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N.C.– No tengo ninguna opinión informada acerca de estos estudios, que he leído con interés pero que no estoy en condiciones de evaluar. Por lo que puedo ver, esas investigaciones están encontrando algunos correlatos neuronales de lo que en términos intuitivos informales llamamos “pensamiento” y “consciencia”. Pero el hueco es enorme, y los temas fundamentales que han sido una fuente de perplejidad desde siempre no se plantean. No digo esto como críti-ca, ni mucho menos. Tenemos que seguir mediante la búsqueda científica todo lo lejos que se pueda llegar, pero es importante que los profesionales sean muy escrupulosos a la hora de describir su alcance. Eso es cierto tanto si pensamos en los economistas dando consejos sobre el transcurso del crecimiento y del desarrollo, en los científicos investigando los mecanismos cerebrales y las funciones cognitivas, o en cualquier otro caso. Sea cual sea el interés de estos logros, un programa de ordenador que genera pruebas de teoremas en cálculos proposicionales no resuelve el problema mente/cuerpo, una gramática generativa no da cuenta del “aspecto creativo del uso del lenguaje” y el descubrimiento de la actividad neuronal que correlaciona con la consciencia o la categorización no supone “descodificar pensamientos”.

 

7. El programa minimalista parece in-cluir un mayor énfasis en los aspectos semánticos del lenguaje, apartándose, en cierto modo, de los aspectos sintácticos. ¿Puede este enfoque animarnos a buscar “universa-les semánticos” del lenguaje humano? ¿Podría darnos algún ejemplo?

 

N.C.– No pienso que exista ninguna diferencia de punto de vista si consideramos la sintaxis/semántica o los universales semánticos, aunque, naturalmente, la comprensión de estos asuntos ha evolucionado con el tiempo.

Desde un principio, el trabajo de la gramática generativa fue motivado principal-mente por unas cuestiones que llamamos normalmente “semánticas”. Mi primer libro amplio, no publicado durante muchos años, fue Logical Structure of Linguistic Theory (1955-56; publicado en parte en 1975). El capítulo introductorio esboza el campo al que intenta dedicarse el trabajo: de manera decisiva, el hecho de que una persona que tiene una experiencia limitada del lenguaje consigue entender de alguna forma nuevas expresiones de una manera muy específica. El resto del libro trata de enfrentarse con el problema proponiendo los mecanismos que podrían ofrecer la interpretación de un rango infinito de expresiones a partir de la experiencia limitada que resulta suficiente para ponerlas en su lugar. Los trabajos siguientes introdujeron muchos cambios, a menudo radicales, pero siguieron en esencia por el mismo camino.

Personalmente yo prefiero usar el término “sintaxis” para referirme a esos aspectos; otros usan el término “semántica”, que a mí me gustaría reservar para el estudio de lo que se llama a menudo las conexiones “len-guaje-mundo”: más adecuadamente, desde mi punto de vista, las conexiones entre el lenguaje y otras partes del mundo, algunas de ellas dentro del organismo (como son, presumiblemente, los órganos articulatorios y los sistemas conceptuales, entre otros), algunas fuera de él, como la computadora que estoy usando.

Esta visión del lenguaje tuvo que ver con los universales lingüísticos, pero de una forma que difiere de otras aproximaciones anteriores. En el marco de la gramática generativa, los universales lingüísticos se toman como propiedades del estado inicial de la facultad humana del lenguaje, y no como propiedades observadas en todas o la mayoría de las lenguas. Ambos conceptos están relacionados, pero no son idénticos. Ls propiedades del estado inicial no se encuentran normalmente reflejadas directa e individual-mente: sus efectos se manifiestan en las lenguas particulares, pero lo hacen típicamente a través de complejas interacciones que implican las propiedades del estado inicial y de la experiencia que les lleva a asumir una u otra forma.

