los que los guardianes deberán asemejarse en cuanto sea
posible al hombre. La ambigüedad y la multiplicidad inquietante, las
posibilidades de la apariencia quedan excluidas del fundamento, ya casi
como el ‘mal’. La traducción política de esta situación
ontológica es bastante obvia.
Es también importante el
tratamiento de la mentira: la ‘verdadera’ mentira está definida no
como la que se dice en palabras, sino como “la ignorancia en el alma del
engañado” (382b). Este distingo abre la posibilidad humana (ya que
los dioses son completamente ajenos al ámbito de la mentira) de la
mentira útil: con los enemigos o los amigos perturbados; o en la
creación de las fábulas cuando, por ignorancia del pasado,
aproximamos en lo posible lo falso a lo verdadero. Esta poco ingenua posibilidad
se convertirá luego (389b) en un ‘remedio’ que sólo debe aplicar
el ‘médico’: prerrogativa de los gobernantes, para los cuales sería
adecuado que “frente a los enemigos del estado y frente a los ciudadanos
mientan para beneficio del estado”, mientras que los particulares que engañan
a los gobernantes serán considerados gravemente culpables. Un poco
más adelante, como veremos, abrirá la puerta a una célebre
mentira política.
Luego 24 se expurgan los relatos sobre el Hades, condenando cuanto pueda
infundir a los guerreros temor a la muerte, y sobre los héroes, con
sus cualidades aceptables e inaceptables. Sobre los hombres, que completarían
el esquema, resulta imposible fijar normas mientras no se sepa realmente
qué es la justicia y si le corresponde o no la felicidad. Del tema
o contenido (lógos) se pasa al estilo o modo de decirlo (léxis).
El núcleo del problema estará en la conveniencia del estilo
imitativo, propio sobre todo de géneros políticamente tan
importantes como la tragedia y la comedia. Se teme la influencia en el carácter
de la imitación de caracteres o circunstancias innobles. La abundancia
de elementos imitativos y la variedad de ritmos y armonías, agradables
para los niños y el vulgo, no deja de estar en contradicción
con la simplicidad ontológica y política exigida. El ubicuo
principio de la división del trabajo resuelve la cuestión.
En una ciudad donde cada uno cumple una sola función y el zapatero
no es piloto, y (los ejemplos pasan a ser políticamente envenenados)
el labrador no es juez ni el comerciante soldado, como en la polis democrática
y hoplítica, está completamente fuera de lugar ‘un hombre
capaz de adoptar todas las formas e imitarlo todo’ (398a). Se lo honrará
como a un ser divino y se lo invitará a irse. La versión según
la cual Platón expulsa de la ciudad a los poetas malinterpreta el
párrafo. El que no es aceptado es este imitador proteico, capaz de
todas las metamorfosis. El poeta de esta ciudad –y toda estructura política,
por su mismo carácter paidético, tiene que tener un poeta-,
menos agradable y más sobrio, usará la narración simple,
sólo imitará a los hombres de bien, y se adapará a
los criterios educativos enunciados. Será el poeta del régimen
25.
Los
mismos principios se aplican a la música propiamente dicha. La selección
de armonías se hace según una muy precisa correspondencia
entre las escalas del sistema musical griego y los caracteres o estados
de ánimo: eliminadas las armonías lastimeras y muelles, quedan
las que expresan el valor guerrero y las acciones pacíficas y mesuradas.
Podemos entrever en qué medida la música -en la educación,
en el teatro, en la guerra misma- permeaba el éthos político
griego, aunque tal vez nos cueste entender la enorme importancia política
que Platón le adjudica 26. De hecho, de la estabilidad de las formas musicales se hace depender
la de la ciudad misma (cf. 424c y Leyes 700a, donde la decadencia política
de Atenas es adjudicada a las innovaciones musicales). No es casual que
esta legislación sobre la música sea descripta (399e ya cit.)
como purificación de una ciudad llena de lujos. La música,
aunque el atractivo se manifiesta de muchos modos y todos los artistas,
además de los poetas, deberán ser vigilados, es el núcleo
de la educación porque impresiona el alma y la hace sensible a la
belleza estético-moral mediante un vínculo previo a la razón,
que luego será reconocido por ésta. La educación musical
termina convertida coherentemente en ciencia ética, y por último
culmina, en un tránsito lejanamente relacionado con Banquete, muy
platónicamente, en una peculiar erótica: el educado en música,
que rehuye lo discordante, ha de amar al alma noble encarnada en un hermoso
cuerpo, aunque aceptaría un defecto corporal si el alma es bella.
Pero el placer sensual, violento, se opone a la templanza. El ‘verdadero
amor’ queda contenido en severos límites. Quien los traspase se hará
acreedor al reproche de ser, literalmente, un maleducado (no músico
e inexperto en lo bello, 403c) 27. Así se considera adecuadamente cerrada la discusión
sobre la música, cuyo fin debe ser ‘el amor a la belleza’ 28.
La consideración de la
gimnasia se rige por el principio de que el alma buena y cultivada imprime
al cuerpo su areté y puede hacerse cargo de él. Como norma
general se rechaza el régimen de los atletas profesionales, que enferman
cuando se apartan de él, en favor de un régimen moderado propio
de guerreros que deben mantenerse sanos en cualquier circunstancia, para
lo cual Homero es buen maestro. El contraste entre esta simplicidad y los
refinamientos gastronómicos y sexuales trae la consideración
de la medicina y, tácitamente introducida por la dupla cuerpo-alma,
de la abogacía (405a, dikaniké). Los buenos ejemplos en medicina
los dan nuevamente Homero, con remedios rápidos para guerreros heridos,
y el artesano obligado a trabajar, que no tiene tiempo de estar enfermo
y se cura rápidamente o se muere. En la ciudad bien ordenada no hay
lugar para el enfermo crónico, como los ricos actuales, y Asclepios,
que “era un buen político” (407e), no dejó tratamientos para
ellos. A los incurables del cuerpo la medicina debe dejarlos morir. A los
perversos incurables, la justicia tiene que condenarlos a muerte. Pero los
jóvenes guardianes no necesitarán de la justicia, y apenas
del médico.
Con la observación general de que música
y gimnasia no forman una el alma y la otra el cuerpo, sino ambas el alma,
Platón retoma el tema recurrente de la armonización de los
caracteres. La ferocidad y la blandura de quienes practican una sola deben
convertirse en valentía y carácter filosófico, y reunirse
armónicamente en los guardianes. La justa tensión y relajamiento
de estos elementos sería el verdadero fin de música y gimnasia,
propio del verdadero músico, y la tarea del verdadero gobernante,
por la que subsistiría la politeía. La decadencia política
empezará justamente con el predominio de la gimasia (infra, 546d).
Este esbozo, que deja de lado la normativa de las actividades particulares,
se completa con la primera indicación acerca de los gobernantes,
seleccionados entre los más viejos y los mejores en defender la ciudad:
el principio intelectual gobernante, apenas desarrollado, no se diferenc
ia aquí suficientemente del cuerpo militar, y los gobernantes
no son por ahora más que jefes, generales que cuidan en el más
alto nivel de la organización y disciplina del ejército. Hay
un motivo tácito para presentarlos así: al señalarse
por primera vez la cumbre de la construcción, se invierte la perspectiva
individualista originaria. Estos gobernantes son presentados como los ‘perfectos
guardianes’, de los que los llamados guardianes serían ‘auxiliares
y ejecutores’: los que salvan a los soldados de convertirse en soldadotes.
En ellos, lo común suplanta a lo mío de las tendencias egoístas.
Se protege lo que se ama, aquello cuya felicidad y desgracia se consideran
como propias. El
gobernante deberá ser ahora aquél empeñado
en el bien de la ciudad, y los candidatos habrán sido probados desde
chicos, tanto en los sufrimientos como en los placeres para probar su carácter
y comprobar que la mantienen como su interés primero.
La puerta
abierta para el uso humano de la mentira va a ser usada (148b ss.) para
sellar este primer esbozo de organización política con una
“noble mentira”, destinada a ser creída por los gobernantes mismos,
o por lo menos por el resto de los ciudadanos. Esa “historia fenicia”, difícil
de hacer tragar, de lo que Platón es consciente, combina dos mitos
preexistentes. En primer lugar el de la autoctonía 29. Habría que convencer a los
guardianes de que la educación recibida ha sido un sueño,
que la tierra los ha formado en su seno y los ha parido con todas sus armas
y posesiones, y por lo tanto es su madre que deben defender, y los demás
hombres sus hermanos. Pero este mito, propio de aristocracias guerreras,
se combina con el de las razas, de raíz hesiódica, y estos
hermanos resultan diferenciados por el dios mediante la inclusión
en ellos de oro, plata, bronce o hierro. Los caracteres se transmiten en
verdaderas castas, aunque queda una probabilidad de que la descendencia
pertenezca a otro metal. Los gobernantes deberán estar atentos a
ella, porque “existe un oráculo según el cual la ciudad sucumbirá
cuando lo custodie un guardián de hierro o bronce” (415c). Este mito,
increíble para la primera generación, podría tener
curso en las siguientes.
El mito suele causar molestia entre los comentaristas,
y Popper ve en él la fundamentación racista del estado platónico.
Más adelante las disposiciones sobre la reproducción constituyen
un conjunto de estrictas medidas eugenésicas, y si bien la eugenesia
platónica no dispone como el racismo moderno de una biología,
la cría de animales le proporciona un modelo aceptable. Por supuesto,
la lectura del texto posterior a la Segunda Guerra Mundial encuentra una
sensibilidad erizada. El problema de Platón es legitimar el orden
de la ciudad. Las ‘razas’, o mejor castas, organizan funciones: su legitimación
tiene que ser algo más que propaganda, porque no se trata de hacer
agradables ciertos aspectos del régimen, sino directamente de posibilitarlo,
estructurando el éthos de la comunidad y de sus partes. Se supone
que una justificación ‘racional’ sólo la proporciona la filosofía,
a la cual ni siquiera el grueso de los guardianes accede. Un mito es entonces
la solución adecuada. Ninguna estructura social es viable si no se
encarna en los estratos más profundos y prerracionales de la colectividad.
Pero el problema, aparte de que sea una mentira más o menos espúrea
o cínica, es que, tal como se la plantea, la “historia fenicia” es
apenas creíble. Más allá de la moralina no sería
un instrumento eficaz, y Platón lo sabe (cf. 415d). Este mito indica
un lugar en que el cartílago del armazón político no
termina de cerrar. En vez de recurrir a mitos raciales con perfume nazi,
Platón hubiera debido apelar al prestigio del saber de sus gobernantes.
En ese sentido, los virtuosos ingleses y otros colonialistas modernos han
tenido mejor fortuna cuando desde el s. XVIII en adelante fueron substituyendo
la teología por la ‘ciencia’ natual o social para justificar sus
imperios racistas.
r
Armada la primera aproximación al modelo
hay que ponerlo a funcionar, y con ello los desajustes y chirridos, cuando
no la insinuación de problemas más hondos, se hace sentir.
Los jefes, ‘perfectos guardianes’, tienen que ocuparse de que “los enemigos
de afuera no puedan hacer mal ni los amigos de adentro deseen hacerlo” (414b).
El campamento de los guardianes tiene que estar en un lugar adecuado para
reprimir sediciones tanto como para defenderse de ataques exteriores (415e).
Este sordo rumor de las tensiones hace pensar que el mito no fue creído
del todo por el pueblo. Pero lo más peligroso es la posibilidad de
que los guardianes mismos se hagan con el poder: de que los perros se vuelvan
lobos. La única contención es la ‘buena paideia’ que han recibido.
¿Pero quién puede asegurarnos absolutamente que esta educación
funcionará? Además de encomendarnos a Santa Paideia, habrá
que darles viviendas y medios de vida de modo que ‘no les impidan ser perfectos
guardianes y no los induzcan a causar daño a los demás’ (416a-c).
La Ciudad de los Perros es una Esparta algo exagerada. El régimen
de vida de los guardianes excluirá rabiosamente hasta la sombra de
la propiedad privada. No poseerán nada, salvo los objetos de primera
necesidad. Tendrán casa y despensa en común. Sus conciudadanos
les pagarán con la cantidad justa de alimento, apropiado para atletas,
que necesiten por un año. Harán vida en común y comidas
colectivas, como si estuvieran siempre en campaña. Convencidos de
poseer en el alma oro y plata divinos, el metal terrestre, ‘impuro y criminal’,
se vuelve tabú: no podrán ni tocar los metales preciosos,
ni usarlos ni aproximarse a ellos. La posesión y acumulación
los convertiría de salvadores en tiranos, y la población sería
vista como el enemigo interno. La conducta en la guerra, tratada más
adelante (466e ss.), incluye llevar a los hijos a presenciar las batallas,
dentro de lo seguro. El cobarde será desclasado, y el que caiga vivo
abandonado al enemigo. El que se destaque será coronado en el campo
y tendrá favores eróticos y gastronómicos. Los caídos
en combate, o meritorios por otros motivos, serán honrados como dáimones.
Con respecto a los enemigos, se inserta la importante observación
de que los griegos no deben ser esclavizados. Griegos y bárbaros
son enemigos por naturaleza, y su hostilidad es llamada propiamente “guerra”,
pero entre ciudades griegas debe considerarse una disensión intestina
o guerra civil (stásis). La consciencia panhelénica se hace
explícita (470a ss.) y viene a reforzar el imperativo de unidad interna
que rige a la ciudad, permitiendo exportar toda hostilidad y disensión
como enfrentamiento con una alteridad completa.
El riguroso régimen
ascético de los guardianes, privados de todos los disfrutes de la
posesión y del goce, de los que sin embargo podrían apoderarse,
plantea la cuestión de la felicidad (419a ss.). Ésta no corresponde
a una clase (éthnos)
particular, sino a la ciudad como un todo,
en vistas de la búsqueda de la justicia. Tácitamente, Sócrates
ha substituido la noción de felicidad como goce por la de felicidad
como cumplimiento de la función propia. Los guardianes tendrán
la clase de felicidad adecuada a su actividad. Hay que mirar a la ‘ciudad
entera’ y hacer que cada grupo cumpla con su función “por la persuasión
o por la fuerza”, con lo cual gozarán de la felicidad que la (su)
naturaleza les ha concedido.
La inversión del individualismo
y el pasaje a una perspectiva orgánica se han logrado mediante el
acotamiento estricto de los factores económicos. Los guardianes,
que ya han renunciado a los bienes, no deben permitir en los artesanos los
extremos de riqueza o pobreza, que producen haraganería o resentimiento
e inseguridad política. Si los artesanos satisfechos no ponen en
peligro la polis gracias a esta mesura en las posesiones, la clase militar
podrá, de ser necesario, hacer la guerra con buenas esperanzas contra
ciudades más ricas y más grandes: cada uno de sus ‘perros
duros y flacos’ vale más que varios soldados ricos y gordos. Y al
haber renunciado a la riqueza y no buscarse botín, se pueden utilizar
los mismos tesoros del enemigo para la concertación de alianzas.
