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LA REVOLUCIÓN DE LA TECNOLOGÍA
DE LA INFORMACIÓN archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Manuel Castells(1999)
¿Cuál revolución?
"El gradualismo", escribió el paleontólogo Stephen
J. Gould, "la idea de que todo cambio debe ser suave, lento y estable,
no brotó de las rocas. Representaba un sesgo cultural común,
en parte una respuesta del liberalismo del siglo diecinueve para un mundo
en revolución. Pero continúa coloreando nuestra supuestamente
objetiva lectura de la historia… …La historia de la vida, como yo la leo,
es una serie de estadios estables, matizado por raros intervalos con grandes
eventos que suceden con mucha rapidez y ayudan a establecer la siguiente
era estable." Mi punto de partida, y no soy el único que tiene
este supuesto,es que, al final del siglo veinte, estamos atravesando uno
de esos raros intervalos en la historia. Un intervalo caracterizado por
la transformación de nuestra "cultura material" por obra
de un nuevo paradigma tecnológico organizado en torno a las tecnologías
de la información.
Por tecnología entiendo exactamente
lo que Harvey Brooks y Daniel Bell, "el uso de un conocimiento científico
para especificar modos de hacer cosas de un modo reproducible" Entre
las tecnologías de la información yo incluyo, como todos,
el conjunto convergente de tecnologías en microelectrónica,
computación (máquinas y software), telecomunicaciones/transmisiones,
y la optoelectrónica. En suma, contrariamente a otros analistas,
también incluyo en el reino de las tecnologías de la información
a la ingeniería genética y su creciente conjunto de descubrimientos
y aplicaciones. Esto es, primero, porque la ingeniería genética
se ha concentrado en la decodificación, manipulación, y eventual
reprogramación de los códigos de información de la
materia viviente. Pero también porque, en los 90s, la biología,
la electrónica, y la informática parecían estar convergiendo
e interactuando en sus aplicaciones y en sus materiales, y , fundamentalmente,
en su aproximación conceptual, un tema que merece más que
una mención en este capítulo. Alrededor de este núcleo
de tecnologías de la información, en el sentido amplio que
fue definido, una constelación de importantes rupturas tecnológicas
han tenido lugar en las dos últimas décadas del siglo veinte
en materiales avanzados, en fuentes de energía, en aplicaciones médicas,
en técnicas de manufactura (existentes o potenciales, como la nanotecnología),
y en la tecnología de la transportación, entre otras. Por
otra parte, el actual proceso de transformación tecnológica
se expande exponencialmente por su habilidad para crear una interfaz entre
los campos tecnológicos a través de un lenguaje digital común
en el que la información es generada, almacenada, recuperada, procesada
y retransmitida. Vivimos en un mundo que, siguiendo la expresión
de Nicolás Negroponte, se ha vuelto digital.
La profética
optimista y la manipulación ideológica que caracteriza la
mayor parte de los discursos sobre la revolución de la tecnología
de la información no debe llevarnos equivocadamente a desestimar
su verdadera significación. Es un evento histórico tan importante,
como este libro tratará de mostrar, como lo fue la Revolución
Industrial en el siglo dieciocho, induciendo un patrón de discontinuidad
en la base material de la economía, la sociedad, y la cultura. El
registro histórico de las revoluciones tecnológicas, tal como
fuera compilado por Melvin Kranzberg y Carroll Pursell, muestra que todos
se caracterizan por su penetración en todos los dominios de la actividad
humana, no como una fuente exógena de impacto, sino como el género
con el que esta actividad está tejida. En otras palabras, están
orientadas según procesos, además de inducir nuevos productos.
Por otra parte, y a diferencia de cualquier revolución, el núcleo
de la transformación que estamos experimentando en la revolución
actual refiere a las tecnologías del procesamiento y comunicación
de la información. La tecnología de la información
es para esta revolución lo que las nuevas fuentes de energía
fueron para las sucesivas Revoluciones Industriales, desde la máquina
al vapor a la electricidad, combustibles fósiles, e incluso la energía
nuclear, desde que la generación y distribución de la energía
fue el elemento clave subyacente a la sociedad industrial. Sin embargo,
este planteo acerca del rol preeminente de la tecnología de la información
es frecuentemente confundido con la caracterización de la revolución
en curso como esencialmente dependiente de nuevos conocimientos e información.
Esto es cierto en el actual proceso de cambio tecnológico, pero también
lo es para las revoluciones tecnológicas precedentes, como es demostrado
por los principales historiadores de la tecnología, como Melvin Kranzberg
y Joel Mokyr. La primer Revolución Industrial, si bien no tuvo bases
científicas, se apoyó en el uso extendido de la información,
aplicando y desarrollando conocimientos preexistentes. Y la segunda Revolución
Industrial, después de 1850, estuvo caracterizada por el rol decisivo
de la ciencia en incentivar la innovación. Por cierto, los laboratorios
de investigación y desarrollo surgieron por primera vez en la industria
química alemana en las últimas décadas del siglo diecinueve.
Lo que caracteriza la revolución tecnológica actual no es
la centralidad del conocimiento y la información, sino la aplicación
de ese conocimiento e información a la generación de conocimiento
y los dispositivos de procesamiento/ comunicación de la información,
en un circuito de retroalimentación acumulativa que se da entre la
innovación y los usos de la innovación. Un ejemplo quizá
pueda esclarecer este análisis. Los usos de nuevas tecnologías
de telecomunicación en las dos últimas décadas han
atravesado tres etapas diferentes: la automatización de tareas, la
experimentación de usos, la reconfiguración de las aplicaciones.
En las dos primeras etapas, la innovación tecnológica progresó
en función del aprendizaje por uso, según la terminología
de Rosemberg. En la tercer etapa, los usuarios aprendieron la tecnología
haciendo, y terminaron reconfigurando las redes, y encontrando nuevas aplicaciones.
El proceso de retroalimentación generado entre la introducción
de nueva tecnología, su uso y su desarrollo hacia nuevos territorios
se produce mucho más rápidamente bajo el nuevo paradigma tecnológico.
Como resultado, la difusión de la tecnología amplía
sin límites el poder de la tecnología, al ser apropiada y
redefinida por sus usuarios. Las nuevas tecnologías de la información
no son simples herramientas para ser aplicadas, sino que son procesos para
ser desarrollados. Usuarios y hacedores pueden llegar a ser la misma cosa.
Por tanto los usuarios pueden tomar el control de la tecnología,
como en el caso de Internet (ver capítulo 5). Luego sigue una estrecha
relación entre los procesos sociales de creación y manipulación
de símbolos (la cultura de la sociedad) y la capacidad para producir
y distribuir bienes y servicios (las fuerzas productivas). Por primera vez
en la historia, la mente humana es una fuerza productiva directa, no solo
un elemento decisivo del sistema de producción.
Por lo tanto,
las computadoras, los sistemas de comunicación, y la decodificación
y programación genética son todos amplificadores y extensiones
de la mente humana. Lo que pensamos, y cómo lo pensamos, es expresado
en bienes, servicios, output material e intelectual, ya sea comida, refugio,
sistema de transporte y de comunicación, computadoras, misiles, salud,
educación o imágenes. La creciente integración entre
mentes y máquinas, incluyendo la máquina ADN, está
cancelando lo que Bruce Mazlish llama la "cuarta discontinuidad"
(entre humanos y máquinas), alterando fundamentalmente el modo en
que nacemos, vivimos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos, soñamos,
peleamos, o morimos. Por supuesto los contextos culturales/institucionales
y la acción social intencionada interactúan decisivamente
con el nuevo sistema tecnológico, pero este sistema tiene su propia
lógica enclavada, caracterizada por la capacidad de trasladar todos
los inputs en un sistema común de información, y de procesar
esa información a una velocidad creciente, con poder creciente, a
costo decreciente, en una red de recuperación y distribución
potencialmente ubicua.