Considérese, por ejemplo, las frases (1)-(2)

(1)
él cree que John es un genio
(2)
su madre cree que John es un genio

La frase (2) puede entenderse como que la madre de John cree que él, John, es un genio. Pero la frase (1) no puede entenderse como que John cree que él, John, es un genio. En términos más técnicos, el pronombre (que puede o no articularse fonéticamente, dependiendo de la lengua) puede ser referencialmente dependiente de “John” en (2), pero no en (1). La propiedad de la dependencia referencial es llamada a menudo “semántica” porque juega un papel en lo que significan las expresiones y en cómo son entendidas. Yo prefiero llamarla “sintáctica” porque la investigación no alcanza aún las relaciones lenguaje/mundo; se limita a lo que “está en la cabeza”. Análogamente, deberíamos distinguir claramente la investigación sobre la manera como los sistemas sensoriomotores relacionan las expresiones con los sonidos del estudio de la información que proporciona el lenguaje de los sistemas sensoriomotores y cómo se construye mediante operaciones internas. Preferiría reservar el término “fonética” para la primera investigación y ver la última como parte de la sintaxis, en el sentido general del término, incluida la “fonología”. Es importante tener en cuenta esas distinciones.

Sean cuales fueren los términos que decidimos usar, la dependencia referencial que-da determinada en parte por las propiedades de la expresión, en particular por la propiedad formal llamada técnicamente “coman-do-c” que se aplica al pronombre y “John” en (1) pero no en (2). Por lo que sabemos, el que la dependencia referencial está determinada por el comando-c en la forma ilustrada por esos ejemplos es una propiedad universal del lenguaje.

Podemos decir que uno de los “universa-les semánticos” es el de que para cualquier lenguaje L un pronombre no puede depender referencialmente de un antecedente con el que mantiene la relación de coman-do-c en L. Cundo vamos más allá, a los ca-sos menos elementales que éste, se vuelve más difícil el formular los universales de la manera siguiente:

(3) todos los lenguajes tienen la propiedad P.

Y no sólo más difícil, sino carente de sentido. La formulación (3) oculta el hecho de que las propiedades de las expresiones —incluida la forma como se entienden— son el resultado de la interacción de muchos facto-res, algunos de ellos derivados de la facultad del estado inicial del lenguaje y otros de la experiencia que induce cambios de estado en el “órgano del lenguaje”. Podríamos encontrarnos con los mismos problemas si pretendemos buscar “universales”de la forma (3) en otros sistemas, como, por ejemplo, el sis-tema fonético, o el sistema visual, o el sistema de organización de la conducta motriz.

Se puede dar una lista de muchos ejemplos de “universales” del tipo ilustrado, pero sería engañoso. Así, la propiedad del co-mando-c que entra en dependencia referencial juega también un papel importante a la hora de determinar la interpretación de expresiones de muy diferentes tipos. Considérense, por ejemplo, las expresiones (4)-(7):

(4)
John comió una manzana
(5)
John comió

(6) John es demasiado listo para coger aBill

(7) John es demasiado listo para coger

A veces se traducen directamente a otras lenguas, y otras veces no. No puede haber serias dudas acerca de que la interpretación queda crucialmente determinada por las propiedades del estado inicial de la facultad del lenguaje. Estas son “universales” en el sentido del término que estoy considerando ahora, incluso si no pueden manifestarse de ninguna forma sencilla en los lenguajes particulares.

La distinción aparece aun más clara cuando examinamos de cerca las interpretaciones de esas expresiones. Nos encontramos con que (5) significa en términos generales, tal como esperaríamos, que John comió algo no especificado: el objeto directo “una manzana” que aparece en (4) se ha perdido y “rellenamos el agujero” con algo al estilo de una referencia no específica. Pero la analogía no se sigue en (6) y (7). La frase (6) significa algo parecido a (8), pero

(7)
no tiene, análogamente, el significado de(9), sino el de (10).

(8) John es tan listo que no cogerá a Bill

(9)
John es tan listo que no cogerá a nin-guna persona no especificada
(10)
John es tan listo que nadie podrá co-gerle

La “inversión” de la interpretación en el par [(8), (10)], que viola la analogía ilustrada en [(4), (5)] es sorprendente, y requiere una explicación. En esta caso la explicación no es trivial. Implica de forma crucial el co-mando-c, pero en interacción con otros principios invariantes del estado inicial de la facultad del lenguaje. No debe haber una forma simple de expresar los “universales semánticos” de la forma (3).

