|
EL
STALINISMO, EFECTO PERVERSO DEL CAPITALISMO archivo del portal de recursos
para estudiantes |
El comunismo no es una amenaza: es una industria parásita
que se nutre de los errores que comete Occidente.
John Le Carré: The Russian House
Índice
Premisa en cinco partes
Exterminar para salvar
La lengua de palo
Teología de la dominación: la Salvación de
la Salvación
El stalinismo no cree en nadie
La máquina infernal
El sueño de la razón
Cortés y Pizarro,
stalinistas
La civilización forzada
La perversidad de la ética y de la salvación
« Français :
encore un effort pour être des vrais révolutionnaires ! »
Referencias
...es singularmente notable una de las medidas decretadas por la Comuna, que Marx subraya: la abolición de todos los gastos de representación, de todos los privilegios pecuniarios de los funcionarios, la reducción de los sueldos de todos los funcionarios del Estado hasta el nivel del «salario de un obrero». Allí es donde se expresa de un modo más evidente el viraje de la democracia burguesa hacia la democracia de las clases oprimidas, del Estado como «fuerza especial» de represión de una determinada clase hacia la represión de los obreros y los campesinos. ¡Y es precisamente en este punto tan evidente —tal vez el más importante, en lo que se refiere a la cuestión del Estado— en el que las enseñanzas de Marx han sido más relegadas al olvido! En los comentarios de popularización —cuya cantidad es innumerable— no se habla de esto. «Es uso» guardar silencio acerca de esto, como si se tratase de una «ingenuidad» pasada de moda, algo así como cuando los cristianos, después de convertirse el cristianismo en religión del Estado, se «olvidaron» de las «ingenuidades» del cristianismo primitivo y de su espíritu democrático-revolucionario (Lenin, El Estado y la Revolución, 1917:II, 32).
Esa máquina, llamada Estado, ante la cual la gente se detiene con respeto supersticioso, dando fe a los viejos cuentos de que es el poder de todo el pueblo, el proletariado la rechaza, diciendo que es una mentira burguesa. Nosotros arrebatamos esta máquina a los capitalistas y nos apropiamos de ella. Con esta máquina o garrote destruiremos toda explotación; y cuando en el mundo no haya quedado la posibilidad de explotar, no hayan quedado más propietarios de tierra y de fábricas, no ocurra que unos se hartan mientras otros padecen hambre, solamente cuando esto ya no sea posible, entonces arrojaremos esta máquina al montón de la chatarra. Entonces no habrá Estado y no habrá explotación. Este es el punto de vista de nuestro Partido Comunista (Lenin, Acerca del Estado, 1919:III, 274).
El cañón truena, los miembros vuelan. Se oyen el gemido de las víctimas y el rugido de los sacrificadores. Es la humanidad que lucha por su felicidad (Baudelaire, sobre la Revolución de 1848).
El desafío político más profundo del siglo XX no ha sido el nazifascismo sino el stalinismo, por cuanto
el nazifascismo murió en su ley: fue derrotado precisamente por las que declaró «razas inferiores» y que, por tanto, estaba comprometido o «destinado» a derrotar. Así, según la lógica nazifascista, resultó que la «raza» «aria» era inferior a todas —o mejor: se abolió la petitio principii de que hay razas superiores e inferiores. Difícil obtener derrota teórica y práctica más neta, elegante y, hasta ahora, irreversible;
el stalinismo, a diferencia del nazi-fascismo, no se propone a priori el exterminio de ninguna parte de la humanidad, sino la civilización unitaria y sanitaria de toda la humanidad. Si para ello hace falta exterminar a parte de ella para «salvarla», pues se purga a millones, como hizo Stalin en la URSS, o el Khmer Rojo en Camboya. En realidad se trata de sacrificios propiciatorios: se lleva al holocausto a grupos humanos concretos en nombre de una idea abstracta de Humanidad, igual que los aztecas, por ejemplo, sacrificaban a seres humanos concretos en nombre de principios teológicos abstractos;
de allí la formidable capacidad creativa y destructiva del stalinismo: la poderosa industrialización de la URSS y la simultánea masacre de millones de obreros, campesinos e intelectuales;
el stalinismo no podía morir por una fuerza superior a él porque la que había para aplastarlo era precisamente la que lo sostenía. Es decir, el stalinismo ha sido la fuerza ideológico-político-militar más poderosa del tiempo presente. El stalinismo morirá —es lo que parece— en medio de su actual colapso general, causado por su total incapacidad interna para seguir sosteniendo la maquinaria represiva que, recursivamente, lo sostiene, es decir, de muerte natural: cuando, por ejemplo, no podemos sostener más el corazón que nos sostiene;
la suerte del stalinismo ha sido la suerte del Futuro Ilusorio, la descomposición de la última promesa con que la humanidad contaba para salir mesiánicamente del capitalismo y desenredar su futuro: el Marxismo Bienaventurado, es decir, religioso.
Así lo ha reflexionado Emmanuel Levinas (entrevista publicada en les Grands entretiens du Monde, París: le Monde, junio de 1993, t. I, p. 31):
[...] A pesar del horror del [régimen stalinista], subsistía una esperanza. Se podía decir que esos crímenes tal vez no se habían cometido en vano [...]
La desaparición de este horizonte me parece un hecho profundamente perturbador. Pues convulsiona nuestravisión del tiempo. Desde la Biblia estamos acostumbrados a pensar que el tiempo va a alguna parte, que la historia de la humanidad se dirige a un horizonte, incluso pasando por desviaciones y vicisitudes [...]
Me parece, en efecto, que nos es indispensable, a los occidentales, situarnos en la perspectiva de un tiempo prometedor. No sé en qué medida podemos lograr prescindir de ella. Eso es lo que me parece más perturbador de la situación presente.
El stalinismo liquidó a decenas de millones de hombres concretos en pos del ideal abstracto de superación de lo que él mismo ha definido como una etapa histórica de la humanidad: el ‘capitalismo’, erigido en Mal Abstracto y Absoluto. Y siendo absoluto, siendo superior a todo mal concreto, siendo El Mal Mítico, El Mal Máximo, El Mal Supremo, el capitalismo ha permitido al stalinismo justificar gulags, clínicas siquiátricas, el genocidio de Camboya, los esperpentos de la «Revolución Cultural» China, el desplazamiento forzado de poblaciones enteras a campos de trabajo, el fusilamiento de los que ellos mismos habían elevado a héroes nacionales. Solo un ejemplo: el productor de la película El último Emperador ha declarado que fue necesario buscar la documentación para esa película en el Museo Británico porque los Guardias Rojos destruyeron los libros y documentos de la cultura china, durante la que, en una de sus más exquisitas perversiones, Mao y su mujer llamaron «Gran Revolución Cultural Proletaria», uno de cuyos principios era destruir las huellas del pasado (El Nacional,, 13/4/88, p. B-última). No hace falta citar todo el aparato de denuncias de los millones de vidas que costó el stalinismo. Nos limitaremos a una sola, representativa, publicada por Roy Medvedov (en Argumentos y hechos, Moscú. Cit. en El Nacional, Caracas, 5 de febrero de 1989, p. A-2):
Entre 1927 y 1929, alrededor de un millón de soviéticos, mayormente ex miembros del grupo de políticos opositores y figuras de la Nueva Política Económica del fundador del Estado soviético Vladimir Ilich Lenin, fueron encarcelados o exiliados.
Entre 1930 y 1932, de 9 a 11 millones de campesinos fueron desalojados de sus tierras y deportados a Siberia u otras regiones aisladas, o huyeron a las ciudades. Por lo menos otro millón de campesinos fue deportado en 1933.
Entre 1932 y 1933, unos 6 ó 7 millones de personas murieron en una hambruna que se atribuyó a la política agrícola.
De millón y medio a 2 millones de otros campesinos fueron detenidos por violar varias leyes «extremadamente crueles» sobre propiedad estatal.
En 1935, un millón de ex funcionarios, mercaderes y nobles fueron calificados como «extraños de clase» y deportados de Leningrado, Moscú y otras ciudades.
Entre 1937 y 1938, fueron detenidas entre 5 y 7 millones de personas en la época del denominado «gran terror». Un millón de esas personas fueron condenadas a muerte y las demás enviadas a campamentos de trabajo forzoso, donde en su mayoría murieron.
Reconstruir con exactitud lo que verdaderamente pasó es tal vez ocioso. Se trata de un fenómeno de exterminio que tal vez no dejó documentación completa o no dejó ninguna, como la escabechina de los indios americanos. Solo se pueden hacer estimaciones más o menos «sensatas». Comoquiera que sea, aun el cálculo más conservador es necesariamente monstruoso por las condiciones del proceso: en América fueron las masacres, la explotación y la falta de anticuerpos contra las enfermedades traídas de Europa. En el mundo seudosocialista se trataba del desplazamiento forzoso de poblaciones enteras, lo que, como es fácil imaginar, no se puede hacer sin la destrucción de los medios de vida conocidos por esas poblaciones. ¿Qué podía hacer un contabilista en una granja camboyana? ¿Qué podía hacer una soprano en un campo siberiano?
Por otra parte, porque todo hay que decirlo, siendo una formidable maquinaria sociopolítica, inédita en la Historia, el stalinismo, templó el acero, desarrolló la energía nuclear, conquistó el espacio exterior y venció al nazifascismo, todo en dos generaciones. En un momento de la guerra contra el nazifascismo estuvo prácticamente solo, pues los Aliados Occidentales (básicamente los Estados Unidos e Inglaterra) durante un largo período de la guerra se rehusaron a presionar a Hitler en el Frente Occidental, para que pudiera actuar a sus anchas en el Frente Oriental, es decir, la URSS. Cuando el Ejército Rojo comenzó a avanzar peligrosamente hacia Alemania, los Aliados Occidentales decidieron la Invasión de Normandía, no solo para detener a Hitler, sino para detener a Stalin, que tal vez habría llegado hasta Lisboa si lo seguían dejando resolver la guerra solo.
Cuando los Estados Unidos estaban pasando por la Gran Depresión de la década de 1930, la URSS estaba sumergida en la expansión industrial, la explosión civilizatoria más acelerada que se conoce a la Humanidad (Ford, 1988:66). Es esto lo que la perversión neoliberal actual —simétrica de la stalinista— olvida sistemáticamente.
De consideraciones como estas surge una de las clásicas y más cínicas racionalizaciones stalinistas: «El balance global es positivo». Es decir: valió la pena el sacrificio de decenas de millones de hombres, el sacrificio del arte, de la libertad, de la felicidad, en aras del Futuro Feliz: se sacrifica la felicidad concreta en aras de la Felicidad abstracta. Es decir, el sacrificio de lo Concreto en aras de lo Abstracto, el sacrificio de lo Relativo en aras de lo Absoluto, lo Múltiple en aras de lo Uno.
