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LA CONSTRUCCIÓN
DE UN NUEVO ORDEN MUNDIAL Y EL PAPEL DE LA EDUCACIÓN archivo del portal de recursos
para estudiantes |
LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICO- TECNOLÓGICA Y LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO
Mario Casalla/ Mario Morant
IPLAC/FLATEC
Buenos Aires- Argentina
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MIS AMIGOS |
I. TEMAS PARA UNA AGENDA GLOBAL
El marco de reflexión
latinoamericana -que es el que aquí esencialmente nos interesa- no
podrá ser determinado con claridad, si no partimos del escenario
internacional que hoy integra. Este ha sido caracterizado como “global”
y –más allá de las diferentes interpretaciones que podamos
darle a este equívoco término- hay ciertas características
fundamentales que se le reconocen.
A
ellas quisiéramos referirnos ahora, para luego volver sobre nuestra
región específica. Por cierto que de manera sintética
y presentando sólo sus rasgos fundamentales , esto en función
del tiempo y de la propia jerarquía de los problemas (ya que cada
uno de ellos daría para un largo desarrollo en sí mismo).
Si se quisiera sintetizar
en dos los puntos fundamentales de esta agenda global, deberíamos
apuntar en primer lugar a la consumación y quiebre del paradigma
de la Modernidad, y en segundo término a la planetarización
de una verdadera revolución tecnocientífica con impactos estructurales
en todos los órdenes de la cultura contemporánea.
Ambos
fenómenos están indisolublemente asociados y -alimentán-dose
mutuamente- generan tanto la crisis como el crecimiento de propues-tas alternativas.
Veamos cada uno de ellos:
(a) La crisis (y consumación) del paradigma de la
Modernidad
La noción
de paradigma (acuñada por T. Kuhn en su célebre obra
La estructura de las revoluciones científicas, publicada en 1962)
dado su carácter integrador, rebasó de inmediato el campo
de lo epistemológico y se constituyó a su vez en modelo de
explicación de las relaciones entre pensamiento y cultura.
En
efecto, Kuhn pensó el paradigma como una constelación de ideas,
creencias y valores que marcan los cimientos de una época y sus teorías
(científicas y filosóficas). Su ruptura implicaba una auténtica
revolución y no una mera crisis, ya que éstas son todavía
resolubles en el marco del sistema hasta allí vigente.
Esto
es precisamente lo que ha ocurrido con el paradigma de la Modernidad: su
crisis es terminal y su implosión evidente, aún cuando todavía
apelemos a sus valores porque el reemplazo efectivo tampoco se ha producido.
Acaso por esto, hablemos ya de un mundo post-moderno, expresión también
harto ambigua; sin embargo no avanzaremos aquí en esta dirección,
ya que no es éste ahora nuestro tema central. Volvemos de inmediato
sobre los componentes de aquél "centro firme" de la Modernidad,
ahora en consumación y crisis.
En
principio señalemos que nos referimos al paradigma históricamente
construído por Europa entre los siglos XIII y XV; desarrollado, enriquecido
y “globalizado”entre los siglos XVI a XVIII; en declinación a partir
de la segunda mitad del XIX y en crisis radical a fines del XX, crisis que
por su grado de universali-zación marca los inicios del este siglo
XXI recién iniciado.
Consignamos
a continuación -muy sumariamente- algunos "núcleos duros"
de ese paradigma:
*
su racionalismo (instrumental y dominador), base de esa confianza iluminista
que desplaza a Dios a los márgenes y pone al "yo pienso"
en el centro de la escena;
*
su visión de la historia como progreso constante; historicis-mo siempre
justificador que le permitirá a Europa plantearse como modelo "universal"
en pro de una suerte de cruzada civilizatoria mundial ("civiliza-ción/barbarie",
un clásico que hará época!);
*
su fe ilimitada en el desarrollo tecnocientífico; nueva religión
laica y positivista, acorde con su racionalismo e historicis-mo. Tecnociencia
para quien la Naturaleza es ahora un gigantesco depósi-to de mercancías,
a ser puestas en el mercado por medio del trabajo humano;
*
su concepción societaria y contractualista de la vida en
comunidad (solución racional al "egoísmo congénito"
de la naturaleza humana), a la cual seguirá inexorablemente su peculiar
teoría de la representa-ción política como forma "democrática"
para manejo del "contrato social".
Estos
núcleos duros del paradigma Moderno -más otros que les están
directamente asociados- son los que precisamente ahora están en crisis
profunda y planetaria. Y lo grave del caso es que no se trata de un simple
problema académico o de vanguardias intelectuales (aunque algunas
veces se lo reduzca a esto), sino que ese paradigma Moderno fue el "núcleo
duro" que inspiró -con las variantes del caso- los dos
grandes modelos económicos y sociales hoy en crisis: el capitalismo
y el comunis-mo.
Lo
cual a su vez explica su competencia en espejo, primero, y sus recambios
y combinatorias en este momento de crisis profunda. Es que ambos -capitalismo
y comunismo-a nivel ideológico son hijos directos y dilectos del
paradigma de la Modernidad. Razón por la cual, el deterioro de aquél
los afecta a ambos, aún cuando esto se de en diferentes momentos
e intensidades.
No se
trata entonces de que hoy -como en una competencia deportiva- uno se haya
impuesto circunstancialmente al otro; ni tampoco de esperar la revancha
en un próximo partido. La cosa es más simple y más
grave: es el juego mismo el que se ha agotado. Vivimos en consecuencia un
peligroso "tiempo de descuento", que requerirá de toda
nuestra inteligencia, voluntad y honestidad, en pos de una continuidad digna
y al mismo tiempo respetuosa "de todo el hombre y de todos los hombres".
En las escuelas, en
los institutos y en las universidad, esta crisis de fondo a nivel el pensamiento
y los valores, se refleja a diario y tiene consecuencias muy importantes
en el proceso educativo y en la vida de nuestros jóvenes alumnos.
Es cierto que los valores de la modernidad están en crisis; es cierto
que la mayoría de esos valores respondían a una visión
más eurocéntrica que universal de la cultura, pero también
lo es que su crisis nos arrastra a todos y que, en consecuencia, es urgente
cabalgar esa crisis, encontrar nuevos caminos y generar un pensamiento propio
capaz de sostenernos y enriquecernos en ellos.
(b) Una revolución tecnocientífica de dimensión planetaria.
La habíamos
señalado como el segundo gran tópico a considerar dentro de
una agenda esencial del pensamiento contemporáneo. Se trata de una
revolución inédita, con estos alcances y profundidades, la
cual modela nuestro futuro, así como revoluciona nuestro presente.
Las Tecnociencias ocupan hoy el lugar de "motor" histórico
y social, que en el mundo feudal correspondía a la posesión
de la tierra y en el moderno al capital.
Se
trata de una era tecnotrónica o de una sociedad postindustrial
(de la que comenzaron a hablar B. Brzezinski y D.Bell, 1976); de la
tercera ola (Tofler, '80); o bien de la sociedad de la información,
o sociedad digital, en el lenguaje más propio de los '90.
En
ella la figura del técnico (y de la "tecnoburocracia" que
le está asociada) ocupan el lugar central, desplazando de allí
tanto al terrateniente, como al capitalista de la anterior era industrial.
Lo cual por cierto no implica su desaparición del cuadro del poder,
sino su radical reconversión.
Hoy
más que nunca sabemos que -tal cual Bacon lo pronosticaba en los
comienzos mismo de aquella Modernidad- "El conocimiento es poder"
y que su posesión (técnica) es la plataforma indispensable
para todo otro tipo de desarrollo. Y eso muy especialmente, mirado desde
nuestra América Latina.
En
su obra pionera en la materia (El advenimiento de la sociedad posindustrial)
el norteamericano Daniel Bell sintetizaba así lo que él bautizó
como las "cinco dimensiones de la sociedad postindustrial": 1)
la creación de una economía de servicio; 2) el predominio
de una clase profesional y técnica; 3) la prioridad del conocimiento
técnico como fuente de innovación y de decisión política
en la sociedad; 4) la posibilidad de un crecimiento tecnológico autónomo
y 5) la creación de una nueva tecnología intelectual.
Ese mismo año su
compatriota Zbigniew Brzezinski (en La era tecnotrónica), caracterizó
a la época donde es posible una sociedad tal como "era tecnotróni-ca",
neologismo que al asociar los conceptos de tecnología y electrónica,
"transmite de modo más directo la naturaleza de los impulsos
principales que favorecen el cambio de nuestra época".
