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UN ANÁLISIS DEL ROL DESTACADO
DE LAS MUJERES SOCIALISTAS EN LA LUCHA CONTRA LA OPRESIÓN archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Andrea D´Atri
La historia de Tatiana Miagkova es otro ejemplo de lo que sucedía
con quienes se oponían a la burocracia stalinista. Es una de los
6.000 trotskistas que fueron asesinados en 1937, en uno de los campos de
concentración más grandes de la zona de Siberia.
Cuando
era estudiante, participó en la acción revolucionaria, y fue
arrestada. La revolución de febrero de 1917 la liberó y adhirió
al partido bolchevique. Después del fin de la guerra civil, recomienza
sus estudios en Moscú y, en 1924, se instala en Ucrania. En 1926,
se adhiere a la oposición encabezada por Trotsky y es excluida del
partido comunista ruso, en 1927, por "trotskista". En 1928, es
enviada al exilio en el mar Caspio. Continúa su actividad de oposicionista:
organiza con los otros miembros exiliados de la oposición un grupo
que se reúne en su departamento; recluta jóvenes de la localidad
para la oposición; reproduce y difunde los documentos de la oposición
entre los miembros del partido comunista y los jóvenes comunistas
exiliados; propone a sus diversos contactos constituir un fondo de ayuda
a los exiliados.
Es condenada al exilio por tres años,
acusada de haber reeditado y difundido un folleto de la oposición.
Cuando está exiliada, su marido que era un alto miembro del régimen
en Ucrania, la viene a ver para intentar convencerla de renunciar a sus
opiniones y a su actividad de oposicionista.
Tatiana Miagkova, a lo
largo de largas y difíciles discusiones con su marido, terminó
por rendirse a sus presiones y renunció públicamente a sus
actividades políticas. Vuelve a Moscú con su marido, que se
encuentra integrado al aparato del comité ejecutivo central del partido.
Pero aunque Tatiana Miagkova cesó su actividad política, continuó
expresando sus opiniones, que no habían variado. Y, el 12 de enero
de 1933, es arrestada y condenada, nuevamente, pero esta vez a tres años
de prisión y aislamiento.
El 28 de mayo de 1936, una conferencia
especial de la KGB, la policía secreta del régimen, condena
a Tatiana Miagkova a cinco años en un campo de concentración
que los deportados llamaban "el crematorio blanco". De allí
la enviaron a otro campo más al norte, cada vez más cerca
del polo.
Un día de otoño de 1937, un contingente se
detiene cerca del campamento donde ella vivía y reconoce a un trotskista
amigo suyo. Quiso hablarle a través de las rejas y un guardia trató
de empujarla. Ella protestó. Según el testimonio de una de
sus vecinas, insultó a los guardias a los gritos: "¡Fascistas,
mercenarios fascistas, yo sé que su poder no se escatima ni a las
mujeres ni a los niños, pero pronto llegará el fin de vuestra
arbitrariedad!" El veredicto le reprocha ser "una trotskista desarmada",
de "establecer sistemáticamente lazos con los trotskistas",
de haber hecho huelga de hambre por seis meses y, el 17 de noviembre de
1937, la conferencia especial de la KGB, la condena a ser fusilada. La sentencia
es ejecutada inmediatamente.
Esta historia horrorosa sin embargo,
no podía durar eternamente. La burocracia que usurpó la bandera
de la revolución de octubre, sucumbió finalmente en el basurero
de la historia hace más de una década. Sin embargo, con la
restauración capitalista, nuevas miserias se sumaron a las existentes,
para los trabajadores de la ex Unión Soviética, especialmente
para las mujeres. La democracia capitalista trajo consigo la desocupación,
el hambre, la inflación que provocaron el mayor índice de
miseria, alcoholismo, violencia, mafias y otras calamidades como jamás
se hayan registrado en Rusia. Junto con ello, millones de mujeres en la
calle con sus hijos, viviendo bajo el nivel de pobreza y un considerable
aumento de la prostitución y el tráfico de mujeres.
En 1938, sin embargo, Trotsky ya había planteado que era necesario
retomar las banderas revolucionarias bajo otra Internacional. La IIIº
Internacional, estrangulada por la política de Stalin, cumplía
un rol cínicamente contrarrevolucionario traicionando abiertamente
a la clase obrera mundial. De la misma manera que Marx y Engels combatieran
dentro de la Iº Internacional por mantener el espíritu revolucionario
y Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Lenin y Trotsky intentaran mantener el
hilo de continuidad con estas experiencias abandonando la IIº Internacional
cuando la mayoría traicionó abiertamente los principios aceptando
participar en la guerra imperialista, uno de los máximos dirigentes
de la revolución de octubre abandonaba la IIIº Internacional,
que había defeccionado irremediablemente ante las pruebas de la historia.
La IVº Internacional surge declarando en su programa que
"una política correcta se compone de dos elementos: una actitud
inflexible ante el imperialismo y sus guerras, y la aptitud de basar el
propio programa en la experiencia de las masas mismas."
No creemos
casual, entonces, que sea la IVº Internacional la que inscribe en sus
banderas la consigna de ¡Paso a la mujer trabajadora! ¡Paso
a la juventud! En su programa leemos: "Las organizaciones oportunistas,
por su naturaleza misma, centran principalmente su atención en las
capas superiores de la clase obrera, y por consiguiente, ignoran tanto a
la juventud como a la mujer trabajadora. Ahora bien, la declinación
del capitalismo asesta sus golpes más fuertes a la mujer, como asalariada
y como ama de casa."
