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LA CIUDAD Y LA NUEVA CIUDADANÍA archivo del portal de recursos
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de origen
Jordi BORJA
Urbanista. Asesor de múltiples proyectos en España y América Latina.
Conferencia pronunciada en el "Fórum Europa". Barcelona, junio de 2001.
La
ciudadanía es un status, es decir, un reconocimiento social y jurídico
por el cual una persona tiene derechos y deberes por su pertenencia a
una comunidad, en general, de base territorial y cultural. Los
"ciudadanos" son iguales entre ellos, en la teoría no se puede
distinguir entre ciudadanos de primera, de segunda, etc. En el mismo
territorio, sometidos a las mismas leyes, todos deben de ser iguales.
La ciudadanía acepta la diferencia, no la desigualdad.
La
ciudadanía se origina en las ciudades, caracterizadas por la densidad,
la diversidad, el autogobierno, las normas no formales de convivencia,
la obertura al exterior,... Es decir, la ciudad es intercambio,
comercio y cultura. No es solamente "urbs", es decir, concentración
física de personas y edificios. Es "civitas", lugar del civismo, o
participación en los quehaceres públicos. Es "polis", lugar de
política, de ejercicio de poder.
Sin instituciones fuertes y
representativas no hay ciudadanía. El status, los derechos y deberes
reclaman instituciones públicas para garantizar el ejercicio o el
cumplimiento de los mismos. La igualdad requiere acción pública
permanente, las libertades urbanas soportan mal las exclusiones que
generan las desigualdades económicas, sociales o culturales. La
ciudadanía va estrechamente vinculada a la democracia representativa
para poder realizar sus promesas.
La democracia local,
históricamente, contribuyó al progreso de la democracia política del
Estado moderno. En los siglos XVIII y XIX se producen los procesos de
unificación de territorios que mantenían formas de gobierno y status de
los habitantes diversos. Hay un proceso de universalización de la
ciudadanía. Ya no es un status atribuido a los habitantes permanentes y
reconocidos de las ciudades, que puede ser diferente en una de la otra,
sino el status "normal" de los habitantes "legales" del Estado Nación.
La ciudadanía vincula a la nacionalidad. Las revoluciones del siglo
XVIII, la americana y la francesa, se hacen en nombre de los
"ciudadanos", y la "nación" es la comunidad de ciudadanos, libres e
iguales, tanto es así que los partidarios del dominio británico o de la
monarquía francesa no son considerados "ciudadanos" sino "extranjeros".
Desde entonces hasta ahora corresponde al Estado Nación tanto la
determinación del status político-jurídico del ciudadano como el
desarrollo de las políticas públicas y de las instituciones para darle
contenidos (derechos de asociación y elecciones, sistemas públicos de
educación, etc.).
La democracia representativa liberal no
garantiza por ella misma el ejercicio real de la ciudadanía, ni parte,
desde el inicio, de un catálogo de derechos y deberes válidos para
siempre. Se dan, históricamente, dos procesos constructores de
ciudadanía: Ampliación de los derechos formales de las personas (por
ejemplo, derechos políticos para todos, igualdad hombre-mujer, etc.), y
desarrollo de los contenidos reales de los derechos y/o dar nuevos
contenidos mediante políticas públicas (por ejemplo, escuela pública
universal y sistemas de becas u otras formas de ayuda para facilitar el
acceso a la enseñanza no obligatoria como la universidad, servicios de
interés general de acceso universal garantizado, como transporte
público o teléfono, etc.)
Los procesos de desarrollo de la
ciudadanía son procesos conflictivos, de diálogo social y de
formalización política y jurídica. Estos procesos se pueden expresar en
dimensiones diferentes, especialmente tres:
Entre movimientos
sociales e instituciones, o con otros actores sociales, como por
ejemplo, la lucha por el sufragio universal sin limitaciones de
carácter económico o cultural, o de género, los derechos de los
trabajadores (huelga, negociación colectiva, asociación).
