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SEMIÓTICA, CULTURA Y COMUNICACIÓN archivo del portal de recursos
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de origen
Carlos E. Vidalez González
Maestro
en Comunicación por la Universidad de Guadalajara.
Licenciado en
Ciencias de la Comunicación por la Universidad Latina de América en
México.
Miembro de la Red de Estudios en Teorías de la Comunicación
(REDECOM), del Grupo Hacia una Comunicología Posible (GUCOM) y de la
Asociación Mexicana de Estudios de Semiótica Visual del Espacio
(AMESVE).
Presentación
El
artículo que aquí se presenta tiene su antecedente inmediato en un
trabajo previo (Vidales, 2008d) en el cual se bosquejó un primer
acercamiento a la forma en que se ha establecido la relación entre la
semiótica y los estudios de la comunicación. En ese momento se
argumentó que algunos lugares comunes sobre la semiótica y el estudio
de la comunicación quizá podrían tener un origen similar que se remonta
a los años setenta y ochenta con los trabajos de Umberto Eco y los de
Irui M. Lotman, los cuales ya habían planteado un lazo de
interdependencia entre semiótica, cultura y comunicación. Sin embargo,
lejos de poder establecer un estado actual de la semiótica de la
cultura o de las reflexiones sobre la cultura dentro de los estudios de
la comunicación, ese primer acercamiento evidenció una doble
problemática: primero, la reducción de la semiótica de una lógica
general a una herramienta metodológica en los estudios de la
comunicación producto de la confusión en el uso de los conceptos y
sistemas conceptuales devenidos de la semiótica y; segundo y más
importante, evidenció las consecuencias de la incorporación a la
semiótica del pensamiento sistémico. De este segundo reconocimiento
nace el argumento central que aquí se desarrolla, dado que la
incorporación del pensamiento sistémico ha transformado a la cultura de
un concepto de espacio a un concepto de configuración y a la
comunicación de un proceso de intercambio a un producto de la
complejización progresiva de los sistemas semióticos.
Sin embargo, al mismo tiempo que se reconocen las implicaciones y
consecuencias de la incorporación del pensamiento sistémico a la
reflexión semiótica, es necesario reconocer una segunda problemática
vinculada a la relación de la semiótica con los estudios de la
comunicación, relación que ha generado un espacio de confusión y
malentendidos conceptuales. Como ya se ha afirmado, tanto los trabajos
de Umberto Eco como los de Iuri M. Lotman se encuentran estrechamente
vinculados tanto a la semiótica como a los estudios de la comunicación,
pues lo que ambos hicieron fue plantear, desde la base semiótica, una
forma de conceptualizar a la comunicación, llegando ambos a plantear
«modelos» comunicativos de análisis como un intento formal de entender
los fenómenos no sólo de comunicación, sino de la cultura en general.
Lo anterior permite establecer el segundo problema, dado que sugiere
que el elemento de enlace entre la semiótica y los estudios de la
comunicación, no es el reconocimiento de la epistemología semiótica
para el estudio de los procesos culturales, sino la cultura y la comunicación
como conceptos compartidos. Por lo tanto, lo que aquí se sostiene es
que la semiótica y los estudios de la comunicación comparten a la
«cultura» y la «comunicación» como palabras, pero no como conceptos y
mucho menos como elementos constructivos.
Por otro lado, pese a que Eco y Lotman comparten a la comunicación y la
cultura como conceptos centrales y al marco semiótico como teoría
general, en realidad no comparten la misma lógica constructiva. En el
primer caso, ambos conceptos se desarrollan en el marco de una teoría
estructural, mientras que en el segundo caso, ambos son desarrollados
desde el punto de vista sistémico. Este es un elemento clave para
entender no sólo el movimiento posterior de la relación de ambos
programas con los estudios de la comunicación, sino, sobre todo, para
entender el origen de algunos malentendidos sobre la incorporación de
la semiótica a los estudios de la comunicación. Mientras la cultura
desde el programa estructural sigue funcionando como concepto de
contextualización espacio-temporal, desde la perspectiva sistémica se
transforma, pasa de ser un concepto de espacio a ser un concepto de
configuración. Y en eso consiste el trabajo que aquí se presenta, es
decir, en reconocer las características de la cultura y la comunicación
en el marco de la semiótica de Umberto Eco y en la semiótica de Iuri
Lotman con la finalidad de estudiar, sobre la base ya explícita de
ambos sistemas conceptuales, la transformación ontológica y
epistemológica de la cultura y la comunicación así como algunos
malentendidos que se han producido en los estudios de la comunicación
cuando éstos han decidido incorporar a sus estudios la perspectiva
semiótica. Por lo tanto, estos tres momentos son los que corresponden a
las tres secciones en las que se encuentra organizado el trabajo y las
cuales se desarrollan a continuación.
Cultura y comunicación: el legado estructural de Umberto Eco
Como
ya se ha mencionado en la presentación a este trabajo, en vías al
reconocimiento de la primera problemática referida a la transformación
ontológica y epistemológica de la cultura y la comunicación, es
necesario partir por hacer explícitos los sistemas conceptuales y los
principios constructivos desde donde se pretende establecer la
relación, es decir, es necesario hacer explícito tanto el sistema conceptual de Umberto Eco como el de Iuri M. Lotman así como sus conceptos fundamentales y sus principios constructivos1.
De lo que se trata es, por tanto, de establecer los criterios
epistemológicos desde donde se construyen conceptualmente tanto a la
comunicación como a la cultura en ambos programas, por lo que se
comenzará, por criterios analíticos, por explicitar la propuesta de
Umberto Eco, quien formuló en los años sesenta tres hipótesis
fundamentales sobre la cultura, la significación y la comunicación en
el marco de la explicitación de los límites naturales de la
investigación semiótica, los cuales habrían de darle forma a lo que
llamaría el «umbral superior» y el «umbral inferior», límites fuera del
los cuales determinado fenómeno ya no es considerado semiótico o como
responsabilidad de la semiótica2.
La propuesta que realizó Umberto Eco en los años sesenta está basada en
la idea de que la cultura por entero es un fenómeno de significación y
de comunicación, lo que tiene como principal consecuencia que humanidad y sociedad
existan sólo cuando se establecen relaciones de significación y
procesos de comunicación, es decir, la semiótica cubre todo el ámbito
cultural, por lo tanto, el conjunto de la vida social puede verse como
un proceso semiótico o como un sistema de sistemas semióticos. Estas
primeras consideraciones le van a permitir plantear las tres hipótesis
referidas, a saber, a) “la cultura por entero debe estudiarse como fenómeno semiótico; b) todos los aspectos de la cultura pueden estudiarse como contenidos de una actividad semiótica y c) la cultura es sólo comunicación y la cultura no es otra cosa que un sistema de significaciones estructuradas” (Eco, 2000:44).
