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LA BIOLOGÍA NO CONOCE NINGUNA
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Jürgen Habermas
Traducción de Guillermo Hoyos Vásquez
Título
original: Biologie kennt keine Moral. Nicht die
Natur verbietet das Klonen. Wir müssen selbst entscheiden en: DIE ZEIT, Nr. 9, febrero 19 de 1998, Hamburg, p. 34
Autor Jürgen Habermas, sociólogo y filósofo, es profesor
emérito del Seminario de Filosofía de la Universidad de Frankfurt
desde 1994.
No es la naturaleza la que prohibe la clonación. Nosotros mismos tenemos que decidir. Respuesta a Dieter E. Zimmer.
En la cuestión acerca de si debería permitirse clonar
hombres, Dieter E. Zimmer ha abogado porque en esto no nos orientemos por
categorías morales como la libertad y la responsabilidad, sino por
la biología (ZEIT Nr. 8/98). Un debate racional de los problemas
de la bioética exige ciertamente un conocimiento suficiente de las
discusiones y hechos pertinentes de las ciencias naturales. Pero las cuestiones
normativas no se pueden tratar razonablemente sin tener en cuenta puntos
de vista normativos.
El mismo Zimmer se vuelve contra la licitud de
la clonación de organismos humanos con la siguiente argumentación. La clonación suspendería
la dirección casual de la combinación de los genes paterno
y materno, con lo que se suspendería un mecanismo natural de variación.
Precisamente a este mecanismo le debemos que hasta ahora los recién
nacidos vengan al mundo como ‘únicos’ genéticamente, —con
la excepción, despreciable estadísticamente, de los gemelos
univitelinos—. Pero dado que el hombre
—como “ser genérico”— sólo gracias a sus dotes naturales ampliamente
variadas se ha transformado en un “genio de la adaptación”, llega
Zimmer a la siguiente conclusión: “Si los hombres comenzaran a clonarse
irían contra uno de los principios a los que deben su existencia.
Por ello no deben permitírselo”. Pero de esta consideración
sólo se puede sacar una conclusión estrictamente práctica,
si tenemos además en cuenta presupuestos normativos. O considera
Zimmer que nuestra “capacidad de adaptación” propia de la especie
es un valor que merece por sí mismo ser optimizado; o muestra que
la optimización de una tal capacidad también es necesaria
bajo determinadas condiciones de la civilización para la conservación
de la especie, y complementa entonces la constatación empírica
mediante el mandato moral de que estamos obligados a la conservación
de la especie, por tanto a la continuación generativa de la vida
humana. ¿Pero estamos obligados a ello?
Quien quiera comprender a Darwin, debe leer a Kant
La biología no nos puede dispensar de consideraciones morales.
Y la bioética no nos debería llevar a extravíos biológicos.
Por otro lado, los puntos de vista morales son materia de discusión,
y en especial la incorporación moral de nuevos fenómenos.
Esto vale también para el intento de alcanzar con conceptos kantianos
las posibles consecuencias de la clonación de organismos humanos.
Parto de que los fundamentos de un orden jurídico igualitario
sólo permiten aquellas competencias de decisión que son compatibles
con el respeto recíproco de igual autonomía de cada uno de
los ciudadanos. Así, por ejemplo, sólo puede ejercer otro
disponibilidad limitada sobre mi fuerza de trabajo temporal y objetivamente,
si he dado mi consentimiento para ello. Ciertamente hay “relaciones especiales
de dominio” como entre padres e hijos. Pero, prescindiendo de que también
el dominio de los padres está restringido jurídicamente, para
la cuestión acerca de si la clonación de humanos intervendría
en la simetría fundamental de las relaciones recíprocas entre
personas con derechos, libres e iguales, basta con considerar la relación
entre adultos o, en sentido jurídico, mayores de edad. La dependencia del destino de la socialización
es sin duda de otra especie que la del “destino” genético: la persona
que crece puede en todo caso “separarse” de la casa de los padres y “romper”
con sus tradiciones, mientras permanece sometido a sus genes.
¿Tiene un hombre clonado otra autocomprensión?
