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TRAYECTORIA DE UN SOCIÓLOGO archivo del portal de recursos
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(Conferencia magistral para la
"Cátedra Michel Foucault" de la Universidad Autónoma Metropolitana (Valle de
México), sustentada el martes 22 de junio de 1999. Las aclaraciones y notas
contenidas en este texto son de Sergio Lorenzo Sandoval Aragón; también la nota
bibliográfica que se inserta al pie de este trabajo)
* Ver artículo
subsiguiente: Perfil Intelectual
de Pierre Bourdieu (resumen y anotaciones de Víctor Manuel Camaño Cano), que
sirvió como recuadro de este trabajo.
******
Quiero dar las gracias al Sr. Ramón
Alvarado por sus muy amables palabras.
Primero, quiero decir cuan feliz
me siento de tener la ocasión de dirigirme a un público mexicano. Voy a intentar
hablar en castellano y, si no acierto, o si se me hace demasiado difícil,
volveré al francés y pediré la ayuda de los intérpretes.
Antes de
describir las grandes etapas de mi itinerario, como me lo pidió uno de ustedes,
quisiera señalar las intenciones mayores que, desde el principio, inspiraron mi
trabajo.
En primer lugar, he intentado abordar siempre de manera fría,
fríamente científica, problemas políticamente candentes, es decir, a la vez
importantes y difíciles: ello, contra la idea de "neutralidad axiológica" que
siempre me pareció una hipocresía conservadora, y a fin de profesionalizar el
pensamiento crítico (contra la sociología crítica de la escuela de Frankfurt y
su radicalismo "chic" y contra el "izquierdismo a lo francés" —gauchisme à la
française—). He trabajado sucesivamente en Argelia, durante la guerra de
liberación; en Francia, sobre los estudiantes y los profesores de la universidad
en vísperas del movimiento de mayo del ’68, etc., etc. Las implicaciones
políticas de mis investigaciones no eran visibles, especialmente cuando uno
estaba encerrado en dicha problemática progresista tradicional (ponía el acento
en la dimensión simbólica de las prácticas, pensando —y lo pienso todavía— que
éste era el punto ciego del marxismo y de todo el movimiento social, y, por
consiguiente, aparecía como una especie de idealista, mientras intentaba
producir una teoría materialista de lo simbólico).
Además, la nueva
manera de hacer sociología exigía mucho trabajo, de parte del productor y
también del lector... Exigía una verdadera conversión del modo de pensar, una
ruptura con la manera de pensar más común entre los especialistas de ciencias
sociales. Por ejemplo, la insistencia en la construcción del objeto
implicaba una ruptura con el modo de pensar que era común a la mayor parte
de los marxistas (por ejemplo, en Francia hubo quienes contaron muy precisamente
el número exacto de pequeños burgueses) y a los investigadores dominados por el
modelo americano de la investigación empírica, como Lazarsfeld. Y así, hubo
investigadores norteamericanos de inspiración marxista (Erik Olin Wright,
Classes, 1985) que combinaron el marxismo a la manera de Poulantzas con
el empiricismo positivista a la manera de Lazarsfeld para producir estudios
empíricos de las clases muy abstractos y poco instructivos. Otra dificultad de
la empresa era entrar en una verdadera competencia con la sociología dominante,
representada en ese momento por tres nombres: Parsons, Merton y Lazarsfeld;
había que reconquistar, si se puede decir así, las armas científicas
monopolizadas por la sociología norteamericana, en aquel entonces
dominante.
En segundo lugar, he invertido siempre en mi trabajo, aún en
el más concreto, más estrictamente empírico, grandes problemas teóricos, sobre
los cuales los filósofos, hasta los marxistas, se contentaban sólo con discutir.
Por ejemplo, una de las intenciones mayores de mi trabajo en Argelia fue la de
hacer empíricamente la distinción, muy importante en aquel entonces, y también
ahora, entre el subproletariado, dedicado a imaginaciones milenaristas y el
proletariado, la clase obrera abierta a esperanzas revolucionarias (en lugar de
aspiraciones milenaristas). Más generalmente, quería escapar a la alternativa
teórica entre el objetivismo, en aquel tiempo dominante en sociología, en
etnología (con Lévi-Strauss), y el subjetivismo, que dominaba la filosofía de
inspiración fenomenológica, como la de Jean-Paul Sartre.
