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EL MOVIMIENTO FEMINISTA LATINOAMERICANO
DEL SIGLO XX PARTE 2 archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Luis Vitale
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El debate se estanca a veces por el rechazo de numerosas feministas
al concepto de poder trasmitido por la sociedad patriarcal. Con el fin de
no hacer corto circuito en el diálogo, sectores de mujeres prefieren
comenzar por la definición del poder a nivel micro y macro, para
luego debatir el tipo de poder que se desearía ejercer en una sociedad
distinta en un pie de igualdad con los hombres. Otras dicen llanamente que
“no les interesa el poder”, en una actitud conformista que no hace otra
cosa que reforzar el mantenimiento del régimen de dominación
patriarcal que dicen combatir. Al respecto, Julieta Kirkwood anota: “En
el problema del poder y en su práctica, las mujeres somos las grandes
ausentes. El discurso del poder sólo es válido en la esfera
Patriarcal y se expresa con una rápida derivación del poder
público —poder político—, poder del Estado y, en su dimensión
social, poder de grupos, de clases, de sectores. Son los caminos permitidos.
Para la esfera privada [las mujeres] se habla del ‘otro poder’, el poder
de la casa, del afecto. ‘Son los más importantes’, se nos asegura.
Y allí estamos: con serias dificultades para asumirlo cuando nos
precipitamos en la esfera pública. Si algo anda mal entre nosotros
es que alguien se está tomando el poder. Lo tachamos de malo, le
asignamos una esencia ética negativa y no queremos volver a hablar
del asunto. Pero ¿qué es el poder?, ¿cómo romper
los cerrojos y avanzar en este nudo? En primer lugar, el poder no es, el
poder se ejerce. Y se ejerce en actos, en verbo. No es una esencia.
Nadie puede tomar el poder y guardarlo en una cajita fuerte. Conservar el
poder no es tenerlo a cubierto, ni preservarlo de elementos extraños,
es ejercerlo continuamente; es transformarlo en actos repetidos o simultáneos
de hacer y de hacer que otros hagan o piensen. Tomarse el poder es tomarse
la acción —la idea y el acto—, acto frecuentemente afincado en fuerza
y violencia. Tal vez de ahí nuestro rechazo y distancia. Como resultado
de años y años de cultura patriarcal, en la mujer se ha obstruido
totalmente el deseo de poder. No lo desea para sí, se autoexcluye
de la posibilidad de tomarlo; ni discute siquiera. Lo considera algo que
está fuera”. 20 La falta de una estrategia de poder ha conducido a unos grupos
autónomos de mujeres a la mera lucha reivindicativa y a otros a minimizar
la importancia de ciertas reformas para la movilización femenina,
soslayando la íntima relación entre reforma y revolución
planteada por Rosa Luxemburgo hace más de medio siglo. Esta debilidad
ha sido hábilmente aprovechada por la socialdemocracia y otros partidos
del centro-burgués. Conscientes del potencial revolucionario del
feminismo, tratan de limar sus aristas mediante reformas puntuales y parciales
e integrando a ciertas mujeres a los organismos estatales, como asimismo
a través del financiamiento de pequeños talleres artesanales.
La Internacional Socialista es la tendencia política que más
se ha preocupado de convocar a mujeres de distintos países de América
Latina, diseñando una línea de acción para cada país,
ya sea bajo regímenes dictatoriales o de “democracia representativa”,
con el fin de vehiculizar hacia un camino reformista el contenido revolucionario
y cuestionador del feminismo. Al mismo tiempo, el Estado y la clase dominante
tratan de canalizar a vastos sectores femeninos en actividades que “naturalmente”
son propias de la mujer. Algunas empresas han llegado a financiar talleres
de artesanía y reuniones permanentes de psicoterapia de grupos, que
en apariencia favorecen a la mujer pero que en el fondo sirven para retroalimentar
el sistema patriarcal y burgués. A su vez, los medios de comunicación
de masas hacen audiciones de radio y TV dedicadas a la mujer con el fin
de trasmitir la ideología de la clase dominante de manera más
sofisticada que antaño para mediatizar el movimiento feminista. Sin
embargo, esta masificación del tema femenino conduce contradictoriamente
a que millones de mujeres tomen conciencia de sus fuerzas y de las posibilidades
de cambio del régimen. Por su parte, los “marxistas” fosilizados
y la mayoría de los partidos de izquierda no se han atrevido a dar
una respuesta integral a las luchas de la mujer, aunque existen promisorios
avances en Cuba y Nicaragua. Basta mirarlos programas y la praxis diaria
de dichos partidos para ver que su “comprensión” del problema no