La pregunta es, ¿qué debería cambiar para
la autocomprensión moral de una persona adulta, si no hubiera sido
generada naturalmente, sino clonada? Evidentemente no cambia la dependencia
de un programa genético, sino la dependencia de la fijación
de este programa por otra persona. Cuando los padres se deciden a tener
un hijo propio, éste se hace descendiente de un tejido genealógico
intrincado por causa de la combinación, dirigida por el azar, de
los genes de ambas partes.
Zimmer acentúa con derecho la diferencia
entre esta decisión y la de una persona de producir una copia lo
más exacta posible de su código genético. Esto fundamentaría
una especie, hasta ahora desconocida, de relación interpersonal entre
muestra e imagen genética. En efecto, la fijación intencionada
de la sustancia hereditaria significa que para el clon se perpetúa
de por vida un juicio que ha decretado sobre él otra persona antes
de su nacimiento. Si las connotaciones de la metáfora judicial disgustan,
puede decirse con Lutz Wingert que aquí se da una relación
interpersonal semejante a la del diseñador y su producto.
Sea como sea, surge un problema
desde dos posiciones: el de la obscenidad moral de una duplicación,
por autoritarismo y autoenamoramiento, de la propia disposición genética,
del lado del productor; y del lado del producto, el problema de la intervención
en una zona que, de otra forma, nunca está a disposición de
otros.
La persona clonada tendría sin duda como todos los demás
la libertad de comportarse con respecto a sus capacidades y limitaciones
y encontrar desde este punto de partida respuestas productivas. Pero para
él estos “hechos del nacimiento” no serían ya meras circunstancias
casuales, sino el resultado de una acción intencionada. Lo que para
otros es un acontecimiento contingente, el clon lo puede atribuir a otra
persona. La imputabilidad de la intervención intencionada en una
zona de no disponibilidad constituye la diferencia relevante moral y jurídicamente.
La expresión “no disponible” sólo debe significar que
la intervención de otras personas, con las que desde el punto de
vista normativo somos iguales, está excluida. Que las condiciones
de la formación personal de la identidad no son disponibles en este
sentido, es algo que pertenece evidentemente a la concepción moderna
de la libertad de acción. De otra forma se pone en cuestión
el reconocimiento recíproco de la misma libertad para todos. El clon
sabe que él no sólo por casualidad sino por principio no puede
tomar el mismo tipo de determinaciones con respecto a su productor que las
que pudiera tomar éste con respecto a él.
Contra esto
se puede objetar que tampoco los niños engendrados por sus padres
pueden engendrarlos a ellos. Pero esta asimetría se refiere esencialmente
a la circunstancia de que el hijo llegue al mundo, es decir, al mero hecho
de su existencia; no tiene nada que ver con la forma y modo como el hijo
puede realizar esta existencia con base en un núcleo heredado de
capacidades y propiedades.
Yo no estoy seguro acerca de la forma como
este cambio de perspectivas podría influenciar nuestra autocomprensión
moral. Hasta donde puedo ver, la clonación de hombres tendría
que herir aquella condición de simetría en la relación
entre personas adultas, sobre la que hasta ahora descansa la idea del respeto
recíproco de libertades iguales.
Esta reserva no se extiende, como lo afirma Zimmer, a cualquier
tipo de intervenciones terapéuticas en el organismo de alguien dependiente
que no es consultado, ni siquiera con respecto a la eliminación preventiva
de enfermedades (algo que nunca está prescrito, sino que sólo
podría estar permitido). Acerca de la justificación normativa
de tales intervenciones prenatales bien descritas sólo veo ciertamente
argumentos negativos, en general: evitar males. Quizá ya esta misma
formulación es demasiado débil, puesto que la definición
de los males depende de criterios culturales que pueden ser muy problemáticos.
¿No hubo ya épocas en las que “razas inferiores” eran un mal?
No tengo la impresión de que ya hayamos encontrado las respuestas
correctas a las preguntas morales y jurídicas de la técnica
genética y de la medicina de la reproducción. Pero eso sí:
la biología misma no puede dárnoslas.
revista
UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA 252