Al principio ambos fueron
optimistas respecto de estos advenimientos, pero luego sus preocupaciones
fueron en constante aumento. Primero alertó Bell (en su obra Las
contradicciones culturales del capitalismo) sobre los peligros de la "nueva
clase tecnoburocrática" que se estaba gestando (que poco tenía
que ver con los valores e intereses del capitalismo tradicional); así
como sobre "el aflojamiento de los hilos que antaño mantenían
unidas la cultura y la economía" y "la influencia del hedonismo,
que se ha convertido en valor preponderante de esta sociedad". Crecientemente
inquieto por la forma como la lógica implacable e individualista
de la economía de mercado erosionaba la idea de "lo común",
relanza la idea de "hogar público", como angustiante contrapartida
ética para una sociedad que empezaba a caminar peligrosamente por
la cornisa.
Más
tarde es el propio Zbigniew Brzezinki quien -en su Fuera de control, de
1994- advertirá sin medias tintas que "El mundo se encuentra
fuera de control. Estamos viajando sobre un avión guiado por un piloto
automático que acelera continuamente su velocidad, pero no tiene
ninguna meta".
Repasando
las causas de esto, coloca en primer lugar lo que él denomina la
"cornucopia permisiva", es decir el deseo de conseguir la mayor
abundancia (“cornucopia”) de bienes materiales rápidamente y al cualquier
precio. Y denuncia de inmediato que "La cornucopia es el emblema del
sueño americano", quitándole así a su propio país
(los EEUU) todo derecho a un liderazgo ético de la humanidad, aún
cuando -por haber derrotado a los que denomina "los dictadores de las
utopías coercitivas", los países comunistas- "podrá
asumir un liderazgo mundial económico, político y militar".
Para terminar recomendando,
después de repasar y citar la encíclica Centesimus Annus de
Juan Pablo II, la obra del ruso A. Yakovlev (estrecho colaborador de M.Gorbachov)
y la poética política del checo V. Havel: "Es necesario
rehabilitar un sentido elemental de justicia, una sabiduría arquetípica,
coraje, compasión y el sentido de una responsabilidad trascendente",
sin los cuales el mundo seguirá estando fuera de control (aún
cuando nosotros mantengamos la ilusión de gobernabilidad y racionalidad
de los hechos que suceden).
Por
venir de quiénes vienen –es decir del corazón mismo de “imperio
americano”- estas advertencias son doblemente significativas. Y por cierto
que la mejor intelectualidad latinoamericana también ha advertido
la profundidad de la crisis.
c) Las tensiones entre globalización e identidades culturales.
Finalmente,
aunque más no sea dos palabras sobre las tensiones entre globalización
e identidades nacionales, efecto estructural e ineludible de los dos tópicos
anteriores (moderniza-ción y revolución tecnocientífica).
Las tendencias a la universalización
no son nuevas: nacen en los inicios mismos de la Modernidad (siglos XIII
y XIV). Más aún, nosotros "americanos" somos fruto
de esa tendencia globalizadora (1492). Por lo tanto la sociedad global no
se inicia -sino que más bien se consuma- en los acontecimientos propios
de este fin de siglo.
El
motor globalizador fue siempre preponderantemente económico: búsqueda
de mercados para colocar los productos manufacturados (Revolución
Mercantil, siglos XV a XVIII; Revolución Industrial, a partir del
siglo XIX y Revolución Postindustrial, desde la segunda mitad del
siglo XX).
Aunque también
siempre tuvieron su costado cultural . Es así que esas empresas económicas
-al ser exportadas más allá de su geografía inmediata-
se concibieron simultánea-men-te como auténticas cruzadas
"civilizato-rias" (la dicotomía civilización/barbarie,
estructuró casi todos sus más importantes discursos).
La globalización
no es entonces un fenómeno reciente, sino consecuencia directa y
necesaria del paradigma de la Moderni-dad. Tanto el capitalismo como el
marxismo se autoconcibieron siempre como fenómenos "universales"
y necesarios. Lo que va cambiando
son sus grados y los medios concretos para lograrlo, cada vez más
efectivos, revolución tecnológica median-te.
Por
ello es que se impone -con toda urgencia- distinguir entre "globaliza-ción"
y auténtica ecumene (planetarización). Así como entre
una universalidad abstracta (producto de un particular que se autoerige
en "universal" y, desde allí se globaliza) y una universalidad
situada (propia de una cultura que -asumiendo dialogalmente sus diferencias-
es capaz de participar creativamente de un diálogo planetario y,
ahora sí, auténticamente universal).
Así
la "globalización" (en tanto imperialismo “de lo que ya
es”), supone aquella universalidad abstracta y genera, en consecuen-cia,
formas de integración satelizante que mutilan las soberanías
de las partes en el todo. Mientras que, por oposición, denominamos
planetarización a ese juego ecuménico que -apoyado en universalida-des
situadas- construye el ámbito común como libre juego de identidades
que se realizan integrándose en torno e un programa que combina justicia
social y desarrollo económico.
Es
urgente la transformación del paradigma "globaliza-dor"
vigente, en un auténtico espacio ecuménico, porque en ello
se juega buena parte de las chances de esta nave espacial Tierra y sus preocupados
tripulantes. Sólo entonces podremos utilizar con propiedad la expresión
"nuevo orden internacional" y profundizar así nuestros
actuales procesos de integración (regionales y continenta-les) en
dirección de un orden tan justo como auténticamente planetario
(y no méramente “globalizador”).
Recogido este desafío, ¿qué implica hoy participar
–desde América Latina y desde el pensamiento popular- en la construcción
de un nuevo imaginario latinoamericano? Varias cosas, pero empecemos por
una de ellas: es necesario hacerlo activamente y en todas las iniciativas
de integración subregional; lo cual supone reinventar las propias,
proponer nuevas (llegado el caso y la necesidad) y escuchar y colaborar
con todas aquéllas que provengan de otros estados (o pactos) subregionales.
¿Y por qué –en esta era global- nos parece indispensable y
urgente escuchar (sin “saltearse”) la voz de las regiones y subregiones?
Precisamente porque éstas son las que permitirán un tipo de
orden internacional diferente del imperialismo global al que peligrosamente
nos estamos acercando. No es deseable, de ninguna manera, que esta globalización
termine por consolidar una “nueva Roma”; es decir, que el ecumenismo a que
aspiramos no debe rematar en un “Estado Universal” (uni o bipersonal, mas
en todo caso estrecho y selecto), sino en un verdadero sistema internacional,
con fuertes y representativos actores regionales y subregionales, de cuyos
múltiples y activos juegos de poder resulte el ansiado orden que
infructuosamente venimos buscando desde comienzos de los noventa.
Vista
así la cosa, las organizaciones regionales y subregionales cumplirán
–en ese nuevo orden internacional- el papel positivo que las “organizaciones
intermedias” juegan en el interior de los respectivos estados nacionales.
Esto es: organizan los intereses y aspiraciones individuales, las armonizan
en el conjunto y potencian su voz frente al estado de turno. Aquéllas
organizaciones lo son de ciudadanos, éstas lo serán de naciones.
En cualquiera de los casos –y complementariamente por cierto- ambas circundan
el poder y lo limitan, evitando totalitarismos de cualquier tipo y representando
frente a él una suerte “voluntad general” (y popular/nacional) a
la que no podrán dejar de escuchar.
Casualmente el actual proceso
globalizador parece alejarse de un camino así y corre el peligro
de devenir un globalitarismo (es decir un nuevo totalitarismo o imperialismo,
esta vez a escala planetaria). Una “pirámide” de poder (con un par
de actores importantes en su vértice, EEUU, la CE, por caso), quedándole
al resto sólo la potestad de adherir a decisiones que no han generado
y muchas veces ni siquiera comparten.
Por lo tanto, también en
la construcción de una auténtica comunidad de naciones (que
de esto y no sólo de “globalizar” se trata), es necesario ir por
partes y de abajo hacia arriba. De la nación a la región,
de ésta al continente y desde él hacia lo ecuménico
o mundial. Cuanto más simples, imperativos y “urgentes” se presenten
los procesos, más desconfianza deben inspirarnos. Esto no quiere
decir, de ninguna manera, que la integración no nos urja, pero no
de cualquier tipo y a cualquier precio.
