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"El buen sentido es la cosa del mundo mejor repartida, ya que cada uno estima estar tan bien provisto que hasta los que son los más difíciles de satisfacer en cualquier cosa no suelen ambicionar por lo general más del que poseen. Al opinar de este modo no es verosímil que todos se equivoquen; más bien esto parece testimoniar que la capacidad de juzgar correctamente y de distinguir lo verdadero de lo falso, que es lo que propiamente se entiende por buen sentido o razón, es por naturaleza igual en todos los hombres. Según esto, la diversidad de nuestras opiniones no se origina porque unos hombres posean más razón que otros, sino que proviene solamente del hecho de que conducimos nuestras reflexiones por distintas vías y no examinamos atentamente las mismas cosas. No es suficiente, pues, poseer un buen ingenio, sino que lo prinicpal es aplicarlo correctamente." RENÉ DESCARTES. Discurso del Método, Primera Parte. Trad.: Guillermo Quintás.
1. Los orígenes de la filosofía moderna. Las fuentes de conocimiento:
experiencia y razón (Racionalismo y Empirismo)
Dentro del epígrafe “filosofía moderna” se engloban
dos “filosofías” o escuelas de pensamiento, racionalismo
y empirismo. Ambas son exponentes de un nuevo modo de hacer filosofía,
modo que se caracteriza por hacer del problema del conocimiento el problema
central
de la filosofía: su esfuerzo teórico se dirige a la elaboración
del estatuto del conocer humano (se analiza el papel de las distintas facultades
-sensación y razón-, se busca el método capaz de asegurar
la validez de los conocimientos, y se pregunta por los límites del
conocimiento)
Frente a la filosofía anterior que desde la antiguedad griega viene centrándose
en el Ser, la filosofía en la modernidad asume como tema principal el
conocer. Efectivamente, la reflexión griega (principalmente Aristóteles)
y medieval es profundamente objetivista y realista, en ella el hombre aparece
como un ser volcado hacia un mundo de cuya objetividad no se duda, la teoría
del conocimiento es secundaria y se limita a aclarar el “cómo” del
conocimiento humano. Descartes y la filosofía moderna suponen una ruptura
en el modo de concebir la actividad filosófica: el dato primario no es
el ser -el objeto- sino el pensamiento -el sujeto-, con el añadido de
que el pensamiento no trata directamente sobre los objetos sino sobre las ideas
de éstos (SUBJETIVISMO - IDEALISMO). La teoría de las ideas se
constituye así en el núcleo de la teoría del conocimiento
tanto en los sistemas racionalistas como en las explicaciones empiristas. El
proceder racionalista parte de la constatación de que las cosas sólo
son conocidas en las ideas y no directamente en sí mismas. Por ello es
posible dudar de su existencia. La realidad del mundo no es -para el racionalista- “evidente”,
ha de ser deducida; la contrapartida es que lo deducido gozará de una
seguridad absoluta al estar fundamentado en el puro proceder de la razón.
Los empiristas también centran su atención en las ideas, en los
contenidos mentales que re-presentan lo real, preguntándose acerca del
criterio que permite distinguir las ideas que re-presentan “verdaderamente” la
realidad de aquellos otros contenidos mentales que “falsean” lo real;
en síntesis las respuestas de los autores empiristas (Locke, Berckeley,
Hume) consisten en determinar la “legitimidad” de la re-presentación
en función de su origen sensible (Hume: ¿Queremos saber si una
idea cualquiera es verdadera? Comprobemos si procede de alguna impresión
sensible). Las diferencias entre ambas escuelas se sitnetizan a continuación:
a)Origen y fuentes del conocimiento
-Racionalismo: La escuelas racionalismtas se caracterizan por una absoluta
confianza en la razón
humana: se parte de la convicción de que la razón
es la única facultad que puede conducir al hombre al conocimiento
de la verdad. La razón "racionalista" es una razón
autónoma
cuyo poder radica en la capacidad de sacar de sí misma las verdades
primeras y fundamentales -llamadas ideas innatas- que son conocidas mediante
intuición
intelectual; a partir de ellas, y por deducción, es posible obtener
todas las demás
y construir el “sistema” del mundo (Modelo matemático
de saber).
-Empirismo: La fuente originaria de los materiales que conforman el conocimiento
humano es -en las filosofías empiristas- la experiencia sensible, los sentidos
(contra el racionalismo, no existen ideas innatas). La mente es considerada
como
un papel en blanco (Locke) sobre el que la experiencia
va dejando su “huella”: son los sentidos y las sensaciones los
vehículos a través de los cuales surgen las ideas en la mente.
b)Valor y límites del conocimiento
-Racionalismo: Las verdades fundadas racionalmente son verdades necesarias
(su contrario es imposible) y universales (válidas sin restricción para cualquier
ser racional). Los autores racionalistas asumen que no hay límites
en las posibilidades de conocimiento de la razón e intentan proporcionarle
un método
que la guie y asegure la verdad de sus resultados. Según los racionalistas
la razón puede alcanzar un conocimiento absolutamente válido
acerca de la totalidad de la realidad (se incluyen los “objetos” metafísicos:
Dios, Alma y Mundo como totalidad) y todo ello a partir de los principios
de la propia razón, es decir, independientemente de la experiencia.
La metafísica es así para el racionalismo el “saber fundamental”,
un saber que trata acerca de lo supra-sensible y que proporciona los fundamentos
al resto de los saberes.
-Empirismo: El valor del conocimiento remite a su base en la experiencia.
La experiencia no sólo es el origen del conocimiento sino también
su límite. Esta limitación es doble: en cuanto a su extensión
(no podemos ir más allá de lo que permita conocer nuestra experiencia)
y en cuanto a su certeza (sólo podemos estar ciertos acerca de lo
que cae dentro de los límites de la experiencia). La razón
empirista reduce la realidad a lo que aparece en nuestras impresiones (fenomenismo)
e imposibilita, en última instancia, toda previsión de hechos
futuros culminando en el escepticismo al rechazar el valor científico
de la “causalidad” (no es posible legitimar la idea de que entre
una causa y su efecto exista una conexión necesaria -que siempre que
se de la causa se de el efecto-) El conocimiento de los hechos, la ciencia,
no es más que una generalización a partir de “acontecimientos
pasados”, su grado de verdad no es la certeza sino la probabilidad
en mayor o menor medida.
2. La filosofía de René Descartes en
sus textos: Discurso del Método (Partes 1, 2 y 4) y Meditaciones metafísicas
(IIª)
2.1 La experiencia vital de René Descartes
Descartes nace en La Haya (Turena, Francia) en 1596. En 1604 ingresa en el
colegio de La Fléche en Anjou, donde los jesuitas formaban a la juventud noble.
Tras el estudio de la Humanidades (Gramática, Historia, Poesía,
Retórica) profundiza en Lógica y Metafísica (Escolástica)
y destaca en Matemáticas y Latín; son estas dos últimas
disciplinas -principalmente las Matemáticas- las únicas que considerará provechosas
manifestando una profunda decepción por el contenido y método de
enseñanza de las restantes. En 1616 realiza estudios de legislación
en Poitiers, interesándose también por la Medicina. Al mismo tiempo
se instruye en danza, equitación y esgrima. Se alista en la milicia -1618-
combatiendo en la Guerra de los Treinta Años entre protestantes y católicos,
primero en el bando protestante y después en el católico. Continua
sus estudios de matemáticas y física. El 10 de Noviembre de 1619
tiene varios sueños que le convencen de que su misión es “la
búsqueda de la verdad mediante el empleo de la razón”; en
sueños dice descubrir los “fundamentos de una ciencia maravillosa” en
la que se unifica todo el saber mediante un método racional, deduciéndolo
todo a partir del pensamiento. Desde 1620 viaja por Europa (Holanda, Bretaña,
Suiza, Venecia, Roma) buscando “aprender en el libro del mundo” .
