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EL ORIGEN DEL HOMBRE archivo del portal de recursos
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Xavier Zubiri
[De Revista de Occidente 17 (1964) 146-173]
Bibliografía
Oficial #54
El problema del origen del hombre ha sido hasta fines del siglo xix un problema casi exclusivamente teológico. Pero sorprendentemente, este problema ha entrado en una nueva fase, en la fase de la ciencia positiva. La paleontología humana y la prehistoria han descubierto una serie de hechos impresionantes cuyo volumen y calidad han (le considerarse como transcendentales. Porque estos hechos científicos conducen a la idea de que el origen (leí hombre es evolutivo: el phylum humano arranca evolutivamente de otros phyla animales, y dentro del phylum humano, la humanidad ha ido adoptando formas genética y evolutivamente distintas, hasta llegar al hombre actual, único del que hasta ahora se ocuparon la filosofía y la teología. Ciertamente, la evolución humana es un tema que pertenece a la ciencia positiva. Pero planteado por los hechos, no puede menos de afectar a la filosofía y a la teología mismas. Dejando de lado, por el momento, el aspecto teológico de la cuestión, la idea del origen evolutivo de nuestra humanidad, a pesar de ser una idea científica, es. una idea que como otras muchas, se halla en la frontera de la ciencia y de la filosofía; constituyen problemas fronterizos, bifaces. Y en cuanto tales necesitan ser tratados también filosóficamente. ¿Qué significa, qué es, filosóficamente, el origen evolutivo de nuestra humanidad?
I
En el orden somático, morfológico, del animal al
hombre hay una estricta evolución. Sus mecanismos, alcance y caracteres
podrán ser discutibles y son discutidos. Pero innegablemente existe
una evolución morfológica que coloca al hombre en la línea
de los primates antropomorfos, concretamente en la bifurcación entre
póngidos y homínidos. Los antropomorfos póngidos conducen
a los grandes simios: chimpancé, gorila, orangután; gibbon.
Los antropomorfos homínidos, partiendo del mismo punto de origen
que los póngidos, siguen una línea evolutiva distinta. Los
paleontólogos llaman homínidos a todos los antropomorfos que
forman parte del phylum al que pertenece el hombre. Los llaman así
porque ha habido en este phylum antropomorfos que aún no son humanos,
sino infrahumanos (aunque no simios, como lo son los póngidos); estos
homínidos no hominizados son los ascendientes somáticos directos
del hombre. Como la paleontología no dispone aún de suficiente
número de restos fósiles, no puede describir con satisfactoria
precisión, ni las formas de proliferación de los homínidos,
ni el punto preciso de su hominizacíon.
Pero esta evolución
somática innegable deja en pie otro hecho que necesita ser tenido
en cuenta e integrarse en la evolución, si hemos de dar razón
completa del fenómeno humano: la esencial irreductibilidad de la
dimensión intelectiva del hombre a todas sus dimensiones sensitivas
animales. El animal, con su mera sensibilidad, reacciona siempre y sólo
ante estímulos. Podrán ser y son complejos de estímulos
unitariamente configurados, dotados muchas veces de carácter signitivo,
entre los cuales el animal lleva a cabo una selección respecto de
su sintonía con los estados tónicos que siente. Pero siempre
se trata de meros estímulos. A diferencia de esto, el hombre, con
su inteligencia, responde a realidades. He propugnado siempre que la inteligencia
no es la capacidad del pensamiento abstracto, sino la capacidad que el hombre
tiene de aprehender las cosas y de enfrentarse con ellas como realidades.
Y entre mero estímulo y realidad hay una diferencia no gradual sino
esencial. Lo que impropiamente solemos llamar inteligencia animal es la
finura de su capacidad para moverse entre estímulos, de un modo muy
vario y rico; pero es siempre en orden a dar una respuesta adecuada a la
situación que sus estímulos le plantean; por esto es por lo
que no es propiamente inteligencia. El hombre, en cambio, no responde siempre
a las cosas como estímulos, sino como realidades. Su riqueza es de
un orden esencialmente distinto al de la riqueza del animal. Por esto, su
vida transciende de la vida animal, y las líneas evolutivas del animal
y del hombre son radicalmente distintas y siguen direcciones divergentes.
El animal, por ejemplo, es un ser enclasado, el hombre no lo es. Por razones
psico-biológicas, el hombre es el único animal que está
abierto a todos los climas del universo, que tolera las dietas más
diversas, etc. Pero no es sólo esto. El hombre es el único
animal que no está encerrado en un medio específicamente determinado,
sino que está constitutivamente abierto al horizonte indefinido del
mundo real. Mientras el animal no hace sino resolver situaciones, incluso
construyendo pequeños dispositivos, el hombre transciende de su situación
actual, y produce artefactos no sólo hechos ad hoc para una situación
determinada, sino que, situado en la realidad de las cosas, en lo que éstas
son «de suyo», construye artefactos aunque no tenga necesidad
de ellos en la situación presente, sino para cuando llegue a tenerla;
es que maneja las cosas como realidades. En una palabra, mientras el animal
no hace sino «resolver» su vida, el hombre «proyecta»
su vida. Por esto su industria no se halla fijada, no es mera repetición,
sino que denota una innovación, producto de una invención,
de una creación progrediente y progresiva. Precisamente donde los
vestigios de utillaje dejan descubrir vestigios de innovación y de
creación, la prehistoria los interpreta como características
humanas rudimentarias. Seria el caso de la Pebble-culture (cultura de guijarros)
de los australopitecos, de los que hablaremos después.
Pero esta
irreductibilidad no implica una cesura, una discontinuidad, entre la vida
animal y la humana. Todo lo contrario. Si se acepta la distinción
entre mera sensibilidad e inteligencia que acabo de proponer, es verdad
que el animal reacciona ante meros estímulos, y que el hombre responde
a realidades. Pero tanto en su vida individual, como en su desarrollo específico,
la primera forma de realidad que el hombre aprehende es la de sus propios
estímulos: los aprehende no como meros estímulos, sino como
estímulos reales, como realidades estimulantes; tanto, que la primera
función de la inteligencia es puramente biológica, consiste
en hallar una respuesta adecuada a estímulos reales. El mero hecho
de decirlo, nos muestra que, cuanto más descendemos a los comienzos
de la vida individual y específica, la distinción entre mero
estímulo y estímulo real se va haciendo cada vez más
sutil, hasta parecer evanescente. Justamente esto es lo que expresa que
no hay cesura entre la vida animal y la propiamente humana. No la hay en
la vida individual, es sobradamente claro. Pero tampoco la hay en la escala
zoológica. La vida de los primeros seres con vestigios somáticos,
y tal vez psíquicos, de humanidad, los australopitecos, se aproxima
enormemente a la vida de los demás antropomorfos. Por esto es tan
difícil, y a veces imposible, saber si un fósil homínido
representa o no un homínido hominizado.
II
Constituido el phylum humano por una inteligencia, hay en él
una verdadera y estricta evolución genética, debida sobre
todo a la evolución de las estructuras somáticas, pero también
a la evolución del tipo de inteligencia, expresada en industrias
caracterizadas por una unidad evolutiva casi perfecta. Es decir, que lo
que hasta ahora hemos solido llamar «hombre», así en
singular, en realidad aloja dentro de sí tipos de humanidad somática
e industrialmente —es decir, somática e intelectivamente— distintos,
producidos por verdadera evolución genética intrahumana. No
se trata de hombres distintos tan sólo por su tipo de vida, sino
de tipos estructuralmente distintos, tanto por lo que concierne a su morfología
como por lo referente a sus estructuras mentales. De entre los puntos más
salientes, bien conocidos, recordemos tan sólo algunos para dar mayor
concreción a nuestras consideraciones.
1) Desde comienzos del
cuaternario antiguo (villafranquiense), hace casi dos millones de años,
aparecen los homínidos australopitécidos que parecen ser los
primeros seres que poseen ya vestigios de caracteres humanos rudimentarios.
El más antiguo conocido es el cráneo de Tchad. Posteriormente
hay, por un lado, el grupo de los australopitecos africanos con sus diversas
variedades; por otro, los australopitecos de Java. Se extienden hasta bien
entrado el cuaternario medio (el australopiteco telantropo y los de Palestina);
son, junto con los de Java, la transición más próxima
al tipo subsiguiente. En conjunto, constituyen un grupo bastante homogéneo.