Inferioridad absoluta Concreto Relativo Múltiple Individuo Contingencia |
Superioridad absoluta Abstracto Absoluto Uno Sociedad Futuro Feliz |
En fin, se cometen crímenes masivos en aras de un Futuro Feliz que nadie puede comprobar, ni científicamente ni de ninguna otra manera que yo, gran ignorante de la magia, conozca. Un Futuro Feliz que se postula con la fe del carbonero, en el que «no-nos-queda-más-remedio-que-creer,-pues-de-otra-manera-nos-quedaríamos-sin-esperanzas», un Futuro Feliz que se postula como un Artículo de Fe, superior a todo hombre y a todos los hombres, pues ese Futuro Feliz, como Dios, es lo Uno, mientras los hombres son lo Múltiple. Dios es absolutamente superior, los hombres (miles de millones de ellos) infinitamente inferiores; uno se define por el otro.
El Futuro Feliz es, además, una entidad atemporal, mítica, y por tanto infinita, indeterminada, imprecisa, un «había una vez», un Paraíso Perdido y Recobrado, una Arcadia, una Edad de Oro, etc. Y como el anhelado Modo de Producción Comunista no se deja siquiera imaginar, habrá que esperarlo como sufrió Job todos sus tormentos, con fe en el Futuro Radiante, sin suponer siquiera la posibilidad hipotética de que nunca venga, es decir, con fe beatífica. Se trata del Fin de los Tiempos, del Retorno del Mesías, del Tercer Milenio, cosas así. ¡Pensar que la gente se mata por millones apoyándose en argumentos tan débiles y tontos! Después decimos que somos animales racionales. Es decir, no hace falta recompensa alguna a cambio de la fe:
No me mueve mi Dios para quererte
El Cielo que me tienes
prometido...
Es imposible imaginar el Comunismo, tanto como ponerlo en duda, pues ambas opciones se suponen «anticientíficas»: no se puede especular sobre lo que aún no se ha producido; apenas es posible pronosticarlo. No es científico describirlo, pero tampoco es científico negar que vendrá. El mítico Modo de Producción Comunista es una de las entelequias más flexibles de la teoría marxista, pues así como no podemos saber cómo va a ser, sí sabemos que algún día, con fe, fatalmente, vamos a alcanzarlo, hagamos lo que hagamos, así nos opongamos a él; lo que no significa que tengamos permiso para oponérnosle. Se propone así uno de los absurdos más primorosos de la historia del antipensamiento humano: aunque nos opongamos a él, a pesar de que no debemos oponernos, el comunismo vendrá porque lo vamos a hacer, incluso si nos oponemos, etc. Una rara desarticulación del argumento: como hecho «científicamente verificable» inevitablemente alcanzaremos el Modo de Producción Comunista; pero como principio moral debemos procurar llegar a él, desde la revolución proletaria hasta la construcción del socialismo, antesala del comunismo. Y así como debemos luchar por el comunismo no debemos oponérnosle. Por lo cual entramos en una paradoja: si el comunismo es un futuro inevitable ¿entonces para qué me ocupo de él? Como aquel que dijo que el marxismo es como si un astrónomo pronosticara que mañana sin falta va a salir el sol y luego fundara un partido para hacer que salga.
Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural con arreglo a la cual se mueve —y la finalidad de esta obra es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna—, jamás podrá saltar ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo. Podrá únicamente acortar y mitigar los dolores del parto (Marx, Prólogo a la primera edición de El Capital).
Y si es inevitable ¿por qué es tan grave que me le oponga? ¿Por qué condenar a muerte a tanta gente si su acción de oponerse al «desarrollo objetivo» de la historia es inútil? Son los límites del discurso científico mismo: el principal problema epistemológico del marxismo y del sicoanálisis es que no son ciencias naturales sino que tienen su centro de gravedad en un principio ético que impide establecer los límites entre lo «objetivo» y lo «subjetivo», es decir, entre lo arbitral y lo arbitrario. Es el viejo dilema entre la ley natural, fatal, y el libre albedrío, aleatorio. El holocausto entonces es eso: un sacrificio que demuestra eo ipso la superioridad de la Superioridad, sea Dios, sea Comunismo. En realidad se trata de un ejercicio espiritual y no de una procura específica. Es, como decía Kant del arte, «una finalidad sin fin». Y entonces se entabla una relación tautológica: la superioridad de la Superioridad justifica el holocausto y el holocausto da fe de la superioridad de la Superioridad.
Pero la paradoja más perversa es la petición de principio implícita en el crédito ilimitado que demandan los constructores del socialismo, pues aunque, según ellos, este es el «socialismo real» y por tanto el único científico, todavía no está construido y por tanto aún no se ha verificado científicamente... Fue lo que desde el comienzo mismo del proceso, en 1918, denunció el marxista Karl Kautsky, por lo que su camarada Lenin lo trató de «renegado» en su texto clásico La revolución proletaria y el renegado Kautsky (Lenin, 1918b). Kautsky decía ese año:
[...] algunos camaradas [...] consideran que es nuestro deber pronunciarnos sin reparos en favor de aquella corriente del socialismo ruso que está gobernando. Piensan que cualquier otra posición pondría en peligro la revolución y el socialismo mismo. Pero esto no significa sino aceptar como ya comprobado algo que, en realidad, todavía hay que examinar: que una de las tendencias ha emprendido el camino correcto y que nosotros debemos alentarla a que prosiga en él (1985:34).
Para Lenin, sin embargo,
la democracia proletaria es un millón de veces más democrática que la democracia burguesa. El Poder Soviético es un millón de veces más democrático que la más democrática de las repúblicas burguesas.
Para no advertirlo es preciso ser un servidor consciente de la burguesía o un hombre políticamente muerto del todo, al que los polvorientos libros burgueses le impiden ver la vida tal como es y que está impregnado hasta la médula de prejuicios democrático-burgueses, por lo que objetivamente se ha convertido en lacayo de la burguesía (Lenin, 1918b:79).
Al mito le encanta poner cifras a cosas que no se pueden contar, como el amor o el sufrimiento o el grado de democracia. Así, Prometeo estuvo treinta mil años atado a su roca; Stalin, según Mao, acertó «7 veces de cada 10», etc. El argumento de Lenin plantea una petitio principii: los dirigentes soviéticos son los representantes legítimos del proletariado, no una nomenklatura despótica que manda en nombre de un proletariado con el que no guarda más relación que la de ser el custodio de su imagen abstracta. Nomenklatura es nombre que recibía el sector de aristócratas y burócratas al servicio del zarismo. Cualquier parecido con el sector stalinista dominante se debe a que la vida es así. Lo mismo vale para los que han solido respaldar al mundo socialista fuera de él, pues han disfrutado de esos mismos privilegios durante las numerosas veces que han visitado a esos países. De nuevo la tautología: la prueba de que tengo razón es que tengo el poder y tengo el poder porque tengo razón. Nótese el método dialéctico de denostar del contrincante. La prueba de que eres un lacayo de la burguesía es que no estás incondicionalmente de acuerdo conmigo y no estás incondicionalmente de acuerdo conmigo porque eres un lacayo de la burguesía. En lugar de argumentación hay denuestos y encima tautológicos. Miserias de la dialéctica.
Y de nuevo también la apuesta de Pascal: hay que creer en Dios, pues, si no existe y creo no pierdo nada, pero si existe y no creo lo pierdo todo. Tal vez el Modo de Producción Comunista no se dé nunca, pero ¿y si se da? ¿Y si es dable? ¿Lo vamos a perder todo por una superable incredulidad, hombres de poca fe? Uno de los inconvenientes de la apuesta de Pascal es que no es cierto que uno no pierde nada creyendo, aun en el caso de la no existencia divina. En el cristianismo uno pierde su tranquilidad, sus placeres, su dicha en la tierra, en medio de la más morbosa y perversamente erótica especulación del dolor humano que conozcamos —basta ver la iconografía cristiana: santos degollados, asaeteados, minuciosamente descuartizados, sangrantes, famélicos, penitentes, para no hablar de las meticulosas y sádicas descripciones y actualizaciones rituales de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor o la mar de reliquias necrofílicas: la mano de San Marcos, los huesos de Santiago, la sangre de Cristo, el Cáliz, la Espina de la Cruz, los fieles flagelantes, los que caminan kilómetros de rodillas, se hacen crucificar o los religiosos que se autoflagelan para dizque mortificar la carne pecadora, “castigo del cuerpo”, que llaman. En el caso del comunismo uno puede perder su vida, hasta su posibilidad de acceder al bienestar material, vista la bancarrota económica de los países ex socialistas de Europa. En ambos casos pierde el apostador su libertad, su autonomía intelectual y hasta su estabilidad emocional, en aras de una Superioridad que, por Absoluta, no se tiene ni siquiera por qué demostrar. Finalmente, como decía un cantante de protesta de la antigua Alemania Oriental: hay vida antes de la muerte.
Caída la Unión Soviética (que no era ni unión ni era soviética), ya no tenemos que usar una «lengua de palo» (‘langue de bois’, Edgar Morin, 1983) para hablar de ella,
como lo hacen los «anticomunistas viscerales», los «lacayos de la burguesía», esto es, la Leyenda Negra de la URSS, o
como lo han hecho hasta ahora todos los stalinistas, todos los apparatchiki que en el mundo han sido, esto es, la Leyenda Dorada de la URSS.
Como suele suceder con las leyendas, la Negra y la Dorada son por igual falaces; ambas parten de la mala fe de todo maniqueísmo. Antes de Mijaíl Gorbachov el problema que se le presentaba a toda persona que intentara un enfoque crítico de la URSS era que se le señalaba invariablemente como anticomunista, como que estaba «al-servicio-objetivo-del-Enemigo», que era un «vendeobreros», un «liquidador», un «antipartido», un «renegado», como Kautsky —acabamos de verlo—, un «oportunista» y otras salmodias de similar aire litúrgico y, por tanto, dogmáticas y, a poco discurrir, inquisitoriales, amén de tautológicas. No había argumentación sino una cadena ininterrumpida y ritual, minimalista, repetitiva, de injurias. Nótese que «El Enemigo» es Satanás para ciertos religiosos. Asimismo, es posible hacer otras asimilaciones: vendeobreros = pagano, renegado = liquidador = apóstata, etc. A veces ni siquiera se hacen «traducciones» al lenguaje marxista-leninista-stalinista, sino que se acude a los términos directos: Lenin llama «filisteo» y «apóstata» a Kautsky (1918b:64). Véase ciertamente para esto Nicolau Eymeric (1974), un inquisidor que se sirvió escribir un Manual de inquisidores que, si no fuera por el horror de los procedimientos y porque los tenemos tan cerca en el tiempo y en el espacio, daría risa. Pero da risa, finalmente, porque como dice Claude Roy: la verdad es demasiado cruel para decirla sin hacer reír.