Para Eco (1999a), la primera hipótesis convierte a la semiótica en una
teoría general de la cultura y, en un momento dado, en un sustituto de
la antropología cultural. Sin embargo, el reducir toda la cultura a
comunicación no significa reducir la vida material a una serie de
acontecimientos mentales puros, es decir, no quiere decir que la
cultura sólo sea comunicación sino que ésta puede comprenderse mejor si
se estudia e investiga desde el punto de vista de la comunicación. Por
su parte, la segunda hipótesis implica tan sólo una posibilidad, una
forma de aproximación al fenómeno de la cultura. Por último, la tercera
hipótesis es la más seria, dado que implica a la semiótica no como
forma de aproximación sino como forma de estructuración, como elemento
de organización y configuración de la cultura. Aunque Eco reconoce esta
tercera hipótesis como la más radical, su desarrollo posterior parece
transitar en este sentido, es decir, más que en el análisis, en la
construcción de un modelo semiótico de la cultura. De esta forma, lo
que emerge al final es, implícitamente, una forma especial de
comunicación.
Hablar del desarrollo posterior de la semiótica de Eco es hablar de su
teoría de los códigos y de la producción de los signos, propuesta que
se convierte, junto a la propuesta de Lotman, en un intento por
sintetizar y superar dos programas sumamente diferentes, el de Peirce y
el de Saussure, lo cual se hace evidente en su consideración de
sistemas codiciales y de producción sígnica. Para Eco, el código asocia
un vehículo-del-signo con algo llamado su significado o su sentido, es
decir, un signo es cualquier cosa que determina que otra diferente se
refiera a un objeto al que ella misma se refiere en el mismo sentido,
de forma que el interpretante,
se convierte a su vez en un signo y así sucesivamente hasta el
infinito. “En este continuo movimiento, la semiosis transforma en signo
cualquier cosa con la que se topa. Comunicarse es usar el mundo entero como un aparato semiótico” (Eco, 1973:90). Como se puede observar, desde un comienzo aparece en el horizonte constructivo el elemento comunicativo.
En sus primeros bosquejos, Eco había retomado parte del programa
saussureano para la explicación de su punto de vista sobre lo
comunicativo y lo cultural, expandiendo así el modelo lingüístico
inicial hacia otro tipo de materialidades, lo que trajo evidentemente
algunas complicaciones. En la Lingüística, de la unidad sígnica se
puede pasar a unidades más pequeñas como los morfemas o los lexemas, lo
que acarrea en Eco una primera pregunta: ¿a qué nos referimos al hablar
de unidad semántica o unidad cultural?
¿Cuál es su forma de existencia? (Eco, 1973). Según Eco, la cultura
divide todo el campo de la experiencia humana en sistemas de rasgos
pertinentes. Así, “las unidades culturales, en su calidad de unidades
semánticas, no son sólo objetos, sino también medios
de significación y, en ese sentido, están rodeadas por una teoría
general de la significación” (Eco, 1973:100). En consecuencia, una
unidad cultural no sólo mantiene una especie de relación de oposición
de carácter semántico con otras unidades culturales que pertenecen al
mismo campo semántico, sino que, además, está envuelta en una especie
de cadena compuesta por referencias continuas a otras unidades que
pertenecen a campos semánticos completamente diferentes, por lo que una
unidad cultural no es sólo algo que se opone a algo, sino algo que representa
algo diferente, es decir, un signo (Eco, 1973). Esta primera
consideración implica que la investigación semiótica se extienda más
allá de las materialidades verbales hacia unidades culturales más
diversas, cuya particularidad específica es que su posición es producto
de sus relaciones. El punto central es comprender que estas unidades
culturales no son independientes, sino dependientes de sus relaciones
con otras unidades.
Lo anterior lleva a Eco a plantear una
primera condición de la cultura, a saber, “la cultura surge sólo
cuando: a) un ser racional establece la nueva función de un objeto, b)
lo designa como el «objeto» x, que realiza la función y, c) al ver al día siguiente el mismo objeto lo reconoce como el objeto, cuyo nombre es x y que realiza la función y”
(Eco, 1973:108). Éste es precisamente el origen de las primeras
hipótesis aquí anotadas, al suponer que dentro de la cultura cualquier
entidad se convierte en un fenómeno semiótico, por lo que las leyes de
la comunicación se convierten en las leyes de la cultura. Así, la
cultura puede estudiarse por completo desde un punto de vista semiótico
y a su vez la semiótica es una disciplina que debe ocuparse de la
totalidad de la vida social. Éste es el contexto de la emergencia del
modelo comunicativo de Eco, el cual había sido bosquejado en el marco
de la propuesta de una teoría semiótica y de la cultura a finales de
los años sesenta, específicamente en 1968 con la publicación de La estructura ausente.
Sin bien el mismo Eco reconoce algunos problemas de esta primera obra,
la cual será completada más tarde, en 1976, con la publicación del Tratado de semiótica general3,
el lugar de la comunicación y la fundamentación semiótico-cultural de
esta primera propuesta permanece aún en los trabajos posteriores de
Eco. De esta forma, siguiendo la idea de la existencia de un campo
semiótico, Eco propone su propio modelo semiótico bajo una hipótesis,
la cual asumía la necesidad de estudiar la cultura como comunicación;
así, la semiótica debía de comenzar con sus indagaciones y
razonamientos con un panorama general de la cultura semiótica, es
decir, de todos aquellos metalenguajes que intentan explicar y dar
cuenta de la gran variedad de lenguajes a través de los cuales se
construye la cultura.
La afirmación sobre el estudio de la cultura como sistemas de
comunicación es una hipótesis que Eco recuperará para su propuesta
posterior (Eco, 2000). El principio de acción era uno que permitiera
perfilar el ámbito de la investigación semiótica en el futuro y, sobre
todo, el establecimiento de un método unificado para enfrentar
fenómenos en apariencia muy distintos y, hasta ese momento,
irreductibles. En palabras de Eco, “si la operación tiene éxito,
nuestro modelo semiótico habrá conseguido mantener la complejidad del
campo confiriéndole una estructura, y por lo tanto, transformando el
campo en sistema.
Como es obvio, si los elementos del campo tenían una existencia
«objetiva» […], la estructura del campo como sistema se ha de
considerar como la hipótesis operativa, la red metodológica
que hemos echado sobre la multiplicidad de fenómenos para hablar de
ellos” (Eco, 1999a:10). Sin embargo, esta idea de «estructura»4
corresponde directamente a un contexto sociohistórico fuertemente
influenciado por las nociones del estructuralismo. De hecho el mismo
Eco reconoce la importancia del trabajo de Claude Levi-Strauss de quien
toma algunas ideas (Eco, 2000 y 1999a). Pero más importante aún es la
noción misma de estructura y su relación posterior con la
estaticidad de los sistemas, pues en ello puede estar la clave del por
qué de la «instrumentalización» de la semiótica en el campo de estudio
de la comunicación. Aquí, el punto fundamental a reconocer es que, como
afirma el mismo Eco, dicha estructura
[…] se
aplica por deducción, sin pretender que sea la «estructura real del
campo». Por ello, considerarla como estructura objetiva del campo es un
error con el que el razonamiento, en lugar de abrirse, se presenta ya
terminado […] Una investigación semiótica solamente tiene sentido si la
estructura del campo semiótico es asumida como una entidad imprecisa
que el método se propone aclarar […] No tiene sentido si la estructura,
establecida por deducción, se considera «verdadera», «objetiva» y
«definitiva». En tal caso la semiótica como investigación, como método,
como disciplina adquiere tres caracteres negativos: a) está terminada en el mismo momento en que nace; b) es un razonamiento que excluye todos los razonamientos sucesivos y pretende ser absoluto; c)
no es ni un método de aproximación continuo de un campo disciplinario
ni una disciplina científica, sino una filosofía, en el sentido
denigrante del término […], una semiótica que tenga estos caracteres ni
siquiera es una filosofía (en el sentido que daban a estos términos
los filósofos griegos): es una ideología, en el sentido que le da la
tradición marxista (Eco, 1999a:10-11).