Tienen, salvo tardías excepciones, talla pequeña y un aspecto
similar al de los póngidos: frente huida y faz ahocicada. Pero sus
premolares son de tipo netamente humano y completamente distinto del de
los póngidos. Han logrado la bipedestación y la posición
erecta casi perfectas; su pelvis es ya de tipo humano. Con ello han quedado
los brazos y las manos libres para la prehensión y la elaboración
de útiles. Tienen, en cambio un cerebro alargado y bajo; un volumen
craneal de 500-700 cc, notoriamente inferior al de los hombres posteriores,
pero alto respecto de los póngidos en relación con su talla.
Algunos, como el cráneo de Tchad, presentan sensibles diferencias
con los demás. Recojamos, a título de «información»,
el recientísimo descubrimiento, por Leakey (1963-64), de un fósil
del comienzo del cuaternario en Africa oriental, que ha denominado homo
habilis. Algunas de sus/estructuras son intermedias entre las del australopiteco
y las del hombre subsiguiente; otras se emparentan más con las del
homo sapiens. Sería, según esta idea, el antepasado directo
del hombre posterior, mientras que los australopitecos constituirían
una rama colateral de homínidos sin hominizar. Al homo habilis pertenecerían
el cráneo de Tchad, los australopitecos de Palestina, así
como el telantropo (que entonces ya no deberían llamarse australopitecos),
y tal vez la «enigmática» mandíbula de Kanam.
Todo ello está necesitado de más atento y minucioso estudio),
antes de ser admitido. Los australopitecos fabrican hachas rudimentarias,
si así pueden llamarse a los guijarros afilados Pebble-culture. Tomadas
en larga perspectiva temporal, parecen presentar, según algunos (y
a ello se inclina hoy la mayoría. de los investigadores), vestigios
de innovación creadora, a diferencia de la fijeza y repetición
características del instinto y de la imitación animales; denotarían,
por tanto, una cierta inteligencia. De ser así, su transmisión
de unos seres a otros del mismo grupo, sería un primer esbozo de
auténtica sociedad y tradición, esto es, un primer esbozo
de cultura rudimentaria. Estarían, pues, rudimentariamente hominizados,
porque habrían comenzado a aprehender las cosas como realidades,
cómo cosas que son «de suyo». Por el contrario, si no
se admite que en su industria haya innovación creadora, entonces
se trataría de homínidos no hominizados, que serían
o bien los antepasados tal vez inmediatos del hombre, o bien una rama colateral
de hominidos que ha ido extinguiéndose. Para Leakey hay una cultura
de guijarros que es creadora, pero su artífice no es el australopiteco
(que también fabricó útiles de guijarros sin creación),
sino el homo habilis.
2) Al comienzo del cuaternario medio, hace medio
millón de años, los homínidos hominizados (sean australopitecos,
sean homo habilis) han producido por evolución un tipo ya claramente
humano: son los arcantropos como los llama Weidenreich. El tipo más
antiguo es el cráneo de Modjokerto. Le siguen en orden de antigüedad,
el pitecantropo y el sinantropo. Muy próximo a éste, si no
anterior, tenemos la mandíbula de Mauer, y otra, la de Montmaurin,
intermedia entre aquélla y la del hombre posterior. Algo más
recientes son algunos restos de Africa oriental, afines a ciertas variedades
de australopitecos. Aparece después el atlantropo de Ternifine (Argel).
Finalmente, los hombres de Casablanca, Rabat, Témara y Saldanha.
La raíz de estos arcantropos se halla, pues, en los australopitecos
o en formas próximas (¿homo habilis?); y a su vez, los hombres
de Mauer, Montmaurin y los de Marruecos y Saldanha, representan la transición
a los hombres de tipo posterior. Los arcantropos tienen una dentición
del mismo tipo que el de los australopitecos. Poseen un esbozo rudimentarísimo
de mentón; maxilares sumamente fuertes; arcos superciliares enormes;
un cráneo muy espeso con fuerte borde en el agujero occipital; su
curvatura occipital es menor que en los tipos anteriores. Su cerebro tiende
de la forma aplanada a la globular, desarrollándose hacia lo alto;
sus circunvoluciones son aún muy pobres, pero superiores a las de
los australopitecos; posee lóbulos frontales mayores, pero aún
muy deficientes; hay probablemente predominio del hemisferio izquierdo;
su volumen medio es 1.000 c. c. Tenían ya una industria lítica
bifaz muy característica. No sabían encender el fuego, pero
sí parece que sabían utilizarlo o conservarlo. No entierran
a sus muertos. Pero el agujero occipital de sus cráneos está
artificialmente agrandado, lo que parece indicar que vaciaban el cráneo,
extrayendo el cerebro. ¿Se trata de un ritual antropofágico
o simplemente de la conservación del cráneo como reliquia,
tal vez, del difunto? Difícil decidirlo.
3) En el resto del cuaternario
medio, hace unos doscientos mil años, aparece otro tipo humano somática
y mentalmente distinto: el paleantropo (Keith). Este tipo humano evoluciona
en diversas fases. El tipo más arcaico es el representado por los
pre-neandertales (Steinheim, Ehringsdorf, Saccopastore) y los pre-sapiens
(Swanscombe, y mucho más tarde, el hombre de Fontchévade).
Vienen después los neandertales clásicos extendidos por toda
Europa, Asia y Africa. Los de Palestina quizá sean pre-sapiens. Finalmente,
los que señalan la transición al tipo posterior: los hombres
de Rhodesia, y el de Solo (descendiente del pitecántropo). En rasgos
generales, su dentición es intermedia entre la del arcantropo y la
del hombre posterior. Poseen un mentón menos acusado (y a veces hasta
casi inexistente) en los más antiguos que en los más recientes;
mandíbulas menos fuertes que las del arcantropo; cara más
reducida, pero con maxilares ahocicados. El cráneo adquiere nueva
orientación; pero, por regresión, posee menor flexión;
frente huida y aplanada; arcos superciliares muy grandes; una curvatura
mayor, que a veces le aproxima al hombre posterior. Los pre-sapiens poseen
ya frente recta, casi sin arcos superciliares. Huesos mucho menos espesos.
Su cerebro tiene un volumen de unos 1.425-1.700 c. c. que queda ya fijado;
circunvoluciones más acentuadas; mayor desarrollo hacia lo alto;
lóbulos frontales más acentuados, pero en general más
pobremente desarrollados, muy por bajo del hombre posterior. Su cultura
(cultura del paleolítico inferior) es típica. Estos hombres
comienzan, unos, a tallar hachas mucho más perfectas que las bifaces
anteriores, las típicas hachas de mano; poseen, otros, industria
de lascas. Habitan al aire libre y en cavernas. Son nómadas, recolectores
y cazadores. Utilizan el fuego. Probablemente se pintaban algo el cuerpo;
y algunos objetos podrían interpretarse como amuletos. Parece que
la caza iba acompañada de la demostración de trofeos, una
demostración que tal vez tuviera carácter de rito de caza,
indicador, por tanto, de cierta idea de poderes superiores. Entierran a
sus muertos rodeándolos a veces de ofrendas, lo que denuncia una
cierta idea de la supervivencia.
4) Sólo después, en el
cuaternario reciente, hace unos cincuenta mil años, aparece un tipo
somática y mentalmente distinto: el neantropo, llamado muchas veces,
por abreviación, hombre de Cromagnon. Es el homo sapiens por antonomasia.
Los ejemplares más antiguos que se conocen hasta la fecha son el
hombre de Kanjera, y algo posterior, el de Florisbad, ambos del Africa oriental.
Es el tipo humano al que pertenecemos nosotros. Tiene una dentición
típicamente moderna. Mentón acabado; cara corta y ancha; frente
alta; nariz estirada; carece casi de arcos superciliares; los huesos del
cráneo se van haciendo cada vez menos espesos desde el paleolítico
superior al neolítico. El cerebro adquiere definitivamente su forma
globulada; es muy rico en circunvoluciones ya perennes, con pleno desarrollo
de los lóbulos frontales. En su primera fase cultural (paleolítico
superior), este hombre ya no talla hachas; pulimenta la piedra (industria
lítica de hojas); fabrica también punzones y agujas de coser
óseas. Comienza a ser agricultor y a domestica animales. Produce
pintoras rupestres admirables, a pequeños alto y bajo relieves; estatuillas
que pueden ser ídolos de fecundidad (la tierra madre) e ídolos
protectores; es decir, posee prácticas claramente mágico-religiosas
lo cual denota una creencia en espíritus a los que hacen ofrendas.
Entierra a sus muertos construyendo a veces pequeños monumentos
funerarios. Después de la última glaciación,
este hombre entra en la fase cultural del neolítico. Pulimenta
más la piedra; posee una cerámica y desarrolla artes textiles.