Esto presenta un problema epistemológico de consideración: qué puede hacer la inteligencia humana cuando una parte orgánica de la humanidad, es decir, una parte de esa misma inteligencia, se precipita caudalosamente sobre un dogma sordo y ciego, propio de las religiones ético-salvadoras (cristianismo, islamismo, stalinismo, neoliberalismo), que han tenido consecuencias paradójicamente civilizatorias y destructivas al mismo tiempo: las Cruzadas, la Guerra Santa, la Conquista de América y demás colonialismos europeos, la Santa Inquisición, el stalinismo, el nazifascismo y el macarthismo, la hipertrofia del mercado —todos hechos en nombre de la Salvación, religiosa o civilizatoria, o ambas. Las religiones ético-salvadoras tienen, además, al menos cuatro características comunes:
Conducen —si se les deja solas, sin feedback negativo— a cualquier desastre. Esto es, son catastróficas, por cuanto no tienen punto de detención posible.
Son irreductibles a cualquier razonamiento proveniente de su exterior, inmediatamente descalificado sin apelación como pagano, herético, contrarrevolucionario, revisionista, etc. Por lo cual, no teniendo diálogo que le permita una referencia externa para delimitar su propio discurso, este se vuelve delirante.
Obedecen a Entidades Supremas terribles: Dios, la Lucha de Clases, el Mercado. Para adorar a su Dios, los cristianos han debido hacer sacrificios inauditos: abandonar o perturbar los placeres más elementales, hacer penitencias inconcebibles. Se me dirá beatamente que ya los ayunos y las flagelaciones no están autorizados por la Iglesia y que hasta prohibidos están. Pero pasa que no me consta que lo estén de verdad y que esas morbosidades las inventaron los cristianos y no las conocemos sino por ellos. Un Dios que recurre al genocidio de sus propias criaturas, precisamente porque las ama, incluyendo en eso a los niños recién nacidos, supongo: el Diluvio Universal, Sodoma y Gomorra... para castigar cosas como la sodomía o hasta la adoración de muñecos, «pecados» —si es que esas cosas son pecado— que, francamente no son como para aniquilar a pueblos enteros. Para mí no hay pecado que justifique la muerte de nadie, mucho menos un genocidio. Son conductas que, para mí, no merecen, si acaso, más que una amigable sorna. ¡Mire que andar adorando muñecos! O, en todo caso, respeto: como la homosexualidad, que es asunto privado de cada quien. Ciertas religiones han erigido la homosexualidad, que es cosa privada, en delito público. Es un Dios, además, que amenaza con un Juicio Final que ahí te quiero ver. Lo mismo hacía Stalin con los que osaban escribir poemas de amor o pintar cuadritos abstractos, tildados, nunca supe por qué, de crímenes de leso proletariado. Mejor dicho: sí sé por qué: porque el arte abstracto no podía ser controlado por la maquinaria estatal, como sí lo podía ese esperpento estético llamado realismo socialista. Por eso condenaban una obra de Shostakovich: había tal vez una armonía burguesa, un do sostenido menor feudal, una cadencia revisionista, un melisma antipartido. Siempre tuve una curiosidad tal vez morbosa, tal vez guasona, tal vez horrorizada, tal vez las tres, de presenciar una discusión de una de las comisiones stalinistas de la censura que decidieron cosas tan cómicas y tan dramáticas como enviar a Siberia a un poeta porque escribió un espondeo de compás trotskista o a un pintor porque pintó un azul de gradación revisionista.
Pueden y suelen apoderarse hasta de las mentes más preclaras. Es lo que Morin llama
un fantástico «abismo negro» en el corazón de nuestro conocimiento, el de la Posesión de nuestros espíritus, no solamente por genios y dioses, sino por doctrinas o ideologías. Esto es, la «posesión» no es solamente un fenómeno marginal que proviene de ciertos ritos o de ciertas formas de patología mental. Es el fenómeno normal de la creencia (1986:226).
Es desolador hablar con un poseso; es como hablar con un obsesivo delirante. Peor, porque el obsesivo delirante normalmente no tiene poder, actúa aisladamente y goza de la paciencia de sus semejantes o es sometido a la segregación social en manicomios o caminos extraviados. El poseso ideológico actúa de modo similar, pero colectivamente, apoyado por una masa orgánica de no-individuos que sigue principios superiores a cualquier individuo o a cualquier entidad humana concreta, desde un país hasta un bebé. Si es necesario destruir a Camboya para que resplandezca el Principio Supremo, pues el Khmer Rojo destruye a Camboya y luego llama Kampuchea Democrática a los escombros y a los sobrevivientes.
Ahora que uno puede hablar críticamente de la URSS y del «socialismo real» —ahora irreal— de la Europa del Este —no así, por ahora, de Corea del Norte, el Vietnam, Cuba y la República Popular China— sin que ningún camarada lo acuse a uno de ser «agente de la CIA», uno tiene la invalorable oportunidad de hablar con lengua flexible y no «de palo», esto es, con toda franqueza y con el mínimo de libertad que requiere toda reflexión no trivial, sobre «la aventura de la URSS», que, como dice Morin (1983:9), «es la más grande experiencia y el problema mayor de la Humanidad moderna». Es decir, para no emprender un monólogo hamletiano y no hablar solo como los locos. Y diremos de ellos como de la Iglesia: ¿qué nos van a hacer? ¿Nos van a quemar en plaza pública? ¿Nos van a enviar a una clínica siquiátrica? ¿Nos van a «reeducar» como hacían en la China de la «Gran Revolución Cultural Proletaria»?
Una de las peores consecuencias que tiene el stalinismo es la abolición de la humanidad concreta: no solo extermina físicamente a sus enemigos, o los tilda de tales, sino que los aniquila espiritualmente al negarles toda humanidad, lo que logra rehusándose totalmente a oírles su palabra. Cuando alguien no te oye, te quedan dos opciones: callar o imponerle tu palabra por la fuerza. Ninguna de las dos cosas ha sido posible con el stalinismo, que ha preferido morir antes de entablar diálogo alguno con nadie —salvo algunas formas pasajeras de oportunismo o de manipulación grosera para ganar tiempo ante un obstáculo o amenaza de derrota, como aquella añagaza del «eurocomunismo» o el «compromiso histórico» del desaparecido Partido Comunista Italiano o la «Paz Democrática» del Partido Comunista Venezolano en trance de derrota a finales de la década de 1960. En esa táctica los comunistas se vuelven dulces, admiten la crítica, conversan, hasta hacen que razonan. Cuando alguien se niega a hablar contigo te niega tu humanidad. Es decir, renuncia a toda comunión humana contigo y te deja solo rumiando tus ideas sin el recurso de la confrontación dialéctica —o aniquiladora, sea que los dogmáticos te aniquilen o que tú los aniquiles a ellos. Así pasó con los nazifascistas, con quienes nunca se pudo hablar. No se puede todavía, ahí tienes a los neonazis. ¿Has podido conversar con alguno? No me refiero a intercambiar insultos, que es lo único que se puede hacer con gente así, me refiero a conversar, a intercambiar ideas, refutaciones, acuerdos parciales, etc., o sea, conversar, pues. Lo otro es un monólogo a dos voces.
Nos proponemos comentar aquí el texto de Morin (1983), no porque él sea el único que vale la pena de entre una oceánica bibliografía sobre el tema, sino porque, hasta donde hemos tenido tiempo y temple de bucear en ella, es el que me parece más lucido y estremecedor. Con todo, hay algo que queda por dilucidar con Morin: el glasnost. Ese libro, escrito antes del glasnost, prevé como probable única salida a la dominación staliniana la intervención del ejército. Resultó así, en efecto, pero irónicamente. El golpe comunista militar de agosto de 1991 superó cualquier mentecatez: logró todo lo contrario de lo que se proponía: la destrucción del poder militar y del Partido, la restauración del capitalismo, etc. Ciertamente fueron los torpes del siglo: cualquier teniente latinoamericano hubiera dado un golpe mucho más profesional. Yanayev y compañía se pasaron los tres días del golpe en un estado de borrachera terminal y unos a otros se aseguraron falsamente que el ejército, el Partido y el KGB estaban con ellos (cf. Goerge J. Church, «The Coup Plotters», en Time, 6 de enero de 1992). Remito al lector a ese texto para más detalles sobre este punto de vista de Morin (1983:240 y ss.) y al de Castoriadis (1981) sobre un criterio radicalmente opuesto. Morin habla ex post facto (1994 :14-15) de lo «inesperado», de lo «improbable» en la historia humana. Gorbachov era inesperado, la perestroika era improbable; es el viejo topo de Hegel gatuñando en nuestros sótanos históricos. Nos olvidamos de él todo el tiempo y lo recordamos cada tanto, cuando el hombre domina el fuego, guillotinan a Luis XVI, Trotsky toma el Palacio de Invierno, Diógenes Escalante se vuelve loco —hablo en serio— y desata en Venezuela un ciclo histórico enorme.
Una digresión que prometo breve. En 1945 Acción Democrática, partido socialdemócrata en ciernes, había acordado con Isaías Medina, un sucesor benigno del dictador Juan Vicente Gómez, un compromiso: elegir a un hombre aceptable por ambas partes, Diógenes Escalante, como paso de transición hacia otro ciclo histórico, con participación activa de la mujer y de los analfabetas en la política, es decir, permitir el acceso al poder de grupos humanos hasta entonces excluidos de la vida política activa. Un día Escalante amaneció loco (tal cual) y eso desató un ciclo: derrocamiento de Isaías Medina por parte de Acción Democrática (1945), gobierno provisional de Rómulo Betancourt (1945-1948), elección y derrocamiento de Rómulo Gallegos (1948), dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958), el período democrático nacido del Pacto de Punto Fijo de complicidad de cúpulas políticas, militares, eclesiásticas y empresariales, y Hugo Chávez, que no sabemos si cerrará el ciclo o abrirá uno nuevo. Otro ciclo: matan a Jorge Eliécer Gaitán en Colombia y se desata el período de la Violencia, la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, la clandestinización de la plebe por una oligarquía versallesca e infame a través de guerrillas rápidamente pervertidas, fenómeno que da paso al narcotráfico, al asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán en 1989 y a la Constituyente de 1991, que no cierra aún el ciclo; o el serbio-bosnio Gavrilo Princip asesina a Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro. Esa bala desata la reacción en cadena: Primera Guerra Mundial, Dada, Revolución Bolchevique, Béla Kun, surrealismo, nazifascismo, Sandino, Guerra de España, Segunda Guerra Mundial, invasión del Japón a la China y Revolución encabezada por Mao, exterminio de judíos, homosexuales, comunistas, gitanos, etc., Hiroshima, Europa oriental bajo Stalin, independencia de La India, Jacobo Árbenz, Muro de Berlín, Corea, Vietnam, el camarada Jruchov denuncia los crímenes del camarada Stalin, Nueva Izquierda, Revolución Cubana, Crisis de Octubre, guerrillas en América latina, el Che, cientos de miles de comunistas exterminados en Indonesia, Lumumba, Mandela, invasión de Santo Domingo, las guerras en Angola, Etiopía y Afganistán, Kennedys y Martin Luther King, hippies, Mayo del ’68, Masacre de Tlatelolco en México, eurocomunismo, compromiso histórico, coalición marxismo-islamismo fundamentalista, derrocamiento de Salvador Allende, El Chacal, exterminio en Camboya, guerrillas latinoamericanas, caída del Muro de Berlín, guerras de secesión en Europa del Este...