Entre
instituciones o sectores de los aparatos del Estado, como entre
parlamento y gobierno, o de estos con el sistema judicial, o con
corporaciones político-profesionales, o Estado-Iglesia, etc.
Entre
territorios, o más exactamente entre instituciones o sectores del
Estado y colectivos sociales o culturales vinculados a territorios
determinados (así se incluyen nacionalistas y también ciudades y
colectivos étnicos marginados).
Una primera conclusión: la
ciudadanía es un concepto evolutivo, dialéctico: entre derechos y
deberes, entre status e instituciones, entre políticas públicas e
intereses corporativos o particulares. La ciudadanía es un proceso de
conquista permanente de derechos formales y de exigencia de políticas
públicas para hacerlos efectivos.
El carácter evolutivo de los derechos ciudadanos
La
distinción habitual entre derechos civiles, derechos políticos y
derechos sociales por parte de la teoría política, especialmente a
partir de T.H. Marshall, con frecuencia se presenta en una versión
simplificada como una sucesión temporal. Los derechos civiles
corresponderían al siglo XVIII, los políticos al siglo XIX y los
sociales al siglo XX. Al siglo XXI corresponderían, posiblemente, los
llamados derechos de cuarta generación, los vinculados a la
sostenibilidad, medioambiente y calidad de vida.
Pero la
historia real más bien nos muestra que los derechos citados han
evolucionado y progresado a lo largo del tiempo. Los derechos civiles,
por ejemplo de las mujeres, de los jóvenes, de los analfabetos, del
personal de servicio, etc. Se han extendido, y todavía hoy están
pendientes reivindicaciones de igualdad (incluso se plantea que los
niños, desde el momento del nacimiento, deberían ser titulares de los
derechos plenos, aunque los primeros años los padres los subrogasen
como "tutores"). De los derechos políticos no hablemos: el sufragio
universal, la legalización de todos los partidos políticos, las
autonomías territoriales, el desarrollo de la democracia participativa
y deliberativa, etc. Son progresos del siglo XX o que todavía están
incompletos. Y los derechos sociales, los de Welfare State de último
siglo, no sólo con frecuencia son derechos más programáticos que reales
(trabajo, vivienda, sanidad, etc.) sino que en algunos casos retroceden
debido a la crisis financiera del sector público y a las
privatizaciones de muchos servicios. Por no citar ahora, lo haremos más
adelante, los derechos vinculados a las nuevas realidades tecnológicas,
territoriales y económicas, como el acceso a las "tics" (tecnologías de
información y comunicación), las formas de participación en el gobierno
de los nuevos territorios urbanos-regionales o la regularización de las
decisiones económicas y financieras de los grupos empresariales
supranacionales.
La evolución de los derechos que configuran la
ciudadanía ha sido el resultado de un triple proceso: social o
sociopolítico, de movilización de los sectores demandados; cultural, de
legitimación de las reivindicaciones y de los valores que las
justifican; y político-jurídico o institucional, de legalización y de
nuevas políticas públicas.
Por otra parte, no se puede
desvincular la conquista de derechos, de los deberes, como por ejemplo
el voto obligatorio, el deber de garantizar la asistencia de los niños
y jóvenes en la escuela, la relación entre el salario ciudadano y las
tareas de carácter social, etc.
Una segunda conclusión: el
carácter dinámico o histórico de la ciudadanía, de los derechos y
deberes que configuran el status y la dialéctica entre el conflicto
sociocultural y los cambios legales y políticos que llevan al
desarrollo de la ciudadanía.
Ciudadanía y globalización: los límites de la nacionalidad
La
ciudadanía ha ido vinculada a la nacionalidad, es decir, es un status
atribuido por el Estado a los que tienen "su" nacionalidad. Hoy en día
hay que replantear esta vinculación.
Las migraciones son
inevitables y en los países del ámbito europeo las poblaciones de
origen no comunitario tienden a estabilizarse de forma permanente. Se
plantea una cuestión de exclusión político-legal de una población a la
cual no se le reconocen una gran parte de los derechos que configuran
la ciudadanía aunque se trate de personas que residen indefinidamente
en el territorio e que incluso han nacido en él. Tampoco los ciudadanos
europeos que no tienen la nacionalidad del país donde residen están
equiparados en derechos con los "nacionales" a pesar de las
proclamaciones de la Unión Europea.