Construye chozas y palafitos. Inicia la vida pastoril. Posee
un claro culto a los muertos, construyendo
monumentos megalíticos (dólmenes, menhires,
etc.). Tiene divinidades domésticas (lares, etc.) un divinidad de
la fecundidad, u culto del toro y culto solar. Comienza a tener signos
ideográficos. Desarrolla ya un arte riquísimo en todos
los ordenes a veces de carácter muy estilizado. Finalmente
entra en una nueva fase, la edad de los metales, salvo tal vez por lo que
se refiere al cobre que pudo pertenecer al neolítico.
Estos cuatro
tipos de hombres(los primeros hominizados, sean australopitecos u homo habilis,
los arcantropos, los paleantropos, los neantropos) no se hallan estratificados,
sino que se superponen a veces por largo tiempo; hemos dicho ya, por ejemplo,
que determinados tipos de australopitecos son tan próximos al arcantropo
por su fecha, que es difícil clasificarlos en uno u otro grupo, pues
los primeros alcanzan al cuaternario medio cuando y están en pleno
desarrollo los arcantropos; lo mismo sucede con los arcantropos y los paleantropos;
finalmente estos últimos conviven con los neantropos. Cuando
cada tipo comienza, convive, pues, con los del tipo anterior. No conocemos,
naturalmente, el carácter social de estos diversos tipos humanos,
sobre todo de los más arcaicos; menos aún la convivencia social
entre los hombres de un tipo anterior y los del posterior. La etnología
de ciertos pueblos «primitivos» actuales, utilizada con suma
prudencia, puede arrojar alguna luz sobre determinados aspectos del problema.
Esta sucesión de tipos humanos no es sólo sucesión
sino verdadera evolución genética. La morfología
comparada de sus restos fósiles y el carácter de la fauna
de que están rodeadas en los yacimientos, lo sugiere claramente;
lo confirma la continuidad evolutiva de sus industrias. No se trata, naturalmente,
de una certeza absoluta, la ciencia nunca la posee; pero si de una suficiente
fuerza de convicción razonable. Las opiniones podrán diferir
y difieren en detalles a veces muy importantes. Porque no se trata de que
la totalidad de un tipo sea el origen genético de la totalidad de
otro. Dentro de cada tipo hay formas que en la mayoría de sus representantes
son seguramente ramas colaterales en la evolución de la humanidad;
tal sucede en general con los pitecantropos; pero aún en este caso,
no olvidemos que el hombre de Solo es probablemente descendiente directo
de los pitecantropos de Java. La cosa es más clara aún, en
el paleantropo; los neandertales clásicos, no son, en general, sino
ramas colaterales; pero los pre-neandertales y pre-sapiens están
en la línea genética directa del neantropo. Los ejemplos podrían
multiplicarse. Constantemente surgen nuevos hechos que imponen una revisión
en la descripción de los tipos humanos y en la precisa articulación
genética de su evolución. Ya hemos indicado, en efecto que
la paleontología no conoce aún con precisión el modo
de proliferación de los homínidos ni, por tanto, el punto
exacto de su hominización. Por un momento se pensó que alguna
forma como el Oreopiteco era un ejemplar de lo que hubieran sido los homínidos
antes de su hominización; hoy parece que los investigadores ya no
lo creen tan firmemente. Hemos señalado también las recientes
ideas en torno al homo habilis. Además, la interpretación
de la cultura de guijarros está necesitada de mayor documentación
no sólo paleontológica, sino también arqueológica,
concerniente al carácter de su cultura, y, consiguientemente, a la.
posible hominización de sus artífices. Finalmente, el descubrimiento
constante de nuevos fósiles claramente humanos irá modificando
el cuadro morfológico, geográfico e histórico del hombre
fósil y de su evolución. Todo ello es de incumbencia de la
ciencia. Pero lo que sí queda establecido es el gran hecho de la
existencia de muy distintos tipos humanos, encadenados por una verdadera
evolución genética. Y esto es lo único decisivo para
nuestro problema: el hombre sin más no es una realidad, lo son tan
sólo sus distintos tipos evolutivos.
III
Esto supuesto, ¿qué significa esta evolución,
qué son todos estos distintos tipos de humanidad? Digamos ante todo
que, científica y filosóficamente, estos tipos son todos rigurosamente
humanos, son verdaderos hombres. Filosóficamente pienso que el hombre
es el animal inteligente, el animal de realidades; algo esencialmente distinto
del animal no-humano, que no está dotado sino de mera sensibilidad,
es decir, de un modo de aprehender las cosas y de enfrentarse con ellas,
como meros estímulos. Esta dimensión intelectiva se halla
en unidad esencial, en unidad coherencial primaria, con determinados momentos
estructurales somáticos: cierto tipo de dentición, de aparato
locomotor, de manos libres para la prehensión y la fabricación
de utillaje; cierto tipo de configuración y volumen craneal; cierto
tipo de configuración y de organización funcional del cerebro
; un aparato de fonación articulado, capaz de ser utilizado, en ciertos
estadios, en forma de lenguaje. El lenguaje, en efecto, no es sólo
cuestión de estructuras anatómicas macroscópicas de
fonación, sino de organización funcional, la cual tal vez
no se logre sino en estadios más avanzados de hominización.
La unidad específica del hombre está, pues, asegurada: es
la unidad esencial de inteligencia y de un tipo determinado de estructuras
somáticas básicas. Hay, por tanto, en todos los hombres de
que venimos hablando, lo que he llamado un esquema constitutivo transmitido
por generación, es decir, hay un verdadero phylum genético.
En su virtud, este esquema es, científica y filosóficamente,
un esquema rigurosamente especifico. Recíprocamente, la inclusión
de un antropomorfo en el phylum humano, constituye su rigurosa unidad específica
con el hombre. Los representantes de todos estos tipos humanos son,
pues, verdaderos hombres. De confirmarse el carácter innovador, creador,
de la industria de los australopitecos, éstos poseerían una
inteligencia, todo lo rudimentaria que se quiera, pero verdadera inteligencia,
porque aprehenderían ya las cosas como realidades; serian verdaderos
hombres rudimentarios, como veremos en seguida.
Sin embargo, esta unidad
filética, específica, aloja dentro de ella una diversidad
muy grande. Esta diversidad no se refiere en primera línea a diferentes
tipos de vida, sino a diferencias estructurales psico-somáticas.
Las vidas son de diferente tipo porque lo son las estructuras psico-somáticas
que las hacen posibles, y que en este sentido las definen. El arcantropo
y el paleantropo tienen diferentes tipos de vida porque sus estructuras
son diferentes. Lo que llamamos «modos» diversos de vida, son
diferencias que se inscriben dentro de un tipo de vida ya estructuralmente
definido. Entre los diversos arcantropos y entre los diversos paleantropos,
unos individuos podían llevar, y seguramente llevaron, distintos
modos de vida, como sucede también entre los neantropos. Pero todos
los diferentes modos de vida de los arcantropos son vidas de un mismo tipo,
distinto del tipo de vida de los paleantropos. La diferencia primaria es,
pues, una diferencia de «tipo» de vida que pende de la diferencia
de las estructuras psico-somáticas mismas.
Esta diferencia estructural
no es meramente individual. Es algo mucho más hondo: un pitecantropo
y un neandertal difieren mucho más hondamente que dos neandertales
entre sí. Es sobradamente claro. Pero tampoco se trata de esa diferencia
cuasi-estructural que englobamos bajo los nombres de variedades y de razas.
Porque estas diferencias, incluso las raciales, se dan siempre y sólo
dentro de una definida unidad primaria ya constituida. Hay diversas razas
de arcantropos (así, se considera hoy, por ejemplo, que pitecantropo
y sinantropo son diferentes razas), de paleantropos (los diversos neandertales),
de neantropos (así, dentro del paleolítico superior, la raza
de Cromagnon, la de Grimaldi, etc.). En cambio, la diferencia en cuestión
se refiere a una diferencia entre esas unidades primarias mismas, a esa
diferencia según la cual hablamos de australopitécidos (si
están hominizados), arcantropos, paleantropos o neantropos. Sólo
dentro de cada una de estas unidades puede hablarse de razas y variedades.
Y que esa diferencia entre unidades primarias exista, es cosa que salta
a los ojos con sólo recorrer las características que en conjunto
las distinguen. Sin embargo, a pesar de ser estructural, esta diferencia
primaria no es específica, porque no se trata de diferencias de especie
sino de diferencias en la especie. Inmediatamente volveré sobre este
punto. He llamado «tipo», en este sentido preciso, a cada unidad
estructural primaria. En cada tipo, la unidad de la especie es de cualidad
distinta. Un pitecantropo y un neandertal o un cromagnon, no sólo
son hombres distintos, sino que son hombres de distinta cualidad humana,
por así decirlo; el quale de su humanidad es distinto. Y lo es tanto
por lo que concierne a lo somático de de sus estructuras, como por
lo referente a lo psíquico.