Lo
anterior sugiere, por principio, una estructura abierta cuya
visualización se encuentra determinada por el método de acercamiento a
ella, por lo que la distinción entre la entidad empírica y la dimensión
teórica de su estudio es clave para el análisis semiótico. Sin embargo,
esto parece haber sido ignorado por una gran cantidad de estudios que
suponen un fundamento semiótico, pues lo que hacen es un movimiento
inverso, la comprobación de un modelo teórico que suponen “verdadero”,
“definitivo” u “objetivo” sobre cualquier fenómeno empírico del mundo
social. La consecuencia es que el modelo permanece siempre igual y la
estructura social siempre inmóvil, el modelo es entonces una
instrumentalización con rasgos de ideología. Sin embargo, la misma cita
sugiere una contradicción, pues si bien la deducción que se hace sobre
el mundo empírico no es la estructura real del campo, de cualquier
forma, el método semiótico pretende estructurar de alguna manera al
campo perceptivo. Ésta es una deuda pendiente del pensamiento
positivista y el pensamiento newtoniano. El punto es que, si bien Eco
reconoce la complejidad y diacronicidad del mundo fenoménico (en su
caso concreto de la cultura), su modelo aún conserva reminiscencias de
la búsqueda de las leyes últimas de la organización semiótica, de la
organización de la cultura sobre la base de la comunicación. Sin
embargo, la advertencia que hacía Eco en los años sesenta no parece
haber sido tomada muy en serio.
Recuperando lo ya dicho, para Eco todos los procesos culturales pueden
(y deben) ser estudiados como procesos comunicativos, procesos que a su
vez subsisten sólo porque debajo de ellos existen procesos de
significación que los hacen posibles. De esta forma, “si todos los
procesos de comunicación se apoyan en un sistema de significación, será
necesario describir la estructura elemental de la comunicación para ver
si eso ocurre también a ese nivel” (Eco, 2000:57). Lo anterior sugiere
la necesidad de establecer una clara distinción entre los procesos de
información, los de significación y los de comunicación, para lo cual
la clave parece estar en el contexto y en la presencia de un sujeto activo.
Según Eco (2000), aunque todas las relaciones de significación
representan convenciones culturales, aún así podrían existir procesos
de comunicación en que parezca ausente toda convención significante,
casos en el que se produzca un mero paso de estímulos o señales como en
el paso de la información entre aparatos mecánicos. Por lo tanto, la
ausencia de convención significante sugiere la presencia de un proceso
informativo y la presencia de ella un proceso comunicativo. Por su
parte, el proceso de significación sólo puede aparecer bajo un contexto
cultural, con la presencia de una convención significante y un sujeto o
agente que actualice la convención social, es decir, que sea capaz de
atribuirle un significado a la información percibida, que sea capaz de interpretar el código
del sistema semiótico. Sin embargo, la cuestión no es tan simple, dado
que en un mismo proceso perceptivo es posible identificar tanto un
proceso de información como uno de comunicación y de significación,
dado que el tercero tiene como condición mínima la existencia de los
otros dos y el segundo la existencia del primero. En esta primera
aproximación lo importante es el punto de vista del observador, dado
que lo que plantea problemas a una teoría de los signos es precisamente
lo que ocurre antes de que un ojo humano fije su vista sobre un
fenómeno sígnico.
Antes de continuar es importante recordar que la semiótica que Eco
concibió era aquella que se ocupara de “cualquier cosa que pueda
CONSIDERARSE como signo. Signo es cualquier cosa que pueda considerarse
como substituto significante de cualquier otra cosa. Esa cualquier otra
cosa no debe necesariamente existir ni debe substituir de hecho en el
momento en que el signo la represente” (Eco, 2000:22). De esta forma,
la existencia de un sustituto significante de otra cosa, requiere de un
sujeto para el que esa cosa sea significante no por sí misma, sino por
la cualidad de representación
que posee; por lo tanto, el punto de partida de un proceso de
significación es el resultado final de un proceso de comunicación en
donde se ha semiotizado alguna parte del mundo fenoménico. El proceso
de comunicación sugiere, por tanto, la semiotización de la cultura, su
separación en rasgos pertinentes, su separación en signos y textos
semióticos. Es por esto que la cultura, para Eco, divide todo el campo
de la experiencia humana en sistemas de rasgos pertinentes. Así, las
unidades culturales, en su calidad de unidades semánticas, no son sólo objetos, sino también medios de significación y, en ese sentido, están rodeadas por una teoría general de la significación.
Como se puede observar, la comunicación en Umberto Eco tiene como
condición previa a la información pero se encuentra subordinada a los
procesos de significación. De esta forma, en el modelo semiótico de la
cultura de Eco, la comunicación es condición necesaria de los procesos
de significación, mismos que requieren de un punto de vista del sujeto
observador cuya competencia semiótica le permita identificar algo como
signo (representación) y atribuirle un determinado significado de
acuerdo con convenciones sociales establecidas (código). La función de
la comunicación supone un efecto de «mediación» entre un estímulo
(información) y su significación, además de implicar un proceso de
semiotización del mundo fenoménico, la conversión de los estímulos y
señales en signos reconocibles como tal. Lo anterior convierte a la
cultura en un elemento de configuración, a la comunicación en un
proceso de semiotización del mundo fenoménico y a la significación en
la cualidad distintiva de todo proceso semiótico.
Como se puede observar, la cultura y la comunicación en la propuesta de
Eco tienen una configuración particular que implica procesos de
significación, sistemas codiciales y un sujeto observador, un sujeto
para quien el mundo fenoménico se segmenta en rasgos semióticos
pertinentes, en signos o textos semióticos. Sin embargo, lo que sigue a
continuación es la exploración de una posición diferente, una que va a
transformar a la comunicación y la cultura de la que habla Eco a través
de una configuración sistémica. Es la propuesta de Iuri M. Lotman, la
cual se desarrolla a continuación.
Cultura y comunicación: la incursión sistémica de Iuri M. Lotman
Si
bien ya se ha desarrollado muy sintéticamente algunas nociones
generales sobre comunicación y cultura en Umberto Eco, es importante
ahora contrastarlas con las propuesta de Iuri M. Lotman para comprender
como es que, pese a que ambos programas se plantean como una síntesis
semiótica de lo propuesto por C. S. Peirce y Ferdinad de Saussure, en
realidad siguen caminos diferentes. En este sentido, una de las bases
del sistema conceptual de Lotman es su crítica a la centralidad del
signo en Peirce y a la centralidad de la dicotomía lengua/habla en
Saussure, al argumentar que la genealogía periceana tomó como base del
análisis el signo aislado, por lo que todos los fenómenos semióticos
siguientes fueron considerados como secuencias de signos. Por su parte,
en la genealogía saussureana observó una tendencia a considerar el acto
comunicacional aislado (intercambio de mensajes entre emisores y
receptores) como el elemento primario y el modelo de todo acto
semiótico, lo cual tuvo dos consecuencias importantes. Primero, que los
intercambios individuales de signos comenzaran a ser considerados como
el modelo de la lengua natural y los modelos de las lenguas naturales
como modelos semióticos universales. La segunda consecuencia tiene que
ver con una forma de construcción de conocimiento, dado que el enfoque
que ponía al centro al signo respondía a una reconocida regla del
pensamiento científico: proceder de lo simple a lo complejo. El peligro
de tal procedimiento, como el mismo Lotman (1996) lo reconoció, es el
hecho de que la conveniencia heurística (la comodidad del análisis)
empieza a ser percibida como una propiedad ontológica del objeto, al
que se le atribuye una estructura que asciende de los elementos con
carácter de átomos, simples y claramente perfilados, a la gradual
complicación de los mismos. El objeto se reduce a una suma de objetos
simples. Sin embargo, lo que Lotman suponía es que
[…] no existen por sí solos en forma aislada sistemas precisos y
funcionalmente unívocos que funcionen realmente. La separación de éstos
está condicionada únicamente por una necesidad heurística. Tomado por
separado, ninguno de ellos tiene, en realidad, capacidad de trabajar.