Hay un elemento más caracterizando la
revolución de la tecnología de la información en comparación
con sus predecesoras históricas. Mokyr ha mostrado que las revoluciones
tecnológicas tuvieron lugar solo en unas pocas sociedades, y se difundieron
en un área geográfica relativamente limitada, frecuentemente
aislando espacial y temporalmente otras regiones del planeta. Así,
mientras los europeos tomaban prestado algunos de los descubrimientos ocurridos
en China, por muchos siglos China y Japón adoptaron tecnología
europea sólo con fundamentos muy limitados, principalmente restringidos
a aplicaciones militares. El contacto entre civilizaciones con distintos
niveles tecnológicos a menudo termina con la destrucción del
menos desarrollado, o de aquellos que aplicaron su conocimiento predominantemente
en tecnología no militar, como es el caso de las civilizaciones americanas
aniquiladas por los conquistadores españoles, a veces a través
de una guerra biológica accidental. La Revolución Industrial
se extendió por casi todo el mundo desde sus originarias costas del
occidente europeo durante los siguientes dos siglos. Pero su expansión
fue altamente selectiva, y su paso lento para los estándares usuales
de difusión de tecnología. En verdad, incluso en Inglaterra
para mediados del siglo diecinueve, los sectores que habían dado
cuenta de la mayoría de la fuerza de trabajo, y al menos la mitad
del producto bruto nacional, no estaban afectados por las nuevas tecnologías
industriales. Además, su alcance planetario en las décadas
siguientes adoptó la forma de dominación colonial, ya fuera
en India bajo el imperio británico; en Latinoamérica bajo
la dependencia industrial/comercial en Inglaterra y los Estados Unidos;
en el desmembramiento de África con el Tratado de Berlín;
o con la apertura al comercio extranjero de Japón y China por las
armas de los barcos de occidente. En contraste, las nuevas tecnologías
de información se han expandido por todo el mundo a la velocidad
del relámpago en menos de dos décadas, entre mediados de los
70 y mediados de los 90, desplegando una lógica que yo propongo como
característica de esta revolución tecnológica: la aplicación
inmediata para su propio desarrollo de las tecnologías que genera,
conectando al mundo a través de tecnología de la información.
Seguramente hay grandes áreas en el mundo, y considerables segmentos
de la población desenchufados del nuevo sistema tecnológico:
este es precisamente uno de los argumentos centrales de este libro. Además,
la velocidad de la difusión de la tecnología es selectiva,
tanto social como funcionalmente. Los tiempos diferenciales para el acceso
al poder de la tecnología por parte de las personas, los países
y las regiones son una fuente crítica de desigualdad en nuestra sociedad.
Las áreas que están desconectadas son cultural y espacialmente
discontinuas: están en las ciudades del interior de Estados Unidos
o en los banlieues franceses, tanto como en los pueblos de chozas de África
o en las paupérrimas áreas rurales de China o India. Sin embargo,
las funciones dominantes, los grupos sociales y los territorios a lo largo
del mundo están conectados desde mediados de los 90 a un nuevo sistema
tecnológico, que como tal, comenzó a tomar forma sólo
en los 70.
¿Cómo es que esta transformación fundamental
sucedió en lo que sería un instante histórico? Por
qué la difusión a través del mundo va a un paso tan
acelerado? Por qué es una "revolución"? Desde que
nuestra experiencia de lo nuevo está moldeada por nuestro pasado
reciente, pienso que las respuestas a estas preguntas básicas podría
ser más sencilla con una breve reseña histórica de
la Revolución Industrial, todavía presente en nuestras instituciones,
y por lo tanto en nuestra mente.
Lecciones de la Revolución
Industrial
Los historiadores han mostrado
que hubo por lo menos dos Revoluciones Industriales: la primera comenzó
en el último tercio del siglo dieciocho, caracterizada por nuevas
tecnologías como la máquina a vapor, la máquina de
hilar, el proceso Cort en metalúrgica, y más ampliamente,
el reemplazo de las herramientas manuales por máquinas; la segunda,
unos 100 años después, se caracterizó por el desarrollo
de la electricidad, el motor de combustión interna, los químicos
producidos por la ciencia, la efectiva fundición de acero, y el comienzo
de las tecnologías de la comunicación, con la difusión
del telégrafo y la invención del teléfono. Entre las
dos hubo continuidades fundamentales, así como algunas diferencias
críticas, siendo la principal de ellas la importancia decisiva del
conocimiento científico para sostener y guiar el desarrollo tecnológico
después de 1850.
Es precisamente por sus diferencias que los
aspectos que tienen ambas en común pueden ofrecer importantes reflexiones
en la comprensión de la lógica de las revoluciones tecnológicas.
En primer lugar, en ambos casos, somos testigos de lo que Mokyr describe
como un periodo de "cambio tecnológico acelerado y sin precedentes".
Un conjunto de macro invenciones preparó el terreno para el florecimiento
de las micro invenciones en los reinos de la agricultura, la industria y
las comunicaciones. La discontinuidad histórica fundamental, de carácter
irreversible, fue introducida en el fundamento material de la especie humana,
en un proceso dependiente cuya lógica interna y secuencial ha sido
investigada por Paul David y teorizada por Brian Arthur. Fueron de hecho
"revoluciones", en el sentido de que el súbito, inesperado
surgimiento de una aplicación tecnológica transformaba el
proceso de producción y distribución, creaba un torrente de
nuevos productos, y elevaba decisivamente la ubicación de la riqueza
y el poder en un planeta que de pronto se ponía bajo el alcance de
aquellos países y elites capaces de dominar el nuevo sistema tecnológico.
El lado oscuro de esta aventura tecnológica es que está intrincadamente
atada a las ambiciones imperialistas y a los conflictos anti imperialistas.
Esta es precisamente una confirmación del carácter revolucionario
de las nuevas tecnologías industriales. El ascenso histórico
del así llamado Occidente, de hecho limitado a Inglaterra y a un
puñado de naciones de Europa Occidental así como a sus vertientes
norteamericana y australiana, está fundamentalmente vinculado con
la superioridad tecnológica acumulada en las dos Revoluciones Industriales.
Nada en la historia cultural, científica, política o militar
del mundo previas a la Revolución Industrial podrían explicar
la indisputable supremacía "Occidental"(Anglosajona/Germana,
con un toque francés) entre 1750 y 1940. China era por mucho una
cultura superior por gran parte de su historia pre Renacentista; la civilización
Musulmana (tomando la libertad para usar esta expresión) dominaba
gran parte del Mediterráneo y ejerció una influencia significativa
en África a lo largo de la modernidad; Asia y África permanecieron
y se organizaron en torno a centros políticos y culturales autónomos;
Rusia reinaba en un espléndido aislamiento una vasta expansión
a través de Europa oriental y Asia; y el imperio español,
la cultura europea más rezagada de la Revolución Industrial,
fue la mayor potencia mundial por más de dos siglos después
de 1492. La tecnología, expresando condiciones sociales específicas,
introdujo un nuevo camino histórico en la segunda mitad del siglo
dieciocho.