En primer lugar, cada uno de los
tipos es cualitativamente distinto de los demás en orden a sus estructuras
somáticas, Las diferencias de facies, de volumen craneal y de desarrollo
cerebral, desde los australopitecos al homo sapiens son marcadamente cualitativas.
El cerebro de un arcantropo no es del mismo tipo cualitativo que el de un
neandertal. De esto no hay la menor duda. La morfología humana, como
la de cualquier ser vivo, no está constituida por la mera presencia
de caracteres, cada uno independiente de los demás, sino que la morfología
es la expresión de una unidad correlativa de estos caracteres y previa
a ellos. En su virtud, estas diferencias de caracteres no son accidentales:
son diferencias sistemáticas y filéticas. Por esto, para los
paleontólogos no ofrece la menor duda que homo sea un género
que abarca varias especies de hombres: habilis, erectus, sapiens, etc. Son
líneas sistemáticas y filéticas, dentro de un phylum
único (genérico) del que proceden evolutivamente, a veces
en forma arborescente y no rectilínea. Pero como el concepto taxonómico
de especie es puramente sistemático y, por tanto, según es
reconocido, algo indeciso y convencional, hay que completarlo con una consideración
filética. Ahora bien, como esta unidad filética —cuando menos
genérica— existe indudablemente en la humanidad (los polifiletistas
son una exigua minoría), prefiero no prejuzgar aquí si las
unidades o ramas sistemáticas son o no rigurosas especies. Por esta
razón me limito a llamarlas «tipos» cualitativamente
distintos, reservando la palabra «especie» para lo que los paleontólogos
llaman género. En este sentido, digo, hay tipos de hombres que en
su morfología somática son cualitativamente distintos.
Pero además, las diferencias de psiquismo de estos tipos humanos
son también cualitativas. Por poco que los conozcamos, los vestigios
de su cultura obligan a esta conclusión. No es que por azar a unos
tipos humanos se les ocurra hacer o pensar cosas que a otros no se les ocurrieron,
por ejemplo, enterrar a los muertos o ser agricultores a diferencia de meros
cazadores. Porque el ámbito de las posibles ocurrencias está
inscrito en una cualidad primaria y radical de su psiquismo; hay cosas que
a determinados tipos humanos no se les podían ocurrir, dado que eran
de determinada cualidad. No es, pues, cuestión de ocurrencias sino
de cualidad de tipo mental. Y esto es verdad sobre todo tratándose
de la inteligencia misma. No es sólo que unos tipos de hombres, por
ejemplo, los neandertales, sean más inteligentes que otros tales
como los arcantropos, No es cuestión de «más y menos»,
sino que unos tipos tienen una clase, digámoslo así, de inteligencia
distinta a la de otros; Ja inteligencia del neandertal es cualitativamente
«otra» que la del pitecantropo. Sólo dentro de cada tipo
puede decirse que unos individuos son más o menos inteligentes que
otros; habría seguramente unos neandertales más inteligentes
que otros. Pero la diferencia radical es la cualitativa.
Estas diferencias
cualitativas de psiquismo podrían interpretarse en el sentido de
que la psique de los diferentes tipos humanos fuera «sustancialmente»
distinta en cada uno de ellos. Pero no es necesario adentrarse en esta dimensión
del problema, porque es más que suficiente el hecho innegable de
que las estructuras somáticas determinan la forma cualitativa de
la psique, la forma animae. Y como las estructuras somáticas son
de distinta cualidad, lo son inexorablemente las psíquicas. La unidad
de lo psíquico y de lo somático es, en efecto, a mi modo de
ver, una unidad estructural essencial y además bilateral. Es una
idea que repetidamente he expuesto. Psique y soma se codeterminan mutuamente
no como potencia y acto, sino como dos realidades actuales; la unidad del
hombre es una unidad esencial pero no sustancial. En su virtud, el sentido
de esta codeterminación varía en el curso de la vida de cada
hombre. En el plasma germinal son las estructuras somáticas, las
estructuras germinales (es decir, los progenitores), las que determinan
por completo el «primer» estado mental; y siguen determinando
por algún tiempo los demás estados mentales. Esto sucede en
cualquier individuo humano en cualquier nivel que se le tome. De esta manera
es como se va configurando la forma animae. Es cierto que cuando llega el
momento en que el curso psico-somático hace que entre en juego su
dimensión propiamente intelectiva, es ésta la que determina,
en buena medida, el curso y la funcionalidad de las estructuras somáticas.
Pero como éstas son las que configuraron inicial y radicalmente la
cualidad o forma de la psique, resulta que, aun en esta dimensión,
la función intelectiva es ya de raíz cualitativamente distinta
de unos tipos humanos a otros. Las estructuras somáticas no sólo
permiten el uso de la inteligencia, sino que configuran cualitativamente
este uso en todos los tipos humanos, inclusive en el nuestro.
De esta
suerte, cada tipo humano tiene una unitaria estructura psico-somática
cualitativamente distinta de la de los demás tipos. Entre estos tipos
humanos cualitativamente distintos hay una verdadera y estricta evolución
genética, una
evolución psico-somática. La evolución genética
de las estructuras, en efecto, determina por completo la cualidad de la
psique, de la forma an¡mae. En su virtud, la transmisión genética
de las estructuras determina una evolución de la forma o cualidad
del psiquismo. Por tanto, hay, como digo, una evolución psico-somática
estrictamente genética de los tipos humanos. La tipificación
de la especie es producto de una estricta evolución psico-somática.
Puesta en marcha la evolución, sería posible, como acabo de
indicar, que la organización funcional, por ejemplo, la del cerebro,
estuviera determinada en algún sentido por el uso de la inteligencia
dentro de cada tipo. Así se ha dicho, e más de una vez, que
el útil precede al cerebro y lo conforma, no el cerebro al útil.
En tal caso, si estas organizaciones se transmitieran, el propio psiquismo
habría sido uno de los factores de la evolución. Pero para
que esto sucediera, la organización funcional adquirida por el uso
de la inteligencia, habría de repercutir en las estructuras del plasma
germinal, ha de ser transmisible. Sea de ello lo que fuere, la unidad estructural
psico-somática empieza por ser rudimentaria en los australopitecos
y en los arcantropos, y se va perfeccionando cualitativamente, típicamente,
a lo largo de la evolución. La evolución humana es en primera
línea una evolución de las cualidades típicas de la
unidad psico-somática.
¿Cuál es el sentido, cuál
es la dirección de esta evolución? ¿Se trata del paso
de pre-hombres a hombres? No lo creo. Es innegable que todos sentimos una
cierta resistencia a llamar hombres a todos esos tipos de «humanidad».
Es que estamos habituados por una antiquísima tradición a
definir al hombre como «animal racional», es decir, un animal
dotado de la plenitud de pensamiento abstracto y de reflexión. Y
en tal caso nos resistimos, con sobrado fundamento, a llamar hombres a tipos
tales como el pitecantropo y más aún al australopiteco, aunque
su industria denotara inteligencia. Pero si por un esfuerzo llamamos hombres
a estos seres, propendemos a considerarlos como «racionales».
Ambas tendencias brotan de una misma concepción: el hombre como animal
racional. Ahora bien, pienso que esta concepción es insostenible.
El hombre no es animal racional, sino animal inteligente, es decir, animal
de realidades. Son dos cosas completamente distintas, porque la razón
no es más que un tipo especial y especializado de inteligencia; y
la inteligencia no consiste formalmente en la capacidad del pensamiento
abstracto y de la plena reflexión consciente, sino simplemente en
la capacidad de aprehender las cosas como realidades. Animal inteligente
y animal racional son, pues, cosas distintas; éste es sólo
un tipo de aquél. Y ello es verdad tanto si consideramos al individuo
humano de nuestra época, como si consideramos su evolución
} paleontológica; en ambos aspectos y dimensiones, el animal inteligente
no es forzosamente un animal racional. El niño, ya a las poquísimas
semanas de nacer, hace innegablemente uso de su inteligencia; pero no tiene,
sino hasta años más tarde, ese uso especial de la inteligencia
que llamamos «uso de razón». El niño ya desde
sus comienzos es animal inteligente, pero no animal racional. Pues bien,
dentro de la línea evolutiva interior a la especie humana, el hombre
ha sido desde sus orígenes en el cuartenario, un animal inteligente,
ha hecho uso de su inteligencia. Incluso los australopitecos del villafranquiense,
si tuvieron cultura creadora, serían rudimentarios pero verdaderos
hombres. La falsa identificación del animal inteligente con el animal
racional es el origen de muchas de las dudas sobre la hominización
de los australopitecos, y de que muchos hablen tímidamente de que
si tienen inteligencia, son sólo potencial o virtualmente lo que
más tarde será el hombre. Pienso, por el contrario, que si
poseyeran cultura creadora tendrían inteligencia, en el sentido que
he expuesto, y entonces deberíamos resolvernos a llamarles no virtualmente
sino formalmente hombres. Lo que sí es verdad es que serían
virtualmente racionales. No hay por qué reservar el vocablo y el
concepto de hombre tan sólo al animal racional. Todos estos tipos
humanos, sólo lentamente, a lo largo de muchísimos milenios,
han ido evolucionando progresivamente desde su nivel de animal inteligente
al nivel de animal racional cuya plenitud es el homo sapiens.