En 1628 tras una estancia en París donde encuentra “el mundo que
se divierte” se instala en Holanda -el país más tolerante
de Europa- para llevar una vida aplicada al estudio (“decidí alejarme
de todos aquellos lugares y sitios donde conocidos y amigos pudieran distraerme
de mis trabajos”) De esos “trabajos” destaca la redacción
de “El Discurso del Método” (1637) y las “Meditaciones
Metafísicas” (1641). En 1649 la reina Cristina de Suecia -interesada
por la ciencia y la filosofía y que ya mantenía una correspondencia
con Descartes- invita al filósofo a Estocolmo donde, tan sólo un
año más tarde, muere. Otras obras son: “Reglas para la dirección
del ingenio” -redactadas en el período 1625-1628 y publicadas postumamente
en 1701, “Tratado del Mundo” obra que a consecuencia de la condena
de Galileo queda inacabada y no se publica hasta 1664, y el “Tratado de
las Pasiones” escrita en 1645.
2.2 El “Discurso” como autobiografía y sistema. El proyecto
filosófico de Descartes
El “Discurso del Método” aparece, en principio, como el retrato
autobiográfico de su autor. En él Descartes nos cuenta las circunstancias
que rodean la búsqueda (y hallazgo) de un nuevo método que, por
una parte permite a la razón dirigirse hacia el conocimiento de la verdad
y por otra confiere unidad al conjunto del saber. Pero además en el Discurso
(el título completo es “Discurso del método para diriguir
bien la razón y buscar la verdad en las ciencias, seguido de la Dióptrica,
los Meteoros y la Geometría, que son ensayos de este método”)
hallamos un sistema filosófico cuyos elementos son:
-los principios del método y su aplicación a la construcción
de una nueva filosofía y
-un resumen de metafísica, física y moral.
No es un “tratado” sino precisamente un “discurso”, una
exposición de sus pensamientos, escrita en francés para asegurarse
una mayor divulgación, y que tiene como fin acostumbrar a los lectores
a un nuevo modo de filosofar.
2.2.1 Problemática general del cartesianismo. La unidad del saber y la
necesidad de un método
¿Cómo saber con certeza que estamos en la verdad? ¿Es verdadero
el conocimiento sólo porque nos lo parece -o nos lo han dicho, enseñado...-o
hay un criterio objetivo para decidir sobre su validez? En definitiva, ¿existe
algún modo de que los seres humanos lleguen a conocer alguna verdad
absoluta, y en caso de que así fuera, cuál es ese modo? Estas
preguntas son el punto de partida de la filosofía cartesiana comprometida
en la búsqueda
de un saber que esté fundamentado, esto es, de un saber del cual sea
imposible dudar, vale decir de un saber que sea cierto. La búsqueda
de la verdad (filosofía) implica, en Descartes, la búsqueda
de la certeza. Certeza y verdad no son lo mismo: la certeza es un estado
mental, la verdad una propiedad
de las afirmaciones que, por lo general, se relaciona con la forma que tienen
las cosas de ser en el mundo exterior. Mas Descartes cree que sólo
si se tienen bases para la certeza es posible saber que se puede alcanzar
la verdad. Esta búsqueda de la certeza (=lo indudable) es, además,
el fundamento del proyecto cartesiano de unificación del saber. Descartes
juzga que la razón humana es única (esto es, igual para todos
y a todos debe llevar a las mismas conclusiones) y que las distintas ciencias
no son sino sus
manifestaciones, es decir, que más allá de la peculiaridad
de cada disciplina particular -se distinguen en función de su dominio
u objeto- todas las ciencias son la expresión de la misma razón,
en palabras de Descartes:
“
Todas las ciencias no son sino la sabiduría humana, que permanece siempre
una y la misma por más que sean diferentes los objetos a los que
se aplica” Reglas
para la dirección del espíritu I
El propósito de la filosofía de Descartes es lograr -sobre el
supuesto aludido de que la razón es una- la unificación del saber.
Dos circunstancias de la época de Descartes iban contra este propósito:
la dispersión
del saber en la ciencia escolástica y el renacimiento del escepticismo
(el escepticismo había cobrado fuerzas en la obra de Miguel de Montaigne,
un ensayista francés del siglo XVI).
En cuanto a la ciencia escolástica
- si bien había entrado en crisis
en el siglo XIV con Guillermo de Occam- lo cierto es que tres siglos después
sigue siendo todavía el telón de fondo de la cultura europea
(prueba de ello es la propia educación de Descartes en el colegio
de La Fleche, donde se impartía una enseñanza escolástica,
renovada por jesuitas españoles como Pedro Fonseca y Francisco Suárez).
Descartes -como veremos- toma una posición fuertemente crítica
contra la educación recibida, a la que considera un pseudosaber
basado en un método
(el silogístico) estéril e ineficaz. Rechazará así el
razonamiento silogístico escolástico porque éste parte
de primeros principios basados en la fe o en la autoridad, no en la razón,
y porque la conclusión a la que se llega en el silogismo no es una
verdad nueva sino que está incluida implícitamente en los
principios de los que se parte, de modo que en vez de ser un método
para descubrir nuevas verdades (un "ars inveniendi"), resulta
ser un método de exposición
de tesis -presuntas verdades- ya aceptadas de antemano por el argumentador
(no es más que un método didáctico). Además
de estas razones, el silogístico es un método ineficaz por
la gran cantidad de reglas que utiliza, lo que va contra las condiciones,
que para Descartes,
ha de tener una buena demostración: simplicidad y claridad.
En cuanto al escepticismo, Descartes reacciona ante él con una actitud
a la vez comprensiva y crítica. Por un lado, toma del escepticismo la
duda universal como punto de partida (como una precaución para no aceptar
más que lo que se imponga con total evidencia). Ahora bien, por otro lado,
Descartes busca esta verdad evidente y no puede tomar, como el escéptico,
la duda como un estadio definitivo.
Ante este panorama, Descartes está convencido de que la necesaria unidad
del saber no se ha producido por la falta de un método adecuado. La tarea
para Descartes va a ser buscar este método. De entre las ciencias que
Descartes conocía sólo una podía figurar como modelo de
conocimiento riguroso: la matemática. Sólo en ella encuentrará Descartes
un proceder absolutamente indudable. Ahora bien, lejos de sacar de ahí la
consecuencia de que la matemática sea la única ciencia posible,
lo que hace Descartes es preguntarse a qué se debe el hecho de que las
otras ciencias no se encuentren a la misma altura que ella. Es decir, Descartes
pretende obtener de la certeza matemática una lección sobre cómo
ha de ser la ciencia en general. Para ello hay que ver por qué razón
la matemática es absolutamente cierta. Pues bien, Descartes advierte que
lo que se admite como conocimiento en las ciencias se suele hacer proceder de
dos fuentes y de la colaboración entre ambas: experiencia y deducción
(razón). Por deducción hay que entender el ir de una verdad a otra
en la mente por el puro proceder de la mente. La deducción realizada conforme
a este proceder necesario de la razón es absolutamente cierta: no cabe
la posibilidad de dudar. De la otra fuente del conocimiento -la experiencia-
no cabe decir lo mismo. La experiencia siempre puede ser engañosa, puede
darnos ahora un resultado, luego otro; siempre podemos haber visto mal... Es
decir, la experiencia es, por principio, incierta: cabe siempre dudar de ella.
Pues bien, la matemática no recibe nada de la experiencia. La matemática
es toda ella del entendimiento: proceder puro del entendimiento según
su propia ley, dice Descartes. Las verdades que no admiten duda son verdades
que no dependen en absoluto de la experiencia sino que construye el entendimiento
en sí mismo. Este es el ideal de certeza, tomado de las matemáticas,
que Descartes pretenderá ampliar al conjunto del saber: un proceder de
la mente que signifique la imposibilidad absoluta de dudar. (Es una construcción
de la mente que no tiene que ver en absoluto con lo arbitrario: las demostraciones
matemáticas son construcción mental y sin embargo son el modelo
de lo obligatorio). Este es el método que Descartes pretende aplicar a
la filosofía para conseguir la absoluta certeza y, sobre ésta,
la unidad del saber.
En definitiva, el proyecto cartesiano de unificación del saber sigue
el siguiente plan:
1º La formulación de un método.
2º La formulación de unas reglas de moral provisional (puesto que la moral
definitiva sólo puede ser establecida al final, junto con el cuerpo
de los saberes, y mientras tanto hay que seguir viviendo (para lo que se
necesita unas reglas de conducta provisionales)).