Las expresiones más simples son las palabras aisladas, “libro”, “casa”, “ciudad”, etc. Cuando investigamos sus significados, encontramos intrincadas y complejas propiedades que los niños conocen sin una experiencia relevante. Deben derivarse del estado inicial de la facultad del lenguaje y, por tanto, ser compartidas por todos los lenguajes humanos posibles. Por ejemplo, la palabra “libro” puede ser entendida de una forma concreta o abstracta, Supongamos que la biblioteca tiene dos ejemplares del Ulysses, Peter se lleva uno y John el otro. Peter lo encuentra muy inspirador y comienza a aprendérselo de memoria, pero John lo odia y termina por quemarlo. ¿Cogieron el mismo o diferentes libros? ¿Se refiere el pronombre “lo” a algo abstracto o concreto? No hay respuesta para esas preguntas. Están mal planteadas. Peter y John se llevaron el mismo libro si adoptamos la perspectiva asbtracta al interpretar la palabra “libro” y el pronombre que depende referencialmente de él, y se llevaron libros distintos si adoptamos la perspectiva concreta. Tal como ilustra el ejemplo, no podemos adoptar ambas perspectivas simultáneamente, pese a la aparente contradicción, usando el pronombre “lo” en un ca-so desde la perspectiva abstracta y en el otro desde la concreta. Encontramos propiedades así incluso en los casos más simples —nombres de sustancias como el agua, por ejemplo— y esas propiedades proliferan hacia situaciones considerablemente intrincadas cuando vamos más lejos.

La investigación acerca de cómo se entienden las expresiones ha sido la fuerza directora de la gramática generativa desde el principio, y lo continúa siendo. El programa minimalista reformula, desde luego, el enfoque de alguna cierta forma en la medida en que asigna un papel más crucial a los “niveles de interfaz”, es decir, a los puntos de interacción entre el órgano del lenguaje y otros subsistemas de la mente/cerebro — sistemas sensoriomotores y modos de pensamiento y entendimiento. Pero los elementos básicos continúan siendo más o menos los mismos.

Se ha aprendido mucho, particularmente en los últimos años, sobre los factores que determinan lo que significan las expresiones y cómo se entienden. Ha habido también una buena cantidad de investigación productiva en la semántica del léxico, que re-vela muchas propiedades sorprendentes al estilo de las recién ilustradas en el caso de la palabra “libro”. Han sido éstas algunas de las áreas más interesantes y vivas de la investigación en lingüística de los últimos años. Pero no veo eso como un cambio del énfasis desde los aspectos sintácticos a los semánticos del lenguaje, sino más bien como una parte de la profundización en el conocimiento de todos los aspectos sintácticos del lenguaje, usando ahora el término “sin-taxis” en su sentido más general (y tradicional), es decir, referido a los objetos simbólicos y sus propiedades, incluyendo en ellas las propiedades que entran dentro de la forma como se usan.

 

8. Ha hecho usted una formulación muyinteresante de la “semántica” como un término que debería reservarse para denotar “las conexiones lenguaje/mundo”. También ha sostenido que la propiedad de la dependencia referencial debería ser considerada del todo “sintáctica” porque la investigación no alcanza aún las relaciones lenguaje/mun-do; se limita a lo que “está en la cabeza”. Sin embargo, como usted admite (y como cualquiera debería admitir después del obispo Berkeley) el concepto de “lo que está en la cabeza” es ambiguo. Todo concepto está en la cabeza, por supuesto, pero algunos de los conceptos se refieren cosas que están fuera del organismo, como la máquina de escribir, y otros a las que están dentro, como los sistemas conceptuales. ¿Sería una tarea sintáctica, entonces, todo lo que se refiriese a los sistemas conceptuales? ¿La teoría del conocimiento a priori de la metafísica kantiana, por ejemplo?