Sobre todo (Platón tiene ante los ojos lo que ha sido la experiencia
casi constante de la vida política griega durante generaciones),
cada ciudad es múltiple: por de pronto doble, la de los ricos y la
de los pobres, enemigas entre sí, y éstas se dividen todavía
en otras. No es difícil hacerles frente utilizando sus propias disensiones,
mientras que nuestra ciudad se mantendría ‘única’ gracias
a la concentración del poder y la represión de los impulsos
de expansión económica. Esta unidad es un índice ontológico
de la ‘buena’ ciudad, y deriva de la unidad de cada uno de sus componentes
y de su correcta ubicación en el todo. En los hechos equivale a la
autosuficiencia de la ciudad que Aristóteles retomará, la
cual pone límites al número de soldados (aquí unos
1000) y a la extensión del territorio. La regulación de la
procreación tratará de que el número de ciudadanos
permanezca constante (460a). En este pasaje, la legislación sobre
aspectos concretos y específicos (aún la posesión común
de las mujeres y la procreación, mencionadas al pasar en 424a) queda
encomendada a la buena educación de los responsables. Por último,
la legislación del culto se remite a Delfos.
Los fundamentos
éticos de la República: la teoría
de las virtudes
A esta altura se está en posición de retomar las cuestiones
pendientes que motivaron el diálogo: qué son y en dónde
residen justicia e injusticia, en qué se diferencian, a cuál
hay que atenerse para ser feliz. El modelo se da como bien constituido y
completo, y por lo tanto la ciudad será prudente, valerosa, temperante
y justa (427e). Este conjunto de virtudes, que luego recorrerá los
siglos como el canon de las cuatro virtudes cardinales, aparece aquí
por primera vez. Las ‘virtudes’ son enumeradas sin justificación
y caracterizadas rápidamente: esta presentación no es más
que un esbozo o aproximación, y de nngún modo alcanza a se
r un verdadero conocimiento, que sería el conocimiento
de las respectivas ideas.
i
La sabiduría o prudencia (sophía)
se presenta en el acierto en las deliberaciones de la ciudad, ciencia que
se distingue de las múltiples técnicas porque no delibera
sobre algo determinado sino sobre el todo político y sus relaciones
internas y exteriores. Es propia de unos pocos ciudadanos, los ‘perfectos
guardianes’, por cuya ciencia la ciudad será ‘sabia’. El valor se
ubica fácilmente en relación con los guerreros, y consistiría
en mantener la opinión correcta, inculcada por la educación,
sobre cuáles cosas son temibles y cuáles no, y no cambiarla
en circunstancias buenas o malas, por placeres ni dolores. La sophrosyne,
que mal o bien traducimos como “templanza”, es una especie de ‘acorde y
armonía’: el orden (kósmos) en los placeres y pasiones, el
dominio sobre ellos, ‘ser dueño de sí’, vocabulario que alude
a la subordinación, dentro de la misma persona, de los elementos
menos buenos a los mejores. El dominio razonable de los apetitos es la única
‘virtud’ a la que podría aspirar la clase inferior, aunque el texto
(431cd) sugiere más bien que sus deseos son puestos en su lugar por
los de los ‘pocos y mejores’ para que la sophrosyne prevalezca en el conjunto
por sobre la tendencia al desorden. Pero esto se convierte inmediatamente
en la identidad de criterio en gobernantes y gobernados acerca de quién
ha de mandar, un acuerdo entre todos los ciudadanos, es decir, entre el
elemento menos bueno y el mejor, acerca de cuál de los dos ha de
tener la preeminencia.
La justicia, cuya búsqueda se presenta
en metáfora de batida de caza, era una presa que siempre estuvo cerca:
el principio de división del trabajo (que cada cual se ocupe de aquello
para lo que está naturalmente dotado) resultó ser “la justicia
o algo de su especie”, y su primera ‘definición’ es “hacer lo que
es propio de uno, sin dispersarse en muchas tareas” (433a). Esto no parece
agregar nada al principio de la división del trabajo. Pero en 433e-434a
se la pone en juego como actividad judicial de los gobernantes, dirigida
a impedir que alguien se apropie de lo ajeno y sea despojado de lo propio.
Esto, cuya lectura inmediata haría pensar en ciertos derechos, en
especial sobre posesiones u honores, se convierte en el derecho a “tener
cada uno lo propio” y a “hacer lo suyo”. Es decir, la garantía de
que ocupará efectivamente su puesto en la ciudad, que le pertenece
no por un principio convencional sino funcional-ontológico: ‘lo mío’
es ‘lo que soy’ y ‘para lo que sirvo’, y esto ‘me es debido’. Conversamente,
cualquier intento de cambiar de actividad o de lugar en un avance sobre
‘lo ajeno’, una apropiación injusta del ‘ser’ de otros. La justicia
no es una cuestión de intercambio de bienes o condiciones, sino de
posesión originaria e intransferible de lo que ya soy y de la función
que cumplo. De este modo funciona como el
fundamento de la jerarquía
cívica, y así funda el ‘ser’ de la ciudad. La justicia se
convierte inmediatamente en la permanencia en la propia clase y casta: salirse
de ellas e intercambiar actividades es ‘la mayor injuria contra la ciudad
y lo peor que puede hacerse contra ella’, y en esto consiste la injusticia.
De esta forma la justicia asegura y hace obligatorio el ejercicio de las
respectivas capacidades (aretaí), y puede decirse que es ‘la madre
de todas las virtudes’.
El casi inadvertido, pequeño y aceptable
principio de la división del trabajo ha sido el módulo operante
en esta construcción de la ciudad y su justicia. Si tenemos memoria,
encontraremos que el germen ya estaba en los pasos iniciales del diálogo
en los primeros intentos de definición de Céfalo y Polemarco,
que apuntaban al “dar a cada uno lo suyo”, y que ahora revela todas sus
implicaciones. Nada de lo dicho en esos primeros tramos del diálogo
era inocente. Tampoco el final del libro I, que introducía a la justicia
en términos de funciones y capacidades del alma. Ahora, el análisis
político va a revertir al paralelo análisis psicológico.
El alma, tripartita como la Ciudad, tendrá tres virtudes funcionales.
La justicia, que al ordenarlas las posibilita, aparece como la virtud de
las virtudes.
En efecto, la comprobación de lo hallado acerca
de la justicia pende ahora del proyectado paralelo con el alma del hombre
individual. De acuerdo a la prioridad del individuo sentada desde el principio,
los caracteres de las ciudades vienen de los de sus habitantes: la fogosidad
de los del norte, el afán de saber de los griegos, la avidez de ganancias
de fenicios y egipcios. Hay que ver si la homología es estricta y
cada una de estas tendencias viene de una ‘parte’ del alma o de su totalidad.
La solución se plantea al hilo de una cuidada aproximación
a lo que luego llamaríamos principio de no contradicción.
Los ejemplos, detallados y sencillos, que no resumimos, muestran con facilidad
cómo los deseos -de beber, por ejemplo- pueden ser refrenados por
otro principio, que se identifica con la parte razonable. Igualmente la
cólera se presenta distinta de los deseos y de la razón, aunque
puede ponerse del lado de ésta. Así se reencuentran en el
alma las partes correspondientes a las clases, con sus funciones y virtudes,
rectitudes y desvíos, y su armonización será naturalmente
la justicia dentro del individuo (443e), así como la injusticia será
su disensión y desorden. A la parte racional del alma le corresponde
mandar y a la irascible secundarla, cuando están puestas de acuerdo
por la música y la gimnasia. Ambas gobiernan la parte concupiscible,
que ocupa mayor lugar en el alma y es por naturaleza “insaciablemente ávida
de riquezas”. Hay que vigilarla porque llena de los placeres propios del
cuerpo se fortifica, se niega a realizar lo suyo, e intenta esclavizar y
gobernar lo que no le compete.
La equivalencia individuo-ciudad parte
del individuo. Nuestra moderna palabra “justicia” cubre dos palabras griegas,
díke y dikaiosyne. Díke, indica Homero en un principio las
decisiones judiciales de los nobles en un marco pre-político, y luego
Hesíodo se refiere además a la rectitud de estas decisiones.
Con Solón se convierte en un principio político-religioso,
que regula en el largo plazo los conflictos entre clases en el seno de la
ciudad, ‘vengando’ los excesos de un grupo con el exceso del grupo contrario.
Así, a los nobles cebados en los empobrecidos campesinos se les augura
que el pueblo se pondrá a la cabeza un tirano que los aplastará.
Pero este juego es un orden objetivo o en todo caso referido a Zeus. Ese
mismo juego, también nombrado como díke, adquiere un alcance
cósmico-ontológico y también político en Anaximandro
y Heráclito. Podemos seguir la palabra y el concepto de díke
en la tragedia, en especial en Esquilo, y en otro sentido en Parménides.
En todos estos casos, aunque compromete a los hombres, Díke es un
juego transcendente que jamás podría ser reducido a lo humano,
y menos al hombre individual. En cambio, la palabra dikaiosyne, que aparece
en Heródoto, se afirma con Platón, donde queda atribuida al
ámbito completamente heterogéneo de las ‘virtudes’ 30. El individuo resulta así
el lugar originario de la ‘justicia’, y la estructura tripartita del alma
de Rep. da lugar a la de la ciudad. La justicia en la ciudad no deberá
ser tratada -como en Solón- como un campo de fuerzas en conflicto,
sino como el ámbito de represión y economía pulsional
de los individuos. Pero a la inversa, este principio de la represión
es político, así como el modelo jerárquico que en realidad
se proyecta al alma.
Parece (445a) que puede cerrarse la arquitectura
del diálogo y responderse a la pregunta, clave de bóveda,
acerca de la técnica de la vida: si conviene ser justo, aún
en las estrictas condiciones propuestas. El alcance ontológico de
la justicia basta para descalificar cualquier modo de vida que perjudique
y corrompa “la naturaleza de aquello gracias a lo cual vivimos” (445b),
esto es, la psykhé. Pero para probarlo, habría que examinar
las principales formas del ‘vicio’ (kakía, C. Eggers Lan “malogro”),
que en la ciudad equivaldrán a los malos regímenes.
En
el pasaje al libro V, los interlocutores interrumpirán este programa,
que no se retomará hasta el VIII, para exigir explicaciones sobre
la escandalosa cuestión, lanzada al pasar, de la comunidad de mujeres
e hijos, “primera ola” que se le viene encima a Sócrates y que éste
afronta con todos los recaudos del caso. La clave la dará nuevamente
la comparación con los perros guardianes. Parir y criar no incapacita
a las hembras para hacer las mismas actividades que los machos (451e): la
diferencia de funciones en la reproducción no constituye una diferencia
esencial. Por lo tanto, corresponde dar a las mujeres la misma educación
en música y gimnasia, y también en el arte de la guerra. Sin
embargo, la habitual lectura ‘feminista’ que habla de la igualdad de los
sexos en República no tiene en cuenta que, llamadas a desempeñar
las mismas tareas, sin embargo las mujeres son inferiores a los hombres
en ellas, y no sólo ni en primer lugar por las fuerzas físicas,
sino sobre todo por las
intelectuales, aunque las excepciones sean numerosas.
Más adelante (540c) se hará explícito hincapié
en la existencia de gobernantas.
La segunda ola es la comunidad de mujeres
e hijos, que no se conocerán con los padres. Para justificar su cuestionada
posibilidad y utilidad se recurre nuevamente al hilo conductor de la cría
de perros y otros animales, es decir, el mejoramiento de las razas. Las
disposiciones comportan una buena cantidad de ‘mentiras útiles’ y
medidas ocultas de los gobernantes para que los mejores hombres y mujeres
se reúnan frecuentemente como al azar, y los inferiores a la inversa.
Habrá fiestas nupciales regidas por falsos sorteos, y los jóvenes
distinguidos en la guerra o por otro motivo serán premiados con cópulas
frecuentes. Padres y madres estarán en pleno vigor físico
y espiritual (20 a 40 la mujer, 25 a 55 el hombre). Los mayores podrán
copular libremente, pero sin procrear. Fuera de estos límites, o
dentro de ellos pero sin autorización,
la procreación se convierte en impiedad. Se impone el aborto,
y si se llega al parto el hijo no será reconocido por la ciudad,
y su suerte queda en la sombra. Los deformes “serán escondidos en
un lugar secreto y oculto, como corresponde” (460c). Los hijos de los mejores
serán criados en un establecimiento común, y todo tenderá
a que la raza de los guardianes se mantenga pura. Por supuesto, no se distinguirán
ni padres ni parientes: las clases de edad valdrán como parentesco,
con normas sobre el incesto algo relajadas entre ‘hermanos’. Este dispositivo
cuasi nazi tiende a dar a la construcción platónica una base
biológica que tendrá luego consecuencias importantes en la
teoría de la decadencia.
El excursus sobre las mujeres tiene
el papel arquitectónico no incidental de invertir totalmente el punto
de partida individualista. El afán de poseer para gozar dio lugar
a la clase militar, pero ésta se perfecciona con la extirpación
total de la apetencia no sólo de propiedad sino de cualquier núcleo
de privacidad donde pueda hablarse de lo ‘mío’, y cuya realización
más conspicua es la casa y la familia, que proporcionan goces y penas
que los otros no comparten. La unidad de la ciudad se funda en cambio en
una comunidad de dolores y alegrías. Lo ‘propio’ queda reducido a
un núcleo mínimo: sólo se posee el cuerpo (464e). La
ciudad es un organismo que siente como un todo lo que afecta a las partes.
La tercera ola (472b ss.), la más terrible, es la cuestión
de la factibilidad de la ciudad proyectada; cuestión que a nosotros
puede parecernos descabellada pero no a un griego, con la experiencia de
la colonización en su memoria histórica. Esto pone en juego
su estatuto ontológico: se han establecido los ‘modelos’ o paradigmas
del hombre perfectamente justo y su contrario para calibrar nuestra dicha
o desgracia según nos aproximemos a ellos, sin esperar que el hombre
justo empírico coincida absolutamente con ese modelo. Del mismo modo,
se ha “producido con la palabra (lógo(i)) un modelo de ciudad buena”
(472e), y no sería menos buena si no pudiera demostrarse su factibilidad.