3º El desarrollo de las ciencias, comenzando con la metafísica, siguiendo
con la física y concluyendo con las demás.
2.2 Primera Parte del
Discurso del Método
Las ideas que Descartes propone en la primera parte del DM se resumen así:
Comienza por advertir que el buen sentido o razón -la facultad de juzgar
bien y de distinguir lo falso de lo verdadero- está repartido en todos
los hombres por igual. Lo que distingue a los hombres es el uso que hacen de él:
el método. A continuación anuncia que ha tenido la fortuna de descubrir
un nuevo método que proporciona la base para lograr la unidad del saber
en una única ciencia. Para mostrar cómo ha llegado a él
sin mérito especial, por circuntancias de su vida, cuenta su historia
intelectual, sus estudios (su aprendizaje en los libros) y sus viajes (su aprendizaje
en el gran libro del mundo). El resultado de ambos aprendizajes no puede ser
más decepcionante, pues, aún procurando “adquirir un conocimiento
claro y seguro de todo cuanto es útil para la vida” se encuentra,
sin embargo, en una situación de perplejidad radical. Todo es dudoso y
en nada encuentra seguridad. Decide, por último, indagar la verdad en
sí mismo, en su propio pensamiento.
En la referencia a sus estudios se contiene una crítica a la formación
humanística y escolástica de la época. Destacan los ácidos
comentarios que dedica a la filosofía (“no encontramos todavía
en ella ninguna cosa sobre la cual no se dispute y que no sea, por lo tanto,
dudosa...”). De todas las ramas del saber que Descartes evalúa tan
sólo las matemáticas “por la evidencia y certeza de sus razones” escapan
a su juicio negativo.
2.3 Las reglas del Método: -Evidencia -Análisis -Síntesis
-Enumeración. El funcionamiento de la Razón: la intuición
y la deducción . (Segunda Parte del Discurso del Método)
Resumamos: lo fundamental para la constitución del saber estriba en el
método. La decepción cartesiana con el saber recibido supone y
exige un nuevo método mediante el cual poder acceder a nuevos conocimientos;
es tal la centralidad del método para el pensamiento que Descartes
llega a escribir:
“
Es mucho más acertado no pensar nunca en buscar la verdad de cosa alguna
que hacerlo sin método” Reglas para la dirección del espíritu
I
En la segunda parte del Discurso es donde se exponen las reglas del método,
precedidas de las circunstancias que rodearon su descubrimiento. Comenta Descartes
que su decisión de buscar la verdad “en sí mismo”,
esto es, de considerar como válidos únicamente aquellos contenidos
de conciencia “legitimados” por la propia razón, le ha conducido
a la formulación de un “método” que permite “llegar
al conocimiento de todas las cosas de las que la razón es capaz”.
Pero no quiere parecer ni presuntuoso ni revolucionario. Se limita a decir que
las obras en las que intervienen varios son menos perfectas que aquellas en las
que interviene uno solo y que su intención “no ha sido nunca otra
que la de reformar sus propios pensamientos”. No obstante encuentra en
la lógica, en el análisis geométrico y en el álgebra
los fundamentos del método que resume en cuatro reglas o preceptos:
Evidencia - Análisis - Síntesis - Enumeración
a) Evidencia: Sólo se ha de aceptar como verdadero aquello que aparece
con absoluta evidencia a la razón, es decir, lo que se presenta con tal
claridad y distinción que es imposible dudar de ello.
b) Análisis: Dividir los problemas en tantas partes como sea posible...
hasta llegar a sus elementos más simples (naturalezas simples ), los cuales
se revelarán de inmediato como verdaderos o falsos (De lo complejo -compuesto-
avanzamos hasta lo simple); la operación mental mediante la que se capta
lo simple es la intuición
c) Síntesis: Conducir ordenadametne los pensamientos partiendo de los
objetos más simples y fáciles de concocer hasta ascender progresivamente
a los más complejos. Mediante la síntesis se procede ordenadamente
a encadenar unas ideas a otras; Descartes llama deducción a esta operación
de la mente.
d) Enumeración: Hacer “enumeraciones tan completas y reisiones tan
generales” que estemos seguros de no omitir nadaConsideraciones a las reglas
del método
1. En la primera regla se establece un nuevo criterio de verdad:
la evidencia. Lo verdadero es lo evidente que es definido por dos notas: claridad
y
distinción.
Clara es una idea cuando está separada y es conocida separadamente
de las demás ideas. Distinta es una idea cuando sus partes o compones
son separados unos de otros y conocidos con interior claridad. Basta
que un contenido
mental se presente a mi espíritu con claridad y distinción
para que el mismo sea verdadero. La verdad o falsedad de una idea no
consiste, como
para los griegos y los escolásticos, en la adecuación o
conformidad con la cosa: las cosas existentes no nos son dadas en sí mismas
sinoque aparecen como ideas o representaciones a las cuales suponemos
que corresponden
realidades fuera del sujeto de conocimiento (yo). Pero el material del
conocimiento no es nunca otro que ideas -de diferentes clases- y, por
tanto, el critero de
la verdad de las ideas no puede ser -según este planteamiento-
extrínseco,
sino que debe ser interior a las ideas mismas: “las cosas que concebimos
muy clara y distintamente son todas verdaderas” (DM, IV) “es
seguro que nunca tomaremos por verdadero lo falso si tan sólo
prestamos asentimiento a lo que percibimos clara y distintamente” (Principios
de filosofía,
I)
La evidencia -ideas claras y distintas- se alcanza en la intuición. Esta
operación de la inteligencia es inmediata (esto es, no mediada), es decir,
revela directamente la verdad de la idea considerada por la mente. En la medida
en que la inteligencia intuye evita la precipitación y la prevención
a la hora de juzgar. La precipitación consiste en aceptar como verdadero
lo que aún no es evidente, eso es, claro y distinto; la prevención,
por el contrario, consiste en negarse a aceptar una idea a pesar de ser clara
y distinta. En las “Reglas para la dirección del espíritu” Descartes
define la intuición como “la concepción que aparece sin esfuerzo
y tan distintamente en una mente atenta que quedamos completamente libres de
duda en cuanto al objeto de nuestra comprensión”
Junto a la intuición, Descartes admite una segunda operación de
la inteligencia: la deducción “todo lo que se concluye necesariamente
a partir de otros hechos que son conocidos con certeza” Reglas III. Por
la deducción “muchas cosas se conocen con certeza (es imposible
la duda) aunque ellas mismas no sean evidentes”. Descartes la caracteriza
como una especie de movimiento o sucesión del pensamiento que, en cada
acto, va intuyendo cada cosa, separadamente, por lo que requiere de la memoria
como soporte. La deducción es mediata y temporal.
2. La segunda y tercera regla del método expresan el camino que conduce
a la evidencia misma: el análisis divide las dificultades (los problemas)
hasta alcanzar los elementos simples, esto es, hasta alcanzar aquellas ideas
que ya no admiten división -o sea, hasta alcanzar los elementos que constituyen
el último término del conocimiento (a éstos los llama Descartes “naturalezas
simples”) y que son objeto de intuición. La síntesis ordena
las naturalezas simples en cadenas deductivas de modo que todo enlace entre aquéllas
se imponga con evidencia. Resumiendo, se puede afirmar que es la búsqueda
ordenada de lo simple lo que caracteriza el proceso metódico cartesiano.
Se pretende reducir mediante el análisis todo lo complejo a sus elementos
simples (“naturalezas simples”) que son intuidos, es decir, conocidos
como ideas claras y distintas. Intuición y deducción son las dos únicas
operaciones de nuestro entendimiento. El método se convierte así en
una técnica de precaución que asegura que el funcionamiento natural
de la razón no es desviado por factores ajenos a la misma. Descartes está convencido
de que, igual que sucede en las demostraciones de la geometría, todas
las cosas que el hombre puede conocer se siguen unas de otras según un
orden que es posible reconstruir. La confianza en la razón es total ya
que siguiendo ese orden y absteniéndose de tomar por verdadero
lo que no sea tal, Descartes afirma que:
“no puede haber algunas -verdades- tan alejadas
de nuestro conocimiento que no podamos, finalmente, conocer, ni tan ocultas
que no podamos llegar a descubrir” (DM,
II)
Una vez presentadas las reglas del método (único, adecuado a la razón también única) Descartes afirma que hasta el momento ha sido utilizado sólo en el ámbito de las matemáticas, produciendo resultados admirables. Nada impide -y Descartes va a hacerlo- aplicarlo a los demás ámbitos del saber, pero al advertir que “los principios de las ciencias se toman de la filosofía” tal aplicación se ejecutará en primer lugar sobre ella, sobre la “ciencia primera” o filosofía .