 

N.C.– Hume dice en alguna parte que “siempre que estemos de acuerdo acerca de las cosas, no merece la pena discutir acerca de los términos”. El uso del término “semántica” para referirse al estudio de las relaciones lenguaje-mundo y el de “sintaxis” para referirse al estudio de las propiedades de los sistemas simbólicos en sí mismos me parece adecuadamente convencional en algunos casos; por lo que hace al estudio de los “lenguajes formales”, por ejemplo (i.e., la relación semántica entre numerales y números, y la relación sintáctica de la concatenación). En el caso del lenguaje natural su-pongo que pocos utilizarían el término “semántica” para referirse a las propiedades morfológicas o entonacionales o al coman-do-c, pese a que todos ellos tienen consecuencias para las relaciones lenguaje-mun-do. Esas propiedades se tienen convencionalmente por sintácticas. La propiedad de la “dependencia referencial” me parece que, en ese sentido, encuentra su sitio dentro de la sintaxis. E, incidentalmente, tiene poco que ver en un sentido técnico con la referencia: los principios trabajan aproximadamente de la misma forma en pronombres “referencialmente dependientes” en el caso de “el hombre alto” y en el de “el hombre promedio”, por ejemplo.

Pero sigamos el excelente consejo de Hume e intentemos ser claros respecto de “las cosas”, al margen de los términos que decidamos utilizar. Asumamos, como sugieren ustedes, que entre “las cosas que hay en la cabeza” están los sistemas conceptuales y que algunos de sus elementos son conceptos. Me gustaría llamar “sintaxis” al estudio internalista de esos objetos, ya queden dentro de una lingua mentis, en el sentido de Jerry Fodor, o de otro tipo de sistema. Pero de eso no se deduce que “todos los aspectos del sistema conceptual [sean] sintácticos”. Análogamente, el estudio de los elementos morfológicos cae dentro de la sintaxis, pero algunos aspectos de los sistemas morfológicos no son sintácticos: por ejemplo, el he-cho de que la pluralidad tiene una interpretación semántica en los sustantivos (“los libros están en el mostrador” y “los libros están en los mostradores” tienen significados distintos), pero no la tienen ni los elementos verbales ni los adjetivos (la inflección plural de la cópula no añade nada nuevo al significado de esas frases). Similarmente, algunos aspectos de los sistemas conceptuales no son sintácticos; por ejemplo, los que tienen que ver con cómo utiliza la gente los conceptos cuando piensa o habla de lo que está fuera del organismo (o dentro de él, para el caso).

Aparece un problema, sin embargo, cuando decimos que los conceptos “se refieren a cosas”. Los términos se usan ahora en un sentido técnico inventado, así que significan lo que su inventor quiere que signifiquen, como sucede en el caso de “tensor”

o “indecibilidad”. Por consiguiente no po-demos juzgar si la aserción es verdadera hasta que no se nos diga más acerca del significado de los términos técnicos “concep-to”, “cosa” y “referir”. No podemos apelar al lenguaje natural. Los lenguajes naturales tienen palabras similares, pero no con el sentido técnico típicamente apropiado. Así, en inglés existen palabras como “referir” y “concepto”, pero no se usan en el sentido en que se pretende aquí. Eso mismo es cierto en otras lenguas similares. Por ese motivo tuvo que Frege inventar un sentido técnico para “Bedeutung” y “Sinn”, y por eso existe tanta variación a la hora de traducir sus neologismos.

No creo, además, que la noción “cosa” del lenguaje natural ayude demasiado. Como dijo Hume, haciéndose eco de una larga tradición que se remonta al menos a Aristóteles, incluso en el caso de la gente, los ani-males, los ríos, etc., las cosas de que hablamos son “ficticias”, son establecidas por la imaginación y el entendimiento humanos y no se identifican con una “naturaleza” independiente de la mente. Eso es del todo cierto cuando digo que la cosa que más le concierne a John es el destino de la Tierra cuando se refiere él al decir que es horroroso. En el lenguaje ordinario decimos que la gente utiliza palabras para referirse a cosas, pero “cosas” en un sentido que no forma parte de ningún intento de dar una explicación científica o filosófica (si es que una y otra son diferentes, como a menudo se sostiene). Volviendo al ejemplo al que me refería antes, puedo utilizar la palabra “libro” para referirme a lo que Peter y John sacaron de la biblioteca (el Ulysses, algo simultáneamente abstracto y concreto). De nuevo sólo nos encontraremos aquí con una confusión si intentamos interpretar las expresiones del lenguaje natural como lo hacemos dentro del estudio de los sistemas formales, postulando una relación entre el mundo y una cosa: “libro” es a “Ulysses”como “primo” es a 7. No me parece que sea así como funciona el lenguaje, ya sea en el sentido fonético o semántico. Y el asunto no mejora, en mi opinión, cuando extendemos el uso de las palabras a los conceptos.