Pero si se quiere ver en qué medida es posible, hay que conceder
que no se puede realizar algo tal como se lo describe: por naturaleza, la
prâxis se acerca menos a la verdad que el dicurso (léxis).
s
Se ha visto en esta ‘ciudad en la conversación’, siempre más
verdadera que cualquier práctica posible, la indicación de
que República es un proyecto más o menos utópico y
de que Platón está confesando aquí su mera calidad
de ejercicio teórico. Pero el modelo, que en el nivel individual
es realizable (592ab), en el nivel político sería al menos
parcialmente factible. Tan es así, que Platón en persona intentó,
sin suerte, llevar a cabo su iniciación. La posibilidad de que la
ciudad se realice pende de un solo cambio, difícil pero posible:
el gobierno de los filósofos. “A menos que los filósofos reinen
en las ciudades, o los que ahora son llamados reyes y gobernantes filosofen
de modo genuino y adecuado, y que coincidan en una misma persona el poder
político y la filosofía..., no habrá, querido Glaucón,
fin de los males para las ciudades ni tampoco, creo, para el género
humano” (473d). Pero la afirmación de Sócrates es escandalosa,
y se hace necesario explicar quiénes son los verdaderos filósofos.
Una naturaleza filosófica
El
filósofo, constituido por un elemento de amor y deseo (phileîn),
pretende, como todo amante, poseer la totalidad de su objeto, la sabiduría.
Pero también la curiosidad del amante de espectáculos (recuérdese
la importancia que da Platón a la teatrocracia) parece afán
de aprendizaje, y se corre el riesgo de confundirlos. El discrimen exige
determinar qué es la verdad que busca el filósofo, y para
ello hay que introducir abruptamente la doctrina de las Ideas (475e-476a).
La política platónica tiene que hacer explícita al
fin su base metafísica. El diálogo se orienta de aquí
en más hacia la salida de la caverna. Sin embargo, aunque se nos
indicará la dirección, no alcanzaremos a salir: como se verá,
esto sería un trabajo de muchos años. Pero hay que suponer
que los interlocutores algo han oído de boca de Sócrates,
y pueden acordar las bases de la teoría.
Cada idea es de por
sí una unidad. Pero por la comunidad con acciones (práxeis),
con cuerpos (sómata) y entre ellas mismas, la idea aparece como una
multiplicidad de cosas sensibles que se muestran por todas partes 31. Los amantes de espectáculos
y los hombres activos pero sin conocimiento aman todo aquello con lo que
lo bello entra en relación, pero sólo el filósofo percibe
y ama la naturaleza de lo Bello en sí. Y en eso consiste la diferencia
entre conocimiento y opinión. El
conocimiento pleno conoce ‘lo
que es’ en sentido fuerte, ‘lo que es plenamente’ (pantelôs ón)
y es absolutamente cognoscible porque su modo de ser es inmutable y racional.
La ignorancia (ágnoia, i-gnorancia, no-conocimiento) no es el error
acerca del ser, sino el modo paradójico de ‘aprehender’ lo inaprehensible
por inexistente, el no ser. Si existe algo intermedio entre el ser y el
no ser, el modo de conocerlo será también intermedio entre
conocimiento e ignorancia: será la opinión (dóxa),
que no es una deficiencia del conocimiento sino una capacidad distinta,
dirigida a otro ámbito ontológico. La opinión no es
infalible, como el conocimento, porque es su objeto el que siempre puede
cambiar y volverse otro, y al cambiar la vuelve falsa. El que sólo
admite la multiplicidad de cosas bellas, “amante de espectáculos
que de ningún modo tolera que se le diga que existe lo Bello único,
lo Justo, etc.” (479a), tiene que admitir que las cosas sensibles bellas
y justas pueden presentarse feas e injustas bajo cierto punto de vista,
las cantidades dobles como la mitad, etc. Las cosas sensibles se revelan
como cosas que son y no son, y corresponden entonces al objeto de la dóxa,
y el personaje que se atiene a ellas no es filósofo sino ‘filodoxo’.
Sólo sobre esta base puede caracterizarse al gobernante, hasta aquí
apenas esbozado como jefe militar, y que ahora se revela como aquél
que está constituido por el conocimiento de la verdad. El comienzo
del libro VI hace girar el sentido de la expresión “guardianes”,
redefiniendo las cualidades éticas o caracterológicas en función
de la capacidad ontológica. La ‘buena vista’ perruna para velar por
las leyes se conecta con el conocimiento del ser inmutable y con la posesión
en el alma del modelo a partir del cual se intentará establecer o
conservar en el mundo las normas de lo bello, justo y bueno. En contraste
(487b ss.), la maldad o inutilidad de los hoy llamados filósofos
es ampliamente reconocida.
Las páginas que describen la situación
de la filosofía en las ciudades (aunque todos los regímenes
están comprendidos, las referencias son claramente a la democracia
ateniense) dejan transparentarse las pasiones, los prejuicios y aún
los resentimientos de Platón. El patrón de la ‘nave del estado’
(el dêmos ateniense), no muy lúcido e ignorante de la navegación,
entrega el barco a aduladores, provocando desórdenes y aún
su propio sometimiento, sin que nadie reconozca que la navegación
es un arte. El verdadero piloto pasa por un inútil contemplador de
estrellas. Con soberbia, este verdadero piloto (Platón, hay que suponer)
se negará a suplicar a quienes lo necesitan. Ellos deberían,
a la inversa, suplicarle a él.
La causa por la que la naturaleza
filosófica, presentada como la rara suma de las buenas condiciones
morales e intelectuales, se pervierte casi necesariamente, está en
el régimen político, de acuerdo al principio de que todo germen
sufrirá más las malas condiciones cuanto más vigoroso
sea (ningún mediocre se vuelve realmente malo). El proceso es potenciado
por los bienes exteriores. Los más conspicuos discípulos de
Sócrates –Critias, el peor hombre de la oligarquía, y Alcibíades,
el peor hombre de la democracia- estaban en el caso. La silueta del segundo,
sin mención de nombre, protagoniza el drama paidético que
se va a esbozar, relacionado con el destino de Sócrates. Es la paideia
la que puede convertir a la mejor naturaleza en auténticamente malvada.
Pero la paideia no es la “instrucción”, esto es, la enseñanza
de los sofistas, sino el ejercicio comunitario de la opinión. Y la
polis, ‘caída’ en su configuración democrática, tiene
el rostro de la multitud (plêthos) que aprueba y desaprueba a los
gritos en la asamblea, en los tribunales, teatros y campamentos. No hay
“educación privada” que salve al individuo del verdadero sofista
corruptor, que no es otro que la multitud misma. Y “al que no pueden convencer
lo castigan con privación de derechos políticos, multas y
pena de muerte” (492d). La sabiduría del sofista es sólo una
larga observación de los movimientos, gustos y reacciones del “animal
grande”, la bestia popular, y enseña a adaptarse a sus instintos
llamando “bueno” y “malo” a lo que le gusta o la irrita tanto en el arte
como en la política.
El texto transforma la incapacidad popular,
compartida con el sofista, de acceder a lo ontológicamente verdadero,
en una hostilidad activa hacia la filosofía. El vulgo ha de tratar
de corromper a la naturaleza filosófica “por la persuasión
o por la fuerza”. Por la persuasión, halagando al joven para ponerlo
a su servicio y excitando sus ambiciones. Y si tropieza con aquel cuya enseñanza
podría dirigir en buen sentido sus cualidades, la violencia se ejercerá
sobre éste, en su vida privada o llevándolo a juicio: en un
juego de planos, el personaje Sócrates recuerda y justifica su relación
con Alcibíades y menciona su propia muerte. La filosofía,
prestigiosa y desamparada, queda en manos de hombres de naturaleza inferior,
puesta en relación con la deformación del alma a partir del
trabajo manual. Sólo las circunstancias que, como el exilio y las
enfermedades, alejan al filósofo de lo público y político,
pueden salvarlo de la perversión. Pero entonces se vuelve “inútil”:
el texto ya ha asumido una equivalencia filósofo = dirigente político,
y no se está hablando de ningún tipo de intelectual. La
casi imposibilidad de que un filósofo acceda al poder (‘al
menos uno en el curso infinito del tiempo pasado, u hoy entre los bárbaros,
o en el futuro’, 499d) no debería ser tomada muy al pie de la letra.
La autosatisfecha reflexión acerca de los filósofos hoy inútiles
y la posible conversión de algún gobernante o de su hijo (499bc)
refleja largas páginas de la novela de Platón, algunas todavía
por llenarse en el momento en que escribe estas frases.
Platón
propone una política eidética frente a toda política
empírica. El filósofo, conocedor de las ideas, las imita y
“en cuanto convive con lo que es divino y ordenado se vuelve él mismo
ordenado y divino, en la medida en que esto es posible al hombre” (500cd).
Y si es ‘forzado’ a ello, extenderá esta formación a las costumbres
públicas y privadas de los hombres. Hasta la multitud sería
capaz de aceptar y apreciar al verdadero filósofo si logra reconocer
en él a ese pintor que copia el modelo divino. Para ello, el político
partirá de una tabla previamente limpiada 32, y contemplando lo Justo por naturaleza,
lo
Bello, lo Temperante, y luego sus efectos en lo humano, producirá
una organización y una imagen del hombre en la que llegaría
a resplandecer, según las expresiones homéricas, algo que
lo haga “semejante a un dios”.
La metafísica de las Ideas sanciona
la falta de verdad de lo presente y hace depender su realidad misma del
grado de participación que tenga en lo verdaderamente real, es decir,
de la participación de las cosas sensibles en las ideas correspondientes.
En ese horizonte, el mundo inmediato y sus cosas resultan constitutivamente
deficientes justamente porque son proyectados contra la plenitud de la Idea.
Esa plenitud, siempre ausente, consagra la deficiencia de las cosas. Pero
también la tensiona, y hace que el ser imperfecto de las cosas se
convierta en una búsqueda permanente de su propio ser. De este modo
las cosas ‘desean’, ‘aspiran’ a su Idea, aunque necesariamente fracasen
en el intento de aproximársele 33. En el ámbito humano, esta tensión se vuelve consciente
y debe ser el motor de la acción. La moral y la política son
una activa puesta en obra del movimiento que cumple la realidad en su conjunto,
la ‘participación’ de lo sensible en lo eidético. Pero en
términos políticos esto supone negar todo valor a la espontaneidad
social y comunitaria. El movimiento sólo puede venir ‘de arriba’,
mediado por el alma filosófica del gobernante, capaz de conocer el
modelo y copiarlo en lo sensible.
El núcleo metafísico
de la política platónica está expuesto en los libros
VI-VII de Rep., que constituyen a la vez el manifiesto y el programa de
estudios ideal de la Academia 34. Toda areté tiene un fin, un bien a realizar, que en último
término presupone un bien propio del hombre como tal, un bien humano.
Esto está en la base de la interrogación socrática
por las ‘virtudes’ ético-políticas: la respuesta a la pregunta
por la areté como tal ha de dar cuenta de lo que la Apología
de Sócrates llama “la areté humana y política” (20b),
a la que apuntan temáticamente los diálogos socráticos
aún si se preguntan por aspectos parciales. Esto es justamente lo
que el texto de Rep. se ha propuesto encontrar, pero (504ab, cf. 435d) la
aproximación hecha a las virtudes ético-políticas es
descalificada como provisoria a pesar de la satisfacción de los interlocutores.
El gobernante deberá conocerlas con todo rigor. Pero el conocimiento
de ellas no es el “estudio superior”, porque esas virtudes mismas no son
lo mayor. El presupuesto platónico básico, del que pende todo
su proyecto de recuperación de la Ciudad, es la estructura inteligible
de la realidad. El bien humano supremo está basado en el Bien en
sí, en el Bien como tal, y su realización pende del conocimiento
que de ello tenga el gobernante (cf. 506a). El fundamento de la realidad
como tal es a la vez el fundamento del edificio político.
Este
fundamento último, que Rep. llama el Bien, es por de pronto algo
que puede ser conocido, es el objeto del supremo máthema (ejercicio
cognoscitivo) del filósofo (504e). Por ello mismo el texto no podría
pasar a exponerlo sin más: ni los interlocutores de Sócrates
ni los lectores están preparados. Más adelante se indicará
la larga preparación intelectual y personal que nos pondría
a sus puertas. El mismo personaje Sócrates va a insistir en lo imprescindible
del conocimiento del Bien pero eludirá una exposición acerca
de él, ni siquiera aproximada, como la que se dio de las virtudes
35.
Pero
la fundamentación de su política obliga a Platón a
dar al menos algún esquema o presentación sensible de las
líneas mayores de su ontología y su metafísica madura.
Tres célebres textos –el Sol, la Línea y la Caverna- constituyen
ese dibujo, único en su obra 36. Por supuesto, apenas podemos indicar aquí su contenido
y los problemas metafísicos que plantean. El Sol traza una suerte
de mapa de la realidad e indica la relación de la psykhé con
sus distintos niveles y con el Bien. La Línea presenta las operaciones
mentales con que el alma recorre esos distintos niveles de la realidad.
La Caverna, por último, convierte ese recorrido en el drama de la
paideia política.
Sócrates, que se ha declarado enfáticamente
incapaz de hablar del Bien, ofrece hablar de su vástago, el Sol.
A partir de la doctrina de las Ideas se traza una neta división ontológica:
las cosas sensibles son vistas pero no pensadas, las ideas pensadas pero
no vistas (507bc, cf. Fedón 79a). La vista, a diferencia del oído
y los otros sentidos, requiere un nexo entre ella y sus objetos: la luz,
cuya fuente es el Sol, mencionado como uno de los “dioses en el cielo”.
La vista misma es un fluido luminoso, dispensado por el sol y generado en
el ojo, el cual resulta “como un sol” entre los órganos de los sentidos.
El sol es, en este sentido, causa directa de la vista, y además puede
ser visto por ella.
El sol es “hijo” del Bien y su análogo: el
ámbito de lo sensible se fundamenta en lo inteligible y lo reproduce
a su modo. La psykhé, análogo del ojo, puede volverse hacia
lo que deviene y tener sólo opinión, así como en lo
sensible la vista ve débilmente a la luz de la luna o de una lámpara.
Pero cuando mira hacia las ‘cosas’ pensables (nooúmena, es decir
las ideas), tiene noûs (captación inmediata de lo pensable).
El Bien ocupa en lo pensable el lugar del Sol, y su “luz”, que ilumina las
cosas-pensables, consiste en la verdad (alétheia) y el ser (tò
ón): les confiere el ser y las des-oculta en esa luz. Con respecto
al alma, el Bien es causa del conocimiento y la verdad, y él mismo
cognoscible y visible al ojo del alma. Ahora bien, así como el sol
es fuente de la luz, pero no es la luz, el Bien es distinto y superior al
conocimiento, el ser y la verdad. El texto pone al sol en los límites
ontológicos del devenir (es eterno, y como tal se lo ha llamado ‘dios
visible’), y correlativamente el Bien queda en los límites del ser.
Más aún, no tiene el ‘ser’ (ousía) propio de las ideas,
sino que se lo declara ‘más allá del ser’ (epékeina
tês ousías) en dignidad y potencia. Esto podría ser
leido como una plenitud tal que se confunde con lo inefable y la nada, y
Platón estaría entreabriendo la puerta peligrosa que da al
camino del místico 37. Pero no es el caso. El Bien –sobre cuya sublimidad los personajes
hacen un comentario anticlimático 38, es cognoscible, es un máthema, y como enseña o
impone la parábola de la Caverna, debe ser conocido para volver a
ordenar esta vida.