Si hay algo en
mi trabajo que merece ser imitado (y no sólo discutido) es el esfuerzo para
superar la oposición entre teoría y empiria, entre la reflexión teórica pura y
la investigación empírica. Los instrumentos teóricos que he producido o
perfeccionado deben su fuerza y su interés para la ciencia al hecho de que he
practicado, como todo científico, un eclecticismo selectivo y acumulativo y he
intentado totalizar las conquistas mayores de la ciencia social ignorando
oposiciones y divisiones más religiosas que científicas, como entre marxismo y
weberianismo, o entre marxismo y durkheimismo, o entre estructuralismo y
fenomenología (o etnometodología).
La primera fase
de mi trabajo en Argelia se orientó por el lado de la etnología. Estudié
principalmente la lógica de la economía precapitalista (especialmente la postura
en relación con el tiempo que pide y que favorece); el rechazo del cálculo,
especialmente en los intercambios internos, etc. En una segunda fase, estudié
las estructuras del parentesco, problema exaltado por las investigaciones de
Lévi-Strauss; y en un tercer momento, los sistemas mítico-rituales. Sobre los
problemas de parentesco, las sociedades árabobereberes constituyen un desafío
para la teoría levistraussiana del intercambio: el casamiento con la prima
paralela, hija del hermano del padre, que es casi una hermana, no juega el rol
de instrumento de circulación de las mujeres y de los bienes que le es
impartido 1 en el modelo
levistraussiano.
Muchas razones me indujeron a cuestionar este modelo:
1). Utilizando la estadística —que no se utiliza casi entre los etnólogos—,
descubro que la tasa de casamientos conforme a la "regla", es inferior al 5%;
2). Las reflexiones de los filósofos, y en particular de Wittgenstein, sobre lo
que significa "seguir una regla" me ayudan a alejarme de la teoría
estructuralista de la acción (de la cual Althusser ha dado la formulación más
extrema y más absurda, reduciendo al agente al rol de Träger,2 portador de la estructura); 3). Las
investigaciones que llevo sobre el matrimonio en Béarn, provincia del Sur de
Francia de la que provengo, lo que me permite dirigir sobre las prácticas una
mirada menos alejada que la del etnólogo estructuralista; ello me indujo a
descubrir que los agentes pueden ser dirigidos, en sus elecciones matrimoniales,
por intereses en el sentido amplio del término. En resumen, fui guiado a pasar
de una explicación del casamiento por la obediencia a la regla a una descripción
del casamiento como una estrategia de reproducción, orientada por intereses
materiales y simbólicos, y explicable —en cuanto tal—, por un conjunto de
factores. Los análisis de las estructuras mítico-rituales que realicé en la
misma época, me conducen a cuestionar la visión estructuralista: los sistemas
míticos y las prácticas rituales, obedecen a lógicas prácticas que es necesario
analizar lógicamente sin reducirlas a lo puramente lógico.
Paralelamente,
y esto ha sido sin duda la oportunidad de mi vida, emprendo investigaciones
sociológicas más clásicas sobre la estructura social de la sociedad argelina.
Descubro en esta ocasión lo absurdo de la división entre etnología y sociología.
¿Cómo comprender por ejemplo las conductas económicas de los trabajadores
lanzados directamente del mundo precapitalista, dominado por el rechazo del
cálculo, al mundo capitalista importado e impuesto por la colonización? Empresa
tanto más difícil cuanto que la mayor parte de los trabajadores (y, a
fortiori, los desempleados o los trabajadores precarios) no disponen de las
condiciones económicas y sociales que son necesarias para adaptarse a un cosmos
económico dominado por la previsibilidad y la calculabilidad: los subproletarios
no tienen bastante asidero sobre el presente para poder considerar tomar asidero
sobre el futuro por un proyecto cualquiera que fuera, y en particular un
proyecto revolucionario colectivo. De allí la paradoja: es necesario disponer de
un mínimo de seguridad y de certeza para estar en condiciones de acceder al
proyecto revolucionario de cambiar la sociedad. Debajo del umbral de seguridad,
se está condenando a las esperanzas milenaristas que proporcionan una presa
fácil a las políticas populistas. (Este trabajo, muy antiguo, ha retomado
súbitamente toda su actualidad, hasta para las sociedades económicamente más
avanzadas donde los progresos del trabajo temporario y de los empleos precarios
remiten a una fracción cada vez más grande de los trabajadores a una situación
cercana a la de los subproletarios argelinos, puestos en la imposibilidad de
hacer un plan de vida práctico y de comprometerse en una acción colectiva
orientada por fines racionales).3
Todavía tendría mucho que decir, pero paso a las
investigaciones, sin duda mejor conocidas por ustedes, sobre la educación y la
cultura. Contrariamente a la ilusión según la cual la escuela cumple una función
liberadora, ilusión vehiculizada y antaño defendida por los partidos
progresistas, las encuestas empíricas muestran que la institución escolar
contribuye a la reproducción de las desigualdades sociales. Digo bien
contribuye: la escuela es uno de los lugares donde actúan ciertos mecanismos de
reproducción (entre otros). En una serie de trabajos posteriores, intentaré
describir el sistema de las estrategias de reproducción a través de las cuales
los grupos (y en particular las familias) trabajan, consciente e
inconscientemente para reproducir su posición en la estructura social y por ello
esta estructura misma. Las sociedades económicamente avanzadas se caracterizan
por el hecho de que la transmisión del capital cultural juega un rol
determinante en la reproducción de la estructura social. Reproducción, no
implica de ninguna manera ausencia de resistencia, de cambio, de distorsión,
sino permanencia de una estructura de diferencia y de
distancias.