En todo caso lo que interesa dilucidar ahora es por qué esta iniciativa de perestroika, de ‘reestructuración’ como la llamaba Gorbachov, provino del Aparato y no de una instancia externa. Creo que la respuesta es doble: en primer lugar el stalinismo había logrado desarmar toda oposición externa a sí mismo; solo desde dentro era posible combatirlo. Y en segundo lugar, que así como «el sueño de la razón produce monstruos» (Goya), el hombre, mientras es hombre, no puede someterse definitivamente a ningún «álgebra política», según las palabras con que Mariano Picón Salas calificaba el marxismo. Que el marxismo debe reconquistar su humanismo originario si quiere «salir del Siglo XX» (Morin, 1981), esto es, reinventarse, renovarse y volver a ser la única salida decente del capitalismo. Tal vez la mejor reivindicación del comunismo provenga de uno de los más encarnizados críticos del «socialismo real», una vez más, Edgar Morin (1994:15):
Me rebelo en primer lugar contra las ideas recientes según las cuales se derrumbó un castillo de naipes. Algunos, los más numerosos, dicen que no fue sino una gigantesca impostura, otros que se trataba de una gigantesca esperanza. Respondo: la una y la otra, una impostura porque era una esperanza que fue desnaturalizada. Hay que meditar serenamente esta experiencia en lugar de simplemente liquidar el comunismo como si no hubiera pasado nada. Porque este advenimiento de una religión de salvación terrestre fue el acontecimiento clave de nuestro siglo. La caída del comunismo libera paradójicamente la mirada crítica sobre nuestras sociedades. Ayer estábamos inhibidos por las monstruosidades del pretendido paraíso socialista. Hoy podemos consagrarnos mejor a nuestras imperfecciones y a nuestras carencias.
Por ello, cuando hablamos del marxismo no lo asociamos al stalinismo sino en los siguientes términos: el marxismo contiene en sí mismo dos vertientes claramente definidas:
La de ser un instrumento de crítica del capitalismo («las armas de la crítica»).
La de contener elementos que lo constituyen en aparato totalitario, desde la «dictadura del proletariado» de Marx y Engels hasta la «glaciaciones stalinistas» (Morin, 1981), pasando por la transición leninista y trotskista («la crítica de las armas»), todo basado en la petición de principio de que solo en el Comunismo hay salvación.
Es decir, el stalinismo no es una «deformación» del marxismo sino una de sus consecuencias posibles, la única por cierto que, en los hechos, ha demostrado su eficacia en el poder. De ello no son inocentes ni Lenin ni por cierto tampoco Marx y Engels. Ni siquiera Trotsky, Kamenev, Zinoviev, Bujarín, el Che, Fidel... La única salida de este atolladero teórico (y práctico) no es, sin embargo, el «revisionismo» socialdemócrata, que al parecer era el único posible, o al menos soñable, en la época de Bernstein y Kautsky. La socialdemocracia, después de las experiencias posteriores a sus fundadores, ha resultado deplorable, aunque no trágica ni catastrófica. La socialdemocracia luce hoy bajo un cariz diferentísimo desde la época en que Rómulo Betancourt, con su peculiar estilo literario, lo llamó «comunismo con Vaselina», como intentaremos mostrarlo más adelante. La socialdemocracia aceptó jugar el papel de «capitalismo con rostro humano». Y a veces ni tan humano, dado su actual berretín neoliberal, es decir, gerenciar el capitalismo en crisis y salvarle la pelleja mediante una mímica neoliberal y patética.
Sin embargo, es inútil detenerse en una consideración bizantina —tan del agrado, por cierto, de los teóricos marxistas— sobre si era esto lo que tenían en mente los «padres fundadores». Ya en la época de los «nuevos filósofos» en París, a fines de la década de 1970, se planteó una negociación defensiva de parte de los «marxistas críticos», los que estaban dispuestos a reconocer los errores y las desviaciones del «socialismo real»: está bien, obvio, Stalin es el culpable, pero, Lenin, ¡por favor!, ¿cómo acusarlo de los crímenes de Stalin? Era no solo de mala fe sino hasta de mal gusto. Y Marx, ¡el colmo! ¿Cómo acusar al viejo Marx de los Juicios de Moscú? Es recurso estratégico: la lagartija larga la cola-Stalin para salvar el cuerpo-Marx-Lenin, esto es, el marxismo-leninismo. Finalmente algo hay que salvar para seguir siendo marxista... Es comprensible: ¡tantas horas invertidas deglutiendo la teoría marxista-leninista para armarse con una dignidad contra las iniquidades del «burgués implacable y cruel, siempre cruel», como reza el Himno de la Joven Guardia, para tener que reconocer ahora que las iniquidades de Stalin, peores que las peores del capitalismo, estaban siquiera insinuadas en alguna nota al pie de El Capital! Pero la diferencia real entre stalinismo y capitalismo es palmaria: ¿cuándo y dónde mató el capitalismo a 70 millones de personas, la cifra que, según algunos, costó el stalinismo, y eso de un modo sistemático y deliberado? Es la cifra que cita Morin (1983: 42) que costó el proceso stalinista, «sin contar los 32.000.000 de muertos de la Segunda Guerra Mundial». Está bien, me dirá usted, amigo marxista crítico, inteligente usted, amplio usted, flexible usted, el capitalismo mata de hambre a cifras mayores. Pero no, amigo marxista crítico, no se trata de una cuenta de bellaquerías tan macabra como cínica, al estilo de la que se hacían Don Juan y Don Luis Mejía en la escena inolvidable del Don Juan de Zorrilla. De lo que se trata en todo caso es de que es estúpido y cínico poner a escoger entre quien me amenaza con un campo de concentración y quien lo hace con el hambre, como si uno fuera mejor que el otro. Ni siquiera «menos malo». Sí, amigo marxista crítico, concedido: tal vez el stalinismo sea menos doloroso, pero solo cuando me fusila; no cuando me mata de hambre, como el capitalismo, porque el socialismo también ha matado de hambre, en la URSS, en la China, en Camboya y hoy en Corea del Norte, para no hablar del «Período Especial» de Cuba. O de tristeza. En todo caso nunca el capitalismo se ha propuesto el exterminio sistemático, deliberado y planificado de nadie. Esas cosas las deja a la «mano invisible del mercado». Además, me da lo mismo que me mates de hambre en nombre del comunismo o en nombre del mercado.
¿Hay entonces que retroceder la película a 1924, el año en que murió Lenin? Más bien a 1917. Entonces tendremos que ver —luego del pasaje de los créditos, que pueden transcurrir durante la secuencia que narra los «diez días que sacudieron al mundo»— la militarización de la economía, que ordenó Lenin y ejecutó Trotsky; la represión de los marineros de Kronstadt, que ordenó Lenin y ejecutó Trotsky (Avrich, 1970); la eliminación de la oposición fuera y dentro del Partido, que ordenó Lenin y padeció Trotsky, etc., todo lo cual ocurrió mientras Lenin vivía. Y también mientras mandaba Trotsky, por cierto... Y si de retroceder la película se trata, es decir, si de política-ficción se trata, conociendo los procedimientos de Trotsky y su opinión sobre la «moral burguesa», es decir, sobre el sentimentalismo hipócrita de los burgueses ante las inevitables masacres que provoca toda revolución, podríamos tal vez imaginar que mejor así que fue Stalin y no Trotsky quien heredó el poder omnímodo que Lenin procuró para el Jefe del Partido, el Dictador Proletario, Stalin, acumulación de poder, la más formidable de la historia conocida, de que luego, cuando ya era tarde, Vladimir Illich se arrepintió, como se lee en su testamento político.
¿Cómo suponer que Stalin, el mediocre Stalin, el gris Stalin, el rutinario Stalin, el ignorante Stalin, pudo él solo descaminar y vampirizar de tal manera todo el aparato teórico de Marx, Engels y Lenin y, en el mismo proceso, exterminar el 70% del Comité Central de 1917, encabezado por hombres tan brillantes como Bujarín, Kamenev, Trotsky, Zinoviev? ¿Entonces ese aparato teórico es tan frágil que la sola voluntad de un audaces ignorantes, equivocados y sin escrúpulos como Stalin, Enver Hodja, Kim Il Sung, Nicolae Ceaucescu, Pol Pot, etc., pueden descaminar y vampirizar hasta convertirlo durante setenta años en un horror radicalmente opuesto al porvenir luminoso que prometía? ¿Es un sistema teórico que puede ser tan fácilmente pervertido por cualquier fanático de inteligencia miserable dondequiera que se ha intentado poner en funcionamiento? ¿Y qué diremos de mentes de inteligencia formidable como Fidel y el Che? Porque en el caso de Fidel y el Che no podemos decir que son ignorantes, estúpidos, rutinarios y grises, sino todo lo contrario y, aunque ciertamente en Cuba no hemos visto los paroxismos más grotescos del stalinismo, no podemos describirla como una situación esencialmente diferente. Hay un clima de terror, de persecución de culpabilización permanente de cualquier oposición, aun la más leal.
El bolchevismo no se deduce del marxismo por necesidad lógica, e, igualmente, el stalinismo no se deduce lógicamente del bolchevismo. No se deduce a Torquemada de Jesús, la Inquisición de los Evangelios; pero hay en los Evangelios múltiples y contradictorias virtualidades, y podemos ver el camino que, de desvío en desvío, de interacciones en retroacciones, conduce a la Inquisición. El pensamiento de Marx contiene múltiples y contradictorias virtualidades; son algunas de estas virtualidades las que se actualizaron en la socialdemocracia de comienzos de siglo. Es una de las virtualidades de la socialdemocracia la que, en las condiciones geopolíticas atrasadas de la Rusia zarista, se cumplió en la desviación bolchevique. Esta refuerza la virulencia del marxismo original, pero ahorra su complejidad (Morin, 1983:39).
Es más, si el stalinismo corrompió el marxismo
el aspecto más trascendente, más revolucionario del pensamiento de Marx estaría entonces en una virtualidad, en unas sugerencias, en unas posibilidades que están señaladas pero no desarrolladas por el autor. Si la mayor contribución de Marx está en una potencialidad no desarrollada, especialmente no desarrollada en El Capital, habría que considerar que el sistema teórico de Marx fue un estrepitoso fracaso, incapaz de cumplir con la promesa de su virtualidad (Lander, 1990:44).
