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GLOBALIZACIÓN Y CULTURA archivo del portal de recursos
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Mario
Margulis
Instituto de Investigaciones Gino
Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.
Subsidios UBACYT CS 022 y 007.
1.
Dado que
concebimos a la cultura como una dimensión de todos los fenómenos sociales
-distinguible analíticamente pero no separable como proceso autónomo-,
entendemos que el análisis de la globalización desde la dimensión cultural está
íntimamente vinculado con el estudio de ese proceso en el plano histórico,
económico, político y financiero.
La expansión internacional está implícita en la dinámica del capitalismo y
acompaña su evolución histórica, incluyendo los procesos de acumulación que
dieron lugar al desarrollo de este modo de producción. Entre las tendencias que
el análisis del capitalismo pone de manifiesto se destacan aquellas ligadas con
los impulsos hacia una productividad creciente, hacia el aumento en la
composición orgánica y técnica del capital, los procesos de concentración y
centralización y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Estas
tendencias complejas, que no operan de manera lineal y encuentran procesos que
las contrarrestan, se han comprobado en el largo plazo y están presentes en las
modalidades expansivas del capitalismo en su etapa actual y en las pujas por
constituir y hegemonizar nuevos mercados.
Desde la conquista de América, fenómeno ligado con el desarrollo de las fuerzas
productivas en la Europa de los siglos XV y XVI, que pone de manifiesto un
estado de internacionalización de procesos económicos y políticos (el comienzo
de la economía-mundo de la que habla Wallerstein), los aspectos culturales
aparecen acompañando de manera manifiesta a los procesos políticos, económicos
y militares. La conquista trasciende, por ejemplo en México, no tanto por el
desplazamiento de la clase dominante indígena luego de la derrota militar, cosa
que ya había ocurrido anteriormente, sino por la radical imposición de la
otredad. Claro que esto incluye la otredad económica y tecnológica, pero lo que
constituyó la transformación más radical, la verdadera ruptura, fue el ingreso
y la implantación de la otredad cultural: una nueva manera de concebir y
significar el mundo, de procesar el tiempo y el espacio, los valores y los
alimentos, las relaciones humanas y las relaciones con los dioses.
La internacionalización de los fenómenos económicos ha ido avanzando, atravesando
diferentes etapas históricas. Los cambios culturales han acompañado de manera
compleja los episodios derivados del intercambio comercial y la intromisión
política en todos los continentes. La reflexión sobre cultura y el intrincado
itinerario semántico que atravesó este concepto, están profundamente vinculados
con el desarrollo de la tecnología y con el avance colonial que puso a los
europeos en contacto con costumbres diferentes y con extraños modos de vivir y
de resolver los problemas de la existencia. En el siglo XIX los antropólogos
acompañaron en sus viajes a los administradores de la aventura colonial, así
como los misioneros acompañaban a los soldados en la conquista de América.
El tema que da lugar al concepto globalización es, pues, antiguo, 1 sólo que
ahora encuentra una palabra nueva, que algunos diferencian de conceptos afines
(mundialización, internacionalización); acerca de estas diferencias y la
incidencia ideológica del concepto dejaremos abierto un paréntesis considerando
que requieren mayor reflexión. Sin embargo, es dable pensar que los procesos
ocurridos en los siglos precedentes difieren profundamente de los fenómenos
contemporáneos, aunque podrían encontrarse homologías relacionadas con los
conflictivos procesos que han dado lugar a la constitución de hegemonías.
El eje central de las diferencias radica en el acelerado cambio tecnológico. El
cambio en cuanto a la cantidad -por ejemplo, la velocidad- genera un cambio en
la calidad de los fenómenos. En el plano de las comunicaciones y transportes,
para ejemplificar con un caso concreto, no podemos comparar un sistema mundial
cuyas comunicaciones estaban -en sus inicios- en el plano del Galeón de
Acapulco, con los procesos de mundialización actuales, caracterizados por
tremendos avances tecnológicos, el mundo de las computadoras, de la autopista
informática, de la televisión satelital. En el primer caso, un intercambio de
mensajes entre el Rey de España y el gobernador de Filipinas podría demorar
bastante más de un año, en el segundo la comunicación es instantánea, en tiempo
real, entre países distantes.