2.4 La moral provisional (III Parte del Discurso)
Mientras el edificio del saber está en construcción, Descartes “elabora” una “moral
provisional” con el fin de “vivir con la mayor dicha posible”.
Las máximas de esta moral se comentan en la tercera parte del
Discurso. Son cuatro:
a)La primera máxima expresa una actitud de prudencia y cautela... Obedecer
las leyes y costumbres del país donde a uno le toca vivir, ser fiel a
su religión y seguir las opiniones más aceptadas. En caso de conflicto
entre opiniones, decidirse por las más moderadas
b)La segunda es una regla de resolución y firmeza: una vez que se ha tomado
una decisión, mantenerse firme en ella. (Actuar con resolución,
aunque las acciones no sean correctas)
c)La tercera: “Procurar vencerme a mí mismo antes que a la forturna”,
esto es, “cambiar los propios deseos antes que el orden del mundo”
d)Pasar revista a todas las ocupaciones posibles para elegir la mejor. Para Descartes esta “mejor” no es otra que el “cultivo de la razón”, la filosofía.
3. La duda y el “Cogito” Los fundamentos de
la certeza. Existencia y Naturaleza de Dios (Cuarta parte del Discurso;
Meditaciones metafísicas
2ª)
La aplicación del método a la metafísica -que es por donde
ha de comenzar el edificio del saber- exige partir, según la primera regla,
de una primera verdad absolutamente evidente . Mientras no se alcanza tal verdad
Descartes resuelve “rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo
que pudiera imaginar la menor duda” (DM IV). En el texto de las Meditaciones
el proceso que desencadena la duda es presentado así:
“
He advertido... que, desde mi más temprana edad, había admitido
como verdaderas muchas opiniones falsas -lo edificado sobre ellas por fuerza
ha de ser dudoso e incierto- así que es preciso emprender seriamente,
una vez en la vida, la tarea de deshacerme de todas las opiniones a las que hasta
entonces había dado crédito, y empezar todo de nuevo desde los
fundamentos, si quería establecer algo firme y constante en las ciencias...
Así pue, ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado,
habiéndome procurado reposo seguro en una apacible soledad, me aplicaré seriamente
y con libertad a destruir en general todas mis antiguas opiniones. Ahora bien,
para cumplir tal designio, no me será necesario probar que son todas falsas,
lo que acaso no conseguiría nunca; sino que, por cuanto la razón
me persuade desde el principio para que no dé más crédito
a las cosas no enteramente ciertas e indudables que a las manifiestamente falsas,
me bastará para rechazarlas todas con encontrar en cada una el más
pequeño motivo de duda. Y para eso tampoco hará falta que examine
todas y cada una en particular, pues será un trabajo infinito; sino que,
por cuanto la ruina de los cimientos lleva necsariamente consigo la de todo el
edificio, me dirigiré en pincipio contra los fundamentos mismos en que
se apoyaban todas mis opiniones antiguas” (Meditaciones Metafísicas
I)
Recordemos que el propósito de la crítica cartesiana es alcanzar
una certeza absoluta en nuestros conocimientos, mas para alcanzar tal fin
necesita “al
menos” una verdad indudable, una verdad inmediatamente evidente “tan
firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos
no sean capaces de conmoverla” (DM 4). El camino hacia tal verdad
exige dudar de todo, someter “todos los conocimientos” a la
prueba de la duda, prueba que consiste en dejar fuera del ámbito
de la verdad todo aquello de lo que no sea imposible dudar. La “duda” cartesiana
presenta las siguientes características:
-Es metódica: resultado de la aplicación del primer precepto del
método. No es una duda escéptica sino justamente un “instrumento” provisional
que exige “hacer un alto en el camino” y no continuar hasta no tener
una seguridad racional plena. La duda escéptica es estacionaria, un fin
en sí mismo; la duda métodica es un camino... para llegar a
la verdad
-Es teórica: en el sentido de que no se aplica al ámbito de la
acción, esto es, a la moral ( “costumbres”) sino sólo
al plano de la teoría. La razón de esto está en que no es
posible suspender el juicio en el terreno práctico, pues la vida nos exige
actuar y tomar decisiones en todo momento (de ahí la necesidad de una
moral aunque sea “provisional”)
-Es universal: en el ámbito teórico se extiende hasta los fundamentos de la totalidad de nuestras “opiniones”
3.1 La construcción de la duda (Motivos para dudar)
En primer lugar, es posible dudar de los conocimientos que nos llegan a
través
de los sentidos. La razón de ello es que los sentidos nos engañan
a veces y es posible pensar que se prolongue ese engaño siempre; de acuerdo
que no es probable que los sentidos nos engañen siempre, pero esto, la
probabilidad, no basta: la probabilidad no es más que una aproximación
a la verdad, pero no la verdad; lo que es sólo probable es dudoso y no
se le puede dar más crédito que a lo manifiestamente falso;
“
Lo que he admitido hasta el presente como más seguro y verdadero, lo he
aprendido de los sentidos; ahora bien, he experimentado a veces que tales sentidos
me engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de quienes nos
han engañado una vez” (Meditaciones Metafísicas I)
Mediante este primer motivo quedan en suspenso nuestros juicios acerca
de la realidad -de cómo es la realidad- que tienen su origen en los sentidos;
pero queda en pie la propia realidad del mundo externo. ¿ Es posible dudar
de ella? Descartes considera que sí y para ello alude a la dificultad
manifestada en algunas ocasiones para distinguir la vigilia del sueño.
Hay sueños que semejan tal realidad que difícilmente se distinguen
de la propia realidad, así que al no poder encontrar un criterio firme
que distinga la realidad de las ilusiones del sueño también
queda en suspenso la realidad del mundo.
“
En este momento, estoy seguro de que yo miro este papel con los ojos de la vigilia,
de que esta cabeza que muevo no está soñolienta... lo que acaece
en sueños no me resulta tan claro y distinto como todo esto. Pero pensándolo
mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por ilusiones
semejantes. Y fijándome en este pensamiento, veo de un modo manifiesto
que no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir con
claridad el sueño de la vigilia, que acabo atónito y mi estupor
es tal que casi puede persuadirme de que estoy durmiendo. Así pues, supongamos
ahora que estamos dormidos, y que todas estas particularidades, a saber: que
abrimos los ojos, mobvemos la cabeza, alargamos las manos, no son sino mentirosas
ilusiones; y pensemos que, acaso, ni nuestras manos ni todo nuestro cuerpo son
tal y cmo los vemos” (Meditaciones metafísicas I)
A estas alturas lo único que queda a salvo son las verdades de la matemática;
pues, duerma yo o esté despierto, dos más tres serán siempre
cinco y un cuadrado tendrá siempre cuatro lados. Los motivos anteriores
no afectan al “saber matemático” ya que la matemática
no hace propiamente referencia al mundo exterior, a la experiencia; la matemática
es “construcción” en el entendimiento (la matemática
no “deduce” las propiedades de los objetos esféricos que existen
sino que determina las propiedades que tendría que cumplir una esfera
si existiera). Sin embargo, Descartes encuentra un tercer motivo de duda, este
más radical, que amplia la duda al saber matemático limitando
su seguridad.
3.1.1 La “hipótesis” del genio maligno
En el texto del Discurso Descartes justifica la duda frente a las verdades
matemáticas
aduciendo que “como hay hombres que se equivocan al razonar, aun
acerca de las más sencillas cuestiones de geometría...juzgué que
estaba yo tan expuesto a errar como cualquier otro y rechacé como
falsos todos los razonamientos que antes había tomado por demostraciones”.