Paralelamente a estas investigaciones sobre el sistema
escolar, dirigí un conjunto de trabajos que apuntan a establecer las condiciones
de la adquisición de la cultura y los efectos de la herencia cultural sobre las
prácticas. Luego de un estudio sobre el público de los museos europeos,
realizado en colaboración con Alain Darbel y Dominique Schnapper, y un estudio
sobre la práctica fotográfica al cual estaban asociados Luc Boltanski,
Jean-Claude Chamboredon y Robert Castel, publiqué en La distinción. Criterio
y bases sociales del gusto
4 un modelo global de las prácticas sociales
del cual quisiera expresar el principio, porque ha sido frecuentemente mal
comprendido. En primer lugar, por los que tendrían dificultades con la
particularidad nacional de las prácticas analizadas, en materia de consumos
culturales (los nombres de los cantantes o de los actores o de los actores
favoritos son frecuentemente franceses) o de consumos a secas (la petanca 5 o el whisky) o aún de prácticas deportivas
(el rugby o la equitación) y de opiniones políticas, los remito a Razones
prácticas, sobre la teoría de la acción, donde intento mostrar, en una
conferencia destinada a un público japonés, como se puede desprender de este
libro una enseñanza universal a costa de una lectura (relacional y no
sustancialista) y de un trabajo de transposición. Así, mis análisis,
aparentemente limitados al caso francés, se revelaron capaces de proporcionar el
menos sistemas de hipótesis a verificar en el caso particular de
México.
Pero paso a la enseñanza esencial de este libro: el espacio
social es un espacio de diferencias, de distinciones entre posiciones
sociales (susceptibles de ser caracterizadas por nombres de categorías
profesionales definidas), que se expresa, se retraduce, se manifiesta, se
proyecta, en un espacio de diferencias, de distinciones simbólicas, que hacen
que la "sociedad" en su conjunto funcione como un lenguaje. Esto significa que
la topología social, que describe la estructura del espacio, es
inseparablemente una semiología social, que describe el mundo social como
un sistema de signos, un lenguaje (que somos capaces de leerlo
prácticamente, sin poseer explícitamente la gramática, desprendida por el
análisis sociológico, a través de las intuiciones del habitus, como
sistema de esquemas de percepción y de apreciación, que nos permite relacionar
inmediatamente un acento, o un traje, o una práctica alimentaria, con una
posición social, y, al mismo tiempo que se le confiere un cierto valor, positivo
o negativo).
El pasaje del espacio de las posiciones económicas y
sociales al espacio de la toma de posiciones simbólicas, de los signos sociales
de distinción (que no son signos distinguidos sino para una pequeña parte de la
sociedad, los dominantes), se cumple por la intermediación del habitus:
el habitus como sistema de disposiciones es el producto de la
incorporación de la estructura social a través de la posición ocupada en esta
estructura (y, en cuanto tal, es una estructura estructurada), y al mismo
tiempo estructura las prácticas y las representaciones, actuando como
estructura estructurante, es decir como sistema de esquema práctico que
estructura las percepciones, las apreciaciones y las acciones. De manera más
simple, los agentes tienen tomas de posición, gustos en pintura, en literatura o
en música, pero también en cocina o en materia de pareja sexual o aún de
opiniones políticas que corresponden a su posición en el espacio social, por
consiguiente al sistema de disposiciones, al habitus, que está asociado,
por la intermediación de los acondicionamientos sociales, a esta posición. La
ilustración más sorprendente de estos mecanismos está constituida por el
fenómeno de homogamia, que, en ausencia de coacciones directas que ejercieran
antaño familias cuidadosas de evitar las mésalliances, 6 no puede explicarse sino por la afinidad
espontánea de los habitus, de los gustos.
Es necesario detenerse
un momento sobre la noción de espacio social. En cuanto sistema de
diferencias, de puntos o de posiciones separadas, no confundidas, retiene una de
las propiedades esenciales del mundo social que querían afirmar aquellos que
hablan de clases sociales o de sociedades divididas en clases, diferenciadas.