Este camino se originó en Inglaterra, aunque sus raíces
intelectuales se remontan por toda Europa y al espíritu renacentista
del descubrimiento. De hecho, algunos historiadores insisten en que el conocimiento
científico necesario subyacente a la primer Revolución Industrial
estaba disponible 100 años antes, listo para ser usado bajo condiciones
sociales maduras; o como otros argumentan, esperando la ingenuidad tecnológica
de inventores auto entrenados, como Newcomen, Watts, Crompton o Arkwright,
capaces de transferir el conocimiento disponible, combinado con la experiencia
de quien se da maña, a las decididamente nuevas tecnologías
industriales. Sin embargo, la segunda Revolución Industrial, más
dependiente del nuevo conocimiento científico, elevó su centro
de gravedad hacia Alemania y los Estados Unidos, donde tuvieron lugar los
principales desarrollos en química, electricidad y telefonía.
Los historiadores han disectado penosamente las condiciones sociales de
la ascendente geografía de la innovación tecnológica,
frecuentemente centrándose en las características de la educación
y los sistemas científicos, o en la institucionalización de
los derechos de propiedad. Sin embargo, la explicación contextual
de la despareja trayectoria de la innovación tecnológica parece
ser excesivamente amplia y abierta a interpretaciones alternativas. Hall
y Preston, en su análisis de los cambios geográficos de la
innovación tecnológica entre 1846 y 2003, muestra la importancia
de los semilleros locales de innovación, de los que Berlín,
Nueva York y Boston son coronados como los "centros de alta tecnología
industrial del mundo" entre 1880 y 1914, mientras "Londres en
ese periodo era una pálida sombra de Berlín". La razón
radica en la base territorial de la interacción de los sistemas de
descubrimiento tecnológico y las aplicaciones, a saber, en las propiedades
sinérgicas de lo que se conoce en la literatura como "milieux
de innovación."
Ciertamente, las innovaciones tecnológicas
se dieron en grupos, interactuando entre sí en un proceso de retornos
incrementados. Cualquiera fuera la condición que determinara tal
agrupación, la lección clave a ser retenida es que la innovación
tecnológica no es una instancia aislada. Refleja un estado dado del
conocimiento, un ambiente institucional e industrial particular, una cierta
disponibilidad de habilidades para definir el problema técnico y
para resolverlo, una mentalidad económica para hacer que esa aplicación
sea eficiente en términos de costos, y una red de productores y usuarios
que puedan comunicar sus experiencias acumuladas, aprendiendo por el uso
y por el hacer: las elites aprenden haciendo, o sea modificando las aplicaciones
de la tecnología, mientras que la mayor parte de la gente aprende
usando, o sea manteniéndose dentro de los constreñimientos
del packaging de la tecnología. La interacción de los sistemas
de innovación tecnológica y su dependencia a ciertas "milieux"
de intercambio de ideas, problemas y soluciones son elementos críticos
que pueden ser generalizados de la experiencia de revoluciones pasadas a
la actual.
Los efectos positivos de las nuevas tecnologías industriales
sobre el crecimiento económico, el nivel de vida y el dominio del
hombre sobre la Naturaleza hostil (reflejado en la dramática prolongación
de la expectativa de vida, que no había mejorado antes del siglo
dieciocho) a largo plazo son indisputables en el registro histórico.
Sin embargo, no llegaron temprano, a pesar de la difusión de la máquina
a vapor y la nueva maquinaria. Mokyr nos recuerda que "el consumo per
capita y los estándares de vida mejoraron poco al principio {al fin
del siglo dieciocho} pero las tecnologías de producción cambiaron
dramáticamente en muchas industrias y sectores, preparando el paso
al crecimiento sostenido schumpeteriano en la segunda mitad del siglo diecinueve
cuando el progreso tecnológico se expandió a industrias que
previamente no habían estado afectadas. Esta es una imposición
crítica que nos obliga a evaluar los efectos actuales a la mayor
parte de los cambios tecnológicos a la luz de un retraso temporal
altamente dependiente de las condiciones específicas de cada sociedad.
A pesar de todo, el registro histórico parece indicar que, en términos
generales, cuanto más estrecha sea la relación entre los lugares
de la innovación, producción y uso de las nuevas tecnologías,
cuanto más rápido se da la transformación de las sociedades,
y cuanto más positivo sea el feedback de las condiciones sociales
sobre las condiciones generales mas innovaciones pueden ocurrir. Así,
en España, la Revolución Industrial se difundió rápidamente
en Cataluña, en el siglo dieciocho, pero tuvo un ritmo mucho menor
en el resto de España, particularmente en Madrid que en el sur; solo
el País Vasco y Asturias se habían unido al proceso de industrialización
para finales del siglo diecinueve. Las fronteras de la innovación
industrial eran en gran medida linderas a áreas en las que estuvo
prohibido el comercio con las colonias americanas españolas por casi
dos siglos: mientras que las elites andaluza y castellana, así como
la Corona, podían vivir de sus rentas americanas, los catalanes tenían
que proveerse a sí mismos a través del comercio y la ingenuidad,
mientras eran sometidos a la presión de un estado centralizado. En
parte como resultado de esta trayectoria histórica, Cataluña
y el País Vasco fueron las únicas regiones completamente industrializadas
hasta los 50 y los semilleros principales del emprendimiento y la innovación,
en agudo contraste con las tendencias en el resto de España. Así,
las condiciones sociales específicas guían la innovación
tecnológica que se dirige a sí misma hacia el camino del desarrollo
económico y la innovación. Aun así, la reproducción
de esas condiciones es cultural e institucional, tanto como económica
y tecnológica. La transformación del ambiente social e institucional
puede alterar el paso y la geografía del desarrollo tecnológico
(por ejemplo, Japón luego de la Restauración Meiji, o Rusia
después de un breve período bajo Stolypin), aunque la historia
pasada tolera una inercia considerable.
Una última y esencial
lección de las Revoluciones Industriales, que considero relevante
para este análisis, es controvertida: aunque ambos trajeron todo
un orden de nuevas tecnologías que de hecho formó y transformó
el sistema industrial en etapas sucesivas, en su núcleo hubo una
innovación fundamental en la generación y distribución
de la energía. R. J. Forbes, un historiador clásico de la
tecnología, afirma que "la invención de la máquina
a vapor es el factor central en la revolución industrial", seguido
de la introducción de nuevos móviles principales y por el
principal móvil removible, bajo el que "el poder de la máquina
de vapor podía ser creada donde fuera necesario y con la extensión
deseada." Y aunque Mokyr insiste en el carácter multifacético
de la Revolución Industrial, también cree que "las protestas
de algunos historiadores económicos no tiene lugar, la máquina
a vapor es todavía ampliamente vista como la quintaesencia de la
invención de la Revolución Industrial". La electricidad
era la fuerza central en la segunda revolución, a pesar de otros
extraordinarios descubrimientos en química, acero, la máquina
de combustión interna, telegrafía y telefonía. Esto
es porque sólo a través de la generación y distribución
eléctrica todos los otros campos podían desarrollar sus aplicaciones
y conectarse entre sí. Un caso puntual es el del telégrafo
eléctrico, que primero fue usado experimentalmente en los 1790 y
difundido desde 1837, pudiendo convertirse en una red de comunicación
conectando al mundo en gran escala, solo cuando pudo confiar en la difusión
de la electricidad. El uso difundido de la electricidad desde los 1870 en
adelante cambió el transporte, la telegrafía, la iluminación
y el trabajo en las fábricas al difundirse el poder en la forma de
la máquina eléctrica. De hecho, mientras las fábricas
habían sido asociadas con la primer Revolución Industrial,
por casi un siglo no fueron concomitantes con el uso de la máquina
de vapor que fue ampliamente utilizada en los talleres, mientras que las
grandes fábricas seguían usando las mejoradas fuentes hidráulicas.