El siglo XX se ha cerrado, el
XXI acaba de inaugurarse y lo medular de una vieja dicotomía que
nos ha atravesado siempre -liberación o dependencia- sigue en pie
(sólo que ahora, no ya en el marco de aquél Diálogo
Norte-Sur, sino en el contexto mucho más crítico y férreo
del proceso globalizador). Cuestión ésta última que
no implica desertar del ideal liberador, sino buscar la forma y estrategia
para su adecuado logro en la era global.
Estas consideraciones nos
obligan a repensar a fondo el concepto de “soberanía”, pero no aquí
tampoco para renunciar a ella (so pena de que sería imposible en
un época “interdependiente” y global, como pretenden convencernos
los mentores del neoliberalismo), sino para ver y entender como cursan y
qué desafíos deberán sortear los proyectos soberanos
en una era de creciente integración mundial.
Lo primero será
comprender que el modelo de nación soberana del siglo XXI, no podrá
ser el del “nacionalismo” (europeo) del siglo XIX. Lo que está agotado
y resulta inviable, es enonces ese concepto de soberanía: autárquico,
autosuficiente y expansivo; con una concepción esencialmente “egoísta”
(yo) y rentística de la vida, siempre a la defensiva (del “otro”
que amenaza sus fronteras), siempre presto para la guerra y esencialmente
insolidario. Por el contrario, un proyecto actualizado y viable de “soberanía”
(tanto personal, como social y nacional) requiere la superación (convencida)
de tal egoísmo insolidario y su reemplazo por un modelo solidario,
integrador y dialogante, donde lo “propio” se realiza también con
lo “otro” (y no contra él) y donde unidades menores van posibilitando
integraciones mayores que las fortalecen (y no las absorben).
Sobre
tales bases filosóficas, queremos aportar ahora a la construcción
de este nuevo imaginario latinoamericano, la categoría de “soberanía
ampliada”, sobre la cual bien puede apoyarse la de “soberanía regional”.
Entendemos por “soberanía ampliada” aquélla que realiza y
completa su voluntad autonómica y su deseo de libertad (base de todo
tipo de soberanía), más allá de la esfera exclusiva
del “yo” o del sí mismo. Esto es, un proyecto de libertad y autonomía
que, si bien parte como reclamo y llamada del “yo”, no se queda en él
(a la manera del “egoísmo” moderno), sino que requiere al “otro”
como contrapartida inexcusable de mi propio libertad. En consecuencia: mi
libertad no termina donde empieza la libertad del otro, sino que allí
apenas comienza a madurar ese proyecto en común donde “yo” y “tú”
devienen un “nosotros”.
Proyecto por cierto lleno de contradicciones,
tensiones y dificultades, pero inexcusable para la realización auténtica
(y sostenible) de todo “yo” (y de todo “tú”). Así, en este
pasaje de la autonomía (imperial) del “yo” a la heteronomía
del “nosotros” , aquél yo inicial se amplía (no se “reduce”,
ni se “limita”, como pregona el contractualismo o el pactismo “liberal”)
y en esa misma “ampliación” fortalece y gesta (en comunidad con el
“otro”) un espacio y un tiempo cualitativamente distinto: el del “nosotros”,
una región por completo diferente y sin embargo encarnada que contiene
(y a la vez supera) los respectivos puntos individuales de partida.
Así es como -en nuestro entender- este concepto de “soberanía
ampliada” resulta la matriz teórica adecuada para pensar (más
allá del “pacto” o de la “invasión”, del yo al otro) la creación
de un “nosotros” cultural sobre el cual hacer descansar (por acción
de la solidaridad y la justicia, antes que por la guerra o la conveniencia
circunstancial) una nueva realidad: la región común, la comunidad
(de destino, antes que de “origen”), la “soberanía regional”, en
fin.
Pensar la soberanía de esta manera nueva (ampliada y regional),
nos parece decisivo a la hora de organizar y ejecutar nuestra gran asignatura
pendiente: la integración latinoamericana.
II. LOS CAMBIOS EN EL MUNDO DEL
TRABAJO
Exprofesamente
nos hemos detenido en caracterizar con cierto detenimiento los componentes
esenciales de esta agenda de fin de siglo. Sólo en ese marco general
cobran real entidad los temas más específicos.
Ahora
podemos afirmar -cargando a estas aseveraciones con todo su peso- que esos
cambios se dan en el contexto de la crisis irreversible del paradigma Moderno;
del predominio planetario de las tecnociencias y de un proceso globalizador
que redefine radicalmente las identidades nacionales, comunitarias y personales.
Los cambios en el mundo
del trabajo están en relación directa con ese trípode
que -a la vez que lo soporta- lo redefine cada vez con mayor profundidad
y celeridad. Aunque nuestras expectativas respecto del trabajo siguen siendo
estructuralmente las mismas (satisfacción de nuestras necesidades
básicas, realización de la persona humana y aporte a la comunidad
que habitamos; en tanto y en cuanto el trabajo tiene que ver con nuestro
proceso de hominización, antes que con variables ocasionales, sin
embargo la satisfac-ción de esas expectativas y los modos concretos
del mismo han variado y variarán de modo radical.
No
es lo mismo trabajar (o no tener trabajo, la otra y perversa cara de la
moneda) en una sociedad de tipo postindustrial, que en otra. Así
como, los valores que rodeaban a ese mundo del trabajo y generaban las lógicas
expectativas del trabajador, adoptan por hoy rostros por completo diferentes
y cambiantes.
Hace treinta
años el mexicano Octavio Paz -bajo el título "Los signos
en rotación"- describía poéticamente ese corte
profundo, con estos términos: "En la antigüedad el universo
tenía una forma y un centro; su movimiento estaba regido por un ritmo
cíclico y esa figura rítmica fue durante siglos el arquetipo
de la ciudad, las leyes y las obras. El órden político y el
órden del poema, las fiestas públicas y los ritos privados
-y aún las discordias y las transgresiones a la regla universal-
eran manifestaciones del ritmo cósmico. Después la figura
del mundo se ensanchó: el espacio se hizo infinito y transfinito
[ahora, virtual!]; el año platónico se convirtió en
sucesión lineal, incabable; y los astros dejaron de ser la imágen
de la armonía cósmica. Se desplazó el centro del mundo
y Dios, las ideas y las esencias se desvanecieron. Nos quedamos solos. Cambió
la figura del universo y cambió la idea que se hacía el hombre
de sí mismo...Ahora el espacio se expande y disgrega; el tiempo se
vuelve discontínuo; y el mundo, el todo, estalla en añicos.
Dispersión del hombre, errante en un espacio que también se
dispersa, errante en su propia dispersión".
¿Qué
es, pues, trabajar en un espacio que se disgrega y en un tiempo sin
borde?; ¿qué es trabajar cuando los centros se han desplazado
y nos quedamos solos?; ¿cómo y para quién se produce
allí donde todo se discontinúa y cambia?; ¿quién
manda y quién obedece, quién planifica y quién ejecuta,
quién representa -y a quién- en medio de la soledad anónima?;
por fin, ¿quién trabaja y quién no, allí donde
las antiguas ideas, creencias y valores y sistemas de conocimientos han
entrado en crisis acelerada?.
Sólo
teniendo en cuenta este marco básico, es que podemos comprender por
qué conceptos hasta ahora aparentemente simples y sólidamente
arraigados (jornada laboral, tipo de trabajo, salario, convenio colectivo,
etc,etc), han entrado a su vez en profunda (y peligrosa) crisis. Quiénes
no comprendan integralmente esta mutación cultural, o confundan las
causas con las consecuencias, se encontra-rán en serias dificultades
para proponer alternativas prácticas y factibles (algo que urge muy
especialmente a los trabajadores).
La
anterior sociedad industrial -cuyo clima de realización podemos ubicarlo
en la década de los '50 de este siglo- forjó un estilo de
producción basado en organizaciones optimizadas, cuyos procedimientos
y rutinas se encontraban estandarizadas. El "fordismo" era el
eje dominante del desarrollo. Cada individuo realizaba una pequeña
porción de la producción total y estaba circunscrito a una
tarea específica en el engranaje de la maquinaria productiva. A su
vez, esas piezas, convergían ascendentemente hacia el mando centrali-zado
y el control vertical. La mano de obra, en este marco, era un costo variable
provisto por el mercado y los trabajadores se encontraban vinculados a puestos
bien definidos, siendo la disciplina laboral su principal virtud.
Los
supuestos básicos de tal organización de la producción
y del trabajo, eran los de una demanda estable, sin bruscas alteraciones
en el corto y mediano plazo, como consecuencia de asignarle al estado ("de
bienestar") la tarea de mantenerla efectiva.