Las ideas de Marx y Engels han servido para dar consistencia doctrinaria a prácticas políticas que sus escritos no parecen avalar, al menos del todo. No se trata de averiguar bizantinamente si Lenin hubiera aprobado lo que hizo Stalin después de su muerte. La evolución conceptual que describen los dos epígrafes de Lenin que encabezan este capítulo hace pensar que sí: en un primer momento, inmediatamente antes de la toma del poder, Lenin voceaba enfáticamente la abolición inmediata y total del aparato del Estado burgués (Lenin, 1917). En un segundo momento pospone esta destrucción para cuando se supere la «etapa de la lucha de clases» (Lenin, 1919), es decir, quién sabe cuándo, en algún tiempo mítico, que, como se sabe, es infinito o, en todo caso, indefinido. Es lo que ocurre cuando comenzamos un cuento diciendo: «Había una vez». Esa «vez» es mítica, indefinida. Es decir, en todo caso la promesa del Comunismo se pospone sine die no por una mera astucia, sino para que su acabamiento se tome un tiempo humanamente inconcebible y respetemos su Superioridad Absoluta. ¡30.000 años estuvo Prometeo sufriendo a un águila devorar su hígado diariamente!, es decir, ¡10.950.000 días! ¡El águila devoró 10.950.000 veces el hígado de Prometeo! ¿Cómo puede mortal alguno siquiera concebir esa cifra? ¡Cuán grande es, por tanto, el poder de Zeus! Y no digamos el poder de Prometeo para sufrir. Con ello, pues, Lenin no hizo sino fortalecer el Estado como nunca antes en la Historia de la humanidad, hasta el punto de que, cuando ya moría y era tarde, se dio cuenta de que Stalin, su delfín, su heredero político, acumulaba un poder desmedido y brutal:
El camarada Stalin, convertido en secretario general, ha concentrado en sus manos un poder ilimitado, y no estoy seguro de que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia [24 de diciembre de 1922].
Stalin es demasiado grosero y este defecto, perfectamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros los comunistas, se torna intolerable en las funciones de secretario general. Por lo tanto, propongo a los camaradas que reflexionen sobre el modo de desplazar a Stalin de ese cargo y de nombrar a otra persona que tenga sobre el camarada Stalin una sola ventaja: la de ser más tolerante, más leal, más cortés y más atento para con los camaradas, de un humor menos caprichoso, etc. [4 de enero de 1923] (Lenin, 1971:133-135, verlo en Internet en Testamento político.
Claro, mientras el poder estuvo en sus propias manos no había el problema, pues, Lenin «sabía lo que hacía», que es lo que todos suponemos: que sabemos lo que hacemos. Después fue el cuento del aprendiz de brujo, cría cuervos, quién sabe si Stalin envenenó a Lenin, qué hubiera pasado si el accidente cerebro-vascular hubiera atacado a Lenin cuarenta días después, etc. Pero de nuevo estamos en la historia-ficción de un posible efecto mariposa, o de nariz de Cleopatra. No creo, sin embargo, que eso hubiera cambiado la maquinaria infernal que ya estaba en marcha.
El dirigente stalinista admite, sí, que puede equivocarse, pero solo cuando él decide que se equivocó. Actúa como aquel pedante que dijo: «Solo una vez en mi vida me he equivocado: la vez en que creí estar equivocado y no lo estaba». Así, de disparate lógico en disparate lógico, el problema se vuelve ridículo cuando es otro el que controla el poder absoluto, así sea su dilecto discípulo Stalin, que por dilecto que fuese, por perruna que fuese su fidelidad, que lo era, por Tarazona que fuese, por ectoplasma que fuese, era Otro. Y ser Otro es crucial en el stalinismo: cuando yo dirigente me autocritico, sé lo que estoy haciendo, cuando tú dirigido me criticas, así digas lo mismo que yo digo, así seas más leve conmigo que yo mismo, no sabes lo que estás haciendo porque el verbo saber solo se conjuga en primera persona singular y solo yo tengo ego. Tú no puedes saber lo que haces porque el Centro Consciente de lo que ocurre está en mí, dirigente, que soy quien tiene la llave de San Simón, quien tiene claros los principios y hace el «análisis correcto» y «científico». Si me equivoco, solo yo, que soy infalible, puedo darme cuenta de ello y porque puedo darme cuenta de ello. Solo un ser infalible puede por sí solo darse cuenta de que se equivoca y negarse a admitir las críticas de otro. Solo el que nunca se equivoca sabe que se equivoca. Es decir, un ser que es un esperpento lógico. Entonces, cuando reconozco mi error, hay que castigar a todos los que me acompañaron en él, menos a mí, pues ellos se equivocaron por mala fe o por imbéciles o, lo más grave: porque no son El Que Soy, en cambio yo, que sí soy El Que Soy y por eso mismo tengo la llave de San Simón, nunca puedo tener mala fe porque, de tenerla, mis palabras quedarían invalidadas y no os estaría hablando de mis errores, hombres de poca fe. La prueba de que son válidas es que te estoy hablando y de que solo yo, en rigor, hablo. Tú, a lo más, repites mi verbo, con lengua de palo. Como se ve, es el delirium tremens del poder. No solo es neurótico sino histérico.
Pero es problema filosófico de monta: «Yo soy el que soy», como Jehová, es la existencia misma mía de mí. Me las doy de Johová. Lo llaman hipóstasis. Solo yo tengo claro todo. Tú me entiendes, sí, pero yo fui el que se dio cuenta primero, el que supo primero. Entiendes porque yo entiendo. «Yo soy» es crucial y cuando se vuelve Estado es monstruoso. Pero aún falta otro disparate: no acepto que me des la razón mediante un proceso de razonamiento, sino mediante el terror, pues quien me da la razón mediante la razón puede dejar de dármela. Quien me la da por el terror, no me la quitará mientras sienta terror. Pero tampoco acepto —y aquí el proceso se vuelve delirante— que me des la razón como los locos, tienes que creer efectivamente en la verdad que te digo porque de otro modo no eres fiel. Tienes que decir pensando lo que repites sin pensar y todo por terror. Tienes que ser un devoto cínico. Advertí hace rato que era un esperpento lógico.
Este disparate delirante se parece mucho a la paradoja del sádico y del masoquista: te quiero tanto que te poseo hasta anularte, momento en el cual ya no puedo amarte porque no existes. Te quiero tanto que quiero que me anules, momento en el cual ya no hay yo a quien amar o que te ame. Yo dirigente quiero invadir tu personalidad de un modo tan absoluto, que, cuando lo consigo, ya no tienes personalidad que invadir. Quiero que me obedezcas, para lo cual tienes que tener la opción de no obedecer (solo puede obedecer el que puede desobedecer, a diferencia de las actuales computadoras, que no obedecen sino que meramente reaccionan a los comandos del usuario). Pero tu obediencia ha de ser tan absoluta como absoluta es mi comunión con la Verdad, y como no puedes desobedecer, no existes como humano y entonces ya no te mando y yo tampoco existo. Tan grande es mi comunión con la Verdad que en realidad yo dirigente soy la Verdad, del mismo modo en que Luis XIV, tal vez el rey más rey que jamás existió, dicen que dijo: « L’État, c’est moi », «el Estado soy yo». Tu obediencia ha de ser también absoluta, como en esas congregaciones religiosas en que el voto de obediencia exige obedecer a los superiores, quasi limam in manibus fabri, «casi como la lima en las manos del carpintero». A la voz de Cristo, de inmediato, al primer signo, ut voci Christi, ad nutum, ad primum signum. Pronto, con alegría, con perseverancia, con cierta obediencia ciega: prompte, hilariter, perseveranter et coeca quadam obedientia, según la regla de Martín Verga (Hugo, 1951:501). Es lo mismo que Dios con Adán y Eva, deben obedecerle, pero pueden desobedecerle y si le desobedecen los condena a ellos y a todos sus descendientes, como tú, que llevas el Pecado Original así seas casta y pura.
Y cuando yo dirigente obtengo esa obediencia, ya no hay persona en ti, sino una masa deforme, un cerebro lobotomizado, un pelele sin aliento y sin capacidad de obedecer sino de reaccionar a mi accionar de hilos, incapaz de rendirme ningún homenaje. Pienso solo yo, luego no existo. Cogito solum, ergo non sum.
Es un fenómeno curioso y dramático: para someterse a alguien hay que tomar esa decisión libremente, es decir, hay que vencer las resistencias interiores. Pero yo dirigente no me siento seguro con que solo las hayas vencido, tienes que anularlas, obliterarlas, aniquilarlas. Pero cuando las has anulado, obliterado y aniquilado no queda nada de tu subjetividad, ya no tienes ego, ya no tienes autonomía, ya no te sostienes a ti mismo para adorarme, ya no eres persona y entonces me instalo solo en el poder, Líder Máximo, Gran Timonel, Padre de los Pueblos, Comandante en Jefe, Genio de los Cárpatos, Danubio de la Sabiduría, Gran Conducator, en fin, Dios. Inmortal y todo, porque cuando me muera me van a poner en un Mausoleo para seguir inspirando a mis sucesores, que serán Dios también a su vez, como los reyes, como los faraones. Pero Dios, el Dios judeocristiano de los Ejércitos, necesita una contrafigura, un ser hecho a su imagen y semejanza, con subjetividad, que lo libere de la soledad profunda del Caos primigenio, y entonces crea a Adán. Pero Adán es inocente y bobo y no entiende la conversación que Dios le plantea, ignora demasiado el pecado para intercambiar con él nada. Entonces Dios crea a un ser ingenuo pero astuto, fatuo y maligno como Eva, para que vuelva pecador a Adán (ingenuidad y perversidad son cosas que los golpes de la vida me han demostrado que no son incompatibles y también me han enseñado que no son privativas de la mujer, como dice el Libro del Génesis). Y entonces sí entiendes mi discurso de Dios atormentado, Adán, mis obsesiones, mis horrores, mis elohím, mis demonios, ya tengo siquiatra con quien descargarlos, y entonces, chivo expiatorio, te acuso, te acoso, te castigo, te persigo: ya eres alguien. Antes eras ein reine Tor, un ‘tonto puro’ que, como Parsifal, no me necesitaba para nada, porque no sabías nada de nada, eras un beato que jugaba con cervatillos y no sabía que Eva era deseable; ahora me necesitas, ahora me temes, ahora me adoras, porque te acusé, te culpabilicé, te perseguí. Igual que Parsifal, solo puedes sufrirme cuando ya no eres inocente, cuando has pasado por la tentación de Kundry, la Eva de Parsifal. Asimismo te acusé a ti, Bujarín; como te acusé a ti, Zinoviev; como te acusé a ti, general Ochoa, para que tengas que venir a suplicarme no perdón, que sería igualarte a mí, que es imposible, sino que te castigue y te aplaste. O te mando a matar, Trotsky.