va más allá de formular tímidas reformas. 21 Ni qué decir si uno
se adentra en la vida interior de esos partidos, donde en las células
o núcleos se reproduce la misma forma de dominación machista,
autoritaria y represiva que en la sociedad global: los hombres dirigen y
teorizan, mientras las mujeres sirven café y hacen de secretarias
u organizadoras de fiestas para recolectar fondos. Estos partidos tratan
de minimizar las luchas de la mujer manifestando que el movimiento feminista
es diversionista y ¡cuando no! pequeñoburgués, por cuanto
sus reivindicaciones específicas tenderían a desviar el proceso
de la lucha de clases, como si el combate de las mujeres estuviese desligado
del conflicto social. Prometen a las mujeres que su liberación comenzará
con el socialismo; dicen luchar contra el sistema, pero parecen ignorar
que el régimen de dominación se afirma también en la
ideología de la opresión femenina. Se niegan a reconocer que
los pioneros del marxismo no alcanzaron a formular una teoría sistemática
de la explotación y opresión de la mujer. La mayoría
de los militantes de izquierda sigue creyendo que la incorporación
masiva de la mujer al trabajo es suficiente para lograr la igualdad entre
los sexos, cuando la realidad ha probado que esto no es así. Más
aun, la revolución socialista es la condición sine qua non
para lograr avances significativos en el proceso de emancipación
de la mujer, pero no lo garantiza definitivamente. El curso de las revoluciones
socialistas ha evidenciado que hay una retroalimentación del papel
de la familia nuclear y aún subsisten ciertas formas de machismo
y opresión de la mujer, pues los hombres se resisten a perder sus
privilegios. Este patriarcado de izquierda ha podido mantenerse porque,
entre otras cosas, cuando se hizo la revolución en Europa Oriental,
en el este asiático, en Cuba y en Nicaragua no existían movimientos
feministas fuertes capaces de imponer desde el comienzo un programa igualitario
para ambos sexos, barriendo así, desde la partida de la transición
al socialismo, con las bases del patriarcado.
Es muy probable que las
mujeres jueguen un papel clave en el diseño de una nueva sociedad
poscapitalista, con una mayor creatividad y con un sentido más libertario
y fraterno, menos competitivo y más autogestionario, dándole
un contenido pleno a la relación entre democracia y socialismo. También
estamos convencidos de que la participación activa de las militantes
será decisiva en la estructuración de una nueva concepción
de partido y en la generación del poder, retomando en un plano superior
de la política la experiencia que están realizando en sus
grupos autónomos. Queremos terminar esta parte poniendo de relieve
el sentir latinoamericanista que va adquiriendo el feminismo. Apoderándose
del pasado unitario de las luchas de nuestra América, las mujeres
se están proyectando hacia el futuro a través de Congresos
latinoamericanos. Al primero, realizado en Bogotá en 1981, le sucedió
el segundo en Lima (1983) y el tercero en Bertioga (Sáo Paulo, 1985).
Centenares de mujeres organizaron talleres de discusión sobre los
temas más candentes de la lucha feminista, sin soslayar ninguno,
en un ambiente de tolerancia a las ideas. La unidad en la diversidad ha
presidido estos Congresos Latinoamericanos de Mujeres, único movimiento
social que ha llevado adelante congresos a este nivel continental de manera
permanente. Ni siquiera los sindicatos y partidos de izquierda han sido
capaces de reunirse regularmente para coordinar la lucha contra los explotadores
de adentro y de afuera. Los grupos feministas tienen apreciaciones diversas
sobre el balance de estos tres congresos. Nosotros nos permitimos reproducir
la opinión de Julieta Kirkwood respecto de los dos primeros congresos
latinoamericanos: “En Bogotá percibo un sentido descubridor. Es la
posibilidad de una primera vez, una primera apertura al mundo desde el feminismo
latinoamericano. Es narrar la utopía revivida para nosotras y para
las demás(...). En Bogotá sucedió que un gran número
de mujeres parió una idea, la echó al mundo, y ya la criatura
no nos pertenece. Podríamos haber craneado, pensado si la dirección,
pero no podíamos fijar ni determinar mi trayectoria(...). Bogotá
es el primer planteo —en grado de Continente— cuestionador y radical de
las instituciones patriarcales. Es la primera revelación de aquellas
que pública y socialmente se rebelan; primera apertura de conciencia
en comunidad donde no importan los porqués ni los cómos. Es
por ello, un primer momento(...). Bogotá marca el tiempo de la recuperación
del espacio para las mujeres. De un espacio muy especial: lo internacional(...).