Se
aspiraba así a economías de escala para la producción
en masa y el objetivo central era lograr productos estándares para
clientes masivos. A su vez las teorías del desarrollo económico
privilegiaban la acumulación de capital físico -requeridos
por una infraestructura montada para el largo plazo- y asociaban la idea
de crecimiento con la materialidad del proceso productivo, el cual por sí
solo traería aparejado el progreso social y el desarrollo global.
De más está
señalar que poco de esto subsiste hoy. Al calor del cambio tecnológico
la sociedad posindustrial -que es también del conocimiento y de la
información- dio forma a un mundo del trabajo completamente diferente
(por cierto que no a la misma velocidad en todos los lugares, ni con las
mismas consecuencias).
El
capital humano y el conocimiento tecnológico son ahora el elemento
central en la estructura de la empresa. En este contexto los puestos de
trabajo pasan a ser variables y a la vez flexibles; la norma es ahora la
búsqueda y capacitación de trabajadores en términos
de adaptación, capacidad en situaciones cambiantes, potencial de
iniciativas y automotivación.
La
producción no se orienta ya más en torno de una demanda básicamente
estable, sino que busca adecuarse a preferencias cambiantes, lo que implica
la segmentación y acortamiento de los procesos productivos. El consumidor
(selectivo y no ya estándar) es el destinatario de este modelo y
la tecnologización del proceso productivo posibilita atender esa
fragmentación, al mismo tiempo que abarata los productos. Estas innovaciones
han alterado sustancial-mente los vínculos de los hombres con las
máquinas y de estos entre sí.
Al
mismo tiempo -al acortarse los ciclos, reducirse los costos y abaratarse
los precios- la barrera dominante de acceso al mercado deja de ser la inversión
y pasan a ser las personas y el conocimien-to. Así, consumidores
exigentes en el marco de un mercado en permanente (y conflictiva) ampliación
y trabajadores con una alta exigencia de capacitación, son los términos
de una nueva ecuación entre tecnología y mundo del trabajo.
Hasta aquí lo estructural,
lo que ya está ocurriendo y no puede (ni debe) ser ignorado, ni minimizado.
Sin embargo, esto no es neutro, ni beneficia a todos por igual, ni implica
los mismos riesgos ni desafíos. Pensarlo situadamente (en nuestro
caso como latinoamericanos), es lo primero que se impone.
Un buen punto de partida
es partir de aquélla revolución tecnocientífica que
anteriormente hemos descripto y cuyos impactos en el mundo del trabajo son
decisivos y evidentes.
a) Valorar crítica y objetivamente esa revolución
tecnocientífica.
Ni el "optimismo tecnológico"
ni su correlativo especular, el "pesimismo", ayudan a una correcta
comprensión de lo que en realidad está pasando. La técnica
-en sí misma- no es ni un dios, ni un demonio; no condena ni absuelve
por sí misma. Es increíble lo rápido que somos inducidos
a olvidar el carácter instrumental de las técnicas (y por
ende la necesaria referencia humana de las mismas), en aras de una suerte
de “fatalismo”que nos deja prácticamente inermes frente al desarrollo
tecnocientífico.
Al
transformar el instrumento en fin y presentar a éste como universal
e inexorable, lo que hacemos es escamotear la responsabi-lidad humana (es
decir, política) en ese proceso tecnológico, así como
se nos induce a aceptar este horizonte "fuera de control" como
si se tratase de otro fatalismo inmodificable de origen casi celestial.
Algo similar a lo que ocurre cuando se confunde -como veíamos anterior-mente-
la "globalización" con una auténtica ecumene, induciéndose
a aceptar como inmodificable lo que en realidad es una muy concreta
construcción de poder.
Es
que aquí también -como en la economía y en la politica-
el Pensamiento Unico viene extendiendo peligrosamente sus recetas. Así
se elabora y propagandiza una suerte de desarrollismo tecnológico
universal, cuyo cumplimiento ritual traería inexorablemente
aparejados riqueza, empleo y prosperidad sin más (sino hoy, con seguridad
mañana, si persistimos en ese único camino).
Este
verdadero mito se apoya puntualmente en tres fábulas. La primera
de ellas es la de la supuesta neutralidad (política y axiológica)
de la ciencia y la tecnología, de la que se extrae la posibilidad
y beneficio de su expansión universal sin más.
Por
cierto que lo que aquí se ignora es que las ciencias y las técnicas
son fundamentalmente productos socio-culturales y que -junto a los otros
saberes artísticos y humanísticos- expresan siempre una concepción
del mundo. De aquí precisamente la necesidad de una relación
libre (no dependiente) con esos productos y de tener siempre presente el
paradigma de las denominadas tecnologías apropiadas en el trato e
intercambio universal en materia de tecnociencias. Quienes olvidan que lo
tecnologico es siempre opción (y muchas veces creación), pagarán
cultural y socialmente muy caro esta fábula de la "neutralidad"
tecnológica.
La
segunda fábula a superar -solidaria de la anterior- es la de la supuesta
sincronía universal de las culturas, según la cual éstas
progresan a través estadios uniformes, hacia metas universal-mente
predeterminadas, requiriendo en consecuencia los mismos tipos de técnicas
y saberes para ir así escalando etapas. Es así que ha llegado
a decirse: "Aquello que es futuro (eventual) para nosotros, es presente
para otros. En eso, al fin de cuentas, consiste el subdesarrollo: en ir
detrás, en ignorar lo que otros ya saben y uno sabrá después,
en carecer de lo que otros tienen y uno podrá tener más tarde".
Ojalá las cosas
fueran así de fáciles y sencillas! Desgraciada-mente no lo
son. No hay tales “estadios” o metas fijas (por el contrario éstas
se diseñan y se alcanzan según las respectivas culturas e
intereses nacionales y regionales); el tiempo (local y planetario) no es
una sencilla construcción lineal, sino complejas parábolas
dialécticamente entrelazadas; finalmente, los juegos de interdepen-dencia
y dependencia las atraviesan cambiantemente por igual.
La
tercera fábula -que refuerza y complementa las dos anteriores- es
la que denominamos del supuesto banquete tecnológico universal, según
la cual las bondades tecnológicas estarían allí servidas
al alcance de cualquier mano planetaria que las desee o necesite. Bastaría
con acercarse y servirse. Craso error, porque desde Bacon bien sabemos que
"el conocimiento es poder" y que éste no se regala ni se
presta. Y si esto nos parece demasiado duro, recordemos a Federico List
quien ya en 1841 escribía: "Es una regla de prudencia vulgar,
la de quitar la escalera con la que se alcanzó la cima, con el fin
de quitar a los demás los medios para subir detrás".
De aquí la necesidad
de sostener -junto al deseo legítimo y justo de democratización
universal del saber- un desarrollo nacional y regional suficiente en materia
de ciencia y tecnología, capaz de ofrecer alternativas culturales
acordes con nuestras específicas necesidades latinoame-ricanas en
la materia. Japón es un excelente ejemplo en esta dirección
positiva pués desde 1867 -luego de la derrota del Shogunado (gobierno
oligárquico de los nobles) y el comienzo de la célebre dinastía
Meiji- realizó un esfuerzo de modernización social y tecnológica,
con firme base en su identidad nacional, que sostenidamente explica su estado
presente (cara oculta del "milagro", tantas veces olvidada
o minimizada).
En síntesis,
que las tecnologías no son neutrales, ni universalmente positivas
sin más trámite, ni disponibles sin condicionamientos más
o menos abiertos. Por consiguiente las relaciones entre desarrollos tecnológicos
y aparatos productivos, que hoy por hoy se encuentran en pleno debate y
fuego cruzado de mutuas acusaciones (debido a fenómenos como el desempleo,
la devastación ecológica, o los fenómenos sociales
que suelen provocar, no se resolverán en serio sin llevar ese debate
al terreno profundo en que técnicas, culturas y decisiones políticas
vuelvan a quedar firmemente imbricadas. Se impone entonces:
*
la recuperación de la dimensión humana de la técnica,
recordando siempre el carácter instrumental (“medio” y no “fin”)
de ésta;
* el
reconocimiento de la pluralidad de estilos y desarrollos tecnológicos,
optando por aquél que mejor se integra con los ideales, valores y
necesidades de una determinada cultura;
*
en consonancia con esto, el pleno aliento -político y económico-
de la investigación y desarrollos nacionales (y regionales) en materia
científica y tecnológica;
*
finalmente, la puesta al servicio del hombre del saber tecnológico
y sus productos, en un acto de democratización del saber y del consumo
que sólo tendrá como fronteras la dignidad de la especie humana
y su ancestral lucha por la libertad y la justicia social.