Para Renato Ortiz (1994:14) "internacionalización se refiere, simplemente,
al aumento de la extensión geográfica de las actividades económicas más allá de
las fronteras nacionales. No se trata, entonces, de un fenómeno nuevo. La
globalización de la actividad económica es cualitativamente diferente. Es una
forma más avanzada y compleja de internacionalización, implicando un cierto
grado de integración funcional entre las actividades económicas dispersas. El
concepto se aplica, por lo tanto, a la producción, distribución y consumo de
bienes y servicios organizados a partir de una estrategia mundial y dirigidos
hacia un mercado mundial. Esto corresponde a un nivel y a una complejidad de la
historia económica en el cual las partes, antes internacionales se funden ahora
en una nueva síntesis: el mercado mundial". R.Ortiz se apoya en el
sociólogo brasileño Octavio Ianni, quien afirma que en los análisis
sociológicos habituales, el individuo y la sociedad son considerados,
implícitamente, en términos de relaciones, procesos o estructuras nacionales,
en cambio, las dimensiones globales de la realidad social están aún poco
presentes en tales análisis.
Hay sectores en los que se aprecia un mayor impacto de la innovación
tecnológica y de la internacionalización de sus actividades. Tal el caso del
mundo financiero, de los mercados de acciones y commodities, de los mercados
monetarios, y también el campo de las comunicaciones: los massmedia, llevados a
escala mundial a partir de los satélites comunicacionales. Es evidente, en
estas temáticas y en otras vinculadas con la alta tecnología, la interconexión
a escala mundial, la repercusión de acontecimientos locales en el conjunto (por
ejemplo, el llamado "efecto tequila"), la trasmisión a otros
continentes de los programas televisivos y, más aun, la trasmisión a nivel
planetario de ciertos sucesos (Guerra del Golfo, juegos Olímpicos, mundial de
fútbol). Existe el antecedente del cine, que familiarizó al mundo entero con el
star system y los lenguajes y estética generados en Hollywood y otros centros
de producción. Pero hay que tomar en cuenta antes de asumir acríticamente
ciertos sentidos que parecen fluir de la palabra globalización, que no existe
una distribución uniforme de actores económicos y sociales homogéneos
esparcidos por el globo, desde los cuales se emiten y reciben mensajes, bienes
y servicios, sino que en todos los órdenes y planos de la tal globalización
predominan pluralidades y asimetrías vinculadas con la concentración desigual
de la riqueza, de la tecnología y del poder, incluyendo la concentración de la
capacidad de emisión y recepción de los mensajes, sean éstos de orden
financiero, informático o relativos a las industrias massmediáticas.
Entendemos que hay que analizar y descifrar el contenido semántico de la
palabra globalización -sobre todo en su referencia a lo cultural- y también
poner de manifiesto sus posibles cargas ideológicas. Es necesario pensar en
aplicar, desde la perspectiva de la economía y tecnología actuales, análisis
que tomen en cuenta las desigualdades económicas y técnicas, las
concentraciones de poder y de riqueza y la calidad y dirección de los flujos.
Los mensajes, así como los nuevos códigos, ¿no tienen acaso que ver con el
predominio de los centros dominantes en la innovación tecnológica y en el plano
financiero? ¿No hay un paralelismo entre la globalización cultural, en cuanto a
poder de institución en el plano de lo simbólico, con la hegemonía financiera,
política, tecnológica y militar? ¿Existe una geografía de los flujos culturales
desvinculada de los ejes territoriales de concentración del poder y la riqueza?
A título de ejemplificación cabe mencionar la concentración de funciones en el
plano financiero, comunicacional, económico y político en algunas pocas
ciudades: "cuanto mayor es la mundialización de la economía, mayor es la
aglomeración de las funciones centrales en las ciudades globales" (Sassen,
l992). 2
2.
Para que
las avanzadas tecnologías actuantes en el plano de la informática y la
comunicación, por ejemplo Internet, puedan funcionar, se precisa compartir no
solamente competencias informáticas, se requiere previamente, y sobre todo,
compartir redes significativas, códigos, valores, atribuciones de sentido, o
sea, fenómenos de la esfera de lo cultural que hagan posible la comunicación
entre actores diseminados en el mundo.