Y una vez aniquilado Luzbel, volver a crear a otro, perseguir a otro, a Tito, a los médicos de la Conspiración de las Batas Blancas, porque siempre habrá un abismo infinito entre la pequeñez de los demás y mi grandeza y para probarlo debo decretar holocaustos de escala bíblica: el Diluvio Universal, Sodoma y Gomorra, las purgas de Stalin, la evacuación de Phnom Pehn en Camboya... A cada rato hay un culpable entre ustedes, dirigidos, siempre un culpable; y recuerda: en cualquier momento puede darme por pensar que ese culpable eres tú, de modo que ándate derechito, no sea que te confunda. Peor aun: no olvides que a veces puedes ser un culpable objetivo, inconsciente, sin darte cuenta, porque solo yo entiendo lo que tú haces, estúpido. Solo yo, que soy omnisciente, conozco todas las implicaciones. Pero es que no entiendes, no se trata de que seas culpable o no en los hechos, sino de que basta que yo te acuse para que lo seas porque yo soy la ley del mundo y por tanto no hay apelación sobre mí. Y si eres inocente debes aceptar la acusación para no dañar al Partido, es decir, a mí, evidenciándolos como arbitrarios e injustos. De modo que tu salvación depende siempre de mí, del Gran Conducator, no de ti, proletario. Es más, puede que sea necesario acusarte precisamente a ti, que eres el más fiel, para poner a prueba tu fidelidad y tu paciencia, Caín, y para que los menos fieles que tú sepan a qué atenerse: si el más fiel es martirizado, ¿qué quedará para ellos? Es tu deber y debes sufrirlo con alegría, hilariter, que más sufrieron los mártires de la represión capitalista, más sufrió el Cristo entre los fariseos. Tu sacrificio, Lin Biao, es un adoquín más del Camino de Perfección. Y, además, solo tú puedes ser pecador, porque solo tú, Luzbel, Caín, Adán, caballero templario, Bujarín, Kamenev, Zinoviev, Ochoa conoces la magnitud del daño que causas. El inocente, el bobo, no sabe lo que hace y tal vez haga lo incorrecto solo por accidente. En cambio tú sabes perfectamente de qué se trata, pues estás tan claro como yo sobre el Mal. Y si no lo estás entonces mereces castigo por negligente, por incapaz, por apático. Y lo más definitivo: si acuso a otros como tú y no a ti, y ellos, que tambien son fieles, confiesan su culpabilidad, eso te involucra a ti, porque al condenar a la clase condeno a todos los miembros de esa clase, porque si elevas tu protesta te haces culpable y si no la elevas te haces solidario de mi Designio Superior.
Lo que importa no es ya el «rescate» de la «idea original» de los Padres Fundadores, que, como tal «rescate» de la Pureza, terminará fatalmente en la del Grial Teórico Perdido, con lo que podríamos comenzar de nuevo la misma locura colectiva de la Salvación mediante la Purificación Destructiva y Delirante, tipo Khmer Rojo, Sendero Luminoso, Diluvio Universal o Sodoma y Gomorra. Lo que importa es que ya el marxismo parece demasiado dañado, precisamente en su fundamento teórico, que se quiere racional y científico, por todas las prácticas políticas, ¡sin excepción!, que se desarrollaron en su nombre como para que ya podamos utilizarlo con serenidad y provecho, es decir, con madurez. El problema del marxismo no es si es «verdadero» o no, sino para qué cosas de hecho ha sido capaz de servir de doctrina: desde el Gulag hasta la evacuación forzada y genocida de toda la población de Phnom Penh durante la «Kampuchea Democrática». El esfuerzo de «recuperar» el marxismo parece un trabajo gigantesco y tal vez por el momento imposible de emprender con madurez y lucidez.
Por esto, es mucho más importante explorar cómo a partir de determinadas proposiciones formuladas por Marx se ha podido llegar a las interpretaciones que han tenido tanta incidencia histórica, que la tarea escolástica y ritual de reintrepretación de los textos para demostrar que el verdadero sentido de su obra está ausente en los desarrollos posteriores, ya que su verdadero significado permaneció tan oculto que en ocasiones no fue reconocido ni por el propio Marx (Lander, 1990; 45. Subrayado sic).
El síndrome de la lengua de palo de un marxista puro como Pío Miranda (Cabrujas, El día que me quieras) no solo era pernicioso porque uno se veía escarnecido cada vez que intentaba el menor asomo de una visión abierta, pensante, crítica, sino porque anulaba toda posible dilucidación, así como el posible y necesario «principio dialógico» que, para el estudio de la vida social proponía uno de los más grandes científicos sociales del siglo XX, Mijaíl Bajtin (1929; Todorov, 1981). La lengua de palo cancelaba todo derecho a la reflexión, todo derecho al pensamiento e imponía un diálogo de sordos, es decir, un falso diálogo, dos monólogos paralelos que nunca se tocaban, en que la descalificación mutua cerraba el camino dialéctico de la superación de los obstáculos prácticos y de los errores conceptuales.
No era posible hablar con la URSS porque se enfrentaba uno precisamente con esa lengua de palo; hablaba uno con un libro, tal como decía Platón de la pintura y la escritura:
Terrible cosa, Fedro, es esa semejanza tan verdadera que se da entre escritura y pintura; que las creaturas de ésta preséntanse cual cosas vivas, mas si se les pregunta algo se callan con grande y venerando silencio. Lo mismo hacen las palabras escritas: creyeras que entienden lo que dicen; mas si, con intención de aprender, les preguntas algo de lo que dicen, indican por signos una y la misma cosa siempre (Platón, § 275e; ver supra La segunda muerte de la aristocracia).
Alguien que habla como un libro es lo que en Venezuela llamamos un «caletrero» y con él no hay más remedio que hacer una de dos cosas que se hacen con los libros: repetirlos o mantenerlos cerrados, y solo esas, ya que la reflexión o el diálogo están excluidos en la medida en que no se puede dialogar con un libro sino con una persona que lo haya leído. Se puede dialogar a propósito de un libro, pero no con un libro. Pues aun «los mejores discursos escritos solo valen en realidad-de-verdad cual memorialines para los que ya lo saben-con-ideas» (Platón, § 277e). Es la razón que alegaba Roland Barthes para rehusarse a la militancia política: la total falta de líbido literaria, de la cual solo escapan dirigentes geniales y excepcionales como Fidel. Genial y todo, Fidel es como los otros en la medida en que nadie más puede pensar a su lado, al menos públicamente. Ni su hermano Raúl. En fin, «con la iglesia hemos dado».
Decían los gramáticos cartesianos que la única manera de diferenciar a un autómata de un hombre es que con este es posible mantener un diálogo y con aquel no. Estas palabras, pues, se proponen como diálogo con una inteligencia humana, en lo que la inteligencia humana tiene de estructura abierta, crítica y flexible, y no con una estructura obstinada, limitada, dogmática y terca como toda cibernética, forma de inteligencia que, ay, también es humana, demasiado humana.
Teología de la dominación: la Salvación de la Salvación
[...] el hombre, ese semidiós, tiene en el universo como marca distintiva su pensamiento, su deseo y su poder de conocimiento, fuente de riquezas sensibles y de sutiles acciones. Pero esa potencia electiva del pensamiento, al distraer gloriosamente al hombre del ritmo universal de los mundos, sin igualar sin embargo la omnipotencia divina, sumerge al alma humana en un sufrimiento indecible e incurable. Es de este sufrimiento que está formado nuestro mundo, el de nosotros los hombres (Barthes, 1942).
[Ver contexto de este epígrafe de Barthes en «Cultura y tragedia»].
Tesis: El stalinismo, inspirado en la geometría social concebida en primer lugar como Estado, inaugurada para Occidente por Platón (el primer socialismo), el Estado Romano y la Iglesia, y tal como fue definitivamente constituido como práctica política por José Stalin, es un sistema religioso y, por tanto, civilizador —densa, intensa y furiosamente occidental—, racional, disciplinario y masivo.
Un sistema religioso es sagrado en la medida en que responde perentoriamente, mientras no hay mejores respuestas, enardecidamente, con enardecimiento existencial, a las ansiedades cardinales: la vida, el amor, la muerte. El hombre es religioso porque no soporta la sorpresa incomprensible e inexplicable de existir. Es religión, en los límites de la presente reflexión, toda subordinación de los hombres concretos e individuales a un principio abstracto y radicalmente superior a ellos, que legitima la formación social en tanto que concepción enteriza de su deber ser. No se puede nada contra un sentimiento religioso porque, al fundarse en ansiedades radicales, no entiende nada de lo que se le dice desde fuera de ellas. De allí que las religiones —al menos las monoteístas, centralizadoras, vaticanas; o faraónicas, aztecas, es decir, fundamentalistas— suelan integrarse en una estructura ético-salvadora. Así, estas palabras no están dirigidas a ningún religioso. Como me niega la palabra, le niego la suya. No es revancha sino porque simplemente es imposible toda comunicación. Es doloroso porque no soy dado al desprecio de nadie, pero ¿cómo hago? Son gentes con quienes no se puede hablar.
La instalación más discreta —pero no más apiadable— de la religión ocurre cuando trueca su ansiedad existencial en una paradójica pasión por la racionalidad, cuando sosiega su angustia volviéndola convicción geométrica, decible, contable, razonable, explicable, explicitable, ilimitada, es decir, constitutivamente incapaz de admitir las limitaciones epistemológicas, morales y síquicas de quien la profesa e inspira —de allí el despotismo personal de Stalin, Hodja, Mao, Tito, Ceaucescu, Pol Pot, Kim Il Sung, etc., y de sus respectivos aparatos. Como consecuencia de ello, la religión se vuelve aparato de estado, es decir, en lo que ya no es religión, por cuanto instrumenta la ansiedad primigenia como recurso de cohesión, coerción y coacción del orden social, es decir, como instrumento de poder, como el instrumento del poder por excelencia. Así ocurrió con las demás iglesias (católica, mahometana, stalinista, sicoanalítica, etc.)
De tal modo la salvación del hombre es un hecho abstracto que se produce en «la otra vida», sea después de la muerte, en los diversos Paraísos Recobrados, o en una de sus variantes más recientes: cuando se arribe al modo de producción comunista, Futuro Feliz que permanecerá siendo una abstracción, un absoluto, un mito, en la medida en que no aparece definido claramente —con «ideas claras y distintas» o con precisión científica— en ninguno de los textos de los clásicos del marxismo ni en los discursos del estado soviético, desde Lenin hasta Gorbachov. Por ello, así como se salvan «en masa», los hombres se salvan «en abstracto», dentro del mito:
El mundo de la Inspiración no es el mundo físico o el mundo de la historia, sino en realidad el mundo interior del espíritu, de la mente, de la emoción y del deseo, en el que el ego humano siempre vive, se mueve y tiene su ser. En este mundo interno están activos los Ideales de verdad y bondad (los Dioses) y sus opuestos (los demonios), y es aquí donde se representa la tragedia de cada vida (Gaskell, 1981:XXI).
En cuanto al comunismo marxista, no se han dejado de destacar sus estructuras escatológicas y milenaristas. Hemos observado no ha mucho tiempo que Marx había retomado uno de los grandes mitos escatológicos del mundo asiático-mediterráneo, a saber: el papel redentor del Justo (hoy, el proletariado), cuyos sufrimientos están llamados a cambiar el estatuto ontológico del mundo. «En efecto, la sociedad sin clases de Marx y la desaparición resultante de las tensiones históricas encuentran su precedente más exacto en el mito de la Edad de Oro, que, según múltiples tradiciones, caracteriza el comienzo y el fin de la Historia. Marx enriqueció este mito venerable con toda una ideología mesiánica judeo-cristiana: por una parte, el papel profético y la función salvadora que atribuye al proletariado; por otra parte, la lucha final entre el Bien y el Mal, que podemos fácilmente asociar con el conflicto apocalíptico entre Cristo y el Anticristo, seguido de la victoria definitiva del primero. Es incluso significativo que Marx retome como parte de sus ideas la esperanza escatológica judeo-cristiana de un fin absoluto de la Historia; en esto se separa de otros filósofos historicistas (como Croce u Ortega y Gasset), para quienes las tensiones de la historia son consustanciales a la condición humana y, por tanto, no pueden ser jamás completamente abolidas» (Mythes, rêves et mystères, pp. 20-21. Nota de Eliade, 1963:225-226).