Sin
embargo, esto sólo no basta.
b) Necesitamos volver a rediseñar el estado nacional.
Ya un lugar común
referirse a la década del '80 como la "década perdida"
para el crecimiento latinoamericano y a la de los ’90 como las de verdadera
liquidación de sus poderes soberanos y riquezas económicas.
Sin embargo, acaso por su proximidad, todavía no hemos tomado conciencia
-en toda su dimensión- de la profundidad de esas perdidas. Cuando
lo hagamos, acaso advirtamos que sus consecuencias han sido más desvastadoras
que la Gran Depresión de los '30, que su duración fue mayor
y que la caída ha sido inclusive más pronunciada que la experimentada
por Europa y los EEUU sesenta años atrás.
Un
sólo dato estadístico para tomar la temperatura del problema:
a comienzos de los '80, 112 millones de latinoamericanos y caribeños
(o sea el 35% de los hogares), era pobres; ya en la mitad de esa década,
los pobres eran 164 millones y totalizaban el 38% de los hogares. Para tener
una idea de esta velocidad de la pobreza, señalemos que la población
total de la región (en términos absolutos) había crecido
menos que el número de pobres. De allí en más la tendencia
siguió en ascenso; "nuevos pobres" se incorporan todos
los días a una mesa latinoamericana cada vez más estrecha
y austera.
A pesar de
todo, la región siguió apostando a la esperanza y a la vida:
a comienzos de los '80 éramos 359 millones de habitantes; el fin
de siglo en cambio nos aguardó aquí con 523 millones de almas.
Y como van las cosas, ¡cerca de la mitad serán pobres!
También es ya un
lugar común el señalar que allí se quebró un
ciclo: el del "Estado de Bienestar". Denominación por cierto
dudosa y exógena a la región (¿cuándo realmente
en América Latina existió en plenitud ese tipo de estado?),
pero denominación al fin aceptada para caracteri-zar un modelo integrado,al
menos, por tres ingredientes básicos: 1) en lo económico,
un proceso de sustitución de las importaciones, cuya meta fue incorporar
-tardíamente- estas economías al proceso de industrialización
avanzada de Occidente; 2) el fomento explícito de políticas
sociales que -apoyadas en aquél impulso industrializador- incorporara
a estas sociedades a las coetáneas prácticas del estado de
bienestar vigentes en el mundo desarrollado; 3) la puesta en marcha de procesos
de mayor participación popular y democratización de la vida
política, requeridos a la vez por la modernización económica
y el sostén de las políticas industriales y sociales en curso.
Todo esto conformó
por cierto un tipo por completo diferente de estado: ahora activo, interventor
directo en la vida económica y con fuerte voluntad de reparación
y justicia. Con diferentes grados y matices según los países
que conforman la región, lo cierto es que el protagonismo de la vida
política se instaló en el estado y desde él se disputó
(también con diferentes estrategias) los espacios de decisión
que hasta entonces monopolizaban los sectores sociales y económicos
hasta entonces dominantes.
Paradójicamente
ese incipiente "estado de bienestar" latinoamericano contó
con una gran comprensión y acompañamiento de las agencias
internacionales que, por aquel entonces, había asumido un fuerte
compromiso con del “desarrollo” (palabra clave de la época). Al mismo
tiempo, la existencia de un "segundo mundo" socialista, presionaba
con ofertas de políticas alternativas y distintas apoyaturas a los
procesos en marcha en el "tercer mundo".
Sabido
es que todo este modelo comienza a tambalear a mediados de los '70 y se
derrumba en los '80. Dejamos aquí ahora pendiente el análisis
pormenorizado de las causas (internas y externas) que llevaron a esa crisis
y derrumbe, para pasar rápidamente a las consecuencias y al tipo
de modelo (¿de "malestar"?) que lo sustituyó. Eso
nos sumerge de inmediato en el presente.
La
crisis de la deuda externa nacional y regional, fue sin dudas desencadenante.
Se cerró un tiempo de esperanzas (y también de frustraciones,
es cierto) y el ajuste de los ’90 ocupó el mítico lugar del
"desarrollo" e los ‘60. Se iniciaron aquí las que ahora
-y también desde su ya evidente agotamiento- podríamos denominar
como políticas de primera generación post "bienestar".
Desregular, desestatizar, desproteger y abrir (indisolublemente unidas al
verbo pagar), fueron las nuevas voces de mando. Las tímidas democracias
latinoamericanas de los '80, nacieron en medio de ellas e inocultablemente
condicionadas por estas nuevas realidades.
Estas
políticas de primera generación de los '80, en los '90 ya
comenzaron a mostrar su agotamiento y, en el comienzo de un nuevo siglo,
requieren su propio ajuste y -en ciertos ámbitos- de cambios fundamentales.
El discurso ortodoxamente
fiscalista que las sustentaba, se correspondía en un todo con un
mundo donde el principal problema era la inflación y las incon-troladas
deudas públicas.
Frente a un keynesianismo en crisis, los "médicos" aparecieron
por el lado de la escuela monetarista de Chicago (Milton Fridman), cuyas
recetas fueron continuadas (en dosis ampliadas) por la denominada Escuela
de las Expectativas Racionales (conducida por el reciente premio Nobel,
Robert Lucas) y propagadas en modelos ultramatemáticos al estilo
de Lucas, Sargenat y Barro. La conclusión de todos ellos desembocaba
-por diferentes vías- en una recomendación única y
universal: todos los esfuerzos económicos debían dirigirse
al logro de un “presupuesto equilibrado” y los estados debían abstenerse
de intentar cualquier reactivación económica, porque ello
derivaría inexorablemente en inflación. Y en el mundo, había
inflación. Por lo tanto los gobiernos debían hacer lo menos
posible en materia económica, ajustarse el cinturón y confiar
a rajatabla en la “mano invisible” y racional de los mercados. Por décadas
los economistas latinoamericanos fueron educados en esta escuela y de ella
extrajeron -con las variantes del caso- sus recetas locales.
Y
el gran cometido se cumplió. A un costo social y humano brutal, la
inflación fue retrocediendo y hoy en el centro de la escena ocupan
su lugar el desempleo y la falta de crecimiento económico a niveles
sustantivos. Simultáneamente, en las propias usinas económicas
del Primer Mundo, surgen cuestionamientos crecientes a aquellas doctrinas
monetaristas y fiscalistas. Los hechos terminaron probando (con altísimo
costo humano) que hacer girar toda la economía sobre el presupuesto
básico y la perfecta racionalidad de las expectativas, era algo tan
irreal como desacertado. En 1994 Paul Krugman -polemizando con Lucas- decía:
"Nada hay más irracional que la perfecta racionalidad".
De allí en más la polémica no cesa y esta "tercera
ola neokeynesiana" (representada por Krugman y George Akelrof), plantea
lisa y llanamente un cambio en la “medicina”. El remedio que sirvió
(en parte) para la fiebre inflacionaria, no es útil para el tumor
del desempleo y la recesión. Sin embargo y por aquel retraso lógico
que genera la dependencia intelectual, buena parte de nuestros economistas
latinoamericanos en función de gobierno, parecen no haberse enterado
y se limitan a doblar la dosis de la misma medicina, esperando -casi con
fervor místico- que el milagro se produzca. En tanto, el enfermo
empeora.
Pero lo cierto
es que ese fiscalismo, que hasta hoy funcionó como Pensamiento Unico,
ha dejado de ser tal. Se lo debate -aún cuando se lo siga implementando-
y esto nos dan posibilidades de ir esbozando las denominadas "políticas
de segunda generación", decisivas para poder plantearnos -en
serio- la posibilidad de salir del atolladero y recuperar la iniciativa
(humana y política) de los procesos económicos.
Estas
políticas serán ahora activas (a diferencia de la pasividad
del "ajuste") y se orientarán primordialmente hacia los
dos inquietantes huéspedes de las sociedades contemporáneas:
el desempleo y la recesión económica sustantiva.
Ellas
suponen por importante rediseño del estado (post reforma y post ajuste).
Porque no puede haber políticas de segunda generación, si
no hay un estado capaz de llevarlas adelante; de allí que este estado
"reformado" se muestre muy por debajo de las necesidades actuales
en materia social y hoy su crisis ha vuelto a hacerse evidente.