Fue la máquina eléctrica que hizo posible e indujo la organización
a gran escala del trabajo en la fábrica industrial. Como R. J. Forbes
escribió (en 1958):
Durante los últimos 250 años
los nuevos móviles principales han producido lo que frecuentemente
se denomina la Era de la Máquina. El siglo dieciocho trajo la máquina
a vapor; el siglo diecinueve la turbina de agua, la máquina de combustión
interna y la turbina al vapor; y el siglo veinte la turbina a gas. Los historiadores
han inventado frases llamativas para denotar movimientos o corrientes en
la historia. Como "la Revolución Industrial", el título
para un desarrollo frecuentemente descripto como un comienzo al principio
del siglo dieciocho y que se extiende por casi todo el siglo diecinueve.
Fue un movimiento lento, pero trajo cambios tan profundos en su combinación
de progreso material y disloque social que colectivamente puede bien ser
descripto como revolucionario si consideramos esas fechas extremas.
De esta forma, al actuar en el proceso en el corazón de todos los
procesos -esto es, el poder necesario para producir, distribuir y comunicar-
las dos Revoluciones Industriales se difundieron a través de todo
el sistema económico y permearon la materia social. Fuentes de energía
económicas, accesibles, y móviles se extendieron y aumentaron
el poder del cuerpo humano, creando la base material para la continuación
histórica de un movimiento similar hacia la expansión de la
mente humana.
La secuencia histórica de la Revolución
de la Tecnología de la Información
La breve, aunque intensa
historia de la Revolución de la Tecnología de la Información
ha sido contada tantas veces en años recientes que se hace innecesario
proveer al lector con otra reseña detallada. Además, dada
la rapidez de su paso, cualquier relato de este tipo sería instantáneamente
obsoleto, tanto que entre la escritura de este libro y su lectura (digamos,
18 meses), los microchips habrán duplicado su rendimiento por un
precio dado, de acuerdo con la bien conocida "ley de Moore". Sin
embargo, encuentro analíticamente útil recordar los ejes principales
de la transformación tecnológica en la generación/
procesamiento/ transmisión de información, y situarlos en
la secuencia que fue llevando hacia la formación de un nuevo paradigma
socio-técnico. Este breve resumen me permitió, mas adelante,
saltar las referencias sobre rasgos tecnológicos cuando discutía
su interacción específica con la economía, la cultura
y la sociedad a través del itinerario intelectual de este libro,
excepto cuando se requieren nuevos elementos de información.
Macro cambios en micro-ingeniería:
electrónica e información
Aunque
los predecesores científicos e industriales de las tecnologías
de información basadas en la electrónica pueden encontrarse
décadas antes de los 40(por ejemplo la invención del teléfono
por Bell en 1876, la radio por Marconi en 1898, y la válvula de De
Forest en 1906), fue durante la Segunda Guerra Mundial, y en los años
posteriores, que tuvieron lugar las mayores innovaciones en tecnología
electrónica: la primera computadora programable, y el transistor,
fuente de la microelectrónica, el verdadero corazón de la
Revolución de la Tecnología de la Información en el
siglo veinte. Aun así sostengo que las nuevas tecnologías
de información solo se difundieron ampliamente en los 70, acelerando
su desarrollo sinérgico y convergiendo en un nuevo paradigma. Volvamos
a trazar las etapas de innovación en tres campos tecnológicos
principales que, aunque estrechamente interrelacionados, constituyeron la
historia de las tecnologías basadas en la electrónica: la
microelectrónica, las computadoras, y las telecomunicaciones.
El transistor, inventado en 1947 en los Laboratorios Bell en Murray Hill,
Nueva Jersey, por tres físicos, Bardeen, Brattain y Shockley (que
recibieron el Premio Nobel por este descubrimiento), hicieron posible el
procesamiento de impulsos eléctricos a alta velocidad en el modo
binario de interrupción y amplificación, permitiendo de esta
forma la codificación de la lógica y de la comunicación
con y entre máquinas: llamamos a estos dispositivos de procesamiento
semiconductores, y la gente comúnmente los llama chips (actualmente
conformados por millones de transistores). El primer paso en la difusión
del transistor fue a través del invento de Shockley del junction
transistor en 1951. De todas formas su fabricación y difusión
requirieron de nuevas tecnologías y el uso de material apropiado.
El salto a la silicona, literalmente construyendo una nueva revolución
sobre la arena, fue logrado primero por Texas Instruments (en Dallas) en
1954 (una movida facilitada por la contratación en 1953 de Gordon
Teal, otro científico líder de los Bell Labs). La invención
del proceso planar en 1959 por Fairchild Semiconductors (en Silicon Valley)
abrió la posibilidad de la integración de componentes miniaturizados
con la manufactura de precisión.
Sin embargo el paso decisivo
en microelectrónica tuvo lugar en 1957: el circuito integrado fue
inventado por Jack Kilby, un ingeniero de Texas Instruments (que lo patentó),
y Bob Noyce, uno de los fundadores de Fairchild. Pero fue Noyce quien primero
fabricó circuitos integrados usando el proceso planar. Desató
una explosión tecnológica: en sólo tres años,
entre 1959 y 1962, los precios de los semiconductores cayeron un 85%, y
en los siguientes diez años la producción se incrementó
unas 20 veces, 50% de la cual se destinó a usos militares. Como punto
de comparación histórica, tomó 70 años (1780-1850)
para que el precio de la tela de algodón cayera 85% en Inglaterra
durante la Revolución Industrial. Después, el movimiento se
aceleró durante los 60: a medida que la tecnología para la
fabricación mejoraba y la ayuda de las computadoras permitía
diseñar un chip mejor usando recursos microelectrónicos más
poderosos y rápidos, el precio promedio de un circuito integrado
cayó de $50 en 1962 a $1 en 1971.
El gigantesco salto adelante
en la difusión de la microelectrónica en todas las máquinas
fue en 1971 con la invención de un ingeniero de Intel, Ted Hoff (también
en Silicon Valley), del microprocesador, eso es la computadora en un chip.
De esta forma, el poder de procesamiento de la información podía
ser instalado en cualquier parte. La carrera para lograr una mayor integración
de la capacidad de los circuitos de un solo chip comenzaba; la tecnología
del diseño y la fabricación excedía constantemente
los límites de integración que previamente se consideraba
físicamente imposible superar sin abandonar el uso de silicio. A
mediados de los 90, las evaluaciones técnicas todavía dan
entre 10 a 20 años de buena vida a los circuitos con base de silicio,
aunque la investigación sobre materiales alternativos ha sido acelerada.