El paradigma de la línea y la alegoría de la
caverna
Por eso puede trazarse el itinerario
que lleva a él, aunque todavía no estemos en condiciones de
conocerlo. La Línea es un texto gnoseológico o epistemológico,
que indica una trayectoria de actitudes mentales y disciplinas que la psykhé
recorre a lo largo de su ascenso por la jerarquía ontológica
expuesta en el Sol. La Línea no constituye una alegoría, ni
siquiera un esquema como el del sol, sino sólo un diagrama, como
el que podría trazar Sócrates en la arena con el dedo. Se
trata de una línea dividida en dos secciones desiguales, que vuelven
a dividirse a su vez en dos según la misma proporción. En
cada caso la sección superior y la inferior y más pequeña
funcionan respectivamente como original e imagen. La división mayor
corresponde a lo visible y lo pensable, los que desde el punto de vista
de la actitud mental hacia ellos son lo opinable y lo cognoscible. En la
sección inferior de lo visible están las copias o imágenes
(eikónes) de las cosas sensibles: sombras, reflejos en el agua, etc.
A ellas les corresponde, como actitud mental, la eikasía, palabra
intraducible, que podría ser ‘conjetura’ o ‘imaginación’,
en el sentido de conjeturar o imaginarse que algo es así. En correspondencia
con los otros textos, hay que suponer que esos reflejos y sombras incluirían
además las opiniones morales y políticas tal como circulan
en la máxima acriticidad (= sombras de la caverna). El nivel superior
de lo visible lo ocupan las cosas sensibles, a las cuales corresponde como
actitud mental la pístis, ‘creencia’ o ‘fe’, palabras que nosotros
reservamos para lo que no vemos ni conocemos pero aceptamos; aquí
en cambio vale para lo que vemos, porque justamente de lo sensible no hay
conocimiento. Es la ‘sana creencia’ en las cosas y –puede añadirse-
las opiniones correctas, sin fundamentación filosófica, acerca
de la moral y la política, tal como llegaría a tenerlas el
guardián educado.
El texto sobre la sección de lo pensable
es de interpretación compleja, pero es admisible que la sección
inferior corresponda a las entidades matemáticas, y la superior a
las Ideas. La operación correspondiente a las primeras es el pensamiento
discursivo (diánoia), y a las segundas el conocimiento intelectual
intuitivo (noûs o nóesis). El pensamiento matemático
va desde las hipótesis (= sub-puestos) hacia las conclusiones, ayudándose
con imágenes (modelos y diagramas), aunque sepa que no discurre acerca
de ellas sino de las realidades inteligibles que representan. La crítica
de Platón es que los matemáticos no toman las hipótesis
como tales, sino co
mo principios y puntos de partida absolutos por detrás
de los cuales no habría nada. Esta falsa fundamentación descalifica
al procedimiento matemático como verdadero conocimiento (cf. 533d).
En la sección superior, en cambio, la mente, si bien parte de esos
supuestos, los reconoce como tales y los usa como apoyo para hacer su camino,
a través de las ideas y sin recurrir a imágenes, hacia un
‘principio no-supuesto’: el Bien en su función de fundamento epistemológico
último. Habiendo aprehendido este principio incondicionado, puede
descenderse de Idea en Idea, fundamentando ahora realmente el conocimiento,
inclusive el conocimiento matemático. Este esquema estará
a la base del curriculum de estudios del gobernante.
Sigue la celebérrima
alegoría en que los ámbitos de lo visible y lo pensable son
comparados con el interior y el exterior de una caverna habitada, uno de
cuyos moradores es obligado a abandonarla. El enfoque es paidético
(514a la refiere explícitamente a ‘nuestra naturaleza’ en relación
a su educación o falta de educación) pero también ético-político,
y podríamos decir ‘existencial’. El texto presenta la imagen de una
caverna en cuyo fondo hay hombres encadenados desde niños de modo
que sólo puedan mirar hacia la pared. A cierta distancia y más
arriba hay un fuego, y por delante de él circulan hombres que llevan
sobre sus cabezas figuras de piedra y madera; un muro oculta a los hombres,
y los prisioneros verán las sombras de estas cosas y oirán
el eco de las voces, y les parecerá que esto es la realidad. Uno
de ellos es soltado y obligado a ascender, operación dolorosa a la
que se resiste. Llegado al nivel del fuego, sufriría por su resplandor
y no podría reconocer lo que ve allí ni creer que eso es más
real que las sombras del fondo. Peor todavía si se lo hiciera subir
por el sendero empinado y difícil que lleva a la salida y se lo expusiera
a la luz del sol y a la vista de las cosas: tendría que comenzar
mirando sombras y reflejos, luego las cosas mismas, y el cielo nocturno
antes de poder, finalmente, mirar al sol. Si lo logra, podrá advertir
que el sol es causa de las estaciones y las cosas visibles, y ‘en cierto
modo’ también de las que se veían en la caverna. Por supuesto,
se sentiría mucho más dichoso que en su encierro, se compadecería
de sus antiguos compañeros, y despreciaría la ciencia de distinguir,
recordar o predecir sombras y los honores que se reciben por ello, pues
hay una ciencia y un prestigio cavernarios. Por último, las dramáticas
alternativas del retorno: vuelto a su antiguo lugar no distinguiría
nada, sus compañeros se burlarían y supondrían que
arriba se ha estropeado la vista, y si tratara de desatarlos y hacerlos
subir, lo matarían.
Platón mismo se encarga de interpretar
la alegoría. El ámbito de la caverna corresponde a lo visible,
y el fuego representa el sol; el exterior a lo pensable, y el sol al Bien.
Se hace explícito que las sombras y las figuritas que las proyectan
tienen que ver con la justicia ciega de la polis. Pero el movimiento de
la alegoría representa a la paideia. El significado del relato es
que la psykhé tiene en sí la capacidad de aprender y el instrumento
para ello, y el movimiento del prisionero es la conversión total
de la psykhé hacia lo-que-es (tò ón) 39. La paideia es el ‘arte’ (tékhne)
de esta conversión: no consiste en poner la vista en un ojo ciego
(un depósito de conocimientos o habilidades, como supuestamente procedería
la sofística), sino en hacerlo mirar hacia donde debe. Por otra parte,
se ponen las condiciones de la política eidética: no pueden
gobernar quienes no han hecho el camino hacia arriba, pero quienes lo hacen
querrían permanecer allí “como si ya estuvieran en las Islas
de los Bienaventurados”. En la Ciudad que se está fundando los mejores
serán obligados a emprender el camino hacia el Bien, y luego a volver
a la caverna y aceptar sus trabajos y recompensas, sin que esto suponga
actuar injustamente con ellos. La responsabilidad político-social
del filósofo se desprende de su formación por la Ciudad (cf.
520a ss.). Por lo tanto bajarán por turno, y una vez habituados podrán
reconocer mejor las imágenes habiendo conocido los modelos. Lo harán
de buen grado, aunque preferirían no descender porque conocen un
modo de vida mejor que el del poder: el mejor gobernante es el que no quiere
serlo.
Una segunda explicitación, “técnica” 40, de la alegoría de la Caverna,
desarrolla el curriculum de estudios del gobernante-académico, esto
es, los pasos por los que el alma se convierte desde el devenir hacia lo
que realmente es. Para ello sirve la matemática. El curriculum comprende
aritmética, geometría, geometría sólida o estereometría
(en pañales, apunta Platón, y la polis debería hacerse
cargo de ella), astronomía y armonía (que curiosamente no
tienen como objeto los astros y los sonidos sino sus relaciones abstractas,
de las que la bóveda celeste es una mera copia empírica).
Por último se anuncia la dialéctica, ciencia cuyo cometido
es ‘dar razón’ (didónai lógon) del ‘ser’ (ousía)
de cada cosa, y que culmina en el conocimiento adecuado de la Idea del Bien.
Los plazos del curriculum pueden consolar a cualquier estudiante contemporáneo.
Seleccionados los posibles guardianes (entre otros métodos, por la
reacción de los niños llevados a la batalla para que ‘gusten
la sangre’), y tras los estudios primarios, tienen dos o tres años
de ejercicios gimnásticos en que el cansancio y el sueño no
permiten otra cosa, después de los cuales, a los 20, se tiene una
visión de conjunto de las enseñanzas recibidas hasta allí
y de la conexión entre ellas y la ‘naturaleza del ser’. A los 30
años se produce una segunda selección delicadísima,
la de ver si los candidatos tienen capacidad dialéctica, probando
si pueden elevarse sin los sentidos y por la sola fuerza de la verdad hasta
‘el ser mismo’ (autò tò ón). A la dialéctica
se le dedica el doble de tiempo que a la gimnasia, unos cinco años.
Luego volverán a la caverna, harán la guerra y las demás
ocupaciones de jóvenes y adquirirán experiencia mientras se
sigue vigilando su firmeza unos quince años más. Sólo
a los 50 los que se destacaron en todos los aspectos llegan a contemplar
el Bien, y luego, con ese modelo, se hacen cargo del deber de gobernar por
turno, dedicándose la mayor parte del tiempo a la filosofía,
y formarán a quienes los sucedan. Estos “perfectos gobernantes y
gobernantas” irán al morir a las Islas de los Bienaventurados, tendrán
monumentos y sacrificios públicos, y si Apolo lo autoriza serán
divinizados. No podemos dejar de notar nuevamente la ironía del pasaje.
El libro VIII retoma el hilo abandonado. Tras la frase enigmática
de que todavía podría hablarse de una ciudad y un hombre mejores
que los descriptos, se enumeran las formas políticas defectuosas
como una serie que decae a partir de la ciudad propuesta, junto con los
tipos de hombre que se deducen de la correspondencia entre formas políticas
y caracteres. La comparación de estos caracteres, en especial los
extremos, permitirá responder la pregunta inicial acerca de la felicidad
que son capaces de aportar la justicia y la injusticia.
Platón
encuentra en la sofística y en Heródoto la teoría de
las formas constitucionales y su valor respectivo, y va a aportar a ella
la idea de una degeneración cíclica y regular de las constituciones
y regímenes, regida por causas internas. Ese ciclo no debe ser pensado
como histórico, sino como el entramado ideal que permite comprender
los fenómenos. Por otra parte, hay un ‘descenso’ pero no un ascenso:
el sentido del esquema que heredará la teoría política
posterior se inscribe en el paradigma de la Edad de Oro, opuesto al paradigma
del ‘progreso’ propio del optimismo ilustrado sofístico 41. Pero en el caso de Platón,
como vimos, no hay auténtica Edad de Oro. No hay ni un ascenso, al
que seguiría el descenso correspondiente, ni un estado inicial perfecto:
Platón sabe que tiene que tratar siempre con la materia de la decadencia.
Los regímenes políticos
República
describe el ciclo a partir de la monarquía o aristocracia –el modelo
de ciudad propuesto- como el único régimen sano, a partir
del cual los restantes son escalones descendentes hacia lo peor: la timocracia,
régimen de una casta militar; la oligarquía, gobierno de los
ricos; la democracia, dominada por el elemento popular y más pobre,
y la tiranía. El esquema dinámico en el cual un régimen
procede de la descomposición del anterior no es retomado en posteriores
aproximaciones a la cuestión: el Político presenta una clasificación
de las constituciones que cruza los criterios del número, la fortuna
y el grado de libertad por un lado, y el grado de legalidad por el otro,
lo que resulta en: realeza – tiranía; aristocracia – oligarquía;
y democracia, con el mismo nombre para la forma legal y la ilegal. En Leyes
III aparecen la monarquía y la democracia como formas puras y extremas,
representadas por Persia y Atenas, cuya combinación en distintos
grados dan lugar a las demás.
Pero en Rep. se pone en juego un
motor y una lógica de los cambios. Platón ve con lucidez que
la decadencia se origina en las élites. La ciudad estará a
salvo mientras esté protegida del cambio, y todo cambio se origina
en una disensión de la clase dirigente. Y sin embargo la alteración
originaria de esta ciudad fundada y constituida para durar, pero construida
en el
elemento del devenir, se producirá por una fractura en
el cálculo de este devenir mismo. En efecto, Platón propone
un complejísimo número, nunca totalmente interpretado, para
calcular los períodos óptimos de las generaciones humanas.
Ahora bien, los gobernantes a cargo de las prácticas eugenésicas
calculan los momentos de fertilidad y esterilidad al parecer por métodos
relativamente empíricos, y no se nos dice por qué, si Sócrates
lo conoce, no les ha enseñado a ellos también el sublime número
que rige las generaciones y cuya ignorancia hace que en algún momento
nazcan “hijos no favorecidos por la naturaleza ni la fortuna” (546d) 42.
Los gobernantes de generaciones
menos perfectas comenzarán subordinando la música a la gimnasia.
La timocracia (timé = honor), primera forma imperfecta, corresponde
a los regímenes ‘dorios’ de Esparta y Creta. Es un régimen
con predominio de las características militares, pero el virus del
afán de poseer, siempre latente, comienza su trabajo. Las clases
superiores, aunque con una tendencia a mantenerse ‘virtuosas’, se repartirán
tierras y casas y ‘protegerán’ a los otros elementos convirtiéndolos
en esclavos. Los gobernantes militares anticipan ya al oligarca por su escondido
amor al oro, que acumularán en secreto. El retrato del hombre correspondiente
reproduce más o menos estos rasgos. Pero como se trata de tipos humanos
que pueden darse en cualquier contexto político, Platón cuenta
en cada caso su génesis individual en contextos cotidianos donde
intervienen el desinterés del padre por la actividad pública,
el resentimiento de la madre que se siente postergada, la influencia de
sirvientes y vecinos, etc. Toda esta sección sobre la decadencia
de los regímenes, y en especial el tratamiento de los caracteres
correspondientes, son de una riqueza literaria, una capacidad de observación
humana, social y política y un humor que, por supuesto, hay que encontrar
en la lectura directa.
La ciudad timocrática se convierte en
oligárquica cuando el afán de riquezas se sobrepone a la virtud
guerrera. En la politeía oligárquica, basada en el censo,
los pobres no participan en el poder. El cargo de piloto en la nave del
estado se ofrece al más rico, con las consecuencias del caso. El
segundo y gravísimo defecto es que no es una ciudad sino dos, la
de los pobres y la de los ricos, cohabitando en mutua conspiración.
El dilema de los dirigentes es que tendrán que armar a la plebe o
bien armarse ellos mismos, ricos gordos y avaros. Desparece la división
del trabajo y todo se vuelve alienable. El rico disipador, comparado a un
zángano, llega a convertirse en lo peor: el ciudadano indigente.
