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de origen
Eduardo Galeano
El poder come miedo. Sin los demonios que crea, perdería sus fuentes de
justificación, impunidad y fortuna. Sus satanes –Bin Laden, Saddam
Hussein o los próximos que aparezcan– trabajan, en realidad, como
gallinas de los huevos de oro: ponen miedo. ¿Qué conviene enviarles?
¿Verdugos que los ejecuten o médicos que los cuiden?
El miedo distrae y desvía la atención. Si no fuera por los servicios
que presta, lo evidente quedaría en evidencia: en realidad, el poder se
mira al espejo y nos asusta contando lo que vio. Peligro, peligro,
grita el peligroso.
El patriotismo es un privilegio de los que mandan. Cuando lo ejercen
los mandados ¿se reduce a mero terrorismo? ¿Son terroristas y nada más
que eso, pongamos por caso, los actos de desesperación suicida de los
palestinos desalojados de su país y los ataques de la resistencia
nacional contra las fuerzas extranjeras que ocupan Irak?
El mundo patas arriba nombra al revés. El poder, enmascarado, niega el sentido común.
Si así no fuera, ¿podría caber alguna sombra de duda de que el actual
gobierno de Israel practica el terrorismo, el terrorismo de Estado, y
difunde la locura? A medida que ese gobierno devora más y más tierras y
más humillaciones inflige al pueblo palestino, más respuestas
criminales genera. Y esos atentados, que matan inocentes, le sirven de
pretexto para matar muchos más inocentes y para cometer cuantas
atrocidades se le ocurran.
Si algún resto de sentido común quedara en el mundo, resultaría
increíble que Ariel Sharon pueda hacer lo que está haciendo con
absoluta impunidad, como si fuera la cosa más normal: invade y
acribilla territorios ajenos; alza un muro que deja chico al de Berlín,
de triste memoria, para blindar lo que usurpa; anuncia públicamente que
asesinará a Yasser Arafat, un jefe de Estado democráticamente elegido
por su pueblo; y bombardea Siria, a sabiendas de que los Estados Unidos
vetarán, como de costumbre, cualquier condenación del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas.
Ocurre que en este mundo los países y las personas se cotizan en la Bolsa, y su valor depende de la geografía del poder.
¿Cuántos inocentes volaron en pedazos, sin comerla ni beberla, en la
última guerra de Irak? Los vencedores no han tenido tiempo para contar
a sus víctimas, civiles que existían y ya no existen, porque han estado
ocupados buscando las armas de destrucción masiva que no existían ni
existen.
No hay, pues, cifras oficiales. Los cálculos oficiosos más serios han
contado, sin embargo, no menos de siete mil setecientos muertos
civiles, muchos de ellos niños, mujeres y viejos. ¿Cuánto valen esas
vidas? En proporción a la población, la cantidad de iraquíes
destripados equivale a noventa y cuatro mil estadounidenses. ¿Qué
hubiera pasado si el país invasor hubiera sido el país invadido? Las
víctimas norteamericanas de semejante carnicería seguirían siendo el
tema perpetuo de los medios de comunicación masiva. Las víctimas
iraquíes no merecen, en cambio, nada más que silencio.
De sobra se sabe que el robo fue el único móvil de esta matanza,
cometida con premeditación y alevosía. Pero los asesinos en serie
siguen diciendo que hicieron lo que hicieron en defensa propia, y no
están presos ni arrepentidos. El crimen paga: desde las cumbres del
poder, ellos amenazan al mundo con nuevas hazañas, mintiendo peligros,
inventando enemigos, sembrando el pánico.
El presidente Bush adora citar el Apocalipsis, pero más práctico sería
que citara los noticieros, que son más actuales y dicen más o menos lo
mismo.
Aquel espeluznante texto bíblico, una profecía contada en tiempo
pasado, era más bien exagerado y se equivocaba en las cifras, pero hay
que reconocer que las noticias del mundo de hoy se le parecen bastante.
Decía el Apocalipsis: “Junto al gran río Eufrates fue exterminada la
tercera parte de los hombres por el fuego, el humo y el azufre”. Y
también decía: “La tercera parte de la tierra quedó abrasada, la
tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde quedó
abrasada. Pereció la tercera parte de las criaturas que tienen vida en
el mar. Mucha gente murió por las aguas de los ríos, que se habían
vuelto amargas”.
El autor, San Juan o quien haya sido, atribuía estas catástrofes a la
ira divina. El nunca había oído hablar de las bombas inteligentes, ni
del dióxido de carbono, ni de la lluvia ácida, ni de los pesticidas
químicos, ni de la basura radiactiva. Y no podía imaginar que la
sociedad de consumo y la tecnología de la devastación serían más
temibles que la cólera de Dios.
Bombas contra la gente, bombas contra la naturaleza. ¿Y las bombas de
dinero? ¿Qué sería de este modelo de mundo enemigo del mundo sin sus
guerras financieras?
En más de medio siglo de existencia, el Banco Mundial y el Fondo
Monetario Internacional han exterminado una cantidad de gente
infinitamente mayor que todas las organizaciones terroristas que en el
mundo son o han sido. Ellas han contribuido, de muy poderosa manera, a
hacer el mundo tal cual es. Ahora este mundo, que hierve de
indignación, asusta a sus autores.
“El Banco Mundial, apóstol de la privatización, sufre una crisis de
fe”, comenta el diario The Wall Street Journal. En un informe reciente,
el Banco descubre que la privatización de los servicios públicos, que
sus funcionarios han impuesto y siguen imponiendo a los países débiles,
no es exactamente un maná del Cielo, sobre todo para los pobres
abandonados a su suerte. Alarmado por las consecuencias de sus actos,
el Banco dice, ahora, que habría que consultar a los pobres y que los
pobres “tendrían que supervisar las inversiones privadas”, aunque no
explica cómo podrían realizar esta tareíta. Y los pobres también
preocupan al Fondo Monetario, que se ha pasado la vida
estrangulándolos: “Es preciso disminuir las desigualdades sociales”,
concluye el director del Fondo, Horst Köhler, después de meditar el
asunto.
Los pobres no saben cómo agradecer tanta gentileza.
Estos organismos, que ejercen la dictadura financiera en el orden
democrático, de democráticos no tienen nada: en el Fondo, cinco países
deciden todo; en el Banco, siete. Los demás ni pinchan ni cortan.
Tampoco es democrática la dictadura comercial. En la Organización
Mundial de Comercio nunca se vota, aunque el voto está previsto en los
estatutos. La organización colonial del planeta correría peligro si los
países pobres, que suman la abrumadora mayoría, pudieran votar. Ellos
están convidados al banquete, para ser comidos.
La dignidad nacional es una actividad no rentable condenada a
desaparecer, como la propiedad pública, en el mundo subdesarrollado.
Pero cuando las dignidades se juntan, otro gallo canta. Eso ocurrió en
Cancún, recientemente, en la reunión de la OMC: los países
despreciados, los mentidos, se unieron en un frente común, por primera
vez después de muchos años de soledad y de miedo. Y naufragó la
reunión, convocada, como de costumbre, para que la mayoría ejerciera su
derecho de obediencia.
Está ocurriendo por todas partes: resulta que el poder no es tan poderoso como dice que es.
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