El nivel de integración ha progresado de a saltos en las últimas
dos décadas. Si bien los detalles técnicos no tienen lugar
en este libro, es analíticamente relevante indicar la velocidad y
alcance del cambio tecnológico.
Como es sabido, el poder de
los chips puede ser evaluado por una combinación de tres características:
su capacidad de integración, indicada por la línea de menor
grosor en el chip medida en micrones (1 micrón = 1 millonésima
parte de una pulgada); su capacidad de memoria, medida en bits: miles (k),
y millones (megabits); y la velocidad del microprocesador medida en megahertz.
De esta forma, el primer procesador de 1971 tenía líneas de
6.5 micrones aproximadamente; en 1980, llegaba a 4 micrones; en 1987, 1
micrón; en 1995, el chip de la Pentium de Intel tenía 0.35
micrones; y según proyecciones llegará a 0.25 micrones en
1999. Así, mientras que en 1971 se ponían 2.300 transistores
en un chip del tamaño de una chinche, en 1993 cabían 35 millones
de transistores. La capacidad de memoria, indicada por DRAM (dynamic random
access memory; memoria de acceso dinámico al azar) era en 1971 de
1.024 bits; en 1980, 64.000; en 1987, 1.024.000; en 1993, 16.384.000, y
proyectada para 1999, 256.000.000. En cuanto a la velocidad, los microprocesadores
de 64 bits son 550 veces más rápidos que el primer chip de
Intel de 1972; y los MPU están duplicándose cada 18 meses.
Las proyecciones para el 2002 pronostican una aceleración de la tecnología
microelectrónica en integración (chips de 0.18 micrones),
en capacidad DRAM (1024 megabits), y en la velocidad del microprocesador
(500+ megahertz comparado a 150 en 1993). Combinado con los dramáticos
desarrollos en procesamiento paralelo usando microprocesadores múltiples
(incluyendo, en el futuro, vinculaciones de múltiples microprocesadores
en un solo chip), parecería que el poder de la microelectrónica
todavía está siendo descubierto, mientras continua ampliando
la capacidad de las computadoras. Además, la mayor miniaturización,
la mayor especialización, y el precio decreciente de los cada vez
más poderosos chips ha hecho posible ubicarlos en cada máquina
de nuestra vida cotidiana, desde máquinas lavaplatos y hornos micro-ondas
hasta automóviles, cuya electrónica, en los modelos standard
de los 90, era más valiosa que su acero.
Las computadoras también
fueron concebidas de la madre de todas las tecnologías, la Segunda
Guerra Mundial, pero sólo nacieron en 1946 en Filadelfia, si exceptuamos
las herramientas relacionadas con la guerra del British Colossus de 1943,
aplicadas al desciframiento de códigos enemigos, y el Z-3 alemán
producido en 1941 para ayudar con los cálculos de aviación.
Sin embargo la mayor parte de los esfuerzos de los aliados en electrónica
se concentraron en hacer programas de investigación en el MIT, y
la actual experimentación del poder de las calculadoras, bajo el
auspicio de la Armada norteamericana, tuvo lugar en la Universidad de Pennsylvania,
donde Mauchly y Eckert produjeron en 1946 la primera computadora de propósitos
generales, la ENIAC (Electronic Numerical Integrator and Calculator; Integradora
y Calculadora Numérica Electrónica). Los historiadores recordarán
que la primera computadora pesaba 30 toneladas, que estaba construida sobre
módulos de metal de nueve pies de alto, que tenía 70.000 resistencias
y 18.000 válvulas, y que ocupaba el área de un gimnasio. Cuando
era encendida, su consumo de electricidad era tan alto que la iluminación
de toda Filadelfia titilaba.
La primera versión comercial de
esta máquina primitiva, la UNIVAC-1, producida en 1951 por el mismo
equipo, entonces bajo la marca Remington Rand, fue extremadamente exitosa
en el procesamiento del censo norteamericano de 1950. IBM, que también
estaba sustentada por contratos militares y confiando parcialmente en las
investigaciones del MIT, superó sus reservas sobre la era de la computación,
e ingresó a la carrera en 1953 con su máquina de 701 válvulas.
En 1958, cuando Sperry Rand introdujo una mainframe de segunda generación,
IBM inmediatamente la siguió con su modelo 7090. Pero fue recién
en 1964 que IBM, con su mainframe 360/ 370, llegó a dominar la industria
de la computación, popularizada por nuevas (Control Data, Digital)
y viejas (Sperry, Honeywell, Burroughs, NCR) compañías de
máquinas para empresas. La mayoría de estas firmas estaban
expirando o se habían esfumado para los 90: esto es lo rápido
que la "destrucción creativa" schumpeteriana ha procedido
en la industria electrónica. En esa era antigua, unos 30 años
antes de que esto fuera escrito, la industria se organizaba a sí
misma en una pulcramente definida jerarquía de mainframes, minicomputadoras
(de hecho, máquinas bastante voluminosas), y terminales, con alguna
especialización informática librada al esotérico mundo
de las supercomputadoras (una cruza fértil de pronóstico del
tiempo y juegos de guerra), en la que la extraordinaria ingenuidad de Seymour
Cray, a pesar de su falta de visión tecnológica, reinó
por algún tiempo.
La microelectrónica cambió todo
esto, introduciendo una "revolución dentro de la revolución".
La llegada del microprocesador en 1971, con la capacidad de poner una computadora
en un chip, dio vuelta el mundo de la electrónica, de hecho el mundo
en sí. En 1975, De Roberts, un ingeniero que había creado
una pequeña compañía de calculadoras, MITS, en Alburquerque,
Nuevo México, construyó una caja computadora con el improbable
nombre de Altair, inspirado en un personaje de la serie de TV Star Trek,
que era objeto de devoción de su joven hija. La máquina era
un objeto primitivo, pero fue construido como una computadora a pequeña
escala alrededor de un microprocesador. Fue la base para el diseño
de Apple I, luego Apple II, la primera microcomputadora comercialmente exitosa,
construida en el garaje de la casa de los padres de dos jóvenes estudiantes
rateados, Steve Wozniak y Steve Jobs, en Menlo Park, Silicon Valley, en
una verdaderamente extraordinaria saga que se ha convertido hoy en la leyenda
fundadora de la Era de la Información. Lanzada en 1976, con tres
socios y $91.000 de capital inicial, Apple Computers había alcanzado
los $583 millones en ventas en 1982, conduciendo la era de la difusión
de las computadoras. IBM reaccionó rápidamente: en 1981 introdujo
su propia versión de la microcomputadora, con un nombre brillante:
la Computadora Personal (PC), que se convirtió de hecho en el nombre
genérico para las microcomputadoras. Pero como no estaba basada en
la propia tecnología de IBM, sino en tecnología desarrollada
para IBM de otras fuentes, se hizo vulnerable a la clonación, que
pronto se practicó en escala masiva, particularmente en Asia. Aunque
este hecho eventualmente condenó la predominancia de IBM en el negocio
de las PCs, también desplegó el uso de los clones por todo
el mundo, difundiendo un estandar común, a pesar de la superioridad
de las máquinas Apple. La Macintosh de Apple, lanzada en 1984, fue
el primer paso hacia la computadora amigable, con la introducción
del uso de íconos, originalmente desarrollado por el Palo Alto Research
Center (PARC) de Xerox.