La advertencia de que las interpretaciones equivocadas de la “forma superficial” del lenguaje natural pueden llevar a errores filosóficos se remonta al menos a las críticas del siglo XVIII de la teoría de las ideas, y ha ganado fama en este siglo gracias al último Wittgenstein y a la filosofía del “lenguaje ordinario” de Oxford. Me parece que esa advertencia debe ser tenida en cuenta también en este caso.

Tal como yo lo veo, el estudio de los aspectos mentales del mundo nos lleva a postular la existencia de una variedad de sistemas cognitivos (el lenguaje entre ellos) que tienen sus propias propiedades e interactúan de diferentes formas. El estudio internalista de esos sistemas es lo que preferiría llamar “sintaxis”. El estudio de cómo utiliza la gente esos sistemas se llama a menudo “pragmática”. Si la semántica se entiende como el estudio de la relación de “las pala-bras/conceptos y las cosas”, utilizando una interpretación no mentalista de “las cosas”, entonces no existe ningún tópico semejante a la semántica del lenguaje natural. La analogía con la aritmética formal desaparece, como sucede también en otras partes. Por el contrario, si la semántica se entiende como el estudio de las relaciones del lenguaje (o los conceptos) con el mundo externo e interno, entonces sí que existe un tópico así; es algo parejo a lo que sucede con la fonética entendida como la relación entre elementos (internos) lingüísticos y movimientos (externos) de moléculas en el aire, etc., pero sin implicar ninguna noción semejante a la de referencia, en su sentido técnico.

Respecto al “conocimiento a priori” en este sentido naturalista tenemos que distinguir varios casos. Uno es el de lo que Konrad Lorenz llamó “el a priori biológico”: los chimpancés parecen saber, por ejemplo, sin necesidad de la experiencia que las serpientes son peligrosas (aunque el “conocimiento a priori” no parece referirse a las serpientes, como indica un análisis más profundo). Sin duda mucho de nuestro conocimiento es similar, esto es, supone esas “partes del conocimiento” que nos vienen de “la mano original de la naturaleza”, en palabras de Hume.

Existe también un conocimiento a priori asociado con las verdades analíticas. Reconozco que la ortodoxia de los últimos cuarenta años sostiene que no existen, pero creo que esa conclusión es problemática. Tenemos que distinguir entre dos casos: (1) lo que metafóricamente se llama “el lenguaje de la ciencia” y (2) el lenguaje humano, un objeto biológico.

Por lo que hace al “lenguaje de la ciencia”, la conclusión es indudablemente correcta. Quine está de acuerdo con Carnap en eso. Pero a menos que uno crea en una altamente implausible teoría de la “homogeneidad de la mente” en la que la física cuántica y lo que mi nieto me cuenta caigan dentro de una misma red sin separaciones, no podemos sacar la conclusión de que el lenguaje carece de propiedades semánticas intrínsecas. Me parece que las evidencias indican abrumadoramente que sí las tiene, de la misma forma que tiene propiedades fonéticas intrínsecas. Estas propiedades intrínsecas parecen llevar a relaciones como la implicación formal y la rima formal. Así, “alfiler” rima con “neceser” y la afirmación de que Peter convenció a John para que fuese a la escuela implica que John intentó (hasta cierto punto) ir a la escuela. Si creo lo primero puedo sacar sin necesidad de más informaciones la conclusión de que John intentó ir a la escuela, pero no puedo sacar conclusión alguna respecto de las intenciones de Peter.