Es en las “Meditaciones Metafísicas” donde presenta
un motivo que hace más verosímil la duda en el nivel de la
matemática: Imagina que Dios, o un Genio maligno -en definitiva “un
ser que lo pueda todo”- emplea todo su poder en engañarme
de modo que cuando mi entendimiento piensa estar en lo cierto (p. ej: en
una demostración matemática)
está sin embargo en el error ya que la voluntad de ese ser “inteligente
y todopoderoso” se complace en engañarnos.
La duda alcanza con esta “hipótesis” su máxima radicalidad:
se cuestiona todo el orden del pensamiento, la racionalidad total, así como
la correspondencia entre las cosas y sus imágenes ya sean representaciones
o ideas, abarcando tanto las verdades físicas como las esencias matemáticas.
La mera posibilidad de que exista ese ser “sumamente poderoso y astuto” que
intencionadamente -a propósito- nos engaña en todo nos obliga a
dudar de todo aunque no quisiéramos. Con esta hipótesis se entra
realmente en el campo de una metafísica que problematiza toda la realidad
cuestionándose los fundamentos últimos del ser y del pensar y la
relación entre ellos.
3. 2 La salida de la duda: Cogito ergo sum. La naturaleza del “yo”
Sin embargo la duda cartesiana no desemboca en el escepticismo. Del hecho
mismo de dudar surge la primera certeza. En efecto, si dudo, si estoy persuadido
de que es posible que las cosas no sean como yo creo que son, que incluso
es
posible
-¿cómo saberlo?- que la propia realidad de las cosas sea en definitiva
nada, y de modo más radical, si pienso que las verdades de la matemática
no son verdad por la existencia de una conciencia todopoderosa que me engaña,
me queda, sin embargo y hasta paradójicamente algo de lo que no es posible
dudar: que yo que pienso todo lo anterior existo. Pues, si yo soy nada, ¿cómo
puedo dudar, cómo puedo estar persuadido de algo, cómo puedo ser
engañado?
“Pero, inmediatamente después, advertí que, mientras
deseaba pensar de este modo que todo era falso, era absolutamente necesario
que yo, que lo pensaba,
fuese alguna cosa. Y dándome cuenta de que esta verdad: pienso,
luego soy, era tan firme y tan segura que todas las más extravagantes
suposiciones de los escépticos no eran capaces de hacerla tambalear,
juzgué que
podía admitirla sin escrúpulo como el primer pincipio de
la filosofía
que yo indagaba” (DM IV)
“Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y
astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no
cabe duda de que, si me engaña, es que soy; y engáñeme cuanto
quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, nunca podrá hacer
que yo no sea nada, mientras esté pensando que soy algo. De manera que,
tras pensarlo bien y examinando todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir
y dar com cosa cierta que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente
verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu” (Meditaciones
Metafísicas II)
La afirmación pienso, luego existo (cogito, ergo sum ), se presenta
como la primera certeza, capaz de resistir a todo posible motivo de duda,
incluso
al más radical de todos, el “genio maligno”. Puedo dudar
de la totalidad de mi pensamiento pero no de que mi pensamiento es. El “cogito
ergo sum” no es una deducción o un silogismo (“Todo
lo que piensa existe. Yo pienso. Luego yo existo”) sino una intuición
intelectual mediante la cual se “comprende” inmediatamente
la conexión
necesaria entre pensar y existir. Intuyo, sin ninguna deducción,
la imposibilidad de que se de mi pensar sin mi existir. La primera verdad
es la de que el sujeto,
por dudar, por pensar, es (=existe). En las Meditaciones escribe:
“
Ahora bien: ya sé con certeza que soy, pero aún no sé con
claridad qué soy ... ¿Qué soy, entonces? Una cosa
que piensa ¿Y
qué es una cosas que piensa? Es una cosa que duda, que entiende,
que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también,
y que siente". (Meditaciones Metafísicas II)
¿
Qué soy? Sé con certeza que existo porque pienso, mientras puedo
dudar de la existencia del mundo y de mi cuerpo. Luego sólo soy pensamiento
(lo único que entiendo clara y distintamente en mi ser) o alma que
no necesita del cuerpo para existir:
“
examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía fingir
que carecía de cuerpo así como que no había mundo o lugar
alguno en el que me encontrase, pero que, por ello, no podía fingir que
yo no era, sino que por el contrario, sólo a partir de que pensaba dudar
acerca de la verdad de otras cosas, se seguía muy evidente y ciertamente
que yo era... llegué a conocer a partir de todo ello que era una substancia
cuya esencia o naturaleza reside en pensar y que tal sustancia, para existir,
no tiene necesidad de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De suerte
que este yo, es decir, el alma, en virtud de la cual yo soy lo que soy, es enteramente
distinta del cuerpo, más fácil de conocer que éste y, aunque
el cuerpo no existiese, el alma no dejaría de ser cuanto ella es” (DM
IV)
Resumamos: Descartes parte de su propia interioridad, de los pensamientos
que descubre en sí mismo, y a partir de ahí llega a la existencia:
el Yo como pensamiento que existe. Tenemos pues dos cosas: la existencia del
yo y la naturaleza del yo -su atributo o propiedad principal, aquello que lo
define y lo distingue de cualquier otra cosa-: el pensamiento. La evidencia se
da sólo en el interior del sujeto; lo que es evidente es, ante todo, el
acto de pensar, que “hay pensamiento”, que “hay ideas”.
Lo pensado en la idea -el objeto del pensamiento- ya no es -contra la filosofía
anterior- lo inmediatamente evidente.
3.3 El criterio de certeza
Al hallar la primera verdad, Descartes descubre al mismo tiempo lo
que se requiere para estar cierto de algo, es decir, descubre el
criterio general de certeza.
En ese primer conocimiento (primera verdad) no hay más que una percepción
clara y distinta. Por eso Descartes establece como regla general que todo cuanto
se presente con igual claridad y distinción será verdadero.
“
... juzgué que podía admitir como regla general que las cosas que
concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas” (DM
IV)
Basta reflexionar sobre la primera verdad y ver qué es lo que la hace
verdadera con entera certeza para universalizar ese rasgo y establecerlo como
criterio general aplicable a toda verdad: las afirmaciones que posean ese rasgo
( claridad y distinción ) serán verdaderas y las que no lo posean
no podrán ser tenidas por tales. El criterio de verdad queda establecido
pero por el momento sólo en el grado en que, puesto que pienso algo claro
y distintamente, es verdad que lo pienso. La existencia de la cosa pensada, en
cambio, todavía no es afirmable, por muy clara y distintamente que dicho
objeto parezca presentarse a nuestra mente. Ni siquiera las verdades matemáticas,
tan claras y distintas, son absolutamente indudables mientras se mantenga la
hipótesis del genio maligno. Al pensarlas como evidentes lo único
que se desprende de ellas es que pienso, pero nada referente a su
existencia:
“Así, por ejemplo, estimaba correcto que, suponiendo un triángulo,
entonces era preciso que sus tres ángulos fuesen iguales
a dos rectos; pero tal razonamiento no me asegura que exista triángulo
alguno en el mundo” (DM IV)
Salir del pensamiento, recuperar los conocimientos que la prueba
de la duda ha dejado fuera del campo de la verdad “exige” excluir la hipótesis
del genio maligno, lo cual implica, no sólo demostrar previamente la existencia
de Dios, sino también su veracidad.
“
... a fin de poder suprimirlos del todo -los motivos de duda- debo examinar si
hay Dios, en cuanto se me presente la ocasión, y, si resulta haberlo,
debo examinar si puede ser engañador; pues, sin conocer estas dos verdades,
no veo cómo voy a poder alcanzar certeza de cosa alguna...” (Meditaciones
III)
Si se demuestra que Dios existe y que Dios es veraz se seguirá -observa
Descartes- que todo lo que percibo con las notas de claridad y distinición
existe o es tal como yo lo percibo, pues si Dios me ha creado, no hubiera querido
que yo me engañase cuando creo estar en lo cierto. En definitiva, después
de eliminado el genio maligno (probado que Dios es veraz), los conocimientos
quedarán fundamentados con igual evidencia que la primera
certeza y garantizados -en su verdad- por la veracidad divina.
3.4 La existencia de Dios
El pensamiento es lo único que no puede separase del “yo”.