Algunos de los zánganos tienen aguijón, y son los que en la
miseria se convierten en delincuentes. Estos zánganos, a diferencia
del pueblo trabajador, se convertirán en una categoría política
importante como catalizadores de las próximas revoluciones. El hombre
correspondiente, hijo de un padre timocrático arruinado que en vez
de honores recibe persecuciones, cambia el orgullo por la codicia; es ignorante,
no gasta en obtener honores pero sí gasta impunemente lo ajeno si
puede, aunque no carece de algunos buenos deseos y en general parecerá
más decente de lo que es.
En un régimen donde la calificación
la da la riqueza, se intentará acrecentar ésta y concentrarla
en lo posible mediante la usura. Se genera así una masa de indigentes,
deudores, resentidos y conspiradores que no deja de multiplicarse permanentemente.
Los jóvenes ricos, ablandados de cuerpo y espíritu, se vuelven
indolentes y débiles para resistir el placer y el dolor. Un pasaje
memorable describe al pobre, flaco y curtido, que se encuentra en ocasiones
de riesgo junto al rico gordo, pálido y fatigado, y que reunido con
los suyos, se dicen entre sí “estos hombres son nuestros” (556cd).
La chispa se enciende fácilmente con o sin ayuda de otras ciudades
y los pobres victoriosos matan o destierran a los ricos, o comparten con
algunos el poder, cuyo modo normal de ejercicio será el sorteo. Los
principios de este modo de gobierno son la libertad de acción y expresión,
y la licencia para elegir cualquier género de vida. La descripción
de la democracia y el hombre democrático es especialmente brillante.
Es una constitución “abigarrada”, como los mantos que les gustan
a las mujeres y los niños. En ella conviven todas las formas y modelos
de gobierno. Puede uno dedicarse o no a la cosa pública, a la paz
o a la guerra, cuando se le antoje y aun en contra de los demás.
Los condenados andan libres. La única condición para los cargos
es declararse amigo del pueblo: es la igualdad “tanto para los iguales como
para los desiguales”, la isonomía opuesta a la eunomía aristocrática
(igualdad entre los de mérito proporcionado). El joven oligárquico,
bajo la influencia paterna, tiene que atenerse, más por avaricia
que por otra cosa, a la satisfacción de los deseos necesarios, hasta
que se transforma –por un proceso que es largamente narrado, catalizado
por los ‘zánganos’- en democrático, donde toda clase de deseos
y pasiones, necesarios e innecesarios, buenos y malos, requieren ser satisfechos.
De hecho son puestos en pie de igualdad y se trata de satisfacerlos a todos.
La descripción magistral de esta isonomía interior se acerca
casi a lo que llamaríamos una fragmentada personalidad postmoderna
(561cd).
La tiranía proviene de la democracia por la misma exigencia
de libertad sin límites, que borra toda jerarquía no sólo
entre gobernantes y gobernados, viejos y jóvenes, esclavos, mujeres,
etc., sino hasta con los animales. Los ‘zánganos’ son nuevamente
responsables de que los ricos acorralados terminen defendiéndose,
con lo cual se suscita el caudillo del pueblo, con las consecuencias que
son de imaginar, y que terminan dándole el poder absoluto. El tirano
primero se hace agradable, pero necesariamente será llevado a suprimir
a los mejores, fortificar su guardia y rodearse de esclavos liberados, y
por último someterá totalmente al pueblo, a quien convierte
en esclavo de esclavos.
La génesis del hombre tiránico,
al comienzo del libro IX, da lugar a otra de las páginas memorables
de Platón. Los deseos, necesarios e innecesarios, han jugado hasta
aquí papeles importantes, pero el hombre tiránico, el peor
de los
hombres, nos introduce a un estrato más inquietante y
más profundo: con él se reconoce la originariedad e irreductibilidad
de la raíz deseante y ‘somática’, al detectarse deseos innecesarios
e ilegítimos pero innatos. En una célebre anticipación
freudiana, éstos aparecen, cuando los estratos ínfimos del
alma están exasperado por el vino o la comida, para satisfacerse
en el sueño, donde el alma “...no titubea en intentar en su imaginación
acostarse con su madre, así como con cualquier otro de los hombres,
dioses o fieras, o cometer el crimen que sea, o en no abstenerse de ningún
alimento” (571cd). Por supuesto, Platón no es Freud, y se supone
que el elemento racional podría regular aún el sueño
y utilizarlo en su propia búsqueda de la verdad. Pero queda sentado
que estos deseos “terribles, salvajes, fuera de toda norma” (572b) están
presentes aún en los homres más moderados.
b
Este
aspecto nocturno de lo instintivo define la tiranía. El hijo del
hombre democrático es arrastrado como su padre por las compañías
libertinas, pero con menos defensas, éstas logran implantar en él
a Eros (un éros, un amor particular), al cual todos los deseos sirven
y alimentan. La naturaleza tiránica de Eros, acompañada de
furor y locura, hace al hombre enamorado, borracho, demente. La disipación
conduce a toda clase de delitos. Los hombres tiránicos, en minoría,
se convertirán en mercenarios o rateros. Si predominan harán
tirano al más tiránico de ellos, que someterá y castigará
a su ‘matria’, y hará real el carácter más perverso
al realizar en la vigilia lo que sólo aparecía en los sueños.
El largo teorema llega a su conclusión, y el hombre más infeliz
no será sólo el de alma tiránica, sino el que efectivamente
ejerce la tiranía. La estremecedora comparación con un amo
de numerosos esclavos, llevado con su familia y sus siervos a un desierto
donde nada lo protege de éstos, marca la condición de extrema
esclavitud del tirano. La resolución de la disputa es fácil.
Pero se añaden aún dos ‘demostraciones’ más. La segunda
muestra que el filósofo puede experimentar y poner en el orden correspondiente
desde el punto de vista de lo agradable, su propio placer, y los del ambicioso
y codicioso. La tercera demostración, mediante un complejo análisis
del placer, el dolor y el estado intermedio, muestra que el placer del sabio
es el único puro. De hecho, el placer del hombre ‘monárquico’
con respecto al del ‘tiránico’ puede computarse, y resulta ser ¡729
veces más agradable!
La argumentación se cierra con una
representación plástica del hombre y las partes de su alma
mediante la combinación de un monstruo multiforme y cambiante, un
león y un hombre cada vez más pequeños encerrados en
un hombre mayor. La reiteración de su jerarquía y la función
de la justicia sirven para sacar algunas de las consecuencias más
reaccionarias: la ‘demostración’ de la inferioridad natural del trabajador
manual y la conveniencia para ellos mismos de convertirse en esclavos del
“hombre mejor y que tiene en sí mismo lo divino rector” (590cd).
El final del libro es uno de los cierres posibles del diálogo. El
sabio cuyas virtudes se han cantado y que tiende en todo al perfeccionamiento
de su alma se ocupará de los asuntos de ‘la ciudad de sí mismo’
pero no en los de su patria, a menos que se le presente un azar divino.
La ciudad que hemos fundado está en las palabras, pero posiblemente
en ninguna tierra. Tal vez haya un modelo en el cielo para quien quiere
mirar y mirándolo quiera gobernarse (= fundarse o refundarse, katoikízein)
a sí mismo. Poco importa que no exista o que exista algún
día, este sabio sólo querría actuar en una ciudad así.
El libro X reitera, desde la altura ganada con la teoría del alma
tripartita y la ontología de VI-VII, la cuestión de la poesía,
capital para Platón. Por último se pasa a la afirmación
de la inmortalidad del alma con un argumento según el cual cada cosa
sólo puede ser destruida por su mal ‘natural’. Los vicios son el
mal natural del alma -como la enfermedad de los cuerpos- y sin embargo no
la destruyen. Si el alma no fuera inmortal, la injusticia la mataría.
El argumento está en función del contenido del diálogo.
La inmortalidad ha sido temáticamente tratada, con demostraciones
diferentes, en Fedón, texto que vale la pena tener a la vista como
punto de comparación. A diferencia de Sócrates, por lo menos
del Sócrates de Apología (40c ss.), Platón parece creer
en la vida del alma tras la muerte, aunque, como lo muestra el mismo Fedón,
su demostración en
sentido estricto es muy problemática. Casi podría
decirse que es por un lado una apuesta a la realización, ‘allá’,
del sentido que ‘aquí’ no se realiza, y por otro una exigencia moral,
en un sentido distinto del kantiano, como lugar de mejoramiento o, en el
límite, de castigo. Coherentemente, su mejor modo de exposición
son los grandes mitos escatológicos que cierran varios diálogos
(Gorgias, Fedón, Rep., y en otro sentido el mito del Fedro). En Rep.
el mito cierra el tema central de la felicidad respectiva del justo y el
injusto. Contra lo argumentado al principio, los hombres y sobre todo los
dioses honran a uno y castigan al otro, pero esto no es nada en comparación
con lo que les espera tras la muerte. El panfilio Er, hijo de Armenio, reenviado
a la vida doce días después de su muerte en batalla, narra
lo que vio en ese lapso. Sin entrar en detalles (el mito incluye un complejo
modelo cosmológico), las almas son premiadas en el cielo o castigadas
en el interior de la tierra diez veces el lapso de una vida, esto es, mil
años, por cada crimen o acción meritoria, salvo los malvados
incurables, en su mayoría tiranos, que son arrojados para siempre
al Tártaro. Al cabo de sus viajes, estas almas escogen el tipo de
vida que van a llevar en su reencarnación entre una enorme gama de
modelos que incluye toda case de vidas humanas y animales. La elección,
que luego es confirmada por las Parcas y la Necesidad, es de la entera responsabilidad
del alma, y allí está el beneficio de la ciencia que pudo
haber aprendido en la vida anterior para distinguir la felicidad falsa y
verdadera. El mito, como el diálogo mismo, contrasta en este respecto
con Fedón y demuestra que Platón no puede reducirse a un esquema
lineal: en aquel diálogo la sabiduría sólo se obtenía
tras la muerte. En Rep. se logra en esta vida y es base para la acción.
Del mismo modo, el mito del Fed. está orientado hacia la vida en
la muerte, y el de Rep. hacia la elección de una nueva vida.
El problema de la decadencia política
Es usual referirse a la
ciudad de Rep. como la ‘idea’ de polis. El mismo Platón la propone
como un modelo. Lo que no suele verse es su carácter de proceso.
Si provisoriamente lo aceptamos, nos vemos remitidos a la opinión
de que en el transfondo griego, y sobre todo en Platón, todo proceso
humano es decadencia, caída desde la Edad de Oro. La Edad de Oro
aparece definida, en el mito, por la satisfacción inmediata de las
necesidades. En Rep. esto, que en último término remitiría
a la animalidad, ni siquiera se plantea. Los datos del problema son la satisfacción
no inmediata de las necesidades biológicas, la necesidad del trabajo
y el egoísmo. Pero ese egoísmo individualista básico,
contenido dentro de límites ‘naturales’, da la inocente sobriedad
de la Ciudad de los Cerdos, basada en el principio de la satisfacción
de las necesidades económicas mínimas. Ésta es una
comunidad simple, vegetariana, pacífica, desarmada, sin gobierno.
La limitación de los deseos a la satisfacción de las necesidades
elementales no permite ningún desarrollo ulterior ni permite responder
a la cuestión de la justicia. Hay que levantar estos límites
y suplantarla por la versión afiebrada de la ciudad gástrica
que llamaríamos “Siracusa”, pensando que allí Platón
habrá conocido el esplendor del banquete (Carta VII 326b), pero que
para no confundir con este teatro de operaciones políticas reales
llamaremos “Síbaris”. Este segundo modelo no se hace derivar del
primero y da la impresión de un corte y un salto, pero en realidad
no es sino su modificación, como exacerbación del lujo y lo
inútil, en el mismo terreno de satisfacción de necesidades
sensibles y sensuales. El egoísmo toma la forma del hedonismo, con
la expansión de los deseos y de las posesiones en orden a su satisfacción:
el sibarita, decíamos, se propone gozar, no acumular. La hinchazón
consiguiente lleva a la necesidad de conquista y defensa, y por principio
de división del trabajo, al ejército profesional. Síbaris
es una comunidad compleja y refinada, con sus necesidades exacerbadas, militarizada
aunque no esencialmente guerrera. No se habla de su gobierno, pero por lógica
debería tener al frente una oligarquía de productores de bienes
exportables y de comerciantes: Síbaris sería en realidad Venecia.
Este modelo, perfectamente viable y empírico, es el de la ciudad
de ricos mercaderes que se hacen defender por mercenarios o ejércitos
propios a sueldo.
Pero con la aparición del ejército profesional
se comienza a producir un proceso a contrapelo. Advirtamos el pasaje efectuado:
Síbaris requirió un ejército. El soldado se desarrolló
no del glotón, sino por y para el glotón, para servir a sus
necesidades, pero se negó a ello, y pudo hacerlo tal vez porque Síbaris
no es Venecia, no es una dura oligarquía que ejerce el poder desde
lo económico, sino una ciudad de gozadores. Establecido el ejército,
éste adopta un éthos militar estricto, se convierte en centro
de la comunidad y la somete a una purga. Los guardianes mismos, por supuesto,
están sometidos a un régimen rigurosamente ascético,
que el texto, tácitamente, hace repercutir en los productores. Síbaris
ha servido sólo como pasaje de la Ciudad de los Cerdos a la Ciudad
de los Perros. El primer esbozo (libros II–V) de la supuesta ciudad ideal
corresponde a esta ciudad de soldados trazada sobre el modelo espartano,
centrada en su propia disciplina. Los gobernantes mismos comienzan siendo
meros jefes.
Pero si el ejército ya no está al servicio
de Síbaris, ¿cuál es su objetivo? Por supuesto, la
purga no habrá sido tan drástica como para volver a la Ciudad
de los Cerdos y hacerlo inútil. Y si la clase dirigente ya no tiene
que satisfacer deseos innecesarios, su militarización se justifica
sólo frente a la presión de masas internas esclavizadas43. Seguramente la Ciudad de los Perros
hubiera evolucionado hacia este modelo –Esparta-, porque la originaria tendencia
egoísta sigue tan vigente como al principio. Pero el éthos
militar no ha sido adoptado sino impuesto, así sea mediante el modo
no violento de la educación, y la purga de los elementos suntuarios
es una consecuencia. La verdadera purga es la de las tendencias egoístas.
El ejército, que es deducido de Síbaris, sufre, una vez establecido,
una reorientación cuyo sentido y origen sólo se verá
cuando los gobernantes sean caracterizados plenamente como filósofos.
El diálogo desarrolla un constante ejercicio de escamoteo en cuanto
a la índole del proyecto. La Ciudad de los Perros, tal como es expuesta
en el esbozo al parecer completo de II-V, es una organización militar
sin objetivo, lógica y sociológicamente incoherente. Esto
es así mientras la miremos como un dibujo estático. En realidad
es un momento de un proceso de giro, de un movimiento hacia arriba que cumple
a la inversa los pasos de la decadencia de la ciudad: Síbaris es
una oligarquía que es salvada de ella misma por una timocracia, la
cual a su vez no llega a constituirse porque es alzada por el gobierno filosófico.