Se
requiere así un estado que -aprendiendo aún de sus propios
errores y no desertando de sus tareas indelegables en el mercado- sea capaz
de transitar los espacios que aquellas políticas de segunda generación
requieren. Muy sucintamente dicho:
*
la construcción de un nuevo consenso democrático, en torno
de cuestiones abandonadas (de manera suicida) hace más de una década:
productividad, empleo, distribución de la riqueza;
*
la construcción de oportunidades, para evitar así la necesaria
ceguera del mercado en cuestiones que ya lo han demostrado insuficiente;
* la discusión e
implementación de políticas nacionales (y regionales)activas
frente a la globalidad: de adaptación en algunos casos, de autonomía
en otros, imaginativas siempre;
*
la definición de regulaciones óptimas, frente a las políticas
(ya fracasadas) de aperturas, privatizaciones y descentralizaciones, así
como una profunda revisión de las reformas en curso;
*
finalmente, la formulación inteligente de políticas de región,
de sector y de tamaño las cuales favorecerán -aun en medio
de la globalidad y acaso por las posibili-dades que ésta misma abre-
la conformación de un aparato productivo acorde con nuestra impronta
socio-cultural y con nuestros legítimos intereses. Para el caso de
las "conexiones financieras" (claves en toda economía de
tipo capitalista), esto resulta de primerísima importancia.
Por
cierto, que esto ni es sencillo ni es todo; pero constituye en nuestro entender,
el punto de partida de un imprescindible diálogo (nacional y regional)
que permita ir buscando ese "arriba del laberinto" que la dictadura
del Pensamiento Unico se encargó reiteradamente de negarnos, o dificultarnos
Sin embargo, allí
están. Constituyen nuestras dolorosas y muy latinoamericanas asignatu-ras
pendientes. Burlándose del promocionado "fin de la historia"
y de los apresurados decretos funerarios (muerte del hombre, de Dios, de
las ideologías), insisten con la terquedad de lo insoslayable.
¿Estaremos a la altura
de sus circunstancias; ¿o insistiremos con los caminos del laberinto?.
¿Seguiremos presentando como "natural" (científico
e ineluctable), lo que en realidad es histórico y por ende modifica-ble?.
¿O recordaremos a tiempo que siempre es posible volver a empezar,
si se aúnan la decisión política y la inteligencia
(propia) para hacerlo?
III. UNA AGENDA LATINOAMERICANA
Por eso mismo y con la urgencia del caso, vale la pena intentar
aproximarnos, al menos, a una agenda latinoamericana de cuestiones pendientes.
En principio una agenda
de ese tipo, estará seguramente inspirada por dos grandes grupos
de cuestiones. Uno de ellos podríamos denominarlos el conjunto histórico,
comprendiendo aquel grupo de “asignaturas pendientes” que –desde el fondo
de nuestra historia iberoamericana- nos convocan como problemas o situaciones
todavía abiertos y, por ello mismo, de permanente vigencia en el
nivel de la reflexión y del pensamiento. Son las cuestiones estratégicas
de todo discurso que pretenda situarse iberoamericanamente y cuyo tratamiento
–lejos de cerrarse- permanece siempre críticamente abierto, lo cual
no sólo es lógico sino también muy deseable.
a) Las asignaturas históricas pendientes.
Sin pretender por cierto agotar este grupo de problemas –que además
varía según la ubicación sociocultural concreta dentro
del gran conjunto iberoamericano- diríamos que una agenda histórica
común y mínima, no puede dejar de seguir transitando -al menos-
por los cuatro siguientes ítem:
1) la identidad y diversidad
cultural americana; 2) la peculiar constitución de nuestras nacionalidades
(a partir del hecho colonial inicial) y de nuestros respectivos sistemas
políticos y estatales; 3) el logro de la justicia social, como
legado siempre abierto y pendiente en nuestras comunidades nacionales y
sectores sociales específicos; y 4) la integración regional
iberoamericana, como motivación histórica original y sus permanentes
derivas concretas.
Cada
uno de estos puntos es un extenso e inagotable problema en sí mismo,
sin embargo en su conjunto, constituyen un plexo básico de memoria
histórica que –como trasfondo cultural permanente- está presente
en nuestra candente actualidad iberoamericana. Ignorarlos o minimizarlos
en la búsqueda de las soluciones más urgentes, es tan peligroso
como quedarse eternamente demorados en ellos.
Todo planteo inteligente
del presente iberoamericano juega con y contra esa “memoria histórica”
y –en ese mismo juego cultural- obtiene sus motivos y voluntades más
genuinas y a la vez más transformadoras. Esto ha sido ignorado con
harta frecuencia, tanto por los proyectos “modernizadores” sin más,
como por los “tradicionalismos” a ultranza, que operaron y operan al interior
de nuestro mundo iberoamericano, con resultados visiblemente insuficientes
y hasta peligrosos para sus respectivas comunidades.
b) Los desafíos del presentes
Hay un segundo bloque de cuestiones, en esta inicial agenda latinoamericana
que aquí ensayamos, que bien podríamos denominar como los
desafíos del presente (inmediato o mediato). Estos tienen ya carácter
de urgentes y dilemáticos y, postergarlos o ignorarlos, resultaría
una actitud tan suicida como la renuncia a aquélla memoria histórica
que antes apuntamos. Si esto último nos hace perder el pasado (condenándonos
a un presente light y depotenciado), aquello amenaza con dejarnos sin futuro,
es decir sin pro-yecto posible y sustentable. Iberoamérica, América
Latina –o cómo elijamos llamar, nunca ingenuamente, a esta realidad
que somos- está hoy atravesada por encrucijadas (dilemas) de magnitud
y urgencia muy semejantes a los de la etapa fundacional de su vida independiente.
Estamos en medio de un “ser o no ser”, estructuralmente muy parecido a la
salida de la etapa colonial y el comienzo de su (siempre relativa) soberanía
política. Tal la gravedad del presente iberoamericano, sometido a
tensiones globales de singular magnitud y violencia.
En esta primera
década del nuevo siglo, se jugarán sin dudas cuestiones realmente
atinentes a la supervivencia de Iberoamérica como entidad cultural
y política con perfil propio (aunque integrada, por cierto, a la
ecumene planetaria). Está en juego la naturaleza de esta integración,
oscilando entre los extremos de la fusión lisa y llana en un proyecto
“global” y externo (como simple “mercado emergente”), o su vigencia como
entidad autogobernada e integrada (es decir, como nación). Su libertad,
es en una palabra lo que está en juego, ya que sin ella no hay determinación
ni soberanía cultural, política o económica.
Una
agenda mínima de este presente urgente y dilemático debería
contemplar, al menos, los siguientes asuntos básicos:
1) en
el nivel económico, el peso cada más insoportable de su “deuda
externa” y los condicionamientos que ello genera en términos de “deuda
social”. Esta consideración debería además dar cuenta
de los efectos devastadores que ha tenido y tiene –para los diferentes países
iberoamericanos- la aplicación de “recetas magistrales” (pensamiento
único) en aras de su eventual solución;
2) en el orden
político, es urgente pensar y actuar sobre el estado de crisis grave
que actualmente atraviesan nuestro sistema democrático, el sistema
de representación política y la anomia desesperanzada que
afecta a grandes sectores de nuestra población. Este tema político,
está profundamente entrelazado con el económico que le precede
y
3) en el orden geopolítico y estratégico, es urgente
imaginar -de manera creativa y consensuada- una estrategia de desarrollo
regional integrado capaz de aceptar (y a la vez “superar”) los escollos
y condicionamientos que impone este momento “global”, de características
casi imperiales. Este modelo (pendiente) de desarrollo regional integrado,
no es sólo ni preponderantemente un modelo económico, sino
también un modelo político, cultural y social iberoamericanamente
situado, es decir: abierto al mundo, pero respetuoso y promotor de nuestras
diferencias y necesidades regionales. Frente al “globalitarismo” (imperial
y aplanador de las diferencias), un auténtico y ecuménico
universalismo que –por ser tal- respeta y promueve tales diferencias, encontrando
en ese juego planetario su más profunda y humana razón de
ser.
c) El proyecto de una Comunidad Latinoamericana de Naciones.
Como todo pro-yecto
éste tiene, un punto de partida, un pro..., una herencia (en este
caso la peculiar historia de América Latina y sus asignaturas pendientes);
y tiene también un punto de llegada que, precisamente como algo yecto...,
está por delante y genera expectativas de unidad y acción
(ahora) comunes, en tanto respuesta a aquéllas asignaturas pendientes
y a los nuevos desafíos de la época.