Bogotá marca el momento de un desordenado asalto al orden; el tiempo
de trabajo se hace canto y fiesta, la razón es desacralizada y puesta
en su lugar(...). Bogotá plantea la recuperación de los orígenes:
es un embate a la historia(...). Después Lima. El momento de la estructuración
luego de la pregunta. El momento de las respuestas y por la tanto el momento
de los nudos(...). Hay en Lima exigencias de respuesta y planteo de nuevas
preguntas complejizadas. Se exige una teoría, una política
feminista, estrategias. Exasperación de saberlo todo, exasperación
de que no se nos responda todo(...). En el II Encuentro, este nudo presenta
dos aspectos. Por una parte, están las organizaciones, su labor,
su trabajo. Ellas asumieron el ejercicio del poder hacer, que fue en verdad
una actividad exigente y compleja(...). Pero otra cosa es asumir el hacer
como poder compartido. Saber y aceptar que sabemos; que este saber no puede
ser ejercido si no lo es con la responsabilidad plena del sujeto que sabe
que siempre se le pasará la cuenta por su acción. Pero se
está poco habituada al poder si se es mujer (...) un encuentro feminista,
aunque no se lo haya expresado o manifestado previamente, es en sí,
casi objetivamente un espacio político de las mujeres.” 22 En el III Congreso Latinoamericano
de Mujeres de América Latina y del Caribe, celebrado en Brasil del
31 de julio al 4 de agosto de 1985, al cual asistieron 840 delegadas, se
planteo con firmeza la lucha antiimperialista combinada con el combate antipatriarcal:
“la miseria ronda por nuestras casas y aumenta la explotación comercial
de nuestro cuerpo con el crecimiento- de la prostitución. Imponen
planes desarrollistas paternalistas manipulando nuestras mentes, imponiendo
controles demográficos... Levantemos nuestras voces contra las medidas
del Fondo Monetario Internacional, diciendo no paguemos la deuda externa
porque las mujeres no la pedimos ni la gozamos. La padecemos. Apoyamos las
luchas de las mujeres de Cuba y Nicaragua”. 23 Teresa Lastra —presente en ese encuentro— nos ha entregado por
escrito su apreciación del significado de este evento: “lo que encontramos
como más sobresaliente fue la posibilidad de aceptar, en un marco
democrático, la diversidad propia del movimiento. Los espacios de
discusiónreflexión estaban dados, no por una resolución
previa sino que más bien obedecieron a lo que allí las mujeres
veíamos como necesario. Los temas como sexualidad, afectos, trabajo,
violencia, ocuparon la atención de muchas mujeres, que rotaban permanentemente
de un lugar a otro, sin la preocupación de sentirse retrasadas en
el tema o que estaban ‘fuera de foco’. Otro momento interesante se produjo
cuando hubo que elaborar una declaración presentada por las delegadas
de Nicaragua sobre la intervención yanqui y la deuda externa. Fue
el momento de confrontación de las dos grandes franjas del movimiento.
las feministas apartidarias y las partidarias. ¿Con qué lenguaje
redactar esa declaración? Luego de un debate se optó por agregar
a la definición capitalista, imperialista, el término patriarcal(...).
Para aquellas que quisieron expresarse a través del cuerpo hubo mucha
teatralización, juegos corporales, etc. El recrearse, brindarse placer,
cómo y qué hacer en las horas libres, fue otro aspecto de
fuerte concentración. ‘No está claro —decían algunas—
qué significa tiempo libre, ya que la domesticación de nuestras
actividades nos impide el disfrute sin culpa.’ En ese ‘mundo de mujeres’
que creamos en esos cuatro días pocas podrán decir que no
se expresaron. Fueron muy emotivas las películas sobre la discriminación
racial, el encuentro de las chilenas exiliadas con las de ‘adentro’, la
realidad del pueblo inca, los testimonios de las ampesinas del Perú,
la fraternidad de las brasileñas del nordeste y de la ciudad, el
recuerdo de las desapariciones en la Argentina, la solidaridad con las mujeres
cubanas a quienes el gobierno brasileño no les otorgó visa.
La despedida no fue el final, justamente porque al quinto día decenas
de mujeres en una gran ronda, en la plaza principal de San Pablo, cantaron
y gritaron consignas a favor de nuestra liberación y la de los pueblos
latinoamericanos. Dos cosas teníamos en nuestras cabezas, corazones
y retinas: estamos creciendo como mujeres, como movimiento, de manera unitaria,
respetando la diversidad y contentas por la convocatoria al IV Encuentro
Feminista a realizarse en 1987 en México"
NOTAS
20 IBID., pp. 202 y
203.
2I
LUIS VITALE: “El marxismo ante dos desafíos: feminismo y crisis ecológica”,
revista
Nueva Sociedad, N0 66, Caracas, mayo-junio 1983, p. 92.
22 JULIETA
KIRKWOOD: Ser política.. ., op. cit., pp. 214 a 217.
23 Resoluciones del
III Congreso de Mujeres de América Latina y del Caribe, Sao Paulo,
1985.