Los hechos no son controvertibles; se aceptan por todas las partes. Un científico que estudia el lenguaje querrá explicar esos hechos. Los estudios empíricos siguen una línea típica —creo que invariable— de investigación: encontrar las propiedades estructurales de las expresiones que entran en la interpretación y las propiedades semánticas intrínsecas de “persuadir”, “intentar”, etc. ¿Hay alguna hipótesis alternativa? Se asume ampliamente que las distinciones tienen que ver con la profundidad de las creencias, la “importancia semántica”, o algo por el estilo. Pero no se han hecho propuestas sustantivas en esa línea, y los tanteos existentes no tienen buena apariencia, por decirlo de forma suave. No hay forma de evaluar esas tesis, así que uno podría preguntar por qué se supone que tienen tanta fuerza.

Las investigaciones empíricas proporcionan un considerable apoyo a la conclusión de que existen relaciones fonéticas y semánticas mantenidas en base a las propiedades intrínsecas de las expresiones (i.e., la implicación y la rima formales). Sucede que éstas conducen a una distinción analítico/sintética, pero, tal como yo lo veo, esa conclusión no tiene interés filosófico, ni interés particular alguno para el estudio del lenguaje. Pero se podría decir que una categoría de “conocimiento a priori”, entrando quizá en la conducta racional, tiene sus raíces en esos términos.

El mismo razonamiento puede aplicarse a los sistemas conceptuales postulados, en la medida en que los entendemos. Pero eso puede ser porque en sus aspectos relevantes son muy difíciles de distinguir de los sistemas lingüísticos.

 

9. Es verdad que la búsqueda de univer-sales semánticos se convierte en un proble-ma siempre que intentemos defender una sentencia como la (3):

(3) Todos los lenguajes tienen la propiedad P.

Una sentencia así tropieza con el hecho de que las propiedades lingüísticas son el resultado de la interacción de factores innatos y factores de la experiencia. Usted mismo apunta que nos encontramos con problemas parecidos si pretendemos bus-car universales en otros sistemas. Sin embargo, parece que sí pueden encontrarse universales del sistema visual como es, por ejemplo, la percepción del color a través de la agrupación del continuo de las longitudes de onda de la luz en muy pocos grupos de colores simples y bastante discretos. E incluso “universales semánticos” (en el sentido en el que se emplea ese término en la etnolingüística) relacionados con tales colores simples y con los nombres que to-man en las distintas lenguas (Gellatly, 1995).

 

N.C.– Las propiedades universales del lenguaje, incluyendo en ellas la semántica universal, no caen de ninguna forma sencilla en la categoría (3) (aunque si admitimos la suficiente complejidad siempre podemos reformularlas como (3) de forma irrelevante). Lo mismo puede decirse de las propiedades universales del sistema visual.

Pero muchas generalizaciones toman directamente la forma (3). Consideremos el principio que mencioné antes: un pronombre no puede depender referencialmente de un antecedente al que comanda

c. Es razonable suponer que se trata de unprincipio irreductible de la teoría del estado inicial de la facultad del lenguaje, la “gramática universal” (GU) en su sentido contemporáneo. Es, pues, un “universal del lenguaje” en el sentido mencionado, y puede ser reformulado fácilmente de la forma (3): Sea P la propiedad de que se cumple ese principio; entonces todo lenguaje tiene la propiedad P. Considérese un caso ligeramente más complejo: la propuesta reciente de Richard Kayne de que el orden “de izquierda a derecha” refleja un comando-c asimétrico (su Axioma Lineal de Correspondencia, ALC). Kayne propone que el ALC también es un principio irreductible de la GU. De una cierta versión del ALC se deduce que el orden subyacente de cada lenguaje es sujeto-ver-bo-objeto. Esta última afirmación es una generalización de categoría (3) derivada de un principio de la GU. No se encuentra directamente en lo que observamos. La te-sis sostiene que cuando el orden observado es diferente se han producido operaciones de desplazamiento para modificar el orden universal subyacente. la generalización empírica es de categoría (3), pero está ligada muy profundamente a la teoría: se refiere a las estructuras subyacentes que no pueden observarse.

Ha habido también estudios muy productivos de generalizaciones que son observables de manera más directa, de generalizaciones acerca de los órdenes de las palabras que de hecho vemos, por ejemplo. La obra de Joseph Greenberg ha sido particularmente instructiva e influyente a ese respecto. Esos universales son probablemente generalizaciones descriptivas que deberían derivarse de principios de la GU. El explicarlos en esos términos ha sido un importante proyecto de investigación dentro de la gramática generativa.