El intercambio de productos, la mundialización de algunos bienes o servicios,
como la Coca-cola, el automóvil o los servicios bancarios, requieren también,
previamente, sistemas de percepción y apreciación compartidos, códigos comunes,
una cierta estandarización en los signos, valores y ritmos. El consumo avanza
sobre la cultura, más aun, se inserta en ella. Cada nuevo producto coloniza un espacio
semiológico, se legitima en un mundo de sentidos y de signos, arraiga en un
humus cultural. Un ejemplo, acaso brutal, es la frase atribuida a un ejecutivo
en ocasión del proyecto de instalación de McDonald’s en Moscú, cuando el
sistema soviético estaba todavía en vigencia: "we are going to Mcdonaldize
them", fue la sintética afirmación que llevaba implícita la decisión de
instalar un ámbito de gustos, velocidades y valores, abrirse camino, no sólo en
un contexto político-económico poco propicio, también en un antiguo espacio
cultural cargado con tradiciones culinarias y estéticas. 3
La publicidad televisiva de una conocida tarjeta de crédito pone de manifiesto
claramente la combinación de sistemas de signos globales con los códigos de la
cultura local. La tarjeta de crédito, empleada en los más diferentes contextos
sociales, culturales y geográficos, supone competencias, saberes compartidos,
interpretaciones comunes, una fe impoluta en la omnipotencia y omnipresencia
del dinero, aun en sus más extrañas rencarnaciones, en suma, un nicho cultural
global que se inserta en el marco de las más variadas y aparentemente
irreductibles manifestaciones de lo local.
Este ejemplo alude, tangencialmente, a uno de los grandes temas que plantea la
globalización en el plano de la cultura: la intersección de lo global con lo
local, el nivel de las identidades, su evolución y nuevas formas de emergencia,
la hibridación.
Todo nuevo producto, y más un bien producido por una empresa mundial para su
consumo en ámbitos diversos, coloniza un territorio cultural, influye sobre las
costumbres, los hábitos, los gustos y valores, requiere un capital cultural
para su uso y, con frecuencia, inicia una cadena de nuevos lenguajes.
Insistiremos en el tema del efecto cultural de los consumos, en los requisitos
semiológicos vinculados con la incorporación de un nuevo producto -bien o
servicio- en el proceso de colonización de mercados lejanos. Podría decirse que
los nuevos héroes de la épica global trabajan hoy para los grandes conglomerados
industriales o financieros: en el mundo actual Odiseo, Jasón o Eneas serían
funcionarios de la IBM, Coca-cola, Sony, Disney o bien de los grandes bancos y
agencias financieras.
También, es preciso tomar en cuenta la forma en que la cultura local incorpora
la novedad, cómo la interpreta y le asigna un lugar en su trama de
significados. Los consumos no son uniformes, el consumo de bienes, al igual que
el consumo de mensajes, suele ser creativo: la gente decodifica productos y
mensajes en el marco de su cultura local, sus condiciones de vida y de relación
y su capital simbólico. Por lo tanto, si bien podemos afirmar la influencia
cultural y las grandes transformaciones que la mundialización de bienes,
servicios y mensajes ocasionan en el plano local, nada autoriza a presuponer
una drástica uniformidad de las culturas locales, la convergencia -en un futuro
próximo- en la "aldea global", con la consiguiente desaparición de
las identidades particulares. A título de hipótesis podríamos pensar que existen
en cada sociedad códigos culturales superpuestos, tramas de sentido que tienen
diferente alcance espacial: desde los códigos particulares que sólo afectan a
pequeños grupos -tribus que comparten contraseñas identificatorias-, códigos
más amplios que abarcan zonas urbanas o regiones que participan de un mismo
lenguaje, memoria, costumbres, valores, creencias y tradiciones y, por último,
ámbitos de lo cultural vinculados a la irrupción de la globalidad en el plano
local, dentro de la esfera de los consumos de productos de todo orden
-incluidos los massmediáticos- que requieren de competencias particulares y que
originan formas locales de metabolismo y aplicación de los lenguajes,
significados, valores y ritmos implícitos en los productos. Y estas tramas
culturales superpuestas están en constante intercambio y transformación,
sumidas en procesos de cambio y en luchas por la constitución e imposición de
sentidos que, por supuesto, no están desvinculadas de las pujas y conflictos
que arraigan en la dinámica social.