Sólo funcionan estando sumergidos en un continuum
semiótico completamente ocupado por formaciones semióticas de diversos
tipos y que se hallan en diversos niveles de organización. A ese continuum, por analogía con el concepto de biosfera5 introducido por V. I. Vernadski, lo llamamos semiosfera (Lotman, 1996:22).
La introducción del concepto de semiosfera en analogía al concepto de biosfera utilizado por Vernadski implica, por principio, detenerse en la naturaleza del segundo para poder entender al primero. En este sentido, Vernadski definió a la biosfera como un espacio completamente ocupado por la materia viva, es decir, por un conjunto de organismos vivos; sin embargo, esta primera definición sugiere un pensamiento similar al que Lotman criticaba del camino de lo simple a lo complejo, dado que se sugiere la importancia de cada organismo, cuya agrupación formaría la biosfera. Pero la realidad es diferente, dado que, según Vernadski, la biosfera tiene un carácter primario con respecto al organismo aislado, es decir, la materia viva es considerada como una unidad orgánica pero la diversidad de su organización interna retrocede a un segundo plano ante la unidad de la función cósmica de la biosfera. De esta manera, “la biosfera tiene una estructura completamente definida, que determina todo lo que ocurre en ella, sin excepción alguna […] El hombre, como se observa en la naturaleza, así como todos los organismos vivos, como todo ser vivo, es una función de la biosfera, en un determinado espacio-tiempo de ésta” (Vernadski en Lotman, 1996:23). Por lo tanto, la primera cualidad de la semiosfera será su carácter abstracto y su consideración como mecanismo único en donde no resulta importante uno u otro elemento, sino todo el gran sistema.
La cualidad contextual de la semiosfera es un primer elemento de su caracterización, pero más importante son sus cualidades estructurantes intrínsecas, dado que la existencia misma de la semiosfera implica un espacio dentro y un espacio fuera de ella y, por lo tanto, un límite de su propia capacidad de organización. En el primer caso estaríamos hablando de un espacio sistémico y uno extrasistémico y en el segundo de una frontera, de lo cual se infiere que la semiosfera tiene un carácter «delimitado». Pero la delimitación no cierra el sistema, sino que lo hace reconocible, lo ordena y configura simultáneamente el espacio extrasistémico; por lo tanto, la función de la frontera es precisamente vincular lo sistémico y lo extrasistémico, pues una parte de ella se encuentra dentro y una parte fuera de la semiosfera. En este sentido, una primera definición de la frontera la entiende como “la suma de los traductores-«filtros» bilingües pasando a través de los cuales un texto se traduce a otro lenguaje (o lenguajes) que se halla fuera de la semosfera dada” (Lotman, 1998:24). Lo anterior supone que la frontera no está en contacto directo con los textos no semióticos o con los no-textos, sino que para que éstos puedan entrar en contacto con ella tienen que pasar por dichos filtros para ser traducidos al lenguaje de la semiosfera o para convertir los textos no-semióticos en textos semióticos. La frontera delimita a la semiosfera al tiempo que le permite incorporar material extrasistémico a la órbita de la sistematicidad, o bien, expulsar algunos elementos del espacio sistémico al extrasistémico.
Esta primera definición de lo dentro y lo fuera de un sistema es uno de los problemas centrales para Lotman, dado que considera que “las cuestiones fundamentales de todo sistema semiótico son, en primer lugar, la relación del sistema con el extrasistema, con el mundo que se extiende más allá de sus límites y, en segundo lugar, la relación entre estática y dinámica. Esta última cuestión podría ser formulada así: de qué manera un sistema puede desarrollarse permaneciendo él mismo (Lotman, 1999:11). Esta idea es clave para entender cómo es que la semiosfera se configura, pero sobre todo, para entender por qué los elementos que la integran funcionan de la forma que lo hacen, por lo que un elemento fundamental es precisamente la frontera, pues como el mismo Lotman afirma, hay que tener en cuenta “que si desde el punto de vista de un mecanismo inmanente, la frontera une dos esferas de la semiosis, desde la posición de la autoconciencia semiótica (la autodescripción en un metanivel) de la semiosfera dada, las separa. Tomar conciencia de sí mismo en el sentido semiótico-cultural, significa tomar conciencia de la propia especificidad, de la propia contraposición a otras esferas. Esto hace acentuar el carácter absoluto de la línea con que la esfera dada está contorneada” (Lotman, 1996:28). Por lo tanto, la frontera funciona también como un elemento de organización y estructuración semiótica, dado que no sólo permite organizar el espacio dentro y el espacio fuera de ella, sino que al hacerlo establece los elementos de la semiosis que se relacionan en un contexto determinado. Así, como afirma el mismo Lotman, la valoración de los espacios interior y exterior no es significativa, “significativo es el hecho mismo de la presencia de la frontera”(Lotman, 1996:29). Lo anterior supone la existencia a priori de una frontera semiótica que define una semiosfera dada, pero ¿qué define a la frontera y el tamaño o cualidad de la semiosfera? Éste es el elemento que convierte un modelo formal en una práctica social (o de investigación) y que determina tanto la dinámica como la estática del sistema semiótico, dado que, “de la posición de un observador depende por dónde pasa la frontera de una cultura dada” (Lotman, 1996:29).
Si
bien la posición del observador define el lugar de la frontera de una
cultura, es la dinámica misma de la descripción de los elementos de la
semiosfera los que vuelven dinámica una estructura. La no homogeneidad
estructural del espacio semiótico forma reservas de procesos dinámicos
y es uno de los mecanismo de producción de nueva información dentro de
la esfera, sin embargo, “la creación de autodesripciones
metaestructurales (gramáticas) es un factor que aumenta bruscamente la
rigidez de la estructura y hace más lento el desarrollo de ésta”
(Lotman, 1996:30). Lo anterior hace surgir una primera relación de
pares correlacionales y de orden estructural, es decir, núcleo y periferia.
Así, una autodescripción no sólo vuelve más rígida a la estructura del
sistema, sino que mueve algunos elementos al centro del sistema y
algunos más a la periferia del mismo. Este movimiento es una ley de la
organización interna de la semiosfera y permite identificar aquellos
elementos que culturalmente funcionan y organizan el centro del sistema
y aquellos que se encuentran en la periferia en un espacio-tiempo
determinado, pero permite al mismo tiempo identificar el movimiento de
nuevos elementos al centro de la organización y el desplazamiento de
algunos otros de centro a periferia en otro tiempo-espacio determinado
de una misma cultura. Es la posibilidad de hacer operacionalizable y
observable la dinámica del sistema semiótico.