También existen generalizaciones de muchas otras clases.

He sostenido que la satisfacción de una forma sencilla de (3) no es una condición de los universales del lenguaje, tal como se entiende el término en la GU contemporánea. Esta difiere de la gramática universal tradicional en este aspecto. La tradición se limita en una considerable medida a las propiedades pretendidamente halladas, ya sea siempre o como una tendencia, “en la superficie” de los lenguajes. Pero la GU contemporánea es una teoría del estado inicial de la facultad del lenguaje, y sus principios no se expresan directamente de la forma (3) aun cuando puedan esconder generalizaciones que tienen esa forma.

Creo que estos comentarios generales se aplican al sistema visual y a otros sistemas.

 

10. ¿Podemos establecer una diferenciaentre los sistemas sintáctico y léxico de los lenguajes, en el sentido de que los sistemas léxicos tienden a reflejar invariantes culturales (particularmente en el caso del lexicón de clase abierta: verbos, sujetos, adjetivos) mientras que los sistemas sintácticos tien-den a reflejar categorías universales de especies (la categoría de “instrumento”, por ejemplo)?

 

N.C.– Dejando de lado las complejidades, podemos decir que el estado inicial de la facultad del lenguaje proporciona un conjunto de propiedades invariantes (llamadas “rasgos”) y dos operaciones: operaciones de ensamblaje, que forman ítems léxicos a partir de rasgos, y operaciones computacionales, que forman expresiones más complejas a partir de ítems léxicos. Los lenguajes varían en ambas dimensiones, y la variación parece superficialmente muy grande. No hace mucho los lingüistas profesionales daban comúnmente por supuesto que las lenguas podrían variar ilimitadamente en ambos casos, cosa que debe ser literalmente falsa o, de lo contrario, ningún niño podría aprender una lengua jamás. Existe ahora un cierto grado de conocimiento de los factores que restringen nítidamente las formas como pueden funcionar las operaciones computacionales, conduciendo a variaciones tipológicas aparentemente dramáticas como resultado de pequeños cambios (de una forma típica en los sistemas morfológicos).

Debería añadir que estas conclusiones tienen sus raíces en el estudio tradicional del lenguaje, que fue ampliamente dejado de lado e ignorado por las corrientes conductistas y estructuralistas. Su último gran representante fue quizá el lingüista danés Otto Jespersen, quien sostuvo que debe haber una sintaxis universal aun cuando na-die pueda concebir una morfología universal. Replanteando esa conclusión en unos términos que probablemente hubiese aceptado Jespersen, las operaciones computacionales pueden muy bien ser invariantes, mientras que los cambios en los rasgos inflexivos y otros por el estilo pueden tener consecuencias a largo término, ya que proliferan a través de la computación de expresiones complejas.

Es razonable suponer, como sugieren ustedes, que las operaciones computacionales y los factores que entran en ellas son relativamente (o quizá completamente) independientes de la variación cultural. Al mismo tiempo eso parece ser cierto también respecto de al menos algunas de las variedades de los sistemas morfológicos, aunque de esa forma nos aparecen muchas preguntas, sobre todo cuando examinamos una clase más amplia de lenguajes: los lenguajes que requieren que una acción se especifique en términos de su relación con la salida y la puesta del sol, y los lenguajes en los que los objetos son identificados por medio de afijos que especifican si están en una dirección, si se alejan, si cuesta trabajo el obtenerlos, etc. Ese tipo de propiedades abundan también en lenguas más familiares, pero no sabemos cómo se relacionan con los sistemas culturales, o si lo hacen de una forma que no sea trivial.

Como ha sido reconocido desde hace tiempo, las operaciones de ensamblaje son en cierto sentido “arbitrarias”: las propiedades del estado inicial no determinan si un lenguaje utilizará la palabra “libro” o “book”, o si la cópula se parecerá al inglés “be” o al español “ser/estar”. Cada ítem léxico es una colección de rasgos primitivos, algunos de ellos que funcionan en la interfaz fonética como “instrucciones” para los sistemas sensoriomotores; otros que funcionan en la interfaz semántica como “instrucciones” para los sistemas “concep-tuales/intencionales” de la mente/cerebro, que los usan para el pensamiento y la reflexión hablando del mundo, haciendo preguntas y en otras muchas formas. También hay rasgos estructurales de los ítems léxicos, y todo el complejo se combina con las propiedades inflexivas de varias diferentes formas.