Pensar es una actividad en la que “algo” se muestra, el contenido
del pensar: las ideas. Descartes llama idea “a todo lo que hay en nuestra
mente cuando concebimos una cosa”. Idea es así todo aquello que “atraviesa” la
mente. La demostración de la existencia de Dios -necesaria para “saber
con verdad si hay cosas fuera de mi” - se realiza ateniéndose únicamente
a lo descubierto hasta el momento: el cogito -el pensamiento- y
las ideas.
“Pues bien, de esas ideas, unas me parecen nacidas conmigo, otras
extrañas
y venidas de fuera, y otras hechas e inventadas por mí mismo... ” (Meditaciones
III)
Existen pues algunas ideas (pocas, pero las más importantes) que no son
ni adventicias (venidas de fuera a través de los sentidos) ni facticias
(inventadas por mí, fruto de mi imaginación). Son ideas que se
encuentran en el yo y que no pueden provenir -en la visión cartesiana-
ni de la experiencia externa ni tampoco son construidas a partir de otras, ¿cuál
es su origen? La única contestación posible es que el pensamiento
las posee en sí mismo, es decir, que son innatas. (Esta afirmación
es una de las fundamentales del racionalismo: las ideas primitivas a partir de
las cuales se construye el edificio del saber son innatas; por ejemplo, las ideas
de “pensamiento” y “existencia” que se encuentran en
la percepción misma del “Yo pienso, Yo existo”)
Entre estas ideas innatas encuentra Descartes la idea de perfección, a
partir de la cual “descubre” que Dios es (existe). El hecho de dudar
-afirma Descartes repetidas veces- implica una imperfección (“Hay
más perfección en conocer que en dudar” DM IV) y puesto que
yo dudo, soy imperfecto, lo cual equivale a afirmar que tengo en mí la
idea de perfección, y en concreto la idea de un ser más perfecto
que yo, en último término la idea de un ser sumamente -infinitamente-
perfecto. ¿De dónde procede esa idea?
“
era cosa manifiestamente imposible que tal idea procediese de la nada. Y por
ser igulamente repugannte que lo más perfecto sea consecuencia y dependa
de lo menos perfecto que pensar que de la nada provenga algo, no podía
tampoco proceder de mí mismo. De suerte que era preciso que hubiera sido
puesto en mí por una naturaleza que fuera verdaderamente más perfecta
que yo y que poseyera todas las perfecciones de las que yo pudiera tener alguna
idea, o lo que es igual, para decirlo en una palabra, que fuese Dios” (DM
IV)
La idea de Dios (ser infinitamente perfecto) no es una idea adventicia,
pues nada hay en la experiencia infinitamente perfecto. Y tampoco
puede ser una
idea facticia, construida a partir de la idea de lo finito por
vía negativa.
Según Descartes, es al revés: mi idea de lo finito supone la de
lo infinito, la idea de imperfección la de perfección (no podríamos
ser conocedores de nuestra finitud y de nuestras limitaciones a no ser que pudiéramos
compararnos con la idea de un ser infinito y perfecto). Por lo tanto, la idea
de Dios es innata y en su causa (tiene que tener una causa) ha de haber al menos
tanta perfección como la que la idea re-presenta; mas siendo yo limitado
-imperfecto (dudo )- es claro que no puedo ser la causa de la idea de perfección.
Luego -concluye Descartes- su causa ha de ser Dios mismo.
Además, Dios por su propia naturaleza (la perfección) es veraz,
es decir, no puede engañar, porque el engaño viene siempre de algún
defecto: pretender engañar -nos dice Descartes- no es, en realidad, un
signo de potencia sino cierto indicio de debilidad, en definitiva, de imperfección,
y, por tanto, no puede darse en Dios.
Descartes añade aun dos pruebas más que le muestran que no está solo
en el mundo:
a. Aunque es evidente que el yo existe, es también evidente que no se
dio la existencia a sí mismo, pues de ser así se darían
todas las perfecciones que es capaz de pensar. Esto es, Dios no es sólo
la causa de mi idea de Dios sino también es la causa de mi ser ya que
si fuéramos nuestra propia causa nos habríamos dado “realmente” toda
la perfección de que tenemos idea.
b. El argumento ontológico cartesiano: Esta última prueba es la
más difundida y típica del racionalismo cartesiano:
“
... advertí que nada había en ellas -en las demostraciones de la
geometría- que me asegurase de la existencia de su objeto. Así,
por ejemplo, estimaba correcto que, suponiendo un triángulo, entonces
era preciso que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos; pero tal
razonamiento no me aseguraba que existiese triángulo alguno en el mundo.
Por el contrario, examinando de nuevo la idea que tenía de un Ser Perfecto,
encontraba que la existencia estaba comprendida en la misma de igual forma que
en la del triángulo está comprendida la de que sus tres ángulos
sean iguales a dos rectos o en la de una esfera que todas sus partes equidisten
de un centro, e incluso con mayor evidencia. Y, en consecuencia, es por lo menos
tan cierto que Dios, el Ser Perfecto, es o existe como lo pueda ser cualquier
demostración de la geometría” (DM IV)
Dios es una esencia que incluye su existencia (una naturaleza
que existe necesariamente). El intelecto capta de modo “simultáneo” la idea de Dios y
la existencia de Dios; es la misma operación que se realiza al establecer
el “Yo pienso, Yo existo”; la mente “ve” con claridad
y distinción que Dios (ser perfecto) no puede no existir ya que se incurriría
en una contradicción: admitir la perfección suma y, por otro, una
limitación a esa perfección, la de su no existencia.
No hay idea de Dios que pueda ser pensada sin ser pensada como
existente:
“Pero aunque, en efecto, yo no pueda concebir un Dios sin existencia, como
tampoco una montaña sin valle, con todo, como de concebir una montaña
con valle no se sigue que haya montaña alguna en el mundo, parece aimismo
que de concebir a Dios dotado de existencia no se sigue que
haya Dios que exista; pues mi pensaminto no impone necesidad alguna a las cosas;
y así como
me es posible imaginar un caballo con alas, aunque no haya
ninguno que las tenga, del mismo modo podría quizás atribuir existencia
a Dios, aunque no hubiera un Dios existente. Pero no es así: precisamente bajo la apariencia de esa objección
es donde hay un sofisma oculto. Pues del hecho de no poder
concebir una montaña
sin valle, no se sigue que haya en el mundo montaña
ni valle alguno, sino sólo que la montaña y el
valle, háyalos o no, no pueden
separarse uno de otro; mientras que, del hecho de no poder
concebir a Dios sin la existencia, se sigue que la existencia
es inseparable de El, y, por tanto,
que verdaderamente existe. Y no se trata de que mi pensamiento
pueda hacer que ello sea así, ni de que imponga a las
cosas necesidad alguna; sino que al contrario, es la necesidad
de la cosa misma - a saber, la existencia de Dios-
la que determina a mi pensamiento para que piense eso. Pues
yo no soy libre de concebir un Dios sin existencia (es decir
un ser sumamente perfecto sin perfección
suma), como sí lo soy de imaginar un caballo con alas
o sin ellas" (Meditaciones III)
La idea de Dios, por su esencia misma, impone a la cosa pensante
(Yo) la verdad de su existencia. Probada así la existencia de Dios y conocida su naturaleza
que incluye la veracidad tenemos un último fundamento del criterio de
verdad. El Dios cartesiano garantiza la aplicación general del criterio
de verdad (la claridad y distinción): todas las cosas que concibamos clara
y distintamente son verdaderas tal y como las concebimos. El yo “puede
fiarse” de Dios
“Y aunque haya necesitado una muy atenta consideración para
concebir esta verdad -Dios existe- sin embargo, ahora, no sólo estoy
seguro de ella, sino que, además , advierto que la certidumbre de
todas las demás
cosas depende de ella tan por completo, que sin ese conocimiento
sería
imposible saber nunca nada perfectamente” (Meditaciones
III)
“la razón nos dicta que todas nuestras ideas o nociones deben tener
algún
fundamento de verdad, pues no sería posible que Dios
que es sumamente perfecto y veraz las haya colocado en nosotros
careciendo del mismo”(DM
IV)
Es ahora cuando alcanzo una “certeza metafísica” acerca de
la existencia de un mundo independiente de mi mente. Dios crea mi razón
y mi inclinación a creer en tal mundo; es ahora cuando conozco que siendo
Dios bondadoso y “veraz” no permitiría que yo me engañase
cuando sigo mi razón y mi inclinación. La razón y la verdad
dependen en última instancia del poder de Dios.