Por otro lado, la
semiosfera (no sólo como metáfora extendida) posee las cualidades
sistémicas de la biosfera y de los órganos de los organismos vivos,
dado que todo recorte de una estructura semiótica o todo texto aislado
conserva los mecanismos de reconstrucción de todo el sistema, es decir,
“las partes no entran en el todo como detalles mecánicos, sino como
órganos en un organismo. Una particularidad esencial de la construcción
estructural de los mecanismos nucleares de la semiosfera es que cada
parte de ésta representa, ella misma, un todo cerrado en su
interdependencia estructural” (Lotman, 1996:31-32). Por otro lado, es
importante hacer notar que, pese a que algunos elementos de los que se
ha dado cuenta aquí pertenecen a la propuesta específica de la
semiosfera presentada por Lotman en los años ochenta6,
algunos elementos fundamentales de la estructura de todo sistema
semiótico, así como de su dinámica, ya habían sido presentados diez
años antes7.
Si bien estos elementos no aparecían explícitamente bajo la
configuración de la semiosfera, en realidad pueden (y deben) ser
extendibles a la propuesta sistémica posterior.
En el trabajo previo al que se hace alusión, Lotman había propuesto ya Un modelo dinámico del sistema semiótico (Lotman, 1998), contraviniendo la idea de la equiparación del concepto de sincronía de Saussure al de estática,
al considerar que la sincronía es en realidad un procedimiento
científico auxiliar y no un modo específico de existencia. Es por esto
que cabe suponer que la estaticidad que sigue sintiéndose en toda una
serie de descripciones semióticas no es un resultado de la
insuficiencia de los esfuerzos de tal o cual científico, sino que
deriva de algunas particularidades especiales del método de
descripción. “Sin un análisis meticuloso de por qué el hecho mismo de
la descripción convierte un objeto dinámico en un modelo estático, y
sin la introducción de los correspondientes correctivos en la metódica
del análisis científico, la aspiración a construir modelos dinámicos
puede quedarse en el terreno de los buenos deseos” (Lotman, 1998:65).
El problema que veía Lotman es que en el proceso de la descripción
estructural el objeto no sólo se simplifica, sino que también se
organiza adicionalmente, se vuelve más rigurosamente organizado de lo
que es en realidad. “La descripción será inevitablemente más ordenada
que el objeto” (Lotman, 1998:67).
Con base en lo anterior, Lotman propone la dinámica
del sistema semiótico basada en seis pares de conceptos que funcionan
como elementos correlacionales, es decir, establecen relaciones que
estructuran al sistema semiótico. Los pares sistémico/extrasistémico,
unívoco/ambivalente, núcleo/periferia, descrito/no descrito,
necesario/superfluo y modelo dinámico/lenguaje poético establecen,
por tanto, el comportamiento y la posible configuración de los
elementos que intervengan en un fenómeno semiótico determinado. Aunque
no se realizará una revisión profunda de cada uno8,
es importante recobrar algunas nociones generales sobre su
configuración y sus relaciones, dado que es en su relación que rompen
finalmente con la estaticidad de los sistemas semióticos y, por ende,
proponen un modelo de análisis para la semiótica que involucra la
dinámica misma de los sistemas, al tiempo de poner al centro de la
discusión un elemento central, la cultura.
El par sistémico/extrasistémico, del cual ya se ha hecho mención
anteriormente, hace explícita una de las principales dificultades de
los sistemas semióticos: debido a que “una de las fuentes fundamentales
del dinamismo de las estructuras semióticas es el constante arrastre de
elementos extrasistémicos a la órbita de la sistematicidad y la
simultánea expulsión de lo sistémico al dominio de la extrasistemicidad
[…] porque cualquier diferencia algo estable y sensible en el material
extrasistémico puede hacerse estructural en la siguiente etapa del
proceso dinámico” (Lotman, 1998:67), las dimensiones sistémica y
extrasistémica se convierten en funciones interdependientes. El vínculo
entre ambas no se da a razón de causa-efecto o de oposición constante,
sino que se da en relación mutua de interdependencia e interrelación.
Las posibilidades de entender algo como extrasistémico tienden a
guiarse de acuerdo con: a) la utilización de metalenguajes, es decir,
autodescripciones del propio sistema; b) al concepto de inexistencia o
inexistente; y c) a lo alosemiótico o perteneciente a otro sistema
semiótico. En el primer caso, el problema de la utilización de
metalenguajes es que la autodescripción de un sistema aumenta
simultáneamente su grado de organización, el cual viene acompañado de
un estrechamiento del propio sistema, hasta el caso extremo en que el
metasistema se vuelve tan rígido que casi deja de intersecarse con los
sistemas semióticos reales que él pretende describir. “Sin embargo,
también en esos caso él sigue teniendo la autoridad de la «corrección»
y de la «existencia real», mientras que los estratos reales de la
semiosis social en estas condiciones pasan completamente al dominio de
lo «incorrecto» y lo «inexistente»” (Lotman, 1998:68).
De esta manera, la inexistencia o lo inexistente pertenece propiamente
al espacio extrasistémico como un indicador negativo de los rasgos
estructurales del sistema mismo. Así, al describir los elementos
sistémicos se estará implícitamente describiendo los elementos
extrasistémicos, por lo tanto el mundo de lo extrasistémico se presenta
como el sistema invertido, la transformación simétrica del mismo.
Finalmente, lo extrasistémico puede ser alosemiótico, es decir,
perteneciente a otro sistema. Bajo estas tres premisas, se configura
sustancialmente un grado de oposiciones que funcionan como reglas
implícitas del sistema semiótico y que proporcionan la primera noción
de «orden». Algo que esté funcionando como explicación del mismo
sistema, lo inexistente o lo alosemiótico, no puede pertenecer a ese
espacio semiótico y tiene que ser transferido a lo extrasistémico, esto
implica a su vez, que determinados elementos se encuentren en el núcleo o más próximos a la periferia
en un determinado sistema semiótico. Pero, al igual que en los pares
sistémico/extrasistémico, los elementos pueden modificar su posición de
núcleo a periferia o viceversa. En consecuencia, lo unívoco y lo ambivalente
funcionan como pares de orden estructural, es decir, de acuerdo a la
lógica del momento temporal del discurso y a su función de “veracidad”.
Así pues,
“[…] señalaremos solamente que el aumento de la ambivalencia interna
corresponde al momento del paso del sistema a un estado dinámico, en el
curso del cual la indefinición se redistribuye estructuralmente y
recibe, ya en el marco de una nueva organización, un nuevo sentido
unívoco. Así pues, el aumento de la univocidad interna de un sistema
semiótico puede ser considerado como una intensificación de las
tendencias homeostáticas, y el aumento de la ambivalencia, como un
indicador del acercamiento del momento del salto dinámico” (Lotman,
1998:75).