Una condición fundamental para la difusión
de las microcomputadoras fue subsanada con el desarrollo de nuevo software
adaptado a su operación. El software para PC también surgió
a mediados de los 70 del entusiasmo generado por Altair: dos jóvenes
ex estudiantes de Harvard, Bill Gates y Paul Allen, adaptaron el BASIC para
operar la Altair en 1976. Al darse cuenta de su potencial, fundaron Microsoft
(primero en Albuquerque, dos años después se mudaron a Seattle,
ciudad natal de los padres de Bill Gates), que es hoy la empresa gigante
de software, que disputó el dominio de software para sistemas operativos
para luego lograr el dominio del software en todo el creciente mercado de
las microcomputadoras.
En los últimos 15 años, la creciente
potencia del chip ha resultado en una dramática ampliación
del poder de la microcomputadora, limitando la función de las máquinas
grandes. A principios de los 90, las microcomputadoras de un solo chip tenían
el poder de procesamiento de IBM de unos 5 años atrás. Los
sistemas de red basados en microprocesadores, conformados por máquinas
de escritorio más pequeñas (clientes), servidas por una más
poderosa (servidor), podían eventualmente reemplazar máquinas
especializadas en procesamiento de información, como las mainframes
tradicionales y las supercomputadoras. De hecho, a los avances en microelectrónica
y software hay que agregar los grandes saltos en las capacidades de las
redes. Desde mediados de los 80, las microcomputadoras no pueden ser concebidas
aisladamente: trabajan en redes, con movilidad creciente, basadas en computadoras
portátiles. Esta extraordinaria versatilidad, y la capacidad de agregar
memoria y capacidad de procesamiento al compartir el poder de la computadora
con una red electrónica, decisivamente llevaron a dar un salto en
la era de la computación de los 90 del almacenamiento y procesamiento
centralizado de datos a la computadora compartida y en red. No solo ha cambiado
todo el sistema tecnológico, sino también sus interacciones
sociales y organizacionales. De esta forma, el costo promedio para procesar
información cayó de alrededor de $75 por millón de
operaciones en 1960 a menos de una centésima parte de un centavo
en 1990.
Esta capacidad de trabajar en red solo fue posible, naturalmente,
por los importantísimos desarrollos alcanzados en telecomunicaciones
y redes durante los 70. Pero, al mismo tiempo, estos cambios solo fueron
posibles por los nuevos inventos en microelectrónica y los avances
en la capacidad de la computación, en una impactante muestra de las
relaciones sinérgicas que se dan en la Revolución de la Tecnología
de la Información.
Las telecomunicaciones también han
sido revolucionadas con la combinación de tecnologías "nodales"
(llaves switch electrónicas y routers) y nuevos vínculos (tecnologías
de transmisión). La primera llave electrónica producida industrialmente,
la ESS-1, fue introducida por Bell Labs en 1969. Para mediados de los 70
los progresos en las tecnologías de circuitos integrados hicieron
posible la llave digital, incrementando la velocidad, el poder y la flexibilidad,
mientras ahorraba espacio, energía y trabajo, vis-à-vis aplicaciones
análogas. Aunque ATT, pariente de Bell Labs, era inicialmente reticente
a su introducción, ya que necesitaba amortizar la inversión
ya realizada en equipo analógico, cuando en 1977 Northen Telecom
de Canadá capturó una parte del mercado norteamericano con
las llaves digitales, las compañías Bell se unieron a la carrera
y dispararon un movimiento similar en el mundo.
Importantes avances
en optoelectrónica (fibra óptica y transmisión láser)
y en tecnología de transmisión digital de paquetes amplió
dramáticamente la capacidad de las líneas de transmisión.
La Integrated Bradband Networks (IBN) vio que en los 90 podía sobrepasar
sustancialmente las propuestas revolucionarias de los 70 para una Integrated
Services Digital Network (ISDN; Red Digital de Servicios Integrados): mientras
la capacidad de transferencia de ISDN en cables de cobre estaba estimada
en 144.000 bits, en 1990 IBN podría, aunque a un alto costo, transferir
un cuatrillón de bits por fibra óptica. Para medir el cambio,
recordemos que en 1956 el primer cable transatlántico de teléfono
llevaba 50 circuitos comprimidos de voz; en 1995, la fibra óptica
podría llevar 85.000 de esos circuitos. La capacidad de transmisión
basada en la optoelectrónica, junto con las llaves de avanzada y
las arquitecturas de routeo, como la Asynchronous Transmission Mode (ATM;
Modo de Transmisión Asincrónica) y el Transmission Control
Protocol/ Interconnection Protocol (TCP/ IP; Protocolo de Control de Transmisión/
Protocolo de Interconexión), son la base de la llamada Supercarretera
de la Información, cuyas características se discuten en el
capítulo 5.
Diferentes formas de usar el espectro radial (transmisión
tradicional, transmisión satelital, micro-ondas, telefonía
celular digital) así como el cable coaxil y la fibra óptica,
ofrecen una diversidad y versatilidad de tecnologías de transmisión
que están siendo adaptadas a una gran gama de usos, y hacen posible
la comunicación ubicua entre usuarios móviles. Así,
la telefonía celular se difundió con fuerza en todo el mundo
en los 90, literalmente apuntando a Asia con pagers poco sofisticados y
a Latinoamérica con teléfonos celulares como símbolo
de status social, confiando en la promesa (de Motorola por ejemplo) de un
producto de comunicación personal que proporcionaría una cobertura
universal antes del 2000. Cada salto en el campo tecnológico amplía
los efectos de las tecnologías de información que están
relacionadas. Así, la telefonía móvil, confiando en
el poder de la computación para routear los mensajes, provee al mismo
tiempo la base para una computación generalizada y para la comunicación
electrónica interactiva en tiempo real.
La división tecnológica
de los 70
Este sistema tecnológico
en el que nos hemos sumergido completamente en los 90 se conformó
en los 70. Por lo significativo que son los contextos históricos
específicos para las trayectorias tecnológicas, y por la forma
particular de interacción entre tecnología y sociedad, es
importante recordar algunos datos asociados a descubrimientos fundamentales
en las tecnologías de información. Todos ellos tienen algo
esencial en común: mientras que estaban basados en el conocimiento
previamente existente, y se desarrollaban como prolongación de las
tecnologías clave, representaban un salto cualitativo hacia adelante
en la difusión masiva de tecnología en aplicaciones comerciales
y civiles debido a su accesibilidad y su costo decreciente junto con una
calidad creciente. Así, el microprocesador, elemento clave en la
difusión de la microelectrónica, fue inventado en 1971 y comenzó
a difundirse a mediados de los 70. La microcomputadora fue inventada en
1975 y el primer producto comercialmente exitoso , Apple II, fue introducido
en abril de 1977, más o menos en la misma época en que Microsoft
comenzó a producir sistemas operativos para microcomputadoras. La
Xerox Alto, matriz de muchas tecnologías de software para las PC
de los 90, fue desarrollado en los laboratorios PARC en Palo Alto en 1973.
La primera llave electrónica industrial apareció en 1969,
y las llaves digitales se desarrollaron a mediados de los 70 y tuvieron
difusión comercial en 1977. La fibra óptica fue producida
industrialmente por primera vez por Corning Glass a principios de los 70.