¿Cuándo
llegó a serlo? En el fondo, esta pregunta es absurda. Sería
absurdo pretender precisar, con un calendario y un reloj en la mano, cuál
es el preciso momento en que el niño adquiere uso de razón.
Esta adquisición no es cuestión de «momentos»,
sino que es un «proceso» de maduración humana, variable
además con los individuos. Como tal, está sometido a oscilaciones,
indecisiones e incluso a regresiones, aunque sea por corto tiempo; la maduración
no es ni puede ser un proceso rectilíneo. Pues bien, es igualmente
quimérico pretender precisar cronológicamente el estadio,
evolutivo en que «por vez primera» la humanidad se hace racional,
sapiens. Es un proceso evolutivo de racionalización no-rectilíneo,
que no está cumplido de una vez para todas en un solo tipo humano.
Más aún, ni tan siquiera está uniformemente alcanzado;
aparecen a veces formas, como esas «pre-sapiens» entre los neandertales
que atestiguan la verdad de lo que estamos diciendo. Es que dentro de un
mismo estadio, hay puntos (incluso geográficamente discernibles)
que en la línea de la evolución ascendente, poseen mayor potencialidad
evolutiva que otros, en los que sucede lo contrario, acabando los hombres
por desaparecer en ellos. Por ser un proceso, sólo podemos decir
que hay estadios evolutivos, como el del arcantropo, que con seguridad no
son racionales, y que hay estadios, como el del hombre de Cromagnon, que
son plenamente racionales, homo sapiens. Entre tanto, los hombres se van
racionalizando.
Por consiguiente, el hombre es animal inteligente y
no animal racional. En su virtud, no es forzoso pensar, ni remotamente,
que el primer animal racional sea el primer hombre que ha habido en la escala
evolutiva de la tierra, ni que el primer animal inteligente haya tenido
que ser animal racional. Todos los tipos humanos anteriores al homo sapiens
son no «pre-hombres» sino verdaderos hombres, pero no racionales
sino «preracionales». Sólo los homínidos «pre-inteligentes»
serían los auténticos pre-hombres. Los tipos hominizados anteriores
al homo sapiens serían como esbozos progresivos, orientados evolutivamente
a la constitución del homo sapiens, del animal racional. Es la evolución
no de lo infrahumano a lo humano, sino la evolución humana de la
inteligencia a la razón. El homo sapiens no constituye una excepción
en la historia evolutiva de la humanidad, sino que hacia él va dirigida
ésta.
Esto es verdad cualquiera que sea el detalle concreto de
datos que la ciencia posea en un momento determinado. Forzosamente estos
datos están en constante enriquecimiento y modificación. Pero
con los conocimientos de que hoy disponemos, puede apoyarse nuestra afirmación.
En efecto, a través de los cuatro grandes estadios evolutivos, cada
uno de los cuales llena casi todos los continentes con formas y variedades
de gran riqueza, puede discernirse grosso modo (con todas las inexactitudes
de detalle que entran en ello) algo así como un eje o vector de propagación
de la onda humana que va desde el mero animal inteligente al animal racional;
un vector orientado según formas que tienen caracteres progresivamente
convergentes al homo sapiens. Arranca del comienzo del cuaternario con el
cráneo de Tchad (o con el homo habilis). Sigue, sobre poco más
o menos, con el australopiteco de Java, el telantropo, el australopiteco
de Palestina, el hombre de Mauer, el hombre de Marruecos, el hombre de Swanscombe,
el de Steinheim, el de Montmaurin, el de Fontchévade, el de Kanjera
y el de Florisbad. Cada uno de ellos, según estimación de
la mayoría de los investigadores, sigue cronológicamente a
los anteriores, y marca un paso más hacia la «sapienciación».
Es la línea axial de racionalización progresiva desde el mero
animal inteligente al homo sapiens.
En definitiva, una vez constituido
el phylum específicamente humano, la humanidad entera se va constituyendo
evolutivamente a través de diversos estadios típicamente cualificados,
tanto en lo somático como en lo psíquico, a lo largo de los
cuales va ascendiendo del nivel de animal inteligente al nivel de animal
racional.
IV
Con lo dicho no se han agotado los problemas. Porque todo ello
se refiere a la estructura evolutiva del phylum humano ya constituido; es
lo que podría llamarse «problema de la tipificación.
de la especie humana. Pero este phylum está inserto en un phylum
animal no humano, en el phylum de los primates antropomorfos. Es en él
donde se bifurca la línea zoológica en dos phyla: el phylum
de los póngidos y el de los homínidos. Repetidas veces he
indicado que el modo de proliferación de éstos y el punto
exacto de hominización no son suficientemente conocidos. Pero esto
es asunto de ciencia positiva; no afecta directamente a nuestro problema.
Lo decisivo para nuestro problema es que, sea en un punto sea en otro, hay
una rama evolutiva, la de los homínidos prehumanos que ha ido extinguiéndose,
y otra, la de los homínidos humanizados, divergente de la anterior.
Y en este punto de divergencia, hállese situado donde fuere en la
línea filética, surge ante nuestra consideración el
problema de en qué consiste la constitución misma del phylum
humano dentro de los homínidos. Es el «problema de la hominización»,
un problema anterior al de la tipificación de que nos hemos ocupado
hasta ahora.
¿Es la hominización evolución? La
respuesta a esta pregunta pende de un concepto preciso de evolución.
La evolución, en efecto, no puede confundirse con los mecanismos
causales de la evolución, ni en el orden somático, ni en el
psíquico. Evolución y mecanismo evolutivo son dos cosas perfectamente
distintas.
Evolución es formalmente un proceso genético
en el cual se van produciendo formas específicamente nuevas desde
otras anteriores en función intrínseca y determinante de la
transformación de éstas. Pero hay que entender correctamente
estas expresiones Ante todo, la evolución es producción genética
de formas específicamente nuevas; toda evolución es innovación
no sólo morfológica, sino también psíquica.
Esto no significa que la innovación sea forzosamente progresiva;
todo lo contrario. Puede ser, y es en la inmensa mayoría de los casos,
una vía muerta de escasa potencia evolutiva (sea por tratarse de
una especialización o por otras razones). Esta nueva forma procede
de otra. o de otras (polifiletismo) anteriores muy precisamente determinadas;
las aves, por ejemplo, no pueden proceder sino de los reptiles, y no directamente
de los equinodermos. Y esto, tanto por lo que concierne a las estructuras
morfológicas como a las psíquicas; el psiquismo de cada especie
animal florece del psiquismo de una especie anterior precisamente determinada
y sólo de ella. En este proceso genético el antepasado no
sólo está precisamente determinado, sino que la nueva forma
procede genética y determinadamente desde aquél en función
intrínseca de él. Si así no fuera, lo que tendríamos
es una serie causal sistemática, pero esta serie, este sistema,.
no seria evolutivo. La función concreta de la forma específica
de los antepasados consiste en que determinan intrínsecamente, por
transformación de algunos momentos estructurales suyos, la estructura
de la nueva especie, de suerte que ésta conserva transformadamente
esas mismas estructuras básicas. Sólo entonces tenemos estricta
evolución. Y este momento de determinación por transformación,
concierne tanto a lo morfológico como a lo psíquico. En el
seno de la nueva estructura morfológica florece un psiquismo que
conserva transformados los momentos básicos del psiquismo de la especie
anterior. La nueva especie tiene, por ejemplo, muchos instintos de la anterior;
ha. perdido algunos; pero tanto esta pérdida como aquella conservación
son una transformación dentro de la línea del nuevo psiquismo,
etc. Tomados a una estos diversos aspectos es como decimos que la evolución
es un proceso genético en el cual se van produciendo formas psicosomáticas
específicamente nuevas desde otras anteriores y en función
intrínseca transformante y determinante de éstas.