Pero deja de lado las clases en el sentido de grupos separados y opuestos que
existirían en la realidad, incluso independientemente de la intervención del
investigador. Si existe algo como clases sociales, en el sentido
tradicional (marxista) del término, es en la medida, y solamente en esa medida,
de que ellas han sido hechas, construidas por un trabajo histórico del
tipo del que describe E. P. Thompson en The making of English Working
Class. Ese trabajo a un tiempo teórico y práctico —militante—, que es
necesario para transformar las afinidades de interés y de disposiciones ligadas
a la proximidad en el espacio social en un proyecto consciente y colectivo de
defender o de promover esos intereses y ese estilo de vida contra los de la
clase opuesta.
Las clases, cuando existen como tales, se fabrican por el
trabajo de "group making" que se realiza principalmente en los campos de
producción cultural y especialmente en el campo político. Esta noción de
campo, he sido inducido a construirla con motivo de un conjunto de
estudios llevados a cabo sobre diferentes espacios de producción cultural: la
religión, la política, el arte, la literatura, la filosofía, el derecho, la
ciencia, etc. Un campo es un subespacio social relativamente autónomo, un
microcosmos al interior del macrocosmos social, que puede ser definido como un
campo de fuerzas (en el sentido estricto de la física einsteniana) y un
campo de luchas para conservar o transformar la relación de fuerzas. Esta
definición abstracta trae a la luz una realidad de la cual tenemos la intuición
práctica pero cuya ausencia, flagrante en todos los trabajos consagrados a los
diferentes objetos que he nombrado: religión, arte, literatura, derecho, etc.,
impide la construcción adecuada, apropiada, del objeto considerado. Por falta de
la noción de campo como instrumento de construcción, la discusión científica
está condenada a permanecer encerrada en la alternativa del análisis interno de
las obras y del análisis externo. El análisis interno considera los textos en
sí mismos y para sí mismos, sin referencia alguna al contexto, como la
tradición semiológica o hermenéutica. El análisis externo, frecuentemente
asociado a la tradición marxista o a la sociología (de la religión, del arte, de
la ciencia, etc.), relaciona directamente las obras con el contexto social, a la
situación económica global, o a una clase social particular (por ejemplo, en la
historia del arte, la de los comanditarios de las obras), sin tomar en cuenta el
campo, es decir el microcosmos social en el interior del cual ellas son
producidas, y la lógica específica del funcionamiento de ese campo. Esto quiere
decir que para comprender, por ejemplo, las obras sociológicas que se escriben
hoy en Argentina, en Bolivia, en Brasil o en México, es necesario tener en
cuenta: primeramente, la posición de cada autor en el interior del campo de
producción sociológica nacional (es lo que traté de hacer, para el campo
universitario en mi libro Homo Academicus o para el campo literario en
Las reglas del arte); en segundo lugar, como Pascale Casanova lo ha
mostrado, a propósito de la literatura, en La République mondiale des
lettres, la posición de tal o cual campo nacional en el campo mundial (por
ejemplo ciertas naciones, ciertos campos nacionales, son sometidos a efectos de
doble dominación, que, si pueden acarrear un doble aplastamiento
7, pueden hacer posible estrategias
consistentes en jugar de alguna manera una dominación contra otra).
La
noción de campo es particularmente potente y fecunda, especialmente en
tanto que permite escapar a toda una serie de falsos debates y acumular, como lo
he hecho por ejemplo en mi lectura de Heidegger, todo lo que el texto revela
sobre el contexto histórico (había mostrado, a partir de los textos que
Heidegger había permanecido nazi hasta el fin, lo que ha sido probado después
por los historiadores) y todo lo que el contexto revela sobre el texto (por
ejemplo el rol de "pensadores" que los historiadores de la filosofía excluyen
espontáneamente, como Spengler o Jünger, en la formación del pensamiento de
Heidegger). Otra ventaja de la noción de campo: permite derrumbar las barreras
entre los diferentes objetos, religión, arte, derecho, etc., y fertilizar la
investigación en cada sector con el producto de la investigación en los
otros.