Cada paso corrige el anterior, y el giro es una refundación permanente.
En un primer momento se propone sólo observar teóricamente,
aunque en realidad se trata de una construcción sumamente artificial,
el nacimiento de una ciudad, y el único elemento que se introduce
explícitamente es el principio de la división del trabajo.
Pero a partir de la introducción de los guardianes, Sócrates
y los interlocutores comienzan a actuar abiertamente como fundadores y legisladores,
y esto se acentuará a medida que avance el diálogo. También
se irá acentuando la dificultad, si no imposibilidad, de la realización
práctica de lo propuesto. La ciudad gástrica se da por sí
sola. Pero ya la Ciudad de los Perros debe ser impuesta desde arriba. Y
la verdad de todas ellas será la Ciudad de los Filósofos.
El estamento productivo
Algunas
cuestiones importantes como trabajo, propiedad privada, familia, están
ligadas al destino de los productores, sobre los que, como vimos, el texto
calla en gran medida. Pero el silencio del diálogo no es tan total
como para no dejar pasar indicaciones sugestivas. Hay que suponer que en
el salto entre la Ciudad de los Cerdos con sus sencillos campesinos, y Síbaris,
ha surgido una clase poseedora ociosa, y que la producción está
a cargo no de los refinados gozadores sino de quienes los sirven. En la
Ciudad de los Perros esta clase ociosa, por lógica, no podría
subsistir. Pero hay una indicación positiva: en 421d-422a se dice
que los guardianes deben impedir en los productores tanto la pobreza como
la riqueza, fuentes de haraganería, resentimientos y desorden político.
Los productores, pues, son mantenidos dentro de ciertos límites modestos.
La mención de la riqueza indica que las condiciones de posibilidad
de Síbaris no se habrían suprimido, sino solamente que se
las contiene para que no se desarrollen. La última indicación
corresponde al nivel de la Ciudad de los Filósofos: la inferioridad
natural de los trabajadores manuales hace conveniente para ellos mismos
obedecer como esclavos al ‘hombre mejor en quien rige la parte divina’.
La expresión, que anticipa los célebres desarrollos de la
Política aristotélica, alude a una esclavitud ontológica,
y no debe ser tomada literalmente: la esclavitud efectiva de los productores,
como en Esparta, sólo se da con el pasaje al régimen timocrático
(547bc), pero vale como indicación de que, con cada paso ascendente
que da el modelo de ciudad, esta clase es corrida correlativamente un grado
más abajo.
La clase productora es el ámbito de la propiedad
y la familia, pero parece que no vale la pena regularlas, o por lo menos
informarnos de ello. La especificidad de la función guerrera, con
exclusión de la económica (de posesión, producción
o administración) funciona como la garantía buscada de que
la fuerza no se volverá hacia el interior de la polis. Se produce
así un divorcio estricto del poder económico y el poder político.
“Manteniendo a la mayoría de los habitantes fuera de la política,
el área de la ciudadanía plena, la polis [de Platón]
les dio permiso para ser irresponsables, no les ofreció otra ocupación
q
ue la actividad económica autoincrementada (self-promoting),
y los liberó de todo fin u obligación moral, aun en aquellos
asuntos que podrían manejar”(44). Y efectivamente es así. La parte apetitiva no puede
controlarse por sí misma. La actividad productiva tiende a incrementarse
porque depende de los deseos, que no tienen límite, y no puede ser
moralizada. Sólo se pone un límite a su desborde.
Ligado
a esto está la debatida cuestión de la existencia de esclavos
en Rep., usualmente deducida de la exhortación a no esclavizar a
los griegos vencidos, en cuyo caso los bárbaros sí lo serían.
Sin embargo esto puede ser un mensaje para los contemporáneos que
no encaja en el esquema. ¿De quién dependerían los
esclavos, de los guardianes para tareas no productivas, o de los productores?
¿Tendrían éstos la fuerza y la inteligencia necesarias
para hacerlos servir? En Leyes, de una manera posiblemente más coherente,
no hay ciudadanos productores, y todo el ámbito del trabajo queda
en manos de hilos en el campo y de metecos en los oficios urbanos.
Otro
silencio importante afecta a la coerción. El ejercicio de la fuerza
aparece siempre como guerra externa. La guerra interior es injusticia, desajuste
del espacio político o del espacio psicológico, y en la Ciudad
de los Filósofos su remedio no puede ser violento. Todas las pautas
de manutención del orden –la división del trabajo, las virtudes
de la templanza y la justicia- implican aceptar la sabiduría del
que sabe, y se realizan mediante la educación o la persuasión.
Pero en lo apenas dicho asoma permanentemente la fragilidad de este orden.
Los productores son por definición contenidos por los guardianes
dentro de las líneas del gobierno, y el recién citado 421d-422a
indica claramente una coerción externa. Podría haber sediciones
(previstas en 414b, 415d-e), de los trabajadores, pero sobre todo de los
guardianes mismos. Mal que le pese a Sócrates, éstos tienen
que ser vigilados, y hay que insistir en la felicidad que les procura su
género de vida y en la unidad de sentimiento como el mayor bien ante
el peligro siempre latente de que “una concepción infantil” de la
dicha los llevara a apoderarse de todo (466c; cf. 416a ss.). Hasta la cuasi
divina clase de los filósofos podrían ser obligada a gobernar
“por la persuasión o por la fuerza”.
La ciudad como idea
¿Podría ser, como se dice, la Idea de Ciudad este modelo que
comienza como una ciudad enferma y se va corrigiendo penosamente? La ciudad
(Kallípolis, 527c2) es en rigor un modelo, un parádeigma que
combina, de manera no clara, elementos descriptivos, valorativos y normativos,
en cuyo carácter verbal se insiste (472d cit.), y no va en desmedro
suyo el que no pueda realizarse en la práctica: la léxis se
acerca más a la verdad que la prâxis. De acuerdo a esto (592a),
la ciudad que se ha fundado-construido yace en los lógoi, aunque
no existiría en ninguna tierra. Pero inmediatamente (592b) se manda
el paradigma al cielo, aquí en neto contraste con la tierra precedente.
Es lo que usualmente se interpreta como ‘Idea de Ciudad’ 45. Y sin embargo, el ‘cielo’ (ouranós)
no designa lo ‘ideal’, sino que forma parte del mundo sensible (cf. Pol.
269d), más aún, en general designa el conjunto del mundo sensible
46. No es
obvio, pues, que tierra-cielo jueguen en el pasaje como metáfora
de sensible-inteligible. Podría aludirse simplemente a una distancia
muy grande. La contraposición tierra-cielo tiene de cualquier modo
algún sentido.
Pero no se trataría de la idea de polis,
simplemente porque no habría tal idea, así como no hay una
idea del ‘alma’. En los diálogos ‘socráticos’, psykhé
es un sí mismo no cósico, centro de comprensión intelectual
y de decisión ética responsable. En Fedón, tal vez
por influencia de los pitagóricos italianos, el ‘alma’, que sigue
siendo el lugar de acceso a la verdad, es ‘algo’ cuya inmortalidad se intenta
probar, pero:
a. no es una cosa sensible;
b. no es una Idea. Es
afín a las Ideas justamente por no ser sensible, pero no es una idea
sino el lugar subjetivo que las conoce, y se vuelve más afín
a ellas cuanto más las conoce (Fedón 79cd, cf. en Rep. 490a-b).
Ese conocimiento, en que consiste el giro, se llama “filosofía”.
En Fed. se cumple como sophía después de la muerte. En Rep.,
la conversión se cumple en esta vida y revierte sobre ella. Esta
actividad que hace el alma en sí misma y a la vista de las ideas
es exactamente lo que el final del libro IX da como la realización
personal del modelo político celeste. La ‘ciudad’ puede ser, y es,
el ‘alma’, la ‘ciudad interior’, en cuya ‘política’ se ocupará
el filósofo, en primer lugar, porque en las condiciones dadas es
el único campo que tiene abierto. Pero también porque para
ordenar la polis tiene que ordenarse a sí mismo. La política
es ética, pero la ética es política: si suponemos un
gobernante-filósofo, el trabajo que haga consigo mismo llevará
tras de sí a la polis.
Corremos el riesgo de no advertir que
el modelo no es el plano de una suerte de ‘cosa-Ciudad’, sino las pautas
de una actividad, la de ordenar las partes del alma y de la polis en su
modo correcto. Vista así, la polis misma no es una instancia objetiva
o un dato externo (‘la sociedad’). Es, en cierto modo, una dimensión
del alma. Es, como el alma individual, y como condición de posibilidad
de la realización de esa alma, el lugar de reorientación del
hombre en el seno de la realidad. Y la dirección verdadera es hacia
lo ‘eterno’. Psykhé y pólis no son ‘algo’ con su aspecto (idéa,
eîdos) propio como el caballo o la justicia, sino el movimiento de
apropiarse de la verdad, revelarla y realizarla en la vida individual o
colectiva.
El momento inicial de ese movimiento se confunde con la misma
facticidad de la vida humana. Es lo que el texto del Fedón llama
sôma, que no es el ‘cuerpo’, sino la apertura sensible al mundo, ontológicamente
orientada hacia el devenir. El sôma es un dato básico. Por
ello no hay edad de oro. El punto de partida es siempre la cadencia: nacemos
en la caverna. La filosofía y la política de Platón
intentan recuperar un sentido en y desde esa facticidad. Los nombres propios
del impulso de giro en Platón son éros y philo-sophía.
En ese plano aparece el gobernante: lugar de palanca y giro en la tensión
que constituye a la realidad, lugar en que se decide su orientación
hacia uno de los dos polos de esa tensión. Frente a los gobernantes
somáticos, el gobernante filósofo. Pero no puede olvidarse
que el ámbito de la política es siempre el interior de la
caverna: el sôma, el devenir, son su elemento irrebasable.
¿Por
qué habríamos de abandonar el cómodo ámbito
somático? El movimiento de conversión por el cual giran la
realidad y el alma procede siempre de ‘arriba’ y nunca se anuncia en forma
explícita, sino como la urgencia oscura de eros, que con la tracción
de una fuerza ciega que luego se revelará logos claro nos arrastra
hacia el estrato ontológica y moralmente superior. ¿’Quién’
es el que saca, haciéndole tanta violencia, al prisionero de la caverna?
La dirección desde la cual procede y hacia la cual se dirige la reorientación
es llamada a veces por Platón, en forma mítica, como “el dios”.
“El dios” es el que preserva al filósofo en los regímenes
actuales: 492a, 493a. Compárese, en 499c, la ‘inspiración
divina’ por la que un príncipe aceptaría la filosofía
platónica. Esto parece un deus ex machina, pero tal vez es algo más:
en el fondo de esa realidad en devenir donde ocurre el permanente borramiento
del sentido, la verdad sigue actuando. Pero actuando como una potencia,
como actuaría un dios, y no meramente con la calma impasibilidad
de un estrato ontológico fundante. El ‘dios’ es el nombre mítico
para el plano superior de la realidad, que es el que originariamente actúa
y pone en movimiento al alma y a la realidad total 47. Como Apolo llamando a Sócrates,
puede irrumpir para hacer aparecer en un salto al filósofo y al político.
Pero el ‘dios’ no es ‘nadie’. Es la realidad misma, o la fuerza que en su
interior tiende hacia la reafirmación. El hombre Platón no
se cansó de apostar a ese entresijo, a esa ranura divina. Pero sólo
llegó a nombrarla de esta forma indirecta. El gran teórico
de la decadencia política no hizo una teoría del cambio político
en sentido ascendente. Y sin embargo el conjunto de República, el
movimiento de constitución del modelo, constituye ese ascenso, aunque
penoso y fragmentado. Hasta podríamos pensar que la República
no propone, en el fondo, ningún modelo, sino un dispositivo, una
serie de estrategias a veces híbridas e impuras para recuperar de
algún modo y por algún tiempo lo que decae.
Política, ética y episteme
Esta afirmación puede parecer no sólo extremada
sino insostenible frente al impresionante andamiaje de las Ideas. Hay un
rey-filósofo porque la política platónica supone la
trama racional e inteligible de lo real y se funda en el conocimiento de
ella. ¿Pero cuál es esta trama y el contenido de esta política?
Abandonada la ciudad de cerdos, purificada la ciudad febriculosa por la
represión y autorepresión de los guardianes, ¿qué
programa van a desarrollar los filósofos? ¿O es eso todo,
una suerte de Esparta, habría que ver si menos estúpida, con
hilotas conformes y gobernantes geómetras y dialécticos? De
hecho, la introducción de los gobernantes filósofos no aporta
ningún elemento nuevo al programa aparte de su propia producción.
El bien humano, la dirección unitaria de las distintas capacidades
y actividades en la Ciudad en vistas del fin de la vida, es un bien político,
y el hombre político conoce este fin para el cual los demás
fines son medios. Ésta es una de las lecciones del Político.
Pero quitados los fines sensibles (placer, riqueza, poder...), el bien parece
quedar vacío. No es tampoco un bien sobrenatural como el de las religiones.
¿Qué es lo que realiza la ciudad platónica, sino las
condiciones de su propia permanencia en el seno de un devenir que, sabemos,
terminará por devorarla? ¿Qué hacen las clases o estamentos
de la ciudad aristocrática, sino cumpli
r con sus funciones por el hecho formal de hacerlo? Los productores
producen riquezas y comercio, pero vigilados por los guardianes para que
la polis no se convierta como tal en productora de riqueza. Los guardianes
vigilan y defienden la ciudad de amenazas exteriores e interiores, pero
vigilados por los gobernantes para que la conquista o el poder no se conviertan
en la actividad propia de la ciudad. Los gobernantes, fundamentalmente,
filosofan. ¿Puede decirse que el objetivo de la Ciudad es la producción
u obtención de sabiduría? En un sentido importante, sí.
Pero siendo una sabiduría que debe revertir sobre la ciudad, sus
efectos políticos se limitan a proveer para que nadie exceda los
límites de sus funciones. La mejor ciudad posible se tiene como finalidad
a sí misma, al funcionamiento armónico de sus partes, y se
agota en la inmanencia. Los fines sensibles valen como disvalores y tal
vez como tentaciones, y no hay otros que los substituyan. La felicidad consiste
en atenerse a una ‘justicia’ en la cual todo tiende a girar sobre sí,
cerrándose y cumpliéndose sin dejar residuos. Pero en cuanto
nos proponemos un objetivo para la polis, más allá de su vida
misma, surge la ‘degeneración’.