Los países latinoamericanos, entre ellos la Argentina, estuvieron incluidos
desde un comienzo en un sistema mundial de relaciones económicas, políticas y
culturales. En nuestro país el proceso es peculiar: en su consolidación como
nación pesó la herencia del pasado, las tradiciones y formas culturales de la
colonia, en especial el idioma, a lo que se incorporaron -por medio del intenso
proceso migratorio y por las particularidades ideológicas del proceso de
constitución nacional- una avalancha de gentes, de costumbres, de hábitos
idiomáticos, amén de formas de organización de las instituciones, de la
economía y de los territorios que poco tenían que ver con los aportes
culturales de los inmigrantes. La construcción de la nación, en un proyecto que
apuntaba a imponer la modernidad europea, incorporó también un modelo cultural
específico, o sea, los sistemas simbólicos que acompañaban a las instituciones
y la importación de formas de organización, de aparatos legales y avances
tecnológicos. Así se va constituyendo la identidad, con elementos que responden
a universos simbólicos diferentes. Sobre la trama que queda del mundo colonial
se van incorporando los rasgos locales que traen los migrantes: idiomas,
hábitos, costumbres culinarias..., pero el conjunto es procesado por modelos
culturales, económicos, legales e institucionales que provienen de Inglaterra,
Francia y los Estados Unidos (países que poco aportaron en cuanto a
inmigración), por formas de procesar el espacio y el tiempo derivados del
desarrollo del ferrocarril, los procesos mercantiles y por los códigos
jurídicos tomados de los países capitalistas más avanzados. También incidieron
en la conformación de nuestra cultura las modalidades de expansión de las
ciudades modernas y los patrones vigentes de la modernidad se extendieron a los
artículos de consumo, a las modas, a la educación, a los deportes. 4 A estos
procesos se agrega, a partir del auge de la prensa y de la radio, del cine y
más recientemente, la televisión, una aceleración y una nueva modalidad de recepción
de mensajes, que cambia en calidad y cantidad las formas de producción y
difusión de los elementos que intervienen en la configuración y renovación de
los códigos culturales.
Otro aspecto que se suele señalar en la literatura sobre el tema es la llamada
desterritorialización. No sólo una porción significativa de los bienes que se
consumen son producidos fuera de cada nación, con las consecuencias culturales
implicadas en esta homogeneización de los productos, sobre todo en el plano de
los procesos culturales involucrados en la tendencia hacia la uniformización de
los consumos; también los mensajes que se consumen (medios de comunicación,
publicidad) son en buena proporción elaborados fuera del país.
Asimismo, se suele destacar que el incremento de los procesos de migración
internacional determina la continuidad de culturas nacionales localizadas fuera
del territorio de origen. Lógicamente, estas poblaciones emigradas entran en un
proceso de evolución diferente respecto de aquellas que permanecen localizadas
en el territorio original. No está de más mencionar que los procesos de
desregularización, recomendados por la avanzada neoliberal, suponen, entre
otras cosas, eliminar trabas para la circulación de mercancías y capitales,
pero no incluyen ni propician la equivalente libre circulación de personas en
tanto portadores de fuerza de trabajo.
El tema tiene asimismo que ver con el auge de los medios de comunicación, la
posesión desigual de los recursos comunicacionales y la dirección dominante de
los flujos. Aspectos problemáticos ligados con la producción y dominio de las
tecnologías, que configuran o confirman hegemonías constituidas en el plano del
intercambio desigual tradicional, ahora se vuelven más complejos al afirmarse
en las condiciones técnicas y económicas que son estratégicas para imponerse en
el intercambio desigual de bienes y capitales culturales. Por otra parte, la
tendencia a reducir el papel de los Estados nacionales en favor de las empresas
transnacionales opera también en el terreno de la cultura.
Para que diferentes países y regiones puedan comunicarse, interactuar,
generalizar sus transacciones entre regiones distantes, se producen
modificaciones sustanciales sobre ejes centrales de la cultura: se transforman
los códigos que organizan la percepción, vivencia y apreciación respecto del
tiempo y del espacio. Con el desarrollo del capitalismo se tornó necesario
avanzar sobre la separación entre tiempo y espacio. Pero con la globalización
hay que ir más lejos, superar las versiones locales del tiempo para poder
comunicarse, o sea, instalar la simultaneidad en tiempos culturales distintos,
en horas diferentes del día y de la noche. Comunicaciones con, por ejemplo, el
Japón o con otros sitios del planeta, necesarias en el plano de las transferencias
financieras, requieren superar las diferencias horarias locales, crear un nuevo
ritmo temporal, independiente de los meridianos, de la rotación de la Tierra,
de la sucesión del día y la noche, para poder ejecutar transacciones o
comunicaciones de todo tipo (la trasmisión de ciertos acontecimientos por la
TV, como el caso del mundial de fútbol, implican complicadas operaciones para
hallar la mejor combinación entre tiempo y espacio, entre tiempo local -en que
se juega el partido- y tiempos a nivel global que conjuguen espacialmente las
audiencias más remunerativas).