Pues
bien, en este sentido formal y preciso, la hominización es evolución
de los homínidos prehumanos al homínido hominizado; es un
proceso genético en que éste procede y no puede proceder sino
determinadamente de aquel prehumano; este proceso está determinado
por una transformación de las estructuras morfológicas básicas
prehumanas. Y en esta nueva estructura transformada y sólo en ella
y desde ella, florece un psiquismo que no hubiera podido florecer del psiquismo
de un equinodermo o de un ave. Este psiquismo conserva como un momento transformado
suyo, los caracteres básicos del psiquismo del homínido antecesor
inmediato suyo. Por ejemplo, todo el instinto prehumano se halla transformado,
por elevación, en el hombre, El hombre tiene, por un lado, muchos
menos instintos que los del homínido prehumano (es, en este y en
otros muchos sentidos, incluso somáticos, el animal más inerme);
y aun los que ha conservado, están transformados, en el sentido (le
ser menos «mecánicos», por así decirlo, y abiertos
a tendencias superiores. Pero esta transformación, sea por eliminación
de lo inútil, sea por reconformación de lo conservado, es
siempre una verdadera transformación; y así transformado,
el ámbito instintivo del prehomínido es un momento estructural
del psiquismo humano. Lo propio debe decirse de la fabricación de
útiles; el hombre comienza fabricando los mismos útiles que
el homínido prehumano, incluso seguramente ha aprendido de él
su fabrica. ción; conserva esta fabrilidad animal pero transformada
en la línea de un progreso creador. La propia inteligencia florece
intrínsecamente desde estas estructuras, y ese florecimiento está
determinado por la transformación de ellas; sólo a base del
psiquismo de un homínido prehumano es posible y real la inteligencia;
de un ave no hubiera podido florecer una inteligencia humana. Llamando «psique
intelectiva» a la totalidad del psiquismo humano, a diferencia de
la psique no-intelectiva animal, hay que afirmar que la psique intelectiva
florece intrinsecamente desde las estructuras psico-somáticas de
un homínido prehumano y en función determinante y transformante
de éstas, de suerte que la nueva especie, la especie humana, incluye
como momento esencial suyo la conservación transformada de las estructuras
morfológicas y psíquicas de aquel homínido. El hombre
entero, pues, es psicosomáticamente un brote evolutivo: surge evolutivamente
de un homínido prehumano.
Pero esta evolución deja siempre
en pie la otra cuestión: la cuestión del mecanismo causal
de la evolución. La evolución es, desde este otro punto de
vista, la expresión del mecanismo causal evolutivo. Es un problema
sumamente complejo en el que existen discrepancias hondas tanto por lo que
se refiere a las de la evolución como por lo referente a su modo
de actuación (sea insensible, sea brusca). Así, por ejemplo,
es innegable la influencia del medio que lleva o a la adaptación
o a la desaparición de la especie. Hay otros factores: el modo de
vida, el aislamiento ecológico, la competición o lucha, la
selección, las mutaciones génicas de los cromosomas, que producen
a veces procesos de neotenia, etc. Tratándose del medio, y de las
mutaciones génicas, la causa de la evolución es física.
En el caso de otros factores, tales como el modo de vida, la competición,
etc., las causas evolutivas son por lo menos parcialmente psíquicas:
el modo de vida, la competición, etc., envuelven innegablemente dimensiones
psíquicas, y en este sentido el propio psiquismo es causa de evolución.
Pero tanto las causas meramente físicas como las psíquicas,
han de repercutir físicamente sobre las estructuras germinales, sobre
el plasma germinal, si el cambio que aquellas causas producen ha de ser
estable. Una especie no es sólo un individuo vivo, sino un individuo
que engendra otros de la misma estructura; es decir, los cambios han de
ser hereditariamente transmisibles. Por tanto, esos cambios han de producirse
físicamente en las estructuras del plasma germinal. Ante todo en
los genes: es en ellos donde se encierra el «código genético»
de un ser vivo. Es posible que además hayan de influir en otros momentos
estructurales del plasma germinal. Para no prejuzgar nada acerca de esta
cuestión meramente científica, llamemos a todos estos cambios
del plasma germinal cambios germinales. En general, estos cambios son letales.
Pero si no lo son, y si hay un medio adecuado para el nuevo ser vivo, tendremos
la constitución de una nueva forma específica, tanto en lo
morfológico como en lo psíquico, pues de las estructuras morfológicas
surge el psiquismo propio de la nueva especie. Esto explica por qué
la nueva especie conserva transformadamente las estructuras psíquicas
de la especie anterior.
En el caso de los animales, la transformación
determina la morfología y el psiquismo de la nueva especie, y los
determina produciéndolos por sí misma; determinación
es aquí, causación efectora. Pero no es este el único
tipo de causalidad evolutiva, porque toda causación efectora es determinación
transformante, pero no toda determinación transformante es forzosamente
acción efectora. En el origen del phylum humano interviene, desde
luego, una transformación efectora; la morfología del primer
homínido humanizado (australopiteco o arcantropo) no sólo
está determinada por transformación de las estructuras germinales,
sino que está producida efectoramente. por ellas. Pero no es así
tratándose del psiquismo humano. El psiquismo humano está
determinado en su origen evolutivo por las transformaciones germinales,
pero no está producido sólo por ellas. Aquí la determinación
causal no es efección. La mera sensibilidad no puede producir por
sí misma una inteligencia: entre ambas existe una diferencia no gradual
sino esencial. Por mucho que se compliquen los meros estímulos y
su forma de aprehensión, jamás llegarán a constituir
realidades estimulantes y aprehensión intelectiva. En este punto,
la aparición de una psique intelectiva es no sólo gradual,
sino esencialmente, algo nuevo. En este sentido, pero sólo en éste,
decimos que la aparición de una psique intelectiva es una innovación
absoluta. Esto no significa una discontinuidad entre la vida de tipo animal
prehumano y la vida de tipo humano de un homínido hominizado. Tampoco
significa una discontinuidad estructural psíquica. La psique intelectiva
conserva como momento esencial suyo la dimensión sensitiva transformada
del homínido prehumano. Pero la psique humana envuelve otro momento
intrínsecamente fundado en el sensitivo, pero que transciende de
éste; es el momento que llamamos intelectivo. Por él no hay
discontinuidad sino transcendencia; si se quiere, una continuidad en la
línea de la transcendencia creadora. Y como la psique no es una adición
de sensibilidad e inteligencia, sino que es una psique intrínsecamente
una, resulta que la psique humana en su integridad, la psique del primer
homínido hominizado, es esencialmente distinta de la psique animal
del homínido antecesor del hombre. Como tal, está determinada
por la transformación, (por los cambios germinales) del mero homínido
en hombre, pero no está efectuada por dicha transformación.
Por tanto, no puede ser sino efecto de la causa primera, al igual que lo
fue en su hora, la aparición de la materia: es efecto de una creación
ex nihilo.
Pero es necesario entender esta afirmación a una con
lo que hemos dicho anteriormente; es decir, ha de ser una creación
determinada por la transformación de las estructuras germinales.
Esto es tan esencial como el que sea ex nihilo. Se propende demasiado frecuentemente
a imaginar esta creación literalmente, como una irrupción
externa de la causa primera, de Dios, en la serie animal. La psique intelectiva
sería una insuflación externa de un espíritu en el
animal, el cual por esta adición quedaría convertido en hombre.
En nuestro caso, esto es un ingenuo antropomorfismo: La creación
de una psique intelectiva ex nihilo no es una adición externa a las
estructuras somáticas, porque ni es mera adición ni es externa.
Y precisamente por esto es por lo que a pesar de esta creación
o, mejor dicho, a causa de esta creación, hay ese florecimiento genético
del hombre, determinado desde las estructuras y en función intrínseca
de su transformación, que llamamos evolución. La creación
no es una interrupción de la evolución sino todo lo contrario,
es un momento, un «mecanismo» causal intrínseco a ella.
Como esto mismo acontece en la generación de todo individuo humano
en cualquier nivel, no será desviarnos de la cuestión atender
a esta generación y transponer luego estas consideraciones al proceso
filogenético.
1) Decía, pues, que la creación ex
nihilo de una psique intelectiva no es formalmente una mera adición.