También a mediados de los 70, Sony comenzó a producir comercialmente
máquinas de VCR, con base en los descubrimientos realizados en Estados
Unidos e Inglaterra en los 60, que jamás habían llegado a
la producción masiva. Y por último, fue en 1969 que la Agencia
de Proyectos de Investigación del Departamento de Defensa de Estados
Unidos (ARPA) estableció una nueva, revolucionaria, red electrónica
de comunicación, que crecería durante los 70 para convertirse
en la Internet. Fue muy ayudada por la invención de Cerf y Kahn en
1974 del TCP/ IP, el protocolo de interconexión de redes que permitió
que varias redes pudieran conectarse. Creo que podemos decir, sin exagerar,
que la Revolución de la Tecnología de la Información,
como revolución, nació en los 70, particularmente si incluimos
en ella la emergencia y difusión paralela de la ingeniería
genética que se dio por las mismas fechas y lugares, un desarrollo
que merece, al menos, unas pocas lineas de atención.
Tecnologías de la vida
Aunque la biotecnología puede ser rastreada a una
tabla de arcilla de Babilonia del 6000 BC, y la revolución en microbiología
a los descubrimientos científicos de la estructura básica
de la vida, la doble hélice del ADN, por Francis Crick y James Watson
en la Cambridge University en 1955, fue solo a comienzos de los 70 que la
separación y recombinación genética del ADN, la fundación
tecnológica de la ingeniería genética, hizo posible
la aplicación del conocimiento acumulado. Stanley Cohen de Stanford
y Herbert Boyer en la Universidad de California, San Francisco son generalmente
acreditados con el descubrimiento de los procedimientos para la clonación
de genes en 1973, aunque su trabajo está basado en la investigación
del Premio Nobel Paul Berg, de Stanford. En 1975 los investigadores de Harvard
aislaron el primer gen mamario, de la hemoglobina de un conejo; y en 1977
se clonó el primer gen humano.
Lo que siguió a continuación
fue una carrera para establecer firmas comerciales, muchas de ellas desprendimientos
de las grandes universidades y de los centros de investigación de
los hospitales, que emergieron en California del Norte, Nueva Inglaterra
y Maryland. Periodistas, inversionistas y activistas sociales fueron igualmente
impactados por las posibilidades que se abrían con la potencial habilidad
de diseñar vida, incluyendo vida humana. Genentech al Sur de San
Francisco, Cetus en Berkeley y Biogen en Cambridge, Massachusetts, estaban
entre estas primeras compañías, organizadas en torno a ganadores
de premios Nobel, para usar las nuevas tecnologías genéticas
para aplicaciones médicas. Le siguió el negocio del agro;
y los microorganismos, algunos de ellos genéticamente alterados,
tuvieron cada vez más asignaciones, por ejemplo limpiar la polución,
muchas veces generada por las mismas compañías y agencias
que estaban vendiendo los superorganismos. Sin embargo las dificultades
científicas, de los problemas técnicos, y los obstáculos
legales motivados por intereses éticos y de seguridad desaceleraron
la revolución de la biotecnología durante los 80. Una considerable
cantidad de capitales invertidos se perdieron y algunas de las compañías
más innovadoras, incluyendo Genentech, fueron absorbidas por las
farmacéuticas gigantes (Hoffman-La Roche, Merck) que mejor que nadie,
entendieron que no podían reproducir la costosa arrogancia que las
firmas de computación establecidas habían desplegado frente
a las pequeñas empresas innovadoras: comprarlas, junto con los servicios
de sus científicos, era una mejor póliza de seguro para las
multinacionales farmacéuticas y químicas, para internalizar
los beneficios comerciales de la revolución tecnológica y
controlar su paso. Siguió una desaceleración de su paso, por
lo menos en cuanto a la difusión de sus aplicaciones.
Sin embargo,
a fines de los 80 y en los 90 un gran impulso de la ciencia, y una nueva
generación de científicos emprendedores revitalizaron la biotecnología,
con un enfoque decisivo sobre la ingeniería genética, la verdadera
tecnología revolucionaria en el terreno. La clonación genética
ingresó a una nueva etapa cuando, en 1988, Harvard formalmente patentó
un ratón genéticamente diseñado, quitándole
de esta forma los derechos de autor a Dios y a la Naturaleza. En los siguientes
7 años, otros siete ratones también fueron patentados como
nuevas formas de vida creadas, identificadas como propiedad de sus ingenieros.
En agosto de 1989 los investigadores de la Universidad de Michigan y Toronto
descubrieron el gen responsable de la fibrosis cística, abriendo
el camino a la terapia genética.
Con el despertar de las expectativas
generadas por este descubrimiento, el gobierno norteamericano decidió
en 1990 auspiciar y fundar un programa de colaboración de $3 billones
durante 15 años, coordinado por James Watson, uniendo a los equipos
de investigación en microbiología más avanzados para
mapear el genoma humano, esto es, para identificar y localizar los 60.000
a 80.000 genes que componen el alfabeto de la especie humana. A través
de este y otros esfuerzos, un continuo río de genes humanos relacionados
con varias enfermedades están siendo identificados, por
lo que para mediados de los 90, alrededor del 7% de los genes
han sido localizados, con una correcta comprensión de su funcionamiento.
Esto por supuesto crea la posibilidad de actuar sobre estos genes, y en
aquellos que sean identificados en el futuro, posibilitando que la especie
humana pueda no solo controlar las enfermedades, sino también identificar
predisposiciones biológicas e intervenir en ellas, potencialmente
alterando el destino genético. Lyon y Gorner concluyen su investigación
sobre la ingeniería genética humana, con una predicción
y una advertencia:
En unas pocas generaciones podremos acabar con ciertas
enfermedades mentales, quizás, o la diabetes, o la presión
alta, o casi con cualquier aflicción que seleccionemos. Lo que no
debemos olvidar es que la calidad de la toma de decisión dictamina
si las elecciones que hagamos serán sabias y justas...La poco gloriosa
forma en que la elite científica y administrativa está manejando
los primeros frutos de la terapia genética es ominosa...Los humanos
hemos evolucionado intelectualmente para puntualizar que, relativamente
pronto, podremos comprender la composición, función, y dinámica
del genoma mucho mas allá de su intimidante complejidad. En términos
emocionales, sin embargo, somos todavía simios, con toda la carga
de comportamiento que implica. Quizás la forma esencial de terapia
genética sea para que nuestra especie pueda elevarse por sobre su
herencia básica y aprenda a aplicar este nuevo conocimiento sabia
y benignamente.
Aun así, mientras los científicos, reguladores
y éticos debaten las implicancias humanísticas de la ingeniería
genética, los investigadores que se han convertido en empresarios
toman el atajo, estableciendo mecanismos para tener control legal y financiero
sobre el genoma humano. El intento más osado en este sentido fue
de un proyecto iniciado en 1990 en Rockville, Maryland, por dos científicos,
J. Craig Venter, luego con el Instituto Nacional de Salud, y William Haseltine,
luego en Harvard. Usando el poder de supercomputadoras, secuenciaron en
solo 5 años partes de casi el 85% de todos los genes humanos, creando
una gigantesca base de datos genética. El problema es que no sabemos,
ni sabremos por un largo tiempo, cuál pieza de gen es qué
y dónde está localizada: su base de datos comprende cientos
de miles de fragmentos genéticos con funciones desconocidas. ¿Cuál
es entonces el interés? Por un lado, la investigación focalizada
sobre genes específico puede (y de hecho así es) utilizar
para sí la información contenida en esas secuencias. Pero,
lo que es más importante y la principal razón para todo el
proyecto, Craig y Haseltine han estado ocupados patentando su base de datos,
entonces, literalmente, algún día podrían ser los dueños
de los derechos legales de una gran parte del conocimiento para manipular
el genoma humano. La amenaza que se cierno por este desarrollo es tan seria
que, mientras por un lado han atraído decenas de millones de dólares
de inversionistas, por otro lado, una de las más grandes empresas
farmacéuticas, Merck, dio en 1994 un financiamiento sustantivo a
la Universidad de Washington para proceder con el mismo secuenciamiento
ciego y para hacer pública la información, para que no haya
control privado de trozos y partes de conocimiento que podrían bloquear
el desarrollo de productos basados en una comprensión sistemática
futura del genoma humano.