El dinero es quizás el principal producto, no sólo económico y financiero,
también cultural, que instala en el mundo entero un marco de significaciones
compartidas, de valoraciones, ritmos, competencias y legitimidades. Si hay una
cultura mundial que requiere uniformidad, habitus compartidos, significaciones
indiscutibles, ritos y liturgias, es la implantada en el marco de las finanzas,
en el campo veloz e intangible del dinero electrónico, que fluye en las
entrañas de las computadoras, partiendo de Nueva York o Zurich para aterrizar,
casi instantáneamente en Tokio o Singapur. El mundo de las finanzas, acaso
dominante en la economía moderna, se construye sobre lenguajes y valores
compartidos, sistemas de signos universales y también sobre un amplio campo de
fe, un nuevo modo de religiosidad, cuyos pontífices ofician desde ciertos
lugares de culto: Moody’s, Standard & Poor’s, Bundesbank, FMI, Merryl
Lynch, Wall Street, Financial Times...
El dinero se vuelve cada vez más abstracto, menos ligado a su referente
material. No es ya una mercancía privilegiada, la materialidad del oro que se
almacena en Fort Knox o los míticos lingotes que obstruían el paso en nuestro
Banco Central. El dinero es ahora, más que nunca, un símbolo, un hecho no sólo
económico, cada vez más cultural, un signo alimentado por la fiabilidad de sus
emisores, un acto de fe; y al mismo tiempo se torna más liviano, más ágil, más
veloz. El dinero es el principal producto global, un producto virtual que,
aligerado de materialidad, puede circular y reproducirse en la intimidad de las
computadoras. En su virtualidad va perdiendo relación con su antiguo referente,
la riqueza. Como otros signos, ingresa en la hiperrealidad, ya no se sabe cuál
es el signo y cuál es el referente. El mapa se confunde con el territorio. 5
La actividad financiera es tal vez el paradigma de la globalización. Exige
borrar toda resistencia local, los mensajes financieros viajan por un mundo de
signos compartidos, se ha borrado casi todo resabio local que pueda obstruir el
fluir de los mensajes, el espacio ya no importa, subyugado por esta
comunicación instantánea donde las transferencias de riqueza ya no requieren
navíos fuertemente protegidos o cámaras blindadas. La liviandad del dinero es
consistente con la abolición del espacio y la ligereza del tiempo. Los signos
de las cosas se comunican entre sí, domestican los lenguajes, se imponen sobre
todos los obstáculos. A esto se llama la voz de los mercados, que nunca duermen
y velan por la racionalidad universal.
3.
En
síntesis, la mentada globalización no es un fenómeno nuevo; remite a procesos
inherentes a la evolución del capitalismo y a sus contradicciones. Exhibe, en
el período actual, una aceleración, un cambio en cantidad y cualidad vinculada
con el desarrollo de las fuerzas productivas, con el avance de las políticas
neoliberales y sus mensajes ideológicos y, en particular, con el sorprendente
progreso tecnológico en el plano de la trasmisión de información. Tampoco son
nuevas sus influencias culturales: hay un cambio en intensidad, relativa a la
velocidad y eficacia con que se difunden los nuevos productos y los mensajes
massmediáticos. Pero es aventurado sacar conclusiones fáciles acerca de las
identidades y las culturas locales. La diversidad también cunde y se expande
alimentada por el aumento de los contactos con lo diferente y por la mayor
cantidad de ingredientes que la abundancia de información suministra.
La identidad social es un concepto que tiene un fuerte matiz relacional, se
actualiza y se refuerza en el contacto, en la comunicación, en el intercambio
con lo otro, con lo diferente. Entra en acción cuando los códigos propios hacen
crisis, encuentran su límite en el intento de comunicación. En tal sentido, si
bien las identidades pueden ser sigilosamente sometidas a un proceso de
uniformización a través de la oferta universal de los mismos productos y los
mismos mensajes, también se genera un movimiento contrario, una reacción
afirmativa de la identidad local, vinculada con la mayor exposición a nuevos
contactos. Sin embargo, es también posible que la reducción progresiva de los
espacios de interacción, el auge de la comunicación sin copresencia -por medio
de la moderna informática y los medios masivos- vaya operando en el sentido de
uniformar los códigos simbólicos.