Los campos de producción cultural están asociados a un poder de un
tipo particular que llamo el poder simbólico, poder que ejercen los
detentores de un capital simbólico. La forma por excelencia de este poder
es la que se ejerce, en las relaciones entre los sexos, es decir la dominación
masculina. Este poder se ejerce sobre los (o las) que sufren, es decir las
mujeres y los homosexuales, masculinos o femeninos, a través de la complicidad
arrancada que ellos le acuerdan del hecho de que le aplican a la relación entre
los sexos categorías de percepción y de apreciación que son producto de la
incorporación de la estructura de esta relación. Sería necesario dar
ejemplos como el hecho de que, grosso modo, todo lo que es del orden de
lo pequeño es bueno y está bien, cuando se trata del cuerpo femenino; y malo y
mal, cuando se trata del cuerpo masculino. Pero sería necesario explicar aquí
los fundamentos teóricos de la noción de poder simbólico que, como lo he
mostrado en un artículo aparecido bajo este título en los Annales, en
1977, integra tradiciones teóricas consideradas como incompatibles, kantianas
(con la teoría de las formas simbólicas), estructuralistas o, mejor,
durkheimiana, marxista y weberiana. No puedo sino remitirlos a este artículo,
aparecido en inglés en Language and Symbolic Power (en castellano no sé
dónde). 8 Esta noción es muy necesaria
científicamente (y políticamente) porque permite asir y comprender la dimensión
de la más invisible de las relaciones de dominación, de las relaciones entre
dominantes y dominados según el género (el sexo), como venimos de verlo, pero
también según la étnia (entre blancos y negros especialmente, o entre ladinos y
mestizos), o según la posición en el espacio social. Es así que el sistema
escolar, a través de las clasificaciones que opera y que se imponen a aquellos
mismos que allí son víctimas (se sabe que la ideología del don es cada
vez más aceptada a medida que se desciende en la jerarquía social) cumple una
función de sociodicea, de justificación del orden establecido,
incomparablemente más importante que todas las formas de propaganda. Es decir de
paso, que la sociología del sistema de enseñanza es una parte capital de la
sociología política, casi siempre olvidada por la "ciencia
política".
Puede verse como se pasa muy naturalmente de la ciencia del
mundo social a la acción política; porque he rechazado siempre, como lo decía al
comienzo, el mito conservador de la "neutralidad ética" (los que denuncian la
ciencia social como culpable de denunciar tienen por propiedad esencial no tener
nada que enunciar de esencial sobre el funcionamiento del mundo social). Una
parte muy importante de la producción sociológica es conservadora, sin tener
necesidad de inspirarse en una intención de conservar, porque es mala y porque,
por omisión, omitiendo plantear la cuestión o describir el fenómeno
pertinente, contribuye a la perpetuación del orden social tal como es. Es el
caso hoy en día de una buena parte de la producción mundial de discursos sobre
el mundo social que, como lo he mostrado con Loïc Wacquant, en un artículo
titulado "Las astucias de la razón imperialista" ("Les ruses de la raison
impérialiste"), acepta, las más de las veces sin saberlo (es un caso típico de
la dominación simbólica), principios de visión y de división,
problemáticas, conceptos, etc... Estos principios, aunque sean el producto de
una visión (académica) particular de una sociedad particular, los Estados
Unidos, se presentan como universales mientras reproducen y vehiculizan
categorías particulares, nacionales, de percepción y de apreciación. El
reconocimiento mundial de palabras como mundialización, o globalización,
flexibilidad (flexibility), multiculturalismo, comunitarismo, minoridad,
etc., se acompaña de la ignorancia, del desconocimiento, de sus límites sociales
e históricos, como consecuencia de la circulación sin control, ligada a los
efectos de dominación. La difusión de aquella doxa planetaria, falsamente
internacional, es hoy uno de los mayores obstáculos a una verdadera
internacionalización del pensamiento sociológico que es, hoy más que nunca,
necesaria para pensar los cambios actuales.
La lucha política es, en lo
esencial, una lucha para imponer, en el seno de una nación o a escala
internacional, el principio de visión y de división dominante, y
desconocido (méconnu) como tal, pues es reconocido como legítimo. Es el
caso de hoy de la visión neoliberal del mundo económico y social. El sociólogo
interviene en esta lucha por el solo hecho de develarla como tal, ofreciendo así
la posibilidad de un uso liberador del conocimiento de las estrategias y de los
mecanismos de dominación. Va de suyo que, incluso si la revelación debilita
automáticamente mecanismos cuya eficacia descansa por una parte sobre su
ocultamiento, y sobre el desconocimiento que de allí resulta, no puede por sí
sola contrarrestarlos completamente, menos todavía neutralizarlos o
aniquilarlos. No solamente porque, como se le ve bien con la dominación
masculina, las disposiciones y los esquemas de pensamiento cómplices del orden
establecido están inscritos muy profundamente, y desde hace mucho tiempo, en los
cuerpos o, si se prefiere, en los inconscientes. Ellos son constantemente
reforzados por los que tienen el poder de hablar públicamente sobre el mundo
social, en el primer rango, entre los cuales están los periodistas, pero también
muchos intelectuales y hombres políticos: esos no tienen sino que dejarse llevar
por sus automatismos de pensamiento para contribuir al reforzamiento de las
rutinas de pensamiento que fundan el orden simbólico.