Nada se ha demostrado más certero
con el correr del tiempo. Las mujeres constituimos el 70% de los 1.500 millones
de personas que viven en la pobreza absoluta en todo el mundo. Las campesinas
son jefas de una quinta parte de los hogares rurales, y en algunas regiones
hasta de más de un tercio de los mismos, pero sólo son propietarias
de alrededor del 1% de las tierras, mientras el 80% de los alimentos básicos
para consumo los producen las mujeres. En Latinoamérica, son 154
millones de mujeres las más pobres de entre los pobres.
En el
último año, 13 millones de niños murieron por hambre
en el mundo: es un número seis veces mayor al total de víctimas
que provocó la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918. La mayoría
de esos niños, son niñas.
El valor y volumen del trabajo
doméstico no remunerado equivale entre el 35 y el 55% del producto
bruto interno de la mayoría de los países. La producción
doméstica representa hasta un 60% del consumo privado. Este trabajo
no remunerado recae casi absolutamente en las mujeres y las niñas.
Según un informe de la OIT, la tasa de desempleo urbano
en el continente latinoamericano alcanzó hacia fines del 2002 a 17
millones de personas, afectando de manera especial a las mujeres. Por otra
parte, las mujeres que trabajan lo hacen en situación cada vez más
precarizada: no sólo cobran un salario entre 30 y 40% menor al de
los varones por el mismo trabajo, sino que en su mayoría, no tienen
obra social ni derechos jubilatorios.
En nuestro sufrido continente,
el aborto clandestino sigue siendo la primera causa de muerte materna; son
6.000 las mujeres que mueren anualmente por complicaciones relacionadas
con abortos inseguros. Contrariamente a lo que se podría imaginar,
a comienzos del siglo XXI vivimos una actitud cada vez más beligerante
del fundamentalismo católico en alianza con los Estados y el poder
político contra los derechos sexuales, reproductivos y el derecho
al aborto, mientras salen a la luz cada vez más casos de abuso sexual
contra niños, niñas y jóvenes perpetrados por los miembros
de la Iglesia.
América Latina y el Caribe, por otra parte,
registran los índices más altos de violencia contra las mujeres:
el homicidio representa la quinta causa de muerte, el 70% de las mujeres
padece violencia doméstica y el 30% reportó que su primera
relación sexual fue forzada. Se calcula que el 80% de las agresiones
permanecen en el silencio ya que no son denunciadas por temor o por la certeza
de que la denuncia no será tomada en cuenta. Más de 300 mujeres
fueron asesinadas durante los últimos años en Ciudad Juárez
(México), constituyéndose esa ciudad fronteriza en un lamentable
ejemplo de femicidio, impunidad, misoginia y barbarie. En el otro extremo
del continente, aquí en la provincia de Buenos Aires, se calcula
que en 120.000 hogares hay mujeres que sufren maltrato, y en el lapso de
un año se cometen más de 50 homicidios de mujeres en manos
de sus parejas. En nuestro país, se calcula que se producen entre
5.000 y 8.000 violaciones por año. Según las especialistas
en violencia, en todo el mundo, uno de cada cinco días de ausencia
femenina en el ámbito laboral es consecuencia de una violación
o de la violencia doméstica.
Si bien con la lucha del feminismo
se consiguió introducir modificaciones enormemente favorables en
las legislaciones de nuestros países en relación con el divorcio,
la patria potestad compartida, el cupo en los cargos públicos electivos,
etc, la realidad indica que aún estamos muy por detrás de
haber solucionado con las leyes las situaciones más acuciantes que
vivimos las mujeres del continente.
Pero así como las espeluznantes
cifras del horror y los relatos de la barbarie que aún siguen sufriendo
millones de mujeres son siniestras realidades, no es menos cierto que las
mujeres estamos de pie y seguimos siendo, en muchos casos, protagonistas
indiscutibles de la resistencia y el enfrentamiento contra esta misma barbarie,
como lo demostraron en estos días, las mujeres campesinas, las mujeres
aymaras y las trabajadoras mineras de Bolivia.
Quien quiera acabar
con tanta barbarie, antes de correr a manos de los parlamentarios, de los
demagogos, de los financiamientos de ayuda del Banco Mundial para implementar
programas "con perspectivas de género", debe depositar
confianza únicamente en estas fuerzas, en la fuerza de las obreras
de Brukman, en la de las campesinas bolivianas, en la de las mujeres del
pueblo que salieron a la calle y lo seguirán haciendo aún
cuando no estén enteradas de qué significa el socialismo,
ni qué significa el feminismo.
Los traidores de la clase
obrera, los dogmáticos o los que sólo se regodean en discursos
académicos, los que pactan con los gobiernos asesinos del pueblo,
los que sojuzgan a los más débiles, podrán seguir diciéndose
marxistas muy a nuestro pesar. Pero nosotros creemos que el marxismo revolucionario
vive únicamente en estas experiencias de los sectores más
oprimidos y explotados de las masas, las mujeres y la juventud.
Patriarcado
y capitalismo han constituido una unión indisoluble donde el hambre
y el abuso, la desocupación y la violencia, la explotación
y la opresión se ciernen sobre las mujeres del mundo de un modo siniestro.
Pero la experiencia de las mujeres de la Revolución Rusa está
viva en los levantamientos de las mujeres bolivianas y en todas las mujeres
del mundo que se levantan contra el orden establecido.
Por eso, creemos
que hoy sigue siendo cierto aquello que dijera la socialista norteamericana
Louise Kneeland en 1914: "El socialista que no es feminista carece
de amplitud. Quien es feminista y no es socialista carece de estrategia."