De allí que el bienestar material eventual de los proletarios que «aún» viven en el mundo capitalista es desechado porque no es abstracto, sino concreto y por tanto vulgar, mientras el bien socialista es intangible, sublime. La dicha socialista se funda en principios abstractos que, como es natural, se cumplen en abstracto, esto es, en estado de beatitud, de plenitud, de totalidad, cuando el universo recupere su orden definitivo. De esta escatología trascendente provienen las declamaciones despectivas contra «la sociedad de consumo», contingente, frívola, pasajera, profana, vanitas vanitatum, como si Marx no hubiera desarrollado su teoría justamente como una exigencia sistemática y radical de bienestar precisa y concretísimamente material y materialista, para que se cumpliera el reino de abundancia material y materialísima que prometía la revolución industrial. Es decir, escribió el montón de tomos precisamente para que entráramos en el reino de la abundancia y saliéramos del reino de la escasez que duraba ya desde la abolición del comunismo primitivo, también mítico, por cierto, como nos lo enseña cualquier manual de antropología. Pero pronto aprendimos que la riqueza material de que hablaba Marx era más metafísica que material, se trata de la redención a través de la abundancia del maná, del final de la telenovela, en el que la muchacha indigente termina dueña de una trasnacional, como culminación de su calvario, como redención de las faltas —propias o ajenas— que ha expiado a través de su historia personal, que es la historia (Hernández, 1986; ver también Para comprender la telenovela de una vez por todas). Entonces los marxistas claman contra la «sociedad de consumo» y proclaman la austeridad y el ascetismo como virtudes comunistas. Y uno que les creyó que eran materialistas.
Es decir, el primado de lo abstracto (entendido aquí también como lo radicalmente superior, lo supremo, el Soviet Supremo) parte del postulado apriorístico de su superioridad radical. Es decir, nada de lo que pueda hallarse en el estrato de lo concreto (bienes materiales como una licuadora, el hombre concreto, tú, esta hora en que estás leyendo, etc.) puede elevarse por sobre los principios de lo abstracto, que corresponde a una Entidad Absoluta, propiamente una entelequia (en la acepción aristotélica generalmente admitida de «aquello que posee perfección»), la Salvación, que abarca y señorea todo lo particular (ver Figura 1). De allí que la salvación no esté claramente descrita sino como mito —cf. El Jardín de las Delicias de El Bosco. Los clásicos marxistas fueron más prudentes en esta materia y se abstuvieron de hacer descripciones míticas de esta suerte. Pero, como en los místicos, se trata de algo tan sublime que es simplemente indescriptible. A lo sumo cosas como:
En la sociedad comunista [...] puedo cazar en la mañana, pescar a mediodía, practicar la enseñanza en la tarde, dedicarme a la crítica después de cenar, todo de acuerdo con mi deseo y sin la necesidad de convertirme en cazador, pescador o crítico (Marx-Engels, 1972:41).
La salvación es lo uno; lo concreto es lo múltiple, y nos encontramos de nuevo ante la dicotomía espíritu/materia: «solo lo espiritual es verdadero» (Hegel, 1973:9), la materia es lo falso. De ese modo, si es necesaria la muerte de setenta millones de hombres materiales para «lograr» la salvación de la Salvación Abstracta del hombre —entidad también abstracta, radicalmente diversa del hombre concreto—, pues deben morir setenta millones de hombres concretos, que setenta millones o un millón de veces esa cifra es número infinitamente inapreciable ante el infinito de la Entelequia. Lo mismo da 70 que 70.000.000. Eso incluye, naturalmente, mujeres, bebés, ancianos... Pero ¿qué importa? Total es solo gente concreta, contingente, efímera, o sea, la Nada si se los compara con la Salvación Abstracta del Ser Humano.
Así lo refiere Lev Kopelev, militante comunista soviético, luego acusado de mostrarse «compasivo» con los alemanes, es decir, por negarse a encubrir las violaciones y saqueos de los soldados del Ejército Rojo:
Como los demás de mi generación, yo creía firmemente que el fin justifica los medios. Nuestro objetivo era el triunfo mundial del comunismo, y por esa causa uno puede y debe hacerlo todo: mentir, saquear, aniquilar a centenares de millares y aun a millones de personas, a todos los que se opongan a nuestra obra o que pudieran oponerse, a todo el que se ponga por delante.
Así razonaba yo, y así también los que eran como yo. Y lo veía así aun en el tiempo en que tenía mis dudas, cuando creía en Trotsky y en Bujarín, cuando vi lo que significaba la «colectivización total» y como se «kulakizaba» y luego se «deskulakizaba»; cuando se despojaba sin misericordia a los campesinos en los inviernos de 1932 y 1933. Yo tomé parte, personalmente, en aquella campaña. Recorrí los campos, busqué el cereal escondido, tanteé la tierra con una «sonda» de hierro para descubrir dónde estaba ablandada la tierra, en busca de escondrijos de grano. Con los demás, arrebaté sus reservas a los ancianos y me esforcé por no oír los lamentos de las mujeres ni el llanto de los niños... Porque yo estaba convencido de que contribuía a realizar la grande y necesaria transformación socialista del campo, de que después aquella gente resultaría beneficiada por lo que hacíamos, de que sus penas y sus sufrimientos eran consecuencia de su propia ignorancia y de las intrigas de los enemigos de clase; de que los que me enviaban —y con ellos yo también— sabían mejor que los campesinos cómo tenían que vivir, cuándo debían arar y qué habían de sembrar...
Y durante la horrible primavera de 1933 vi cómo la gente moría de hambre. Vi mujeres y niños con los vientres hinchados ponerse azules, respirando todavía, pero ya con la mirada desvanecida, moribunda. Y cadáveres... Cadáveres con chaquetas de campesino, con viejas botas de fieltro; cadáveres en las cabañas del Viejo Vodolaga, sobre la nieve que se derretía, bajo los puentes de Jarkov... Yo vi todo esto y no perdí la cabeza ni me suicidé ni eché maldición alguna contra los que me habían enviado a quitar el grano a aquella gente en el invierno; y en la primavera a persuadir a personas que apenas podían andar, flacas como esqueletos, edematosas, a que fueran a trabajar los campos a fin de «realizar el plan de siembra bolchevique, a la manera de los trabajadores de selección...» (Kopelev, 1977:30-31).
Nada concreto puede elevarse por encima de lo abstracto, pues lo concreto no tiene entidad propia sino a través de lo abstracto, pues este es el agente de la salvación de la Salvación, y, por tanto, del Partido-terciante de lo abstracto en el seno de lo concreto, es decir, el Salvador de la salvación de la Salvación, esto es, la célebre prioridad stalinista a la producción de los medios de producción...
Cualquier elevación de lo concreto sobre lo abstracto es «pecado de soberbia» (lo que los stalinistas llaman «individualismo»), el equivalente religioso de pretender robar el fuego de los dioses para entregarlo a los hombres concretos, «esos seres efímeros», como los llamaba el dios Hermes en el mito de Prometeo (Esquilo: Prometeo encadenado, § 936); ocupar el lugar de Dios (Luzbel); sustituir el partido por su particular razón (Bujarín, Zinoviev, Kamenev, Trotsky y los miles de miles de stalinistas sacrificados por el propio stalinismo).
En su alegato final, Bujarín, luego de resistirse brillantemente durante el juicio, con ironía e ingenio, quiebra su resistencia ante el fiscal Vichinsky y el tribunal y dice estas dramáticas palabras al formular su célebre doctrina de la ‘conciencia desdoblada’, propias de un personaje shakespeareano:
Ahora quiero hablar de mí mismo, de los motivos que me llevaron a arrepentirme. [...] El motivo estriba en que, durante mi encarcelamiento, pasé revista a todo mi pasado. Es el momento en que uno se pregunta: «Si mueres, ¿en nombre de qué morirás?», aparece de repente y con sorprendente claridad un abismo profundamente oscuro. No había nada por lo que merecisese la pena morir, si pretendía hacerlo sin confesar mis errores. Por el contrario, todos los hechos positivos que resplandecían en la Unión Soviética tomaban proporciones diferentes en mi conciencia. Esto fue lo que en definitiva me desarmó, lo que me obligó a doblar mis rodillas ante el Partido y ante el país. Cuando me pregunto: «Bien, no vas a morir. Si por cualquier milagro quedas con vida, ¿cuál será entonces tu objetivo? Aislado de todo el mundo, enemigo del pueblo, en una situación que no tiene nada de humana, totalmente alejado de lo que constituye la esencia de la vida». Y en seguida recibo la misma contestación a esta pregunta. En estos momentos, ciudadanos jueces, todo personalismo, todo rencor, los restos de irritación, de amor propio y otras muchas cosas caen por sí mismas, todo desaparece. Y cuando llegan a nuestros oídos los ecos de la vasta lucha emprendida por el pueblo soviético, todo eso ejerce su acción y nos encontramos ante la completa victoria moral de la URSS sobre sus adversarios arrodillados. [...]
Voy a acabar pronto. Estoy hablando, quizás, por última vez en mi vida.
Quiero explicar cómo llegué a la necesidad de capitular ante el poder judicial y ante vosotros, ciudadanos jueces. Nos alzamos contra la alegría de nuestra vida, con métodos de lucha completamente criminales. Rechazo la acusación de haber atentado contra la vida de Vladimir Ilich [Lenin], pero reconozco que mis cómplices de la contrarrevolución, conmigo al frente, intentaron acabar con la obra de Lenin, continuada por Stalin con un éxito prodigioso. La lógica de esta lucha, bajo una capa ideológica, nos hacía descender paso a paso hasta el más oscuro cenagal. Una vez más se ha probado que el abandono de la posición bolchevique señala el paso al bandidismo político contrarrevolucionario. Hoy el bandidismo contrarrevolucionario ha sido aplastado; hemos sido derrotados, nos hemos arrepentido de nuestros horribles crímenes.
En realidad, no se trata de arrepentirme, ni tampoco de mi arrepentimiento. Incluso sin esto, el Tribunal puede dar su veredicto. Las confesiones de los acusados no son obligatorias. La confesión de los acusados es un principio jurídico medieval. Pero se ha producido la derrota interior de las fuerzas contrarrevolucionarias; y hay que ser Trotsky para no rendirse. Mi deber es demostrar aquí que, en el paralelogramo de fuerzas que ha trazado la táctica contrarrevolucionaria, Trotsky ha sido el primer motor del movimiento. Y sus más violentas manifestaciones —el terrorismo, el espionaje, el desmembramiento de la URSS, el sabotaje— provenían ante todo de esta fuente (Broué, 1968:189-191).