Se llega así,
inevitablemente, a la cuestión del rol de los intelectuales o, más precisamente,
de los sociólogos, y más generalmente, de los especialistas del análisis del
mundo social. ¿Cómo podrían ellos no trabajar con todos los medios de los cuales
disponen, para su diseminación?, si están convencidos de haber descubierto
verdades dignas de ser ampliamente conocidas sobre el funcionamiento del mundo
social. Guardar silencio o reservar sus revelaciones sólo al mundo erudito
(savant) sería, en más de un caso, una forma de no brindar asistencia a
la persona en peligro. Por esta razón, deben superar las prudencias y también
las perezas ligadas a la pertenencia al campo científico, dominado por la
creencia de que la "neutralidad" es por sí una garantía de objetividad, para
trabajar colectivamente (como la asociación internacional Raisons
d’agir) 9 a difundir los conocimientos y los útiles
de conocimiento que la ciencia social produce, y que son necesarios para
resistir a los nuevos oscurantismos, que hoy se presentan frecuentemente bajo
las apariencias más racionales y más ilustradas, oponiéndoles la crítica de una
razón científica tan lúcida como sea posible sobre el mundo social y sobre todo
sobre ella misma.
Notas
1. Parece ser que quiso decir
"asignado" o "atribuido".
2. Träger: vocablo alemán que
significa "cargar".
3. Sobre este asunto, se puede leer
del autor: Contrafuegos (ver bibliografía).
4. Ver bibliografía.
5. Juego también conocido como
bolos franceses.
6. Es decir, que no favorece una
alianza entre familias.
7. En otras partes se refiere a estos
términos como doble constricción.
8. Ver nota bibliográfica
(recuadro).
9. Ver la Página web:
www.zeg.org/raison-dagir/start.htm
Nota bibliográfica
Sergio Lorenzo Sandoval Aragón
Las siguientes, son las referencias bibliográficas mencionadas por Bourdieu en su conferencia y que aquí ofrecemos para que el lector pueda profundizar. Listamos aquí las más fáciles de encontrar; para una panorámica de la obra de este autor, hasta 1990, así como sobre sus estudios etnológicos en Argelia, se puede consultar la bibliografía que aparece en: Pierre Bourdieu, Sociología y cultura, Grijalbo/CONACULTA, México, 1990; algunas de las obras más importantes publicadas entre 1990 y 1999 que se encuentran en español y que no aparecen en la lista de abajo, son: Las reglas del arte (Seuil: 1992; Anagrama: 1995), La miseria del mundo (Seuil: 1993; FCE: 1999), Las meditaciones pascalianas (Seuil: 1997; Anagrama: 1999), La dominación masculina (Seuil: 1998; Anagrama: 2000), Contrafuegos (Raisons d’agir: 1998; Anagrama: 2000), Sobre la televisión (Liber: 1996, Anagrama, 1997), Poder, derecho y clases sociales (Desclée de Brower, Bilbao: 2000).
Referencias
bibliográficas citadas por el conferenciante
P. Bourdieu,
Boltanski, Chamboredon, Castel, Lagneau y Schnapper. La fotografía: un arte
intermedio. Nueva Imagen. México, 1989. (Antecedente de La
distinción).
P. Bourdieu, Alain Darbel y D. Schnapper. L’amour de
l’art, Les musées auropéens et leur public. Minuit. París, 1969.
(Antecedente de La distinción).
Bourdieu, Pierre y J-C Passeron. La
reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Fontamara.
México, 1995.
P. Bourdieu. El sentido práctico, Taurus, Madrid, 1991.
(Etnología en Argelia).
_________. La distinción, criterios y bases
sociales del gusto. Taurus, Madrid, 1998.
_________. Homo
Academicus. Les Éditions de Minuit. Paris, 1984. (Hay traducción al inglés:
Homo Academicus, Stanford University Press, California, 1988. Accesible
en el CIESAS de Occidente, Guadalajara).
_________. Las reglas del
arte. Anagrama. Barcelona, 1995.
_________. La ontología política de
Martin Heidegger. Paidós. Barcelona, 1991.
_________. "Sur le pouvoir
symbolique", en: Annales, núm. 3, mayo-junio de 1977. pp. 405-411. (El
conferenciante se refiere a este texto bajo su título inglés y dice desconocer
"dónde" está publicado en español; la referencia exacta es: P. Bourdieu, "Sobre
el poder simbólico", en: Intelectuales, política y poder.
