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Informe-Dipló Especial 7-10-08
El fin del capitalismo financiero
Los
terremotos que sacuden las Bolsas del mundo desde el pasado "septiembre
negro" han precipitado el fin de una era del capitalismo. La
arquitectura financiera internacional se ha tambaleado. Y el riesgo
sistémico permanece. Nada volverá a ser como antes. Regresa el Estado...
por Ignacio Ramonet
Director de Le Monde diplomatique, España.
El
desplome de Wall Street es comparable, en la esfera financiera, a lo
que representó, en el ámbito geopolítico, la caída del muro de Berlín.
Un cambio de mundo y un giro copernicano. Lo afirma Paul Samuelson,
premio Nobel de Economía: "Esta debacle es para el capitalismo lo que
la caída de la Unión Soviética
(URSS) fue para el comunismo". Se termina el período abierto en 1981
con la fórmula de Ronald Reagan: "El Estado no es la solución, es el
problema". Durante treinta años, los fundamentalistas del mercado
repitieron que éste siempre tenía razón, que la globalización era
sinónimo de felicidad, y que el capitalismo financiero edificaba el
paraíso terrenal para todos. Se equivocaron.
La "edad de oro" de
Wall Street se acabó. Y también una etapa de exuberancia y despilfarro
representada por una aristocracia de banqueros de inversión, "amos del
universo" denunciados por Tom Wolfe en La Hoguera de las vanidades (1).
Poseídos por una lógica de rentabilidad a corto plazo. Por la busqueda
de beneficios exorbitantes. Dispuestos a todo para sacar ganancias:
ventas de corto plazo abusivas, manipulaciones, invención de
instrumentos opacos, titulización de activos, contratos de cobertura de
riesgos, hedge funds. La fiebre del provecho facil se contagió a todo
el planeta. Los mercados se sobrecalentaron, alimentados por un exceso
de financiación que facilitó el alza de los precios.
La
globalización condujo a la economía mundial a tomar la forma de una
economía de papel, virtual, inmaterial. La esfera financiera llegó a
representar más de 250 billones de euros, o sea seis veces el monto de
la riqueza real mundial. Y de golpe, esa gigantesca "burbuja" reventó.
El
desastre es de dimensiones apocalípticas. Más de 200 mil millones de
euros se han esfumado. La banca de inversión ha sido borrada del mapa.
Las cinco mayores entidades se desmoronaron: Lehman Brothers en
bancarrota; Bear Stearns comprado, con la ayuda de la Reserva Federal
(Fed), por Morgan Chase; Merril Lynch adquirido por Bank of America; y
los dos últimos, Goldman Sachs y Morgan Stanley (en parte comprado por
el japonés Mitsubishi UFJ), reconvertidos en simples bancos
comerciales.
Toda la cadena de funcionamiento del aparato
financiero ha colapsado. No sólo la banca de inversión, sino los bancos
centrales, los sistemas de regulación, los bancos comerciales, las
cajas de ahorros, las compañías de seguros, las agencias de
calificación de riesgos (Standard &Poors, Moody's, Fitch) y hasta
las auditorías contables (Deloitte, Ernst & Young, PwC).
El
naufragio no puede sorprender a nadie. El escándalo de las "hipotecas
basura" era sabido por todos. Igual que el exceso de liquidez orientado
a la especulación, y la explosión delirante de los precios de la vivienda. Todo
esto ha sido denunciado en Le Monde diplomatique desde hace tiempo.
Sin que nadie se inmutase. Porque el crimen beneficiaba a muchos. Y se
siguió afirmando que la empresa privada y el mercado lo arreglaban todo.
La
administración del presidente George W. Bush ha tenido que renegar de
ese principio y recurrir, masivamente, a la intervención del Estado.
Las principales entidades de crédito inmobiliario, Fannie Mae y Freddy
Mac, han sido nacionalizadas. También lo ha sido el American
International Group (AIG), la mayor compañia de seguros del mundo. Y el
secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson (ex-presidente de la banca Goldman Sachs
)
ha propuesto un plan de rescate "reformado y aprobado por el Congreso
de Estados Unidos" de las acciones "tóxicas" procedentes de las
"hipotecas basura" (subprime) por un valor de unos 700 mil millones de
dólares, que también adelantará el Estado, o sea los contribuyentes.
Prueba
del fracaso del sistema, estas intervenciones del Estado - las mayores,
en volumen, de la historia económica - demuestran que los mercados no
son capaces de regularse por sí mismos. Se han autodestruido por su
propia voracidad. Además, se confirma una ley del cinismo neoliberal:
se privatizan los beneficios pero se socializan las pérdidas. Se hace
pagar a los pobres las excentricidades irracionales de los banqueros, y
se les amenaza, en caso de que se nieguen a pagar, con empobrecerlos
aun más.
Las autoridades estadounidenses acuden al rescate de los
"banksters" ("banquero-gangster") a expensas de los ciudadanos. Hace
unos meses, el presidente Bush se negó a firmar una ley que ofrecía una
cobertura médica a nueve millones de niños pobres por un costo de 4 mil
millones de euros. Lo consideró un gasto inútil. Ahora, para salvar a
los rufianes de Wall Street nada le parece suficiente. Socialismo para
los ricos, y capitalismo salvaje para los pobres.
Este desastre
ocurre en un momento de vacío teórico de las izquierdas. Las cuales no
tienen "plan B" para sacar provecho del descalabro. En particular las
de Europa, agarrotadas por el choque de la crisis. Cuando sería tiempo de refundación y de audacia.
¿Cuanto
durará la crisis? "Veinte años si tenemos suerte, o menos de diez si
las autoridades actúan con mano firme", vaticina el editorialista
neoliberal Martin Wolf (2). Si existiese una lógica política, este
contexto debería favorecer la elección del demócrata Barack Obama (si
no es asesinado) (3) a la presidencia de Estados Unidos el 4 de noviembre
próximo. Es probable que, como Franklin D. Roosevelt en 1930, el joven
Presidente lance un nuevo "New Deal" basado en un neokeynesianismo que
confirmará el retorno del Estado en la esfera económica. Y aportará por
fin mayor justicia social a los ciudadanos. Se irá hacia un nuevo
Bretton Woods. La etapa más salvaje e irracional de la globalización
neoliberal habrá terminado.
1 Anagrama, Barcelona, 1995.
2 The Financial Times, Londres, 23-8-08
3
Nota de robertexto: la negrita corre por mi cuenta.
I.R.