Por su parte el par descrito/no descrito,
implica el aumento del grado de organización de un sistema al tiempo
que diminuye su dinamismo en el momento de la descripción o la
autodescripción. Pero la descripción determina igualmente al par necesario/superfluo,
el cual está ligado a la operación de separar lo necesario, lo que
funciona –aquello sin lo cual el sistema en su estado sincrónico no
podría existir– de los elementos y nexos que desde la estática parecen
superfluos (Lotman, 1998). Finalmente, en el par modelo dinámico y lenguaje poético, se
encarna una consideración de suma importancia. Mientras el primero se
relaciona con mayor plenitud a las lenguas artificiales del tipo más
simple, el segundo recibe una realización máxima en los lenguajes del
arte, lo que define a su vez, dos tipos de sistemas semióticos, los
orientados a la transmisión de información primaria y los orientados a
la transmisión de información secundaria, pero mientras los primeros
pueden funcionar de manera estática, para los segundos la presencia de
la dinámica es una condición necesaria de su funcionamiento. Así, “en
los primeros no hay una necesidad de un entorno extrasistémico que
desempeñe el papel de reserva dinámica, mientras que para los segundos
esta es una condición indispensable. De esta forma, al contraponer dos
tipos de sistemas semióticos, es preciso evitar la absolutización de
esa antítesis. Más bien deberá de hablarse de dos polos ideales que se
hallan en complejas relaciones de interacción. En la tensión
estructural entre esos dos polos se desarrolla un único y complejo todo
semiótico: la cultura” (Lotman, 1998:80). Es en base a la dinámica
misma del sistema y a los elementos que se organizan en su interior que
es posible convertir el elemento contextual, la cultura, en un concepto
de estructuración. Sin embargo, la dinámica misma del sistema sólo
puede ser comprobada en su dimensión de acción práctica, en la producción de nuevos textos en el sistema de la cultura, es decir, en los procesos de comunicación.
En la teoría de Lotman acerca de la cultura, además del sistema
modelizante que ya se ha expuesto, es fundamental la noción de memoria,
la cual debe interpretarse en el sentido que se le da en la teoría de
la información y en cibernética, es decir, la facultad que poseen
determinados sistemas de conservar y acumular información. Es por esto
que insiste en que la cultura es “información no genética, memoria
común de la humanidad o de colectivos más restringidos nacionales o
sociales, memoria no hereditaria de la colectividad. Así, la cultura como memoria no hereditaria supone otras dos características de importancia: la organización sistémica
(esta memoria es un sistema: toda cultura necesita además, unas
fronteras sistémicas; se define sobre el fondo de la no-cultura), y la dimensión comunicacional (cada cultura construye un sistema de comunicación). Una cultura es, pues, memoria, sistema, organización sistémica y comunicación”. (Marafioti, 2005:65). Con
base en lo anterior se puede inferir que la cultura se ha transformado
y ha pasado de ser una categoría espacial, a un concepto de estructuración. En palabras de Lotman, “el trabajo
fundamental de la cultura […] consiste en organizar estructuralmente el
mundo que rodea al hombre. La cultura es una generadora de
estructuralidad; es así como crea alrededor del hombre una socio esfera
que, al igual que la biosfera, hace posible la vida, no orgánica
obviamente, sino de relación” (Lotman en Marafioti, 2005:65-66). Este
elemento estructurador es para Lotman el lenguaje natural (sistema
modelizante primario), es decir, un modelo que va delimitando la
realidad y que se encuentra en el centro de la cultura funcionando como
elemento de estructuralidad, puesto que define implícitamente las
reglas (o códigos) de los signos que se encontraran dentro o fuera del
sistema (social). Por lo tanto, los textos semióticos (cualquier
elemento cultural) no sólo intervienen en los diferentes procesos
comunicativos, sino que los estructura tácitamente.
El modelo de Lotman, al enmarcar los procesos semióticos y
comunicativos en un contexto cultural, permite construir un primer
elemento clave de la relación entre los elementos sistémicos ya
descritos: su mutua implicación.
Ya sea una semiótica literaria o textual, una semiótica musical, una
semiótica del gusto o visual, de las pasiones, etcétera (lo que
implicaría necesariamente la dimensión del sistema cultural humano), la
comunicación y la cultura funcionan como elementos de estructuración.
Una semiótica de la comunicación implicaría entonces un estudio
semiótico sobre la comunicación y sus procesos, no un punto de vista
comunicativo con perspectiva semiótica. La comunicación, siendo un
elemento de articulación en la teoría semiótica, permite un análisis de
los procesos de producción de sentido en «todos» los niveles de la
estructura social y las manifestaciones culturales, es decir, de todo
aquello que funcione como signo, como texto o como función semiótica,
por lo que se expande al análisis literario, histórico, urbano, de los
medios masivos de información, de las nuevas tecnologías, de la música
o del arte. En síntesis, se extiende a todo lo que tenga que ver con la
producción de sentido en general. La dimensión cultural no es entonces
un concepto periférico, sino un concepto performativo, su importancia
va más allá de la dimensión espacial de la comunicación, es un concepto
que interviene decisivamente en la construcción teórica en general y en
la contrucción de lo social en particular. Pero ¿qué fue lo que pasó
con estos programas, qué pasó con ellos en el marco de los estudios de
la comunicación? Sobre este punto se desarrollan las siguientes líneas.
La semiótica y los estudios de la comunicación: algunos malentendidos conceptuales
Parte
de la historia del campo de estudio de la comunicación es su relación
con otros campos conceptuales de los que comienza a importar principios
constructivos, los cuales van a ser más tarde principios
epistemológicos. Por lo tanto, parte de esa historia es su relación con
la Semiótica, la cual se establece en un primer momento como una fuente
metodológica en los años sesenta a raíz de los trabajos de Algirdas
Julien Greimas sobre la semiótica narrativa y principalmente con los
trabajos de Umberto Eco en Italia, específicamente con aquellos
trabajos que tenían que ver con la concepción de la cultura de masas,
tema que interesó e interesa de forma relevante al campo académico de
la comunicación. Sin embargo, es importante resaltar que los trabajos a
los que se hace referencia no son trabajos académicos, sino trabajos
periodísticos publicados por Umberto Eco en los años sesenta y setenta
en revistas y periódicos (Eco, 2004 y 1999c). Este primer elemento
determinó desde entonces la forma en que los estudios de la
comunicación han volteado a ver a la semiótica, dado que se ha visto en
ella la herramienta perfecta para el estudio de los mensajes mediáticos
y es así como se le muestra en algunos de los manuales u obras que
plantean las diferentes líneas de estudio que se han generado en el
campo académico de la comunicación (Fiske, 1984; McQuail, 1991; Wolf,
1987). Por otro lado, es importante resaltar que al incorporar los
trabajos periodísticos de Eco se perdió gran parte de la fundamentación
propiamente semiótica, es decir, la fundamentación de la comunicación y
la cultura que se han descrito en los apartados anteriores.