Esta impresión puede ser
un problema de nuestro ángulo histórico de lectura. El Bien
no es la realización de algo externo, la obtención de un producto
ni un premio divino. Es la realización de sí como un fin en
sí mismo, del hombre en el seno de la comunidad y de la comunidad
misma. Esto no es fácil de concebir teniendo por detrás la
visión cristiana del mundo, donde los medios, especialmente la riqueza
y el poder, son medios para un fin exterior (sobrenatural), y la perspectiva
moderna, disolución de la cristiana, en la cual los medios se independizan
como fines y generan sistemas autónomos (la economía y la
política, pero también, por ej., el arte), sin que se proponga
un fin último que los unifique. Este bien político estaba
naturalmente dado para el mundo griego clásico, donde la plenitud
del ‘hombre’, que por supuesto se recorta contra la exclusión de
esclavos, mujeres, bárbaros, es vivida inmediatamente a través
de palabras como ‘autonomía’, ‘autarquía’ y ‘libertad’, que
sólo tienen sentido en la dimensión de la ciudad. El polítes
griego no requiere un fin exterior ni se disuelve en fines particulares48. Se entiende, en un horizonte anterior
a toda especulación filosófica, que el bien humano se manifiesta
en la ciudad que se pone a sí misma. La filosofía de Rep.
tiene que hacer explícitas las bases de esta concepción pre-filosófica,
porque sale al encuentro de lo que ya es su crisis.
El Bien, presentado
como una de las palabras últimas de la metafísica platónica,
debe ser leído desde ella49. El Bien no está vacío, sino que tiene justamente
un contenido metafísico. Como ‘idea de las ideas’, como ‘ser’, tiene
los caracteres del ser platónico: unidad, determinación, identidad,
permanencia en la identidad. Una figuración de esto adecuada a la
comprensión no filosófica de los guardianes se perfilaba en
la concepción de los dioses impuesta a los poetas en el libro II,
donde la multiplicidad, la apariencia, el cambio, quedaban excluidos. Es
explícito que el modelo reproduce en sí esas notas. Todo el
proyecto tiene como finalidad la unidad y la permanencia de la ciudad. El
problema es si se pone en juego en esta propuesta algo más que una
política ‘formal’, que se propone sólo realizar las condiciones
de la permanencia. ¿Es el Bien políticamente vacío,
en el sentido de que no hay una efectiva traducción política
de su contenido metafísico?
La respuesta es compleja. El texto
de Rep. subraya la base metafísica de la política y deja deliberadamente
en blanco muchos campos que quedan librados a la sabiduría de los
legisladores o gobernantes, pero de los que Leyes se ocupará con
muchísimo detalle, hasta la organización de la vida cotidiana.
Por otra parte, es evidente que el Platón que llega hasta el fundamento
tiene luego dificultades en volver a la caverna, no sólo en la práctica
siciliana, sino en la teoría. Por supuesto, la noción usual
de que Platón, frente a una realidad insalvable, propone un modelo
‘ideal’ conscientemente inalcanzable, es falsa. También lo es la
imagen de un Platón conservador que querría volver a algún
momento del pasado, real o supuesto, por encima de la tradición democrática
de Atenas. No se puede tener confianza en lo dado, porque está ontológicamente
depreciado –el mundo abigarrado y apariencial de la democracia y la sofística,
pero también las normas tradicionales que no sirvieron de contención
a la crisis y la Esparta idealizada pero no tanto como para ignorar su secreta
carcoma. Y sin embargo la vocación de Platón se volcaba hacia
este devenir intrínsecamente imperfecto y cadente. Se busca el fundamento
en un plano superior para volver aquí haciendo pie firme. Que el
andamiaje esté destinado a impedir los cambios es una verdad a medias.
También, y quizás especialmente, está destinado a promoverlos:
el devenir tiene que ser salvado y recuperado permanentemente.
La política
platónica no ignora la realidad empírica ni se propone destruirla,
sino que quiere asumirla, sólo que para ponerla en contra de ella
misma. Lo decisivo del proyecto metafísico es la posición
de un lugar fundante ‘por encima’ de lo dado. Los ámbitos de la realidad
– physis, pólis- que se habían presentado al pensamiento –los
presocráticos, los sofistas, los
trágicos- con toda su
densidad ontológica y preñados de movimiento, diferencias
y contradicciones, ya no dan cuenta de sí y tienen que ser sostenidos
desde otro lugar. Platón sabe perfectamente que no hay otro lugar
para la política que la polis empírica, pero le niega toda
creatividad genuina. Su espontaneidad se convierte en el crecimiento de
la multiplicidad y la apariencia. Ésta es la pesada herencia del
platonismo (esto es, de la metafísica), que descalifica de entrada
cualquier posibilidad de que lo dado pueda jugar desde sí, y le impone
ser moldeado desde otro lado. La verdad tiene que ser encontrada en un lugar
‘más arriba’ y desde allí debe ser organizado lo inmediato.
No importa la propuesta política concreta, el verdadero contenido
es el establecimiento de estos planos. Con ellos se establece un horizonte
‘autoritario’ o ‘totalitario’ que pretende disolver toda particularidad
y toda finitud positiva colectiva o individual. Dentro de ese horizonte
no puede haber juegos de amor y lucha, ni crecimiento orgánico, ni
deliberación y elección de fines finitos y múltiples,
ni atención a la oportunidad (al kairós, clave de la política
sofística). El dios, y no el hombre, es la medida de todas las cosas
(Leyes 716c). Por supuesto, lo dado, lo sensible, lo empírico, el
cuerpo, la ciudad de los hombres, es un dato primario e imposible de suprimir,
y Platón lo sabe. Hemos visto cómo el modelo no es una esplendorosa
manifestación inicial de la justicia, sino que se va gestando como
una salida de la caverna, en la cual sin embargo los pasos precedentes no
son superados sino solamente escamoteados. Por eso, el resultado lleva la
marca de ellos. Es lo que los lectores democráticos o liberales denuncian
(mitos, mentiras, recursos autoritarios) sin ver su necesidad en cualquier
esquema que derive la vida de un fundamento. A lo largo de todos estos siglos
Occidente no ha hecho sino llenar de distintos modos ese lugar del fundamento.
Fue ocupado por figuras teológicas, pero también por la razón
y la ciencia, las revoluciones y la misma ‘libertad’. Hay que preguntarse
si efectivamente hoy ese esquema está en crisis.
La reflexión
política en algunos diálogos platónicos
Después
de Rep., Platón no cesa de replantearse el tema político.
Uno de esos intentos está en el Timeo y su secuela, el inconcluso
Critias. La ciudad de Rep., con cuyo resumen se abre el diálogo,
es identificada con la Atenas prehistórica en el contexto de un relato
sobre catástrofes periódicas, especialmente diluvios, que
destruyen la civilización en distintos lugares. Esa Atenas antediluviana
ha triunfado sobre la gran isla de Atlántida. Es la oportunidad,
como quiere Sócrates, de ‘ver a la ciudad en acción’. Pero
el plan expositivo comienza con la cosmología de Tim., que va desde
los orígenes del mundo hasta llegar al hombre. El inconcluso Critias
debía tomar a los hombres como ciudadanos de esa Atenas, equivalente
de la ciudad ‘ideal’, y ponerlos en guerra. Posiblemente un tercer diálogo
describiría la destrucción de la ciudad por un diluvio y enunciaría
la teoría de las catástrofes periódicas y el proceso
de recuperación de la cultura a partir de los pocos sobrevivientes,
rudos e ignorantes, que Platón desarrolló luego en Leyes III-IV.
De esta forma, la teoría política, que en Rep. se continuaba
hacia el individuo, la psicología y la ética, queda proyectada
en un marco cosmológico y dentro de lo que podría denominarse
una filosofía de la historia.
o, muy probablemente anterior al
Timeo, está dedicado principalmente a arduos problemas metodológicos,
en función de los cuales y casi como ejercicio (cf. 285d), se introduce
la definición del hombre de estado. Pero en Platón la teoría
política no puede ser nunca mera excusa. Obviando los otros aspectos,
podemos indicar algunos aportes del diálogo.
El hombre político
o real es definido como pastor de hombres (267d) 50. Para aclarar y rechazar esta definición
se introduce el extraño mito según el cual el mundo gira alternativamente
en un sentido cuando es impulsado por ‘el dios’, y a veces en sentido opuesto
cuando queda librado a sí mismo. Al ser retomado por el dios, nuestra
temporalidad se invierte y los hombres pasan de la vejez a la juventud hasta
desaparecer, para nacer luego de la tierra. En este ciclo –una edad de oro,
sin regímenes políticos- el dios apacienta personalmente a
los hombres. La definición del rey como pastor es adecuada en realidad
a esta situación. El político en cambio es buscado al hilo
de una clasificación de las constituciones que ya hemos mencionado,
obtenida a partir de los criterios de la legalidad e ilegalidad por un lado
y el número de gobernantes
(realeza y tiranía, gobierno de uno), el número
y la fortuna (aristocracia y oligarquía) y además el grado
de libertad (democracia en sus dos formas). Sin embargo, estos criterios
y distinciones carecen de valor: la autoridad y el derecho a ejercerla proceden,
de acuerdo a la definición inicial del político como ‘técnico’,
tekhnítes, de la posesión de un conocimiento, que podría
darse en uno o a lo sumo en dos o tres hombres. La epistéme del verdadero
político está por definición dirigida al bien, no importa
que se ejerza por la persuasión o por la fuerza: legislar es función
real, pero el ‘rey’ está por encima de la ley. Como el rey infalible
‘no nace como en las colmenas’, la ley resulta ser un segundo expediente
necesario. La legalidad se convierte entonces en criterio de las constituciones,
y la jerarquía se invierte: dejando de lado la monarquía del
rey supralegal, la monarquía sería la mejor, pero su corrupción
en la ilegalidad, la tiranía, la peor. Aristocracia y oligarquía
son intermedias, y la democracia es la menos buena dentro de la legalidad,
pero la menos mala si se vuelve ilegal -el poder está desmigajado
entre muchos-, de modo que en la práctica es el régimen preferible.
La salida marginal es pues la tolerabilidad de los regíenes malos.
La definición del arte del tejedor, que entrelaza los hilos fuertes
de la urdimbre y los flexibles de la trama, sirve de paradigma (recurso
metodológico que aquí es más una analogía que
un modelo) para el tejedor real, que entrelaza los caracteres y temperamentos
mansos y fogosos: nuevamente un tema que en Rep. ha aparecido múltiples
veces. Como trama y urdimbre del tejido social, el rey debe unirlos con
un doble lazo: la parte eterna de sus almas con un lazo divino, la comunidad
de opiniones verdaderas y firmes sobre el bien, que procede de la educación;
la parte humana, mediante los matrimonios. Esta nueva propuesta de mejoramiento
genético consiste en cruzar familias de características violentas
y moderadas, para producir caracteres equilibrados.
La muerte encuentra
a Platón ocupado todavía en el problema de la Ciudad. Su último
diálogo, Las Leyes, editado póstumamente por su discípulo
Filipo de Opunte, es el más largo de su producción e intenta
todavía un modelo político, menos estricto que el de Rep.
y que, dada la inalterada voluntad de Platón de influir en la práctica,
puede pensarse como un testamento y una guía para los asesores, si
no revolucionarios, producidos por la Academia.
El diálogo, ubicado
en Creta, reúne a tres ancianos: un ateniense en el que hay que ver
al mismo Platón, un cretense, y un espartano, en camino hacia un
lugar de culto bajo el sol del verano y distrayéndose con la fundación
verbal de una ciudad, esta vez ubicada con precisión en un paraje
de Creta. El tronco de la obra es un detallado cuerpo de leyes. Se han tomado
en serio los resultados del Político, no es cuestión ya del
rey filósofo sino de su substituto legal, y la frondosa regulación
se extiende hasta las cuestiones más cotidianas. Pero el texto es
mucho más que esto, y no es posible reseñar aquí su
riqueza.
En los dos primeros libros, junto a tópicos conocidos
de Rep. como el problema de la felicidad del tirano, corre la curiosa presentación
de la paideia a través del uso controlado del vino en banquetes supervisados.
El mejor fruto paidético serán los tres coros de canto y baile
de los niños, los jóvenes y los hombres mayores que, algo
vergonzosos, cantarían y bailarían en privado. En una imagen
significativa, el hombre es presentado como títere de los dioses,
no sabemos si para su diversión o no, y los hilos con que lo manejan
son el placer y el dolor (644d). La paideia consiste en inculcar la actitud
correcta ante placeres y dolores, y esto acrecienta la importancia paidética
de la música y su estricto control (en 700 a ss., la decadencia de
Atenas es atribuida a las innovaciones musicales). El libro III plantea
la génesis de las organizaciones políticas en el marco de
la teoría de las catástrofes periódicas. Algunos pastores
incultos han sobrevivido en las montañas al diluvio, y el descenso
de ellas coincide con el ascenso en la cultura y la organización,
desde la familias patriarcales, su unificación por los primeros legisladores
y gobernantes hasta la fundación de ciudades en las llanuras. Con
Troya se toca la historia hasta llegar a Esparta, cuya fortuna se atribuye
a su constitución, donde los poderes están divididos y contrabalanceados.
La historia se une a la teoría constitucional: llegados a las guerras
Médicas, Persia y Atenas proporcionan los modelos de las constituciones
extremas, monarquía (= tiranía) y democracia, de las que las
demás son mezclas y atenuaciones. Por otra parte, la degeneración
de Atenas a partir de la pátrios politeía solónica
que la salvó de los persas, proviene de la substitución de
la ‘aristocracia’ musical por la ‘teatrocracia’ (701a), la libertad en los
espectáculos a la que se atribuye toda clase de consecuencias.
El nuevo proyecto de ciudad que trazan los ancianos, aunque presentado como
conversación de viejos, es enormemente detallado y serio. Siempre
ha sido comparado con Rep. como un paso más cerca de lo factible.
La hiperbólica oportunidad única en los tiempos se cambia
por una ciudadosa disposición de la fundación de la colonia,
su población de origen, la elección de los dirigentes con
procedimientos bastante democráticos, la duración de los cargos
y la rendición de cuentas. La legislación sobre todos los
aspectos de la vida pública y privada es extensa y detallada. El
principal fin de toda legislación será la formación
moral del ciudadano. Platón propone, reclamando originalidad, los
‘prefacios’ a cada ley, donde el legislador la explica y exhorta a obedecerla.
Todo el sistema de castigos, aunque severo, está concebido en esta
línea, e incluye razonamientos con el delincuente y todo tipo de
esfuerzos, que pueden ser comparados con la psiquiatría o con la
inquisición según se mire, para su reforma. Los casos desesperados
se penan con la muerte.
Existe la propiedad, pero con un fuerte sentido
de subordinación a lo público y contenida dentro de límites.
Los ciudadanos son apartados del proceso de producción, que queda
en manos de esclavos o hilotas en el campo y de metecos para los oficios.
Los ciudadanos se ocupan sólo de los deberes de la ciudadanía,
que son bastantes: de ‘mantener el orden (kósmos)’, siguiendo el
principio de Rep. de hacer cada uno lo suyo. La esclavitud está expresamente
contemplada con una mezcla de humanidad y severidad excesiva. No hay comunidad
de mujeres e hijos aunque se lo propone como ideal, pero sí igualdad
de las mujeres, militar y política (aunque, como en Rep., serían
inferiores, 917a, 781c). Hay comidas comunes para ambos sexos, por separado.