En las ciudades modernas coexisten las manifestaciones locales con la
"explosión de una arquitectura financiera, informática y turística"
6
cuya estética y funcionalidad se multiplica en edificios semejantes a lo largo
del planeta. En el lenguaje local de las ciudades, en su discurso expresivo,
que revela su cultura e historia, se inserta el discurso universal y uniformado
de las autopistas, aeropuertos, bancos, shoppings, un lenguaje compartido,
exultante de modernidad y poco propicio a la adherencia de identidades locales.
Sin embargo la ciudad en su cotidianidad procesa el conjunto, que incluye estas
manifestaciones de modernidad trasnacional y las prácticas que determinan, las
que conviven con la ciudad local, tejida en su desenvolvimiento histórico y con
la ciudad virtual, la ciudad massmediática, que fluye de las pantallas insertas
en los hogares.
También deben tenerse en cuenta los crecientes procesos de exclusión, los
nuevos grupos de excluidos cada vez más numerosos que, además de los efectos
que deriven de su agrupamiento en torno a demandas sociales, desarrollan nuevas
formas culturales y articulan las identidades necesarias para sobrevivir en
condiciones de carencia, privación y desigualdad.
Los análisis sobre la llamada globalización, incluyendo los que se orientan
hacia su dimensión cultural, tienden muchas veces a naturalizar el orden
existente y, al mismo tiempo, a no destacar las desigualdades, particularmente
en el plano del dominio de las tecnologías de punta, en el poder militar, en
los mercados financieros, en el control hegemónico de los medios de
comunicación y en las normativas que regulan el aprovechamiento de los recursos
naturales del planeta. 7
Es en el desarrollo actual de los mercados y de las nuevas tecnologías de
comunicación donde la globalización halla su expresión más intensa y el
análisis tiene oportunidad de poner de manifiesto las diversas contradicciones
no resueltas en el mundo social, a las que la naturalización a la que aludíamos
y su consiguiente universo ideológico contribuyen a encubrir.
Tales contradicciones son propias de un orden emergente, simbolizado por la
caída del Muro de Berlín, que se caracteriza por una aceleración en la
productividad económica, la implementación de nuevas tecnologías, la
consiguiente necesidad de formación, ordenamiento y control de nuevos mercados,
el auge de las ideas neoliberales y la progresiva aplicación de éstas en un
número creciente de naciones, tal vez como mecanismo que haga posible, no tanto
el crecimiento económico, ni una mayor racionalidad en este plano y, mucho
menos, un aumento del bienestar, sino, fundamentalmente, la reproducción del
capitalismo en su etapa actual. 8 Las políticas neoliberales estimularon la instalación
de un marco legal que favoreciera y garantizara la circulación sin trabas de
bienes y de capitales y propiciaron, con éxito, el retroceso del Estado de
bienestar y la privatización de los servicios públicos, impulsando el retiro
del Estado en beneficio de las empresas trasnacionales.
Las contradicciones principales de esta etapa, expuestas en forma sintética, se
refieren a procesos no resueltos que contienen un gran potencial de
conflictividad y de transformación social:
a. Contradicción entre la continuidad del Estado-nación y la
trasnacionalización, sea bajo la forma de bloques de naciones o, sobre todo,
por el protagonismo creciente de gigantescas empresas trasnacionales.
b. Contradicción entre racionalidad de los mercados y racionalidades locales
relativas a la reproducción de la vida. Las formas actuales de esta
contradicción, inherente al capitalismo, aparecen sobre todo en forma dramática
en el creciente desempleo, en la masiva exclusión que crece rápidamente y ya
alcanza, también, a los países más ricos, y que se expresa en la carencia de
las seguridades económicas y de la dignidad social que confiere la posesión de
un empleo, en la expansión de la pobreza, en la supresión progresiva de
garantías públicas ante la vejez, la enfermedad, el desamparo, en la erosión y
derrota de los movimientos obreros, en la desmovilización social y en el
descrédito de los proyectos emancipatorios.
c. Contradicciones entre bloques de naciones: luchas por los mercados, disputas
relacionadas con el control monopólico de materias primas y recursos escasos,
con la hegemonía militar y el deterioro del medio ambiente.