De esta forma, las primeras intersecciones del estudio de la
comunicación con el campo semiótico en los años setenta adquieren una
primera característica distintiva: la incorporación de modelos
estáticos a los que se les atribuye a priori
propiedades de legalidad (veracidad). Ésta es una relación que
configuró y parece configurar hasta nuestros días la relación
Comunicación-Semiótica: la instrumentalización conceptual y la
desaparición de la estructura de los modelos semióticos. Ambos efectos
sugieren la virtual desaparición de la matriz semiótica en los estudios
de la comunicación, por lo que la pregunta sigue siendo ¿qué es lo que
tenemos hoy en día en el campo de estudio de la comunicación? Si bien
la pregunta por la presencia de la semiótica plantea problemáticas
interesantes, el punto sobre el que aquí se llama la atención no es
propiamente por la presencia, sino por las consecuencias de la
relación, sobre todo, las consecuencias teóricas que ha tenido la
incorporación de algunos programas semióticos para los estudios de la
comunicación, dado que lo que aquí se sostiene es que ha prevalecido
una confusión a nivel conceptual estrechamente ligada a los objetos de
estudio. Comunicación y cultura son dos conceptos compartidos, tanto
por la semiótica como por los estudios de la comunicación, sin embargo,
ambos espacios no sólo hablan de cosas diferentes, sino que las
construyen de manera diferente.
Para algunos autores, la
semiótica comenzó considerándose precisamente como la «ciencia de la
comunicación»9,
lo que la llevó a producir sus propios modelos sobre la comunicación y
a construir una compleja tipología de la cultura, pero al plantear como
uno de sus ejes centrales a la comunicación, estaba implícitamente
construyendo un puente con otras ciencias que de alguna manera también
trabajaban con el objeto comunicación, como la Biología, la Física, la
Psicología y, por supuesto, con los Estudios de la Comunicación. El
vínculo es entonces la reflexión sobre el objeto comunicación
de la que devienen modelos explicativos, tanto de la semiótica como de
los estudios de la comunicación, sin embargo, en el proceso de
intercambio conceptual, los estudios de la comunicación han tendido a
ignorar las particularidades de la semiótica al importar conceptos
aislados de sus contextos teóricos de enunciación, lo que ha tenido
como consecuencia principal, investigaciones donde se mezclan autores,
teorías y conceptos que la semiótica mantiene, por criterios
epistemológicos, separados. Por ejemplo, al incorporar el concepto de
«cultura» o la conceptualización de la «comunicación» del dominio
semiótico, los estudios de la comunicación han tendido a ignorar las
particularidades constructivas de los sistemas conceptuales de donde
los extraen. Cultura y comunicación quedan entonces fuera del marco
estructural o fuera del marco sistémico y privados de la relación que
establecen con otros conceptos para definir su propia carga conceptual
como ha sido descrito en los apartados anteriores. Así, la comunicación
aparece ligada a la fórmula del emisor, el mensaje y el receptor y no
ligada, por ejemplo, al dominio de la semiosfera y sus elementos
intrínsecos como es el caso de Lotman. Por lo tanto, lo que se tiene en
el estudio de la comunicación son muchas veces términos y no conceptos, un conjunto de autores y no un principio teórico, lugares comunes y no una fundamentación semiótica.
En este punto, la clave de la diferenciación se encuentra en la base
comunicativa de ambos programas, dado que ambos han tomado como
fundamento preliminar para la definición de su «objeto comunicación» a
la teoría matemática de la información, sin embargo, el desarrollo
posterior sugiere que ambos han tomado dos caminos diferentes sobre la
base de una misma matriz conceptual, es decir, se ha propuesto una
conceptualización del objeto «comunicación» en el campo de estudio que
así se autonombra y otra conceptualización del objeto «comunicación»
desde la semiótica. De esta forma, pese a que ambas conceptualizaciones
tienen un mismo fundamento teórico, ambas han seguido rumbos distintos.
Esta hipótesis complejiza el primer apunte sobre la instrumentalización
de la teoría semiótica en el campo de estudio de la comunicación, dado
que sugiere un problema de otro orden. En el primer caso se apunta la
estaticidad de la estructura de los modelos semióticos y la
desaparición del sistema conceptual semiótico, pero en este segundo
caso de lo que se habla es de la confusión entre dos objetos de estudio distintos.
En esto radica precisamente la importancia de clarificar la
conceptualización que tanto Lotman como Eco han hecho sobre la
comunicación y la cultura, dado que implícitamente se tiene que
describir la finalidad de dicha conceptualización y su objeto de
estudio. La clave está en reconocer que, pese a que la comunicación y
la semiótica tienen como base a la teoría matemática de la información
para la construcción de su objeto «comunicación», ambas las han
conceptualizado de diferente manera. Como se ha mostrado, el objeto de
estudio de Iuri Lotman como el de Umberto Eco son los procesos de
semiosis y significación en un ámbito antroposemiótico específico: la
cultura, mientras que el interés por una teoría de la comunicación para
los estudios de la comunicación es la necesidad de explicar la
transmisión de mensajes. Así, en el primer caso la cultura emerge como
un elemento de configuración y estructuración social, mientras que en
el segundo como un elemento contextual.
De esta manera, lo que se ha mostrado en los apartados anteriores es
cómo la comunicación, desde la semiótica, funciona dinámica y
sistémicamente para estructurar y cohesionar a las sociedades a través
de dos cualidades fundamentales: su capacidad de producir significados compartidos y por ende, de construir sistemas sociales. Sin
embargo, estas dos cualidades no pueden ser entendidas si no es a
través de su relación con la dimensión sistémica de la cultura, un
concepto que no sólo funciona como categoría contextual, sino que
interviene tan fuertemente en los procesos comunicativos que tiene que
ser considerada como parte estructural de los procesos comunicativos en
general. Por otro lado, la cultura desde la perspectiva semiótica
descrita, construye escenarios y participa de la producción de
significados compartidos y por ende, determina fuertemente la
construcción del sistema social. En este punto la cultura no es sólo un
concepto constructor sino el signo de un proceso mucho más complejo
dado que es, como afirma el mismo Lotman, una generadora de
estructuralidad al crear alrededor del hombre una socio esfera que, al
igual que la biosfera, hace posible la vida, no orgánica obviamente,
sino de relación.
Por lo tanto, lo que aquí se ha mostrado es que los procesos de
construcción de lo social, desde el punto de vista semiótico, se mueven
en múltiples niveles y en múltiples dimensiones pero tienen como
condición mínima indispensable el incluir por lo menos tres de ellas:
la dimensión semiótica, la dimensión comunicativa y la dimensión
cultural. La relación que se establece entre semiótica, cultura y
comunicación, es una relación sumamente compleja que requiere una
análisis mucho mayor, sin embargo, lo aquí mostrado deja en claro que
la explicación de una requiere la inclusión del campo conceptual de las
otras dos, siendo la cultura el elemento de estructuración, la
comunicación el elemento de articulación y la semiótica el elemento
lógico y de posibilidad.
Con lo dicho hasta este punto es posible afirmar que los estudios de la
comunicación y la semiótica comparten a la «cultura» y a la
«comunicación» como palabras, como términos, pero no como conceptos y
mucho menos como principios explicativos. Por lo tanto, el reto que
enfrentan los estudios de la comunicación, si es que deciden incorporar
a su propio desarrollo teórico el punto de vista semiótico, y en
específico el punto de vista de la semiótica de la cultura; será el de
integrar sistemas conceptuales y no sólo conceptos aislados, lo cual es
una tarea que ya se ha venido desarrollando, pero de la que aún queda
mucho por decir y de lo que estas líneas apenas representan un apunte
sobre las posibilidades y retos a futuro.