Las bases sobre las que se
sustentaba el Estado-Nación se han modificado: los conceptos de defensa
nacional y de economía nacional han perdido gran parte de su sentido y
por tanto, también el de "soberanía nacional". No hay razones serias
para limitar los derechos de los no nacionales por cuestiones de
"interés nacional" o de patriotismo, la inserción de los países en
entidades supranacionales es un hecho tan potente como irreversible.
Por
otro lado, la globalización conlleva la revalorización de las entidades
subestatales, ciudades y regiones, como ámbitos socioeconómicos y sobre
todo de autogobierno (relativo) y de cohesión social y cultural. A más
globalización, más se debilitan los Estados, más oportunidad tienen las
regiones y las ciudades para fortalecerse. Y más necesitan los
ciudadanos tener poderes políticos próximos y ámbitos significativos de
identificación cultural. En este contexto, no debe sorprender el
renacimiento de las nacionalidades integradas en Estados. Hoy los
ciudadanos ya no se pueden identificar solamente con un solo ámbito
territorial, a menos que se les excluya y se tengan que refugiar. La
ciudadanía, como conjunto de derechos y deberes, no se puede limitar a
un solo ámbito llamado Estado, aunque se defina como Estado nación.
Esta
complejidad, precisamente, podría permitirme resolver el
multiculturalismo que progresivamente se instala en nuestras
sociedades. Entre el comunitarismo de exclusión o marginación y la
integración que quiere disolver las identidades en una, se puede
encontrar en una vía intermedia a partir de admitir la convivencia de
colectivos diferentes sobre la base de su igualdad político-jurídica.
Tercera
conclusión: es posible separar nacionalidad de ciudadanía. En el ámbito
europeo sería suficiente establecer una "ciudadanía europea" que
atribuya los mismos derechos y deberes a todos los residentes en
cualquier país de la Unión Europea, con independencia de su
nacionalidad.
Ciudadanía y sociedad fragmentada
La
ciudadanía, tal y como se configuró en el siglo XX, se basaba en un
conjunto de premisas que actualmente cabe relativizar, como son:
La
homogeneidad de los grandes grupos sociales y la existencia de un
modelo único de familia. Hoy en cambio vemos como se fragmentan las
clases sociales surgidas de la revolución industrial, como se
multiplican los grupos de pertenencia de cada individuo y como aumenta
la necesidad de responder a demandas individualizadas, el
debilitamiento del modelo tradicional de familia, y a la diversidad de
los núcleos elementales de integración social.
La confianza en
la economía para garantizar trabajo, remuneración básica y expectativa
de movilidad social ascendente, y en la educación para reducir las
desigualdades sociales y dar los medios básicos para la integración
social. No hay que insistir en que esta confianza hoy sería ingenua,
pues la economía de mercado puede desarrollarse manteniendo y
aumentando el paro estructural y la precariedad laboral, y la educación
obligatoria ya no garantiza ni la inserción en el mercado de trabajo,
ni la integración sociocultural.
La progresiva desaparición de
la marginalidad y la inserción del conjunto de la población en un
sistema de grupos escalonados y articulados con las instituciones, a
partir de la familia, escuela, barrio, trabajo, organizaciones sociales
y políticas, ciudad, nacionalidad, etc. Todo ello, ordenado para una
evolución previsible, ritos de pasaje y estabilidad relativa de la
organización social. No es el caso hoy, se multiplican los colectivos
marginales, las tribus, las asociaciones o grupos informales
particulares, las comunidades virtuales, etc. Los lazos sociales son
más numerosos, en grupos más reducidos y más débiles.