Entre los efectos producidos por estas contradicciones se impone en la vida
cotidiana el avance del desempleo, la pobreza y la inestabilidad laboral. La actual
etapa de acumulación capitalista, cuyas condiciones técnicas, financieras e
ideológicas dan lugar a la aceleración de la globalización, acarrean, aun en
los países más avanzados, una profunda crisis en el sector asalariado: aumento
del desempleo, limitaciones en la seguridad social, avance en la desprotección,
pobreza y exclusión.
La estabilidad laboral ha sido durante muchos años, en los países más
industrializados, la base de la inserción social, el soporte de los lazos
sociales y de un sistema de representaciones y de prácticas integrado en los
códigos culturales que regían la vida cotidiana. La crisis en la estabilidad
laboral, el desempleo o su amenaza, la creciente desprotección social,
erosionan los modos en que millones de individuos se ubican e identifican
dentro de su medio social. Tal crisis impacta profundamente en la cultura. Se
está planteando como problema, en países europeos, la necesidad de restaurar
formas de dignidad que estén desvinculadas de los lugares sociales relacionados
con el trabajo y la profesión, que tradicionalmente formaron parte de una
noción de estabilidad e inclusión que abarca a la vivienda, la familia, el
trato con los vecinos, el espacio ocupado en la comunidad. 9
Y qué decir de países que desde hace mucho cuentan con vastos sectores de la
población que carecen de seguridad social y de toda garantía pública para su
reproducción. Países de América latina, donde los empleos asalariados han sido
siempre insuficientes, en los que una parte importante de la fuerza de trabajo
ha debido encontrar formas de subsistencia y de reproducción en las márgenes de
la modernidad económica. La pobreza, estructural, avanza y la progresiva
adopción de recetas neoliberales ha aumentado la exclusión, acarreando nuevos
pobres que se suman en las estadísticas a las vastas poblaciones que desde
siempre habían articulado estrategias económicas y culturales para sobrevivir.
Estos nuevos pobres están en cierto modo en desventaja: no cuentan con los
recursos culturales -que los pobres estructurales han desarrollado- para
sobrevivir en las condiciones vigentes de pobreza y de exclusión. 10
1
"Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter
cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Ha quitado a la
industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido
destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas
industrias cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las
naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas
indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo,
y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las
partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con
productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su
satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más
diversos. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se
bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal, una
interdependencia universal de las naciones". Estos conceptos han sido
escritos por Marx y Engels en 1848, pero parecen pertenecer a un contemporáneo
"defensor neoliberal de la economía globalizada" (Tomado del suplemento
Cash del periódico Página/12, nota firmada por M. Fernández López, Buenos
Aires, julio de 1995).
2 Saskia Sassen (1992), La ciudad global, citado por Ana Rosas Mantecón (1993),
p.79.
3 Véase Grimson (1994), quien cita a Cees Hamelink, entrevista realizada por la
revista Voces y culturas, Nº2/3, Barcelona, 1991.
4 Véase Renato Ortiz, "Cultura, modernidad, identidades", en Nueva
Sociedad, Nº137, 1995; Anthony Giddens, Consecuencias de la modernidad, Alianza
Editorial, Madrid, 1993, y Mario Margulis, "Inmigración y desarrollo
capitalista: la migración europea a la Argentina", revista Demografía y
Economía, Nº33, México, DF, 1977.
5 Véase Jean Baudrillard, Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1987.
6 Tomado de García Canclini, 1995:70. Este autor agrega que "no es casual
que hayan sido empresarios japoneses quienes inventaron el neologismo glocalize
para aludir al nuevo esquema del ‘empresario mundo’ que articula en su cultura
información, creencias y rituales procedentes de lo local, lo nacional y lo
internacional".
7 Véase Samir Amin, "El futuro de la polarización global", en Nueva
Sociedad, Nº132, Caracas, 1994.
8 Véase al respecto el interesante artículo de Perry Anderson, "Balance
del neoliberalismo: lecciones para la izquierda", publicado en la revista
El Rodaballo, Segunda época, Año II, Nº3, 1995. Perry Anderson sostiene que los
éxitos del neoliberalismo no consisten en el logro de una mayor tasa de
crecimiento en los diversos países industrializados en que sus recetas han sido
aplicadas. Tampoco creció la tasa de acumulación. En cambio pueden acreditarse
como "éxitos" el control de la inflación, la derrota de los
movimientos sindicales y el aumento del desempleo.
9 Véase Robert Castel (95:32/35).
10 Véase Mario
Margulis, 1988.
Bibliografía
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