El individuo humano está ya integralmente constituido en la célula
germinal; todo lo que vaya a ser su humana sustantividad individual está
ya en su célula germinal: las estructuras germinales somáticas
y su psique intelectiva. Atendiendo a las primeras, podría pensarse,
a primera vista, que la psique intelectiva es una mera adición a
dichas estructuras, porque éstas son puramente bioquímicas
y por tanto nada tienen que ver con la psique intelectiva; serían
a lo sumo materiales dispuestos para recibirla en el acto creador. Pero
pienso que es falso que las estructuras bioquímicas sean mera causa
dispositiva. Son algo más profundo. Porque en el decurso genético
de esa célula llega un momento postnatal, en que esas mismas estructuras
bioquímicas, ya pluricelulares y funcionalmente organizadas, exigirán
para su propia viabilidad, el uso de la inteligencia, es decir, la actuación
de la psique intelectiva. Ahora bien, este carácter exigitivo está
germinalmente prefigurado en la célula germinal. Ciertamente, en
esta fase no hay exigencia actual ninguna de psique intelectiva; pero hay
una estructura bioquímica que en su hora llevará a esta exigencia.
Por consiguiente, la propia estructura bioquímica de la célula
germinal no es actualmente, pero sí virtualmente, exigitiva de una
psique intelectiva; es una exigencia virtual, formalmente incluida en las
potencialidades de desarrollo de las estructuras bioquímicas, es
decir, es una exigencia virtual pero real. En consecuencia, la estructura
bioquímica de una célula germinal no es mera causa dispositiva,
sino algo más hondo: es una causa exigitiva de la psique humana.
Esta psique no es sólo una psique de este cuerpo, sino que es una
psique que por estar exigida por este cuerpo ha de tener como momento esencial
suyo el tipo de psiquismo sensitivo que este cuerpo determina por sí
mismo. A su vez, la psique intelectiva es desde sí misma exigitiva
de un cuerpo; y no de un cuerpo cualquiera, sino precisamente de este cuerpo
con este tipo de estructura, y por tanto con este determinado tipo de psiquismo
animal. Esta exigencia no es una mera adición a la psique intelectiva,
sino un momento esencial de ella. La inteligencia, por ejemplo, no sólo
se halla vertida desde sí misma a la sensibilidad, sino a este preciso
tipo de sensibilidad determinado por las estructuras somáticas. La
psique intelectiva no es puro «espíritu» sino «alma»;
por esto es por lo que se halla determinada por el cuerpo. Este momento
exigencial es numéricamente idéntico en el alma y en el cuerpo;
y en esta numérica identidad exigencial consiste la unidad esencial
de la sustantividad humana. De ahí que la creación de una
psique intelectiva en una célula germinal no sea mera adición
sino cumplimiento de exigencia biológica. Este cumplimiento es ciertamente
creador; ya hemos dicho por qué. Pero creadoramente es cumplimiento
de una exigencia biológica de la célula germinal. Todo lo
contrario de aquella irrupción de que hablábamos al principio.
Y esto es lo que sucede en la hominización del primer homínido
infra- o pre-humano anterior al hombre. Los cambios germinales de este inmediato
predecesor del hombre son causas biológicas exigitivas de la creación
de una psique intelectiva, de la hominización. Y como estas estructuras
están, según hemos visto, cualificadas somáticamente,
resulta que cualifican eo ipso la psique creada por exigencia de ellas.
La psique del primer homínido humanizado ha de ser de un psiquismo
sensitivo muy precisamente determinado, a saber, el psiquismo transformado
del homínido infra- o pre-humano. No puede haber una psique humana
de un equinodermo o de un ave transformados; sólo puede haberla de
un homínido transformado. Porque es este psiquismo y no otro el que
exige una psique intelectiva. Es que una especie no es sólo un organismo
vivo, sino un organismo vivo tal que pueda subsistir vital y genéticamente
de modo estable. Ahora bien, el equinodermo está en estas condiciones,
no así el homínido transformado si no tuviera psique intelectiva.
Expliquémonos.
Es cierto que los equinodermos tienen una inmensa
potencialidad evolutiva de carácter progresivo: son el origen de
los vertebrados. Pero no todas las líneas evolutivas de estos últimos
son verdaderamente progresivas. Hay ramas colaterales, como la de las aves,
que poseen ya escasa potencialidad evolutiva y que no progresan porque,
por ser evolución especializadora, constituyen una vía muerta;
su psiquismo, como su morfología, es por esto cerrado y estable;
no tiene sentido hablar entonces de una psique intelectiva porque no formaría
parte de la vida del ave. Otras ramas, de vertebrados son, en cambio, de
gran potencialidad evolutiva y por tanto de más rico psiquismo: son
los mamíferos. Dentro de ellos hay también muchas ramas colaterales;
el progreso sólo continúa en la rama, digamos, central. Pero
este progreso está evolutivamente escalonado. Cada estadio es más
rico morfológica y psíquicamente. Sin embargo, aunque lleno
de porvenir, cada estadio, tomado en sí mismo, es un sistema cerrado
y estable por sí mismo; de ahí que su psiquismo no es sino
mera transformación del psiquismo sensitivo del estadio anterior;
no exige psique intelectiva. Sólo llegado evolutivamente al estadio
de homínido se ha alcanzado un punto tal que su transformación
ulterior ya no constituye un sistema estable por sí mismo. Es en
este punto, y sólo en éste, donde la potencialidad evolutiva
del equinodermo se hace exigitiva de una psique distinta para la propia
estabilidad biológica. Porque una especie que tuviera las estructuras
somáticas transformadas que posee el homínido hominizado,
y no poseyera psique intelectiva, no hubiera podido subsistir biológicamente
con plena estabilidad genética; se habría extinguido rápidamente
sobre la tierra. El equinodermo, en su estadio de mero equinodermo, no exige
psique intelectiva, pero tiene gran potencialidad para llegar a exigirla;
sólo la podrá exigir de hecho, cuando haya alcanzado el estadio
de homínido transformado. Aquella potencialidad ha ido elaborando
evolutivamente el psiquismo sensitivo del homínido; este psiquismo
es obra de la evolución, Sólo cuando se transforma el homínido
es cuando este psiquismo sensitivo, transformadamente conservado, exige
un psiquismo intelectivo. Y precisamente porque el psiquismo sensitivo del
homínido transformado se ha ido elaborando evolutivamente, es por
lo que en ninguno de los estadios anteriores hay aún exigencia de
psique intelectiva ni hay razón para que ésta pueda surgir.
La hominización es, pues, una exigencia biológica; recíprocamente,
sólo un homínido puede y tiene que ser hominizado si ha de
subsistir específicamente. Su psiquismo sensitivo es producto de
una evolución que arranca, por lo menos, del psiquismo del equinodermo,
pero que sólo en el homínido transformado se hace actualmente
exigitiva de un psiquismo intelectivo.
Esto nos permite dar un contenido
concreto, desde el punto de vista genético-evolutivo, a la definición
del hombre. Al decir que el hombre es el animal inteligente hay que llenar
estos dos términos de un contenido preciso. Pues bien, a mi modo
de ver, inteligencia es capacidad de aprehender las cosas como realidades,
como cosas que son algo «de suyo»; y esta realidad la aprehende
el hombre intelectivamente sintiéndola; la inteligencia humana es
constitutivamente sentiente, siente la realidad, y la siente al modo como
el homínido siente sus estímulos: por impresión. Por
otra parte, lo animal del animal inteligente, del animal que intelige sentientemente,
no es una animalidad cualquiera sino una animalidad muy precisa y form
al: la animalidad morfológica y psico-sensitiva transformada
del homínido inmediatamente anterior al hombre. El hombre es, entonces,
el homínido de realidades, es el homínido que siente la realidad.
Su animalidad está determinada por la transformación de las
estructuras germinales del antecesor del hombre. Esta transformación
causal es efectora por lo que concierne a la morfología y al momento
sensitivo del psiquismo, pero no es efectora sino exigencial por lo que
concierne al momento intelectivo. Esta psique es intrínsecamente
una; pero tiene un momento sensitivo, el del homínido transformado,
y un momento intelectivo por el que, apoyado en el sensitivo y recibiendo
intrínsecamente de él su configuración mental, transciende
de él. De ahí que el australopiteco (si está hominizado)
o el arcantropo sean el cumplimiento exigido por la evolución filética
de los homínidos. Por tanto, a causa de la acción creadora,
por la creación misma, es por lo que hay evolución ya en esta
primera dimensión. Pero esta dimensión no es la única.
Porque la creación de una psique intelectiva, por muy ex nihilo que
sea, y lo es, no sólo no es mera adición, sino que tampoco
es creación extrínseca. El cumplimiento exigencial es, por
el contrario, un cumplimiento exigencial intrínsico. Es el segundo
punto que hay que esclarecer.