La lección para el sociólogo
de estas batallas de negocios no es sólo otra instancia de la avaricia
humana. Señala un tiempo que se acelera con la expansión y
profundización de la revolución genética. Debido a
su especificidad, tanto científica como social, la difusión
de la ingeniería genética fue más lenta entre los 70
y los 90 que en el caso de la revolución en electrónica. Pero
en los 90, la revolución de la biotecnología se ha visto acelerada
en todo el mundo por la existencia de mercados más abiertos, y por
las mayores posibilidades educativas y de investigación. Todos los
indicadores apuntan hacia la explosión de sus aplicaciones con el
cambio de milenio, disparando de esta forma un debate mucho más fundamental
a la hoy borrosa frontera entre naturaleza y sociedad.
Contexto social y la dinámica
del cambio tecnológico
Por qué
los descubrimientos de las nuevas tecnologías de la información
ocurrieron en los 70, y casi todos en Estados Unidos? Y cuáles son
las consecuencias de esto en su desarrollo futuro y en su interacción
con las sociedades? Sería tentador relacionar directamente la formación
de este paradigma tecnológico con las características de su
contexto social; particularmente si recordamos que a mediados de los 70
Estados Unidos y el mundo capitalista estaban siendo sacudidos por una gran
crisis económica, lanzada (pero no causada) por el shock del petróleo
en 1973-4: una crisis que precipitó la dramática reestructuración
del sistema capitalista a escala global, actualmente induciendo un nuevo
modelo de acumulación en discontinuidad histórica con el capitalismo
de posguerra, como propuse en el prólogo de este libro. ¿Fue
el nuevo paradigma tecnológico una respuesta del sistema capitalista
para recuperarse de sus contradicciones internas? ¿O fue un modo
de asegurarse la superioridad militar sobre el enemigo Soviético,
en respuesta a su desafío tecnológico en la carrera espacial
y de armamentos nucleares? Ninguna explicación parece ser convincente.
Mientras que hay una coincidencia histórica entre la aparición
de las nuevas tecnologías y la crisis económica de los 70,
su sincronización fue demasiado cercana, el "arreglo tecnológico"
habría sido demasiado rápido, y demasiado mecánico
cuando sabemos de las lecciones de la Revolución Industrial y de
otros procesos históricos de cambio tecnológico que las sendas
económica, industrial y tecnológica, que están relacionados,
se mueven con lentitud y calzan imperfectamente en esta interacción.
Y con respecto al argumento militar, el shock del Sputnik de 1957-60 fue
respondido mediante una construcción tecnológica masiva en
los 60, no en los 70; y el nuevo empuje de la tecnología militar
norteamericana fue impulsado en 1983 en torno al programa "Star Wars",
de hecho usando las tecnologías desarrolladas en la prodigiosa década
precedente. De hecho, parece que la emergencia de un nuevo sistema tecnológico
en los 70 debe rastrearse a la dinámica autónoma del descubrimiento
y difusión tecnológica, incluyendo los efectos sinérgicos
entre varias tecnologías clave. Así, el microprocesador hizo
posible la microcomputadora; los avances en telecomunicaciones, como mencionáramos
arriba, permitieron que las microcomputadoras funcionaran en redes, incrementando
así su poder y flexibilidad. Las aplicaciones de estas tecnologías
a la electrónica y a la fabricación aumentaron el potencial
para nuevos diseños y tecnologías de fabricación en
la producción de semiconductores. El nuevo software fue estimulado
por el mercado de las microcomputadoras y su rápido crecimiento que,
a su vez, explotó sobre la base de nuevas aplicaciones y tecnologías
amigables que brotaban de las mentes de los escritores de software. Y así
sucesivamente.
El fuerte impulso militar de los 60 a la tecnología
preparó a la tecnología norteamericana para dar el salto adelante.
Pero el invento del microprocesador de Ted Hoff mientras intentaba completar
una orden para una compañía japonesa de calculadoras manuales
en 1971 provino del conocimiento y la ingenuidad acumulados en Intel, una
estrecha interacción con el milieu de innovación creado desde
1950 en Silicon Valley. En otras palabras, la primera Revolución
de la Tecnología de la Información se produjo en Estado Unidos,
básicamente en California, en los 70, construyéndose sobre
los descubrimientos de las dos décadas precedentes, y bajo la influencia
de varios factores institucionales, económicos y culturales. Pero
no salieron de una necesidad preestablecida: estaba tecnológicamente
inducido más que socialmente determinado. Sin embrago, una vez que
existió como sistema, en la base de la emergencia que he descripto,
su desarrollo y aplicaciones, y en esencia su contenido, fueron decisivamente
configurados por el contexto histórico en el que se expandieron.
De hecho, el capitalismo de los 80 (específicamente: las grandes
corporaciones y gobiernos de los países del club de los 7) encararon
un proceso de reestructuración económica y organizacional,
en el que la nueva tecnología de información jugaba un rol
fundamental y era moldeado decisivamente por el rol que jugaba. Por ejemplo,
el movimiento organizado por los negocios hacia la desregulación
y liberalización en los 80 fue decisivo en la reorganización
y crecimiento de las telecomunicaciones, más notorio luego del despojo
de ATT en 1984. En contraposición, la habilidad de las nuevas redes
de telecomunicaciones y de los sistemas de información prepararon
el terreno para la integración global de los mercados financieros
y la articulación segmentada de la producción y el comercio
a través del mundo, como examinaré en el próximo capítulo.
Así, la disponibilidad de las nuevas tecnologías constituía
un sistema en los 70 y era base fundamental para el proceso socio-económico
que se estaba reestructurando en los 80. Y los usos de esas tecnologías
en los 80 condicionaron mucho los usos y las trayectorias en los 90. El
surgimiento de la sociedad "enredada", que trataré de analizar
en los siguientes capítulos de este volumen, no pueden ser entendidos
sin la interacción entre estas dos tendencias relativamente autónomas:
el desarrollo de nuevas tecnologías de información y el intento
de la vieja sociedad de reinstrumentarse a sí misma utilizando el
poder de la tecnología para servir a la tecnología del poder.
Sin embargo, la salida histórica de esta estrategia parcialmente
consciente no está determinada, desde que la interacción entre
tecnología y sociedad depende de las relaciones estocásticas
entre un número excesivo de variables cuasi independientes. Sin tener
que rendirnos necesariamente al relativismo histórico, puede decirse
que la Revolución de la Tecnología de la Información
fue cultural, histórica y espacialmente contingente en un conjunto
de circunstancias muy específico cuyas características marcaron
su evolución futura.