No que estemos dándole aquí «la razón» a Trotsky et al. Es asunto que juzgarán mejor que yo los historiadores. Lo que me interesa es señalar que «el uso de razón» es un recurso público al cual puede echar mano cualquier hombre concreto y oponerlo al leviatán del estado. Es el destino de todo aquel que mediante el simple y universal uso de razón desafía a Stalin, o a quien haga su mismo papel. Tal vez si Trotsky (o los otros) no hubieran perdido la batalla contra Stalin, hubieran sido la cabeza visible y pensante del leviatán de la URSS, tal vez hasta peor que Stalin... Pero este es asunto que no sabrán ya ni los historiadores...
El stalinismo de los acusados en los Juicios de Moscú lo corrobora la famosa declaración de Bujarín ante el tribunal que lo condenó, que acabamos de citar: el tribunal puede estar equivocado, el Partido puede estar equivocadísimo, pero el individuo, Bujarín (o tú) siempre estará «más equivocado». O, dicho en términos mucho más propiamente dramáticos: el individuo, por ser individuo, se equivoca hasta cuando tiene razón, mientras que el Partido, por ser colectivo, tiene razón hasta cuando se equivoca. Venimos hablando de disparates lógicos, lo advertí desde hace rato.
Lo abstracto mantiene lo que en física nuclear se llama una «interacción fuerte» con lo concreto. Inversamente, lo Concreto, a su vez, mantiene una «interacción débil» con lo abstracto. Esta relación asimétrica determina que cada vez que es necesario elegir entre lo abstracto y lo concreto se dará prioridad a lo abstracto, aun cuando no sea estrictamente necesario.
La circunstancia bien verificada de que en la vida real este modelo instaura privilegios de carácter feudal para la nomenklatura, para la dirigencia, es presentada por esa misma nomenklatura como consecuencia no del fondo mismo de esta realidad sino de aspectos secundarios y contingentes, como las «debilidades humanas», desviaciones particulares y pasajeras, coyunturales, no esenciales, que nos llevan a instaurar privilegios sobre nuestros semejantes, aunque solo sea como mero principio de organización. Pero eso no es importante, camaradita, «no confundir lo principal con lo secundario», como decía el camarada Mao. Esos privilegios son cosa secundaria comparados con la Gran Construcción del Socialismo (de la Obra, dirían los masones).
Es decir, como en todo régimen no aristocrático, los privilegios de clase se atribuyen a causas accidentales: en el capitalismo se dice que la riqueza la produce el trabajo (a veces el azar, como nacer hijo de Rockefeller); en el socialismo se dice que abolir totalmente las jerarquías es una desviación infantil del comunismo llamada «igualitarismo» —era el término que utilizaba Stalin para perseguir y liquidar a algunos de sus enemigos o que imaginaba y decretaba tales— y que, finalmente, los dirigentes «se sacrifican bastante» por darle una mejor vida al pueblo; lo suficiente, por cierto, como para merecer mejor vida que el pueblo, etc. —algo parecido a lo que, en fin, argumentan los capitalistas para merecer más que los demás. O simples «desviaciones particulares», «no estructurales». Extrañas desviaciones particulares cuyo predominio permanente las vuelve, de hecho, estructurales...
Temo mucho enfrascarme con algún escolástico en una de esas discusiones interminables sobre el carácter feudal que atribuyo a los privilegios de la nomenklatura. Simplemente dejaré abierta para espíritus más competentes la calificación de privilegios que comportan la total separación de la esfera dirigencial, hasta el punto de que estas castas intocables, según las diferentes denuncias que se suelen o solían hacer en la prensa y en el cine de esos mismos países, disfrutan de:
bienes de consumo totalmente diferenciados de los que reciben los comunes, en la mayoría de los casos importados de los países capitalistas,
espacios urbanos separados: como se demostró en la masacre de la Plaza Tien An Men, en junio de 1989, la Ciudad Prohibida de los Emperadores en Beijing sigue siendo la Ciudad Prohibida,
nepotismo, que llega a dar carácter hereditario a algunos cargos: es el caso de Kim Jong Il, el hijo de Kim Il Sung, el hermano heredero de Fidel, la mujer de Mao, etc.,
hospitales y clínicas especiales,
lugares de esparcimiento separados,
acceso privilegiado a la información vedada al resto de la población,
acceso al extranjero, etc.
En fin, amigo escolástico, no sé si es feudal, pero ¿qué importa? Si no es feudal es porque es peor que el feudalismo. En el feudalismo había una relación de protección del siervo por parte del señor que hasta linda era, digo yo, a juzgar por el romance de Bernardo del Carpio. Al menos eso. En el stalinismo hay un total desprecio de parte del aparatchik hacia el hombre concreto, pues cuando alguna persona que pertenece al resto de la población, un hombre concreto, tú, accede «ilegítimamente», es decir, no autorizadamente, a estos privilegios, se dice entonces que padece de «vicios pequeñoburgueses», que es uno de los nombres del pecado; así como en el período colonial de nuestra América las Leyes de Indias prohibían a las mujeres que no pertenecían a la oligarquía criolla, las pardas —mestizas, mulatas, zambas, negras, indias, «blancas de orilla»—, llevar zarcillos de oro, salvo la casada con español, que
puede traer unos zarcillos de oro, con perlas, y una gargantilla, y en la saya un ribete de terciopelo, y no pueden traer, ni traigan mantos de burato, ni de otra tela, salvo mantellinas, que lleguen poco más abajo de la cintura, pena de que se les quiten, y pierdan las joyas de oro, vestidos de seda, y mantos que traxeren (cit. por Soriano, 1988:29-52).
Estos privilegios, sin embargo, eran reversibles ya a fines del período colonial, mediante la Real Cédula de Gracias al Sacar, según la cual cualquier pardo rico podía adquirir privilegios de «blanco», etc. No ocurre así en el socialismo real, donde esos privilegios solo terminan con el régimen. La mujer de Ceaucescu se iba a peinar a París en el avión presidencial, o Kiang King (Chian Ching en la antigua transcripción), la mujer de Mao, se vestía de Yves Saint-Laurent, mientras cientos de millones de chinos tenían que vestir el famoso «traje Mao», ese hábito ¿laico? de los monjes comunistas.
Los de la nomenklatura, por su parte, no son privilegios burgueses por cuanto en el capitalismo basta obtener un capital para acceder a ellos. Tampoco son esclavistas, ni son socialistas, si nos atenemos al concepto clásico de ‘socialismo’. A lo que más se parecen, en definitiva, es a los privilegios feudales en cuanto pertenecientes a estados sociales radicalmente separados: bellatores, oratores y laboratores (De Stefano, 1966; Duby, 1978; Soriano, 1988). Según este modelo, la nomenklatura pertenecería al estado, u orden, de los bellatores, los guerreros aristócratas. Los oratores serían los intelectuales al servicio de la Causa, de la Obra, de la Salvación —la literatura «al servicio del pueblo», de la revolución, los «artistas del pueblo», que también gozan de muchos de los privilegios de los que no goza el pueblo sino la nomenklatura. Los demás serían meros laboratores, para quienes los otros órdenes supuestamente trabajarían, lo cual no debe extrañar mucho, por cuanto también en la Edad Media los bellatores y los oratores practicaban, me han asegurado, la caridad entre los laboratores, provisionalmente, mientras estos no alcanzaban aún el lugar que tenían asegurado en el Reino de los Cielos.
La única diferencia entre los bellatores y la nomenklatura pareciera limitarse a que, en el orden feudal, el mundo está fraccionado en distintos, precisamente, feudos. En el caso del totalitarismo stalinista se trataría de la variante absolutista, Luis XIV, del modelo aristocrático. Las coincidencias son demasiado luminosas como para dejarlas pasar por alto sin preguntarnos si los privilegios de casta son exclusivos de los modos de producción anteriores al capitalismo. Y cuánto de feudalismo hay en el socialismo.
Pero no se trata de una simple y cínica astucia de la nomenklatura soviética —o china o cubana—, sino de que aun cuando no hubiera privilegios en el seno de esos estados, la maquinaria stalinista funcionaría sacrificando todo lo Concreto en nombre de todo lo Abstracto. Millones de hombres y mujeres concretos llevados a la hoguera por la Inquisición, en nombre del Principio Abstracto de Dios Todopoderoso; hombres concretos urbanos movilizados al campo y condenados, por tanto, al consiguiente y previsible exterminio, durante el régimen del Khmer Rojo en Camboya, en nombre de la Visión Beatífica que ese Khmer Rojo tenía —y tiene aún— de la Pureza Revolucionaria —necesariamente Abstracta también, por supuesto. Y dicho sea sin ánimo de alarmar a nadie, tal vez me equivoque, pero no sé si existe otra religión, fuera del nazismo, el stalinismo y el cristianismo, que haya exterminado poblaciones enteras. Y ninguna, salvo el cristianismo, que haya quemado viva a la gente en las plazas. Si es así, si el islamismo, el judaísmo y el budismo, por ejemplo, que yo sepa, no han incurrido en desmanes de esa magnitud, habría que hallar las causas que han llevado a ello a las otras. Digo, para cuidarnos de sus consecuencias. Me parece que los primeros interesados debieran ser los que profesan esas religiones. Supongo. Me daría terror que se empataran a discutirme esta evidencia palmaria. Se confirmaría entonces mi hipótesis: el exterminio no es un avatar de esas religiones sino un elemento constitutivo de ellas. Negar el exterminio es persistir en él, pues su negación es parte de él. La Iglesia, por ejemplo, nunca quemó a nadie, pues una vez que el tribunal de la Inquisición condenaba al reo lo «relajaba al brazo seglar», esto es, lo entregaba a un tribunal ordinario, con una nota de remisión en que se rogaba a la corte laica el perdón del condenado. Pero si el tribunal secular seguía ese ruego y lo absolvía, el tribunal mismo era pasado a la Inquisición. Difícil hallar mayor perversión, considerando especialmente que se trata de una religión de amor (ver Eymeric 1974).
El stalinismo no cree en nadie
Tesis: El stalinismo, pues, se ha constituido sobre una estructura religiosa sin dios, que demuestra que no hay peor religión que la de aquel que no cree en dioses, pues instaura un Estado «ateocrático» que abroga incluso las limitaciones morales siquiera formales de carácter trascendente.
La religiosidad implica la ausencia total de crítica —en el sentido científico de la palabra. En su versión de Estado la religión siempre repriume a la crítica como herejía, apostasía o paganismo. Así, toda crítica al stalinismo es rechazada siempre como «revisionismo», propio de «renegados», etc. (Morin, 1983:96 y ss.). Salvo cuando proviene del propio Partido: las «autocríticas» de Stalin, o luego Jruschov (Lazitch, 1976) denunciándolo en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, las denuncias de Gorbachov, etc. Acabamos de decirlo.