Eudeba/Universidad de Buenos Aires, 2000. pp. 65-73.
_________. Razones
prácticas. Sobre la teoría de la acción. Anagrama. Barcelona, 1999.
La
obra más reciente de este autor es: Les structures sociales de
l’économie. Seuil. París, mayo de 2000. 289 pp. [Colección Liber]. (Se puede
adquirir en el sitio: www.librairieonline.com).
Perfil intelectual de Pierre Bourdieu
Resumen y anotaciones: Víctor Manuel Caamaño Cano.
(Tomado del Diccionario de
pensadores contemporáneos, dirigido por Patricio Loizaga. Emecé editores.
Barcelona, 1996. [Primera edición]).
Nacido en
1930 en Denguin (Basses-Pyrénées) estudio en distintos liceos y en la École
Normale Supérieure. Ha sido profesor ayudante de distintas facultades de
Filosofía y Letras (Argel, París, Lille), dirige desde 1975 la revista Actes
de la recherche en sciences sociales y desde 1981 es catedrático de
Sociología en el Collége de France. A lo largo de tres décadas, Pierre Bourdieu
ha reflexionado y producido trabajos en el ámbito de la sociología y la
antropología que abarcan un amplio espectro temático: estudios sobre el arte, la
ciencia, la política, la filosofía, el campesinado, las clases sociales, la
religión, la literatura, el deporte o el parentesco. Influido esencialmente por
el estructuralismo y el marxismo, pero también por el psicoanálisis y por
diversos trabajos sobre el simbolismo, forjó en el terreno de la sociología una
línea de pensamiento original y en permanente desarrollo, de gravitación
creciente en los últimos veinte años en disciplinas tan variadas como la
estética filosófica y la crítica literaria.
Mediante la aplicación
rigurosa de un relacionismo metodológico cuya fuente puede rastrearse hasta Marx
y Durkheim, y verificarse también más tarde en Levi-Strauss o Jakobson, Bourdieu
se orientó siempre en una búsqueda destinada a superar las viejas antinomias
(contradicciones, N. de la R.) que ponían freno al desarrollo de la
sociología, incapaz de trascender el antagonismo entre modos de conocer
objetivistas y subjetivistas, entre el análisis de lo simbólico y lo material, y
el problema —más grave aún— del divorcio entre teoría y metodología científica.
Su búsqueda se orientó hacia la construcción de una "ciencia social total" como
superación del metodologismo, siempre dispuesto a separar el método científico
de las reflexiones que le incumben, tanto como de la "teoría teoricista", con su
aberración por la investigación empírica.
Es esa decisión de buscar un
modo de pensar relacional la que puede conducir al sociólogo a la reflexión
epistémica, al autoanálisis que promueve la indagación deliberada y sistemática
de los "pensamientos no pensados" que determinan su práctica. No se trata, sin
embargo, de una simple meditación del sujeto sobre sí; la reflexión debe
orientarse, más bien, hacia ese espacio complejo de conflictos y competencia en
el que se desarrolla la tarea específica del científico
social.
Paradigmáticos de esa apuesta epistemológica son dos conceptos
acuñados por Bourdieu, en los que se apoya en cierto modo su teoría: campo y
hábitus.
La teoría del campo constituye el presupuesto teórico y
punto de partida de todas sus investigaciones sociológicas, y es a la vez
instancia mediadora entre lo individual y lo social, entre estructura y
superestructura. En toda sociedad moderna diferenciada, la vida social, para
Bourdieu, se reproduce en campos que funcionan con verdadera independencia y que
operan como un sistema estructurado de fuerzas objetivas. Según la esfera en la
que esta configuración relacional de individuos e instituciones se desenvuelve,
podemos hablar de campo político, intelectual, económico, etcétera. El análisis
sociológico, consiste, precisamente, en el estudio de la dinámica interna de
cada campo, así como de las relaciones que entre esos campos se establecen. Es,
por otra parte, en la teoría de los campos donde se hace más transparente la
influencia del estructuralismo y el marxismo en este autor, si pensamos que un
campo es por un lado un sistema estructurado, y por otro que está constituido
por dos elementos: un capital común y la lucha por su apropiación. Respecto del
marxismo tradicional, hay un giro desde la visión puramente economicista a otra
más bien simbolista; en cuanto al estructuralismo clásico, hay en la teoría de
los campos un plus de dinamismo y maleabilidad histórica que marcan la
diferencia.