Pero la represión sexual es mayor que en Rep.: se admite el coito
sólo en función de la procreación, se prohibe la homosexualidad
por ser estéril, y se deshonra al adúltero. La instrucción
en música y gimnasia está a cargo del estado, es gratuita
y obligatoria y hay para ella maestros pagos, que deben ser extranjeros.
Pero el proyecto educativo no está en este nivel ínfimo sino
que se encarna en los grandes magistrados que presiden los concursos y especialmente
el director general de la educación, “el cargo más importante
en la Ciudad”.
El culto religioso de Leyes es una colorida seguidilla
de festivales, uno para cada día del año. Pero uno de los
pasajes filosóficamente más importantes y políticamente
más ingratos es el concerniente a la teología. El ateísmo,
la creencia de que los dioses no se ocupan de los asuntos humanos o que
se puede negociar con ellos mediante sacrificios, es uno de los más
poderosos factores de corrupción de la juventud. El esfuerzo de convencer
–antes de castigar- a quienes profesan tales doctrinas debe enfrentar la
seria opinión filosófica que niega la finalidad en la naturaleza
y considera las realizaciones políticas, y los mismos dioses, como
productos de la convención. Y la persecución del bien natural
en vez del convencional lleva directamente a la subversión. La respuesta
es una demostración de la prioridad del alma sobre la materia a partir
de la racionalidad del universo. La existencia del mal lleva inclusive a
postular un alma mala, aunque el mundo como un todo muestra el predominio
de la buena.
Para la preservación de las leyes y de su espíritu
se instituyen los ‘guardianes de las leyes’, (nomophylakes) y en especial
el Consejo Nocturno, que aparece al final de la obra. Esta institución,
que sesiona al alba, reúne a los diez nomophylakes mayores y otros
personajes, es la ‘mente del estado’. Conoce el fin de la ciudad, esto es,
la areté, su unidad y pluralidad y los medios de promoverla. Para
ello se requerirán equivalentes de los gobernantes de Rep., educados
como filósofos, dialécticos y teólogos. El diálogo
se corta en las dificultades para establecer esta institución.
Notas
1 En terminología de
Karl Polanyi. Cf. K. Polanyi, C. M. Arensbreg, H. W. Pearson eds., Comercio
y mercado en los imperios antiguos, tr. c. Labor, Barcelona 1976, esp. K.
P., “La economía como actividad institucionalizada”, pp. 289-315,
esp. 296 ss.
2 Como recuerda Jean-Pierre Vernant (Los orígenes
del pensamiento griego, tr. c., Paidós, Barcelona-Bs. As.- México,
1992, p. 59), poner algo en discusión pública se dice en griego
“llevarlo hacia el centro”. En estos párrafos el lector reconocerá
ecos del ilustre historiador francés, aunque a diferencia de él
creemos que en el tránsito a la polis ha pesado más el conflicto
entre clases que el agôn aristocrático.
3 Cf. David Grene,
Greek Political Theory. The Image of Man in Thucydides and Plato, The University
of Chicago Press, Chicago & London, 1950; Phoenix Books Ed. 1965, Introd.,
pp. 4-6.
4 Esta expresión es ambigua. En Atenas, esa polis ‘tradicional’
fue identificada con la constitución de Solón, que es ya el
resultado de violentos conflictos y que no dejó luego de transformarse.
En otros casos, como en las ciudades j
ónicas o Corinto, el temprano y muy activo desarrollo comercial
tiene que haber influido (aunque nuestra información es deficiente)
en la concepción del estado. En realidad, en casi todo el mundo griego,
el momento de la presunta ‘ciudad tradicional’ estuvo ocupado por tiranías
progresistas. La diferencia, en todo caso, estaría en la ausencia
de una concepción desencantada del poder.
5 Los intentos de la
crítica de recuperar el Sócrates histórico han sido
sumamente problemáticos, y quizá tengamos que atenernos a
Sócrates en Platón. Pero en los textos ‘socráticos’
hay un meollo que es distinto de lo que llamamos propiamente platónico,
aunque es su germen.
6 Se atribuyen a Platón trece cartas relacionadas
con sus vicisitudes políticas. Las más importantes parecen
auténticas, especialmente la VII, suerte de autobiografía
escrita al final de su vida. En todo caso, sería un documento muy
cercano en fecha y origen a Platón, con datos auténticos sobre
las actividades del círculo académico.
7 Otras noticias
de académicos activos en política en Plutarco, adv. Col. 1126c.
Karl Popper (La sociedad abierta y sus enemigos I, tr. c. Paidós,
Bs. As., pp. 138 s., 323) insiste en que la Academia fue un semillero de
criminales políticos y tiranos. Cf. José Enrique Míguenz,
Política sin pueblo. Platón y la conspiración antidemocrática,
Emecé, Bs. As. 1994, pp. 135 ss.
8 Cf. Carta VII 350cd.
(9
Un análisis de la semántica del escenario de Rep., del que
acá apenas damos una indicación, en Gregorio Luri Medrano,
“A la sombra de Ártemis. Reflexión sobre los espacios mítico
e histórico de ‘La República’”, Convivium 6 (1994) pp. 72-90.
(Para Ártemis, tener en cuenta J.-P. Vernant-P. Vidal-Naquet, Mito
y tragedia en la Grecia antigua II, Tr. c. Taurus, Madrid, 1989, “Figuras
de la máscara en la antigua Grecia”, esp. pp. 35 ss.). Luri Medrano
entiende que el Pireo y su significado son asumidos positivamente. La lectura
opuesta, que es la nuestra, está sugerida por M. Austin-P. Vidal
Naquet, Economía y sociedad en la antigua Grecia, tr. c. Paidós,
Barcelona-Bs. As.-México 1986, en una breve
nota (p. 240 n. 1):
como en el célebre texto del libro VII, que parte desde la caverna
hacia la Idea del Bien, el diálogo parte de la caverna... El Pireo.
10 Ésta y las demás citas literales (indicadas con comillas
dobles) están tomadas de: Platón, República. Traducción
y notas: Conrado Eggers Lan. Gredos, Madrid 1992. En algunos casos se introducen
modificaciones.
11 W. K. C. Guthrie, A History of Greek Philosophy III, Cambridge
1969, p. 113 n. 1. Algunas expresiones de esta concepción tradicional:
Teognis 337-340 (341-350), Solón 1.5-6 D, Eurípides Medea
809 y, en Platón, Menón 71e.
12 La oposición physis-nómos
ha sido usada luego, un tanto simplificadoramente, para encuadrar una discusión
que recorre todo el siglo V.
13 F. M. Cornford, The Republic of Plato,
Oxford Univ. Press, London-Oxford-New York 1941, reprs., pp. 8, 30.
14 Focílides 10D, Teognis 147-8. Aristóteles lo cita como
proverbio en Ética Nicomaquea 1129b27-30.
15 Que la crítica
alemana del siglo XIX consideraba un diálogo juvenil independiente,
el Trasímaco, vuelto a usar para abrir la obra madura.
16 Cf.
Fedón 64d-66a. En ningún caso la traducción de sôma
y psykhé como ‘cuerpo’ y ‘alma’ podría ser tan engañosa
como en ese pasaje. Los dos sentidos básicos del uso platónico
de sôma serían ‘“ropaje” de la psykhé’ y ‘fuente de
la irracionalidad’ (C. Eggers Lan, El “Fedón” de Platón, Eudeba,
Buenos Aires 1971, p. 99; cf. toda la n. 29). En ningún caso sôma
es una mera ‘cosa’.
17 Cf. Guthrie, HGP IV, p. 445. Popper, más
allá de su mirada hostil y en general simplificadora, descubre lo
que un análisis tradicional usualmente no se permite registrar; en
el caso, el materialismo de base de los análisis platónicos,
que lo lleva a relacionarlos con los marxistas.
18 M. Austin-P. Vidal
Naquet, Economía y sociedad... cit., p. 30.
19 Y si no se la
quiere percibir, puede verse cómo cierra Platón el comentario
al modo de vida de la humanidad bajo el gobierno de los dioses, en el mito
del Político (272b-d).
20 Podría verse una lejana similitud
con el Segundo Tratado de Gobierno de Locke, con su peculiar ‘estado de
naturaleza’ sin gobierno pero con propiedad y moneda.
21 Carta VII,
326b.
22
G. M. A. Grube, Plato’s Tought, Methuen, London 1935, p. 267. “Esta convicción
de los males de la propiedad privada es un punto cardinal en la filosofía
social de Platón.”
23 La palabra griega para “educación”,
paideía, va a evolucionar hacia un sentido mucho más abarcador
que “educación”, y en principio apunta a la formación del
hombre como tal. Una referencia obvia es la célebre monografía
de Werner Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega, tr. c., FCE,
México, ed. en un vol., 19571, 19622, reimp.
24 En el libro III.
Recordemos que los libros son meras divisiones papirológicas, y no
estructurales de la obra.
25 A lo largo de su obra, y especialmente
en Ion y Fedro, Platón sostuvo una comprensión positiva de
la poesía, que reconoce su índole peculiar al distanciarla
del conocimiento y ponerla en el territorio de la inspiración y la
manía divina. En Rep. habla el legislador y planificador político,
que toma sus recaudos con ella justamente porque conoce demasiado bien su
poder demoníaco (387b, Homero es censurado a causa de su altísimo
valor poético).
26 Y tras él Aristóteles, aunque
con menos énfasis (Pol. VIII).
27 La concepción platónica
del amor aparece en el plano humano (ya que en Banquete se eleva hasta las
cúspides metafísicas de la realidad) como una relación
educativa, de índole homosexual –de acuerdo al trasfondo cultural
helénico en general y en especial espartano, donde la pederastia
era un componente básico de las instituciones político-militares-,
pero contenida en cuanto a su realización sensual (de donde “amor
platónico”).
28 Pero ‘bello’, en el mismo uso común del
idioma griego, apunta a la belleza moral tanto al menos como a la belleza
sensible.
29 Hay semejanza con mitos de fundación bien conocidos,
por ej. el de los espartos, guerreros nacidos en Tebas de los dientes de
un dragón sembrados por el fundador Cadmo. Los mismos atenieses se
consideraban autóctonos.
30 Cf. E. A. Havelock, “Dikaiosyne:
An Essay in Greek Intellectual History”, Phoenix 23 (1969) 49-70.
31 El pasaje reúne
algunas de las dificultades principales de la metafísica platónica.
Las ideas son presentadas como contrariedades (lo bello y lo feo, lo justo
y lo injusto, lo bueno y lo malo), lo que abre al problema, ya discutido
en la Academia, de si hay ideas negativas. La palabra ‘comunidad’ (koinonía)
apunta a la participación de lo sensible en las ideas. Pero ‘entre
ellas’ parecería aludir a la cuestión, tratada sólo
en los diálogos de la vejez, en especial Sofista, de la relación
entre las ideas mismas.
32 Esta exigencia se cumpliría mandando
al campo a los mayores y trabajando sólo con los niños de
hasta 10 años (541a).
33 Fedón 75b.
34 F. M. Cornford,
The REpublic... cit., p. 211.
35 En último término, habría
que ver si su conocimiento es transmisible proposicionalmente: cf. Carta
VII 341cd.
36 Estos textos suelen ser llamados “alegorías”, pero
esto valdría sólo para el último, y aun con restricciones.
Por supuesto, no son “mitos”, sino parte de un discurso argumental. El craso
error de hablar del “mito de la caverna” podría disculparse sin embargo
por la fuerza de la imagen y sus posibles raíces en la imaginería
religiosa.
37 Emprendido, a fines de la Antigüedad, por el neoplatonismo,
pagano y cristiano.
38 C. Eggers Lan, El sol, la línea y la caverna,
Edueba, Bs. As. 1975, p. 27 n. 1.
39 Esta “conversión” (periagogé)
habría posibilitado el concepto cristiano de conversión (W.
Jaeger, Paideia cit. p. 696).
40 C. Eggers Lan, El sol... cit., p. 57.
41 La oposición puede verse comparando la versiones del mito de Prometeo
en ambos poemas de Hesíodo con el ‘mito de Protágoras’ en
el Protágoras platónico.
42 El carácter exageradamente
abstruso del ‘número divino’ está gritando la ironía,
que en este caso Platón mismo confiesa (545e). Popper, por supuesto,
ve en él el núcleo de su nazismo. También hay que justificar
el comienzo de la decadencia, que no puede empezar sin más con una
disensión sin motivo entre los ‘perfectos guardianes’.
43 La
expansión de la población sería un motivo de guerra,
coherente con la historia griega: los habitantes de la Ciudad de los Cerdos
la controlan para evitar la guerra. Pero la Ciudad de los Perros tiene su
población igualmente controlada.
44 Lewis Mumford, City in History
p. 186, cit. en W. K. C. Guthrie HGP IV p. 469.
45 Cf. Édouard des Places, Lexique
de la langue philosophique et religieuse de Platon, (Platon, OC t. XIV),
Les Belles Lettres, Paris 1964 (reed.), s.v. parádeigma 4b.
46
En 509d, al introducirse la analogía entre el Bien y el Sol, se los
presenta como reyes del ‘género y lugar’ inteligible y visible respectivamente
(no ‘mundo’ sensible e inteligible, expresión que no aparece hasta
Filón de Alejandría; sic en la difundida trad. de Eudeba,
p. 371.) ‘Visible’, horatós, es fonéticamente próximo
a ouranós, por lo que el texto añade que no dice ‘cielo’ para
que no se crea que juega con las palabras. También en el gran mito
del Fedro, dioses y hombres recorren en sus carros circularmente el cielo,
desde cuya cúspide puede verse, fuera del cielo, las realidades eternas
(ideas), situadas en el ‘lugar supraceleste’ (hyperouránios tópos
247c, y no tópos ouránios, como se escucha habitualmente).
47 Ese plano puede ser llamado, con una palabra infinitamente ambigua para
nuestra comprensión monoteísta y de un dios personal, ‘lo
divino’. Fedón llama así a las Ideas (80b).
48 La
riqueza misma tiene en primer lugar valor político, y por eso es
cualificada y no meramente cuantitativa: la enorme fortuna de un meteco
comerciante no lo habilita para integrar una oligarquía de terratenientes
(ni para integrar la polis).
49 Desde ya, no podemos profundizar aquí
una interpretación de Platón en este sentido.
50 Definición
obtenida mediante el método dicotómico, que Platón
experimenta en estos diálogos, y que en principio consiste en dividir
‘según las articulaciones naturales’: aquí se ha partido de
una clasificación de las técnicas en prácticas y teóricas;
éstas en críticas y directivas; directivas por autoridad prestada
o propia, etc.
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