4. Teoría de la substancia. El problema de la comunicación
de las sustancias en Descartes y en el Racionalismo posterior
La definicón cartesiana mas precisa de lo que es sustancia se encuentrra
en el texto de los Principíos de Filosofía:
“
Cuando concebimos la sustancia, concebimos solamente una cosa que existe de tal
manera que no necesita de ninguna otra para existir” (Principios ƒ 51)
De esta definición se seguiría que sólo Dios es sustancia,
puesto que sólo Dios tiene una existencia independiente, autosuficiente...
(las “criaturas” necesitan del concurso de Dios para ser). Por esta
razón, Descartes distingue entre la sustancia infinita (Dios), y la
sustancia finita (que se llama sustancia no en el mismo sentido que Dios)
¿
Qué sustancias finitas hay? Además de Dios, sabemos -puesto que
se nos presentan con las notas de claridad y distinción- que hay dos realidades
conocidas que no se pueden reducir la una a la otra -esto es, que son independientes
entre sí, aunque dependientes de Dios- y a las cuales se pueden reducir
todas las demás, a saber: la extensión y el pensamiento.
“
La noción que tenemos así de la sustancia creada se refiere de
la misma manera a todas, es decir, a las que son inmateriales como a las que
son materiales o corporales; pues, para entender que son sustancias, sólo
hace falta que nos apercibamos de que pueden existir sin la ayuda de ninguna
cosa creada” (Prinicpios ƒ 52)
La caracterización de ambas sustancias se fundamenta en la indagación
reflexiva que el sujeto lleva a cabo en sí mismo, la cual le
permite darse cuenta de que lo material y lo anímico son órdenes “independientes” el
uno del otro “El alma, en virtud de la cual, yo soy lo que soy,
es enteramente distinta del cuerpo” (DM IV). Quiere esto decir
que por una parte veo que nada pertenece a mi esencia -según ésta
es afirmada en el “cogito
ergo sum”- excepto que soy una cosa pensante e inextensa (“tal
sustancia para existir no tiene necesidad de lugar alguno DM IV ).
Y por otra parte, la
extensión -la espacialidad- se afirma en el hecho de que tengo
una idea clara y distinta de los cuerpos como cosas extensas y no pensantes.
Descartes
llama al alma res cogitans (realidad o sustancia pensante) y al cuerpo
y
todo lo material res extensa.
Hay, pues, dos sustancias finitas: aquella cuyo atributo (propiedad
esencial) es el pensamiento y aquella cuyo atributo es la extensión. El dualismo
es radical: lo que es extenso no piensa y lo pensante no es extenso. El atributo
constituye, como decimos, la esencia de la sustancia y se identifica con
ella.
Las diversas formas como está dispuesta la sustancia se llaman modos.
Así un cuerpo (sustancia) es extensión (atributo) que tiene una
determinada figura y movimiento (modos de la extensión), mientras que
los modos del pensamiento son múltiples: juzgar, razonar, querer, memorizar,
imaginar...,todos ellos actos conscientes (pensamiento y conciencia son intercambiables,
no hay lugar en el cartesianismo para el inconsciente que será ignorado
por la psicología occidental prácticamente hasta Freud).
La res cogitans abarca exclusivamente el pensamiento. Y todo lo que
no es el pensamiento, entre las sustancias finitas, es res extensa.
La extensión
es el único ser de lo que percibimos como res extensa, porque es todo
lo que percibimos clara y distintamente de ello.
“
Todo lo que puede atribuirse a un cuerpo presupone la extensión, y es
tan sólo cierto modo de la cosa extensa, así como también
todo lo que hallamos en la mente son sólo diversos modos del pensar” (Principios ƒ 52)
“
Reconozco que no hay nada que pertenezca a la naturaleza o esencia de los cuerpos,
sino que es una sustancia extensa en longitud, anchura y profundidad, capaz de
diversas figuras y movimientos, y que esas figuras o movimientos no son otra
cosa que modos, que jamás puede ser sin ellas” (Respuestas a
las objeciones)
Por tanto, el mundo exterior (los cuerpos) “esencialmente” no son
más que espacio y, en consecuencia, es susceptible de ser estudiado por
la geometría. Al afirmar esto Descartes contribuye de modo decisivo al
ideal de la matematización del saber físico. Al igual que Galileo,
Descartes viene a afirmar que sólo son “cualidades objetivas” de
los cuerpos aquellas que pueden ser medidas: la figura y el movimiento. Una cosa
material no es más que algo que ocupa el espacio (en cierto sentido es
un trozo de espacio) y nada más. Ahora bien ¿no es cierto que una
cosa cualquiera presenta una determinada textura, color, temperatura...? ¿no
son esas “cualidades” también la “cosa”? La respuesta
de Descartes es que no. En la Meditación II propone que tomemos un trozo
de cera en nuestras manos. Tiene un determinado tamaño y forma, un tacto
sólido, color... para nosotros se presenta como resultado de esa combinación
de propiedades; pero si lo ponemos ante el fuego, cada una de estas propiedades
varía: se hace líquido, adquiere una forma diferente, se calienta,
cambia de color, de olor... sin embargo seguimos diciendo que es la misma cera.
Pues bien ¿qué es lo que sigue siendo igual? ¿no es cierto
que no hay nada que siga siendo igual? Descartes responde: sí que lo hay
y es la ocupación del espacio, es decir, la extensión, el resto
de las cualidades o propiedades de los objetos no son reales (objetivas), sino
subjetivas (dependen del sujeto), no son claras y distintas sino confusas y oscuras;
la sustancia extensa puede ser concebida sin necesidad de acudir a las cualidades
subjetivas (llamadas secundarias) pero no privada de la figura y el movimiento,
esto es, de los modos de la extensión.
Esta reducción del ámbito de lo objetivo a las cualidades primarias
(figura y movimiento) es el fundamento del mecanicismo cartesiano: el movimiento
de partes extensas es el único principio de explicación de los
fenómenos de la naturaleza. El mecanicismo no sólo abarca el ámbito
de la física, sino también el de la biología: los cuerpos
son considerados máquinas regidas por las leyes físicas (leyes
mecánicas). La vida se reduce a movimiento mecánico, en particular,
en los animales que carecen de alma y pensamiento. En el caso del hombre, Descartes
tiene que explicar la relación entre “alma” y “cuerpo”:
es el problema de la “comunicación” de las sustancias.
3.1 El problema de la comunicación de las sustancias
Res cogitans y res extensa son distintas e independientes la una
de la otra. Es decir, el alma es una realidad espiritual, simple
e indivisible;
el cuerpo
es una realidad material (extensa). Siendo esto así ¿cómo
explicar la interacción que se da entre ambas, el hecho evidente de que
la mente (espítitu, alma) “mueve” el cuerpo provocando cambios
en el mundo físico? Este problema es la versión moderna
del problema de las relaciones entre alma y cuerpo, entre mundo
material y mundo
suprasensible.
La solución que ofrece Descartes ha sido juzgada como el punto más
débil de su sistema. Mantiene que el alma está verdaderamente unida
a todo el cuerpo, aunque luego la localiza en la glándula pineal como
su sede, desde donde ejerce sus funciones. En ese lugar del cerebro confluyen
y se unifican todas las impresiones o imágenes transmitidas por los sentidos
a través de los nervios; desde allí también actúa
el alma modificando los músculos y provocando el movimiento del cuerpo.
En esta interacción es claro para Descartes que es el alma quien siente,
no el cuerpo, aun cuando las sensaciones sean ideas confusas, maneras confusas
del pensar; es claro, también, que es el alma quien percibe o sufre las
pasiones -el deseo, tristeza, alegría, admiración, odio...- Esta
respuesta cartesiana compromete seriamente una de las tesis centrales del sistema
ya que el situar el alma en un punto material -extenso- es contradictorio con
la definición de la res cogitas como no extensa y viceversa.