Hay que
redefinir los sujetos-ciudadanos, sus demandas, las relaciones con las
instituciones, las políticas públicas adecuadas para reducir las
exclusiones, etc. Por ejemplo, no se puede tratar a los "sin papeles",
a la población drogadicta, a los jóvenes o niños marginales, a la
población de gente mayor sin rol social, a los parados estructurales
permanentes, etc. Con los medios tradicionales incluso del estado del
bienestar desarrollado, es decir, con escuela, asistencia social,
policía, etc.
Cuarta conclusión: los derechos que configuran la
ciudadanía hoy son mucho más complejos que en el pasado y deben
adecuarse a poblaciones mucho más diversificadas e individualizadas.
De los derechos simples a los derechos complejos
La
tipología de derechos simples heredados por la tradición democrática,
tanto liberal como socialista, del siglo XVIII hasta ahora es
insuficiente para dar respuesta a las demandas de nuestra época. Para
facilitar la comprensión de lo que entendemos por derechos complejos
(mejor que decir de cuarta generación) los presentaremos de forma
casuística, sin pretender que los siete tipos que exponemos sean los
únicos o los más importantes:
Todos los derechos citados implican,
evidentemente, los deberes correspondientes por parte de sus titulares,
sin los cuales los derechos pierden eficacia para el conjunto de la
ciudadanía. El derecho a la ciudad supone el civismo y la tolerancia en
el espacio público, el derecho a la formación continuada supone el
esfuerzo individual para asumirla, el derecho a la calidad de vida
supone un conjunto de comportamientos para respetar el derecho de los
demás, etc.
Ciudadanía y Tecnologías de Información y Comunicación
La
llamada sociedad informacional modifica las relaciones entre
instituciones y ciudadanos, y entre los ciudadanos entre sí. Si antes,
como decía Tocqueville, a los dictadores no les importaba que los
súbditos no les quisieran, siempre que tampoco se quisiesen entre
ellos, hoy parece que con las tics a los poderes públicos y económicos
no les importa que los ciudadanos se comuniquen entre ellos, siempre
que ello no les dé más posibilidades de intervenir en la gestión de los
quehaceres públicos o en el control de los agentes económicos.
La
democracia digital es todavía lejana, o más exactamente, el uso
democrático de las tics es pobre. Hay obstáculos de diferente tipo que
se oponen, como son:
La disminución desigual de las tics en el territorio y por sectores y grupos de edad. El analfabetismo informacional.
El
carácter dominante de la oferta privada que controla a la vez la
infraestructura, tecnología, servicios y contenidos, lo cual no sucedió
en el pasado con otros medios de comunicación (como el teléfono) Es el
mercado que se impone, lo cual es tan negativo como lo fuera en
educación o medio ambiente.
La débil iniciativa de la oferta
pública estatal, que no ha garantizado unas condiciones mínimas de
accesibilidad y de formación, que ha aceptado la concepción
privatizadora de la Unión Europea y no ha permitido el desarrollo de la
iniciativa local (por ejemplo en el cableado) y que ha demostrado poca
capacidad de poner las nuevas tics tanto al servicio de una relación
más fluida entre Administración y ciudadanos, como para estimular las
redes ciudadanas virtuales.
Las experiencias locales,
especialmente en Catalunya, son bastante interesantes, tanto en el
ámbito general (Localret), como local, en algunos casos de iniciativa
municipal (por ejemplo Callús), en otros asociativa (por ejemplo,
Ravalnet) pero de alcance limitado. Y en cambio las tics son hoy un
factor clave de integración o exclusión social y parece urgente
plantearse cual debe de ser su contribución al desarrollo de la
ciudadanía.
Nos permitimos solamente apuntar algunos criterios al respecto:
Las
TICS son una gran oportunidad para relacionar contenidos universales o
globales con refuerzo de las identidades locales o particulares. Es el
reto más actual de la ciudadanía.
Ciudadanía y territorio
Los
territorios de nuestra vida social son hoy más complejos y difusos que
en el pasado. El esquema barrio-cotidianidad ya no vale para mucha
gente. La ciudad como ámbito delimitado, diferenciado del territorio
del entorno, espacio del trabajo y del consumo, aventura de libertad
ofrecida al niño y al joven, se ha hecho a la vez menos accesible y más
dispersa, sin límites precisos ¿Es todavía posible la ciudad como
experiencia iniciática? Sí, seguramente es posible y necesaria, pero es
necesario que se den algunas condiciones.