Por ello, en este
proyecto de una Comunidad Latinoamericana de Naciones, “pasado” y “futuro”,
se encuentran –conflictivamente por cierto- en un presente vivo que exige
a su vez dos cosas: primero, recuperar aquélla herencia, pero a la
vez superarla en lo que ésta ha tenido de impedimentos para la constitución
de un “nosotros” (afirmativo y plural); y en segundo lugar, responder a
los desafíos de ese “futuro” que –desde este presente vivo- reclama
la redención de la injusticia y la realización más
plena y solidaria de nuestros pueblos. Podemos entonces decir que este proyecto
de una Comunidad Latinoamericana de Naciones, está por detrás
y por delante de nosotros mismos: es nuestra historia y, a la vez, nuestro
futuro.
La construcción
de un nuevo imaginario latinoamericano requiere entonces de ese doble movimiento.
Si miramos ahora hacia nuestra historia continental más reciente
(siglos XIX y XX), lo primero que salta a la vista es la fragmentación
de su territorio y de su política común, a favor de nacionalidades
débiles y muchas veces enfrentadas entre sí, lo cual fue alejando
cada vez más a la región del aquél “nosotros” que (en
común) enfrentó con éxito al agresor español.
Podría decirse –sin exagerar- que después de la
orden del joven general venezolano José María Córdoba
del año 1824, para que los ejércitos patriotas carguen en
la decisiva Batalla de Ayacucho (“¡División!. ¡De frente!.
Armas a discreción. Paso de vencedores”!), América Latina
casi no tuvo política en común. Una combinación casi
perfecta de factores externos (ingleses primeros, norteamericanos, más
tarde) e internos (la miopía y los intereses “parroquiales” de las
respectivas elites criollas) tornaron ilusorio el viejo ideal de la “unión
americana”, con el cual los patriotas mayores sí habían hecho
una impresionante revolución continental.
Desde 1824 en adelante
se hacen trizas los pactos o acuerdos subregionales que iban a posibilitar
esa América Latina libre y unida. Así se disgregan –unas tras
otras- las Provincias Altoperuanas, la Confederación Peruano-Boliviana,
las Provincias Unidas del Río de la Plata, la República de
la Gran Colombia y la República Federal de Centroamérica.
Sobre esos retazos de liquidación se edifican entonces pretenciosos
“estados nacionales”: endebles en lo interno y muy vulnerables en lo externo;
muchas veces hasta geográfica inviables para un desarrolllo sustentable
y siempre consolidados por el baño de sangre de larguísimas
“guerras civiles· (es decir, fraticidas), al cabo de las cuáles
las oligarquías dirigentes terminaban imponiendo su propio proyecto
de clase al conjunto de un país desgarrado y empobrecido (procesos
que luego –con pretendida asepsia- las historiografías oficiales
denominarán como de “organización nacional”). No hubo organizaciones
en serio (es decir propias y solidarias), ni dentro ni fuera de aquellos
estados parroquiales; por el contrario, la “organización” fuerte
y real les provino “desde afuera” (con la complicidad y apoyo imprescindible
desde adentro) y así la región terminó como terminó:
disgregada, dependiente y endeudada.
Es todo un símbolo al respecto
que el Gran Libertador, Simón Bolívar, muriera pobre, en Santa
María, casi solo, en cama prestada y atendido por un médico
piadoso, diciendo aquello de “He arado en el mar”. Que otro tanto le ocurriera
a su par argentino José de San Martín, sin el beneficio siquiera
de morir en su propia patria, sino exilado en Francia. Y que el el general
hondureño Francisco de Morazán –el valiente impulsor de la
integración centroamericana- terminara fusilado en la plaza pública,
a manos del guatemalteco Rafael Carrera.
Sin embargo estos procesos
de fragmentación, no lograron nunca quebrar del todo aquél
ideal de la “unidad americana”, el que reaparece con fuerza cada vez que
–en el interior de aquellas “parroquias”, o bien en el orden regional- surgen
gobiernos o liderazgos populares capaces de recordar la gran tarea pendiente,
con todos los riesgos que ello implica.
Estas fuerzas centrífugas
(solidarias y regionalmente integradoras), competirán más
tarde con aquéllas otras (centrípetas y disgregadoras), en
el interior del sistema de instituciones y acuerdos regionales y subregionales,
en gestación desde la segunda mitad del siglo XX. El terreno de debate
será ahora lo “económico”, aunque como telón de fondo
estará siempre lo político y sus asignaturas pendientes.
Así desde el año 1960 vemos sucederse febrilmente instituciones
para la “integración económica” que generalmente –pasada la
euforia de declaraciones y los gestos iniciales de buena voluntad - terminan
casi invariablemente empantanas, cuando no autodisueltas en la práctica.
Un arancel de importación, o un cupo de exportación, suele
terminar en peleas y tristes finales burocráticos o diplomáticos.
Es que se atan los caballos detrás del carro, o si se prefiere, se
parte de lo coyuntural (que competitivamente nos separa y enfrenta, desde
cada “yo”) y se relega lo estructural (donde el “nosotros”, todavía
alienta). Mientras lo político y lo cultural (en sentido amplio y
profundo) se subordinen a lo económico –o bien queden como simples
adornos decorativos- es difícil que nuestra voluntad de integración
no sucumba ante aquellos viejos impulsos centrípetos.
A manera de simple recuerdo, desde el año 1960 en que se crea la
Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), la región
promovió (¡y a la vez estancó!) los siguientes acuerdos
entre estados: el Mercado Común Centroamericano (MCC,1960); el Pacto
Andino (1969); el Tratado de la Cuenca del Plata (1969); el Mercado Común
del Caribe (CARICOM, 1973); el Sistema Económico Latinoamericano
(SELA, 1975) ; la Asociación Latinoamericana de Integración
(ALADI, 1980) y, más recientemente, el Mercado Común el Sur
(MERCOSUR, 1991) y el Sistema de Integración Centroamericana (SICA,
1991).
Dicho esto con todo respeto y también con todo dolor:
un verdadero bosque de siglas que, con los años , terminan burocratizadas
e ineficaces para resolver los problemas que les dieron origen. Y allí
quedan, reducidas a un calendario de reuniones más o menos rotativas,
de las que terminan ocupándose “expertos” u asesores de las respectivas
cancillerías o ministerios de economía (para alegría
también de las “consultoras” privadas -nacionales e internacionales-
que encuentran en la preparación de papers una buena y constante
fuente laboral). Sus ya célebres “informes”, cumplido el encargo
coyuntural, tapizan las bibliotecas ministeriales en espera de la llegada
de....nuevos informes!
Si no fuese dramático –porque en tanto
la realidad continental es cada día peor- aquello sería risueño.
Más no lo es, ya que desnuda a un tiempo dos tendencias que terminan
anulándose entre sí: por un lado, la voluntad vigente de la
integración y la conveniencia de ésta para todos los pueblos
latinoamericanos; de otro, la debilidad política de sus clases dirigentes
para llevarla adelante. Y sin esto, todo es imposible: así como en
la Colonia, las 6385 “Leyes de Indias” no protegieron a los pueblos originarios
de su explotación y casi exterminio, estos nueve tratados de integración
económica (generados en sólo tres décadas del siglo
XX) tampoco parecen protegernos demasiado frente al tipo de globalización
que busca imponerse.
Seamos claros y justos en el diagnóstico,
única forma de proyectar algo diferente: bastó que los EEUU
pusieran el señuelo del ALCA en la mesa de las negociaciones continentales
y desempolvasen el viejo “panamericanismo” (vestido ahora de “Iniciativa
para las Américas”) para que casi todo ese frondoso bosque de siglas
regionales entrase en crisis y en visible agitación. Es cierto también
que no todo está perdido y que, al menos en la zona sudamericana,
se va anudando -en torno del MERCOSUR- un interesante polo de unidad
subregional, pero ésta no será fácil y requerirá
urgentes y valientes resoluciones.
Mientras tanto lo que se impone
–en nuestro humilde y nada “especializado” entender- es una reestructuración
integral de este sistema de pactos subregionales latinoamericanos (Andino,
MERCOSUR, SICA, SELA, etc, etc). Lo cual implica toda una batería
de acciones concretas y urgentes: redimensionarlos; evitar superposiciones;
unificarlos -allí donde esto fuese posible- o al menos conectarlos
estrecha y solidariamente entre sí. Todo esto en vista de una conjunción
de esfuerzos y de voces ante los organismos claves del actual proceso globalizador
(FMI, Grupo de los 7, OCM, etc,etc) donde se juega y disputa aquél
poder todavía estructurante.