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Notas:
1 Las nociones de sistema conceptual y de principio constructivo se encuentran estrechamente ligadas. Por principio, la idea de sistema(s) conceptual(es) que aquí se propone está basada en la propuesta de Mario Bunge (2004) para quien los objetos conceptuales o constructos
son una creación mental aunque no un objeto mental psíquico (tal como
una percepción, un recuerdo o una invención) de los que se distinguen
cuatro tipos: conceptos, proposiciones, contextos y teorías.
Para el mismo autor, los conceptos son los átomos conceptuales, las
unidades con las que se construyen las proposiciones, las cuales
satisfacen algún cálculo proposicional y que, por añadidura pueden ser
evaluados en lo que respecta a su grado de verdad, aún cuando de hecho
no se disponga aún de procedimientos para efectuar tal evaluación en
algunos casos. Por su parte, el contexto es un conjunto de
proposiciones formadas por conceptos con referentes comunes y, por lo
tanto, una teoría es un conjunto de proposiciones enlazadas lógicamente
entre sí y que poseen referentes en común (Bunge, 2004). Por lo tanto,
desde la posición que aquí se plantea, los conceptos pueden ser leídos
semióticamente, dado que están en lugar de algo más, no son meras
figuras retóricas, sino elementos que sustituyen a ideas, sensaciones,
nociones, colores, formas, etcétera, en síntesis, los conceptos son
signos y, a final de cuentas su poder estriba en su capacidad de
representar las ideas por las cuales los usamos. Así, si el concepto es
la unidad de pensamiento y es a la vez un signo, entonces un signo es
una unidad de pensamiento. Pensamos en signos. El mismo Peirce ya había
contemplado este hecho (Peirce, 1998, 1992 y 1955). Teniendo en cuenta
lo anterior, lo que aquí se plantea es que las teorías pueden ser
vistas como sistemas sígnicos o sistemas conceptuales, dado que son un
conjunto de signos (conceptos) con referentes en común (contextos) para
la especificación de un punto de vista sobre un fenómeno u objeto
determinado (teoría). De esta forma, lo que sucede en una teoría es que
los conceptos se vuelven “autorreferentes”, es decir, necesitan de
otros conceptos (signos) para especificar su “significado”, los cuales,
a su vez, remiten a otros signos y así sucesivamente. En un punto, un
determinado grupos de conceptos (signos) ya no necesita más signos para
definirse (definir su significado) y es entonces cuando el sistema conceptual se completa. Ahora bien, una vez completado el sistema, cada elemento que lo conforma se convierte en un elemento constructivo
del sistema conceptual y así, las relaciones que se establecen entre
los elementos constructivos son a lo que aquí se denomina principios constructivos del sistema conceptual.
2 Umberto Eco plantea tres límites de la teoría semiótica. Al primero lo llama el límite político. Este primer límite no se refiere a los límites de la teoría semiótica en su estudio de un objeto determinado sino a la intromisión de la teoría y campo semiótico a otros campos de reflexión. Los segundos, los límites naturales, se refieren en primer lugar al encuentro entre dos definiciones, la de Saussure y la de Peirce. Sin embargo, más allá del establecimiento de un límite a través de dos espacios conceptuales diferentes, la semiótica debía establecer sus propios límites en función de su propia fundamentación teórica. De esta forma, Eco plantea los umbrales de la semiótica: el umbral inferior y el umbral superior. Al primero lo constituyen una serie de signos naturales como el estímulo, la señal y la información física, es decir, esta determinado por a) fenómenos físicos que proceden de una fuente natural y b) comportamientos humanos emitidos inconscientemente por los emisores. Por su parte, el umbral superior sería el nivel más alto constituido por la cultura, entendida por Eco como un fenómeno semiótico. Parte así de tres fenómenos que son comúnmente aceptados en el concepto de cultura a) la producción y el uso de objetos que transforman la relación hombre-naturaleza, b) las relaciones de parentesco como núcleo primario de relaciones sociales interinstitucional izadas y, c) el intercambio de bienes económicos. Finalmente el tercer límite es el epistemológico, un tercer umbral que no depende de la definición de la semiótica, sino de la definición de la disciplina en función de la “pureza” teórica (Eco, 2000).
3 “Umberto Eco […] publica en 1976 el Tratado de Semiótica General (originalmente publicado en inglés bajo el nombre A Theory of Semiotics), en el que, además del estado actual de los estudios semióticos, se presentaban los umbrales de la semiótica y las tareas que ésta tenía todavía pendiente desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX. El Tratado de Semiótica General es en realidad el resultado de una larga lista de trabajos que Eco ya había publicado con anterioridad sobre semiótica, entre los cuales están La estructura ausente (Eco, 1968), La forma del contenido (Eco, 1971) y El signo (Eco, 1973). Pero el Tratado representa una sistematización de esos trabajos y un intento por mostrar un panorama actual de los alcances, problemáticas y tareas que la semiótica tendría que resolver. Y aunque el tratado ha sido replanteado en algunas de sus concepciones en trabajos posteriores como Los límites de la interpretación (Eco, 1992) o en Kant y el ornitorrinco (Eco, 1999), representa una obra indispensable en los estudios semióticos” (Vidales, 2008b:366-367).
4 “Ya hemos tratado por extenso en La estructura ausente el problema de si la estructura, así definida, debe considerarse como una realidad objetiva o una hipótesis operativa. Aquí conservamos las conclusiones de aquel examen y por lo tanto, siempre que el término /estructura/ aparezca […], debe entenderse como un modelo construido y ESTABLECIDO con el fin de homogeneizar diferentes fenómenos desde un punto de vista unificado. Es lícito suponer que, si esos modelos funcionan, reproducen de algún modo un orden objetivo de los hechos o un funcionamiento universal de la mente humana. Lo que deseamos evitar es la admisión preliminar de esa suposición enormemente fructífera como si fuera un principio metafísico” (Eco, 2000:69).
5 Es importante recuperar una advertencia que el mismo Lotman hace, pues desde su punto de vista “debemos prevenir contra la confusión del término de noosfera empleado por V. I. Vernadski y el concepto de semiosfera introducido por nosotros. La noosfera es una determinada etapa en el desarrollo de la biosfera, una etapa vinculada a la actividad racional del hombre. La biosfera de Vernadski es un mecanismo cósmico que ocupa un determinado lugar estructural en la unidad planetaria. Dispuesta sobre la superficie de nuestro planeta y abarcadora de todo el conjunto de la materia viva, la biosfera transforma la energía radiante del sol en energía química y física, dirigida a su vez a la transformación de la «conservadora» materia inerte de nuestro planeta. La noosfera se forma cuando en este proceso adquiere un papel dominante la razón del hombre” (Lotman, 1996:22).
6 El texto original apareció en 1984 bajo el título “Acerca de la semiosfera” según el apunte de Manuel Cáceres y Liubov N. Kiseliova sobre la bibliografía de Lotman. (Véase Cáceres y Kiseliova en Lotman, 2000:219-300).
7 El texto al que se hace referencia apareció en 1974 bajo el título “Un modelo dinámico del sistema semiótico” según el apunte de Manuel Cáceres y Liubov N. Kiseliova sobre la bibliografía de Lotman. (Véase Cáceres y Kiseliova en Lotman, 2000:219-300).
8 Para una revisión detallada de ellos véase Lotman, 1998.
9 Véase por ejemplo la introducción que hace Jorge Lozano al libro de Iuri Lotman (Lotman, 1999).
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