2) Con lo dicho, en efecto, la psique
intelectiva estaría creada en función determinante de las
estructuras que la exigen; el resultado sería sólo una psique
que está en las estructuras. Pero la realidad es más profunda
que sólo esto: la psique está creada desde las estructuras
biológicas, brota desde el fondo de la vida misma, porque la causalidad
exigitiva de las estructuras somáticas es una exigencia intrínseca.
Por esto, la acción creadora no sólo no es meramente aditiva,
sino que tampoco es extrínseca; no es mero cumplimiento sino eflorescencia
intrínseca. Es una acción que actúa intrínsecamente
(ab intrinseco) desde la entidad misma de las estructuras somáticas;
es una natura naturans, una naturaleza naturante. No es una acción
yuxtapuesta a la de la naturaleza, sino que es lo que hace que florezca
«naturalmente» una psique desde dentro de las estructuras somáticas
en el acto generacional, y brote vitalmente desde ellas. De esta suerte,
quien no hiciera sino contemplar el efecto terminal, la natura naturata,
la naturaleza tal como surge ante nuestros ojos, vería la psique
brotando intrínseca y vitalmente desde el seno de las estructuras
somáticas mismas. No es una ilusión sino una realidad. Es
justo el punto de vista del científico. Y es, además, todo
lo que la ciencia reclama y puede reclamar: ver cómo desde determinadas
estructuras florece un psiquismo determinado intrínsecamente por
ellas. Repitámoslo con precisión. La psique no se transmite
de padres a hijos. La psique no está producida por los progenitores.
Pero la psique florece vitalmente en el acto generacional desde dentro de
la transmisión y constitución exigitiva de las estructuras
somáticas, y queda determinada por completo en su primer estado por
ellas; aunque la psique no se transmita, su primer estado está formalmente
determinado por los progenitores, porque se transmiten sus estructuras somáticas
y son éstas las que determinan el primer estado mental. Esta eflorescencia
procede en su última raíz de una acción creadora, pero
intrínseca a la acción genética de los progenitores.
Los progenitores hacen que tenga que haber acción creadora intrínseca;
son ellos quienes, por su acto, determinan vital e intrínsecamente
la acción creadora. Esta acción creadora forma unidad radical
con la acción vital de los progenitores y hace que ésta sea
intrínsecamente una sola acción generadora integral psico-somática.
Por ello, si se toma la generación como florecimiento determinado
intrínsecamente por y desde los progenitores, entonces es rigurosa
verdad que el hombre en su unidad psico-somática, es decir, en cuerpo
y alma, es un brote genético. En ningún orden puede identificarse
generación con efección.
Esto sucede en todo individuo
humano, y por tanto en los individuos hominizados desde antepasados infrahumanos.
En el cambio germinal, que produce la hominización de las estructuras
somáticas, florece intrínsecamente, surge «naturalmente»
desde ellas, por una acción creadora intrínseca, una psique
intelectiva. El australopiteco o el arcantropo florecen intrínseca
genéticamente desde el homínido infrahumano. Si contempláramos
desde dentro la formación del primer homínido hominizado,
veríamos florecer intrínsecamente su psique y su psiquismo
desde las estructuras transformadas de su antepasado prehomínido.
Es lo que hace, o cuando menos lo que muy justificadamente intenta hacer,
el científico. Como decía antes, no es una ilusión
sino una realidad. Y por esto, este psiquismo conserva transformado el psiquismo
del homínido anterior. Hay, pues, un florecimiento psico-somático
con una psique intelectiva. Con ello queda constituido un nuevo pbylum,
el phylum de los homines. Por esto si se llama evolución, como debe
llamarse, al proceso vital en el que genéticamente se van constituyendo
nuevas formas específicas desde otras anteriores por una transformación
que las determina intrínsecamente, entonces hay que afirmar que la
hominización es evolución. La transformación determina
la aparición del primer homínido hominizado. Pero por lo que
concierne a la psique esta determinación no es efección sino
exigencia intrínseca. La acción creadora, en nuestro caso,
no es sino un mecanismo evolutivo; es un factor integrado a la transformación
germinal; es el cumplimiento intrínseco ole la exigencia de ésta.
Por esto, la acción creadora no sólo no interrumpe el curso
de la evolución, sino que es el mecanismo que termina de llevarla
a cabo. Porque, como decía antes, una especie que tuviera las estructuras
somáticas transformadas que posee el homínido hominizado y
no poseyera psique intelectiva, no hubiera podido subsistir biológicamente;
se habría extinguido rápidamente sobre la tierra.
Resumamos.
La evolución es un hecho establecido razonablemente por la ciencia.
Y admitir la evolución no significa conceder, por un lado, el hecho
de la transformación de las estructuras somáticas y mantener,
por otro, a la psique como algo que quedara inafectado por la evolución.
No; la evolución afecta a la psique. Le afecta, ante todo, en su
«tipificación»; la humanidad se va constituyendo evolutivamente
a través de diversos estadios cualitativamente diferentes no sólo
en su morfología sino también en su psiquismo. Y la evolución
afecta también a la psique en la primera «hominización».
La psique humana sólo puede florecer de muy precisas estructuras
morfológicas, las logradas por transformación del plasma germinal
del homínido no hominizado. Más aún, la psique humana
no puede ser humana más que incluyendo como momento esencial suyo
el psiquismo animal, pero no un psiquismo animal cualquiera, sino precisa
y constitutivamente el psiquismo transformado del homínido inmediato
antecesor suyo. Y esta unidad psico-somática se halla determinada
intrínsecamente por y desde la transformación de las estructuras.
Correlativamente, la evolución necesita integrar a ella la aparición
de una psique intelectiva que es esencialmente irreductible a la pura sensibilidad.
Si la evolución es de competencia de la ciencia, la índole
de la inteligencia es de competencia de la filosofía. Al recurrir
ésta a la causa creadora, lo hace integrando la creación de
la psique al mecanismo evolutivo. La transformación germinal determina
la morfología de un modo efector, pero determina la psique intelectiva
de un modo exigencial intrínseco. En su virtud, la hominización
y tipificación de la humanidad no es «evolución creadora»
sino «creación evolvente». Desde el punto de vista de
la causa primera, de Dios, su voluntad creadora de una psique intelectiva
es voluntad de evolución genética.
V
Decía al comienzo que el problema del origen del hombre
no se había planteado hasta ahora sino en dimensión teológica.
Y puede preguntarse cómo encaja en la teología esta concepción
de los orígenes humanos que la ciencia y la filosofía nos
presentan.
Lo primero que hay que decir es que el hombre de que se ocupa
la teología no es forzosamente el hombre de que se ocupan la paleontología,
la prehistoria y la filosofía. A mi entender, para la ciencia, y
para la filosofía misma, el hombre es, acabamos .de verlo, el animal
inteligente, respecto del cual el animal racional, el homo sapiens, no es
sino el estadio evolutivo final de aquél. Ahora bien, desde el punto
de vista teológico, sólo el estadio de homo sapiens es el
que cuenta; sólo a él pertenece el hombre de que nos habla
la teología. El animal racional fue elevado a un estado que llamaríamos
«teologal», descrito por el Génesis y por San Pablo.
Ya no es mero animal racional sino animal racional teologal. Es una elevación
no exigida, pero sí intrínseca (ab intrinseco); por esto se
dice que es mera elevación. Por consiguiente, toda la cuestión
se reduce a preguntar dónde colocar en la evolución de la
humanidad al animal racional; y dónde situar, dentro ya de éste,
su elevación al estado teologal. Pues bien, ni con evolución
ni sin evolución, la Iglesia jamás se ha pronunciado sobre
ninguno de estos dos puntos. Desde el punto de vista teológico, los
tipos pre-racionales de humanidad, sean de hecho lo que fueren, no serían
sino etapas evolutivas que la naturaleza, bajo la acción parcial
del principio intelectivo, de la psique intelectiva, creada por Dios desde
dentro de las estructuras transformadas del homínido prehumano, ha
ido recorriendo hasta llegar a ser de mero animal inteligente, animal racional.
Y una vez alcanzado este nivel, su elevación al estado teologal tampoco
tiene por qué coincidir forzosamente con la aparición del
primer animal racional; la Iglesia jamás ha impuesto esta coincidencia
cronológica entre la racionalidad y sus elevación teologal.
Sino que en su hora, el animal racional, el homo sapiens, ha sido elevado
a ese estado teologal, constituyendo así el hombre de que nos habla
el Génesis y del que desciende toda la humanidad actual.