El otro de los conceptos centrales mediante los cuales puede
hacerse inteligible la dinámica de la vida social, el de habitus, puede
dar, en cierta forma, respuesta a una interrogante que atraviesa la reflexión
sociológica desde sus orígenes: ¿por qué la vida social es tan regular? Podemos
contestar que es el habitus, en tanto que mecanismo estructurador, lo que
permite responder a las demandas del campo de manera coherente. Mediante la
internalización, desde la infancia, de la multiplicidad de estructuras externas
inherentes a un sistema concreto de relaciones sociales, se genera una "lógica
práctica" que permite "preconocer" e interpretar las respuestas que se esperan
del sujeto en cada caso. No hay que sobrestimar, sin embargo, el papel de las
estructuras externas en la conformación de ese habitus; no determinan por sí
solas las actitudes de los receptores, aunque proveen, sí, de un esquema básico
de percepción y pensamiento para la acción. El hábitus, si bien es generado por
estructuras objetivas, opera desde el interior estableciendo relaciones de
sentido no conscientes. Necesidades y gustos son, en definitiva, el reflejo de
la coherencia de elecciones que genera un hábitus, formas de elegir
—paradójicamente— determinadas.
Hay, por otra parte, otra instancia que
promueve la integración social tanto como la lucha que tiene lugar entre las
clases, y es la esfera de lo simbólico. Esa integración adopta la forma de
consenso sobre el sentido del mundo en la medida en que los símbolos crean un
orden gnoseológico y son instrumentos de conocimiento y comunicación; la lucha
de clases, en la medida en que las relaciones de conocimiento son relaciones de
poder, adquiere el sentido de violencia simbólica. Las diferencias mismas que
pueden establecerse entre grupos o clases se desplazan en la teoría de Bourdieu
desde una posición marxista clásica que acentúa las relaciones de producción y
propiedad, hacia otra nueva y original que destaca el matiz simbólico del
consumo. Las relaciones económicas se hallan fuertemente ligadas a otras formas
de poder que se desarrollan en la esfera de lo simbólico: la reproducción y la
diferenciación. La noción de violencia simbólica, desempeña un papel fundamental
en la teoría a la hora de explicar el fenómeno de la dominación en general, y
específicamente los casos de la dominación de clase en las sociedades avanzadas
o de una nación sobre otra en el contexto de la política internacional. Es,
además, una noción inquietante y polémica por definición, ya que esta clase
especial de violencia se ejerce sobre un agente con el consentimiento de éste.
No se alude sin embargo con esto a la vieja y trillada polémica entre libertad y
determinismo, entre elección o coerción, porque consentimiento significa aquí
desconocimiento; se acepta una violencia que se desconoce como tal. Así vive el
sujeto en la aceptación dóxica (de creencia, opinión, N. de la R.) del
mundo "tal como es", un mundo social en el que ha nacido y que por ello le
resulta autoevidente, y del que acepta ciertos postulados y axiomas que no
cuestiona. De todas las formas de "persuasión clandestina" —afirma Bourdieu—, la
más implacable es "el orden de las cosas".
Un buen ejemplo de la
aplicación de la teoría sociológica de Bourdieu y de la profunda lucidez de su
autor lo encontramos en su trabajo sobre "La ontología política de Martín
Heidegger". Ahí se ocupa de analizar la relación de los intelectuales y su campo
propio con el campo del poder, y de mostrar cómo es posible, mediante una
lectura que exceda lo interno de una obra, develar algunas de las leyes que
rigen la producción en el campo filosófico. Existen pocos ejemplos —propone
Bourdieu— de pensamiento tan clara y precisamente fechados y situados como la
filosofía de Heidegger, en su obra pueden rastrearse todas las cuestiones
ideológicas que marcan la época, si bien de forma sublimada y poco reconocible.
Como ejemplo de esto baste señalar el caso del antisemitismo convertido en
condena del peregrinaje. El "caso Heidegger" revela, además, la dinámica interna
del campo de la producción y circulación de las obras filosóficas. En él, los
guardianes de la ortodoxia de la lectura filosófica, esos "aristócratas venidos
a menos", dueños del capital simbólico, rechazaban el subversivo avance de las
ciencias sociales que venían a recortar el ámbito de incumbencia de la
filosofía.
Ese avance del dominio del mundo intelectual por los
especialistas en las ciencias humanas, fenómeno que encuentra su momento de auge
en los años sesenta y que se organiza en torno de la lingüística, ha producido
lo que Bourdieu llamó en su Homo academicus el efecto "logia",
consistente en el esfuerzo de los filósofos por adoptar los métodos y la
apariencia de cientificidad de las ciencias sociales, manteniendo su condición
de "librepensadores", y que ha dado lugar a creaciones como la arqueología de
Foucault, la gramatología de Derrida o el intento de los althusserianos de hacer
una lectura "científica" de Marx.