El problema de la comunicación de las sustancias es crucial
en todos los sitemas racionalistas. Las soluciones que se plantean
al mismo son:
-Ocasionalismo. Desarrollado principalmente por Arnold Geulincx
(1624-1669) y Malebranche (1638 -1715). Los “ocasionalistas” sotienen lo siguiente:
el hombre no es más que un espectador, no actor, en este mundo. No ve
las cosas en sí, sino gracias a Dios que se encuentra presente en ellas
y en el hombre. Este sólo puede actuar como espíritu sobre su pensamiento,
pero no sobre los miembros corporales que son extensión, materia (lo mismo
ocurre respecto a esa materia sobre el espíritu). No es el hombre, pues,
quien causa los movimientos de su propio cuerpo; no digamos de las cosas. Es
Dios el que con ocasión de dar un pensamiento al alma causa, a la vez,
el movimiento corresponsdiente en el cuerpo. De esta forma alma y cuerpo no son
más que ocasiones para que Dios actúe (Los movimientos del cuerpo,
los deseos del alma, son únicamente ocasiones de las que Dios se sirve
para realizar sus decretos) Dios ha establecido una armonía radical entre
alma y cuerpo, entre los deseos del alma y los movimientos del cuerpo. Además
vigila persistentemente para que esa armonía no desaparezca. Es algo que
constituye un milagro permanente. Esta tesis -huelga decirlo- elimina la libertad
humana, ensalzando la acción divina, a la vez que anuncia un radical panteímo
-Monismo Panteísta: La solución de Baruch Spinoza (1632-1677).
Considera que la sustancia pensante y la sustancia extensa no son más
que dos atributos de la única sustancia real: Dios. Esta sustancia única,
infinita es Deus sive Natura, la totalidad de lo real, con lo que las partes
no son autosuficientes, independientes... las almas y los cuerpos individuales
son los infinitos modos en los que se manifiestan los atributos de esa sustancia única.
-Armonía preestablecida: Concepto clave en el sistema de Leibniz (1646-1716)
La correspondencia entre cuerpos y almas es la esencia misma del “arte
divino”, pues expresa y representa al propio Dios, como armonía
. Es Dios quien, en su cálculo eterno preestablece la armonía entre
cada alma y su cuerpo. Es la precisión absoluta de la matemática
divina lo que permite que alma y cuerpo sean luego plenamente heterogéneos:
material y divisible uno, formal e indivisible la otra (dos relojes que marchan
sincrónicamente, no por azar, sino por obra de Dios)
Textos y Comentarios
DESCARTES. “Discurso del Método” IV Parte
Texto:“Pero advertí en seguida que aun queriendo pensar, de este
modo, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa.
Y al advertir que esta verdad -pienso, luego soy- era tan firme y segura que
las suposiciones más extravagantes de los escépticos no eran capaces
de conmoverla, juzgué que podía aceptarla sin escrúpulos
como el primer principio de la filosofía que buscaba”
Como orientación para el comentario del texto hay que tener
en cuenta que la filosofía
cartesiana recorre un camino que se sintetiza en la siguiente secuencia:
a.Búsqueda -y necesidad- de una nueva filosofía sobre la base de
la unidad de la razón y el saber
b.Necesidad de un método que conduzca a la razón humana a la adquisición
de la verdad desde la identificación -propiamente cartesiana- de verdad
y certeza
c.Aplicación del precepto de la evidencia al saber constituido y, en consecuencia,
aplicación de la duda: motivos y características de la duda métodica
cartesiana
d.Límite de la duda y formulación de la primera verdad.
e.La intuición como operación o modo de conocimiento que posibilita
el acceso a la verdad.
f.Pienso, existo (primera verdad y criterio de verdad ). El contenido del pensamiento:
clasificación de las ideas; las ideas innatas.
g. La idea de perfección y la existencia de Dios como garantía
de verdad.
h. Teoría de la sustancia
El centro de la filosofía de Descartes se sitúa en la afirmación
del “pensamiento” como primer principio de la filosofía. Se
inaugura de esta manera una nueva forma de hacer filosofía: la verdad
es algo que se dilucidará desde /en el sujeto. El texto del Discurso del
Método ha de ser leído así desde la consideración
de que -para Descartes- la tarea de la filosofía consiste en la la búsqueda
de un principio que fundamente el saber humano. La filosofía es un saber
fundamental, en el sentido de que es la filosofía la que proporciona los
fundamentos al resto del saber, de modo que se quede a salvo de las “extravagantes
suposiciones de los escépticos”. El fragmento propuesto para el
comentario enlaza directamente con el proceso de la duda que, a su vez, viene
exigido por la aplicación del primer precepto (regla) del método.
La afirmación “pienso luego existo” es el límite de
esa duda que nos ha puesto al borde del reconocimiento de que “todo es
falso”; es la primera verdad y el criterio al que ha de ajustarse cualquier
otra verdad.
La fundamentación última del saber exige desarrollar un sistema
de proposiciones verdaderas en el que no se de nada por supuesto, en el que todo
sea “evidente por sí mismo” o pueda mediante la deducción
retrotraerse a la evidencia (=lo indudable). Descartes busca, en definitiva,
un sistema orgánico fundado en certezas absolutas por medio de un método
que, precisamente, demuestra las verdades según el orden impuesto por
las exigencias de la razón misma (claridad y distinción). Aplicando
el procedimiento de la duda a las opiniones generalmente admitidas, a la propia
existencia y a lo que nos aportan los sentidos, se alcanza una verdad clara y
distinta, evidente: “pienso, existo”. La verdad de esta afirmación
es “inmediatamente evidente” a quien la formula, y por eso debe ser
tomada como el primer principio de la filosofía.
Textos para el comentario
Texto A: “En lugar del gran número de preceptos que encierra la
lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto
que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos
una vez siquiera.
Fue el primero no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia
que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención,
y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara
y distintamente a mi espíritu que no hubiese ninguna ocasión
de ponerlo en duda.
El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare en cuantas partes
fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución.
El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos
más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo
poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos,
e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.
Y el último, hacer en todos unos recuentos tan integrales y unas revisiones
tan generales , que llegase a estar seguro de no omitir nada...
Pero lo que más contento me daba en este método era que, con él,
tenía la seguridad de emplear mi razón en todo, si no perfectamente,
por lo menos lo mejor que fuera en mi poder.” Discurso del
método, Segunda parte.
Texto B. “¿Qué soy, entonces? Una cosa que piensa. Y ¿qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también y que siente. Sin duda no es poco, si todo eso pertenece a mi naturaleza. ¿Y por qué no habría de pertenecerle? ¿Acaso no soy yo el mismo que duda casi de todo, que entiende, sin embargo, ciertas cosas, que afirma ser ésas solas las verdaderas, que niega todas las demás, que quiere conocer otras, que no quiere ser engañado, que imagina muchas cosas -aun contra su voluntad- y que siente también otras muchas, por mediación de órganos de su cuerpo? ¿Hay algo de esto que no sea tan verdadero como es cierto que soy, que existo, aun en el caso de que estuviera siempre dormido, y de que quien me ha dado el ser empleara todas sus fuerzas en burlarme?” Meditaciones metafísicas, II
Texto C. “Largo tiempo hacía que había advertido que en lo que se refiere a las costumbres es a veces necesario seguir opiniones que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables (...). Pero yo, que en esta ocasión tan sólo pretendo buscar la verdad, pensé que debía hacer todo lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en que pudiera imaginar la menor duda, para ver si, después de hecho esto, no me quedaba en mis creencias algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan a veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal como ellos nos la hace imaginar. Y como hay hombres que se equivocan al razonar, aun acerca de las más sencillas cuestiones de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que estaba yo tan expuesto a errar como cualquier otro y rechacé como falsos todos los razonamientos que antes había tomado por demostraciones. Finalmente, considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden también ocurrírsenos cuando dormimos, sin que en tal caso sea ninguno verdadero, resolví fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más ciertas que las ilusiones de los sueños. Pero advertí en seguida que, aun queriendo pensar que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y al advertir que esta verdad -pienso, luego existo- era tan firme y segura que las suposiciones más extravagantes de los escépticos no eran capaces de conmoverla, juzgué que debía aceptarla sin escrúpulos como el primer principio de la filosofía que buscaba". Discurso del método, 4ª parte.
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