Los rasgos primitivos determinan una rica serie de interpretaciones de los ítems léxicos y, por la misma razón, restringen nítidamente su variedad; el ejemplo del “libro” es típico. Pero encontramos a menudo que los lenguajes no concuerdan punto por punto ni en el nivel fonético ni en el semántico. La observación es familiar, pero a veces se olvida. Así, la litera-tura lógico/filosófica utiliza ejemplos estándar como (11) para ilustrar que las teorías de verdad del significado no son vacías:

(11)
la sentencia alemana “Schnee isweiss” es verdad si y sólo si la nieve es blanca.

La sentencia castellana (11) es sencillamente informativa; nos dice algo no trivial respecto del alemán. Pero la fuerza de la ilustración decae considerablemente si extendemos el paradigma en la más mínima forma. Así, la sentencia inglesa “snow is white” es fácil de traducir a muchas lenguas, pero eso no es cierto respecto del paradigma ilustrado por (12)

(12)
snow looks (feels, tastes, smells)good.

Formular una teoría estándar de la verdad para el inglés en algunas otras lenguas no es una tarea menor si consideramos esos ejemplos. Hay muchos otros tipos de variación, algunos notablemente sistemáticos. Así, el inglés tiende a utilizar verbos con muy poco contenido semántico como medio para formar construcciones verbales que tienen a menudo ítems léxicos individuales como contrapartida en lenguas como el español (“take in”, “take out”, “take away”, etc.). Similarmente, encontramos que ciertas propiedades como la de “instrumento” pueden aparecer dentro de ítems léxicos o pueden expresarse por medio de inflexiones u operaciones computacionales, con muchas consecuencias para su interpretación. Estos problemas se encuentran entre otros muchos que hacen enloquecer a los traductores y a los que estudian lenguas.

El conjunto de los rasgos de los ítems léxicos reflejan en algunos aspectos la variedad cultural. Al inglés y al español, por ejemplo, les faltan las contrapartidas léxicas de las palabras que se encuentran en lenguajes de la región amazónica o de Nueva Guinea, y al revés. Y la traducción no es una tarea sencilla. Pero de nuevo no se entiende demasiado qué significa eso. Por ejemplo, ¿es un hecho cultural significativo del inglés y del chino el que tiendan a utilizar ítems verbales semánticamente vacíos, o que el inglés disponga del paradigma (12) pero otros lenguajes semejantes no?

 

Agradecimientos

Entrevista a Noam Chomsky* Esta entrevista se ha realizado gracias al Proyecto de Investigación PS95-0059 que lleva el título de “Implicaciones filosóficas y psicológicas de la teoría neurobiológica de la consciencia”, financiado por la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología, Ministerio de Educación (España).

 

Referencias

Chomsky, N. (1995), “Language and Nature”. Mind, 104: 1-61.

Deecke, L. (1996), “Readiness for Action”. The 5th Annual Appalachian Conference on Behavioral Neuroscience. Abstract.

Gallistel, C.R. (1980),The Organization of Action. Hillsdale, N.J., Erlbaum.

Gellatly, A. (1995), “Colourful Whorfian Ideas: Linguistic and Cultural Influences on the Perception and Cognition of Colour, and on the Investigation of Them”. Mind & Language, 10: 199-225.

Kornhuber, H.H. y Deecke, L. (1965), “Hirnpotentialaenderungen bei Willkuerbewegungen, und passiven Bewegungen des Menschen: Bereitschaftspotential und reafferente Potentiale”. Pfluegers Arch. ges. Physiol., 284: 117.

Le Gros Clark, W.E. (1964), The Fossil Evidence for Human Evolution. Chicago, Ill., University of Chicago Press.

Aceptado el 19 de mayo de 1997  

Psicothema, 1997. Vol. 9, nº 3, pp. 569-585 ISSN 0214 - 9915 CODEN PSOTEG