Así enumerado parece poco,
o un objetivo demasiado modesto, pero no lo es sí clocamos todas
estas acciones dentro de un proyecto (a su manera “teleológico”)
que debería servirle de nuevo Norte: la progresiva constitución
de una Comunidad Latinoamericana de Naciones, objetivo que debería
irse entretejiendo con los hilos ya en marcha de la integración continental,
agregando aquellos que falten e imaginando otros que la misma práctica
indique. En esto, vale la crítica de Hegel a Schelling: uno no se
coloca “de un pistoletazo en lo Absoluto”; pero esa –salvando las distancias-
es la meta; la integración política (y autonomizante) de esa
realidad subcontinental.
En realidad, formalmente hablando, la Comunidad
Latinoamericana de Naciones ya existe. El Parlamento Latino (PARLATINO,
creado en 1987) aprobó -en 1994 y de común acuerdo con el
denominado “Grupo de Río”- la elaboración de un “Proyecto
de Tratado para la Comunidad Latinoamericana de Naciones (CLAN)
”, el que se presentó cuatro años después
en una reunión de presidentes latinoamericanos realizada en Quito
(Ecuador). Allí a su vez se decidió la creación de
un “Grupo de Trabajo” con Cancilleres de Brasil, Chile, Ecuador y Uruguay
para “examinar y recomendar cursos de acción inmediata para la racionalización
de la institucionalización regional”. De aquí en adelante
el proyecto CLAN no ha avanzado demasiado en lo sustancial, empezando lentamente
a “empantanarse” en los largos y reservados vericuetos de la burocracia
internacional (y de los “expertos” en diferentes áreas de la integración).
Con todo el respeto por las excepciones a esa dramática “regla
de oro” de la diplomacia regional, es necesario decir que con esto no alcanza.
Que es necesario pasar –más decisivamente- de lo formal a lo real
y que la CLAN (y el PARLATINO que la ha engendrado) pueden, en lo inmediato,
constituir un excelente foro regional frente a la “Iniciativa de las Américas”,
fuertemente impulsada por las administraciones estadounidenses (tanto republicanas,
como demócratas).
Sin embargo, la idea está lanzada, el
organismo “madre” subregional está formalmente creado y esto sólo
ha despertado ya vastas esperanzas y apoyos al interior de nuestras respectivos
comunidades (aún cuando el proyecto CLAN tiene al momento una muy
escasa difusión popular). Lo demás, como siempre, dependerá
fundamentalmente de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad de vencer
y subsistir como pueblos libres.
IV. LA EDUCACIÓN EN MEDIO DE ESAS AGENDAS
GLOBALES Y REGIONALES
Pocos temas como el de la Educación, atraen tanto la opinión
pública. Casi siempre figura al tope de la lista de prioridades declamadas
para una eventual asignación de recursos, así como se deposita
en su fomento, la gran esperanza para una solución de fondo de muchos
de nuestros males. Es lógico que así sea, ya que la Educación
(junto con la salud, el trabajo y la vivienda) constituyen metas e ideales
básicos del desarrollo humano.
Pero también es cierto
que en pocos temas –como este de la Educación- “el doble discurso”
es moneda corriente. Se la valora y se la prioriza, es cierto, en el momento
preliminar de los deseos y de las esperanzas; pero esto no se concretiza
demasiado a la hora de asignar presupuestos (públicos y privados),
planificar políticas de mediano o largo plazo, conducir el sistema
educativo o, incluso, trabajar en él.
Es aquí donde la
lógica “económica” prima sobre el resto de las consideraciones
y la Educación termina siendo uno de los demás “gastos” del
Estado (para colmo, abultado, dado el carácter masivo del servicio
educativo formal) y, por tanto, sometido a los ajustes de una creciente
escasez de recursos. Hay que atender cada vez más con menos presupuesto
y la Educación no escapará a esa lógica de hierro del
ajuste constante; sobretodo cuando esa lógica neoliberal del pensamiento
único amenaza con teñirlo todo de un solo color. Se tratará
entonces a la Educación como un ¨producto¨ más del
mercado (aplicándole la universal ecuación “costos- beneficios”)
y se terminará demostrando que ella no es tan buena inversión
como parece.
A su vez, desde el propio sistema educativo, se enviarán
señales deudoras en esa misma dirección económica,
así como se convalidarán – con no pocos desaciertos administrativos-
las críticas que ya pesan sobre él. En ese círculo
vicioso (político y económico) aquel “plus” que la educación
tiene y que originalmente todos le reconocemos, casi se pierde. La Educación
termina siendo ¨una cosa más, un gasto más. Lo espiritual,
lo formativo, lo ciudadano termina quedando en el camino.
Ahora
bien, ¿cuánto y cómo gastamos en Educación?.
Para decirlo en una frase: en Educación gastamos poco y mal.
Poco porque –a pesar del crecimiento numérico del gasto- éste
sigue siendo bajo, en relación con el gasto público en general;
y mal porque, la ineficiencia del sistema educativo latinoamericano para
invertir bien esos pocos recursos, es significativa. Si bien es cierto que
el sector educativo no es ajeno a la estructura general del Estado que integra
( y que los estados nacionales en América Latina se encuentran en
franca crisis), esto no puede ser utilizado para descargar responsabilidades
públicas en aras de una mejor administración y empleo de los
recursos del sector.
No solo necesitamos más recursos en el
sistema educativo, sino un mejor uso de los mismos; caso contrario, no habría
presupuesto que aguante.
Vayamos en búsqueda de algunos pocos
números muy significativos. Globalmente hablando, podríamos
decir que en casi todos los lugares del mundo el gasto publico en Educación
va en aumento. En 1980 se gastaban en Educación 526,7 millones de
dólares y, en 1992, se gastaron 1196,8 millones de dólares.
Por lo tanto, cualquier observador apresurado podrá sacar como conclusión
que el mundo ha doblado en doce años el gasto educativo y así
quedarse contento. Sin embargo, en éste – como en casi todos los
órdenes- el apresuramiento suele ser mal consejero: en primer lugar,
porque ese aumento no tiene el mismo significado en todo el mundo y, en
segundo lugar porque este aumento puede parecer muy grande, sólo
si ponemos entre paréntesis el crecimiento económico de ese
mismo período que estamos considerando (1980-1992).
Empecemos
por este último tópico. Si ponemos aquella cifra de 1992 (1996,8
millones de dólares en gasto mundial educativo) en término
de porcentaje de PBN mundial, ese aumento es menos importante. El gasto
educativo representaba en 1980 el 4,9% del PBN mundial y en 1992 sólo
representaba el 5,1%. O sea que, proporcionalmente a nuestro PBN no dedicamos
mucho más a la Educación. Sin embargo, ese 5,1% promedio del
PBN mundial dedicado a la Educación, baja enormemente si nos posicionamos
desde América Latina. Los países latinoamericanos sólo
dedicaron a Educación –en la pasada década de los ´90-
el 3% de su PBN, mientras los denominados desarrollados sólo lo hicieron
en el orden del 5,3%. Con un agravante, mientras que en los países
de América Latina el PBN per cápita es de 3.000 dólares,
en los países de altos ingresos supera los 20.000 dólares
per cápita.
Por eso es dable destacar – no obstante sus incomparables
ingresos con el Primer mundo- los esfuerzos que la región hace en
pos de la Educación: la proporción del gasto público
que los países latinoamericanos dedican a la Educación se
sitúa alrededor del 15%, mientras que los selectos países
de la OCDE dedican un 17%. Una diferencia de sólo dos puntos en el
caso de la Educación, mucho menor que en casi todas las demás
áreas. Aunque por cierto, aquí también hay que tener
muy en cuenta los respectivos tamaños de sus PBN.
Así
y todo hay enormes diferencias entre los mismos países latinoamericanos,
cuando estudiamos qué porcentaje de su gasto público dedican
efectivamente a Educación. Estas cifras oscilan entre el 3,6% que
le dedica Brasil y el 22,1% que le dedica el Paraguay, claro que aquí
también hay que tener muy en cuenta la magnitud de los respectivos
PBN (ampliamente favorable en Brasil en este caso).
Lo cierto es que
los recursos no aumentan en la misma proporción que la riqueza de
los países y que – donde esto último no ocurre- la situación
es cada vez más dramática.
En consecuencia, la Educación
es otra de las asignaturas pendientes que nuestra América Latina
debe considerar con urgente e inteligente estrategia inmediata.