Conviene que las
políticas del territorio delimiten hasta cierto punto los barrios, los
centros, los monumentos, los límites de la ciudad. Es difícil asumir o
construir la propia ciudadanía si vives en ámbitos muy reducidos en
unos aspectos y muy confusos en otros, o muy especializados casi
siempre. Hacen falta centralidades múltiples y heterogeneidad social y
funcional en cada área de la ciudad. Y distinciones claras, entre los
centros y los barrios, entre los espacios de la cotidianidad y los de
la excepcionalidad, son necesarios espacios seguros, pero también
algunos que representen el riesgo, la oportunidad de la transgresión.
Vivimos en ciudades plurimunicipales, es una oportunidad de vivir la
ciudad a escalas diferentes, pero que sean comprensibles.
La
calidad del espacio público es hoy una condición principal para la
adquisición de la ciudadanía. El espacio público cumple funciones
urbanísticas, socioculturales y políticas. En el ámbito de barrio es a
la vez el lugar de vida social y de relación entre elementos
construidos, con sus poblaciones y actividades. En el nivel de ciudad
cumple funciones de dar conexión y continuidad a los diversos
territorios urbanos y de proporcionar una imagen de identidad y
monumentalidad. El espacio público, si es accesible y polivalente,
sirve a poblaciones diversas y en tiempos también diversos. Hace falta
también un espacio público "refugio", o espacio de transgresión. Y
espacios de fiesta y de gesta, como diría Salvat-Papasseit, de
manifestación. El espacio público es el lugar de la convivencia y de la
tolerancia, pero también del conflicto y de la diferencia. Tanto o más
que la familia y la escuela son lugares de aprendizaje de la vida
social, el descubrimiento de los otros, del sentido de la vida.
El
territorio, la ciudad, son también el espacio que contiene el tiempo,
el lugar del patrimonio natural y cultural. El reconocimiento del
patrimonio, o patrimonios, del paisaje, de la arquitectura, de la
historia, de las fiestas y de los movimientos sociales, de las
poblaciones y actividades sucesivas,... Forma parte del proceso de
adquisición de la ciudadanía, de la construcción de las identidades
personales y colectivas. Conocer y descubrir la ciudad en sus
dimensiones múltiples es conocerse a uno mismo y a los demás, es
asumirse como individuo y como miembro de comunidades diversas. Este es
un descubrimiento más reciente, ya no somos solamente de un barrio, de
una clase social, de una religión. Somos múltiples en cuanto
identidades y pertenencias, podemos entender mejor la diversidad de
nuestra sociedad.
En el territorio "local" vivimos también la
globalidad. Formamos parte de comunidades virtuales, nos relacionamos
con el mundo. Vivir la dialéctica local-global es indispensable para no
convertirnos en un ser marginal, asumir a la vez las identidades de
proximidad y las relaciones virtuales es darse los medios para ejercer
la ciudadanía y para interpretar el mundo, para no perderse. Y conocer
a los demás a través de la proximidad virtual puede ser una
contribución decisiva para aceptar y entender a los demás, vecinos
físicos pero no desconocidos culturales. La cultura global debería de
desterrar la xenofobia local.
Es en el espacio local que los
valores, las lenguas, las culturas se encuentran, pueden convivir y
relacionarse. La ciudadanía supone la igualdad, no la homogeneidad. Los
derechos culturales de los ciudadanos deben garantizar, tanto la
preservación y el desarrollo de las identidades originarias (lenguas,
historias, costumbres...) como las relaciones entre ellas. Las
fusiones, ni son imprescindibles, ni son negativas, son a la vez
inevitables y parciales.
En resumen, y perdón por la solemnidad,
hoy Ciudad y Ciudadanía son, a mi parecer, un gran reto. Si lo asumimos
y encontramos las buenas respuestas podremos dar un nuevo sentido laico
a nuestra vida.